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Mundo Nuestro tiene un objetivo prioritario: realizar un periodismo de investigación que contribuya en la construcción de una estrategia nacional de conservación, desarrollo y custodia de la biodiversidad y la agrobiodiversidad, lo que se llama el patrimonio biocultural de México.

Mundo Nuestro. Se cumplen tres meses del estallido de la rebelión en Nicaragua. Tres meses de terror y muerte en una Nicaragua sometida por la dictadura Ortega-Murillo. Con esta carta lo recuerda la comunidad nicaragüense en Puebla.



CARTA DE AMOR URGENTE A NICARAGUA desde PUEBLA, MÉXICO

Para fomentar el deseo

“No todos los deseos conducen a la libertad,

pero la libertad es la experiencia de un deseo que se reconoce,



se asume y se busca.

El deseo no implica nunca la mera posesión de algo,

sino la transformación de ese algo.



El deseo es una demanda:

la exigencia de lo eterno, ahora.

La libertad no constituye el cumplimiento de ese deseo,

sino el reconocimiento de su suprema importancia”

John Berger

Hermanos y hermanas de Nicaragua que resisten y luchan contra la dictadura Ortega-Murillo:

Reciban un abrazo fraterno azul y blanco. Su dolor y su lucha son nuestras. Ustedes somos nosotros. Somos juntos un volcán, somos esa otra Nicaragua que sueña y desea libertad, justicia, dignidad, democracia. Saben que cuentan con nuestro amor, nuestra solidaridad y apoyo a la distancia pero muy cerca en el corazón.

Los nicas que hoy vivimos en Puebla desde hace años hemos sufrido con ustedes, pero reconocemos que ahora ustedes han puesto el cuerpo, el deseo y la sangre en cada barricada, en cada tranque y en cada joven brutalmente asesinado. Duele, duele mucho saber de las masacres y de la deshonestidad orteguista. Sabemos de los paramilitares extranjeros francotiradores asesinos y de la traición al sandinismo. Sabemos de los diálogos frustrados y las negociaciones de organismos de derechos humanos. Deseamos que esta pesadilla termine con la salida de Ortega, que se haga justicia a los asesinados y que Nicaragua logre reconstruirse con dignidad y horizontalidad que soñamos todos los que amamos a nuestro paisito.

Reconocemos y admiramos a los diferentes movimientos sociales que hoy resisten pero sabemos bien que luchan desde hace años contra la impunidad, la piñata sandinista, el nepotismo, el cinismo y la deshonestidad orteguista. Por eso todo nuestro respeto para:

  • la renovación sandinista tejida desde el corazón de la revolución sandinista de los 70´s que sigue luchando;
  • los campesinos que defienden a la madre tierra y la madre agua contra proyectos de muerte (canal, minas, hidroeléctricas, eólicos) y hoy son acusados de terroristas y encarcelados;
  • los jóvenes estudiantes que desean una Nicaragua más justa, digna, humana y que han puesto el cuerpo y hoy representan una esperanza en Nicaragua; jóvenes que no se rinden a pesar de ser hostigados y rafagueados dentro de sus universidades;
  • la sociedad civil diversa; colectivos feministas, de derechos humanos; sociedad autoconvocada, “minúscula y vandálica” que sale a las calles inundando el espacio y el tiempo sin miedo y grita ¡que se vayan, que se vayan todos, que se rinda tu madre!;
  • la iglesia católica que se hace pueblo rebelde defendiendo cuerpo a cuerpo a los que resisten;
  • la prensa valiente que informa en medio de las balas, asesinato de periodistas y amenazas de muerte;
  • las barricadas y tranques que representan la lucha más linda de la gente con sus manos y cuerpos expuestos para decir NO a los Ortega-Murillo, NO a la corrupción del sandinismo.
  • todos los asesinados que dieron su vida poniendo el cuerpo por la libertad y el deseo de democracia.

Esta carta de amor sólo quiere decirles gracias por su fortaleza y su lucha; que los admiramos, respetamos y consideramos MAESTROS de lucha y dignidad. No olvidaremos los nombres y rostros de cada joven asesinado nunca. Va un abrazo enorme para los familiares de los asesinados, desaparecidos y encarcelados. Acá estamos.

