Vida y milagros

Mi abuelo fue un fanático y gozador de muchas cosas, entre ellas de la nueva tecnología, de las corridas de toros y del Box. Su cuarto tenía siempre el último tocadiscos, dos televisiones, encimadas una sobre la otra, para no perderse nada de lo que pasaba en los dos únicos canales que habia cuando éramos chicas, y una pantalla para cine y transparencias que bajaba del techo. Su espacio era un circo de tres pistas, lleno de música, chismes y novedades. Muchos fines de semana mis abuelos nos invitaban a dormir a su casa a mi hermana y a mí . Mi abuela tenía su cuarto y mi abuelo el suyo. ¡Sana costumbre de las parejas de entonces! Mi abuelo nos prestaba su cuarto, pero la luz no se apagaba hasta que no hubieran cortado la señal de televisión en paso de Cortés. Ir a su casa era una fiesta, pero había que pagar la cuota de ver con él por la tele las eternas funciones de Box de los sábados por la noche. De ahí viene mi relación de amor-odio por el box. Eramos niñas, así que a veces nos tapábamos los ojos cuando las moquetizas de un boxeador a otro se volvían carnicerías, pero también, oyendo los comentarios de mi abuelo, aprendimos a valorar los movimientos, la rapidez, la técnica y las habilidades de algunos boxeadores que fueron su fascinación. Ahí, en su cuarto a obscuras, vi pelear por primera vez a "Mantequilla Napoles", el cubano nacionalizado mexicano nacido en 1940 y quien emigrara a México de manera definitiva cuando Castro prohibió el boxeo profesional en la isla. Me enamoré de él. Se movía como un felino sobre el ring, sus ojos fijos sobre el oponente, con una suavidad que le ganó el apodo de "mantequilla", y con una ferocidad propia del gato que tenía yo entonces en mi casa y que se llamaba "Bola de humo", terror de todos los perros del vecindario, a los que les dejó la cara como faldas de hawaianas varias veces. Nunca lo vi perder una pelea.



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Y así era Mantequilla: Un punch devastador y una rapidez y una frialdad impresionantes hacían de él un peleador perfecto. Su oportunidad le llegó tarde. Mi abuelo decía que no le daban chance porque todos sus oponentes lo sabían invencible. Fué hasta los 29 años y guiado por George Parnassus, el mejor promotor allá por 1969, cuando Mantequilla se coronó como campeón del mundo en peso Welter, el más bonito de los pesos en Box. Los cuerpos son perfectos y equilibrados. En el treceavo round noqueó a Curtis Cokes y se coronó campeón del mundo, título que mantuvo por casi siete años. Indian Red López, uno de los contrincantes a los que venció, confesó a un reportero que ni por todo el oro del mundo se volvería a subir al ring con él. Su nombre está en el selecto Club de la Fama como uno de los pocos boxeadores que ha ganado más de 50 peleas por knock out, 54 para ser exacta.



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Anoche, después de años de no engancharme con una pelea de box, caí a los pies de Manny Pacquiao. Me pensaba parar de la televisión después de ver su entrada triunfal en el coliseo MGM de las Vegas. No pude. Sus gestos, su entusiasmo, su risa, su espíritu lúdico, me recordaron la entrada triunfal de Mantequilla Nápoles el día en que se coronó campeón del mundo. Pacquiao es ahora peso Welter y a partir de anoche ya ha sido campeón mundial en cuatro categorías distintas, lo que lo califica como el mejor boxeador de todos los tiempos. Entró en un recorrido glorioso y luego, como buen mustio, se fue a su esquina del ring y se hincó, con un rosario en el pecho, a rezar devotamente. Mientras éso hacía, entró Miguel Cotto,el campeón welter del mundo en ese momento, con una cara de velorio propia de los que temen lo peor sobre sus personas. También rezó y se persinó, pero dios ya había sido convencido por Manny. Aún así, fue un leal oponente, defendió con tenacidad, valor y entrega su título, pero yo veía a Pacquiao jugar con él como mi gato lo hacía con las lagartija del jardín: los ojos fijos, los movimientos rápidos en el momento preciso, propios de un chita, unos puños mortales que rompieron la férrea defensa de Cotto una y otra vez hasta dejarlo casi igual que el Cristo de Mel Gibson. En el último minuto del último round, el árbitro paró la pelea. Recordé la voz de un cronista saliendo del televisor de mi abuelo en una de las peleas más violentas y triunfales de Mantequilla Nápoles: "¡paren esa pelea, paren esa pelea.".Y sí, la pararon, para evitar que hubiera un muerto. Odio el box, odio la violencia, y sin embargo me hipnotizo y me apasiona ver y recordar a esos dos felinos sobre el ring: Mantequilla y Manny Pacquiao.


Mantequilla Nápoles fue devorado por el alcohol durante muchos años. Eso y las malas amistades lo arruinaron. La primera y última vez que lo vi en persona, fue en el estadio Cuauhtemoc. Se veía sano y felíz. Ojala así siga.

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Evento Especial

Kind of Blue: Music by Mile Davis

Armando Cedillo Quintet interpretará las mejores canciones del disco "Kind of Blue" del gran trompetista norteamericano Miles Davis, para deleitarte durante tu velada.

Viernes 16 | 21 h | $100



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Revista Nexos. ¿Cómo han sido los vínculos diplomáticos entre los gobiernos estadunidense y mexicano al abordar el destino de los migrantes? ¿Qué podría suceder si el presidente López Obrador insiste en minimizar la crisis humanitaria que hay en las fronteras norte y sur de México? ¿Cuáles han sido las causas que han expulsado a los centroamericanos de sus países? A continuación algunas respuestas.



