El viaje más importante de Caroline Wyatt, una reportera de guerra de la BBC en Puebla Destacado

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Mundo Nuestro. En el verano de 2016 la reportera de guerra de la cadena británica BBC, Caroline Wyatt, tuvo que abandonar su trabajo. La severidad de los síntomas de una enfermedad brutal, la esclerosis múltiple (MS), llevó a que el sistema de salud pública en Inglaterra (NHS) --sin más alternativas para esa enfermedad que el tratamiento a base de drogas-- la enlistara en su programa "Aprendiendo a vivir con una discapacidad creciente". Caroline no se rindió. Y vino a encontrar en la ciudad de Puebla, y con los científicos de la Clinica Ruiz, lo que ella misma llama el camino de su renacimiento.

Esta es la crónica que Caroline Wyatt ha publicado en el Times de Londres el 25 de febrero pasado, y que reproducimos con su autorización.

Former BBC war correspondent Caroline Wyatt flew to Mexico to have £62,000 surgery to treat her multiple sclerosis after she was refused by the NHS. She has suffered from the crippling neurological condition for decades but was only diagnosed in 2015



Caroline Wyatt en sus tiempos de corresponsal de guerra/CORTESÍA DE CAROLINE WYATT.

Cuando finalmente se encontró demasiado enferma para cumplir con su trabajo como reportera de guerra para la BBC, Caroline Wyatt tuvo que hacer frente a la esclerosis múltiple (EM) que había querido ignorar por mucho tiempo. Cuando el NHS la rechazó para un tratamiento radical, ella encontró otra opción.

Por Caroline Wyatt/The Times, 25 de febrero del 2017



Escribo desde el avión a México. Es la víspera de Año Nuevo, el momento adecuado para volar al otro lado del mundo con la esperanza de volver a nacer. Este año, 2016, ha sido el peor de mi vida, pero el 2017 podría ser el mejor.

Afuera, la puesta del sol se diluye sobre las nubes. Dentro, mi hermano mayor, Simón, se sienta a mi lado, listo para entregarme a la Clínica Ruiz en Puebla, México, una clínica médica privada especializada en el tratamiento de trasplante de células madre para la esclerosis múltiple (EM)

¿Cómo, me pregunto, he llegado al extremo de volar a un país que apenas conozco, para tratar con los médicos y enfermeras que trabajan en un idioma que no hablo y quienes me aplicarán quimioterapia para deshacer mi descompuesto sistema inmune dentro de mis venas para reconstruirlo de nuevo con mis propias células madre, con la esperanza de detener mi EM?

La respuesta es simple. Estoy desesperada.

Durante los últimos dos o tres años, despierto cada día de una pesadilla de la que no puedo escapar.

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Lo que quedaba de mis fuerzas apenas me permitía ir al trabajo, pero no mucho más. La caminata de media hora gradualmente se convirtió en una de 45 minutos, que se extendía a una hora en los peores días; mover mis piernas era como tratar de levantar dos postes de concreto. A veces, no estaba segura de que mis piernas o mi cerebro quisieran ir a algún lado, tan agotada como quedaba.

La conexión entre mi cerebro y mi cuerpo estaba descompuesta, ya que mi propio sistema inmunológico carcomía la capa de mielina que cubría mis nervios, confundiéndola con un intruso.

“Había pasado de una irritación en segundo plano a una discapacidad grave…”

Eso significaba que mi EM había pasado de ser una irritación en segundo plano con la que yo podía vivir, a una discapacidad seria que me obligaba a dormir 16 horas seguidas el fin de semana para recuperarme de la semana de trabajo.

Pero yo era terca. No dejaría que MS me quitara el trabajo que amaba. Cambié mi puesto en 2014 y pasé de cubrir los temas de defensa y guerra a cubrir el de religión, un trabajo tradicionalmente con una cobertura menos agitada. Sin embargo, a menudo me parecía que había poca diferencia.

El mismo mes que cambié de tareas, en agosto de 2014, viajé al norte de Irak para cubrir la difícil situación de los Yazidi, obligados a salir de sus hogares por el Estado Islámico.

Durante dos semanas, nuestro pequeño equipo trabajó 18 horas diarias. Yo estaba tronada por la insolación y una migraña que no me dejaba, pero incluso entonces la historia era --como siempre lo había sido-- lo único que importaba. Mi propia salud siempre podía esperar hasta que llegara a casa.