NICAS EN PUEBLA, colectivo autoconvocado

19 de julio 2018 Puebla, Pue. México

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Mundo Nuestro. Carlos Mejía Godoy, un nombre mítico para una generación entera, vuelve a cantarle a su patria Nicaragua, a su aguerrida Monimbó, cuarenta años después.

Mundo Nuestro. Reproducimos aquí la crónica del periodista nicaragüense Carlos Salinas Maldonado, publicada este jueves 31 de mayo en el diario electrónico Confidencial.

La crisis en Nicaragua ha llegado a un punto sin retorno. La narración de lo ocurrido el miércoles en las calles de Managua no deja lugar a duda sobre la magnitud de la tragedia nica.

Caían uno a uno sobre el pavimento. Uno de ellos frente a su propia madre. Las balas llovían sobre una marea azul y blanca, que marchaba orgullosa de recuperar una ciudad secuestrada por el odio. Uno a uno caían los jóvenes. Poco a poco vamos conociendo sus nombres. Al menos ocho muertos hasta ahora en Managua. Entre ellos Jorge y Edgar, Francisco y Michael, Daniel y Orlando, de apenas 15 años. Es el regalo de Daniel Ortega a las madres. Las de los muertos de abril y las nuevas enlutadas por el odio del Dictador.
¡Qué día tan hermoso hacía el miércoles en la capital! Después de tres días de tormentas que limpiaron las hojas de los árboles, la ciudad florecía con su propia primavera. En la rotonda Jean Paul Genie se reunían centenares de nicaragüenses. Venían con sus banderas azul y blanco, alegres, festivos, en enormes filas, llegaban a homenajear a sus madres y las de los caídos por la violencia del régimen. “¡Qué vivan los estudiantes!”, gritaban. “¡Qué vivan las madres de abril!” La gente se reconocía, se saludaba y abrazaba. Madres con hijos pequeños, abuelas en sillas de rueda. Muchachos jovencísimos tomados de la mano, besándose, cantando. Jóvenes con sus mascotas también vestidas de azul y blanco. ¿Qué mejor celebración después de tanto luto, de tragedia, de odio irracional? Esta vez se cantó el “Ay, Nicaragua, Nicaragüita” con otro tono. No con aquella nostalgia que despierta la célebre letra de los Mejía Godoy, sino con la esperanza que esa preciosa melodía quiso inocular desde un inicio. Pero ahora que ya sos libre, Nicaragüita, yo te quiero mucho más. Porque era la sensación de la libertad recuperada lo que embriagaba a los centenares de miles de nicaragüenses que ayer marcharon pacíficamente por Managua. Una masa gigantesca que bailaba al ritmo de chicheros, que estaba ahí para gritarle un ¡basta! a la Muerte.
masacre del Día de las Madres
Carlos Herrera | CONFIDENCIAL.
Aquí estaba Jessica Rivas, la madre de Jesner, el joven de apenas 16 años asesinado cuando heroicamente intentaba resguardar un supermercado del barrio La Fuente, de la capital, atacado por saqueadores. Rivas señala a la Policía. Asegura que la Policía mató a su muchacho. Fueron varias balas, dijo. Un crimen en la impunidad. Por eso aquí estaba, cargando la foto del joven, con un listón negro en la blusa y un ramo de flores en las manos. “Me duele estar aquí”, dijo. Duele compartir este dolor con estas madres. “¡No es justo lo que nos hizo Daniel Ortega!” La rabia acumulada por más de un mes. El dolor. La indignación. “Si aquí hubiera pena de muerte, eso pidiéramos para él”. Junto a Rivas estaban las otras madres, todas cargando las fotos de sus hijos. Como Alba del Socorro García Vargas, quien lloraba el asesinato de Moroni López, estudiante de Medicina de 22 años, asesinado el 20 de abril en la Catedral Metropolitana, mientras ayudaba a socorrer a los heridos de aquel día brutal. “Siento que estoy como él, muerta”, dijo la mujer, el rostro moreno desfigurado por el dolor, los ojos negros apagados, muestra de su honda tristeza. “Me quitaron un pedazo de mi vida”, asegura la madre, que iba acompañada de uno de sus hijos, de los tres que sobreviven. El muchacho, muy delgado, llevaba una cinta amarrada a la frente con la leyenda ¡Qué vivan los estudiantes! También cargaba la foto del hermano muerto, mientras escuchaba el lamento de su madre. “Vengo a esta marcha representándolo, porque quiero justicia. No quiero que su muerte quede impune. Este fue el regalo que me dieron: ¡cómo me destrozaron! Siento un dolor inmenso”, dijo la madre. El deseo era el mismo: Que se vaya Ortega. Las madres se abrazaban y lloraban y a ellas se acercaban otras mujeres, las que llegaron a marchar con sus hijos. Y el abrazo era demoledor. ¿Cómo se puede soportar tanto dolor?
La gigantesca ola azul y blanco recorrió cuatro kilómetros de la neurálgica Carretera a Masaya. Entre ellos iba el escritor Sergio Ramírez, con una gorra también azul y blanco para protegerse del sol. Se le notaba alegre, contagiado por el sentimiento general de libertad. “Esta es una demostración de fe en el futuro”, dijo. “En Nicaragua, a pesar de la tragedia que hemos vivido y los crímenes masivos que se han cometido, el pueblo tiene fe en que la paz vendrá y la única manera de que venga la paz es la democracia”. Un grupo de muchachas se acercó al Premio Cervantes, me permite una foto, don Sergio, y el escritor paró su marcha para fotografiarse en la calle.
Aquí iba también Vilma Núñez, la incansable defensora de los derechos humanos. ¡Qué alegría!, dijo. A pesar del dolor de sus piernas, del peso de la edad, de haber vivido una y otra vez el horror de un país que repite sus tragedias, ella estaba feliz. La gente se le acercaba para abrazarla, besarla, para fotografiarse con ella. Las muchachas la agasajaban como a una madre. Gracias, le decían. Gracias. Era el reconocimiento a toda una vida dedicada a defender los derechos humanos, de denunciar la brutalidad, de cuestionar la dictadura, la de ayer y la de hoy.
masacre del Día de las Madres
Carlos Herrera | CONFIDENCIAL.

