Jueves, 11 Mayo 2017 00:00

El último viaje del péndulo dorado

Vida y milagros

Yo era una adolecente. En las tardes ociosas me gustaba la sala en penumbra de mi casa porque ahí estaba el tocadiscos con su música, mi cómplice de toda la vida, y además a la sala casi no entraba nadie. Estaba en la edad en que nuestros padres y sus vidas nos importan un comino y son invisibles para nosotros. Estaba en la edad en que también nos gustaría ser invisibles para nuestros padres y sus ojos vigilantes. Ahí, un ocho de mayo en la tarde, estaba repantigada en el sillón cuando vi entrar a mi padre al comedor, como cada sábado, a darle cuerda a un reloj de pared que mi madre había heredado de su abuelo. El reloj tenía números romanos y un gran péndulo dorado encerrado en una caja de cristal. Mi padre no me vio, pero yo lo vi a él concentrado en abrir el vidrio redondo que protegía la carátula del reloj y darle cuerda con todo cuidado. Me dio ternura pero no le dije que ahí estaba agazapada en el sillón. Quería seguir rumiando mis tonterías y amoríos adolecentes sin que nadie me molestara; eso no me impidió sentir cariño y una seguridad extraña que emanaba de mi padre y su rutina de darle cuerda al reloj cada sábado en la tarde. Se alejó silbando...lo hacía cuando estaba contento y tranquilo. Ya entonces no silbaba mucho, pero ese día todos sus pollos estábamos en la casa, en especial las dos mujeres, que estábamos entregadas a la aventura de estudiar en México, tragadas por la capitalota, como él le decía al DF. Le daba miedo que anduviéramos por ahí, como chivos sin mecate, trajinando en camiones y aventones a la universidad, en especial Angeles, que sufría de epilepsia y había decidido valientemente aventar su enfermedad a la basura, salir del capelo protector de mis padres e irse hasta la UNAM a buscarse una vida. -"Hoy puedo dormir tranquilo, están todos aquí", dijo esa noche antes de meterse a su cama con un libro. Una hora después, a las once, mi madre salió alarmada del cuarto y llamó a un amigo que era doctor. Mi padre había sufrido un derrame cerebral. Nuestro mundo cambió en ese momento. A nuestro círculo familiar, tan cercano, cálido y frágilmente seguro, había llegado a tocar la muerte. Dos días después mi padre murió. Solo mi madre estaba con él en esa madrugada del once de mayo. Ingenuos como éramos entonces, creíamos que se salvaría. Cuando llegamos al hospital su cuerpo tibio parecía dormido. Le dimos las gracias sin saber si los muertos escuchan, sin saber a dónde van, ni si nos oyen o nos pueden ver acongojados. Hay quien dice que sí. Ese mismo día por la tarde lo enterramos. Mi hermano Carlos les tenía terror a los velorios que acaban en jolgorio y corrillos de personas contando chistes. Todo en el entierro de mi padre fue sencillo, como su vida misma. Nos dimos cuenta esa tarde de cuántas personas lo querían. Llegaron convocados por la esquela de "La voz de Puebla", periódico en el que mi padre escribía todos los días, sin cobrar un centavo, porque para él escribir su columna que llamó "Mundo Nuestro" era un gusto. Como en un sueño o una pesadilla todo pasó a la vez, lento y rápido. La fuerza de mi madre ante la adversidad hizo que la casa siguiera funcionando esa semana, como si la rutina pudiera engañarnos, como si la comida servida en punto de las dos , cuando él llegaba, pudiera hacerlo entrar de regreso de su trabajo silbando como siempre. Una mañana de esa semana adversa, entré al cuarto de mis padres mientras mi madre dormía aún. Vi el espacio de mi padre vacío en la cama, y la mano de ella depositada sobre ese hueco, como si así pudiera tocarlo o convocarlo. Nunca la vimos derramar una lágrima. Yo solo vi ese gesto, ese brazo tratando de llenar el espacio en que ya no estaba su marido. El sábado siguiente, después de la comida, me volví a refugiar en la sala en penumbra. El tocadiscos estaba apagado. Mis divagaciones adolecentes ya eran otras, ya eran las de una mujer y no las de una niña estúpida. Pensaba en los labios delgados de mi padre, en su forma sensual de fumar después de la comida, en su olor a lavanda, en su forma de tratar con su vieja cafetera italiana cada mañana, en su voz, sobre todo en su voz suave que nunca nos hirió...En la sala en silencio solo me acompañaba el ir y venir del péndulo del reloj acompasadamente, como el latido de un corazón. Seis vibrantes campanadas me anunciaron la hora...y luego de nuevo el constante latir del péndulo dorado siguieron acompañando mis atormentados pensamientos...no sé cuánto tiempo pasó...quizás media hora...y entonces el péndulo se detuvo. Me vino a la cabeza con una nostalgia que espantaba, la figura de mi padre de apenas una semana atrás, entrando en el comedor a darle cuerda al reloj, como cada semana. Como una puñalada recordé que no seguí mi impulso de levantarme a darle un beso a pesar de la ternura que sentí al mirarlo. Fue en ese momento, con el último viaje del péndulo dorado, que supe de verdad que mi padre había muerto y que no lo volvería a ver nunca.

Mundo Nuestro. El proceso creativo no copia un modelo, entiende la realidad y la recrea. Así se lo plantea el proyecto educativo jesuita. En la realización de ese esfuerzo se produce la transformación social.

Y eso es lo que se quiere mostrar en esta Expo Ibero Primavera 2017, una muestra de vanguardia e innovación tecnológica.

En ella se exponen más de 400 trabajos de los seis Departamentos Académicos y áreas de formación social-integral de la IBERO Puebla; 300 del Departamento de Arte, Diseño y Arquitectura; 55 de Ciencias e Ingenierías; 29 de Humanidades, 22 de Ciencias Sociales, 19 del área de Servicio Social, 14 de Ciencias de la Salud, 10 del Laboratorio de Innovación Económica Social (LAINES), 9 del Área de Reflexión Universitaria y 9 del Departamento de Negocios.



El objetivo: impulsar la creatividad y el compromiso social. El espacio que presenta proyectos estudiantiles que contribuyen a la creación de mejores condiciones de vida en el país. Es una muestra del sentido de creatividad, intelectualidad y profesionalismo de los estudiantes y profesores de la Ibero Puebla.

"No hacemos trabajos para satisfacer egos, sino para beneficiar a la sociedad", dijo el Rector Fernando Fernández Font.

Estos trabajos --dijo--son claramente el resultado de esfuerzos y propuestas integrales e interdisciplinarias que ven más allá de sí mismas; desde las humanidades hasta las ciencias exactas. De ahí la importancia de entender al otro, lo cual nos da la pauta para generar puentes en estos tiempos de incertidumbre en donde los muros buscan instalarse para dividir, fragmentar más a una sociedad lastimada y débil."

Aquí, una reseña gráfica del evento.





Lunes, 08 Mayo 2017 00:00

Trump y la rebelión en la granja

El 26 de abril por la mañana, a días de cumplir 100 días en el cargo, el gobierno del presidente Donald Trump hizo público que Estados Unidos se salía del TLCAN. La noticia provocó la reacción inmediata al interior de ese país, sobre todo entre de los agricultores y ganaderos, y en los gobiernos de México y Canadá.

The Washington Post ha hecho un esfuerzo por reconstruir lo que sucedió ese día y lo que provocó que una decisión del presidente Trump, al parecer imprevista y desbocada, horas después fuera la contraria. El jueves 27 entrevistaron a Trump y otros integrantes del gabinete.

Al empezar a correr la noticia, que pronto se hizo mundial, dirigentes de organizaciones estadounidenses de productores de granos y de carne empezaron a llamar a sus contactos en la Casa Blanca manifestándose en contra de la supuesta decisión presidencial.

El tenor de las llamadas es que sus agremiados habían votado por Trump y éste no podía poner en riesgo sus ventas a México, su principal comprador, que en el 2016 importó 18,000 millones de dólares en productos agropecuarios y esa cantidad tiende a crecer.

Los productores de maíz amarillo viven de las ventas a México, en el 2016 exportaron 16 millones de toneladas por un valor de 2,600 millones de dólares. Los productores de carne de puerco 1,400 millones de dólares y los de lácteos 1,200 millones de dólares.

A la llamada de los dirigentes de las grandes organizaciones de productores de granos y carne siguió la de cientos de sus afiliados que hicieron presión directa, en el marco de una estrategia, sobre la Casa Blanca.

El presidente de México y el primer ministro de Canadá, al conocer la noticia, hablaron y acordaron tener una misma posición ante el gobierno de Trump; si se anuncia de manera oficial el abandono de Estados Unidos del TLCAN ambos países no volverían nunca más a la mesa de negociación.

De acuerdo con The Washington Post, el secretario de Comercio, Wilbur Ross, el de Agricultura, Sonny Perdue, y su yerno y asesor, Jared Kushner, hablaron con Trump, para ponerlo al tanto de la posición de los dirigentes agropecuarios, de los productores y de la postura compartida de México y Canadá.

Trump, dijo el periódico, “ya tenía todo listo para terminar el tratado. Ansiaba terminarlo. Lo iba a hacer”, pero dio marcha atrás ante los argumentos que se le dieron del impacto económico y político que su decisión tendría al interior de Estados Unidos y con sus vecinos.

La reconstrucción de los hechos realizada por The Washington Post plantea que Trump ya había decidido cambiar de opinión cuando el primer ministro de Canadá y el presidente de México lo llamaron, para manifestarle su preocupación y buena voluntad para renegociar el TLCAN.

Trump sostuvo en su retractación que “he decidido que en lugar de cancelar el TLCAN, que sería un gran shock para el sistema, vamos a renegociarlo” y añadió que “si no puedo hacer un acuerdo justo para Estados Unidos, voy a cancelar el TLCAN. Pero vamos a darle a la negociación una buena y fuerte oportunidad”.

Otra versión plantea que la idea de la ruptura del tratado era un proyecto del consejero Steve Bannon, en el entendido de que ésta gustaba a Trump, pero el sector realista, encabezado por Gary Chin, jefe de los asesores económicos, consiguió demostrar lo absurdo de la idea y Trump dio marcha atrás.

Este episodio pone a la vista, una vez más, de un lado las distintas posiciones en pugna que están presentes en la Casa Blanca, los ultraderechistas y los realistas o pragmáticos, y también la personalidad bravucona, veleidosa y contradictoria de Trump. Es cada vez más difícil que los gobiernos y los medios lo puedan tomar en serio.

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Mundo Nuestro. Agua para Siempre y la posibilidad de imaginar un mejor futuro, y actuar para construirlo. Y desde Tehuacán encabezan con la UNESCO una fuerza mundial para impulsar el Desarrollo Sostenible. Se dice fácil: “Agua para Siempre” unirá fuerzas con la UNESCO, que ha convocado a esa organización poblana y su Museo del Agua “Agua para Siempre” para encabezar la fundación de una Red Mundial que se propone unir fuerzas y experiencia acumulada para difundir los nuevos Objetivos de Desarrollo Sostenible, promulgados por la Asamblea General de las Naciones Unidas, y promover su cumplimiento durante el período 2016-2030.

Así lo informan Gisela Herrerías, Directora del Museo del Agua y Raúl Hernández Garciadiego, Director de la asociación civil Alternativas y Procesos de Participación Social, ganadora de Iniciativa México en el Bicentenario.