Vista desde la azotea de Caroline Wyatt en México con el volcán Popocatépetl en el fondo/CORTESÍA DE CAROLINE WYATT

Hasta que de repente no fue posible aguantar más. Mi apocalipsis personal empezó en la primavera del año pasado. En un viaje a Israel apenas podía encontrar la energía para funcionar en el calor del desierto, y por la noche, acostada en la cama, me preguntaba cuánto tiempo más trabajaría. Los fármacos que tomaba entonces para la EM no ayudaban gran cosa. El viaje era parte de mi trabajo como corresponsal de asuntos religiosos para la BBC, pero resultó ser casi el último.

No mucho después de mi cumpleaños 49 el año pasado, me desperté con la peor recaída de EM de mi vida --peor que la de Moscú en 2002 que me vio colapsar a los pies de un embajador británico perplejo pero paciente.

A pesar de las muchas recaídas, me llevó casi 25 años en ser diagnosticada definitivamente con EM, en noviembre de 2015. La enfermedad es un bicho resbaladizo que puede ser difícil de identificar, y los síntomas pueden parecerse a muchas otras enfermedades, como la fatiga crónica o la misma hipocondria, a la que sospecho que al menos algunos de mis médicos generales habían atribuido mis síntomas.

Esta diagnóstico final vino en la tarde del 11 de mayo de 2016, cuando me caí en la calle en Londres y no pude levantarme de nuevo.

A la mañana siguiente, los síntomas eran inconfundibles.

Levanté la vista desde mi almohada y vi dos pantallas azules en el techo encima de mí, donde sólo debía haber una. Cerré los ojos y volví a mirar. De nuevo dos. Y otra vez. Dos. Tenía visión doble, un síntoma común en una recaída de EM.

“La clínica estaba en México. Los amigos compartieron sus temores de que podría ser secuestrada…”

Aullé de pesar por todo lo que había perdido, y por todo lo que estaba a punto de perder: probablemente mi trabajo, por seguro mi independencia y, sobre todo, mi futuro.

Finalmente, después de muchos años de una estrategia bastante exitosa de negación casi total de que estaba enferma de alguna manera, me di cuenta de que la vida no podía seguir como estaba.

El régimen de trabajo y sueño ya no era sostenible: mi cuerpo y mi cerebro se estaban colapsando, a pesar de la droga para el EM que inyectaba en mi nada dispuesta carne tres días a la semana.

Esta comprensión empezó a surgir en abril, cuando una amable enfermera del Natonal Health Service (NHS) me dijo que, en nuestra próxima cita, ella me enseñaría a auto-cateterizar, ya que la EM empezó a entorpecer las funciones vitales, como el control de la vejiga y del intestino y la deglución.

Fue justo entonces que vi el programa Panorama de mi colega Fergus Walsh.

En él se mostró el tratamiento de trasplante de células madre que llevaban a cabo en el Royal Hallamshire Hospital en Sheffield por un neurólogo, el profesor Basil Sharrack, y un hematólogo, Dr John Snowden, el brazo británico de un ensayo médico mundial supervisado por el gurú de todos ellos en células madre, el Doctor Richard Burt en Chicago.

Caroline Wyatt con tropas británicas en Helmand, Afganistán, julio de 2012/CoRTESIA DE CAROLINE WYATT.

El trasplante de células madre me significaría pasar por varias rondas de quimioterapia para eliminar las mal portadas células T y B dentro del sistema inmune adaptativo, para luego recolectar mis propias células madre tras estimularlas desde dentro de la médula ósea, seguidas por más quimioterapia.

Finalmente, las células madre serían trasplantadas de nuevo a mis venas, donde --si todo saliera bien-- formarían un nuevo sistema inmunológico, sin las fallas del viejo.

El equipo de Sheffield accedió a verme y, con la esperanza en mi corazón, empecé a hacer pruebas en junio para ver si calificaba para el tratamiento.

Yo no calificaba bajo los estrictos criterios del examen, pero esperaba que todavía pudieran ofrecerme tratamiento. ¿Por qué no habría de ser una buena candidata?

