Historia

Mundo Nuestro. Con autorización de los autores, tomamos este texto del portal electrónico Descubra a los Nikkei, especializado en la vida de los migrantes japoneses en México.

El cacahuate japonés que nos legó la familia Nakatani

El llamado “cacahuate japonés” es una de las golosinas más populares y preferidas de los mexicanos. Este producto -hecho a base de harina tostada de trigo y soya que cubre el cacahuate- no es originario del Japón. La golosina en realidad fue elaborada por Yoshigei Nakatani, un inmigrante japonés que arribó a México en el año de 1932.



Registro de inmigración de Yoshigei Nakatani (Archivo general de la Nación)

Nakatani buscaba en México un lugar donde trabajar y progresar como los cientos de miles de emigrantes de ese país que atravesaron el Pacífico. Al salir de Japón se despidió de su madre diciéndole: “Espero triunfar y regresar, si no, no podría volver”. A sus 22 años de edad, Yoshigei arribó al puerto de Manzanillo contratado por Heijiro Kato, un rico y próspero empresario que tenía una de las más importantes tiendas departamentales: El Nuevo Japón. Este almacén competía con los más prestigiados como El Palacio de Hierro y Liverpool. Kato además era dueño de una fábrica de botones de concha nácar, empresa a la que se integró Nakatani junto con un numeroso grupo de emigrantes procedentes de la ciudad de Osaka.

Emma y Yoshigei Nakatani (colección familia Nakatani)

La mayoría de los inmigrantes que llegaron a trabajar a las empresas de Kato, se radicaron en el centro de la ciudad, en el barrio de La Merced. Fue en este lugar donde Yoshigei se enamoró de una joven mexicana, Emma Ávila, con la que se casó en el año de 1935.



Nakatani ya casado formó una familia rápidamente y se fue integrando poco a poco a la sociedad mexicana; sin embargo, la guerra que se desató entre Japón y los Estados Unidos en diciembre de 1941 trajo severas consecuencias para los inmigrantes japoneses y sus familias que vivían en México. Aquellos que radicaban en provincia fueron concentrados por órdenes del gobierno mexicano en las ciudades de México y Guadalajara, dejando sus trabajos y pueblos donde se agrupaban extensas comunidades con descendientes nacidos en México.

Para los inmigrantes que tuvieron la fortuna de vivir en estas dos ciudades el desarraigo no fue tan severo, pero muchos de los establecimientos donde trabajaban tuvieron que cerrar. Particularmente los negocios de Kato debido a que éste era considerado como un espía al servicio del imperio japonés. En el mes de julio de 1942, el empresario y todos los diplomáticos japoneses fueron canjeados por ciudadanos norteamericanos y mexicanos que radicaban en Japón.

Ante el desempleo, la situación que enfrentó Nakatani fue delicada debido a que tenía que mantener a su esposa y a cincopequeños hijos. En el año de 1943, Yoshigei tuvo que hacer gala del oficio de aprendiz que años atrás había ejercido en una dulcería de Sumoto, su pueblo natal en la prefectura de Hyogo. Junto con su esposa Emma, en un pequeño cuarto de la vecindad donde vivía, el matrimonio elaboró un dulce tradicional mexicano: el muégano. El dulce lo empezaron a comercializar con tal éxito de ventas que el matrimonio se animó a elaborar una pequeña fritura alargada de trigo, aderezada con sal al que le pusieron el nombre de “oranda”, que se vendió igualmente con gran éxito por todo el barrio.



Yoshigei Nakatani, ante estos buenos resultados, intentó elaborar otra golosina a base de cacahuate, harina de arroz y soya que le recordaba su infancia en Japón. Sin embargo, ante la ausencia en México de toda la materia prima que necesitaba, adaptó la receta y la elaboró con harina de trigo. Al igual que el muégano y la oranda, el cacahuate fue muy bien aceptado por los clientes que ya tenían en las dulcerías cercanas al mercado de La Merced. En poco tiempo, los pedidos de este cacahuate fueron creciendo por lo que el matrimonio se vio en la necesidad de aumentar la producción con pequeñas máquinas caseras que fueron fabricadas por los herreros del barrio.

Según recuerdan los hijos de los Nakatani, la producción creció con tal rapidez que tuvieron que organizarla a lo largo de la semana para poder atender la demanda: un día lo dedicaban a preparar el muégano, otro la oranda y otro el cacahuate. En la vecindad donde vivían se hacían largas filas de consumidores y vendedores que iban expresamente a comprar los productos de la familia Nakatani. Los clientes que llegaban a la vecindad a comprar “los cacahuates del japonés”, fueron los que terminaron por llamar al producto “cacahuate japonés”, tal como hoy es conocido en México.

“Cacahuates japoneses” a granel (Colección familia Nakatani)

Poco a poco el pequeño negocio fue creciendo por lo que el matrimonio decidió rentar un cuarto más en la misma vecindad que habitaban en la Calle de Carretones con el objetivo de dedicarlo exclusivamente a la producción de las golosinas. Toda la familia llegó a participar en el negocio: Carlos, el hijo mayor, ayudaba a su padre a la preparación de la masa; Alicia, la segunda, cumplía con las funciones del hogar al hacer la comida, lavar la ropa y cuidar de sus hermanos más pequeños; Graciela y Elvia, las mujeres menores, ayudaban en pequeñas tareas del taller como meter los cacahuates en pequeñas bolsas de celofán. Yoshigei y Emma eran los encargados de las tareas más complicadas y pesadas, incluida la venta del producto en las calles aledañas.

Los paquetes del cacahuate japonés de la Nipon (Colección familia Nakatani)

En la década de 1950, Yoshigei Nakatani decidió ponerle un nombre a su pequeño negocio, el que le pareció más adecuado fue el de Nipon, en recuerdo de su país. La proporción que ya había alcanzado el taller familiar daba ahora para diseñar sus propias bolsas de celofán con el nombre del producto. Nakatani le encomendó a su cuarta hija, Elvia, que dibujara una pequeña geisha para identificar al producto. Fue así como nació la imagen del negocio que años más tarde se convertiría en una reconocida industria en la Ciudad de México.

A pesar de los problemas que la familia y el taller de dulces enfrentaron en aquellos primeros años, Nakatani siempre reconoció la nobleza de aquél producto que le ayudó a sostener y a sacar adelante a su familia compuesta ya de seis hijos. A principios de 1960, la familia Nakatani empezó a disfrutar de los resultados de largos años de esfuerzo y trabajo. Aún en contra de la voluntad de su padre, los hijos de Nakatani lo convencieron de dejar la vecindad en la calle de Carretones y mudarse a un departamento en la misma zona de La Merced y, años después, adquirir su propia casa en un barrio de clase media.

Familia Nakatani

En 1970, la empresa Nipon inició una nueva etapa expansiva. Uno de los hijos que se había graduado como administrador tuvo la visión de industrializar la producción del muégano y del cacahuate japonés. Para 1972, el negocio dejó el lugar que lo había visto nacer y crecer en las calles del barrio de La Merced, mudándose a una moderna planta industrial donde se introdujo una nueva línea de cacahuate salado y enchilado, productos que también identificaron a la marca por años. En esta nueva etapa, el negocio amplió su mercado a toda la Ciudad de México.

La década de 1980 estuvo marcada por una profunda crisis económica que afectó de manera directa a la industria nacional, pero además Productos Nipon enfrentó una desigual competencia de nuevas empresas, algunas con capital transnacional, dedicadas también a la producción de cacahuate japonés. La empresa fundada por Yoshigei Nakatani logró sin embargo enfrentar el reto al mando de sus hijos Armando y Graciela y dos de sus nietas a través de la creación de nuevos productos como el caramelo de chamoy. En 2017 la marca fue adquirida por un gran consorcio alimentario, La Costeña, dando pie a la fundación de una nueva empresa familiar llamada Dulces Komiru.

Yoshigei logró realizar su sueño y regresar por primera vez a su pueblo natal en 1970. Sin poder ver viva a su madre, la visitó en su tumba con la palabra cumplida. Yoshigei Nakatani murió el 9 de septiembre de 1992; Emma, dos años más tarde. La invención del cacahuate japonés representa sin duda un legado de los Nakatani a la cultura popular mexicana.

© 2018 Sergio Hernández Galindo and Emma Nakatani Sánchez

Mundo Nuestro. En la tarde después de la tormenta contemplo el paso bronco del río. Es el mismo río Atoyac por el que viniera mi abuelo italiano Carlo a trabajar y vivir el resto de sus días .

Carlo Manstretta Magnani llegó a México en 1901 para trabajar como ingeniero civil en la construcción de puentes de mampostería para el ferrocarril --ahora creo que el Central-- en la región de Querétaro. En Veracruz cundo bajó del barco que lo trajo desde Nueva York, le quitaron la n al apellido, por lo que él y sus descendientes quedamos como Mastretta para nuestra posteridad mexicana. En 1906, y tras su experiencia como constructor de sistemas hidroeléctricos en la región de Tequixquiapan, el abuelo llegó a Puebla, ya casado con la abuela Ana María Arista, para trabajar entonces en la construcción del sistema hidroeléctrico de Atoyac Textil, en Mayorazgo, con las plantas Carmela y Carmelita en el río que hoy vemos pasar bronco y muerto con toda nuestra desgracia socio-ambiental hacia Valsequillo.
La planta Carmela en el río Atoyac
Por cierto, para el gobernador de los barquitos: de ahí le viene el nombre a su avenida Las Carmelitas.
Mucha historia familiar atada a este río Atoyac del que soy vecino. Por eso tal vez me duele tanto verlo pasar con toda la carga de nuestra podredumbre. Por eso me duele tanto la destrucción criminal de la antigua fábrica del Mayorazgo a la que tanta vida le dio y en en cuyo terreno y sobre sus ruinas unos empresarios constructores de la ciudad de México van a desplantar 804 departamentos autorizados impunemente por el gobierno de la ciudad --autorización que no han presentado con las debidas manifestaciones de impacto ambiental y vial, al menos que se conozcan públicamente--, fundados en la carta urbana del 2016 del mismo gobernador de los barquitos, entonces alcalde de esta ciudad de Puebla, atropellada vilmente por autoridades y desarrolladores inmobiliarios.
Carlo murió en 1955, el año, por cierto. en el que nací.
De él venimos los que en México este apellido llevamos. Y en su memoria también llevo adelante el proyecto periodístico que llamo Mundo Nuestro (mundonuestro.mx)

Para entender lo que Puebla ha perdido con la destrucción de Atoyac Textil: la historia de la Planta Carmela



Para entender lo que Puebla ha perdido con la destrucción de  Atoyac Textil: la historia de la Planta Carmela

Tal vez te acuerdes de que nos conocimos en aquel verano cuando las jacarandas de la calle de Corina estaban todas verdes, esperando pacientes su lila invernal. Olía a humedad y las casas estaban recién bañadas. Ahí se había cambiado la prepa 6. Era mi primer año y las lluvias empezaban. Si me atrevo a decirte lo que ahora pienso es, entre otras cosas, porque te llevo 16.

