He seguido de cerca y con mucho interés está iniciativa de regularización del arte urbano. Sé que hay muchas personas que se oponen a priori, pero yo tengo otro concepto, tal vez por haber trabajado muchos años en vía pública. Conozco de cerca a muchos de los artistas urbanos del centro porque también es mi lugar de trabajo. He visto surgir en épocas recientes a grupos verdaderamente interesantes que han hecho de la calle su escenario. Había un grupo multidisciplinario muy bueno que en la plaza del Carolino hacían un show de clowns con música en vivo y malabarismo en la plaza de la democracia, grupos de jaraneros que hacían fandangos multitudinarios en el Lennon, un muy buen quinteto o sexteto de saxofones. Se dieron espontáneamente, se dio ese salto de la mendicidad con instrumento al arte urbano. Tal vez el único antecedente es el grupo de invidentes que tocan afuera de Woolworth y que llegaron a ser 6 o 7 tocando además de la guitarra bajo y mandolina bastante bien, por cierto.

Estos grupo animaron a otros artistas y surgieron más malabaristas, de escuela, porque en Puebla incluso hay una universidad de arte circense. Y otros más que decidieron experimentar sonidos diferentes como el klezmer, y todo iba bien hasta que el ayuntamiento no supo cómo manejarlo y vía pública empezó a prohibir que tocaran e incluso amenazaban con quitarles los instrumentos.

Eso fue hace tres años aproximadamente. Yo asesoré a algunos de ellos porque, como te dije, he trabajado en la vía pública algunos años. Pero aparentemente el ayuntamiento entendió que estos jóvenes talentosos son un plus para el turismo y los dejó ser. Surgieron además de los cantores urbanos habituales de blues o de rock urbano con composiciones propias, bemberos y huapangueros venidos de la sierra, artistas que tocan tangos, andino, manouche, jazz, o que cantan ópera. O música de cámara. Violines y cellos. Pero de repente a alguien en el ayuntamiento se le ocurre que quiere "organizarlos" sin contar con su opinión. Es algo que no sorprende en esta administración. Creo que es bueno que los reconozcan, que no los persigan como a delincuentes, que les den un permiso que les dé tranquilidad para trabajar. Pero desapruebo una cuota sacada de la imaginación de no sé quién y que debería ser negociada con los afectados. Porque es cierto que el reglamento de ayuntamiento dice que las actividades lucrativas en vía pública deben ser autorizadas y pagar derechos, pero ha habido administraciones en las que las cuotas han sido simbólicas ($4 por ejemplo en la administración de Paredes) y el "casting", que me suena a censura. Después de todo el casting lo hace el público todos los días...



La calle es un excelente escaparate, pero también es peligrosa, te la comes o te comes... si tocas el alma del público también tocas sus bolsillos. Es un escenario tan digno como cualquier otro pero es el artista el que le da la dignidad como los señores de la sonora "callejera" que ya son parte del paisaje y que no dejan de sorprendernos con sus brillantes trajes en todos los colores.

Video tomado del facebook "Poblando ando"



¿Qué haría yo? Porque es fácil criticar pero no todos dan soluciones...

Primero: Yo establecería puntos donde hubiera afluencia pero que no interrumpieran el paso, porque hay lugares considerados por ayuntamiento en su nueva disposición donde no se paran ni las moscas. Yo dejaría como un corredor natural: el barrio del artista, ahí caben auditivamente dos o tres grupos, Parián sobre la 6, atrás del Carolino, Lennon, plaza de la democracia, Sapos, y en domingo alrededor del Zócalo incluyendo Reforma hasta la 3 que está cerrada y la 5 de mayo. Incluyendo el parque de San Luis y la entrada del Mercado de la Victoria.

Segundo: Hay que considerar que los artistas normalmente no trabajan de continuo ni todo el día (porque el arte es cansado), y que se desplazan. No se quedan en el mismo lugar. Entonces este circuito debe ser rotativo. No todos salen todos los días ni todo el día. Hay "eventuales" incluso que vienen de otras partes y que tienen propuestas interesantes. Yo "vendería" el permiso por día en la oficina de turismo. Tal vez un gafete especial, $10 para solista $20 por grupo. Y ya con eso puedes trabajar tranquilo y pagas tus derechos ahí mismo te dan un mapa de los lugares autorizados y ves donde te acomodas. Repito los artistas se mueven.



