Historia

Mundo Nuestro. Esfuerzos periodísticos como el que se realiza en el portal Lado B (ladobe.com.mx) merecen resaltarse. Y más ante ejercicios que exploran alternativas para la construcción digital del periodismo narrativo. Es el caso del reportaje multimedia que han dado a conocer este fin de semana:

Fábrica de Mayorazgo: hilando historias de la Puebla textilera

Es una propuesta elaborada por las reporteras Aranzazú Ayala, Samantha Páez, Martina Žoldo y su compañero Luis Colchado. Y tiene en el testimonio de tres extrabajadores de la desaparecida fábrica de Mayorazgo, a la orilla del río Atoyac, el punto de arranque de lo que se propone como la construcción de una historia colectiva.

Es la memoria de un derrota. Es la suya una historia triste: permite entender la derrota del mundo textil poblano construído en el siglo XIX en las postrimerías del siglo que recién terminó. Las ruinas que la reseña gráfica de Luis Colchado presenta son la prueba de una catástrofe social y cultural de la que no somos conscientes. Te invitamos a conocerla en este muy buen ejercicio periodístico alernativo.



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ZAPATA Y LA REVOLUCION MEXICANAResultado de imagen para john womack zapata y la revolución mexicana

Womack regresa a Zapata



En un prólogo notable por su rigor y su brillantez, John Womack ha entregado al Fondo de Cultura Económica la edición corregida y repensada de su clásico Zapata y la Revolución mexicana.

Womack corrige con delicadeza, pero con rotundidad, lo que siente la imprecisión mayor de la traducción española, a estas alturas canónica, de su obra.

Los lectores de Womack en español recuerdan, algunos hemos citado muchas veces, las primeras líneas de su historia. “Este es un libro acerca de unos campesinos que no querían cambiar y que por eso mismo hicieron un revolución”.



El texto original en inglés dice: “This is a book about country people who did not want to move and therefore got into a revolution”.

El sentido de este memorable párrafo inicial, nos dice Womack, no es que la gente del campo de Morelos no quería cambiar, sino que no quería mudarse: dejar sus tierras, irse a otro lugar, desarraigarse.

“La traducción al español”, abunda Womack, “pudo haber sido ‘no querían dejar sus pueblos’ o ‘no querían irse de donde eran’. Definitivamente, no pensaba entonces (ni he pensado nunca) que ‘no querían cambiar’”.

No querían mudarse física, territorialmente, cultural, anímica ni históricamente. No querían salirse de las tierras y los pueblos donde habían vivido por generaciones, pero el avance predatorio sobre sus tierras de las haciendas azucareras de la época, increíblemente modernas, los habían puesto en pie de resistencia y, poco después, en pie de guerra.

Porque no estaban dispuestos a mudarse de su forma de vida, entraron paso a paso en un movimiento que coincidió, inesperada, imprevisiblemente, con otras revueltas, otros desacomodos regionales que confluyeron en el gran río revuelto de lo que llamamos la Revolución mexicana.

No imaginaban destino tan singular, señala Womack, y este destino inesperado, esta épica no buscada, que estaba, sin embargo, reservada para ellos, siguió su curso a través de ellos y se hizo historia como se hace la historia: sin que los que la hacen sepan bien de dónde vienen ni a dónde se dirigen.

A la manera del dicho de Pasternak: “Nadie hace la historia, no se la ve, como no se ve crecer la yerba”.

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La mirada de Zapata

Cuando uno ve la foto canónica de Emiliano Zapata que nos mira de frente, con el brillo oscuro en los ojos, los labios sensuales, la frente ancha, las cejas y los bigotes poblados, ¿qué ve?

¿Un indio puro? ¿Una mezcla de indio y español? ¿O una mezcla distinta, propiamente mexicana: de indio con blanco y con negro, en sus infinitas variaciones morenas?

El rostro de Zapata esconde el misterio de la desaparición virtual de la población negra en el territorio mexicano, una población que llegó a ser, a fines del siglo XVIII, la quinta parte de la Nueva España.

La presencia de aquella población negra está clara en la taxonomía novohispana de las castas, guiada por la obsesión de la pureza de sangre, de cuyos matices y retratos la revista Artes de México ha hecho una edición extraordinaria.

La enorme población negra de México se fundió hasta diluirse, promiscua y libremente, en los bajos estratos de lo que Molina Enríquez llamó el “mercado de la carne” de los siglos XVIII y XIX. Esa población persiste como tal en el México de hoy en algunas zonas de refugio, como las llamó Gonzalo Aguirre Beltrán, algunos pueblos negros de Guerrero y Veracruz, y en todas las variantes de la “morenidad mexicana”, el color de la inclasificable “raza de bronce clang clang” de que se burlaba en los 80 Carlos Monsiváis, prototipo por excelencia de este plurimestizaje.

En el prólogo a su nueva edición de Zapata y la Revolución mexicana, del Fondo de Cultura Económica, John Womack se retira de la noción indígena de la rebelión del sur y se asoma, iluminadoramente, al afluente negro, no solo de rebelión zapatista, sino de la historia misma de México. “África en México parece desvanecerse a partir de la Independencia”, escribe Womack. “Ya no entraron africanos a México, ni como esclavos ni en otra condición. Pero los mexicanos de ascendencia africana seguían en México, visibles durante una generación más (ahí están el cura y general Morelos, Vicente Guerrero, Juan Álvarez y sus “pintos”). En la mayoría de los lugares, sus hijos y nietos, cada vez menos ostensiblemente africanos (¡Juan N. Almonte!, hijo de Morelos, ¡Vicente Riva Palacio y Guerrero!), ya no reconocidos como de origen africano, se fueron fundiendo con la población mexicana general”.

También con la de Morelos. Y con su rebelión de 1910.

La rebelión negra de Morelos

La rebelión de los pueblos de Morelos no fue una rebelión indígena, aunque muchos indígenas de los pueblos acudieran a la rebelión, dice John Womack, en el notable prólogo a la nueva edición de Zapata y la Revolución mexicana, publicada por el Fondo de Cultura Económica.

Si hubiera sido solo una rebelión indígena, dice Womack, la revuelta zapatista no habría podido dar el salto hacia la arena nacional.

Habría sido la historia de 60 o 100 revueltas, encendidas y apagadas en su propia llama local, como tantas otras rebeliones indígenas de los siglos XVIII y XIX.

Lo que hizo que esas revueltas salieran de sus fronteras locales y se generalizaran, sigue Womack, no fue el afluente indígena, sino el africano. Cito:

Desde los cimarrones, emigrantes y refugiados que salieron de los valles de Cuautla, Yautepec y Tetecala para hacerse de un lugar a lo largo del Balsas, hasta los pintos de la Costa Grande que siguieron al mulato José María Morelos y luego al mulato Vicente Guerrero durante la guerra de Independencia, y más adelante a Juan Álvarez en contra de los hacendados azucareros de Morelos, y luego los vengadores de Chiconcuac San Vicente en 1856, pasando por sus nietos, hasta llegar a las fuerzas revolucionarias de Tlaltizapán y Tlaquiltenango en 1911, todos estos mestizo-mulato-moreno-pardo-chino-zam- bahigo-zambo-cafres fueron el auténtico núcleo y la fuerza viva de la desafiante, expansiva y explosiva rebeldía específicamente sureña.

Womack arriesga una compleja disquisición conceptual sobre la enajenación y la esclavitud de las plantaciones del sur en su mezcla con los pueblos vecinos, y una conmovedora reflexión sobre el esclavo como aquel que es nada y no está atado a nada, salvo a su decisión interior de decidir en quién confía, con quién se reconoce igual en su mundo sin derechos ni nombre ni lugar ni arraigo.

Lo explosivo es la mezcla del esclavo libre de la plantación, que no es nadie ni tiene lugar propio, con los pueblos indígenas vecinos, sujetos de derechos coloniales sobre un territorio preciso: montes, tierras, aguas. Se mezclan ahí el desarraigo y el arraigo, la tradición y la libertad.

Esta mezcla es la que hace potente y expansiva la revuelta agraria de Morelos. Y lo que la hace universal: porque pelear por las tierra en todas partes, no solo en el propio pueblo, es pelear por el derecho universal a la tierra: a estar en la tierra.

El aleph racial de Morelos

El alegato de Womack sobre la dimensión africana (negra, mulata, parda) de la rebelión indígena de Morelos es pertinente para la reflexión larga, racial y cultural de México.

Womack está apuntando a uno de los grandes fetiches, una de las grandes mistificaciones de nuestra conciencia histórica. A saber, nuestra noción del mestizaje como un asunto que se salda en la cama engendradora de un español y una india (no recuerdo un ejemplo de la cosa al revés: un indio con una española).