Y con todo aprecio, no en balde nos cambiaste a muchos la vida; me parece que llegas a los cincuenta casi a punto de convertirte en estatua. Te esperan reconocimientos de casi todas las instituciones, tal vez no las policiacas y militares, pero autoridades escolares, diputados, partidos, medios masivos y congresos te van a quemar incienso. Y cuando naciste, casi todos ellos, con sus muy importantes excepciones como Barros Sierra, estaban en tu contra. Claro, se dirá, es que ahora vivimos en democracia.

Y en parte es cierto. Hay que festejar eso y estar alegres. Pero déjame recordarte algunas cosas. Que al paso de los años te fuiste convirtiendo en algo que no estaba en esos días lluviosos que nos cambiaron. Ahora tu monumento a los cincuenta años ya trae cincelado, inscrita en piedra, que eres el precursor de un invento posterior, una democracia sólo electoral, y que algunos de los nuevos regímenes, cada vez más empresariales y antipopulares, reclaman desde 1988, un año amargo, de fraude electoral, que venían de tu lucha contra el PRI-gobierno. Que eran parte de tu tiempo de modernidad, de romper con el pasado “populista” e inaugurar la democracia que les eligió, así sea mediante el fraude como en 1988 y 2006.

Trato de recordar desde esa mínima experiencia vivida como brigadista si algo así estaba en juego. El pliego petitorio exigía la supresión de cuerpos y leyes represivas, llamaba a la inapreciable justicia que castigara a las autoridades policiacas responsables y resarciera a las víctimas de su violencia, y algo que aún resuena y fuerte en estos años de libertades democráticas, que se reconociera la existencia de presos políticos y que una Política jerárquica y distante, llena de privilegios, abriera un Diálogo Público. Algo tan subversivo ayer como ahora. Un ácido contra las legitimidades de los poderes y que puede borrar lo que te cincelaron.



Hablando de ácido y ahora que casi eres estatua, fíjate que tu forma no se le acercaba para nada. En realidad eras como una medusa. Sí, las de mar abierto, casi transparentes, que parecen volar. Con una cabeza cohesionadora y programática, el Consejo Nacional de Huelga, de la cual surgió el pliego petitorio. Y con múltiples tentáculos con cientos y miles de fibrillas en las 70 instituciones educativas en huelga, con sus cientos de Comités de Lucha en cada escuela y sus miles de brigadas compuestas de jóvenes, hombres y mujeres, que nunca, salvo excepciones, habían tenido vida pública. Habrá quien suponga que te movía la cabeza, pero lo que recuerdo es que te impulsaban esas miles de dizque patitas, múltiples, diversas y creativas. Pero no sólo es un asunto de forma. Eras medusa. Si hombre, espera un momento… sí eras medusa de las que viven en el mar salobre, las que si por algún descuido dejas que se acerquen y te toquen, nunca las olvidas, te queda una mancha roja que irrita y duele. Algo parecido le hiciste al orden vigente en esos días.

En ese monumento que eres ahora pesa el gesto y el color del drama vivido por la represión que te gestó desde julio, te persiguió en los meses siguientes y que intentó matarte el 2 de octubre. Y sin embargo, acuérdate, la represión fue la marca del Estado. La acción de los estudiantes en los 30 benditos días de agosto y buena parte de septiembre estuvo llena de creatividad, alegría y pasión, a manera de respuesta a su violencia. Me atrevo a decir que lo que se vivió entonces sólo puede describirse como una gran fiesta. Un carnaval de la imaginación. Y eso me consta casi como tatuaje en la piel. Con la huelga masiva de fines de julio se inició un recreo que para algunos aún no acaba. Se desajustó no sólo la política estatal, sino todo su orden cotidiano. La autoridad del señor presidente se tambaleó, pero también el orden jerárquico de las escuelas, la cohesión autoritaria de las familias, la credibilidad de los medios masivos a lo que les gritábamos ¡Prensa vendida, Prensa vendida!, con la inestimable excepción del Excélsior de Julio Scherer, del Sucesos y del Por qué! La rigurosa programación del deseo juvenil (quiero ser ingeniero, quiero ser doctor, tener casa, familia, perrito y un coche) se hizo trizas para todos los atrapados en el tiempo del ventarrón. Y eso, discúlpame, pero eso no está muy presente en la memoria que te fabricaron.

Fue un tiempo donde brotaron actividades, imaginarios y deseos que antes no existían. Una efervescencia inventiva del actuar que escapaba a toda idea preconcebida. Tomamos las escuelas en huelga, se organizaron asambleas donde por primera vez hicimos uso de la palabra, a veces sólo un penoso balbuceo que a varios los traumó de por vida; algún salón se convirtió en Comité de Lucha. Surgía una República de los Iguales entre ricos y pobres, hombres y mujeres, blancos y morenos, aunque siempre algo recordaba las profundas diferencias educadas y que regían a nuestra sociedad clasista, estamental. Proliferaron las “brigadas” para acciones concretas y los “círculos de estudio” para los que se atrevieran a conocer un saber arcano, el de las revoluciones socialistas, y, aún más secreto, un marxismo que surgía con la fuerza de la palabra revelada. Muchachas y muchachos convivimos como nunca en un trato de cierta igualdad y reconocimiento e incluso descubrimos a algunas de ellas que nos deslumbraban por su iniciativa, valor e imaginación. Las calles, los destartalados camiones y trolebuses que circulaban en Héroes del 47, los mercados del centro de Coyoacán y sus periferias; todo se convirtió en plaza pública, en lugares de volanteo, de boteo para las cooperaciones, de mítines relámpago. Entre agosto y septiembre miles de nosotros conocimos el poder que nace del número, de la alegría desbordante y de tomar la calle. Ese poder se apagaba apenas surgía, pero provocó un sismo en ese México.

Había una estela de movimientos estudiantiles previos. Pero ahora no se pedía que se facilitara el acceso a la educación media o superior, que se mejorara la autonomía universitaria, tampoco que bajaran las tarifas del transporte público. Miles de chavos gritaban ¡Dialogo Público, Diálogo Público!, algo tan ajeno a los usos y costumbres de todos, de gobernantes y de gobernados, y se entreveía otro imaginario del vivir en común.

Y el otro grito que también abrió el horizonte fue ¡Únete Pueblo, Únete Pueblo!, un deseo de encuentro y de trato con el Otro que, la verdad, era todo el mundo, todos los que estaban fuera del claustro escolar. Lo que se inició como incipiente trato en calles, plazas y mercados luego se expandió en los años posteriores como un encuentro con ese ancho mundo, tan ajeno, tan extraño, de la vida fabril, de sindicatos, de los pobladores urbanos, de regiones rurales y de las culturas de pueblos y comunidades.



Julio me platicó como llegó a Bahía de Banderas para trabajar con unos ejidos en Nayarit. Fue de las primeras experiencias de la Política Popular. Y la Cooperativa de Cine Marginal se introducía en las zonas fabriles del norte de la ciudad. De esas miles de experiencias, la mayor parte anónimas, surgieron saberes y maneras de actuar y de vivir que ninguna institución educativa ofrecía. Y se expandía una mezcla de tradiciones, horizontes y lenguajes desde los espacios de conflicto y de búsqueda de alternativas. Eran aguas salobres.

En esa Babel de la inconformidad, de la sed de justicia, de las ganas de pelear y de inventar formas de vida, se nombró de muchas maneras lo que estábamos viviendo. Algunos la llamaron Revolución, con el agregado de a la vuelta de la esquina. También se escuchaba de un Jesús que regresaba y llamaba a integrarse a las comunidades eclesiales de base. Otros le decían Democracia, pero entendiendo por ello una puerta muy grande para que miles y miles hicieran política en sus lugares de vida cotidiana y que implicaba otro orden de Estado, de escuelas, de familias y de vidas individuales. De este tamaño era esa puerta que luego se nombró como Democracia Social y que en el tobogán de las mutaciones se convirtió en una pequeña entrada a un laberinto electoral donde sólo te piden que a una hora de un día determinado vayas y votes, que te salgas por favor y sigas tan tranquilo en el Orden que te fabricaron. Esta democracia de truco y maña apellidada Electoral.

Ahora, cuando me encuentro con ciertos personajes que traen una especie de software integrado, imagino algo como el espíritu del 68. Un detector de reclamos colectivos, el fomento de la participación colectiva y horizontal, la certidumbre asamblearia, ideas para cohesionar e impulsar la diversidad que se pone en sus marcas, cierta facilidad de la palabra con sus detonadores incendiarios como el ¡ya basta! No puede faltar la creación de formas autogestivas en lugares tan diversos como las normales rurales, las cooperativas de la Tosepan, los barrios de la ciudad de México que estudia mi amiga Lucía, las experiencias de los jóvenes que difundieron la solidaridad con Ayotzinapa y antes habían formado un movimiento tan imaginativo contra las nuevas dominaciones como el #Yo soy 132. Y apenas ayer, una alegría de carnaval que acompañó a la campaña de AMLO.



En lo mejor de esas tradiciones vivas que como diente de león esperan un viento a favor para dispersarse, leo una hoja tamaño oficio doblada en dos, como debe ser, y con cuatro caras. El Mosquito, el que nos pica y despierta. Fue distribuida de mano en mano el jueves 5 de junio (falla casi obligada en los folletos y volantes de este linaje, debe decir julio) por las Comunidades Eclesiales de Base de esta Cuautla que ahora se incendia con un calor africano en tiempos de lluvias a tres días del triunfo de AMLO. Y dice:

“La mejor manera de conmemorar a nuestros caídos en las batallas por la democracia, a 50 años del genocidio de 68, a 47 del Halconazo de 1971 y a 45 meses de la desaparición forzada de los 43 estudiantes de Ayotzinapa, es refundar a este país desde la raíz. Ya vimos que sí se puede”

Y entonces creo, mi querido casi estatua, que, por suerte para ti y para todos los que fuimos tocados o contagiados por ese tiempo de anhelo, las aguas salobres, tu medio natural, sigue fluyendo en estas realidades de injusticia, pero también de esperanza. Cuando veo actuar a jóvenes y viejos, a mujeres, hombres y diversos inmersos en el conflicto del momento, la pugna contra la injusticia que ahora daña, la iniciativa que arrastra a muchos, me digo y te digo: gozas de cabal salud, mi buen, sigues intenso en las aguas salobres del conflicto, los lugares propios para las medusas, no en la ceremonia ni en la quema del incienso. Perdóname, te lo tenía que decir, pero venga, hombre, si son buenas noticias, y va la mejor, yo pago los tecitos que aún toleramos a nuestra edad.

