La mejor memoria de un padre inolvidable Destacado

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Nunca sabré si mi padre realmente estaba enfermo, si era un tirano o si simplemente fue un ser humano.
Siempre me preguntaba... por qué me dice que me quiere y después me golpea, por qué decir que es por mí bien, me corre de casa, me insulta y otro día dice que me ama y me abraza. Nunca entendí esto y mucho más. Ojalá algún día pueda entender.


Mi padre nunca supo, jamás se enteró que estaba enfermo, que se podría controlar, etc, etc. O tal vez estoy equivocada, pero leo, investigo y juraría que mi padre o era bipolar o padecía esquizofrenia. Pero nunca se enteró, nunca fue tratado médicamente, y por lo mismo, enfermedad no detectada a tiempo y no tratada obviamente avanza…



No sé si mi teoría sea acertada, pero creo que parte de los sinsabores de nuestra vida familiar pudo ser ¿ menos cruel si él se hubiera enterado y atendido, todo pudo ser mejor. Él murió y yo sólo me quedé con dudas y caminos deshechos.

Ahora que se acerca el día del padre, quisiera compartir un pequeño detalle de él. No quiero recordar siempre lo negativo, también fue tierno y cariñoso conmigo en mi infancia, y siendo honesta, en muchos momentos de mi vida.

Tuvo enseñanzas que se quedaron conmigo por siempre.

Mi padre fue siempre muy fuerte, alto, serio, a veces le recuerdo como de bronce. Era un ser imponente, a mí me inspiraba más miedo que respeto.

Recuerdo que cuando yo tenía aproximadamente unos seis o siete años de edad, un hombre delgado, vestido muy sencillamente, de huaraches que envolvían aquellos maltratados pies morenos tocó a la puerta del departamento que habitábamos en la colonia Clavería del Distrito Federal. Cargaba entre sus maltratadas y callosas manos un atado de escobas, unas de tamaño normal y otras pequeñitas y de colores brillantes, como de juguete.




Mi padre le saludó y preguntó qué deseaba --debo aclarar que mi padre siempre tuvo fama de ser muy correcto​ y muy bien educado, todo un caballero--. El hombre estaba a la puerta, delgado, de estatura media, y mi padre muy alto, fuerte, elegante siempre y bien vestido, lo miraba. Con temor, indeciso le mostró las escobas y le trató de sonreír aunque sus ojos brillantes no mostraban más que inquietud.


Mi padre le saludó, le sonrió y le preguntó: ¿ habla usted español? El hombre a la entrada respondió algo que yo no entendí. Mi padre de repente comenzó a hablarle en un lenguaje que yo no conocía, no entendí nada. Sólo recuerdo que aquel hombre sonrió plenamente y nunca olvidaré el brillo en sus ojos llenos de agua. Había un destello de agradecimiento y felicidad en su mirada que me marcó por siempre. Aquel hombre se sentó a la mesa con nosotros, comió con nosotros y cuando el sol amenazó con desaparecer, se despidió hablando aquel lenguaje que yo no entendía. Mi padre y ese hombre de ropas de manta amarillenta, pies morenos y descuidados por sus huaraches cafés se dieron un abrazo muy fuerte. Él se fue con el viento del atardecer y en mi sencillo hogar quedaron ahora una escoba fuerte y una pequeña para mis juegos infantiles.


Mi padre le habló en su idioma. Otomí, ahora lo sé y jamás olvidaré aquello. Mi padre hablaba un muy perfecto español e inglés, un poquito de alemán, y también orgullosamente hablaba náhuatl y otomí.

No sé si mi padre fué un tirano o amigo. Prefiero recordar su extraordinaria humanidad. Fue un ser "indescriptible".

Y ahora que las historias nos reclaman, me quedo con lo bueno que mi viejo me dejó... No quiero quedarme con el tirano, quiero quedarme con el tierno y cariñoso al que nunca entendí, quiero quedarme con el hombre cariñoso que me enseñó a querer y respetar a los demás, sobre todo quiero quedarme con aquel hombre que me enseñó a respetar a los que son diferentes a mi porque tienen historias distintas.

Quiero quedarme con aquel hombre de extraordinaria humanidad.

"Feliz día del padre".

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Sobre el autor

Roxana Alveláis Pegueros

Así se mira Roxana Alveláiz: "Autodidacta, soñadora irreverente... No importa tanto quien soy, sino la rebeldía que me mantiene viva a pesar de las canas."