Miércoles, 01 Noviembre 2017 00:00

Los muertos de Cholula, los rostros de Oaxaca

Mundo Nuestro. Dick Keis, fotógrafo y profesor norteamericano, compañero de la pintora Marie Le Glatin (fallecida en el año 2011), hizo estos retratos de la fiesta de muertos en Cholula, que aquí acompañamos con algunos de los dibujos que la artista francesa hiciera en Oaxaca. Es una mirada amorosa y solidaria la suya, como la de muchos otros artistas que han encontrado en México una realidad que transforma todas sus motivaciones estéticas.

Por cerca de veinte años mi esposa Marie y yo exploramos y documentamos el riquísimo paisaje cultural del sur de México. Marie plasmó en sus dibujos lo que más le impactó, y lo mismo hice yo con mi cámara. Cuando ella murió, en junio del 2011, dejó un cuaderno en el que trabajaba titulado Rostros e historias: un viaje de dibujos en México. Yo le hice la promesa poco antes de su muerte de que haría todo lo posible por terminar su proyecto. Esta exhibición es parte de ese proceso.

Por muchos años Marie dudó de hacer retratos de personas, decía que se sentía como una intrusa. Pero también se interesaba profundamente en conocer las historias de vida de muchas de las personas que conoció en nuestros viajes o que se sentaban frente a ella en el zócalo. Finalmente tuvo el coraje de pedir permiso de dibujar a la gente con la que platicaba. La respuesta por lo general era "¿Por qué yo?” Pero normalmente accedían, y una vez que veían la danza de Marie con su lápiz a través de la hoja, se relajaban y empezaban a contar sus historias. Marie siempre se aseguró de que recibieran una copia de calidad de su dibujo como agradecimiento.



Compartí la vacilación de Marie relativa hacer retratos de personas. Yo era muy tímido y temía que las personas se ofendieran. Sin embargo, su ejemplo me animó a probar el mismo camino. Y funcionó para mí también. Imprimí entonces una foto de ocho por diez para darlas a la personas que retrataba. Pocas veces me negaron el permiso, y por lo general, como fue el caso de Marie, una amistad comenzaba con ella. El intercambio abrió una calle de ida y vuelta, y ambas partes se beneficiaron de la experiencia.

Por mucho que me encante la fotografía, creo que dibujar una persona es una manera más íntima de hacer una conexión personal. Pero a cada uno su cuenta. Puedo hacer más justicia a una persona a través de mi cámara que con mi cuaderno de bocetos, aunque Marie logró que yo dibujara, y realmente lo disfruto.

Las imágenes mostradas aquí intentan combinar nuestras formas de ver el mundo que nos rodea. Son imágenes de personas que entraron en nuestras vidas, de lugares llamaron nuestra atención, y quieren contener la tradición colorida y generosa que define a México. Todas ellas reflejan nuestro paso por la vida juntos, nuestro amor por los viajes y el cruce de fronteras culturales.

Y con ellas he querido cumplir mi promesa.



Martes, 31 Octubre 2017 00:00

El sintomático caso del fiscal Nieto

Día con día

Sabremos algún día los detalles de la múltiple historia secreta de la remoción del fiscal electoral Santiago Nieto, su resistencia a la medida y finalmente su rendición.

Nadie cree por lo pronto lo que los actores dicen: ni que Nieto fue removido por lo que dijo la procuraduría ni que se desistió de su batalla por lo que dice ni que los senadores iban a votar en conciencia si se quedaba o salía.



Lo que sabemos hoy con precisión, no solo sobre el caso del fiscal Nieto, sino sobre el corazón de la procuración de la justicia en México, es lo que Ana Laura Magaloni nos recuerda en su artículo de la semana pasada “La ley y el control político” (Reforma, 28 octubre 2017).

A saber, que, desde el punto de vista del poder, las leyes están vigentes no para ser cumplidas, sino para ser aplicadas selectivamente. Están vigentes siempre, pero se aplican a la letra solo cuando conviene al ejercicio del poder. Sea el poder político, sean los poderes fácticos.



Nuestro sistema de procuración de justicia no está fundamentalmente al servicio de los ciudadanos, sino al servicio del poder.

Si el fiscal Santiago Nieto violó, en una entrevista de prensa, las normas de sigilo a que está obligado en sus investigaciones, habría hecho lo que hacen rutinariamente los procuradores de todos los niveles de gobierno y las distintas especialidades.

“Todas las procuradurías del país”, dice Magaloni, “filtran información a la prensa de forma recurrente sobre investigaciones en curso. Yo diría que ello es casi una política de comunicación de esas instituciones”.

¿Por qué entonces castigar a Santiago Nieto? Porque así lo decidió quien tiene el privilegio no escrito de escoger la ley que aplica.

Es lo que ha sucedido, con toda evidencia, con el fiscal Nieto. Le han aplicado con rigor fulminante reglas cuya violación se perdonan a otros.

Nadie puede decir que esas reglas no existen y que el fiscal Nieto no las violó. Pero nadie puede decir tampoco que Nieto no sea una víctima del antiguo apotegma, atribuido, nunca confirmado, a Benito Juárez:

“A los amigos, justicia y gracia. A los enemigos la ley”.

Martes, 31 Octubre 2017 00:00

Qué exitosa la muerte en Puebla

Las matanzas van en un hilo: en un campo de futbol de Huejotzingo, a la vista de jugadores y público, un comando asesina a dos personas al mediodía del domingo; muy cerca, en San Pedro Tlaltenango, un pueblo trepado en una loma atrás de la acerera ex HYLSA, huachicoleros se agarran a balazos y cuatro quedan muertos a media calle de esa antigua comunidad prehispánica, y hoy, en una carrera infernal, un comando mata a cuatro personas en una clínica de Chachapa, y en la huida por la autopista a Orizaba matan a dos más.
Qué exitosa la muerte en Puebla.
Doce muertes para alumbrar esta semana de Muertos. Poco ayuda preguntar cómo caímos en esta barbarie, pero es un hecho que mucho de lo que ocurre está fundado en el desmantelamiento del aparato de procuración de justicia que ha dejado indefensa a la sociedad poblana contra el desenfreno del crimen organizado y la violencia gansteril.
¿Con qué cara la señora Martha Érika pedirá el voto para convertirse en gobernadora? ¿Moreno Valle se asomará a las tres de la mañana a los encabezados de la prensa para ver qué se dice de él por estos territorios de sangre y mantas blancas sobre los cuerpos tendidos en el pasto, en el pavimento, en el pasillo de una clínica?
Por eso bien hacemos al respaldar la crítica de Juan Carlos Canales que señala el fracaso del Estado al enfrentar la violencia en Puebla por la marcada impunidad y corrupción que prevalecen en las instituciones de seguridad pública. Y es incuestionable su reclamo a Tony Gali, quien ha amenazado con sancionar a los grupos civiles y universidades privadas que critican pero "no dan cursos para prevenir los delitos..."
Es lo menos que puede uno hacer, levantar la voz y cuestionar: pero qué cara dura de estos servidores públicos, como les gusta recordarnos que lo son en sus discursos vacíos.

¡Ven a visitar a Chuchita en esta temporada de Muertos! !Ven a la Casa del Mendrugo!

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Lunes, 30 Octubre 2017 00:00

Reino de España vs República catalana

Mundo Nuestro. Los sucesos en Cataluña han tocado puntos extremos. Lo que pueda ocurrir no deja de lado la alternativa de la violencia. Y lo que confirman es la profunda crisis que vive el régimen del Estado español surgido con la constitución de 1978. Presentamos aquí la postura de los editores de la revista Sin Permiso, que permite contemplar la gravedad del conflicto en España.

Lo que unas horas antes parecía descartado, lo que muchos dieron por juego de distracción y humo de paja ya hace años, finalmente sucedió: el 27 de octubre, el Parlament de Catalunya votó la proclamación de la República catalana. Lo hizo por una mayoría de 70 votos, frente a dos papeletas en blanco, 10 votos en contra (de Catalunya Sí que es Pot que, por cierto, tuvo unas intervenciones previas a la votación de distintos miembros en las que expresaron posiciones completamente diferentes, como por otra parte ya se sabía que mantenían) y 53 ausencias (de Ciudadanos, PSC y el PP). Es decir, votaron el 60,7% de los diputados y diputadas, y se consiguió una mayoría de “sí” sobre el total de 135 miembros del 51,8%.

Poco después, el Senado del Reino de España, en un frente PP-PSOE-Ciudadanos, votaba a su vez la intervención de la Generalitat mediante la aplicación del art. 155 de la Constitución española de 1978. Y a continuación el gobierno Rajoy anunciaba las medidas adoptadas en consejo de ministros para “restablecer la legalidad” que, como han apuntado distintos juristas desbordan el Estatut que se quiere restablecer y la propia Constitución de 1978.

Estamos, por lo tanto, ante dos legalidades que surgen y se legitiman en soberanías distintas. Y que son incompatibles. No es un “doble poder”. La desproporción es simplemente asimétrica en lo que se refiere a los atributos del estado. Pero una simplemente niega un derecho democrático como el de autodeterminación, y la otra intenta ejercerlo.



