Los vencidos del 5 de Mayo/Primera parte

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Mundo Nuestro. Publicado por el Fondo de Cultura Económica en el año de 1973, el libro Los vencidos del 5 de Mayo, escrito originalmente en pergamino por el abate francés Jean Efrem Lanusse, debe ser lectura obligatoria de los mexicanos. El autor acompañó por más de veinte años, entre 1850 y 1870, como capellán al ejército expedicionario francés, entre los imperios del siglo XIX, uno de los más activos. Es probable que esta crónica la haya escrito ya de regreso en Francia, ya en la década de los ochentas de aquel siglo.

Con un prólogo excelente a cargo de Marte R.Gómez, un ingeniero agrónomo tamaulipeco que participaría en la revolución y en los primeros repartos de tierra en territorio zapatista, y quien llegaría a ser secretario de Agricultura en el régimen posrevolucionario, el libro es una crónica de los acontecimientos provocados por la invasión francesa en 1862, centrado por supuesto en la batalla del 5 de Mayo. El abate escribió tres episodios de la expedición en México, el combate de Camarón, la batalla del Cerro del Borrego, y nuestra propia epopeya.

Hasta donde sabemos, es español sólo se ha publicado esta visión de los vencidos del 5 de Mayo.

Mundo Nuestro publica nuevamente en dos tantos un extracto del relato de la batalla que, más allá de todos los lugares comunes de nuestro nacionalismo, encarrilla finalmente ese complejo proceso por el que el pueblo mexicano encontró su destino como nación.

Primera parte



Los vencidos del 5 de Mayo

Los vencidos del 5 de Mayo

Nos veremos mañana, general Zaragoza.



Es el 5 de mayo de 1862, y estamos a 16 kilómetros de Puebla. Al despuntar el alba, la columna deja Amozoc, donde nuestros hombres habían descansado una noche después de pasar muchas fatigas… A pesar de ello nuestros soldados dan muestral del mismo entusiasmo, del mismo arrojo que han sabido ofrecer en todas las grandes ocasiones, lo mismo que en todos los campos de batalla. Que se les hable de subir al asalto de los dos fuertes que dominan a la ciudad, o de marchar de frente contra las potentes barricadas erizadas de cañones y de numerosos defensores y se verá si no son como siempre los soldados del deber y de la disciplina, los hijos de la Francia militar y los caballeros que, por encima de todo, van al encuentro del peligro como si no existiera. Por lo demás, tienen la convicción de que el existo está asegurado.

Y llevan en el corazón confianza ciega en las ordenes y en las consignas de sus jefes. Marchad, pues muchachos, sin inquietud ni antes o después del combate. Durante la batalla toda ha sido previsto, después de ella tendréis vuestro repuesto en víveres y municiones, si acaso os falta. El enemigo no podrá apoderarse de las carretas en que os será llevado. Sobre ellas velarán camaradas vuestros que están resueltos a defenderlas a cualquier precio.

A las 9:30 bajo un sol que reparte torrentes de luz y después de haber sobrepasado algunos accidentes del terreno, nuestro ejército se encuentra a la vista de Puebla… ¡Puebla! La Puebla de las mil torres y campanas, con su multitud de ricas iglesias dibujándose contra el cielo purísimo… ¡en medio de una planicie que parece inmensa!… Al este, detrás de nosotros, hemos dejado las nieves eternas del Pico de Orizaba. A lo lejos, frente a nosotros, por el oeste, una veintena de leguas, están el Popocatépetl y el Iztaccíhuatl con sus nieves eternas. A nuestra derecha, por el noroeste, está la cadena de montañas de La Malinche.



¡Guerra!... Lucha atroz, horrible… Lucha insensata de los hombres y de las cosas, ¡yo te maldigo! Estamos en presencia de una de las grandes obras de Dios y, sin embargo, apenas si la miramos. Se va a matar y a morir… Todo el pensamiento está concentrado en ese propósito: ¡matar!

Matar a nuestros semejantes a sangre fría, sin enojo… matarlos obedeciendo la voz del mando porque se nos ha dicho que hay que matar. ¿Se ha conocido acaso…. al que inventó la guerra?

