Revista Nexos

Mundo Nuestro. La revista nexos del mes de mayo nos regala una memoria de Juan Rulfo, 1917-2917, con textos de Ángeles Mastretta, Roberto García Bonilla, Alejandro Toledo, José Carreño Carlón, Juan José Reyes, Ricardo Bada, Santiago Roncagliolo y Margarito Cuéllar. Presentamos aquí el Puerto Libre con el que la escritora poblana narra los malabarismos rulfianos del inicio de su carrera como novelista, y por ahí, su semblanza del hombre que nos dejó la mejor de nuestra literatura mexicana.

He de llegar a él, como de él aprendimos, empezando por mí. Vine a Comala. Todo lo que me sucedía en esos años era extraordinario. El orden de lo que habrían podido ser mis días, si me hubiera quedado en un mundo previsible, se volvió un caos brillante por el que todo se deslizaba con naturalidad. Después del primer asombro: la Ciudad de México, los demás sucedían como si todos fueran parte de la misma condición imprevista y milagrosa de cuanto me ocurriera. Igual que cuando llueve con sol y nos echamos a caminar, yo, expuesta al lujo de lo imprevisto, al gozo de que todo riesgo trajera un hallazgo, me dejaba llevar por la duda de las madrugadas con la certeza de que habría luz al anochecer.



Por tal destino, ahí sí para su paz, la cautela de mi padre sólo me acompañó unos meses. El valor de mi madre, por años como un desconocido, anduvo siempre ahí, aún sin entender de dónde salía esa yo con la que no contaba.

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Ilustración: Gonzalo Tassier



La libertad que no necesita pregón, me vivía entre los pies y la cabeza discurriendo qué hacer conmigo. Así fue como tras algún tropiezo llegué a Ciencias Políticas y ahí a una carrera llamada Periodismo y Comunicación Colectiva. Al poco tiempo, además de las seis horas en la universidad, tenía un trabajo. Y como parte de mis varios quehaceres cometía tropelías para que el tiempo me rindiera. Una de ellas fue discurrir las entrevistas y las crónicas que era mi deber entregar en la clase de redacción a cargo de —cuando caí en el tribunal de la verdad— el escritor Gustavo Sainz.

Creo que ya he contado algo de esto, pero he de repetirlo para llegar a donde voy. Impensable que a un maestro gitano pueda leerle la mano una escueta aprendiz. Así que hube de confesar que todo aquel accidente carretero, escrito con un detalle tal que ahí no sólo se daba cuenta de los cinco autos que quedaron abismados en el fondo de un barranco, sino hasta del número de cabras que un pastor perdió por su causa, lo había yo inventado del mango a la punta. No temí confesarlo porque bien sabido estaba que el profesor era devoto de las fantasías. Tanto que cuando yo le conté el desbarajuste de mis diarias actividades y mi breve peculio, en vez de un regaño me dio un consejo: “Pide la Beca del Centro Mexicano de Escritores”.

Como el miedo no andaba en burro sino en mí, quise espantármelo. Era viernes. Volví a la Puebla del fin de semana y le pedí a mi abuelo su máquina de escribir eléctrica. Era verde pálida, con las líneas curvas que marcaron el diseño de los años setenta. Tenía una cinta plástica con la que se imprimían las letras labradas en una esfera que giraba siguiendo las órdenes del teclado. La describo con cariño porque fue la herramienta de mi siguiente imaginería. La solicitud para obtener una remota prebenda para escritores, cuando lo que más cerca estaba de una profesión a mi alcance era divagar, resultó un acto de tal malabarismo que me dieron la beca.

Prometí a cambio un libro que aún me gustaría escribir. Uno sobre la yo que me intrigaba entonces. La curiosa, la sedienta, la desaforada, la, no sé si decir, promiscua, en que se había convertido esa perpleja que fui.

Era 1974. Pagaban dos mil pesos al mes para que los probables escritores pudiéramos gozar de lo que siempre será un lujo: “tiempo de ocio creativo”.

Y aquí es donde aparece por primera vez el bien amado Juan. ¿No oyes cómo rechina la tierra? Sí que lo oía. También vi, como su primer fantasma, en la mitad de una plaza: un vuelo de palomas rompiendo el aire quieto, sacudiendo sus alas como si se desprendieran del día.

Nada mejor pudo darme la providencia. Un vuelo. Una dote para escribir como quien se desprende del día. Caminé hasta la calle de San Francisco. Y luego sentí miedo. Si usted viera el gentío de ánimas que andan sueltas en la calle. En cuanto oscurece comienzan a salir. No necesité más que la primera reunión para temblar.

¿Tú crees en el infierno, Justina?

Sí, Susana. Y también en el cielo.

Yo sólo creo en el infierno —dijo.

Junto conmigo habían ganado la beca José Joaquín Blanco, Luis González de Alba, Carlos Montemayor y Francisco Serrano. Y eran nuestros maestros Salvador Elizondo y Juan Rulfo.

El lleno de silencio, el agua de azahar, el querido Juan. Todos me daban miedo menos él. Pero ¿por qué las mujeres siempre tienen una duda? ¿Reciben avisos del cielo o qué?

No hubiera yo podido responderle tal pregunta a esa ánima sagaz que había inventado Rulfo, pero me arrimé a su cobijo. Robé la silla junto a él. Y nos hicimos amigos. No sé si amigos, es mucho presumir. ¿Cómplices de tortura? Esas reuniones lo eran. Al menos para mí. Después del primer día en que me tocó leer, no volví a ser la misma. Salvador Elizondo me tomó por su cuenta con un implacable discurso del que aún no me repongo. En pocas palabras me dijo ignorante y de seguro tenía razón. Lo que no lo indulta, jugué después con él, de haber presidido el grupo de las ánimas que me quitaron el famoso vuelo que iba desprenderme del día. Voy a dormir llevándome al sueño estos pensamientos.

Mis compañeros levantaron los hombros. Los sentí decir: qué cosa más necia está escribiendo esta mujer. Sé qué está asustado porque tiembla. Cambié el género al decírmelo. No perdieron su tiempo en opinar demasiado. Tengo la boca llena de tierra.

No lo dije antes, pero para mi salvación presidía las sesiones don Francisco Monterde, el dueño de las normas gramaticales y la ortografía. Con él no tuve nunca sino un quizás. De repente me sugería un punto y coma, en vez de un punto y seguido. Sabía como nadie descifrar los misterios de la gramática y era un encanto oírlo corregir un párrafo. No sé cuántos años habrá tenido, pero muchos. Me había topado con él en Los Encuentros, donde se cruzaban varios caminos. Me estuve allí esperando, hasta que al fin apareció este hombre. —¿Adónde va usted? —le pregunté.

