Historia

Pobreza y naturaleza en Chalchicomula: 28 de agosto de 1973

Reportaje gráfico de El Sol de Puebla Fotografías de Mateo Flores

Tenía 18 años y nunca había sentido terror. Ni había conocido el dolor profundo por unos muertos que no son los tuyos. Y que en un instante pueden sumar quinientos. Y que veré tendidos horas más tardes, en aquella calle de Chalchicomula envuelta en escombros y llanto. Es el martes 28 de agosto de 1973.



A las cuatro de la mañana llegó. Se presentó en un vaivén que me despertó. “Está temblando”, pensé, y quise bajar de la cama, pero el movimiento cambió y todo, cama, yo, buró, ropero, empezó a rebotar contra el suelo en un conjunto de taconazos sin freno. No hay camino más franco para abrazar al pánico. Tieso, agarrotado, ni el pensamiento se mueve en esa locura. Ni siquiera pensé “voy a morir”.

Siempre había temblado en Puebla. En la casa de la 15 Sur en la que vivió mi familia desde el año en que nací, 1955, una lámpara en el pasillo anunciaba la gravedad del sismo. Nunca le dijimos “sismo”. Sólo decíamos “está temblando”, y hasta esa madrugada la única conciencia que teníamos de las consecuencias materiales de un temblor se expresaba en el ángel caído en la ciudad de México en 1957. El “está temblando” nunca había pasado de ahí. Que la tierra se moviera no producía catástrofes, ni amontonaderos frente a un edificio derruído, ni féretros tendidos a lo largo de una calle entre los escombros de San Andrés Chalchicomula.

Terror en la madrugada. Horror a la media tarde. Tardamos una hora en avanzar hasta el centro del pueblo, como si nadie quisiera llegar, ni las decenas y decenas de camiones con ayuda que ya llega desde todos los rumbos pero por una sola carretera, y que lo hace tan solo para corroborar la razón de tanta víctima a las que el adobe y la pobreza le cayó en la cabeza. Con mis ojos puestos en ese tendedero de muertos contemplo un instante como si viera una película. Hemos venido cinco amigos con ánimo de ayudar en lo que se pueda. No hacemos nada. Ya los cuerpos ocupan la calle a la espera de los ataúdes que vienen por carretera. La mayoría de los techos y paredones que los han matado eran de edificios de una sola planta. Adobe y piedras en un aldeas y pueblos que siempre han estado aquí y cuyos nombre resuenan: Quecholac, Tenango, Santa Úrsula, Felipe Ángeles, Chiconquiac, Tlachichuca, Cuauhtemoc, Soapan, Río Valiente, Soltepec, Mazapiltepec, Tlacotepec, Tecamachalco, Ocotengo, Santa Inés de Borbolla, Tlanalapa, Nopalucan, Guadalupe Victoria, Tepexi, Guadalupe Victoria.

Más de 541 muertos ahí, dirá El Sol de Puebla.

Contemplo. Tengo 18 años. La vida pasa y quita fuera de mí. No hacemos nada, digo, ¿y qué país es este que se derrumba tan fuera de sí.



Tres martes de 1973 que marcaron mi vida a los dieciocho años. Y un primer sendero en mi historia personal.

Martes 1 de mayo, balacera en el centro de la ciudad con saldo de cuatro estudiantes muertos por la policía local. Cuando por primera vez en tu vida entiendes que la ciudad también tiene modos extremos en manos de un poder fanático.



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Martes 28 de agosto, terremoto en Ciudad Serdán y Orizaba. Cuando por primera vez en tu vida entiendes que para la pobreza la naturaleza tiene modos extremos y que puede borrar en un minuto un pueblo entero.


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Martes 11 de septiembre, golpe de estado en Chile. Cuando por primera vez en tu vida entiendes que un imperio tiene modos extremos y que puede borrar en un minuto el sueño de un país entero.


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17 de septiembre 1973. Cuando por primera vez en la vida entiendes que tomar una decisión extrema a los dieciocho años marcará para siempre tu destino.



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La balacera la escuchamos después del mediodía. Primero de Mayo de 1973. No hay clases, y sí desfile obrero oficial que el gobierno ha decidido que marche por la 25 Oriente-Poniente. Pero este no será un día festivo cualquiera.

A la distancia se escuchan claramente los balazos. Trepo a la azotea de la casa de la 15 Sur en el barrio de Santiago, a unas cuantas cuadras del Paseo Bravo. Escucho y no tengo idea de lo que ocurre. Y no tengo la costumbre de prender el radio. Y tengo la seguridad de que en el radio no se informa nada. Y estoy ahí, adivinando entre tinacos y tendederos, por entre las copas de fresnos y jacarandas, con la mira en las torres de catedral, y me encabrona no saber nada, con un vocabulario breve que no da más que para decir “hay un movimiento estudiantil”, “van a correr a los FUAS de la universidad” , “son los mochos de comunismo no, cristianismo sí”, “son los estudiantes que dicen que hay que darle en madre a la burguesía”.

Todo pasa fuera de mí: mi ciudad está con otros, viviendo plenamente su pequeña guerra civil, totalmente desocupada de mí. Los obreros desfilan y echan porras al gobierno y le agradecen la vida al señor presidente. El gobernador, que no le ha dicho a nadie que ha armado con rifles de alto poder a sus judiciales, cumple con su papel de principal en la tribuna, y en la fila los líderes charros. Los estudiantes recorren muy temprano las avanzadas obreras para repartir propaganda contra el charrismo sindical, esa categoría analítica que todavía forma parte del lenguaje común entre los obreros, en la conciencia de su sometimiento. La policía detiene a unos de los muchachos. La voz corre rápido por la 2 Sur hasta el Carolino. De inmediato se llama a mitin en la Plaza de la Democracia, ahí frente a la iglesia de la Compañía, y la llaman así desde tiempos de Madero, pero todavía los coches circulan por la 4, y solo hay un pedacito de plaza, suficiente para organizarse, y desde ahí están apostados, y hay estudiantes, y hay pueblo y abundan los sombreros, y no es que haya mucho más sol, es que México todavía se guarda en la sombra de paja campesina, y ahí están todos, en el centro del centro, en el Carolino y la Compañía, y por eso ya no hay manera de que desfile alguien y le eche porras a quien le digan sus líderes. Ni te acerques gobierno, porque habrá chingadazos. Y la patrulla incendiada sobre la Maximino, y los Garitas Panteón cruzados en la esquina de la 2 y el zócalo, y los judiciales francotiradores que encuentran sus atalayas con los M1 cargados y el semblante dispuesto, y el gobernador que ve pasar los puños altivos de los electricistas y las matracas sumisas de los ferrocarrileros, y un asistente que le dice que ya hay un buen jaleo en el centro.

El recuento de la balacera al día siguiente es de cuatro estudiantes muertos y un número no determinado de heridos. El gobernador Bautista O’farril declara que “si nos reciben a tiros, contestaremos a tiros”. No durará mucho, luego de su declaración y la que le sigue: “En la actualidad la policía local está debidamente armada y tiene la habilidad necesaria para imponer el orden… La policía tiene órdenes para matar de un tiro al que atente contra la paz pública.” Pero por unos días todavía será el gobernador y el baluarte principal contra la universidad tomada por los comunistas.



Un enorme funeral-manifestación recorre las calles el día 3, camina de día hasta el Panteón Francés y regresa de noche al centro de la ciudad. Y yo estoy ahí, en la azotea, asomado a una ciudad que es mía pero que se mueve ajena, como las copas de los fresnos y jacarandas que el viento mece, despreocupados en absoluto por mi destino.

2

Tenía 18 años y nunca había sentido terror. Ni había conocido el dolor profundo por unos muertos que no son los tuyos. Y que en un instante pueden sumar quinientos. Y que veré tendidos horas más tardes, en aquella calle de Chalchicomula envuelta en escombros y llanto. Es el martes 28 de agosto de 1973.

A las cuatro de la mañana llegó. Se presentó en un vaivén que me despertó. “Está temblando”, pensé, y quise bajar de la cama, pero el movimiento cambió y todo, cama, yo, buró, ropero, empezó a rebotar contra el suelo en un conjunto de taconazos sin freno. No hay camino más franco para abrazar al pánico. Tieso, agarrotado, ni el pensamiento se mueve en esa locura. Ni siquiera pensé “voy a morir”.

Siempre había temblado en Puebla. En la casa de la 15 Sur en la que vivió mi familia desde el año en que nací, 1955, una lámpara en el pasillo anunciaba la gravedad del sismo. Nunca le dijimos “sismo”. Sólo decíamos “está temblando”, y hasta esa madrugada la única conciencia que teníamos de las consecuencias materiales de un temblor se expresaba en el ángel caído en la ciudad de México en 1957. El “está temblando” nunca había pasado de ahí. Que la tierra se moviera no producía catástrofes, ni amontonaderos frente a un edificio derruído, ni féretros tendidos a lo largo de una calle entre los escombros de San Andrés Chalchicomula.

Terror en la madrugada. Horror a la media tarde. Tardamos una hora en avanzar hasta el centro del pueblo, como si nadie quisiera llegar, ni las decenas y decenas de camiones con ayuda que ya llega desde todos los rumbos pero por una sola carretera, y que lo hace tan solo para corroborar la razón de tanta víctima a las que el adobe y la pobreza le cayó en la cabeza. Con mis ojos puestos en ese tendedero de muertos contemplo un instante como si viera una película. Hemos venido cinco amigos con ánimo de ayudar en lo que se pueda. No hacemos nada. Ya los cuerpos ocupan la calle a la espera de los ataúdes que vienen por carretera. La mayoría de los techos y paredones que los han matado eran de edificios de una sola planta. Adobe y piedras en un aldeas y pueblos que siempre han estado aquí y cuyos nombre resuenan: Quecholac, Tenango, Santa Úrsula, Felipe Ángeles, Chiconquiac, Tlachichuca, Cuauhtemoc, Soapan, Río Valiente, Soltepec, Mazapiltepec, Tlacotepec, Tecamachalco, Ocotengo, Santa Inés de Borbolla, Tlanalapa, Nopalucan, Guadalupe Victoria, Tepexi, Guadalupe Victoria.

Más de 541 muertos ahí, dirá El Sol de Puebla.

Contemplo. Tengo 18 años. La vida pasa y quita fuera de mí. No hacemos nada, digo, ¿y qué país es este que se derrumba tan fuera de sí.