Los muros del triángulo norte

Joaquín Villalobos

¿México será su propio muro?



Jorge G. Castañeda

Antes y después de Trump



Esteban Illades

Viernes, 16 Agosto 2019 00:00

Nocturnos del Triángulo del Norte

Día con día

Joaquín Villalobos, colaborador de El País, consultor en procesos internacionales de paz, ex guerrillero salvadoreño, ha escrito un texto extraordinario a propósito de la crisis histórica que sacude a los países del Triángulo Norte de Centroamérica: El Salvador, Honduras y Guatemala.



Es una crisis múltiple. Cada una de sus dimensiones sería suficiente para poner en peligro la estabilidad de un país o de una región. Todas juntas, convergentes en el espacio y en el tiempo, explican el éxodo que fluye de aquellos países hacia el norte, a través de México, buscando una puerta de salida en Estados Unidos.

Las cuatro fuentes del nocturno centroamericano, según Villalobos, son “la explosión demográfica, los Estados débiles que han perdido autoridad en territorios donde viven millones de pobres, el bloqueo a la microeconomía por la delincuencia y las crisis de gobernabilidad sistemáticas”: Los muros del Triángulo Norte (https://www.nexos.com.mx/?p=43589).



Ilustración de Patricio Betteo, revista Nexos.



En revista Nexos:

Los muros del Triángulo Norte, de Joaquín Villalobos, Revista Nexos, 1 de agosto 2019.

El factor demográfico es uno de los factores más sorprendentes. Resulta de un largo relajamiento en la planeación familiar de la región. El ascenso combinado de la democracia y, dentro de esta, de movimientos religiosos contrarios a políticas preventivas de educación sexual, embarazos adolescentes no buscados y contención demográfica, dio lugar en los últimos años a un aumento demográfico que ni el sistema educativo ni el económico pueden absorber.

La tasa de natalidad en el Triángulo Norte es de las más altas del continente. Guatemala tiene la mayor de Latinoamérica con 26.6 por cada mil habitantes. El Salvador 19.1, Honduras 23.4.

En Guatemala nacen 416 mil niños cada año. El Salvador es el país más densamente poblado de Latinoamérica, con 313 habitantes por km2.

En los últimos 40 años, la población de la región creció de 18 a 40 millones. Los pobres del campo migraron a las ciudades y crearon los bolsones de pobreza urbana y semiurbana donde reina el crimen.

El rechazo a la “educación sexual de los jóvenes y la inexistencia de campañas de distribución de métodos anticonceptivos”, dice Villalobos, hizo crecer y estallar “la bomba centroamericana”.

Esa es la “onda expansiva que está matando gente en los barrios pobres del Triángulo Sur o lanzándolos a morir ahogados en la frontera norte de México”.

Nocturno de las remesas centroamericanas

Una de las tragedias paradójicas de los países del Triángulo Norte de Centroamérica, El Salvador, Honduras y Guatemala, es que la abundancia de las remesas que reciben del exterior no se refleja en una mejoría de los niveles de vida, en inversiones productivas que generen empleos ni, por tanto, en una reducción de la pobreza y de la migración.

Los generosos flujos de dólares alientan un ciclo de importaciones y consumo de baja calidad, circuitos financieros de captura de comisiones y redes criminales de extorsión a las familias que reciben dólares de sus familiares en Estados Unidos.

En las últimas tres décadas, los países del Triángulo Norte han recibido la descomunal cantidad de 180 mil millones de dólares en remesas. El Salvador, 60 mil millones; Honduras, a partir de 2007, 40 mil millones y Guatemala, en ese mismo periodo, 60 mil millones. Sólo en 2018, los tres países recibieron casi 20 mil millones en remesas.

Lo dólares llegan fundamentalmente a familias pobres, pero no es el bienestar de esas familias lo que ha crecido con ese flujo de dinero, sino los homicidios, la violencia y la emigración, ahora ya no sólo por urgencias económicas sino por miedo a perder la vida o tenerla en manos de criminales extorsionadores.

“Es paradójico”, escribe Joaquín Villalobos en su ensayo citado ayer aquí, “pero en la realidad a más dinero ha correspondido más desastre social”. Y con un efecto doblemente perverso: los circuitos financieros que capturan el porcentaje mayor de las divisas ha permitido la formación de grupos económicos que no invierten en sus países sino en el exterior (“Los muros del Triángulo Norte”, https://www.nexos.com.mx/?p=43589).

En estas condiciones, la idea de una especie de “Plan Marshall” para desatar el crecimiento de la zona se antoja ilusoria o trivial.

Daría más en el clavo de las necesidades estratégicas de esos países una colaboración internacional en el fortalecimiento de las capacidades de sus respectivos gobiernos para recuperar el control territorial que por lo pronto tienen perdido a manos de feroces y ubicuas bandas criminales.

El binomio centroamericano de migración y crimen.

Nocturno de la migración y el crimen

El rasgo más visible de la debilidad de los gobiernos del Triángulo Norte centroamericano, El Salvador, Guatemala y Honduras, es el aumento de la violencia y la impunidad del crimen.

Lo característico de ambos fenómenos en esos países es que hacen dramáticamente difícil la vida diaria y casi imposible el desarrollo de los pequeños y los medianos negocios que dan vida y opciones a la economía popular.

