¿Quiénes fuimos en esta breve estadía?

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Vida y milagros

“Muchos de nuestros sueños no se cumplirán, pero en su búsqueda, cada sueño nos alentó a ser y entender quiénes somos.Clint Eastwood, Los puentes de Madison.



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VII. Cartas a Natalia



A los dos días de la muerte de mi padre me hice cargo de ir a recoger sus objetos y papeles personales a la oficina en la que había trabajado los últimos 15 años. Había estado casado con mi madre 21. Sentada ante su escritorio, durante dos horas entré en el mundo de un hombre que a mí me había parecido hasta entonces tranquilo y predecible. Varias hojas amarillentas escritas a máquina contenían los trozos de un diario fechado en Milán, en febrero de 1946. El diario estaba firmado con tinta verde con el nombre de Carlo y en él relataba su proceso de abandonar Italia. Volé sobre las palabras en que relataba las hambrunas del final de la guerra y la visión de los edificios de la antes señorial Avenida Italia ennegrecidos por las bombas. Aquí y allá las paredes estaban pintadas con palabras de “Muerte a fulano”, “Muerte a Zutano”. Odio, odio, odio, como el saldo del huracán que todo lo destruyó. Contaba como miró pasar en la estación del tren a los soldados americanos, bien alimentados, abrazando a jóvenes italianas a las que seducían con chocolates mientras él esperaba en la estación el tren helado y sin ventanas en el que viajaría rumbo al puerto de Génova para tomar el barco destartalado que lo regresaría a México. Describió en pocas imágenes lo que era PERDER LA GUERRA, una guerra de la que nunca nos habló. Hablaba también de la idea fija de VOLVER A CASA. ¿A cuál casa?, me pregunté entonces, ¿Y por qué se había ido?

Del pasado de mi padre antes de casarse con mi madre casi no sabíamos nada. Del orden interno de su familia, tampoco. En cambio de la familia de mi madre lo sabíamos casi todo.

En nuestra casa familiar mi padre no tenía fotos de su familia, sus papás murieron antes de que tuviéramos edad para extrañarlos, veíamos poco a sus hermanos y de su juventud solo había una pequeña foto de él vestido con un uniforme militar, mirando directo a la cámara con una mirada desafiante y fiera, lleno de belleza . Una foto a la que empecé a mirar como si pudiera responder al enigma. De sus cosas personales guardé una estampa de la Plegaria Simple de San Francisco escrita en italiano y unas pequeñas tijeras labradas para cortar papel.

Un mes después de su muerte a mi casa llegó una carta a nombre de mi padre. Traía timbres extranjeros y un remitente en Milán. Curiosa soy, así que abrí la carta y de entre los pliegos de papel cayó una foto fechada en 1943 en la que aparecía él, con el mismo uniforme de la otra foto y tomando por los brazos a una mujer joven y rubia, de amplísima sonrisa. La carta, que luego se perdería en una mudanza, decía así: “Carlo: Han pasado muchos años y sé que cometí muchos errores. Quizás no quieras saber nada de mí, pero por los viejos tiempos quisiera saber qué fue de ti, qué hiciste con tu vida. Escríbeme: Italia.” Otra vez Carlo, no Carlos.

Guardé la foto y la carta pero le contesté a esa extraña mujer con nombre de país que vivía en La Vía Capone 12, en Milán. Le conté que mi padre había muerto hacía apenas un mes, que yo era su hija, y que me parecía justo que supiera que, según yo, mi padre había sido razonablemente feliz; le conté que se había casado con mi madre, que le gustaba mucho escribir, que odiaba el ruido y que había tenido cinco hijos. Durante un tiempo nos carteamos a espaldas de mi madre, a la que no consideré apta para estar enterada de dicha correspondencia. Así me enteré que esa mujer había sido más que su novia, que habían vivido la experiencia de una guerra atroz y que en general sabíamos muy poco de ese otro hombre que había sido mi padre. Se iniciaría así un camino de descubrimientos que a lo largo de los años y por una serie de eventos que yo atribuí a la casualidad nos llevarían a entender de quién veníamos y qué habíamos heredado de ese lado tan poco conocido de nuestro padre y su familia. Qué paradoja: los hijos de un doble desterrado, de México a Italia y de Italia a México, habíamos sido desterrados de su pasado.

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Nos tardamos muchos años en armar el rompecabezas de su otro mundo, en enteramos de sus sueños, de sus errores, de su absoluta pasión por otro país que no era México, de sus lazos entrañables con su familia italiana, del porqué se quedó en una guerra que sí era suya, y también de lealtad a su padre, y no ajena e impuesta como pensamos muchas veces; supimos que Enzo Ferrari había sido su maestro de aerodinámica en la universidad, de su gusto por la alta velocidad, por el dibujo y el diseño, los motores, los coches y las motocicletas, sobre su ejercicio del periodismo deportivo y su afición por escribir. Poco a poco supimos que había sido un hombre con el corazón dividido entre dos países, de personalidad enigmática y compleja y que ese señor al que ingenuamente consideramos apacible durante su breve estadía en nuestras vidas, había sido todo menos predecible.

En 1988 Ángeles mi hermana y yo viajamos a Milán y fuimos por primera vez a Stradella, a tratar de entender y a conocer el lugar de dónde había emigrado mi abuelo paterno, un pueblo de viñedos a una hora de Milán. Nuestra guía fue la vieja prima hermana de mi padre, huérfana desde muy joven y acogida en la casa de la familia paterna desde niña. La tía Angelina era una mujer solitaria pero conversadora y comunicativa. Ella nos terminó de aclarar el desencuentro con Lía, a la que yo conocí como Italia y que merece una historia aparte.

La tía Angelina nos enseñó las cartas que mi papá envió a Italia después de años de silencio y poco antes de morir; hablaba de cuánto los extrañaba e iba cerrando círculos como si él presintiera que se iría pronto, aunque para nosotros su muerte fue prematura e inesperada. Ella nos mostró otra parte de la punta de la hebra que luego Sergio, el más curioso de todos los hermanos, reconstruyó cuando preguntó a mi mamá por la viejísima maleta de cuero negro llena de fotos, cartas y relatos escritos en español y en italiano que siempre estuvo en nuestras narices en el pequeño clóset de mi papá. Mi madre entregó los que había encontrado en la maleta perfectamente archivado. De novia de mi papá aprendió un perfecto italiano con las monjas de Chipilo, pueblito de migrantes del norte de Italia, fundado en 1895, ubicado a 16 kilómetros de Puebla, así que colaboró con Sergio a traducir impecablemente las cartas del abuelo a su hijo al que se dirigía como “Carlo”. Sergio se encargó de recopilar y ordenar todo con la sabiduría y el oficio periodístico heredado de un padre al que solo disfrutó quince años. Mi madre se encargó de confesar que las cartas de unas novias las había quemado por no considerarlas de interés para nadie. De esa compilación de Sergio, de los escritos de mi padre en México y de otros relatos y textos surgió el libro “Memoria y Acantilado”, la historia junta de Carlo y de Carlos.

¿Por qué hurgar en el pasado? ¿Por qué hacerlo si el dueño de ese pasado lo sepultó y nos lo hizo desconocido? ¿Había detrás de ese deseo uno más profundo de que lo supiéramos todo al conservar la maleta negra cuya existencia registró y recuperó la memoria del niño que era Sergio? No lo sé con certeza, solo sé que al final, cuando conocí la historia antes oculta de un hombre inolvidable, una parte de mí acabó de encajar y de estar completa.

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Sobre el autor

Verónica Mastretta