“Creo que es mejor un punto y aparte”, dijo desde la cabecera de la mesa. Lo suyo no era descalificar sino hacer compañía. Sólo se detenía en los detalles. Ahí en donde se esconden los dioses.

Después de él hablaba Rulfo, como un bálsamo. Se limitaba a decir me gusta o no. Sin dar explicaciones, sin perder el tiempo de sus fantasmas haciéndolos bajar al cónclave. —Yo voy más allá, donde se ve la trabazón de los cerros. Allá tengo mi casa. Si usted quiere venir, será bienvenido.

Dijo siempre que le gustaba lo que yo escribía, pero nunca una palabra más. ¿Para qué molestar? Lo suyo era saber que esto de escribir es un asunto de cada quien. No tenía él por qué meterse en nuestro andar. Ya él había estado suficiente entre caciques y muertos de miedo. Allá nosotros. Tenía las manos muy blancas y los dedos largos, tenía los ojos instalados en el horizonte y me parecía inerme. ¿Nos hicimos amigos? De repente jugamos ahorcados en las tarjetas color sepia puestas ahí para apuntar algún comentario. ¿Qué más quería yo? —No vayas a pedirle nada. Juan tenía un coche medio tartamudo y en él me llevaba hasta la esquina de Insurgentes a la que llegaba la punta de mi calle.

En la reverberación del sol, la llanura parecía una laguna transparente, deshecha en vapores por donde se traslucía un horizonte gris.

Idéntica a esa llanura, esta ciudad. Un día chocamos. Y lo digo en plural porque aunque él manejaba yo me sentía responsable del viaje. El golpe lo asustó. Detuvimos el tránsito. “Usted no se mueva”, le dije. Del otro auto bajó un hombre enardecido, echando víboras y sapos. “Ha tenido usted la suerte de chocar con el maestro Juan Rulfo”, le anuncié. “Y ¿a mí qué? ¿Quién es ése?”, preguntó como quien blasfema. Nos hicimos de palabras. Me sobraron. “Es el mejor escritor que se haya podido imaginar”. “Yo no imagino escritores ¿A mí quién me paga mi golpe?”. “Quién sea, pero no se meta con el maestro”. Luego seguí hable y hable cuantas cosas pude. Adivinar qué habré dicho, pero el caso es que el hombre se silenció por fin. Antes de que se arrepintiera volví al coche. “¿Qué tanto averiguaban?”, me preguntó el ánima de Juan. “No se preocupe, entendió todo”, dije. Y vi en sus ojos una gota de confianza.

Creo que sí nos hicimos amigos. Yo necesitaba un papá en toda ocasión y él aceptó oírme hablar de eso. De escribir no decíamos nada. Ni había para qué. A las águilas no se les pregunta. Aunque lo sepan todo. Nada más lejano a la soberbia que la voz de Juan Rulfo hablando de cualquier cosa. La sencillez no estaba sólo en su nombre. Sino en todo lo suyo. Sin duda en su presencia sucinta y clara.

En las tardes de mis primeras lecturas llegué a entregar hasta veinte páginas. Un año después, en la última sesión, leí un párrafo seco que no iba a ningún lado. Nadie dijo nada. Juan preguntó si me acercaba a mi casa. Fuimos hablando de cualquier cosa y nos despedimos hasta no sé cuál miércoles.

Encontré un buen trabajo en un diario y no volví a pensar en escribir un libro sino diez años más tarde.

Entonces leí a Rulfo como si lo escuchara: Yo tengo guardado mi dolor en un lugar seguro. No dejes que se te apague el corazón.

Escribe Alain Finkielkraut: “Mi suegro me contó un día la siguiente historia: una joven vive en una isla sometida a la vigilancia maníaca de su padre, que la encierra en un castillo. A pesar de todo, llega a enamorarse de un joven. Éste, que debe marcharse de la isla, la presiona para que, con desprecio del peligro que corre, haga cuanto pueda para reunirse con él. Con ayuda de la criada la joven se evade del castillo y sube a una barca; unos bandidos atacan la barca y, al final, muere. Una vez terminado el relato, mi suegro, no sin malicia, me preguntó: ‘¿Quién es el responsable de la muerte de la joven?’. Cavilé, me rasqué la cabeza, dudé si unos u otros. Y finalmente dije que el primer responsable era el padre. Otras respuestas son posibles pero, como yo, todo mundo se olvida de los bandidos, que son los autores del crimen” (Lo único exacto, Alianza Editorial, Madrid, 2017).

He realizado el experimento con algunos amigos y conocidos. El villano preferido es el padre, pero alguno contestó que el pretendiente, otro que ella (asumiendo que era mayor de edad) e incluso uno me contestó que los tres. Al parecer no vemos lo elemental, lo obvio: los culpables son los bandidos.

La ficción de Finkielkraut venía a cuento porque en Francia, luego de que el PSG ganó el campeonato de futbol, los dirigentes del equipo invitaron a los seguidores a celebrar el triunfo en la plaza de Trocadero. Pero “la fiesta degeneró en violencia, pillajes y agresiones. Balance: 30 heridos, un millón de euros en destrozos, 47 detenciones, 23 personas puestas a inmediata disposición judicial”. En menos de lo que canta un gallo se acusó al prefecto de policía e incluso al Ministerio del Interior; “se fustigaron el amateurismo y la incompetencia”. También fue señalada de supuesta ineptitud la alcaldesa de París. Lo curioso —digamos— es que los que cometieron los desmanes desaparecían del mapa de los culpables.



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Ilustración: Jonathan Rosas



Mundo Nuestro. Los recientes asesinatos de periodistas en México obligan a esta pregunta que realiza Viridiana Ríos en la revista Nexos en el año 2013 y que reproducimos con autorización de esa casa editorial. La violencia en nuestro país cada día rebasa una frontera que nunca imaginábamos alcanzar. El crimen de la periodista Miroslava Breach, corresponsal de La Jornada en Chihuahua, quiebra el ánimo de quienes ejercemos el oficio del periodismo. Es ingenuo esperar una verdadera acción de Estado contra tal impunidad. Pues efectivamente la vida de los periodistas en México no vale nada. Por ello es importante respaldar la movilización de los trabajadores de la prensa, y particularmente lo planteado el domingo 26 en la ciudad de Puebla cuando, al grito de "ni uno más", el gremio poblano se propuso la creación de una red de protección ante lo que claramente vemos como una profesión indefensa totalmente frente al crimen organizado. No será fácil, pero hay que construir ese camino desde la acción civil organizada.