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Vale la pena recordar la trayectoria de esta agrupación de la sociedad civil:

Tras casi dos décadas de acumular experiencia promoviendo el desarrollo regional sostenible, en 1999 se fundó el Museo del Agua “Agua para Siempre”, posicionándose como pionero mundial en educación ambiental para el desarrollo sostenible. Está ubicado en la Reserva de la Biosfera Tehuacán-Cuicatlán, zona mundialmente famosa por ser centro de origen de la agricultura mesoamericana al haberse domesticado en ella el maíz, frijol, amaranto, calabaza, chile y otros cultivos que forman el núcleo de la alimentación mexicana, que fue reconocida por la propia UNESCO como patrimonio cultural inmaterial de la humanidad. En el Museo se presentan los sistemas más valiosos de conservación de suelo y de captación y aprovechamiento de agua, que tienen sus antecedentes más antiguos en el complejo Sistema de Purrón.



El Museo del Agua “Agua para Siempre” ha organizado 2,200 actividades educativas, enriqueciendo la conciencia ambiental de 215,000 personas. Esta experiencia le permitirá enriquecer los planteamientos para alcanzar los 17 objetivos mundiales propuestos, que incluyen contar con agua limpia y saneamiento ecológico para cuidar la salud y mantener limpio el ambiente, consumir una alimentación nutritiva y balanceada preparada con prácticas higiénicas para combatir la malnutrición , así como crear innovaciones metodológicas educativas y organizativas y tecnológicas en procesos y equipos para generar empleos dignos y empresas sociales competitivas para superar la pobreza.

En la integración de la Red Mundial unirán fuerzas 18 países, de 5 continentes, cumpliendo con el Objetivo 17 de crear alianzas para alcanzar estos objetivos. La aprobación está programada para el día 4 de mayo de 2017



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Vida y milagros

Pasé el fin de semana pasado en la ciudad de México. En la autopista y en distintos puntos de la ciudad vi muchos anuncios de Rafael Moreno Valle promoviendo su libro "La fuerza del cambio", y digo "anuncios de Moreno Valle" porque no acabo de creer que una editorial gaste tantísimo dinero en promover el primer libro de un escritor desconocido. Sé que así no lo hacen las editoriales. No es creíble la explicación que él mismo dio en la entrevista que le hizo Carlos Loret, de que Porrúa pagaba tantos espectaculares y anuncios radiofónicos a cuenta de los derechos de los dos siguientes libros que va a escribir. ¿Miguel Ángel Porrúa es pitoniso? ¿Sabe de antemano que el supuesto éxito de los siguientes libros pagará el gasto de espectaculares que igual se ven en Cancún, en Jalisco o en Nuevo León? ¿Cuánto vale eso? Ni García Márquez hubiera logrado un arreglo tan exitoso. En fin, no hay un solo presidenciable que no le esté dando vueltas a la ley y haciendo actos anticipados de campaña. Ya que quiten esa estúpida prohibición a la que todos burlan y el INE consiente. Eso y no otra cosa son esos anuncios del libro de Moreno Valle. Podría ser un libro magnífico, pero es realmente un truco para la enorme publicidad anticipada de una campaña política que la ley prohíbe y que se presta a disfrazar una casa editorial.



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Ahora, como dice el dicho, del plato a la boca se cae la sopa y papelito habla. En la síntesis que la editorial presenta del libro dice, textual "que Rafal Moreno Valle comparte su origen familiar, su preparación académica y profesional y los resultados de gobierno respaldados por evidencias....." "... los avances logrados en los DISTINTOS INDICADORES muestran cómo Puebla inició el cambio que México necesita". Así dice la página www.porrua.com.mx. Sin embargo el libro en que el ex-gobernador y neófito escritor exalta su propia trayectoria cayó desojado con todo y los sueños del señor Porrúa de recuperar su supuesta inversión ante los últimos hechos de violencia que a partir del martes dos de mayo han puesto a Puebla en todos los encabezados de periódicos y portales del país. El asalto a una familia que venía de México hacia Puebla a la altura de San Martín conmovió hasta los periódicos extranjeros. El saldo de un bebé muerto de un balazo y la violación de la mamá y su hija de 14 años nos han dejado helados a todos. Hoy se achaca el crimen a una banda delincuencial ligada a la ordeña de ductos que abarca un territorio que va desde San Martín hasta Libres, Quecholac, Acatzingo y las colindancias con Orizaba, y pone a Puebla como el estado con más tomas clandestinas del país.



El miércoles y jueves de la misma semana, Palmarito Tochapan, junta auxiliar de Quecholac, ardió en un enfrentamiento entre militares y las comunidades a las que el tráfico de gasolina y la ordeña de los ductos de Pemex les han cambiado la existencia radicalmente. El saldo es de 10 muertos, muchos heridos, varios detenidos y toda una comunidad en pie de guerra. Cuatro soldados murieron en el enfrentamiento, y el jueves la supercarretera Puebla-Veracruz fue bloqueada de ida y vuelta con montones de llantas encendidas en el tramo de Quecholac. Al mediodía del jueves escuché parte de la entrevista que López Dóriga le hizo al gobernador de Puebla José Antonio Gali a raíz de estos sucesos. Oyéndolo me pregunté: ¿Cómo y a qué hora se hundió Puebla? ¿Qué decían los indicadores que el libro menciona? Gali hizo énfasis en que su mandato empezó hace cien días y aunque le es difícil deslindarse del todo del desastre de la violencia derivada del descuido de la administración anterior, dio datos que empiezan a marcar una diferencia en cuanto a la prioridad que se está dando obligados por los graves hechos de las últimas semanas.

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El 9 de marzo de 2017 fueron secuestrados y asesinados tres policías de la fiscalía de secuestros y delitos de alto impacto precisamente en esa zona. Sus investigaciones se habían acercado demasiado a una banda delincuencial ligada al secuestro y a la ordeña de ductos. En el crimen estuvieron involucrados el presidente municipal de Atzizintla y varios policías municipales, quienes detuvieron y entregaron a las víctimas a la banda del Buchanans, mismos que fueron detenidos en el operativo Encrucijada, en el cual participaron fuerzas federales y estatales. Ante la debilidad de las instituciones de seguridad pública poblanas el gobernador Gali convocó a una mesa de trabajo interinstitucional y pidió el apoyo de la federación y el ejército. Tantos años de abandono tenían al gobierno estatal contra las cuerdas. Por eso durante la entrevista Gali fue contundente en reconocer lo indispensable de la colaboración con la federación en este momento y lo agradeció repetidas veces. Simplemente el estado por sí solo no tiene con qué enfrentar el colapso de la seguridad publica en el llamado "triángulo rojo", aunque sí dio un dato que deja mucho que pensar: en dos meses el gobierno del estado de Puebla y la PGR han decomisado un millón de litros de combustible robado. En todo el año pasado solo se decomisaron doscientos mil litros. Y es ahí en dónde obligadamente se vuelve al tema del libro de Moreno Valle y su tesis e indicadores de un gobierno, el suyo, que sí supo cómo gobernar.

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En diciembre de 2010, en los últimos días de Mario Marín y a unos días de que iniciara la administración de Moreno Valle, la fuga en un ducto de Pemex que estaba siendo ordeñado explotó y dejó un saldo de 39 civiles muertos. El problema de la ordeña estuvo en focos rojos desde el inicio de la nueva administración, y no sólo no fue priorizado y atendido con toda la fuerza del estado, sino que hace ya dos años que el Director de la Policía Estatal Antonio Estrada López fue detenido justo en esa zona por miembros de la PGR y la Marina en una madrugada en que Estrada acompañaba y protegía la ordeña de un ducto desde una patrulla. Ahí, con las manos en la masa le cayeron y se lo llevaron detenido a México. El operativo de la Marina y la PGR se mantuvo en absoluta secrecía y fue el fruto de una larga investigación. El hecho le costó el cargo un mes después a Facundo Rosas, el Secretario de Seguridad Pública durante los primeros cuatro años de la administración de Moreno Valle. El procurador del estado era Víctor Carrancá, quien hasta la fecha permanece en el cargo pues fue ratificado en 2016 por el congreso actual hasta el año 2022.

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Moreno Valle logró como gobernador muchas de las cosas que se propuso, en particular la modernización de la infraestructura en la capital del estado y zona metropolitana, privilegiando obras de alta visibilidad que detonaron para bien el potencial turístico pero también su imagen. Para desgracia de todos descuidó enormemente el tema que más preocupa a los mexicanos: la seguridad pública y la impartición de justicia, temas hacia los cuales demostró un profundo desinterés y a los que él y el congreso les redujeron el presupuesto de manera alarmante. Nada deja más claras las prioridades de un gobierno que el revisar presupuestos que se destinan a cada tema. Los ministerios públicos del estado trabajan con poquísimo personal y en condiciones lamentables. El poder judicial está disminuido, Las policías estatales y municipales son como casi todas las del país, débiles, mal pagadas y poco confiables.

Moreno Valle mantuvo una permanente campaña mediática durante su gobierno, siempre centrada en que él si sabía cómo gobernar; la promoción de su libro recalca la imagen de que él si puede con el país y sí sabe hacer las cosas; como ejemplo pone su trabajo en Puebla, haciendo énfasis en su legado de una Puebla segura, moderna y con menos desigualdades. Dos cosas están desdibujando el retrato de este moderno Dorian Grey: la primera es el mensaje de que en la forma de promocionar su libro le está dando la vuelta a la ley acerca de los actos anticipados de campaña y promoción de imagen, o sea, el mensaje de que las leyes no están para cumplirse sino para darles la vuelta. Pasarse de listo es una de las leyes del poder que tarde o temprano pasan factura. La otra es la realidad de la galopante inseguridad pública que se logró maquillar y mantener prendida con alfileres mientras crecía a velocidades vertiginosas pero oculta por permanentes campañas publicitarias a favor de la imagen de un buen gobierno. Ahí están los números. Puebla es el primer estado en la ordeña de gasolina en el país y este récord no se logró en un año sino en un largo sexenio. Como dice Alejandro Hope, analista de seguridad pública- "Varios venimos diciendo lo mismo desde hace meses: con la crisis del huachicol Puebla se está jodiendo...y sorprende que la respuesta solo llegue en la forma de más personal militar." El gobierno del estado de Puebla fracasó rotundamente en este rubro.

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¿Para qué gastan los gobernantes en tanta publicidad y tanta promoción personal? Al final no hay nada más contundente que los hechos. No importa que un gobernante nos simpatice o no, tampoco a qué partido pertenezcan porque las mudanzas de partido están a la orden del día y ya da casi igual el partido mientras de verdad quienes quieren gobernar crean en el imperio de la ley y prueben con sus actos su verdadera convicción de que las leyes deben respetarse. Lo segundo, pero igual de importante, es que deben probar que están convencidos y preparados para garantizar la seguridad pública y la tranquilidad de las personas. Poco puede construirse sin esas dos premisas. Lo que sí se puede es escribir muchos libros. Todos los aspirantes a presidentes de la república están dedicados a eso con devoción. Ahora todos son escritores. Nada tan fácil como prometer en un libro jardines de rosas.

Mundo Nuestro. Con esta crónica de su viaje al sur americano, abrimos en esta revista la participación del escritor, periodista, antropólogo, guionista, radiodifusor, artista plástico Leopoldo Noyola Rocha con su blog Mitos sin sustancia. Y nos felicitamos por ello. Viaje al sur: se publicará por partes. Aqui el tercer capítulo, Lago Rupanco.

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El lago Rupanco tiene 23 mil hectáreas de extensión y unos 350 metros de profundidad. Su forma es angosta y se alarga hasta los 42 kilómetros de este a oeste, al borde de la cordillera de Los Andes, serpenteando entre las cumbres de muchas montañas entre las que destacan los volcanes Puntiagudo y Casablanca. Y al fondo, magnánimo, el volcán Osorno (2,493 msnm).

Rupanco está al sur de Entrelagos, una preciosa y pequeña ciudad ubicada precisamente entre los lagos Puyehue y Rupanco, pero a la vera del primero, con un mercado que anuncia la venta de carnes de venado y jabalí de criaderos; pan con chicharrones y por supuesto Lays, la marca de papitas que son las Sabritas chilenas, también de la Pepsicola. Estamos a unos cuantos kilómetros de la frontera con Argentina, a la altura de Bariloche, desde donde llegan parvadas de loros choroi color verde mayate.

