Revista Nexos

Romper la nada

Había una vez un perro. Le gustaba dormir. No sé qué soñaría, pero en las mañanas lo levantaba una suerte de sonrisa. Conocía la serenidad y verlo vivir obligaba a ambicionar su condición de sabio. A veces andaba triste, como si supiera que la vida es difícil y no todo se puede, pero casi siempre movía la cola al ver de cerca a esa mujer que era su pertenencia.

Le gustaba tenerla, concederle la felicidad de ir tras sus pasos. Iba siguiéndola con sus ojos de niño viejo, derrapando en las escaleras antes que dejarla ir sin él, que la cuidaba de sentirse inútil.

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Ilustración: Gonzalo Tassier

Había que subirlo al coche porque ya no podía saltar, así que siempre se detuvo frente a la puerta levantando la cabeza, como hacemos los humanos cuando queremos pensar que del cielo puede caer alguna ayuda. Al contrario de nosotros, él no se equivocaba. Toda las veces encontró quien lo subiera.

Iban algunos días a caminar sobre el horrible pavimento de la ciudad, cayendo en los hoyos como si fueran canicas en tablero de damas chinas. Él rebotaba en el asiento y se hacía una rosca hasta que hallaba el equilibrio. Lo que fuera, con tal de seguir en la fiesta. Porque él —ahora no faltaría quien ahora lo creyera loco— estaba feliz en este mundo.

Era mi dueño. Pero yo pude pedir que lo durmieran. Para que no sufriera, dije. Porque eso de que el dolor purifica es asunto de una religión que no practico.



Ya no alcancé a decirle que ganó Trump. Mejor. No hubiera entendido y ¿para qué afligirlo si ya estaba tan viejo? Ahora he vuelto a hablar sola, porque mis cavilaciones como dislates sólo él las soportaba. “¿En qué mal momento se me ocurrió podar el árbol?”, ya no puedo preguntárselo a nadie sin que se arme un revuelo en contra de mi obsesión con las trivialidades.

Él habría escuchado mis aprehensiones sin que yo temiera estar repitiendo el lugar común de todo el mundo. Que si sucederá lo peor, que si tenemos miedo, que si cómo pudo ganar la elecciones gringas un tipo así. En cambio, como si fuera de mi propia invención, la revista nexos del mes pasado se la hubiera leído en voz alta mientras él dormitaba en su cojín sin inmutarse. Acompañarlo a vivir daba una paz de miedo.

Ahora como nunca sería un gran escucha. Que el alza de la gasolina haya creado esta furia tiene tanto que pensarle en voz alta. No es la gasolina, es el desgaste. No es la gasolina, es el silencio. No es la gasolina, es la actitud.

Nada les hubiera costado decir varias veces: miren ustedes, “con su compermiso” pero tenemos que subirle a la gasolina para no bajarles a las becas, ni a los hospitales. Esto mismo que ahora andan muy dispuestos a explicar. Ahora, ya que encajaron la certeza de que no les importa lo que pensemos.

Ya que andan en las marchas tantos enojados, tantos ávidos de cambiar un caos por otro. Sobran quienes andan haciendo interpretaciones, dilucidando quién paga qué y qué hay debajo de qué, o quién debajo de quién. Tantos amenazando o enardecidos. Tantos contando desgracias o milagros. Tantos, que es para enmudecer. Por eso me urge mi San Perro, dispuesto incluso a oír el silencio.