La dificultad de la vida diaria es uno de los grandes motores de la migración en el Triángulo Norte. Según una encuesta de la Universidad Centroamericana, 63.8 por ciento de los salvadoreños quisiera dejar su país. Una encuesta equivalente de la Red Jesuita en Honduras arrojó la cifra de 42% de hondureños deseosos de migrar.

El efecto que el crimen tiene sobre la vida y la economía de las personas apenas puede exagerarse: destruye, roba o extorsiona todo lo que está fuera del circuito de grandes negocios, cuyas empresas cuentan con sus propias redes de seguridad privada y cuyos dueños viven amurallados en fraccionamientos de lujo, separados de la inseguridad de sus ciudades.

Lo demás es tierra de nadie donde medra una delincuencia particularmente onerosa para la microeconomía.

Escribe Joaquín Villalobos en el sobrecogedor ensayo que he venido glosando en este espacio:“Sólo en los años 2016 y 2017 en Tegucigalpa, Honduras, se cerraron mil 500 pequeñas tiendas que representan el 30% de estos negocios en la capital. Las pequeñas empresas en Honduras generan entre 60% y 70% del empleo y se estima que pagan 200 millones de dólares anuales en extorsiones. En El Salvador, 72% de las pequeñas empresas es víctima de extorsiones y éstas reportan pérdidas diarias de 20 millones de dólares; centenares de trabajadores del sector transporte público han sido asesinados, además de ser un sector que ha venido sufriendo de la extorsión por más de 15 años. En Guatemala las extorsiones han aumentado en un 72% en los últimos cuatro años y las pequeñas empresas representan 85% del empleo” (Los muros del Triángulo Norte”, https://www.nexos.com.mx/?p=43589).

Vistas las condiciones del Triángulo Norte, solo podemos concluir que la migración centroamericana estará con nosotros mucho tiempo.

En realidad, ya es parte de nosotros.

Para doña Petra Rodríguez Silva, por sus 95 años de fructífera vida

Hueyapan, el lugar del Río Grande (eso significa el nombre náhuatl en español), es también el sitio de las tejedoras, de las bordadoras, de las retratistas de la Naturaleza.



8 de agosto en la Sierra Norte de Puebla. Para celebrar a su santa patrona, Filomena (“la amante del canto” o de la música), en Hueyapan se organizó la feria, planeada para cuatro días de exposición y venta de artesanías, de gastronomía, de música, baile y huapango.

Pero descolló un hecho inédito en este sitio (¿y en cuántos del mundo?): se buscó a la Reina de la Feria entre tres mujeres mayores de sesenta años de edad.



Las candidatas hicieron un recorrido en un carro alegórico por la cabecera municipal para que los jueces las observaran y, después, las escucharan disertar en náhuatl sobre tres temas, ya en el escenario principal de la feria: la cultura tradicional de Hueyapan, su gastronomía y las artesanías que le han dado prestigio en México.

Lejos de las lluvias de este verano, aunque con el bochorno propio de una región donde si hay algo en abundancia es agua, las tres candidatas a reina, vestidas de la forma tradicional que la moda occidental desde hace más de quinientos años no ha podido desterrar, se mostraron al público.



Hueynana, como se dice en náhuatl abuela, es cada una de las mujeres que participaron para ser reina en la feria hueyapanense: doña Rosa Guadalupe Martínez Hernández, de 72 años de edad, artesana independiente, pues no pertenece a organización alguna, lo mismo que María Filomena Lucas, de 78 años de edad; y Florentina Nicolás Lucas, de 64 años de edad, ésta sí de un grupo: tlamachicíhuatl.

Incluso para los habitantes de este municipio, que ahora visten a sus niños con ropas estampadas con figuras de superhéroes gringos (de los de Disney a los de Avengers), la eclosión de colorido de cada carro alegórico no pudo pasar desapercibido: con los colores, las formas, la flora y fauna de la Sierra; con ellos, una forma de contar cómo es el mundo, cómo el universo.

La imagen puede contener: 13 personas, personas sentadas y comida

Foto de Teziutlán en Línea Regional.

María Filomena Lucas, moliendo masa sobre un metate, como lo hicieron su madre y su abuela, y las abuelas de éstas, rodeada de comida (tamales, tortillas, atole) mostró la gastronomía de Hueyapan.

Rosa Guadalupe Hernández, en una especia de “casa rodante”, con dos jóvenes novios que sostenían un “niño” hecho con pan, tuvo como motivo las tradiciones de Hueyapan: todo dentro de su escenario era lo que se ocupa para vivir en este sitio.

Florentina Nicolás, con el motivo de las artesanías hueyapanenses mostró trajes femeninos que, completos pueden costar doce mil pesos o más; textiles con una poquísima o nula influencia occidental, y las plantas de donde obtienen desde hace cientos de años sus tintes.

Los equipos de apoyo a cada una de las candidatas iban y venían: tomaban fotos y hacían videos con sus teléfonos; preguntaba qué faltaba, qué había que mostrar más a los jueces que, ojo avizor, no perdían detalle de lo propuesto.

Niñas (cihuapilmeh) vestidas como sus abuelas (hueynanameh); chamaquitos, escuincles (pillimeh) ataviados como lo hicieron hasta hace poco sus hueytatameh, sus abuelos: con calzón y camisa de manta blanca, huaraches, sombrero y una bolsa de ixtle, cuyo lazo se cruzan al pecho como una canana.