Para los artistas que salen todos los días o casi todos pondría una cuota por mes (con descuento obviamente) tal vez de $100 por solista y $200 por grupo. Con derecho a salir cuántas veces quieran, sin restricciones.

Ahí cada quien evaluaría si le conviene la tarifa diaria o la mensual. ¡Y ya! Lo del casting sale sobrando, si no la haces no vas a juntar ni lo del permiso. Así de cruel es la calle.

Ya para finalizar. Un exhorto al público. Sean generosos, con su tiempo y con su dinero, ¡pero sobre todo con sus aplausos! Y pues recalco estoy hablando de artistas. No de personas que tocan cinco notas todo el día.

"¿Dónde estudian?", pregunto ingenuo. La respuesta la da el muchacho de la mandolina: "En la calle."

Luego logro que uno de ellos confirme que en sus ratos nocturnos llega a trabajar de mariachi. Es uno de los dos violines.

El otro es el de la chica que estudia en el Conservatorio.



Pero están ahí, efectivamente,en la calle. Y tal vez sean el mejor ejemplo de la calidad que puede alcanzar la musica callejera.

Alcanzo a grabar un video de Klesmorino al tiempo que mi amigo Nico Aldredge logra una buena serie fotográfica de la que tomo la foto de la portadilla.



Escribí inmediatamente sobre estos muchachos:

"En la esquina del Carolino, a mediodía, estos jóvenes músicos sorprenden, no puedes dejar de escucharlos. La armonía viene de lejos, del mediterráneo extremo, el de los judíos que fueron a dar hace siglos a la Europa Oriental. Un aire hebreo, yiddish tal vez, domina la 3 Oriente. Pero sus rostros apenas han salido del conservatorio. O simplemente de la calle el talento que derraman. Se hacen llamar Klezmorino, y en algún lugar habrán leído y escuchado del klezmer y su renacimiento hace unas décadas en Estados Unidos. Como sea, aquí están con su trombón y clarinete, su acordeón y sus violines, y el tambor y la mandolina. Qué juventud maravillosa. Qué ansias tan bien armadas en este descubrimiento musical."



Luego descubro que la resonancia es inmediata. Son muchos los que los han visto, los que se detienen como yo a escucharlos. Y el reclamo es directo: debemos como sociedad respaldar la música callejera

También de ellos recojo algunas de sus voces que han comentado en el Face sobre el tema:

Aaron Poltolarek: Esa es música jazidica. De origen judia, hermosa musica de nuestros antepasados. Muy extraño que sea producido en Puebla donde ya NO hay Comunidad Judía, la cual se encuentra citada en la Ciudad de México. Ojalá hubiese manera de contactar con ellos.

Hernán Reyes Ibarra: Cultivadores de klesmorim en la antisemita Angelopólis. Ver para creer. Qué dirán la Mitra, las damas de la Vela Perpetua y los Caballeros de Colón. El mundo al revés.

Lourdes Morán: Puebla se ha convertido en bastión del Klezmer, si curiosamente considerando, como dices, que no hay una comunidad judía muy grande. En el DF de música Klezmer pura (sin fusión) habrá uno o dos grupos, klezgulash, por ejemplo, en Guadalajara está Sherele y hay grupos de fusión como klezmerson, (aunque hablar de "klezmer puro" es un poco extraño ya que por naturaleza es una fusión de diferentes ritmos y culturas). hay otro grupo igual que toca en las calles de Torreón y aquí, en Puebla, tenemos dos: El Colectivo Klezmorino y Tate Klezmer Band! Los dos excelentes!! Si buscas en Google, Klezmer en México, verás como arrasan ! Y curiosamente ninguno de los dos es judío. Los klezmorinos merecieron una entrevista en el Wall Street Jounal. Y gracias a eso tocaron en la sinagoga más antigua de México. La Justo Sierra. Y Tate Klezmer se presentó recientemente en el festival 5 de mayo con un gran éxito. y van a estar en la Fiesta de la Música en el Museo Amparo la próxima semana. Es una música genial!! y como dicen por ahi si la haces en Puebla la haces donde sea hasta en NY.

