Nicaragua: entender la tragedia desde la derrota sandinista en 1990 Destacado

Compartir

Mundo Nuestro. En la foto de pordada vemos a Daniel Ortega en el amacecer de la derrota del Frente Sandinista de Liberación Nacional en las urnas. Nicaragua: La semana electoral de 1990. Este texto de Sergio Mastretta fue publicado en Nexos en su edición de Abril de ese año da cuenta de los días previos a la elección del 25 de febrero de ese año.. Lo publicamos ahora en el marco de los acontecimientos trágicos que ocurren estos días en Nicaragua.

LA MASA

Daniel Ortega es un puntito que agita la gorra beisbolera en la tribuna. La masa hierve en el polvo de la plaza Carlos Fonseca. Miércoles 21 en el cierre de campaña del FSLN. A las 5.45 de la tarde el sol se detiene en el filo de la montaña hacia el Pacífico. El astro no cae, igual sostiene y vaporiza la ilusión sandinista.

Como una estrella tropical de la televisión, Daniel Ortega corre en la tarima con la bandera rojinegra del Frente Sandinista. Atrás, en el montículo-tribuna observan todos los cuadros de la Dirección Nacional. Soldados y políticos, los comandantes se abrazan y se admiran: ni siquiera ellos esperaban tanta multitud. Más atrás un aire intenso barre el contaminado lago de Managua; viene del norte, de la Segovia fronteriza, de la montaña alzada con fusiles R-15 “U.S. Property”. Es un aire caliente y expansivo.



El sol espera el canto de Mejía Godoy. Imagina a 600 mil nicas que caminan hacia el sol de la victoria “Ya nadie detiene la avalancha, el pueblo tomó su decisión”.

“Con millones de dólares en la mano no han logrado comprar la conciencia de este pueblo”, grita Daniel Ortega.

Y toca la llaga: “A ese pueblo sufrido yo le pregunto, sin demagogia, ¿es buena o es mala la situación?”.

Y el pueblo no duda: “íEs mala!”, exclama.

Y Daniel insiste: “¿Es buena o es mala?”. Tres veces lo repite en un recurso fiel de oratoria.



“íClaro que es mala!”, grita.

“¿Y quién trajo la guerra?”, pregunta.

“¿El yanqui!”.

“¿Y qué queremos nosotros?”

“íLa paz!

“Pero no la paz de los cementerios… Nunca más los cuarteles de la Guardia Nacional somocista”.

“íNunca, nunca, nunca!”

“Todos sabemos quién es el presidente electo de Nicaragua”, grita Ortega.

“íDaniel, Daniel, Daniel!”, grita la masa.

Confiado, Ortega mira ahora sí la última llama del sol que se oculta.

Daniel Ortega, a la derecha, con Sergio Ramírez en el mitin del 21 de febrero anterior a la derrota contra la Unión Nacional Opasitora (UNO) el domingo siguiente. Fotograma del video Revolucion Sandidnista, ascenso y caida.

MANAGUA INEXISTENTE

La ciudad en el aluvión del proceso electoral: un laberinto verde de avenidas y cruceros que llevan a todos lados y a ninguna parte. Una ciudad arrepentida, que tiene el campo en la entraña, como el beisbol y la política. Los ojos extranjeros no la encuentran, sólo perfilan caseríos de madera, barrios proletarios como hombres en guerra camuflados en el ramaje de los árboles. Dispersa, alargada a sus colinas, apretada por el lago, desvanecida por el terremoto, filtrada en el enramado tropical, la ciudad transpira el humor galante de su verano.

A las dos de la tarde, a una cuadra del diario La Prensa, una mulata pretende vender unos Chiclet’s Adams guatemaltecos a 40 mil córdovas (60 centavos de dólar). No es muy diversificado el mercado en las esquinas: chicles y cigarros Belton nicaragüenses. Pero se tupe de marchantes como en cualquier crucero del D. F. El lunes 19 hay parvadas de niños sandinistas en todos los semáforos; camisetas del Frente y paliacates rojinegros al cuello. Y la política, que corre por el radio y los periódicos, que salta de los vendors monumentales, que salpica desde las pintas, que suda en los pechos volcánicos de las muchachas que alcanzaron camiseta partidista, se embotella en el rojo de las avenidas.

