Profética, Casa de la Lectura

Empeños de un lector

Carta de una desconocida (Acantilado, 2002)



Cómo sería contar una historia que inicia el día de tu cumpleaños número cuarenta y uno con la llegada de una anónima carta, la cual contiene la historia de la muerte de un hijo y, sin embargo, está dirigida a ti. “¿A quién podría contarle, en esta terrible hora, sino a ti, que fuiste y eres todo para mí? Quizá no pueda hablarte de una forma muy clara, quizá no me entiendas”.

Carta de una desconocida (Acantilado, 2002) es una invitación a la intimidad de una pasión desmedida, marcada por el silencio que una mañana se corrompe por la palabra. Leemos en esta carta una tensa narración, el reflejo de un momento de crisis en la vida de una desconocida, quien decide dirigirse en su lecho de muerte al famoso novelista R. —un personaje que parece ajeno a todo lo que sucede, viviendo al margen de las historia en sus libros—, con una extraña confesión que acompaña el deseo y la idealización hacia una figura enigmática.



Se trata de una narración breve que inicia con un narrador en tercera persona, la cual permite movernos por los pensamientos y sensaciones de los personajes; este narrador con una estrategia de zoom óptico, nos conduce directamente a un tono íntimo, al registro de cercanía que ofrecen algunas cartas, tan impersonal hoy en día:

No quería sentir calor por miedo a dormirme y no oír tus pasos. Tenía calambres en los pies y los brazos me temblaban. Tenía que levantarme continuamente por el frío que hacía en esa horrible oscuridad. Pero esperé, esperé y te esperé como si estuviese esperando mi destino.

En un artículo Juan Villoro señala que pertenecemos a esa generación que ha visto desaparecer las cartas, la escritura privada de ellas es el registro del pasado; la memoria es el recurso del que se valía aquella tradición que ahora parece estar en crisis. La narración de Stefan Sweig está plagada de soledad, la escritura de una carta tiene, indudablemente, el estigma silencioso de un solitario.

La lectura de una carta nos permite la sustitución, la movilidad, parece que se plantea o establece desde un no lugar, “Tendrías que conocer toda mi vida, que siempre fue la tuya aunque nunca lo supiste. Pero sólo tú conocerás mi secreto, cuando esté muerta y ya no tengas que darme una respuesta; cuando esto que ahora me sacude con escalofríos sea de verdad el final.”

El autor vienés nos coloca al límite entre aquello que hemos deseado toda la vida y la pequeña posibilidad de modificarlo o, al menos, hacerlo visible.

Recordaba vagamente a una niña vecina suya, a una joven, a una mujer que había encontrado en un local nocturno, pero era un recuerdo poco preciso y desdibujado, como una piedra que tiembla en el fondo del agua que corre y cuya forma no acaba de distinguirse.

El tono del pasado está dibujado desde la imprecisión de aquello que parece haber ocurrido en algún momento y solo es visible en el registro de una carta.

Queda abierta la invitación para acercarse a uno de los registros más apasionantes de principios del siglo xx, la lectura de este autor que con maestría nos va seduciendo en el encuentro de aquello que terriblemente reconocemos como un deseo guardado, un deseo silenciosamente depositado en los espacios de la memoria.

Mundo Nuestro. Empeños de un lector es el nombre que el joven escritor poblano Pepe Prados publica desde hace unos meses en el portal Lado B y que a partir de esta semana aparecerá en nuestro portal.

Be y Pies (Tumbona ediciones, 2015) título de estructura poco usual que implica ya en sí mismo un avance y ocultamiento en el sentido, al tiempo que se convierte en un punto de inflexión. El primer relato abre con una detallada descripción del proceso que se lleva a cabo en una carnicería, tenemos en apariencia una imagen de la que echa mano Gabriel Wolfson, a partir de un delicado movimiento que permite el avance, un agolpamiento de la frase que sirve, como si de un fino tejido se tratara, para hilvanar con la textura de las palabras mientras se envuelve la imagen en movimientos cíclicos.



La carne suave, manejable. Todo lo que hacen con la carne. Separarla, trocearla, limpiarla, desdoblarla en cien capas. El molino. Los sueños donde uno mete la mano al molino, o a un ventilador.

Be es una historia fragmentada que por su estructura nos va introduciendo de a poco en la historia que se cuenta, pero ¿hay algo que se cuenta? Quizá sí, pero no es lo importante en Wolfson, hay una anécdota que parece que el autor posterga hasta el último momento, nos movemos por las páginas como si de pelar una cebolla se tratara, pero ¿qué es lo que queda al pelar una cebolla?

...¿a qué se dedica?, a nada, no tengo tiempo porque, mire, me dedico a nada, no a la nada, eso sería dedicarse a algo, ¿a qué se dedica usted?, preguntaría alguien, ¿en qué la gira, joven?, habría preguntado alguien de haber hecho la pregunta hace cuarenta años, a nada, arduamente a nada, difícil dedicación esa, a nada, a loque vaya surgiendo, o más bien a nada que vaya surgiendo, me dedico a eso que no surge, ni gira ni se crea ni se transforma...

En esta historia, en apariencia, la ecuación narrativa por todos conocida, no es importante ya que el autor poblano trabaja con digresiones que ocultan la trama; sabemos que algo pasa, que hay una historia que se cuenta tras bambalinas, pero el lector no es partícipe del secreto que lo intriga.

