Acción civil

Fue una decisión repentina, de las que cambian para siempre el rumbo de un proyecto vital.

El proyecto de restauración se le dio a Alicia Medina y a Myriam Peregrina, entonces dos jóvenes arquitectas socias. Fue un impulso, fue un acto natural al tener claro lo importante. De ellas sólo había presenciado semanas antes la defensa de su tesis asistiendo a su examen profesional de arquitectura. Su proyecto lo realizaron en conjunto. Nos presentaron su visión transformadora de una avenida importante en un espacio urbano donde todo armonizaba, los ciudadanos, los edificios, las áreas verdes, el contexto, el uso, el tráfico, el transporte público, el comercio, la vivienda, los servicios. Una idea fresca, insólita, de un par de arquitectas jóvenes recién egresadas de la facultad.



Nos arreglamos de inmediato, Alicia trabajaría desde Vancouver, en Canadá, donde haría sus estudios de postgrado en urbanismo, y Myriam en Puebla le daría seguimiento al desarrollo y ejecución del proyecto y me acompañaría a la obra todas las veces que fuera necesario.

Me entusiasmó la dimensión impetuosa que la juventud de ellas le impartía a la aventura de reconstruir el monumento. No sólo era revivir la ruina, revivir experiencias pasadas y explotar la creatividad, era también un reto para ellas el experimentar desde lo más profundo de su joven talento la audacia de crear un espacio diferente y único.



Alicia Medina y a Myriam Peregrina.

Gracias a ellas deseché mis ideas tradicionales de reponer en la casa estructuras que pareciesen antiguas cómo de las épocas pasadas. No, insistían. Respetemos la casa como la encontramos, con las huellas del paso del tiempo que tiene tatuadas pero no más. Lo que hagamos nuevo que contraste, que se note, que no se mezcle. Donde había vigas pongamos vigas, piedra donde piedra, ladrillo donde ladrillo. Busquemos los pisos antiguos y usemos los mismos materiales para los pisos nuevos, aprovechemos la madera de las vigas, hagamos puertas y muebles con ellas. Recuperemos las arcadas, pero no pongamos arcos donde no estaban. Abramos los antiguos pórticos que se marcan en los muros, pero no violemos los muros abriendo pórticos dónde no los había. Busquemos pisos más antiguos enterrados en los pisos que se ven, pero no más. No recarguemos de detalles los espacios, no distraigamos la atención de la mirada con mucho que ver. Donde ya no había techos o muros aprovechemos la luz, usemos cristal, pongamos muchas plantas, rompamos paradigmas, arriesguémonos a la crítica, sacrifiquemos estructuras de épocas recientes que liberen estructuras escondidas de épocas anteriores. Inspirémonos, sepamos qué retirar y qué dejar. Todas las épocas están aquí, para nosotros, esperando las ideas, el pico, la pala, el taladro, el martillo y cincel creadores. Piedra, madera, acero, barro, cristal, tierra, esperando a que nuestras manos arranquen, corten, tallen, rehagan, y liberen. Esta casa será inevitablemente lo que deba ser. Parte de lo que fue volverá, parte no lo será. Será también lo que nunca fue. Será como si brotara otra vez del interior de la tierra misma desde la madre cultura Olmeca, desde la fundación de la ciudad por obra de una fuerza creadora completa, inalterable, lógica y no necesariamente correcta.



La suma de más de tres mil años adaptándose a lo largo de la historia, primero al entorno, al cauce del río, al fango y al lodo, al limo y a las arboledas, a la caza, pesca y agricultura de hombres y mujeres de tribus milenarias después atropellados por una brutal conquista e impostura de una ciudad nueva que habría de ser modelo y ejemplo según los sueños de sus fundadores y de los canteros que hicieron el primer trazo muy cerca del lugar del Mendrugo. Una ciudad de otro mundo con todo y sus habitantes y costumbres, complejidad y nivel de pensamiento múltiple. Mestizaje forzado y acelerada mezcla de carnes, de sangres, de dioses, de comidas y de sabores. Cerámicas híbridas de alfareros indígenas moldeando y horneando loza de diseños españoles y manos españolas torneando con técnicas indígenas y coloreando con grana cochinilla. Mestizaje en todo, fusión de lenguas, de culturas, evidenciadas en fragmentos de todo y de todas las épocas que, mudas, quedaron en basureros que recibieron los fragmentos de platos y vidas rotas, vidas que se acumularon y ocultaron en profundidades de la casa sin posibilidad de imaginar que serían descubiertas, estudiadas y atesorados en el tiempo que esto se escribe.

Así lo pensamos, hacia allá nos impulsaron estas jóvenes arquitectas. Y con el paso de los días tomamos decisiones.

El conjunto no obedecería a un estilo existente, puesto que existía ya como resultado de todos los estilos y todas sus historias que le imprimían características y detalles como respuesta a una mezcolanza particular de cada tiempo. Decidimos matar lo que nació en el último siglo y recuperar lo que había sido suplantado. Decidimos crear donde ya no había nada y se hiciera necesario. Decidimos ser arquitectos y arqueólogos, mezclando lo contemporáneo con lo colonial, siendo creativos. Tuve que abrir mi mente, romper mis esquemas, aceptar que me cuestionara en todo momento la frescura del pensamiento de las jóvenes arquitectas. La cuestión no era ya si podría terminar. La cuestión era: …¡Quién me detendría!.

Ser arquitectos y arqueólogos, no imitadores. A ello me motivó también la lectura de El Manantial, novela de Ayn Rand, obligada en este tiempo y momento. La leí por insistencia de Josean, mi tercer hijo, un sol, el de la música por dentro, al decirme que cuando empezó a leerla no pudo parar y que la sangre le hervía.