“Cinco, cinco, cinco”, grita una niña propagandista a un grupo de Cachorros del EPS que viajan en un camión alemán de redilas.

“UNO, UNO, UNO”, canta y brinca un muchacho limpiavidrios cuando los mira.

Pero los cachorros no hacen bulla.

BALDÍO

Lunes 19. De noche Managua vieja es un tendido de calles sin dueño, huellas de cimientos como cicatrices y esqueletos sonámbulos de lo que fue. Trincheras de eucaliptos cierran el paso a nuevas construcciones. El centro sin casonas ni cafetines, sin gente que recuerde tiempos idos, es una lápida que amarra el pasado somocista y la era sandinista. No se miran viejos que esperen el sueño sentados en una banca, ni Guardias con M-1 y camisolas arremangadas, ni zapaterías ni puestos de frutas, ni barberos que afilen navajas, ni parejas que se pierdan abrazadas hacia el lago. No hay esquinas, sólo cruceros con la alcurnia perdida. El terremoto se llevó el arraigo al centro. De la plaza capitalina sólo quedan una catedral sin techo y un Palacio Nacional sin presidente. Daniel Ortega despacha en la Casa de Gobierno.

Un niño solitario vende chicles en la plaza vacía. Daniel la llama Plaza de la Revolución. Violeta la nombra Plaza de la República. El niño cruza la explanada que el domingo 18 llenó con sus huestes la Unión Nacional Opositora. Huellas del mitin en volantes pisoteados en el asfalto y consignas en la escalinata de la catedral. A mano izquierda, el Palacio Nacional con la insolencia del neoclásico, un partenón desastroso con dos alas y columnas que resistieron el terremoto. Gajes de la Revolución, dejó de ser la sede de los poderes. Los managuas cumplidores pagan ahí sus impuestos. Sandino y Fonseca, pintados en cartón a todo lo alto de las columnas, resguardan la entrada principal.

“¿Y ese monumento al fondo?”, pregunto al niño de los chicles y señalo una llama resguardada por un redondel a gajos de cemento.

“Es donde está Fonseca”, responde con la facilidad de un guía turístico y encadena la vista a esa mandarina desflorada a relumbrones de la llama por una mujer de mármol que mira al Pacífico.

“Es la madre patria -sigue el niño cívico-, cuida los huesos de Fonseca”.

“¿Y Sandino?”

“A ese no lo han encontrado, quién sabe dónde quedó su cuerpo desde que lo mataron”.

Y el niño desaparece por el jardín del mausoleo. La patria en mármol da la espalda a catedral y ofrece sus brazos abiertos al cielo negro y ventoso de la noche.

En la torre derecha de la catedral ondea una bandera de la UNO. El miércoles de cierre sandinista lo hará el estandarte del Frente. En la guerra electorera, Violeta ofreció el domingo en su cierre la construcción de una nueva catedral, junto con el fin del Servicio Militar Patriótico y la bonanza del monedero familiar. Daniel no ofrecerá nada de eso, sólo la promesa de que “todo será mejor”. Y rogará al cielo por la sabiduría de Salomón para gobernar.

Dentro de la catedral se miran las estrellas. No hay bancas, sólo breña y tierra: hace mucho que los curas- populares o tradicionales- se llevaron a dios hacia otros templos. En los muros laterales, los ángeles en relieve sobrevivientes del terremoto piden misericordia al creador que no los volvió escombros. Por las cinco bocas oscuras de la fachada los grillos amorosos entonan a la plaza su canto tropical.

Es un lugar ideal para el amor. En las sombras, dos figuras se abrazan en la más carnal de las políticas. Los dos hombres me miran, se electrizan, se separan, se escabullen.