“El reportero mira y graba este mundo sombrío
donde todos son fantasmas, donde la vida no vale nada.
Y luego, lo silencian”.

—Alfredo Corchado, Midnight in Mexico



De los 56 periodistas que han sido ejecutados en México en los últimos 10 años sólo en tres casos las autoridades han llegado a la identificación de un sospechoso, y en dos a la sentencia (Committee to Protect Journalists —CPJ—, 2013). Al 96% de los periodistas asesinados nunca se les hace justicia. La situación es aún más alarmante si consideramos los ejecutados que, si bien no son periodistas, trabajaban en la industria mediática o fueron asesinados por ser familiares cercanos de periodistas.1 Tal fue el caso del padre, madre y hermano del periodista Miguel Ángel López, quienes fueron asesinados el 20 de junio de 2011 en el puerto de Veracruz (O’Connor, 2013).

La “Comisión para la Protección de los Periodistas” (Committee to Protect Journalists) registra que en 64% de los asesinatos de periodistas que han sucedido en México el motivo no ha podido ser confirmado, es decir, no se tiene evidencia alguna sobre quién o por qué el periodista fue asesinado.

La realidad es que la historia de los que escriben la historia de nuestro país no se está escribiendo. Se le está dejando pasar, por miedo o por desidia. No sabemos nada sobre un fenómeno del cual debiéramos saberlo todo.

Los mejores esfuerzos por identificar sospechosos han sido realizados por organizaciones de la sociedad civil. La CPJ clasifica a los asesinos de periodistas a nivel mundial en seis categorías: gobiernos, militares, paramilitares, grupos políticos, muchedumbres y residentes locales. En México 90% de los casos de periodistas que han muerto en la última década, y cuyo motivo ha podido ser identificado, son atribuidos al crimen organizado. Esto es atípico. El principal asesino de periodistas en el mundo son los grupos políticos, en promedio 21 periodistas al año mueren en sus manos. De hecho, en nuestro mismo país, apenas hace unos años los principales asesinos de periodistas —de acuerdo a la CPJ— eran militares y residentes locales. Tal parece que el asesino de nuestros periodistas ha cambiado de profesión o de cara.



La narrativa popular es bastante clara en identificar al narcotráfico como el principal verdugo de periodistas mexicanos. Son asesinados cuando su trabajo afecta los intereses del crimen organizado en zonas con altos niveles de impunidad. El narco se enoja al leer la nota. El periodista la paga.

Quién mata a los periodistas

Esta narrativa, sin embargo, se equivoca en muchos de estos casos. No nos explica por qué en 61% de los municipios en los que los medios han cubierto regularmente las actividades del narcotráfico en los últimos 10 años no ha muerto un solo periodista.2 Ni uno solo en Nogales, Mazatlán o Agua Prieta a pesar de que los tres municipios han tenido una amplia cobertura de las actividades de bandas criminales como Sinaloa, Tijuana y Beltrán Leyva. No nos explica por qué no todos los narcos se enojan al leer la nota. Asimismo, tampoco esclarece por qué en lugares donde las tasas de homicidios son altísimas, los periodistas pueden cubrir la nota con toda seguridad, como protegidos por chalecos invisibles. Al revisar lo sucedido en 2010, el año en el que más periodistas han muerto en México (10 de acuerdo a la CPJ), en ninguno de los 10 municipios con tasas de homicidios más altas ni un solo periodista fue asesinado. De hecho, de acuerdo a las estadísticas oficiales del INEGI, las tasas de homicidios dolosos en los municipios en los que al menos un periodista fue asesinado en 2010 nunca fueron superiores a 7 por cada 100 mil habitantes, muy por debajo de la media nacional, esto es, 18 por 100 mil. La narrativa no nos dice por qué no todos los periodistas la pagan.

Lo que sabemos al día de hoy sobre quién está matando a los periodistas en México es poco concluyente, tal vez porque toda nuestra evidencia al respecto se basa en el uso de dos herramientas: investigaciones legales conducidas por las procuradurías estatales (o, recientemente, federales), o etnografía sistematizada recopilada por académicos y periodistas. Una tercera herramienta, que es de hecho la que ha dado respuesta a los más importantes cuestionamientos sociales de las últimas décadas, ha sido dejada a un lado, al menos hasta ahora: la inferencia causal estadística.

Formada como científica social y aprendiz de periodista, me di a la tarea de utilizar inferencia causal para explorar el asesinato de periodistas en México. Sobre los hombros de los grandes científicos sociales vi que los mejores análisis de inferencia causal de las ciencias sociales se han realizado históricamente estudiando hermanos gemelos, analizando individuos que comparten genética y ambiente, pero que a pesar de ello tienen comportamientos disímiles.3 Pares en los que uno goza de plena salud, mientras que el otro muere prematuramente; gemelos que logran ingresos económicos y estatus sociales completamente diferentes; individuos que ingresan a las mejores escuelas pero ven a sus hermanos entrar a prisión.

Así que busqué gemelos. Municipios gemelos. Conduje un análisis econométrico con el que identifiqué municipios que compartían niveles similares de desarrollo económico y desigualdad, cuyas poblaciones eran de tamaño parecido, que contaban con el mismo número de grupos criminales operando, y que incluso tenían tasas similares de crimen.4 Lo único que diferenciaba a mis gemelos era que en un municipio al menos un periodista había muerto, en el otro los periodistas gozaban de plena seguridad.

Quién mata a los periodistas

El uso de esta tercera herramienta demostró dos cosas que no sabíamos respecto a quiénes están asesinando a los periodistas en México. Primero, que a lo que los periodistas deben temerle no es a las zonas violentas, sino a las zonas en las que la violencia está relacionada con la rivalidad delincuencial; y segundo, que incluso si hay alta presencia de grupos criminales, los periodistas no deben temerle a todos los grupos criminales por igual, hay criminales que asesinan más a los periodistas.

