Domingo de pandillas: la siembra de la desconfianza para el 2018

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Las elecciones que tuvieron lugar el domingo pasado en cuatro entidades del país representan, hasta ahora, y con la posibilidad de que cambien los resultados, el triunfo de las pandillas en el poder. Por un lado, la que comanda el presidente de la República ha logrado, hasta este momento, el triunfo en el Estado de México de su candidato Alfredo del Mazo. Para ello utilizaron masivamente recursos federales y estatales, programas sociales, y una compra de votos difícil de medir, pero constatada por diversos testimonios y reportajes. El otro triunfo (hasta el momento) es el de la pandilla Moreira en Coahuila, una entidad gobernada por un grupúsculo que ha medrado sin pudor con los dineros de la gente y que ha sido acusada de vínculos con el crimen organizado.

En Nayarit, ganó la alianza PAN-PRD, al igual que en Veracruz. En el primer caso todavía falta por ver si el nuevo gobernador logra sanear una administración que se ha vinculado con el tráfico de drogas: recordemos que nada menos que el Procurador de la entidad fue detenido en abril, en Estados Unidos, por este motivo. En Veracruz hubo una clara derrota del PRI que responde, más que a las virtudes de la coalición y del gobernador en turno, al desprestigio de la pandilla que gobernó hasta hace poco el estado. Morena por su parte logró ganar ciudades tan importantes como Xalapa, Coatzacoalcos, Minatitlán y Poza Rica, estas últimas, zonas petroleras castigadas por el desempleo causado por la reforma energética.

En resumen, si las cosas van como van, las pandillas ligadas al partido en el poder ganaron dos entidades y en las otras dos perdieron. Desde luego la atención se ha concentrado en el Estado de México donde la diferencia entre el PRI y MORENA es de alrededor de 3 puntos porcentuales, poco más de 150 mil votos. La estrategia decidida por el partido de Delfina Gómez consiste en demostrar con actas que ganaron y ello se verá a partir de este miércoles. El resultado final aún está en duda.



Pero, a mi modo de ver, el problema más grave es que si las pandillas lograron imponerse, ello fue posible debido a una profunda debilidad de las instituciones. En sentido estricto no deben su triunfo a una elección de Estado (en el que se hayan concertado todos los aparatos que lo componen) sino a que estos grupúsculos aprovecharon para sus fines las instituciones que controlan. La diferencia puede parecer demasiado sutil pero no lo es. Consiste en primer lugar en que no pudieron imponerse en todas las entidades, ni creo que logren cambiar los resultados en Nayarit y Veracruz. En segundo lugar, en que se trata de pandillas diferentes que no responden al mismo jefe, lo que podría hacer más vulnerable su triunfo en Coahuila donde la diferencia es aún menor que en el Estado de México. En tercer lugar, porque el gobierno PAN-PRD que encabeza Yunes ha sido acusado de comportarse también como una pandilla, aunque de diferente signo político, imponiendo entre otras cosas al hijo del gobernador como Presidente Municipal en el Puerto de Veracruz.

Más importante: para la pandilla del titular del ejecutivo, el Estado de México representa una victoria estratégica para su continuidad en el poder. No sólo se jugaba el destino del PRI sino, precisamente, de la fracción que lo jefatura en estos momentos. Si se confirma ese triunfo, el presidente estará en mejores condiciones para imponer a su candidato en el 2018 a pesar de la posible oposición de otros grupos dentro del PRI. Y, además, ratificará o creen que ratificará que la línea que han seguido es la correcta para gobernar al país y mantenerse en el poder. En unas palabras, cierra el paso para cualquier cambio relevante de final de sexenio. Todo seguirá igual.

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Para la oposición, los triunfos del PAN-PRD tienen un significado más ambiguo. Por un lado, desde la óptica de sus dirigencias, consolidan su alianza en Veracruz y Nayarit y ello les permitiría suponer que para el 2018 esta coalición puede tener éxito. Por el otro, sin embargo, los resultados del Estado de México han levantado una gran indignación en algunos sectores de la militancia perredista y en las corrientes minoritarias de su dirección, pues es evidente que una alianza MORENA-PRD hubiera arrojado una contundente derrota del PRI y abierto una enorme expectativa de triunfo de las izquierdas para las presidenciales del próximo año. El debate, al interior de este partido, probablemente vaya a exacerbarse entre estados dos posiciones y ello hará más inestable su vida interna en los próximos meses.

