Araceli, Nicaragua y la libertad de vivir Destacado

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Vida y milagros

Cuando miramos nuestra vida en retrospectiva, cuántas de las cosas que hicimos nos parecerán que valieron la pena y cuántas hubiéramos querido hacer de otro modo. ¿En qué momentos claves pensamos que debimos tomar un camino distinto? Quien diga que no tiene nada de que arrepentirse creo que no está siendo sincero consigo mismo. Jodorowsky dice que hay que atreverse a ser audaces, a vivir siguiendo los impulsos del corazón y que si te equivocas tendrás al menos la experiencia. Tendrás la experiencia si no se te fue la vida en ello, o muchas veces tendrás la experiencia pero te darás cuenta claramente de que cometiste un gravísimo error. No es fácil vivir con los errores como tampoco es fácil vivir con la palabra "hubiera" resonando en la cabeza.



En estos días en que veo al patético y cínico de Daniel Ortega defendiendo su gobierno y su gestión corrupta apoyado en los discursos de voz falsa y melosa de su abusiva señora y vicepresidenta de Nicaragua, hablando del amor al prójimo para defender su dictadura mientras les echa los tanques y los paramilitares a universitarios parecidos a los muchachos que lucharon hace 39 años a su lado para derrocar a Somoza, no puedo dejar de pensar en Araceli Pérez Darias, mexicana hija de españoles, partícipe activa del movimiento que derrocó a Somoza y asesinada en Nicaragua dos meses antes de la caída de esa dictadura . ¿Qué pensaría Araceli si viviera? ¿Hubiera pensado que había otros caminos para derrocar a Somoza? ¿Se hubiera imaginado que Daniel Ortega sería hoy el enemigo a vencer para cientos de jóvenes universitarios nicaragüenses, como los que ella conoció y apoyó?

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Araceli Pérez Darias, la guerrillera mexicana asesinada por el ejército somocista el 16 de abril de 1979, en León, Nicaragua.



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Mi cuñada, la historiadora Emma Yanes Rizo, escribió un libro sobre la vida y muerte de Araceli, un recuento perfecto que le llevó 20 años construir, basado en investigación dura y recuerdos propios. El libro se llama "Araceli, la libertad de vivir. Nicaragua, 1976-1979". Me impresionó mucho su lectura porque encontré ahí las ilusiones que casi todo joven siente para cambiar o mejorar el mundo, cada quien de la manera en que cree que puede ser útil. Me impresionó la ruptura de Araceli con su ultra conservador padre, un español franquista que migró a México con sus hijos, entre ellos Araceli, a la que no perdonó en vida por irse a luchar a Nicaragua, pero que en cuanto la supo muerta se lanzó a Nicaragua a buscarla. Ahí movió el cielo y la tierra hasta averiguar su final, dar con sus restos y regresarla "a casa". Todo lo que no la comprendió en vida, la aceptó, amó y admiró en su desaparición y muerte.

Mi cuñada Emma conoció a Araceli cuando se volvieron vecinas en unos departamentos en México, a los que Emma llegó a vivir con su familia. Emma tenía 15 años y Araceli iba a cumplir 30. Araceli ya había roto con su familia, era una próspera psicóloga, vivía sola y ya llevaba rato apoyando a los asilados nicaragüenses, alumnos de colegios jesuitas, que desde México preparaban el derribo de la dictadura de Somoza. La casi niña de 15 años, Emma, la futura e inquieta investigadora e historiadora, veía desde su departamento las entradas y salidas de jóvenes al departamento de Araceli e intuía que algo especial se cocinaba ahí. La energía vibrante, los sueños eléctricos de esa juventud madura y audaz que cree y sueña con mejorar el mundo, medio ciegos a los riesgos y a la violencia de la que son capaces los adictos al poder, como entonces Somoza, como hoy Ortega.

Veo en las fotos de Araceli, en su sonrisa abierta y sus ojos negros y radiantes como de gitana y en su postura confiada, la postura de quien cree en las bondades de su lucha y en la certeza de sus convicciones. Araceli y Emma trabaron una amistad peculiar aunque las separaba la diferencia de edades. Emma andaba de novia con alguien y Araceli le dijo: "No platiques en la calle, vente a platicar a mi casa, puedes estar tranquila y al mismo tiempo segura"- un lindo gesto. La trató como a una hermanita menor. No sé cuánto tiempo fueron amigas, seis meses, un año, no lo recuerdo porque no encuentro el libro y solo estoy relatando de memoria los recuerdos de su lectura y lo que escuché decir a Emma el día que presentó el libro en 2008.