Mi padre a sus 85 años viajó conmigo a Sheffield en el tren. Yo ya no podía conducir, porque mi cerebro era incapaz de distinguir distancias desde hacía unos diez años. Es la razón por la que tropezaba en las escaleras, mientras que el mareo siempre presente en mi cabeza significaba que ya no podía confiar en mi sentido del equilibrio.

Papá aguardaba sentado leyendo su periódico muy paciente mientras, detrás de la cortina, las enfermeras introducían una aguja fina en la base de mi columna vertebral para la punción lumbar que demostraría con seguridad que tenía EM.

La resonancia magnética ya había mostrado nuevas lesiones en partes clave de mi pobre y vacilante cerebro. Una en el tronco encefálico mostraba por qué había perdido mi sentido del gusto y tenía problemas para tragar.

Pero en noviembre, en un amable pero pesaroso correo electrónico del hospital, supe que no era una buena candidata después de todo. No encontraron ninguna inflamación alrededor de las lesiones en mi resonancia magnética, una señal que los médicos de Sheffield necesitaban para asegurarse de que mi MS seguía activa e inflamada y por lo tanto respondería bien al trasplante de células madre hematopoyéticas (HSCT, por sus siglas en inglés. NT).

Lo que verdaderamente me parecía a mí es que EM era la única cosa activa en mi cerebro y mi cuerpo: ahí estaba yo, acostada en la cama ese día, incapacitada de trabajar a tiempo completo nunca más.

Ya no podía leer novelas, las palabras se me escurrían, nerviosas, se dispersaban sin sentido. Ya no podía ver la televisión, las imágenes se movían tan rápida y bruscamente que no había manera de que mi cerebro como en un caleidoscopio las entendiera, dejándome enferma y desorientada. Tampoco podía escuchar música, porque las capas de mis nervios eran tan delgadas que cualquier melodía me hacía llorar incontrolablemente.

Así que, mientras miraba la por suerte solitaria luz en el techo sobre mi cama, decidí buscar al trasplante de células madre en otro lugar. Era mi única esperanza de recuperar un futuro que no involucrara una sonda y la permanencia en la seguridad de una cama por los próximos 30 años de mi vida.

Por la información de varios grupos de HSCT en Facebook sabía que el tratamiento se ofrecía en clínicas particulares en Moscú y en México, y con médicos expertos en la realización de trasplantes de células madre para la EM. En ese momento en Inglaterra no había clínicas privadas que realizaran ese procedimiento bajo los criterios exigidos por el NHS para mí, aunque ya se ofrecen ahora.

Un día de otoño fui a conocer a Mindy Watt, ella se había hecho un trasplante de células madre en Moscú, y tenía aproximadamente la misma edad que yo, y una historia similar de esclerosis múltiple. Ella ahora pasa su tiempo –sin remuneración alguna-- ayudando a otros en Facebook, ofreciendo consejo y sabiduría a quienes buscan la alternativa HSCT. En un almuerzo en la estación de St Pancras ella me explicó el proceso y cómo le había ayudado a recuperar la capacidad de caminar, su vida y su mente. Quedé convencida de que el trasplante de células madre era la única esperanza que tenía de recuperación.

Caroline Wyatt en la clínica el día del trasplante/CORTESÍA DE CAROLINE WYATT

Sólo necesitaba conseguir unas 55.000 libras esterlinas para el tratamiento y determinar qué clínica sería la mejor. La familia cercana, mis amigos e incluso los colegas ofrecieron ayuda de inmediato. Un amigo empezó una discreta red de financiamiento colectivo para asegurarme que tendría unas 6.000 libras adicionales para la droga Rituximab contra el cáncer a mi regreso. Si bien la clínica de México recomienda recargas del fármaco cada dos meses después del HSCT, el NHS no lo prescribe para la EM.

Nunca había logrado ahorrar ese dinero, y nunca pensé que lo necesitaría para recibir atención médica, creí siempre que podía confiar en el NHS.

Los trasplantes de células madre apenas están gradualmente ganando aceptación dentro de la comunidad médica en el Reino Unido como procedimiento para enfermedades autoinmunes, a pesar de que se han llevado a cabo para la esclerosis múltiple desde 1996.

En Chicago, el Dr. Richard Burt, uno de los principales pioneros de HSCT para enfermedades autoinmunes, ha detenido la progresión de EM en alrededor del 80 por ciento de los pacientes durante al menos cinco años. En algunos casos HSCT puede incluso revertir el daño causado por EM, aunque yo estaba muy consciente de que también podría estar en ese 20 por ciento que no responde al HSCT en absoluto.

