Historia

Mundo Nuestro. Guillermo Prieto, uno de los grandes autores en el siglo XIX mexicano, vino a Puebla en 1849. Nos dejó un libro que hemos recuperado en Mundo Nuestro, Ocho días en Puebla, 1849. Uno de esos días estuvo en el estudio del pintor Agustín Arrieta, tal vez nuestro más grande artista en la historia de Puebla. Presentamos una galería con algunas de las más representativas obras del pintor nacido en Santa Ana Chiautempan, Tlaxcala, en 1802.







Aquí su relato:

Hecho una sonaja de gusto, con la adquisición del documento anterior, que tal como me lo regalaron lo planto ante las miradas de mis lectores, me arrojé rendido sobre un asiento del café del Comercio, saboreando mis multiplicadas impresiones.

Pronto entabló conversación conmigo un señor que leía los periódicos y de una en otra palabra, y así como casual, llevó la conversación a los pintores que yo deseaba conocer.

—Cómo, ¿quiere usted conocer a Arrieta? (13)

—Sí señor, lo deseo muchísimo.

—Venga usted, está a tres pasos, soy su amigo.

En un salto estábamos en su casa: se asciende a su aposento por una especie de cerbatana con escalones, en donde apenas cabe de frente una persona que no sea de exagerado volumen: al pisar los últimos escalones, los caballetes, los cuadros y el conjunto, os avisan sin más preámbulo que estáis exabrupto en el estudio del artista.

El Sr. Arrieta es un hombre como de cuarenta y cinco años, grueso, moreno, pálido, una mirada triste: el tinte amarillento de sus ojos, y el pelo caído sobre su frente, dan a su fisonomía un aspecto, si no repugnante, a lo menos indiferente.

Sin guardar la menor ceremonia, después de los cumplimientos de costumbre, me dediqué a la vista de los cuadros. Por el abandono con que estaba colocada por su extrañeza, quise ver ante todas las cosas una Magdalena.

Figuraos una mujer que ha sido bella, muy bella, extraordinariamente bella; pero consumida por el dolor; por el desengaño, por la penitencia; por aquella alma, que anima apenas los restos de una existencia hermosa, brilla en toda su energía en los ojos de la mujer: habla en su éxtasis de un Cristo que tiene por peana una calavera.

¡Cuánta poesía en medio de esta sencillez admirable! ¡Aquel cuadro es todo un poema, es una revelación íntima y ardiente, que se comprende y que no se describe; que se siente más bien que mirarse; que se relaciona más con nuestro corazón que con nuestros ojos!

Después vi algunas flores, algunos retratos en que es menos feliz el Sr. Arrieta, porque hay cierta exageración en las formas.

Vi por último sus cuadros de costumbres: éste es el verdadero género de Arrieta: es el pincel fácil, atrevido, picaresco, como las letrillas de Quevedo, como las alucines de Fígaro, como las descripciones del Curioso pariente.

Son las chinas salerosas y provocativas, son los muchachos juguetones y audaces, son los léperos timados y astutos.

Es la epigrama, el calembour, o todo junto; pero que se ve, que se siente, que hace reír, pero como se ríe, con una sátira ingeniosa.

Hay un mendigo que va por la calle, ¡qué mendigo! Su rostro, lleno de arrugas; sus barbas amarillentas del humo del cigarro; sus harapos que tiemblan con el aire; va encorvado sobre su bordón, dando sombra a su fisonomía un sombrero, de esos sombreros colosales como la lana carda, de esos sombreros que los franceses, con su genio pintoresco, llaman trombón, y que hemos visto sobre la fisonomía risiblemente austera de Pipelet. Tras el mendigo indiferente, en las puntas de los píes, con el ojo alerta, e l cuerpo arqueado, la mano sagazmente atrevida, va un muchacho temblando de su propia travesura; va un muchacho, digo, con un palito picado el sombrero del mendigo. Tiene uno miedo de que el viejo vuelva al cara y sorprenda a aquel rapazuelo tan simpático.

Hay una china con un plato de mole en la mano, que sería a la vez el tormento de un hambriento y de un enamorado, porque no se sabe si brinda con un refrigerio o con mal pensamiento… Entonces, al explicar sus cuadros, Arrieta, cuando ese soplo de la alabanza viene a refrescar la frente del artista., como cuando cae en la corola de una flor una gota de lluvia, se levanta, ríe, se entusiasma, y se quiere al hombre de ingenio…y se indigna uno contra la fortuna, que tiene al que sabe crear así, de portero miserable de una oficina.

Pasé largo tiempo con Arrieta, que, como he dicho, es portero del congreso, y hablándome de los planes de sus obras, de sus estudios, de sus ilusiones, me llevó con la mayor complacencia al salón del congreso, que si mal no recuerdo, tan entretenido así estaba con la conversación, es un salón espacioso, con columnas que forman tres naves: el centro lo ocupan los asientos de los diputados, que tiene al frente su barandilla; en el fondo está el dosel y las tribunas; en el resto hay bancas para el público. Como digo, apenas recuerdo todo eso, porque estaba realmente embebido con aquella vida del hombre que quiere levantarse, que necesita brillar, y que no vea su alrededor y en su porvenir, más que oscuridad y miseria.

Me despedí del Sr. Arrieta y le di las gracias por su cordial acogida. El me respondió lleno de modestia. Le di gracias…en mi interior, porque me procuró ese puro y delicioso placer de admirar el talento.

Ya no hice más en aquel día: en la tarde, llovió como de adrede, con tenacidad, como por capricho: tres aguaceros consecutivos cayeron, y al terminar cada uno de ellos, mi poblano sirviente me mostraba con satisfacción transitables las calles diciéndome:

—¿Es así en México, señor?

Yo callaba, devorando a solas mi humillacioncilla.

A la oración, tomé mi capa y me dirigí al portal.

Comenzaré por deshacer una equivocación: el portal son tres portales; mejor dicho cuatro portales, atendida una división angosta e impertinente, de cuyo nombre no quiero acordarme.

