Viernes, 08 Septiembre 2017 00:00

Cholula: un paisaje mesoamericano usurpado Destacado

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Fuertes lluvias fracturaron la gran pirámide de Cholula

Cholula, durante el sexenio del gobernador Rafael Moreno Valle y con un alcalde que fue su empleado en San Andrés Cholula llamado Leoncio Paisano, exhibió la más grosera y represiva gobernanza cuando procedieron a clausurar su historia mesoamericana.

Con un entramado de contratistas y amigos, Rafael Moreno Valle ordenó una transformación del paisaje de la zona ceremonial y arqueológica de las Cholulas a un costo que estimamos de más de mil quinientos millones de dinero público (ver L. Tirzo: Cambio: septiembre: 2017). Fue una “remodelación” que no solo secuestró la arquitectura mesoamericana de su ámbito vivo para presentarla como un “pasado” sino para reinterpretarlo como un pasado muerto en el museo de sitio. A esa reconstrucción del paisaje le llamaron también “dignificación”, concepto con connotación clasista y racista que adelantaba lo que estaba por venir: la higienización y segregación de otras formas de vida en la zona intervenida. Y así, sin decir agua va, prontamente se ordenó la expulsión del lugar de todos aquellos que no podían ser asimilados al nuevo paisaje. En tres años la milenaria vocación ritual y ceremonial del lugar fue convertida en un polideportivo donde se inauguró un museo de sitio al gusto del gobernador entre extensas explanadas de cemento con algunos parches de pasto artificial. Y se dio acceso también a un tren para turistas que (con el tráfico vehicular) asciende al gran edificio piramidal mesoamericano y se detiene en una estación ferroviaria igual a algunas que se pueden ver en Alemania. Todo empezó en 2014 con la construcción de un puente vial a menos de 500 metros de la gran pirámide que clausuró la antigua ciénaga de recarga de acuíferos alterando de manera irreversible la permeabilidad de los suelos y edificios en la zona circundante a la gran pirámide de adobes. Siguieron lo que llamaron adecuaciones “urbanísticas” sobre el gran edificio mesoamericano construido de adobes; y maquinaria pesada introdujo cemento de hasta 80 cms. de espesor entre excavaciones, empalmes y aplanados para adecuar nuevos accesos y calles trepados sobre la cara suroriente del conjunto piramidal. Los daños que esas obras provocarían a los edificios mesoamericanos, incluso al templo cristiano en la cima de la gran pirámide, ya lo sabían los constructores y Rafael Moreno Valle cuando una comunidad de inconformes, mayormente vecinos e usuarios del lugar, cuestionamos la demencial inversión del Estado en un proyecto que además priorizaba el interés privado sobre el público. La respuesta represiva del gobierno no se hizo esperar: dos personas fueron recluidos un año y dos meses en la cárcel y diez más perseguidos con órdenes de aprehensión por resistir la ilegal expropiación de suelos y la obstrucción de los usos tradicionales del sitio. Y así, con la antigua zona ceremonial cholulteca “dignificada” a base de autoritarismo y cemento llegamos a los últimos días del gobierno de Rafael Moreno Valle. Una noche, desplegando un ejército de policías en los accesos a la gran pirámide, Rafael Moreno Valle convirtió en salón de fiesta el museo de sitio y se despidió de Puebla para buscar la presidencia de la nación.

Hoy, dos bardas y dos escalinatas del gran edificio mesoamericano se muestran cuarteadas; hay deslaves y filtraciones en varias caras de la gran pirámide de adobe y peligra el acceso de peregrinos al atrio del templo de Nuestra Señora de los Remedios en la cima. Deslaves y filtraciones que debilitan la estructura de adobe y que en este Septiembre cuando inician las fiestas patronales obligan a reducir y controlar el acceso a la cima de la pirámide. Se ha prohibido (o solicitado no se realice) también la pirotecnia, demostración ruidosa y luminosa con que los cholultecas de barrios rinden fidelidad a sus santos patronos. El edificio mesoamericano ya no soporta más vibraciones ni el peso humano de los ritos tradicionales pero en un ámbito donde reina el absurdo el tráfico vehicular y el tren con turistas no se interrumpen. Y así, la inversión de millones de pesos del erario público en la zona ceremonial cholulteca rindió con el derrumbe creciente de los edificios mesoamericanos y simultáneamente con la exclusión de lo que el mundo mesoamericano dejó de herencia viva en el lugar; poniendo en juego además la imposibilidad en ese paisaje para que el imaginario popular halle una relación vital con el pasado mesoamericano.