Los hombres (macehual) que veían a las candidatas en sus carros alegóricos, y antes de que ellas pasaran a comer con autoridades e invitados, bailaron la Xochipitzahua, tocada con guitarra, contrabajo y violín, cantada en náhuatl, ataviados con collares de pan engarzados y flores en las manos.

Igualmente ataviadas bailaron posteriormente las mujeres; ambos grupos fueron convidados a tomarse un trago de aguardiente de caña cuyo olor se expandía entre los pasos de baile ceremonial.

Los jueces (dos hombres, dos mujeres, profesores la mayoría), anotaban, escrutaban, atendían cada detalle de los carros alegóricos y de las candidatas, esperando oírlas disertar, en náhuatl sobre cada uno de los temas que sirvieron para adornar sus vehículos.

Candidatas, autoridades e invitados especiales pasaron al salón de Cabildo del Ayuntamiento a comer. Los lugares principales fueron ocupados por las tres ancianas en busca del reinado de un año (hueynanameh; en náhuatl no existe el eufemismo políticamente correcto de “adultas mayores”).

De ahí todos pasaron a la plaza del municipio convertida en “Teatro del pueblo” gracias a un alto, fortificado y amplio enlonado donde lo mismo actuaría el comediante Teo González, que tocaría el grupo elefante, y Cuisillos animaría el gran baile principal.

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La imagen puede contener: 1 persona, de pie y en el escenario

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Desde el escenario, donde se proyectaron los estudios fotográficos profesionales que se les hicieron a las candidatas, éstas hablaron en su idioma, con algunas, pocas palabras en español, sobre su cultura tradicional, su gastronomía y su artesanía.

Los monolingües, quienes no hablan o entienden el idioma mexicano más hablado en el país, sólo escucharon la musicalidad y suavidad de una lengua florida, que parecía reproducir las flores del propio escenario y del entorno hueyapanense.

Aun cuando en la cultura náhuatl no existen las porras (de origen árabe, así traídas a América: Alá—bio, Alá—bao…), cada candidata llevaba su grupo de apoyo que gritaba sus nombres y aplaudió sus participaciones, portando cartulinas coloridas con los apelativos de cada una de ellas.

Los jueces no se distraían mientras mujeres anfitrionas repartían entre ellos, los invitados especiales y las autoridades pinole y dulce de calabaza y de yuca.

No llovió: la balanza de los jueces se inclinó por doña Florentina Nicolás Lucas, de 64 años de edad, quien resultó la Reina de la Feria.

La imagen puede contener: 4 personas, personas sonriendo, personas en el escenario y personas de pie

Pude parecer increíble, pero no se trató de una competencia. No se trató de humillar a la contrincante ni de demostrar ser más que la otra: era tanta la cordialidad entre las tres candidatas a reina, que quienes no resultaron elegidas no estaban afligidas ni mostraban envidia o frustración.

Tanto la nueva reina, la abuela, hueynana Florentina como sus dos acompañantes en el escenario, lucían floridos y magníficos chales, tal vez bordados por ellas mismas. Tal vez en uno de ellos, tal vez en las tres prensas está el “Árbol de la vida inclinado” del que habla la maestra bordadora Teresa Lino: aquél que indica nuestro nacimiento, nuestro paso por la vida, la muerte y la continuidad de la vida en forma de espíritus.

La feria, el encuentro, a final de cuentas mostró que aquí la vida sí que persiste.

Mundo Nuestro. Esta es la cuarta entrega de las las crónicas de cocina poblana Del fogón a la boca, escritas por el anticuario poblano, experto en arte popular, Antonio Ramírez Priesca. Mirar la ciudad a través de la comida. Saborearla y aprender con ella a conocer la historia que la contiene. Por la historia y por nuestra comida, valorar la extraordinaria ciudad en la que vivimos. Publicadas originalmente en el portal urbanopuebla, las crónicas de Antonio Ramírez Priesca serán reproducidas semanalmente aquí con su autorización.

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La excursión anual a Zacatlán era nuestra favorita: empezaba muy temprano, para llegar a buena hora a desayunar a la esquina poniente del Mercado Municipal, en medio de un constante chipichipi, que tanto apetito nos abría.

Pedíamos siempre tacos dorados muy crujientes, rellenos de carne deshebrada y bañados con picosita salsa verde de aguacate, que servían con frijoles negros de la olla: una delicia!.

Ya listos, nos encaminábamos a la huerta de Don Ramón García, primo del abuelo, y oriundo del mismo pueblo remoto de Asturias, que tanto se parecía a su nueva tierra: interminables lomas verdes, salpicadas de frondosos perales y manzanos entre los cuales pastaban muchas vacas alegremente.

PUEDES LEER TAMBIÉN LA PRIMERA PARTE DE ESTA HISTORIA:

Del fogón a la boca: Chiles en Nogada y ‘Don Eusebio y su mulita Cleofas’



Trepábamos a los árboles a arrancar esas peras de cáscara rugosa y enormes manzanas rayadas, que al morderlas, bañaban nuestros cachetes de un jugo de sabor que jamás olvidaremos!



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De regreso de Zacatlán parábamos en el mercado de Tlaxcala, en busca del nuevo ‘oro’ local: duraznos criollos amarillos, que las vendedoras del mercado ofrecían: ‘siéntalo marchante, es prisco’.

Cincuenta años tardé en descubrir que se referían a ‘free stone’ es decir, que en esta variedad de fruta, la semilla está separada de la pulpa y hace un ruidito al agitarla, lo cual facilita sustantivamente su retiro.