3

“Colocado en un tránsito histórico, pagaré con mi vida la lealtad del pueblo.” Su voz llegó después del mediodía, y por la radio que no escucho. Lo he hecho esta mañana porque el run run llegó atropellando todo: golpe de estado en Chile, y está pasando ahorita, en esta mañana del 11 de septiembre de 1973.

La voz de Allende no es nueva para mí. La recuerdo de su discurso de Guadalajara, en su viaje no muy lejano en el tiempo a México. La comunicación no llega tan rápido, por eso gana el radio. El presidente chileno de la vía democrática al socialismo es lo más cercano que encuentro en la posibilidad de un mundo distinto y bueno. Y tenemos semanas siguiendo en el periódico Excélsior el acoso a su gobierno, y antes de los militares y sus tanques la huelga de los transportistas. Están ahorcados si la gente no tiene alimentos. “Pinches gringos”. Maldigo desde hace días. En los acontecimientos chilenos descubro la militancia política que nunca tendré en México. Canto Te recuerdo Amanda, la calle mojada con todo el fervor religioso que no me dan los rezos aprendidos. Y De pie, marchad, el pueblo va a luchar, de norte a sur, banderas de unidad será mi canto por los siguientes años. Revolución, la vida tiene sentido. Tengo que salir al mundo fuera de mí.

Qué poco sé de mí y del mundo. Para la noche la televisión ya tiene toda la historia del asalto a la Moneda. Y ya circulan las fotos que vemos todos con Allende con un casco montado y la ametralladora empuñada y la mirada en busca de los aviones del tino perfecto. En otra, un cuerpo cubierto con un zarape es presentado como el cadáver de Salvador Allende.

Al final de un día de muerte dos discursos encontrados. Por la mañana, a punto del bombardeo y toma de la Moneda, el comunicado radial de Allende, y de él, dos frases se me quedan para siempre:

“La historia es nuestra y la hacen los pueblos.”

“Mucho más temprano que tarde, de nuevo abrirán las grandes alamedas por donde pase el hombre libre para construir una sociedad mejor.”

Por la noche, la voz de Pinochet:

“Los sagrados intereses de la patria nos han llevado a realizar la triste tarea que hoy hemos acometido… Inspiración patriótica para sacar al país del caos al que lo estaba llevando el gobierno marxista de Salvador Allende… Tres años de soportar el cáncer marxista que nos llevó a un descalabro moral y social que no se podía tolerar… Por ello la decisión de extirpar el marxismo hasta las últimas consecuencias.”

Dos humanidades, entonces, dos patrias, dos naturalezas. Ganó la de la muerte.

+ + + + +

El 17 de septiembre de 1973, y con una propia y primera versión del mundo, dejo mi casa de Puebla. Creo muchas cosas en este momento. Y tengo la vida por delante para confirmar que la historia es nuestra.

Agua e Historia. Experiencias regionales, siglos XIX-XX. María Concepción Martínez Omaña y Lourdes Romero Navarrete (coordinadoras). Instituto de Investigaciones Dr. José María Luis Mora, Conacyt, 2015.

El libro Agua e Historia, editado por el Instituto Mora, es uno de los pocos estudios que introduce la reflexión académica sobre el tema hídrico a la discusión actual sobre la toma de decisiones entorno al agua como recurso geoestratégico e incluso como asunto de seguridad nacional. Lo anterior desde una perspectiva historiográfica que se remite en algunos casos a la etapa prehispánica (la afluencia del líquido en el barrio de Tlatelolco, por ejemplo) o colonial, aunque la obra se centra fundamentalmente de mediados del siglo XIX a finales del siglo XX.



El libro está estructurado en torno a tres grandes ejes: 1) El abasto urbano y las dinámicas rural-urbanas; 2) Las polémicas socio-ambientales asociadas a las políticas de riego; 3) La hidro política internacional en las fronteras norte y sur. Temas que permiten entender cómo ciertos procesos histórico-sociales se han articulado a lo largo de la historia de México en torno al agua, ya sea por la organización comunal de los pueblos y el ejercicio de sus derechos respecto a la misma; por la actuación del Estado en diferentes etapas para la regulación del uso del líquido; o por la presión del capital privado para su usufructo.

En ese sentido dos artículos resultan particularmente importantes para entender la problemática de la afluencia del río Atoyac para la ciudad de Puebla y pueblos circunvecinos: Acuerdos privados en una etapa de centralización administrativa: agua y empresariado textil en el río Atoyac (1890-1918), de Sergio Rosas Salas y Antecedentes, orígenes y formación del distrito de riego de Valsequillo, 1915-52, de Sandra Rosario Jiménez.



El sueño de un país industrial a partir de la fuerza de los ríos imaginado por Esteban de Antuñano.

En el primer texto el autor analiza cómo desde 1835, con la compra del molino de Santo Domingo por Estevan de Antuñano para el establecimiento de la fábrica La Constancia Mexicana, se adquirieron también los derechos sobre el agua como un bien privado, negociable entre particulares. Dicha tendencia continúo posteriormente con la erección de nuevas fábricas textiles en torno al Atoyac, bajo el argumento de que la compra de la tierra adquirida por los empresarios para el levantamiento de las factorías, incluía los derechos sobre el agua, como un bien que podía comprarse y venderse sin restricción alguna, siempre y cuando los acuerdos privados entre particulares fueran notariados. En 1896, por ejemplo, Saturnino Suato y Antero Muñuzari, vendieron a Miguel Benítez y Noriega la caída de agua del manantial de Aquila, conocido como de Barranca Honda, que se dirigía al Atoyac en cuarenta y dos mil quinientos pesos.

Este proceso continuó durante el porfiriato y hasta 1918, cuando el Estado intervino como aval y garante de los antiguos derechos de los industriales sobre el agua, para mediar entre los empresarios, pero no para ejercer el derecho de la nación como propietario del líquido. Es decir que en Puebla, en torno al Atoyac, el Estado posrevolucionario respetó los acuerdos entre particulares en torno al uso del agua y la venta de la misma, sin incluir tampoco regulación alguna respecto a los desechos industriales. Dicha tendencia parece continuar en la memoria histórica empresarial, a pesar de las restricciones establecidas en el cardenismo y de las leyes ambientales de las últimas décadas.

El segundo artículo, que versa en torno a la presa de Valsequillo, marca la problemática inversa, es decir la creación de un distrito de riego construido en el marco de la política agro hidráulica cardenista. En la zona de Valsequillo, entre 1915 y 1940, luego del reparto agrario, los hacendados y rancheros de la región perdieron el derecho al líquido o renunciaron al mismo, debido a los conflictos agrarios. En 1917 había en esa región, que incluía los municipios de Tecali, Tecamachalco, Tepeaca y Tehuacán, 34 haciendas y ranchos, que fueron fraccionados y repartidos entre la población. Y que inicialmente obtenían el agua de galerías filtrantes y pozos artesianos.

A partir de los años veinte se propone para dicha región de notable extensión, el establecimiento de una presa, que tenía como objetivo volver altamente productiva la zona en beneficio de los ejidatarios y pequeños propietarios, con una desviación de las aguas del río Atoyac que debía contenerse en la zona conocida como Rincón del Diablo. Para tal efecto, entre 1933 y 1938 entró en funciones la Compañía Irrigadora y Fraccionadora de Valsequillo, integrada por ejidatarios y pequeños agricultores, organizados a su vez en cooperativas. La implementación del proyecto implicó la inundación del poblado de San Baltazar Campeche, cuyos habitantes fueron reubicados sin embargo lejos del acceso al agua. A lo largo de la década de los cuarenta hubo conflictos permanentes entre los ejidatarios circundantes de la presa y el derecho al uso de la misma. En 1942 la presa fue concluida e inaugurada. Sin embargo, la burocracia hidráulica no siempre benefició a los pueblos circundantes y se creó en torno al lago un desarrollo inmobiliario que desplazaría en parte a los pueblos originarios en beneficio de las clases medias.

Hoy la presa permanece con un alto grado de contaminación, con riesgos para la salud para el riego de hortalizas y de cualquier uso doméstico.

Sirvan estos dos ejemplos del libro, para demostrar la importancia de una política de Estado coherente y bien aplicada en torno a las aguas del río Atoyac que hoy pide urgentemente la aplicación de las leyes ambientales.

(La fotografía de la portadilla fue tomada de La Jornada de Oriente.)

--Ahí vienen, ahí vienen los villistas, corran, escóndanse donde puedan.

Dicen que así sucedió en Ixtepec, en la sierra norte de Puebla. Cuando los villistas se acercaban al pueblo, cuando desde el centro se miraba desde lejos que venían montados en sus caballos, los pobladores se avisaban entre ellos y corría hacia las cuevas, hacia las barrancas, al monte, donde no los encontraran. Cuando los villistas llegaban se llevaban todo: gallinas, puercos, maíz, lo que se encontraran a su paso. Los que lograban esconderse cerca de su casa y de sus propiedades les daban a chupar panela a sus niños pequeños para que no lloraran y no los delataran. Hubo muchos muertos y en una de las invasiones quemaron el pueblo y bombardearon la iglesia de la comunidad. A don José lo encontraron en el interior de su casa. Cuando los villistas llegaron lo amarraron en uno de los horcones y lo quemaron junto con su humilde casa hecha con techo de hojas de caña. Llegaban gritando y gritando se iban del pueblo.

Uno de los pobladores dijo:



--Yo no les tengo miedo, les voy a decir que soy un ratero, que soy de su gente.

Pero no logró decirles porque en el camino a su encuentro los villistas lo mataron y aventaron su cuerpo a un lado del camino.

En algunas ocasiones tocaban las campanas de la iglesia para avisar a la gente de la entrada de los villistas, así que todos corrían para esconderse. Y ahí iban todos revueltos corriendo para donde fuera, sin importar si iban con su mujer o con otra que no fuera su pareja o familia, el objetivo era esconderse de ellos. Dicen que entre esa gente iba don Genaro. En el camino se encontró a una solterona como de unos 40 años y como pudieron se apartaron de los demás y llegaron hasta un lugar llamado “La casa del diablo”, una cueva que está a la orilla del pueblo. Ahí se escondieron y mientras los villistas saqueaban el pueblo él aprovechó para hacerla su mujer.