En noviembre de 2016 me puse en contacto con la Clínica Ruiz en Puebla, México, a pesar de las preocupaciones de algunos de mis familiares y amigos. Algunos me enviaron por correo electrónico noticias sobre los asesinatos en México, y compartieron su temor de que yo pudiera ser secuestrada e involucrada con la cocaína.

La clínica me envió un correo electrónico de vuelta al día siguiente para decirme que tenía una fecha para HSCT en junio de 2017. ¿Estaba haciendo lo correcto? Varios médicos me advirtieron contra una medida tan radical, y me aconsejaron que probara más drogas primero para ver si funcionaban.

Pero yo no tenía tiempo para arriesgarme a nuevas recaídas. Yo sabía que tenía que hacer algo drástico ya, o enfrentar un rápido descenso que podría dejarme incapaz de caminar, trabajar, amar, reír o disfrutar de la vida en los próximos años.

¿Moriría como resultado de este tratamiento, como un médico de cabecera me advirtió? Difícilmente. La tasa de mortalidad teórica del HSCT en Europa es muy inferior al 1%. Y aunque existe el riesgo después de un trasplante de células madre de contraer otra enfermedad autoinmune o despertar otros virus, hasta ahora ni uno solo de los cientos de pacientes internacionales con EM en Clínica Ruiz ha perdido la vida como resultado del tratamiento. Lo mismo ocurre con los 600 pacientes de la EM tratados por el Dr. Federenko en Moscú, sin mencionar el número creciente de personas tratadas en Londres, Sheffield, Chicago, Israel, Suecia, Alemania, Italia, España, Filipinas, Canadá y otros lugares.

Esto ya no es un tratamiento experimental. Una y otra vez, los centros de excelencia clínica en todo el mundo han demostrado que el procedimiento HSCT funciona, a pesar de ello, el Instituto Nacional de Salud y Atención de Excelencia y el NHS no se convencen.

Entonces, inesperadamente, en diciembre recibí un correo electrónico de la Clínica Ruiz con la noticia de que tenían un lugar para el 1 de enero. Otro paciente había cancelado.

Fue así que tomé el avión a México en la víspera de Año Nuevo con mi hermano Simón, agarrada a una resonancia magnética más reciente, realizada en un laboratorio privado, que mostraba inflamación. Y con un puñado de dólares y pesos.

Había enviado esa última exploración a Sheffield, y ellos ofrecieron muy generosamente reconsiderar mi caso. Pero era un día antes de Navidad, y ya había pagado a Clínica Ruiz y me había decidido a ir a México.

El vuelo se parecía extrañamente un viaje de trabajo. Los últimos 23 años de mi vida laboral consistieron principalmente en subir a los aviones, cargar dólares, ropa, un poco de equipo de grabación y muy escasa idea de lo que las próximas semanas depararían.

Pero cada viaje de trabajo, ya fuera como corresponsal de Defensa o como corresponsal extranjero en Moscú, París o Berlín, era un privilegio y una aventura, a veces peligrosa. Llegué a acompañar a las fuerzas británicas de patrulla en Helmand, donde un paso equivocado podía llevar a cualquiera de nosotros a un artefacto explosivo improvisado puesto por los talibanes.

Al aterrizar en México sentí un distinto miedo a lo desconocido. ¿Cómo sería la quimioterapia? ¿Cómo respondería a la inserción de la delgada línea plástica (catéter venoso central) en una vena del pecho, dispuesta para recolectar mis células madre y para volverlas a su lugar después?

Mis temores se atenuaron cuando Ángel, el chofer de la clínica, y Yoselin (conocida como Joy), la enfermera mexicana que me cuidaría durante el mes, aparecieron en el aeropuerto para llevarnos a Puebla, una ciudad a dos horas y media al sureste de la extensa zona urbana de la Ciudad de México.

Joy tenía una cara amable y una manera amable; y Ángel respondía feliz a todas nuestras preguntas.

“Yo era la única en nuestro grupo que estaba enferma, constantemente, cada uno de los días de quimioterapia…”

Nadie tenía en mente a la cocaína, los secuestros o el robo de órganos, y cuando Simón me ayudó y Joy se mudó a nuestro apartamento al día siguiente en Inspiralta, al sur de Puebla, me sentí inmediatamente en casa. Desde mi cama, podía ver el volcán Popocatépetl contra el horizonte, con una pequeña fumarola emergiendo en el cielo brillante.