Ya en Puebla, acompañaba a papá a la estación del ferrocarril, a recoger un huacal de madera lleno de granadas sonrojadas por el sol, que nos llegaba de parte de la tía Lola desde Tehuacán; en su interior siempre venía un paquetito muy bien envuelto en papel de estraza, con blanquísimo dulce de biznaga.



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De regreso, pasábamos por el centro y entrábamos al mercado de La Victoria a comprar lo que faltaba del avío: almendras, piñones, uvas pasa, xitomates, ajos y cebollas.

En la carnicería La Nobleza del señor Figueroa, pasábamos a recoger el encargo de mi abuelita Valito: pierna de cerdo cortada en cuadritos muy finitos, utilizando enormes cuchillos, cuyas afiladas hojas resplandecían con brillos metálicos.

Otra cosa era la reunión familiar para el picadillo del relleno, pero ese será tema de la próxima entrega, por lo pronto,

Charlemos más de Gastronomía Poblana y ‘’a darle, que es Mole de Olla’’!

#tipdeldia: Carnicería Figueroa, en la esquina de la 31 poniente y 3 sur: siguen con calidad y servicio impecable.

Mundo Nuestro. Descripción, comprensión, acción. Un pensamiento muy jesuítico, muy a la manera del fundador de la orden religiosa Ignacio de Loyola. Así entiendo lo presentado hoy en rueda de prensa por la comunidad académica de la Ibero Puebla, encabezada por su nuevo rector, el Maestro Mario Patrón. Es la Agenda Institucional Ibero Puebla, con una frase que lo explica: de la reflexión a la acción.

La puedes leer aquí:

De la reflexión a la acción: la Agenda Institucional Ibero Puebla



La agenda arranca con una idea muy clara de lo que busca: enfrentar la compleja realidad que nos agobia:

"Puebla ha vivido tiempos de inédita complejidad. Los procesos electorales de 2018 y 2019 marcaron con su enorme carga de ambivalencia política y disputa por el poder un año tenso, lapso en el cual hubo cinco gobernadores. A esto se suma el aumento alarmante de la violencia y la crueldad; el crecimiento de la corrupción, la destrucción del medio ambiente..."

Es esa realidad la que se estudia para comprenderla y para transformarla. Son catorce ejes los valorados, y para cada uno se ofrece un diagnóstico, una postura y unas propuestas para pasar a la acción. La universidad, así, se entiende antes que cualquier cosa como una comunidad para el conocimiento comprometida con su entorno, y apunta a dos dinámicas fundamentales con las que quiere contribuir desde la creación de conocimiento: la construcción de instituciones públicas sólidas y transparentes y el respaldo a la participación ciudadana en la transformación de la realidad. Así lo expresó Mario Patrón este martes

“Buscamos vincular nuestra profunda calidad académica con la pertinencia social. Todo cambio establece retos y posibilidades. Por ello, como Universidad consideramos 14 prioridades. Es una agenda que no solo hace un llamado al poder público (quienes toman decisiones) sino también al sector privado, organización civil, academia, iglesia, esta suma de actores puede dar proyectos efectivos para resolver problemas complejos.

Describir, comprender, transformar. Así, por cierto, entendemos el periodismo en esta revista digital Mundo Nuestro.



Aquí puedes conocer y descargar esta agenda presentada por la Ibero Puebla:

De la reflexión a la acción: la Agenda Institucional Ibero Puebla



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Atolón Fakarava, en las islas Tuamotu, en Tahiti. Foto tomada de Welcome Tahiti.

Martes 14 mayo



A diferencia de las Marquesas, vemos de pronto una sombra, como una nube muy bajita en el horizonte, difícil de percibir, es FAKARAVA, llegamos a nuestro siguiente destino: los atolones, las islas TUAMOTU. Prometen ser paraísos, estamos muy emocionados y un poco nerviosos pues leímos que las corrientes que salen de la laguna son fuertes y hay bajos por todos lados, debemos ir muy atentos, el capitán decidió llegar con luz y bajó la velocidad del velero durante la noche, son las 6:00a.m. el sol empieza a salir y con él aparecen también los colores del día.

Las siluetas de unas palmeras y un pequeño faro que aún deja ver su luz nos dan la bienvenida. Me parece muy impresionante la diferencia de la majestuosidad de las montañas que dejamos 300 millas atrás y ahora este paisaje al ras de la superficie del mar que, a simple vista, hasta ahora, no dice mucho. Nos ponemos a pensar en la cantidad de barcos que encallaron en sus casi invisibles corales y rocas, deben haber sido muchísimos. Estos volcanes hundidos son el resguardo de gran cantidad de especies y vida marina, toda la orilla son corales y arena blanca, lo que provoca que el agua sea de colores especiales, ya queremos llegar a ver eso, por ahora sólo debo irme a la punta y ayudar a mi capitán, que confía en mis ojos y los de Diego para avisarle si vemos algo con lo que podamos chocar. En las cartas de navegación está marcado el canal de entrada a la isla, pero aun así es un poco aterrador ver ese cambio en la textura del agua cuando hay una roca debajo queriéndose asomar a la superficie. Logramos entrar, a motor y a toda potencia, pues la corriente que sale efectivamente es muy fuerte, el mar que choca y se revuelve en esta barrera, pasa de estar muy revuelto a tranquilo y plano, sólo vemos parte de ésta inmensa circunferencia que forma la isla. El sol se pone las pilas y nos alumbra intensamente para poder ver en esas aguas transparentes las rocas del fondo, está perfectamente señalado lo más peligroso, con una especie de postes de color rojo. A la derecha vemos el aeropuerto, la pista de aterrizaje es prácticamente del ancho de la isla y de un lado tiene un mar azul oscuro y profundo y del otro, dentro del cráter, aguas de mil tonos azul claros que descubrimos y que nuestros ojos comienzan a admirar.