Desde hace bastante tiempo, pero muy especialmente en los dos últimos meses, Sin Permiso ha analizado el desarrollo de la situación política catalana y sus consecuencias en el Reino de España. El tiempo dirá hasta que punto estos análisis se ajustaron más o menos a la realidad. Pero queda por añadir el escenario final, que sin duda abre una nueva etapa política. No ha finalizado nada, pero el escenario será a partir de ahora de todo punto distinto.

El President Puigdemont propuso que el Parlament catalán votase la proclamación de independencia, de acuerdo con la Ley de referéndum y la Ley de Transitoriedad catalanas (declaradas ilegales por el Tribunal Constitucional español), cuando no obtuvo las mínimas garantías de que la convocatoria de elecciones autonómicas permitiría su celebración en condiciones democráticas, es decir, sin la aplicación del art. 155.

Parece muy difícil negar tres hechos: 1) que la segunda respuesta de Puigdemont al requerimiento del gobierno explicitaba textualmente que no se había proclamado la independencia, porque el Parlament no la había votado (lo que hizo el 27 de octubre); 2) que el gobierno Rajoy decidió la aplicación del art. 155 no ya para “restituir la legalidad” (que el Tribunal Constitucional había “restablecido” al declarar nulos la Ley de referéndum y la Ley de Transitoriedad y, por tanto, los resultados y efectos del referéndum del 1 de Octubre), sino para “prevenir” que se violase; y 3) que el gobierno Rajoy rechazó los intentos de mediación del Lehendakari Urkullu, del exPresident Montilla y de otros que transmitieron la posición de Puigdemont (apoyada por sectores de su Govern, el PDdCAT y ERC) de convocar elecciones autonómicas –en el ejercicio de la legalidad constitucional de 1978- si el gobierno Rajoy no intervenía la Generalitat. La secuencia final de proclamación de la República y de la votación del art. 155 no oculta que la iniciativa política la ha tenido el gobierno español con su decisión de intervenir la Generalitat en cualquier caso.

El gobierno Rajoy decidió que era ahora, independientemente de la decisión de Puigdemont, cuando le resultaba más rentable políticamente aplicar el art. 155, intervenir la Generalitat, destituir a su President y al Govern y descabezar la administración autonómica catalana, situando a su frente, con poderes delegados del propio Rajoy, a la vicepresidenta Soraya Sáenz de Santamaría. Y convocar él las elecciones autonómicas el 21 de diciembre en esta situación política excepcional, mientras los tribunales actúan, dirigidos por la fiscalía, contra el movimiento catalán por la autodeterminación y la independencia.

Las acusaciones y críticas de parcialidad del gobierno Rajoy a un proceso electoral legal convocado por la Generalitat, se vuelven ahora en su contra, con más razón si cabe. Se descarta así paradójicamente desde el propio gobierno español de forma implícita el terreno electoral como medio para la resolución del conflicto político. Y se da paso a la fuerza para resolver el choque de legitimidades, en una polarización que niega espacio para expresar cualquier otra opción política.



La decisión final del gobierno Rajoy ha sido posible por las cesiones sin fisuras de la dirección de PSOE de Pedro Sánchez, de la misma manera que la abstención de la gestora del PSOE fue lo que permitió la formación del gobierno minoritario del PP. Como expresaba en una entrevista que reproducimos en este mismo Sin Permiso Jaume Asens: “El PSOE hizo a Rajoy presidente de España y ahora de Catalunya”. En ambos casos alegando el “interés supremo” del estado. Un récord imbatible. La posición defendida públicamente por los socialistas de que la convocatoria de elecciones por el President de la Generalitat debería bloquear la aplicación del art. 155 fue arrollada por la determinación del gobierno Rajoy de humillar a la Generalitat, pero también al PSOE de Pedro Sánchez. La decisión de Montilla de no participar en la votación del art. 155 fue la prueba de ello.

Naufraga así, por si alguien podía tener la más mínima vacilación, antes de haber arrancado sus trabajos, la comisión de estudio para la reforma territorial que era la gran propuesta de Pedro Sánchez. Pedro Sánchez ha dejado claro lo que puede entender su partido por “España plurinacional”: cualquier cosa menos el reconocimiento del derecho a la autodeterminación. Cambiando las palabras, la realidad no se cambia. Sin nacionalistas vascos y catalanes, con la Generalitat intervenida, con el sistema financiero autonómico catalán secuestrado por Montoro y con las resoluciones de la Conferencia de Presidentes autonómicos convertidas en almoneda en las negociaciones presupuestarias de 2017, ¿qué discusión sobre el federalismo será esa con partidos como el PP o Ciudadanos? Un federalismo que, se entiende de forma muy diferente a la que nuestro recientemente fallecido amigo Antoni Domènech declaraba sin la menor ambigüedad cuando Jiménez Villarejo (hoy también sin la menor ambigüedad a favor de la intervención del Estado en Catalunya) le pidió a finales de 2012 firmar un manifiesto “federalista” en Catalunya: “Gracias, amigo C. Ya lo había recibido por otros lados. Pero yo no puedo suscribir un manifiesto pretendidamente federal que no reconoce claramente de entrada, sin reservas, el derecho de autodeterminación de los pueblos de España, referéndum incluido. No es ni política ni intelectualmente creíble un ‘federalismo’ así, y estoy convencido de que no hará sino cargar de razón democrática a los independentistas.” Poco que añadir.

Ante la proclamación de la República catalana se puede argüir en su contra sobre la legitimidad o la oportunidad, como han hecho personas enemigas del derecho de autodeterminación pero también partidarias de este derecho sin el menor adarme de duda. En el primer caso se han apuntado las insuficiencias jurídicas y de procedimiento parlamentario que acompañaron la adopción de las leyes de referéndum y de transitoriedad catalanas, que el Tribunal Constitucional anuló en defensa de la Constitución de 1978 y de los derechos parlamentarios de las minorías del Parlament. En el segundo, las razones de oportunidad apuntan a su utilidad o su eficacia. Se han esgrimido razones contrarias a la proclamación republicana desde posiciones que en ningún caso podríamos englobar en el constitucionalismo dinástico sin más. Pero cuando un sujeto político pretende constituirse y otro lo niega mediante el monopolio de la fuerza, ello no implica que esta sea legítima ni legal y del propio ejercicio de los derechos cívicos surge un derecho de resistencia. Y a veces no se dispone de muchas posibilidades.

Hay quien piensa (notablemente La Vanguardia, así como distintos partidos políticos contrarios al derecho a la autodeterminación, así como una parte del propio PdCat) que la convocatoria de elecciones era otra posibilidad. Parecía que podía ser una salida para que la movilización fuera parcialmente desactivada, para unos, y muy diferentemente para una cierta acumulación de fuerzas y de mayor legitimidad, para otros. Y había argumentos que sustentaban estas posiciones. Sin duda.

En todo caso, se ha alegado que la reforma del Estatut exige 90 votos, es decir el 66%. En realidad, como se demostró en 2010 bastaba con la mayoría del Tribunal Constitucional, no la mayoría popular ni parlamentaria. Eso parece no incomodar al bloque PP-PSC-Ciudadanos. Pero en cualquier caso, es no comprender la legitimidad política surgida del ejercicio del derecho de voto de 2,3 millones de ciudadanos en el referéndum del 1 de Octubre bajo la represión policial. La represión policial fue un factor de legitimación para mucha gente. Puede ser discutible, pero muchos centenares de miles de personas tuvieron la convicción no de que simplemente habían votado, sino que habían conseguido hacerlo con sangre y lágrimas. Solo un punto de diferencia en la participación separa al referéndum del Estatut de 2006 -que nadie reprimió y que el Tribunal Constitucional anuló tras ser “cepillado” en el Congreso-, y el referéndum de independencia de 2017. La represión del derecho de voto, no de sus consecuencias legales, ha sido para la mayoría independentista parlamentaria el punto de arranque de la soberanía en la que se apoya la proclamación de la República catalana.

La legitimidad de esa soberanía no engloba a toda la ciudadanía de Catalunya. Y se ha esgrimido que la nación (aunque algunos no utilicen estos términos que solamente reservan para España) se ha fracturado. Si está fracturada porque una parte importante de la ciudadanía no concede legitimidad a la proclamación de la República, convendremos que también lo estaría en caso de que no se hubiera proclamado. Si una sociedad está fracturada porque una parte no está de acuerdo con determinadas decisiones, también lo está porque la otra parte no estará de acuerdo que no se tomen las decisiones anteriores. En todo caso, toda sociedad está dividida en clases y, en algunos casos como en la nación catalana, por distintas opciones nacionales. La “fractura” social es esgrimida en muchos casos como simple pretexto para favorecer que las cosas no cambien. Pero eso tiene tanto que ver con el intento de superar la “fractura” social como, por poner un mero ejemplo, la homeopatía con la ciencia: nada.

Las manifestaciones a favor del mantenimiento del status quo monárquico o, para ser más precisos, de la aplicación represiva del 155 y de la actuación “proporcionada” de la policía y la Guardia Civil el 1 de Octubre, la última de las cuales en Barcelona el 29 de octubre contó con la asistencia, según la Guardia Urbana, de 300.000 personas, forman parte de la reacción habitual cuando una parte muy importante de la sociedad se moviliza en sentido contrario. Eso no es “fractura social” como lo entiende el gobierno Rajoy, sino la expresión de las diferencias políticas, ideológicas y sociales de toda sociedad moderna. Cuando las convulsiones sociales son muy fuertes pueden observarse anomalías (¿o quizás no lo son tanto?) como esas.