La masa avanzaba hacia la Rotonda Rubén Darío. Cruzaba el Paso a Desnivel de la Centroamérica. Cientos de miles de “minúsculos vandálicos” retando la fuerza del Dictador. Era la mayor demostración pacífica de la historia reciente de Nicaragua. Los capitalinos le quitaron “su” plaza y las calles a Ortega. Lo relegaron a una esquina de la ciudad en la avenida de Bolívar a Chávez, poblada por decenas de arbolatas, el odiado símbolo del poder de su esposa, la vicepresidenta Rosario Murillo. En una concentración de empleados públicos reunidos en cinco cuadras, allá, al lado del rostro amarillo de Hugo Chávez, su benefactor, habló el Dictador ante sus partidarios. “Nicaragua no es propiedad privada de nadie”, dijo Ortega. “Nicaragua nos pertenece a todos y aquí nos quedamos todos”, afirmó.



Sus palabras ni siquiera fueron escuchadas en la marcha de las madres. Aquí no interesaban. A las cinco de la tarde, la marcha terminaría frente a la Universidad Centroamericana con un evento cultural. Hablarían una de las madres de abril y un estudiante universitario, con el homenaje final a estas mujeres cuyos hijos ya son vistos como héroes. Para recordarles y recordar que no debía haber un muerto más. “¡Qué se vaya Ortega!”, gritaban. Y las balas sonaron a 100, 200 metros, en el sector de la Universidad Nacional de Ingeniería. Les disparaban desde el Estadio Nacional de Beisbol Dennis Martínez. El Dictador no solo mataba a sus hijos, sino que las amenazaba a ellas. Uno a uno fueron cayendo los heridos sobre el pavimento. Ocho muertos en Managua. Entre ellos Jorge y Edgar, Francisco y Michael, Daniel y Orlando, de apenas 15 años. Las balas tiñeron de sangre el azul y blanco que pedía libertad.

Mundo Nuestro. La siguiente es la postura de la UCA, la Universidad Centroaméricana que la Compañía de Jesús tiene en Managua. Una vez más la violencia del régimen de Daniel Ortega seha desatado contra la población a las puertas de esta institución de educación superior en Nicaragua. La nueva masacre dejó el saldo de quince muertos y centenares de heridos.

Este es el llamado de la comunidad jesuita a la solidaridad internacional con el entrañable pueblo centroamericano sumido cada vez más en la tragedia de la tiranía.