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El atolón de Fakarva, en Tahiti.

Estamos en el lado norte de la isla, alcanzamos el lugar de anclaje. Como magos serpenteamos a otros veleros y a todos los bajos que como baches de ciudad mal pavimentada, nos marcaron el atajo correcto. Ya estamos aquí, es un placer sentir la calma y la quietud del mar. El barco casi no se mueve y me toma tiempo adaptarme, mi cuerpo y cerebro ya estaban en modo movimiento.



Alexa, ve la orilla azul turquesa y la playa con arena blanca y nos ruega apurarnos, ella lleva esperando ver estos tonos demasiado tiempo. Ha hecho dibujos y más dibujos imaginándose un lugar así. Diego ya está en traje de baño y Vital solo quiere su desayuno.

Nos acercamos al primer muelle que vemos, es largo, se mete en dirección al mar y al final de su estructura sobresale una casita de madera y techo de palma que parece flotar. Nos amarramos y bajamos ahí, no sabemos si está permitido, vamos a preguntar. La casita tiene un letrero que dice PEARL FARM, y varías fotos en su interior de conchas y perlas. En estos atolones nacen la mayoría de las perlas del mundo, con tonos inigualables, grises tornasol de mil formas y también como las conocemos, perfectamente esféricas. Es como de fantasía que una concha tenga dentro un tesoro así. Muero de ganas de que me expliquen el proceso y entender bien esta creación perfecta de la naturaleza.

Los niños corren por el muelle hasta la playa, resulta que es un hotel y que podemos pasar aquí nuestro día. Yo no doy crédito de la suerte que tenemos; de toda la costa, larga y con varios muelles, nos anclamos y bajamos en el indicado.

¡Es un lugar precioso, con mesas, bancas y palapas metidas en un mar color turquesa, transparente y lleno de corales y peces de colores que de pronto se dejan ver! Que gozada, los niños se meten a nadar de inmediato, con sus visores observan y descubren un nuevo mundo. A mí me hace ojitos la palapita dentro del mar, es el sitio perfecto para sentarme a observar y refrescarme. Yo no bajé mi visor, pero mis hijos emocionados me obligan a meter la cabeza y abrir los ojos para ver lo que ellos ven. Diego, que ve siempre un poco más allá de lo que los mortales vemos, observa cómo se abre y cierra una concha que dentro tiene una perla, y está ahí, al lado de mi asiento perfecto, pegada a una roca que yo veo como si estuviera en una pecera, la intenta abrir y la concha de inmediato se cierra con todas su fuerzas, se corta los dedos y se va en busca de alguna herramienta, palitos o piedritas de la playa que le ayuden a sacar su perla, está decidido. Vital sube y baja el metro y medio que hay de fondo y puedo darme cuenta de que se jura en una misión de buceo submarino, y en su infinita imaginación seguro cuenta hasta con tanque de oxígeno. Alexa, mi princesa, se metió al mar despacito, arrastrando los pies en la deliciosa arena, movía sus brazos de un lado a otro tocando con la punta de sus dedos el agua, y así bailando, con su personalidad definida, al final de todo ese ritual, se sumerge y asoma su cabeza como sirena del agua y me dice, ¡soñé con este momento mamá!

Ya estamos ahí, instalados y gozando. Alejandro se va a comprar unas cervezas y yo disfruto el lugar y a mis hijos. No pasan ni 10 minutos cuando da un brinco Alexa y enrosca sus piernas en mi cadera y sus brazos en mi cuello, yo no tengo mucho equilibrio en este piso inestable, pero logro cacharla y con una voz casi perdida, me dice, ¡ví un tiburón mamá! tiburón!!! ¡Un tiburón!!! ¡Sácame, sácame! Está asustada, doy 10 pasos hacia la playa y ya estamos sentadas en la orilla, no puedo creerlo, le pregunto de qué tamaño era, y me dice de tu tamaño mamá, estaba grande, le digo, ¿no te confundiste con la roca? Se enoja conmigo pues piensa que no le creo, volteo a ver a mis otros dos hijos que abandoné ahí en el mar y siguen sube y baja en la misma roca, como si nada, donde estábamos los cuatro observando a algunos peces y conchas. La tranquilizo y le digo que no pasa nada, que son tiburones de arrecife y no hacen nada y nos volvemos a meter para sentarnos juntas en la banquita, ella está asustada y no baja sus pies, yo también estoy un poco asustada pero insegura de lo que vio y decido sólo abrir bien los ojos para ver si lo veo. Llega Alejandro con nuestras cervezas Hinano y me dice, ¡me cae que en estos lugares no saben lo que es gozar una cerveza helada! Sí la tienen en un refrigerador, pero nunca están como a nosotros nos gustan, ¡bien muertas!
Chocamos tarros, ¡salud! ya estamos aquí!