En nuestra marcha de Amozoc a Puebla sólo encontramos un tropiezo, ya casi a la vista de la ciudad. Fue una línea de tiradores que apareció por nuestro flanco derecho abriendo fuego contra los nuestros. Rechazada por nuestros cazadores a pie, se dio a la fuga y desapareció detrás de las colinas rocosas que unen Guadalupe a Puebla.

Mientras que nuestros soldados preparaban el café, el coronel Valazé, jefe del estado mayor, seguido de un escuadrón de cazadores, se dispuso a practicar un reconocimiento en dirección al norte. Quería estudiar el terreno en dirección de Guadalupe y juzgar, hasta donde fuera posible, la posición del fuerte.

Fue entonces cuando un general mexicano, que formaba parte de la comitiva de nuestro general en jefe, le aseguró una vez más al comandante del Cuerpo Expedicionario que las puertas de la ciudad serían abiertas y sus autoridades le ofrecerían las llaves de la misma entre repiques de campanas y gritos de alegría de una población rebosante de entusiasmo, y que, por ello mismo, ese mismo general declaraba que el reconocimiento resultaría completamente inútil.

Esas palabras nos fueron trasmitidas por uno de nuestros oficiales que las oyó y las escribió al día siguiente en forma de nota. Por lo demás, ¡muchas otras veces nos había repetido lo mismo con respecto a la buena acogida que se nos brindaría pro todos lados!

El coronel Valezé sin embargo, llevó a cabo su reconocimiento.

Los mexicanos estaban decididos a defender a Puebla a toda costa. Amén de las numerosas y sólidas barricadas con que habían cerrado las calles alrededor de la catedral, en el centro de la ciudad, habían formado también un amplio reducto, Zaragoza contaba aproximadamente con 12 mil hombres, que mandaban los generales Berrriozábal, Díaz, Negrete, Lamadrid, Tapia Álvarez. También había destacado tropas que cerraban el paso a las partidas de reaccionarios que trataban de incorporarse al ejército francés, el que por su parte había hecho alto a los tres kilómetros de la ciudad. Negrete ocupaban las alturas con unos 1 200 hombres y dos baterías de campaña y de montaña. El resto de las tropas vigilaban la planicie por donde se esperaba el ataque.

¿Y nuestros soldados?... ¡Nuestros soldados hacían café!... Lo acabo de decir, a tres kilómetros, en las narices mismas de los mexicanos, que ocupaban los fuertes de Loreto y Guadalupe, y con los cuales se iban a medir de un momento a otro.

Se lleva el valor en el corazón… el valor nos acompaña todos los días y a todas horas. Sin embargo, cuando suena la hora, hace falta inyectar un poco más de energía en los miembros que están para acometer una hazaña que se sale de lo común. Nuestros muchachos hacían su café con la misma calma, con el mismo aplomo, diría yo, que si hubieran estado en Longchamps, en espera de una de las granes revistas del emperador. Porque el soldado francés, en campaña, es el ejemplo más acabado de la imperturbabilidad que se pueda ver. Está más tranquilo, tiene más aplomo, ésa es la palabra, y parece más buen chico, quizás, que cuando se encuentra en el cuartel de Babilonia o en la hortaliza donde suele parecer más preocupado, más pensativo… ¡No sabe de qué! Por qué constaría trabajo que él mismo lo dijera. Pero, en resumen de cuentas, no tiene el aspecto indeciso, esa apariencia, esa actitud de astucia que no lo abandona nunca cuando está en campaña. Porque en estos casos no es una lluvia cualquiera, sino un torrente de frases ingeniosas, de agudezas que asombran y que cautivan, las que salen de sus labios y hacen que las gentes dejen de pensar en ellas mismas… para ser todo oídos. Un poeta diría: esta lozana juventud va en pos de la muerte... y la mayoría de ella encontrará heroicamente, combatiendo… ¡Sus voces son como el último canto del cisne!... Esto y aún más si se quiere, inclusive, y con muchos signos de admiración, señor habitante del Parnaso. Por cuanto a mí, sólo veo en ellos a los mejores solados del mundo, a los soldados de Francia que desprecian a la muerte para cumplir su deber y para que una nueva gloria se pose en los pliegues de su bandera. ¿Piensan siquiera en la muerte? El cazador de África afila su enorme sable mientras que platica con su amigo, el rápido corcel que trajo de los desiertos africanos. El Chacal observa si sus polainas están bien anudadas, si su chacó tiene todas sus partes en el sitio reglamentario. El Cazador ligero, el bravo Marposa, hacen otro tanto por su lado y después… ¿Después?... a cumplir con el deber, suceda lo que suceda.