Lucia Miramontes: También hace gala de su talento en el paseo del Ayuntamiento y en el portal con este mismo nombre entre la 2 norte, en esos lugares los escucho por lo regular se encuentran a eso de la 8 de la noche enfrente al banco ya muy conocido, este grupo ya tiene bastante tiempo en compartir sus talento con todos a nos que nos gusta la música no tan comercial.

Adolfo Flores Fragoso: Ya tienen rato de tocar en el Centro Histórico. Andan por el Carolino porque el "H" ayuntamiento los echó del portal Hidalgo.

Mario Martell: Y sobre la Palafox, escondidos en los contrafuertes que sostienen la iglesia de la Compañía un trío de músicos tradicionales de Huapango tocan sones.

Vazquezhz Felix: Si, también los he oído. Muy buenos Huapangos. Que grande y multicultural es nuestro estado. Es imperdible la Música del Colectivo Klesmorin Puebla. Debe ser una visita obligada para cualquier turista oírlos. Hermosa música

Gloria Calixto: Este tipo de música se debe valorar. Ya el H ayuntamiento los corre más de 5 veces por día. Y ellos con mucho ánimo se niegan a dejar de deleitarnos y compartirnos su gran talento y pasión.

Niels Covarrubias: Varias veces he tuiteado al gobierno de la ciudad para que apoyen a estos grupos y la música se vuelva habitual en El Centro histórico. ¿No podríamos buscar que las autoridades lo hagan con un programa oficial de música callejera?

Lourdes Morán: En teoría para eso es el reordenamiento. Ojalá incluya unos templetes con contactos para conectar amplis pequeños . Hay propuestas muy interesantes últimamente: Klezmer, tango, manouche, blues, ópera, música de cámara, saxofones.

Dabitaltepetl Altepetl: En tiempos donde gobierna la estulticia en palacio... Ahora pagaran sus respectivos 37pesos a las arcas de la aristocracia poblana disque ilustrada y adoctrinada en Harvard...

Por lo pronto ahí está Klesmorino. La juventud más absoluta. La libertad que gana la calle. Y el sentimiento de que así, en estos afanes colectivos, se construye un mejor país.

Mi abuela pasó los últimos años de su vida en una silla de ruedas. Fuera de eso, estaba más sana y vivaz que cualquiera de sus nietos. Un día, cuando ya mi madre vivía en México, me pidió que en su lugar le hiciera un favor muy sencillo: que visitara a una prima hermana de su ya difunto marido porque le habían dicho que estaba muy enferma y quería noticias de primera mano acerca de su condición. Dado que ella creía en mi don de conversación, me consideró una buena emisaria e informante, así que me dio el encargo. Yo recordaba a la tía solo de haberla visto de lejos, en bodas, bautizos y otras ceremonias obligadas en mi muy fiestera familia materna. La recordaba prudente, discreta, y dueña de una rara elegancia dentro de una sencillez espartana. A los niños y a los jóvenes todas las personas mayores les parecen iguales o más bien, invisibles, pero yo recordaba a esa tía por el contraste que hacían sus ojos negros y febriles con el resto de su persona.

Llegué por primera vez a su casa y me abrió una monja de las que se dedican a cuidar enfermos terminales. A ella le pregunté qué tenía mi tía, para luego poder contárselo a mi abuela con detalle. " Su corazón ha dejado de funcionar como debe. No vivirá más que unas semanas. Y está sola. Es una buena enferma, aún lee mucho y no da molestias". Subí las escaleras que llevaban a su cuarto con la caja de galletas que le enviaba mi abuela. "Qué monserga de encargo. ¿De qué vamos a hablar esta desconocida y yo, si además está a punto de pasar al otro barrio?"