A las oraciones de la noche, los portales de Puebla son indescribibles; son todos los sonidos, desde los mil gritos en todos los tonos, de los vendedores de nieve, de semitas, de garbanzos, de comida, de… infinidad de cosas, hasta la riña, hasta el loro de los chicos y el carcajeo de la gente de buen humor; son todas las clases, confundidas y caracterizadas a la vez por los sombreros de pelo, de seda, de canal, jaranos y poblanos. Son todas las luces, desde el ocote hasta el quinqué. Son todas las tentativas, desde el robo ratero hasta el ofender a Dios... Aquello es mucho: al pie de los arcos de los portales, hay una serie no interrumpida, interminable, de los canastos que usan los panaderos con semitas; pero unas semitas colosales: interrumpen la monotonía de los canastos, las vendedoras de garbanzo tostado y las otras comidas. Todas las tiendas están abiertas y bañadas de luz, y la gente se arremolina, se agolpa, vive, disputa en sus contratos y coopera a la furibunda algazara.

A las ocho de la noche, a excepción de los jueves y domingos, todo está tranquilo: tal cual tienda ha quedado abierta; a las diez solo se perciben dos ruidos; los pasos del centinela que custodia el cuartel que está en el portal, y la conversación sorda y monótona de unos seis u ocho señores formales, señores del antiguo régimen, de la chinela y la montera, capita cuelli-corta y erguida que tienen la costumbre de permanecer allí hasta las diez, matando el tiempo en sabrosas pláticas, relativas a las hermosa épocas de los virreyes.

No así los cafés: estos, entre nueve y diez de la noche, ofrecen un cuadro más animado… pero me permitirán mis lectores que les deje tomar aliento, si es que han tenido la indulgencia de llegar conmigo hasta el fin de este artículo, que es ya demasiado largo y pesado.

Agustín Arrieta, nació en 1802 en Santa Ana, Chiatempan, Tlax., y falleció en Puebla el 22 de diciembre de 1874. Notable pintor sobre el cual hay que consultar: Pinturas poblanas (siglos XVIII-XIX), de José Luis Bello y Gustavo Araiza, México, 1943. Los mismos autores tienen para pronta publicación un libro sobre Arrieta, profusamente ilustrado.

Mundo Nuestro. La ciudad de Teziutlán a sus 467 años, su importancia como patrimonio histórico e identidad en la Sierra Norte de Puebla. El próximo sábado 26 de enero se lleva a cabo este congreso con la participación de historiadores del INAH y la Universidad Veracruzana. Aquí el programa propuesto:

La epopeya de Gilgamesh/Edición de Jean Bottéro. Editorial Akal Oriente. Madrid, 1998

Los estudiosos sostienen que el poema se origina en una serie de leyendas sobre el legendario héroe-rey Gilgamesh, que vivió y reinó en Uruk hacia el 2650 a.C. A su muerte es divinizado y entra al espacio de la leyenda. Entre 2330 y 2000 a.C. las cinco leyendas orales que existían se ponen por escrito en sumerio. Es durante el imperio de Sargón, el grande, y la III dinastía de Ur.

Entre 1750 y 1600 a.C. a partir de las leyendas escritas se redacta la versión de la Epopeya que se conoce como la versión antigua. Es cuando el rey Hammurabi, de Babilonia, reúne a los pequeños reinos en un solo. Entre 1600 y 1000 a.C. se difunden diversas versiones de la Epopeya. Babilonia queda sujeta a la dominación casita. Una vez liberado de ese yugo pasa a control de Asiria, al norte, pero conserva su condición de capital intelectual.

La versión ninivita, en lengua acadia, fue hecha hacia el 1000 a.C. por Sin-Liqe-Unninni. Se encontró en la biblioteca del rey Asurbanipal de Nínive, que hizo transcribir los libros conocidos entonces en su idea de que todos ellos formaran parte de su colección.

Entre el 600 y 130 a.C. Babilonia aniquila el reino asirio y retoma el control político de la región. En 530 a.C. sucumbe ante el Imperio persa y luego en 330 a.C., ante el de Alejando, el grande, y sus sucesores. La civilización mesopotámica se extingue y con el tiempo cae en el olvido junto con su lengua, su escritura y sus obras.

Hacia el año 612 a.C., Nínive fue destruida por invasores y sólo fue ubicada nuevamente hacia 1845 por el explorador británico Austen Henry Layard, cerca de Mosul, en Iraq. En esa ocasión localizó los restos de la biblioteca del rey Asurbanipal. En la actualidad una pequeña fracción de la misma, integrada por 25,000 tablillas, está en el Museo Británico. En 1872, el académico George Smith, que descifró la escritura cuneiforme, comenzó a traducir la tablilla XI. En 1984 se tradujo el poema en inglés con la participación del escritor John Gardner. Y de 1992 es la traducción al francés de Jean Bottéro.

La que se conoce como la versión ninivita consta de doce tabletas de arcilla en escritura cuneiforme. En las once primeras se narra la historia de Gilgamesh y la doce contiene el poema independiente que relata la bajada de Enkidu a los infiernos. Esta versión es la que se va a difundir por todas partes. Del 250 a.C. es el fragmento más reciente que se conoce de la Epopeya.


Gilgamesh, palacio de Sargon II, Museo del Louvre.


- Texto

En la Epopeya, las primeras seis tablillas describen los esfuerzos de Gilgamesh por conquistar la gloria y las otras seis son su búsqueda de la inmortalidad.

Primera. Se presenta a Gilgamesh de Uruk (hoy Warka, Irak). Él en dos terceras partes es divino y en una tercera humana. Es el rey-dios más fuerte que nunca haya existido en el mundo. Los habitantes de Uruk se quejan de la dureza del rey. Tiene derecho de pernada sobre las mujeres. Ninhursag, la diosa de la creación, crea a Enkidu un hombre-animal salvaje, que moleta a los pastores. Uno de ellos se queja ante el rey y éste envía a Shamhat, una prostituta sagrada, para que lo calme. Ella civiliza a Enkidu que deja de ser un animal salvaje. Gilgamesh tiene sueños que interpreta su madre Ninsun. Ella le dice que le anuncian la llegada de un amigo con el que va a compartir aventuras.