MORENA también tendrá que reflexionar su estrategia si no logra revertir los resultados en el estado de México. No puede apostar, otra vez, para el 2018, a quedarse en la rayita, a unos cuantos votos del triunfo, pero a final de cuentas con una derrota a cuestas. O a ser un partido fuerte como en Veracruz, Coahuila o Nayarit, con un crecimiento muy rápido, pero a final de cuentas muy lejos de convertirse en el partido más votado. Algunas dudas surgieron en esta elección que deberían tomar en cuenta. Primero, su relación con los partidos, sobre todo con los que han sido históricamente aliados. ¿Hubiera dado mejores resultados una alianza pactada oportunamente con el PT, que una declinación tardía y forzada? Luego está la ambigüedad programática y la confrontación que se acentuó en las últimas semanas, poco antes de las elecciones, con los medios de comunicación. ¿No hay posibilidades de elaborar otra estrategia y definir una propuesta política más inclusiva? ¿Se debe descansar sólo en las redes sociales? Se pudo advertir también una posición confusa sobre la advertencia de un fraude. Incluso el mismo día de la elección, dos o tres horas antes del cierre de casillas, algunos dirigentes de MORENA, que se presentaron como representantes del movimiento “Ni un fraude más” dijeron que “en el Estado de México se confirma uno de los operativos más grandes de compra de voto de la historia”. ¿No fue un mensaje inoportuno que desalentó el voto contra el PRI, casi dando por hecho que el fraude estaba consumado?

Es evidente, o parecería serlo para algunos, que en 2018 todas las armas del gobierno incluyendo la compra de voto y la guerra sucia se utilizarán contra la oposición, en particular contra MORENA y López Obrador. ¿Tendrá sentido denunciarlas desde ahora y llegar a la contienda después de haber agrandado la desconfianza ciudadana hacia los procesos electorales, las instituciones y los partidos? ¿o es posible que, sabiendo que eso va a suceder, se pueda vencerlas con nuevas estrategias?

Desde el fraude de 1988, se había llegado a la conclusión de que la única forma de ganarle al PRI (y luego al PAN) requeriría un gran caudal de votos que no dejara dudas sobre los resultados. Ello, si se ratifica el triunfo de Del Mazo en el estado de México, será aún más difícil pues se profundizará la desconfianza en las instituciones y en los procesos electorales, y en la capacidad de la oposición de izquierda para sortear las maniobras fraudulentas del PRI. Construir esta mayoría política contundente parecería entonces ser la tarea más importante que MORENA tiene por delante (junto con el PT, MC y el PRD) si deciden construir una alianza progresista más allá de los partidos.

Mientras tanto, el desastre nacional de todos los días, con su cauda de violencia, pobreza y debilitamiento de las instituciones, seguirá su curso. Estas elecciones no parecen haber sido una buena señal para abrir mejores escenarios para el cambio. Al mismo tiempo, sin embargo, representan una nueva oportunidad para que se dé una reflexión amplia, sin sectarismos, ni prejuicios, entre muchas y diversas fuerzas sociales y los partidos que realmente quieran derrotar al continuismo que nos agobia. Pueden, podemos todos, aprender de este tropiezo y construir una nueva estrategia para sepultar al viejo régimen del PRI y del PAN con una mayoría política indiscutible. Para esto, aún hay tiempo, a pesar de las adversidades del momento.

Twitter: #saulescoba

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Sobre el autor

Saúl Escobar Toledo

Saúl Escobar Toledo es historiador en la Dirección de Estudios Históricos del INAH. Sindicalismo, salarios, empleo y partidos políticos en México en el siglo XX son las áreas de su investigación. Entre sus publicaciones están Los Trabajadores en el siglo XX. Sindicatos, estado y sociedad en México (1907 – 2002) Ed. UNAM, 2006; “Las batallas en el desierto: los trabajadores mexicanos 1980-2000”. Colección Claves de la Historia del siglo XX. Ed. INAH, 2010 y  “Las reformas a la Ley Federal del Trabajo: una perspectiva histórica” en Las reformas estructurales en México (en prensa). Editorial Ítaca, 2015.