Pablo Escandón, el hacendado mayor derrotado por los zapatistas, olió muy bien el fondo de “cafrería” que había en la revuelta de Morelos. Andrés Molina Enríquez reconoció en 1920 que Zapata tenía “un quince por ciento de sangre negra”, lo cual lo convertía en un “mestizo triple”, dice Womack, un supermestizo.

Nada quedó de aquellos linajes de la cafrería en la fabricación del estereotipo mestizo que José Vasconcelos consagró en La raza cósmica.

Desde entonces, sigue Womack, durante décadas, ni los intelectuales mexicanos ni los extranjeros se preguntaron por alguna significación específica de los mulatos para la historia o la sociología mexicanas. La papilla cripto-positivista en que convirtieron (y siguen convirtiendo) el mestizaje, es una estrecha y simplista ficción genética. Fue y sigue siendo un error crítico acerca de México entre 1820 y 1960.

La “papilla” de la buena conciencia mestizófila ha echado a los negros de la ecuación. Y con ellos ha echado un velo sobre la experiencia histórica de la esclavitud en las capas profundas de la identidad mexicana, tan ostensiblemente marcada por una hipócrita pero sustantiva discriminación racial.

La vertiente afro de nuestra historia aparece ahora en la visión de Womack como indispensable para entender la rebelión agraria de Morelos, uno de los pilares de la memoria histórica de México.

Lo que esta restitución sugiere es que, no solo en el zapatismo, sino en la historia toda de México, la idea de mestizaje debe ser sometida a una cabal revisión que incluya la poderosa vertiente negra de nuestra historia, a la vez visible e invisibilizada en todas partes.

El aleph racial de Morelos es en muchos sentidos el de todo México.

Los zapatistas no eran “campesinos”

Una corrección fundamental de John Womack a la nueva edición de su Zapata y la revolución mexicana restituye un alegato de la edición original en inglés.

Ahí Womack dedicaba parte del prólogo a explicar que no había usado en su libro la palabra peasant (campesino), salvo en citas de otros autores, porque la categoría “campesino” le parecía a la vez reductiva y vaga.

En inglés se refiere a gente que vive de labrar el campo, y la historia de Womack era no solo sobre este tipo de trabajadores rurales, sino sobre los pueblos en general, sobre “la gente del campo”.

La palabra “campesino”, en los tiempos en que Womack investigó y escribió su Zapata, tenía el tufo burocrático de las clientelas campesinas del PRI: el “sector campesino”, la “Central Nacional Campesina”, etcétera.

Los pueblos de Morelos de 1910 que él estudiaba nada tenían que ver con esa subordinación burocrática, y no quería mezclarlos lingüísticamente.

Hay otra buena razón para rehusar la palabra campesino como categoría englobadora del zapatismo. Es la frecuente caracterización académica o analítica de la Revolución mexicana como la lucha de unos ejércitos “campesinos derrotados”, los de Zapata y Villa, contra los ejércitos norteños ganadores: los constitucionalistas y los sonorenses.

Pero en el libro de Womack no hay un movimiento campesino “derrotado”, sino una rebelión por la tierra que empezó en 1910 y que en 1920, justamente con la llegada de los sonorenses al poder, ganó todo aquello por lo que había peleado. Por unos años los zapatistas fueron al fin dueños políticos de su estado, hicieron las leyes y los cambios en la propiedad rural que querían, vencieron a los hacendados. En una palabra, como dice Womack: heredaron Morelos.

Entre guerras y epidemias, en particular de la influenza en 1918, los pueblos de Morelos perdieron en su década revolucionaria dos de cada cinco habitantes. Pero su alianza con Obregón, que tomó el poder alzándose contra Carranza en 1919, y al que los rebeldes del sur cobijaron en su huida y llevaron en triunfo a Ciudad de México, les pagó con el poder político sobre su tierra.

El zapatismo de aquella década no fue un “movimiento campesino derrotado”, sino un movimiento popular que triunfó en toda la línea.

Mundo Nuestro. Mirar la muerte del Che Guevara en el aniversario cincuenta de su muerte trágica. Y hacerlo desde los ojos ancianos de Moisés Abraham Baptista, el médico que recibió su cuerpo yerto en el hospital de Valle Grande.

Entender las posibilidades del relato literario desde la memoria alucinada de un viejo en su casa de Puebla que recrea un capítulo fundamental para la historia mágica y realista de América Latina, concentrada en la figura mítica del revolucionario muerto en la montaña boliviana en aquel octubre de 1967.

Periodismo y literatura, en esa encrucijada se maneja la escritora mexicana Beatriz Meyer para contar esta abigarrada trama por la que se despliega la memoria de Moisés Abraham, convertido en personaje de su propia novela.



A principios de 2015 recibí una llamada de una persona cercana a mí, amiga del doctor Moisés Abraham, oncólogo famoso de Puebla. Mi conocida me explicó que el doctor quería apoyo para escribir sus memorias. En ese momento me imaginé una historia llena de encuentros con células malignizadas, mastectomías y vidas salvadas gracias a la oportuna intervención del especialista. Nunca imaginé que la trama que me narraría el fundador del área de oncología del Hospital Universitario de la Universidad Autónoma de Puebla sería la parte final de un epopeya que empezó en 1967 en Jesús y Montes Claros de los Caballeros del Valle Grande, o simplemente Valle Grande, una pequeña ciudad situada en el departamento de Santa Cruz, al sureste de Bolivia.

La primera impresión que me dio el doctor Abraham fue de total desánimo. Un accidente cerebro-vascular lo había dejado con algunas secuelas; su lento y cuidadoso desplazamiento por los espacios abarrotados del comedor donde había instalado su oficina de médico retirado reflejaba las largas horas de rehabilitación y cuidados en aras de un mejoramiento de su calidad de vida. De pronto vislumbré el tipo de “trabajo” para el cual me había recomendado mi amiga: ayudar al doctor a reordenar documentos, fotografías, recuerdos. Tras media hora de charla, sin embargo, se hizo patente que el galeno deseaba una pluma solidaria para la redacción de sólo una parte de su biografía. Antes de mí, otras personas habían llegado a revisar los documentos y a organizar un primer borrador de esa historia. Así que no se trataba tampoco de convertirme en su ghost writer. En sucesivas visitas llegué a la conclusión de que en realidad el doctor había arribado a la edad en que se ve claramente la otra orilla y, por lo tanto, deseaba desvelar –frente al público– un secreto que lo había atosigado a lo largo de casi 50 años: la verdad sobre su participación en la muerte de Ernesto “Che” Guevara.



Personal médico y enfermeras del Hospital Nuestro Señor de Malta de Vallegrande en 1967. Foto del archivo personal del doctor Moisés Abraham.

Conocer detalles de ese episodio tan controvertido de la historia de Latinoamérica me entusiasmó, y ya sin reparo alguno puse manos a la obra en la revisión de todo el material: incontables revistas, libros, biografías, fotografías tomadas por el mismo Moisés Abraham en el lugar de los hechos, apuntes previos. También, por supuesto, lancé pregunta tras pregunta a un hombre que –supuse en primera instancia– se encontraba limitado, por su condición, a responder poco y mal hilado. Los médicos, ya se sabe, son proclives a hacer diagnósticos sobre la gente aun sin venir al caso. Creí que su actitud reticente y cortante en muchas ocasiones se debía a la falta de confianza en mi persona y en el delicado asunto que fuimos desbrozando en largas tardes de charlas sin orden ni concierto. Tratando de encontrar un sentido de rumbo, en una de las sesiones le pregunté si había un tema dominante en ese mar de datos, un recuerdo obsesivo, doloroso. Él me contestó con toda certeza que había, sí, algo más que un recuerdo: una prenda del Che, la camisa que llevaba puesta en el momento de su fusilamiento. ¿Usted la tiene, doctor?, pregunté a sabiendas de que podía ser un juego de su mente maltratada por el deterioro neuronal. Sí, afirmó de manera categórica, sin titubeos, como sin titubeos me expresó en varias ocasiones su deseo de entregarla a quien se interesara por ella, a cambio, claro está, de un precio satisfactorio para ambas partes. La camisa, me dijo, se encontraba a buen resguardo en una caja fuerte, pero me la podía mostrar en ese momento. Barajó entonces un mazo de fotografías y me exhibió una instantánea de algo que parecía una prenda de ropa arrugada y sucia que alguien, de buena voluntad, quiso extender sobre una mesa para que recuperara su forma original. Una camisa, se podría decir, más ennegrecida que ensangrentada.

El cadáver del Che Guevara sale de la escuela de la Higuera hacia el helicóptero que lo trasladará a Vallegrande. Foto tomada de internet.