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Segunda. Enkidu y Shamhat salen del campo para casarse en Uruk. Gilgamesh se presenta al festejo, para tener relaciones con Shamhat. Enkidu no se lo permite y se enfrentan en una lucha. Se reconcilian y Gilgamesh lleva a Enkidu con su madre. Él no tiene familia y lo acogen como parte de la suya. Gilgamesh le propone viajar al bosque para adquirir gloria matando al monstruo Humbaba. Enkidu no quiere, pero el rey, ahora su amigo, lo convence.

Tercera. Gilgamesh y Enkidu se preparan para su aventura en el bosque. Informa de su viaje a su madre. Ella le dice que no lo haga. Ante la insistencia de su hijo esta pide ayuda al dios-sol Shamash y aconseja a Enkidu.

Cuarta. Los amigos viajan al bosque. Gilgamesh en el camino tiene cinco sueños. Enkidu, los interpreta como un buen presagio. Al llegar a su destino Enkidu tiene miedo, pero Gilgamesh lo anima.

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Quinta. Los amigos llegan ante Humbaba, que es el monstruo que vigila el bosque. Él los agrede. Ahora Gilgamesh es quien tiene miedo y Enkidu lo anima a combatir y matarlo. Humbaba pide a Gilgamesh que no lo maten. Enkidu se molesta y le exige que lo aniquile. Lo degüellan. Los amigos y ahora héroes cortan un árbol muy alto con el que Enkidu hace una gran puerta para el templo de los dioses.

Sexta. Gilgamesh rechaza a la diosa Ishtar porque ha tenido otros amantes. Ella le pide a Anu, su padre, que mande el Toro del Cielo para vengar el rechazo. Este se rehúsa, pero Ishtar lo amenaza con levantar a los muertos y cede. El Toro del Cielo es una plaga para las tierras y vine la sequía. Los amigos matan a la bestia y ofrecen su corazón a Shamash. Ishtar llorar y Enkidu le arroja a la cara una pata del toro, para que se calle. La ciudad de Uruk celebra, pero Enkidu tiene un mal sueño.

Séptima. Enkidu en el sueño ve que los dioses piensan que debe ser castigado por la muerte del Toro del Cielo y de Humbaba. Cuenta su sueño a Gilgamesh y maldice la puerta que hizo para el templo de los dioses. Gilgamesh está consternado y pide a Shamash por su amigo. Enkidu se lamenta del día que se convirtió en humano. Shamash desde el cielo le hace ver que es injusto. Él se retracta de lo dicho y bendice a Shamhat. A pesar de todo su enfermedad sigue y muere.

Octava. Gilgamesh se lamenta por Enkidu y ofrece regalos a los dioses para que en el más allá caminen al lado de su amigo.



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Novena. Gilgamesh quiere evitar el destino de Enkidu y emprende un peligroso viaje para visitar a Utnapishtim y a su esposa. Son los únicos seres humanos que sobrevivieron al diluvio y a quienes los dioses les concedieron la inmortalidad. Él espera obtenerla y en su camino pasa por las dos montañas donde el Sol se levanta. Están custodiadas por dos seres-escorpión que le permiten el paso. Camina por donde el Sol viaja cada noche y justo antes de que éste se lo encuentre, llega a su destino. La tierra al final del túnel es un paraíso lleno de cosas bellas.

Décima. Gilgamesh cuenta a Siduri, diosa de la cerveza, el propósito de su viaje. Quiere disuadirlo, pero fracasa. Lo envía a Urshanabi para que le ayude a cruzar el mar y encontrarse con Utnapishtim. Éste se compaña de gigantes de piedra que Gilgamesh considera hostiles y mata. Urshanabi le dice que ha matado a las únicas criaturas capaces de cruzar las Aguas de la Muerte, que no deben ser tocadas. Le pide corte 120 árboles para atravesar el agua. Finalmente Gilgamesh llega a la isla de Utnapishtim y le pide ayuda. Éste lo regaña por querer combatir el destino de los humanos y arruinar la alegría de la vida.



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Décima primera. Gilgamesh dice que Utnapishtim no es distinto a él y le pregunta por qué su destino es diferente. Él le cuenta del diluvio. A Gilgamesh le ofrece una oportunidad para la inmortalidad. Lo reta a permanecer despierto por seis días y siete noches. Gilgamesh se queda dormido. Utnapishtim pide a su esposa que cada día que duerma ponga al horno una barra de pan, para que Gilgamesh no pueda negar su falla. Gilgamesh, después de seis días y siete noches, descubre su fracaso. Cuando éste regresa a Uruk, la esposa de Utnapishtim le pide tenga compasión de él. Éste, entonces, revela a Gilgamesh la existencia de cierta planta del fondo del océano que lo mantendrá joven, pero no lo hará inmortal. Gilgamesh se hace de la planta y cuando se baña la pone a la orilla del lago y una serpiente se la roba. Gilgamesh llora en presencia de Urshanabi, por haber fracasado en las dos oportunidades. Regresa a Uruk y ante la contemplación de sus murallas alaba el trabajo de sus constructores.

Décima segunda. Gilgamesh pide a los dioses que le devuelvan a su amigo. Enlil y Sin no se molestan en responderle, pero Enki y Shamash deciden ayudarle. Shamash hace un hoyo en la tierra y Enkidu sale por ahí. La tablilla termina con Gilgamesh preguntándole a Enkidu sobre lo que ha visto en el inframundo. No queda claro si Enkidu reaparece en la historia como espíritu o si vuelve a la vida.

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Comentario

La Epopeya de Gilgamesh es la narración más antigua que se conoce y es también la primera obra de la literatura. Es muy anterior a la Ilíada (Grecia) y al Mahábhárata (India). En la antigüedad la Epopeya era un texto muy conocido y su impacto se puede ver en muchas narraciones literarias posteriores como en los poemas homéricos y en los textos religiosos hebreos.