Lo que puede hacerse con un material jamás debe hacerse con otro, no hay dos materiales que sean iguales. No hay dos edificios que tengan el mismo propósito. El propósito, el lugar, el material determinan la forma. Nada puede ser razonable ni hermoso a menos que siga una idea central, y esa idea define todos los detalles. Un edificio es algo vivo, como un ser humano. Su integridad consiste en seguir su propia verdad, su único tema, y servir a su única y propia finalidad…Su constructor le da el alma, y cada pared, cada ventana, cada escalera para expresarla…He elegido el trabajo que me gusta hacer, si no gozo con él, resultará que yo mismo me habré condenado a años de tortura. [1]

Seis meses transcurrieron removiendo cuartuchos, trabes, rieles, postes, puentes, pórticos, molduras, escalones de imitación, pasadizos falsos, cancelería de vecindad, parches e improvisaciones de todas las culturas y mentes imaginables que respondieron a usos y costumbres de habitantes variopintos del edificio a mediados del siglo XX, y que violaban las estructuras antiguas del edificio colonial, retirando los inservibles techos de terrado de la primera, segunda y tercera planta, raspando, tratando con insecticida y con tinte las añosas vigas para colocarlas nuevamente en su lugar funcionando como cimbra permanente a los colados de vigueta y bovedilla que quedarían ocultos pero que darían firmeza definitiva y permanente a las nuevas lozas del inmueble.

Era lastimoso ver sólo el esqueleto del edificio en toda su altura y sin los techos de vigas, parecía un edificio bombardeado, entraban torrentes de luz y mostraban muros lastimados a punto de derrumbarse. Como a un cadáver mutilado víctima de torturas se apreciaban las violaciones, los añadidos, los arcos centenarios rotos, los pisos originales rellenados con tierra y sustituidos por loseta barata, los gruesos muros del siglo XVII rebajados, adelgazados para dar cabida en sus huecos a espacios de almacenamiento, escondites, baños de vecindad, alacenas, closets, gabinetes, que se usaron muy poco y que debilitaron el edificio. Era lastimoso también ver las huellas de los buscadores de tesoros que en el abandono de la casa la horadaron por todos lados.

Luego de cuatro años y medio de obra, la casa que encontramos bombardeada, un cascajo sin techos, como en la Europa de la guerra, se ha transformado lentamente en un espacio vivo, actual, limpio y lleno de luz. Así, la antigua casona abrirá pronto sus puertas a la gente con una propuesta cultural novedosa y fresca para Puebla.

[1] Rand Ayn, 1958. El Manantial. E. 2004, Editorial Grito Sagrado, Buenos Aires Argentina

La fundación de la ciudad de Puebla, en el año de 1531, se hizo con meticuloso cuidado, queriendo acotar el creciente poderío de los conquistadores-encomenderos y dar cabida a las continuas migraciones de Españoles peninsulares que reclamaban para sí tierra y mano de obra indígena gratuita para empezar una nueva vida en esta región recién descubierta y conquistada.

Este “ensayo de república” es intentado por primera vez en la Nueva España con la fundación de la Ciudad de los Ángeles, la que estuvo a cargo de la Segunda Real Audiencia y la especial tutela de su oidor Juan de Salmerón.



El valle de Cuetlaxcoapan, lugar en el que se fundó la ciudad de acuerdo a todas las crónicas, se encontraba deshabitado al momento de la conquista de México y estaba rodeado de varios señoríos indígenas comarcanos y era considerado como tierra sagrada muy propicia para realizar guerras floridas que mantuvieran vivos a sus dioses con la sangre de los guerreros tomados como prisioneros durante la batalla; de allí el nombre de Cuetlaxcoapan “lugar donde las víboras cambian de piel”, o “lugar donde los jóvenes se hacen guerreros”.

El 16 de abril de 1531, la ciudad fue trazada al oriente del río Almoloyan después llamado San Francisco y 5 meses después fue trasladada, durante el mes de septiembre, a su banda poniente por razones de seguridad e higiene ya que el lugar de la fundación sufría de graves inundaciones por los torrenciales aguaceros característicos de la zona. Al trazo se le dió un diseño rectangular, en forma de damero, con calles rectas y manzanas rectangulares delineadas a escuadra y compás, siendo estas de 100 x 200 varas castellanas[1].



Las manzanas cuyos lados se alineaban, el más largo en sentido oriente-poniente y el más corto en el sentido norte-sur, se subdividieron en ocho lotes idénticos de 50 x 50 varas, siendo la superficie territorial de estos solares de 1764 m2 aproximadamente, terreno suficiente para construir una cómoda casa-habitación con patio, traspatio de servicio y caballerizas (La actual Casa del Mendrugo ocupa la mitad de la superficie original).

La manifiesta protección real a la naciente ciudad angelopolitana que la declara como ciudad en los albores de su existencia, el año de 1532, la ennoblece prontamente al otorgarle en 1538 su escudo de armas donde emblemáticamente se pide a los ángeles “custodiarla en todos sus caminos”. Se otorgan fácilmente solares, huertas y “suertes de tierra” a sus primeros vecinos a quienes se les proporciona mano indígena para la construcción de sus casas y el cultivo de sus tierras, se les exenta por 30 años del pago de impuestos, se desvía el camino Veracruz-México para que cruce la recién erigida población y se traslada a ella la sede del obispado de Tlaxcala, el más rico de América y uno de los más extensos. Estas acciones hacen que la nueva Puebla creciera rápidamente y en pocos años se consolidara como la segunda en importancia de la Nueva España, llegando a avecindarse en ella lo mismo conquistadores y encomenderos que ricos comerciantes y labradores, incipientes artesanos e industriales y gran cantidad de clérigos y religiosos que la enriquecieron y afamaron rápidamente. A todos ellos la Ciudad les mercedó solares, huertas y “suertes de tierra”[2], por el sólo hecho de radicar en ella. Los más céntricos de estos solares, los que rodeaban la plaza de armas, se reservaron para los conquistadores y fundadores, con excepción de los predios que se cedieron para ser la sede permanente de los poderes civil y eclesiástico que gobernarían la novísima ciudad representados respectivamente por el palacio del ayuntamiento y la catedral angelopolitana.