Mi hermano, el que más cavila, diagnostica: “Puede haber puntos de no retorno”. “¿Eso es promesa o amenaza?” —le pregunto. Porque si es promesa yo la tomo encantada. Aunque nada de lo que pienso tiene una lógica invencible. Y a nadie quiero darle mis opiniones. No hay en ellas una pizca de originalidad, menos de lucidez. Me pregunto como cualquiera: ¿Por qué será que este hombre cuando no es mudo es tartamudo? Le pido al bajo cielo que el ejército siga negándose a intervenir. ¿Por qué me enoja que el jefe del Ejecutivo se pinte el pelo? ¿Por qué no sé quién es el diputado, ni quién el específico senador, ni quién el juez al que yo tendría que pedirle cuentas? ¿Por qué entre los insultos a los policías está con dolo la palabra perros? No es la gasolina, es todo, pero sobre todo la falta de respeto, la impudicia. Gastan cuanto quieren, se pagan tres aguinaldos, vacacionan en mitad del desastre, van de puesto en puesto, de balcón en balcón y de plaza en plaza. Los funcionarios de los tres poderes. No sólo Peña Nieto, sino todos los miembros del Congreso representando a todos los partidos. Cada quién su obsesión, la mía es saber ¿para qué quiere el INE un edificio nuevo?, y ¿por qué se lo autorizan? ¿A quién financia la banca de desarrollo? Nos desgarra que Trump le exija a Ford que no traiga una fábrica, pero ni a quién le importe que una pequeña empresa haciendo el primer coche mexicano cierre dejando sin trabajo no a mil, pero sí a cuarenta y cinco trabajadores.

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Miro las noticias empeñada en los detalles. La gente que corre, la que persigue, se ve igual en todas las imágenes, encimándose en las fotografías y los videos. Los que encienden un fuego, los que rompen, hasta los que llevan entre los brazos una televisión —como quien lleva la biblioteca de Alejandría— se parecen. Los jóvenes, siete de cada diez son hombres jóvenes, no se distinguen mucho unos de otros. En cambio los destellos, lo que no tiene palabras, discrepa y enfatiza.

Una de las muchas cortinas bajadas en la Central de Abastos poblana dice arriba “Las mejores cemitas”. Apenas hacía unas horas ahí estaba la vida de todos los días. Había ahí una mujer sembrando trozos de aguacate sobre los panes en los que luego pone queso de hebra, chipo-tles y pápalo. En la marcha frente al Palacio Municipal de Puebla, en el que atiende un panista repentino, se exige que renuncie Peña Nieto. Como si en la iglesia de la virgen del Carmen hubiera una manifestación contra la del Perpetuo Socorro. Sabrá Dios, dirán las dos. Pero los marchistas ganaron esperanza y estuvieron un rato eufóricos imaginando otro futuro. Fueron al zócalo. Cantaron, maldijeron. Y le mentaron la madre a todo el que se lo merece. ¿Para qué más?

Si uno mira buscándolos, les recomiendo el solaz, verá que en casi todos los videos, lo mismo en medio de una multitud que de cinco pacíficos mirones, anda una perro. Y de repente dos. Se lo dije al señor de la casa. El pobre se ha resignado a oírme. Tenemos un intercambio injusto. Yo desordeno y él escarmena. Como grabamos tantos noticieros, podemos revisar las tomas.

—Fíjate cómo por ésta pasa un negro moviendo su cola de penacho. En este mismo hay uno café de ojos tristes. Mira cómo hurga entre los robos. Y te voy a buscar una toma en la que un blanco, asustado con los ruidos, salta sobre su dueña como si fuera un novio. Le pone las dos patas en los hombros y se abrazan.

Veo tres perros en el video en que una pequeña multitud con palos camina dispuesta a enfrentarse con quienes vienen en sentido contrario. No se conocen sino hasta ir acercándose. De pronto una mujer mira de frente a la marchanta que vende la cecina al otro lado de su puesto con frutas. ¿Cómo? ¿Quién les dijo que venían a atacarlos? Las dos terminan yendo juntas a avisarles a quienes cuidan la laguna de San Baltazar que pueden abrir las puertas porque todo ha sido falsa alarma.

De esto me entero por mi hermana que antes me mandó las imágenes. Tenemos un chat de hermanos. Por ahí ha pasado el país esta semana. Yo no he opinado mucho, mis opiniones cada vez son menos y cada vez más bárbaras. Creo que son opiniones para ser oídas por perros. Perros cuya existencia rompe la nada. Perros como era el mío. De los que saben escuchar las dudas y exorcizan el desaliento.

Mundo Nuestro. Publicado por la revista Nexos en su edición de febrero de 2013 --en el marco del centenario de la llamada Decena Trágica, este texto del historiador Antonio Saborit recupera día a día los acontecimientos que desencadenaron la guerra civil a arrolló al país en la segunda década del siglo pasado, a la que llamamos Revolución Mexicana.