La fractura o escisión que los pueblos originarios introducen en una historia concebida solo como el de una línea recta donde cada acontecimiento es irrepetible y único y que vislumbró una sociedad homogénea en la edad moderna bajo categorías como ”desarrollo” y “progreso”, es precisamente lo que desnuda esta experiencia en Cholula. Así también la represión gubernamental a la resistencia de la comunidad las cargas raciales del edificio jurídico/político que sostiene al poder público y la violencia que ejerce sobre la vida misma de una comunidad dispuesta a rebelarse ante un destino impuesto.

Los pueblos originarios han sido el lugar nodal donde se ha ejercido la confiscación de la memoria histórica, el ocultamiento de las diferencias y la supresión de las complejidades culturales en México. Y desde el Siglo XVI incluidos como un pasado en el proyecto de una nueva nación, los pueblos originarios presencian en la vida pública solo como sometidos portadores de culturas del “atraso”.

Sin embargo, el parque temático que Rafael Moreno Valle construyó sobre suelos sagrados cholultecas propició no solo mayor derrumbe de los edificios mesoamericanos sino algo que el Estado no había previsto: una comunidad que se reconoció no representada en ese paisaje reinterpretado y cuyas formas de vida se enorgullecieron de no ser representados en ese paisaje. Una otredad todavía en construcción creció y que como acontecimiento y praxis introdujo cierta desmitificación de la concepción vulgar y cronológica de la historia que ha condenado a múltiples otras formas de vida a ser obsoletas, dispensables y excluidas.

Lo que Rafael Moreno Valle no sabía ni podía prever es que un paisaje, cuando miramos un paisaje incluso con sus explanadas de cemento y sus parches de pasto de plástico, si no llama a una morada solo el extrañamiento es activado. Por eso el reclamo de revertir las intervenciones arquitectónicas de Rafael Moreno Valle en ese paisaje en el entorno de la gran pirámide es uno que los cholultecas revivirán una y otra vez hasta acceder, o que acaezca, una nueva relación con esos suelos usurpados.

Mientras tanto creo que hay que solicitar “respetuosamente” a Peña Nieto y Claudia Ruiz M que ofrecieron los fondos federales; a Rafael Moreno Valle y Leoncio Paisano que aportaron los estatales y municipales; a Teresa Franco y Ortiz Pedraza, además de Bautista Alonso, Cabalán Macari y D. Corona Cremean (entre otros) que de sus bolsillos salgan los fondos para reparar el desmoronamiento y la destrucción que sus obras han causado al monumento cholulteca prehispánico. Aunque para solicitarlo “respetuosamente”, ciertamente, necesitaríamos otra clase política en el gobierno; una que viene con las elecciones de 2018. Si Dios es grande como dicen en mi barrio.





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Anamaría Ashwell

Anamaria Ashwell es Maestra en Antropología. Fue maestra fundadora, coautora de su primer plan de estudios y primera coordinadora de la escuela de Antropología de la BUAP (1980-1982); fue investigadora del Instituto de Ciencias desde 1978-2000. Ha participado en la edición de revistas como Espacios y Crítica. Libros, artículos y traducciones varias ha sido publicados en México y el extranjero. Sus ensayos más recientes se han publicado en la revista Elementos BUAP. Es colaboradora habitual de La Jornada de Oriente y de esta revista digital Mundo Nuestro.