La violencia no importa, es el tipo de violencia el que hace la diferencia: los periodistas pueden cubrir con total seguridad zonas que tienen altos niveles de homicidios, siempre y cuando estos homicidios no hayan sido causados por rivalidad delincuencial.5 Los periodistas están seguros incluso en áreas donde los criminales son altamente sanguinarios, siempre y cuando dicha violencia no se explique por el enfrentamiento de bandas criminales rivales. La estadística lo demuestra. Los periodistas mexicanos mueren en municipios como Ciudad Juárez, Chihuahua, o El Oro, Durango, donde las tasas de homicidios por rivalidad delincuencial llegan a los 200 por cada 100 mil habitantes. No mueren en Santiago Amoltepec o en San Jacinto Tlacotepec, ambos en Oaxaca, lugares donde también hay tasas de homicidios de 200, pero donde ninguno de los asesinatos es atribuible a grupos criminales luchando unos contra otros.

Hipotéticamente, un periodista puede reportar a mitad de un tiroteo, siempre y cuando los bandos en disputa no sean criminales organizados. La guerrilla zapatista, los grupos rebeldes de la sierra de Guerrero, las zonas de alta impunidad en Iztapalapa y áreas conurbadas, son muy seguras para los periodistas. Los homicidios que se explican por razones no relacionados con la rivalidad delincuencial no incrementan la probabilidad de que un periodista sea asesinado.

El segundo descubrimiento enriquece esta imagen: aun si el tiroteo fuera causado por grupos criminales en disputa, la probabilidad de que el periodista se viera afectado depende estrictamente de qué grupo criminal esté sosteniendo las armas.

La evidencia empírica demuestra que los periodistas son más vulnerables cuando cubren áreas donde los grupos en disputa son grupos criminales de reciente formación, particularmente Los Zetas y fracciones separatistas del Cártel de Sinaloa. 66% de los asesinatos de periodistas ocurrió en áreas donde operaba alguno de estos grupos criminales. Los Zetas son particularmente violentos, en especial cuando se están enfrentando al Golfo. 40% de los casos se presentó en zonas de rivalidad Zetas vs. Golfo. Otra rivalidad especialmente peligrosa para los periodistas es la que viene de fracciones de Beltrán Leyva peleándose unas con otras. La probabilidad de que un periodista sea asesinado en dichas zonas es 50% mayor que en cualquier otra parte del país.

Hay grupos criminales que tienen un efecto contrario, es decir, tienden a generar ambientes de protección hacia los que trabajan en medios de comunicación. Los periodistas pueden sentirse relativamente más seguros si en el tiroteo las armas las tienen grupos criminales con mayor antigüedad como Tijuana, Sinaloa, Juárez e incluso los Beltrán Leyva (en años en los que los Beltrán Leyva no se habían dividido en fracciones). Del total de periodistas asesinados, sólo 10% estaba en áreas donde operaba Tijuana. Particularmente estables son las zonas en las que conviven Beltrán Leyva y Juárez, o Beltrán Leyva y Tijuana.

En general, se puede decir que no es toda la violencia, ni todos los grupos delincuenciales los que están matando a nuestros periodistas. De hecho, los asesinos pueden identificarse con nombre y apellido, y las condiciones que favorecen sus actos pueden mapearse a partir de estadísticas judiciales. Una política pública de seguridad responsable debe reconocer que a los periodistas ni los matan todos los narcos, ni en todas circunstancias. Los matan Los Zetas y los grupos criminales de reciente creación cuando éstos se encuentran circunstancialmente enfrentándose unos a otros.

Aun así, hay mucho que todavía no sabemos. Las respuestas que provienen de ejercicios de inferencia causal como el que aquí se ha presentado están limitados por la naturaleza misma de la estadística. La inferencia estadística identifica causalidad en ambientes promedio, es decir, nos dice cuál sería el comportamiento esperado de individuos prototípicos. La estadística es ciega a las atipicidades. Y, desafortunadamente, de atipicidades está lleno el periodismo.

Tenemos dudas también de que estemos contando todos los casos de asesinatos que se han presentado en México. Las cifras difieren enormemente dependiendo de la fuente. La estadísticas de los 56 asesinatos identificados por CPJ palidecen cuando se les compara con la cifra que recientemente dio la CNDH. Son 84 los periodista asesinados de 2000 a la fecha, y 20 más desaparecidos desde 2005. Wikipedia (2013) tiene también su propia cuenta: son 148.

Quién mata a los periodistas

Incluso estos números pueden ser subestimaciones. No tenemos certeza sobre cuántos periodistas han muerto porque muchos sólo han desaparecido. Hace casi un año, el 19 de julio de 2012, desapareció Miguel Morales Estrada, fotoperiodista del Diario de Poza Rica. Hasta el día de hoy no ha sido encontrado. En enero de este año fue visto por última vez Sergio Landa Rosado, reportero del Diario Cardel de Veracruz. México es el país del mundo con mayor número de periodistas desaparecidos: siete casos en seis años (CPJ, 2013).

Peor aún, no sabemos cuántos periodistas hubieran muerto de no ser porque, simplemente, dejaron de serlo. Decidieron dejara de cubrir la nota y taparse boca y oídos. El Diario de Ciudad Juárez publicó un editorial dirigido a “las diferentes organizaciones que se disputan la plaza de Ciudad Juárez”, luego de que fuera asesinado Luis Carlos Santiago Orozco, reportero gráfico de 21 años de edad. “Queremos que nos expliquen qué es lo que quieren de nosotros”, clamaba el diario, “qué es lo que pretenden que publiquemos o dejemos de publicar, para saber a qué atenernos”. Luis Carlos era el segundo periodista asesinado en menos de dos años en esa ciudad.

Desde entonces no han muerto más periodistas en Ciudad Juárez. Han pasado tres años.

Autocensura o no, al día de hoy un periodista que cubre México tiene más probabilidad de morir o desaparecer en el ejercicio de su labor que uno que cubre países en guerra como Afganistán, Siria o Somalia (CPJ, 2013). De hecho, México es el cuarto país del mundo donde más periodistas han muerto en la última década, sólo superado por Irak, Filipinas y Pakistán (CPJ, 2013). Identificar quién los está matando es una tarea que no puede seguir siendo dejada a un lado. n

Viridiana Ríos. Doctora en Gobierno por la Universidad de Harvard y colaboradora del Programa de Pobreza y Gobernabilidad de la Universidad de Stanford.