Conmemoración de la Revolución Sandinista. Sandinistas reunidos en la Plaza de la Republica de Nicaragua, celebrando aniversario del triunfo de la revolucion, julio  19 de 1990.  (Foto: La Prensa/Farid Abraham)

Sandinistas reunidos en la Plaza de la Republica de Nicaragua, celebrando aniversario del triunfo de la revolucion, julio 19 de 1990. (Foto: La Prensa/Farid Abraham)

--Fuente: http://www.lhistoria.com/nicaragua/revolucion-popular-sandinista

VIRGILIO

“¿Vos querés probar el bicho nica?”, me dijo una hora antes. Y me llevó al centro comercial Camino de Oriente, donde una gringuísima McDonald’s vende una hamburguesa, unas papas fritas y una cocacola a 2.25 dólares.

“Vení amor”, le dijo el taxista a una mulata entre cinco evas sentadas en una jardinera. La muchacha se arrima a la ventanilla, se agacha, toma la mano de Virgilio y me mira. “Este extranjero no es de aquí, y quiere pegar una buena apaleada, quiere matar a garrotazos el zorro…”

Ella sonríe aburrida. “Lo que vos querrás amor- me dice profesional-, 800 pesos dos horas…”

En el bar Munich el taxista presume: “Qué más querés, 800 mil córdovas, ni doce dólares en el mercado negro, y son niñas reglamentadas, que no pasan de los 20, sin peligro de sida y bien vestidas como de paseo…”

Y suspira. Olvida un rato a las mujeres, hace cuentas: “Un neumático vale cuatro millones, y yo necesito renovar las cuatro llantas. Por eso vos me verás de arriba abajo desde las cinco de la mañana. Pero sabés qué, soy sandinista, y no de palabra, eché verga contra Somoza, escondí tres meses a mi familia en un agujero que escarbé en la casa, porque yo era combatiente desde el 78. Y fui a echar verga contra esos contras hijoeputas en la milicia. ¿Entendés vos? Y dirán lo que quieran los dirigentes, que acaso gana la UNO, no les vamos a devolver ni putas de las armas”.

Son las cuatro de la mañana del jueves 22. El Munich está en plena actividad. Se sirven sopas de jaiba, ron con hielo y cervezas Victoria al mayoreo. Aquí recalaron dos decenas de cuadros bajos sandinistas. De rato en rato las mesas se unen a coro, “cinco, cinco, cinco”, “Daniel, Daniel, Daniel”, cantan y brindan. Atrás quedó la tarde de júbilo y triunfo. Un trasnochado discurre corear UNO, UNO, UNO. Muy cívicos, los sandinistas lo espantan al grito de cinco, cinco, cinco. Virgilio entre ellos.

METRO URBANO

Sábado 24. Corre hacia Granada por carretera Norte. La farola de la máquina diesel apenas alumbra la calzada que concentra la mayor parte de las fábricas en Managua. Sebastián Chamorro, sobrino de Violeta, redactor de Nuevo Diario, propiedad del hermano del santón de La Prensa, mira venir el trenecito. De 19 años- a la espera de que lo llamen al servicio militar luego de las elecciones-, es un fervoroso sandinista. Igual que todos, no imagina la posibilidad de derrota. Sus ojos sensibles se avivan cuando el tren se detiene en la esquina. La gente corre, trepa a las jaulas, se acomoda, aguarda el lento jaloneo.

“Un día a alguien se le ocurrió decir que el trenecito era el metro urbano dice Sebastián-. La estación fue uno de los pocos edificios que sobrevivieron al terromoto. Hace unos años un huracán se llevó la vía que va a Puerto Corinto. Es la costumbre aquí; cuando no se inunda, tiembla. Y si la naturaleza está en calma, entonces hay guerra”.