¿Qué se puede esperar o, mejor dicho, qué es lo que no puede esperarse de un hombre que piensa así?… Un día, algunos de sus camaradas le hablaban al Zuavo Tempranero, prematuramente de sus numerosas heridas.

--¡Heridas esas!-… vaya pues, ustedes no saben lo que dicen —les contestó--. ¿Tengo mil veces razón, no es cierto, señor capellán, cuando digo que éstos son unos niños de teta? No se puede decir que un hombre haya recibido verdaderas heridas a menos de que le falten tres kilos de carne en el cuerpo, o la mitad de la cabeza. Sea enhorabuena.

Sin embargo, Lorencez, apoyándose en la opinión del los comandantes de la ingeniería y de la artillería, aunque contrariando los consejos que le había dado un ingeniero mexicano en Amozoc, decidió que se comenzaría por ocupar los fuertes de Guadalupe y Loreto. El ataque se iniciaría, en primer lugar, contra el primero de ellos, que se encontraba más cerca de la hacienda de Los Álamos, donde estaba agrupado el convoy. Se hacían ya, a lo largo de una hondonada que había que cruzar, rampas para la artillería. Aunque también era cierto que antes de llegar al los fuertes se hallarían pendientes difíciles de escalar, menos difíciles, sin embargo, del lado de Loreto. Pero este fuerte parecía muy alejado.

A las 11 se tomaron todas las disposiciones requeridas. Desde lo alto del las torres de la Catedral, Zaragoza, que se mantenía dentro de la ciudad a la defensiva, y Negrete, desde las alturas de Guadalupe, debieron comenzar a darse cuenta de los proyectos del ejército francés.

Avanzaréis pues, mis muchachos, sin temor de que sobre nuestra columna de ataque se lancen las reservas del enemigo. Nuestros cazadores a pie sabrán mantenerlos a distancia. Nuestros fusileros de marina y una batería de montaña estarán pendientes de la caballería mexicana en tanto que la nuestra, nuestra valiente caballería, cuyo valor es conocido, estará lista para lo que se ofrezca. Numerosas ocasiones os ha mostrado ya lo que es capaz de hacer. Las compañías 99 y 4 de infantería de marina servirán de resguardo al convoy.

Dos batallones de zuavos forman la columna de ataque. Con ellos va la batería montada del capitán Bernard y cuatro piezas de la batería montada de marina que manda el capitán Maillet. Esta es la columna que atraviesa la hondonada y se lanza hacia la derecha, para escalar las alturas por las pendientes menos abruptas. A una distancia aproximada de 2 200 metros, se ve cómo se despliega en línea de batalla. ¡Qué aparición para los defensores de Guadalupe! ¡Son los zuavos!, debió exclamarse, o murmurarse sordamente, en los pechos palpitantes… Los zuavos, de los que era bien sabida la furia tradicional. Se debió dirigir la mirada hacia los fosos y hacia las murallas para comprobar por última vez si los fosos no eran bastante profundos, las murallas suficientemente altas para que los chacales no los pudieran franquear.

A cierta distancia de la columna de asalto está una reserva formada por el regimiento de infantería de marina. Como esta columna podía sufrir el choque de la caballería mexicana, los fusileros marinos y una batería de montaña han sido destacados hacia su derecha. El batallón de cazadores, hacia la izquierda de la línea de batalla, le da frente a las fuerzas mexicanas que están apostadas en la llanura. El 99 de línea y las cuatro compañías de la infantería de marina resguardarían el convoy.