En un segundo plano se ubicarían los predios destinados para el asentamiento de las principales órdenes religiosas que llegaron a la ciudad[3] y el otorgamiento de solares y huertas a nuevos pobladores civiles y eclesiásticos que lo solicitaren. Puebla desde 1543 fue la sede del obispado más rico de la Nueva España, uno de los más extensos y poblados. Más alejado de la plaza de armas se ubicaban los solares dados a artesanos, industriales y pobladores en general; además de las huertas, molinos y batanes que por su propia naturaleza necesitaban estar cerca de las corrientes de agua[4].



El predio en el que fue desplantada la Casa del Mendrugo perteneció primero a Juan de Ortega, uno de los primeros pobladores de la ciudad, a quien se le mercedó pocos años después de fundada ésta, cuando solicitó a su regimiento, el 1 de diciembre de 1534, ser recibido como vecino; su oficio era mallero[5]. Posteriormente la Casa fue hipotecada por este personaje a favor de los menores hijos del conquistador Pedro López de Alcántara, escritura signada el 30 de diciembre de 1553 ante el escribano público Andrés de Herrera e inscrita en el libro de censos correspondiente[6], [7].

El Sacerdote Juan Vizcaino, quien llegara a fungir como canónigo de la catedral angelopolitana, fue propietario también del inmueble, las casas del padre Vizcaino lindaban “por una parte con casas de Bartolomé Rodríguez de Fuenlabrada e por la otra con calle real y están frente casas de la compañía del nombre de Jesús desta ciudad que fueron de Francisco de Montealegre, difunto, e por delante calle real que va de la plaza pública al río de San Francisco, edificadas en un solar e medio poco más o menos”[8], la que contó además con su propia merced de agua desde el año de 1560, cuando el cabildo se la concedió al canónigo Vizcaino y la tomaba directamente de la fuente principal de la ciudad[9].

Es probable que la primitiva construcción de la casa de Juan de Ortega fuera de un solo nivel, hecha con materiales perecederos primero y “de cal y canto” después, cuando la Puebla de los Ángeles era ya “[…] la mejor ciudad que hay en toda la Nueva España después de México […]”[10] como lo expresara hacia 1540 el propio fray Toribio de Benavente “Motolinia” a quien tradicionalmente se le ha atribuido la fundación de la ciudad.


[1] La vara castellana tenía una longitud de 84 centímetros aproximadamente.

[2] Una suerte de tierra equivalía a unas diez hectáreas y media de superficie y era la cuarta parte de una caballería.

[3] Con excepción de la Orden seráfica de San Francisco que es la primera en asentarse en el valle de Cuetlaxcoapan y lo hizo fuera de la actual traza urbana, ubicándose en el lugar donde algunos historiadores y cronistas afirman fue el asentamiento primigenio de la ciudad de los Ángeles.

[4] Córdova Durana, Arturo, “la Traza material y espiritual de la Puebla del siglo XVI”, ponencia dictada en el Coloquio organizado por el Archivo General Municipal de Puebla para conmemorar el 469 aniversario de fundación de la ciudad, Puebla, abril 16 de 2000.

[5] Archivo General Municipal de Puebla (en adelante AGMP), Libro de Actas de Cabildo, No. 3, f. 26 de la foliación antigua.

[6] Libro de Censos, No. 2, f. 152 r. consultado en fotocopia.

[7] En el Archivo General de Notarías de Puebla (en adelante AGNP) sólo existen los protocolos de los tres primeros meses del año citado.

[8] Biblioteca Central José María Lafragua, Fondo Jesuita, Libro de escrituras y documentos antiguos. Años 1582-1760, ff. 39-39 v.

[9] AGMP, LC. No. 7, ff. 94 v.-94 v.

[10] Benavente, fray Toribio de “Motolinia”, Historia de los Indios de la Nueva España (estudio crítico, apéndices, notas e índices de Edmundo O´Gorman), 3ª ed., México, Ed. Porrúa, 1979. Colección Sepan Cuantos No. 129, p. 188.

Mundo Nuestro. Emma Yanes Rizo, historiadora y ceramista, termina en este 2013 el Doctorado en Historia del Arte por la UNAM con una investigación sobre la producción de mayólica en los siglos XVI y XVII en nuestra ciudad. Los hallazgos en la Casa del Mendrugo han formado parte de su estudio. Ella ha formado parte del equipo de especialistas que han ayudado en el complejo proceso de rescate de esta casona que arrancó, para fortuna de todos, en el mes de marzo de ese mismo 2013 su carrera como nuevo centro cultural en Puebla. La ilustración de este salsero con la figura que representa a esta nueva Casa del Mendrugo fue elaborada por Jessica Lara M. Esta colección puede verse todos los días en el Museo Casa del Mendrugo.

Hasta hace poco tiempo, se desconocía la mayólica o “talavera” producida en Puebla de mediados del siglo XVI a mediados del siglo XVII. Los hallazgos de tiestos de cerámica colonial de la Casa del Mendrugo y la reconstrucción completa de algunas de las piezas, que se exhibirán en una de las salas de este nuevo centro cultural, nos permiten admirar al menos en parte esa producción y su posterior evolución, como un arte distintivo de la ciudad de Puebla, símbolo de identidad regional. En sus orígenes ésta técnica dotó, básicamente a los españoles de la ciudad, de un modesto servicio de mesa: platos, escudillas, jarras y especieros, con iniciales y monogramas o una ornamentación de trazos rápidos a pincel. Después, ya en el siglo XVII, derivó en formas más delicadas y complejas, como jícaras chocolateras, finos bernegales o platos polícromos cuidadosamente decorados bajo la influencia de la loza italiana.

La colección ofrece una lectura múltiple, donde se fusionan las técnicas, formas y ornamentación de Talavera de la Reina, Sevilla y Génova, con los diseños orientales y aquéllos propios de los loceros poblanos.



