Jazz en el Mendrugo

Dantor Quartet es un proyecto musical con origen Argentina - México que fusiona raíces de músicas del mundo, brindando un sonido fresco en cada una de sus composiciones.


Viernes 19 / 21 hrs / $100
Reservaciones: 3268060 y 3268062



Vida y milagros

“Muchos de nuestros sueños no se cumplirán, pero en su búsqueda, cada sueño nos alentó a ser y entender quiénes somos.Clint Eastwood, Los puentes de Madison.



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VII. Cartas a Natalia



A los dos días de la muerte de mi padre me hice cargo de ir a recoger sus objetos y papeles personales a la oficina en la que había trabajado los últimos 15 años. Había estado casado con mi madre 21. Sentada ante su escritorio, durante dos horas entré en el mundo de un hombre que a mí me había parecido hasta entonces tranquilo y predecible. Varias hojas amarillentas escritas a máquina contenían los trozos de un diario fechado en Milán, en febrero de 1946. El diario estaba firmado con tinta verde con el nombre de Carlo y en él relataba su proceso de abandonar Italia. Volé sobre las palabras en que relataba las hambrunas del final de la guerra y la visión de los edificios de la antes señorial Avenida Italia ennegrecidos por las bombas. Aquí y allá las paredes estaban pintadas con palabras de “Muerte a fulano”, “Muerte a Zutano”. Odio, odio, odio, como el saldo del huracán que todo lo destruyó. Contaba como miró pasar en la estación del tren a los soldados americanos, bien alimentados, abrazando a jóvenes italianas a las que seducían con chocolates mientras él esperaba en la estación el tren helado y sin ventanas en el que viajaría rumbo al puerto de Génova para tomar el barco destartalado que lo regresaría a México. Describió en pocas imágenes lo que era PERDER LA GUERRA, una guerra de la que nunca nos habló. Hablaba también de la idea fija de VOLVER A CASA. ¿A cuál casa?, me pregunté entonces, ¿Y por qué se había ido?

Del pasado de mi padre antes de casarse con mi madre casi no sabíamos nada. Del orden interno de su familia, tampoco. En cambio de la familia de mi madre lo sabíamos casi todo.



En nuestra casa familiar mi padre no tenía fotos de su familia, sus papás murieron antes de que tuviéramos edad para extrañarlos, veíamos poco a sus hermanos y de su juventud solo había una pequeña foto de él vestido con un uniforme militar, mirando directo a la cámara con una mirada desafiante y fiera, lleno de belleza . Una foto a la que empecé a mirar como si pudiera responder al enigma. De sus cosas personales guardé una estampa de la Plegaria Simple de San Francisco escrita en italiano y unas pequeñas tijeras labradas para cortar papel.

Un mes después de su muerte a mi casa llegó una carta a nombre de mi padre. Traía timbres extranjeros y un remitente en Milán. Curiosa soy, así que abrí la carta y de entre los pliegos de papel cayó una foto fechada en 1943 en la que aparecía él, con el mismo uniforme de la otra foto y tomando por los brazos a una mujer joven y rubia, de amplísima sonrisa. La carta, que luego se perdería en una mudanza, decía así: “Carlo: Han pasado muchos años y sé que cometí muchos errores. Quizás no quieras saber nada de mí, pero por los viejos tiempos quisiera saber qué fue de ti, qué hiciste con tu vida. Escríbeme: Italia.” Otra vez Carlo, no Carlos.

Guardé la foto y la carta pero le contesté a esa extraña mujer con nombre de país que vivía en La Vía Capone 12, en Milán. Le conté que mi padre había muerto hacía apenas un mes, que yo era su hija, y que me parecía justo que supiera que, según yo, mi padre había sido razonablemente feliz; le conté que se había casado con mi madre, que le gustaba mucho escribir, que odiaba el ruido y que había tenido cinco hijos. Durante un tiempo nos carteamos a espaldas de mi madre, a la que no consideré apta para estar enterada de dicha correspondencia. Así me enteré que esa mujer había sido más que su novia, que habían vivido la experiencia de una guerra atroz y que en general sabíamos muy poco de ese otro hombre que había sido mi padre. Se iniciaría así un camino de descubrimientos que a lo largo de los años y por una serie de eventos que yo atribuí a la casualidad nos llevarían a entender de quién veníamos y qué habíamos heredado de ese lado tan poco conocido de nuestro padre y su familia. Qué paradoja: los hijos de un doble desterrado, de México a Italia y de Italia a México, habíamos sido desterrados de su pasado.

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El último viaje del péndulo dorado

Nos tardamos muchos años en armar el rompecabezas de su otro mundo, en enteramos de sus sueños, de sus errores, de su absoluta pasión por otro país que no era México, de sus lazos entrañables con su familia italiana, del porqué se quedó en una guerra que sí era suya, y también de lealtad a su padre, y no ajena e impuesta como pensamos muchas veces; supimos que Enzo Ferrari había sido su maestro de aerodinámica en la universidad, de su gusto por la alta velocidad, por el dibujo y el diseño, los motores, los coches y las motocicletas, sobre su ejercicio del periodismo deportivo y su afición por escribir. Poco a poco supimos que había sido un hombre con el corazón dividido entre dos países, de personalidad enigmática y compleja y que ese señor al que ingenuamente consideramos apacible durante su breve estadía en nuestras vidas, había sido todo menos predecible.

En 1988 Ángeles mi hermana y yo viajamos a Milán y fuimos por primera vez a Stradella, a tratar de entender y a conocer el lugar de dónde había emigrado mi abuelo paterno, un pueblo de viñedos a una hora de Milán. Nuestra guía fue la vieja prima hermana de mi padre, huérfana desde muy joven y acogida en la casa de la familia paterna desde niña. La tía Angelina era una mujer solitaria pero conversadora y comunicativa. Ella nos terminó de aclarar el desencuentro con Lía, a la que yo conocí como Italia y que merece una historia aparte.

