Atoyac Textil. La destrucción impune de la historia industrial de Puebla.

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El Mayorazgo a principios del siglo XX. Atrás del conjunto de edificios, el río Atoyac.



26 de Octubre del 2006

1 de Febrero del 2009



6 de junio del 2012

Por las noches lo derribaron todo, con pico y marro, los brazos fuertes de los hombres sin tiempo, alumbrados por el resplandor del Hospital Ángeles al otro lado del río. Fue el hambre de los pepenadores, el descontento de los obreros traicionados, la insolencia del empresario depredador, la estupidez de los mandatarios en turno. Fueron los brazos aplicados con toda la gravedad de la ambición inmobiliaria a la destrucción impune de la historia de otros hombres: los trabajadores de la fábrica textil “El Mayorazgo” y la de sus antiguos propietarios y constructores.

Porque en los últimos cinco años, a la vista de autoridades y vecinos, la segunda fábrica más antigua de México, apenas cuatro años más joven que La Constancia Mexicana, El Mayorazgo, fue demolida hasta la última piedra para desgracia y vergüenza de Puebla.

Ya no hay techumbre, ya no se mira una sola columna de hierro francés, y no hay una bóveda sobreviviente, ni huella alguna de la casa de máquinas y sus turbinas movidas por la fuerza del río. Ya no es posible siquiera imaginar que por esos galerones corrían innumerables flechas y se desbocaban las poleas hacia tróciles y telares en los que trajinaban centenares de hilanderos y tejedores al ritmo de los capataces industriales.

La fábrica demolida en una vista del 2015.

Ahí está, demolida, un tiradero inerme al paso vil de los automóviles indiferentes sobre la avenida Cúmulo de Virgo. No hay un muro en pie que nos recuerde que Mayorazgo fue por muchos años el pueblo fabril más importante de Puebla. Solitario, en un extremo, sobreviviente más por la impericia de los destructores que no hallaron forma para derribar esa torre de ladrillo rojo, el chacuaco, la afilada chimenea que apunta como un cohete extraviado al avasallante sol del mediodía de enero, rendida, taciturna, refugio de vapores olvidados. Testimonio del tiempo perdido.

Ha desaparecido toda huella del trabajo humano. Solo montones de piedras y mogotes de ladrillos y cemento. Cuatrocientos años de historia del trabajo en Puebla.

Ha desaparecido Atoyac Textil por las manos del hombre. Pico y marro aplicados, a la vista de todos y de nadie, durante veinte años, a partir del cierre de la fábrica en 1993, y tras un largo pleito laboral finalmente perdido por los trabajadores contra el último de los empresarios de El Mayorazgo, Roberto Real de la Mora. El cascarón no se perdió por una picota fulminante; poco a poco, noche a noche, vio primero salir la maquinaria en el revuelo del conflicto obrero-patronal que siguió a la quiebra de la empresa; pasaron años enteros con los galerones sometidos a la oscuridad y la intemperie humana, una caverna franca para los teporochos convertida por las mañanas en guarida de estudiantes de la secundaria de Mayorazgo, pero ganada palmo a palmo a dentelladas y ladridos por una jauría que convirtió en deporte extremo cualquier correría. La apertura de la avenida Cúmulo de Virgo, a finales del 2007, permitió la vista de los intrusos, y la foto aérea en Google Earth arrojaba todavía con claridad que la techumbre de los galerones de media fábrica estaba intacta.

Entre el 2009 y el 2012, en medio de rumores nunca comprobados sobre el futuro del inmueble, cuadrillas nocturnas acabaron con lo que quedaba de una estructura industrial desarrollada desde los tiempos de la colonia, primero como hacienda en el XVI, después como molino en los siglos XVII y XVII, y finalmente como fábrica de hilados y tejidos --poco a poco, primero los tróciles, después los telares--, a partir de 1839. Tan vieja como La Constancia, casi tan grande como Metepec en Atlixco --pasó de 4,896 husos y 80 telares en 1867 a 8,480 husos y 258 telares en 1897, para, finalmente, en su máximo esplendor, alcanzar 13,348 husos y 700 telares en 1913--. Es una historia larga, que contiene de lado a lado el complejo proceso de industrialización de una ciudad como la nuestra, intensamente vinculada desde sus inicios al campo, pero igualmente perfilada hacia las actividades fabriles en los molinos y los obrajes. Viene de muy lejos, de los años treinta del siglo XVI, apenas fundada la ciudad, cuando el cabildo otorga licencia a un tal Manuel Mafra para la construcción de un molino a orillas del río Atoyac; en 1604, lo adquiere Diego Carmona y Tamariz, y así se fue por dos siglos, hasta que reconocido como mayorazgo de la familia Carmona y Tamariz, le fue heredado a Joaquín de Haro y Tamariz, gobernador de Puebla en aquellos años treinta del XIX, miembro de una familia aristocrática que igual dio para encabezar revueltas contra el gobierno de Comonfort en 1856, que para construir el hospital de maternidad o la penitenciaría. Es una historia que cuenta en trazos rápidos la investigadora del Instituto de Ciencias Sociales y Humanidades de la BUAP, María Teresa Ventura Rodríguez, y de la que extraigo estos pasajes de los primeros años de la independencia, cuando con El Mayorazgo aparece un ejemplo pleno de nuestra revolución industrial.