En Rupanco vemos por primera vez un segmento grande de bosque nativo, tras recorrer 8 kilómetros de terracería para llegar a la casa del pescador que nos dará asilo durante tres días, a donde llegamos luego de cruzar un puente de madera con pequeñas rosas pintadas como adorno. Este comentario puede parecer ocioso, pero no lo es, en esta región de Osorno el detalle es lo que marca la diferencia. Así, vemos en la carretera adornos muy finos y singulares en las cercas, las casas o las caballerizas; adornos colgando de los árboles, los buzones, sobre los senderos de un gusto muy refinado; los residentes de esta verde zona en la Región de los Lagos tienen a bien poner esos detalles para deleite propio y de los numerosos visitantes que arriban a acampar al lago. A mí me dejan contrito, porque hablan del arte del buen vivir, de la búsqueda de la calidad de vida en sonrientes detalles, cálidos y humanos, a veces cursis, abstractos incluso, con los que esta gente acompaña su vida.




Es inevitable no ponerse poético desde el barranco de unos diez metros sobre el lago Rupanco donde tenemos instalado nuestro campamento, junto a la casa del pescador. El espejo de agua replicando nubes con jirones azules del cielo; el reflejo del Sol como una cascada durante el día y de la Luna por la noche, que estalla en el agua y se prolonga hasta nuestros pies como una alfombra luminosa en una premier de estrellas verdaderas. La cordillera de los Andes amuralla el Este y aun cuando no está nevada prodiga majestuosidad. Gaviotas hambrientas, oportunistas tiuques (halconcillo) y ruidosos queltehues (como ibis), y la incesante actividad de una planta de salmón coho y salmón chirú (Chinook) que replican el proceso vital de los salmones en tecnificadas plantas lacustres y oceánicas en las que mueven a los peces, todo el día transportan cajas en lanchas de carga. No soy capaz de entender aún el daño ecológico de estas plantas, un pescador de Punta Arenas nos ilustraría más adelante de sus desastrosos resultados.





Malú y Cris se solazan comprando lana amarilla pintada con una planta llamada michai y otra morada pintada con moras, el arbusto omnipresente en el sur chileno, las moras, las zarzamoras, traídas por los alemanes a principios del siglo XX y hoy convertidas en una deliciosa plaga que encuentras por doquier, en las banquetas, en el campo, en todos lados, fructificadas en este época con generoso exhibicionismo y al alcance de quien quiera comerlas. Por supuesto yo me apunté, de sur a norte las zarzamoras fueron muy sabrosas, numerosas y al alcance de la mano.

También en esta zona tuvimos ocasión de entablar contacto con las abejas mieleras, no fue ni accidental ni espontáneo, pues la presencia de un hermoso árbol llamado ulmo, que llega a tener alturas respetables, aunque no gigantescas, pero que se distinguen por estas profusamente floreados con una flores blancas que son el festín de las abejas, son la causa de tanto panal. Sabía que la majestuosa araucaria era el símbolo de la flora chilena, pero el ulmo, por su persistencia y fogocidad, debería ser símbolo del sur chileno porque está en todas partes con toda su belleza y utilidad.

Luego de tres días junto al Rupanco, el generoso lago de playas empedradas y cristalinas, partimos en caravana hacia el sur que era el único dato real de nuestro destino aventurero. Pilmaiquén, anuncia un letrero. De nuevo grandes y pequeños detalles arquitectónicos y ornamentales en las casas del camino. Nuestro destino es Ensenada, una ciudad al borde de la parte norte del lago Llanquihue, un pequeño mar interior de 860 kilómetros cuadrados cuya profundidad no se conoce aún, que aparece de a poco, en juguetones retazos del camino donde ahora me veo y ahora no, pero que sin embargo circunnavegaremos a lo largo de varias horas en lo que se conoce como el “Circuito Lago Llanquihue”. El lago natural más grande de Sudamérica, dice una información turística. ¿Y el Titicaca?, me pregunté ipso facto.

Es posible advertir grandes predios de monocultivos, pinos de 40 metros de altura con apenas un metro de separación. Y eventuales predios de monocultivo cosechados: un escenario triste y masacroso. La carretera flanqueada por florecitas amarillas y blancas es recolectada por una familia que camina temerariamente sobre la carpeta asfaltada. Un cartel informativo anuncia: Norpatagonia. Y otros Nochaco, Río Coihueco, cumbre del volcán Osorno “a la izquierda”. Por fin llegamos a las inmediaciones del majestuoso volcán que hemos apreciado los últimos días, al tiempo que vemos el primer accidente en lo que llevamos de camino; hay heridos, es una volcadura.

Las estadísticas de Chile son menos favorables que su apariencia, la miseria no existe a la vista del viajero, sin embargo es visible un caserío de pobres en los pequeños ranchos del camino, casas sucias y desastradas, pero nada que ver con la miseria mexicana, no hay casuchas de cartón y lámina de propaganda electoral, aquí las viviendas tienen una buena condición, paredes sólidas, techos de lámina y terreno.

En Ensenada también hay una elegante zona de restaurantes con numerosos turistas alemanes, ancianos en su mayoría, apuntadísimos para ingresar al restaurante “Donde don Pancho”. Es sábado temprano y el territorio por ahora es de adultos, casi no hay jóvenes, excepto las decenas de mochileros que esperan pacientemente en sitios estratégicos para ser recogidos por los automovilistas. “Pacos” (que son los polis, los tamarindos de por acá) de una susceptibilidad extrema, casi nos infraccionan por preguntar la ubicación de una bencinería (gasolinera). De miedo, los famosos carabineros, supuestamente muy respetados, pero todo mundo les da la vuelta.

Los ulmos “nevados” junto a álamos y pinos se arremolinan exuberantes en los bosques nativos del Parque Nacional Vicente Pérez Rosales, entre el dominante basalto volcánico muy antiguo, junto a variedades autóctonas como olivillo, luma, meli, tiaca, canelo, avellano, saúco, mañío y muchas más. Sobre todo mucho colihue, una especie de bambú y raulí, una variedad muy gruesa de pino nativo. Luego atravesamos un bosque enano, joven, derivado de un incendio relativamente reciente que por lo visto arrasó.

- Mira, ahí está una araucaria –me indica el informado Frank.

- Por fin –le respondo antes de estornudar ruidosamente.

“Salud”, decimos en México, pero en lo que vimos los chilenos no usan esta cortesía, aunque te agradecen si la profieres. Cuando pude le pregunté a Cris al respecto, me dijo que sí la usan, pero en la práctica comprobamos que no. ¿Qué importancia tiene? Ninguna, pero igual lo apunté. Ahora vamos hacia Cochamó, en el estuario de Reloncaví.

Mundo Nuestro. La revista nexos del mes de mayo nos regala una memoria de Juan Rulfo, 1917-2917, con textos de Ángeles Mastretta, Roberto García Bonilla, Alejandro Toledo, José Carreño Carlón, Juan José Reyes, Ricardo Bada, Santiago Roncagliolo y Margarito Cuéllar. Presentamos aquí el Puerto Libre con el que la escritora poblana narra los malabarismos rulfianos del inicio de su carrera como novelista, y por ahí, su semblanza del hombre que nos dejó la mejor de nuestra literatura mexicana.

He de llegar a él, como de él aprendimos, empezando por mí. Vine a Comala. Todo lo que me sucedía en esos años era extraordinario. El orden de lo que habrían podido ser mis días, si me hubiera quedado en un mundo previsible, se volvió un caos brillante por el que todo se deslizaba con naturalidad. Después del primer asombro: la Ciudad de México, los demás sucedían como si todos fueran parte de la misma condición imprevista y milagrosa de cuanto me ocurriera. Igual que cuando llueve con sol y nos echamos a caminar, yo, expuesta al lujo de lo imprevisto, al gozo de que todo riesgo trajera un hallazgo, me dejaba llevar por la duda de las madrugadas con la certeza de que habría luz al anochecer.



Por tal destino, ahí sí para su paz, la cautela de mi padre sólo me acompañó unos meses. El valor de mi madre, por años como un desconocido, anduvo siempre ahí, aún sin entender de dónde salía esa yo con la que no contaba.

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Ilustración: Gonzalo Tassier



La libertad que no necesita pregón, me vivía entre los pies y la cabeza discurriendo qué hacer conmigo. Así fue como tras algún tropiezo llegué a Ciencias Políticas y ahí a una carrera llamada Periodismo y Comunicación Colectiva. Al poco tiempo, además de las seis horas en la universidad, tenía un trabajo. Y como parte de mis varios quehaceres cometía tropelías para que el tiempo me rindiera. Una de ellas fue discurrir las entrevistas y las crónicas que era mi deber entregar en la clase de redacción a cargo de —cuando caí en el tribunal de la verdad— el escritor Gustavo Sainz.

Creo que ya he contado algo de esto, pero he de repetirlo para llegar a donde voy. Impensable que a un maestro gitano pueda leerle la mano una escueta aprendiz. Así que hube de confesar que todo aquel accidente carretero, escrito con un detalle tal que ahí no sólo se daba cuenta de los cinco autos que quedaron abismados en el fondo de un barranco, sino hasta del número de cabras que un pastor perdió por su causa, lo había yo inventado del mango a la punta. No temí confesarlo porque bien sabido estaba que el profesor era devoto de las fantasías. Tanto que cuando yo le conté el desbarajuste de mis diarias actividades y mi breve peculio, en vez de un regaño me dio un consejo: “Pide la Beca del Centro Mexicano de Escritores”.

Como el miedo no andaba en burro sino en mí, quise espantármelo. Era viernes. Volví a la Puebla del fin de semana y le pedí a mi abuelo su máquina de escribir eléctrica. Era verde pálida, con las líneas curvas que marcaron el diseño de los años setenta. Tenía una cinta plástica con la que se imprimían las letras labradas en una esfera que giraba siguiendo las órdenes del teclado. La describo con cariño porque fue la herramienta de mi siguiente imaginería. La solicitud para obtener una remota prebenda para escritores, cuando lo que más cerca estaba de una profesión a mi alcance era divagar, resultó un acto de tal malabarismo que me dieron la beca.



Prometí a cambio un libro que aún me gustaría escribir. Uno sobre la yo que me intrigaba entonces. La curiosa, la sedienta, la desaforada, la, no sé si decir, promiscua, en que se había convertido esa perpleja que fui.

Era 1974. Pagaban dos mil pesos al mes para que los probables escritores pudiéramos gozar de lo que siempre será un lujo: “tiempo de ocio creativo”.

Y aquí es donde aparece por primera vez el bien amado Juan. ¿No oyes cómo rechina la tierra? Sí que lo oía. También vi, como su primer fantasma, en la mitad de una plaza: un vuelo de palomas rompiendo el aire quieto, sacudiendo sus alas como si se desprendieran del día.

Nada mejor pudo darme la providencia. Un vuelo. Una dote para escribir como quien se desprende del día. Caminé hasta la calle de San Francisco. Y luego sentí miedo. Si usted viera el gentío de ánimas que andan sueltas en la calle. En cuanto oscurece comienzan a salir. No necesité más que la primera reunión para temblar.

¿Tú crees en el infierno, Justina?

Sí, Susana. Y también en el cielo.

Yo sólo creo en el infierno —dijo.

Junto conmigo habían ganado la beca José Joaquín Blanco, Luis González de Alba, Carlos Montemayor y Francisco Serrano. Y eran nuestros maestros Salvador Elizondo y Juan Rulfo.