La tía Angelina nos enseñó las cartas que mi papá envió a Italia después de años de silencio y poco antes de morir; hablaba de cuánto los extrañaba e iba cerrando círculos como si él presintiera que se iría pronto, aunque para nosotros su muerte fue prematura e inesperada. Ella nos mostró otra parte de la punta de la hebra que luego Sergio, el más curioso de todos los hermanos, reconstruyó cuando preguntó a mi mamá por la viejísima maleta de cuero negro llena de fotos, cartas y relatos escritos en español y en italiano que siempre estuvo en nuestras narices en el pequeño clóset de mi papá. Mi madre entregó los que había encontrado en la maleta perfectamente archivado. De novia de mi papá aprendió un perfecto italiano con las monjas de Chipilo, pueblito de migrantes del norte de Italia, fundado en 1895, ubicado a 16 kilómetros de Puebla, así que colaboró con Sergio a traducir impecablemente las cartas del abuelo a su hijo al que se dirigía como “Carlo”. Sergio se encargó de recopilar y ordenar todo con la sabiduría y el oficio periodístico heredado de un padre al que solo disfrutó quince años. Mi madre se encargó de confesar que las cartas de unas novias las había quemado por no considerarlas de interés para nadie. De esa compilación de Sergio, de los escritos de mi padre en México y de otros relatos y textos surgió el libro “Memoria y Acantilado”, la historia junta de Carlo y de Carlos.

¿Por qué hurgar en el pasado? ¿Por qué hacerlo si el dueño de ese pasado lo sepultó y nos lo hizo desconocido? ¿Había detrás de ese deseo uno más profundo de que lo supiéramos todo al conservar la maleta negra cuya existencia registró y recuperó la memoria del niño que era Sergio? No lo sé con certeza, solo sé que al final, cuando conocí la historia antes oculta de un hombre inolvidable, una parte de mí acabó de encajar y de estar completa.

Sábado, 13 Mayo 2017 00:00

Escenas del huachicol poblano

Mundo Nuestro. Sergio Mastretta ha escrito este texto para la revista Nexos. Los hechos del 3 y 4 de mayo pasado dan una idea del grado de violencia al que se ha llegado en el estado de Puebla por la acción de las bandas criminales dedicadas al robo de combustible, de la bAse social que el crimen organizado ha logrado generar en decenas de pueblos de la región que cruzan los ductos de PEMEX, y de la errada solución militar que los gobiernos en México quieren darle al conflictivo proceso que se vive en regiones como la de el llamado Triángulo Rojo. A la vista los soldados muertos. En el suelo el cadáver de un hombre sometido al que un soldado ejecuta de un disparo en la cabeza. En los hechos unos gobiernos federal, estatal y municipales fallidos que ahora rasgan sus vestiduras y lanzan a la guerra al ejército. En el horizonte una realidad que hace tiempo nos ha rebasado a todos.

Presentamos el arranque de la crónica sobre esta compleja región del centro del estado de Puebla.



De todo se puede ser en la tierra del huachicol si has nacido en algún pueblo plantado entre Tepeaca y Tecamachalco.

Lavador de cebollines para los horticultores de Palmarito. Asociado de una cooperativa que empaca brócoli para Walmart y su programa “Pequeño Productor Cuentas con Nosotros”. Tal vez obrero de la cementera Cruz Azul en el cerro que pelan frente a Palmarito y Xaltepec. Bracero por contrato en los campos de riego de Canadá, y para eso puedes ser de cualquier pueblo. Madre soltera asalariada empacando huevos en uno de los corralones de Bachoco en Tecamachalco. Productor de maíz si eres de la Colonia Rubén Jaramillo y tienes riego del canal de agua contaminada que viene desde la presa de Valsequillo. Costurera para la maquiladora coreana en Quecholac. Peón en los campos de San Pablo Actipan y ganar 120 pesos más la comida. Cucharero en una obra de Lomas de Angelópolis en Puebla si naciste en San Mateo Parra. O mariachi en San Francisco Mixtla y en tus ratos libres sembrador de frijol. Y si no, tejedor de gabanes en San Simón Coatepec. O productor de colchones de pobre en Tlanepantla. O vendedor de los espejos que producen en Santa Isabel Tepetzala. También chofer de ADO si eres de San Nicolás Zoyapetlayocan, pueblo donde no hay familia que no haya acomodado como chofer a alguno de los suyos. O productor de flores en La Candelaria Purificación. O próspero propietario de una bodega en la Central de Abastos de Huixcolotla, y además tener una en las centrales de Puebla y México. Y qué tal si cantero en Santiago Acatlán, además de artesano fabricante de niños dios y borreguitos y hasta santos reyes de yeso monumentales para los nacimientos. En un descuido, hasta un reluciente obrero oculto entre los robots de los alemanes de Audi en San José Chiapa.

petroleo

Ilustración: Víctor Solís



De todo puedes ser. Esa mezcla de mil empleos en la que se convirtió el mexicano al que ya no tiene sentido llamarle campesino.

O simplemente el halcón de a 12,000 pesos en motoneta y en cualquiera del medio centenar de pueblos que en ratos tiene a sus familias metidas en el huachicol. Porque cualquier día aparece un tipo al que luego bautizarán como “uno de los señores”, que llega, observa, analiza, identifica, compra una casa, invita, paga una deuda, se hace compadre, regala una motocicleta, propone un trabajito, facilita una pistola. Y encuentra una familia en apuros, a un hombre sin chamba y ya tiene 53 años, y la mujer enferma, y tres hijos casados y todavía en casa y con salarios de 120 pesos.



Y ya entiendes el camino que algunos han seguido en estos pueblos. Porqué están en guerra.