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Las tablillas que se han descubierto, para reconstruir el texto, están incompletas. Hay unas en mejor estado que otras. Las diversas traducciones señalan cuando hace falta alguna de las partes. En 2015 se publica el texto de un nuevo fragmento de la tablilla cinco. Siempre existe la posibilidad de nuevos hallazgos que se habrán de incorporar al cuerpo del actual texto.

De acuerdo al documento la Lista de reyes sumerios, Gilgamesh fue el cuarto o quinto rey de Uruk hacia el 2650 a.C. Él es el protagonista de la Epopeya. Como todas las epopeyas contiene elementos históricos y míticos. En el texto se dice que fue hijo de del rey Lugalbanda y Ninsun, una diosa. Era dos terceras partes dios y una tercera parte humano. Tenía una fuerza sobrehumana que utilizó para construir las murallas de la ciudad de Uruk. A Gilgamesh le sucedió en el trono su hijo Ur-Nungal, que gobernó durante 30 años.

El tono de la narrativa de las aventuras de Gilgamesh es el de un ser sobrenatural dotado de fuerzas especiales. A pesar de esto no deja de ser un humano que experimenta el desamor, los placeres de la vida cotidiana y las limitaciones que confirman las características universales de la condición humana.

Gilgamesh busca la fama y la inmortalidad, pero lo que encuentra es el amor de los amigos. Enkidu, por amistad lo va a acompañar en todas sus aventuras. El rey de Uruk también se hace consciente de sus límites. Es un mortal y algún día dejará de existir. Asume también la importancia que tiene la vida en comunidad.

La narración plantea problemas y dudas existenciales que son comunes a todos los seres humanos y describe sentimientos comunes a toda persona como el amor, el dolor, el miedo, la duda, el agradecimiento, la vida y la muerte.

La historia que se cuenta en la Epopeya de Gilgamesh tiene su origen en Mesopotamia, la cuna de la civilización, que hoy comprende los territorios de Irak, Kuwait y partes de Siria, Irán y Turquía. La cultura sumeria, asiria y babilónica desaparecieron de la historia y con ellas también la Epopeya.

Eso y el que la obra haya utilizado la escritura cuneiforme, que también desapareció, explica el por qué un texto de tal importancia permaneció desconocido a través de los siglos. Nínive fue destruida en 612 a.C. y descubierta hasta 1845. La escritura cuneiforme se descifró en 1872, que es cuando se empieza a traducir la versión ninivita de la Epopeya de Gilgamesh.

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En los últimos 100 años se han encontrado fragmentos de tablillas escritos en acadio que pertenecen a la versión antigua de la Epopeya. Ahora éstos se encuentran en los museos de la Universidad de Yale, de la Universidad de Filadelfia y del Centro de Estudios Orientales de Chicago, en Estados Unidos. Hay también en el Museo Iraquí, en Bagdad, Irak, en el Museo de Berlín, en Berlín, Alemania, y en el Museo Británico, en Londres, Inglaterra.

Versión original: Edición de Jean Bottéro, Ediciones Gallimard, París, 1992, traducción del francés al español de Pedro López Baraja de Quiroga.

Twitter: @RubenAguilar

Mundo Nuestro. En los años setenta en la ciudad de Puebla se produjo una experiencia cultural desarrollada desde la sociedad civil que merece recordarse: el festival Puebla Ciudad Musical. Se llevó a cabo varios años, hasta que con la llegada del gobernador Toxqui el proyecto murió tras el intento del gobierno de convertirlo en asunto gubernamental. Francisco Sánchez Díaz de Rivera fue el creador del festival de los años 70 “Puebla ciudad musical”, pero tuvo el respaldo de muchísimos entusiastas que junto con él lograron construir un evento con una verdadera resonancia nacional.

Valga este documental realizado por el documentalista mexicano que por entonces ganaba las pantallas de las salas cinematrográficas en todo el país, Demtrio Vilvatúa. El corto ofrece, sobre cualquier cosa, la vista de una ciudad armónica. Justo lo que hoy ha perdido con el caótico crecimiento urbano de los últimos treinta años. Vale su difusión como homenaje a quienes realizaron este esfuerzo espectacular entonce y ejemplar hoy por lo que de movilización civil por la cultura representó Puebla Ciudad Musical.



Día con día

Resultado de imagen para Porfirio Díaz. Su vida y su tiempo, La ambición (1867-1884)



Porfirio Díaz. Volver a la historia

Empiezo a leer el segundo tomo de la biografía de Carlos Tello Díaz sobre su tatarabuelo, Porfirio Díaz, escollo, enigma y encarnación de toda una época de la historia de México.

Creo, por lo que llevo leído, y por la lectura del primer volumen, que estamos frente a la biografía más ambiciosa, profesional y desafiante que se haya emprendido nunca en nuestro país.

Imposible hablar del último siglo y medio de la historia de México sin que se cruce en el relato Porfirio Díaz.

Imposible pensar la Reforma, la Intervención y el Imperio, las décadas de paz que siguieron y la Revolución mexicana de 1910 sin poner en el centro a Porfirio Díaz, uno de los grandes personajes y a la vez uno de los grandes villanos de nuestra historia.

La sola contradicción entre la importancia del personaje y el veredicto oscuro que pesa sobre su figura, indica el desarreglo de nuestra memoria.

Un personaje central de nuestra historia es a la vez uno de sus centrales villanos. Como Hernán Cortés. Como Agustín de Iturbide. Diría Gil Gamés: Todo es muy raro, necesitamos un psiquiatra(una).

No sé cómo hemos construido los mexicanos una historia nacional en la que los personajes centrales tienden a ser villanos centrales.

Es nuestra especialidad psicoanalítica.

Lo que ha hecho, lo que está haciendo, Carlos Tello Díaz, es todo lo contrario. Es lo que hizo antes José Luis Martínez con Hernán Cortés: devolvernos al personaje real que fue central en nuestra historia.

Volver a la historia, darnos la oportunidad de curarnos de nuestros fantasmas. Restituir a la memoria del país real, el Porfirio Díaz real. Empatar los hechos con los hechos, despejar nuestros fantasmas.