El gobierno de Francisco I. Madero no cayó por obra de uno, sino de dos cuartelazos que estallaron sucesivamente el 9 y el 18 de febrero de 1913. A eso llegó Nemesio García Naranjo años después del desmantelamiento y ruina de Madero. Victoriano Huerta, estrella negra del segundo cuartelazo, con un batallón tuvo para dar el golpe de Estado, pues desde hacía meses no contaba ya con la División del Norte y como novísimo comandante militar de la ciudad de México tampoco tenía jefes que le fueran adictos en la guarnición, pero sobre todo estaba al tanto de la división existente tanto en el ejército federal como en las fuerzas pronunciadas en la Ciudadela.



Los diarios y revistas de la capital en buena medida tenían meses de azuzar el descontento hacia la persona y el gobierno de Madero. El propio medio periodístico no estaba libre del contagio de sus campañas, y de él era parte García Naranjo pues en octubre de 1912 se estrenó como director de un nuevo diario, La Tribuna.

La sociedad política no se escapaba del descontento, a juzgar por la iniciativa del puñado de senadores que sugirió al presidente Madero presentar su renuncia, y en el graso caldo de la contrariedad se maceraban desde hacía meses las minorías dinámicas que se habían creído con el derecho político para ocupar un espacio en el gobierno maderista. Tampoco estaban exentos los habitantes de la ciudad, al cabo de 10 días de padecer incertidumbre, miedo y angustia debido al tiroteo que había en algunas calles, así como un cañoneo deliberada y lamentablemente errático. El descontento reinaba asimismo en el interior de la Ciudadela y en algunos puntos del norte del país, como Nuevo Laredo y Matamoros, y en varias zonas de los estados de Veracruz, Puebla y Morelos. Pero más que generalizado el descontento parecía operar a sus anchas a lo largo del proceso de comunicación. Ese fue el tono con el que los individuos discutieron y debatieron los asuntos del maderismo en el territorio social que se ubica entre el espacio privado de la vida doméstica y el espacio oficial del Estado, y al que se asocia la tumultuosa vida de las cantinas, tívolis, cafés y restaurantes capitalinos de principio de siglo, y la no menos agitada agenda de los medios impresos de comunicación. El descontento era la moneda corriente de la hora y de ella se supo valer Huerta para comprar dispensa o inmunidad para sus actos.

Si las sublevaciones se dominan por el efecto de los proyectiles, a las nueve de la mañana de ese espléndido domingo 9 de febrero el general Lauro Villar derrotó al menos a una parte del cuartelazo que ese día tomó las armas en nombre de la paz y la justicia. La otra parte de la sublevación, al frente de la cual estaban el general Manuel Mondragón y el sobrino de Porfirio Díaz, huyó en el acto de la Plaza de la Constitución para reunirse al pie del reloj de las cuatro carátulas en Bucareli.



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http://www.nexos.com.mx/?p=15169


Los cuatro golpistas: Manuel Mondragón, Victoriano Huerta, Félix Díaz y Aueliano Blanquet.



Mondrágón y Díaz posan para la foto en el pizarrón de la balística.


Mundo Nuestro. La revista Nexos ofrece en su número de febrero una perspectiva crítica de los avatares de nuestra Constitución en el centenario de su promulgación. Aquí el texto de presentación y las ligas a los articulos de Luis María Aguilar, José Antonio Aguilar Rivera, Héctor Aguilar Camín, Emilio Lourí y Saúl López Noriega.



La Constitución de 1917 llega a su centenario viva, ojerosa y enmendada. En muchos pasajes, irreconocible. La Constitución vigente es más larga, más enredada, más liberal, más democrática y más contradictoria que la aprobada hace cien años en Querétaro.

Dedicamos este número a una revisión histórica de los linajes y las metamorfosis de nuestra Carta Magna.

El presidente de la Suprema Corte, Luis María Aguilar, vuelve a las fuentes históricas que dieron origen al documento de 1917: un ejercicio impecable de memoria y comentario constitucional.

José Antonio Aguilar Rivera recupera las voces críticas, en muchos sentidos proféticas, que se alzaron en su tiempo contra la Constitución promulgada el 5 de febrero en Querétaro. Estas críticas parecían decir sólo que todo tiempo pasado era mejor, pero anticipaban algunas de las consecuencias perniciosas que el nuevo código sembraba para el futuro.