Kenichi Muray fue uno de los cientos de miles de emigrantes pobres que buscaron en América un mejor futuro. La historia de Muray, como la de todos los inmigrantes, de por sí es muy interesante. Kenichi procedía de la prefectura de Shiga y llegó a México en el año de 1923 a la edad de 22 años. La primera década de su estancia la pasó en el estado de Chiapas y después de un breve viaje a Japón en 1928, cuando se casa con Shige Kobory, regresa a México para establecerse en la ciudad de Orizaba, Veracruz. En esa localidad abrirá su propio negocio junto con su esposa, una mercería y sedería denominada La Japonesa que tendría gran éxito y sobrevivirá, incluso en plena guerra, durante varias décadas.

En este artículo, sin embargo, me concentraré en detallar no la vida de Muray, sino más bien abordaré su obra, el legado que nos ha dejado al recuperar las historias de los pioneros que llegaron a México a inicios del siglo XX.

En el ocaso de su vida, Muray se dedicó de lleno a visitar personalmente a los inmigrantes pioneros que aún vivían en México. Consideraba a esas personas como “los poseedores de la historia viva de la migración… como tesoros vivientes que han resistido los vientos y las heladas”. Así los describe Muray en una carta que envió en el año de 1969 al cónsul del Japón en México, Tadakazu Itoh.

A partir de 1970, y hasta poco antes de su muerte cinco años después, Muray se entregó con gran entusiasmo a entrevistar personalmente a los inmigrantes mayores de 80 años. El compromiso que se echó a cuestas representó toda una hazaña pues visitó a cerca de 140 pioneros. Los “tesoros vivientes” eran los portadores de los secretos y de las circunstancias en que llegaron los pioneros; para develarlos y conocerlos, Muray tuvo que viajar desde Baja California a Yucatán para entrevistarlos debido a que muchos de ellos no vivían en la ciudad de México.



Las historias que poco a poco Muray fue rescatando en los últimos cinco años de su vida, empezaron a ser publicadas en japonés en el periódico semanal Shukan-Nichiboku, editado en México por el señor Oscar Tosha.

Periódico Shukan Nichiboku (Colección de Shozo Ogino)

Es difícil resumir todas las historias que escribió Muray pero en general el lector podrá encontrar en ellas el lugar del cual procedían los inmigrantes y las condiciones bajo las cuales salieron de Japón. También podremos entender cómo se integraron laboral y socialmente a México a partir de cuatro elementos o momentos:

  1. La situación de los colonos o agricultores, empezando por los primeros 34 pioneros que llegaron a Chiapas. La vida de los contratados en la hacienda La Oaxaqueña, al sur del estado de Veracruz, productora de azúcar. Los inmigrantes dedicados a las minas en Coahuila o Sonora; y finalmente, aquellos trabajadores que vinieron a la construcción de las vías férreas en el estado de Colima.

  2. Las transformaciones de esos inmigrantes en pequeños comerciantes y la constitución de comunidades al formar sus familias y quedar plenamente integrados a los lugares donde residían.

  3. Las dificultades que enfrentaron los pioneros durante la revolución y décadas después al desatarse la guerra entre Estados Unidos y Japón en 1941. Bajo la guerra, los inmigrantes se vieron forzados a desarraigarse y trasladarse a las ciudades de Guadalajara y México.

  4. Finalmente, la integración definitiva a México de los pioneros al terminar la guerra, y la creación de comunidades con sus descendientes hasta de tercera generación.

Los testimonios que Muray recogió también darán cuenta de otros sucesos que son importantes resaltar. Por ejemplo las experiencias de inmigrantes profesionistas como veterinarios, botánicos, ingenieros y doctores que aportaron sus conocimientos y destrezas a México. La solidaridad que mostraron las comunidades de japoneses con el país que los recibió -a diferencia de otros grupos de inmigrantes de otras nacionalidades- al no aceptar las compensaciones que el gobierno mexicano les ofreció por los daños y perjuicios que sufrieron durante el periodo de guerra civil que se desató a partir de 1910. Tampoco se debe de dejar de mencionar, entre otros ejemplos, las 3 escuelas que los pioneros construyeron en Chiapas y donaron a las poblaciones locales.



En febrero de 1975, a la edad de 74 años, Kenichi Muray falleció. Los testimonios que semanalmente se publicaron en el seminario Shukan Nichiboku representaban un valioso tesoro no sólo para la historia de la comunidad japonesa sino para la historia de México. Reconociendo este enorme valor, la esposa del señor Muray y su yerno, Ernesto Matsumoto, recopilaron cada uno de los testimonios y decidieron publicarlos en Japón con el título Paionia Retsuden, Crónicas de los Pioneros, en el año de 1976.

Portada del libro Crónicas de los pioneros japoneses de México.



Afortunadamente en el año de 2017 cuando se celebraron los 120 años de que del arribo de los primeros inmigrantes japoneses a México, el hijo de Kenichi, Alfonso Muray, decidió que este tesoro se conociera por el público hispanohablante. Para publicar los 127 testimonios del mismo número de pioneros, se contó con el apoyo, en primer lugar, de Makoto Toda quien se encargó de la traducción de los mismos y de Shozo Ogino quien facilitó su valioso archivo de fotografías para ilustrarlos. La edición bilingüe estuvo a cargo de Editorial Panorama.

El libro publicado resulta una referencia fundamental para todos aquellos que deseen conocer a detalle la historia de los inmigrantes y es una referencia obligada también para la historia de las relaciones entre México y Japón.

La historia de la vida de Kenichi Muray a lo largo de 52 años de estancia en México aún está por escribirse. El compromiso que como historiador tengo con este inmigrante, será el mejor reconocimiento a su trabajo.

Mundo Nuestro. En 1914 terminó el ensueño europeo y se desató el siglo XX con todo su apocalipsis. En 1939 se descargó con toda su furia. Quién puede decir que su vida no quedó delimitada por esa historia trágica. En memoria del escritor y periodista poblano Carlos Mastretta Arista, cuya muerte ocurriera un martes 11 de mayo de 1971, ofrecemos este texto que sirvió como presentación del libro Memoria y acantilado (Puebla, 2008), que en Mundo Nuestrose publica por entregas en la sección Libros Libres.

Noticias de la guerra



La fotografía con la que arranca este texto presenta a un grupo de soldados del Cuerpo de Ingenieros del ejército italiano antes de partir desde Milán a la batalla de Andua, en Etiopía, en el año de 1896; Al frente, de piel, el Sargento Carlos Manstretta Magnani, padre de Carlos Mastretta Arista, quien llegara a México en 1901.

Mambrú se fue a la guerra, do re mi, fa sol la, y nunca volverá cantaba mamá para dormirnos de niños. Nunca volverá la guerra, debimos soñar. Papá volvió de la más brutal de las que sufrió el siglo XX. Y en casa la guerra fue una memoria oculta por mi padre en un maletín negro de médico que no permitió que nadie abriera sino hasta su muerte, un 11 de mayo de 1971. Nunca supimos de dónde sacó el maletín, sólo lo mirábamos al fondo del closet, impronunciable, “guarda la vida de papá en Italia”, nos decíamos. El maletín conservó sin encono sus fotografías de la casa de Stradella, su pueblo a la orilla del Po, al sur de Milán, con las cartas de sus novias y sus correrías de joven estudiante de ingeniería mecánica en Pavía. También escondió las fotografías de sus años en la guerra, a veces de civil, otras de soldado, y en todas me provoca interrogantes por lo que sus ojos vieron y que nunca encontrarán respuesta. Papá no vivió lo suficiente para contarnos la guerra a sus hijos adultos. Sólo extrajo del maletín la pistola escuadra que hoy guarda mi hermano mayor, con sus siete balas mansas que sobrevivieron toda nuestra infancia, una pistola que debió empuñar sin más atajos para mi imaginación sesenta años después. Fue, como millones de jóvenes más en ese abismo europeo, un hombre en guerra.



Papá también sacó algunas fotografías que nos dijeron mucho más que todo lo que no llegó a contarnos: la del abuelo Carlo, capitán de un destacamento del ejército italiano que se colapsaría en África en una malhadada guerra colonial de 1897, él sable en mano, y otros cincuenta combatientes que probablemente no regresaron nunca a la península desde Etiopía –el abuelo sobrevivió a una epopeya trágica en el desierto y volvió a Italia para contarla a un tío suyo periodista en Turín, lo que provocó la furia del gobierno en turno y su inevitable huida a América--; también está la de un muchacho estudiante de ingeniería trepado en un poste de telégrafo en 1935, el mismo año en que el Duce se presentó en esa escuela militar para infundir de celo patriótico a sus posibles camisas negras; y la de un joven capitán de Transmisiones, impecable en su uniforme, rodeado de un grupo de soldados en el frente italiano de África en 1940. Todavía hoy miro esas fotografías que mamá ha conservado siempre en el librero en la sala de su casa y busco en los ojos claros de papá la guerra que sufrió y no quiso que quedara en nuestra memoria.





En la escalera, el oficial de Transmisiones, Carlos Mastretta Arista.

Papá vivió la Segunda Guerra Mundial y el azar quiso que no fuera uno de esos 45 millones de muertos. Papá contaba la guerra de tarde en tarde en sus extremos jocosos, como cuando los marines negros se olvidaron en la juerga de su tarea y dejaron en libertad una noche de 1945 a los soldados italianos detenidos en un campo de concentración, liberada ya de los alemanes la tierra del abuelo Carlo. Igual papá narraba las maravillas que encontraban en las mochilas de los gringos hechos prisioneros por su bando: pasta de dientes, cigarrillos, papel de baño. Nada nos dijo de los muertos. Ahora pienso que los ocultó de sus hijos poblanos como cualquier padre que intenta que sus pequeños no miren la muerte que revolotea sobre el cuerpo de un peatón atropellado cualquier día en la ciudad de Puebla. Nunca nos habló de los muertos, pero todos los días nos despertaba con el chiflido que remedaba la trompeta viva del cuartel del ejército italiano.