El segundo tomo de esta biografía: Porfirio Díaz. Su vida y su tiempo. La ambición, 1867-1884 (Random House, Debate, 2018) es algo más que un libro, es la oportunidad de curarse de la mitología nacional.

Pocos, si algunos, tomarán la receta, porque nuestra historia patria está dominada por el reflejo de villanizar, entre otros, a Díaz.

Pero la tarea biográfica que ha emprendido Tello tendría que dar sus frutos en los tiempos largos de la historia, ayudando a curar y completar nuestra memoria con el brebaje insuperable de la realidad.

Porfirio Díaz. El ambicioso



Una virtud de la biografía de Tello sobre Porfirio Díaz (volumen II. La ambición, Debate, 2018) es acercarnos al personaje de carne y hueso en todas sus facetas.



Aquí está el héroe de la guerra, pero también el hombre de familia. El político ambicioso, pero también el amigo desinteresado. El personaje exento de temor ante el peligro, pero también el hombre que se echa a llorar cuando habla en público. El ambicioso incesante que busca el poder, pero también el apacible hombre de campo y de familia, cuidadoso de sus afectos y de su patrimonio.

La suma de todo esto es el político excepcional capaz de leer su tiempo y apropiárselo, al punto de cubrirlo con su nombre y precipitar luego su destrucción.

La apropiación y el despeñadero sucederán en el tercer tomo de Carlos Tello. Lo que sucede en el segundo es la historia de cómo el héroe militar de la reforma y la intervención, visto con recelo y dureza por sus célebres contemporáneos (Juárez y Lerdo), se siente “despechado, muy despechado” por éstos y, luego de una aciaga temporada familiar en que pierde a dos hijos de cuatro meses y dos años, endereza su ambición a buscar la Presidencia que Juárez quiere conservar reeligiéndose, y Lerdo ganar, desplazando por igual a Porfirio y Juárez.

Un rasgo notable del relato, en el estilo imparcial y terso de Tello, es cómo, al paso de sus páginas, los grandes nombres, en particular Juárez, bajan de sus altas estatuas y sus inalcanzables pedestales: dejan de ser héroes de bronce consagrados por la historia y se vuelven solo políticos en busca de poder.

También, y esto es igual de importante, la forma en que se asumen como heraldos de lo que cada quien juzga lo mejor para la República, coincidente siempre, también, con su propia causa.

No hay prestigios preponderantes o méritos indiscutibles en estos años. Todo está en juego otra vez a ras de tierra. La obsesión común a todos los participantes visibles es el rasgo común a su tiempo: la imparable ambición de gobernar y la invencible dificultad de hacerlo.

Porfirio Díaz encontró la solución de cómo gobernar su país ingobernable, la ejerció 25 años y se ahogó luego en ella.

Porfirio Díaz. Rebelión y legitimidad

En su mesa de noche, la noche en que murió, Juárez tenía el libro Cours d’histoire des législations comparées. Entre sus páginas había dejado un papel con un apunte. El apunte decía:

“Cuando la sociedad está amenazada por la guerra, la dictadura o la centralización del poder, es una necesidad, como remedio práctico para salvar las instituciones”.

Vista la historia hacia atrás. Juárez habría tenido que reconocer que Porfirio Díaz fue el “remedio práctico” que él buscaba en los linderos de su agonía. Notable que aquella agonía personal estuviese tan puntualmente trenzada con su agonía por la dificultad política de la República y su dilema terrible: anarquía o dictadura, fragmentación o centralización.

Ironías de la historia: en su momento de mayor legitimidad, después del triunfo contra la Intervención y el Imperio, la República Restaurada (1867-1877) tenía un gobierno débil que todo mundo desafiaba.

La herencia de 10 años de guerras civiles era de una gran violencia dispersa en los caminos. Los pueblos y las comunidades se levantaban contra las leyes liberales que habían legalizado el despojo de sus tierras poseídas en común.

El Congreso bloqueaba una y otra vez al presidente Juárez, cuya impopularidad crecía por semanas. La política hervía de aspirantes a todos los puestos, empezando por la Presidencia de la República, siguiendo por el gabinete, las gubernaturas, las jerarquías de Ejército y las efervescencias del poder local.

Y las elecciones no eran respetables. Todos y cada uno de los aspirantes a puestos públicos sabían qué elecciones eran alquimia del gobierno y que solo podían ganar si se allanaban o le ganaban al alquimista.

Los fantasmas paralelos de la ingobernabilidad y de la ilegitimidad recorren todo el horizonte político de la República Restaurada.

Producen una y otra vez inconformidades, rebeldías, alzamientos. Entre ellos, los dos de Porfirio Díaz: el del fracasado Plan de La Noria, en 1871, y el del victorioso plan de Tuxtepec, en 1876.

Las cosas estaban trenzadas de tal manera que quien quisiera llegar al poder legítimo, debía elegir el camino ilegítimo de la rebelión.

Porfirio Díaz habría de resolver ese dilema en las siguientes décadas, concentrando el poder y estableciendo una especie dictadura, como había escrito Juárez en su última noche.

Porfirio Díaz. La solución

Un buen alegato histórico que hay en el segundo tomo de la biografía de Porfirio Díaz, escrita por Carlos Tello, es que, lo que hoy vemos como épocas separadas, muy distintas entre sí —la luminosa República Restaurada de Juárez y Lerdo (1867-1877) y el oscuro Porfiriato (1878-2010)— tienen más vasos comunicantes de lo que se piensa.

La narrativa minuciosa de Tello exhibe una profunda continuidad de problemas, obsesiones y conductas. Al menos en dos aspectos claves, el Porfiriato fue no solo la continuación de la República Restaurada, sino su solución.

Un aspecto clave de aquellos años era pacificar el país. El otro, hacerlo gobernable. Ambos debían resolverse para imponer el proyecto de modernización liberal: ferrocarriles, privatización de tierras comunales, equilibrio fiscal. Lo que hoy llamaríamos globalización y neoliberalismo.