El lleno de silencio, el agua de azahar, el querido Juan. Todos me daban miedo menos él. Pero ¿por qué las mujeres siempre tienen una duda? ¿Reciben avisos del cielo o qué?

No hubiera yo podido responderle tal pregunta a esa ánima sagaz que había inventado Rulfo, pero me arrimé a su cobijo. Robé la silla junto a él. Y nos hicimos amigos. No sé si amigos, es mucho presumir. ¿Cómplices de tortura? Esas reuniones lo eran. Al menos para mí. Después del primer día en que me tocó leer, no volví a ser la misma. Salvador Elizondo me tomó por su cuenta con un implacable discurso del que aún no me repongo. En pocas palabras me dijo ignorante y de seguro tenía razón. Lo que no lo indulta, jugué después con él, de haber presidido el grupo de las ánimas que me quitaron el famoso vuelo que iba desprenderme del día. Voy a dormir llevándome al sueño estos pensamientos.

Mis compañeros levantaron los hombros. Los sentí decir: qué cosa más necia está escribiendo esta mujer. Sé qué está asustado porque tiembla. Cambié el género al decírmelo. No perdieron su tiempo en opinar demasiado. Tengo la boca llena de tierra.

No lo dije antes, pero para mi salvación presidía las sesiones don Francisco Monterde, el dueño de las normas gramaticales y la ortografía. Con él no tuve nunca sino un quizás. De repente me sugería un punto y coma, en vez de un punto y seguido. Sabía como nadie descifrar los misterios de la gramática y era un encanto oírlo corregir un párrafo. No sé cuántos años habrá tenido, pero muchos. Me había topado con él en Los Encuentros, donde se cruzaban varios caminos. Me estuve allí esperando, hasta que al fin apareció este hombre. —¿Adónde va usted? —le pregunté.

“Creo que es mejor un punto y aparte”, dijo desde la cabecera de la mesa. Lo suyo no era descalificar sino hacer compañía. Sólo se detenía en los detalles. Ahí en donde se esconden los dioses.

Después de él hablaba Rulfo, como un bálsamo. Se limitaba a decir me gusta o no. Sin dar explicaciones, sin perder el tiempo de sus fantasmas haciéndolos bajar al cónclave. —Yo voy más allá, donde se ve la trabazón de los cerros. Allá tengo mi casa. Si usted quiere venir, será bienvenido.

Dijo siempre que le gustaba lo que yo escribía, pero nunca una palabra más. ¿Para qué molestar? Lo suyo era saber que esto de escribir es un asunto de cada quien. No tenía él por qué meterse en nuestro andar. Ya él había estado suficiente entre caciques y muertos de miedo. Allá nosotros. Tenía las manos muy blancas y los dedos largos, tenía los ojos instalados en el horizonte y me parecía inerme. ¿Nos hicimos amigos? De repente jugamos ahorcados en las tarjetas color sepia puestas ahí para apuntar algún comentario. ¿Qué más quería yo? —No vayas a pedirle nada. Juan tenía un coche medio tartamudo y en él me llevaba hasta la esquina de Insurgentes a la que llegaba la punta de mi calle.

En la reverberación del sol, la llanura parecía una laguna transparente, deshecha en vapores por donde se traslucía un horizonte gris.

Idéntica a esa llanura, esta ciudad. Un día chocamos. Y lo digo en plural porque aunque él manejaba yo me sentía responsable del viaje. El golpe lo asustó. Detuvimos el tránsito. “Usted no se mueva”, le dije. Del otro auto bajó un hombre enardecido, echando víboras y sapos. “Ha tenido usted la suerte de chocar con el maestro Juan Rulfo”, le anuncié. “Y ¿a mí qué? ¿Quién es ése?”, preguntó como quien blasfema. Nos hicimos de palabras. Me sobraron. “Es el mejor escritor que se haya podido imaginar”. “Yo no imagino escritores ¿A mí quién me paga mi golpe?”. “Quién sea, pero no se meta con el maestro”. Luego seguí hable y hable cuantas cosas pude. Adivinar qué habré dicho, pero el caso es que el hombre se silenció por fin. Antes de que se arrepintiera volví al coche. “¿Qué tanto averiguaban?”, me preguntó el ánima de Juan. “No se preocupe, entendió todo”, dije. Y vi en sus ojos una gota de confianza.

Creo que sí nos hicimos amigos. Yo necesitaba un papá en toda ocasión y él aceptó oírme hablar de eso. De escribir no decíamos nada. Ni había para qué. A las águilas no se les pregunta. Aunque lo sepan todo. Nada más lejano a la soberbia que la voz de Juan Rulfo hablando de cualquier cosa. La sencillez no estaba sólo en su nombre. Sino en todo lo suyo. Sin duda en su presencia sucinta y clara.

En las tardes de mis primeras lecturas llegué a entregar hasta veinte páginas. Un año después, en la última sesión, leí un párrafo seco que no iba a ningún lado. Nadie dijo nada. Juan preguntó si me acercaba a mi casa. Fuimos hablando de cualquier cosa y nos despedimos hasta no sé cuál miércoles.

Encontré un buen trabajo en un diario y no volví a pensar en escribir un libro sino diez años más tarde.

Entonces leí a Rulfo como si lo escuchara: Yo tengo guardado mi dolor en un lugar seguro. No dejes que se te apague el corazón.

Viernes, 05 Mayo 2017 00:00

Los vencidos del 5 de Mayo/Segunda parte

RELACIONADA: Los vencidos del 5 de Mayo/Primera parte

Segunda parte



… ¡Los franceses van a entrar!

Hay que franquear todavía un foso ancho y profundo… un obstáculo tan serio como imprevisto. Pero nuestros hombres se sienten electrizados a la vista de la bandera que ha sido plantada orgullosamente contra el borde de la contraescarpa, a unos cuantos pasos de las bocas de los cañonea mexicanos. El valiente que la conducía cae mortalmente herido por una bala. Un suboficial toma su sitio de honor y cae a su vez. Entonces, un zuavo de barba gris que tiene fama bien sentada de bravura y que gracias a ello puede llamar “mis muchachos” a sus oficiales empuña a su vez la bandera y la hace ondear por encima de su cabeza, con un gesto de desafío. “¡Vengan a buscarla!”, grita con voz de trueno. Pero de pronto, con un movimiento convulsivo, estrecha contra su pecho aquel tesoro precioso, se desploma y rueda con él hasta el fondo del foso.



Nuestros soldados acaban de bajar a las profundidades del último abismo que les separa del fuerte… ¿Tanto valor, tanto heroísmo, irán a estrellarse contra las murallas del viejo convento? Todas las miradas se tienden en busca de una brecha, por estrecha que sea. De una grieta, de una piedra sobre que apoyar el pie… Ya comenzaron a escalar… el uno monta sobre los hombros del otro… se profieren gritos… se comunica el ánimo…se da valor… Otros llegan… Se hacen nuevos esfuerzos… Resistid, mis muchachos, un poco más de resistencia… Vienen nuevos compañeros, que tienen también, como vosotros, la voluntad firme de vencer. Se recargan contra el muro las escalas traídas por los soldados del cuerpo de ingenieros; bajo un fuego terrible, al alcance de disparos que se hacen a quemarropa, nuestros valientes soldados suben al asalto… ¿Habéis visto jamás un hecho de armas? No, si no habéis participado en él como autores, en cualquier forma que sea. No hay simples curiosos, digámoslo así, para esas hecatombes, para esos esfuerzos supremos de la energía humana. Todos los que están ahí lo están para empuñar un fusil o blandir una espada, si no es que para recoger o bendecir a los caídos.

Ya he visto varios asaltos, he asistido también a varios de ellos. ¿Qué siente uno en medio y cerca de esos luchadores terribles? Yo creo que no se me podría responder sino en el instante y en el lugar mismo… Aun así, ¿podría explicarse con palabras lo que pasa dentro de uno? Dudo que sea así. Pero de todas maneras, con sólo pensar en ello, siento como un estremecimiento que gana todo mi ser. Podría quizás describir lo que me ha tocado ver en esos instantes solemnes, espantosos, supremos para la vida del hombre… pero decir lo que se siente… imposible y jamás. Todos los autores de dramas así de terribles repetirán lo que acabo de afirmar.



El general Negrete estaba en el fuerte con numerosos defensores a los que había reforzado con tropas enviadas desde el centro de la ciudad. Había diez piezas de artillería y obuses de montaña. Alrededor de la iglesia, un reducto defendido sólidamente por tres líneas de fuego superpuestas.

Desde lo alto de esas terrazas, que todavía paréceme que contemplo, los tiradores, protegidos detrás de sacos de arena, abrían brecha en la masa compacta de los asaltantes.

Ya comenzáis a comprender las fases de esta lucha terrible… podéis también ver a nuestros soldados descendiendo hasta las profundidades del foso. ¡Qué ir y venir…! Buscan por dónde llegar hasta las murallas… Animan mutuamente…Se llaman… Ved ahí a uno suspendido de una piedra que no sobresale apenas de las del resto del muro… Aquel otro que ha metido la mano en una grieta cualquiera. NO han dejado por eso sus fusiles… Otros se izan, se empujan, se sostienen… Se llega hasta lo alto, a pesar de la fusilería, a pesar de la metralla, que se dispara a boca de jarro… Se contemplan hechos de armas como difícilmente la historia volverá a registrar. Entre los dichosos que han llegado hasta lo alto del muro, está el clarín Roblet, de los cazadores… ¿Escucháis acaso con qué furia, entre una granizada de balas, les hace oír a sus camaradas las notas brillantes de la carga, de una carga propia para destruirlo todo, para ponerlo todo de cabeza para llegar a donde él está?



El clarín Roblet arrebata a sus compañeros… les da fuerzas a fuerza… se le obedece… se llega… hay cazadores y zuavos sobre el parapeto. Ved a esos rostros, a esas cabezas inclinadas hacia adelante que miran buscando a un enemigo. Algunas apenas si han logrado pasar la altura del parapeto con la cabeza o con el pecho cuando una bala los arroja a las profundidades que acaban de franquear. Pero no temáis que los demás se detengan… se sube, se seguirá escalando.

A esta altura se empeña la lucha cuerpo a cuerpo… Qué carnicería tan espantosa… qué encarnizamiento… La sangre corre a borbotones de las heridas anchas y profundas… Las armas chocan, se retuercen… caen hechas pedazos… la sangre corre a torrentes, esfuerzos inauditos en que el hombre ha de vivir un año, muchos años de su vida, en unos cuantos instantes.

Los defensores de la plaza son rechazados por un momento. Ved ahí a esos luchadores terribles sobre la cresta de las altas murallas, al borde de un abismo hasta el que han rodado cadáveres bastantes como para cubrir toda aquella profundidad siniestra. ¡Vedlos ahí, tal y como se ha dicho, leones rodeados de “chacales” que se creen sin embargo suficientemente numerosos como para vencer y devorarlo todo!... Le hacen frente a toda la guarnición que se precipita contra ellos.

Mientras que ese asalto prodigioso se empeña por la izquierda, la columna Morand ataca por la derecha de la posición. ¿Qué les va a suceder a esos muchachos intrépidos, listos siempre y en cualquier circunstancia a cumplir con su deber? Vamos a seguirlos. Se verá que ellos también han sido capaces de hacer prodigios. Y siempre, desde luego, tomando en cuenta que el terreno que tienen que recorrer está también lleno de hondonadas, cubierto de obstáculos de toda clase, sembrado de defensas naturales. De pronto ven ante sí, desplegados y perfectamente emboscados sobre la cresta que une los fuertes de Loreto y Guadalupe, cinco batallones de infantería mexicana que los reciben con un fuego violente de fusilería. ¿Qué importa? Se lanzan al ataque corriendo en línea recta al encuentro del enemigo. Pero en ese momento se descubren las baterías de Loreto, que hasta entonces habían permanecido silenciosas e invisibles y que baten el flanco de la columna de ataque.