MAMBRÚ SE FUE A LA GUERRA

Dos helicópteros del ejército sandinista vuelan al norte al parejo de la carretera a Matagalpa. En el camino leo algo de las cifras de la guerra Contra: entre 1980 y 1985 los daños materiales y a la producción sumaron 518.5 millones de dólares; el país perdió créditos por 272.9 millones y el costo del embargo fue de 108.4 millones; en esos mismos años el presupuesto de Defensa subió del 22 al 35 por ciento, un crecimiento del 7 al 19 por ciento respecto del PIB; el consumo decreció en 5.8 por ciento y el ingreso per cápita disminuyó en 10.4 por ciento; para julio de 1986 habían sido reubicadas 18,200 familias (112 mil personas), 2,100 viviendas habían sido destruidas, al igual que 52 escuelas, 11 centros de desarrollo infantil, 192 cooperativas, dos centros de salud, 51 beneficios de café, 40 casas de curado, 185 unidades de producción y 556 edificios; y la depredación del medio ambiente está a la vista: un incendio provocado por la Contra arrasó 160 mil hectáreas de sabana de pino; desde entonces los incendios se han incrementado en un 600 por ciento; una granada de fragmentación lanza esquirlas en 200 metros a la redonda, dejando en los árboles heridas abiertas a los hongos y bacterias; los rockets de un helicóptero al ataque saturan de fragmentos mortales un área equivalente a cuatro campos de futbol juntos; un batallón de 600 hombres que toma posición en la montaña remueve hasta 6 mil metros cúbicos de tierra para trincheras, barracas de alojamiento y zanjas de comunicación, y se calcula que ambos bandos tienen entre 20 y 25 batallones en acción; por la guerra tuvo que suspenderse el proyecto Bosawas, para la preservación de un bosque húmedo de un millón de hectáreas. Por último la mortandad: hasta agosto de 1986 habían muerto 4,838 personas, además de 5,877 heridos y 6,047 secuestrados, números que para el país que financia la guerra, Estados Unidos, equivaldrían a 249 mil muertos, 287 mil heridos y 2.8 millones de desplazados. Tres años después, para finalizar 1989, el gobierno sandinista calcula en más de 15 mil millones de dólares el costo de la guerra, con una estela que se eleva a más de 50 mil muertos y lisiados.

Fugaces, como los helicópteros sandinistas, perfilo personajes de la guerra.

Marvin Neyra, hijo de un obrero del ingenio en León, movilizado como voluntario de los Batallones de Lucha Irregular (BLIS) despertó en el hospital de Juigalpa (Chontales) con los dos muslos atravesados por las esquirlas de una mina. Intactos los huesos, se recuperó y volvió al frente dos meses después. Participó con su hermano en la operación Dantos 88, para echar hacia Costa Rica una fuerza de ocho mil contras acampados en la región de Río San Juan. El 14 de agosto, en una escaramuza vio reventar la cabeza de su hermano. El jueves 29 de febrero de 1990 Marvin cumplirá su servicio. “Si gana la UNO dice en el cuartel de Juigalpa- y la Contra quiere pasar la cuenta, yo me movilizo de nuevo, la tengo jurada por mi hermano. Yo a ésos les echo verga donde sea”.

Leo un estudio sobre las bandas campesinas antisandinistas que se levantaron en armas en 1980. La banda de Dimas, en Yalí (Jinotega), desmantelada por las milicias entre julio y octubre de ese año, estaba compuesta por 110 hombres; de los 50 elementos de tropa, 12 eran hijos de propietarios de fincas cafetaleras de entre 50 y 150 manzanas de café y 10 eran hijos de obreros; 25 de los colaboradores tenían entre 10 y 150 manzanas y 10 eran campesinos propietarios de entre 5 y 10 manzanas. Dimas y Fabián, cabecillas de la banda, fueron combatientes en la insurrección contra Somoza. Roberto Zelaya, “el político” del grupo, trabajaba en el Instituto Nacional de la Reforma Agraria. Los tres hacían la distinción entre los “sandinistas comunistas y los sandinistas anticomunistas”. Roberto Zelaya instruía a los campesinos: “la única solución para Nicaragua es el capitalismo, nosotros luchamos por la libertad de los guardias somocistas presos y por el regreso de los que están en Honduras. Va a llegar un día en que el Estado les arrebatará las fincas porque ustedes no podran pagar los impuestos, porque todo esto será expropiado por el comunismo. Nosotros vamos a devolver las tierras confiscadas, pero les vamos a dar a los que no tienen tierra, pero para que sea de ellos, no del Estado”.