Mundo Nuestro. Este texto del arqueólogo canadiense Geoffrey G. McCafferty --escrito con la colaboración de Jolene Debert, investigadora del Departamento de Arqueología en Mt. Royal University Calgary, uytraducido para la revista Elementos 107 por Anamaría Ashwell--, responde con los datos de la investigación científica un interrogante supremo: ¿vivió la Cholula del periódo clásico el apocalipsis?

La fotografía de la portadilla es del fotógrafo poblano Víctor Blanco.



El abandono de los grandes centros urbanos durante el Periodo Clásico (entre aproximadamente 600 a 900 d.C, dependiendo de las especificidades de la región estudiada) es un tema que ha captado la atención de arqueólogos mesoamericanos desde inicios de la disciplina hace más de cien años. Aunque ya nadie sostiene que fue causado por un solo factor, las referencias al “colapso” continúan siendo la regla y no la excepción. Consecuentemente se asume que el colapso de las grandes urbes sucedió incluso cuando hay ausencia de evidencias y se tiene que recurrir a datos poco sólidos para sostenerlo. Nuestra presentación pone en entredicho el abandono de Cholula, uno de los mayores centros urbanos y ceremoniales localizados en el Valle Puebla-Tlaxcala del México central. Cholula se inaugura en el Periodo Formativo Medio (alrededor de 1,000 a.C.) y emerge como un importante centro regional y ceremonial durante el Formativo Tardío (McCafferty, 1996). La Gran Pirámide de Cholula fue construida y ampliada a lo largo de por lo menos 1,500 años hasta que se convirtió en la mayor estructura hecha por el hombre en el mundo (Marquina, 1970; McCafferty, 1996, 2001).

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TEXTOS RELACIONADOS:



Mundo Nuestro. Este texto de la Maestra en Historia Lilia Venegas fue presentado el martes 8 de septiembre pasado como la primera de las conferencias del ciclo “El siglo XX mexicano: resistencia y memoria”, organizado por la Dirección de Estudios Históricos del INAH, Profética, Casa de la Lectura y la revista digital Mundo Nuestro.

Investigadora titular de la Dirección de Estudios Históricos del INAH, licenciada en Economía por la UNAM, Maestría en Antropología Social en la ENAH, estudios de doctoranda de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM. Especialista en la historia de género en el siglo XX.

Entre sus libros destacan: Lilia Venegas y Dalia Barrera, Testimonios de participación popular femenina en la defensa del voto, Ciudad Juárez, Chihuahua, 1982-1986, INAH, 1992. Y Lilia Venegas y Anna Fernández, La Flor más bella del ejido, Plaza y Valdés/INAH, 2002.



El mundo de la política no ha sido considerado como un espacio accesible para hombres y mujeres por igual. De hecho, de todos los espacios que implican la vida pública, la política es, quizá la más restrictiva para la mitad de la humanidad. Hay muchos aspectos involucrados en la participación política; aquí recorreré sólo algunos de los aspectos y los episodios que nos ayudarán a entender cuál ha sido el papel que las mujeres han desempeñado a lo largo del siglo XX en nuestro país.

Para ilustrar la diferencia de acceso a la política conviene recordar que a la Declaración de los Derechos del Hombre, tuvo que seguir la Declaración de los Derechos del Hombre y la Mujer (Olimpia de Gouges). También conviene recordar el desfase en el tiempo entre la obtención del derecho al voto entre hombres y mujeres a lo largo y ancho del planeta.



Por lo demás, el reconocimiento de la legitimidad y legalidad de las mujeres para participar en política nunca ha sido un impedimento para que ellas participen en los asuntos y los conflictos de la vida pública.

En esta plática partiremos de la Revolución mexicana y sus antecedentes. Desde antes de que estallara el conflicto armado, algunas mujeres figuraron en la conspiración contra la dictadura: Carmen Serdán, por ejemplo.

María Arias Bernal.

Juana Belén.

Ya en el proceso revolucionario, el papel de las mujeres en las distintas facciones (Dolores Jiménez y Muro, maderista; Juana Belén Gutiérrez de Mendoza, zapatista; María Arias Bernal, maderista; Hermila Galindo, carrancista) fue muy importante: como soldaderas, enfermeras, correos, redactoras de planes y escritos, espías, coronelas.

Adelitas y coronelas.

El símbolo Adelitas y la foto más famosa…

Las niñas de la guerra.

Es interesante destacar tres aspectos: el estudio de las revolucionarias descubre que hay un problema de visibilidad, de ocultamiento; a través de lo que se ha estudiado, es posible señalar que la Revolución implicó un cambio en las mentalidades frente a la ideología dominante del porfiriato: “si Adelita se fuera con otro” devela una libertad e independencia que hubiera sido impensable en el porfiriato; el Estado excluyó a las mujeres del ejército cuando terminó la etapa armada, y se resistió a reconocer su participación armada cuando se otorgaron indemnizaciones y pensiones; sí otorgó cierto reconocimiento, a una mujer abstracta y como parte del pintoresquismo revolucionario.

Hermila Galindo.

En 1917 Hermila Galindo, secretaria de Emiliano Carranza, hizo llegar a los constituyentes el reclamo para que se otorgara a las mujeres el derecho al voto. Este punto se turnó a asuntos generales y se desahogó sin mayor detenimiento. El alegato para negar el derecho se basaba en que el mundo de la política era sucio, y por tanto inconveniente para ellas, y que no se trataba de un reclamo socialmente respaldado.

La lucha por el voto en el mundo.

El Congreso Feminista en Yucatán-

Vale aclarar que la demanda se había expresado desde el siglo XIX por revistas feministas y autoras como Laureana Wright de Kleinhaus; también se había colocado en el centro de las demandas de las feministas que ya se habían reunido en Yucatán en el Congreso Feminista de 1915 y 1916. Como se sabe, las luchas por la obtención de este derecho seguirán por toda a primera mitad del siglo XX.

Elvia Carrillo Puerto.

Antes de seguir con la secuencia de acontecimientos de orden bélico, vale la pena dirigir la atención a lo que ocurrió en Yucatán con los gobernadores progresistas, Alvarado y Carrillo Puerto. Empeñados en el combate a la superchería y la superstición se generó un ambiente libertario que auspició la educación sexual de las mujeres, el derecho al divorcio y a la educación de las mujeres. En ese ambiente empezó a circular el folleto Sanders de educación sexual y control de la fecundidad. La iglesia católica y los sectores conservadores respondieron con un fenómeno típico de “pánico moral”. Manifestaciones y protestas que llegaron a la capital y al gobierno federal.

Tina Modotti y Frida Kahlo.

Frida y Rivera.

Frida y Tosqui.

Guadalupe Marín.

Carmen Mondragón ( Nahui Olin)

Para contrarrestar la propuesta de control de la natalidad y la expansión de una propaganda que les parecía licenciosa, el periódico Excélsior propuso se fundara, en 1922, el día de la Madre. Eran años, los fabulosos 20, en los que cobraban fama nombres que hoy son muy familiares, pero que, al parecer, también escandalizaban por la libertad de costumbres: Tina Modotti, Frida Kahlo, Nahui Ollin, Antonieta Rivas Mercado.

La Cristera.

Pero volvamos a la guerra y las mujeres. Entre 1926 y 1929 estalló en México la guerra cristera. La presencia y el apoyo de las mujeres, en esta ocasión de católicas activistas, fue muy destacada. Vale la pena recordar, a propósito de estos años, que la tradición conservadora había estado presente en nuestro país a lo largo del siglo XIX. A inicios del XX, las organizaciones de custodia de la moral y buenas costumbres, así como defensoras de la libertad religiosa y la enseñanza religiosa en las escuelas, por ejemplo, era pujante y convocaba a muchas mujeres.

Campesinas católicas en pie de guerra.

Las mujeres de los Cristeros.

La solución política del conflicto dejó de lado a la revuelta campesina.

La solución del conflicto entre el Estado revolucionario y el clero se resolvió, pero no todos los seguidores de Cristo Rey quedaron satisfechos con los arreglos del modus vivendi.

El cardenismo.

La respuesta a la expropiación.

La movilización de las masas.

Durante el cardenismo se reavivan las movilizaciones de las sufragistas, en parte alentadas por declaraciones y actitudes del propio presidente. Cobró auge la Unión Pro Derechos de la Mujer: llegó a reunir a 50 mil mujeres de distintos sectores y estratos sociales. El apoyo a Cárdenas era muy grande, como se pudo ver en la cooperación para indemnizar a las compañías petroleras extranjeras.

La negativa cardenista al voto de las mujeres.

Hacia 1938 los Congresos de todos los estados aprobaron la modificación al artículo 4 constitucional; también se aprobó en el Congresos de la Unión. Sin embargo, no se publicó la resolución en el Diario Oficial, de manera que el derecho al voto femenino volvió a quedar en suspenso. Una buena parte de la Unión se incorporó a la versión cardenista del PNR, es decir, al PRM.

La movilización conservadora al final de cardenismo.

No se ven mujeres en el presídium de los primeros panistas.

A fines del sexenio cardenista, los sectores conservadores y la oposición de derecha se habían aglutinado regionalmente en El Bajío, con el movimiento sinarquista. El Partido Acción Nacional, con personajes de la talla de Gómez Morín, se fundó en 1939. Once mujeres formaron parte de los fundadores, aunque no se sentaron el presídium. La “larga brega de eternidad” que mantuvo el PAN por décadas, contó siempre con el trabajo y el apoyo de muchas mujeres anónimas. Parte de la pugna al interior de este partido dividía a los militantes entre participar o abstenerse en las elecciones.

Pero el reclamo por el voto se mantuvo.

Las mujeres de Nueva Rosita acompañan en la marcha conocida como “La caravana del hambre” a sus esposos mineros en huelga hasta la ciudad de México desde Nueva Rosita, en Coahuila.

Durante la segunda postguerra, en México se viven dos fenómenos contradictorios: el crecimiento económico y la industrialización modernizadora, de la mano de una ideología de fortalecimiento del papel de las mujeres como madres y amas de casa.

Con Ruiz Cortinez, finalmente, en 1953, el Estado priista reconoció el voto femenino.

El voto ante la mirada de los ojos escrutadores de los hombres.

Una muy ordenada casilla electoral.

El movimiento ferrocarrilero del 58-59 y la represión a los vallejistas.

El movimiento magisterial a finales de los años 50.