Referencias
Corchado, Alfredo, Midnight in Mexico: A Reporter’s Journey Through a Country’s Descent Into Darkness, Penguin, 2013.
Coscia, Michele y Viridiana Ríos, “Identifying Where and How Criminal Organizations Operate Using Web Content”, en CIKM-12, octubre-noviembre, Maui, USA, 2012.
CPJ, Journalists Killed by Country Database, Nueva York, 2013.
Ho, Daniel, Kosuke Imai, Gary King y Elizabeth Stuart, “Matching as Nonparametric Preprocessing for Reducing Model Dependence in Parametric Causal Inference”, en Political Analysis, 15: 199-236, 2007.
Molzahn, Cory, Viridiana Ríos y David A. Shirk, Drug violence in Mexico: Data and analysis through 2011, Trans-Border Institute, University of San Diego, San Diego, 2012.
O’Connor, Mike, “Family murdered, Veracruz journalist seeks asylum in US”, en CPJ Blog, Mexico, junio 19, 2013.
Ríos, Viridiana, “Tendencias y explicaciones al asesinato de periodistas y alcaldes en México”, en Aguilar Rivera, José Antonio (coord.), Las bases sociales y políticas del crimen organizado y la violencia en México, SSP, México, 2012.
Tucker-Drob, Elliot M., “Preschools Reduce Early Academic-Achievement Gaps A Longitudinal Twin Approach”, Psychological Science 23.3: 310-319, 2012.
Wikipedia, List of Journalists Killed in the Mexican Drug War (al 28 de junio), 2013.

1 De 2000 a 2013 han sido asesinados al menos cuatro trabajadores mediáticos en México (CPJ 2013).
2 Utilizando los resultados de Coscia y Rios (2012) existen al menos 22 municipios en donde se ha dado cobertura mediática a las actividades del narcotráfico de manera sistemática en los últimos 10 años: Tijuana, Campeche, Colima, Chihuahua, Juárez, Durango, Guanajuato, Acapulco, Guadalajara, Almoloya de Juárez, Monterrey, El Fuerte, Mazatlán, Sinaloa, Agua Prieta, Nogales, Matamoros, Nuevo Laredo, Reynosa, Veracruz, Carlos A. Carrillo y Quintana Roo.
3 Véase por ejemplo Tucker-Drob (2012).
4 El método se conoce como “matching by closest neighbor” y ha sido ampliamente explorado por académicos como (Ho et al., 2007). El trabajo preliminar de Ríos (2012) muestra un prototipo del modelo, un manuscrito de Ríos y Holland (Departamento de Gobierno de la Universidad de Harvard) está al día de hoy en elaboración y disponible bajo pedido.
5 En 2011 la Secretaría Nacional de Seguridad Pública (SNSP, 2011) reportó el número de “fallecimientos ocurridos por presunta rivalidad delincuencial” que sucedieron en cada uno de los municipios de México de diciembre de 2006 a septiembre de 2011. Los casos fueron identificados por un comité integrado por procuradurías de justicia locales, federales y otras instancias de seguridad pública, y representan una proporción del total de homicidios dolosos del país. Véase Molzahan, Ríos y Shirk (2012) para una descripción de los datos y su significado.

Mundo Nuestro. Héctor de Mauleón ha escrito esa crónica en Nexos en mayo del 2010. Las dos semanas de sequía que incendiaron a la capital del país. Una figuración del apocalipsis que viene para un país que ha hecho todo para generar la más profunda crisis del agua en nuestra historia. La turba que arrasó el palacio de gobierno en el zócalo de la capital de la república en diciembre de 1922, y la represión militar que le siguió, bien figuran el escenario de lo que puede ocurrir en el país si la sociedad mexicana no frena por un momento su loca y ciega carrera al abismo de la depredación ambiental.



El domingo 19 de noviembre de 1922 la ciudad de México despertó sin agua. En la capital había, según el censo realizado el año anterior, 615 mil habitantes. En las primeras horas de la mañana la mayor parte de éstos descubrió que era imposible obtener de los grifos una sola gota. La higiene no era el mejor hábito de los capitalinos: muchos destinaban el domingo a su aseo personal —y pasaban el resto de la semana dándose rápidos baños de gato—. El sistema de aguas, pues, no pudo elegir peor día para fallar. Desde muy temprano ejércitos completos de fámulas y mozos fueron vistos con baldes en las manos, buscando el líquido de un lado a otro. No lograron encontrarlo más que en las fuentes públicas, porque el sonido de la ciudad “había perdido el canto del agua”. Con el pelo enmarañado y lagañas en los ojos, la gente se sentó a esperar. Iba a ser muy largo aquel domingo. Cada habitante de la ciudad solía disponer de un promedio de 200 litros diarios. Cuando cayó la noche las cañerías continuaban secas. “Hasta aquel día, nadie se había dado cuenta de la importancia que tiene el agua en nuestros usos domésticos”, consignó un periodista. Los baños de los cines, las cantinas, los teatros, los restaurantes, se estaban convirtiendo, para entonces, en algo parecido a zonas de desastre.

Al día siguiente se esparció la noticia de que, a causa del descuido de un empleado, las bombas de agua de la planta de la Condesa, en donde concluía el acueducto proveniente de Xochimilco, se habían inundado. El director de Aguas Potables anunció que iba a tomar tres días secar la maquinaria y entregó al público una mala noticia: en ese lapso, la ciudad carecería del líquido suficiente para satisfacer sus necesidades. El agua almacenada, dijo, sólo permitiría abastecer a la población durante dos horas diarias.

La gente alineó cubetas bajo los grifos en el horario señalado (de seis a siete de la mañana, y de cinco a seis de la tarde), pero el agua no llegó. A tres días del desperfecto, el Ayuntamiento informó que el problema iba a prolongarse a lo largo de la semana, “hasta el sábado o el domingo siguiente”. El Universal insertó en su primera plana un titular elocuente: “No hay Agua, no hay Agua, ¡No hay Agua!”.



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Mundo Nuestro. La revista Nexos presenta en este mes de marzo de 2017 un conjunto de ensayos que analizan estos nuevos y aciagos tiempos en la relación entre México y Estados Unidos. Así los presentan:

En este torrente analítico confluyen Trump y su hostilidad hacia sus vecinos del sur; el antimexicanismo en punto de ebullición entre los estadunidenses; el perfil del estratega más oscuro de la Casa Blanca; los detalles de las deportaciones de mexicanos; los desafíos del país sin el TLC y la necesidad de fortalecer el mercado latinoamericano.