VICTORIA DE JULIO

En Tipitapa, a media hora de Managua, el sueño agrario sandinista: el ingenio Victoria de Julio, un inmenso complejo azucarero donado en gran parte por los cubanos. Una inversión superior a los 180 millones de dólares. 18,600 hectáreas de riego repartidas en 186 cuadrantes de un kilométro cuadrado. Ni un solo cerco en ese vasto latifundio agrarista. 80 hectáreas y 20 de bosque de eucalipto por cuadrante. 2,800 trabajadores en periodos de zafra. Producción actual, 5.5 millones de quintales de azúcar, a un promedio de 46 tn/ha. de caña, lo que lo pone por abajo del promedio nacional de 49 tn/ha. Todo mecanizado: 14 cosechadoras y 30 equipos de acarreo que trabajan noche y día.

“Aquí no había nada”, dice el ingeniero Manuel García, responsable de operación en el campo. “La mayor parte eran tierras baldías propiedad de Somoza. Difícilmente habrá hoy un ingenio con esta tecnología en América Latina. Aquí estamos, a pesar de las críticas. Mi extracción es campesina, no sé si soy o no sandinista, sólo sé que en lo interno siento orgullo de haber enfrentado un régimen opresor. Entre los técnicos se siente, se toca el espíritu colectivo. Los campesinos de Tipitapa han sido más reacios a la colectivización, pues ellos nunca habían trabajado la caña”.

Un calderero del ingenio, con salario de alrededor de 4 millones de córdovas mensuales (unos 65 dólares) ve así el proceso: “Si la gente no estuviera de acuerdo con el Frente Sandinista, hace tiempo que ya hubiera caído por causa de la guerra. Ahora tengo un hijo médico y a los demás no les falta escuela. Con Somoza, sólo el que se recostaba a su lado podía sobrevivir”.

En la línea final de la producción, dos muchachos palean la azúcar que cae al piso. Ganan 4 mil pesos la hora, 24 dólares mensuales con el tiempo extra. Es viernes 23. En el ingenio sólo se ve propaganda del Frente.

EL SUEÑO EMPRESARIAL

En la Casa de Campaña de la UNO, el cabaret Bambana. Francisco García, español de 40 años, invirtió 370 mil dólares en marzo de 1978 en un rancho ganadero de 550 hectáreas de la región de Río San Juan. Su propiedad fue declarada de utilidad pública en mayo de 1988; recuperó su rancho a principios de 89 por presiones del gobierno de España a los sandinistas: “Me considero un humanista práctico, yo no volveré a creer en el romanticismo revolucionario. Yo me quedé cogido con esta barbaridad que empezó en julio de 1979. Me trataron como animal, querían que produjéramos a un precio para que subvencionáramos a sus trabajadores, yo no tenía superávit ni para una cerca. Todos los empresarios creían al principio en el Frente, lo elogiaban porque decían que era más humanista que la supuesta dictadura de Somoza, que para mí no lo era. Pero yo apoyé la huelga de productores de 42 días en septiembre de 1978, para después ser vilipendiado como lo fui. Ocho años se aprovecharon de mi sudor, me trataron como vientre, como nosotros tratamos al ganado. Compraba los insumos un 30 ó 40 por ciento arriba del precio internacional, y vendíamos 30 por ciento abajo. Por todo eso yo participé en política, apoyando a la oposición por abajo del agua”.