La autopsia

Tan enfáticamente como me informó lo de la camisa del Che, el doctor Abraham me explicó –sin que yo se lo preguntara– que él no le había practicado la autopsia al cuerpo del guerrillero argentino. Que sólo había realizado un reconocimiento visual del cadáver, así como un reporte de las heridas de bala. Por supuesto, los militares le habían ordenado que dicho reporte reflejara una situación distinta a la que marcaban las heridas. Querían que el certificado médico avalara la muerte “en combate”, y no por fusilamiento sin previo juicio. Deseaban borrar el asesinato, pues. Y él no participaría de ese engaño, punto. Tampoco había participado del corte de las manos. Ese tema tan delicado nos llevó algunas sesiones después de las cuales deduje, con toda convicción, que el doctor Moisés Abraham sólo había indicado el lugar donde debía hacerse el corte en las muñecas del cadáver. Pero él no participó, insistía. De hecho, se había negado a que también se cortara la cabeza del guerrillero. “Para identificación basta con las manos”, recordaba haber argumentado. Muchos años después, la mutilación del cadáver del argentino tuvo consecuencias funestas: Monika Ertl, “la vengadora del Che”, una alemana perteneciente al Ejército de Liberación Nacional de Bolivia (creado por el mismo Che Guevara en 1966), asesinó al hombre que ordenó tamaña salvajada: el cónsul boliviano en Hamburgo, Roberto Quintanilla Pérez, “Toto Quintanilla”, quien en 1967 era coronel del ejército boliviano.

Doctor Moisés Abraham (izquierda) , director en 1967 del Hospital de Valle Grande, Bolivia. Foto: Archivo personal del doctor Abraham.

La maldición del Che

Como es bien sabido, una especie de estigma cayó sobre aquellos que participaron de manera directa en la captura y asesinato del Che: muchos murieron de manera trágica, uno, dicen, se volvió loco y otro cayó en una silla de ruedas. La gente empezó a llamar a la retahíla de accidentes y asesinatos “la maldición del Che”, ya que estaba aún muy fresco lo acontecido en La Higuera y Valle Grande. La amputación de las manos del guerrillero, por otra parte, así como la sustracción de sus objetos personales, entraron en esa extraña sucesión de accidentes y muertes aparatosas debido al misterio que envolvió el viaje de las manos, navegando en un frasco de formol, hacia la URSS; no sin antes reposar la infamia de que fueron objeto en un lugar secreto dentro de la casa de un miembro del PC boliviano.

René Barrientos, presidente de Bolivia, por ejemplo, murió en un accidente de avión en 1969. Honorato Rojas, campesino que delató al grupo guerrillero y lo llevó a una emboscada en la que perdieron la vida varios miembros de ese grupo, fue ejecutado por supuestos seguidores del Che. Roberto Quintanilla, coronel del ejército que, como menciono líneas más arriba, ordenó cortar las manos al guerrillero más icónico de la historia de Latinoamérica, fue asesinado por una mujer de nacionalidad alemana. La anécdota de cómo la joven se logró colar hasta el mismo despacho del ya entonces cónsul de Bolivia en Hamburgo, así como su posterior huida, es mucho más interesante que el disparo con el que acabó la vida del sanguinario “Toto” Quintanilla. Andrés Selich, colérico y sangriento coronel del ejército boliviano, murió apaleado por miembros de su mismo ejército en 1973. Juan José Torres, Jefe del Estado Mayor, quien recibió la orden de preparar el fusilamiento del Che y que en 1970 asumió la presidencia de Bolivia, fue asesinado por paramilitares argentinos, en 1976, por órdenes del dictador Videla. Joaquín Zenteno Anaya, abogado con el grado de coronel en ese entonces, quien se robó el fusil M-1 del guerrillero, fue asesinado en París en 1976. Gary Prado, capitán del ejército boliviano que comandó la patrulla que fusiló al Che, quedó paralítico de por vida.

Mario Terán Salazar, el soldado que ejecutó al Che, ha negado siempre su papel en el fusilamiento; sin embargo, ha sufrido toda su vida el acoso de periodistas e interesados en saber la verdad. Muchos afirman que todavía escucha, en momentos de delirio, las ráfagas de metralleta con las que liquidó la vida del Che, en cumplimiento de la orden: “Saluden a papá”.

Ernesto “Toto” Quintanilla, primer oficial a la izquierda. Foto de Marc Hutten, publicada en la revista LIFE.

Quizá demasiado consciente de dicha maldición, el doctor Abraham Bautista negó siempre su participación directa y voluntaria en la desacralización del cuerpo del guerrillero argentino. Él, como militar, aseguraba, debía cumplir las órdenes que le daban sus mandos superiores. Y ahí justo me empecé a preguntar muchas cosas que a lo largo de todo un año no acabaron de resolverse debido a que –según me parecía a mí- el doctor se centraba en un punto que me rebotaba en la conciencia: vender la camisa a quien diera más por ella. El relato de cómo la había obtenido me parecía fascinante, tal vez por su planteamiento novelesco, muy alejado del que ahora leemos en la versión de dos periodistas poblanos que, de seguro, no compraron la camisa, pero sí consiguieron la verdad, es decir, la versión final de una historia que nunca salió por completo a la luz porque tenía un precio al que nunca le llegaron ni las presiones de Paco Ignacio Taibo II cuando entrevistó al doctor para su extensa biografía del Che, ni las cámaras de Televisa que llegaron hasta su casa en Puebla para hacerle una entrevista francamente mala. Las preguntas de la entrevistadora recibían respuestas evasivas, silencios. La tensión entre el entrevistado y la entrevistadora era evidente. Ella quería saber, preguntaba y el médico omitía datos que podrían ser oro. El reputado oncólogo sabía mejor que nadie lo valioso de su información, y por eso prefirió irse por las ramas.

Esa tarde en que sus familiares me invitaron a ver la grabación en VHS de dicha entrevista en la sala-comedor de la casa, fue la última de mis sesiones de trabajo con el doctor Moisés Abraham. Luego de presenciar esa lamentable pieza de trabajo periodístico, supe que la obsesión del doctor era vender la camisa, y la información, a un buen comprador. Eso era lo único claro de mi experiencia como amanuense de una épica que llegaba a su fin. O eso creí. Porque lo que sí supe durante mis visitas a la casa de la familia Abraham –y por otras informaciones periodísticas y personales– fue que el doctor realmente no guardó, en relación a su intervención en la muerte de Ernesto Guevara, el esmerado silencio que pretendía. Lo hace constar así el interesante artículo de Mary Carmen Sánchez Ambriz, publicado recientemente en la revista Nexos, que nos proporciona, desde una visión inteligente, datos puntuales y poco conocidos sobre los hechos ocurridos luego de la captura del Che, y nos revela que el doctor Abraham de vez en cuando ha estado tentado de expresar esa parte de su biografía que tanto lo compromete con esos hechos. Y no sólo ha contado a periodistas ciertos detalles de su papel al frente del hospital al que llevaron en helicóptero el cadáver del Che, también sus alumnos de la facultad de Medicina de la BUAP, o los que lo conocieron como director del ahora HU, fueron depositarios de pequeñas o grandes, completas o parciales confidencias de su actuación aquel 10 de octubre de 1967. Entre varios de ellos, una de sus alumnas, sólo unos cuantos años después de los sucesos de Valle Grande, en los primeros años de la década de los 70, que conoció de labios de su profesor su versión (la de ese entonces) de los hechos y de su implicación en ellos. Años después, ella convertiría esa confidencia en un cuento.

Pero reticente o generoso con reporteras audaces, alumnos interesados o escritoras dispuestas a empeñar su pluma en el intento de registrar sus diferentes versiones de los hechos, lo cierto es que el galeno boliviano supo identificar a quienes pretendían obtener su testimonio para una difusión mayor a la que él estaba dispuesto. Siempre que se enfrentó con algún ambicioso buscador de verdades inéditas sobre el Che preguntaba: “¿Y cuánto me vas a pagar?”

En lo particular, yo nunca supe si el encargo para el cual me habían recomendado implicaba siquiera el pago de mis gastos de transporte. Quizá el tamaño de la encomienda debía ser suficiente remuneración, es decir, contribuir con mi pluma a consagrar por escrito la odisea personal de un hombre que estuvo en el momento exacto y en el lugar preciso en que nació una leyenda. Pero los escritores también comemos y tuve que dejar las visitas para más adelante.

El cadáver del Che con la camisa y el cinturón todavía puestos. Foto de Marc Hutten.

La nueva versión

El tiempo de reemprender mis conversaciones con el doctor nunca llegó. Ahora la historia cobra una rutilante corporeidad en el libro aún inédito que Leticia Montagner García y Raúl Torres Salmerón escribieron sobre la verdadera participación del oncólogo en la muerte del guerrillero Ernesto (“Che”) Guevara. Según el avance que aparece en la edición especial No. 55 de Proceso, un muy lúcido y memorioso Moisés Abraham Baptista afirma que sí, que efectivamente él realizó la autopsia al cadáver del Che, así como la máscara mortuoria que, según me dijo, arrancó parte de la barba, las cejas y las pestañas al cadáver, debido a que la habían improvisado con pasta para hacer placas dentales y cera de velas. En mis apuntes no aparece que se hubiera desfigurado la cara del difunto, como afirma la versión que el doctor relató a los periodistas poblanos.