La obsesión de Juárez y Lerdo fue fortalecer al presidente, quitar peso a los estados y al Congreso, neutralizar a los inconformes, centralizar el poder. Nunca lo lograron. Sus gobiernos recurrieron una y otra vez de los poderes de excepción, típicos de tiempos de guerra. El ejercicio de tales poderes, que para los contemporáneos era una dictadura, tuvo efectos contrarios. Lejos de consolidar los gobiernos de Juárez o Lerdo, exacerbaron las inconformidades, que solían terminar en revueltas.

Juárez quería una reforma del poder que le diera poder al presidente, entre otras cosas, para reelegirse. Murió antes de lograrlo. Lerdo intentó lo mismo, y fracasó también.

Porfirio Díaz enfrentó los mismos problemas de gobernabilidad que Juárez y Lerdo, con los mismos instrumentos débiles, pero fue él quien encontró la fórmula que los otros buscaban: fortalecer el poder central para poder gobernar y modernizar el país.

En algo se parecen los presidentes de la democracia mexicana del siglo XXI a los de la República Restaurada. Nuestros últimos presidentes nunca encontraron la forma de gobernar el país para modernizarlo ni pudieron vencer su violencia.

En la elección de 2018, los electores le dijeron adiós a estos gobiernos frágiles y restituyeron, democráticamente, la figura predemocrática de un presidente fuerte, sin contrapesos.

La pregunta es si ese presidente fuerte fracasará, como Juárez y como Lerdo, ante los encanijados dilemas de su tiempo, o si será la solución, como Porfirio Díaz.

José Lazcarro Toquero nació en la ciudad de Puebla el 27 de febrero de 1941. Alegre e incansable es un artista que ha desarrollado su oficio en disciplinas como el grabado, la pintura, la escultura, el arte-objeto, la arquitectura, el diseño de mobiliario y la experimentación con materiales diversos, así lo demuestra en su exposición Peltre (agosto 2016), realizada en base al esmaltes al fuego, que se exhibió en su galería en La Noria, ciudad de Puebla. Y su última exposición, A la manera de Lazacarro, que se exhibió el año pasado en el Museo Barroco.

Lazcarro, nació en 1941 y vivió su infancia y adolescencia en la colonia Guerrero de 1945 a 1970. Inició su formación como artista en 1958 el año en la Escuela Nacional de Artes Plásticas UNAM, Antigua Academia de San Carlos en la ciudad de México, conocida también como La Esmeralda, muy cerca de Tlatelolco y de la Guerrero. Como artista plástico en ciernes apoyó el movimiento estudiantil de 1968.

El siguiente texto, en el que Lazcarro recuerda la tarde del 2 de octubre, forma parte del libro Raíces, José Lazcarro en la Colonia Guerrero, que será publicado próximamente. (Emma Yanes Rizo)



Durante el movimiento de 1968, Antonio Trejo como director de San Carlos, no dejó que el ejército ingresara a la escuela. Se paró en la puerta frente a los militares y se tuvieron que ir. En la azotea había un arsenal de bombas molotov y otras cosas para defender San Carlos. Yo en ese momento ya no estaba en la Academia.

Desde mi oficio como grabador tomé partido por el pueblo norvietnamita[1]. En octubre de 1968 mis colegas y yo habíamos inaugurado una exposición con ese tema en la galería 5 de Mayo, en Tlatelolco, que estaba a espaldas de la Plaza de las Tres Culturas. Y justamente el 2 de Octubre, cambié mí día de guardia en la galería para irme a la marcha, más bien al mitin. Me salvé de pura chiripa gracias a que al pasar a recoger a Olga ella tardó mucho en arreglarse. Guardo los diálogos de esa tarde en mi memoria:

--- ¡Hey Doña Catalina!... ¡Señora Catalina!... ¡Señora Catalina!, le grité a la tía de Olga, --Habla más bajo Lazcarro qué no ves que despiertas a mi viejo?... qué quieres?, me dijo. –Pues que le diga a Olguita que se apure, vamos a llegar tarde al mitin.

--Ay Lazcarro, así me decía, por mi apellido, ya sabes que la “Tutucha”, que era el apodo de Olga, es así y tienes que admitirlo, si la quieres te tienes que aguantar. La voy a apurar, pero seguro no va a salir hasta que esté bien pintada y todo. La Tutucha tiene su genio. Ya sabes, chiquita pero cabroncita, siempre termina haciendo su voluntad, fájese los pantalones Lazcarro. Y que le contesto: --Sí Señora Catalina, pero nomas que pase un tiempo la voy a hacer a mi modo, usted va a ver. Claro que aquí entre nos eso nunca sucedió.

--Pero si nada más me estaba retocando, dijo finalmente Olga, cuando salió.



Olga vivía en la colonia Río Blanco, muy cerca de la glorieta de Peralvillo, pero ese día de ahí a Tlatelolco había mucho tráfico.

Llegamos tarde al mitin, ya no pudimos entrar a la plaza porque las balas y los gritos nos lo impidieron. Estábamos pasmados, pero no corrimos, así nos volvimos como invisibles a los tiradores, los que corrían hacían evidente su presencia y les disparaban.

Ya no supe si vimos algunos muertos, me imagino que sí pero no lo recuerdo. Creo que la preocupación por salir del lugar nos dotó de destreza y tranquilidad. Nos fuimos caminando a mi casa, todavía vivía en Degollado 169, a unas cuantas cuadras de Tlatelolco.



Recuerdo la noche del 2 de octubre como una película en blanco y negro llena de sombras y luces contrastadas; de gritos, de mucho ruido en medio del miedo y la incertidumbre. Al día siguiente no había nadie en la calle, pero había un sol inmenso y mucha bruma, como de ciencia ficción.[2] (D 68).