Entré en su cuarto en penumbra y en un cuerpo que me era extraño reconocí las luz de sus bellos ojos negros. Jalé una sillita con asiento de mimbre y me acerqué a su cama. Ella sí se acordaba bien de mí. "Eres la hija de Angelitos, eras muy guerrista". Y sonrió. La serenidad y sabiduría de la tía y mi mentado don de conversación vinieron en nuestro auxilio y en una ratito habíamos logrado establecer una comunicación eléctrica. En esos últimos meses de su vida de 80 años, de octubre a enero, la visitaría muchas tardes. Los más de sesenta años de diferencia entre ella y yo desaparecieron y acabaríamos siendo amigas.



En la mesita de noche junto a su cama no había un libro de oraciones ni los rosarios propios de las señoras de su edad y de su época. La familia de mi abuelo materno tenía fama bien ganada de agnóstica o atea. Esa palabra entonces se oía horrible. En la mesita junto a su cama ella tenía un libro azul de EL ROMANCERO GITANO de Federico García Lorca. Una tarde de diciembre le pedí permiso de hojearlo. Al abrirlo vi que era una edición original de 1932. El libro tenía escrito el nombre de Manuel. Ya para entonces sabía muchas cosas de ella. Sabía de su matrimonio temprano y fracasado porque su marido, de un apellido de abolengo, no había encontrado el dinero esperado en la herencia de mi tía cuando murieron sus padres. Tampoco encontró la disposición de mi tía de darle a administrar lo que había heredado. Ese hombre usó la complicidad de un monseñor que lo ayudó a tramitar una anulación matrimonial argumentando que la tía era una infantil que se negaba a cumplir con sus deberes conyugales y a tener hijos. Ella, con un curioso humor sin rencor, se atrevió a contarme un secreto que ya no causaría dolor a nadie: que al señor le gustaban en realidad otros señores, que lo supo de cierto pero nunca lo dijo para no molestar a sus ex-suegros, unas finas personas. A los 28 años estaba sola. Administró bien la herencia que le dejaron sus padres y eso le permitió vivir una inesperada vida independiente. Se volvió experta en manejar bienes raíces y a eso se dedicó. Una sofisticación para una mujer de 1930.



Hasta ahí estábamos cuando tomé en mis manos EL ROMANCERO GITANO. Al abrirlo encontré una foto con una dedicatoria. "Para Lucía, que me hizo entender quién soy: Manuel, 17 de octubre de 1934". La foto era muy antigua y en ella aparecía un niño de tres o cuatro años. En la parte de atrás decía "Manuel, 1898."

Con la foto en la mano, la tía me contó la historia que su quebrado corazón había guardado para sí durante más de 45 años. El niño de la foto aparece retratado de la mano de alguien que no se ve. En el ojal de cada botón de la pechera de su pantalón lleva un clavel. No le bastó uno, quiso dos. Uno blanco y uno rojo. Los claveles todos. Algo tienen que ver con la tierra, la sangre, la pasión, o incluso la inocencia. Los claveles aventados a un ruedo, colocados en el pelo de una mujer o en un pequeño florero junto a la cama de quien vive sus últimos días, ¿huelen a mujer o a pasado los claveles? Colocados así, en un pecho infantil, son dos augurios pintados en un rostro en el que se lee ya una mirada dura con la contradicción de una boca risueña, ligeramente sesgada hacia un lado de la cara. Dos claveles --me dijo la tía-- como dos premoniciones de lo que sería una personalidad contrastante y cautivadora, la de una vanidad irrefrenable y la de una sensibilidad que no caería en tierra fértil donde pudiera comprenderse. Muchos años después, conmigo, en esta casa y esta cama que ves, esa sensibilidad florecería en mis oídos y en mi cuerpo. Dos claveles como las dos contradicciones que rondaban y aún rondan por el alma de la dinastía de judíos errantes y gitanos de la que provenía Manuel. Dos polos, el oscuro y el luminoso, el que mata y hiere y el que cuida, provee y adora. El que roba la carne y el alimento de otros, el que depreda y ofende, o su contra parte, el celoso guardián que sobre todo protege a lo que ama. Esta foto que se ha ido borrando con los años lo guarda, custodiado por sus dos claveles, símbolos de la dualidad con la que habría de luchar toda la vida. Así lo quise hija,- me dijo la tía- y así lo he de querer hasta el día en que me vaya.