El gobierno Rajoy pretende superar esta fractura con la aplicación del art. 155 y la persecución judicial. Y celebrar elecciones en “caliente”, en dos meses. De entrada, tiene que conseguir una participación superior al 47% del referéndum declarado ilegal por el Tribunal Constitucional e intentar acercarse al listón del 77,4% de las elecciones autonómicas de 2015 que eligieron al Parlament que ha declarado la República catalana. De no conseguirlo – y parece difícil, cuanto menos- Rajoy y su gobierno serán considerados responsables del doble fracaso de no haber impedido la proclamación de la República catalana y de no haber sabido reconstruir una legitimidad superior en el proceso de “restitución de la legalidad” en Catalunya. Y los “poderes fácticos” que ahora intenta cabalgar, le desbordarán. Ya están amenazando con aplicar el art. 155 a Castilla-La Mancha por mantener una coalición PSOE-Podemos, a Valencia por tener otra PSOE-Compromís, apoyada por Podemos y a Euskadi… de forma preventiva.

Es en ese momento cuando entrará en juego el escenario más amplio de la crisis del régimen del 78 en el conjunto del Reino de España. Porque las consecuencias de la “fractura catalana” se extenderán más allá del Ebro. Rajoy no puede contar ya con el PNV para aprobar los presupuestos de 2018, que le exige –como antes los del 2017- la Comisión europea, que ha advertido de las consecuencias para el déficit acordado con ella de la actual situación política española. Justo cuando Draghi y el BCE anuncian la reducción progresiva de su programa de flexibilización cuantitativa, de la que depende la financiación de la deuda soberana y de las comunidades autónomas.

En este escenario el PP solo puede contar con el PSOE de Pedro Sánchez, además de Ciudadanos, que está presionando al PP por la derecha. Pero el apoyo del PSOE a los presupuestos del PP de 2018 supondría el fin de sus aspiraciones de construir una alternancia de izquierdas al propio régimen del 78. Sería la confirmación de ese “frente constitucionalista” monárquico. Tras su apoyo sin matices a Rajoy en la aplicación del art. 155, el PSOE profundizaría la pérdida de votantes habida en cada elección desde 2011.

El régimen del 78 se encuentra en un callejón sin salida, por muy largo que este pueda ser, mientras se erosiona su legitimidad social, económica, política y territorial. La cuestión catalana está lejos de resolverse el 21 de diciembre. Una vez más ahí también existe una “fractura”, ¿o no? La situación se enquistará con la actual doble legitimidad que enfrenta al Reino de España con la República catalana. La salida de la crisis social sigue siendo un campo de disputa político. Como continúa el desenmarañamiento judicial de la trama de corrupción del PP, de la que los tribunales afirman que “se ha beneficiado”. Si las distintas crisis que recorren el régimen del 78 no han confluido, del 15-M de 2010 al 1-O de 2017, es por la ambigüedad de las izquierdas, cuando no una clara hostilidad, entre otras cosas, ante la defensa del derecho de autodeterminación de Catalunya. Y ello impide la construcción de una alternativa política que, inevitablemente, pondría en cuestión el régimen del 78. Hasta que la situación se haga de verdad insoportable, no solo en Catalunya –donde se cuestiona republicanamente-, sino en el conjunto del Reino de España.

Daniel Raventós/Editor de Sin Permiso

Gustavo Buster /Editor de Sin Permiso

Lunes, 30 Octubre 2017 00:00

Eliminar un universo entero

Vida y milagros

No sabemos qué efectos causará en el cerebro humano el montón de estímulos e información que recibe constantemente y que apenas hace un siglo eran impensables. Para la historia del cerebro humano cien años no son nada. No sé si fuimos diseñados para recibir el universo entero cada día. ¿Qué fortalece nuestro cerebro y qué lo daña? ¿Funciona más y mejor nuestro cerebro que hace cien años? ¿El cerebro de una persona informada está empleado a fondo como el cerebro del escritor, científico y poeta Goethe, que en su casa no solo tenía, sino comprendía y dominaba todas las tecnologías disponibles al principio del siglo XIX? ¿En lo individual sabemos más que él dos siglos después? ¿Razonamos mejor, somos más hábiles para sobrevivir en medio del alud de información?



He tenido que pasar casi un mes sin salir en la quietud de un cuarto, mientras el cuerpo trabaja en regresar a su lugar un disco columnar. Ahora sí, como dice el clásico, he tenido que serenar la mente voluntariamente a fuerza. He ido dejando lejos la tiranía del ruido que todo lo invade en la vía pública , saliendo de las turbinas de un avión que cruza el cielo, del claxon de corneta de un camión, del motor de una moto, de las bocinas de las farmacias a donde uno va en busca de un remedio. Todo el espacio público está regido por el ruido. Los mercados, el súper, las salas de espera de los hospitales, los colegios, las iglesias. Ya ni de las iglesias puede uno esperar cierta cordura, ya llaman a misa con bocinas que imitan con pésima calidad pero altos decibeles el sonido de las campanas. En general las ciudades se han vuelto escandalosas y nuestras vidas cotidianas se han ido acostumbrando a ese tremor, aceptándolo como definitivo.

El otro tremor es que de todo lo grave o considerado importante que sucede en el mundo, nos enteramos casi en tiempo real.

--¡Qué bueno que ya no oigo bien! --decía mi padre--, para lo que hay que oír.

Eso decía pero no dejaba un solo rincón del Excélsior sin leer, ni ningún edicto ni esquela de El Sol de Puebla sin revisar. Todo devoraban sus ojos y oían sus oídos curiosos en el radio y la tele del siglo XX. Era un adicto muy serio a la información, pero ni en sueños se imaginó que llegaríamos a tener el teléfono en la bolsa y el mundo entero en él. Desde ahí nos siguen no solo nuestros lazos amistosos y familiares, sino todos los fenómenos públicos del país y del mundo. Difícil sustraerse a ellos, pero enfermizo vivir pendientes de ellos. Vivimos llenos de información inútil, pero no nos conocemos a nosotros mismos. Ya poco usamos y ponemos a prueba las potencias del alma, las llamadas memoria, entendimiento y voluntad.



Bioinformatics. Ilustración de Ticatla, 2013.

Tenemos derecho a que no nos perturben de tiempo completo los sucesos del mundo, pero no lo ejercemos. Horror. De verdad. Tenemos colonizado por completo el disco duro del cerebro. Ya no dejamos lugar para guardar la memoria de un cielo de octubre, o la luz tímida de una luna menguante, o el brillo deslumbrante de la llena. Ya no hay lugar para guardar los sonidos admirables de una casa, esos que solo se oyen cuando nos quedamos a solas. Las casas no son silenciosas del todo. Tienen sus propios ruidos, sus horarios, sus propios quejidos, su lenguaje secreto. Solo hay que darse el tiempo de escucharlas. Descubrimos qué ruido produce una rama que roza un cristal, o cómo rechina una puerta aunque sea idéntica a la otra. Cómo suenan las pisadas de un niño que llega, o de un perrito. Tic, tic, tic, tic. Esa es la perrita vieja. Tacatan tacatán tacatán tan tan... esa es la joven. A las seis de la tarde, en medio de una última escandalera, se retiran a dormir los gorriones. Puedo oír los ruidos de la casa porque he dejado fuera al mundo estrepitoso por un rato. Y todas sus noticias.

Las noticias del mundo. De repente me asomo y meto la cabeza de nuevo del puro espanto. En particular las de los díscolos partidos. Qué pesados están todos. Ni a cuál irle de mal portados, gastalones y groseros. Qué barbaridad. Que feos son y qué mal se llevan. Tendrían que castigarlos como nos castigaba mi mamá de niños cuando nos daba por pelear entre hermanos. Nos sentaba frente a frente a los peleoneros un buen rato y nos dejaba pensando. Nada de hablar ni de volver a las manos porque nos recetaba otra media hora de muda contemplación. Hasta que acababas viendo al enemigo como amigo y cómplice, hasta que regresara la concordia y la risa.

--Si son hermanos, no villanos -nos decía--. Están groseros por no gastar energía y por estar viendo tanta televisión, por estar de ociosos. ¿Tanta televisión? Si solo nos dejaban verla los viernes y sábados y un ratito el domingo.

--Tanta televisión hace daño. Váyanse a hacer algo de provecho o pónganse a jugar. Ordenen sus cajones.

Los partidos están de ociosos porque son unos mantenidos. Sí. Unos mantenidos.

Trabajar para ganarse el sustento, eso es lo que tendrían que hacer los partidos. Y ordenar por completo sus cajones de ideas. Pensar menos en la televisión y en andar de lucidos y en hacer algo de provecho, como por ejemplo mantenerse a sí mismos. Imposible. Ni a cuál irle. Ya son tan parecidos que mejor debería haber elecciones por sorteo. El resultado sería muy parecido a lo que seguramente quedará después del mentidero de promesas incumplibles de parte de todos.