15 días después del 2 de Octubre se inaugura la Olimpiada y que no pasa nada, hay un júbilo extraordinario, el pueblo mexicano se desborda[3]. Lo que había pasado en 2 de octubre queda como guardado. Sólo tiempo después el pueblo empieza a reaccionar, a ver hay presos políticos, muchachos en la cárcel, otros muertos, muchos desaparecidos. Pero de eso se empieza a hacer conciencia tiempo después, la Olimpiada fue como una especie de pastilla adormecedora. Salen íconos como el sargento Pedrosa, que gana la medalla de plata en caminata[4], Enriqueta Basilio[5] es la primera mujer en llevar la Antorcha Olímpica y los atletas negros ponen el puño en alto como símbolo de los Black Power[6]. En las Olimpiadas del 68 hay un despertar de apoyo al deporte en México y parecía increíble que sólo unas semanas atrás hubiera ocurrido la matanza estudiantil.

La italiana Oriana Fallaci escribió un reportaje sobre el 68, Nada y así sea[7], antes incluso que el libro de Elena Poniatowska[8]. Fue un detonante para que la sociedad volteara a ver lo que había pasado.

Uno como pintor no sabía hacia dónde ir, a donde caminar, porque empiezan a tener mucho éxito pintores altamente decorativos o complacientes, empieza a hacer pinturas muy bonitas, entonces se confunden mucho porque llegan otros cuates que si saben, como Mathias Goeritz[9] o Vicente Rojo[10], y “varios garbanzos de a libra”, los demás se van quedando en el camino. Al final “el viento fuerte sopla toda la hojarasca”, pero se quedan los que se debían quedar: Gunther Gerzso, Vicente Rojo y Mathías Goeritz. Esos son los pintores que yo volteo a ver.

Ilustración José Lazcarro, 2018.

[1] La guerra de Vietnam​ llamada también Segunda Guerra de Indochina o guerra contra los Estados Unidos para los vietnamitas,​ fue un conflicto bélico librado entre 1955 y 1975 para impedir la reunificación de Vietnam bajo un gobierno socialista o comunista.

[2] El movimiento estudiantil de 1968 fue un movimiento estudiantil a favor de la democracia. Fue brutalmente reprimido el 2 de octubre de ese mismo año, por el gobierno mexicano en la Plaza de las Tres Culturas., donde se realizaba un mitin pacífico. .

[3] Los juegos olímpicos de México 1968 o la XIX Olimpiada, se celebraron del 12 al 27 de octubre de ese año. Y en su momento crearon gran expectativa entre la población.

[4] José Pedraza Zuñiga (1937-1998), atleta mexicano ganador de la medalla de plata en la distancia de 20 kilómetros en los Juegos Olímpicos de México de 1968.

[5] Enrique Basilio (1948-). Primera mujer en la historia en llevar la antorcha olímpica y encender el pebetero, en la inauguración de los XIX Juegos Olímpicos de México, el 12 de octubre de 1968.

[6] Durante las olimpiadas de 1968, los afroamericanos Tommie Smith y John Carlos, después de ganar en la carrera de doscientos metros la medalla de oro y de bronce, hicieron el saludo del poder negro, en protesta de los derechos civiles de los negros en Estados Unidos.

[7] Oriana Fallaci ( 1929-2006), El libro Nada y así sea, de la prestigiada periodista italiana, fue publicado por primera vez en 1969. En el texto se narra la experiencia personal de dicha reportera en la matanza del 2 de octubre.

[8] Elena Poniatowska (1932-), escritora, activista y periodista mexicana. Publicó su libro testimonial La noche de Tlatelolco, en la editorial Era en 1971.

[9] Matrhias Goeritz Brunner (1915-1990), nació en Polonia, murió en la ciudad de México. Escultor, poeta, historiador del arte, arquitecto y pintor.

[10] Vicente Rojo (1932-). Nació en Barcelona, España, pintor y escultor, arribó a México luego de la Guerra Civil Española. En 1991 fue galardonado con el Premio Nacional de Ciencias y Artes en el área de Bellas Artes.

Mundo Nuestro. El historiador Carlos Melesio Nolasco presenta este texto de la etnóloga mexicana María Margarita Nolasco Armas (20 de noviembre de 1933, Orizaba, Veracruz - 23 de septiembre de 2008, Distrito Federal, México) . Ella fue considerada como una de las pioneras en el estudio de la antropología de México. Se le reconoció de manera póstuma con el Premio Nacional de Ciencias y Artes en la categoría de «Historia, Ciencias Sociales y Filosofía».

Fue también, sobreviviente de la noche de Tlatelolco. Y madre de Carlos Melesio Nolasco, historiador, autor hoy de la crónica que presenta Mundo Nuestro. Madre e hijo, a unos metros una de otro, vivieron esa noche terrible en el edificio Chihuahua. Entrevistada por Elena Poniatowska para su Noche de Tlatelolco, esto es lo que vivió Margarita aquella noche en la que presenció la matanza y sufrió la incertidumbre por la suerte de su hijo, entonces estudiante de secundaria.



“Tlatelolco entero Respira Sangre”

“Recorrimos un piso tras otro y en la sección central del Chihuahua, no recuerdo en qué piso, sentí algo chicloso bajo mis pies. Volteo y veo sangre, mucha sangre y le digo a mi marido: "¡Mira Carlos, cuánta sangre, aquí hubo una matanza!" Entonces uno de los cabos me dice: "¡Ay, señora, se nota que usted no conoce la sangre, porque por una poquita que ve, hace usted tanto escándalo!" Pero había mucha, mucha sangre, a tal grado que yo sentía en las manos lo viscoso de la sangre.

“También había sangre en las paredes; creo que los muros de Tlatelolco tienen los poros llenos de sangre. Tlatelolco entero respira sangre. Más de uno se desangró allí porque era mucha sangre para una sola persona.

