Del fogón a la boca: Chiles en Nogada y la compra del avío para el relleno Destacado

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Mundo Nuestro. Esta es la cuarta entrega de las las crónicas de cocina poblana Del fogón a la boca, escritas por el anticuario poblano, experto en arte popular, Antonio Ramírez Priesca. Mirar la ciudad a través de la comida. Saborearla y aprender con ella a conocer la historia que la contiene. Por la historia y por nuestra comida, valorar la extraordinaria ciudad en la que vivimos. Publicadas originalmente en el portal urbanopuebla, las crónicas de Antonio Ramírez Priesca serán reproducidas semanalmente aquí con su autorización.

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La excursión anual a Zacatlán era nuestra favorita: empezaba muy temprano, para llegar a buena hora a desayunar a la esquina poniente del Mercado Municipal, en medio de un constante chipichipi, que tanto apetito nos abría.

Pedíamos siempre tacos dorados muy crujientes, rellenos de carne deshebrada y bañados con picosita salsa verde de aguacate, que servían con frijoles negros de la olla: una delicia!.

Ya listos, nos encaminábamos a la huerta de Don Ramón García, primo del abuelo, y oriundo del mismo pueblo remoto de Asturias, que tanto se parecía a su nueva tierra: interminables lomas verdes, salpicadas de frondosos perales y manzanos entre los cuales pastaban muchas vacas alegremente.

PUEDES LEER TAMBIÉN LA PRIMERA PARTE DE ESTA HISTORIA:

Del fogón a la boca: Chiles en Nogada y ‘Don Eusebio y su mulita Cleofas’



Trepábamos a los árboles a arrancar esas peras de cáscara rugosa y enormes manzanas rayadas, que al morderlas, bañaban nuestros cachetes de un jugo de sabor que jamás olvidaremos!



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De regreso de Zacatlán parábamos en el mercado de Tlaxcala, en busca del nuevo ‘oro’ local: duraznos criollos amarillos, que las vendedoras del mercado ofrecían: ‘siéntalo marchante, es prisco’.

Cincuenta años tardé en descubrir que se referían a ‘free stone’ es decir, que en esta variedad de fruta, la semilla está separada de la pulpa y hace un ruidito al agitarla, lo cual facilita sustantivamente su retiro.

Ya en Puebla, acompañaba a papá a la estación del ferrocarril, a recoger un huacal de madera lleno de granadas sonrojadas por el sol, que nos llegaba de parte de la tía Lola desde Tehuacán; en su interior siempre venía un paquetito muy bien envuelto en papel de estraza, con blanquísimo dulce de biznaga.



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De regreso, pasábamos por el centro y entrábamos al mercado de La Victoria a comprar lo que faltaba del avío: almendras, piñones, uvas pasa, xitomates, ajos y cebollas.

En la carnicería La Nobleza del señor Figueroa, pasábamos a recoger el encargo de mi abuelita Valito: pierna de cerdo cortada en cuadritos muy finitos, utilizando enormes cuchillos, cuyas afiladas hojas resplandecían con brillos metálicos.

Otra cosa era la reunión familiar para el picadillo del relleno, pero ese será tema de la próxima entrega, por lo pronto,

Charlemos más de Gastronomía Poblana y ‘’a darle, que es Mole de Olla’’!

#tipdeldia: Carnicería Figueroa, en la esquina de la 31 poniente y 3 sur: siguen con calidad y servicio impecable.

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Sobre el autor

Antonio Ramírez Priesca

Antonio Ramírez Priesca, ingeniero, anticuario, experto en arte popular y cocina poblana. Es director en la casa de antigüedades La Quinta de San Antonio, en la ciudad de Puebla.