El batallón de marina, la infantería de marina y una batería de montaña que habían estado de reserva se precipitan entonces en auxilio de sus camaradas. La batalla se reanuda con encarnizamiento entre aquellos combatientes que buscan la victoria a toda costa.

¡Llega un socorro!... ¿De dónde viene?... Una fuerza de caballería, que trae las insignias de los que forman la comitiva de Almonte, ha salido de Puebla por detrás del Fuerte de Loreto y corre hacia nosotros repitiendo mil veces el grito de: ¡Almonte, Almonte!... Son amigos que vienen… Nuestras filas se abren para recibirlos… Pero no es más que un ardid de guerra, son hombres de la caballería enemiga que cargan contra nosotros con obstinación. No hay ilusión posible… Aun así, se les hace frente con tanto vigor que tienen que regresar al fuerte.

Sin embargo, tomadas entre los fuegos cruzados del fuerte y de los cinco batallones tendidos sobre las alturas, nuestras tropas renuncian a prologar la resistencia frente a una avalancha de metralla y un enemigo tan numeroso y tan bien abrigado. Se repliegan detrás de las primeras anfractuosidades del terreno. Su concurso falta pues al ataque de la izquierda, que continúa desplegando esfuerzos heroicos, hasta el punto de que en las últimas filas de los defensores de Guadalupe, se discute ya acerca de si el fuerte deberá ser abandonado en manos de los franceses. Un camino cubierto que después pude yo seguir une el Fuerte de Guadalupe al de Loreto. Por ahí se hubiera podido descender hacia la ciudad. Sí, los defensores de la plaza fueron rechazados por breves momentos.

Hay patios y callejuelas entre las construcciones del viejo claustro… Levantaos vosotros, sombras de quienes los habitaron en la paz y en el silencio y que dormís hoy en sepulturas que fueron cavadas seguramente por vosotros mismos.

Contemplad esos héroes que vinieron de tierras lejanas. No temáis que hayan llegado para profanar vuestra última morada. No vienen a buscar tesoros ahí donde reposan vuestros huesos y vuestro polvo sagrado. Tampoco vienen a poner desorden en las sepulturas. No luchan contra los muertos ni contra los débiles. .. Vedles luchando contra seres vivos a quienes no quieren vencer sino para resguardar la libertad de los que os sucedieron, por el honor de vuestros altares en cuya defensa todavía muchos más habrán de caer… ¿Qué ha sido de los altares ante los cuales vosotros mismos rezasteis vuestras plegarias? Yo he visto por tierra muchas de esas piedras sagradas, las he visto rotas, profanadas, informes entre el polvo y la desolación de los caminos. ¡Levantaos, pues! Admirad a los defensores de vuestra fe y de la independencia de vuestros hermanos… ¡levantaos!… y orad…

Algunos de nuestros soldados han logrado llegar, a pesar del fuego y del hierro, hasta el laberinto de las viejas construcciones. La lucha se redobla… hay encarnizamiento… matanza…

El número acabó por imponerse… Nuestros soldados han muerto, pero cumpliendo valientemente con su deber. ¿Un hombre de paz puede decir siquiera que gozaron del consuelo glorioso de unos funerales brillantes?... Dormid, hijos míos, dormid vuestro sueño de paz. Yo vendré a bendeciros y a rezar en vuestra tumba gloriosa.

Un solo hombre escapó. ¿Puedo decir que fue de un calvario? No, prefiero llamarlo glorioso Tabor. Fue el clarín de los bravos cazadores de a pie que, parado sobre las trincheras, lanzaba a sus camaradas las notas arrebatadores de la carga. Ya dije el nombre de este héroe, pero lo repito aquí. El nombre de Roblet, del Séptimo de Cazadores, debe pasar a la historia…

Señor general comandante en jefe, ¿es un fracaso el que acaban de sufrir vuestros soldados? No; para vos, el resultado de esta primera tentativa no puede ser dudoso. Por eso no perdéis el ánimo. Por eso mismo tomáis ya un nuevo partido. Comprendiendo la debilidad de la artillería con que contáis y habiendo intentado inútilmente escalar las alturas, franqueando así los obstáculos que se ofrecían a cada paso, la habéis condenado a una lamentable inacción… Sin embargo, todavía podéis aspirar a la victoria. Así está bien, mi general… Hay que saber aceptar las peripecias de una batalla sin dejarse dominar por ellas. Para un comandante en jefe la serenidad representa siempre la posibilidad de hacer nuevas combinaciones o, mejor todavía, de seguir hasta su culminación un plan que se haya elaborado previéndolo todo, pero con subordinación a las eventualidades que pueden presentarse de manera inopinada.

Ahora bien, general, desviad vuestras miradas por un instante de las pendientes de Guadalupe. ¿Qué pasa en la llanura? Dos compañías del Primero de Cazadores que manda el capitán Lellier han permanecido en línea de tiradores, en la retaguardia de ese batallón que sube al asalto. Le hacen frente a los jardines de Puebla y deben proteger el flanco de sus camaradas. Pero de pronto son asaltados por una nube de jinetes mexicanos. Reunirse, al paso veloz, alrededor de su jefe; hacerle frente al enemigo, formando cuadro; presentarle, con sangre fría, un muro inquebrantable, es para nuestros soldados cuestión de un momento. Los escuadrones enemigos que avanzan al galope tendido vienen a estrellarse contra las bayonetas de los cazadores sin abrir una sola brecha en esta muralla erizada de acero. Una segunda carga es rechazada del mismo modo y nuestra ciudadela humana permanece inconmovible. Los huecos que pueden abrirse al chocar contra 1 400 o 1 500 hombres de a caballo se cierran al instante. ¿Cuántos son nuestros cazadores? ¡Alrededor de 130!... Lo cual prueba que en un combate cuentan más el valor y el heroísmo que el número.

El general Lorencez, al rendir parte, dirá:

Esas dos compañías se defendieron de tal modo, que no sabría yo si debería admirar más a los que avanzaron para hacerle frente al fuego de Guadalupe, o a los cazadores que, sin impresionarse por el número de los enemigos que los rodeaban, se agruparon con la mayor serenidad, matando y acabando de dispersar a los hombres de a caballo que los atacaban.

Los vencidos del 5 de Mayo (Segunda Parte)

El general Lorencez se prepara para ordenar un nuevo ataque contra la plaza. Quiere lanzar contra Guadalupe dos compañías de zuavos que han permanecido cerca de él, como reserva, a media cumbre; dos compañías que esperan impacientes, según se debe pensar, lanzarse sobre aquellas murallas desde las que Roblet los convoca con notas agudas y heroicas; Roblet, al que las balas siguen respetando… Roblet, que es una bandera y que es en aquel momento el resumen de lo que representa el valor y el genio de Francia. ¡Cómo se veía hermoso aquel clarín del Primero de Cazadores sobre esa muralla, sobre esas trincheras de las que se había hecho dueño! Él mandaba, se le obedecía.

Lorencez preparaba una nueva tentativa, cuando una circunstancia fatal vino a echar por tierra y a dejar para más tarde ese laurel de la victoria que nuestro ejército estaba a punto de alcanzar con mano valerosa y palpitante. Lo que ocurrió fue que en la atmósfera se produjo uno de esos cambios bruscos como sólo se contemplan en las regiones tropicales. Un negro velo monta y se extiende y se hace rápidamente más espeso bajo aquel cielo extraño. Con él camina algo así como una oscuridad de noche cerrada. El viento del sur sopla con violencia. Y se desata de pronto una tempestad de polvo y de arena. A unos cuantos pasos de distancia no se puede distinguir lo que ocurre ni lo que pasa.

… Esta primera tempestad pasa tan rápidamente como el viento que la arrastra… ahora se creería estar bajo una bóveda sombría que se apoyara sobre las frentes fatigadas y canosas de esos gigantes del mundo que han surgido de la inmensa planicie y que son el Popocatépetl, el Iztaccíhuatl, la Malinche y el Pico de Orizaba… ¿Cuál es su profundidad?... En unos cuantos minutos se desploma… Y en medio de sus ruinas, de sus avalanchas, se ven círculos inmensos de fuego que parecen multiplicarse. Se hacen más grandes los estruendos del trueno que repiten con fidelidad y con furia los ecos de la montaña. Unidos a esos sublimes horrores, el tronido del cañón se escucha mezclado con las voces formidables del cielo… Los disparos de los cañones y los obuses estallan sobre las rocas, o en el curso de sus parábolas, que parecen continuar los surcos de fuego… que surgen de las nubes… La obra de Dios… confundida con la de los hombres… Voz de Dios que llevará siempre la primacía sobre las voces que él permite a la materia… Y el cielo descarga en torrentes de lluvia y granizo.

Si no habéis visto esas tempestades que comienzan por un huracán, por esos terribles remolinos de polvo y arena, por esos relámpagos tremendos… Di no habéis visto, después, el granizo y la lluvia cayendo como un diluvio, no podréis formaros la menor idea de ello.

Vosotros, que estuvisteis en el campo de batalla que se extendió desde Castiglioni hasta Solferino y Volta, ¿os recordáis de esa terrible tempestad que vino, por decirlo así, como mensajera del cielo, para anunciar con su voz potente que había que terminar? Muchos muertos y muchos agonizantes habían quedado esparcidos sobre las llanuras de la Lombardía… Y el cañón francés y el cañón austriaco siguieron por mucho tiempo pugnando por hacerse oír junto con la voz de Dios, para que su estruendo fuera repetido por los últimos picachos de los Alpes que incendiaba el rayo y desgarraba el alma. Por cuanto a mí, pequeño ser perdido en medio de los muertos que bendecía y de los agonizantes que consolaba por la última vez, aún recuerdo todos aquellos desgarramientos de la naturaleza y todos los estremecimientos de nuestros altivos batallones, que a toda costa, incluso bajo un cielo que parecía desplomarse, luchaban por conseguir la victoria… ¡Porque a veces para el Todopoderoso ésta es la manera como transmite sus órdenes y su voluntad soberana!

Aquí, pues, y con toda la potencia y la furia de las regiones tropicales, los elementos conspiraron contra nosotros. Ya comenzaron su nefasta obra en el mismo campo de batalla, desde los primeros instantes de su terrible tormenta. El rayo ha herido y hecho astillas un pino que crecía solitario en la cresta de la montaña. El estruendo del cañón aterroriza, pero se habitúa uno a él. ¿Puede uno habituarse, en cambio, tan repentinamente el estruendo del rayo? Los elementos impresionan más que la cólera de los hombres, cualquiera que sea el medio que éstos puedan emplear.

Los mexicanos, en medio de esta terrible sacudida de la naturaleza, no oponen ya más que una resistencia débil. Nuestros primeros soldados, que habían llegado hasta las murallas y hasta los puntos avanzados de Guadalupe, habían muerto o estaban mortalmente heridos. Los que han sido lanzados a su rescate, los que han permanecido a escasos cien metros, no habrían dejado de llegar seguramente de llegar hasta el interior del fuerte… Pero el viento y un polvo espeso lo ocultan todo a sus ojos… Y esas nubes que, después de haberse reunido, como si fueran montañas negras y profundas, compactas y furiosas, se entreabren y vierten torrentes de granizo y lluvia… Las pendientes se hacen de tal manera resbalosas que los hombres apenas pueden permanecer de pie. Los zuavos y los cazadores emprenden un último esfuerzo, un esfuerzo supremo, sublime, contra los elementos desencadenados, contra los obstáculos que sin cesar renacen… El suelo parece faltarles bajo los pies… Para no ser arrastrados por el torbellino que no cesa, por ese viento tempestuoso, vedles aferrarse a las rocas que surgen de la tierra, a los arbustos espinosos que desgarran y ensangrientan sus manos… Su voluntad los lleva adelante… Pero parece como si todas las potencias enemigas los hubieran clavado, inmovilizándolos para privarlos de la victoria que tanto merecían.