Entonces no la entendí. Habían pasado más de 50 años desde que se encontrara con Manuel y los tiempos habían cambiado. Hoy puedo entender que se encontraron en una época en que dejar a una familia por otra no era un asunto que se resuelve, como ahora, en cualquier juzgado tercero de lo familiar. Se encontraron cuando él tenía cinco hijos, una mujer y la ambición de un negocio que le apasionaba sacar adelante; se encontraron cuando Lucía lidiaba una desilusión y el secreto bien guardado de los verdaderos motivos de su matrimonio roto. Se encontraron cuando las cosas no se hablaban ni se ventilaban por las cuatro esquinas como ahora. Se encontraron cuando no era posible coincidir más que en las tinieblas. Se encontraron cuando Lucía era incapaz de imaginarse caminando por la calle con la mujer de otro. Ella cuidaba más la honra de sus padres muertos que la de ella misma. Se encontraron para lo único que tenían que encontrarse: para hacer florecer lo mejor de cada uno de ellos con un amor de invernadero que duró, hasta donde entendí, muchos años.



En la orilla de la cama y en la sillita de mimbre fui leyendo los poemas en voz alta durante mis visitas de diciembre. Tenía una curiosidad enorme de regresar al tema de los amores de Lucía y Manuel, quería entenderlos, saber en qué acabaron, pero la vi tan feliz y serena oyendo el ritmo de los versos que repetía conmigo en un murmullo, que me trague la curiosidad para otro momento. Luego, la Navidad y su trajín me apartarían de las visitas y las lecturas.

"No me recuerdes el mar, que la pena negra brota,

en la tierra de aceitunas, bajo el rumor de las hojas."

Una tarde de enero de 1980, apenas pasados los Reyes, llegué a la casa de la 15 poniente cuando la tía llevaba un ratito de haberse muerto. Estaba con ella la monja que me abrió el primer día. Las dos la acompañamos mientras llegaban por ella los de la funeraria, que ella, prudente como era, ya había dejado pagada. Antes de abandonar su casa, la monja puso en mis manos el libro del ROMANCERO GITANO.

--Lo dejó para ti, te lo iba a dar en Navidad.

Por no ir –pensé--, por dejar las cosas para otro día. La muerte no espera sentada a que lleguemos de visita.

Hace poco, escombrando unas cajas, encontré el libro. Lo había olvidado. Adentro encontré dos fotos, la del niño, y una de la tía a sus 30 años dedicada a Manuel. El libro marcaba una página con el siguiente poema:

"Huye luna, luna, luna,

si vinieran los gitanos,

harían con tu corazón,

collares y anillos blancos,

Huye luna, luna, luna,

que ya siento sus caballos..."

¿Huyó Lucía de Manuel? ¿Se dejaron en un acuerdo mutuo? ¿Por qué, si no, estaba su foto dedicada a él de regreso en el libro y en esa página? Si hubiera ido esa Navidad a visitarla, se lo hubiera podido preguntar.

La curiosidad mata. Yo esa curiosidad aún la traigo pendiente.

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Mundo Nuestro. Xóchitl Formacio, una joven cholulteca que ha encabezado la resistencia del pueblo contra la imposición del los proyectos comerciales en la zona arqueológica de la Pirámide de Cholula, sufre con su familia desde octubre del 2014 la persecución que pesa sobre su padre Roberto Formcio, sobre quien pende todavía una orden de aprensión dictada por un juez al servicio del poder autoritario del gobierno de Moreno Valle, y que el nuevo gobernador Tony Gali se ha negado a cancelar.

Le damos voz en Mundo Nuestro al reclamo de una hija al Gobierno del Estado de Puebla:



¡Al mejor del mundo!

¡Gracias por seguir soñando en un mundo mejor, por dar tu libertad a cambio del despertar de los cholultecas, por seguir luchando y defendiendo Cholula!

Seguiremos en pie de lucha hasta que cancelen tu orden de aprehensión

¡Gracias papá!

