Viernes, 17 Febrero 2017 00:00

Romper la nada Destacado

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Había una vez un perro. Le gustaba dormir. No sé qué soñaría, pero en las mañanas lo levantaba una suerte de sonrisa. Conocía la serenidad y verlo vivir obligaba a ambicionar su condición de sabio. A veces andaba triste, como si supiera que la vida es difícil y no todo se puede, pero casi siempre movía la cola al ver de cerca a esa mujer que era su pertenencia.

Le gustaba tenerla, concederle la felicidad de ir tras sus pasos. Iba siguiéndola con sus ojos de niño viejo, derrapando en las escaleras antes que dejarla ir sin él, que la cuidaba de sentirse inútil.

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Ilustración: Gonzalo Tassier

Había que subirlo al coche porque ya no podía saltar, así que siempre se detuvo frente a la puerta levantando la cabeza, como hacemos los humanos cuando queremos pensar que del cielo puede caer alguna ayuda. Al contrario de nosotros, él no se equivocaba. Toda las veces encontró quien lo subiera.

Iban algunos días a caminar sobre el horrible pavimento de la ciudad, cayendo en los hoyos como si fueran canicas en tablero de damas chinas. Él rebotaba en el asiento y se hacía una rosca hasta que hallaba el equilibrio. Lo que fuera, con tal de seguir en la fiesta. Porque él —ahora no faltaría quien ahora lo creyera loco— estaba feliz en este mundo.

Era mi dueño. Pero yo pude pedir que lo durmieran. Para que no sufriera, dije. Porque eso de que el dolor purifica es asunto de una religión que no practico.





Ya no alcancé a decirle que ganó Trump. Mejor. No hubiera entendido y ¿para qué afligirlo si ya estaba tan viejo? Ahora he vuelto a hablar sola, porque mis cavilaciones como dislates sólo él las soportaba. “¿En qué mal momento se me ocurrió podar el árbol?”, ya no puedo preguntárselo a nadie sin que se arme un revuelo en contra de mi obsesión con las trivialidades.

Él habría escuchado mis aprehensiones sin que yo temiera estar repitiendo el lugar común de todo el mundo. Que si sucederá lo peor, que si tenemos miedo, que si cómo pudo ganar la elecciones gringas un tipo así. En cambio, como si fuera de mi propia invención, la revista nexos del mes pasado se la hubiera leído en voz alta mientras él dormitaba en su cojín sin inmutarse. Acompañarlo a vivir daba una paz de miedo.

Ahora como nunca sería un gran escucha. Que el alza de la gasolina haya creado esta furia tiene tanto que pensarle en voz alta. No es la gasolina, es el desgaste. No es la gasolina, es el silencio. No es la gasolina, es la actitud.

Nada les hubiera costado decir varias veces: miren ustedes, “con su compermiso” pero tenemos que subirle a la gasolina para no bajarles a las becas, ni a los hospitales. Esto mismo que ahora andan muy dispuestos a explicar. Ahora, ya que encajaron la certeza de que no les importa lo que pensemos.

Ya que andan en las marchas tantos enojados, tantos ávidos de cambiar un caos por otro. Sobran quienes andan haciendo interpretaciones, dilucidando quién paga qué y qué hay debajo de qué, o quién debajo de quién. Tantos amenazando o enardecidos. Tantos contando desgracias o milagros. Tantos, que es para enmudecer. Por eso me urge mi San Perro, dispuesto incluso a oír el silencio.