Las historias familiares se tejen entre los acontecimientos propios y la cuenta amarga de la natural catástrofe de las sociedad humana. Papá volvió de una Europa destrozada por treinta años de horror. De otra forma, sin la guerra, hubiera seguido su camino de escritor y periodista en el viejo mundo y no estaría yo aquí para contar mi propia historia. Pero papá regresó un día por la frontera, custodiado por dos enormes agentes del FBI que lo acompañaron por el puente internacional de Laredo, los tres enfundados en gabardinas y sombreros, los tres en su papel de cerrar el capítulo de la Segunda Guerra Mundial en la vida de un poblano hijo de un ingeniero civil que llegara a México huyendo de su propia guerra milanesa en 1901. Papá también guardó en maletín negro de médico antiguo esa fotografía, y con ella toda su juventud tras 18 años pasados en el ascenso y caída de Mussolini. Salió de 17 al terminar los estudios en el Colegio Espina de los Jesuitas en plena guerra cristera; regresó de 35 a México para nunca más volver a salir de la ciudad de Puebla. Aquí casó con María de los Ángeles Guzmán, la hija de un dentista nacido en una familia liberal surgida de las guerras mexicanas del XIX, y que arrancaría su carrera profesional sacando muelas indígenas en la Sierra teziuteca tomada por la revolución y los ejércitos pagados por las compañías petroleras inglesas y americanas. El abuelo Diego Ramos, productor de tabaco y madera, fue dos veces expropiado por los revolucionarios entre 1913 y 1920. Moriría lejos de la Sierra poblana en 1929. Sí, de cuántas guerras puede venir una familia cualquiera.

Papá regresó para formar la suya, a la que no le dejó la carga de los millones de muertos en la guerra de la que fue actor y testigo. En 1946, en la cafetera que le trajo de Milán a Nueva York en su retorno a México, ya en la soledad de un mar sin convoyes, destructores y submarinos, escribiría una memoria mínima de sus años vividos en ese Apocalipsis europeo. “Son tantos los muertos –escribió, y fue así lo único que nos dijo--, que no hay al final ni vencedores ni vencidos”.




Milán, 1934. Auto oficial en el Décimo Regimiento.

Mundo Nuestro. 10 de Mayo de 1968 en Tijuana: el PRI convoca al concurso La Madre más Feliz. Y lo que se le viene encima es una rebelión encabezada por las mujeres panistas, que llevarán hasta la ciudad de México el descontento popular contra el fraude electoral. La clase media de la ciudad fronteriza le disputa con fiereza el poder al régimen autoritario. En junio de ese año llegan en autobús al Distrito Federal, y encuentran la efervescencia estudiantil. No las recibe Díaz Ordaz. Impenetrable y frío. Pero sí intercambian volantes con los mismísimos chamacos del Consejo General de Huelga.

Lilia Venegas, académica de la Dirección de Estudios Históricos del Instituto Nacional de Antropología e Historia, en la ciudad de México, narra esta historia de las mujeres de Tijuana que enfrentaron al poder del PRI, 21 años antes de que finalmente el PAN le arrebatara el gobierno de Baja California en 1989.

Luego ha ocurrido lo que ha ocurrido.

Los procesos sociales se entienden mejor si se miran en el largo plazo. 1968 marcó a una generación. Y lo identificamos como un año parte aguas en la historia moderna de la nación. Y lo remitimos a la rebelión estudiantil. Pero eran muchos, y muy profundos los cambios que se producían en México. Y desde muchos ámbitos sociales y regionales se fincaron los cimientos del proceso de desmantelamiento del Estado autoritario que tuvo México a lo largo de setenta años del siglo XX.



Y en esas estamos todavía.

Con motivo del 10 de mayo, día de la madre y con base en entrevistas con mujeres panistas, narraremos aquí brevemente cómo actuaron las mujeres de Tijuana ante el mito del día de la madre, en la coyuntura electoral de junio de 1968, cuando el PAN se disputaba contra el PRI la alcaldía, con Luis Enrique Enciso Clark como candidato y con Jorge Rojana Ruelas como suplente.

1968: el año de los cambios.



1968 es un año paradigmático en razón de la concurrencia de numerosos movimientos estudiantiles que entonces tuvieron lugar por todo el mundo. Lo es también por las movilizaciones a favor de los derechos civiles en los Estados Unidos y el avance social implicado en el reconocimiento de la igualdad entre negros y blancos. Un saldo positivo que, sin embargo, suele opacar expedientes como el asesinato de Martin Luther King y el de Bob Kennedy. También se olvida con frecuencia, o tal vez simplemente no se sabe, hasta qué punto la sociedad ha cambiado desde entonces en aspectos que atañen a la moral social, las costumbres de la vida pública, el discurso frente y sobre las mujeres, y la intolerancia hacia a la oposición política, de derecha e izquierda, bajo las secuelas del macartismo y la guerra fría.

Mucho menos atención se ha otorgado, a su vez, a las movilizaciones por la defensa del voto y los conflictos postelectorales que, ya entonces, tenían lugar en diversas regiones del país. Tal es el caso de la protesta que organizaron, sobre todo las mujeres, en Tijuana frente a los resultados fraudulentos de la contienda electoral de junio de 1968.



Adolfo Christlieb Ibarrola, dirigente nacional del PAN en los años sesenta.



Las campañas.

El banderazo de inicio de la campaña electoral del PRI en Tijuana tuvo lugar el 14 de marzo, cuando los candidatos electos en una convención anterior rindieron protesta ante dos diputados federales que viajaron desde la capital, uno de ellos en representación de Alfonso Martínez Domínguez (presidente del Comité Nacional del PRI). Las notas y crónicas periodísticas destacan las críticas y las denuncias por la conformación de una planilla con candidatos de mala fama y “enviada desde el centro”; Salvador Rosas Magallón, por ejemplo, atizaba la indignación de sus adversarios políticos, encabezando así su colaboración periódica: “El dedazo es humillante para los miembros del PRI”.[1]

La inconformidad al interior del PRI por los mecanismos de asignación de candidatos trascendió y, como ocurre hasta la fecha, fue aprovechada por la oposición: los panistas tijuanenses invitaron a figurar como candidato a la presidencia municipal a Luis Enrique Enciso Clark, quien había sido militante del partido oficial por 29 años.[2] Aceptó contender contra el candidato del PRI, Dr. Santana Cobián. Entre los integrantes de la planilla del PAN figuraban también nombres de panistas bien conocidos por los tijuanenses, algunos, destacados activistas de la elección de 1959, como Ceferino Sánchez Hidalgo y Salvador Rosas Magallón.

La prensa local registró, desde el inicio, el desánimo que privó en la campaña del PRI. De uno de sus primeros actos decía: “...dicho sea en honor de la verdad, el mitin del PRI del pasado miércoles fue deslucido, frío y carente de emotividad...con rechifla para el presidente municipal”. Las señales de que podría tratarse de una elección realmente reñida motivaron a los priistas a emprender acciones como las visitas domiciliarias de los candidatos a vecinos de diversas colonias de Tijuana, durante las que se invitaba a participar en mítines programados. O los realizados en las “más populosas colonias proletarias” donde, de acuerdo con las crónicas, “los candidatos dialogaban con el pueblo”. Los panistas ironizaban al respecto, señalando que no hacían sus mítines en el centro de la ciudad por temor al ridículo de ser desairados. A pesar del intenso trabajo político realizado, parecía evidente que muchos de los votos no serían para el partido entonces en el poder. En la plaza de toros de Tijuana, por ejemplo, el público dedicó una rechifla a uno de sus candidatos quien, jocosamente, la agradeció. En contraste, un candidato del PAN también presente, recibió numerosas porras de adhesión[3].



[1] Noticias Diario de la Mañana, Tijuana, BC, viernes 1 de marzo de 1968.

[2] Una caricatura a propósito de esto representaba al PAN como una guapa dama y al PRI como un caballero seducido. Diario Noticias de la Mañana, Cartones por Reyes Apango, martes 26 de marzo de 1968.

[3] Noticias Diario de la Mañana, Tijuana BC, miércoles 10 de abril, 1968.



Moviliazación panista en Tijuana, años setenta.

La campaña del PAN, por su parte, arrancó el mismo día que la de su contrincante, celebrando una convención novedosa: se anunció en desplegado de plana completa que serían electos los candidatos de manera abierta y democrática en la vía pública, frente al local del PAN. Fueron triunfadores Luis Enrique Enciso Clark, Rosas Magallón, “conocidos hombres de empresa” y Susana Limón, dama de sociedad y esposa de un empresario. Una vez conformada la planilla, la campaña fue, al parecer, exitosa. Uno de los primeros mítines congregó a cerca de tres mil personas. La prensa le dio a la nota ocho columnas al tope y lo calificó de imponente, como a varios de los mítines que se celebraron a lo largo de los dos meses y medio que duraría la campaña.[1]Del siguiente mitin registró cuatro mil.[2]De un mitin posterior daba cuenta de cinco mil asistentes[3]. Fue entonces cuando para los priistas cobró importancia el voto femenino.


[1] Entrevista a Cecilia Barone, Tijuana, octubre de 1993.

[2] Las diputadas referidas son: Rosa María Ortiz de Castañeda y Guadalupe Calderón, (Gente, 16 de agosto, 1968).

[3] Entrevista con el Arquitecto Héctor Castellanos, Tijuana, 2001.

El 10 de mayo día la madre



Anuncios en la prensa de la época de los cincuenta.

En la disputa por los votos, las mujeres aparecieron como un grupo especialmente destacado y para obtenerlo recurrieron a una particular estrategia para la celebración del Día de las Madres, a menos de un mes de la jornada electoral. El Comité del PRI en Tijuana lanzó una convocatoria para establecer el primer concurso de La Madre más Feliz. De acuerdo con la Convocatoria[1], el jurado estaría integrado por el Presidente del Comité Municipal (...) y cuatro personas más. El primer premio, “...una Recámara (...) y la realización de su MAYOR DESEO viable de concederse en la limitación del tiempo que comprende las horas del día DIEZ DE MAYO DE 1968” se otorgaría a “...aquella (madre) cuyo deseo a juicio del Jurado establezca, al verse satisfecho, la mayor felicidad que una madre pueda tener, siendo este deseo el más vehemente y demás (sic) difícil realización, dada las condiciones morales, sociales y económicas de la concursante, en su papel de madre”. Los otros “NUEVE SEGUNDOS PREMIOS” consistirían en “objetos útiles para el hogar”. Todas las ganadoras, se explica, “se sujetarán al desarrollo del acto de LA MADRE MÁS FELIZ, en el lugar y tiempo que se les designe”. El noveno punto de las Bases añadía que “Las DIEZ MADRES FELICES ganadoras del Concurso, serán simbólicamente las representantes de TODAS las madres de Tijuana, para las que el Partido Revolucionario Institucional dedica este homenaje de gratitud...”. La entrega de premios tendría lugar en el Toreo de Tijuana, obviamente el diez de mayo, en el marco de un acto musical que se transmitiría por radio y televisión. [2] Este fue anunciado repetidamente en la prensa: “Grandiosa Lluvia de Estrellas En Honor de las Madrecitas Tijuanenses!!!”.