Y ahora que todo está listo para la lucha, permítaseme una reflexión. Se nos habían prometido 10 mil soldados de Márquez… ¿dónde están?

Puebla debía abrirnos sus puertas. Sus habitantes venir a nuestro encuentros presas del mayor entusiasmo… Nada, absolutamente nada… ¡el vacío, el silencio más completo en la llanura…! Salvo por nuestra parte, el ruido de los hombres que marchaban para desarrollar el plan de combate…El paso de los caballos de nuestro valiente escuadrón de cazadores de África, que avanza a la retaguardia de la columna de infantería…después una ambulancia que se establece en los edificios de la Rementería.

Se escucha un disparo de cañón, uno sólo. Partió del Fuerte de Guadalupe… Para los mexicanos es la señal del combate… Pronto una línea de fugo hará relampaguear los parapetos del fuerte...Se dispara sobre nosotros... ¡La batalla comienza! Quienes no estuvieron nunca en un campo de batalla desconocen lo que puede ser ese solemne momento.

¡Son las 12! El sol ha hecho ya la mitad de su carrera. La mayoría de los jóvenes héroes ahí presentes no están en mismo caso por cuanto a los años que deberían vivir en Tierra… Vos lo sabéis, Dios mío, vos que fijáis el amanecer y la noche de nuestra existencia. Pero siempre será verdad que para ellos la última hora no sonará sino después de que hayan cumplido el deber más grande, el de morir por el honor y la gloria de nuestra patria. Si caen, caerán como mártires. ¡Guardar para ellos, después de las palmas de la tierra, la otra más preciosa aún que es la de la inmortalidad…! Bendecid a nuestros hijos lo mismo que a su vigor y su valentía.

Y ahora, soldados de Francia, que todas nuestras miradas y todos vuestros esfuerzos se dirijan hacia el sitio formidable que os ha sido mostrado.

Nuestra artillería ha principiado a disparar, a tiempo también de que nuestros zuavos se han desplegado a uno y a otro lado de nuestros cañones, en espera, con el arma descansada, de la apertura de una brecha que están ya impacientes de flanquear. Miden mientras tanto la distancia que los separa de ese temible fuerte en el cual, después de todo, se encuentra esperándolos un enemigo más numeroso. Ven todas las dificultades del terreno: una barranca que han de franquear, pendientes de lo más escarpadas. ¡Qué importa!... El enemigo está más allá… Hay que ir a buscarlo.

El general Zaragoza no había previsto un ataque en esta dirección. Suponía que, como siempre y según los consejos que había debido recibir el general francés, éste se presentaría por el rumbo del Carmen. Con toda prisa, manda entonces que ocupe el cerro de Guadalupe —que s un antiguo convento convertido en fortaleza—la brigada Berriozábal (que va a reforzar la división de Negrete), y hacer salir de la ciudad, por detrás de Loreto, un cuerpo de caballería que deberá cargar por su extrema izquierda sobre la columna de ataque. Con el grueso de sus tropas, él mismo toma posiciones: A su izquierda, la brigada Lamadrid, apoyada contra el cerro de Guadalupe: a su derecha, la división Díaz, que llega hasta la iglesia de los Remedios; en los suburbios de la ciudad, a su extrema derecha, el resto de la caballería.

En el Fuerte de Guadalupe se produce un vivo cañoneo, se escuchan disparos nutridos, desesperados, diría yo más bien, que se lanzan contra nuestras líneas. Nuestros soldados mientras tanto, inmóviles bajo el fuego de los mexicanos, esperan siempre que se abra una brecha. Júzguese de su impaciencia. Para soportarla mejor, inventan un pasatiempo, el de hacer reflexiones: ¡Qué mala puntería tienen esos artilleros! Deberíamos ya estar hechas una compota. Si tiran así cuando salen a cazar patos, no deben comer a menudo carne de pato.

¡Es la 1 de la tarde!

