De los 320 millones de habitantes que tiene Estados Unidos, 224 millones pueden votar, lo que representa el 70 % del total. El conjunto de la población latina suma 55 millones, el 17.18 %, y de ellos 25 millones tienen derecho a sufragar. El voto latino representan el 11.16 % del conjunto.

En 2012, solo 5.3 millones ejercieron ese derecho. El voto latino puede decidir esta elección presidencial solo en la medida que eleven el número de su participación. Para esta ocasión, la Asociación Nacional de Funcionarios Latinos Electos y Designados (NALEO, en inglés), estima que irán a votar 13.1 millones.

Es más del doble de la elección anterior, pero todavía es una cantidad menor con relación a su potencial. Es poco más del 50 %. A nivel nacional, el 70 % de los latinos prefiere a Hillary Clinton, ahí radica la importancia de este voto. Latino que vota es un sufragio que gana la demócrata y en sentido contrario uno que pierde.

Los diez estados con el mayor porcentaje de votantes latinos son: Nuevo México, 40.4 %; Texas, 28.1 %; California, 28 %; Arizona, 21.5 %; Florida, 18.1 %; Nevada, 17.3 %; Colorado, 14.5 %; Nueva York, 13.8 %; Nueva Jersey, 13.8 %, y Connecticut, 10.1 %. En estos estados viven 135 millones de personas, el 33.64 % del total.

Los expertos consideran que de manera particular el voto latino puede ser decisivo en Florida, Nevada, Colorado, Carolina del Norte, Arizona y Virginia. Entre la comunidad latina de estos estados el promedio de simpatía por Clinton coincide con el promedio nacional. Es un poco más bajo en Florida y Virginia (62 % y 67 %) y más alto en Carolina del Norte y Colorado (73 % y 72 %).

Los latinos tienen una oportunidad histórica. En esta ocasión su voto puede decidir el resultado de la elección presidencial del próximo martes ocho de noviembre. Lo que ha dicho y anunciado Trump con relación a los migrantes, en particular los mexicanos, es razón suficiente, para votar como nunca antes lo han hecho. Ya veremos.

Día con día

Al empezar el segundo debate ayer entre Hillary y Trump, los dados parecían echados. Clinton amaneció el domingo con una ventaja de 4.6 en el voto popular y de 260 contra 165 votos del colegio electoral, a sólo 10 de los 270 requeridos para ganar la presidencia de Estados Unidos.

El escándalo por propia boca había caído como un vómito sobre Trump el viernes anterior, al divulgarse una grabación en la que se mostraba siempre dispuesto a besar y a encamar a quien fuera, y a tomar ventaja de su condición de celebridad con las mujeres y a meterles la mano y besarlas sin trámite.



Era claro que el campamento de Hillary había hecho bien su arqueología de las rutinas misóginas de Trump y de su correspondiente lengua fanfarrona.

Trump llegó al debate desnudado en su más inerme y procaz identidad, en condiciones realmente lamentables para que fuera creíble de su boca nada remotamente parecido a una idea creíble de gobierno para Estados Unidos.

Era como traer a hablar de los asuntos del gobierno a un pornonauta de la tercera edad. Bastaría empujarlo de nuevo hacia el comentario impenitente de sí mismo para dejarlo en el suelo por el resto de la contienda.

Pero no fue así. Trump encontró la manera de mantenerse a flote y a la ofensiva en un debate que terminó siendo una pelea callejera, en la que prometió que de ser presidente encarcelaría a su oponente. Ecos de su experiencia mexicana, donde suele prometerse lo mismo.

Salvo algún atisbo, no hubo en Hillary el tejido fino del debate pasado, la tela de araña construida en torno a los movimientos más bien lerdos de su oponente.



Por el contrario, fue desfondada varias veces en el ambiente verbal de una riña de callejón, que las cadenas estadounidenses bautizaron de inmediato como una pelea sucia, a puño limpio, plagada de insultos y descalificaciones, la peor opción para Hillary.

Las redes gringas acuñaron de inmediato el hashtag que titula esta columna #WalkingTrump: el Trump que camina como zombie, pero camina.

Trump puede estar muerto en vida pero no está muerto.

Mundo Nuestro. Ha salido al público la nueva edición de la revista Elementos (104), y esta es la propuesta para sus lectores:



Aventuras marítimas con tesoros, cartas y corsarios
[PDF] Versión en HTML
Liliana María Gómez Montes

3
Insectos contra insectos:
una estrategia para la protección de cultivos
[PDF] Versión en HTML
Refugio Lomeli-Flores y Ricardo Ramirez-Romero

13
Supervisión de salud estructural:
nuevos métodos magnéticos
[PDF] Versión en HTML
J. Jesús Villegas Saucillo, José Javier Díaz Carmona y Agustín Leobardo Herrera May

19
Aportes del enfoque de cuenca al Área Natural Protegida “Cerro de la Tortuga”
[PDF] Versión en HTML
Aura Mónica Pamela Montoya Lara y Diana Elisa Bustos Contreras

25
Gabriela Torres Ruiz
Fotógrafa
[PDF] Versión en HTML
31
La siembra de los pobres
Estrategia para recuperar un cultivo tradicional
[PDF] Versión en HTML
Leonardo Pérez Rosas

35
Historias de la sierra
[PDF] Versión en HTML
Leopoldo Noyola

41
La fiebre del Zika:
una enfermedad emergente y de importancia global
[PDF] Versión en HTML
Fabiola Lilí Sarmiento-Salinas, Erwin J. Pérez-Cortés y Claudia Mancilla-Simbro

49
È
LIbros
[PDF]
Versión en HTML

La mayoría de las veces no tenemos idea de dónde y cómo concluirán las historias humanas con las que nos topamos, sobre todo aquellas de vidas residentes en lugares lejanos e intricados como la sinuosa Sierra Madre que atraviesa la mitad de nuestro país; la mayor parte de esas historias quedan pendientes: no supimos lo que pasó con el campesino que recibiría un crédito en la Sierra Norte de Puebla; con la madre de familia que quería más hijos para tener más becas educativas; con las tejedoras amuzgas que intentaban crear una asociación para protegerse de los acaparadores. Este es el caso de una excepción, pues esta vez se me permitió ver la segunda parte de una perturbadora historia que recogí como integrante de un equipo multidisciplinario de investigadores de la marginalidad en la región de la Costa Chica guerrerense1 y, años después, en la región Costa de Hermosillo, Sonora, investigando sobre la educación indígena para la SEP.