Domingo, 18 Junio 2017 00:00

La mejor memoria de un padre inolvidable

Nunca sabré si mi padre realmente estaba enfermo, si era un tirano o si simplemente fue un ser humano.
Siempre me preguntaba... por qué me dice que me quiere y después me golpea, por qué decir que es por mí bien, me corre de casa, me insulta y otro día dice que me ama y me abraza. Nunca entendí esto y mucho más. Ojalá algún día pueda entender.


Mi padre nunca supo, jamás se enteró que estaba enfermo, que se podría controlar, etc, etc. O tal vez estoy equivocada, pero leo, investigo y juraría que mi padre o era bipolar o padecía esquizofrenia. Pero nunca se enteró, nunca fue tratado médicamente, y por lo mismo, enfermedad no detectada a tiempo y no tratada obviamente avanza…



No sé si mi teoría sea acertada, pero creo que parte de los sinsabores de nuestra vida familiar pudo ser ¿ menos cruel si él se hubiera enterado y atendido, todo pudo ser mejor. Él murió y yo sólo me quedé con dudas y caminos deshechos.

Ahora que se acerca el día del padre, quisiera compartir un pequeño detalle de él. No quiero recordar siempre lo negativo, también fue tierno y cariñoso conmigo en mi infancia, y siendo honesta, en muchos momentos de mi vida.

Tuvo enseñanzas que se quedaron conmigo por siempre.

Mi padre fue siempre muy fuerte, alto, serio, a veces le recuerdo como de bronce. Era un ser imponente, a mí me inspiraba más miedo que respeto.

Recuerdo que cuando yo tenía aproximadamente unos seis o siete años de edad, un hombre delgado, vestido muy sencillamente, de huaraches que envolvían aquellos maltratados pies morenos tocó a la puerta del departamento que habitábamos en la colonia Clavería del Distrito Federal. Cargaba entre sus maltratadas y callosas manos un atado de escobas, unas de tamaño normal y otras pequeñitas y de colores brillantes, como de juguete.




Mi padre le saludó y preguntó qué deseaba --debo aclarar que mi padre siempre tuvo fama de ser muy correcto​ y muy bien educado, todo un caballero--. El hombre estaba a la puerta, delgado, de estatura media, y mi padre muy alto, fuerte, elegante siempre y bien vestido, lo miraba. Con temor, indeciso le mostró las escobas y le trató de sonreír aunque sus ojos brillantes no mostraban más que inquietud.


Mi padre le saludó, le sonrió y le preguntó: ¿ habla usted español? El hombre a la entrada respondió algo que yo no entendí. Mi padre de repente comenzó a hablarle en un lenguaje que yo no conocía, no entendí nada. Sólo recuerdo que aquel hombre sonrió plenamente y nunca olvidaré el brillo en sus ojos llenos de agua. Había un destello de agradecimiento y felicidad en su mirada que me marcó por siempre. Aquel hombre se sentó a la mesa con nosotros, comió con nosotros y cuando el sol amenazó con desaparecer, se despidió hablando aquel lenguaje que yo no entendía. Mi padre y ese hombre de ropas de manta amarillenta, pies morenos y descuidados por sus huaraches cafés se dieron un abrazo muy fuerte. Él se fue con el viento del atardecer y en mi sencillo hogar quedaron ahora una escoba fuerte y una pequeña para mis juegos infantiles.


Mi padre le habló en su idioma. Otomí, ahora lo sé y jamás olvidaré aquello. Mi padre hablaba un muy perfecto español e inglés, un poquito de alemán, y también orgullosamente hablaba náhuatl y otomí.



No sé si mi padre fué un tirano o amigo. Prefiero recordar su extraordinaria humanidad. Fue un ser "indescriptible".

Y ahora que las historias nos reclaman, me quedo con lo bueno que mi viejo me dejó... No quiero quedarme con el tirano, quiero quedarme con el tierno y cariñoso al que nunca entendí, quiero quedarme con el hombre cariñoso que me enseñó a querer y respetar a los demás, sobre todo quiero quedarme con aquel hombre que me enseñó a respetar a los que son diferentes a mi porque tienen historias distintas.

Quiero quedarme con aquel hombre de extraordinaria humanidad.

"Feliz día del padre".