Héctor Aguilar Camín esboza la costumbre de la legalidad negociada que está en el corazón de la cultura política mexicana, una de las creencias profundas del país que inhiben la construcción de una democracia sometida a la ley.



Emilio Kourí recupera la forma en que el artículo 27 de la Constitución se hizo realidad en una reforma agraria llena de consecuencias no buscadas.

Saúl López Noriega repasa las secuelas deformantes, a veces catastróficas, de artículos constitucionales que normaron para mal algunas de nuestras instituciones y nuestras leyes.

La Constitución es parte viva de nuestra vida pública. No es el lugar de nuestra veneración, sino de nuestros combates y nuestros sueños.

Mundo Nuestro. El 27 de enero de 1945 soldados aliados liberaron el campo de Auschwitz. Una escena que hemos visto en muchas películas. Ese extremo del horror no ha sido, sin embargo, la última de la infamias, y desde entonces la humanidad aquí y allá ha dado pruebas claras de que no basta la memoria para impedir que los genocidios se repitan.

No basta, pero ayuda a no perder en la distancia la conciencia de la ignominia. Aquí, dos ejercicios periodísticos que nos permiten recordar de dónde viene el mundo nuestro.



Esta crónica gráfica elaborada por los propios autores del holocausto en la Segunda Guerra Mundial. Las fotos de un día cualquiera en Auschwitz que los oficiales alemanes tomaban como registro de sus actividades, y que este reportaje gráfico en El País recupera el día de hoy:

El País: Las fotos de los SS que reflejan el horror cotidiano de Auschwitz



Y en la revista nexos este párrafo del texto de Tessy Schlosser Presburger, íctimas del holocausto: entre vivos recordar:

"El deseo de compartir con otros también puede cambiar: de querer compartir el dolor con los muertos a solidarizarse con los vivos. Vivimos aquí, con lo que tenemos —con lo que algunos que vivieron, murieron, mataron y fueron asesinados antes de nosotros nos dejaron. Los muertos tienen nuestro dolor, mas la responsabilidad y deuda de los vivos está con el resto de los vivos. Los muertos pueden vivir en nosotros, pero es con los vivos que nos seguimos moviendo. La vida se celebra en vida, con los vivos, viviendo y tal vez, si la inquietud y el dolor nos superan, cuestionando al menos una vez al año: ¿por qué algunos vivos quieren que otros vivos estén muertos? Y jamás pasando por alto la pregunta: ¿por qué algunos vivos quieren que otros vivos estén muertos? Volviendo a pasar por el corazón la duda: ¿por qué algunos vivos quieren que otros vivos estén muertos?"

Revista Nexos: Víctimas del Holocausto: entre vivos recordar

Revista Nexos

El sello de la vida cotidiana de México en los últimos diez años ha sido el de la violencia desmedida. El comienzo de esta era de tinieblas puede fecharse: 11 de diciembre de 2006. Aquel día el presidente Felipe Calderón declaró la guerra al narcotráfico. La intención declarada era detener a los delincuentes que actuaban como amos y señores en varios estados. Siete mil efectivos fueron asignados para poner en marcha un operativo conjunto en Michoacán. La fiera de la delincuencia organizada sintió el pinchazo en el lomo y desde entonces no ha dejado de dar coletazos.

Han sido diez años en los que se tuvo que aprender a medir los homicidios vinculados con este tipo de violencia. Han sido diez años en los que la narrativa del narcotráfico en México se tambaleó: surgieron nuevas células, aparecieron nuevos líderes, murieron o fueron detenidos los antiguos. Han sido diez años en los que la estrategia del gobierno federal no ha podido aclarar su rumbo, más allá de la permanencia del ejército en las calles y el empecinamiento de la prohibición de las drogas. Han sido diez años que han dejado miles de desplazados internos. Han sido diez años en los que algunos periodistas y medios han usado la autocensura como su carta de sobrevivencia. Han sido diez años de sangre y plomo.