Marginalidades La marginación en Guerrero, que fue el pretexto que nos llevó a esa región de la Costa Chica, aunque evidente en los pueblos que circundan la cabecera municipal de Tlacoachistlahuaca, gobernada por amuzgos, como Metlatónoc, resalta con mayor intensidad en otros pueblos del propio municipio que se encuentran detrás de una enorme sierra de polvo y miseria retirados de todo, carentes de lo más elemental. Son los mixtecos de Pueblo Viejo, en el norte municipal, que viven en condiciones claramente distintas a las de los amuzgos, a cinco horas de distancia de su cabecera por un camino de sinuosa terracería que febrero, tacaño en aguas, nos permitió recorrer sin dificultades adicionales. Ellos también se sienten apartados de todo, los mixtecos vecinos son oaxaqueños, la comunicación con los amuzgos no es óptima, por ello insisten en la creación de su propio municipio. La creación de un municipio en la parte norte de Tlacoachistlahuaca, a pesar de ser una trama política que debe ser tratada con discreción, es un tema ineludible que, bien pensado, puede traer beneficios para todos. Están claras las distancias que hay entre las autoridades de la cabecera y los pueblos mixtecos de Pueblo Viejo, por lo que tampoco es difícil pronosticar que no podrían llegar a un buen acuerdo. La separación municipal ya existe en Tlacoachistlahuaca, ayudaría mucho que se hiciera a través de la ley y pudiera dar a esta población la dignidad que les ha sido arrebatada por la marginación y el abandono, que ha terminado redundando en un alcoholismo masivo de los hombres que, desde la mañana que los visitamos, mientras trabajaban en una zanja de drenaje, ya estaban alcoholizados; al despedirnos, seis horas después, todos y cada uno estaban inconscientes sobre la acumulación de tierra de la propia zanja, jaloneados por sus pequeños hijos. Ojalá, al menos, que en este municipio guerrerense los programas de ayuda a la pobreza hicieran algo adicional para mejorar las condiciones de vida (política, moral, cultural) de estos compatriotas mixtecos que habitan la región de Rancho Viejo, pues no siempre son pisos firmes y letrinas lo que necesitan, sino comprensión cultural, que deviene política y legislativa



Puedes seguir leyendo en Revista Elementos No. 104

Otras historias de la Sierra de los Amuzgos



y Mixtecos en Mundo Nuestro:

“Van cuatro estudiantes nuestras asesinadas en los últimos cuatro años -- dice Alfonzo Esparza Ortiz--. Ni una más.”

Sus palabras marcan el retorno amargo de la universidad pública en Puebla a la realidad social que a gritos clama por su voz y su mirada críticas.

Porque hoy no es posible empezar esta crónica sin pensar en Tania Verónica Luna, la joven veracruzana estudiante de sociología en la BUAP asesinada la semana pasada. “Tania no es una cifra más –han dicho apenas antier sus compañeros del Posgrado en el Instituto de Ciencias Sociales y Humanidades--, Tania es una historia, es una familia…” El rector no la menciona por su nombre, pero por primera vez en la historia reciente de los informes de gobierno universitario la realidad de la violencia brutal que vive México se posiciona del discurso político y hace a un lado parafernalias tecnológicas y mercadotécnicas, cifras e inauguraciones, abrazos y porras, agradecimientos y buenas venturas que acompañan –esta mañana también—las mudanzas y consensos de una institución fundamental para la sociedad poblana.



Tania Verónica Luna.

Alfonso Esparza deja por un momento a un lado la prudencia política y la neutralidad en la crítica social con la que ha manejado a la institución tras la desastrosa priisación de la era Dógers-Agüera y describe la realidad que el ciudadano común percibe:



“Miles de personas mueren en México cada año por hambre –dice--, son asesinadas en la calle, (vivimos) en un país donde ser mujer es peligroso, porque se le maltrata, critica y mata; además, donde faltan oportunidades, trabajo, comida, seguridad y educación.” Sobre todo educación, ha confirmado.

Lo miro ahí, en la soledad del escenario, y pienso que ante la profundidad de nuestra catástrofe cuánta falta ha hecho aquella vieja vista de la universidad crítica. Y me pregunto hasta dónde llegará el Rector en este retorno a lo mejor de los años ochenta. Porque por primera vez en muchos años un rector de la Benemérita se hace cargo y se involucra en el cuestionamiento certero de la realidad social en la que viven sus estudiantes y profesores.

Cuánto se parece esta mañana su mensaje al de la Ibero Puebla, la universidad de los Jesuitas:

“Falta trabajo, falta comida, falta seguridad, pero sobre todo falta educación. Por ello, la universidad pública es parte fundamental del sistema social, es la bandera de sus valores y principios, es la bandera del bienestar y el progreso de la población, es la última esperanza.”

Y dice algo más, que tras la crítica certera, pone en la mesa de la discusión pública justo lo que los políticos que han mandado desde siempre en Puebla no han estado dispuestos a hacer --y en particular el gobernador Moreno Valle, que lo escucha supongo que muy atento en la primera fila:

“Tenemos que generar una agenda –dice--, para encarar desafíos y condiciones de bienestar…”

Sí, una agenda, discutida colectivamente pero bajo el mando, la razón y el conocimiento de lo mejor que tiene la sociedad poblana, sus instituciones de educación superior, algo a lo que nunca convocarán los políticos. Y me digo que justo para eso está la universidad pública.

Foto de e-consulta.com

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A las 10.45 de la mañana Cecilia Hernández juega con una bandera de la BUAP al frente del conjunto de muchachas que se menean al ritmo del danzón que toca, muy cumplidora y entonada, la banda universitaria en la explanada del auditorio del Complejo Cultural Universitario. Tiene 19 años y pasa las mañanas en las aulas de la vecina Escuela de Comunicación.

“Me gustan los medios –me dirá después--, mi sueño es trabajar en una televisora…”

Javier y Martha, estudiantes de Ingeniería Civil, esperan en la fila para entrar por el encristalado al auditorio, y se entretienen por la patética parvada de reporteros que buscan la inefable entrevista banquetera. Y cuando la turba de grabadoras y cámaras caza al fiscal transexenal Víctor Carrancá, quien ha errado el camino de acceso y no ha alcanzado a huir –y quien por supuesto, tras la declaración se ganará el encabezado “El fiscal minimiza la incidencia de los feminicidios”--, los jóvenes prospectos de ingenieros civiles mejor se repegan a la cristalera.

A mí me da tiempo de preguntarles por su opinión sobre la universidad pública.

“Es claro –dice la joven que ha estudiado la preparatoria en la 2 de Octubre--, permite que estudien los jóvenes que no tienen recursos.”

“El que no tengas recursos no debe ser un motivo para que no alcances la educación superior –remata él, que viene del Centro Escolar Enrique Martínez Márquez, en Huejotzingo--, la universidad debe ser pública y gratuita…”

La fila los llama y supongo que se irán a la zona de las porras en la galería. A lo lejos, en la asoleada explanada, Cecilia y sus compañeras todavía bailan y menean las banderas. Su existencia estudiantil es el motivo de todo lo que escucharé en los minutos que vienen del Tercer Informe de Alfonso Esparza Ortiz. Y las recordaré cuando la palabra futuro aparezca exaltada en el discurso del Rector.

Foto de Mundo Nuestro.

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Si no estás acostumbrado a la lógica del comportamiento de la clase política universitaria todo lo que ocurre en un Informe te sorprende. Dicho eso, digo que yo recuerdo los de los rectores Vélez Pliego, Malpica, el Triunvirato, Pepe Doger, Enrique Doger y Agüera, antes de los del Rector Esparza. Tal vez treinta años de informes. Y no acabo de acostumbrarme.