Estoy pensando en el Clan del Oso Cavernario. Hace 30 mil años nadie sabía si un tigre dientes de sable o un mamut era el que había dado cuenta final del jefe de un clan. No había periodistas cavernarios. No se sabía de cuál papá eran los hijos, solo que todos eran de la misma tribu. Si había eventos catastróficos, solo te enterabas si te pasaba a tí. No había países. No creo que existieran las lágrimas sentimentales. ¿Cuándo se empezaría a llorar de una emoción? La historia de las lágrimas... no había pensado en eso. Nadie supo nunca cuándo es que se extinguió el mamut. Ni que hubo dinosaurios. Sabían solo lo útil y necesario para sobrevivir, y ese conocimiento era muchísimo. Y hubo quien se hizo un hueco para mirar la belleza del mundo para luego plasmarlo en la pared de una cueva con líneas sencillas, audaces y elegantes. Hoy, si se murieran todos y solo quedaran dos adultos y algunos niños, seguramente regresaríamos a la edad anterior a la edad de las cavernas, a bien morir de manera inmediata. Los que vivimos en las ciudades no sabemos nada, no controlamos nada. Dependemos de todo. Solo sabemos puras ociosidades.

Escribir es una ociosidad y hace tres semanas que no escribo porque estoy de ociosa. El círculo vicioso o virtuoso perfecto.

Hace mucho bien eliminar el universo entero por un rato, vivir por unos días una orgía de silencio. Al final es todo lo que nos quedará. Nuestro silencio y su universo entero.

Mundo Nuestro. Mirar la muerte del Che Guevara en el aniversario cincuenta de su muerte trágica. Y hacerlo desde los ojos ancianos de Moisés Abraham Baptista, el médico que recibió su cuerpo yerto en el hospital de Valle Grande.

Entender las posibilidades del relato literario desde la memoria alucinada de un viejo en su casa de Puebla que recrea un capítulo fundamental para la historia mágica y realista de América Latina, concentrada en la figura mítica del revolucionario muerto en la montaña boliviana en aquel octubre de 1967.

Periodismo y literatura, en esa encrucijada se maneja la escritora mexicana Beatriz Meyer para contar esta abigarrada trama por la que se despliega la memoria de Moisés Abraham, convertido en personaje de su propia novela.



A principios de 2015 recibí una llamada de una persona cercana a mí, amiga del doctor Moisés Abraham, oncólogo famoso de Puebla. Mi conocida me explicó que el doctor quería apoyo para escribir sus memorias. En ese momento me imaginé una historia llena de encuentros con células malignizadas, mastectomías y vidas salvadas gracias a la oportuna intervención del especialista. Nunca imaginé que la trama que me narraría el fundador del área de oncología del Hospital Universitario de la Universidad Autónoma de Puebla sería la parte final de un epopeya que empezó en 1967 en Jesús y Montes Claros de los Caballeros del Valle Grande, o simplemente Valle Grande, una pequeña ciudad situada en el departamento de Santa Cruz, al sureste de Bolivia.

La primera impresión que me dio el doctor Abraham fue de total desánimo. Un accidente cerebro-vascular lo había dejado con algunas secuelas; su lento y cuidadoso desplazamiento por los espacios abarrotados del comedor donde había instalado su oficina de médico retirado reflejaba las largas horas de rehabilitación y cuidados en aras de un mejoramiento de su calidad de vida. De pronto vislumbré el tipo de “trabajo” para el cual me había recomendado mi amiga: ayudar al doctor a reordenar documentos, fotografías, recuerdos. Tras media hora de charla, sin embargo, se hizo patente que el galeno deseaba una pluma solidaria para la redacción de sólo una parte de su biografía. Antes de mí, otras personas habían llegado a revisar los documentos y a organizar un primer borrador de esa historia. Así que no se trataba tampoco de convertirme en su ghost writer. En sucesivas visitas llegué a la conclusión de que en realidad el doctor había arribado a la edad en que se ve claramente la otra orilla y, por lo tanto, deseaba desvelar –frente al público– un secreto que lo había atosigado a lo largo de casi 50 años: la verdad sobre su participación en la muerte de Ernesto “Che” Guevara.



Personal médico y enfermeras del Hospital Nuestro Señor de Malta de Vallegrande en 1967. Foto del archivo personal del doctor Moisés Abraham.

Conocer detalles de ese episodio tan controvertido de la historia de Latinoamérica me entusiasmó, y ya sin reparo alguno puse manos a la obra en la revisión de todo el material: incontables revistas, libros, biografías, fotografías tomadas por el mismo Moisés Abraham en el lugar de los hechos, apuntes previos. También, por supuesto, lancé pregunta tras pregunta a un hombre que –supuse en primera instancia– se encontraba limitado, por su condición, a responder poco y mal hilado. Los médicos, ya se sabe, son proclives a hacer diagnósticos sobre la gente aun sin venir al caso. Creí que su actitud reticente y cortante en muchas ocasiones se debía a la falta de confianza en mi persona y en el delicado asunto que fuimos desbrozando en largas tardes de charlas sin orden ni concierto. Tratando de encontrar un sentido de rumbo, en una de las sesiones le pregunté si había un tema dominante en ese mar de datos, un recuerdo obsesivo, doloroso. Él me contestó con toda certeza que había, sí, algo más que un recuerdo: una prenda del Che, la camisa que llevaba puesta en el momento de su fusilamiento. ¿Usted la tiene, doctor?, pregunté a sabiendas de que podía ser un juego de su mente maltratada por el deterioro neuronal. Sí, afirmó de manera categórica, sin titubeos, como sin titubeos me expresó en varias ocasiones su deseo de entregarla a quien se interesara por ella, a cambio, claro está, de un precio satisfactorio para ambas partes. La camisa, me dijo, se encontraba a buen resguardo en una caja fuerte, pero me la podía mostrar en ese momento. Barajó entonces un mazo de fotografías y me exhibió una instantánea de algo que parecía una prenda de ropa arrugada y sucia que alguien, de buena voluntad, quiso extender sobre una mesa para que recuperara su forma original. Una camisa, se podría decir, más ennegrecida que ensangrentada.

El cadáver del Che Guevara sale de la escuela de la Higuera hacia el helicóptero que lo trasladará a Vallegrande. Foto tomada de internet.

La autopsia

Tan enfáticamente como me informó lo de la camisa del Che, el doctor Abraham me explicó –sin que yo se lo preguntara– que él no le había practicado la autopsia al cuerpo del guerrillero argentino. Que sólo había realizado un reconocimiento visual del cadáver, así como un reporte de las heridas de bala. Por supuesto, los militares le habían ordenado que dicho reporte reflejara una situación distinta a la que marcaban las heridas. Querían que el certificado médico avalara la muerte “en combate”, y no por fusilamiento sin previo juicio. Deseaban borrar el asesinato, pues. Y él no participaría de ese engaño, punto. Tampoco había participado del corte de las manos. Ese tema tan delicado nos llevó algunas sesiones después de las cuales deduje, con toda convicción, que el doctor Moisés Abraham sólo había indicado el lugar donde debía hacerse el corte en las muñecas del cadáver. Pero él no participó, insistía. De hecho, se había negado a que también se cortara la cabeza del guerrillero. “Para identificación basta con las manos”, recordaba haber argumentado. Muchos años después, la mutilación del cadáver del argentino tuvo consecuencias funestas: Monika Ertl, “la vengadora del Che”, una alemana perteneciente al Ejército de Liberación Nacional de Bolivia (creado por el mismo Che Guevara en 1966), asesinó al hombre que ordenó tamaña salvajada: el cónsul boliviano en Hamburgo, Roberto Quintanilla Pérez, “Toto Quintanilla”, quien en 1967 era coronel del ejército boliviano.

Doctor Moisés Abraham (izquierda) , director en 1967 del Hospital de Valle Grande, Bolivia. Foto: Archivo personal del doctor Abraham.

La maldición del Che

Como es bien sabido, una especie de estigma cayó sobre aquellos que participaron de manera directa en la captura y asesinato del Che: muchos murieron de manera trágica, uno, dicen, se volvió loco y otro cayó en una silla de ruedas. La gente empezó a llamar a la retahíla de accidentes y asesinatos “la maldición del Che”, ya que estaba aún muy fresco lo acontecido en La Higuera y Valle Grande. La amputación de las manos del guerrillero, por otra parte, así como la sustracción de sus objetos personales, entraron en esa extraña sucesión de accidentes y muertes aparatosas debido al misterio que envolvió el viaje de las manos, navegando en un frasco de formol, hacia la URSS; no sin antes reposar la infamia de que fueron objeto en un lugar secreto dentro de la casa de un miembro del PC boliviano.