Mi hermano, el que más cavila, diagnostica: “Puede haber puntos de no retorno”. “¿Eso es promesa o amenaza?” —le pregunto. Porque si es promesa yo la tomo encantada. Aunque nada de lo que pienso tiene una lógica invencible. Y a nadie quiero darle mis opiniones. No hay en ellas una pizca de originalidad, menos de lucidez. Me pregunto como cualquiera: ¿Por qué será que este hombre cuando no es mudo es tartamudo? Le pido al bajo cielo que el ejército siga negándose a intervenir. ¿Por qué me enoja que el jefe del Ejecutivo se pinte el pelo? ¿Por qué no sé quién es el diputado, ni quién el específico senador, ni quién el juez al que yo tendría que pedirle cuentas? ¿Por qué entre los insultos a los policías está con dolo la palabra perros? No es la gasolina, es todo, pero sobre todo la falta de respeto, la impudicia. Gastan cuanto quieren, se pagan tres aguinaldos, vacacionan en mitad del desastre, van de puesto en puesto, de balcón en balcón y de plaza en plaza. Los funcionarios de los tres poderes. No sólo Peña Nieto, sino todos los miembros del Congreso representando a todos los partidos. Cada quién su obsesión, la mía es saber ¿para qué quiere el INE un edificio nuevo?, y ¿por qué se lo autorizan? ¿A quién financia la banca de desarrollo? Nos desgarra que Trump le exija a Ford que no traiga una fábrica, pero ni a quién le importe que una pequeña empresa haciendo el primer coche mexicano cierre dejando sin trabajo no a mil, pero sí a cuarenta y cinco trabajadores.

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Miro las noticias empeñada en los detalles. La gente que corre, la que persigue, se ve igual en todas las imágenes, encimándose en las fotografías y los videos. Los que encienden un fuego, los que rompen, hasta los que llevan entre los brazos una televisión —como quien lleva la biblioteca de Alejandría— se parecen. Los jóvenes, siete de cada diez son hombres jóvenes, no se distinguen mucho unos de otros. En cambio los destellos, lo que no tiene palabras, discrepa y enfatiza.

Una de las muchas cortinas bajadas en la Central de Abastos poblana dice arriba “Las mejores cemitas”. Apenas hacía unas horas ahí estaba la vida de todos los días. Había ahí una mujer sembrando trozos de aguacate sobre los panes en los que luego pone queso de hebra, chipo-tles y pápalo. En la marcha frente al Palacio Municipal de Puebla, en el que atiende un panista repentino, se exige que renuncie Peña Nieto. Como si en la iglesia de la virgen del Carmen hubiera una manifestación contra la del Perpetuo Socorro. Sabrá Dios, dirán las dos. Pero los marchistas ganaron esperanza y estuvieron un rato eufóricos imaginando otro futuro. Fueron al zócalo. Cantaron, maldijeron. Y le mentaron la madre a todo el que se lo merece. ¿Para qué más?

Si uno mira buscándolos, les recomiendo el solaz, verá que en casi todos los videos, lo mismo en medio de una multitud que de cinco pacíficos mirones, anda una perro. Y de repente dos. Se lo dije al señor de la casa. El pobre se ha resignado a oírme. Tenemos un intercambio injusto. Yo desordeno y él escarmena. Como grabamos tantos noticieros, podemos revisar las tomas.

—Fíjate cómo por ésta pasa un negro moviendo su cola de penacho. En este mismo hay uno café de ojos tristes. Mira cómo hurga entre los robos. Y te voy a buscar una toma en la que un blanco, asustado con los ruidos, salta sobre su dueña como si fuera un novio. Le pone las dos patas en los hombros y se abrazan.

Veo tres perros en el video en que una pequeña multitud con palos camina dispuesta a enfrentarse con quienes vienen en sentido contrario. No se conocen sino hasta ir acercándose. De pronto una mujer mira de frente a la marchanta que vende la cecina al otro lado de su puesto con frutas. ¿Cómo? ¿Quién les dijo que venían a atacarlos? Las dos terminan yendo juntas a avisarles a quienes cuidan la laguna de San Baltazar que pueden abrir las puertas porque todo ha sido falsa alarma.

De esto me entero por mi hermana que antes me mandó las imágenes. Tenemos un chat de hermanos. Por ahí ha pasado el país esta semana. Yo no he opinado mucho, mis opiniones cada vez son menos y cada vez más bárbaras. Creo que son opiniones para ser oídas por perros. Perros cuya existencia rompe la nada. Perros como era el mío. De los que saben escuchar las dudas y exorcizan el desaliento.

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Ángeles Mastretta

Novelista poblana. Entre sus principales libros están Arráncame la vida, Mal de amores, Mujeres de ojos grandes, y los más recientes La emoción de las cosas y El viento de las horas. Publica todos los meses su Puerto Libre, además del blog Del absurdo cotidiano.