Alfonso Vélez, en cuya época la Universidad construyó la estructura en la que hoy se soporta su importantísimo sistema de institutos de investigación científica y social, tenía que acabar las sesiones del Consejo Universitario a gritos y sombrerazos con sus apasionados y compulsivos enemigos políticos. Un amigo suyo lo recuerda una noche posterior a uno de sus informes, consternado y arrepentido en una mesa del Vitorios, pues por la mañana todo había terminado con sus gritos furibundos de “vamos a rompernos la madre” contra uno de los consejeros que chinga y jode logró sacarlo de sus casillas. “No respetó mi investidura”, decía. Y en otro informe sus rivales le llegaron a quemar ahí mismo en el Salón Barroco el voluminoso tambache de cuartillas que guardaba la reseña de alguno de esos años ochenta. Difícil creer que la investigación creciera como lo hizo en medio de aquella descomposición política de la universidad de izquierda. “La crítica interna compulsiva fundió el proyecto de universidad democrática, crítica y popular”, me dice un ya veterano científico del Instituto de Fisiología. Lo que siguió fue el desastre de Malpica. Y tras la guerra civil, el orden y la mano dura de Pepe Doger. Y con él, el retorno a la alianza con los gobernadores, la estabilidad, la modernización, el Proyecto Fénix y la inversión significativa en infraestructura, pero también, ya en los dos miles, la nueva partidización hacia el PRI, que llevó a un extremo Enrique Agüera.

Y de ahí veinticinco años de silencio ante la catástrofe social sistemáticamente construida en la vida real, afuera de los recintos de la universidad pública.

El silencio que hoy ha roto el Rector Esparza Ortiz.

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Pero hoy no habrá gritos y sombrerazos. A la vista tengo un Rector que entre los muchachos preparatorianos, bigote de por medio, es toda una celebridad.

Hoy vamos de la rigidez muy formal del Secretario General Valdivieso --quien no pierde una línea escrita en la ley que norma las sesiones del Consejo Universitario y va en paralelo a la mecánica tradicional que cierra el evento entre violines y con el himno universitario entonado en karaoke por una masa muy dispuesta al aplauso y a sus frases imaginadas tal vez en los años cincuenta (“sentir el aliento del amor”, “sin temor a la fría realidad”, “mi cerebro ansioso de luz”)-- al performance de un Rector Esparza Ortiz prendido a la lectura panorámica de un lejano telepronter que, a la manera sí, de un karaoke, despliega para su lectura el informe. A sus espaldas, en paralelepípedos puntiagudos que nunca vi en la primaria, un conjunto de pantallas despliegan videos y cifras tan de prisa como la voz del Rector a la carrera de las letras amarillas. Como al principio no atino a mirar a mis espaldas, no descubro que los que han imaginado la trama tecnológica han dispuesto para el rector en tres tiempos los bloques en que el Informe está dividido: con en el amarillo, corra, lea, alcance las palabras y que no se le vaya ninguna –y hasta donde me doy cuenta, Alfonso no comete una pifia, a pesar de que todos nos cansamos con él de correr tras las palabras que bajan en cascada al fondo de la galería--; con el verde toca la pausa, la caída lenta de las filas del discurso, la serenidad de regreso, la reflexión comedida, el tiempo para respirar también nosotros, su público; con el rojo, corra de nuevo, inflame el pecho, levante el tono, genere el éxtasis del orador comprometido, cierre con la mirada en la masa, apunte al horizonte y fulmine el cierre de cada bloque de su discurso:

“¡Porque mi compromiso es con cada uno de ustedes!”

“¡Porque trabajamos para cada uno de ustedes!”

“¡Porque nos estamos jugando el futuro de México!”

“¡Porque la universidad construye el futuro para cada uno de ustedes!”

Los gritos de ¡reelección, reelección!, ¡Esparza, amigo, la Calderón está contigo!, son un mero recordatorio de que el informe del ritual y la tecnología se auto contiene en un lenguaje propio viejo y nuevo por el que discurre una parte vital de la sociedad poblana, su compleja y acomodada comunidad académica universitaria.

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Antes, la masa ha cantado el himno con el reforzado sentimiento nacional de una esmerada escolta femenina en marciales pantalones grises que zapatea ante el trío (Valdivieso, Esparza y Moreno Valle) en firmes a la izquierda del foro. Quién es hoy masiosare, el extraño enemigo, me entretengo mientras canto la afanosa estrofa que da para el consabido chiste. A mi alrededor la gente ha llevado el brazo derecho al pecho y canta la ensoñación patria. Yo mientras pienso en la importancia de la universidad pública. Y en la precariedad de las instituciones democráticas, en el fracaso estrepitoso de las élites en el poder en una nación que se desangra en la violencia, y en lo que representan las universidades para la posibilidad de encontrar un proyecto nacional construido colectivamente.

Pero toda reflexión se disuelve ante el “ni una más” que ha externado el rector.

Tania y otras dos jóvenes mujeres murieron asesinadas. Qué enemigo es este que en la degradación moral absoluta expone la pérdida total del respeto a la vida. La cifra y las crónicas de las muertes violentas rebasan toda carrera del karaoke de la nota roja en que se ha convertido la prensa.

Qué masiosare es este que hemos construido enconchados en décadas de dejar hacer a los políticos posesionados de partidos y organismos electorales, de mirar para el otro lado capitalismos salvajes enfundados en salarios de hambre. El crimen simple y llano, incrustado en la vida cotidiana de cualquier familia, el del novio macho obnubilado, el del marido borracho y madreador, el del gandalla buleador. El crimen de la delincuencia del barrio, el del celular arrebatado en la esquina del camión, el de la extorsión al panadero y el secuestro de la vecina. El crimen organizado, el de los halcones y las empresas lavadoras, los policías en la nómina, los funcionarios compadres. Qué masiosare es este que ha convertido todo sueño sesentero de revolución y cambio en un estallido de violencia y muertes.

Esta mañana ha llegado al Face la alerta que como en cadena y a lo largo de los últimos meses ha recorrido el país. Igual en marzo como ahora en octubre en Puebla. Es el mismo texto mal escrito pero adecuado a la región, con nombres de municipios y localidades poblanas. Un llamado de guerra que recojo del celular en su primer párrafo mientras la masa retiembla sin mucho brío en el centro del auditorio:

Atento comunicado a toda la población del EDO.PUEBLA los municipios de Amozoc Chachapa mendizabal casa blanca, Santa mago, chapultepec, Tepeyahualco, Libres Oriental, Gpe. Victoria, Zacatepec, Tlachichuca, Izucar de Matamoros, Teziutlan, Xiutetelco, Hueytamalco, Acateno, Tenampulco, Zaragoza y sus alrededores, para que no anden en la calle apartir de las 10 de la noche, vallan por sus hijos a las escuelas y no anden el las calles si no tienen a que salir, dado que llego el grupo operativo Antrax y Gente Nueva, y venimos a poner orden en este rancho de gente inosente. Todos los achichincles que andan queriendo andar de pinches dedos y alconsillos, se los va a cargar la chingada venimos de Culiacan Sinaloa por Orden de los Señores Guzman…

El masiosare del miedo ante la violencia irracional que nos arroja al abismo.

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Veo a Rafael Moreno Valle tomar el escenario como acostumbra: en ese ir y venir que inaugurara Carlos Salinas hace también treinta años y en el que algunos políticos se especializan. Apunto algunas de sus frases: “La universidad es el patrimonio de todos los poblanos”, “Mi gobierno ha aplicado más recursos, como nunca antes, a la educación”, “Hemos creado los nuevos campus en Tehuacán, Teziutlán, Tepeaca, así como el proyecto de alto impacto en San José Chiapa, lo cual es muestra del compromiso del gobierno con los jóvenes.” “Mi amigo, el gobernador electro Tony Gali, debe continuar con este esfuerzo.”