¡Valientes muchachos!... ¡Fuerza es deteneros al momento en que ya estabais por alcanzar la victoria!... ¡Fuerza es deteneros!... Pero no, a pesar d todo y contra todo, yo los vi luchar todavía. Los hubo, en los últimos momentos del combate, que llegaron a estar en los fosos; ahí no hay más que cadáveres… Quieren escalar las rocas, los muros que los separan del enemigo. Pero ahí está la tormenta que paraliza sus voluntades. La resistencia humana tiene límites. La voluntad, sobre todo una voluntad como la de estos bravos soldados, ¿lo podría entender?, no… Pero la voz de mando estaba ahí para indicárselos, para mostrárselos, en resumen.

¡Son las 4 de la tarde!... ¡La última hora para los muertos!... ¡Las 4 de la tarde!... Y todo terminó para los héroes que cayeron. Ante la imposibilidad de sostener la lucha por más tiempo, Lorencez ordena que se toque retirada. La orden llega apenas a los oídos. Pero todos la comprenden bastante como para obedecer. Y… ¡obedecen!!!

Descended, mis muchachos. Habéis luchado noblemente en uno de los combates de Francia. Retiraos, pues, tristes indudablemente, pero no creáis que habéis sido vencidos por hombres que son vuestros semejantes. Había una resistencia que no precedía de ellos y que venía de más allá.

He aquí lo que decía el general en jefe en su orden del día:

Cuando me di cuenta de que era imposible prolongar por más tiempo la heroica lucha en que estábamos empeñados, hice descender los batallones que la sostenían aprovechándome de los accidentes del terreno hasta detenerlos al pie del cerro para que tomaran nuevamente sus mochilas. Quedaban por evacuar los heridos que,, durante el combate, había hecho llevar hasta la granja situada a 2 200 metros del fuerte. Los hice salir en pequeñas fracciones, para evitar el fuego de la artillería mexicana, que seguía disparando sobre todos los grupos. Cuando esta operación quedó terminada, la noche estaba ya a punto de caer. Nuestras tropas se retiraron hasta nuestro campamento por escalones, en el mayor orden y sin que el enemigo se atreviera a avanzar contra ellas.

Se había comenzado la marcha a las 5 de la mañana. Se combatía desde el mediodía. Y tan lejos como pudieron todavía alcanzar a nuestros batallones, los proyectiles mexicanos los siguieron en nuestra retirada. Sí, había tristeza en las miradas y en las palabras. Nuestros soldados habían descendido con paso tranquilo y bien medido de las mismas alturas que habían escalado por la mañana abrigando tantas esperanzas… Muchos compañeros, allá arriba, dormían el sueño de la muerte.

La noche tendió su velo sombrío, velo de duelo, sobre el campo de batalla y ocultó ante los ojos del enemigo a las columnas francesas. Se hizo el silencio en los fuertes. En la planicie se escuchaba el rodar de nuestras carretas y de nuestra artillería, lo mismo que el ruido acompasado de la marcha de nuestros soldados… A las 9 de la noche llegamos a nuestro campamento, montados a caballo sobre el camino que conduce de Amozoc a Puebla, y al pie de las tres eminencias desde las cuales nuestras avanzadas podían vigilar la planicie. La ambulancia se instaló en la Hacienda de los Álamos.

Las naciones tienen derecho de interrogar sobre el saldo de un día de batalla. Permítaseme que yo proporcione el de la Batalla del 5 de Mayo. Sobre 2 500 hombres que subieron al asalto, cerca de 500 han quedado muertos, heridos o prisioneros en poder del enemigo.

Viernes, 05 Mayo 2017 00:00

Los vencidos del 5 de Mayo/Primera parte

Mundo Nuestro. Publicado por el Fondo de Cultura Económica en el año de 1973, el libro Los vencidos del 5 de Mayo, escrito originalmente en pergamino por el abate francés Jean Efrem Lanusse, debe ser lectura obligatoria de los mexicanos. El autor acompañó por más de veinte años, entre 1850 y 1870, como capellán al ejército expedicionario francés, entre los imperios del siglo XIX, uno de los más activos. Es probable que esta crónica la haya escrito ya de regreso en Francia, ya en la década de los ochentas de aquel siglo.

Con un prólogo excelente a cargo de Marte R.Gómez, un ingeniero agrónomo tamaulipeco que participaría en la revolución y en los primeros repartos de tierra en territorio zapatista, y quien llegaría a ser secretario de Agricultura en el régimen posrevolucionario, el libro es una crónica de los acontecimientos provocados por la invasión francesa en 1862, centrado por supuesto en la batalla del 5 de Mayo. El abate escribió tres episodios de la expedición en México, el combate de Camarón, la batalla del Cerro del Borrego, y nuestra propia epopeya.

Hasta donde sabemos, es español sólo se ha publicado esta visión de los vencidos del 5 de Mayo.

Mundo Nuestro publica nuevamente en dos tantos un extracto del relato de la batalla que, más allá de todos los lugares comunes de nuestro nacionalismo, encarrilla finalmente ese complejo proceso por el que el pueblo mexicano encontró su destino como nación.

Primera parte



Los vencidos del 5 de Mayo

Los vencidos del 5 de Mayo

Nos veremos mañana, general Zaragoza.



Es el 5 de mayo de 1862, y estamos a 16 kilómetros de Puebla. Al despuntar el alba, la columna deja Amozoc, donde nuestros hombres habían descansado una noche después de pasar muchas fatigas… A pesar de ello nuestros soldados dan muestral del mismo entusiasmo, del mismo arrojo que han sabido ofrecer en todas las grandes ocasiones, lo mismo que en todos los campos de batalla. Que se les hable de subir al asalto de los dos fuertes que dominan a la ciudad, o de marchar de frente contra las potentes barricadas erizadas de cañones y de numerosos defensores y se verá si no son como siempre los soldados del deber y de la disciplina, los hijos de la Francia militar y los caballeros que, por encima de todo, van al encuentro del peligro como si no existiera. Por lo demás, tienen la convicción de que el existo está asegurado.

Y llevan en el corazón confianza ciega en las ordenes y en las consignas de sus jefes. Marchad, pues muchachos, sin inquietud ni antes o después del combate. Durante la batalla toda ha sido previsto, después de ella tendréis vuestro repuesto en víveres y municiones, si acaso os falta. El enemigo no podrá apoderarse de las carretas en que os será llevado. Sobre ellas velarán camaradas vuestros que están resueltos a defenderlas a cualquier precio.

A las 9:30 bajo un sol que reparte torrentes de luz y después de haber sobrepasado algunos accidentes del terreno, nuestro ejército se encuentra a la vista de Puebla… ¡Puebla! La Puebla de las mil torres y campanas, con su multitud de ricas iglesias dibujándose contra el cielo purísimo… ¡en medio de una planicie que parece inmensa!… Al este, detrás de nosotros, hemos dejado las nieves eternas del Pico de Orizaba. A lo lejos, frente a nosotros, por el oeste, una veintena de leguas, están el Popocatépetl y el Iztaccíhuatl con sus nieves eternas. A nuestra derecha, por el noroeste, está la cadena de montañas de La Malinche.





¡Guerra!... Lucha atroz, horrible… Lucha insensata de los hombres y de las cosas, ¡yo te maldigo! Estamos en presencia de una de las grandes obras de Dios y, sin embargo, apenas si la miramos. Se va a matar y a morir… Todo el pensamiento está concentrado en ese propósito: ¡matar!

Matar a nuestros semejantes a sangre fría, sin enojo… matarlos obedeciendo la voz del mando porque se nos ha dicho que hay que matar. ¿Se ha conocido acaso…. al que inventó la guerra?

En nuestra marcha de Amozoc a Puebla sólo encontramos un tropiezo, ya casi a la vista de la ciudad. Fue una línea de tiradores que apareció por nuestro flanco derecho abriendo fuego contra los nuestros. Rechazada por nuestros cazadores a pie, se dio a la fuga y desapareció detrás de las colinas rocosas que unen Guadalupe a Puebla.

Mientras que nuestros soldados preparaban el café, el coronel Valazé, jefe del estado mayor, seguido de un escuadrón de cazadores, se dispuso a practicar un reconocimiento en dirección al norte. Quería estudiar el terreno en dirección de Guadalupe y juzgar, hasta donde fuera posible, la posición del fuerte.

Fue entonces cuando un general mexicano, que formaba parte de la comitiva de nuestro general en jefe, le aseguró una vez más al comandante del Cuerpo Expedicionario que las puertas de la ciudad serían abiertas y sus autoridades le ofrecerían las llaves de la misma entre repiques de campanas y gritos de alegría de una población rebosante de entusiasmo, y que, por ello mismo, ese mismo general declaraba que el reconocimiento resultaría completamente inútil.

Esas palabras nos fueron trasmitidas por uno de nuestros oficiales que las oyó y las escribió al día siguiente en forma de nota. Por lo demás, ¡muchas otras veces nos había repetido lo mismo con respecto a la buena acogida que se nos brindaría pro todos lados!

El coronel Valezé sin embargo, llevó a cabo su reconocimiento.

Los mexicanos estaban decididos a defender a Puebla a toda costa. Amén de las numerosas y sólidas barricadas con que habían cerrado las calles alrededor de la catedral, en el centro de la ciudad, habían formado también un amplio reducto, Zaragoza contaba aproximadamente con 12 mil hombres, que mandaban los generales Berrriozábal, Díaz, Negrete, Lamadrid, Tapia Álvarez. También había destacado tropas que cerraban el paso a las partidas de reaccionarios que trataban de incorporarse al ejército francés, el que por su parte había hecho alto a los tres kilómetros de la ciudad. Negrete ocupaban las alturas con unos 1 200 hombres y dos baterías de campaña y de montaña. El resto de las tropas vigilaban la planicie por donde se esperaba el ataque.

¿Y nuestros soldados?... ¡Nuestros soldados hacían café!... Lo acabo de decir, a tres kilómetros, en las narices mismas de los mexicanos, que ocupaban los fuertes de Loreto y Guadalupe, y con los cuales se iban a medir de un momento a otro.

Se lleva el valor en el corazón… el valor nos acompaña todos los días y a todas horas. Sin embargo, cuando suena la hora, hace falta inyectar un poco más de energía en los miembros que están para acometer una hazaña que se sale de lo común. Nuestros muchachos hacían su café con la misma calma, con el mismo aplomo, diría yo, que si hubieran estado en Longchamps, en espera de una de las granes revistas del emperador. Porque el soldado francés, en campaña, es el ejemplo más acabado de la imperturbabilidad que se pueda ver. Está más tranquilo, tiene más aplomo, ésa es la palabra, y parece más buen chico, quizás, que cuando se encuentra en el cuartel de Babilonia o en la hortaliza donde suele parecer más preocupado, más pensativo… ¡No sabe de qué! Por qué constaría trabajo que él mismo lo dijera. Pero, en resumen de cuentas, no tiene el aspecto indeciso, esa apariencia, esa actitud de astucia que no lo abandona nunca cuando está en campaña. Porque en estos casos no es una lluvia cualquiera, sino un torrente de frases ingeniosas, de agudezas que asombran y que cautivan, las que salen de sus labios y hacen que las gentes dejen de pensar en ellas mismas… para ser todo oídos. Un poeta diría: esta lozana juventud va en pos de la muerte... y la mayoría de ella encontrará heroicamente, combatiendo… ¡Sus voces son como el último canto del cisne!... Esto y aún más si se quiere, inclusive, y con muchos signos de admiración, señor habitante del Parnaso. Por cuanto a mí, sólo veo en ellos a los mejores solados del mundo, a los soldados de Francia que desprecian a la muerte para cumplir su deber y para que una nueva gloria se pose en los pliegues de su bandera. ¿Piensan siquiera en la muerte? El cazador de África afila su enorme sable mientras que platica con su amigo, el rápido corcel que trajo de los desiertos africanos. El Chacal observa si sus polainas están bien anudadas, si su chacó tiene todas sus partes en el sitio reglamentario. El Cazador ligero, el bravo Marposa, hacen otro tanto por su lado y después… ¿Después?... a cumplir con el deber, suceda lo que suceda.