"No estaría aquí, hablando con ustedes, si no fuera por la marihuana". Marcus Holloway, veterano de guerra en Irak y Afganistán.

Mundo Nuestro. El testimonio es el de un muchacho que estuvo a sus 20 años en Irak... un montón de gente quiere apoyar a las tropas pero la salud mental es más descuidada... he venido a través de la marihuana para el estrés postraumático." El video dura poco más de tres minutos. Pero es una síntesis del horror que provoca la guerra y la salida que han encontrado los soldados norteamericanos que la vivieron. Y expresa la desazón que les provocan Donald Trump y Jeff Sessions con la política contraria a la legalización de las drogas. Este video fue producido por Narratively en asociación con New York Minute Films. Un video para reflexionar en nuestra propia guerra, la del Estado del narco, a la que México se encuentra encadenado.



VIDEO EN NARRATIVELY

¿Como comprender la complejidad de una sociedad moderna y contradictoria como la nuestra? Asimilar la dificultad que entraña esta pregunta asomados a la profundidad del cráter del Popocatépetl desde esta vista de 1953 tomada por el fotógrafo Fernando Lipkau y que encuentro en el ensayo fotográfico del número 93 de la revista Elementos BUAP en línea.

Abres entonces la revista Elementos y descubres la mirada atenta y múltiple que acompaña la vida cotidiana de los científicos poblanos. Y de inmediato contemplas la capacidad editorial lograda en sus más de treinta años de existencia como revista impresa, y la exposición que el trabajo científico puede alcanzar con el uso de las herramientas digitales de comunicación.

De lo mejor, sin duda, que tiene para compartir con México la sociedad poblana. Y al alcance en cualquier momento en su edición electrónica.



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Así de directo es: hoy lunes 12 de junio te encuentras el acceso al número 106 de la revista, pero también una entrevista que el diario El País realiza con la astrónoma Catherine Heymans sobre el oscuro y frío fin de los tiempos.



fin

Y encuentras noticias sobre el desarrollo de la ciencia en Puebla:



Crean sistema de identificación por medio de voz

identificacion de voz

Y con ella descubres por la sección Ciencia en corto que un grupo de investigadores del Laboratorio de Ingeniería del Lenguaje y Conocimiento, de la Facultad de Ciencias de la Computación (FCC), en colaboración con la empresa Code Ingeniería, han desarrollado un sistema de identificación por medio de voz, que puede ser utilizado en programas de pensionados y jubilados, así como para validar trámites bancarios y en seguridad.

Y que el archivo de la revista es simplemente inagotable. Aquí un ejemplo de lo que encuentras nada más al abrirlo:

Y que puedes conocer uno por uno el perfil de los colaboradores de la revista a lo largo de su ya muy larga historia, como la del investigador Gerardo Torres del Castillo:

Gerardo Torres del Castillo

“Gerardo Torres del Castillo es Doctor en Física por el Instituto Politécnico Nacional y realizó una estancia posdoctoral en la Universidad de Oxford, becado por el gobierno británico; en 1991 recibió la Medalla Académica otorgada por la Sociedad Mexicana de Física. Su campo es la Física Matemática, particularmente la Relatividad General. Es miembro del Consejo Editorial de Elementos y colaborador de nuestra revista.”

Elementos/Ciencia y cultura es la más importante revista científica que se produce en nuestro país. Hay muchos moldes para medir con cuidado esta afirmación. Nos basamos en la calidad de sus textos, la dimensión ya histórica de su equipo de colaboradores y su propuesta gráfica, por sí misma un ensayo exquisito en cada número.

Elementos es de la BUAP y es poblana.

Lunes, 12 Junio 2017 00:00

Periodismo y género en Ibero Puebla

Martes 13 de junio de 2017

11:00 horas

Salón B-203

(Transmisión en vivo)





Mundo Nuestro. La siguiente reseña elaborada por la historiadora Emma Yanes Rizo fue leída durante la presentacón del libro de Gabriela Pulido Llano. El mapa rojo del pecado, Miedo y vida nocturna en la ciudad de México, 1940-1950 (Secretaría de Cultura, INAH, 2016).