Francisco Girón, de 45 años, pequeño empresario de artes gráficas, con 10 mil dólares de capital; tiene cinco empleados a los que paga 40 dólares al mes: “No he tenido utilidades por la inflación y las fluctuaciones monetarias. Los empresarios nos hemos visto agredidos en los dos últimos años, por la situación económica del país. Culpar al Frente Sandinista sería una crítica no objetiva, pero la suma de todos sus errores y la mala conducción del gobierno llevará a un voto popular por la UNO”.

Carlos Cardenal, representante de la parte privada de la empresa Industrias Químicas, S.A. (51% estatal y 49% privada), confiscada en 1981: “Yo no puedo ver con buenos ojos ninguna estatización, pero en el caso de esta empresa se puede hablar de complementariedad. A fines de 89 por primera vez en tres años se repartieron dividendos a los socios. A pesar de la crisis hubo bastantes inversiones. Ahora la parte legal está en orden, la estructura es transparente y cada día más institucional. Yo no le pongo mucha mente al calificativo de mixta. El empresario privado, cualquiera que sea el modelo, si da dividendos, le da su beneplácito”. (Revista Análisis, enero de 1990).

EL SUEÑO OBRERO

Raúl Mena, chofer de Telcor (empresa de telecomunicaciones del Estado), de 25 años, casado y con estudios hasta tercero de secundaria: “La UNO juega con el estómago del pueblo trabajador; no sólo en Nicaragua se pasa hambre, pero de ahí se agarran. Yo estuve movilizado del 83 al 86 en el BLIS, éramos los que más queríamos a la patria, y si luchamos es porque antes no había libertad, al obrero que reclamaba lo echaban preso. Ahora gano 3.8 millones de pesos al mes más reivindicaciones como el paquete de AFA (arroz, frijoles y azúcar) ampliado, que tiene más de 20 productos, un regalo que el Estado nos da, además de almuerzo diario, horas extras dobles. Perder nuestros derechos, eso no se va a lograr nunca en Nicaragua”.

Según datos de la revista Aquí y ahora (octubre de 1989), en la década hubo 46 conflictos obreros que involucraron a 52,581 trabajadores: 15 por aumentos salariales, 12 por democracia sindical, 9 por despidos, 5 por mejores condiciones de trabajo y 5 contra corrupción administrativa. Ninguno de los conflictos involucró a sindicatos de la Central Sandinista de Trabajadores.

ATADO A LA TIERRA

“Dicen que los sandinistas han dado tierra a los pobres, pero regalan lo que no es suyo, Somoza no hacía eso. Yo soy agricultor, siembro maíz, arroz y frijol en 6 manzanas que compré, mantengo mi casa y no he necesitado de una revolución, hemos pasado nueve años de a verga, con Somoza todo estaba bien. Ahora esos mantenidos que no saben trabajar tienen miedo de que les quiten la tierra. Por eso Violeta va a quitar el Servicio Militar, pa’ que se jodan ésos. “Tá bien que los gringos ayuden a la resistencia, pa’ que se acabe el comunismo. El Frente va de viaje, y lo que se desecha no se vuelve a recoger”. Manuel Aburto, campesino de Niquinohombo, de 56 años.

MADRUGADA

A las 2.30 de la mañana del 26, suena la cumbia en la explanada dispuesta para la fiesta sandinista: “Me fallaste, te olvidaste de mi querer/Sí, ahora es tiempo de que sigas andando sin mí a tu lado/Me fallaste, ya tú no cambiarás”. El Frente está abajo 51.5% contra 44%. De los presentes, nadie hace caso, bailan simplemente: “Llorando se fue, la recuerdo hoy y en mi pecho no existe el rencor…”.

“Tengo mi esperanza estadística”, dice el historiador sandinista Roberto Cajinas; “ganamos en San Judas, y en ese barrio le tumba la maraca. Mi tesis es que la UNO ha objetado mil y pico de casillas donde la votación es nuestra. Recordate cómo tenía Olivares a Alexis Argüello, y el nica lo noqueó en el 14”.