René Barrientos, presidente de Bolivia, por ejemplo, murió en un accidente de avión en 1969. Honorato Rojas, campesino que delató al grupo guerrillero y lo llevó a una emboscada en la que perdieron la vida varios miembros de ese grupo, fue ejecutado por supuestos seguidores del Che. Roberto Quintanilla, coronel del ejército que, como menciono líneas más arriba, ordenó cortar las manos al guerrillero más icónico de la historia de Latinoamérica, fue asesinado por una mujer de nacionalidad alemana. La anécdota de cómo la joven se logró colar hasta el mismo despacho del ya entonces cónsul de Bolivia en Hamburgo, así como su posterior huida, es mucho más interesante que el disparo con el que acabó la vida del sanguinario “Toto” Quintanilla. Andrés Selich, colérico y sangriento coronel del ejército boliviano, murió apaleado por miembros de su mismo ejército en 1973. Juan José Torres, Jefe del Estado Mayor, quien recibió la orden de preparar el fusilamiento del Che y que en 1970 asumió la presidencia de Bolivia, fue asesinado por paramilitares argentinos, en 1976, por órdenes del dictador Videla. Joaquín Zenteno Anaya, abogado con el grado de coronel en ese entonces, quien se robó el fusil M-1 del guerrillero, fue asesinado en París en 1976. Gary Prado, capitán del ejército boliviano que comandó la patrulla que fusiló al Che, quedó paralítico de por vida.

Mario Terán Salazar, el soldado que ejecutó al Che, ha negado siempre su papel en el fusilamiento; sin embargo, ha sufrido toda su vida el acoso de periodistas e interesados en saber la verdad. Muchos afirman que todavía escucha, en momentos de delirio, las ráfagas de metralleta con las que liquidó la vida del Che, en cumplimiento de la orden: “Saluden a papá”.

Ernesto “Toto” Quintanilla, primer oficial a la izquierda. Foto de Marc Hutten, publicada en la revista LIFE.

Quizá demasiado consciente de dicha maldición, el doctor Abraham Bautista negó siempre su participación directa y voluntaria en la desacralización del cuerpo del guerrillero argentino. Él, como militar, aseguraba, debía cumplir las órdenes que le daban sus mandos superiores. Y ahí justo me empecé a preguntar muchas cosas que a lo largo de todo un año no acabaron de resolverse debido a que –según me parecía a mí- el doctor se centraba en un punto que me rebotaba en la conciencia: vender la camisa a quien diera más por ella. El relato de cómo la había obtenido me parecía fascinante, tal vez por su planteamiento novelesco, muy alejado del que ahora leemos en la versión de dos periodistas poblanos que, de seguro, no compraron la camisa, pero sí consiguieron la verdad, es decir, la versión final de una historia que nunca salió por completo a la luz porque tenía un precio al que nunca le llegaron ni las presiones de Paco Ignacio Taibo II cuando entrevistó al doctor para su extensa biografía del Che, ni las cámaras de Televisa que llegaron hasta su casa en Puebla para hacerle una entrevista francamente mala. Las preguntas de la entrevistadora recibían respuestas evasivas, silencios. La tensión entre el entrevistado y la entrevistadora era evidente. Ella quería saber, preguntaba y el médico omitía datos que podrían ser oro. El reputado oncólogo sabía mejor que nadie lo valioso de su información, y por eso prefirió irse por las ramas.

Esa tarde en que sus familiares me invitaron a ver la grabación en VHS de dicha entrevista en la sala-comedor de la casa, fue la última de mis sesiones de trabajo con el doctor Moisés Abraham. Luego de presenciar esa lamentable pieza de trabajo periodístico, supe que la obsesión del doctor era vender la camisa, y la información, a un buen comprador. Eso era lo único claro de mi experiencia como amanuense de una épica que llegaba a su fin. O eso creí. Porque lo que sí supe durante mis visitas a la casa de la familia Abraham –y por otras informaciones periodísticas y personales– fue que el doctor realmente no guardó, en relación a su intervención en la muerte de Ernesto Guevara, el esmerado silencio que pretendía. Lo hace constar así el interesante artículo de Mary Carmen Sánchez Ambriz, publicado recientemente en la revista Nexos, que nos proporciona, desde una visión inteligente, datos puntuales y poco conocidos sobre los hechos ocurridos luego de la captura del Che, y nos revela que el doctor Abraham de vez en cuando ha estado tentado de expresar esa parte de su biografía que tanto lo compromete con esos hechos. Y no sólo ha contado a periodistas ciertos detalles de su papel al frente del hospital al que llevaron en helicóptero el cadáver del Che, también sus alumnos de la facultad de Medicina de la BUAP, o los que lo conocieron como director del ahora HU, fueron depositarios de pequeñas o grandes, completas o parciales confidencias de su actuación aquel 10 de octubre de 1967. Entre varios de ellos, una de sus alumnas, sólo unos cuantos años después de los sucesos de Valle Grande, en los primeros años de la década de los 70, que conoció de labios de su profesor su versión (la de ese entonces) de los hechos y de su implicación en ellos. Años después, ella convertiría esa confidencia en un cuento.

Pero reticente o generoso con reporteras audaces, alumnos interesados o escritoras dispuestas a empeñar su pluma en el intento de registrar sus diferentes versiones de los hechos, lo cierto es que el galeno boliviano supo identificar a quienes pretendían obtener su testimonio para una difusión mayor a la que él estaba dispuesto. Siempre que se enfrentó con algún ambicioso buscador de verdades inéditas sobre el Che preguntaba: “¿Y cuánto me vas a pagar?”

En lo particular, yo nunca supe si el encargo para el cual me habían recomendado implicaba siquiera el pago de mis gastos de transporte. Quizá el tamaño de la encomienda debía ser suficiente remuneración, es decir, contribuir con mi pluma a consagrar por escrito la odisea personal de un hombre que estuvo en el momento exacto y en el lugar preciso en que nació una leyenda. Pero los escritores también comemos y tuve que dejar las visitas para más adelante.

El cadáver del Che con la camisa y el cinturón todavía puestos. Foto de Marc Hutten.

La nueva versión

El tiempo de reemprender mis conversaciones con el doctor nunca llegó. Ahora la historia cobra una rutilante corporeidad en el libro aún inédito que Leticia Montagner García y Raúl Torres Salmerón escribieron sobre la verdadera participación del oncólogo en la muerte del guerrillero Ernesto (“Che”) Guevara. Según el avance que aparece en la edición especial No. 55 de Proceso, un muy lúcido y memorioso Moisés Abraham Baptista afirma que sí, que efectivamente él realizó la autopsia al cadáver del Che, así como la máscara mortuoria que, según me dijo, arrancó parte de la barba, las cejas y las pestañas al cadáver, debido a que la habían improvisado con pasta para hacer placas dentales y cera de velas. En mis apuntes no aparece que se hubiera desfigurado la cara del difunto, como afirma la versión que el doctor relató a los periodistas poblanos.

Cadáver de Tania La Guerrillera, hallado en el Río Grande una semana después de su muerte. Foto del archivo personal del doctor Moisés Abraham

La novela

En su momento, y debido a la delicada sustancia de la historia, yo le sugerí al doctor que hiciéramos una novela. De esa forma, aseguré, siempre habría margen para la reivindicación, la justicia poética. Muchos de los datos que me proporcionó el médico de manera voluntaria los fui vaciando en un borrador inicial que pretendía seguir la visión que de sí mismo y de su misión tenía el testigo protagonista de esta historia.

En los meses en que trabajé la novela con el doctor Abraham, me propuse convertir al protagonista menor de un hecho histórico sin precedentes en un personaje heroico. Mostrarlo como un hombre convencido de la injusticia que se cometía con el médico, el idealista, el guerrillero, el padre de familia, el icono de su generación y símbolo de las ansias de libertad de todo un continente, el comandante Ernesto “Che” Guevara de la Serna. Para ese propósito me sería muy útil la anécdota de la camisa ensangrentada que viajó de Bolivia a México y aquí se instaló en cajas de seguridad. Así, fui tomando notas, apuntes biográficos, comentarios hechos al vuelo por el doctor. Poco a poco fui leyendo al médico mis avances, los meandros donde confluían la realidad con la ficción. Por supuesto, no es sencillo convencer, a quien fue protagonista de un hecho verídico, de transformar por completo las situaciones y personajes de una historia que ya anidó en sus recuerdos hasta convertirse en el propósito de su vida.

El borrador de la novela empezaba así:

“Las faldas de la camisa asomaron bajo la pesada tela del abrigo. Alcancé a ver los cantos negruzcos justo antes de cerrar mi sobretodo de un golpe. El agente aduanal pareció no fijarse en el angustioso movimiento. Sentí el sudor escurriéndome por la cara. En esa época no había perros especializados en oler rastros de cadaverina en los aeropuertos, de otra forma, algún oficial me hubiera obligado a quitarme el abrigo debajo del cual continuaba su lenta descomposición la camisa ensangrentada del Che. El oficial selló mi pasaporte. Entré a la ciudad de México con poco equipaje y un secreto tan grande que me impediría volver a Bolivia, mi país natal. Si vuelves te matan, me había dicho mi hermano. Ahora eres un desertor del ejército bolivariano, no el médico que recibió del cielo el cuerpo de Ernesto “Che” Guevara, que bajó como dios a la tierra para reinar por siempre en la esperanza de los pobres. Vete y no se te ocurra volver, me dijo. Hasta ahora lo he cumplido. Sólo regreso cuando miro las fotografías de la vieja, de mis hermanos, del hospital y sus monjas de hábitos impecables. El cadáver de Tania la Guerrillera, comida por los peces del Río Grande, en una foto en blanco y negro. Las fotos de sus compañeros muertos montados sobre mulas. La ropa del Che en un rincón de la lavandería, donde las enfermeras arrojaron los harapos llenos de sangre y mierda cuando se los quitaron para lavar su cadáver.