Ya se va Moreno Valle a su ensoñación presidencial. No más bulla universitaria. Ya nos deja aquí con ese modo del político de no mirar hacia los lados, de no existe el abismo, mi camino es el futuro. Ni la más mínima referencia a lo dicho por Alfonso Esparza. Nada de hablar de agenda.

Foto de e-consulta.com

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Recojo entre las carreras un párrafo que me anima como no lo conseguía el discurso de un político universitario en verdaderamente para mí muchísimo tiempo. Y las dice tras proponer una alianza social contra los recortes a la educación pública:

“Los universitarios estamos obligados a dar respuesta desde la ciencia y la tecnología, desde las humanidades y las artes. Estamos obligados a participar en la construcción de una sociedad más justa, estamos obligados a luchar contra la impunidad y la corrupción. Estamos obligados a pensar bien para vivir mejor, tenemos la facultad para hacerlo. La universidad es conocimiento, la universidad es justicia, la universidad es el futuro de México.”

“La universidad pública es parte fundamental del sistema social. Es bandera de sus valores y principios, del bienestar y progreso de la población. Es la última esperanza”.

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Salgo a la explanada y dejo atrás el comadreo de la comunidad universitaria. Me llevo en la libreta la propuesta del rector Esparza y las preguntas que siguen en torno de una posible agenda colectiva que enfrente a estos desafíos. Y apunto un ánimo simple: que la Universidad no le vuelva a dar la espalda a nuestras desgracias.

Martes, 04 Octubre 2016 00:00

Mozart para Luis González de Alba

Del absurdo cotidiano (Publicado en Revista Nexos, 4 de octubre del 2016)

Hace años que Luis escribía como un condenado a muerte. A veces su textos daban miedo de tan lúcidos y tan necios, de tan valientes y tan violentos.
Luis fue durante muchos años un hombre alegre. Aún en los últimos tiempos, siempre con vértigo, mientras hablaba con el fervor de un adolescente, se veía feliz. Con todo, no me sorprendió, a pesar de la penumbra que siempre acompaña a la tristeza, que Luis hubiera decido dejar de vivir. Estaba en su actitud frente a la vida la certidumbre de que era toda suya. De que andaría en el mundo hasta que se le diera la gana, hasta cansarse de disfrutarlo. Hasta que la memoria se hartara de no olvidar el dos de octubre.
Respetuosa de su lucidez y de sus ocurrencias yo hubiera preferido que Luis no se matara. Pero no le falta lógica a lo que hizo. Ni a la premeditación que le dedicó.
La última vez que lo vimos le pidió a Héctor que fuera testigo de la entrega de sus papeles al Archivo Nacional. Yo volví a decirle que podíamos ir por él a Guadalajara cuando quisiera. Pero con la misma contundencia de otros diciembres volvió a responder que ya no quería viajar. Estábamos cenando en un restorán recomendado por él, en el que comimos lo que él ordenó y en el momento en que él lo pidió. Le gustaba mandar y lo dejamos.Esa noche todos comieron de su mano. Encantados. Escuchándolo contar el pasado y predecir el futuro sin la más mínima sombra de pena. Creo que dichoso de exhibir su pasión por contar y su gusto por saberse escuchado.
La última vez que hablé con él fue para preguntarle cómo hacer para mandar al Senado mi voto por Gonzalo Rivas Cámara para la medalla Belisario Domínguez. Se había vuelto su obsesión que se premiara a un hombre inocente que cambió su vida por la de muchos otros cuando en lugar de huir de la gasolinera que en que trabajaba murió para evitar una explosión que hubiera provocado la muerte de cientos de personas. Tenía razón. Muchas veces tenía razón. No sé si ahora, al quitarse la vida, bárbaramente libre de la que fue dueño cabal.
Habrá que oír a Mozart.



Requiem de Mozart-Lacrimosa

Habrá que oír a Mozart.


Vida y milagros
John F. Kennedy llegó al set de televisión en el que se transmitiría el debate entre él y Richard Nixon perfectamente arreglado, vestido con un traje obscuro, recién rasurado y con un peinado que lucía natural pero que no había dejado nada a la casualidad. Iba muy bien asesorado por los agudos publicistas emergentes que dominaban ya el novedoso lenguaje televisivo, por lo que sabían que en ese encuentro una buena imagen valdría mas que mil florituras verbales.
Nada volvería a ser igual después de aquel debate que se llevó a cabo en la tarde noche del 26 de septiembre de 1960. La barba de Nixon era tupida y había crecido durante el día. Como el hombre duro, necio y macho que era, se negó a ser maquillado pues le pareció un tema propio de mujeres y no de políticos recios como él.Llegó con un traje gris, que se perdió entre los grises de la televisión en blanco y negro y los grises de la pared del set, mientras que el traje oscuro de Kennedy resaltaba y le daba una imagen poderosa y atractiva. Ahí sí que carita mató a rollero. La imagen de Nixon, con el cutis sombreado por la barba crecida recordaba a la caricatura del villano Pedro el malo. Kennedy era un hombre que aparecía eternamente bronceado y fresco, en parte por los efectos secundarios que en él provocaba la enfermedad de Addison, una deficiencia en las glándulas suprarrenales que le da a la piel un tinte dorado. Como esa enfermedad se trata con cortisona, la cara de Kennedy lucía llena en un cuerpo esbelto; todo él proyectaba la imagen de salud y éxito que tanto gusta al público americano, aunque en realidad era un hombre seriamente enfermo. Bien asesorado ensayó sus gestos y movimientos para aprovechar y dominar las ventajas de la telegenia.
Nixon, un hombre sano que murió de edad avanzada, acababa de ser operado de la rodilla, así que el dolor lo hizo sudar y parecer cansado y enfermo, aunque estaba muchísimo más sano que Kennedy. En esa guerra de imágenes Nixon perdió la presidencia.
El primer debate entre Hillary Clinton y Trump tuvo una audiencia de cerca de 80 millones de personas. Por eso es muy interesante saber que hace 56 años, el de Kennedy-Nixon, el primer debate político televisado de la historia, tuvo una audiencia de 70 millones de personas, en una época en la que aún faltaba mucho para que en cada casa hubiera una televisión. Este dato de audiencia nos da una idea muy clara de la importancia que tuvo para la historia de Estados Unidos y del mundo la revolución de un debate cara a cara, en vivo y en directo.
Hoy el mundo vive una nueva revolución mediática tan grande como la que vivieron Nixon y Kennedy . Hay un cambio radical en la forma de hacer campaña y en la forma en que se comunican las propuestas e ideas o la absoluta falta de ellas. Los debates, aunque aún tienen su lugar, ya no se reducen a una cita acordada en un set de televisión. Aunque la forma de debatir es distinta en cada país, ya ni en México es posible controlar eso, aunque muchos políticos aún caen en la estúpida tentación de no asistir a ellos o de querer controlar los debates intentando imponer condiciones de cámara fija, con unas réplicas y contra réplicas ridículamente acotadas, donde por el tipo de tomas, los contendientes parecen estar solos dentro de una cabina como las que se usaban en los concursos de conocimientos . En debates importantes para elegir presidente o a un gobernador, las tomas solo se permiten de la manera acordada por el equipo que va dominando en la contienda, pretendiendo evitar así dar cualquier tipo de ventaja al adversario. Esa fea costumbre de proteger a los candidatos que van adelante espero que muy pronto desaparezca de nuestro país, si no por voluntad, sí por la presión social y mediática y por el riesgo de verse mal al mandar señales de cobardía, rigidez, falta de habilidad, y sobre todo, por el riesgo de proyectar una imagen anticuada como la que proyectó Nixon, quien no solo subestimó a su contrincante, sino a los nuevos parámetros impuestos por la tecnología. Él mismo reconocería después que dedicó muy poco tiempo a prepararse para el debate y que no hizo caso de sus asesores de imagen. ¡Igual que Trump! A favor de Nixon está decir que él nunca volvió a repetir el error de no escuchar a sus asesores durante una campaña. Trump dice que no los necesita.
Por lo pronto, en la contienda por la presidencia de Estados Unidos, las campañas y la guerras mediática se libran de tiempo completo y el pulso de los contendientes tiene que ser más frío que el de un francotirador. Los puntos se van sumando y restando en twiter, en facebook y en todo el enorme universo mediático de radio, tele y periodicos impresos y digitales. Lo que parecía ser una fortaleza de Trump, su larga trayectoria mediática, puede volverse en su contra por el absoluto abuso que está haciendo de los medios de comunicación. Su sobre exposición le está empezando a pasar la factura. El que mucho habla, mucho yerra. Interrumpir a Hillary y al moderador 57 veces durante el debate, dice más de él que lo que en sí quiso decir cuando interrumpió. Mandar un Twit a las tres de la mañana insultando a una ex Miss Universo no parece hablar a favor de la cordura y sensatez de una persona que pretende gobernar al país más poderoso del mundo. El desmayo de Hillary y su discreto y bajo perfil con respecto a los medios, supuestamente le costó perder ventaja contra Trump, pero la insensatez, la bravuconería y el espantoso copete de Trump que es lo más parecido a un algodón de azúcar amarillo pegado en la frente de un señor, espero que sean suficientes para hacerle perder la presidencia de Estados Unidos.
Datos curiosos del debate de hace 56 años: Quienes lo oyeron por radio dijeron que había ganado Nixon. A falta de medios modernos, Kennedy llevaba en tarjetas escritas con grandes letras azules las respuestas a probables preguntas. Nixon tenía más experiencia, pero Kennedy se preparó mejor. El debate duró solo una hora e incluyó turnos de presentación, preguntas de un panel de periodistas y una declaración final. El debate se centró en política doméstica y no en la internacional. Nixon era el favorito porque venía de ser Vice Presidente de Estados Unidos. Nixon era solo 4 años mayor que Kennedy pero su actitud y rigidez lo hacían parecer mucho mayor.
Si Kennedy no hubiera muerto asesinado tres años después, es muy probable que hubiera muerto muy pronto a causa de las complicaciones de la enfermedad de Adison, agravada por el estrés y las bombas de narcóticos y estimulantes para quitarle el dolor de espalda y mantenerlo despierto. Nixon fue presidente de Estados Unidos de enero de 1969 a agosto de 1974. Tuvo que renunciar por tramposo. Sobrevivió a Kennedy 31 años.