A los cinco minutos pasa a nuestro lado, entre los niños y la mesa el famoso tiburón, mide como 3 metros, es oscuro y tiene una cabeza redondeada, se mueve lento y con esa escalofriante elegancia, yo casi escupo la cerveza y me subo de un salto a la mesa, Alexa me reclama, ¡te lo dije mamá! ¡Te lo dije! Enmudezco y la abrazo, pobrecita, con razón se asustó tanto. Ale les grita a los niños que volteen a ver al tiburón y nadan hacia la mesa para poder pararse a observarlo; necesitas estar en alto para distinguirlo bien, dentro del agua no lo ves. Diego lo quiere perseguir y yo me quiero morir, estábamos tan a gusto y ahora estoy angustiada y como con todos mis miedos, se me endurece la espalda y trato de no perderlo con la mirada.

Tiburones en el atolón de Fakarava. Foto tomada de Welcome Tahiti.

Alejandro me calma y me repite una y mil veces, ¡ no hacen nada!!! Ya quítate la pinche imagen de Hollywood de tu cabecita y disfruta el momento. No sé cómo, bajo mis piernas otra vez al mar y me tomo mi cerveza, disimulando mi angustia, pero engarrotada. Se va el tiburón tan tranquilo como pasó y los niños vuelven a nadar como si nada, yo me contengo, no quiero trasmitirles todos mis miedos, aunque con ALEXA ya es un poco tarde, a esta pobre sin querer creo que sí se los heredé, me da coraje.

Aunque me quedo ahí, no parpadeo, lo busco y lo busco, no se vé hasta que lo tienes a cinco metros, lo juro, se confunde con los muchos montículos salpicados de rocas grises que hay en el fondo y que puedo ver sin problema. Al ratito vuelve a pasar, ahora del otro lado de la mesa, o sea en una profundidad de no más de un metro, en la mera orilla. Alexa de plano se pone a jugar con la arena fuera del mar, está nerviosa, la entiendo y no la pienso forzar. Pasa otro más chico, y luego uno de un tono más claro. Yo ya no puedo más y saco a mis hijos con el pretexto de enseñarles a hacer túneles de arena, Ale por fin se está relajando, le duele el brazo todavía, lo veo cómo mueve y mueve el hombro.

Me voy con los niños a caminar y explorar un poquito más el lugar; ¡hay una regadera con puerta! ¡Qué felicidad, vendré mañana con shampoos! Vemos a unos señores que preparan sus largos kayaks para salir a remar, caben cuatro personas y tienen un pontón para estabilizarlos, pregunto si puedo subir a los niños y me dejan, les tomo unas fotos y ya se bajan, se suben los señores y mis hijos divertidos los empujan, de pronto aparece de nuevo el tiburón, ahí al lado de los kayaks, uno de los señores grita, ¡LE REQUIN!!, y yo siento cómo se me para el corazón, a carcajadas y un poco asustados se salen del agua y nos quedamos a observarlo pues decide echarse una siesta prácticamente en la orilla, se acurruca con la panza recargada en la arena y llegan los otros dos tiburones a hacer lo mismo. Desde el muelle se ven mejor, nos sentamos ahí y los vemos dormir. Se ven tan malos y al parecer son tan tranquilos.

Morimos de hambre, ya son las 5:30, se está metiendo el sol, regresamos al velero y Ale prepara unas hamburguesas espectaculares en el asador. Cenamos y nos dormimos a las 7:30. Eso me tiene tan feliz, dormirme cuando se mete el sol y despertarme cuando sale, es una delicia y el cuerpo lo agradece.

Lunes, 12 Agosto 2019 00:00

La aporofobia

La filósofa española Adela Cortina logró en 2017, después de más de 20 años, que la Real Academia Española de la Lengua (RAE) incluyera la palabra aporofobia en el diccionario.

Se forma a partir de la voz griega áporos, “sin recursos” o “pobre” y fobos, “miedo” y significa “fobia a las personas pobres o desfavorecidas”.

Hace 25 años Cortina empezó a utilizar esta palabra, que ella crea, a partir de su reflexión sobre el fenómeno de la migración y ver que en todo el mundo se acepta y da la bienvenida a los migrantes ricos o ilustrados, pero no a los pobres.

En su versión, el rechazo a los migrantes no se origina principalmente en la xenofobia, como se suele pensar, sino en la condición de pobreza del que migra.

Cortina, catedrática de Ética en la Universidad de Valencia, desarrolla el concepto de manera detallada y precisa en el libro Aporofobia, el rechazo al pobre (Paidos, 2018). Ahí plantea que en los seres humanos hay una predisposición a esta actitud.

La filósofa está convencida que la tendencia a la aporofobia es universal y que por eso mismo esta expresión, que surge desde el español, debería adoptarse por otros idiomas.

Cortina, doctora Honoris causa del sistema Ibero-ITESO, sostiene que los extranjeros con recursos, económicos o intelectuales, no producen rechazo sino lo contrario porque se espera de ellos aporten a la comunidad y por eso son bien recibidos.

Los migrantes pobres, en cambio, inspiran desprecio porque en el imaginario del que los rechaza éstos no aportan y ofrecen nada bueno. Piensan que lo único que hacen es pedir.

La manera de superar este conflicto dice Cortina, está en la educación, el fomento de una hospitalidad cosmopolita, la eliminación de las desigualdades económicas y la promoción de una democracia que tome en serio la igualdad social.

En el México de hoy la aporofobia es más que evidente. Se da la bienvenida y aplaude a los 40 millones de turistas extranjeros que en 2018 visitaron el país, pero se rechaza a los migrantes centroamericanos porque son pobres.

Los intelectuales del exilio español y de los políticos chilenos, argentinos y uruguayos fueron, en su momento, bien recibidos, pero ahora más del 70% de los mexicanos está en contra de los migrantes pobres de Guatemala, El Salvador y Honduras.