Al pie de las once “Bases” de la Convocatoria, bajo el título de Complementarias, se añaden un párrafo que, considero, vale la pena transcribir textualmente:

“Cada una de las Madres Mexicanas, residente en Tijuana, tiene el derecho de solicitar, lo que en el curso de su vida no ha podido conseguir o lo que en el momento presente representa su mayor y desinteresado anhelo: la libertad de un hijo preso, la curación de un hijo enfermo, la educación de uno de los hijos garantizada, la presencia de un hijo ausente que por dificultades económicas no pueda estar a su lado en este día, la máquina de coser, la estufa de gas, la muleta para el hijo lisiado, los anteojos para facilitar la lectura del viaje soñado a la Capital de México. El deseo no está limitado a ninguna restricción, de entre ellos será seleccionado el que más llene el emotivo sentimiento de la Madre y que al concederse satisfaga plenamente la condición de haber hecho a la triunfadora la MADRE MÁS FELIZ el DIEZ DE MAYO DE 1968 en Tijuana.

Una ama de casa feliz…

Pero las madres y sus hijos no querían estufas, su mayor anhelo era democracia. Y ese no podía otorgárselos en PRI.

El fraude y la caravana de mujeres.

Carátula del diario oficial en el que se decreta la anulación de la elección en tijuana.

El día de la elección, el 2 de junio, los panistas solicitaron de manera reiterada la intervención del gobernador, Raúl Sánchez Díaz, para impedir alteraciones en el proceso electoral, pero el mandatario estaba fuera de la ciudad. Las elecciones fueron pacíficas y ordenadas (según declaraciones oficiales) y en el conteo, el PAN llevaba ventaja sobre el PRI. El 8 de junio, los directivos del Comité Municipal determinaron, sin la presencia del PAN, suspender el cómputo de los votos y enviar la documentación al Congreso estatal. Días más tarde, la legislatura declaró nula la elección municipal de Tijuana con el argumento de que se habían comprobado irregularidades cometidas durante los comicios. De acuerdo con copias de las actas en manos de los panistas, los resultados favorecían a su planilla con 30 269 votos, contra 24 272 de los candidatos del PRI.

La respuesta de las autoridades electorales ante la protesta de los simpatizantes del PAN no fue la declaración de nulidad de los comicios y la repetición de las elecciones, como se esperaba.

En una asamblea en la que se discutían las posibles acciones a seguir, Cecilia Barone de Castellanos, esposa del presidente municipal del PAN en el momento, sugirió que se formara una caravana de mujeres que viajaría hasta la ciudad de México para entrevistarse con el presidente Díaz Ordaz. La propuesta pareció descabellada a buena parte de los asistentes, pero cedieron ante la presión y el entusiasmo que ellas manifestaron. El reportaje del viaje publicado en la revista Gente destacaba este episodio con el subtítulo: “Los panistas de Baja california son capaces de derrotar al PRI; pero no a sus propias esposas”.

Mujeres por la Democracia, nombre del grupo de mujeres que realizaron este recorrido, envió un memorándum a la ciudad de México, solicitando la audiencia del Presidente de la República. La caravana partió rumbo a la capital del país el 13 de julio. Dice un testimonio:

“Nuestro viaje lo realizamos en un camión rentado, bajo la coordinación de Cecilia Barone de Castellanos (...). Para todas las que viajamos resultó una gran experiencia, porque tuvimos oportunidad de poner a prueba nuestra decisión y valor. A pesar de todos los contratiempos, gozábamos y nos divertíamos, sobre todo cuando nos percatábamos de que para algunas personas no era nada agradable tropezarse con 45 mujeres de espíritu combativo, luchando por superar todos los obstáculos y dispuestas a lograr nuestro objetivo. (...) En el camino nos deteníamos frecuentemente para distribuir propaganda, organizar mítines o manifestaciones; éramos la admiración de cuantos nos veían pasar. El camión estaba totalmente tapizado de propaganda del PAN. Con frecuencia nos detenía la policía, permaneciendo siempre vigiladas, pero no lograron amedrentarnos. Nuestro ánimo y nuestra alegría nunca decayeron.” (Sánchez, 1996, 274)

A la distancia, una caravana por la defensa del voto puede parecer algo más bien cotidiano, pero en aquellos años el asunto no parece haber sido frecuente y mucho menos si ésta era formada exclusivamente por mujeres, con excepción del conductor y el reportero que decidió acompañarlas. En el trayecto de casi 3 mil kilómetros repartieron 500 mil “manifiestos” y realizaron varios mítines relámpago. El norte de Sonora las recibió bien, pero en Hermosillo la policía estatal impidió el paso del autobús, por lo que decidieron llegar a la plaza principal de la ciudad a pie, acción que tuvieron que repetir en Guaymas: con el equipo de sonido portátil al hombro y repartiendo volantes para aprovechar la caminata.

La caravana de mujeres en la ciudad de México y los estudiantes

Verano de 1968 en la ciudad de México.

Cuando llegaron a la ciudad de México, las panistas convocaron a una conferencia de prensa: ese mismo día (17 de julio) recibieron una llamada citándolas para la entrevista con el presidente. Pese a la advertencia de Christlieb Ibarrola de que podía tratarse de una jugada política para alejarlas de la prensa, ellas asistieron a Palacio Nacional. En efecto, no había tal cita y Díaz Ordaz no las recibió. La esposa del presidente nacional del PAN, Hilda Morales, solicitó una entrevista con el presidente con la intención de que las mujeres de Tijuana pudieran cumplir con el principal sentido de su viaje; las panistas, por su parte, dirigieron un telegrama más pidiendo, de nueva cuenta, la entrevista. La respuesta llegó a la esposa de Christlieb Ibarrola y firmada por Joaquín Cisneros, secretario particular del presidente: pedía que se informara de las peticiones concretas, subrayando que debía tratarse de aspectos de la incumbencia directa del cargo del ejecutivo. Las mujeres de la caravana se indignaron profundamente, ya que al menos en tres ocasiones habían hecho explícito su objetivo: “...que el Presidente interponga su influencia personal y política para que se convoque a nuevas elecciones en Baja California” (Arce, 1968, 10). Así, ellas interpretaron esta respuesta como una negativa. Su estancia en la capital de la República, en todo caso, no fue considerada por ellas como infructuosa: dieron a conocer la realidad electoral del estado más lejano del centro e intercambiaron volantes con los jóvenes del Consejo General de Huelga que, en esos días, iniciaban su movilización: “...nos fueron a ver los muchachos porque realmente nosotros íbamos a defender algo legítimo (...) nosotros lo único que pedíamos era el respeto a la voluntad del pueblo...” [1]

Como provocación algunas diputadas del PRI declararon que las panistas: “realizaron un placentero weekend en la ciudad de México, visitando centros nocturnos y espectáculos de lujo”[2]

El retorno de la caravana a Tijuana

A su regreso y durante un mes los y las panistas organizaron “marchas mudas” en señal de protesta, “a veces con velas o con antorchas, sólo se escuchaba el golpe de los tacones...”[3]; decidieron suspenderlas cuando el número de asistentes empezó a decaer. No obstante, los guionistas de este episodio decidieron que el final tendría que ser otro: Cecilia Barone propuso a su esposo que un contingente del PAN participara en un desfile, no en el del 16 de septiembre por su carácter militar, pero sí en el del 20 de noviembre, tradicionalmente deportivo. Decoraron un carro alegórico con la imagen de Francisco I Madero “representando a la democracia”, acompañado por unas treinta jovencitas arregladísimas (“buscamos a las más atractivas”, cuenta Castellanos) que debían desfilar, de acuerdo con el permiso del presidente municipal, al final del contingente. Con todo, y a pesar de la apariencia inofensiva y casi festiva de la representación, ésta no pudo llevarse a cabo en santa paz. El carro con Francisco I. Madero y las niñas fue bloqueado por el ejército. Castellanos y Rosas Magallón fueron llevados a la cárcel, trás una riña con un militar. Estuvo a punto de ocurrir una desgracia mayor, cuando Castellanos, liberado media hora más tarde, encabezó a un grupo de panistas dispuestos a avanzar, a pesar de la orden del ejército de no hacerlo, para llegar hasta donde se encontraba el carro alegórico detenido. En tanto, las jovencitas y sus acompañantes recibieron agresiones de parte de soldados, a lo que respondieron con un ingenioso mecanismo de defensa: entonaban el Himno Nacional, lo que hacía detenerse a los soldados y tomar posición de respeto; pero paraban de cantar y se reiniciaba la gresca.

La movilización social reseñada parece encontrarse a medio camino entre los movimientos sociales tradicionales, por su marcado carácter instrumental (con objetivos orientados a la obtención de cierta meta) y los “nuevos movimientos sociales”, donde parece clara la intención de producir un efecto visible en las instituciones sociales, actuando como un desafío simbólico, que incluye al 10 de mayo, y señalando una zona social problemática: el proceso de selección y elección de sus representantes políticos. Las mujeres que protestaban contra el fraude electoral, dejando a sus maridos e hijos para irrumpir en el corazón del poder político, se rebelan contra el código cultural dominante de aquellos años, al tiempo que des localizan el foco tradicional de control político y de la represión. El recorrido por el país contaba, sin duda, con el efecto dramático de su acción colectiva en una sociedad que vivía en 1968, pero aun no transgredía los valores y pautas de antes de ese mismo año. La caravana femenina, por lo demás, contribuyó, sin duda, a producir cierta innovación cultural, introduciendo nuevas formas de comportamiento que la sociedad fue asimilando e incorporando a las prácticas de la vida en la casa, el barrio y el partido.

Lilia Venegas, Investigadora del DEH, del INAH y miembro del Seminario de Historia Contemporánea.