En Pies, nuevamente se nos va descubriendo poco a poco la historia, el lector de los textos de Wolfson debe tener tiempo y pericia, a partir de las microhistorias que van narrando pequeños fracasos o la imposibilidad de la solvencia, se van desenvolviendo en breves engranajes de la trama; vamos descubriendo las identidades de los personajes, Hugo, quien trabaja en un periódico tiene varios encuentros con un personaje anónimo. Los encuentros parecen inútiles aproximaciones a un ser despojado, a un espacio vacío y al cual es difícil otorgarle algo. De cierto modo, esta historia mata toda clase de expectativas.



Los textos que componen el libro son heterodoxos ya que parecen estar narrados por una omnisciencia que es indigna de confianza, casi un oxímoron, una contradicción en los términos; sin embargo, me parece que su uso funciona en este libro, precisamente para conocer o dudar de lo que nos va contando el narrador y de esta forma, avanzar desde la ceguera que nos transmite; al leerlos notamos que hay una apuesta notable en la densidad de su estructura.

Para el mundo sabio de las dos ruedas:

Dice David Byrne:

«Desde principios de los años ochenta, he usado la bicicleta como principal medio de transporte en Nueva York. Primero lo hice a modo de prueba, y me sentí cómodo incluso en una ciudad como Nueva York. Me dio una sensación de energía y libertad. Tenía una vieja bicicleta de tres velocidades, una reliquia de mi infancia en las afueras de Baltimore, y para la ciudad de Nueva York no necesitas mucho más. En aquellos tiempos, mi vida estaba más o menos restringida al centro de Maniatan —el East Village y el SoHo— y enseguida me di cuenta de que la bicicleta era una forma fácil de hacer recados durante el día o de trasladarme de manera eficiente a bares, galerías de arte o locales nocturnos, sin tener que buscar un taxi o la parada de metro más cercana. Ya sé que uno no piensa normalmente en que salir de copas y montar en bicicleta sean cosas compatibles, pero hay muchas cosas que ver y oír en Nueva York, y descubrí que moverme de un sitio a otro en bicicleta era sorprendentemente rápido y eficaz. Así que me quedé con la bicicleta, a pesar de su aura demodé y del peligro que entrañaba, ya que por entonces muy poca gente circulaba en bici por la ciudad. Los conductores de aquellos tiempos no estaban acostumbrados a compartir la vía con los ciclistas, y te cortaban el paso o te lanzaban contra los coches estacionados, incluso más que ahora. Al hacerme un poco mayor quizá consideré también que pedalear era una buena forma de hacer un poco de ejercicio, pero al principio no pensaba en eso. Simplemente, me sentía bien deambulando por aquellas sucias calles llenas de baches.»



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Profética 2013, diez años: Espejo del mejor mundo

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Profética, Casa de la Lectura, cumple diez años este viernes 5 de julio. Y será un día como cualquiera, con el patio de la casona ocupado en algún evento cultural o, simplemente, entretenido con el murmullo de la clientela que ve llegar el fin de semana con una discusión apasionada sobre cualquier acontecimiento reciente. Tal vez algunos estarán interesados en las elecciones del domingo 7 y otros las verán como una de tantas farsas que envuelven nuestras vidas, y en ello estarán absortos. Pero la mayoría tendrá sus pensamientos en otro lado, y por un rato ahí en el patio, lejos de las preocupaciones y desarreglos del mundo.

Un viernes más en el mejor de los mundos imaginados.

Porque en Profética el tiempo corre más lento, casi se detiene, como cuando uno se para a la entrada de la casona, frente al tablero de avisos e invitaciones a mil eventos culturales, y mira la vida imaginada, pensada, actuada, cantada, bailada por otros que quieren ser nosotros mismos. En Profética el tiempo deja de ser sólo de uno. Y ya lleva diez años en la construcción del tiempo de todos. Sin mayor alboroto. Diez años de espejo y reflejo del mejor mundo adivinado. El que se descubre y construye cuando abres un libro.

Mundo Nuestro presentó a un grupo de amigas y amigos de Profética una valoración de este proyecto cultural en la ciudad de Puebla con dos tandas de preguntas:



  1. - Sociedad mexicana y literatura: ¿cumple un papel? ¿Tiene o debe tener la literatura un compromiso con la realidad? ¿Sirve para algo más allá que la estricta construcción de un lenguage? ¿Podemos construir una mejor sociedad desde la lectura? ¿Nos vuelve mejores personas?
  2. - Tu experiencia en Profética. ¿Cuál ha sido? ¿Tienes un recuerdo particular de Profética? ¿Cómo valoras este esfuerzo cultural desde la sociedad civil? ¿Qué podemos hacer para reforzarlo? ¿Qué debemos hacer para multiplicarlo?

Todos con un amarre en Profética: su pasión por los libros. Juan Carlos Canales, Julio Glockner, Beatriz Gutiérrez Müller, Polo Noyola, Ana Mastretta Yanes, Ricardo Moreno Botello, Alejandro Palma, Pedro Ángel Palou, Israel Quesada, Diego Rabasa, Alicia Tecuanhuey, Gabriel Wolfson, Raúl Zorrilla y Emma Yanes Rizo. De todo en ellos, y la literatura como territorio común.

Es su versión de Profética y de la acción civil encabezada por José Luis Escalera. La confirmación de que este mundo nuestro amoroso y entrañable se sostiene con la serena gravedad de un libro en las manos.

Leer en Profética:

“Leer por gusto, por curiosidad. Leer literatura como la manera privilegiada de vivir todas las vidas que nos habitan y que no se resignan sólo a lo que estamos viviendo encerrados en este cuerpo siempre limitado. Leer como una manera de “escuchar con los ojos” las historias, los cantos y los cuentos que fascinaron a nuestros antepasados. Leer como un acto de rebeldía ante el absurdo de la muerte, de nuestro fugaz paso por el mundo.”

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