Desde enero de 2009 en las páginas de nexos se ha hecho el registro sistemático y preciso de esta nueva y amenazante realidad. Hoy volvemos a los autores clave que han analizado y narrado periodísticamente qué ha sucedido durante la guerra contra el narcotráfico. El recuento petrifica. Héctor de Mauleón, Eduardo Guerrero, Guillermo Valdés, Fernando Escalante y Alejandro Hope se ocupan de las abrumadoras cifras y de los episodios macabros reportados por la prensa un día sí y otro también. En la sección “Ciudad de libros”, Roberto Pliego, Esteban Illades y Margarito Cuéllar revisan la narrativa, el periodismo y la poesía que se han escrito bajo esta década que nadie quisiera nombrar.


Esta década de sangre.
Episodios de una tragedia

Héctor de Mauleón


Un decenio de violencia

Eduardo Guerrero


La senda del crimen

Guillermo Valdés


La guerra confusa

Fernando Escalante


En tiempos de Peña Nieto

Alejandro Hope


Las novelas que el narco ha dejado

Roberto Pliego


El periodismo en los tiempos del narco

Esteban Illades


Poesía y balas

Margarito Cuéllar


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Mundo Nuestro. Murió Mohamed Alí, el más grande de los boxeadores en el siglo XX. Para muchos de nosotros, la historia deportiva mundial arrancó cuando Cassius Clay derribó al mastodonte Sonny Liston en el primer round, cuando ni tiempo tuvimos de entender que la vida es así, un golpe mortal y breve. Aquí, este texto homenaje del escritor Alejandro Toledo publicado por la revista Nexos el fin de semana.

La aparición del ex campeón del mundo de boxeo en el final del camino de la llama olímpica, en los Juegos Olímpicos de Atlanta en 1996, estremeció al mundo. En el Corriere della Sera se aseguraba: “Clay conmueve, pero la piedad por la enfermedad del gran púgil no apaga las controversias sobre su rechazo a hacer el servicio militar”. En La Republica, también de Italia, se leyó: “El más grande, el púgil que sobre el ring bailaba como una mariposa y picaba como una avispa pedía ayuda porque las llamas le estaban quemando el brazo. Pero en los Juegos, desnudo en su enfermedad, Mohammed Alí ha pegado duro, seguramente más que antes, al demostrar que hay aún cosas que hacen palpitar el corazón por algo distinto al miedo”.



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El 5 de junio 12 estados elegirán gobernador y renovarán tanto Congresos como municipios. Se trata de Aguascalientes, Chihuahua, Durango, Hidalgo, Oaxaca, Puebla, Quintana Roo, Sinaloa, Tamaulipas, Tlaxcala, Veracruz y Zacatecas. Dispares en población, geografía y en muchos otros temas, pero que comparten ciertas características de las que vale la pena hablar. El siguiente texto no pretende ser una guía electoral, sino un simple semáforo para mostrar lo que se juega en estos 12 estados: el control del 33% de la deuda total de México.

Son opacos

De ellos, uno en particular resalta por su opacidad: Quintana Roo. Según el Índice de Información Presupuestal Estatal 2015, elaborado por el Instituto Mexicano para la Competitividad (IMCO), Quintana Roo, bajo el gobierno de Roberto Borge, sólo tiene disponible públicamente 50% de la información sobre sus recursos, lo que lo vuelve el estado peor evaluado del país. Es decir, la mitad del dinero que maneja es en total opacidad.

Puebla, del otro lado, cumple con 100% de los requisitos del Índice, por lo que en teoría debería ser un estado de transparencia total. No obstante, el manejo de sus recursos sigue siendo oscuro: un caso concreto de esto sería el fideicomiso avalado por el gobernador Moreno Valle a inicios de este año. El fideicomiso, adquirido con la empresa Evercore-Protego, no está sujeto a ninguna ley de transparencia y estará compuesto por todo ingreso de ISN (impuesto sobre la nómina) estatal durante los próximos 50 años. En 2014 el ISN recaudado por Puebla fue de dos mil 35 millones de pesos, mismos que, de ser ingresados al fideicomiso, dejarían de ser rastreables por la sociedad.1 La colocación del impuesto no tuvo que ser aprobada por el Congreso local.