Cadáver de Tania La Guerrillera, hallado en el Río Grande una semana después de su muerte. Foto del archivo personal del doctor Moisés Abraham

La novela

En su momento, y debido a la delicada sustancia de la historia, yo le sugerí al doctor que hiciéramos una novela. De esa forma, aseguré, siempre habría margen para la reivindicación, la justicia poética. Muchos de los datos que me proporcionó el médico de manera voluntaria los fui vaciando en un borrador inicial que pretendía seguir la visión que de sí mismo y de su misión tenía el testigo protagonista de esta historia.

En los meses en que trabajé la novela con el doctor Abraham, me propuse convertir al protagonista menor de un hecho histórico sin precedentes en un personaje heroico. Mostrarlo como un hombre convencido de la injusticia que se cometía con el médico, el idealista, el guerrillero, el padre de familia, el icono de su generación y símbolo de las ansias de libertad de todo un continente, el comandante Ernesto “Che” Guevara de la Serna. Para ese propósito me sería muy útil la anécdota de la camisa ensangrentada que viajó de Bolivia a México y aquí se instaló en cajas de seguridad. Así, fui tomando notas, apuntes biográficos, comentarios hechos al vuelo por el doctor. Poco a poco fui leyendo al médico mis avances, los meandros donde confluían la realidad con la ficción. Por supuesto, no es sencillo convencer, a quien fue protagonista de un hecho verídico, de transformar por completo las situaciones y personajes de una historia que ya anidó en sus recuerdos hasta convertirse en el propósito de su vida.

El borrador de la novela empezaba así:

“Las faldas de la camisa asomaron bajo la pesada tela del abrigo. Alcancé a ver los cantos negruzcos justo antes de cerrar mi sobretodo de un golpe. El agente aduanal pareció no fijarse en el angustioso movimiento. Sentí el sudor escurriéndome por la cara. En esa época no había perros especializados en oler rastros de cadaverina en los aeropuertos, de otra forma, algún oficial me hubiera obligado a quitarme el abrigo debajo del cual continuaba su lenta descomposición la camisa ensangrentada del Che. El oficial selló mi pasaporte. Entré a la ciudad de México con poco equipaje y un secreto tan grande que me impediría volver a Bolivia, mi país natal. Si vuelves te matan, me había dicho mi hermano. Ahora eres un desertor del ejército bolivariano, no el médico que recibió del cielo el cuerpo de Ernesto “Che” Guevara, que bajó como dios a la tierra para reinar por siempre en la esperanza de los pobres. Vete y no se te ocurra volver, me dijo. Hasta ahora lo he cumplido. Sólo regreso cuando miro las fotografías de la vieja, de mis hermanos, del hospital y sus monjas de hábitos impecables. El cadáver de Tania la Guerrillera, comida por los peces del Río Grande, en una foto en blanco y negro. Las fotos de sus compañeros muertos montados sobre mulas. La ropa del Che en un rincón de la lavandería, donde las enfermeras arrojaron los harapos llenos de sangre y mierda cuando se los quitaron para lavar su cadáver.

Cadáveres de los guerrilleros, compañeros del Che, que cayeron el 31 de agosto en una emboscada, mientras intentaban cruzar el Río Grande hacia las montañas. Fueron inhumados bajo la pista de aterrizaje donde supuestamente también se enterró al Che y que estuvo oculta por 30 años. Foto del archivo personal del doctor Abraham.

Recuerdo muy bien la camisa tirada lejos de las otras prendas que contribuían con su hedor al vértigo de la formalina, y el humo de las velas que combatían la oscuridad de la primera noche que el mundo dormía sin el Che. Sucedió de pronto: la vi, sin pensarlo más la recogí y la hice bolita para esconderla debajo de una pileta. El fino cinturón, por su parte, sería botín de Martínez: se lo había ganado entre trago y trago, costumbre que lo apartaba del horror y la culpa pero lo ponía de frente contra los mohines y los regaños de las monjas. Pobre hombre, repetía el médico mientras se movía de un lado al otro del recinto para comprobar que lo seguían los ojos del muerto, y el aguardiente resbalaba por su curtido gañote con más velocidad que un ratón perseguido por la escoba de la enfermera jovencita, la Adela, no esa Susana estirada y displicente que corrió a todos cuando desnudó al guerrillero, casi un Cristo con su mirada de juicio final.

Esa noche del 9 de octubre de 1967 Martínez y yo sacamos nuestros trofeos antes de que los soldados limpiaran el lugar y se llevaran el resto de la ropa que la enfermera y las monjas habían arrojado a un rincón de la lavandería, asqueadas por la mugre añeja y sacrílega, cuando ungieron con agua y rezos el cadáver recién llegado a la morgue improvisada dentro de la lavandería del Hospital Nuestro Señor de Malta de Valle Grande.”

Enfermeras, personal médico (el doctor Abraham con tapabocas) reciben los cadáveres de los guerrilleros ultimados por el ejército boliviano. Foto del archivo personal del doctor Moisés Abraham.

El último cabo suelto

Hoy veo que mis apuntes parecen haber estado siempre del lado de la ficción. La novela biográfica, si alguna vez la termino, quizá ya no pueda ofrecer ninguna justicia poética que contrarreste la maldición del Che. Cuando aparezca el libro de los periodistas poblanos con sus revelaciones, el doctor Moisés Abraham, el oncólogo por antonomasia de Puebla, tendrá que asumir las consecuencias de ser el último cabo suelto de una historia que involucra a una de las figuras más emblemáticas del tormentoso siglo XX latinoamericano. Asumir, también, la manera en la que lo veremos, lo verán sus colegas, sus compatriotas, sus pacientes, sus alumnos y, sobre todo, cómo se verá él mismo de ahora en adelante: el cirujano que sí practicó la autopsia al cadáver del Che, el médico que sí cumplió la ominosa tarea de cortarle las manos, el custodio de su camisa ensangrentada.

Soldados y personal militar posan para la foto frente a la escuela del poblado La Higuera. En uno de sus salones, el suboficial Mario Terán Salazar asesinó al Che por órdenes de la CIA. Foto del archivo personal del doctor Moisés Abraham.

Mundo Nuestro. Este texto fue publicado en la revista Nexos el 10 de octubre del 2017.

En 2001, hace 16 años, fui a Puebla a localizar a Moisés Abraham Baptista, el doctor boliviano que aparece en varias biografías como el responsable de haber realizado la autopsia y de cortarle las manos al cadáver del Che Guevara.

Óscar Hinojosa, entonces editor de la revista semanal Bucareli 8, me encomendó esa tarea: “Vaya y localice en Puebla al doctor Abraham Baptista, es oncólogo.” El nombre de Moisés Abraham Baptista empezó a cobrar relevancia por dos razones: estaban por cumplirse 35 años de la muerte del Che Guevara y porque Gary Prado, implicado en la captura del guerrillero argentino, había sido designado embajador de Bolivia en México.



Un par de meses antes de mi visita a Puebla tuvo lugar un incidente: en un evento diplomático alguien de izquierda identificó a Prado y, ante la vista de todos, le arrojó vino en la cara y le gritó “asesino”. Este hecho marcó el inicio de una serie de comentarios y acaloradas polémicas que suscitó el nombramiento del representante de Bolivia en México. Muchos sabían que el 8 de octubre de 1967, el comandante Gary Prado fue quien capturó al Che Guevara en una cuesta de la Quebrada del Yuro. Él nunca imaginó que iba toparse con el guerrillero, pero gracias a una cicatriz en la mano izquierda lo pudo identificar.

Cuando el ex comandante se vio descubierto por el entorno diplomático, se limitó a decir que él solo cumplía con su labor: “De haber deseado la muerte del Che, hubiera permanecido abajo y habría seguido luchando, pero estaba intentando salir. Lo hallamos decaído; sin embargo, cuando vio que lo tratábamos correctamente y que intentábamos hablar con él su ánimo mejoró”.

Orden presidente Fernando 700

Se sabe que horas después de la captura del Che Guevara, Prado entregó al prisionero al coronel Zenteno Anaya, quien esa misma noche recibió un mensaje en clave morse: “Orden presidente Fernando 700”. A través de ese comunicado cifrado se marcó el destino del guerrillero.



Hinojosa no me contó quién le pasó el dato sobre el doctor boliviano que vivía en Puebla. Le tenía respeto a Hinojosa, conocía su trayectoria periodística, y estaba conforme con su manera de trabajar y de recibir propuestas de sus colaboradores. Como sabía que podía contar conmigo para hurgar en varios libros y comprobar lo que se decía del médico, me dio la encomienda.