Dice la historiadora Ventura Rodríguez (*):

“José Gumersindo Saviñón, pionero en la mecanización de la industria

textil del algodón en Puebla, fue quien después de haber sido el socio

industrial de Don Estevan de Antuñano, compró en 1839, el molino y

la hacienda del Mayorazgo con el fin de fundar en ese lugar una fábrica;

ésta comenzó a operar por 1842. Al igual que «La Constancia Mexicana»

(primera fábrica textil de la ciudad), el establecimiento fabril de Saviñón

empezó sólo hilando el algodón sin tener aún máquinas tejedoras; el tejido

lo hacían artesanos en sus propios domicilios a manera de maquila. Para

1843 la factoría El «Mayorazgo» tenía en operación 2 376 husos.4 Por el

número de husos ocupaba, en ese año, el sexto lugar entre las fábricas poblanas."

La historiadora describe la ubicación de El Mayorazgo a mediados del siglo XIX:

“La hacienda «El Mayorazgo», en la que se instaló la fábrica de San

José El Mayorazgo, estaba ubicada en la municipalidad de Puebla; tenía

como límites, al Oriente, el camino real a Atlixco, que separaba sus tierras

de las haciendas El Gallinero y San Bartolo; al Poniente limitaba con el

río Atoyac; al sur con la hacienda de Castillotla y al Norte con el Molino

de Amatlán y río San Francisco. La finca tenía una superficie de 600

hectáreas, comprendiendo 14 caballerías de tierra. La fábrica San José El

Mayorazgo ocupó, a principios del siglo XX, una extensión de 321 650

metros cuadrados, limitaba al Norte con el río san Francisco, al Oriente

con el camino real a Atlixco y al Sur con la barranca del río Chinguiñoso.”

Y luego, en los años sesenta, la llegada de la familia Rivero Quijano:

“La factoría de Don Gumersindo pasó en 1864 a manos de la familia

Quijano, misma que había acumulado capital a través de sus actividades

comerciales, principalmente en las ciudades de Oaxaca y Puebla. La venta

de «El Mayorazgo», la realizó la testamentaría de Gumersindo Saviñón

hijo, en 150 mil pesos, de los cuales 70 mil correspondían a la maquinaria

  1. La compra incluía la fábrica, el molino, el cernidero de harina,

aguas, ganados útiles, enseres, deudas de peones y demás accesorios.

Los compradores del fundo que eran José Quijano de la Portilla, Alejandro

Quijano y Joaquín Calderón, constituyeron en ese año la sociedad Calderón,

Quijano y Cía., quienes además tenían la esperanza de obtener una utilidad de

30 mil pesos anuales. En ese año «El Mayorazgo» tenía más importancia como

molino de trigo que como fábrica textil de algodón.

“En 1866, al morir el primero de los socios (José Quijano de la Portilla)

su yerno Alejandro Quijano y González, liquidó a Calderón, quedándose

él y su esposa Carmen Quijano y Gutiérrez, como dueños del negocio.

Por esas fechas la fábrica de «El Mayorazgo» no era aún muy importante

en términos de dimensiones y capacidad productiva; resultaba más chica

en comparación con La Constancia Mexicana. Por ese tiempo tenía mucho

más peso la actividad agrícola de la hacienda. Un año después se registró

un incremento del equipo productivo tanto del molino como de la factoría;