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Ilustraciones: Jonathan Rosas

Mundo Nuestro. Ayotzinapa, el crimen y la impunidad extrema, imperecedera en México. La tortura como método casi único de procuración de justicia. Los derechos humanos en un debate que es el único camino para salvar el sistema democrático mexicano. Las recomendaciones del GIEI al gobierno de Peña Nieto que llevan a la conclusión de que el sistema de justicia en México está fundado en la tortura. No son tiempos gratos los que vivimos. En este marco el esfuerzo intelectual de la revista Nexos frente a esta difícil coyuntura de nuestra nación.

Ilustración de Fabricio Vanden Broeck/Revista Nexos



Un método de investigación llamado tortura

Ana Laura Magaloni • Beatriz Magaloni/Revista Nexos

Llorar a los inocentes es fácil. Lo que nos define como individuos y como sociedad es nuestra capacidad de exigir dignidad y legalidad en el tratamiento de los culpables. El compromiso con el proceso civilizatorio es largo y exige lo mejor de nosotros: respetar la vida de todos. Todo lo que no sea eso es demagogia. —Eliane Brum

En el centro del sistema de procuración e impartición de justicia mexicano se encuentran el abuso y la arbitrariedad. La inmensa mayoría de los internos que hoy se encuentran recluidos en algún penal padecieron distintas dosis de abuso por parte de policías, ministerios públicos, jueces, secretarios de juzgado, defensores y custodios. Desde la detención hasta la sentencia es frecuente que alguno o varios funcionarios del sistema mientan al imputado, le imposibiliten el acceso a un abogado, le modifiquen o manipulen sus declaraciones, le fabriquen evidencia, le insulten, le humillen, le amenacen y un largo etcétera. Así funcionan nuestras instituciones. Y llevan funcionando de esta manera por mucho tiempo. Un trato digno y legal a los que han cometido un delito no es todavía una aspiración social colectiva, ni mucho menos forma parte de la brújula axiológica para reformar las instituciones de seguridad y de justicia en México.



Ana Laura Magaloni/Profesora del CIDE. Beatriz Magaloni/Profesora de la Universidad de Stanford.

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Ilustración de Fabricio Vanden Broeck/Revista Nexos

Retratos de tortura

Simón Hernández León

El siglo XXI despunta pero el largo transcurrir de la humanidad no nos hace diferentes en prácticas a aquellos que hemos condenado en la historia como seres brutales. La tortura, esa técnica de dominación por excelencia, nos remite a la crueldad e irracionalidad. Sin embargo, esa capacidad de intervención violenta para lograr la anulación de otro ser humano es tolerada por un silencio cómplice de nuestras sociedades.

Recientemente, el relator especial de las Naciones Unidas sobre la tortura, Juan Méndez, afirmó —en un informe detallado sobre la cuestión— que en México la tortura es un ejercicio común en todos los niveles de gobierno y en prácticamente todas las fuerzas de seguridad del Estado. El discurso oficial y la condena gubernamental contrastan con el panorama terrorífico de miles de personas: en México la tortura se practica desde el Estado y se alienta por el ciclo de impunidad que es común a ella.

Simón Hernández León/Defensor de derechos humanos.

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Ilustración de Fabricio Vanden Broeck/Revista Nexos

La tortura y la ley

José Antonio Guevara Bermúdez

Mucho se ha debatido sobre la necesidad de crear una nueva ley en materia de tortura y sobre la urgencia de mover las voluntades de los servidores públicos del más alto nivel de gobierno para que, efectivamente, se investigue este delito. La discusión se suscita en el contexto de un alarmante número de casos documentados por organismos de derechos humanos, por la ausencia de investigaciones, pero sobre todo por las muy pocas sentencias que evidencien la efectiva prohibición del delito.

Algunos creemos que la ausencia de castigos se debe a que las procuradurías y fiscalías del país no sólo han incumplido con sus obligaciones constitucionales y legales de llevar a juicio a policías y militares que han torturado, sino que carecen de voluntad para hacerlo. Por el número de casos, pareciera que no son hechos aislados donde funcionarios individualmente infringieron la ley, sino de una política deliberada que ha creado un sistema en el que el aparato de seguridad está autorizado a torturar y, gracias a la impunidad, lo puede repetir hasta llegar a niveles que pueden calificar esa práctica como crimen de lesa humanidad.

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