Y, efectivamente, el nombre de Moisés Abraham Baptista estaba en varios títulos sobre el Che.

En La vida en rojo Jorge G Castañeda cuenta que existía una preocupación para el ejército boliviano, y es que en Bolivia no hay pena de muerte y tampoco una cárcel de seguridad que hubiera podido tener preso al Che; también le incomodaba la idea de que se le hiciera un juicio a Ernesto Guevara. Eso rondaba en la cabeza de tres hombres en particular: el presidente de Bolivia, René Barrientos; al general Alfredo Ovando y a Juan José Torres, jefe del Estado Mayor de las Fuerzas Armadas.

El suboficial Mario Terán solicitó que le permitieran matar al Che. Y accedieron a su petición: la ráfaga de una metralleta alcanzó al líder argentino-cubano. Nueve tiros entraron por su cuerpo. Terán contó con otros voluntarios que buscaban saldar cuentas pendientes con el Che. Más tarde trasladaron el cadáver en un helicóptero al Hospital San José de Malta, en Vallegrande, en donde lo recibió el doctor Abraham Baptista.

Necesito una consulta médica

El nombre de Moisés Abraham Baptista empezó a figurar tanto en libros como en informes de carácter oficial y datos hemerográficos. No obstante, hace 16 años ninguno de los que se ocuparon en describir la vida del Che había buscado al doctor boliviano, quien residía en Puebla.

Al doctor lo ubiqué en la Central Gineco-Obstétrica de Puebla, localizada en 13 sur 1905. En ese lugar se encontraba su consultorio. Llamé varias veces para tener una entrevista con él y su secretaria o asistente me decía que el doctor estaba ocupado y no podía atender a mi solicitud.

Así hubiera seguido sin conseguir ninguna declaración del oncólogo boliviano hasta que tuve que pedir una cita: “Necesito una consulta médica con el doctor. A nombre de la señora Ambriz. Con z, por favor, correcto. Ojalá sea pronto porque me lo han recomendado mucho, vivo en el DF”.

El fotógrafo Ulises Ruiz, quien esa ocasión era mi compañero en mi entrevista asignada en Puebla, estaba atento a cualquier movimiento que hiciera el doctor. Habíamos contemplado varios escenarios factibles para poder obtener unas declaraciones y las fotos del boliviano: que accediera a hablar el tiempo que él considerara necesario o que llamara a seguridad por haberme hecho pasar por una de sus pacientes y que tanto a mí como a mi esposo falso —Ulises Ruiz— nos sacara del hospital. Teníamos previstas esas dos posibilidades y ambos estábamos nerviosos. En ese entonces me dedicaba a hacer entrevistas con escritores, y la mayoría de ellos posa junto a sus libros, ofrece sus mejores ángulos, sonríe y algunos casi modelan.

Esta vez era distinto. El marido falso y yo estábamos en la sala de espera. Él llevaba escondida su cámara en una mochila naranja que siempre cargaba al hombro y, a pesar de que lo delataba una risa nerviosa, decía que estaba preparado para todo.

Antes de pasar a la consulta recordé los fragmentos de héroes que acompañan a la historia. Las manos del Che son célebres como la pierna de Santa Anna, el brazo de Obregón o la cabeza de Pancho Villa.

¡En qué historia me involucró Hinojosa esta vez! Yo tenía claro que el 10 de octubre de 1967, el doctor Abraham Baptista recibió en el Hospital San José de Malta el cuerpo del Che Guevara. Durante esa época, él era director del nosocomio y también se desempeñaba como médico del batallón Pando. En la autopsia que realizó también participó el internista José Martínez Casso. En el acta de defunción se lee: “Su fallecimiento se debió a múltiples heridas de bala en tórax y en las extremidades”. Y dicho documento estaba firmado por el doctor que estaba a punto de atenderme.

La enfermera anunció que mi cita era la siguiente, me hizo llenar un formulario con antecedentes familiares de cáncer en mi familia, el motivo de mi visita y demás referencias. Era el formato habitual para iniciar un expediente médico. Recuerdo que inventé que mi cuerpo albergaba una bolita en el hombro, y no sabía si era de grasa o podría ser otra cosa. El asunto era llegar con el doctor y ya que se hubiera ido la enfermera, decirle el verdadero motivo de nuestra visita.

El oncólogo leyó primero lo que escribí y luego me miró. En ese momento revelé la razón de nuestra presencia. Hizo una mueca de incomodidad y dijo que iba a contestar algunas cosas en 15 minutos, no más.

“Antes de que pregunte cualquier cosa, déjeme aclararle que no es verdad lo que se cuenta en los libros, yo no le corté las manos al Che, fueron otros”, enfatizó.

—¿Quién o quiénes?

El doctor guardó silencio y fue inevitable no pasar por alto el águila disecada que tenía en un consultorio. Mirarle las garras al animal es lo que menos hubiéramos esperado de aquella cita.

“El cuerpo del Che tenía mucha personalidad, no se trataba de cualquier cadáver”, acotó el médico.

Tras la autopsia, el cadáver del guerrillero permaneció un par de horas en la morgue. Tiempo después no se supo en qué lugar fue enterrado. Según el oncólogo, pocos conocían realmente el sitio en donde fueron depositados los restos del Che y duda que sean los que se encuentran en Cuba.

Sabía que nuestra presencia era incómoda para el doctor. No obstante, tenía que cumplir con ese trabajo y todavía no veía que llegaran los elementos de seguridad por nosotros. Pero no dejaba que le hiciera preguntas, emitía aseveraciones: “No tengo nada que ocultar”.

Aclaró que nunca tuvo en su poder el reloj que le pertenecía al Che, como se sugiere en los libros. No tardó en reconocer que se trataba de otra deformación de los hechos y que si él hubiera deseado algún objeto del guerrillero, en todo caso hubiera elegido un vademecumque el argentino utilizaba para sus consultas médicas. “Les pedí que me dieran ese libro, les expliqué que a mí como médico me podía servir, pero se lo quedó un agente de la CIA. Y si el Che traía un reloj, se lo quitó otra persona. Cuando el cadáver llegó al hospital ya no traía ningún reloj”.

Lección de anatomía

Si se revisan las fotografías de Freddy Alborta, las últimas imágenes que le tomaron al Che, se tiene la impresión de que su cuerpo descansa plácidamente sobre una cama de enfermo. El trabajo de Alborta, a quien se le conoce como el “partero de la eternidad de Guevara”, ha sido comparado con dos cuadros de la pintura universal: La lección de anatomía del doctor Tulp, de Rembrandt; y Lamentación sobre Cristo muerto de Mantegna. Recuerda el doctor Moisés Abraham: “El cuerpo tenía varios impactos de bala, había una herida ancha y profunda en la espalda, parecía que no era de proyectil pero sí lo era”.

—¿Después de practicarle la autopsia le cortaron las manos?

—No, fue antes.

—¿Es verdad que estaban indecisos si cercenarle la cabeza o las manos?

—Sí, eso es cierto.

—¿Es cierto que el agente de la CIA, Félix Rodríguez, hizo notar que con un solo dedo bastaba para identificar al guerrillero?

—No, le cortaron las manos completas.

—¿Usted le cortó las manos al Che?

—No, yo no se las corté. A mí no me interesaba si se las cortaban o no; se trataba de gente que quería tener una identificación de él y, claro, lo lograron.

—¿Otros médicos participaron?

—Ni siquiera fueron médicos.

—¿Recibieron la orden del general Ovando?

—No, tampoco. Estaban Zenteno Anaya y otros militares.

—¿Del general Toto Quintanilla?

—Sí tuvo que ver con todo lo relacionado con el Che, antes y después de la autopsia. Yo no sabía que Toto Quintanilla era agente del ejército de Bolivia y, al mismo tiempo, pertenecía a la CIA. Eso lo supe más tarde.

En Ernesto Guevara, también conocido como El Che, Paco Ignacio Taibo II recoge el testimonio de un periodista de la agencia UPI: “La transparencia, levemente acuosa de unos ojos verdes expresivos, además de una especie de sonrisa enigmática que levemente se dibujaba en el rostro, daban la impresión de que aquel cuerpo estaba con vida. Pienso que más de uno, de la veintena de periodistas que fuimos a Vallegrande, aquel 10 de octubre de 1967, solo esperáramos que Ernesto Che Guevara nos hablara.”

El Che y Tania

Durante la autopsia al Che Guevara le hicieron una mascarilla para conservar su rostro. El oncólogo asegura que su cara nunca se desfiguró, como se ha dicho: “Yo les había pedido unas mascarilla del Che, quería conservarla, pero no me dieron nada”, indica.