Añadimos aquí el análisis que ha hecho en video el periodista nicaragüense Carlos F. Chamorro.



Mundo Nuestro. Los acontecimientos de esta semana en Nicaragua llevan a pensar que no habrá una salida negociada entre el régimen de Daniel Ortega y sus opositores.

Este miércoles, al caer la noche se habla ya de cinco muertos y quince heridos.

Leo los encabezados del miércoles por la noche en el diario La Prensa:



Al menos un muerto y una treintena de heridos tras un ataque de la Policía y las turbas orteguistas

Al menos ocho heridos tras ataque de paramilitares en la marcha de las Madres de Abril

El empresariado de Nicaragua pide adelantar elecciones y renovar el poder electoral

Daniel Ortega dice que se queda y que “Nicaragua no es propiedad privada”

Vale entonces la vista de este video en que jóvenes estudiantes nicas hacen un recuento de lo ocurrido y fijan su postura con dos objetivos: justicia y democratización y la salida de Daniel Ortega y sus cómplices del gobierno de Nicaragua.



Y para ello confirman que van a seguir en las calles.



heridos, Madres de Abril

Imagen de la represión a estudiantes en la marcha de este miércoles en Managua. Tomada de La Prensa.

Mundo Nuestro. El ataque fue con mortero. Ocurrió en la madrugada del domingo. "Fuerzas parapoliciales, amparadas en la impunidad que les garantiza el desgobierno actual", ha dicho el rector de la Universidad Centroamericana, el sacerdote jesuita J-A. Idiáquez. Es claro el propósito de amedrentamiento contra la institución. Y es un ejemplo de la gravedad del proceso en Nicaragua.

La denuncia es, por tanto, valiente. Un ejemplo de la resistencia civil contra un régimen que tiene al país centroamericano al borde del abismo de la conflagración.



Aquí el seguimiento que la prensa local ha hecho de este atentado:

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Rvista Sin Permiso.

Todd Gitlin / 17/05/2018

Las conmemoraciones son las tarjetas de felicitación que manda una cultura empapada de sensaciones para reconocer que nosotros, los que vivimos, no nacimos ayer. Así sucede con el reensamblaje mediático de este año en torno a 1968. Lo que resulta difícil de transmitir es la textura de conmoción y pánico que se apoderó del mundo hace medio siglo. Lo que resulta todavía más difícil de captar es que el vencedor principal de 1968 fue la contrarrevolución.

Cuando luchamos por el significado del pasado, estamos luchando por aquello por lo que, hoy, escogemos preocuparnos. De este modo, los aniversarios de 1968 acechan a 2018, pintando escena tras escena de revueltas, horror y crueldad, de un fervor excitado de cosas que se vienen abajo y, en conjunto, de la sensación de una tormenta de apocalipsis que se avecina, incluso de revolución. Inevitablemente, las imágenes “icónicas” de la época presentan escenas de brutalidad, rebelión y tragedia: un general sudvietnamita saltándole los sesos a un prisionero en una calle de Saigón durante la Ofensiva del Tet, el reverendo Andrew Young Jr. y sus colegas en la balconada del Motel Lorraine de Memphis, junto al cuerpo de Martin Luther King Jr., apuntando hacia el lugar del que procedía la bala del asesino, los manifestantes de Columbia ocupando los edificios del campus, arrastrados luego y golpeados hasta sangrar por la policía; los manifestantes de París lanzando de vuelta a la policía los botes de gases lacrimógenos; Robert Kennedy abatido por los disparos de Sirhan Sirhan en el Hotel Ambassador, los tanques soviéticos entrando en Praga, la policía aporreando a los manifestantes de la Convención Nacional Demócrata de Chicago, las activistas del movimiento de liberación de la mujer tirando fajas, rulos y sujetadores (sin quemar) a un cubo de basura en el paseo de Atlántico City delante de la sede del concurso de Miss America; Tommy Smith y John Carlos en el podio de medallistas olímpicos de Ciudad de México, levantando desafiantes el puño enguantado en negro.



Un examen más concienzudo tomaría nota de las colisiones sociales que, por violentamente represivas que fueran, no llegaron a registrarse en Norteamérica con la misma significación sobresaturada. Por ejemplo, los tres estudiantes de Oranienburg, Carolina del Sur, muertos a manos de agentes de policía de carreteras después de que los estudiantes protestaran contra la segregación en una bolera (8 de febrero), los disparos casi fatales contra el dirigente estudiantil radical alemán Rudi Dutschke en Berlin (11 de abril), la paliza de la policía de Chicago a una protesta antibelicista totalmente no violenta (27 de abril).

