"Geles"/En memoria de María de los Ángeles Guzmán Ramos

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Del libro Memoria y acantilado, con textos de Carlos Mastretta Arista, presentamos la primera parte del capítulo "Geles", en memoria de María de los Ángeles Guzmán Ramos (1924-2008), nacida un 26 de abril en la ciudad de Puebla.

Memoria y acantilado



Carlos Mastretta Arista

"Geles", Parte 1

A sus 22 años, María de los Ángeles Guzmán Ramos, joven poblana hija del Doctor Sergio Guzmán y de la teziuteca María Luisa Ramos Sauri, cambió la vida de Carlos Mastretta Arista. “El italiano”, como identificaban entonces al recién repatriado hijo de don Carlos, cayó inerme ante la fuerza de la mirada de Geles, cuyos ojos, dice él, le arrebataron el alma y le devolvieron la vida. Cada martes, desde que la conoció, Carlos le entregaba una carta apasionada, “con una pluma alegre”, confiesa, para ganar así, poco a poco, la serena confianza de la mujer más bella de Puebla. Con la fuerza de las palabras, entonces, el amor y la construcción de un matrimonio y una familia, en una historia de vida con una profundidad apenas revelada en este libro.



Jueves Santo 1947

María de los Ángeles:

No sé si estas letras llegarán a ser leídas por tus ojos –esos ojos tuyos apacibles y serenos––, o si solamente constituirán una gota más de sueños en el océano de mi fantasía. No importa. Hace sólo unos minutos que escuchaba yo tu voz, que tanta fuerza deposita en mi alma, y parece absurdo que yo aún intente hablarte sirviéndome de un cándido papel destinado a recibir cifras y cuentas, y no una confesión surgida de una mente enamorada y de mi corazón invadido de ternura por ti.

Una frase tuya de esta noche es la que me obliga a seguir a través del hilo tenue de mi fantasía, una conversación interrumpida por la lógica necesidad de la convenciones sociales y familiares. (...) Me has dicho que pensando en mí te invade la tristeza, porque temes, y no quieres, que yo sufra. Temes que, no pudiéndome llegar a querer, yo pruebe un dolor tal que me hará infeliz por el resto de mi existencia, hasta ahora tan errante y bohemia. Y yo te he contestado que no debes preocuparte pues tu presencia en mi vida ha señalado una nueva ruta, haciéndome para siempre abandonar un camino de luchas y de errores que terminaría con dar fin a mis últimas fuerzas, constituidas por la voluntad y el deber que con el simple hecho de haber nacido Dios nos destina. En otras palabras me has conducido nuevamente a la luz y la verdad sin las cuales todo esfuerzo es vano y todo logro amargo. (...) Y lo que ahora te escribo, lo hago con la mano en el corazón, extrayendo de él lo que en él hay, sin cálculo alguno, sin más esperanza que la de sentirme feliz por haber hallado en ti la mujer soñada en todas mis horas –y fueron tantas– amargura, de decepción, de profundo sufrir. Porque, como te he dicho, yo soy un solitario y lo fui moral y materialmente. Sólo quien conoce la profunda amargura de una soledad moral y material puede formularse un ideal de mujer como yo me lo formé; una mujer que hoy, física y espiritualmente, he tenido la felicidad inmensa de encontrar, cuando ya mi triunfante escepticismo me decía que mis sueños eran tales que mi ilusión de encontrarla debía de terminar, para que así mi amargura se transformara para siempre en la hiel diabólica de un cinismo agobiador.

Cuando en la indiferencia de mi vida apareciste, yo te miré intensamente: lo extraño es que probé la sensación de no hallarme frente a una mujer desconocida, sino de frente a una mujer que ya vivía en mí, que aun antes de encontrarla me había ya acompañado y me ayudaba a sobrellevar las penas sinsabores de la vida. Fue ese día, en el campo de Foot–Ball, cuando entregaste un ramo de flores a no sé qué equipo. Desde entonces tuve sed de aquella mirada que no podía ya descifrar aun conociéndola. ¿Qué tenía aquella mirada que no me miraba? Te seguí sin saber el porqué, y otro día (la noche de la cena en casa de Abelardo) me atormenté mirándote acurrucada cerca del fuego de la chimenea, escuchando las notas de la música. ¡Qué lejos te vi, pero qué cerca! (...) Desde entonces vivo como viven los delfines, que siguen la estela de un barco meciéndose en las ondas en pos de un sueño, de una quimera. (...)



De novios. Paseo en el parque “Los viveros de Santa Cruz”. 1948.

Por estas razones, Geles, no debes de entristecerte por mí y por mi futuro. Por todas estas razones debes, con esa bondad infinita que tu corazón alberga,, consentir que yo esté en tu vida sin pedirte nada: ¿qué daño puede hacer al soberbio bajel de tu existencia el que un pobre y soñador delfín siga tu estela? Seré el amigo discreto, el compañero fiel, el trovador oportuno que se haga la ilusión de ayudarte a vivir. (...) Y recuerda, siempre recuerda, que quien mucho ha sufrido sabrá comprenderte, sabrá sin una queja alejarse de ti si así lo quieres, y podrá, no obstante, llevar en adelante la vida más real y digna, luchando siempre por elevarse sobre toda ruindad, porque lleva para siempre en su corazón el amor hacia ti que lo enaltece.

Carlos

Aquí puedes seguir leyendo el capítulo “Geles”, del libro Memoria y acantilado, de Carlos Mastretta Arista, publicado en Libros Libres de Mundo Nuestro.

Memoria y Acantilado: Geles

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Sobre el autor

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