¿Qué se puede esperar o, mejor dicho, qué es lo que no puede esperarse de un hombre que piensa así?… Un día, algunos de sus camaradas le hablaban al Zuavo Tempranero, prematuramente de sus numerosas heridas.

--¡Heridas esas!-… vaya pues, ustedes no saben lo que dicen —les contestó--. ¿Tengo mil veces razón, no es cierto, señor capellán, cuando digo que éstos son unos niños de teta? No se puede decir que un hombre haya recibido verdaderas heridas a menos de que le falten tres kilos de carne en el cuerpo, o la mitad de la cabeza. Sea enhorabuena.

Sin embargo, Lorencez, apoyándose en la opinión del los comandantes de la ingeniería y de la artillería, aunque contrariando los consejos que le había dado un ingeniero mexicano en Amozoc, decidió que se comenzaría por ocupar los fuertes de Guadalupe y Loreto. El ataque se iniciaría, en primer lugar, contra el primero de ellos, que se encontraba más cerca de la hacienda de Los Álamos, donde estaba agrupado el convoy. Se hacían ya, a lo largo de una hondonada que había que cruzar, rampas para la artillería. Aunque también era cierto que antes de llegar al los fuertes se hallarían pendientes difíciles de escalar, menos difíciles, sin embargo, del lado de Loreto. Pero este fuerte parecía muy alejado.

A las 11 se tomaron todas las disposiciones requeridas. Desde lo alto del las torres de la Catedral, Zaragoza, que se mantenía dentro de la ciudad a la defensiva, y Negrete, desde las alturas de Guadalupe, debieron comenzar a darse cuenta de los proyectos del ejército francés.

Avanzaréis pues, mis muchachos, sin temor de que sobre nuestra columna de ataque se lancen las reservas del enemigo. Nuestros cazadores a pie sabrán mantenerlos a distancia. Nuestros fusileros de marina y una batería de montaña estarán pendientes de la caballería mexicana en tanto que la nuestra, nuestra valiente caballería, cuyo valor es conocido, estará lista para lo que se ofrezca. Numerosas ocasiones os ha mostrado ya lo que es capaz de hacer. Las compañías 99 y 4 de infantería de marina servirán de resguardo al convoy.

Dos batallones de zuavos forman la columna de ataque. Con ellos va la batería montada del capitán Bernard y cuatro piezas de la batería montada de marina que manda el capitán Maillet. Esta es la columna que atraviesa la hondonada y se lanza hacia la derecha, para escalar las alturas por las pendientes menos abruptas. A una distancia aproximada de 2 200 metros, se ve cómo se despliega en línea de batalla. ¡Qué aparición para los defensores de Guadalupe! ¡Son los zuavos!, debió exclamarse, o murmurarse sordamente, en los pechos palpitantes… Los zuavos, de los que era bien sabida la furia tradicional. Se debió dirigir la mirada hacia los fosos y hacia las murallas para comprobar por última vez si los fosos no eran bastante profundos, las murallas suficientemente altas para que los chacales no los pudieran franquear.

A cierta distancia de la columna de asalto está una reserva formada por el regimiento de infantería de marina. Como esta columna podía sufrir el choque de la caballería mexicana, los fusileros marinos y una batería de montaña han sido destacados hacia su derecha. El batallón de cazadores, hacia la izquierda de la línea de batalla, le da frente a las fuerzas mexicanas que están apostadas en la llanura. El 99 de línea y las cuatro compañías de la infantería de marina resguardarían el convoy.

Y ahora que todo está listo para la lucha, permítaseme una reflexión. Se nos habían prometido 10 mil soldados de Márquez… ¿dónde están?

Puebla debía abrirnos sus puertas. Sus habitantes venir a nuestro encuentros presas del mayor entusiasmo… Nada, absolutamente nada… ¡el vacío, el silencio más completo en la llanura…! Salvo por nuestra parte, el ruido de los hombres que marchaban para desarrollar el plan de combate…El paso de los caballos de nuestro valiente escuadrón de cazadores de África, que avanza a la retaguardia de la columna de infantería…después una ambulancia que se establece en los edificios de la Rementería.

Se escucha un disparo de cañón, uno sólo. Partió del Fuerte de Guadalupe… Para los mexicanos es la señal del combate… Pronto una línea de fugo hará relampaguear los parapetos del fuerte...Se dispara sobre nosotros... ¡La batalla comienza! Quienes no estuvieron nunca en un campo de batalla desconocen lo que puede ser ese solemne momento.

¡Son las 12! El sol ha hecho ya la mitad de su carrera. La mayoría de los jóvenes héroes ahí presentes no están en mismo caso por cuanto a los años que deberían vivir en Tierra… Vos lo sabéis, Dios mío, vos que fijáis el amanecer y la noche de nuestra existencia. Pero siempre será verdad que para ellos la última hora no sonará sino después de que hayan cumplido el deber más grande, el de morir por el honor y la gloria de nuestra patria. Si caen, caerán como mártires. ¡Guardar para ellos, después de las palmas de la tierra, la otra más preciosa aún que es la de la inmortalidad…! Bendecid a nuestros hijos lo mismo que a su vigor y su valentía.

Y ahora, soldados de Francia, que todas nuestras miradas y todos vuestros esfuerzos se dirijan hacia el sitio formidable que os ha sido mostrado.

Nuestra artillería ha principiado a disparar, a tiempo también de que nuestros zuavos se han desplegado a uno y a otro lado de nuestros cañones, en espera, con el arma descansada, de la apertura de una brecha que están ya impacientes de flanquear. Miden mientras tanto la distancia que los separa de ese temible fuerte en el cual, después de todo, se encuentra esperándolos un enemigo más numeroso. Ven todas las dificultades del terreno: una barranca que han de franquear, pendientes de lo más escarpadas. ¡Qué importa!... El enemigo está más allá… Hay que ir a buscarlo.

El general Zaragoza no había previsto un ataque en esta dirección. Suponía que, como siempre y según los consejos que había debido recibir el general francés, éste se presentaría por el rumbo del Carmen. Con toda prisa, manda entonces que ocupe el cerro de Guadalupe —que s un antiguo convento convertido en fortaleza—la brigada Berriozábal (que va a reforzar la división de Negrete), y hacer salir de la ciudad, por detrás de Loreto, un cuerpo de caballería que deberá cargar por su extrema izquierda sobre la columna de ataque. Con el grueso de sus tropas, él mismo toma posiciones: A su izquierda, la brigada Lamadrid, apoyada contra el cerro de Guadalupe: a su derecha, la división Díaz, que llega hasta la iglesia de los Remedios; en los suburbios de la ciudad, a su extrema derecha, el resto de la caballería.

En el Fuerte de Guadalupe se produce un vivo cañoneo, se escuchan disparos nutridos, desesperados, diría yo más bien, que se lanzan contra nuestras líneas. Nuestros soldados mientras tanto, inmóviles bajo el fuego de los mexicanos, esperan siempre que se abra una brecha. Júzguese de su impaciencia. Para soportarla mejor, inventan un pasatiempo, el de hacer reflexiones: ¡Qué mala puntería tienen esos artilleros! Deberíamos ya estar hechas una compota. Si tiran así cuando salen a cazar patos, no deben comer a menudo carne de pato.

¡Es la 1 de la tarde!

El sol baña con torrentes de luz y de fuego los campos; los fuertes, que truenan y rugen; nuestras armas, que brillan; Puebla, cuyos millares de cúpulas recubiertas con azulejos de mil colores centellean anunciando un día de fiesta mejor que una jornada en la que la muerte deba cumplir su lúgubre trabajo…

¡Es la 1 de la tarde!... Algunas existencias, en unos cuantos instantes más, volverán a tu eternidad, Dios mío… ¡Es la 1 de la tarde!… Y el que por el momento es el ejecutor de nuestra voluntad suprema partió ya: Lorencez, a caballo, aparece sobre una eminencia desde la que se domina la llanura para poder verlo todo y juzgar de las peripecias del combate. Lo sigue su estado mayor: el coronel Valazé, el capitán Rousset, el teniente príncipe Bibesco, el teniente de navío Le Belloco, el insignia de Chavannese, el insignia Beauvoir, el capitán ayudante de campo Custey, el teniente De la Tour du Pin del 56’, el subteniente de cazadores de África, Ney-d’Elkinghin, y los oficiales de órdenes Raoul (subteniente militar administrativo) y Braconnier, oficial de administración.

Lo siguen igualmente tres mexicanos: el general Almonte, el general Taboada y el coronel López.

De un golpe de vista, Lorencez se ha dado cuenta de que nuestro fuego, a pesar de que está bien apuntado, corre riesgo de no ser eficaz por lo accidentado del terreno sobre el que está construido Guadalupe. Dicta órdenes inmediatamente. El comandante de artillería debe hacer avanzar sus piezas y remudar desde luego el fuego. Pero en el muro del fuerte sobre el que se trata de abrir una brecha no se obtiene ningún resultado, siempre por culpa de la disposición del terreno. Acercándose, inclusive, se deja de ver Guadalupe. Y nuestras diez piezas no están más que a 2 mil metros de él.

Truena el cañón. Las balas silban al recorrer el espacio que las separa del fuerte, después de cruzar las hondonadas, y se estrellan a menudo contra grandes rocas que se diría que hubieran sido colocadas a manera de vanguardia, contrafuerte o botarete frente a la muralla que se quiere destruir. El enemigo, cuyas piezas están muy bien servidas, desde el principio nos ha sacado ventaja con sus tiros. Al cabo de una hora y cuarto de un cañoneo que ha consumido la mitad de nuestras municiones sin dañar las defensas de Guadalupe… ¿qué nos queda por hacer? Tomar una determinación que corresponda con la fogosidad de nuestros soldados. Vamos a confiarle la suerte a este día, toda la suerte de este día, a nuestra infantería.

Ya es tiempo. Es la larga espera, se dicen nuestros zuavos con impaciencia febril… que nos mande en lugar de sus metrallas. No diré: oíd esas murmuraciones; pero sí preguntaré: ¿veis esas pisadas de impaciencia, esas manos que se crispan sobre el fusil o sobre la bayoneta?

¡Son las 2 de la tarde!... Lorencez se precipita. Forma dos columnas con todas las tropas que están presentes en el sitio del combate y les muestra las viejas y sólidas murallas que deben asaltar. Por un lado va el comandante Cousin, que, a la cabeza de un batallón de zuavos, flanquea por la izquierda las formidables ondulaciones del terreno que están frente a de él, y se va a esperar al pie del talud que deberán batir las balas de fusil, los ovases y una avalancha de fuego... ¡Qué importa!... Del otro lado, es el comandante Morán quien se dirige al oblicuando a la derecha con otro batallón de zuavos para desviarse en seguida hacia Guadalupe. Tratará de abrigarse de los fuegos de Loreto… Pero ¿cómo escalar los muros? ¿Cómo entrar en la plaza, dado que nuestros cañones no han podido demoler esos pesados muros? ¿De qué manera? Se hace lo que en la precipitación de los acontecimientos resulte posible. Ved, pues, esos zapadores que siguen a nuestras dos columnas. Cada uno de ellos lleva una plancha provista de escalones que han sido clavados precipitadamente. Este medio de escalar es muy simple. La agilidad de nuestros soldados hará lo que falte. Por la izquierda se lleva un saco de pólvora, para hacer saltar la puerta del reducto…

Finalmente, el general en jefe, previendo que el éxito dependía del golpe de andancia que iba a intentar, no duda por un solo momento en desguarnecer la custodia del convoy. Le manda al batallón de cazadores la orden de que se le incorpore. Sostendrá el batallón próximo.