Por lo que respecta a manifestaciones menos sangrientas, hubo muchas, tan rutinariamente que el New York Times agrupaba las informaciones sobre derechos civiles y contra la guerra en páginas especiales. Tampoco este rosario de calamidades tiene en cuenta imágenes que no vieron la luz del día hasta mucho más tarde, como las fotos en color de la matanza de My Lai (16 de marzo), que no se publicaron hasta finales de 1969, momento para el cual ya había expectación. O imágenes que nunca se materializaron en absoluto, como la matanza de cientos de manifestantes estudiantiles a manos del ejército en Ciudad de México (2 de octubre).

Imágenes aparte, ¿cómo fue verdaderamente la experiencia de 1968? La vida pública parecía convertirse en una secuencia de rupturas, conmociones y detonaciones. Los activistas se sentían aturdidos, y luego eufóricos; las autoridades se sentían agitadas, con pánico, hasta desesperadas. El mundo estaba hecho añicos. Lo que eran para algunos indicios de una revolución por llegar, eran para los exponentes de la ley y el orden erupciones de lo intolerable. Fuera lo que fuese que se valoraba, parecía quebradizo, en trance de romperse o roto.

La textura de estas incesantes conmociones resulta en sí misma integral para lo que la gente sintió como “experiencia de 1968”. El puro número, ritmo, volumen e intensidad de las conmociones, transmitidas en todo el mundo a las pantallas de la sala de estar, hacían que el mundo pareciera y se sintiese como algo a punto de hacerse pedazos. Es justo decir que si no te habían desestabilizado no prestabas atención. Una sensación de inacabable urgencia superaba las expectativas de orden, decoro, procedimiento. Conforme la izquierda radical soñaba con desbaratar el Estado, la derecha radical atacaba al orden establecido por mimar a los jóvenes radicales y hacer posible su desorden. La pesadilla de una persona se convertía en la epifanía de otra.

Los “collages” familiares de las colisiones de 1968 evocan las revueltas superficies de los acontecimientos, reproduciendo la rara y desequilibrada sensación de 1968. Pero no llegan a iluminar el significado de los acontecimientos. Si la textura de 1968 fue de caos, por debajo hay una estructura que puede verse hoy —y que hace falta ver — con mayor claridad.



La izquierda fue extremadamente culpable de una identificación errada. Aunque la mayoría de quienes estaban en la izquierda radical se mostraba entusiasta ante la perspectiva de alguna clase de revolución, “un nuevo cielo y una nueva tierra” (en palabras del libro del Apocalipsis), la trama estaba más cerca de lo contrario, de un impulso hacia la regresión que continúa, si bien no en línea recta, hasta la actual emergencia. La era de reformas del New Deal fomentada por la confianza en que el gobierno podía laborar por el bien común se estaba quedando sin fuelle. Habían pasado los años de gloria del movimiento de derechos civiles. La abominable Guerra de Vietnam, que calcinó los ideales norteamericanos, continuaría durante siete años más de muertes indefendibles.

La nueva trama principal era la de una virulenta reacción. Aun cuando el presidente Nixon asumiera un papel sorprendente como reformador medioambiental, la supremacía blanca se reorganizaba. Aterrados por las revueltas de ls campus, los plutócratas incrementaron sus inversiones en laboratorios de ideas del “libre mercado”, programas universitarios, revistas de derechas y otras formas de propaganda. Las turbulencias del petróleo, la inflación y la resurrección industrial japonesa harían pronto estremecerse el predominio norteamericano. Lo que obsesionaba a Norteamérica no era el neblinoso espectro de la revolución sino el espectro de la reacción que se iba solidificando.