Sigue en revista Nexos

Jueves, 11 Mayo 2017 00:00

El último viaje del péndulo dorado

Vida y milagros

Yo era una adolecente. En las tardes ociosas me gustaba la sala en penumbra de mi casa porque ahí estaba el tocadiscos con su música, mi cómplice de toda la vida, y además a la sala casi no entraba nadie. Estaba en la edad en que nuestros padres y sus vidas nos importan un comino y son invisibles para nosotros. Estaba en la edad en que también nos gustaría ser invisibles para nuestros padres y sus ojos vigilantes. Ahí, un ocho de mayo en la tarde, estaba repantigada en el sillón cuando vi entrar a mi padre al comedor, como cada sábado, a darle cuerda a un reloj de pared que mi madre había heredado de su abuelo. El reloj tenía números romanos y un gran péndulo dorado encerrado en una caja de cristal. Mi padre no me vio, pero yo lo vi a él concentrado en abrir el vidrio redondo que protegía la carátula del reloj y darle cuerda con todo cuidado. Me dio ternura pero no le dije que ahí estaba agazapada en el sillón. Quería seguir rumiando mis tonterías y amoríos adolecentes sin que nadie me molestara; eso no me impidió sentir cariño y una seguridad extraña que emanaba de mi padre y su rutina de darle cuerda al reloj cada sábado en la tarde. Se alejó silbando...lo hacía cuando estaba contento y tranquilo. Ya entonces no silbaba mucho, pero ese día todos sus pollos estábamos en la casa, en especial las dos mujeres, que estábamos entregadas a la aventura de estudiar en México, tragadas por la capitalota, como él le decía al DF. Le daba miedo que anduviéramos por ahí, como chivos sin mecate, trajinando en camiones y aventones a la universidad, en especial Angeles, que sufría de epilepsia y había decidido valientemente aventar su enfermedad a la basura, salir del capelo protector de mis padres e irse hasta la UNAM a buscarse una vida. -"Hoy puedo dormir tranquilo, están todos aquí", dijo esa noche antes de meterse a su cama con un libro. Una hora después, a las once, mi madre salió alarmada del cuarto y llamó a un amigo que era doctor. Mi padre había sufrido un derrame cerebral. Nuestro mundo cambió en ese momento. A nuestro círculo familiar, tan cercano, cálido y frágilmente seguro, había llegado a tocar la muerte. Dos días después mi padre murió. Solo mi madre estaba con él en esa madrugada del once de mayo. Ingenuos como éramos entonces, creíamos que se salvaría. Cuando llegamos al hospital su cuerpo tibio parecía dormido. Le dimos las gracias sin saber si los muertos escuchan, sin saber a dónde van, ni si nos oyen o nos pueden ver acongojados. Hay quien dice que sí. Ese mismo día por la tarde lo enterramos. Mi hermano Carlos les tenía terror a los velorios que acaban en jolgorio y corrillos de personas contando chistes. Todo en el entierro de mi padre fue sencillo, como su vida misma. Nos dimos cuenta esa tarde de cuántas personas lo querían. Llegaron convocados por la esquela de "La voz de Puebla", periódico en el que mi padre escribía todos los días, sin cobrar un centavo, porque para él escribir su columna que llamó "Mundo Nuestro" era un gusto. Como en un sueño o una pesadilla todo pasó a la vez, lento y rápido. La fuerza de mi madre ante la adversidad hizo que la casa siguiera funcionando esa semana, como si la rutina pudiera engañarnos, como si la comida servida en punto de las dos , cuando él llegaba, pudiera hacerlo entrar de regreso de su trabajo silbando como siempre. Una mañana de esa semana adversa, entré al cuarto de mis padres mientras mi madre dormía aún. Vi el espacio de mi padre vacío en la cama, y la mano de ella depositada sobre ese hueco, como si así pudiera tocarlo o convocarlo. Nunca la vimos derramar una lágrima. Yo solo vi ese gesto, ese brazo tratando de llenar el espacio en que ya no estaba su marido. El sábado siguiente, después de la comida, me volví a refugiar en la sala en penumbra. El tocadiscos estaba apagado. Mis divagaciones adolecentes ya eran otras, ya eran las de una mujer y no las de una niña estúpida. Pensaba en los labios delgados de mi padre, en su forma sensual de fumar después de la comida, en su olor a lavanda, en su forma de tratar con su vieja cafetera italiana cada mañana, en su voz, sobre todo en su voz suave que nunca nos hirió...En la sala en silencio solo me acompañaba el ir y venir del péndulo del reloj acompasadamente, como el latido de un corazón. Seis vibrantes campanadas me anunciaron la hora...y luego de nuevo el constante latir del péndulo dorado siguieron acompañando mis atormentados pensamientos...no sé cuánto tiempo pasó...quizás media hora...y entonces el péndulo se detuvo. Me vino a la cabeza con una nostalgia que espantaba, la figura de mi padre de apenas una semana atrás, entrando en el comedor a darle cuerda al reloj, como cada semana. Como una puñalada recordé que no seguí mi impulso de levantarme a darle un beso a pesar de la ternura que sentí al mirarlo. Fue en ese momento, con el último viaje del péndulo dorado, que supe de verdad que mi padre había muerto y que no lo volvería a ver nunca.

Mundo Nuestro. El proceso creativo no copia un modelo, entiende la realidad y la recrea. Así se lo plantea el proyecto educativo jesuita. En la realización de ese esfuerzo se produce la transformación social.

Y eso es lo que se quiere mostrar en esta Expo Ibero Primavera 2017, una muestra de vanguardia e innovación tecnológica.

En ella se exponen más de 400 trabajos de los seis Departamentos Académicos y áreas de formación social-integral de la IBERO Puebla; 300 del Departamento de Arte, Diseño y Arquitectura; 55 de Ciencias e Ingenierías; 29 de Humanidades, 22 de Ciencias Sociales, 19 del área de Servicio Social, 14 de Ciencias de la Salud, 10 del Laboratorio de Innovación Económica Social (LAINES), 9 del Área de Reflexión Universitaria y 9 del Departamento de Negocios.



El objetivo: impulsar la creatividad y el compromiso social. El espacio que presenta proyectos estudiantiles que contribuyen a la creación de mejores condiciones de vida en el país. Es una muestra del sentido de creatividad, intelectualidad y profesionalismo de los estudiantes y profesores de la Ibero Puebla.

"No hacemos trabajos para satisfacer egos, sino para beneficiar a la sociedad", dijo el Rector Fernando Fernández Font.

Estos trabajos --dijo--son claramente el resultado de esfuerzos y propuestas integrales e interdisciplinarias que ven más allá de sí mismas; desde las humanidades hasta las ciencias exactas. De ahí la importancia de entender al otro, lo cual nos da la pauta para generar puentes en estos tiempos de incertidumbre en donde los muros buscan instalarse para dividir, fragmentar más a una sociedad lastimada y débil."

Aquí, una reseña gráfica del evento.





Lunes, 08 Mayo 2017 00:00

Trump y la rebelión en la granja

El 26 de abril por la mañana, a días de cumplir 100 días en el cargo, el gobierno del presidente Donald Trump hizo público que Estados Unidos se salía del TLCAN. La noticia provocó la reacción inmediata al interior de ese país, sobre todo entre de los agricultores y ganaderos, y en los gobiernos de México y Canadá.

The Washington Post ha hecho un esfuerzo por reconstruir lo que sucedió ese día y lo que provocó que una decisión del presidente Trump, al parecer imprevista y desbocada, horas después fuera la contraria. El jueves 27 entrevistaron a Trump y otros integrantes del gabinete.

Al empezar a correr la noticia, que pronto se hizo mundial, dirigentes de organizaciones estadounidenses de productores de granos y de carne empezaron a llamar a sus contactos en la Casa Blanca manifestándose en contra de la supuesta decisión presidencial.

El tenor de las llamadas es que sus agremiados habían votado por Trump y éste no podía poner en riesgo sus ventas a México, su principal comprador, que en el 2016 importó 18,000 millones de dólares en productos agropecuarios y esa cantidad tiende a crecer.