[1] Noticias Diario de la Mañana, Tijuana, BC, lunes 25 de marzo de 1968.

[2] Noticias Diario de la Mañana, Tijuana, BC, lunes 8 de abril de 1968.

[3] Noticias Diario de la Mañana, Tijuana BC, lunes 22 de abril de 1968. De acuerdo con el arquitecto Castellanos, llegaron a reunir hasta 25 mil personas.

La memoria del cinco de mayo en la Sierra Norte de Puebla

Los olvidados del silencio (mayo de 1983)

En el centro de la sierra de Puebla, Tetela de Ocampo. A una hora del pueblo hasta Ometepec; después hora y media de monte y vereda a pie aparece el barrio de Sontecomapan con sus casas a lo largo de la cañada; los encinos cubren la cima de las montañas. En la ladera, entre los grandes huecos erosionados, la milpa que aguantó el calor y la seca empieza a crecer con la lluvia de finales de mayo. En un ranchito adornado con flores y banderitas de papel, Alejandro Flores, jornalero de 72 años, con un buen día de mezcal a cuestas, escucha las norteñitas del grupo Los Olvidados del Silencio. Es la boda del maestro rural del pueblo; llega a la ranchería jalando un burro arreglado de prendas blancas, y sobre el burro viene sentada la novia. Los invitados vienen atrás, en procesión. Truenan los cohetes. La novia se baja del burro; el novio le da un beso. Luego le dan un abrazo a todos los invitados que llegan a la fiesta.



Cuando abraza la niebla, no se mira su carrera al cielo, sólo se escuchan las explosiones. El viejo Alejandro desenreda su historia tan rápido como los tragos de mezcal que desaparecen en su garganta.

“Yo soy nacido de Tecuanta, que es acá atrás de esa peña que ai se ve. Una hora que haga es mucho, si está cerquitas. Ora vine por la boda, por la barbacoa. Soy jornalero, desde siempre lo he sido, ora tengo que agarrar fuerzas para trabajar; el que se queda aquí no vive. Todo está duro, oro nomás acabo de regresar de fueras: me fui a Cuetzalan, acá por Zacapoaxtla, a chapear café, pero no hubo trabajo; no hubo, entonces agarro pa Martínez de la Torre, allá tengo un cuñado que me ayuda en veces a chapear, pero no hubo tampoco chance. Me dice el patrón un día: “si yo te doy trabajo vente”, y yo lo sigo y me lleva lejos, y me quedé toda la noche. Me dijo cuando se jué: ‘mañana te traigo el almuerzo’, y que no llega en todo el otro día, no llega. Caminé toda la noche pa regresarme a Martínez, sin comer. Ya le digo, soy nacido en Tecuanta, que es atrás de esa peña que ai se ve. Dicen se llama así porque allí vivió el tigre, el Tecuni… Mi tata grande dijo que le desbarrancaron pierdas pa matarlo, que no tenían armas; eso fue cuando los mexicanos de aquí de México. Sotecomapan se llama así porque quiere decir cabecilla: Juan Francisco Lucas les pegó a los franceses… ellos traiban armas fuertes, aquí nosotros puras armas de las que fueran, pero los agarraron en la cañada y los acabaron. Decían los franceses: ‘Bajemos a Ometepec, vamos a chingar mujeres’, pero no pasaron de la barranca, allí los esperaron… a un lado había cerro, a otro lado había cerro y éstos bien escondidos, no fallaron blanco. Dicen ai se puede ver el lugar de la sangre, donde echaron todo el pudridero de extranjeros. Yo lo vide, así lo platican los grandes.”

La orquesta toca “El chubasco”. Corren los vasos de pulque: En la mesa, las señoras a un lado, los hombres del otro. Se devora el mole con arroz. Algunos visten de manta, la más ropa mestiza. La casa del maestro, un cuarto sin ventanas, es la única construida con cemento y ladrillo. El novio y la novia decidieron casarse después de diez años de vivir juntos y ya con cinco chamacos. Brindamos, Los Olvidados del Silencio siguen tocando. Empieza el baile. Las parejas se confunden entre la niebla. El viejo Alejandro, cuando baja la niebla, pierde la vista en la peña Tecuanta.



Foto tomada del libro El Liberalismo popular mexicano. Juan Francisco Lucas y la Sierra de Puebla, 1854-1917. BUAP/Ediciones de Educación y Cultura, México, 2011.



El burro que venció al gobierno (relato, 1991)



Se luchó duro contra los franceses en la sierra de Puebla. Gracias al general Juan Francisco Lucas, nomás quitándoles las botas, se venció a los güeros que venían de otra tierra donde se usa harto zapato. A puro comer chile se les tenía en la prisión de Cuautempan, lloraban lágrimas verdaderas porque no eran valientes. Y así fuimos derrotando al enemigo, nomás de tenerlos descalzos, sí, en está tierra nopalera, no había preso que escapara aunque les abriéramos las puertas.

Puras ideas de las buenas tenía ese general Lucas, era un indio verdadero. Cuando la batalla de Puebla fue amigo del general Porfirio Díaz, en los tiempos en que este era prieto y estaba con los pobres del campo. Ya había matado harto franchute y por eso lo quiso conocer el general Díaz, mesmamente en que luego fue gobierno. Lo vino a buscar hasta aquí a la Sierra para la felicitación. Agarró junto con su gente camino pal cerro del Sotol. Se encontró a un indio remiso, silencioso, que cuidaba su caballo. Y le dice Porfirio Díaz: --Oye tú, ¿dónde encuentro al general Lucas? Y éste no le dio respuesta. --¡Qué no me oyes indio pendejo!, le dijo después. Y el indio tan tranquilo nomás señaló con el dedo la choza. Allá se dirigió Díaz con toda su gente. En la puerta se encontraron a una mujer muy humilde que estaba echando tortillas. –Oiga, disculpe, ¿vive aquí el general Lucas?, le preguntaron. –Como no, les respondió, si ahí anda afuera cuidando el caballo.

---Pero si allá afuera sólo hay un indio.

---Sí señor, pues ese mero indio es el general, y yo su señora esposa. Y Díaz se fue de inmediato a presentarse con Juan Francisco Lucas y pedirle disculpas.

Cuando Porfirio Díaz llegó a presidente y se blanqueó –verdad de Dios que se echaba talco todos los días para dejar de ser prieto—, la agarró contra el general Lucas, ese no obedecía nomás por obedecer y siguió defendiendo a los indios que habían luchado contra el extranjero cabrón. Por eso lo quería matar a la mala.

Cuentan los que lo vieron, de aquí harta gente lo recuerda de antes, que el presidente mandó llamar a la República al general Lucas, dicen que pa premiarlo por su heroísmo. Llegaron por él los uniformados del ejército, muy uniformados, le ofrecieron los saludos del Presidente, luego le dieron un abrigo y un sombrero para que los acompañara a México. Él les dijo que como no, que estaba a sus órdenes, sólo que el abrigo que le habían mandado se lo cambió al capitán. Cuando el capitán se puso la ropa cayó muerto. El forro del abrigo tenía un veneno que mataba al contacto.

Juan Francisco Lucas huyó descalzo, corre y corre por el cerro. Lo iba siguiendo a galope la representación de Díaz. Cuando ya no tenía salida se tiró a un barranco de mucha profundidad. Cayó junto al cadáver de un burro. Los federales bajaron por la vereda, a pie, a como fueron pudiendo. Pero ya no lo encontraron, ni a él, ni al burro, sólo vieron sobre la tierra las vísceras del animal. Ahí estaban parados, no sabían qué hacer. De repente sintieron que de arriba les llovían piedras. Era el burro que las estaba tirando con las patas; los enterró vivos. Luego el general Lucas se salió de las entrañas del burro, de la forma de animal que había usado para escapar y se regresó tranquilo a su casa.

Sigue defendiendo al pobre según era su costumbre. No está viejo, ni está joven, está igual. Cuando lo tratan de agarrar vuelve a adquirir la forma de animal. Ni modo que el gobierno mate a todos los borricos, habría de nuevo guerra. No se extrañe si en esta tierra de Cuautempan oye que de repente un campesino hable con su burro y le diga:

---Disculpe usted la carga, mi general.

Aquí de por sí consentimos mucho al borrico como si fuera sagrado.

Mundo Nuestro. Publicado por el Fondo de Cultura Económica en el año de 1973, el libro Los vencidos del 5 de Mayo, escrito originalmente en pergamino por el abate francés Jean Efrem Lanusse, debe ser lectura obligatoria de los mexicanos. El autor acompañó por más de veinte años, entre 1850 y 1870, como capellán al ejército expedicionario francés, entre los imperios del siglo XIX, uno de los más activos. Es probable que esta crónica la haya escrito ya de regreso en Francia, ya en la década de los ochentas de aquel siglo.

Con un prólogo excelente a cargo de Marte R.Gómez, un ingeniero agrónomo tamaulipeco que participaría en la revolución y en los primeros repartos de tierra en territorio zapatista, y quien llegaría a ser secretario de Agricultura en el régimen posrevolucionario, el libro es una crónica de los acontecimientos provocados por la invasión francesa en 1862, centrado por supuesto en la batalla del 5 de Mayo. El abate escribió tres episodios de la expedición en México, el combate de Camarón, la batalla del Cerro del Borrego, y nuestra propia epopeya.

Hasta donde sabemos, en español sólo se ha publicado esta edición de los vencidos del 5 de Mayo.

Mundo Nuestro publica en dos tantos un extracto del relato de la batalla que, más allá de todos los lugares comunes de nuestro nacionalismo, encarrilla finalmente ese complejo proceso por el que el pueblo mexicano encontró su destino como nación.



… ¡Los franceses van a entrar!

Hay que franquear todavía un foso ancho y profundo… un obstáculo tan serio como imprevisto. Pero nuestros hombres se sienten electrizados a la vista de la bandera que ha sido plantada orgullosamente contra el borde de la contraescarpa, a unos cuantos pasos de las bocas de los cañonea mexicanos. El valiente que la conducía cae mortalmente herido por una bala. Un suboficial toma su sitio de honor y cae a su vez. Entonces, un zuavo de barba gris que tiene fama bien sentada de bravura y que gracias a ello puede llamar “mis muchachos” a sus oficiales empuña a su vez la bandera y la hace ondear por encima de su cabeza, con un gesto de desafío. “¡Vengan a buscarla!”, grita con voz de trueno. Pero de pronto, con un movimiento convulsivo, estrecha contra su pecho aquel tesoro precioso, se desploma y rueda con él hasta el fondo del foso.