Una sencilla y bella pieza, un especiero del siglo XVI, es el símbolo de esta Casa del Mendrugo porque representa la búsqueda de las especias más allá de los mares, que como sabemos, condujo al descubrimiento de América. Es también un ejemplo del gusto novohispano por la loza fina en las costumbres de mesa. Un pez delineado a pincel nos remite a aquéllos que cruzaron el océano para encontrarse con un nuevo mundo, pero también a los ríos que rodeaban a la ciudad de Puebla y quizás a algún evento litúrgico en esta casa que un tiempo fuera de los jesuitas.

Mundo Nuestro. La revista Sin permiso publica estas dos crónicas sobre lo sucedido en Venezuela en días pasados: un apagón mortal de más de cien horas que expone con claridad el extremo de la crisis social y política que sufre ese país sudamericano.

Humberto Márquez es periodista, corresponsal de la revista uruguaya Brecha en Venezuela.
Simón Rodríguez Porras es activista social y militante del Partido Socialismo y Libertad de Venezuela.
Humberto Márquez

Un sorpresivo apagón de 100 horas afectó simultáneamente a todo el territorio, dejando a sus 30 millones de habitantes sin electricidad ni agua potable, casi incomunicados e impotentes ante la muerte de decenas de hospitalizados. Venezuela descendió algunos peldaños más en el foso de la crisis donde se encuentra: hiperinflación, escasez, desplome de los servicios públicos, migración masiva y un bloqueo político e institucional, lo que enfrenta al presidente que efectivamente tiene el gobierno, Nicolás Maduro, con el líder opositor Juan Guaidó, quien busca desplazarlo con un vasto respaldo internacional que encabeza Washington. El servicio de electricidad se restablece, pero hay presagios de más horas oscuras.

¡Se fue la luz! Sucedió minutos antes de las 17 horas del jueves 7 de marzo, y millones de venezolanos acudieron a balcones, ventanas y teléfonos para comprobar si se trataba sólo de su vecindario. No, todo el país quedó al mismo tiempo sin electricidad, por 48 horas unas regiones, otras por 72 o 90 con intermitencias, algunas casi una semana, y sin los servicios asociados: agua potable, transporte subterráneo, aeropuertos, operaciones bancarias, Internet, radios, tevé; centros de salud desprovistos de sistemas de contingencia; fábricas, tiendas, escuelas y oficinas cerradas.



Falló el sistema interconectado a partir de Guri, un complejo hidroeléctrico erigido en el río Caroní, a más de 500 quilómetros al sureste de Caracas, con capacidad nominal máxima de 15.400 megavatios-hora, pero que desde hace años genera mucho menos fluido. El parque termoeléctrico debería aportar otros 15 mil megavatios-hora, pero sólo un tercio está operativo, y el país a lo largo de toda esta década padece un déficit que se traduce en apagones y racionamientos que afectan sobre todo a los estados del occidente.

Esta vez el apagón fue nacional, y casi de inmediato cayó el suministro de agua, también ya deficitario al punto de que alienta numerosas pequeñas protestas en pueblos de provincia y barriadas humildes de las principales ciudades. En Caracas se paralizaron el metro y los trenes que llevan a las ciudades-dormitorio, lo que abarrotó y colapsó el transporte de superficie, que es deficitario tras dos años de escasez y carestía en repuestos, neumáticos y acumuladores.

Cerraron puertos, aeropuertos, fábricas, escuelas y oficinas, pero también comercios grandes y pequeños, impactados por otro fenómeno venezolano: el dinero en efectivo es escaso, los billetes son de baja denominación en un contexto hiperinflacionario, y transacciones diminutas como comprar un café y un panecillo deben pagarse con tarjetas de débito o crédito, las que no funcionaron porque la falta de electricidad imposibilitaba las transacciones bancarias.

Mermaron las trasmisiones de radioemisoras y la posibilidad de ver televisión, se afectó la telefonía fija y móvil, y cayó Internet. La incomunicación afectó a los 30 millones de habitantes del país y a los cerca de 4 millones de venezolanos que viven en el exterior.

Casos de familia



La vida cotidiana se pobló de historias, de emergencias, prácticamente una por familia. La comida comenzó a descomponerse en los refrigeradores. En unos hogares se cocinó apresuradamente cuanto se pudo. Otros, más pobres, acentuaron su propio racionamiento. Gente con más recursos regaló alimentos antes de que se dañasen. Vecinos con estufas a gas las prestaron a los de cocinas eléctricas. Donde hay parientes diabéticos se precipitaron a comprar hielo para conservar la insulina. Nada nuevo para quienes viven en el occidente del país, una novedad para los sectores acomodados de Caracas.

Las estaciones de servicio dejaron de suministrar combustible, las pocas con plantas eléctricas atendieron largas filas de vehícu-los. Las velas se agotaron en supermercados y tiendas de abasto que abrieron sus puertas. Usuarios de telefonía móvil ocuparon calles y tramos de autopista frente a las sedes de las empresas que proveen el servicio, para poder acceder a la señal. En los edificios residenciales los vecinos subían escaleras con bidones de agua. Nervios al caminar por las calles, hacerlo antes de que oscurezca: en Venezuela hay más de 20 mil homicidios por año. Miedo en el transitar nocturno de los vehícu-

los por calles completamente a oscuras. De vez en cuando un disparo, unas cacerolas vacías o unos gritos en contra del gobierno hendían la noche. Hubo fogonazos al estallar algunas subestaciones eléctricas urbanas.



Bajas y daños

El gobierno despachó camiones cisterna con agua para centros de salud y varias zonas populares residenciales. Otro tanto hizo con algunas plantas eléctricas para atender emergencias hospitalarias. La fuerza armada contribuyó con unos cuantos de sus camiones. No obstante, al menos 26 personas, entre ellos recién nacidos, murieron en hospitales durante el apagón, al quedar inutilizados equipos de asistencia, según la organización Médicos por la Salud.