Del lado de la política, fueron los años dorados de la dictadura y la represión contra diversas expresiones sociales y políticas. Un ejemplo de ello fue la represión a la defensa del voto en 1959 en Tijuana, donde varias mujeres fueron golpeadas y encarceladas.

La lucha por los derechos civiles en Estados Unidos, con Martin Luther King al frente.

El año 68 en el mundo.

El 68 en México.

El resurgimiento del movimiento feminista en la ciudad de México.

El movimiento de las mujeres panistas en Tijuana por la libertad del voto, reprimido por el ejército mexicano.

El feminismo en los años 70.

Las movilizaciones a favor del aborto en esos mismos años.

Durante la década de los sesenta y setenta, las organizaciones sociales y los movimientos sociales incluyeron la segunda oleada feminista. Es necesario tener en cuenta que durante estos años cobra auge el movimiento por los derechos civiles en los Estados Unidos, y sobre todo, en California. Una feminista mexicana escribió una crónica de la movilización en el país vecino y esto prendió la mecha de la movilización de las pioneras feministas. En el mundo de la política formal, sin embargo, destacaron poco hasta mediados de los ochenta. Se orientaron, más bien, hacia temas de salud reproductiva y la despenalización del aborto, presentando hacia 1978, una propuesta ante la Cámara de diputados en este sentido. No procedió, pero se ha mantenido como una cuestión importante y presente en la agenda legislativa hasta hoy. Es, por lo demás, uno de los puntos de mayor desacuerdo entre las mujeres políticas de izquierda y derecha. Durante esos años se formaron grupos guerrilleros. No fueron pocas las mujeres que participaron con estos grupos, en México y en Centroamérica. Un ejemplo de ello es el libro de reciente publicación de Rosa Albina Garabito.

Las guerrilas en Centroamérica.

Griselda Álvarez, la primera gobernadora en Colima y en México.

La lucha histórica por los desaparecidos por la guerra sucia.

La movilización panista en Chihuahua y el fraude de 1986.

Con el inicio de la década de los ochenta, los procesos electorales (más bien rituales de simulación democrática) empezaron a mostrarse como espacios reales de disputa entre grupos y partidos políticos. A un inicio, sobre todo, en los márgenes de la nación (Yucatán, Chihuahua) y en el norte del país. También en Oaxaca, donde la Cocei (una coalición de movimientos sociales de izquierda) ganó importantes posiciones en la zona de Juchitán. Las mujeres del PAN tomaron un papel destacado contra el fraude electoral de Chihuahua, 1986, llamado “patriótico” por Miguel de la Madrid. Un año antes, el terremoto de la Ciudad de México, también conmocionó a muchos de los que, hasta entonces, no veían mucho sentido en movilizarse y actuar políticamente. Las mujeres fueron, de nueva cuenta, protagonistas socialmente importantes. La organización de las costureras y de los barrios afectados por el terremoto, se movilizaron y mostraron los resultados de un intercambio que llevaba ya algunos años con las feministas de la vertiente popular.

La caída del sistema, no fue sólo el anuncio del recuento suspendido de los votos en la elección federal de 1988, fue también el inicio de lo que entonces se llamó la transición a la democracia mexicana. La apertura del sistema político alentó, sin duda, la participación más decidida de muchas mujeres para competir por cargos de elección popular. Para los noventa, pugnaron juntas, mujeres de izquierda y derecha, por las cuotas de discriminación positiva. La ley electoral se fue modificando en este sentido, desde 1996 hasta el 2014, en el que se volvió obligatoria la paridad en la selección de candidatos de los partidos políticos.


El país se desbarranca: las muertas de Juárez en los años 90

La ponencia "Las locerías y los centros históricos en Puebla, la ciudad de México, Sevilla y Talavera de la Reina, siglos XVI-XVII " fue presentada por la Doctora Emma Yanes Rizo en el reciente Coloquio Internacional Itinerario de Saberes, Arte y Cultura organizado por el Instituto de Ciencias Sociales y Humanidades de la BUAP.

Puebla



Desde mi punto de vista, una de principales razones que facilitaron el asentamiento de los loceros ibéricos en la ciudad de Puebla, fue la existencia de las materias primas necesarias cerca de la ciudad (agua, barro, leña y tequesquite), así como la ubicación de la Angelópolis como centro comercial; además del crecimiento de la urbe y el establecimiento de grandes conventos que requerían forzosamente del servicio de la loza. De ahí que desde mi tesis doctoral la localización geográfica de todo lo anterior se haya vuelto para mí una tarea primordial. Lamentablemente no existe ningún plano de Puebla que abarque la época del asentamiento de los primeros loceros, entre 1550 y 1653. Por ello, para localizar tanto los talleres, como los bancos de materias primas dentro o cercanos a la ciudad de Puebla, recurrí al hasta hoy conocido como el plano más antiguo de la Angelópolis: Planta de la ciudad de los Ángeles de la Nueva España: 1698, de Cristóbal de Guadalajara. Su autor fue un importante sacerdote, matemático, investigador, historiador, geógrafo y cartógrafo mexicano, con residencia en la ciudad de Puebla, [i] y fue colega en su momento de Carlos de Sigüenza y Góngora.



El plano de 1698 se encuentra en el Archivo General de Indias (Sevilla), existe una copia en el Archivo del Ayuntamiento de Puebla. Se publica por primera vez en España en 1952[ii] y en 1995 por la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla.[iii] En el plano el este señala hacia arriba, el oeste hacia abajo, el norte está situado a la izquierda y el sur a la derecha, por lo que el lado oriente de la ciudad aparece en la parte superior con el observador ubicado por el rumbo del cerro de San Juan.[iv]

A pesar de que la orientación de la Planta de la ciudad no corresponde a la tradicional orientación meridional de los planos y a que carece de escala,[v] la ubicación de solares, la distribución de la tierra, los edificios y caminos que corresponden a los siglos XVI y XVII usando como referencia dicho plano, ha sido considerada como válida y confiable por destacados investigadores como Eloy Méndez Sáinz, quien indica que el perímetro del área ocupada en el plano, es el mismo que el de un siglo antes.[vi]

De igual manera Francisco Vélez Pliego en su artículo “Puebla de Zaragoza, antigua ciudad de los Ángeles, patrimonio cultural de la humanidad”,[vii] compara con base a las actas de cabildo del siglo XVI a mediados del XVII y las crónicas de la época, lo establecido en el plano de 1698, para determinar la pertinencia de uso como fuente documental gráfica para el análisis territorial del siglo XVI.

El estudio de la localización de los talleres de los loceros en Puebla, creo yo, permite entender al menos en parte, las razones geográficas y sociales de su instalación, con elementos de análisis hasta ahora no considerados por otros investigadores.[viii] Tanto el historiador Hugo Leicht, como Lister and Lister, partiendo de la información existente cuando realizaron sus trabajos, ubican los talleres de los loceros de los siglos XVI al XVIII, dentro de la traza española, en el lado norponiente de la ciudad, a partir de la iglesia de San Marcos, hacia el norte, para aprovechar los vientos favorables y evitar el daño a los vecinos por el humo, así como para abastecerse de agua de un escurrimiento sobre la hoy once norte (escurrimiento en realidad bastante escaso). Dichas opiniones y la posible formación de un barrio de alfareros en esa zona, fueron retomadas posteriormente por Efraín Castro Morales y Margaret E. Connors.[ix] Sin embargo, como se verá a continuación, esa afirmación sólo es válida a partir básicamente de 1650, para algunos de los talleres de los loceros que forman el gremio unos años después y no para los alfares de los primeros loceros, de los que tenemos definida su localización a partir de 1695 y hasta 1653.

En el plano mencionado, separamos la ubicación de los talleres en dos espacios: I. La comunidad original de los primeros loceros (1595-1653), formada básicamente por artesanos ibéricos y II. Los loceros que integran a partir de 1653 el gremio de loceros y cuyos maestros en este caso ya son criollos y mestizos.

La primera referencia que tenemos de un alfar establecido data de 1595. Los primeros loceros se instalaron en un área estratégica, en la zona nororiente dentro de la traza española de la ciudad. Al oriente: a sólo una manzana, aproximadamente ciento cincuenta metros, del río de San Francisco, para el abastecimiento de barro y agua; en una zona cercana, más o menos medio kilómetro, de los barrios indígenas de Analco y Xonaca ubicados en la ribera opuesta del río; y sobre las tres primeras calles del camino de Veracruz rumbo a la ciudad de México, ya dentro de la ciudad de Puebla. Al sur: sobre la calle de los Mercaderes, zona comercial, a no más de doscientos metros la plaza principal, donde se encuentra el edificio del Ayuntamiento y la Catedral, es decir, la zona de mayor prestigio de la ciudad. Al poniente: las locerías rodean el convento de Santo Domingo paralelamente a las cañerías y cajas de agua del mismo. Al norte: a una distancia no mayor de medio kilómetro, cerca del camino que lleva al volcán La Malinche donde se abastecen de leña. Al nororiente: a unos dos kilómetros del barrio de Xanenetla en el cerro de Belén, donde los loceros adquieren el barro rojo. Al sureste, por último, aproximadamente a 22 kilómetros, está el poblado de Totimehuacán de donde se extrae el barro calizo.

Es decir, más allá del argumento del establecimiento de las locerías en una zona con vientos favorables, para evitar las molestias a los vecinos, en una etapa de construcción de la ciudad, mediados del siglo XVI, en la que en realidad había todavía muy pocas casas en Puebla, la zona inicial de localización de los talleres está regida por la cercanía de los loceros al río de San Francisco y al abastecimiento de la materia prima; así como por el acceso a la fuerza de trabajo indígena en la región circundante; en un área además con gran potencial comercial. Y también por el vínculo de los alfareros con el convento de Santo Domingo, al que abastecen de loza y del que eran cofrades.

Los talleres de los primeros loceros se encuentran dentro de un polígono rectangular de cinco manzanas por lado. Cada una medía 150 metros de largo en lo que se refiere al eje oriente-poniente y cien metros de ancho, partiendo del eje norte-sur. Según la traza original, ya desde mediados del siglo XVI cada manzana se divide en seis solares, que a su vez se fraccionaron. En la demarcación actual este perímetro corresponde: al norte la 12 Oriente-Poniente, al sur la 2 Oriente-Poniente, al este la 6 Norte y al oeste la 5 Norte.