Los productores de maíz amarillo viven de las ventas a México, en el 2016 exportaron 16 millones de toneladas por un valor de 2,600 millones de dólares. Los productores de carne de puerco 1,400 millones de dólares y los de lácteos 1,200 millones de dólares.

A la llamada de los dirigentes de las grandes organizaciones de productores de granos y carne siguió la de cientos de sus afiliados que hicieron presión directa, en el marco de una estrategia, sobre la Casa Blanca.

El presidente de México y el primer ministro de Canadá, al conocer la noticia, hablaron y acordaron tener una misma posición ante el gobierno de Trump; si se anuncia de manera oficial el abandono de Estados Unidos del TLCAN ambos países no volverían nunca más a la mesa de negociación.

De acuerdo con The Washington Post, el secretario de Comercio, Wilbur Ross, el de Agricultura, Sonny Perdue, y su yerno y asesor, Jared Kushner, hablaron con Trump, para ponerlo al tanto de la posición de los dirigentes agropecuarios, de los productores y de la postura compartida de México y Canadá.

Trump, dijo el periódico, “ya tenía todo listo para terminar el tratado. Ansiaba terminarlo. Lo iba a hacer”, pero dio marcha atrás ante los argumentos que se le dieron del impacto económico y político que su decisión tendría al interior de Estados Unidos y con sus vecinos.

La reconstrucción de los hechos realizada por The Washington Post plantea que Trump ya había decidido cambiar de opinión cuando el primer ministro de Canadá y el presidente de México lo llamaron, para manifestarle su preocupación y buena voluntad para renegociar el TLCAN.

Trump sostuvo en su retractación que “he decidido que en lugar de cancelar el TLCAN, que sería un gran shock para el sistema, vamos a renegociarlo” y añadió que “si no puedo hacer un acuerdo justo para Estados Unidos, voy a cancelar el TLCAN. Pero vamos a darle a la negociación una buena y fuerte oportunidad”.

Otra versión plantea que la idea de la ruptura del tratado era un proyecto del consejero Steve Bannon, en el entendido de que ésta gustaba a Trump, pero el sector realista, encabezado por Gary Chin, jefe de los asesores económicos, consiguió demostrar lo absurdo de la idea y Trump dio marcha atrás.

Este episodio pone a la vista, una vez más, de un lado las distintas posiciones en pugna que están presentes en la Casa Blanca, los ultraderechistas y los realistas o pragmáticos, y también la personalidad bravucona, veleidosa y contradictoria de Trump. Es cada vez más difícil que los gobiernos y los medios lo puedan tomar en serio.

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Agua para siempre y Ayoxuxtla de Zapata: dos experiencias que debemos convertir en política de Estado

Mundo Nuestro. Agua para Siempre y la posibilidad de imaginar un mejor futuro, y actuar para construirlo. Y desde Tehuacán encabezan con la UNESCO una fuerza mundial para impulsar el Desarrollo Sostenible. Se dice fácil: “Agua para Siempre” unirá fuerzas con la UNESCO, que ha convocado a esa organización poblana y su Museo del Agua “Agua para Siempre” para encabezar la fundación de una Red Mundial que se propone unir fuerzas y experiencia acumulada para difundir los nuevos Objetivos de Desarrollo Sostenible, promulgados por la Asamblea General de las Naciones Unidas, y promover su cumplimiento durante el período 2016-2030.

Así lo informan Gisela Herrerías, Directora del Museo del Agua y Raúl Hernández Garciadiego, Director de la asociación civil Alternativas y Procesos de Participación Social, ganadora de Iniciativa México en el Bicentenario.



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Vale la pena recordar la trayectoria de esta agrupación de la sociedad civil:

Tras casi dos décadas de acumular experiencia promoviendo el desarrollo regional sostenible, en 1999 se fundó el Museo del Agua “Agua para Siempre”, posicionándose como pionero mundial en educación ambiental para el desarrollo sostenible. Está ubicado en la Reserva de la Biosfera Tehuacán-Cuicatlán, zona mundialmente famosa por ser centro de origen de la agricultura mesoamericana al haberse domesticado en ella el maíz, frijol, amaranto, calabaza, chile y otros cultivos que forman el núcleo de la alimentación mexicana, que fue reconocida por la propia UNESCO como patrimonio cultural inmaterial de la humanidad. En el Museo se presentan los sistemas más valiosos de conservación de suelo y de captación y aprovechamiento de agua, que tienen sus antecedentes más antiguos en el complejo Sistema de Purrón.



El Museo del Agua “Agua para Siempre” ha organizado 2,200 actividades educativas, enriqueciendo la conciencia ambiental de 215,000 personas. Esta experiencia le permitirá enriquecer los planteamientos para alcanzar los 17 objetivos mundiales propuestos, que incluyen contar con agua limpia y saneamiento ecológico para cuidar la salud y mantener limpio el ambiente, consumir una alimentación nutritiva y balanceada preparada con prácticas higiénicas para combatir la malnutrición , así como crear innovaciones metodológicas educativas y organizativas y tecnológicas en procesos y equipos para generar empleos dignos y empresas sociales competitivas para superar la pobreza.

En la integración de la Red Mundial unirán fuerzas 18 países, de 5 continentes, cumpliendo con el Objetivo 17 de crear alianzas para alcanzar estos objetivos. La aprobación está programada para el día 4 de mayo de 2017



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Vida y milagros

Pasé el fin de semana pasado en la ciudad de México. En la autopista y en distintos puntos de la ciudad vi muchos anuncios de Rafael Moreno Valle promoviendo su libro "La fuerza del cambio", y digo "anuncios de Moreno Valle" porque no acabo de creer que una editorial gaste tantísimo dinero en promover el primer libro de un escritor desconocido. Sé que así no lo hacen las editoriales. No es creíble la explicación que él mismo dio en la entrevista que le hizo Carlos Loret, de que Porrúa pagaba tantos espectaculares y anuncios radiofónicos a cuenta de los derechos de los dos siguientes libros que va a escribir. ¿Miguel Ángel Porrúa es pitoniso? ¿Sabe de antemano que el supuesto éxito de los siguientes libros pagará el gasto de espectaculares que igual se ven en Cancún, en Jalisco o en Nuevo León? ¿Cuánto vale eso? Ni García Márquez hubiera logrado un arreglo tan exitoso. En fin, no hay un solo presidenciable que no le esté dando vueltas a la ley y haciendo actos anticipados de campaña. Ya que quiten esa estúpida prohibición a la que todos burlan y el INE consiente. Eso y no otra cosa son esos anuncios del libro de Moreno Valle. Podría ser un libro magnífico, pero es realmente un truco para la enorme publicidad anticipada de una campaña política que la ley prohíbe y que se presta a disfrazar una casa editorial.