“La premeditación de la muerte es la premeditación de la libertad”.
Montaigne

Se ha quitado la vida Luis González de Alba, uno de los hombres más libres de México. Su muerte ha sido el acto último de su salvaje libertad.



Murió como vivió: como le dio la gana, ejerciendo sin límites su autonomía y su libertad, siempre su libertad, tanto en el ámbito público como en el privado.

La última nota que firmó, aparecida ayer en Milenio en su columna dominical Se descubrió que…, lleva por sarcástico título: “Podemos adivinar el futuro”.

Fue escrita el 4 de agosto, hace dos meses. Anticipa con claridad meridiana que se despediría del mundo ayer, por voluntad propia, en complicidad con el recuerdo obsesionado de su gran amor perdido, y con la media cita del verso que termina el poema Muerte sin fin, de José Gorostiza: “Anda putilla del rubor helado, anda, vámonos al diablo”.

Hace todo ese tiempo, por lo menos, que González de Alba había decidido morir ayer, 2 de octubre, la fecha que marcó su vida y marcó también su muerte, como dice Diego Petersen en una exacta semblanza del Luis González de Alba de los últimos tiempos, aquejado más por el vértigo que por el sida. (El informador, 3/10/2016)

Luis pasó las últimas semanas arreglando febrilmente con su editor de Cal y Arena, Rafael Pérez Gay, la cesión de todos sus derechos para la publicación de su obra, incluyendo dos libros ahora póstumos: su revisión cabal del 68 y una colección de artículos de divulgación científica.



Dejó la tarea de la edición de este último volumen en manos de Rogelio Villarreal, junto con las regalías correspondientes, en pago por su trabajo. Advirtió a Pérez Gay que su sobrino tenía el resto de los derechos y con él debía arreglarse.

El último correo que recibí de Luis, entró a mi servidor a las 6.01 de la mañana de ayer, con su columna de Milenio. A las 12.45 lo encontraron muerto en su casa.

Estoy triste pero no estoy de luto. No creo estar frente a una desventura personal, sino frente a una muerte elegida, que fue para su autor una liberación, el último acto de una vida salvajemente dedicada a ser libre.

Sé que Luis González de Alba murió y descansa en paz.

Mundo Nuestro. Luis González de Alba murió este domingo 2 de octubre a la edad de 72 años y 48 después de aquel infame 2 de Octubre de 1968. él fue uno de su más iconicos actores, y más con su novela Los días y los años, escrita en Lecumberri, la prisión donde el gobierno lo recluyó más de dos años. Controvertido y lúcido --un hombre libre, dice de él Héctor Aguilar Camín--, Luis fue uno de los más importantes intelectuales mexicanos en esa larga etapa de lucha por la democratización y la apertura de mentes de nuestro país. Y en todos los campos, y uno de ellos, de los más gustados, sus reflexiones en torno a la ciencia y la sociedad. Junto con Carlos Monsiváis y Nancy Cárdenas publicó la primera gran defensa de los homosexuales en México, y desde su actividad literaria y periodística contribuyó como ninguno a provocar desde la ironía y el humor ácido una severa crítica a la cerrazón machista de la sociedad mexicana. Fue, además, un riguroso crítico de la izquierda mexicana. Premio Nacional de Periodismo en 1997,fue hasta el día de su muerte, colaborador de la revista Nexos.

Presentamos de Luis González de Alba un texto fundamental de Luis publicado por la revista Nexos en 1998.

En esta liga puedes leer el último texto de Luis publicado por la revista Nexos en este mes de octubre que ya corre.



Los "cocolazos" (sic)

Este artículo abarca veinte años de vida homosexual en México. Por momentos es una crónica generalizada y en otros se asume como recuerdo personal que aspira a la sinceridad plena.