Nuestros soldados acaban de bajar a las profundidades del último abismo que les separa del fuerte… ¿Tanto valor, tanto heroísmo, irán a estrellarse contra las murallas del viejo convento? Todas las miradas se tienden en busca de una brecha, por estrecha que sea. De una grieta, de una piedra sobre que apoyar el pie… Ya comenzaron a escalar… el uno monta sobre los hombros del otro… se profieren gritos… se comunica el ánimo…se da valor… Otros llegan… Se hacen nuevos esfuerzos… Resistid, mis muchachos, un poco más de resistencia… Vienen nuevos compañeros, que tienen también, como vosotros, la voluntad firme de vencer. Se recargan contra el muro las escalas traídas por los soldados del cuerpo de ingenieros; bajo un fuego terrible, al alcance de disparos que se hacen a quemarropa, nuestros valientes soldados suben al asalto… ¿Habéis visto jamás un hecho de armas? No, si no habéis participado en él como autores, en cualquier forma que sea. No hay simples curiosos, digámoslo así, para esas hecatombes, para esos esfuerzos supremos de la energía humana. Todos los que están ahí lo están para empuñar un fusil o blandir una espada, si no es que para recoger o bendecir a los caídos.

Ya he visto varios asaltos, he asistido también a varios de ellos. ¿Qué siente uno en medio y cerca de esos luchadores terribles? Yo creo que no se me podría responder sino en el instante y en el lugar mismo… Aun así, ¿podría explicarse con palabras lo que pasa dentro de uno? Dudo que sea así. Pero de todas maneras, con sólo pensar en ello, siento como un estremecimiento que gana todo mi ser. Podría quizás describir lo que me ha tocado ver en esos instantes solemnes, espantosos, supremos para la vida del hombre… pero decir lo que se siente… imposible y jamás. Todos los autores de dramas así de terribles repetirán lo que acabo de afirmar.

El general Negrete estaba en el fuerte con numerosos defensores a los que había reforzado con tropas enviadas desde el centro de la ciudad. Había diez piezas de artillería y obuses de montaña. Alrededor de la iglesia, un reducto defendido sólidamente por tres líneas de fuego superpuestas.



Desde lo alto de esas terrazas, que todavía paréceme que contemplo, los tiradores, protegidos detrás de sacos de arena, abrían brecha en la masa compacta de los asaltantes.

Ya comenzáis a comprender las fases de esta lucha terrible… podéis también ver a nuestros soldados descendiendo hasta las profundidades del foso. ¡Qué ir y venir…! Buscan por dónde llegar hasta las murallas… Animan mutuamente…Se llaman… Ved ahí a uno suspendido de una piedra que no sobresale apenas de las del resto del muro… Aquel otro que ha metido la mano en una grieta cualquiera. NO han dejado por eso sus fusiles… Otros se izan, se empujan, se sostienen… Se llega hasta lo alto, a pesar de la fusilería, a pesar de la metralla, que se dispara a boca de jarro… Se contemplan hechos de armas como difícilmente la historia volverá a registrar. Entre los dichosos que han llegado hasta lo alto del muro, está el clarín Roblet, de los cazadores… ¿Escucháis acaso con qué furia, entre una granizada de balas, les hace oír a sus camaradas las notas brillantes de la carga, de una carga propia para destruirlo todo, para ponerlo todo de cabeza para llegar a donde él está?

El clarín Roblet arrebata a sus compañeros… les da fuerzas a fuerza… se le obedece… se llega… hay cazadores y zuavos sobre el parapeto. Ved a esos rostros, a esas cabezas inclinadas hacia adelante que miran buscando a un enemigo. Algunas apenas si han logrado pasar la altura del parapeto con la cabeza o con el pecho cuando una bala los arroja a las profundidades que acaban de franquear. Pero no temáis que los demás se detengan… se sube, se seguirá escalando.

A esta altura se empeña la lucha cuerpo a cuerpo… Qué carnicería tan espantosa… qué encarnizamiento… La sangre corre a borbotones de las heridas anchas y profundas… Las armas chocan, se retuercen… caen hechas pedazos… la sangre corre a torrentes, esfuerzos inauditos en que el hombre ha de vivir un año, muchos años de su vida, en unos cuantos instantes.

Los defensores de la plaza son rechazados por un momento. Ved ahí a esos luchadores terribles sobre la cresta de las altas murallas, al borde de un abismo hasta el que han rodado cadáveres bastantes como para cubrir toda aquella profundidad siniestra. ¡Vedlos ahí, tal y como se ha dicho, leones rodeados de “chacales” que se creen sin embargo suficientemente numerosos como para vencer y devorarlo todo!... Le hacen frente a toda la guarnición que se precipita contra ellos.

Mientras que ese asalto prodigioso se empeña por la izquierda, la columna Morand ataca por la derecha de la posición. ¿Qué les va a suceder a esos muchachos intrépidos, listos siempre y en cualquier circunstancia a cumplir con su deber? Vamos a seguirlos. Se verá que ellos también han sido capaces de hacer prodigios. Y siempre, desde luego, tomando en cuenta que el terreno que tienen que recorrer está también lleno de hondonadas, cubierto de obstáculos de toda clase, sembrado de defensas naturales. De pronto ven ante sí, desplegados y perfectamente emboscados sobre la cresta que une los fuertes de Loreto y Guadalupe, cinco batallones de infantería mexicana que los reciben con un fuego violente de fusilería. ¿Qué importa? Se lanzan al ataque corriendo en línea recta al encuentro del enemigo. Pero en ese momento se descubren las baterías de Loreto, que hasta entonces habían permanecido silenciosas e invisibles y que baten el flanco de la columna de ataque.

El batallón de marina, la infantería de marina y una batería de montaña que habían estado de reserva se precipitan entonces en auxilio de sus camaradas. La batalla se reanuda con encarnizamiento entre aquellos combatientes que buscan la victoria a toda costa.

¡Llega un socorro!... ¿De dónde viene?... Una fuerza de caballería, que trae las insignias de los que forman la comitiva de Almonte, ha salido de Puebla por detrás del Fuerte de Loreto y corre hacia nosotros repitiendo mil veces el grito de: ¡Almonte, Almonte!... Son amigos que vienen… Nuestras filas se abren para recibirlos… Pero no es más que un ardid de guerra, son hombres de la caballería enemiga que cargan contra nosotros con obstinación. No hay ilusión posible… Aun así, se les hace frente con tanto vigor que tienen que regresar al fuerte.

Sin embargo, tomadas entre los fuegos cruzados del fuerte y de los cinco batallones tendidos sobre las alturas, nuestras tropas renuncian a prologar la resistencia frente a una avalancha de metralla y un enemigo tan numeroso y tan bien abrigado. Se repliegan detrás de las primeras anfractuosidades del terreno. Su concurso falta pues al ataque de la izquierda, que continúa desplegando esfuerzos heroicos, hasta el punto de que en las últimas filas de los defensores de Guadalupe, se discute ya acerca de si el fuerte deberá ser abandonado en manos de los franceses. Un camino cubierto que después pude yo seguir une el Fuerte de Guadalupe al de Loreto. Por ahí se hubiera podido descender hacia la ciudad. Sí, los defensores de la plaza fueron rechazados por breves momentos.

Hay patios y callejuelas entre las construcciones del viejo claustro… Levantaos vosotros, sombras de quienes los habitaron en la paz y en el silencio y que dormís hoy en sepulturas que fueron cavadas seguramente por vosotros mismos.

Contemplad esos héroes que vinieron de tierras lejanas. No temáis que hayan llegado para profanar vuestra última morada. No vienen a buscar tesoros ahí donde reposan vuestros huesos y vuestro polvo sagrado. Tampoco vienen a poner desorden en las sepulturas. No luchan contra los muertos ni contra los débiles. .. Vedles luchando contra seres vivos a quienes no quieren vencer sino para resguardar la libertad de los que os sucedieron, por el honor de vuestros altares en cuya defensa todavía muchos más habrán de caer… ¿Qué ha sido de los altares ante los cuales vosotros mismos rezasteis vuestras plegarias? Yo he visto por tierra muchas de esas piedras sagradas, las he visto rotas, profanadas, informes entre el polvo y la desolación de los caminos. ¡Levantaos, pues! Admirad a los defensores de vuestra fe y de la independencia de vuestros hermanos… ¡levantaos!… y orad…

Algunos de nuestros soldados han logrado llegar, a pesar del fuego y del hierro, hasta el laberinto de las viejas construcciones. La lucha se redobla… hay encarnizamiento… matanza…

El número acabó por imponerse… Nuestros soldados han muerto, pero cumpliendo valientemente con su deber. ¿Un hombre de paz puede decir siquiera que gozaron del consuelo glorioso de unos funerales brillantes?... Dormid, hijos míos, dormid vuestro sueño de paz. Yo vendré a bendeciros y a rezar en vuestra tumba gloriosa.

Un solo hombre escapó. ¿Puedo decir que fue de un calvario? No, prefiero llamarlo glorioso Tabor. Fue el clarín de los bravos cazadores de a pie que, parado sobre las trincheras, lanzaba a sus camaradas las notas arrebatadores de la carga. Ya dije el nombre de este héroe, pero lo repito aquí. El nombre de Roblet, del Séptimo de Cazadores, debe pasar a la historia…

Señor general comandante en jefe, ¿es un fracaso el que acaban de sufrir vuestros soldados? No; para vos, el resultado de esta primera tentativa no puede ser dudoso. Por eso no perdéis el ánimo. Por eso mismo tomáis ya un nuevo partido. Comprendiendo la debilidad de la artillería con que contáis y habiendo intentado inútilmente escalar las alturas, franqueando así los obstáculos que se ofrecían a cada paso, la habéis condenado a una lamentable inacción… Sin embargo, todavía podéis aspirar a la victoria. Así está bien, mi general… Hay que saber aceptar las peripecias de una batalla sin dejarse dominar por ellas. Para un comandante en jefe la serenidad representa siempre la posibilidad de hacer nuevas combinaciones o, mejor todavía, de seguir hasta su culminación un plan que se haya elaborado previéndolo todo, pero con subordinación a las eventualidades que pueden presentarse de manera inopinada.