De pronto, resuenan los clarines….Es la señal del asalto. Se escucha el grito de ¡Adelante! Se escucha también un segundo grito: ¡Viva el emperador!...El ataque está desencadenado… se corre precipitadamente.

El general, con su porta-guión al lado y seguido siempre de su estado mayor, ve cómo se mueven sus tropas. Si está todavía montado a caballo, no es más que por su buena fortuna. Reconocido desde que llegó a la planicie, no ha dejado de ser blanco de los tiradores mexicanos. Ya una primera vez, aproximadamente a cincuenta pasos del casco de la hacienda de San José, donde fuera apostada una ambulancia volante, apenas se había detenido en una labor, cuando una bala de cañón disparada desde Guadalupe vino a caer a sólo dos metros de su caballo, antes de rebotar y de pasar entre el interpreté y el señor Braconnier, bañándolos de polvo.

Lorencez avanza todavía cerca de 200 metros más, para establecerse en un sitio desde el cual pueda verlo y dirigirlo todo. Para llegar a dicho sitio se necesita franquear un área descubierta de alrededor de 150 metros de largo. Le manda entonces a cada uno de los suyos que se lancen de frente, aunque sin ir agrupados, en cuanto él dé la señal de avanzar y tan aprisa como se pueda. Dada la señal, se entierran los acicates en los flancos de las cabalgaduras y se llega. Sólo uno, ¡ay!, quedó en el camino. Es el subteniente Raoul. Una bala de cañón lo ha hecho caer a tierra. Un amigo solícito corre a socorrerlo. Es el valiente Braconnier. Lo endereza, pero en sus brazos no tiene más que un agonizante. El abate Montferrand acude entonces para darle la extremaunción… Dos amigos que rezan y que lloran en medio de la muerte que los rodea. Braconnier hace llevar el cuerpo de Raoul hasta la ambulancia, y va a incorporarse al estado mayor. Cuando lo ven llegar, con las lágrimas en los ojos, Lorencez y el coronel Valazé exclaman: “¡Dios mío, ha muerto el pobre Raoul! ..¡Qué perdida para el ejército!”

¡Son las 3 de la tarde!

¿Es únicamente la hora de los que mueren?... ¿o es acaso la hora de la victoria para nuestro puñado de héroes?

Ya lo dije antes, los zuavos del Segundo Batallón se han lanzado al ataque, pese a todos los obstáculos, con esa impetuosidad, con esa audacia que tantas victorias les han valido. Al lado de ellos, sobre la izquierda, aparecen las cuatro compañías de cazadores rivalizando en heroísmo para escalar la formidable posición que todavía está intacta.

A medida que nuestra columna se acerca al fuerte, la defensa se multiplica, la intensidad del fuego se redobla. En el aire ya no se percibe sino un zumbido de balas y metrallas, un huracán, una borrasca de hierro. Es una tempestad que ha desatado también su cólera terrible. Quienes solo lo vieron debieron temblar… Vieron cómo nuestros cazadores, nuestros zuavos, lucharon con entusiasmo, bravura y audacia… ¿Es una marcha o una carrera?... ¿O acaso es un vuelo, el de esos hombres que surcan el palacio sin detenerse ante ningún obstáculo?

Se acercan…nadie podrá resistirlo. Eso fue lo que se debió creer por un momento… Ya llegan… tocan las murallas… El enemigo, estupefacto al ver cómo brincan y reaparecen después de vencer un obstáculo, una zanja, una roca, ha debido preguntarse si eran leones o jaguares. Por eso en el fuerte se estuvo a punto, lo que he sabido después, de dar la orden de retirada. Se cambian impresiones…. ¡los franceses van a entrar...!

(CONTINÚA EN SEGUNDA PARTE)

Compilación de dos relatos.

Los olvidados del silencio (mayo de 1983)

En el centro de la sierra de Puebla, Tetela de Ocampo. A una hora del pueblo hasta Ometepec; después hora y media de monte y vereda a pie aparece el barrio de Sontecomapan con sus casas a lo largo de la cañada; los encinos cubren la cima de las montañas. En la ladera, entre los grandes huecos erosionados, la milpa que aguantó el calor y la seca empieza a crecer con la lluvia de finales de mayo. En un ranchito adornado con flores y banderitas de papel, Alejandro Flores, jornalero de 72 años, con un buen día de mezcal a cuestas, escucha las norteñitas del grupo Los Olvidados del Silencio. Es la boda del maestro rural del pueblo; llega a la ranchería jalando un burro arreglado de prendas blancas, y sobre el burro viene sentada la novia. Los invitados vienen atrás, en procesión. Truenan los cohetes. La novia se baja del burro; el novio le da un beso. Luego le dan un abrazo a todos los invitados que llegan a la fiesta.

Cuando abraza la niebla, no se mira su carrera al cielo, sólo se escuchan las explosiones. El viejo Alejandro desenreda su historia tan rápido como los tragos de mezcal que desaparecen en su garganta.



“Yo soy nacido de Tecuanta, que es acá atrás de esa peña que ai se ve. Una hora que haga es mucho, si está cerquitas. Ora vine por la boda, por la barbacoa. Soy jornalero, desde siempre lo he sido, ora tengo que agarrar fuerzas para trabajar; el que se queda aquí no vive. Todo está duro, oro nomás acabo de regresar de fueras: me fui a Cuetzalan, acá por Zacapoaxtla, a chapear café, pero no hubo trabajo; no hubo, entonces agarro pa Martínez de la Torre, allá tengo un cuñado que me ayuda en veces a chapear, pero no hubo tampoco chance. Me dice el patrón un día: “si yo te doy trabajo vente”, y yo lo sigo y me lleva lejos, y me quedé toda la noche. Me dijo cuando se jué: ‘mañana te traigo el almuerzo’, y que no llega en todo el otro día, no llega. Caminé toda la noche pa regresarme a Martínez, sin comer. Ya le digo, soy nacido en Tecuanta, que es atrás de esa peña que ai se ve. Dicen se llama así porque allí vivió el tigre, el Tecuni… Mi tata grande dijo que le desbarrancaron pierdas pa matarlo, que no tenían armas; eso fue cuando los mexicanos de aquí de México. Sotecomapan se llama así porque quiere decir cabecilla: Juan Francisco Lucas les pegó a los franceses… ellos traiban armas fuertes, aquí nosotros puras armas de las que fueran, pero los agarraron en la cañada y los acabaron. Decían los franceses: ‘Bajemos a Ometepec, vamos a chingar mujeres’, pero no pasaron de la barranca, allí los esperaron… a un lado había cerro, a otro lado había cerro y éstos bien escondidos, no fallaron blanco. Dicen ai se puede ver el lugar de la sangre, donde echaron todo el pudridero de extranjeros. Yo lo vide, así lo platican los grandes.”

La orquesta toca “El chubasco”. Corren los vasos de pulque: En la mesa, las señoras a un lado, los hombres del otro. Se devora el mole con arroz. Algunos visten de manta, la más ropa mestiza. La casa del maestro, un cuarto sin ventanas, es la única construida con cemento y ladrillo. El novio y la novia decidieron casarse después de diez años de vivir juntos y ya con cinco chamacos. Brindamos, Los Olvidados del Silencio siguen tocando. Empieza el baile. Las parejas se confunden entre la niebla. El viejo Alejandro, cuando baja la niebla, pierde la vista en la peña Tecuanta.



Foto tomada del libro El Liberalismo popular mexicano. Juan Francisco Lucas y la Sierra de Puebla, 1854-1917. BUAP/Ediciones de Educación y Cultura, México, 2011.

El burro que venció al gobierno (relato, 1991)



Se luchó duro contra los franceses en la sierra de Puebla. Gracias al general Juan Francisco Lucas, nomás quitándoles las botas, se venció a los güeros que venían de otra tierra donde se usa harto zapato. A puro comer chile se les tenía en la prisión de Cuautempan, lloraban lágrimas verdaderas porque no eran valientes. Y así fuimos derrotando al enemigo, nomás de tenerlos descalzos, sí, en está tierra nopalera, no había preso que escapara aunque les abriéramos las puertas.

Puras ideas de las buenas tenía ese general Lucas, era un indio verdadero. Cuando la batalla de Puebla fue amigo del general Porfirio Díaz, en los tiempos en que este era prieto y estaba con los pobres del campo. Ya había matado harto franchute y por eso lo quiso conocer el general Díaz, mesmamente en que luego fue gobierno. Lo vino a buscar hasta aquí a la Sierra para la felicitación. Agarró junto con su gente camino pal cerro del Sotol. Se encontró a un indio remiso, silencioso, que cuidaba su caballo. Y le dice Porfirio Díaz: --Oye tú, ¿dónde encuentro al general Lucas? Y éste no le dio respuesta. --¡Qué no me oyes indio pendejo!, le dijo después. Y el indio tan tranquilo nomás señaló con el dedo la choza. Allá se dirigió Díaz con toda su gente. En la puerta se encontraron a una mujer muy humilde que estaba echando tortillas. –Oiga, disculpe, ¿vive aquí el general Lucas?, le preguntaron. –Como no, les respondió, si ahí anda afuera cuidando el caballo.

---Pero si allá afuera sólo hay un indio.



---Sí señor, pues ese mero indio es el general, y yo su señora esposa. Y Díaz se fue de inmediato a presentarse con Juan Francisco Lucas y pedirle disculpas.

Cuando Porfirio Díaz llegó a presidente y se blanqueó –verdad de Dios que se echaba talco todos los días para dejar de ser prieto—, la agarró contra el general Lucas, ese no obedecía nomás por obedecer y siguió defendiendo a los indios que habían luchado contra el extranjero cabrón. Por eso lo quería matar a la mala.

Cuentan los que lo vieron, de aquí harta gente lo recuerda de antes, que el presidente mandó llamar a la República al general Lucas, dicen que pa premiarlo por su heroísmo. Llegaron por él los uniformados del ejército, muy uniformados, le ofrecieron los saludos del Presidente, luego le dieron un abrigo y un sombrero para que los acompañara a México. Él les dijo que como no, que estaba a sus órdenes, sólo que el abrigo que le habían mandado se lo cambió al capitán. Cuando el capitán se puso la ropa cayó muerto. El forro del abrigo tenía un veneno que mataba al contacto.

Juan Francisco Lucas huyó descalzo, corre y corre por el cerro. Lo iba siguiendo a galope la representación de Díaz. Cuando ya no tenía salida se tiró a un barranco de mucha profundidad. Cayó junto al cadáver de un burro. Los federales bajaron por la vereda, a pie, a como fueron pudiendo. Pero ya no lo encontraron, ni a él, ni al burro, sólo vieron sobre la tierra las vísceras del animal. Ahí estaban parados, no sabían qué hacer. De repente sintieron que de arriba les llovían piedras. Era el burro que las estaba tirando con las patas; los enterró vivos. Luego el general Lucas se salió de las entrañas del burro, de la forma de animal que había usado para escapar y se regresó tranquilo a su casa.

Sigue defendiendo al pobre según era su costumbre. No está viejo, ni está joven, está igual. Cuando lo tratan de agarrar vuelve a adquirir la forma de animal. Ni modo que el gobierno mate a todos los borricos, habría de nuevo guerra. No se extrañe si en esta tierra de Cuautempan oye que de repente un campesino hable con su burro y le diga:

---Disculpe usted la carga, mi general.

Aquí de por sí consentimos mucho al borrico como si fuera sagrado.

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