Un día de 1977, Araceli desapareció junto con sus amigos. El departamento quedó vacío, pero no la memoria de Emma, que guardó el recuerdo de esa amiga especial. Quizá por amigos supo de su muerte violenta, pero no mucho más. Diez años después, en 1987, pasó por enfrente de su antigua casa y se bajó a mirar. Ahí, recordando lo que había visto, tomó la decisión de investigar a fondo la historia de su amiga perdida. Muchos habían llorado su muerte a solas, pero nadie se había ocupado en pegar con cuidado los pedacitos de su vida rota. Emma lo hizo sin prisa y tardó 20 años en juntar textos, cartas y entrevistas. Así sabría que cuando dejó de ver a Araceli en 1977 fue porque ya había tomado la decisión de irse a Nicaragua a luchar contra la dictadura de Somoza. Supo que desde 1975 se había unido al Comité Mexicano de Solidaridad con Nicaragua. Que su departamento había sido una especie de casa de seguridad donde se reunían y hospedaban importantes cuadros del Frente Sandinista de Liberación Nacional, como Germán Pomares y Fernando Cardenal, sacerdote jesuita. Araceli se adentró en Nicaragua en 1977 y solo regresaría a México una vez, en 1978 para despedirse de sus más cercanos. Para ese entonces seguramente ya sabía los peligros de muerte que corría. En 1979 ya era parte del estado mayor del Frente Sandinista y responsable de organizar la insurrección final en la zona occidental de Nicaragua. Dos meses antes de la caída de la dictadura, el 16 de Abril de 1979, en León, Nicaragua, la casa de seguridad en la que se encontraban Araceli y siete compañeros más, fue rodeada por 80 militares de la guardia nacional. A los hombres los ejecutaron de inmediato, las mujeres, Idania y Araceli, fueron llevadas al Fortín de Acosasco donde fueron torturadas y asesinadas. Dos meses después, el 7 de Julio de 1979, cayó Somoza. Los compañeros que la recuerdan dicen que fue un ejemplo de entrega y lealtad. Escribiendo esto me pregunto si Araceli disparó una pistola, si fue capaz de matar en medio de esa guerra.

La toma de León, el 20 de junio de 1979. Al frente de los combatientes sandinistas, la tanqueta "Araceli", en honor a la guerrillera mexicana asesinada por el ejército somocista.

Ignoro si Araceli conocería personalmente a Daniel Ortega. Ignoro si logró adivinar en él lo que vieron algunos de sus compañeros de entonces, a un hombre de mente torcida y manipuladora, ávido de poder, dinero y todo lo que eso puede dar. Las guerras son caldos de cultivo para que florezca lo malo y lo peor ¿Alguno de aquellos muchachos vislumbraría en Daniel Ortega al hombre ambicioso que ha probado ser, al futuro violador de su hijastra de 12 años, Zoila Narváez, hoy asilada en Costa Rica, hija de su actual esposa Rosario Murillo, a la que quiere heredar el poder sobre Nicaragua y a quien ya hizo vicepresidenta? Viendo en un noticiero la cara dura de Ortega y oyendo la voz de su esposa, recordé anoche a Araceli. ¿Valió la pena morirse así, pensé? ¿Fue buena tu elección, fue lo que imaginaste?

Araceli escribiría a su hermano en una carta: "¿Qué es lo que se arriesga en la lucha?: morir, Pero si no estás, te quedas con una vida insatisfecha. ¿Qué es lo que se puede ganar?: todo. Recuperar el mundo y saberse dueño de uno mismo, dejar de sentir la vida como algo extraño, como algo que nos angustia porque no sabemos qué hacer con ella". Leo esta frase recuperada en internet acompañada de nombres de pueblos como Masaya y sus iglesias, nombres que aparecen en la historia de Araceli, pueblos e iglesias atacadas de nuevo pero ahora por los paramilitares de Daniel Ortega, ese hombre que se volvió la calca del dictador que derrocó.

La historia de hoy en Nicaragua debe de estar llena de mujeres como Araceli, de jóvenes llenos de sueños democráticos y de un país mejor, que miran perplejos como Daniel Ortega es hoy el tirano a derrocar. ¿Alguno de ellos será el tirano del mañana?

¿Por qué Emma rescató la historia de Araceli? ¿Es buena la memoria o es bueno el desencanto? Quiero ser optimista y pensar que es bueno saber que hay quien guarda la memoria de los ideales democráticos de quienes derrocaron a Somoza, recordar también que los tiranos no siempre lo fueron y recordar también cómo es que se construyen. Es buena

La memoria de que los gobiernos no pueden hacer y deshacer sin acordarse de que hubo gente que dio su vida porque las cosas fueran distintas, por objetivos concretos de democracia.

¿Valió la pena Araceli? Casi 40 años después estamos de regreso a lo que dejaste en Nicaragua ¿Hay otros caminos para derrotar a los Somozas o a los Ortegas? ¿Solo quedan los caminos violentos, la resistencia inútil que estamos viendo en las frías pantallas de la televisión? ¿Será el único camino sensato la aparentemente aburrida gradualidad?

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Sobre el autor

Verónica Mastretta