La primera noche de apagón no se reportaron mayores saqueos, pero luego surgieron, sobre todo en Maracaibo (noroeste), la segunda ciudad del país, a plena luz del día, incitados por cabecillas civiles armados y ante una Guardia Nacional que más de una vez se cruzó de brazos. Un registro provisional da cuenta de al menos seis fallecidos en refriegas.

Los gremios reportaron saqueos en más de 460 establecimientos, de los cuales 100 ocurrieron en un solo centro comercial de Maracaibo. Polar, el mayor grupo privado y gigante agroalimentario y cervecero del país, reportó saqueos en cuatro de sus depósitos en esa ciudad, con centenares de individuos que se llevaron desde botellas de agua hasta neumáticos de sus camiones, con pérdidas estimadas en seis millones de dólares.

Según Fedenaga (gremial de los ganaderos), se perdieron o dejaron de producir cinco millones de litros de leche, mil toneladas de queso y tres mil toneladas de carne. “El país ha perdido 875 millones de dólares, casi un punto del producto interno bruto”, estimó Asdrúbal Oliveros, de la firma de consultoría Ecoanalítica.

El apagón y sus secuelas presagian más escasez o mayores precios, sobre todo de alimentos, pues el país ha sembrado en el último año apenas el 25 por ciento de la superficie cultivada a comienzos de la década, y Venezuela tradicionalmente ha importado hasta dos tercios de los alimentos que consume. Para adquirirlos, esta vez las reservas, la disponibilidad de divisas están exangües, y las perspectivas de ingresos petroleros han mermado con la aplicación de sanciones sobre la petrolera estatal Pdvsa por parte de Estados Unidos, otrora su principal cliente.

Vuelta a la política

El súbito regreso a la iluminación con velas impactó de inmediato la lucha política, cada vez más más marcada por pruebas de fuerza y amenazas, y alejada de todo entendimiento entre oficialismo y oposición. Los seguidores del mandatario, Nicolás Maduro, y de su rival, a quien los opositores consideran presidente, Juan Guaidó, apelaron a su invariable libreto: la culpa es del otro.

Maduro sostuvo que el apagón “fue producto de un ciberataque desde Houston y Chicago, ordenado por el Comando Sur (del Pentágono). Mike Pompeo (secretario de Estado) y el gobierno de Estados Unidos están detrás del ataque electrónico y electromagnético” al centro de control de Guri, al que siguió un sabotaje a líneas de trasmisión. El gobernante pidió ayuda de Rusia, China, Irán y Cuba para investigar el atentado, advirtió que “la oposición está jugando sucio, por lo que debe haber justicia”, e instó a manifestarse a los grupos de base del oficialismo entre los más beligerantes colectivos de barrios, porque “llegó la hora de la defensa”.

La oposición se apoyó en asociaciones profesionales de ingeniería para afirmar que “la falta de mantenimiento, corrupción y robo de los recursos destinados a mantener y desarrollar la infraestructura eléctrica” es la raíz del apagón. Según su versión, un incendio de vegetación, producto de la sequía y la falta de poda y mantenimiento, dañó la principal línea de trasmisión sobre las llanuras centrales y provocó el desplome del sistema.

La Asamblea Nacional de mayoría opositora declaró “estado de alarma” ante la emergencia eléctrica, de valor retórico dentro del país, pues ese parlamento que preside Guaidó –reconocido además por los suyos como jefe provisional del Ejecutivo, pues consideran a Maduro un “usurpador”– no controla los resortes del poder doméstico. Pero, en cambio, va tomando en sus manos los activos y negocios de Venezuela en el exterior, al amparo de más de cincuenta gobiernos que lo reconocen y apoyan.

Un detalle no menor es que Guaidó y la Asamblea decretaron suspender el envío de petróleo a Cuba (en teoría hasta 98 mil barriles de 159 litros por día, pero recientemente no más de 25 mil) para subsanar con ese combustible la emergencia eléctrica. Elliott Abrams, designado por Washington para manejar el tema Venezuela, advirtió a las empresas navieras y de seguros que tomen debida nota.

Estados Unidos acompaña el presagio de nuevas horas y días difíciles para Venezuela, pues aunque insiste en presión diplomática y económica contra Maduro, mantiene que “todas las opciones están sobre la mesa”, incluida la militar, una expresión que Guaidó no desdeña. Y un presagio más: rotas hace mes y medio las relaciones entre Caracas y Washington, se marchan este viernes los últimos diplomáticos estadounidenses que permanecían en la capital venezolana.

Brecha, 15 de marzo de 2019

Resultado de imagen para apagón en Venezuela

El colapso eléctrico: ¿sabotaje imperialista o crimen boliburgués?

Simón Rodríguez Porras

El 7 de marzo en la tarde colapsó el suministro eléctrico en más del 80% de Venezuela. Fue el punto más agudo de toda una década de crisis eléctrica, un colapso sobre cuyo riesgo habían advertido reiteradamente los trabajadores de la industria a lo largo de los años, pese a los intentos del gobierno de silenciar las denuncias mediante la represión. En la mayor parte del país no se restituyó el servicio en más de 36 horas y en algunas zonas la interrupción duró más de 100 horas. En algunas regiones, como el estado Zulia, no se normalizó el servicio todavía una semana después. El colapso eléctrico, sobre todo en el interior del país, se superpuso a problemas ya agudos de suministro de agua, gas y gasolina; a la escasez de alimentos y la debacle de los hospitales públicos. Debido al ajuste hiperinflacionario aplicado por el gobierno, el dinero en efectivo es prácticamente inservible y el colapso de las comunicaciones anuló la posibilidad de realizar compras con tarjetas de débito o crédito, paralizando el comercio. El gobierno suspendió todas las actividades laborales entre el viernes 8 de marzo y el miércoles 13. Se multiplicaron los saqueos y disturbios espontáneos en gran parte del país. Entre las víctimas del apagón se encuentra un número no precisado de fallecidos en hospitales como consecuencia de fallas en equipos de sostenimiento vital.