La mañana siguiente en la clínica fue de farragosas pruebas médicas para asegurarse de que los veinte o más pacientes internacionales fuéramos aptos para el tratamiento, y no estuvieran al acecho y sin diagnosticar cánceres o enfermedades del corazón. Nos dividieron en grupos de cinco pacientes, y con los cinco cuidadores teníamos el número exacto de personas para encajar en los minibuses que nos llevarían de ida y vuelta a la clínica cada día.

Nuestro grupo pasó todas las pruebas, y pocos días después, mi alegre banda de cinco pacientes de Inglaterra, Kenia, Noruega y los Estados Unidos empezó la quimioterapia, charlando, enviando mensajes de texto y viendo películas mientras el dulce veneno se filtraba en nuestras venas.

Yo era la única de nuestro grupo enferma, constantemente, en cada uno de los días de quimioterapia, con Joy llevando desde el departamento las pequeñas bolsas de plástico negro para nuestras idas y venidas a la clínica.

Pronto llegó la hora de que nos pusieran el CVC en un hospital privado local, y yo desperté toda grogui para constatar que después de todo no me fue tan mal.

Finalmente, en el día 15 del tratamiento, llegó el momento de que las células madre que habían sido recolectadas y guardadas en una nevera durante la noche regresaran a mis venas a través de esa línea en el pecho tan cerca de mi corazón.

Esa noche, desde la terraza de mi bloque de apartamentos, observé la puesta de sol más espectacular que he visto, con el cielo púrpura oscuro y profundo sobre el Popocatépetl.

Bolsa médica que contiene las células madre de Caroline Wyatt/ CORTESÍA DE CAROLINE WYATT

Y lloré. Lloré con una felicidad imposible de sofocar, surgida repentinamente de algún lugar tan profundo dentro de mí que no podría decirles dónde empezó, ni si terminaría alguna vez. Mi corazón estaba tan lleno de alegría que simplemente se desbordó, y sin un pañuelo a mano.

La verdadera Joy (alegría en inglés. NT), mi enfermera, se paró en silencio junto a mí, mirando al volcán, o bien con mucho tacto o demasiado fascinada con la vista para notarlo.

Ese día, supe que me habían concedido una segunda oportunidad de vida. Y ya sea que ustedes lo atribuyan al genio y la generosidad de Dios o de la naturaleza, la ciencia o la humanidad, el hecho es que yo había recibido mis propias nuevas células madre poco después de la 1 de la tarde en una habitación pequeña y nada especial en la planta baja de la Clínica Ruiz, con el acompañamiento del rock Middle-of-the-road sonando suavemente en el fondo. Ni siquiera 55 mil libras pueden comprarte la banda sonora apropiada para tu trasplante de células madre. Y cada segundo de ese vigoroso líquido rubí que volvía a casa en mis venas ansiosas se sentía como un milagro.

Sólo el inconveniente de estar enganchada a los inamovibles tubos de plástico por la línea CVC todavía firmemente atrincherada en mi pecho me impidió abrazar a Martin Ojeda, el sonriente bioquímico a cargo de mi renacimiento, pues sus manos expertas son las que conectaron una verdaderamente ordinaria bolsa de plástico con el contenido de mi nueva vida y salud: 191 millones de células madre que siguen su camino una por una, llenando mis venas como gotas de lluvia sobre una tierra reseca.

Saboreé cada segundo, porque era la esperanza lo que también llenaba mis venas y mi corazón en ese cuarto.

Entonces apareció el joven y barbudo hematólogo Doctor Manuel Priesca, y con la habilidad de un sumo sacerdote de la sangre y con los tonificados músculos de un semidiós, me quitó la línea CVC.

“Mis células madre llenaban mis venas como gotas de lluvia sobre la tierra reseca…”

Era la sensación más rara: primero pude sentir y oír el corte de los puntos que salían de mi pecho. Ningún dolor. Y entonces no pude soportar mirar, pero pude sentir que los veinte centímetros más o menos del finísimo tubo eran extraídos muy suavemente de mi pecho por una vena muy cercana al corazón, cada centímetro retorciéndose como una pequeña serpiente hacia fuera de mi cuerpo tras una utilísima estancia de cuatro días.