En el periodo colonial el perímetro señalado integra las siguientes calles, que hemos coloreado de distintos colores para una mayor comprensión de las colindancias: amarillo, Cerrada de Santo Domingo (6 Oriente-Poniente); verde oscuro, calle de Santo Domingo (4 Oriente-Poniente); verde claro, de los Mesones (8 Oriente-Poniente); rojo, de los Mercaderes (2 Norte-Sur); café, del Puente de San Francisco hacia San Pablo (10 Oriente-Poniente); morado, de San Miguel hacia el Molino (12 Oriente-Poniente). En cada una de las líneas respectivas incorporamos el nombre del locero y su taller en un círculo numerado; así como la fuente documental de donde se obtuvo la información.[x]

Sólo están fuera del rectángulo dos loceros que a la vez son comerciantes, Antonio de Arteaga, que vende loza, en la de los Herreros (3 Poniente- Oriente), que marcamos con azul; y Cristóbal Sánchez en la Calle hacia los Descalzos (16 de Septiembre), indicado con color rosa.

Si estudiamos el plano, podemos afirmar que la ubicación de las locerías en esa zona no fue un hecho casual, está determinada por las ventajas geográficas, comerciales, sociales y humanas que el área ofrece para los loceros.

1) Geográficas. El área es estratégica para el aprovechamiento de los elementos naturales circundantes a los talleres: agua, barro, leña y vientos favorables. Y está ubicada muy cerca del camino de la ciudad de México a Veracruz, para el abastecimiento de las materias primas necesarias para la elaboración del esmalte y de los colores: tequesquite, vidrio, plomo, cobre, hierro, estaño, cobalto, entre otros.

Agua

La hidrografía de la ciudad de Puebla está determinada por la presencia del río Atoyac que cruza de noroeste al sureste, contribuyendo a su caudal sus afluentes: el Alseseca, el Xonaca y el San Francisco también llamado de Almoloya. Existen además manantiales de agua dulce y aguas termales sulfurosas, producto de la actividad volcánica. El terreno de Puebla tiene así dos zonas que la surten de dos clases de agua: la oriental que la abastece de agua dulce potable y la occidental que son aguas sulfurosas. Al norte están los principales manantiales que derivaron en la toma de agua potable para las fuentes públicas y particulares de las casas, al igual que del propio río San Francisco.[xi] Los talleres se ubican muy cerca del río de San Francisco, que los abasteció de agua dulce potable.

Los loceros también tuvieron acceso al agua potable a través de las fuentes públicas ubicadas en los extremos del convento de Santo Domingo y del convento de la Merced; así como de la “Fuente de Carrasco” ubicada en la 5 Norte, la calle donde posteriormente se ubica el taller de Diego Salvador Carreto. En el plano el río San Francisco aparece al oriente. Al norte, marcamos en línea azul claro las cajas de agua que bajan del volcán La Malinche hacia Puebla; y en cuadros azul claro, las tomas de agua pública, en las esquinas del convento de Santo Domingo.

En 1535, fue el convento de San Francisco el primero en contar con merced de agua y fuente pública; la concesión le fue renovada en 1558 y 1591. El líquido para el convento proviene, como se ve en el plano, desde el cerro de “las Canteras”, hoy conocido como de Loreto y Guadalupe y llega al mismo a través de la cañería de barro y cajas de agua.[xii] Posteriormente, en 1556-57, el agua potable llega a la plaza pública, para ello pasa por un arco sobre el río de San Francisco y “por la calle del cinco de mayo, llamada entonces de Santo Domingo”, rumbo al zócalo.[xiii] Como puede verse en el plano, el trayecto del agua potable del convento de San Francisco rumbo a la plaza pública, coincide justamente con la zona donde están ubicadas las primeras locerías.

Por su parte, luego del convento de San Francisco, el de Santo Domingo es de los primeros en contar con agua potable, de acceso también para los vecinos, cuya merced de agua data de 1549.[xiv] En 1551, el Ayuntamiento y el convento de Santo Domingo establecen un acuerdo para que dicho convento otorgue al público tres derrames o fuentes de agua, dos a costa del mismo y otra pagada por el Ayuntamiento. Los derrames se pusieron en las esquinas respectivas de Santo Domingo.[xv] Y la calle 5 Norte, límite del asentamiento de loceros de 1595 a 1653, donde se establece el taller del maestro criollo Diego Salvador Carreto, se ve beneficiada por el paso de las cajas de agua, cañería y alcantarillas de agua dulce. Al convento de la Merced, sobre dicha calle, se le otorga la concesión de agua en 1598.[xvi] En 1608, la calle 5 Norte 200, es conocida como “de la Fuente de Carrasco”, cuya familia hace la pila para beneficiar el consumo del público.[xvii]

Así, creo que la facilidad de abastecimiento de agua en esa zona para los talleres, fue una razón importante para su ubicación.[xviii]

Barro

Los primeros loceros consideraron también prioritaria la localización de sus talleres cerca del abastecimiento de la arcilla. El barro, ya fuera rojo o negro, lo obtienen de diversos bancos. El primero, del propio río de San Francisco, cuyas arenas son útiles para la industria cerámica. El segundo, del barrio de Xanenetla, del otro lado del río de San Francisco, donde están las canteras de Xenene o barro de grano grueso.[xix] El tercero del poblado de Tepetlalpan, hoy conocido como el barrio de Analco, de donde se obtienen el barro rojo para los trastes de uso común; y el cuarto, del cerro de Guadalupe al nororiente. El poblado indígena de Acajete, sobre la Malinche, de tradición alfarera desde la época colonial, también posee bancos de barro usados para la “loza amarilla” o de esmalte con plomo.

Por su parte, el barro blanco o rozado permite por su composición química que la loza resista una mayor temperatura,[xx] se obtuvo según algunas fuentes documentales inicialmente del cerro de Perote, ubicado en el trayecto del camino de la ciudad de Puebla a Veracruz y posteriormente se extrajo del poblado de San Martín Totimehuacán y de la laguna de San Baltazar, al sur de las locerías y ya fuera de la traza.

En el plano, los distintos bancos de barro se señalan con un triángulo café.

Leña

La leña se obtuvo de la cercana sierra nevada de Tlaxcala o Malitzin. El camino a la Malitzin, se distingue en el plano al lado norte de las primeras locerías. De igual manera, el “borujo” (hojarasca utilizada para prender más fácilmente el horno) se adquiría en las huertas de los conventos. La zona de leña está señalada en el plano con un triángulo negro.

Vientos favorables

En la ciudad de Puebla, los vientos dominantes corren de sureste a noreste. Y la ciudad está protegida de los vientos desfavorables del norte por los cerros de Loreto y Guadalupe. La ubicación de las locerías en el rectángulo indicado, permite también, como en el caso posterior de la ubicación de las locerías en la zona norponiente, que el efecto del humo desprendido de los hornos circule de manera natural hacia el norte.[xxi] Los vientos dominantes están marcados en el plano con las flechas respectivas de sureste a noreste.

El abastecimiento de materias primas

El esmalte de la loza estannífera está formado por determinado porcentaje de plomo y estaño y requiere de la sosa o tequesquite para su fundición. Los colores básicos se elaboran por su parte, con base en los óxidos de hierro, que corresponden a los colores negro y café; el óxido de manganeso también para el café; el óxido de cobre para el verde, el óxido de antimonio para el amarillo y el de cobalto para la preparación del azul.

Barrilla y tequesquite

La planta de la “barrilla” y el tequesquite o sosa natural, que proviene del sedimento de las lagunas, existe en la época en abundancia tanto en el lago de Texcoco, como en la laguna de Totolcingo en Oriental.[xxii] Por lo tanto, la ubicación de los loceros en el camino de Puebla a Veracruz, rumbo al cofre de Perote, también resulta óptima para el abastecimiento de ese material, además de que el mismo se vende en la propia ciudad de Puebla, en los talleres de vidrio y jabón. La zona de tequesquite está ubicada en un triángulo naranja.

Estaño y plomo

El plomo y el estaño, provenían tanto de España, como del Galeón de Manila, así como de la producción minera de la propia Nueva España e incluso del obispado de Puebla. Para su adquisición fue imprescindible por lo tanto la existencia del camino de Veracruz a la ciudad de México y viceversa. Además, los loceros utilizaron material de desperdicio de otras industrias u objetos que existían en la ciudad, como las vajillas de peltre, herramientas, los tubos de los órganos eclesiásticos, objetos litúrgicos, etc. En el plano, plomo y estaño aparecen en un triángulo gris.

Vidrio

En 1542, se hizo merced de dos solares a espaldas de la huerta del convento de Santo Domingo al primer vidriero: Rodrigo de Espinoza, quien ubicó su taller en la hoy calle 5 Norte 400, que corresponde al perímetro donde están ubicadas las locerías iniciales. En 1543, el cabildo prohíbe a Espinosa cortar leña a menos de dos leguas de la ciudad, porque “gastaba mucho para su oficio”. Según Veytia, citado por Hugo Leicht, a pesar de esa prohibición el taller, sigue funcionado hasta principios del siglo XVIII.[xxiii] En el plano el taller de vidrio de Rodrigo de Espinoza aparece con un triángulo verde claro.

Los colores

En 1565 estaba establecido en la ciudad de Puebla, un “molino de pastel junto al hospital de San Pedro y San Pablo”, en la hoy 2 Oriente-Poniente.[xxiv] Es decir, dentro del área de los loceros. En este, indican los especialistas: “No se fabricaba pan, ni harina, ni ningún derivado de trigo, se trataba de una unidad donde se producían los colores que se empleaban en las distintas actividades productivas y artísticas de la ciudad”.[xxv]

El hierro por su parte, para la obtención del negro pudo extraerse de la escoria de las herrerías, en la calle justamente de los Herreros hoy 3 Poniente, a sólo trescientos metros de las locerías. El cobre, como ya comentamos proviene del desecho de otras industrias o de la compra de “alcaparrosa,” mineral que tenía cobre. Y el amarillo, de las propias letras de imprenta, elaboradas con plomo y antimonio; recordemos que en esa época las imprentas en Puebla están en los portales, frente a la plaza principal, muy cerca de los talleres. El cobalto, por su parte, se obtiene a través del comercio con España y Manila; y probablemente también de minas en la región de Tepozotlán.