El ministro de energía eléctrica, el militar Motta Domínguez, aseguró inicialmente que el apagón duraría tres horas. La mentira quedó rápidamente en evidencia, pero el gobierno huyó hacia adelante y sacó a relucir la coartada habitual del “sabotaje”, bajo una nueva formulación: la “guerra eléctrica”. El ministro de comunicación, Jorge Rodríguez, aseguró que se trataba del mayor ataque terrorista en la historia del país y que Maduro personalmente encabezaba las operaciones para restituir el suministro de electricidad. En un intento por mostrarse como autoridad en medio del caos, Maduro publicó un video el lunes 11, en el que da órdenes por radio y denuncia que serían tres los ataques sufridos. La mayoría de los venezolanos quedaron totalmente incomunicados durante varios días y tardarían en enterarse de las versiones oficiales.

La tesis del sabotaje es refutada por dirigentes obreros del sector e incluso por altos ex funcionarios del gobierno de Chávez. El ex ministro de energía eléctrica, Héctor Navarro, respondió a las versión gubernamental de un “ataque cibernético” explicando que la represa de Guri funciona con equipos analógicos. Atribuyó el colapso a las consecuencias de la corrupción y la falta de mantenimiento. Alí Briceño, secretario ejecutivo de la federación de trabajadores eléctricos (Fetraelec), explicó que los trabajadores reportaron un incendio que afectó la transmisión de energía en tres líneas que comunican a Guri con subestaciones en el centro del país. Los gerentes militares no llevan a cabo desde hace años las podas preventivas para impedir que la vegetación invada las torres y, como consecuencia de un incendio forestal, una de las de las líneas se recalentó y dejó de transmitir energía. Las otras dos líneas cayeron por efecto dominó, al resultar sobrecargadas con la caída de la primera línea. Briceño alega además que hubo malas decisiones gerenciales por falta de pericia de los militares al intentar restablecer el servicio, lo cual prolongó la caída.

Una tesis oficial sin evidencias

Ante la falta de evidencias de sabotaje, el gobierno procedió a inventarlas, al peor estilo de las farsas judiciales fascistas o estalinistas. Según el ministro de comunicación, Jorge Rodríguez, tuits emitidos luego del apagón por funcionarios yanquis y el presidente de la Asamblea Nacional, Guaidó, “demuestran” que sabían con antelación acerca del apagón. Rodríguez incluso aseguró que el martes 12 de marzo, seguidores de Guaidó planearon sabotear la restitución del servicio aumentando el consumo eléctrico en los hogares, prendiendo varios aparatos electrodomésticos simultáneamente (!). En otro de los esfuerzos disparatados por sostener la tesis de la “guerra eléctrica”, el 11 de marzo el periodista Luis Carlos Díaz fue detenido por el Servicio Bolivariano de Inteligencia Nacional (Sebin) por declaraciones emitidas el 27 de febrero de este año, en las que establecía una analogía entre una hipotética interrupción del acceso a internet por parte del gobierno y un apagón eléctrico. El número dos del gobierno, Diosdado Cabello, aseguró que esas declaraciones indicaban que el periodista sabía de antemano acerca del apagón. Finalmente, hasta para las autoridades judiciales chavistas esa versión resultó insostenible y el periodista no fue acusado de “sabotaje” sino “incitación a delinquir”, en un nuevo ataque a la libertad de expresión.

Simultáneamente se desató una persecución contra los trabajadores eléctricos. Cabello, al referirse a los trabajadores detenidos, dijo que “es por una investigación seria que se está haciendo por la forma como atentaron contra la vida de los venezolanos”. El trabajador Geovanny Zambrano, sometido a una jubilación forzada como retaliación por haber denunciado el 18 de febrero de este año las desmejoras laborales y fallas en la infraestructura eléctrica, fue secuestrado el 11 de marzo por el Sebin y estuvo desaparecido por 11 horas. Lo liberaron y volvieron a apresar el día siguiente. Se le persigue por sus denuncias de febrero y al momento de escribir estas líneas se desconoce su paradero. Angel Sequea, otro trabajador de Corpoelec, jefe de despacho y operaciones en Guayana, fue detenido por el Sebin el 7 de marzo y asesinado el día siguiente. Según sus captores, el asesinato ocurrió en el marco de un “motín” en el sitio de reclusión. Otro preso político asesinado.

El pueblo venezolano es en estos momentos rehén tanto de una dictadura cívico-militar como de una campaña de injerencia y cerco económico por parte del gobierno imperialista de EEUU. Mientras transcurría el apagón, el gobierno de Trump anunció la salida de su personal diplomático de Caracas y el gobierno de Maduro respondió “expulsando” a los funcionarios retirados. La condenable escalada injerencista continúa. Sin embargo, ello no constituye en sí una prueba de que el colapso eléctrico haya sido provocado mediante una acción de sabotaje cibernético por parte de los yanquis. Sería anticientífico invertir el peso de la prueba y asumir que hubo sabotaje, aunque no haya evidencias, hasta que se compruebe lo contrario. Eso es lo que se conoce como conspiracionismo.

No sería la primera vez que el gobierno miente sobre supuestos sabotajes para evadir sus responsabilidades, el expediente es muy amplio. El caso más notorio es el de la explosión del 25 de agosto de 2012 en la refinería de Amuay, en la que murieron más de 40 personas y más de 150 resultaron heridas. En 2013 el gobierno dio por confirmada la “sospecha” expresada desde el primer momento, de que se trataba de un sabotaje terrorista. Pero contradictoriamente, el supuesto ataque terrorista más grave de nuestra historia nunca se conmemoró oficialmente como tal, ni se publicó jamás un informe con las conclusiones definitivas de la investigación. Antes de la explosión, los trabajadores petroleros encabezados por los revolucionarios de C-cura y el PSL también venían denunciando el descalabro operativo de las refinerías y la cada vez mayor frecuencia y gravedad de los accidentes, obteniendo por única respuesta gubernamental despidos y persecuciones. La “guerra eléctrica” posiblemente tendrá el mismo destino que el “ataque terrorista” de Amuay: el olvido oficial.