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Ahora, como dice el dicho, del plato a la boca se cae la sopa y papelito habla. En la síntesis que la editorial presenta del libro dice, textual "que Rafal Moreno Valle comparte su origen familiar, su preparación académica y profesional y los resultados de gobierno respaldados por evidencias....." "... los avances logrados en los DISTINTOS INDICADORES muestran cómo Puebla inició el cambio que México necesita". Así dice la página www.porrua.com.mx. Sin embargo el libro en que el ex-gobernador y neófito escritor exalta su propia trayectoria cayó desojado con todo y los sueños del señor Porrúa de recuperar su supuesta inversión ante los últimos hechos de violencia que a partir del martes dos de mayo han puesto a Puebla en todos los encabezados de periódicos y portales del país. El asalto a una familia que venía de México hacia Puebla a la altura de San Martín conmovió hasta los periódicos extranjeros. El saldo de un bebé muerto de un balazo y la violación de la mamá y su hija de 14 años nos han dejado helados a todos. Hoy se achaca el crimen a una banda delincuencial ligada a la ordeña de ductos que abarca un territorio que va desde San Martín hasta Libres, Quecholac, Acatzingo y las colindancias con Orizaba, y pone a Puebla como el estado con más tomas clandestinas del país.



El miércoles y jueves de la misma semana, Palmarito Tochapan, junta auxiliar de Quecholac, ardió en un enfrentamiento entre militares y las comunidades a las que el tráfico de gasolina y la ordeña de los ductos de Pemex les han cambiado la existencia radicalmente. El saldo es de 10 muertos, muchos heridos, varios detenidos y toda una comunidad en pie de guerra. Cuatro soldados murieron en el enfrentamiento, y el jueves la supercarretera Puebla-Veracruz fue bloqueada de ida y vuelta con montones de llantas encendidas en el tramo de Quecholac. Al mediodía del jueves escuché parte de la entrevista que López Dóriga le hizo al gobernador de Puebla José Antonio Gali a raíz de estos sucesos. Oyéndolo me pregunté: ¿Cómo y a qué hora se hundió Puebla? ¿Qué decían los indicadores que el libro menciona? Gali hizo énfasis en que su mandato empezó hace cien días y aunque le es difícil deslindarse del todo del desastre de la violencia derivada del descuido de la administración anterior, dio datos que empiezan a marcar una diferencia en cuanto a la prioridad que se está dando obligados por los graves hechos de las últimas semanas.

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El 9 de marzo de 2017 fueron secuestrados y asesinados tres policías de la fiscalía de secuestros y delitos de alto impacto precisamente en esa zona. Sus investigaciones se habían acercado demasiado a una banda delincuencial ligada al secuestro y a la ordeña de ductos. En el crimen estuvieron involucrados el presidente municipal de Atzizintla y varios policías municipales, quienes detuvieron y entregaron a las víctimas a la banda del Buchanans, mismos que fueron detenidos en el operativo Encrucijada, en el cual participaron fuerzas federales y estatales. Ante la debilidad de las instituciones de seguridad pública poblanas el gobernador Gali convocó a una mesa de trabajo interinstitucional y pidió el apoyo de la federación y el ejército. Tantos años de abandono tenían al gobierno estatal contra las cuerdas. Por eso durante la entrevista Gali fue contundente en reconocer lo indispensable de la colaboración con la federación en este momento y lo agradeció repetidas veces. Simplemente el estado por sí solo no tiene con qué enfrentar el colapso de la seguridad publica en el llamado "triángulo rojo", aunque sí dio un dato que deja mucho que pensar: en dos meses el gobierno del estado de Puebla y la PGR han decomisado un millón de litros de combustible robado. En todo el año pasado solo se decomisaron doscientos mil litros. Y es ahí en dónde obligadamente se vuelve al tema del libro de Moreno Valle y su tesis e indicadores de un gobierno, el suyo, que sí supo cómo gobernar.

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En diciembre de 2010, en los últimos días de Mario Marín y a unos días de que iniciara la administración de Moreno Valle, la fuga en un ducto de Pemex que estaba siendo ordeñado explotó y dejó un saldo de 39 civiles muertos. El problema de la ordeña estuvo en focos rojos desde el inicio de la nueva administración, y no sólo no fue priorizado y atendido con toda la fuerza del estado, sino que hace ya dos años que el Director de la Policía Estatal Antonio Estrada López fue detenido justo en esa zona por miembros de la PGR y la Marina en una madrugada en que Estrada acompañaba y protegía la ordeña de un ducto desde una patrulla. Ahí, con las manos en la masa le cayeron y se lo llevaron detenido a México. El operativo de la Marina y la PGR se mantuvo en absoluta secrecía y fue el fruto de una larga investigación. El hecho le costó el cargo un mes después a Facundo Rosas, el Secretario de Seguridad Pública durante los primeros cuatro años de la administración de Moreno Valle. El procurador del estado era Víctor Carrancá, quien hasta la fecha permanece en el cargo pues fue ratificado en 2016 por el congreso actual hasta el año 2022.

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Moreno Valle logró como gobernador muchas de las cosas que se propuso, en particular la modernización de la infraestructura en la capital del estado y zona metropolitana, privilegiando obras de alta visibilidad que detonaron para bien el potencial turístico pero también su imagen. Para desgracia de todos descuidó enormemente el tema que más preocupa a los mexicanos: la seguridad pública y la impartición de justicia, temas hacia los cuales demostró un profundo desinterés y a los que él y el congreso les redujeron el presupuesto de manera alarmante. Nada deja más claras las prioridades de un gobierno que el revisar presupuestos que se destinan a cada tema. Los ministerios públicos del estado trabajan con poquísimo personal y en condiciones lamentables. El poder judicial está disminuido, Las policías estatales y municipales son como casi todas las del país, débiles, mal pagadas y poco confiables.

Moreno Valle mantuvo una permanente campaña mediática durante su gobierno, siempre centrada en que él si sabía cómo gobernar; la promoción de su libro recalca la imagen de que él si puede con el país y sí sabe hacer las cosas; como ejemplo pone su trabajo en Puebla, haciendo énfasis en su legado de una Puebla segura, moderna y con menos desigualdades. Dos cosas están desdibujando el retrato de este moderno Dorian Grey: la primera es el mensaje de que en la forma de promocionar su libro le está dando la vuelta a la ley acerca de los actos anticipados de campaña y promoción de imagen, o sea, el mensaje de que las leyes no están para cumplirse sino para darles la vuelta. Pasarse de listo es una de las leyes del poder que tarde o temprano pasan factura. La otra es la realidad de la galopante inseguridad pública que se logró maquillar y mantener prendida con alfileres mientras crecía a velocidades vertiginosas pero oculta por permanentes campañas publicitarias a favor de la imagen de un buen gobierno. Ahí están los números. Puebla es el primer estado en la ordeña de gasolina en el país y este récord no se logró en un año sino en un largo sexenio. Como dice Alejandro Hope, analista de seguridad pública- "Varios venimos diciendo lo mismo desde hace meses: con la crisis del huachicol Puebla se está jodiendo...y sorprende que la respuesta solo llegue en la forma de más personal militar." El gobierno del estado de Puebla fracasó rotundamente en este rubro.