2) Comerciales. Ubicación de las tiendas gremiales

Desde el punto de vista comercial las locerías están ubicadas en un lugar privilegiado: las calles del camino de Veracruz a la ciudad de México y también de Puebla rumbo a Oaxaca, llamada de los Mesones y en la calle de los Mercaderes, colindante justamente con la plaza pública o zócalo, así como en la calle de San Marcos, hoy avenida Reforma y también rumbo a la Plaza Mayor. Desde 1537 la plaza pública sirve de mercado para toda la ciudad, ya que está reglamentado que “sólo se hiciera tianguis en la plaza pública y los días lunes”.[xxvi] Incluso en 1577 se nombra alhóndiga para la venta de trigo y semillas: “a la plaza pública y portales de ella, con las calles que desembocan a ésta”.[xxvii] Por su parte en 1588, se autoriza también el establecimiento del tianguis de la ciudad los días miércoles, en la calle de los Herreros frente al convento de San Agustín.[xxviii]

La cercanía de los talleres a los principales caminos y plazas públicas tuvo varios beneficios: 1) La facilidad de transporte de la loza a los principales centros comerciales (dentro y fuera de la ciudad de Puebla) y por lo tanto menor riesgo de ruptura de la mercancía; 2) La venta directa de la loza en los talleres, estipulada más tarde en las ordenanzas de 1653, ya que los clientes potenciales tienen que pasar forzosamente por esas calles, rumbo a la plaza de Puebla o hacia la ciudad de México y viceversa; 3) La venta de nuevos contenedores de barro en sustitución de los rotos en el trayecto de la Península hacia la Nueva España.

Esta ubicación comercial marca una diferencia con los loceros de Talavera de la Reina, ya que para ellos la salida de sus productos en esa época es un problema recurrente, que resuelven, en cierta medida, trasladándose ellos mismos y sus talleres a ciudades comerciales como el puerto de Sevilla.[xxix] O en nuestro caso incluso con el viaje trasatlántico de los loceros a la propia Puebla de los Ángeles en la Nueva España.

3) La fuerza de trabajo

De los documentos encontrados en los archivos, he logrado concluir que fueron los indígenas la fuerza de trabajo básica de las locerías. A partir de 1561-62, se establece en la ciudad de Puebla fuera de la traza española, a los nativos provenientes de Cholula, Tepeaca, Totimehuacán, Tochimilco, Huejotzingo y Calpan, mismos que se ubican en siete barrios: Analco, Santiago, San Francisco, San Pablo de los Naturales, San Miguel, San Sebastián y dos arrabales: Xonacatepec y Xanenetla.[xxx] Como se puede observar, algunos de esos barrios están muy cerca de los talleres, por lo que los loceros contaron con suficiente fuerza de trabajo indígena e incluso con trabajadores especializados en el arte de la cerámica, como eran los tlaxcaltecas, huejotzingos y cholultecas.

4) El espacio social

En la Puebla colonial, la organización del espacio por parroquias para administrar y oficiar la misa, fue un mecanismo común de la Iglesia para recabar los ingresos fiscales y organizar a su vez las tareas concernientes al adoctrinamiento y administración de los sacramentos. Con base en ello, la Iglesia subdivide los barrios y los pueblos de su jurisdicción en secciones parroquiales.[xxxi] La red de iglesias se vuelve así primordial para el diseño de la ciudad y el sentido de pertenencia de sus ciudadanos. La parroquia central o principal, está constituida por el Sagrario de la catedral y abarcaba precisamente la Plaza Mayor y todas las manzanas adyacentes a ésta y a la catedral, es decir el área céntrica y “lo principal de su población”.[xxxii]

La parroquia del Sagrario comprende por tradición “las casas de los vecinos más ricos” o en su caso de los avecindados españoles con prestigio social. Por su ubicación, a dicha parroquia pertenecen los primeros loceros ibéricos asentados en Puebla. El recorrido de una de las procesiones más importantes de la Puebla colonial, la de Corpus Christi, pasa por algunas de las calles de nuestros loceros: Mercaderes, Santo Domingo, Horno de Vidrio y Herreros, para regresar de nuevo a la plaza pública y la catedral.[xxxiii] La parroquia del Sagrario cuenta también con parroquias auxiliares, como la de San José, que incluye entre otros a los barrios de Xanenetla y de el Alto, barrios indígenas alfareros. Ya la iglesia de San Marcos, sobre la calle de Herreros, sede posteriormente del gremio de loceros. Habrá que agregar, por último, la pertenencia de una de las primeras familias de loceros, los Encinas-Gaytán a la Cofradía de Nuestra Señora del Rosario, en el convento de Santo Domingo, una de las más antiguas y prestigiadas de la ciudad.[xxxiv]

La permanencia de los talleres de los alfareros dentro de la traza española, a pesar de su posterior expansión, es también una característica distinta de los loceros de Talavera de la Reina, Sevilla y de la propia ciudad de México, quienes desde el siglo XVI se ven obligados a mover sus locerías “extramuros”, por la contaminación de los hornos.[xxxv] Los loceros poblanos se establecieron siempre dentro de la traza española y pertenecen a lo largo del periodo colonial a la parroquia del Sagrario. Sólo los talleres de indígenas y mestizos, de “loza amarilla” o de plomo se asientan fuera de la traza, del otro lado del río de San Francisco. Algunos de los cuales, con sus variables, permanecen hasta la actualidad.

Así, desde el punto de vista del uso del espacio, los primeros loceros, logran establecerse en un lugar estratégico no sólo desde el punto de vista de acceso a las materias primas, la fuerza de trabajo y el comercio, también dentro de un espacio social digno de la ascendencia española de dichos alfareros.

Lamentablemente para la ubicación de estos primeros talleres contamos con referencias documentales, pero no arquitectónicas. Aunque sabemos por los vestigios de algunos tiestos arqueológicos y ciertas piezas en qué consistió la producción inicial de la hoy conocida como talavera.

Posteriormente, a partir básicamente de 1653, la comunidad integrada por los primeros loceros, creció y se expandió a través de diversos mecanismos: los enlaces matrimoniales, la dote, la herencia, el sistema de trabajo maestro-oficial-aprendiz, la participación en las cofradías y la ubicación de los talleres esta vez en torno al convento de la Merced y la iglesia de San Marcos. Ubicación que ahora sí corresponde a lo indicado por Lister, es decir en la zona norponiente de la ciudad, en la que existen aún en la actualidad tres locerías del siglo XVIII en completo estado de abandono. Se trata de la Antigua locería de Cabezas, en la actual 12 Poniente 708, La antigua locería de Zayas, en la 10 poniente 710 y la antigua locería de Alfaro, en la 8 Poniente 713.

Locería de Zayas. 10 poniente 710.

Locería de Cabezas, 12 poniente 708.

Locería de Alfaro, 8 Poniente 713.

Ciudad de México

En el caso de la ciudad de México, de igual manera, los loceros se asentaron a partir básicamente de mediados del siglo XVI, en lo que entonces correspondía a las afueras de la plaza principal de la ciudad, en lo que hoy se conoce como la Alameda y tenían como sus santas patronas, al igual que en Sevilla a Santa Julia y a Santa Rufina. Según indica Patricia Fournier, en los censos levantados en la ciudad de México entre 1753 y 1811 (AGN, Padrones), aparecen registrados un número considerable de loceros y alfareros. La distribución espacial de los talleres era al poniente del conglomerado urbano de la época, emplazamiento, indica Fournier, que corresponde al parecer a la ubicación original de los primeros talleres y que era fuera de la traza principal; lo cual resultó de la necesidad de mantener las humaredas de los hornos lejos de las residencias de los españoles y criollos que vivían en el primer cuadro. En dicha zona se han encontrado tanto restos de hornos cerámicos de doble cabina propios de la loza estannífera, como tiestos arqueológicos que corresponden por su tipología desde los siglos XVI al XVIII. Según comenta Fournier, los talleres se encontraban además en las inmediaciones del hospital de San Juan de Dios y de la Santa Veracruz; al norte, al oeste y este de la Calzada de Santa María llegando hasta La Lagunilla; por el rumbo de San Antonio Abad; cerca del mercado de San Juan y las proximidades del Colegio de Vizcaínas; otro grupo se encontraba al oriente, hacia el puente de San Lázaro y cerca de Mixcalco; por Peralvillo también existían talleres y unos cuantos hacia Santiago Tlalelolco además de, atípicamente, los que se encontraban en el centro mismo de la ciudad, vecinos de la iglesia de Regina Coeli. Esta distribución perduró hasta el siglo XIX según el directorio comercial de Eugenio Maillefert de 1897.

En el siguiente levantamiento de la ciudad de México de 1793, adaptado por Cortés Delgado, pueden apreciarse los señalamientos referidos por Patricia Fournier y sus colaboradores. En el número 1 se distingue claramente lo que consideraba el primer cuadro en el siglo XVI; en el 2, el ya mencionado barrio colindante de los alfareros y del 3 al 7, los distintos bancos de barro para los alfareros, tanto rojo como negro.

Está ubicación les permitía por un lado estar cerca del principal centro comercial de la ciudad de México que era la plaza mayor, no molestar con el humo a los vecinos y por el otro lado abastecerse de los dos tipos de barro de los bancos del mismo circundantes.

Plano 1. La ciudad de México en 1793 (adaptado de Cortés Delgado y González Aragón 2003, 31). 1. Catedral Metropolitana; 2. el Barrio de los Alfareros; 3. banco de Nonoalco ; 4. banco de la hacienda de Los Morales; 5. banco de la hacienda de Teja; 6. banco del ejido de La Piedad; 7. banco de la Acordada.

Por otra parte, para entrar en detalle, en el siguiente mapa puede apreciarse con claridad la traza original de la urbe (1) y cómo el barrio de alfareros se estableció en su colindancia (2); de igual manera se distingue cómo fue expandiéndose la ciudad en el siglo XVIII; así como el establecimiento de ladrilleras en las afueras de la ciudad colindando con el Lago.

Plano 2.La ciudad de México en el siglo XVIII, nótese la línea gruesa que demarca la traza original de la urbe. 1. Catedral Metropolitana; 2. Santa María la Ribera; 3. Santa Veracruz; 4. Tlatelolco; 5. Santa Catalina (taller de Diego de Vargas Piña); 6. San Juan; 7. Regina Coeli; 8. San Lázaro; 9. ladrilleras; 10. San Antonio Abad.

Fuente: La loza blanca novohispana: Tecnohistoria de la mayólica en México. Patricia Fournier, Karime Castillo, Ronald L. Bishop y M. James Blackman.