A Abraham Baptista también le tocó reconocer el cadáver de Tania, la guerrillera que viajaba con el Che. Desmiente que ella estuviera embarazada y que esperara un hijo del guerrillero: “La verdad es que Tania no murió en un enfrentamiento; se ahogó en un río, se hundió por todo el peso que llevaba. A los ocho días se rescató el cuerpo y prácticamente no tenía cabello, estaba irreconocible. Su rostro era muy impresionante”.

Jorge G. Castañeda describe así a Tania: “Ella encarnaba a una especie de groupie revolucionaria, lógicamente fascinada por el embrujante personaje que conoció en Berlín seis años atrás”.

Errores de estrategia

—¿Cuál fue el error del Che?, ¿subestimar al ejército boliviano?

—Lo que pasa es que el Che no supo dónde hacer una lucha armada. Bolivia, en apariencia, es un lugar idóneo para ese movimiento porque hay mucha miseria, problemas sociales y económicos. Lamentablemente el Che murió ahí, abandonado por la gente que lo envió: no tenía medicamentos, estaba prácticamente incomunicado y no había posibilidades de que pudiera subsistir. Vallegrande, en aquellos días, tenía una carretera en muy malas condiciones y el terreno era difícil de explorar. La captura del Che no fue propiamente obra del ejército bolivariano sino de la gente del campo que dio aviso de su ubicación.

El de Ernesto Che Guevara es un nombre sin reposo. En Vallegrande, Bolivia, donde llevaron sus restos tras ser ejecutado, los campesinos siguen en la misma miseria y abandono. “Che, vivo como nunca te quisieron”, está escrito en una pared de adobe. Al menos ha dejado un resquicio de esperanza. A pesar del tiempo, aún hay líneas que anexar a esta parte de la historia.

En el prólogo al Diario del Che en Bolivia, Fidel Castro apunta: “Las horas finales de su existencia en poder de sus despreciables enemigos tuvieron que haber sido muy amargas para él; pero ningún hombre mejor preparado que el Che para enfrentarse a semejante prueba”.

El símbolo de la lucha revolucionaria, visto como un santo o un demonio, cuenta con un expediente posterior a su muerte poco explorado. Si no fue Moisés Abraham Baptista, ¿entonces quién de la milicia le cercenó las manos que libraron una incansable lucha en aras de una insurrección?

El oncólogo no dijo más. Abruptamente dio por terminada la entrevista que nunca fue una cita médica. Su boca es una tumba.

Los recuerdos lo vencieron por minutos, luego se dejó vencer por el silencio. De esta lucha entre la palabra y el mutismo, escapa de nueva cuenta una frase: “Yo no le corté las manos al Che. Ya déjeme en paz.”

Epílogo

Tuvieron que pasar 50 años de la muerte del Che para que el doctor boliviano, residente en Puebla, ampliara su versión de lo ocurrido.

El doctor indica que obtuvo la nacionalidad mexicana desde 1974, cuando contrajo matrimonio con una mujer mexicana, siete años después de la muerte del Che.

El médico dice que solo dos veces ha conversado con periodistas: en los treinta años de la muerte del Che con Guillermo Ochoa y ahora que ya pasó medio siglo del fallecimiento del guerrillero, durante una entrevista que supuestamente tuvo con Leticia Montagner y Raúl Torres Salmerón y que estos últimos difundieron en Proceso.

Moisés Abraham Baptista, al parecer, omite decir que ya había hablado sobre la muerte del Che en otros medios de comunicación.

Parece que el doctor ahora se puso de acuerdo con los periodistas para contar su versión y que no fuera interrumpido con preguntas incómodas porque, a fin de cuentas, se trata de su verdad. En la presunta conversación con Montagner y Torres Salmerón se anuncia que próximamente se publicará un libro titulado Yo hice la autopsia al Che Guevara.

Lo central en esta entrevista es lo siguiente:

*Reconoce que mintió a la prensa internacional al declarar que el Che murió a causa de un enfrentamiento con varios disparos en el cuerpo (nueve). Fue ejecutado con un tiro en el corazón. Debían hacer creer que había terminado sus días en combate.

*Toto Quintanilla apuntó que la CIA quería cortarle la cabeza al cadáver del Che, como una prueba inequívoca de su muerte, pero el doctor Abraham los convenció de que eso no era ético, por eso sugirió que fueran las manos.

*Las manos del Che fueron colocadas en formol y luego sobre un periódico para tomarle una foto y tenerla como una prueba o trofeo.

*La mascarilla que se hizo del rostro del Che se realizó sin el material adecuado, con velas que encendían en la noche porque no había alumbrado eléctrico. Al quitarle la mascarilla se adhirieron pedazos de piel, pelo, cejas y pestañas. “La cara del Che era impresionante”, puntualiza el oncólogo.

*Toto Quintanilla le cortó las manos al cadáver del guerrillero, dirigido por el doctor Moisés Abraham. En esa habitación solo había tres personas: Toto Quintanilla, Gustavo Villoldo y el doctor.

*El doctor se quedó con un recuerdo del Che, a manera de suvenir: una camisa color caqui, llena de sangre. La prenda ha estado en cajas de seguridad de bancos.

*La camisa, según Abraham Baptista, tiene dos funciones básicas: revelar cómo murió realmente el Che y, con ayuda de esa tela, comprobar si los restos que están en Cuba, en donde dicen que descansa el cuerpo del guerrillero, corresponden o no a Ernesto Guevara.

***

La intención del doctor Moisés Abraham Baptista recuerda una escena de la película Vértigo (1958) de Alfred Hitchcock, en donde el personaje de Scottie (James Stewart) le dice a Judy (Kim Novak): “No se pueden guardar recuerdos de un crimen. No debiste… no debiste… ser tan sentimental”.

Mary Carmen Sánchez Ambriz
Ensayista, periodista y editora.

Pobreza y naturaleza en Chalchicomula: 28 de agosto de 1973

Reportaje gráfico de El Sol de Puebla Fotografías de Mateo Flores

Tenía 18 años y nunca había sentido terror. Ni había conocido el dolor profundo por unos muertos que no son los tuyos. Y que en un instante pueden sumar quinientos. Y que veré tendidos horas más tardes, en aquella calle de Chalchicomula envuelta en escombros y llanto. Es el martes 28 de agosto de 1973.



A las cuatro de la mañana llegó. Se presentó en un vaivén que me despertó. “Está temblando”, pensé, y quise bajar de la cama, pero el movimiento cambió y todo, cama, yo, buró, ropero, empezó a rebotar contra el suelo en un conjunto de taconazos sin freno. No hay camino más franco para abrazar al pánico. Tieso, agarrotado, ni el pensamiento se mueve en esa locura. Ni siquiera pensé “voy a morir”.

Siempre había temblado en Puebla. En la casa de la 15 Sur en la que vivió mi familia desde el año en que nací, 1955, una lámpara en el pasillo anunciaba la gravedad del sismo. Nunca le dijimos “sismo”. Sólo decíamos “está temblando”, y hasta esa madrugada la única conciencia que teníamos de las consecuencias materiales de un temblor se expresaba en el ángel caído en la ciudad de México en 1957. El “está temblando” nunca había pasado de ahí. Que la tierra se moviera no producía catástrofes, ni amontonaderos frente a un edificio derruído, ni féretros tendidos a lo largo de una calle entre los escombros de San Andrés Chalchicomula.

Terror en la madrugada. Horror a la media tarde. Tardamos una hora en avanzar hasta el centro del pueblo, como si nadie quisiera llegar, ni las decenas y decenas de camiones con ayuda que ya llega desde todos los rumbos pero por una sola carretera, y que lo hace tan solo para corroborar la razón de tanta víctima a las que el adobe y la pobreza le cayó en la cabeza. Con mis ojos puestos en ese tendedero de muertos contemplo un instante como si viera una película. Hemos venido cinco amigos con ánimo de ayudar en lo que se pueda. No hacemos nada. Ya los cuerpos ocupan la calle a la espera de los ataúdes que vienen por carretera. La mayoría de los techos y paredones que los han matado eran de edificios de una sola planta. Adobe y piedras en un aldeas y pueblos que siempre han estado aquí y cuyos nombre resuenan: Quecholac, Tenango, Santa Úrsula, Felipe Ángeles, Chiconquiac, Tlachichuca, Cuauhtemoc, Soapan, Río Valiente, Soltepec, Mazapiltepec, Tlacotepec, Tecamachalco, Ocotengo, Santa Inés de Borbolla, Tlanalapa, Nopalucan, Guadalupe Victoria, Tepexi, Guadalupe Victoria.

Más de 541 muertos ahí, dirá El Sol de Puebla.

Contemplo. Tengo 18 años. La vida pasa y quita fuera de mí. No hacemos nada, digo, ¿y qué país es este que se derrumba tan fuera de sí.



Tres martes de 1973 que marcaron mi vida a los dieciocho años. Y un primer sendero en mi historia personal.