Entonces, de repente, estaba hecho. El momento por el que me había preocupado por tantos meses había terminado. Regresé a la sala de espera de la clínica, la última de las cinco "hermanas de células madre" por renacer de nuestro grupo.

La aclamación brotó de Ann, Leila, Charlotte y Marion, así ocurrió para cada una de nosotras cuando salimos con nuestros nuevos stem-selves. (Juego de palabras a partir de stem cell o célula madre y selve o yo mismo. NT)

Y con el regreso de esas células madre llegó una sensación de gratitud como la que rara vez había sentido antes. Me llevó esa noche después del extraordinario atardecer a una capilla católica tranquila para dar gracias con toda mi alma y corazón.

Todo un panorama de posibilidades se abrió de nuevo para mí ese día, después de tantos años en los que mi horizonte se redujo, y mi vida y mi futuro se disolvieron por una fatiga y una niebla avasallantes.

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Todavía no sé si este trasplante de células madre logrará detener la progresión de mi EM. Nadie lo sabe, hasta que ocurre o no, y tendrán que pasar dos años así.

El Dr. Guillermo Ruiz-Argüelles, hematólogo senior de Clínica Ruiz, dice que entre el 15 y el 20 por ciento de sus pacientes siente un beneficio inmediato, mientras que la mayoría responderá en un lapso de nueve a doce meses, con mejoras posibles hasta los dos años. Así que para mí esa respuesta debería ser más evidente en algún momento entre octubre y diciembre, si tengo cuidado durante mi convalecencia y no sufro recaídas.

Caroline Wyatt con hematólogo Dr Ruiz-Argüelles/CORTESÍA DE CAROLINE WYATT

Sin embargo, ya puedo sentir que la niebla dentro de mi cerebro se desvanece. Estoy menos rígida cuando me despierto por la mañana. Mis ojos duelen menos. Y ahora que estoy en casa, convaleciente, mi cuerpo inflexible cada día responde mejor a las órdenes de mi cerebro, aunque el tinnitus (la percepción de ruidos en la cabeza. NT) que ha plagado mis caminatas desde junio pasado sigue ahí, silbando como un televisor encendido que nadie mira en la madrugada.

En mis primeras semanas de regreso en casa apenas he hecho algo más que dormir, y he comido la sopa de pollo y estofado de carne que mi padre y mi querida y traviesa madrastra Wendy (WSM para abreviar) traen a mi puerta como sacrificios para algún desocupado dios mexicano.

Ellos me saludan desde de las escaleras y yo hago lo mismo detrás de mi puerta y tras la máscara quirúrgica azul que mágicamente mantendrá alejados los gérmenes hasta que mi nuevo sistema inmunológico madure. Así lo espero.

Esta segunda semana, y cada día, comenzaré a estirar mis miembros lentamente en mi tapetito de yoga azul cielo, mirando no hacia el Popocatépetl, sino el horizonte gris de Londres.

“¿Es ese brazo entumecido un signo de que el cada día está de vuelta? ¿Es un hormigueo en el muslo?”

Voy a enseñar a mis miembros a trabajar de nuevo como deberían, tentando mi camino poco a poco, al igual que un bebé lo hace. Voy a estirarme para mostrar a mis pies que mis dedos pueden enroscarse de nuevo, y probar a las cosas que mis dedos las pueden agarrar firmemente una vez más. Así, un día reemplazaré todos los vasos y platos que he destrozado porque no pude sostenerlos. Una vez más, mis brazos y mis manos parecen saber dónde están en el espacio; Los problemas de la propiocepción (la capacidad de detectar la posición y la ubicación y la orientación y el movimiento del cuerpo y sus parte. NT) casi han desaparecido.

Más aún, hoy hice mi primera caminata un poco inestable fuera de casa, todavía con mi máscara quirúrgica azul para que ningún transeúnte tosiera su resfriado o gripe o norovirus en mi sistema inmunológico recién nacido, y empuñando mi bastón, sólo por un posible mareo.

Pasarán unos meses antes de que vuelva a ver amigos, y seis antes de que yo pueda salir normalmente, o comer comida preparada por otras manos en un restaurante. Y tal vez cuatro meses para que la pelusa de pato que apenas cubre mi cabeza calva se convierta en una nueva cabellera.