Sevilla

Veamos ahora el caso del asentamiento de los loceros de lo fino o esmalte estannífero en Sevilla.

A diferencia de Puebla de los Ángeles, ciudad recién fundada en 1521 conforme a los cánones del Renacimiento, Sevilla era una ciudad medieval y como tal contaba con una gran muralla. En ésta, tanto bajo el dominio islámico o tras la posterior reconquista de la ciudad por las tropas castellanas, las ollerías y alfares de la ciudad estuvieron asentados en dos zonas:

Una intramuros, en torno a los barrios de san Pedro, san Vicente y san Marcos. Y otra extramuros en los arrabales de Triana y San Telmo, es decir, en la orilla izquierda del río Guadalquivir del que los loceros se dotaban de agua y barro.

En el siglo XVI, a diferencia de en Puebla, en Sevilla se produjo un movimiento radial que desplazó a los alfares y ollerías desde el interior de la ciudad hacia los arrabales, básicamente, según indica José María Sánchez, por dos motivos:

  1. Por la insalubridad e incomodidad que la industria ocasionaba a la vecindad, ante la gran cantidad de humo que los hornos generaban. Siendo Sevilla, a diferencia de Puebla, una ciudad altamente poblada en el siglo XVI.
  2. Por los inconvenientes que a los propios alfares ocasionaba tanto el abastecimiento del barro al interior de la ciudad, dificultado por el trazo laberíntico de la propia urbe medieval, como así mismo por la dificultad del abastecimiento de agua.

Los alfares intramuros, se localizaban en el barrio de san Vicente, conocido como de los Humeros, en clara alusión a la gran cantidad de humo generada por dicha industria. Su ubicación en la zona, con loceros de reconocido prestigio, se debía a su cercanía con la Puerta de Goles, una de las entradas a la ciudad. Es decir era de carácter estrictamente comercial.

Por su parte, durante el ya mencionado siglo XVI, los talleres establecidos en el barrio de Triana, en el margen izquierdo del río Guadalquivir, ocupaban el 80% de los alfares, constituyéndose por lo tanto en el barrio alfarero por excelencia. Triana se convirtió en el lugar idóneo para la instalación de los talleres, debido a:

  1. Estaba lejos de la ciudad para evitar al vecindario las ya comentadas molestias. Y al mismo tiempo bien comunicado con la ciudad por el puente de barcas.
  2. Su cercanía con el río, como hemos comentado ya en el caso de la ciudad de Puebla, suponía una fácil adquisición de las materias primas, como el barro y suponía también contar con agua en abundancia. Ambos aspectos además ahorraban costos de transporte.
  3. Existía a su vez en la zona de Triana, un amplio territorio, necesario para la expansión de los alfares, que requieren para su buen funcionamiento de solares amplios. Las parcelas de mayor dimensión difícilmente podían obtenerse intramuros por la densidad de la población.

Habrá que agregar por último que existían en Sevilla talleres itinerantes, es decir que se montaban en el lugar donde se producía la demanda, se trataba desde luego de grandes obras arquitectónicas que requerían de muchas piezas, tanto de loza como de azulejos. En esos casos el ceramista trabajaba al pie de la obra y el contratante se ahorraba el costo del transporte.

Haciendo una valoración entonces entre la ubicación de los talleres de Puebla y los de Sevilla, podemos determinar que los loceros poblanos del siglo XVI, ubicados en el perímetro ya señalado en las cercanías del río de San Francisco, lograron cumplir tanto con el objetivo del abastecimiento de las materias primas, como con el asentamiento en un área comercial. De igual manera se pueden distinguir talleres en contra esquina o muy cerca de la construcción de los conventos en expansión a lo largo del siglo XVI y XVII. El inconveniente del humo para los vecinos sólo sería un factor a considerarse posteriormente, conforme la ciudad fue creciendo. Y aun así no implicó la salida de los talleres de lo que se conoce como la traza española.

Afortunadamente en Sevilla se han logrado rescatar los hornos del siglo XVI al XX, de la que fue locería de Antonio Gómez a finales del siglo XIX, hoy Museo de Cerámica de Triana.

Talavera de la Reina.

Por su parte, la ciudad de Talavera muy cercana de Toledo, como Sevilla era también una ciudad antigua, de la época romana, con una enorme muralla para evitar la incursión de los bárbaros; fue recuperada por los reyes católicos del mundo árabe y dada la fertilidad de sus suelos y la habilidad de sus artesanos pronto fue considerada una ciudad favorita de la corona por lo que pasó a denominarse Talavera de la Reina, con la especialidad en la loza fina, de inspiración italiana. Ahí los talleres de los loceros se establecieron también extramuros, a orillas del caudaloso río Tajo, de donde los artesanos se abastecían de agua, barro y arena, lo que les permitía además estar en una zona donde no sólo no molestaban a los vecinos asentados en la ciudad desde mucho tiempo atrás. Sin embargo, una vez consumada la conquista de México y la apertura comercial del mundo americano, los loceros talaveranos quedaron lejos de la salida comercial al Atlántico, por lo que fue común que sus loceros que eran excelentes pintores, establecieran sus talleres ahora en Sevilla.

Es decir, que a diferencia de en la ciudad de Puebla, el problema del transporte y el acceso comercial para la venta de sus productos, no les favorecía.

Rescate de locerías y hornos.

En resumen creo que los loceros establecidos en la ciudad de México, priorizaron su cercanía al primer cuadro, es decir hacia sus consumidores, como el elemento fundamental para ubicar sus talleres; seguido de una relativa cercanía de los bancos de barro. Los loceros poblanos por su parte, en ventaja contra los artesanos tanto de Sevilla, como de Talavera de la Reina y de la propia ciudad de México, lograron establecerse dentro de lo que se conoce como la traza española, para garantizar el consumo de los ibéricos; y al mismo tiempo cerca del abastecimiento de las materias primas (barro y agua), de la fuerza de trabajo indígena y del camino de Veracruz rumbo a la ciudad de México.

Citas

[i] Elías Trabulse, Historia de la ciencia en México, siglo XVII, México, FCE, 1985, pp. 47-49. Cristóbal de Guadalajara es mencionado también como científico mexicano por Antonio García Cubas, en su Diccionario Geográfico, Histórico y Biográfico de los Estados Unidos Mexicanos, México, Antigua imprenta de Murguía, 1888, vol. 1, p. 159.

[ii] Fernando Chueca Goitia y Leopoldo Torres Balbas, Planos de ciudades iberoamericanas y Filipinas, existentes en el Archivo General de Indias, Madrid, 2ª ed., 1981, pp. 242 y 575.

[iii] Francisco M. Vélez Pliego y Ambrosio Álvarez Guzmán, Cartografía histórica de la ciudad de Puebla, carpeta, Puebla, coedición ICSYH/Gobierno del Estado de Puebla, 1995.

[iv] Dado su rescate hasta los años cincuenta del siglo XX, dicho plano no se cita en la obra de Hugo Leicht, Las calles de Puebla (1930). Tampoco hay referencias al mismo en las obras de Lister and Lister (cotejar bibliografía).

[v] Herbert J. Nickel, en su investigación Agrimensura y cartografía en México, 1720-1920, CD, México, UNAM/El Colegio de México, 2010, documenta la dificultad de ubicación precisa de la forma y tamaño de los terrenos y de la representación de instalaciones, caminos y tipos de explotación, en los planos de la Nueva España hasta antes del siglo XVIII en que se introdujo la técnica de la plancheta; de igual manera anota que el primer atlas topográfico con escala en México se realizó entre 1878 y 1915, op. cit., p.1. Por lo que consideramos que las probables impresiones en el plano de 1698 de Cristóbal de Guadalajara, deben de entenderse no tanto como errores propios del autor, sino como una limitación técnica de la época en que fue elaborado. La escala probable del plano considerada por Eloy Méndez es de un centímetro equivalente a 100 varas, ya que la medida del plano es de 43.2 x 31.2 cm.

[vi] Eloy Méndez Sáinz, Urbanismo y morfología de las ciudades novohispanas, El diseño de Puebla, México, UNAM / BUAP, 1988, p. 232.

[vii] Francisco Vélez Pliego, “Puebla de Zaragoza, antigua ciudad de los Ángeles, patrimonio cultural de la humanidad”, en: Revista electrónica Sociedad, Ciudad y Territorio, Puebla, BUAP/ICSyH, 2001, pp. 9-16.

[viii] Lister Florence y Robert Lister, Sixteenth Century Maiolica in the Valley of Mexico. Arizona: The Univ. of Arizona Press, Anthropological Papers, núm. 39, 1982, pp.145-48. Y de los mismos autores: “The Potter s Quarter of Colonial Puebla, México”, Historical Archaeology, vol 18, 1982, pp.88-91. Hugo Leicht, op. cit., pp.123-24

[ix] Véase Efraín Castro Morales, op. cit., p. 27. Margaret E. Connors Mc Quade, “Loza Poblana: the emergence of mexican ceramic tradiction”, Doctor of Philosophy, The City University of New York, 2005, pp. 76-79, 213.

[x] Para localizar los talleres partimos del grupo documental de 1595 a 1697 compilado por nosotros en su mayoría inédito. Cuando nos pareció pertinente, luego de cotejar nuestros documentos originales, agregamos información publicada por Cervantes. Después separamos los loceros que pertenecieron a la comunidad original, de aquellos que no lo fueron, con base en criterios ya manejados a lo largo de la investigación. Posteriormente cotejamos las direcciones, y ubicando calles y colindancias con base en el libro de Hugo Leicht ya citado. Más adelante ubicamos los talleres en el plano División parroquial de Puebla de los Ángeles, Nomenclatura de 1777, elaborado por la BUAP, con los nombres originales de las calles en la etapa Colonial, con base en este mismo trasladamos la información al plano de 1698.

[xi] Alberto Carabarín, Agua y confort en la vida de la antigua Puebla, Puebla, BUAP, 2000, p. 59.

[xii] Hugo Leicht, op. cit., p. 59.

[xiii] Ibidem, p. 46. Sobre la destreza técnica que se requirió para la elaboración de dichas obras ver Alberto Caravarín, op. cit., p. 71.

[xiv] El ayuntamiento de Puebla hizo merced al Convento de Santo Domingo de la mitad del agua de una fuente próxima al camino de Tlaxcala. Posteriormente, los dominicos hallaron no muy lejos de la misma otros manantiales: pidieron al Ayuntamiento le diera al Convento la mitad de esas aguas, a cambio de hacerla llegar a la ciudad, lo cual fue aprobado.