Apuntes para lidiar con Washington

Fernando Escalante Gonzalbo

El mexicano feo

Mauricio Tenorio Trillo

Bannon: El estratega del apocalipsis

Juan Pablo García Moreno

A ver, depórtame

Jorge G. Castañeda y Eunice Rendón

Fronteras cambiantes

Luis Rubio

Sonriéndole a una casa en llamas

Alejandro González Ormerod

Había una vez un perro. Le gustaba dormir. No sé qué soñaría, pero en las mañanas lo levantaba una suerte de sonrisa. Conocía la serenidad y verlo vivir obligaba a ambicionar su condición de sabio. A veces andaba triste, como si supiera que la vida es difícil y no todo se puede, pero casi siempre movía la cola al ver de cerca a esa mujer que era su pertenencia.

Le gustaba tenerla, concederle la felicidad de ir tras sus pasos. Iba siguiéndola con sus ojos de niño viejo, derrapando en las escaleras antes que dejarla ir sin él, que la cuidaba de sentirse inútil.

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Ilustración: Gonzalo Tassier

Había que subirlo al coche porque ya no podía saltar, así que siempre se detuvo frente a la puerta levantando la cabeza, como hacemos los humanos cuando queremos pensar que del cielo puede caer alguna ayuda. Al contrario de nosotros, él no se equivocaba. Toda las veces encontró quien lo subiera.

Iban algunos días a caminar sobre el horrible pavimento de la ciudad, cayendo en los hoyos como si fueran canicas en tablero de damas chinas. Él rebotaba en el asiento y se hacía una rosca hasta que hallaba el equilibrio. Lo que fuera, con tal de seguir en la fiesta. Porque él —ahora no faltaría quien ahora lo creyera loco— estaba feliz en este mundo.

Era mi dueño. Pero yo pude pedir que lo durmieran. Para que no sufriera, dije. Porque eso de que el dolor purifica es asunto de una religión que no practico.



Ya no alcancé a decirle que ganó Trump. Mejor. No hubiera entendido y ¿para qué afligirlo si ya estaba tan viejo? Ahora he vuelto a hablar sola, porque mis cavilaciones como dislates sólo él las soportaba. “¿En qué mal momento se me ocurrió podar el árbol?”, ya no puedo preguntárselo a nadie sin que se arme un revuelo en contra de mi obsesión con las trivialidades.

Él habría escuchado mis aprehensiones sin que yo temiera estar repitiendo el lugar común de todo el mundo. Que si sucederá lo peor, que si tenemos miedo, que si cómo pudo ganar la elecciones gringas un tipo así. En cambio, como si fuera de mi propia invención, la revista nexos del mes pasado se la hubiera leído en voz alta mientras él dormitaba en su cojín sin inmutarse. Acompañarlo a vivir daba una paz de miedo.

Ahora como nunca sería un gran escucha. Que el alza de la gasolina haya creado esta furia tiene tanto que pensarle en voz alta. No es la gasolina, es el desgaste. No es la gasolina, es el silencio. No es la gasolina, es la actitud.

Nada les hubiera costado decir varias veces: miren ustedes, “con su compermiso” pero tenemos que subirle a la gasolina para no bajarles a las becas, ni a los hospitales. Esto mismo que ahora andan muy dispuestos a explicar. Ahora, ya que encajaron la certeza de que no les importa lo que pensemos.

Ya que andan en las marchas tantos enojados, tantos ávidos de cambiar un caos por otro. Sobran quienes andan haciendo interpretaciones, dilucidando quién paga qué y qué hay debajo de qué, o quién debajo de quién. Tantos amenazando o enardecidos. Tantos contando desgracias o milagros. Tantos, que es para enmudecer. Por eso me urge mi San Perro, dispuesto incluso a oír el silencio.

Mi hermano, el que más cavila, diagnostica: “Puede haber puntos de no retorno”. “¿Eso es promesa o amenaza?” —le pregunto. Porque si es promesa yo la tomo encantada. Aunque nada de lo que pienso tiene una lógica invencible. Y a nadie quiero darle mis opiniones. No hay en ellas una pizca de originalidad, menos de lucidez. Me pregunto como cualquiera: ¿Por qué será que este hombre cuando no es mudo es tartamudo? Le pido al bajo cielo que el ejército siga negándose a intervenir. ¿Por qué me enoja que el jefe del Ejecutivo se pinte el pelo? ¿Por qué no sé quién es el diputado, ni quién el específico senador, ni quién el juez al que yo tendría que pedirle cuentas? ¿Por qué entre los insultos a los policías está con dolo la palabra perros? No es la gasolina, es todo, pero sobre todo la falta de respeto, la impudicia. Gastan cuanto quieren, se pagan tres aguinaldos, vacacionan en mitad del desastre, van de puesto en puesto, de balcón en balcón y de plaza en plaza. Los funcionarios de los tres poderes. No sólo Peña Nieto, sino todos los miembros del Congreso representando a todos los partidos. Cada quién su obsesión, la mía es saber ¿para qué quiere el INE un edificio nuevo?, y ¿por qué se lo autorizan? ¿A quién financia la banca de desarrollo? Nos desgarra que Trump le exija a Ford que no traiga una fábrica, pero ni a quién le importe que una pequeña empresa haciendo el primer coche mexicano cierre dejando sin trabajo no a mil, pero sí a cuarenta y cinco trabajadores.

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Miro las noticias empeñada en los detalles. La gente que corre, la que persigue, se ve igual en todas las imágenes, encimándose en las fotografías y los videos. Los que encienden un fuego, los que rompen, hasta los que llevan entre los brazos una televisión —como quien lleva la biblioteca de Alejandría— se parecen. Los jóvenes, siete de cada diez son hombres jóvenes, no se distinguen mucho unos de otros. En cambio los destellos, lo que no tiene palabras, discrepa y enfatiza.

Una de las muchas cortinas bajadas en la Central de Abastos poblana dice arriba “Las mejores cemitas”. Apenas hacía unas horas ahí estaba la vida de todos los días. Había ahí una mujer sembrando trozos de aguacate sobre los panes en los que luego pone queso de hebra, chipo-tles y pápalo. En la marcha frente al Palacio Municipal de Puebla, en el que atiende un panista repentino, se exige que renuncie Peña Nieto. Como si en la iglesia de la virgen del Carmen hubiera una manifestación contra la del Perpetuo Socorro. Sabrá Dios, dirán las dos. Pero los marchistas ganaron esperanza y estuvieron un rato eufóricos imaginando otro futuro. Fueron al zócalo. Cantaron, maldijeron. Y le mentaron la madre a todo el que se lo merece. ¿Para qué más?