Martes 1 de mayo, balacera en el centro de la ciudad con saldo de cuatro estudiantes muertos por la policía local. Cuando por primera vez en tu vida entiendes que la ciudad también tiene modos extremos en manos de un poder fanático.



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Martes 28 de agosto, terremoto en Ciudad Serdán y Orizaba. Cuando por primera vez en tu vida entiendes que para la pobreza la naturaleza tiene modos extremos y que puede borrar en un minuto un pueblo entero.


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Martes 11 de septiembre, golpe de estado en Chile. Cuando por primera vez en tu vida entiendes que un imperio tiene modos extremos y que puede borrar en un minuto el sueño de un país entero.


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17 de septiembre 1973. Cuando por primera vez en la vida entiendes que tomar una decisión extrema a los dieciocho años marcará para siempre tu destino.



1

La balacera la escuchamos después del mediodía. Primero de Mayo de 1973. No hay clases, y sí desfile obrero oficial que el gobierno ha decidido que marche por la 25 Oriente-Poniente. Pero este no será un día festivo cualquiera.

A la distancia se escuchan claramente los balazos. Trepo a la azotea de la casa de la 15 Sur en el barrio de Santiago, a unas cuantas cuadras del Paseo Bravo. Escucho y no tengo idea de lo que ocurre. Y no tengo la costumbre de prender el radio. Y tengo la seguridad de que en el radio no se informa nada. Y estoy ahí, adivinando entre tinacos y tendederos, por entre las copas de fresnos y jacarandas, con la mira en las torres de catedral, y me encabrona no saber nada, con un vocabulario breve que no da más que para decir “hay un movimiento estudiantil”, “van a correr a los FUAS de la universidad” , “son los mochos de comunismo no, cristianismo sí”, “son los estudiantes que dicen que hay que darle en madre a la burguesía”.

Todo pasa fuera de mí: mi ciudad está con otros, viviendo plenamente su pequeña guerra civil, totalmente desocupada de mí. Los obreros desfilan y echan porras al gobierno y le agradecen la vida al señor presidente. El gobernador, que no le ha dicho a nadie que ha armado con rifles de alto poder a sus judiciales, cumple con su papel de principal en la tribuna, y en la fila los líderes charros. Los estudiantes recorren muy temprano las avanzadas obreras para repartir propaganda contra el charrismo sindical, esa categoría analítica que todavía forma parte del lenguaje común entre los obreros, en la conciencia de su sometimiento. La policía detiene a unos de los muchachos. La voz corre rápido por la 2 Sur hasta el Carolino. De inmediato se llama a mitin en la Plaza de la Democracia, ahí frente a la iglesia de la Compañía, y la llaman así desde tiempos de Madero, pero todavía los coches circulan por la 4, y solo hay un pedacito de plaza, suficiente para organizarse, y desde ahí están apostados, y hay estudiantes, y hay pueblo y abundan los sombreros, y no es que haya mucho más sol, es que México todavía se guarda en la sombra de paja campesina, y ahí están todos, en el centro del centro, en el Carolino y la Compañía, y por eso ya no hay manera de que desfile alguien y le eche porras a quien le digan sus líderes. Ni te acerques gobierno, porque habrá chingadazos. Y la patrulla incendiada sobre la Maximino, y los Garitas Panteón cruzados en la esquina de la 2 y el zócalo, y los judiciales francotiradores que encuentran sus atalayas con los M1 cargados y el semblante dispuesto, y el gobernador que ve pasar los puños altivos de los electricistas y las matracas sumisas de los ferrocarrileros, y un asistente que le dice que ya hay un buen jaleo en el centro.

El recuento de la balacera al día siguiente es de cuatro estudiantes muertos y un número no determinado de heridos. El gobernador Bautista O’farril declara que “si nos reciben a tiros, contestaremos a tiros”. No durará mucho, luego de su declaración y la que le sigue: “En la actualidad la policía local está debidamente armada y tiene la habilidad necesaria para imponer el orden… La policía tiene órdenes para matar de un tiro al que atente contra la paz pública.” Pero por unos días todavía será el gobernador y el baluarte principal contra la universidad tomada por los comunistas.



Un enorme funeral-manifestación recorre las calles el día 3, camina de día hasta el Panteón Francés y regresa de noche al centro de la ciudad. Y yo estoy ahí, en la azotea, asomado a una ciudad que es mía pero que se mueve ajena, como las copas de los fresnos y jacarandas que el viento mece, despreocupados en absoluto por mi destino.

2

Tenía 18 años y nunca había sentido terror. Ni había conocido el dolor profundo por unos muertos que no son los tuyos. Y que en un instante pueden sumar quinientos. Y que veré tendidos horas más tardes, en aquella calle de Chalchicomula envuelta en escombros y llanto. Es el martes 28 de agosto de 1973.

A las cuatro de la mañana llegó. Se presentó en un vaivén que me despertó. “Está temblando”, pensé, y quise bajar de la cama, pero el movimiento cambió y todo, cama, yo, buró, ropero, empezó a rebotar contra el suelo en un conjunto de taconazos sin freno. No hay camino más franco para abrazar al pánico. Tieso, agarrotado, ni el pensamiento se mueve en esa locura. Ni siquiera pensé “voy a morir”.

Siempre había temblado en Puebla. En la casa de la 15 Sur en la que vivió mi familia desde el año en que nací, 1955, una lámpara en el pasillo anunciaba la gravedad del sismo. Nunca le dijimos “sismo”. Sólo decíamos “está temblando”, y hasta esa madrugada la única conciencia que teníamos de las consecuencias materiales de un temblor se expresaba en el ángel caído en la ciudad de México en 1957. El “está temblando” nunca había pasado de ahí. Que la tierra se moviera no producía catástrofes, ni amontonaderos frente a un edificio derruído, ni féretros tendidos a lo largo de una calle entre los escombros de San Andrés Chalchicomula.

Terror en la madrugada. Horror a la media tarde. Tardamos una hora en avanzar hasta el centro del pueblo, como si nadie quisiera llegar, ni las decenas y decenas de camiones con ayuda que ya llega desde todos los rumbos pero por una sola carretera, y que lo hace tan solo para corroborar la razón de tanta víctima a las que el adobe y la pobreza le cayó en la cabeza. Con mis ojos puestos en ese tendedero de muertos contemplo un instante como si viera una película. Hemos venido cinco amigos con ánimo de ayudar en lo que se pueda. No hacemos nada. Ya los cuerpos ocupan la calle a la espera de los ataúdes que vienen por carretera. La mayoría de los techos y paredones que los han matado eran de edificios de una sola planta. Adobe y piedras en un aldeas y pueblos que siempre han estado aquí y cuyos nombre resuenan: Quecholac, Tenango, Santa Úrsula, Felipe Ángeles, Chiconquiac, Tlachichuca, Cuauhtemoc, Soapan, Río Valiente, Soltepec, Mazapiltepec, Tlacotepec, Tecamachalco, Ocotengo, Santa Inés de Borbolla, Tlanalapa, Nopalucan, Guadalupe Victoria, Tepexi, Guadalupe Victoria.

Más de 541 muertos ahí, dirá El Sol de Puebla.

Contemplo. Tengo 18 años. La vida pasa y quita fuera de mí. No hacemos nada, digo, ¿y qué país es este que se derrumba tan fuera de sí.

3

“Colocado en un tránsito histórico, pagaré con mi vida la lealtad del pueblo.” Su voz llegó después del mediodía, y por la radio que no escucho. Lo he hecho esta mañana porque el run run llegó atropellando todo: golpe de estado en Chile, y está pasando ahorita, en esta mañana del 11 de septiembre de 1973.

La voz de Allende no es nueva para mí. La recuerdo de su discurso de Guadalajara, en su viaje no muy lejano en el tiempo a México. La comunicación no llega tan rápido, por eso gana el radio. El presidente chileno de la vía democrática al socialismo es lo más cercano que encuentro en la posibilidad de un mundo distinto y bueno. Y tenemos semanas siguiendo en el periódico Excélsior el acoso a su gobierno, y antes de los militares y sus tanques la huelga de los transportistas. Están ahorcados si la gente no tiene alimentos. “Pinches gringos”. Maldigo desde hace días. En los acontecimientos chilenos descubro la militancia política que nunca tendré en México. Canto Te recuerdo Amanda, la calle mojada con todo el fervor religioso que no me dan los rezos aprendidos. Y De pie, marchad, el pueblo va a luchar, de norte a sur, banderas de unidad será mi canto por los siguientes años. Revolución, la vida tiene sentido. Tengo que salir al mundo fuera de mí.

Qué poco sé de mí y del mundo. Para la noche la televisión ya tiene toda la historia del asalto a la Moneda. Y ya circulan las fotos que vemos todos con Allende con un casco montado y la ametralladora empuñada y la mirada en busca de los aviones del tino perfecto. En otra, un cuerpo cubierto con un zarape es presentado como el cadáver de Salvador Allende.