El fenómeno de la migración centroamericana va a seguir por años y urge que en la escuela se enseñe a respetar a los migrantes pobres. Urge que las iglesias en su predicación enseñen la solidaridad con estos migrantes.

Urge, sobre todo, que el actual gobierno cambie su política antimigrante impuesta por Estados Unidos. Nunca en nuestra historia el gobierno de México había sido tan aporofóbico.

Twitter: @RubenAguilar
Lunes, 12 Agosto 2019 00:00

Sí, estuve aquí...

Vida y milagros

En el libro de Yuval Noah Hirari, De Animales a Dioses, una maravillosa y breve historia de la humanidad, en una de sus primeras páginas se muestra la fotografía de la huella que la mano de un ser humano dejara en la pared de una cueva hace treinta mil años. Probablemente mojó su mano en los jugos de algún vegetal de vivo color, o por qué no, en la sangre de un animal, y con esa humedad, posó su mano y dejó su marca, como para decir: Yo estuve aquí.



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Son las tres de la mañana y de repente algo me saca de mi sueño y me siento en la cama como si hubiera tirado de mí un hilo que mueve una mano invisible, como a los muñecos de la canción que se paran a bailar. ¿Somos muñecos movidos al capricho de algo desconocido?¿ Qué nos despierta en la noche y a la realidad? ¿Las campanadas de un reloj que suenan?¿Qué me despierta a mí? ¿Un exacto reloj interno o el ruidoso silencio de la casa dormida?¿ O es la rotunda luz de la luna creciente que tiñe de plateado los pisos y los muros de la casa? Por debajo de la puerta veo otra luz remota y dorada. Alguien dejó prendida una lámpara. Me levanto y camino por el pasillo en penumbra hacia la sala iluminada. No hay ninguna luz encendida. En el camino me topo con la luz de los ojos de la pintura de un niño que fue hermano de mi abuelo y que murió a los siete años. Me mira desde la profundidad de unos ojos parecidos a los de mi familia: negros, raros. Su boca pequeña es indescifrable, pues no sabes si después de mirarla se reirá o llorará.

Siempre me atrajo esa pintura que estaba colgada en la sala de mis abuelos junto a retratos de gente muy vieja, los antepasados de mi abuelo. Siempre hubo un lazo entre ese niño y yo. Siempre quise llevarlo donde hubiera otros niños. Siempre me impresionó ese retrato, la rotunda prueba de la existencia de ese niño, muerto hacía tantos años y tan vivo en el cuadro.

Tan existió un lazo entre él y yo que la pintura vino a dar a mi casa, después de varias vueltas por los armarios de otros. El cuadro una vez representó al niño de cuerpo entero y parado junto a un perrito. Una hermana de mi abuelo lo recortó en los años treintas cuando se pasó a vivir a un departamento de paredes bajas en la ciudad México. No sé cómo es que regresó ya recortado a casa de mi abuelo. Muchos años después, muertos mis abuelos, fue a dar a un armario al repartirse las cosas de los abuelos entre sus descendientes. Por casualidad mi mamá lo vio languidecer en ese armario y pidió llevárselo con ella, a su casa, en donde pasó una feliz estancia en su sala de abuela joven, rodeada de niños. Ahí presidió los juegos de sus nietos casi veinticinco años. Cuando de esa casa se fue su dueña para siempre, y con ella la última niña que jugara en ella, la pintura vino a dar conmigo de manera casual, pero no inesperada. Lo escogí cuando nos dividimos las cosas de esa casa.



¿Nos buscamos a través de los tiempos ese niño y yo? ¿Nos conocimos? En medio de la noche pensamos tonterías, no nos paramos a bailar, sino a alucinar. A algunos les da miedo ese cuadro porque el niño al que representa se murió siendo niño, no vivió la vida. Pero hay quienes viven cien años y tampoco la viven y en cambio puede haber quien en siete, mi numero mágico, viva veinte vidas largas. El tiempo no existe. Es un invento humano. Los perros viven en el hoy. Por eso se entristecen si los encierran, porque creen que es para siempre, porque no existe para ellos el mañana. En este momento soy un perro cautivo. La luz fría de la luna y la penumbra de los sueños entra por el tragaluz del patio llenándolo de irrealidad.

Me vuelvo a parar frente al retrato de mi tío- abuelo- niño: ¿Estoy dentro de su mundo o él ha salido al mío? Somos dos fantasmas flotando en la noche, tomados de la mano, sin edad, sin futuro, sin pasado, solo movidos por la mano misteriosa que mueve a los fantasmas y a los muñecos desordenados que salen a vagar a la luz de la luna. ¿Porqué, si no, ando vagando ahora por la casa, sin sueño, como el fantasma que algún día seré?

-Si, yo estuve aquí --dicen los ojos profundos de ese niño y su boca terca. Sabe que alguien mirará su retrato y que por un breve momento, en el inmenso espacio del tiempo sin final, quien lo mire sabrá que estuvo aquí. Estuvo aquí como lo grita la huella de la mano en la cueva. A diferencia de esa mano, que con toda intención, con toda terquedad dejó su mensaje, la del niño solo requirió de su paciencia para posar para el retrato, no de su voluntad. ¿O sí?



Siete mil millones de personas estamos dejando nuestra huella en un planeta devastado. Unos con voluntad, otros sin ella. Quizás no habrá nadie que atestigüe que sí, que estuvimos aquí, y que destruimos lo que más debimos amar, mientras danzábamos.

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