Si uno mira buscándolos, les recomiendo el solaz, verá que en casi todos los videos, lo mismo en medio de una multitud que de cinco pacíficos mirones, anda una perro. Y de repente dos. Se lo dije al señor de la casa. El pobre se ha resignado a oírme. Tenemos un intercambio injusto. Yo desordeno y él escarmena. Como grabamos tantos noticieros, podemos revisar las tomas.

—Fíjate cómo por ésta pasa un negro moviendo su cola de penacho. En este mismo hay uno café de ojos tristes. Mira cómo hurga entre los robos. Y te voy a buscar una toma en la que un blanco, asustado con los ruidos, salta sobre su dueña como si fuera un novio. Le pone las dos patas en los hombros y se abrazan.

Veo tres perros en el video en que una pequeña multitud con palos camina dispuesta a enfrentarse con quienes vienen en sentido contrario. No se conocen sino hasta ir acercándose. De pronto una mujer mira de frente a la marchanta que vende la cecina al otro lado de su puesto con frutas. ¿Cómo? ¿Quién les dijo que venían a atacarlos? Las dos terminan yendo juntas a avisarles a quienes cuidan la laguna de San Baltazar que pueden abrir las puertas porque todo ha sido falsa alarma.

De esto me entero por mi hermana que antes me mandó las imágenes. Tenemos un chat de hermanos. Por ahí ha pasado el país esta semana. Yo no he opinado mucho, mis opiniones cada vez son menos y cada vez más bárbaras. Creo que son opiniones para ser oídas por perros. Perros cuya existencia rompe la nada. Perros como era el mío. De los que saben escuchar las dudas y exorcizan el desaliento.

Romper la nada

Había una vez un perro. Le gustaba dormir. No sé qué soñaría, pero en las mañanas lo levantaba una suerte de sonrisa. Conocía la serenidad y verlo vivir obligaba a ambicionar su condición de sabio. A veces andaba triste, como si supiera que la vida es difícil y no todo se puede, pero casi siempre movía la cola al ver de cerca a esa mujer que era su pertenencia.

Le gustaba tenerla, concederle la felicidad de ir tras sus pasos. Iba siguiéndola con sus ojos de niño viejo, derrapando en las escaleras antes que dejarla ir sin él, que la cuidaba de sentirse inútil.

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Ilustración: Gonzalo Tassier

Había que subirlo al coche porque ya no podía saltar, así que siempre se detuvo frente a la puerta levantando la cabeza, como hacemos los humanos cuando queremos pensar que del cielo puede caer alguna ayuda. Al contrario de nosotros, él no se equivocaba. Toda las veces encontró quien lo subiera.

Iban algunos días a caminar sobre el horrible pavimento de la ciudad, cayendo en los hoyos como si fueran canicas en tablero de damas chinas. Él rebotaba en el asiento y se hacía una rosca hasta que hallaba el equilibrio. Lo que fuera, con tal de seguir en la fiesta. Porque él —ahora no faltaría quien ahora lo creyera loco— estaba feliz en este mundo.

Era mi dueño. Pero yo pude pedir que lo durmieran. Para que no sufriera, dije. Porque eso de que el dolor purifica es asunto de una religión que no practico.



Ya no alcancé a decirle que ganó Trump. Mejor. No hubiera entendido y ¿para qué afligirlo si ya estaba tan viejo? Ahora he vuelto a hablar sola, porque mis cavilaciones como dislates sólo él las soportaba. “¿En qué mal momento se me ocurrió podar el árbol?”, ya no puedo preguntárselo a nadie sin que se arme un revuelo en contra de mi obsesión con las trivialidades.

Él habría escuchado mis aprehensiones sin que yo temiera estar repitiendo el lugar común de todo el mundo. Que si sucederá lo peor, que si tenemos miedo, que si cómo pudo ganar la elecciones gringas un tipo así. En cambio, como si fuera de mi propia invención, la revista nexos del mes pasado se la hubiera leído en voz alta mientras él dormitaba en su cojín sin inmutarse. Acompañarlo a vivir daba una paz de miedo.

Ahora como nunca sería un gran escucha. Que el alza de la gasolina haya creado esta furia tiene tanto que pensarle en voz alta. No es la gasolina, es el desgaste. No es la gasolina, es el silencio. No es la gasolina, es la actitud.

Nada les hubiera costado decir varias veces: miren ustedes, “con su compermiso” pero tenemos que subirle a la gasolina para no bajarles a las becas, ni a los hospitales. Esto mismo que ahora andan muy dispuestos a explicar. Ahora, ya que encajaron la certeza de que no les importa lo que pensemos.

Ya que andan en las marchas tantos enojados, tantos ávidos de cambiar un caos por otro. Sobran quienes andan haciendo interpretaciones, dilucidando quién paga qué y qué hay debajo de qué, o quién debajo de quién. Tantos amenazando o enardecidos. Tantos contando desgracias o milagros. Tantos, que es para enmudecer. Por eso me urge mi San Perro, dispuesto incluso a oír el silencio.

Mi hermano, el que más cavila, diagnostica: “Puede haber puntos de no retorno”. “¿Eso es promesa o amenaza?” —le pregunto. Porque si es promesa yo la tomo encantada. Aunque nada de lo que pienso tiene una lógica invencible. Y a nadie quiero darle mis opiniones. No hay en ellas una pizca de originalidad, menos de lucidez. Me pregunto como cualquiera: ¿Por qué será que este hombre cuando no es mudo es tartamudo? Le pido al bajo cielo que el ejército siga negándose a intervenir. ¿Por qué me enoja que el jefe del Ejecutivo se pinte el pelo? ¿Por qué no sé quién es el diputado, ni quién el específico senador, ni quién el juez al que yo tendría que pedirle cuentas? ¿Por qué entre los insultos a los policías está con dolo la palabra perros? No es la gasolina, es todo, pero sobre todo la falta de respeto, la impudicia. Gastan cuanto quieren, se pagan tres aguinaldos, vacacionan en mitad del desastre, van de puesto en puesto, de balcón en balcón y de plaza en plaza. Los funcionarios de los tres poderes. No sólo Peña Nieto, sino todos los miembros del Congreso representando a todos los partidos. Cada quién su obsesión, la mía es saber ¿para qué quiere el INE un edificio nuevo?, y ¿por qué se lo autorizan? ¿A quién financia la banca de desarrollo? Nos desgarra que Trump le exija a Ford que no traiga una fábrica, pero ni a quién le importe que una pequeña empresa haciendo el primer coche mexicano cierre dejando sin trabajo no a mil, pero sí a cuarenta y cinco trabajadores.

