Sentir el miedo... Destacado

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Hoy fuimos a Tochimilco y la junta auxiliar Santa Cruz, una de las comunidades más afectadas por el temblor. El paisaje es imponente, y entre cerros y precipicios nos desplazamos de una comunidad a otra. En el fondo, la sombra del volcán lo domina todo.



Vivir en zona de riesgo de erupción del volcán es algo a lo que ya la comunidad se había acostumbrado. El Volcán y sus sainetes ya les hacían los mandados, ya lo tenían muy visto. Hasta que el temblor les partió las calles y las casas en dos y medio pueblo quedó prendido con alfileres. No hubo difuntos pero sí muchos perjudicados. Para empezar los manantiales quedaron segados por el alud de piedras y lodo que desprendió la furia de la tierra, manantiales de los que el pueblo baja el agua con mangueras en un original sistema de agua potable que vuela por el aire y no por el piso, como si fueran cables de luz. Las mangueras están secas desde el día del temblor. Y a los manantiales se les debe tratar con respeto y comedimiento porque son sagrados. Todo lo que tenga que ver con ellos debe de ser acordado por el pueblo. Así que perjudicados por la falta de agua estarán todavía por un rato mientras se alcanzan acuerdos para su intervención.

Luego quedaron, además del susto horrible de ver subir y bajar la tierra como si fuera el fin del mundo, los daños a las casas de piedra y adobe construidas al borde de los desfiladeros. Ni lo principal se salvó: la iglesia, la casa del señor cura, el templo protestante, las casas recién hechas, las vetustas, la presidencia auxiliar y la escuela completita con sus siete módulos. Todo está en veremos ocho días después, excepto la feria del donativo y el regalo que se ha instalado en puntos estratégicos, alrededor de los cuales hay mitote de hormiguero.





En honor a la verdad no hay un solo logotipo de ningún partido. Ni uno, ni quien se atreva. Lo que sí abunda son centros de acopio llenos hasta el tope de comida, despensas, ropa, y muchas ociosidades que llegaron de la ciudad. Al aguerrido y generoso grupo de rescatistas y voluntarios, que han venido a tratar de poner cierto orden en semejante caos, se le ofrece cafecito con gran variedad de galletas: de abanico, de chocolate, de MacMa, de Costco, cafecito con azúcar o con esplenda, café variado que sale de maquinitas de nexpreso.

Dos vidas cruzan el pueblo hoy: el de la rutina del cultivo del campo y su ir y venir de caballos que jalan un arado en medio de los hermosos sembradíos de amaranto, los burros cargados de cañuela para ganado o leña para guisar, las mujeres cargando algún mandado y los niños sin clases jugueteando en grupos, y el trajín del pueblo dedicado a guisar en la placita central del poco terreno que hay en plano, donde bajo una carpa de dos colores hay enormes cacerolas con frijoles, arroz, chile con huevo, nopalitos, muchos guisos surtidos del enorme bodegón del curato lleno hasta reventar de todo lo que llegó de los donativos de las cuatro esquinas del país. Como quitarle un pelo a un gato. La bodega se ve llena como la panza de la cueva de Alí Babá.

Así las cosas, el miedo nos permea a propios y extraños porque el volcán hoy decidió entrar en un tremor constante, que asusta como antes, porque nadie sabe con certeza si es él y sus conocidos caprichos, o si va a volver el temblor para sepultarnos a todos con piedras, lodo, agua y cenizas. Miedo... Nos permea el miedo mientras regresamos bajando los caminos entre los altísimos cerros que se inclinan sobre nosotros.

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Sobre el autor

Verónica Mastretta