El saqueo boliburgués creó las condiciones para el colapso

La represión del gobierno no podrá ocultar lo que numerosos trabajadores y expertos venían denunciando desde hace muchos años: que la corrupción, la incompetencia y la desinversión hacían inevitable un colapso del servicio eléctrico.

El ex viceministro de energía eléctrica del gobierno de Chávez, Víctor Poleo, entrevistado por el periodista Víctor Amaya en 2016, aseguraba que desde 2005 se advertía el deterioro del sistema y que desde 2007 la oferta de energía no cubre la demanda, lo que obliga a aplicar racionamientos. La corrupción engulló los proyectos de generación de energía, como la represa Tocoma en el río Caroní, que se debía construir entre 2002 y 2012 con un costo de dos mil millones de dólares. El contrato otorgado a la empresa brasileña Odebrecht se fue inflando hasta llegar a un costo de diez mil millones de dólares y nunca se culminó.

Los proyectos de parques eólicos en Falcón y el Zulia también fracasaron y generan menos del 1% de la energía consumida en el país, pese a los cuantiosos millones de dólares licuados en ellos por el aparato corrupto del chavismo. La generación termoeléctrica también ha caído, dejando al país dependiendo en enorme medida de la represa del Guri. Así fue como el chavismo, durante los años de la mayor bonanza petrolera de su historia, conquistó el deshonroso mérito de destruir la industria eléctrica, llegando al año 2010 con una declaratoria de emergencia eléctrica que se convertiría en una de las operaciones de saqueo y corrupción más bestiales de nuestra historia.

El año 2009, una fuerte sequía causó una caída importante de la generación de energía en la represa de Guri. El deterioro de las plantas termoeléctricas impidió suplir la demanda de energía y la situación degeneró en un severo racionamiento, a lo que respondieron grandes protestas populares en regiones como Mérida y el Zulia. En febrero de 2010, Chávez decreta la emergencia eléctrica y procede a entregar sin licitación decenas de contratos para la importación de plantas y equipos. Uno de los conglomerados más beneficiados por estas contrataciones excepcionales fue la empresa Derwick y Asociados, una obscura empresa dirigida por jóvenes burgueses caraqueños sin experiencia en el ramo eléctrico. Habrían recibido una docena de contratos por un valor superior a los 2.500 millones de dólares para importar equipos. Compraron a una empresa yanqui equipos usados con un sobreprecio que se estima en más de 1.400 millones de dólares, según investigaciones realizadas por periodistas de varios medios de comunicación venezolanos, entre ellos Armando.info. Estas investigaciones demuestran que Derwick realizaba diligencias relacionadas con la importación de equipos eléctricos hasta un año antes de la declaratoria de emergencia eléctrica, un indicio de que hubo concertación con el gobierno chavista para las operaciones corruptas.

Ha sido escandalosa la ostentosidad de los llamados “bolichicos”, mientras el país padece las consecuencias mortíferas de la crisis eléctrica. Por ejemplo, uno de los propietarios de Derwick, Alejandro Betancourt, compró una finca de 1.600 hectáreas en el Estado español con todo y un castillo medieval, mientras la mayor parte de la chatarra importada en 2010 está fuera de servicio. Algunos equipos nunca llegaron a funcionar. El anunciado “blindaje eléctrico de Caracas”, en el que se dilapidaron millones de dólares, fue una farsa completa.

Pdvsa fue uno de los compradores de equipos eléctricos revendidos por Derwick. Tal fue el nivel de imbricación de los “bolichicos” con boliburgueses como Rodolfo Sanz o Rafael Ramírez, que la empresa se incorporó al negocio petrolero en asociación con empresarios rusos de Gazprombank y el gobierno venezolano, en la empresa mixta Petrozamora, que explota un yacimiento en el estado Zulia. Allí también estallaron escándalos de corrupción. Gran parte del dinero de la “emergencia eléctrica” se habría lavado a través de la banca suiza, otra parte fue a parar en paraísos fiscales como Barbados.

Tal fue el “legado eléctrico” de Chávez. En octubre de 2012, el sindicato eléctrico de Lara (Sitiel) denunciaba la muerte de 7 trabajadores por violaciones a las condiciones de seguridad industrial por parte de las autoridades así como una escalada de la represión: “Los trabajadores reciben constantes visitas y citaciones del Sebin, e incluso, cuando un trabajador no asiste a su labor, con causa justificada o no, quien hace las averiguaciones es el Sebin”. La campaña del gobierno para ocultar los efectos de la corrupción y la desinversión, culpando a los trabajadores de supuestos actos de sabotaje, llegó a generar linchamientos y secuestros de trabajadores en sectores populares azotados por los apagones. El Sitiel menciona el caso del asesinato de un trabajador en el estado Aragua por linchamiento en 2012. Ese año, mientras hacía campaña por su reelección, Chávez reconoció que persistían los problemas eléctricos, pero dijo que de no ser por su gobierno la gente cocinaría con leña y se alumbraría con faroles.

Como la crisis empeoró, en abril de 2013 Maduro ocupó militarmente la industria. Se crearon zonas militares de seguridad para restringir la libertad sindical de los trabajadores eléctricos. Se habló de una “Gran Misión Eléctrica”, una nueva farsa. Los problemas seguirían agravándose con la desinversión y se declararía una nueva militarización en abril de 2017, luego de grandes y recurrentes apagones en 2015 y 2016. Otro gran apagón nacional ocurrió en agosto de 2017. La situación era tan grave que dirigentes sindicales del chavismo rompieron la disciplina partidista y criticaron la gestión militar.