“¿Y entre Tyson y el otro chango que lo madreó, cuál sería el Frente?”, le tiramos a Cajinas un recto a la mandíbula. “El réferi”, contesta en una carcajada. Y luego la reflexión: “Mirá, esto tiene que ver con la derechización de las masas, ái tenés a Lula en Brasil, ofrece el mar y sus conchas y se queda rezagado”.

Ahí mismo los reporteros asediamos a Nicho Marenco, responsable de medios de comunicación de la campaña: “¿Caballo que alcanza gana?”, grita alguno. “Los sandinistas siempre ganamos al final”, responde serio. Es obvio que conoce la tendencia del escrutinio. Cuando el huracán Joana amenazó con llevarse de tajo a Managua encadenó toda la radio. Las mujeres recuerdan su voz cálida: “Ya viene, ya llega este boludo, a tres horas de camino viene, no se ahueve señora, camarón que se duerme se lo lleva la corriente”. Y los managuas, que no durmieron esa madrugada, lo entendieron como un dique de humor contra el viento que arrasaba la tierra con una violencia que ya hubiera querido la contra en la selva.

A las 3 el cabaret Bambana es la locura. Violeta habla de que no hay vencedores ni vencidos. Sus huestes gritan “se jodió el Frente”. Un reportero latinoamericano, de color sandinista, que va conmigo, no tiene otra cosa que la ironía: “Aquí está la puta y sus charrullas, los que mandan en la UNO ya se están repartiendo los ministerios… La gran puta, esto les pasa por demócratas, hubieran seguido de estalinistas…”

Virgilio Godoy, virtual vicepresidente, el que amenazara con pasar la cuenta (es decir, cuchillo) a los sandinistas, votó en Puerto Corinto. Su voz se escucha en la radio: “Esta felicidad no es sólo para los nicaragüenses que estamos aquí, sino para todos aquellos que están fuera por la dictadura sandinista. A todos ellos los esperamos con los brazos abiertos”.

Rumbo al Centro Internacional de Prensa, escucho Radio Sandino: “Yo pido cordura a los de la UNO -dice el locutor-, porque cuando los compañeros sandinistas agotan la paciencia, hacen tronar el escarmiento”.

A las 5.34 nadie ríe en el plenario. Hay más de 1500 periodistas. En el altavoz cantan los labios ardientes de la mexicana María del Sol: “No puedo estar contigo y con el mundo…”. Lloran en silencio varias mujeres que imagino internacionalistas. Elizabeth, una doctora australiana de 25 años, me susurra que regresará a su país: “Violeta trae lo que terminó hace diez años”. Y yo pienso que el presente es un interminable funeral de paletadas de tiempo.

Mariano Fiallo, del Consejo Supremo Electoral, salió a las 5.55. Fue escueto. Daniel Ortega llegó a las 6.10. Los periodistas aplaudimos tres minutos. Luego habló de un nuevo amanecer histórico para Nicaragua, “con un sol que alumbra las conciencias hacia la consolidación de una Nicaragua libre”.

Al cuarto para las siete sale el sol en la avenida de la Resistencia. Daniel Ortega no dijo que bajo un sol como éste, hace 12 años, un 26 de febrero, los guardias de Somoza sacaron de una casa el cuerpo recién asesinado de Camilo Ortega, su hermano menor.

“¿Cuál es la fuerza del Frente Sandinista?”, le preguntarán hoy a Daniel Ortega.

“La verdad”, responderá el Presidente.

Emma Yanes, historiadora, ha colaborado en nexos anteriores. Sergio Mastretta, periodista e investigador social. El último libro de ambos es Con el sudor de la crisis (UAP, 1988).

Compartir

Sobre el autor

Sergio Mastretta

Periodista con 39 años de experiencia en prensa escrita y radio, director de Mundo Nuestro...