Cadáveres de los guerrilleros, compañeros del Che, que cayeron el 31 de agosto en una emboscada, mientras intentaban cruzar el Río Grande hacia las montañas. Fueron inhumados bajo la pista de aterrizaje donde supuestamente también se enterró al Che y que estuvo oculta por 30 años. Foto del archivo personal del doctor Abraham.

Recuerdo muy bien la camisa tirada lejos de las otras prendas que contribuían con su hedor al vértigo de la formalina, y el humo de las velas que combatían la oscuridad de la primera noche que el mundo dormía sin el Che. Sucedió de pronto: la vi, sin pensarlo más la recogí y la hice bolita para esconderla debajo de una pileta. El fino cinturón, por su parte, sería botín de Martínez: se lo había ganado entre trago y trago, costumbre que lo apartaba del horror y la culpa pero lo ponía de frente contra los mohines y los regaños de las monjas. Pobre hombre, repetía el médico mientras se movía de un lado al otro del recinto para comprobar que lo seguían los ojos del muerto, y el aguardiente resbalaba por su curtido gañote con más velocidad que un ratón perseguido por la escoba de la enfermera jovencita, la Adela, no esa Susana estirada y displicente que corrió a todos cuando desnudó al guerrillero, casi un Cristo con su mirada de juicio final.

Esa noche del 9 de octubre de 1967 Martínez y yo sacamos nuestros trofeos antes de que los soldados limpiaran el lugar y se llevaran el resto de la ropa que la enfermera y las monjas habían arrojado a un rincón de la lavandería, asqueadas por la mugre añeja y sacrílega, cuando ungieron con agua y rezos el cadáver recién llegado a la morgue improvisada dentro de la lavandería del Hospital Nuestro Señor de Malta de Valle Grande.”

Enfermeras, personal médico (el doctor Abraham con tapabocas) reciben los cadáveres de los guerrilleros ultimados por el ejército boliviano. Foto del archivo personal del doctor Moisés Abraham.

El último cabo suelto

Hoy veo que mis apuntes parecen haber estado siempre del lado de la ficción. La novela biográfica, si alguna vez la termino, quizá ya no pueda ofrecer ninguna justicia poética que contrarreste la maldición del Che. Cuando aparezca el libro de los periodistas poblanos con sus revelaciones, el doctor Moisés Abraham, el oncólogo por antonomasia de Puebla, tendrá que asumir las consecuencias de ser el último cabo suelto de una historia que involucra a una de las figuras más emblemáticas del tormentoso siglo XX latinoamericano. Asumir, también, la manera en la que lo veremos, lo verán sus colegas, sus compatriotas, sus pacientes, sus alumnos y, sobre todo, cómo se verá él mismo de ahora en adelante: el cirujano que sí practicó la autopsia al cadáver del Che, el médico que sí cumplió la ominosa tarea de cortarle las manos, el custodio de su camisa ensangrentada.

Soldados y personal militar posan para la foto frente a la escuela del poblado La Higuera. En uno de sus salones, el suboficial Mario Terán Salazar asesinó al Che por órdenes de la CIA. Foto del archivo personal del doctor Moisés Abraham.

Domingo, 29 Octubre 2017 00:00

La extraña historia de las manos del Che

Mundo Nuestro. Este texto fue publicado en la revista Nexos el 10 de octubre del 2017.

En 2001, hace 16 años, fui a Puebla a localizar a Moisés Abraham Baptista, el doctor boliviano que aparece en varias biografías como el responsable de haber realizado la autopsia y de cortarle las manos al cadáver del Che Guevara.

Óscar Hinojosa, entonces editor de la revista semanal Bucareli 8, me encomendó esa tarea: “Vaya y localice en Puebla al doctor Abraham Baptista, es oncólogo.” El nombre de Moisés Abraham Baptista empezó a cobrar relevancia por dos razones: estaban por cumplirse 35 años de la muerte del Che Guevara y porque Gary Prado, implicado en la captura del guerrillero argentino, había sido designado embajador de Bolivia en México.



Un par de meses antes de mi visita a Puebla tuvo lugar un incidente: en un evento diplomático alguien de izquierda identificó a Prado y, ante la vista de todos, le arrojó vino en la cara y le gritó “asesino”. Este hecho marcó el inicio de una serie de comentarios y acaloradas polémicas que suscitó el nombramiento del representante de Bolivia en México. Muchos sabían que el 8 de octubre de 1967, el comandante Gary Prado fue quien capturó al Che Guevara en una cuesta de la Quebrada del Yuro. Él nunca imaginó que iba toparse con el guerrillero, pero gracias a una cicatriz en la mano izquierda lo pudo identificar.

Cuando el ex comandante se vio descubierto por el entorno diplomático, se limitó a decir que él solo cumplía con su labor: “De haber deseado la muerte del Che, hubiera permanecido abajo y habría seguido luchando, pero estaba intentando salir. Lo hallamos decaído; sin embargo, cuando vio que lo tratábamos correctamente y que intentábamos hablar con él su ánimo mejoró”.

Orden presidente Fernando 700

Se sabe que horas después de la captura del Che Guevara, Prado entregó al prisionero al coronel Zenteno Anaya, quien esa misma noche recibió un mensaje en clave morse: “Orden presidente Fernando 700”. A través de ese comunicado cifrado se marcó el destino del guerrillero.



Hinojosa no me contó quién le pasó el dato sobre el doctor boliviano que vivía en Puebla. Le tenía respeto a Hinojosa, conocía su trayectoria periodística, y estaba conforme con su manera de trabajar y de recibir propuestas de sus colaboradores. Como sabía que podía contar conmigo para hurgar en varios libros y comprobar lo que se decía del médico, me dio la encomienda.

Y, efectivamente, el nombre de Moisés Abraham Baptista estaba en varios títulos sobre el Che.

En La vida en rojo Jorge G Castañeda cuenta que existía una preocupación para el ejército boliviano, y es que en Bolivia no hay pena de muerte y tampoco una cárcel de seguridad que hubiera podido tener preso al Che; también le incomodaba la idea de que se le hiciera un juicio a Ernesto Guevara. Eso rondaba en la cabeza de tres hombres en particular: el presidente de Bolivia, René Barrientos; al general Alfredo Ovando y a Juan José Torres, jefe del Estado Mayor de las Fuerzas Armadas.

El suboficial Mario Terán solicitó que le permitieran matar al Che. Y accedieron a su petición: la ráfaga de una metralleta alcanzó al líder argentino-cubano. Nueve tiros entraron por su cuerpo. Terán contó con otros voluntarios que buscaban saldar cuentas pendientes con el Che. Más tarde trasladaron el cadáver en un helicóptero al Hospital San José de Malta, en Vallegrande, en donde lo recibió el doctor Abraham Baptista.

Necesito una consulta médica

El nombre de Moisés Abraham Baptista empezó a figurar tanto en libros como en informes de carácter oficial y datos hemerográficos. No obstante, hace 16 años ninguno de los que se ocuparon en describir la vida del Che había buscado al doctor boliviano, quien residía en Puebla.

Al doctor lo ubiqué en la Central Gineco-Obstétrica de Puebla, localizada en 13 sur 1905. En ese lugar se encontraba su consultorio. Llamé varias veces para tener una entrevista con él y su secretaria o asistente me decía que el doctor estaba ocupado y no podía atender a mi solicitud.

Así hubiera seguido sin conseguir ninguna declaración del oncólogo boliviano hasta que tuve que pedir una cita: “Necesito una consulta médica con el doctor. A nombre de la señora Ambriz. Con z, por favor, correcto. Ojalá sea pronto porque me lo han recomendado mucho, vivo en el DF”.

El fotógrafo Ulises Ruiz, quien esa ocasión era mi compañero en mi entrevista asignada en Puebla, estaba atento a cualquier movimiento que hiciera el doctor. Habíamos contemplado varios escenarios factibles para poder obtener unas declaraciones y las fotos del boliviano: que accediera a hablar el tiempo que él considerara necesario o que llamara a seguridad por haberme hecho pasar por una de sus pacientes y que tanto a mí como a mi esposo falso —Ulises Ruiz— nos sacara del hospital. Teníamos previstas esas dos posibilidades y ambos estábamos nerviosos. En ese entonces me dedicaba a hacer entrevistas con escritores, y la mayoría de ellos posa junto a sus libros, ofrece sus mejores ángulos, sonríe y algunos casi modelan.

Esta vez era distinto. El marido falso y yo estábamos en la sala de espera. Él llevaba escondida su cámara en una mochila naranja que siempre cargaba al hombro y, a pesar de que lo delataba una risa nerviosa, decía que estaba preparado para todo.

Antes de pasar a la consulta recordé los fragmentos de héroes que acompañan a la historia. Las manos del Che son célebres como la pierna de Santa Anna, el brazo de Obregón o la cabeza de Pancho Villa.