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¿Para qué gastan los gobernantes en tanta publicidad y tanta promoción personal? Al final no hay nada más contundente que los hechos. No importa que un gobernante nos simpatice o no, tampoco a qué partido pertenezcan porque las mudanzas de partido están a la orden del día y ya da casi igual el partido mientras de verdad quienes quieren gobernar crean en el imperio de la ley y prueben con sus actos su verdadera convicción de que las leyes deben respetarse. Lo segundo, pero igual de importante, es que deben probar que están convencidos y preparados para garantizar la seguridad pública y la tranquilidad de las personas. Poco puede construirse sin esas dos premisas. Lo que sí se puede es escribir muchos libros. Todos los aspirantes a presidentes de la república están dedicados a eso con devoción. Ahora todos son escritores. Nada tan fácil como prometer en un libro jardines de rosas.

Mundo Nuestro. Con esta crónica de su viaje al sur americano, abrimos en esta revista la participación del escritor, periodista, antropólogo, guionista, radiodifusor, artista plástico Leopoldo Noyola Rocha con su blog Mitos sin sustancia. Y nos felicitamos por ello. Viaje al sur: se publicará por partes. Aqui el tercer capítulo, Lago Rupanco.

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Viaje al sur: Bío Bío

Viaje al sur: Lleulleu



El lago Rupanco tiene 23 mil hectáreas de extensión y unos 350 metros de profundidad. Su forma es angosta y se alarga hasta los 42 kilómetros de este a oeste, al borde de la cordillera de Los Andes, serpenteando entre las cumbres de muchas montañas entre las que destacan los volcanes Puntiagudo y Casablanca. Y al fondo, magnánimo, el volcán Osorno (2,493 msnm).

Rupanco está al sur de Entrelagos, una preciosa y pequeña ciudad ubicada precisamente entre los lagos Puyehue y Rupanco, pero a la vera del primero, con un mercado que anuncia la venta de carnes de venado y jabalí de criaderos; pan con chicharrones y por supuesto Lays, la marca de papitas que son las Sabritas chilenas, también de la Pepsicola. Estamos a unos cuantos kilómetros de la frontera con Argentina, a la altura de Bariloche, desde donde llegan parvadas de loros choroi color verde mayate.

En Rupanco vemos por primera vez un segmento grande de bosque nativo, tras recorrer 8 kilómetros de terracería para llegar a la casa del pescador que nos dará asilo durante tres días, a donde llegamos luego de cruzar un puente de madera con pequeñas rosas pintadas como adorno. Este comentario puede parecer ocioso, pero no lo es, en esta región de Osorno el detalle es lo que marca la diferencia. Así, vemos en la carretera adornos muy finos y singulares en las cercas, las casas o las caballerizas; adornos colgando de los árboles, los buzones, sobre los senderos de un gusto muy refinado; los residentes de esta verde zona en la Región de los Lagos tienen a bien poner esos detalles para deleite propio y de los numerosos visitantes que arriban a acampar al lago. A mí me dejan contrito, porque hablan del arte del buen vivir, de la búsqueda de la calidad de vida en sonrientes detalles, cálidos y humanos, a veces cursis, abstractos incluso, con los que esta gente acompaña su vida.




Es inevitable no ponerse poético desde el barranco de unos diez metros sobre el lago Rupanco donde tenemos instalado nuestro campamento, junto a la casa del pescador. El espejo de agua replicando nubes con jirones azules del cielo; el reflejo del Sol como una cascada durante el día y de la Luna por la noche, que estalla en el agua y se prolonga hasta nuestros pies como una alfombra luminosa en una premier de estrellas verdaderas. La cordillera de los Andes amuralla el Este y aun cuando no está nevada prodiga majestuosidad. Gaviotas hambrientas, oportunistas tiuques (halconcillo) y ruidosos queltehues (como ibis), y la incesante actividad de una planta de salmón coho y salmón chirú (Chinook) que replican el proceso vital de los salmones en tecnificadas plantas lacustres y oceánicas en las que mueven a los peces, todo el día transportan cajas en lanchas de carga. No soy capaz de entender aún el daño ecológico de estas plantas, un pescador de Punta Arenas nos ilustraría más adelante de sus desastrosos resultados.





Malú y Cris se solazan comprando lana amarilla pintada con una planta llamada michai y otra morada pintada con moras, el arbusto omnipresente en el sur chileno, las moras, las zarzamoras, traídas por los alemanes a principios del siglo XX y hoy convertidas en una deliciosa plaga que encuentras por doquier, en las banquetas, en el campo, en todos lados, fructificadas en este época con generoso exhibicionismo y al alcance de quien quiera comerlas. Por supuesto yo me apunté, de sur a norte las zarzamoras fueron muy sabrosas, numerosas y al alcance de la mano.

También en esta zona tuvimos ocasión de entablar contacto con las abejas mieleras, no fue ni accidental ni espontáneo, pues la presencia de un hermoso árbol llamado ulmo, que llega a tener alturas respetables, aunque no gigantescas, pero que se distinguen por estas profusamente floreados con una flores blancas que son el festín de las abejas, son la causa de tanto panal. Sabía que la majestuosa araucaria era el símbolo de la flora chilena, pero el ulmo, por su persistencia y fogocidad, debería ser símbolo del sur chileno porque está en todas partes con toda su belleza y utilidad.

Luego de tres días junto al Rupanco, el generoso lago de playas empedradas y cristalinas, partimos en caravana hacia el sur que era el único dato real de nuestro destino aventurero. Pilmaiquén, anuncia un letrero. De nuevo grandes y pequeños detalles arquitectónicos y ornamentales en las casas del camino. Nuestro destino es Ensenada, una ciudad al borde de la parte norte del lago Llanquihue, un pequeño mar interior de 860 kilómetros cuadrados cuya profundidad no se conoce aún, que aparece de a poco, en juguetones retazos del camino donde ahora me veo y ahora no, pero que sin embargo circunnavegaremos a lo largo de varias horas en lo que se conoce como el “Circuito Lago Llanquihue”. El lago natural más grande de Sudamérica, dice una información turística. ¿Y el Titicaca?, me pregunté ipso facto.