Aunque las autoridades culturales quedaran deshonradas, las autoridades políticas revivieron y se atrincheraron. De maneras muy diversas, la contracultura, independientemente de lo domesticada o “cooptada” que estuviera, según la denominación de Herbert Marcuse, se convirtió en cultura. En el curso de pocos años, en el discurso y la imaginación públicas, en la música popular y en las películas, en la televisión (All in the Family, M*A*S*H, The Mary Tyler Moore Show) y en el teatro (Hair, Oh! Calcutta!), se disolvieron los tabúes de la ordinariez y las obscenidades. Gays y feministas dieron un paso adelante, resistieron siempre pero rara vez se contuvieron por mucho tiempo. Posteriormente quedaría, como les gustaba decir a los gauchistas de mayo del 68 en Paris, prohibido prohibir.



En el terreno del poder político, no obstante, pese a todas las reformas sociales posteriores, 1968 tuvo más de final que de principio. Tras les évènements de Francia en mayo llegaron las elecciones parlamentarias de junio, en las que barrió el partido derechista del general De Gaulle llegando al poder en un triunfo aplastante. Tras la Primavera de Praga y la promesa de un “socialismo de rostro humano”, los tanques del Pacto de Varsovia controlado por los soviéticos invadieron Checoslovaquia. En América Latina, la tendencia guerrillera guevarista se vio repelida por todas partes en beneficio de la derecha. En los EE.UU. se oyó el rugido de la “mayoría silenciosa”. Con un dividido Partido Demócrata en ruinas, la estrategia sureña de Richard Nixon convirtió el Partido Lincoln en heredero de la Confederación. A medida que la derecha se consolidaba en torno a una alianza de cristianos evangélicos, racistas reactivos y plutócratas, la izquierda se mostraba incapaz o remisa a la hora de fusionar sus dispares sectores. La izquierda se mostraba torpe para alcanzar el poder político, ni siquiera estaba segura de que fuera su meta.

Las contrarrevoluciones, como sus bêtes noires revolucionarias, sufren reveses y necesitan tiempo para condensarse. La contrarrevolución posterior a 1968 mantuvo el fuerte contra una trinidad de monstruos de susto: revoltosos de piel obscura, mujeres engreídas y una clase arrogante que poseía el conocimiento. En 1968 no se había hecho todavía visible de qué modo tan impresionante el retroceso podría aprovecharse para llegar al poder nacional. “Este país se está yendo tan a la derecha que no lo vamos a reconocer”, afirmó el fiscal general de Nixon, John Mitchell, en 1969. Hablaba antes de tiempo.

Todd Gitlin es profesor de Periodismo y Sociología en la Universidad de Columbia, fue presidente en 1963 y 1964 de Students for a Democratic Society, la más importante de las asociaciones del movimiento estudiantil norteamericano. Es autor de numerosos libros, entre ellos The Whole World is Watching: Mass Media in the Making and Unmaking of the Left (1980), The Sixties: Years of Hope, Days of Rage (1987), The Intellectuals and the Flag (2006), y, muy recientemente, Occupy Nation: The Roots, the Spirit, and the Promise of Occupy Wall Street (2012).

Fuente: The New York Review of Books, 8 de mayo de 2018

Traducción:Lucas Antón

"19 de abril y entonces..."
Esta gente que somos
que marcha, reza y resiste

La imagen puede contener: una o varias personas, personas en el escenario, calzado y exterior




En medio de la rabia y el dolor
por nuestros jóvenes asesinados,
encarcelados y torturados
con las armas del régimen autoritario Ortega-Murillo,
ahí
cuando juntos lloramos a nuestros muertos,
surge
la belleza de tanta gente arrecha.

Entonces
llegan los buses repletos de campesinos defendiendo la tierra y el agua
caen los chayopalos en una fiesta que baila la autonomía
y otra vez,
sí, otra vez
las campesinas
los campesinos, los jóvenes universitarios y los trabajadores
-el pueblo autoconvocado-
son los maestros de vida y lucha.

Entonces
se agitan las voces
los gritos de YA BASTA, YA BASTA....
se agitan los corazones.



Y brotan ríos profundos que son banderas azul y blanco,
llanto y puños alzados
la gente marcha, reza y resiste....

entonces
del fondo del fuego que acabó con el mercado de artesanías
nace un brotecito tierno de esperanza
porque el pueblo nicaragüense no se rinde.
No se rinde: que se rinda tu madre.

Masaya hoy está de pie.
Benjamín Zeledón hoy está de pie.
Sandino hoy está de pie.
Nicaragua entera estamos de pie.



Cecilia Zeledón. bisnieta de BENJAMÍN ZELEDÓN.