ésta consolidó su planta industrial, con 4896 husos, 80 telares y otra

maquinaria complementaria; entonces el dueño empezó a tener mayores

ganancias por su actividad industrial y comercial que por la del molino. Así

lo que antes fuera un departamento con unas cuantas máquinas viejas de

hilar en un molino de trigo, se convirtió posteriormente en una verdadera

fábrica que eliminó al molino.“

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Mi abuelo Carlo Manstretta, italiano llegado a México en 1901, encabezó como ingeniero la construcción para El Mayorazgo el sistema hidráulico para la generación de energía eléctrica con las presas La Carmela y la Carmelita, entre 1906 y 1909. Él trabajaría por más de treinta años para la familia Rivero Quijano, propietaria de la fábrica desde los años sesenta del XIX. El terreno en donde vivo lo heredó mi padre del abuelo en el año 1950. Aquí vivimos desde 1980. Hemos sido vecinos de una fábrica ya para entonces muy vieja, y metida en una huelga provocada por los patrones en 1988, y a la que se dejó morir en 1993. Por más de tres años los vecinos de Mayorazgo vimos a los obreros resistir un paro larguísimo con el bote en las manos, solicitando en las esquinas la solidaridad de los automovilistas. Fue una huelga nacional. El propietario de la fábrica de Mayorazgo, Roberto Real de la Mora, era presidente de la Cámara Textil en México. Su planta, como todas en el país, había sufrido la decisión del gobierno de abrir las fronteras a los productos textiles. Las consecuencias para una industria protegida como la textil mexicana fueron brutales: en 1980 había más de 50 mil obreros en la industria textil poblana; para 1993 no quedaban más de 14 mil. Entre ellos se fueron los de El Mayorazgo, del grupo Atoyac Textil. La empresa llevó la huelga hasta el extremo del cierre. En 1995 tronó la economía mexicana, y la suerte de la fábrica quedó echada. Un larguísimo conflicto laboral terminó en el vacío: la fábrica cerrada; el patrón en el paraíso; ; los líderes sindicales vaporizados; la maquinaria rematada al mejor postor; los trabajadores en el olvido.

Y el casco industrial intacto y con su caldera y su silbato vivos para llamar al día Mayorazgo todos los días a las seis de la mañana.

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Treinta años he vivido junto a la fábrica El Mayorazgo. Cada quien tiene su memoria. Esto recuerda mi hija Alicia de sus expediciones por la planta en 1998:

“Las ruinas de la Fábrica de Mayorazgo las tengo en recuerdos de mi infancia y adolescencia. Había dos pisos, en algunas partes tres. Había un pasillo largo en medio de la planta baja, estrecho. Con bocas oscuras que abrían a galeras oscuras en el ala de la izquierda, caminando del río hacia la 11 sur, con bocas de luz del otro lado, donde el techo había colapsado o era los restos de una serie de tragaluces. El piso estaba empolvado pero era piso. En cambio, en una sección del otro lado crecía una pequeña selva, tal vez fue un patio interior. Al final de la galera iluminada había unas escaleras a una oficina, había papeles, algunos quemados. El cuartito tenía una ventana larga, como para poder percibir todo movimiento en la galera iluminada. La galera oscura tenía máquinas y carretillos de madera de más de un metro de largo.
“La planta baja no la visité mucho de niña, le temía a las jaurías de perros o a encontrar otras personas. A veces las escuchaba desde arriba. Ese piso era en parte el techo de la galera iluminada, en parte pequeños cuartos enverdecidos con enredaderas y en parte un pasillo al aire libre que terminaba en un tobogán de cemento pulido. Fuerza de gravedad aplicada a transportar algo hacia un cuarto ya muy cerca del Atoyac. En este cuarto, de nuevo en la planta baja, era común encontrar una silla de plástico rota que servía de avalancha (yo no era la única visitante). Muy cerca había una serie de compuertas y canales que al final daban al río. El agua entraba por aquí y por allá.

“En el otro extremo, del lado de la 11 Sur, estaba la entrada. Un portón grande daba a una explanada, del otro lado un jardín con cipreses y buganvilias que dejados a su suerte crecieron como no he visto en ningún otro lado. Había otra serie de pequeñas oficinas. Incluso una máquina de escribir y papeles. La luz se terminaba donde empezaba la boca del pasillo estrecho, cerca había una escalera de caracol. Subía hasta la chimenea de ladrillo naranja. Destacaba porque todo lo demás era blanco, las paredes, las columnas y los techos se sentían blancos a pesar de la humedad y los años. Se sentían blancos porque eran blancos, y la fábrica se sentía como una fábrica porque no era cualquier edificio abandonado.”

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Esa fábrica está destruida. A la vista de todos. De la mía, que soy su vecino. De la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla, cuyo pomposo Complejo Cultural Universitario queda a quinientos metros. De los gobiernos estatal y municipal que no han hecho absolutamente nada por impedirlo. Y del Instituto Nacional de Antropología e Historia y CONALCULTA, las instituciones federales a cargo del patrimonio histórico de México.

Ahí están las imágenes para confrontar cualquier vergüenza.

(*) María Teresa Ventura Rodríguez, “Colonia el Mayorazgo, algunos aspectos sociales y culturales, Congreso Internacional 1810-2010: 200 años de Iberoamérica”, en 200 años de Iberoamérica (1810-2010): Congreso Internacional : Actas del XIV Encuentro de Lationoamericanistas Españoles, Santiago de Compostela, 15-18 de setiembre de 2010 / coord. por Eduardo Rey Tristán, Patricia Calvo González, 2010, ISBN 978-84-9887-290-3, págs. 713-730.

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Sobre el autor

Sergio Mastretta

Periodista con 39 años de experiencia en prensa escrita y radio, director de Mundo Nuestro...