El sol baña con torrentes de luz y de fuego los campos; los fuertes, que truenan y rugen; nuestras armas, que brillan; Puebla, cuyos millares de cúpulas recubiertas con azulejos de mil colores centellean anunciando un día de fiesta mejor que una jornada en la que la muerte deba cumplir su lúgubre trabajo…

¡Es la 1 de la tarde!... Algunas existencias, en unos cuantos instantes más, volverán a tu eternidad, Dios mío… ¡Es la 1 de la tarde!… Y el que por el momento es el ejecutor de nuestra voluntad suprema partió ya: Lorencez, a caballo, aparece sobre una eminencia desde la que se domina la llanura para poder verlo todo y juzgar de las peripecias del combate. Lo sigue su estado mayor: el coronel Valazé, el capitán Rousset, el teniente príncipe Bibesco, el teniente de navío Le Belloco, el insignia de Chavannese, el insignia Beauvoir, el capitán ayudante de campo Custey, el teniente De la Tour du Pin del 56’, el subteniente de cazadores de África, Ney-d’Elkinghin, y los oficiales de órdenes Raoul (subteniente militar administrativo) y Braconnier, oficial de administración.

Lo siguen igualmente tres mexicanos: el general Almonte, el general Taboada y el coronel López.

De un golpe de vista, Lorencez se ha dado cuenta de que nuestro fuego, a pesar de que está bien apuntado, corre riesgo de no ser eficaz por lo accidentado del terreno sobre el que está construido Guadalupe. Dicta órdenes inmediatamente. El comandante de artillería debe hacer avanzar sus piezas y remudar desde luego el fuego. Pero en el muro del fuerte sobre el que se trata de abrir una brecha no se obtiene ningún resultado, siempre por culpa de la disposición del terreno. Acercándose, inclusive, se deja de ver Guadalupe. Y nuestras diez piezas no están más que a 2 mil metros de él.

Truena el cañón. Las balas silban al recorrer el espacio que las separa del fuerte, después de cruzar las hondonadas, y se estrellan a menudo contra grandes rocas que se diría que hubieran sido colocadas a manera de vanguardia, contrafuerte o botarete frente a la muralla que se quiere destruir. El enemigo, cuyas piezas están muy bien servidas, desde el principio nos ha sacado ventaja con sus tiros. Al cabo de una hora y cuarto de un cañoneo que ha consumido la mitad de nuestras municiones sin dañar las defensas de Guadalupe… ¿qué nos queda por hacer? Tomar una determinación que corresponda con la fogosidad de nuestros soldados. Vamos a confiarle la suerte a este día, toda la suerte de este día, a nuestra infantería.

Ya es tiempo. Es la larga espera, se dicen nuestros zuavos con impaciencia febril… que nos mande en lugar de sus metrallas. No diré: oíd esas murmuraciones; pero sí preguntaré: ¿veis esas pisadas de impaciencia, esas manos que se crispan sobre el fusil o sobre la bayoneta?

¡Son las 2 de la tarde!... Lorencez se precipita. Forma dos columnas con todas las tropas que están presentes en el sitio del combate y les muestra las viejas y sólidas murallas que deben asaltar. Por un lado va el comandante Cousin, que, a la cabeza de un batallón de zuavos, flanquea por la izquierda las formidables ondulaciones del terreno que están frente a de él, y se va a esperar al pie del talud que deberán batir las balas de fusil, los ovases y una avalancha de fuego... ¡Qué importa!... Del otro lado, es el comandante Morán quien se dirige al oblicuando a la derecha con otro batallón de zuavos para desviarse en seguida hacia Guadalupe. Tratará de abrigarse de los fuegos de Loreto… Pero ¿cómo escalar los muros? ¿Cómo entrar en la plaza, dado que nuestros cañones no han podido demoler esos pesados muros? ¿De qué manera? Se hace lo que en la precipitación de los acontecimientos resulte posible. Ved, pues, esos zapadores que siguen a nuestras dos columnas. Cada uno de ellos lleva una plancha provista de escalones que han sido clavados precipitadamente. Este medio de escalar es muy simple. La agilidad de nuestros soldados hará lo que falte. Por la izquierda se lleva un saco de pólvora, para hacer saltar la puerta del reducto…

Finalmente, el general en jefe, previendo que el éxito dependía del golpe de andancia que iba a intentar, no duda por un solo momento en desguarnecer la custodia del convoy. Le manda al batallón de cazadores la orden de que se le incorpore. Sostendrá el batallón próximo.