El joto del barrio

Una verdadera institución mexicana durante siglos, en los últimos veinte años el joto del barrio se ha convertido en una especie en extinción. Ha sido obra de la novedosa respetabilidad gay, y ésta es a su vez producto de la atmósfera democrática que de manera lenta se ha impuesto en la vida pública del país en tan sólo dos décadas. Al comenzar 1978 y aparecer el primer número de Nexos ya había terminado su sexenio Luis Echeverría, el último de los presidentes al viejo estilo. Su alardeada intención: la “apertura democrática”, se había hundido en una demagogia de frases citables por cualquier revolucionario, recepciones oficiales con agua de jamaica y bailes folklóricos de la simpática “compañera” María Esther. Las feroces proclamas echeverristas sólo distanciaron a los ricos, con todo y sus capitales, y llenaron al país de obras inconclusas y trazos con cal para cimientos. El inicio de la “docena trágica”. La apertura democrática naufragó finalmente en el remolino causado tras el torpedeo del barco Excélsior. Con José López Portillo se inicia la reforma política por la que se admite la existencia del Partido Comunista y la necesidad urgente de publicaciones que dieran oxígeno a una sociedad amoratada por otros diez años de asfixia luego de aquel breve respiro sesentayochero. Autoidentificado con Quetzalcóatl. López Portillo busca la refundación de una monarquía absoluta, pero bondadosa: la mítica Tula del rey Quetzalcóatl. A imagen de él, acabaría embriagado, si no de pulque, sí de petróleo y súbita riqueza. Sus afanes literarios, los propios y los de abolengo familiar, su “educación en la hidalguía”, según sus palabras, y su escaso contacto previo con el priísmo, consiguen el arranque de aquella prometida y pospuesta apertura democrática, sin bombo ni platillo ni discursos antiburgueses. A la sombra de ese despotismo ilustrado, brotan publicaciones, partidos, grupos y organizaciones sociales que ya desesperaban por romper el silencio monolítico de México, bien definido por Díaz Ordaz como el “islote intocado”, y que se habían comenzado a integrar en la cuasi clandestinidad.



¡Gulp!

El 2 de octubre del mismo año, 1978, en que aparece Nexos como parte de esa floración del desierto que sólo aguardaba una llovizna, la gran manifestación que conmemoraba los 10 años del movimiento estudiantil admitió un contingente inesperado: los militantes del FHAR, Frente Homosexual de Acción Revolucionaria, marcharon hasta Tlatelolco. En el Edificio Chihuahua, de infausta memoria, se había instalado, como aquella trágica tarde de hacía entonces diez años, el equipo de sonido. Desde el tercer piso, un maestro de ceremonias levantaba los ánimos de los presentes sobre la plaza anunciando la entrada de cada contingente. De pronto distinguió la manta del FAHR y, ya encarrerado, comenzó a leer con voz estentórea el nombre de la organización entrante: ” Y ahora llega el Frente… “, enmudeció aquella sonora y militante voz… “Llega el Frente… gulp… de Acción Revolucionaria”. Así adecentados entraron a la Plaza de las Tres Culturas los primeros homosexuales mexicanos organizados y públicamente asumidos.

Las preciosas ridiculas

Fue también hace veinte años cuando un grupo travesti organizó en el entonces Hotel de México una fiesta para elegir a la reina de la primavera. Tras de leer el reportaje con abundancia de colas, encajes y plumas, escribí un breve comentario con título molieriano: “Las preciosas ridiculas”. Decía, muy en resumen, que no entendía la insistencia de los travestís en imitar exclusivamente a las mujeres estúpidas. Iban al bote de basura a sacar de allí todo lo que el feminismo estaba tirando, pero nunca había visto a uno vestirse de Rosario Castellanos o de empleada bancaria. Por entonces, los gays no imaginaban otra disyuntiva que la del exhibicionismo absoluto o la del sólido clóset. El joto del barrio o la doble vida del que se casa aunque los ojitos se le vayan a la bragueta del cuñado. Contra esa disyuntiva, una minoría preocupada, de entre la minoría sexual, inició sesiones de lectura, de estudio, los primeros atrevimientos públicos como sector infinitesimal. En México, por nuestras mediterráneas costumbres, era difícil hasta la definición misma de población homosexual. Quién sí y quién no. Hace veinte años fue necesario comenzar por ese elemental acotamiento. Pero resultó que así pensábamos solamente una minoría de entre aquella minoría preocupada y subconjunto a su vez de la minoría sexual. Esto es, una minoría de la minoría de la minoría.

Que los golpean en sus barrios, se burlan de ellos, los acosan, los echan de su casa…, se me dijo, y todavía les lanzaba mis insultos. En una ocasión respondí más o menos lo siguiente: “Tienes razón: a veces los golpean, en otras se burlan de ellos, pero los mismos que les pegan y se burlan luego se los cogen y ya quisiéramos tú y yo a uno solo de esos padrotes de barrio que, cuando pasamos, ni nos ven. Y, por cierto, ellos tienen derecho a vestirse de jirafas, si lo desean, pero yo conservo mi derecho a reírme de sus disfraces”.

El acoso sexual

Me costó veinte años y aludes de cartas indignadas entender que a las mujeres sí, de verdad, les molesta e indigna el acoso sexual. De allí es fácil saltar al sufrimiento que debe padecer el joto del barrio por el acoso de los adolescentes deseosos de estrenar sus nuevas dotes. Nada más falso. A la mayoría de los hombres heterosexuales no les incomoda que una mujer, por ejemplo una compañera de oficina, les arrime las tetas, salvo que la insinuante sea verdaderamente horrible. Por el contrario, exceptuando al recién casado o al fiel a toda prueba, un hombre más bien exigirá, en cuanto la situación sea propicia, el cumplimiento de la insinuación. Les molesta, en todo caso, la posterior exigencia de acatar obligaciones sociales tras de la satisfacción presurosa en el baño. Por ejemplo, cuando la insinuante luego exige divorcio y abandono de los hijos. Pero ese acoso ya no es sexual. En cambio, ahora creo, e insisto: me costó años entenderlo, que a la oficinista sentada en su escritorio sí la ofende que uno de sus compañeros le ponga los huevos en el hombro o deje ver la erección que se carga. Pero un homosexual es un hombre y por lo mismo responde al acoso como un hombre. Así que tras el repegón en el metro más bien tiende a exigir el cumplimiento de lo prometido. El portero del edificio donde vivo recibía con frecuencia abiertos acosos, públicos y a gritos: “¡Mira, Roberta!”, gritaba algún jovencillo desde la calle. Roberto se asomaba sonriente al balcón. “¡Mira lo que te traigo! ¿Vas a querer?”. Y se apretaban la bragueta con movimiento de cadera que luego puso de moda un famoso diputado del PRI. “¡Sube! No estés allí nomás de ofrecido, a ver si ahora sí puedes, porque ayer no…”, respondía el aludido entre risas. Y así proseguían por varios minutos. Quizás eran los pasos de alguno de estos jóvenes los que, más tarde, descendían la escalera procurando no hacer ruido. La broma había dejado de serlo y el acoso estaba bien cumplimentado.

La literatura

Luis Zapata publica hace veinte años El vampiro de la colonia Roma, las andanzas y peripecias de un chichifo, como se le llama al que se prostituye con hombres manteniendo el rol activo, y su gran éxito entre los jotos del barrio. Poco después José Joaquín Blanco lanza su La vida es larga y además no importa. Yo tengo una colección de cuentos gays en el clóset (en ambos sentidos). Una llamada de José Joaquín me decide a romper el sobre donde se leía “ábrase 50 años después de mi muerte” y a publicarlos en la naciente y cuasi underground editorial de un amigo suyo. Aparecen como El vino de los bravos. El amigo de José Joaquín abandona la editorial, ésta deja de distribuir, hace libros horrorosos, finalmente quiebra. Aparecen otros autores mexicanos con temática homosexual, llegan los españoles y argentinos. Obras entre malas y pésimas suben a escena en los teatros. En cambio, el cine extranjero, incluido el español, nos envía cine que va de bueno a espléndido.