Elio Palacios, dirigente del sindicato de trabajadores eléctricos del Distrito Capital, Vargas y Miranda, emitió una declaración a comienzos de febrero de 2018, en momentos en que seis estados se mantenían sin luz, denunciando la inminencia de un colapso eléctrico generalizado. Entre las causas mencionaba la “estampida de técnicos”, debido a los míseros salarios y las vejaciones laborales, el mantenimiento deficiente y la incompetencia de las autoridades militares, comenzando por el ministro Motta Domínguez, a quienes calificó de técnicamente analfabetos. El déficit de personal calificado, calculado por Palacios en un 60%, obligaba a trabajadores a cumplir turnos de hasta 30 hora seguidas. “Tenemos un caldo de cultivo para un apagón… no se va a tratar de un sabotaje ni de una mala operación por parte de los trabajadores… Las telecomunicaciones se van a afectar, se van a afectar todos los servicios básicos, como el agua potable, porque las bombas funcionan con energía eléctrica, el bombeo del petróleo, en pocas palabras se va a paralizar el país. Esta es una situación que prácticamente es inevitable que ocurra, por todos los escenarios que se están viendo”, alertaba Palacios. Además, denunciaba el uso de elementos lumpen por el gobierno para asaltar a los sindicatos y las maniobras de los tribunales e instituciones oficiales para impedir la realización de elecciones sindicales. ¿Cómo respondió el gobierno de Maduro a estas graves denuncias? Con sus métodos habituales, enviando a la policía política a secuestrar al dirigente sindical el 14 de febrero de 2018. Decenas de dirigentes obreros y trabajadores han sido despedidos y perseguidos por denunciar el descalabro operativo.

La respuesta de Guaidó al apagón lo mostró en todo su oportunismo e incapacidad. Se limitó a plantear que la luz llegaría cuando “cese la usurpación” y otros mensajes en la misma onda demagógica. La única respuesta en el terreno de la movilización la dieron espontáneamente las comunidades populares. Tampoco dijo claramente lo que su “Plan País” propone para salir de la crisis, que es la privatización de los servicios públicos. La oposición de izquierda plantea un camino opuesto a los planes de Guaidó: recuperar la industria eléctrica apoyándose en la organización de los trabajadores y realizar importantes inversiones con los recursos obtenidos del no pago de la deuda externa y la nacionalización del petróleo. En vez de la amnistía para los funcionarios civiles y militares corruptos, incluyendo a los que destruyeron la industria eléctrica, como plantean Guaidó y la AN, es necesario confiscar las propiedades de los corruptos y adoptar medidas para la repatriación de sus capitales.

El gran apagón de marzo marca otro hito en el proceso de destrucción económica impulsado por políticas gubernamentales burguesas y mafiosas, como la apropiación de la renta petrolera mediante sobrefacturación de importaciones, la amputación de la producción nacional para pagar deuda externa, o la entrega de la industria petrolera y concesiones mineras a grandes transnacionales. Esa política ha sido más destructiva que mil sabotajes. La conspiracionista “guerra eléctrica” no es otra cosa que el intento propagandístico del gobierno de ocultar las verdaderas causas de la crisis, victimizándose para justificar la profundización de la represión y los crímenes contra los trabajadores y el pueblo venezolano.

Mundo Nuestro. La revista Nexos publica en su número de marzo este texto de Julio Ríos Figueroa --Investigador de la División de Estudios Políticos del CIDE-- este texto sobre el papel que las fiuerzas armadas en América Latina cumplen actualmente, y las diferencias con épocas pasadas en las que los soldados han participado en golpes de Estado que cortan de cuajo procesos democráticos como los de Guatamela en 1954 o Chile en 1973. "

“El ‘nuevo militarismo’ tiene formas más sutiles que los golpes de Estado y las intervenciones forzosas, pero puede ser igualmente desestabilizador dice Ríos Figueroa--. “Sigue pendiente en nuestra región la construcción de ‘fuerzas armadas democráticas’, es decir, fuerzas armadas cuya misión principal sea la protección de la democracia constitucional que les da legitimidad y que actúen siempre bajo los principios constitucionales de protección a los derechos humanos".

Los Estados modernos requieren de fuerzas armadas con la suficiente solidez para proporcionar seguridad ante las amenazas externas y para garantizar la paz interna. Sin embargo, algunos ejércitos han demostrado ser una amenaza para sus gobiernos y, en concreto, para la estabilidad democrática, lo cual debilita a los Estados y perjudica a miles de personas. De aquí que la existencia de ejércitos poderosos subordinados a gobiernos civiles y democráticos resulte paradójica, más la excepción que la norma, ya que implica que aquellos que tienen el poder de las armas obedezcan a personas que no las tienen.1 La cuestión que surge es: ¿cómo crear fuerzas armadas limitadas por el Estado democrático de derecho sin exponer su poder, su esprit de corps, o su eficacia?



La disyuntiva planteada por la necesidad de contar con fuerzas militares poderosas al mismo tiempo que limitadas por la ley, permea las relaciones entre civiles y militares en todos los regímenes democráticos, y no se refiere tan sólo al riesgo de golpes de Estado que son un fenómeno bastante raro en estos días. No existe una solución fácil y permanente para este entuerto, por lo que las democracias han buscado diversos enfoques para conciliar ambos objetivos —incompatibles en apariencia— según el contexto y las circunstancias específicas. En algunas ocasiones se ha priorizado un lado de la ecuación, tener poderosas fuerzas militares, mientras que en otras se ha inclinado la balanza hacia el otro, contar con fuerzas limitadas por la ley. Lograr el equilibrio es un acto que demanda un alto grado de precisión: si se transfieren demasiados poderes a las fuerzas armadas, la democracia puede caer herida de muerte; por el contrario, demasiados límites al ejército pueden exponer a la democracia a una serie de riesgos en términos de seguridad. En resumen, encontrar un equilibrio entre los límites democráticos y la autonomía de las fuerzas militares es una tarea difícil pero fundamental para las democracias.

SIGUE EN REVISTA NEXOS