Es posible advertir grandes predios de monocultivos, pinos de 40 metros de altura con apenas un metro de separación. Y eventuales predios de monocultivo cosechados: un escenario triste y masacroso. La carretera flanqueada por florecitas amarillas y blancas es recolectada por una familia que camina temerariamente sobre la carpeta asfaltada. Un cartel informativo anuncia: Norpatagonia. Y otros Nochaco, Río Coihueco, cumbre del volcán Osorno “a la izquierda”. Por fin llegamos a las inmediaciones del majestuoso volcán que hemos apreciado los últimos días, al tiempo que vemos el primer accidente en lo que llevamos de camino; hay heridos, es una volcadura.

Las estadísticas de Chile son menos favorables que su apariencia, la miseria no existe a la vista del viajero, sin embargo es visible un caserío de pobres en los pequeños ranchos del camino, casas sucias y desastradas, pero nada que ver con la miseria mexicana, no hay casuchas de cartón y lámina de propaganda electoral, aquí las viviendas tienen una buena condición, paredes sólidas, techos de lámina y terreno.

En Ensenada también hay una elegante zona de restaurantes con numerosos turistas alemanes, ancianos en su mayoría, apuntadísimos para ingresar al restaurante “Donde don Pancho”. Es sábado temprano y el territorio por ahora es de adultos, casi no hay jóvenes, excepto las decenas de mochileros que esperan pacientemente en sitios estratégicos para ser recogidos por los automovilistas. “Pacos” (que son los polis, los tamarindos de por acá) de una susceptibilidad extrema, casi nos infraccionan por preguntar la ubicación de una bencinería (gasolinera). De miedo, los famosos carabineros, supuestamente muy respetados, pero todo mundo les da la vuelta.

Los ulmos “nevados” junto a álamos y pinos se arremolinan exuberantes en los bosques nativos del Parque Nacional Vicente Pérez Rosales, entre el dominante basalto volcánico muy antiguo, junto a variedades autóctonas como olivillo, luma, meli, tiaca, canelo, avellano, saúco, mañío y muchas más. Sobre todo mucho colihue, una especie de bambú y raulí, una variedad muy gruesa de pino nativo. Luego atravesamos un bosque enano, joven, derivado de un incendio relativamente reciente que por lo visto arrasó.

- Mira, ahí está una araucaria –me indica el informado Frank.

- Por fin –le respondo antes de estornudar ruidosamente.

“Salud”, decimos en México, pero en lo que vimos los chilenos no usan esta cortesía, aunque te agradecen si la profieres. Cuando pude le pregunté a Cris al respecto, me dijo que sí la usan, pero en la práctica comprobamos que no. ¿Qué importancia tiene? Ninguna, pero igual lo apunté. Ahora vamos hacia Cochamó, en el estuario de Reloncaví.

Mundo Nuestro. La revista nexos del mes de mayo nos regala una memoria de Juan Rulfo, 1917-2917, con textos de Ángeles Mastretta, Roberto García Bonilla, Alejandro Toledo, José Carreño Carlón, Juan José Reyes, Ricardo Bada, Santiago Roncagliolo y Margarito Cuéllar. Presentamos aquí el Puerto Libre con el que la escritora poblana narra los malabarismos rulfianos del inicio de su carrera como novelista, y por ahí, su semblanza del hombre que nos dejó la mejor de nuestra literatura mexicana.

He de llegar a él, como de él aprendimos, empezando por mí. Vine a Comala. Todo lo que me sucedía en esos años era extraordinario. El orden de lo que habrían podido ser mis días, si me hubiera quedado en un mundo previsible, se volvió un caos brillante por el que todo se deslizaba con naturalidad. Después del primer asombro: la Ciudad de México, los demás sucedían como si todos fueran parte de la misma condición imprevista y milagrosa de cuanto me ocurriera. Igual que cuando llueve con sol y nos echamos a caminar, yo, expuesta al lujo de lo imprevisto, al gozo de que todo riesgo trajera un hallazgo, me dejaba llevar por la duda de las madrugadas con la certeza de que habría luz al anochecer.



Por tal destino, ahí sí para su paz, la cautela de mi padre sólo me acompañó unos meses. El valor de mi madre, por años como un desconocido, anduvo siempre ahí, aún sin entender de dónde salía esa yo con la que no contaba.

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Ilustración: Gonzalo Tassier



La libertad que no necesita pregón, me vivía entre los pies y la cabeza discurriendo qué hacer conmigo. Así fue como tras algún tropiezo llegué a Ciencias Políticas y ahí a una carrera llamada Periodismo y Comunicación Colectiva. Al poco tiempo, además de las seis horas en la universidad, tenía un trabajo. Y como parte de mis varios quehaceres cometía tropelías para que el tiempo me rindiera. Una de ellas fue discurrir las entrevistas y las crónicas que era mi deber entregar en la clase de redacción a cargo de —cuando caí en el tribunal de la verdad— el escritor Gustavo Sainz.

Creo que ya he contado algo de esto, pero he de repetirlo para llegar a donde voy. Impensable que a un maestro gitano pueda leerle la mano una escueta aprendiz. Así que hube de confesar que todo aquel accidente carretero, escrito con un detalle tal que ahí no sólo se daba cuenta de los cinco autos que quedaron abismados en el fondo de un barranco, sino hasta del número de cabras que un pastor perdió por su causa, lo había yo inventado del mango a la punta. No temí confesarlo porque bien sabido estaba que el profesor era devoto de las fantasías. Tanto que cuando yo le conté el desbarajuste de mis diarias actividades y mi breve peculio, en vez de un regaño me dio un consejo: “Pide la Beca del Centro Mexicano de Escritores”.

Como el miedo no andaba en burro sino en mí, quise espantármelo. Era viernes. Volví a la Puebla del fin de semana y le pedí a mi abuelo su máquina de escribir eléctrica. Era verde pálida, con las líneas curvas que marcaron el diseño de los años setenta. Tenía una cinta plástica con la que se imprimían las letras labradas en una esfera que giraba siguiendo las órdenes del teclado. La describo con cariño porque fue la herramienta de mi siguiente imaginería. La solicitud para obtener una remota prebenda para escritores, cuando lo que más cerca estaba de una profesión a mi alcance era divagar, resultó un acto de tal malabarismo que me dieron la beca.