Sin embargo, ya mis piernas se sienten menos pesadas. El peso muerto que las jala hacia abajo se ha disuelto mágicamente, y mis brazos, aunque débiles, ya no tienen en el extremo de las manos unos dedos inútiles y adoloridos e incapaces de abotonar o sostener un lápiz para escribir.

Y ahora que tecleo percibo que mi ojo izquierdo ya no se emborrona tanto.

Pero pase lo que pase, al menos lo habré intentado. Nadie realmente sabe todavía por qué un trasplante de células madre funciona tan bien para algunos y no para otros, aunque la investigación médica sugiere que entre más pronto se lleve a cabo el procedimiento HSCT luego de un diagnóstico de esclerosis múltiple, mejor. Y cuanto más joven sea el paciente --y cuanto más inflamatoria y agresiva sea su enfermedad-- mejor será el resultado.

Las personas que tienen EM con recaídas remitentes y con MS progresiva primaria tienden a tener los mejores resultados, aunque algunos pacientes clasificados como progresivos secundarios también pueden tener éxito.

Este tratamiento todavía podría ir mal para mí.

Mi nueva sangre debe ser monitoreada cuidadosamente por varios meses. HSCT puede aumentar el riesgo de problemas de corazón o tiroides, de una enfermedad autoinmune secundaria y de depresión, por no mencionar el daño a la boca y el tracto digestivo. El contagio de un simple resfriado, gripe o intoxicación alimentaria pueden ser mucho más graves para un sistema inmune inmaduro, mientras que la septicemia puede matar rápidamente después de un trasplante de células madre.

Meses de convalecencia y cuarentena vienen por delante: seis meses de evasión de alimentos crudos, cafés, cines, muchedumbres, natación, polen y tierra, y no viajar en aviones, trenes o autobuses por al menos tres meses.

Todas son cosas que podrían resultar tóxicas para mis infantes células. Eso incluye, noto para mi deleite, oficinas abiertas, donde cientos, si no miles de personas convergen todos los días, trayendo alegremente con ellos todas sus bacterias, hongos y virus desde casa o la escuela de sus hijos, tocando escritorios y teléfonos y teclados y respirando y expulsando gérmenes sin pensarlo dos veces. A menudo descubrí lo que podría un día haberse convertido en nuevos antibióticos creciendo en las tazas que algunos de mis colegas dejaban en sus escritorios.

Por lo tanto, tal vez pueda trabajar desde casa y empezar el documental sobre las células madre que estoy haciendo para Radio 4, que atenderá la ciencia y examinará hasta qué punto el NHS contempla el HSCT como un tratamiento estándar para la EM.

Todavía tengo que asistir al NHS a la clase "Aprendiendo a ser una mejor persona discapacitada". En realidad no lo llaman así. El título oficial es algo así como "Aprendiendo a vivir con una discapacidad creciente". Espero poder asistir aunque sólo sea para decir que ya no es necesario vivir con discapacidad creciente con EM.

HSCT bien puede ofrecer a otros que la misma esperanza que ahora corre en mis venas.

Los próximos meses de convalecencia no serán fáciles, ya que la mente y el cuerpo se preocupan y quejan. ¿Es ese brazo entumecido un signo de que el EM está de vuelta? ¿Es un hormigueo en el muslo? ¿Esa niebla cerebral va a despejarse?

Sin embargo, rara vez me he sentido tan viva.

Porque vivir con MS me estaba matando lentamente, día a día, silenciosamente robando mi cerebro y mis nervios, todo lo que me hacía ser "yo". Más recientemente, había empezado a carcomer mi alma. Incluso había empezado a quitarme mi voz, la voz que era el aval en mi trabajo, haciéndola más ronca y engrosada hasta que ya no se podía confiar en ella.

EM estaba empezando a silenciarme.

La vida es un riesgo. Y para mí, HSCT era un riesgo que valía la pena tomar.

Y así, con alegría, a la cama, dándoles a mis células madre de un mes de edad el sueño que se merecen. Este nuevo sistema inmunológico será apreciado como el recién nacido que es. Estoy disfrutando esta segunda oportunidad de vida.

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Sobre el autor

Caroline Wyatt

Caroline Waytt, periodista inglesa, ha trabajado como corresponsal de guerra para la BBC en Londres.