De pronto, resuenan los clarines….Es la señal del asalto. Se escucha el grito de ¡Adelante! Se escucha también un segundo grito: ¡Viva el emperador!...El ataque está desencadenado… se corre precipitadamente.

El general, con su porta-guión al lado y seguido siempre de su estado mayor, ve cómo se mueven sus tropas. Si está todavía montado a caballo, no es más que por su buena fortuna. Reconocido desde que llegó a la planicie, no ha dejado de ser blanco de los tiradores mexicanos. Ya una primera vez, aproximadamente a cincuenta pasos del casco de la hacienda de San José, donde fuera apostada una ambulancia volante, apenas se había detenido en una labor, cuando una bala de cañón disparada desde Guadalupe vino a caer a sólo dos metros de su caballo, antes de rebotar y de pasar entre el interpreté y el señor Braconnier, bañándolos de polvo.

Lorencez avanza todavía cerca de 200 metros más, para establecerse en un sitio desde el cual pueda verlo y dirigirlo todo. Para llegar a dicho sitio se necesita franquear un área descubierta de alrededor de 150 metros de largo. Le manda entonces a cada uno de los suyos que se lancen de frente, aunque sin ir agrupados, en cuanto él dé la señal de avanzar y tan aprisa como se pueda. Dada la señal, se entierran los acicates en los flancos de las cabalgaduras y se llega. Sólo uno, ¡ay!, quedó en el camino. Es el subteniente Raoul. Una bala de cañón lo ha hecho caer a tierra. Un amigo solícito corre a socorrerlo. Es el valiente Braconnier. Lo endereza, pero en sus brazos no tiene más que un agonizante. El abate Montferrand acude entonces para darle la extremaunción… Dos amigos que rezan y que lloran en medio de la muerte que los rodea. Braconnier hace llevar el cuerpo de Raoul hasta la ambulancia, y va a incorporarse al estado mayor. Cuando lo ven llegar, con las lágrimas en los ojos, Lorencez y el coronel Valazé exclaman: “¡Dios mío, ha muerto el pobre Raoul! ..¡Qué perdida para el ejército!”

¡Son las 3 de la tarde!

¿Es únicamente la hora de los que mueren?... ¿o es acaso la hora de la victoria para nuestro puñado de héroes?

Ya lo dije antes, los zuavos del Segundo Batallón se han lanzado al ataque, pese a todos los obstáculos, con esa impetuosidad, con esa audacia que tantas victorias les han valido. Al lado de ellos, sobre la izquierda, aparecen las cuatro compañías de cazadores rivalizando en heroísmo para escalar la formidable posición que todavía está intacta.

A medida que nuestra columna se acerca al fuerte, la defensa se multiplica, la intensidad del fuego se redobla. En el aire ya no se percibe sino un zumbido de balas y metrallas, un huracán, una borrasca de hierro. Es una tempestad que ha desatado también su cólera terrible. Quienes solo lo vieron debieron temblar… Vieron cómo nuestros cazadores, nuestros zuavos, lucharon con entusiasmo, bravura y audacia… ¿Es una marcha o una carrera?... ¿O acaso es un vuelo, el de esos hombres que surcan el palacio sin detenerse ante ningún obstáculo?

Se acercan…nadie podrá resistirlo. Eso fue lo que se debió creer por un momento… Ya llegan… tocan las murallas… El enemigo, estupefacto al ver cómo brincan y reaparecen después de vencer un obstáculo, una zanja, una roca, ha debido preguntarse si eran leones o jaguares. Por eso en el fuerte se estuvo a punto, lo que he sabido después, de dar la orden de retirada. Se cambian impresiones…. ¡los franceses van a entrar...!

(CONTINÚA EN SEGUNDA PARTE)

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