Prometí a cambio un libro que aún me gustaría escribir. Uno sobre la yo que me intrigaba entonces. La curiosa, la sedienta, la desaforada, la, no sé si decir, promiscua, en que se había convertido esa perpleja que fui.

Era 1974. Pagaban dos mil pesos al mes para que los probables escritores pudiéramos gozar de lo que siempre será un lujo: “tiempo de ocio creativo”.

Y aquí es donde aparece por primera vez el bien amado Juan. ¿No oyes cómo rechina la tierra? Sí que lo oía. También vi, como su primer fantasma, en la mitad de una plaza: un vuelo de palomas rompiendo el aire quieto, sacudiendo sus alas como si se desprendieran del día.

Nada mejor pudo darme la providencia. Un vuelo. Una dote para escribir como quien se desprende del día. Caminé hasta la calle de San Francisco. Y luego sentí miedo. Si usted viera el gentío de ánimas que andan sueltas en la calle. En cuanto oscurece comienzan a salir. No necesité más que la primera reunión para temblar.

¿Tú crees en el infierno, Justina?

Sí, Susana. Y también en el cielo.

Yo sólo creo en el infierno —dijo.

Junto conmigo habían ganado la beca José Joaquín Blanco, Luis González de Alba, Carlos Montemayor y Francisco Serrano. Y eran nuestros maestros Salvador Elizondo y Juan Rulfo.

El lleno de silencio, el agua de azahar, el querido Juan. Todos me daban miedo menos él. Pero ¿por qué las mujeres siempre tienen una duda? ¿Reciben avisos del cielo o qué?

No hubiera yo podido responderle tal pregunta a esa ánima sagaz que había inventado Rulfo, pero me arrimé a su cobijo. Robé la silla junto a él. Y nos hicimos amigos. No sé si amigos, es mucho presumir. ¿Cómplices de tortura? Esas reuniones lo eran. Al menos para mí. Después del primer día en que me tocó leer, no volví a ser la misma. Salvador Elizondo me tomó por su cuenta con un implacable discurso del que aún no me repongo. En pocas palabras me dijo ignorante y de seguro tenía razón. Lo que no lo indulta, jugué después con él, de haber presidido el grupo de las ánimas que me quitaron el famoso vuelo que iba desprenderme del día. Voy a dormir llevándome al sueño estos pensamientos.

Mis compañeros levantaron los hombros. Los sentí decir: qué cosa más necia está escribiendo esta mujer. Sé qué está asustado porque tiembla. Cambié el género al decírmelo. No perdieron su tiempo en opinar demasiado. Tengo la boca llena de tierra.

No lo dije antes, pero para mi salvación presidía las sesiones don Francisco Monterde, el dueño de las normas gramaticales y la ortografía. Con él no tuve nunca sino un quizás. De repente me sugería un punto y coma, en vez de un punto y seguido. Sabía como nadie descifrar los misterios de la gramática y era un encanto oírlo corregir un párrafo. No sé cuántos años habrá tenido, pero muchos. Me había topado con él en Los Encuentros, donde se cruzaban varios caminos. Me estuve allí esperando, hasta que al fin apareció este hombre. —¿Adónde va usted? —le pregunté.

“Creo que es mejor un punto y aparte”, dijo desde la cabecera de la mesa. Lo suyo no era descalificar sino hacer compañía. Sólo se detenía en los detalles. Ahí en donde se esconden los dioses.

Después de él hablaba Rulfo, como un bálsamo. Se limitaba a decir me gusta o no. Sin dar explicaciones, sin perder el tiempo de sus fantasmas haciéndolos bajar al cónclave. —Yo voy más allá, donde se ve la trabazón de los cerros. Allá tengo mi casa. Si usted quiere venir, será bienvenido.

Dijo siempre que le gustaba lo que yo escribía, pero nunca una palabra más. ¿Para qué molestar? Lo suyo era saber que esto de escribir es un asunto de cada quien. No tenía él por qué meterse en nuestro andar. Ya él había estado suficiente entre caciques y muertos de miedo. Allá nosotros. Tenía las manos muy blancas y los dedos largos, tenía los ojos instalados en el horizonte y me parecía inerme. ¿Nos hicimos amigos? De repente jugamos ahorcados en las tarjetas color sepia puestas ahí para apuntar algún comentario. ¿Qué más quería yo? —No vayas a pedirle nada. Juan tenía un coche medio tartamudo y en él me llevaba hasta la esquina de Insurgentes a la que llegaba la punta de mi calle.

En la reverberación del sol, la llanura parecía una laguna transparente, deshecha en vapores por donde se traslucía un horizonte gris.

Idéntica a esa llanura, esta ciudad. Un día chocamos. Y lo digo en plural porque aunque él manejaba yo me sentía responsable del viaje. El golpe lo asustó. Detuvimos el tránsito. “Usted no se mueva”, le dije. Del otro auto bajó un hombre enardecido, echando víboras y sapos. “Ha tenido usted la suerte de chocar con el maestro Juan Rulfo”, le anuncié. “Y ¿a mí qué? ¿Quién es ése?”, preguntó como quien blasfema. Nos hicimos de palabras. Me sobraron. “Es el mejor escritor que se haya podido imaginar”. “Yo no imagino escritores ¿A mí quién me paga mi golpe?”. “Quién sea, pero no se meta con el maestro”. Luego seguí hable y hable cuantas cosas pude. Adivinar qué habré dicho, pero el caso es que el hombre se silenció por fin. Antes de que se arrepintiera volví al coche. “¿Qué tanto averiguaban?”, me preguntó el ánima de Juan. “No se preocupe, entendió todo”, dije. Y vi en sus ojos una gota de confianza.

Creo que sí nos hicimos amigos. Yo necesitaba un papá en toda ocasión y él aceptó oírme hablar de eso. De escribir no decíamos nada. Ni había para qué. A las águilas no se les pregunta. Aunque lo sepan todo. Nada más lejano a la soberbia que la voz de Juan Rulfo hablando de cualquier cosa. La sencillez no estaba sólo en su nombre. Sino en todo lo suyo. Sin duda en su presencia sucinta y clara.

En las tardes de mis primeras lecturas llegué a entregar hasta veinte páginas. Un año después, en la última sesión, leí un párrafo seco que no iba a ningún lado. Nadie dijo nada. Juan preguntó si me acercaba a mi casa. Fuimos hablando de cualquier cosa y nos despedimos hasta no sé cuál miércoles.

Encontré un buen trabajo en un diario y no volví a pensar en escribir un libro sino diez años más tarde.

Entonces leí a Rulfo como si lo escuchara: Yo tengo guardado mi dolor en un lugar seguro. No dejes que se te apague el corazón.

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