Al final de un día de muerte dos discursos encontrados. Por la mañana, a punto del bombardeo y toma de la Moneda, el comunicado radial de Allende, y de él, dos frases se me quedan para siempre:

“La historia es nuestra y la hacen los pueblos.”

“Mucho más temprano que tarde, de nuevo abrirán las grandes alamedas por donde pase el hombre libre para construir una sociedad mejor.”

Por la noche, la voz de Pinochet:

“Los sagrados intereses de la patria nos han llevado a realizar la triste tarea que hoy hemos acometido… Inspiración patriótica para sacar al país del caos al que lo estaba llevando el gobierno marxista de Salvador Allende… Tres años de soportar el cáncer marxista que nos llevó a un descalabro moral y social que no se podía tolerar… Por ello la decisión de extirpar el marxismo hasta las últimas consecuencias.”

Dos humanidades, entonces, dos patrias, dos naturalezas. Ganó la de la muerte.

+ + + + +

El 17 de septiembre de 1973, y con una propia y primera versión del mundo, dejo mi casa de Puebla. Creo muchas cosas en este momento. Y tengo la vida por delante para confirmar que la historia es nuestra.

Agua e Historia. Experiencias regionales, siglos XIX-XX. María Concepción Martínez Omaña y Lourdes Romero Navarrete (coordinadoras). Instituto de Investigaciones Dr. José María Luis Mora, Conacyt, 2015.

El libro Agua e Historia, editado por el Instituto Mora, es uno de los pocos estudios que introduce la reflexión académica sobre el tema hídrico a la discusión actual sobre la toma de decisiones entorno al agua como recurso geoestratégico e incluso como asunto de seguridad nacional. Lo anterior desde una perspectiva historiográfica que se remite en algunos casos a la etapa prehispánica (la afluencia del líquido en el barrio de Tlatelolco, por ejemplo) o colonial, aunque la obra se centra fundamentalmente de mediados del siglo XIX a finales del siglo XX.



El libro está estructurado en torno a tres grandes ejes: 1) El abasto urbano y las dinámicas rural-urbanas; 2) Las polémicas socio-ambientales asociadas a las políticas de riego; 3) La hidro política internacional en las fronteras norte y sur. Temas que permiten entender cómo ciertos procesos histórico-sociales se han articulado a lo largo de la historia de México en torno al agua, ya sea por la organización comunal de los pueblos y el ejercicio de sus derechos respecto a la misma; por la actuación del Estado en diferentes etapas para la regulación del uso del líquido; o por la presión del capital privado para su usufructo.

En ese sentido dos artículos resultan particularmente importantes para entender la problemática de la afluencia del río Atoyac para la ciudad de Puebla y pueblos circunvecinos: Acuerdos privados en una etapa de centralización administrativa: agua y empresariado textil en el río Atoyac (1890-1918), de Sergio Rosas Salas y Antecedentes, orígenes y formación del distrito de riego de Valsequillo, 1915-52, de Sandra Rosario Jiménez.



El sueño de un país industrial a partir de la fuerza de los ríos imaginado por Esteban de Antuñano.

En el primer texto el autor analiza cómo desde 1835, con la compra del molino de Santo Domingo por Estevan de Antuñano para el establecimiento de la fábrica La Constancia Mexicana, se adquirieron también los derechos sobre el agua como un bien privado, negociable entre particulares. Dicha tendencia continúo posteriormente con la erección de nuevas fábricas textiles en torno al Atoyac, bajo el argumento de que la compra de la tierra adquirida por los empresarios para el levantamiento de las factorías, incluía los derechos sobre el agua, como un bien que podía comprarse y venderse sin restricción alguna, siempre y cuando los acuerdos privados entre particulares fueran notariados. En 1896, por ejemplo, Saturnino Suato y Antero Muñuzari, vendieron a Miguel Benítez y Noriega la caída de agua del manantial de Aquila, conocido como de Barranca Honda, que se dirigía al Atoyac en cuarenta y dos mil quinientos pesos.

Este proceso continuó durante el porfiriato y hasta 1918, cuando el Estado intervino como aval y garante de los antiguos derechos de los industriales sobre el agua, para mediar entre los empresarios, pero no para ejercer el derecho de la nación como propietario del líquido. Es decir que en Puebla, en torno al Atoyac, el Estado posrevolucionario respetó los acuerdos entre particulares en torno al uso del agua y la venta de la misma, sin incluir tampoco regulación alguna respecto a los desechos industriales. Dicha tendencia parece continuar en la memoria histórica empresarial, a pesar de las restricciones establecidas en el cardenismo y de las leyes ambientales de las últimas décadas.

El segundo artículo, que versa en torno a la presa de Valsequillo, marca la problemática inversa, es decir la creación de un distrito de riego construido en el marco de la política agro hidráulica cardenista. En la zona de Valsequillo, entre 1915 y 1940, luego del reparto agrario, los hacendados y rancheros de la región perdieron el derecho al líquido o renunciaron al mismo, debido a los conflictos agrarios. En 1917 había en esa región, que incluía los municipios de Tecali, Tecamachalco, Tepeaca y Tehuacán, 34 haciendas y ranchos, que fueron fraccionados y repartidos entre la población. Y que inicialmente obtenían el agua de galerías filtrantes y pozos artesianos.

A partir de los años veinte se propone para dicha región de notable extensión, el establecimiento de una presa, que tenía como objetivo volver altamente productiva la zona en beneficio de los ejidatarios y pequeños propietarios, con una desviación de las aguas del río Atoyac que debía contenerse en la zona conocida como Rincón del Diablo. Para tal efecto, entre 1933 y 1938 entró en funciones la Compañía Irrigadora y Fraccionadora de Valsequillo, integrada por ejidatarios y pequeños agricultores, organizados a su vez en cooperativas. La implementación del proyecto implicó la inundación del poblado de San Baltazar Campeche, cuyos habitantes fueron reubicados sin embargo lejos del acceso al agua. A lo largo de la década de los cuarenta hubo conflictos permanentes entre los ejidatarios circundantes de la presa y el derecho al uso de la misma. En 1942 la presa fue concluida e inaugurada. Sin embargo, la burocracia hidráulica no siempre benefició a los pueblos circundantes y se creó en torno al lago un desarrollo inmobiliario que desplazaría en parte a los pueblos originarios en beneficio de las clases medias.

Hoy la presa permanece con un alto grado de contaminación, con riesgos para la salud para el riego de hortalizas y de cualquier uso doméstico.

Sirvan estos dos ejemplos del libro, para demostrar la importancia de una política de Estado coherente y bien aplicada en torno a las aguas del río Atoyac que hoy pide urgentemente la aplicación de las leyes ambientales.

(La fotografía de la portadilla fue tomada de La Jornada de Oriente.)

--Ahí vienen, ahí vienen los villistas, corran, escóndanse donde puedan.

Dicen que así sucedió en Ixtepec, en la sierra norte de Puebla. Cuando los villistas se acercaban al pueblo, cuando desde el centro se miraba desde lejos que venían montados en sus caballos, los pobladores se avisaban entre ellos y corría hacia las cuevas, hacia las barrancas, al monte, donde no los encontraran. Cuando los villistas llegaban se llevaban todo: gallinas, puercos, maíz, lo que se encontraran a su paso. Los que lograban esconderse cerca de su casa y de sus propiedades les daban a chupar panela a sus niños pequeños para que no lloraran y no los delataran. Hubo muchos muertos y en una de las invasiones quemaron el pueblo y bombardearon la iglesia de la comunidad. A don José lo encontraron en el interior de su casa. Cuando los villistas llegaron lo amarraron en uno de los horcones y lo quemaron junto con su humilde casa hecha con techo de hojas de caña. Llegaban gritando y gritando se iban del pueblo.

Uno de los pobladores dijo:



--Yo no les tengo miedo, les voy a decir que soy un ratero, que soy de su gente.

Pero no logró decirles porque en el camino a su encuentro los villistas lo mataron y aventaron su cuerpo a un lado del camino.

En algunas ocasiones tocaban las campanas de la iglesia para avisar a la gente de la entrada de los villistas, así que todos corrían para esconderse. Y ahí iban todos revueltos corriendo para donde fuera, sin importar si iban con su mujer o con otra que no fuera su pareja o familia, el objetivo era esconderse de ellos. Dicen que entre esa gente iba don Genaro. En el camino se encontró a una solterona como de unos 40 años y como pudieron se apartaron de los demás y llegaron hasta un lugar llamado “La casa del diablo”, una cueva que está a la orilla del pueblo. Ahí se escondieron y mientras los villistas saqueaban el pueblo él aprovechó para hacerla su mujer.

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