La vida nocturna

Hace veinte años, la vida nocturna gay era diurna: baños de vapor y enormes cines de tercera ofrecían la variante mexicana, y mucho más auténtica, a la abundante vida gay de los países desarrollados. En Nueva York existía el inolvidable Mineshaft, por el rumbo de los muelles donde barcos y trailers traen y llevan productos para los mercados. Una antigua bodega, con varios pisos, había sido adaptada como bar en donde todo podía ocurrir. Pero no tenía el sabor de lo prohibido. En México también ocurría de todo en cines y baños, pero nunca estaba uno seguro: ¿será policía?, ¿será una trampa?, ¿será buga, pero quiere? Siempre quedaba la fantasía de que se tratara de un heterosexual con ganas. Abundaban las historias del tipo: me dijo que su mujer está a punto de parir y lleva por eso meses aguantándose. Esa fantasía es imposible en un bar civilizado de Berlín, París o San Francisco. En la Zona Rosa existía el Bar 9, con demasiados aromas a loción cara en los muchachos y a buenos perfumes en las abundantes mujeres heterosexuales que asistían porque tenían amigos gays, son las joteras o fruit flies. En Le Barón (que escribían de forma espantosa como L’ Barón), reinaba ‘ el mal trato desde la entrada hasta la hora de salir, casi siempre ya al rayo del sol, hasta en día de elecciones presidenciales. Sólo siendo propiedad de algún muy, pero muy alto político habría podido cometer tales faltas impunemente. De pronto se sabía de algún nuevo bar. Casi nunca era nuevo, sino algún bar con bajas ventas que decidía poner manteles color de rosa para, según los dueños, hacerlo gay. Duraban poco. No eran para el joto del barrio, sino para el homosexual de clase media, casi siempre viajado y, por lo mismo, decepcionado una y otra vez por la oferta. Más que a las clausuras por parte de la autoridad, los pretendidos bares gay debían su fracaso al desencanto de la clientela.

La vida cotidiana

Hace veinte años la música en las discotecas era la de Noche de sábado y todos bailábamos como John Travolta. Pero el espíritu de la época, al menos por los rumbos de la izquierda, sea eso lo que sea, quedó para siempre ignominiosamente marcado por una publicación de Rius sobre los “travolteados” en donde, basándose en la ciencia del materialismo dialéctico, demostraba la alianza entre Travolta, los jotos y el imperialismo. El diario de la intelligentsia por entonces era el unomásuno. Allí aceptó Carlos Payán publicar un largo texto describiendo la redada con la que habían cerrado uno de aquellos efímeros bares gays: El Topo, a un costado nada menos que del Monumento a la Revolución. Todavía se acostumbraba que los errores en los trámites o en el manejo del bar los pagaran los clientes. Así que la misma noche en que lo conocí terminé en los sótanos de la Delegación Cuauhtémoc, sin saber, como todos, de qué se nos acusaba. Nos soltaron al amanecer. Cuando Payán, subdirector del unomásuno, leyó el relato, a pesar de extenso decidió publicarlo sin decir una sola palabra ni entrar en aclaraciones: era la primera vez que un líder del entonces no lejano Movimiento con m mayúscula, el del 68, era detenido en un antro… gay.

Muchos comenzamos a pensar por aquella época que realmente éramos iguales a todos salvo en un gusto particular. Como quien prefiere melón y no sandía, para decirlo con una frase popularizada por el entonces presidente de la República, José López Portillo. O bien “un lunar en la rodilla”, con nombre de viejo artículo muy felicitado por Pablo Pascual. Esto es, si resulta natural comentar los buenos senos de una mujer, pensamos que se podían comentar los fuertes brazos o los bigotes de un hombre. Han pasado veinte años y ahora veo el error. Ejemplos breves: el más cercano de mis amigos en el medio de la política, el más cálido, el más amigo amigo, Pablo Pascual, murió recientemente. Era el único lo bastante cercano como para llamar con un simple: “¿cómo estás, cabrón?”. Esto es, una llamada para nada, como hacen los amigos, sólo por oírse, ya que no se ven mucho. Con todo, hasta su funeral no supe que tenía otros hijos, además de la mayor a quien sí conozco. No los vi. No sé sus nombres. No sé cuántos son. Entonces caí en la cuenta de que tampoco pisé nunca la casa de Pablo, de que no sé ni el rumbo. Salí confuso, enojado, doblemente triste y, habiendo ido ya a su funeral, no quise ir al homenaje posterior. “¡Carajo, pinche Pablo!”, le habría dicho, “que entre tanta llamada no fuera importante una para decir ‘fíjate que acabo de tener un hijo’ “. ¡Nada menos! Le habría preguntado con quién, porque tampoco tuve claro, hasta ya cerca de su muerte, que Gabriela era su mujer. Lo suponía viviendo en la casa de su infancia y sólo ese teléfono tuve. Al invitarlo siempre consideraba un solo lugar en la mesa. Eso produjo al menos una situación delicada, digamos, en una ocasión en que yo no la esperaba y no cabía ni un plato más, pues todo mundo había llegado con invitados extra.

Lo mismo me sucede con el más cercano de mis médicos, a quien trato hace más de veinte años. Quien nos ve en la sesión de una hora creería que somos grandes cuates: jamás he estado en su casa. De otros miembros de mi generación, con quienes suponen mis peores detractores que hay una gran amistad, he recibido una invitación en la vida, dos, ninguna. (Y no es éste un llamado a que lo hagan). Por otra muerte, la de Cristina Payán, leí en las esquelas los nombres de sus hijos con Carlos, a los que tampoco he visto, a pesar de que con una cierta frecuencia, sobre todo años atrás, comimos o cenamos juntos en mi casa. Por años busqué a un amigo, de los que así llamo, pero jamás veo, para darle una explicación y una disculpa que él merecía. No he podido hacerlo en 10 años. Tengo especial afecto por otra amiga, también de las que nunca veo, aunque siento un gusto enorme cuando me la encuentro y conversamos con gran facilidad. Hace un par de años coincidimos en una reunión. Iba con un hombre del que yo ignoraba, hasta ese momento, que fuera su esposo desde hace muchos años.

Se me dirá que quizás es la ciudad, duplicada en estos veinte años, el tránsito, el módem por el que ya no es preciso encontrarse en las redacciones donde unos y otros colaboran. El ahogo de la vida cotidiana en una ciudad sin cielo. Quizá. Pero creo que no. Es más bien la sexualidad desconocida, el abismo. Para decirlo con la frase que el médico citado emplea para definir la histeria: “Sí, pero no; no, pero sí”. Eso me digo. Y siento que me equivoqué, cometí un error de tono. Alguna vez pensé que las mujeres eran iguales a los hombres, lo creí porque eso decían las de avanzada. Pero, si acaso lo eran, ¿por qué no habría de gustarles lo que tanto atrae a los hombres? Por la autorrepresión a la que someten sus deseos, fue mi conclusión a partir de una premisa falsa, pero validada por el feminismo de esa época. Ese fue un traspié cuyo costo fueron nada más cartas e impopularidad. Corregí la premisa inicial: no son iguales, y la conclusión se derivó natural: por eso no les gusta lo que a mí me gusta. Después pensé que los hombres también eran iguales, ya fueran homo o heterosexuales. Otro traspié. Pero en este caso no hubo reclamación alguna. Únicamente un paulatino silencio que tardó años en hacerse evidente.