¡En qué historia me involucró Hinojosa esta vez! Yo tenía claro que el 10 de octubre de 1967, el doctor Abraham Baptista recibió en el Hospital San José de Malta el cuerpo del Che Guevara. Durante esa época, él era director del nosocomio y también se desempeñaba como médico del batallón Pando. En la autopsia que realizó también participó el internista José Martínez Casso. En el acta de defunción se lee: “Su fallecimiento se debió a múltiples heridas de bala en tórax y en las extremidades”. Y dicho documento estaba firmado por el doctor que estaba a punto de atenderme.

La enfermera anunció que mi cita era la siguiente, me hizo llenar un formulario con antecedentes familiares de cáncer en mi familia, el motivo de mi visita y demás referencias. Era el formato habitual para iniciar un expediente médico. Recuerdo que inventé que mi cuerpo albergaba una bolita en el hombro, y no sabía si era de grasa o podría ser otra cosa. El asunto era llegar con el doctor y ya que se hubiera ido la enfermera, decirle el verdadero motivo de nuestra visita.

El oncólogo leyó primero lo que escribí y luego me miró. En ese momento revelé la razón de nuestra presencia. Hizo una mueca de incomodidad y dijo que iba a contestar algunas cosas en 15 minutos, no más.

“Antes de que pregunte cualquier cosa, déjeme aclararle que no es verdad lo que se cuenta en los libros, yo no le corté las manos al Che, fueron otros”, enfatizó.

—¿Quién o quiénes?

El doctor guardó silencio y fue inevitable no pasar por alto el águila disecada que tenía en un consultorio. Mirarle las garras al animal es lo que menos hubiéramos esperado de aquella cita.

“El cuerpo del Che tenía mucha personalidad, no se trataba de cualquier cadáver”, acotó el médico.

Tras la autopsia, el cadáver del guerrillero permaneció un par de horas en la morgue. Tiempo después no se supo en qué lugar fue enterrado. Según el oncólogo, pocos conocían realmente el sitio en donde fueron depositados los restos del Che y duda que sean los que se encuentran en Cuba.

Sabía que nuestra presencia era incómoda para el doctor. No obstante, tenía que cumplir con ese trabajo y todavía no veía que llegaran los elementos de seguridad por nosotros. Pero no dejaba que le hiciera preguntas, emitía aseveraciones: “No tengo nada que ocultar”.

Aclaró que nunca tuvo en su poder el reloj que le pertenecía al Che, como se sugiere en los libros. No tardó en reconocer que se trataba de otra deformación de los hechos y que si él hubiera deseado algún objeto del guerrillero, en todo caso hubiera elegido un vademecumque el argentino utilizaba para sus consultas médicas. “Les pedí que me dieran ese libro, les expliqué que a mí como médico me podía servir, pero se lo quedó un agente de la CIA. Y si el Che traía un reloj, se lo quitó otra persona. Cuando el cadáver llegó al hospital ya no traía ningún reloj”.

Lección de anatomía

Si se revisan las fotografías de Freddy Alborta, las últimas imágenes que le tomaron al Che, se tiene la impresión de que su cuerpo descansa plácidamente sobre una cama de enfermo. El trabajo de Alborta, a quien se le conoce como el “partero de la eternidad de Guevara”, ha sido comparado con dos cuadros de la pintura universal: La lección de anatomía del doctor Tulp, de Rembrandt; y Lamentación sobre Cristo muerto de Mantegna. Recuerda el doctor Moisés Abraham: “El cuerpo tenía varios impactos de bala, había una herida ancha y profunda en la espalda, parecía que no era de proyectil pero sí lo era”.

—¿Después de practicarle la autopsia le cortaron las manos?

—No, fue antes.

—¿Es verdad que estaban indecisos si cercenarle la cabeza o las manos?

—Sí, eso es cierto.

—¿Es cierto que el agente de la CIA, Félix Rodríguez, hizo notar que con un solo dedo bastaba para identificar al guerrillero?

—No, le cortaron las manos completas.

—¿Usted le cortó las manos al Che?

—No, yo no se las corté. A mí no me interesaba si se las cortaban o no; se trataba de gente que quería tener una identificación de él y, claro, lo lograron.

—¿Otros médicos participaron?

—Ni siquiera fueron médicos.

—¿Recibieron la orden del general Ovando?

—No, tampoco. Estaban Zenteno Anaya y otros militares.

—¿Del general Toto Quintanilla?

—Sí tuvo que ver con todo lo relacionado con el Che, antes y después de la autopsia. Yo no sabía que Toto Quintanilla era agente del ejército de Bolivia y, al mismo tiempo, pertenecía a la CIA. Eso lo supe más tarde.

En Ernesto Guevara, también conocido como El Che, Paco Ignacio Taibo II recoge el testimonio de un periodista de la agencia UPI: “La transparencia, levemente acuosa de unos ojos verdes expresivos, además de una especie de sonrisa enigmática que levemente se dibujaba en el rostro, daban la impresión de que aquel cuerpo estaba con vida. Pienso que más de uno, de la veintena de periodistas que fuimos a Vallegrande, aquel 10 de octubre de 1967, solo esperáramos que Ernesto Che Guevara nos hablara.”

El Che y Tania

Durante la autopsia al Che Guevara le hicieron una mascarilla para conservar su rostro. El oncólogo asegura que su cara nunca se desfiguró, como se ha dicho: “Yo les había pedido unas mascarilla del Che, quería conservarla, pero no me dieron nada”, indica.

A Abraham Baptista también le tocó reconocer el cadáver de Tania, la guerrillera que viajaba con el Che. Desmiente que ella estuviera embarazada y que esperara un hijo del guerrillero: “La verdad es que Tania no murió en un enfrentamiento; se ahogó en un río, se hundió por todo el peso que llevaba. A los ocho días se rescató el cuerpo y prácticamente no tenía cabello, estaba irreconocible. Su rostro era muy impresionante”.

Jorge G. Castañeda describe así a Tania: “Ella encarnaba a una especie de groupie revolucionaria, lógicamente fascinada por el embrujante personaje que conoció en Berlín seis años atrás”.

Errores de estrategia

—¿Cuál fue el error del Che?, ¿subestimar al ejército boliviano?

—Lo que pasa es que el Che no supo dónde hacer una lucha armada. Bolivia, en apariencia, es un lugar idóneo para ese movimiento porque hay mucha miseria, problemas sociales y económicos. Lamentablemente el Che murió ahí, abandonado por la gente que lo envió: no tenía medicamentos, estaba prácticamente incomunicado y no había posibilidades de que pudiera subsistir. Vallegrande, en aquellos días, tenía una carretera en muy malas condiciones y el terreno era difícil de explorar. La captura del Che no fue propiamente obra del ejército bolivariano sino de la gente del campo que dio aviso de su ubicación.

El de Ernesto Che Guevara es un nombre sin reposo. En Vallegrande, Bolivia, donde llevaron sus restos tras ser ejecutado, los campesinos siguen en la misma miseria y abandono. “Che, vivo como nunca te quisieron”, está escrito en una pared de adobe. Al menos ha dejado un resquicio de esperanza. A pesar del tiempo, aún hay líneas que anexar a esta parte de la historia.

En el prólogo al Diario del Che en Bolivia, Fidel Castro apunta: “Las horas finales de su existencia en poder de sus despreciables enemigos tuvieron que haber sido muy amargas para él; pero ningún hombre mejor preparado que el Che para enfrentarse a semejante prueba”.

El símbolo de la lucha revolucionaria, visto como un santo o un demonio, cuenta con un expediente posterior a su muerte poco explorado. Si no fue Moisés Abraham Baptista, ¿entonces quién de la milicia le cercenó las manos que libraron una incansable lucha en aras de una insurrección?

El oncólogo no dijo más. Abruptamente dio por terminada la entrevista que nunca fue una cita médica. Su boca es una tumba.

Los recuerdos lo vencieron por minutos, luego se dejó vencer por el silencio. De esta lucha entre la palabra y el mutismo, escapa de nueva cuenta una frase: “Yo no le corté las manos al Che. Ya déjeme en paz.”

Epílogo

Tuvieron que pasar 50 años de la muerte del Che para que el doctor boliviano, residente en Puebla, ampliara su versión de lo ocurrido.

El doctor indica que obtuvo la nacionalidad mexicana desde 1974, cuando contrajo matrimonio con una mujer mexicana, siete años después de la muerte del Che.

El médico dice que solo dos veces ha conversado con periodistas: en los treinta años de la muerte del Che con Guillermo Ochoa y ahora que ya pasó medio siglo del fallecimiento del guerrillero, durante una entrevista que supuestamente tuvo con Leticia Montagner y Raúl Torres Salmerón y que estos últimos difundieron en Proceso.

Moisés Abraham Baptista, al parecer, omite decir que ya había hablado sobre la muerte del Che en otros medios de comunicación.

Parece que el doctor ahora se puso de acuerdo con los periodistas para contar su versión y que no fuera interrumpido con preguntas incómodas porque, a fin de cuentas, se trata de su verdad. En la presunta conversación con Montagner y Torres Salmerón se anuncia que próximamente se publicará un libro titulado Yo hice la autopsia al Che Guevara.