[xv] Hugo Leicht, op. cit., p. 437.

[xvi] Ibidem, p. 242.

[xvii] Ibidem, p. 161.

[xviii] Sobre la extensión de la red hidráulica de barro a lo largo y ancho de la ciudad en la etapa Colonial, así como a los vestigios de cañerías de barro rescatados por el departamento de arqueología del INAH, Puebla, nos detendremos en otro capítulo.

[xix] Hugo Leicht , op. cit., p. 374.

[xx] Enrique A. Cervantes, op. cit., t. 1, pp. 1- 2.

[xxi] Hugo Leicht, op. cit., p. 124. Eloy Méndez, op. cit., p. 155.

[xxii] Blas Román Castellón Huerta (coord.), Sal y salinas…, op. cit., p. 70. Alexander von Humboldt, Ensayo político…, op. cit., pp. 459-60.

[xxiii] Hugo Leicht, op. cit., pp. 188-89.

[xxiv] Ibid., p. 1

[xxv] “La Puebla de los Ángeles en el siglo XVI” en Actas de cabildo de la ciudad de Puebla, siglo XVI, Puebla, Archivo Histórico Municipal de Puebla, 1998, formato en CD, p. 509.

[xxvi] Véase Emma Yanes Rizo, Pasión y coleccionismo, El Museo de Arte José Luis Bello y González, México, INAH, 2005, p. 145

[xxvii] Idem.

[xxviii] Idem.

[xxix] Véase José María Sánchez Cortegana “El oficio del ollero en Sevilla en el siglo XVI”, Arte hispalense, Sevilla, Publicaciones de la Excma Diputación Provincial de Sevilla, 1994, núm. 65, p. 76.

[xxx] Eloy Méndez Sáinz, Urbanismo…, op. cit., p. 193

[xxxi] Ibidem, p. 198

[xxxii] Ibid., p. 211

[xxxiii] Emma Yanes, op. cit., pp. 159-60

[xxxiv] Fray Francisco R. de los Ríos, Arce, Puebla de los Ángeles. La orden dominicana, Puebla, Imprenta, Librería y Papelería “El escritorio”, 1910, 3 vols.

La Orden Dominicana, Puebla, Imprenta del Colegio Pío de Ciencias y Artes, 1910, t. II, p 118.

[xxxv] José María Sánchez Cortegana, op. cit., pp. 72-73.

Mundo Nuestro. Esta texto de Emma Yanes Rizo sobre el libro de Mario Vázquez Olivera y Fabián Campos Hernández México ante el conflicto centroamericano, Testimonio de una época (UNAM, CIALC, Artigas Editores, diciembre 2016), fue presentado la semana pasada en el Museo Nacional de las Intervenciones en la ciudad de México.

El libro México ante el conflicto centroamericano, coordinado por Mario Vázquez y Fabián Campos, reúne quince artículos que de manera crítica proponen al lector nuevas líneas de investigación para tratar de entender la complejidad de la relación de México con Centroamérica en las cuatro últimas décadas del siglo XX, es decir antes de la ruptura de la política exterior solidaria de México hacia esa región, alterada luego de la llegada del Partido Acción Nacional a la presidencia de la República (2000) y al establecimiento de la política neoliberal, que permanece hasta la actualidad.



Para entender el período que abarca de 1976 a 1996 desde una perspectiva histórica, el libro propone una lectura múltiple con base en fuentes originales antes de difícil acceso[1], además de una bibliografía actualizada e interesantes testimonios. Desde mi punto de vista puede realizarse una lectura temática del texto, abordando a grandes rasgos las aportaciones de los artículos en los siguientes temas: 1) La política del Estado mexicano hacia Centroamérica y su relación con los Estados Unidos; 2) La solidaridad de la izquierda mexicana hacia las luchas revolucionarias en la región e incluso la incorporación de mexicanos a la lucha armada en Nicaragua, Guatemala y El Salvador; 3) El papel de México como receptor de refugiados centroamericanos; y 4) Entrevistas o testimonios de vida de los diplomáticos mexicanos Gerardo Camacho Vaca (agregado cultural en Nicaragua), Hermilio López Bassols (embajador en el Salvador) y Carlos Plank Hinojosa (embajador en Panamá).

Sin dejar de lado los artículos que se refieren al comportamiento de la prensa mexicana en torno a los conflictos centroamericanos, en particular con la cobertura de la revolución nicaragüense por el fotógrafo Pedro Valtierra del periódico UNO más UNO; y el seguimiento al impacto de las revoluciones de la región mencionada en las tesis académicas mexicanas.

En el primer aspecto destaca el artículo de Mario Vázquez y Fabián Campos Las bases de una política de Estado, 1978-82, en el que los autores determinan la capacidad de México para actuar en el plano internacional a favor de Centroamérica, deteniéndose en tres momentos cruciales de la política nacional hacia la referida región: La ruptura de relaciones de México con el gobierno de Somoza en 1979, la Declaración Franco-Mexicana de 1981 y la Conformación del Grupo de Contadora en 1983. Esas tres estrategias geopolíticas estuvieron sustentadas en la búsqueda de legitimidad interna del régimen priísta, que acababa de decretar la Reforma Política, como respuesta al descontento social luego de los lamentables sucesos de 1968 y 1971 y al surgimiento de la guerrilla en el país; así como en el interés económico de México dado el auge petrolero, por expandir su mercado hacia Centroamérica. De igual manera, con su política nacionalista y solidaria, México ´realiza en esa época una abierta oposición a la política intervencionista de Estados Unidos en el área, que de no detenerse ponía a nuestro país en una frágil posición geopolítica. Sobre esos temas reflexionan de igual manera Mónica Toussaint y Mireya Tinoco.

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Sin embargo atinadamente en el libro se analiza también como el apoyo del gobierno de México a las luchas centroamericanas, contra lo que se suele pensar, no fue uniforme. Según se específica en el interesante artículo de Fabián Campos La Dirección Federal de Seguridad y los revolucionarios guatemaltecos, 1947-85, México optó por una actitud beligerante contra la primera oleada de la guerrilla guatemalteca (1960-72), situación que con anterioridad a ese artículo no había sido considerada. Campos explica que en mayo de 1970 fueron asesinados en territorio mexicano los líderes chapines del MR 13, Marco Antonio Yon Sosa, Enrique Cacahueque Juárez y Fidel Raxcacu. De igual manera, el octubre del mismo año fue detenido en la ciudad de México en tránsito hacia Cuba el guerrillero guatemalteco Oscar Arturo Palencia, lo que obstaculizó el devenir de esa guerrilla.

Por su parte, respecto a la solidaridad de la izquierda mexicana con los movimientos centroamericanos, habrá que comentar el interesante artículo de Carlos Planck, que explica el internacionalismo mexicano tanto por razones internas como externas. Entre las primeras razones se encuentra la ya tradición mexicana de apoyo a las causas democráticas, en particular a partir del período cardenista; y en lo externo el éxito de la revolución cubana de 1959; así como la búsqueda para Centroamérica por parte de nuestro país de un camino revolucionario nacionalista y no comunista, para fortalecer la geopolítica del Estado mexicano. Fue en ese sentido, se señala, que la izquierda mexicana y el gobierno llegaron a converger en un objetivo común: la democracia en el área. Es una historia pendiente de cualquier manera, se indica, rescatar la historia de miles de mexicanos que formaron parte de las tareas de solidaridad con Centroamérica, antes y después por ejemplo del triunfo del Frente Sandinista de Liberación Nacional en Nicaragua; y específicamente de aquéllos que se incorporaron a la lucha armada en las guerrillas de Guatemala, El Salvador y Nicaragua.

A su vez, en relación al papel que ha jugado México como país receptor de refugiados centroamericanos, destacan los artículos de Mario Eduardo Valdez, Joel Pérez, Mercedes Olivera y Miguel Ángel Sandoval, que se refieren en particular a la complejidad de la solidaridad de México con Guatemala, país con el que comparte frontera, dado que la legislación mexicana sólo contemplaba en los años ochenta la figura de asilo político pero no de refugiados civiles, en este caso de campesinos pobres. Fue gracias a la presión que ejerció la sociedad civil hacia el gobierno de México que finalmente nuestro país estableció los campamentos de refugiados en Chiapas, no carentes de dificultades dada la ocasional incursión en la zona del ejército guatemalteco.

Por su parte, las entrevistas y testimonios de los diplomáticos mexicanos ya antes mencionados, en Nicaragua, El Salvador y Panamá, nos permite conocer de viva voz el nivel de involucramiento personal de los funcionarios nacionales contra las dictaduras centroamericanas, en busca de una nueva democracia regional.

Una lectura múltiple entonces la de este libro, que al mismo tiempo que rescata el otrora importante papel del Estado mexicano como líder político en Centroamérica, pone de igual manera el acento en la necesidad de revalorar las contradicciones de esa política, por ejemplo en el caso de la guerrilla guatemalteca. El libro señala también una tarea pendiente: la historia y testimonios de vida de nuestros connacionales que participaron voluntariamente en diversas facetas de la solidaridad de México con Centroamérica, sin dejar de lado aquéllos que incluso se incorporaron a la lucha armada, gran parte de los cuales permanecen en el olvido.

Tiendo a pensar, después de la lectura del libro, que el papel solidario del gobierno mexicano hacia Centroamérica en esos años no se hubiera consolidado como lo hizo sin la activa participación de la sociedad civil nacional a favor de las causas democráticas.

Un libro entonces que invita a una reflexión más amplia desde la perspectiva actual de casi parálisis social en torno a la exigencia del papel que debe retomar México para volver ocupar su otrora liderazgo regional hoy eclipsado tanto por una política represiva ante la oposición interna, como por la simpatía de los gobiernos neoliberales hacia los intereses de los Estados Unidos en el área; que va desde el conocido dicho “Comes y te vas”, del presidente Vicente Fox a Fidel Castro, como la intromisión de Viodegaray en los asuntos internos de Venezuela, pese a su fracaso en la OEA.

[1] Me refiero a los documentos de 1964 a 1982 agrupados en los archivos de la Fiscalía Especial para Movimientos Sociales y Políticos del Pasado (Femospp), integrada en el año 2000 y que puede consultarse en línea http://nsarchive.gwu.edu/NSAEBB/NSAEBB180.

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