Ahora bien, general, desviad vuestras miradas por un instante de las pendientes de Guadalupe. ¿Qué pasa en la llanura? Dos compañías del Primero de Cazadores que manda el capitán Lellier han permanecido en línea de tiradores, en la retaguardia de ese batallón que sube al asalto. Le hacen frente a los jardines de Puebla y deben proteger el flanco de sus camaradas. Pero de pronto son asaltados por una nube de jinetes mexicanos. Reunirse, al paso veloz, alrededor de su jefe; hacerle frente al enemigo, formando cuadro; presentarle, con sangre fría, un muro inquebrantable, es para nuestros soldados cuestión de un momento. Los escuadrones enemigos que avanzan al galope tendido vienen a estrellarse contra las bayonetas de los cazadores sin abrir una sola brecha en esta muralla erizada de acero. Una segunda carga es rechazada del mismo modo y nuestra ciudadela humana permanece inconmovible. Los huecos que pueden abrirse al chocar contra 1 400 o 1 500 hombres de a caballo se cierran al instante. ¿Cuántos son nuestros cazadores? ¡Alrededor de 130!... Lo cual prueba que en un combate cuentan más el valor y el heroísmo que el número.

El general Lorencez, al rendir parte, dirá:

Esas dos compañías se defendieron de tal modo, que no sabría yo si debería admirar más a los que avanzaron para hacerle frente al fuego de Guadalupe, o a los cazadores que, sin impresionarse por el número de los enemigos que los rodeaban, se agruparon con la mayor serenidad, matando y acabando de dispersar a los hombres de a caballo que los atacaban.

El general Lorencez se prepara para ordenar un nuevo ataque contra la plaza. Quiere lanzar contra Guadalupe dos compañías de zuavos que han permanecido cerca de él, como reserva, a media cumbre; dos compañías que esperan impacientes, según se debe pensar, lanzarse sobre aquellas murallas desde las que Roblet los convoca con notas agudas y heroicas; Roblet, al que las balas siguen respetando… Roblet, que es una bandera y que es en aquel momento el resumen de lo que representa el valor y el genio de Francia. ¡Cómo se veía hermoso aquel clarín del Primero de Cazadores sobre esa muralla, sobre esas trincheras de las que se había hecho dueño! Él mandaba, se le obedecía.

Lorencez preparaba una nueva tentativa, cuando una circunstancia fatal vino a echar por tierra y a dejar para más tarde ese laurel de la victoria que nuestro ejército estaba a punto de alcanzar con mano valerosa y palpitante. Lo que ocurrió fue que en la atmósfera se produjo uno de esos cambios bruscos como sólo se contemplan en las regiones tropicales. Un negro velo monta y se extiende y se hace rápidamente más espeso bajo aquel cielo extraño. Con él camina algo así como una oscuridad de noche cerrada. El viento del sur sopla con violencia. Y se desata de pronto una tempestad de polvo y de arena. A unos cuantos pasos de distancia no se puede distinguir lo que ocurre ni lo que pasa.

… Esta primera tempestad pasa tan rápidamente como el viento que la arrastra… ahora se creería estar bajo una bóveda sombría que se apoyara sobre las frentes fatigadas y canosas de esos gigantes del mundo que han surgido de la inmensa planicie y que son el Popocatépetl, el Iztaccíhuatl, la Malinche y el Pico de Orizaba… ¿Cuál es su profundidad?... En unos cuantos minutos se desploma… Y en medio de sus ruinas, de sus avalanchas, se ven círculos inmensos de fuego que parecen multiplicarse. Se hacen más grandes los estruendos del trueno que repiten con fidelidad y con furia los ecos de la montaña. Unidos a esos sublimes horrores, el tronido del cañón se escucha mezclado con las voces formidables del cielo… Los disparos de los cañones y los obuses estallan sobre las rocas, o en el curso de sus parábolas, que parecen continuar los surcos de fuego… que surgen de las nubes… La obra de Dios… confundida con la de los hombres… Voz de Dios que llevará siempre la primacía sobre las voces que él permite a la materia… Y el cielo descarga en torrentes de lluvia y granizo.

Si no habéis visto esas tempestades que comienzan por un huracán, por esos terribles remolinos de polvo y arena, por esos relámpagos tremendos… Di no habéis visto, después, el granizo y la lluvia cayendo como un diluvio, no podréis formaros la menor idea de ello.

Vosotros, que estuvisteis en el campo de batalla que se extendió desde Castiglioni hasta Solferino y Volta, ¿os recordáis de esa terrible tempestad que vino, por decirlo así, como mensajera del cielo, para anunciar con su voz potente que había que terminar? Muchos muertos y muchos agonizantes habían quedado esparcidos sobre las llanuras de la Lombardía… Y el cañón francés y el cañón austriaco siguieron por mucho tiempo pugnando por hacerse oír junto con la voz de Dios, para que su estruendo fuera repetido por los últimos picachos de los Alpes que incendiaba el rayo y desgarraba el alma. Por cuanto a mí, pequeño ser perdido en medio de los muertos que bendecía y de los agonizantes que consolaba por la última vez, aún recuerdo todos aquellos desgarramientos de la naturaleza y todos los estremecimientos de nuestros altivos batallones, que a toda costa, incluso bajo un cielo que parecía desplomarse, luchaban por conseguir la victoria… ¡Porque a veces para el Todopoderoso ésta es la manera como transmite sus órdenes y su voluntad soberana!

Aquí, pues, y con toda la potencia y la furia de las regiones tropicales, los elementos conspiraron contra nosotros. Ya comenzaron su nefasta obra en el mismo campo de batalla, desde los primeros instantes de su terrible tormenta. El rayo ha herido y hecho astillas un pino que crecía solitario en la cresta de la montaña. El estruendo del cañón aterroriza, pero se habitúa uno a él. ¿Puede uno habituarse, en cambio, tan repentinamente el estruendo del rayo? Los elementos impresionan más que la cólera de los hombres, cualquiera que sea el medio que éstos puedan emplear.

Los mexicanos, en medio de esta terrible sacudida de la naturaleza, no oponen ya más que una resistencia débil. Nuestros primeros soldados, que habían llegado hasta las murallas y hasta los puntos avanzados de Guadalupe, habían muerto o estaban mortalmente heridos. Los que han sido lanzados a su rescate, los que han permanecido a escasos cien metros, no habrían dejado de llegar seguramente de llegar hasta el interior del fuerte… Pero el viento y un polvo espeso lo ocultan todo a sus ojos… Y esas nubes que, después de haberse reunido, como si fueran montañas negras y profundas, compactas y furiosas, se entreabren y vierten torrentes de granizo y lluvia… Las pendientes se hacen de tal manera resbalosas que los hombres apenas pueden permanecer de pie. Los zuavos y los cazadores emprenden un último esfuerzo, un esfuerzo supremo, sublime, contra los elementos desencadenados, contra los obstáculos que sin cesar renacen… El suelo parece faltarles bajo los pies… Para no ser arrastrados por el torbellino que no cesa, por ese viento tempestuoso, vedles aferrarse a las rocas que surgen de la tierra, a los arbustos espinosos que desgarran y ensangrientan sus manos… Su voluntad los lleva adelante… Pero parece como si todas las potencias enemigas los hubieran clavado, inmovilizándolos para privarlos de la victoria que tanto merecían.

¡Valientes muchachos!... ¡Fuerza es deteneros al momento en que ya estabais por alcanzar la victoria!... ¡Fuerza es deteneros!... Pero no, a pesar d todo y contra todo, yo los vi luchar todavía. Los hubo, en los últimos momentos del combate, que llegaron a estar en los fosos; ahí no hay más que cadáveres… Quieren escalar las rocas, los muros que los separan del enemigo. Pero ahí está la tormenta que paraliza sus voluntades. La resistencia humana tiene límites. La voluntad, sobre todo una voluntad como la de estos bravos soldados, ¿lo podría entender?, no… Pero la voz de mando estaba ahí para indicárselos, para mostrárselos, en resumen.

¡Son las 4 de la tarde!... ¡La última hora para los muertos!... ¡Las 4 de la tarde!... Y todo terminó para los héroes que cayeron. Ante la imposibilidad de sostener la lucha por más tiempo, Lorencez ordena que se toque retirada. La orden llega apenas a los oídos. Pero todos la comprenden bastante como para obedecer. Y… ¡obedecen!!!

Descended, mis muchachos. Habéis luchado noblemente en uno de los combates de Francia. Retiraos, pues, tristes indudablemente, pero no creáis que habéis sido vencidos por hombres que son vuestros semejantes. Había una resistencia que no precedía de ellos y que venía de más allá.

He aquí lo que decía el general en jefe en su orden del día:

Cuando me di cuenta de que era imposible prolongar por más tiempo la heroica lucha en que estábamos empeñados, hice descender los batallones que la sostenían aprovechándome de los accidentes del terreno hasta detenerlos al pie del cerro para que tomaran nuevamente sus mochilas. Quedaban por evacuar los heridos que,, durante el combate, había hecho llevar hasta la granja situada a 2 200 metros del fuerte. Los hice salir en pequeñas fracciones, para evitar el fuego de la artillería mexicana, que seguía disparando sobre todos los grupos. Cuando esta operación quedó terminada, la noche estaba ya a punto de caer. Nuestras tropas se retiraron hasta nuestro campamento por escalones, en el mayor orden y sin que el enemigo se atreviera a avanzar contra ellas.

Se había comenzado la marcha a las 5 de la mañana. Se combatía desde el mediodía. Y tan lejos como pudieron todavía alcanzar a nuestros batallones, los proyectiles mexicanos los siguieron en nuestra retirada. Sí, había tristeza en las miradas y en las palabras. Nuestros soldados habían descendido con paso tranquilo y bien medido de las mismas alturas que habían escalado por la mañana abrigando tantas esperanzas… Muchos compañeros, allá arriba, dormían el sueño de la muerte.

La noche tendió su velo sombrío, velo de duelo, sobre el campo de batalla y ocultó ante los ojos del enemigo a las columnas francesas. Se hizo el silencio en los fuertes. En la planicie se escuchaba el rodar de nuestras carretas y de nuestra artillería, lo mismo que el ruido acompasado de la marcha de nuestros soldados… A las 9 de la noche llegamos a nuestro campamento, montados a caballo sobre el camino que conduce de Amozoc a Puebla, y al pie de las tres eminencias desde las cuales nuestras avanzadas podían vigilar la planicie. La ambulancia se instaló en la Hacienda de los Álamos.

Las naciones tienen derecho de interrogar sobre el saldo de un día de batalla. Permítaseme que yo proporcione el de la Batalla del 5 de Mayo. Sobre 2 500 hombres que subieron al asalto, cerca de 500 han quedado muertos, heridos o prisioneros en poder del enemigo.

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