El libro El mapa rojo del pecado, de Gabriela Pulido, nos ofrece en efecto un mapeo en el que podemos ubicar los principales cabarets, casas de cita, prostíbulos y salones de baile en la ciudad de México en las décadas de los cuarenta y cincuenta, catalogados para la moral de la época como centros de vicio y de perdición que atentaban contra las buenas costumbres. Pero el libro es mucho más que eso. Se trata en efecto de un mapa, pero social y crítico, de la vida en torno a la farándula que creció estrepitosamente en la ciudad de México a partir de los años cuarenta, cuando arranca en el país la industrialización alemanista, luego de la Segunda Guerra Mundial. Un mundo este de la farándula ya ilustrado en la pantalla grande en la época de oro del cine mexicano, en la música popular y en novelas como Santa, lo que contribuyó a establecer estereotipos por todos conocidos: el pachuco, la cabaretera, la mujer del oficio rescatada del vicio por un cliente enamorado. Personajes representados en la cine por actores de la talla de Jorge Negrete, Pedro Armendáriz o el infalible Tin-Tan, o por bellas mujeres como María Félix. Al grado tal que se provocó en el subconsciente colectivo más una admiración por ese mundo del “vicio”, tratando de imitar comportamientos y formas de vestir, que un alejamiento del mismo. Sin embargo, el mundo idílico de patrones establecidos mostrado en la pantalla grande, sólo reflejaba parte de la realidad o por lo menos la matizaba.



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De ahí la importancia del libro de Gabriela Pulido, en busca de un acercamiento historiográfico a lo que realmente sucedió en esa época en torno a la vida nocturna, utiliza otra fuente documental, que nos acerca, diríamos, a la cruda realidad: las revistas femeninas, más no feministas, que desde luego no es lo mismo; los artículos periodísticos del Excélsior y el Universal, y sobre todo el Magasine de Policía (1944-59) y la nota roja, fuentes que le dan a su estudio una perspectiva distinta de lo que ofrece la pantalla grande. A través de esas fuentes Pulido nos muestra una ciudad sumergida en una contradicción fundamental: la moral que defiende las buenas costumbres, con la Liga de la Decencia y el papel estelar de la propia esposa del presidente de la República, contra una sociedad, empezando por los políticos, que encontró en el mundo de la farándula su manera de sentir que pertenecían a unas gran metropolí, de acercarse así a las luces de París o a los shows de Chicago, siempre guardando la jerarquía de los grandes caberets y casas de cita en la colonia Roma y la avenida Reforma, para adinerados y gobernantes. En contra parte, según se deduce de la nota roja, era común en los antros populares los feminicidios, sin dejar atrás las enfermedades venéreas de los parroquianos y mujeres del oficio y la agresión a los homosexuales, catalogados como enfermos, a los que se dedica todo un capítulo.

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En el libro se documenta entonces el devenir de una ciudad que en su afán se convertirse en metropolí se corroe a sí misma y ve con escándalo y el origen de todo mal al cuerpo femenino, que en su desnudez todo lo estremece.

La bailarina Tongolele y su baile seductor será la principal representante de la tentación y punto de agresión de la pretendida moral de la época. Una mujer sin embargo Yolanda Montez, casada con el bongosero de su grupo, que en realidad después de sus escandalosas actuaciones, volvía a ser una tranquila y fiel ama de casa.

Por cierto, en la actualidad Tongolele vive en Puebla con uno de sus hijos y dicen que ha perdido la memoria. No recuerda el huracán de pasiones que desató, la revolución del espectáculo que generó su cuerpo como pionera de las llamadas bailarinas exóticas, que a fuerza de culparlas de todo mal, se volvieron diosas en el subconsciente colectivo.

Construir la memoria y conocer sus eventualidades y sus tropiezos, dirá Pulido en la introducción, es parte del objetivo de este libro. Y como la memoria social es una construcción colectiva, Yolanda Montez podrá estar tranquila. Gabriela Pulido, con precisión historiográfica, ha recuperado el Tongolelismlo.

Quizás no importa quién hayamos sido, sino quién nos recuerde. Tal vez no tanto lo que hicimos, sino el dejar huella.

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