01-romper-02

Miro las noticias empeñada en los detalles. La gente que corre, la que persigue, se ve igual en todas las imágenes, encimándose en las fotografías y los videos. Los que encienden un fuego, los que rompen, hasta los que llevan entre los brazos una televisión —como quien lleva la biblioteca de Alejandría— se parecen. Los jóvenes, siete de cada diez son hombres jóvenes, no se distinguen mucho unos de otros. En cambio los destellos, lo que no tiene palabras, discrepa y enfatiza.

Una de las muchas cortinas bajadas en la Central de Abastos poblana dice arriba “Las mejores cemitas”. Apenas hacía unas horas ahí estaba la vida de todos los días. Había ahí una mujer sembrando trozos de aguacate sobre los panes en los que luego pone queso de hebra, chipo-tles y pápalo. En la marcha frente al Palacio Municipal de Puebla, en el que atiende un panista repentino, se exige que renuncie Peña Nieto. Como si en la iglesia de la virgen del Carmen hubiera una manifestación contra la del Perpetuo Socorro. Sabrá Dios, dirán las dos. Pero los marchistas ganaron esperanza y estuvieron un rato eufóricos imaginando otro futuro. Fueron al zócalo. Cantaron, maldijeron. Y le mentaron la madre a todo el que se lo merece. ¿Para qué más?

Si uno mira buscándolos, les recomiendo el solaz, verá que en casi todos los videos, lo mismo en medio de una multitud que de cinco pacíficos mirones, anda una perro. Y de repente dos. Se lo dije al señor de la casa. El pobre se ha resignado a oírme. Tenemos un intercambio injusto. Yo desordeno y él escarmena. Como grabamos tantos noticieros, podemos revisar las tomas.

—Fíjate cómo por ésta pasa un negro moviendo su cola de penacho. En este mismo hay uno café de ojos tristes. Mira cómo hurga entre los robos. Y te voy a buscar una toma en la que un blanco, asustado con los ruidos, salta sobre su dueña como si fuera un novio. Le pone las dos patas en los hombros y se abrazan.

Veo tres perros en el video en que una pequeña multitud con palos camina dispuesta a enfrentarse con quienes vienen en sentido contrario. No se conocen sino hasta ir acercándose. De pronto una mujer mira de frente a la marchanta que vende la cecina al otro lado de su puesto con frutas. ¿Cómo? ¿Quién les dijo que venían a atacarlos? Las dos terminan yendo juntas a avisarles a quienes cuidan la laguna de San Baltazar que pueden abrir las puertas porque todo ha sido falsa alarma.

De esto me entero por mi hermana que antes me mandó las imágenes. Tenemos un chat de hermanos. Por ahí ha pasado el país esta semana. Yo no he opinado mucho, mis opiniones cada vez son menos y cada vez más bárbaras. Creo que son opiniones para ser oídas por perros. Perros cuya existencia rompe la nada. Perros como era el mío. De los que saben escuchar las dudas y exorcizan el desaliento.

Mundo Nuestro. Publicado por la revista Nexos en su edición de febrero de 2013 --en el marco del centenario de la llamada Decena Trágica, este texto del historiador Antonio Saborit recupera día a día los acontecimientos que desencadenaron la guerra civil a arrolló al país en la segunda década del siglo pasado, a la que llamamos Revolución Mexicana.

El gobierno de Francisco I. Madero no cayó por obra de uno, sino de dos cuartelazos que estallaron sucesivamente el 9 y el 18 de febrero de 1913. A eso llegó Nemesio García Naranjo años después del desmantelamiento y ruina de Madero. Victoriano Huerta, estrella negra del segundo cuartelazo, con un batallón tuvo para dar el golpe de Estado, pues desde hacía meses no contaba ya con la División del Norte y como novísimo comandante militar de la ciudad de México tampoco tenía jefes que le fueran adictos en la guarnición, pero sobre todo estaba al tanto de la división existente tanto en el ejército federal como en las fuerzas pronunciadas en la Ciudadela.



Los diarios y revistas de la capital en buena medida tenían meses de azuzar el descontento hacia la persona y el gobierno de Madero. El propio medio periodístico no estaba libre del contagio de sus campañas, y de él era parte García Naranjo pues en octubre de 1912 se estrenó como director de un nuevo diario, La Tribuna.

La sociedad política no se escapaba del descontento, a juzgar por la iniciativa del puñado de senadores que sugirió al presidente Madero presentar su renuncia, y en el graso caldo de la contrariedad se maceraban desde hacía meses las minorías dinámicas que se habían creído con el derecho político para ocupar un espacio en el gobierno maderista. Tampoco estaban exentos los habitantes de la ciudad, al cabo de 10 días de padecer incertidumbre, miedo y angustia debido al tiroteo que había en algunas calles, así como un cañoneo deliberada y lamentablemente errático. El descontento reinaba asimismo en el interior de la Ciudadela y en algunos puntos del norte del país, como Nuevo Laredo y Matamoros, y en varias zonas de los estados de Veracruz, Puebla y Morelos. Pero más que generalizado el descontento parecía operar a sus anchas a lo largo del proceso de comunicación. Ese fue el tono con el que los individuos discutieron y debatieron los asuntos del maderismo en el territorio social que se ubica entre el espacio privado de la vida doméstica y el espacio oficial del Estado, y al que se asocia la tumultuosa vida de las cantinas, tívolis, cafés y restaurantes capitalinos de principio de siglo, y la no menos agitada agenda de los medios impresos de comunicación. El descontento era la moneda corriente de la hora y de ella se supo valer Huerta para comprar dispensa o inmunidad para sus actos.

Si las sublevaciones se dominan por el efecto de los proyectiles, a las nueve de la mañana de ese espléndido domingo 9 de febrero el general Lauro Villar derrotó al menos a una parte del cuartelazo que ese día tomó las armas en nombre de la paz y la justicia. La otra parte de la sublevación, al frente de la cual estaban el general Manuel Mondragón y el sobrino de Porfirio Díaz, huyó en el acto de la Plaza de la Constitución para reunirse al pie del reloj de las cuatro carátulas en Bucareli.



Puedes seguir leyendo en la revista Nexos:

http://www.nexos.com.mx/?p=15169


Los cuatro golpistas: Manuel Mondragón, Victoriano Huerta, Félix Díaz y Aueliano Blanquet.



Mondrágón y Díaz posan para la foto en el pizarrón de la balística.