Yo no soy… pero si fuera

No todos se alejaron del abismo. Algunos se dejaron caer en él con fruición. Uno en particular, fue un gozo que duró meses y no se fue al pozo. Comenzó hace también veinte años, cuando todavía me emborrachaba con ellos en fiestas horribles donde siempre había que salir a buscar otra botella. Estábamos M y yo en la calle, recargados en un coche. Siempre nos habíamos tenido especial simpatía. Pero, como los heterosexuales respetan a sus amigas, de igual forma no salta uno sobre sus amigos. Quien saltó fue él:

—Tú sabes, pinche Luis, que yo no soy puto; pero… si algún día decidiera probar… me gustaría probar contigo… —dijo con su conocida sonrisa picara y sincera.

—¿Y quién te ha dicho a ti, pinche M, que yo aceptaría?

—¿Cómo?

—Eso, cabrón, eso que oíste: por qué supones que bastaría con que tú quisieras probar conmigo.

—Oye, tienes razón. O sea… o sea que es igual que con nosotros… si a mí no me gusta una vieja no me la cojo.

—Igualito, estúpido, igualito… pero… bueno… no te decepciones… lo cierto es que… no te diría que no.

Surgió una extraña amistad donde sólo se hacía lo que él deseaba y hasta donde deseaba. Fueron meses de salirse de las fiestas para ir a comprar las siempre faltantes botellas, seguirle las borracheras, seguirle también las meadas, como en la boda de otra amiga. Resulta de que éramos una palomilla un tanto pesada y nos habíamos colgado en esa boda. Así que los meseros empezaron a sacarnos las sillas en cuanto levantábamos tantito las nalgas para alcanzar el ron. Ante la evidencia comenzamos a retirarnos de mala gana. M iba escandalosamente abrazado de mí, luego, al pasar frente a la madre de la novia y sus mejores amigas, se sacó el pito, comenzó a mear el pasto en eses y, parándose bajo un candil de plástico, de esos que ponen en los toldos de jardín, me besó doblándome sobre uno de sus brazos. Sí, sí, como el póster de Lo que el viento se llevó.

En distinta ocasión, cuando otra amiga inauguró su casa, M se plantó a media sala y lanzó un risueño reto:

—Pinche Luis, eres un culero…

—Por qué, pinche M.

—Porque sólo me besas cuando estamos solos. Te avergüenzas de mí—dijo en falso tono dramático e hizo la caricatura de un reclamo sentimental—. Pensé que me querías, pero, oh, oh, ay, sólo soy tu burla…

Me ganó la risa y la simpatía y, también, una gran ternura interior, porque así como estaba, ahogado de borracho, algo del sainete era verdad.

—Claro que no, pinche M, te quiero mucho.

—Demuéstramelo, demuéstramelo, a ver, bésame aquí, en medio de todos.

M lo dijo riéndose, pero se hizo un silencio. Me sentí cohibido, hasta sonrojado. Y no me atreví.

—Pues bésame tú. Aquí estoy, hay la misma distancia —dije cubriendo mi súbito acceso de cobardía.

—¿De veras? ¿Te beso?

—Si quieres besarme, bésame.

El silencio era expectante aunque M seguía bromeando. Todavía repetimos algunas veces más el diálogo anterior, como todos los borrachos: “que te beso”, “pues bésame”. Y así por largo rato. Finalmente M se acercó, se inclinó hasta mí y con toda la lengua afuera inició no un beso, sino un beso y un largo lengüeteo por toda la cara, una ensalivada con bacardí hasta las cejas. También entonces me vi mal, pues fui yo quien percibió la mirada de las dos amigas a un lado, a quienes M no les simpatizaba, como no le simpatizaba a casi ninguna de las mujeres de nuestro grupo, por macho típico. Vi sorpresa, pero también una cierta repulsión por tanta saliva, supongo, vi desagrado por M, ¿o por mí? Corté el beso. Pero esa noche llegamos a lo más que llegamos. Me pidió salir a un baldío. Debo decir que un baldío de noche para mí es la más alta excitación erótica. Cuando terminé, únicamente yo, M lanzó con enojo el buche a un lado sobre las yerbas, le cayó todavía más sobre la cara en lo que se puso de pie y, furioso, regresó al interior de la casa. Lo busqué preocupado.

—M, disculpa, me hubieras prevenido y lo evito. Pude haberlo hecho, créeme. No pensé que te fuera a molestar. Pero, ¿no sentiste que ya venía?

—Sentí cuando ya me los estabas echando, pendejo.

Me seguí disculpando. Dejó de hablarme casi un año. Luego reincidió.

Unas semanas después, el comentario de un amigo fue el siguiente: “Ya te vi, besuqueando a M”. No podía ser sino yo quien lo besuqueara, después de todo el decente y mujeriego era él. ¿Aprovechándome de su borrachera? Fue lo que faltó decir. No pude responder porque tenía un nudo en la garganta.

Este fue un romance light y encantador. Otras súbitas sorpresas fueron sórdidas y desagradables. Pero algo comprueban: la existencia de un riesgo inaprehensible. Aunque prefirieron creer que el riesgo era otro. Alguna vez, en una más de aquellas frecuentes fiestas y borracheras de las que ya no sé, estaba con una amiga de muchos años atrás, recientemente ingresada al grupo por haberse casado con uno de sus líderes más respetados. La conversación fue larga porque teníamos mucho sin vernos y, por casualidad, en una recámara donde estábamos solos. Al cabo de un rato entró su esposo, el mismo para quien había estado besuqueando a M. Fue extraña su actitud, interrogante, expectante. Su esposa y yo quedamos en silencio un instante tal vez demasiado largo, luego lo invitamos a unirse. Conversamos un rato más ella y yo, con escasa o ninguna intervención de él y salí. Afuera me recibió el comentario de otro, el único del que nunca me sentí amigo, y dueño por cierto de aquella casa en cuya inauguración ocurrió lo de M:”Bueno, cabrón, defínete: uno está muy tranquilo contigo y a la mejor en lo que andas es en bajamos a la vieja”.

El deseo es oscuro, como diría Buñuel. Y en esa oscuridad del deseo ya no estaba claro cuál era el motivo por el que no deberían estar tranquilos. Pero el hecho es que no lo estaban. Ahora, veinte años después, debo admitir que así como fue evidente que hombres y mujeres no piensan ni desean igual, tampoco homo y heterosexuales pueden sostener una relación abierta. No resultó cierto, querido Pablo, a pesar de tu frecuente citar aquel título mío, que la homosexualidad no sea más importante que tener o no tener un lunar en la rodilla. No es lo mismo qué buenas tetas que qué brazotes. La civilidad lo admite; el corazón, no. Las sonrisas se congelan. Es un error de tono, dije antes. Pero es mucho más que eso. Es una imposición, forzada y disgustante, como todas las imposiciones. Lo peor es que esa actitud incómoda se me ha hecho costumbre y ya no advierto cuándo una expresión, en apariencia trivial, resulta inquietante. Entonces me reprimo, no cuento el chiste que me sé cuando todos cuentan chistes. Y por ese camino, de pronto me descubro teniendo con mis antiguos amigos, a los que ya no veo, lo que se llama una conversación cortés. Es exactamente lo que se tiene con los desconocidos.

Mundo Nuestro. El siguiente es el Pronunciamiento del Posgrado de Sociología de la BUAP frente al feminicidio de Tania Verónica Luna.

A la sociedad civil mexicana e internacional
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