Lo central en esta entrevista es lo siguiente:

*Reconoce que mintió a la prensa internacional al declarar que el Che murió a causa de un enfrentamiento con varios disparos en el cuerpo (nueve). Fue ejecutado con un tiro en el corazón. Debían hacer creer que había terminado sus días en combate.

*Toto Quintanilla apuntó que la CIA quería cortarle la cabeza al cadáver del Che, como una prueba inequívoca de su muerte, pero el doctor Abraham los convenció de que eso no era ético, por eso sugirió que fueran las manos.

*Las manos del Che fueron colocadas en formol y luego sobre un periódico para tomarle una foto y tenerla como una prueba o trofeo.

*La mascarilla que se hizo del rostro del Che se realizó sin el material adecuado, con velas que encendían en la noche porque no había alumbrado eléctrico. Al quitarle la mascarilla se adhirieron pedazos de piel, pelo, cejas y pestañas. “La cara del Che era impresionante”, puntualiza el oncólogo.

*Toto Quintanilla le cortó las manos al cadáver del guerrillero, dirigido por el doctor Moisés Abraham. En esa habitación solo había tres personas: Toto Quintanilla, Gustavo Villoldo y el doctor.

*El doctor se quedó con un recuerdo del Che, a manera de suvenir: una camisa color caqui, llena de sangre. La prenda ha estado en cajas de seguridad de bancos.

*La camisa, según Abraham Baptista, tiene dos funciones básicas: revelar cómo murió realmente el Che y, con ayuda de esa tela, comprobar si los restos que están en Cuba, en donde dicen que descansa el cuerpo del guerrillero, corresponden o no a Ernesto Guevara.

***

La intención del doctor Moisés Abraham Baptista recuerda una escena de la película Vértigo (1958) de Alfred Hitchcock, en donde el personaje de Scottie (James Stewart) le dice a Judy (Kim Novak): “No se pueden guardar recuerdos de un crimen. No debiste… no debiste… ser tan sentimental”.

Mary Carmen Sánchez Ambriz
Ensayista, periodista y editora.

Mínima Moralia

Carta Abierta a Antonio Gali Fayad/Gobernador del Estado de Puebla



No puede imaginar cuan cara se paga la falta de contemporaneidad. K Brandys

Pero (además voy a) pedir a organizaciones, a consejos ciudadanos, que vayamos de la mano. Y el que no cumpla también que tenga una sanción. Porque es muy fácil desde un aula o desde una rectoría criticar, pero yo pregunto, y estoy hablando en general ¿eh?, a ese colegio, esa prepa, esa secundaria, esa universidad, ¿dónde están tus cursos de prevención a delitos contra las mujeres?, ¿dónde están las pláticas que estás realizando? No las veo. Gobenador de Puebla Tony Gali

Gobernador Gali, la tarea de la universidad consiste en generar conocimientos, opinión pública, reflexiones, sobre distintos ámbitos de la condición humana. A la par de ello, la tarea de las universidades es promover la investigación y la difusión de las culturas; desde luego, incentivar ciencia aplicada, en el entendido de que ésta no puede reducirse a la de un instrumento al servicio de nadie y mucho menos suplir las tareas que el Estado ha incumplido en distintas áreas.

Sí, gobernador, generar conocimientos.



Y lo subrayo, conocimientos, siempre y cuando éstos se problematicen, se indague en sus condiciones de posibilidad en relación a la historia y la política, tanto en el vasto mundo de las ideas como de las creencias; después de todo, no hay conocimiento neutral; existe un vínculo incuestionable entre saber y poder y, al respecto, la universidad tendría la tarea de formar hombres y mujeres con un verdadero compromiso ético; hombres y mujeres que día a día luchen por construir un país menos desigual, más justo, más democrático. Hombres y mujeres verdaderamente críticos que sean capaces de cuestionar y cambiar las condiciones de vida que un régimen económico y político como el nuestro les ha impuesto y nos ha impuesto a todos los habitantes de este país, desgarrado por la violencia, la corrupción, la impunidad.

La tarea de una universidad es mucho más grande que la de garantizar mano de obra al sistema productivo; mucho más que la de formar consumidores pasivos tanto de ofertas económicas como políticas. Resulta una contradicción que acuse a las instituciones educativas de corresponsabilidad respecto a la situación de inseguridad que priva en Puebla y al mismo tiempo descalifique a un conjunto de académicos que ofrecimos un diagnóstico objetivo y preciso, así como algunas vías alternativas de solución, al problema de la inseguridad en Puebla, por la única razón de cuestionar la política de Estado en la materia, cuando ésta demostró su absoluto fracaso y no sólo por razones de incapacidad técnica, sino porque abajo del problema de la violencia e inseguridad en el Estado se extiende un lecho de corrupción e impunidad que usted no se ha atrevido a tocar hasta sus últimas consecuencias, y que, a contrapelo de lo que usted indica, no empieza en su periodo de gobierno, sino se remonta a muchos otros, particularmente al de Rafael Moreno Valle, lapso en el cual la violencia e inseguridad en Puebla crecieron exponencialmente. De suerte, pareciera que usted intenta descargar la responsabilidad de su antecesor y endosársela enteramente a usted mismo. Pero no es así. En último caso, gobernador, lo que le hace falta es investigar, hasta sus últimas consecuencias, la responsabilidad de la clase política de la situación que priva en la entidad.

El señalamiento que hace de modo particular a las universidades privadas destaca, a la vez, el lamentable desdibujamiento de nuestra universidad pública de los grandes debates contemporáneos; desdibujamiento que obedece a la imposición de un modelo educativo que, en aras de la eficiencia, sólo ha hecho privar la competencia, la promoción del éxito individual, la simulación, el espectáculo, un ejercicio eminentemente patrimonial del poder. Entonces, ¿cómo exigir a los educandos una mayor participación en la vida pública cuando lo que verdaderamente se premia es todo lo contrario, cuando la universidad ha perdido un margen de verdadera autonomía que le permitiera mantener una posición crítica frente a distintos poderes? ¿No es un derecho inalienable en una sociedad democrática la protesta social?, entonces, ¿por qué defenestrar a los rectores que la han encabezado, apoyados en la calidad moral que todavía tienen algunas universidades en México? Lo reprochable, en último caso, es la ausencia de la Universidad Pública en un asunto que ha lastimado tanto a la sociedad poblana.

El intelectual, dice Edward Said, siempre tiene la posibilidad de escoger, o bien poniéndose de parte de los más débiles, los peor representados, los olvidados e ignorados, o bien alineándose con los más poderosos. El intelectual, continúa Said, no es un pacificador ni un fabricante de consenso, sino más bien alguien que ha apostado con todo su ser en favor del sentido crítico, y que por lo tanto se niega a aceptar fórmulas fáciles, o clisés estereotipados, o las confirmaciones tranquilizadoras y acomodaticias de lo que tiene que decir el poderoso o convencional, así como lo que éstos hacen. No se trata sólo de negarse pasivamente, sino de la actitud positiva de querer afirmar eso mismo en público. Y esos rectores ya han elegido de qué lado están, amén de visibilizar la condición siniestra que viven muchos ciudadanos en Puebla.

Lo grave de sus declaraciones, gobernador, es que muestra su talante antidemocrático y su intolerancia a la crítica y al disenso. Responsabilizar a algunas instituciones del aumento de violencia en Puebla debido a que no han ofrecido los suficientes cursos para prevenirla es una verdad a medias y producto de la miopía, porque nuestra tarea, repito, no es la que corresponde a una academia de policía. Al menos que su solicitud remita al carácter policial y predictivo con el que nacieron la psiquiatría y otras ciencias en su cruce con los aparatos jurídicos durante los siglos XVIII y XIX y que ya bastante bien estudió M. Foucault.

Por otra parte, hay que rechazar cualquier discurso, provenga de donde provenga, que pretenda legitimar la menor restricción del ámbito privado de los ciudadanos en general y, en particular, de las mujeres, si no queremos avalar una posición eminentemente conservadora y peligrosamente autoritaria. No es restringiendo la libertad de los individuos como volveremos a una supuesta normalidad. La tarea del Estado no es la de acotar las libertades y los derechos ciudadanos o incidir en su vida privada, sino garantizar esas mismas libertades y derechos.

Al último, pensar que penalizar el acoso callejero disminuirá en algo la violencia contra las mujeres no sólo pasa por una mala ocurrencia: descarga al Estado de su responsabilidad para garantizar la seguridad y libertad de las mismas; por experiencia histórica, sabemos que la creación de fiscalías para la investigación de delitos particulares no ha arrojado ningún resultado positivo y sí en cambio lo único que ha conseguido es engrosar el aparato burocrático a costa del erario público; no es necesario seguir generando instancias paralelas a las ya reconocidas constitucionalmente, sino conseguir que éstas desempeñen integralmente su cometido.

Nosotros sí estamos cumpliendo " desde el aula" con la responsabilidad de formar seres humanos pensantes y críticos. Pero, usted, gobernador, no ha podido acatar una de las tarea para la cual fue electo: garantizar la más elemental seguridad de los ciudadanos.

En Puebla, a 28 de Octubre del 2017

Juan Carlos Canales F.

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