“Yacían los cadáveres en el piso de concreto esperando a que se los llevaran. Conté muchos desde la ventana, cerca de sesenta y ocho. Los iban amontonando bajo la lluvia... Yo recordaba que Carlitos, mi hijo, llevaba una chamarra de pana verde y en cada cadáver creía reconocerla... Nunca olvidaré a un infeliz chamaquito como de dieciséis años que llega arrastrándose por la esquina del edificio, saca su pálida cara y alza las dos manos con la V de la victoria. Estaba totalmente ido; no sé lo que creería, tal vez pensó que quienes disparaban eran también estudiantes. Entonces los del guante blanco le gritaron: "Lárgate de aquí, muchachito pendejo, lárgate, ¿qué no estás viendo? Lárgate." El muchacho se levantó y confiado se acercó a ellos. Le dispararon a los pies pero el chamaco siguió avanzando. Seguramente no entendía lo que pasaba y le dieron en una pierna, en el muslo. Todo lo que recuerdo es que en vez de brotar a chorros, la sangre empezó a salir mansamente. Meche y yo nos pusimos a gritarles como locas a los tipos: "¡No lo maten!... ¡No lo maten!... ¡No lo maten!" Cuando volteamos hacia el pasillo ya no estaba el chamaco. No sé si corrió a pesar de la herida, no sé si se cayó, no sé qué fue de él.

“Yo no entendía por qué la gente regresaba hacia donde estaban disparando los tipos de guante blanco. Meche y yo —parapetadas detrás del pilar— veíamos cómo la masa de gente venía gritando, ululando hacia nosotros, les disparaban y se iban corriendo, y de pronto regresaban, se caían, se iban, venían de nuevo y volvían a caer. Era imposible eso, ¿por qué? Era una masa de gente que corría para acá y caía y se iba para allá y volvía a correr hacia nosotros y volvía a caer. Pensé que la lógica más elemental era que se fueran hacia donde no había balazos; sin embargo regresaban. Ahora sé que les estaban disparando también de aquel lado.”



"Las escaleras se veían mojadas, tanto por la lluvia como por la sangre, que hacía que al caminar se sintiera el piso pegajoso. Salimos del edificio, y al cruzar vimos grupos de soldados aventando como bultos los cuerpos de los estudiantes y personas fallecidas todos envueltos en cobijas, dentro de los camiones militares. Vi que mi hijo pequeño se retrasaba y volteaba a ver hacia los camiones, por lo que lo jalé hacia mí y con mi mano en su cara traté de evitar que viera era terrible acción. Pasamos por un primer cordón de tipo militar, quiénes nos preguntaron quiénes éramos y adónde íbamos. El militar que nos había sacado respondió rápidamente y nos dejaron pasar. Vino un segundo cordón, este compuesto por ganaderos y policías, quienes nos gritaban que no podíamos salir y que nos regresáramos. Pero el militar que nos acompañaba habló con un superior de ellos quien les dio la indicación de que nos dejaran salir. Pasamos el cordón, el militar se quedó y nosotros nos dirigimos hacia la Avenida Reforma, donde tomamos un taxi hacia mi casa. En el camino Meche y yo le gritábamos a cuanto paseante veíamos que en Tlatelolco estaban matando estudiantes, y a los voceadores callejeros que regresaran a sus periódicos y denunciaran los hechos, sin respuesta alguna.

“Llegamos a la casa, y mi preocupación eran mis otros dos hijos. Afortunadamente ahí estaba mi hija mayor, pero no mi segundo hijo, Carlos. Llamamos por teléfono buscándolo en la casa de sus amigos y nos enteramos que había asistido al mitin en la Plaza de Tlatelolco. Desesperadas, contamos todo lo que habíamos visto, y le dije a mi esposo que teníamos que buscar a nuestro hijo, que teníamos que regresar. Inmediatamente mi marido y mi padre estuvieron listos y salimos, y poniendo toda nuestra esperanza en encontrarlo bien y a salvo. Aun entonces, me era difícil pensar que el gobierno déspota, represor, intolerante y perverso como era, pudiera llegar a ese nivel, acometer esos crímenes, esas barbaridades, todo por sostener un sistema corrupto y retrógrada, y por "mantener limpio" un evento internacional, paradójicamente dedicado a la paz y a la armonía, como eran los Juegos Olímpicos, a inaugurarse 10 días después, el 12 de octubre de 1968.”


Lo recuerdo 45 años después.

Tenía 14 años, casi 15. Estudiaba en la Secundaria Anexa a la Normal Superior (ESANS) cuando se inicia el movimiento estudiantil, seguía aún en clases.

Era una secundaria especial (modelo), muchos de mis profesores eran militantes de izquierda, particularmente del Partido Comunista Mexicano (PCM), muchos de mis compañeros eran hijos de militantes comunistas, los Semo, los Concheiro, los Ponce de León. En mi casa, mi madre era profesora en la Escuela Nacional de Antropología e Historia (ENAH) y simpatizaba con los estudiantes, mi hermana estudiante de la Escuela Nacional Preparatoria no. 6 de la UNAM y participaba en el movimiento estudiantil, así como sus amigos, de la prepa y de antropología.

La Escuela Normal Superior entra al movimiento estudiantil popular y entra a la huelga estudiantil en agosto de 1968, los alumnos de la secundaria los veíamos con mucha simpatía, había mítines, asambleas reuniones etc. etc. constantemente. De hecho en la secundaria intentamos hacer una huelga con una lógica cartesiana perfecta: los estudiantes están en huelga, nosotros somos estudiantes, ergo… tenemos que estar en huelga. Amablemente los profesores hablaron con nosotros, admirando nuestra actitud, pero se acerca el fin de cursos y los exámenes finales, así que no es conveniente la huelga…accedimos.



Terminó el año escolar, misteriosamente yo paso todas las materias y termino la secundaria, pero me quedo sin escuela pues tenía que esperar a que en la UNAM terminara la huelga para hacer examen de admisión y entrar a la preparatoria.

Entro de lleno a vacaciones con grandes movilizaciones estudiantiles en la ciudad, manifestaciones, mítines, reuniones, secuestro de autobuses, pleitos con la policía, corretizas a las cuales yo asisto con gran gusto y curiosidad y con todo el tiempo libre, verdaderamente de mirón, eventualmente encontraba a algún conocido que me daba “propaganda” afín al movimiento estudiantil para repartirla, lo cual hacía gustosamente. Todo esto lo hacía con los amigos de secundaria que estaban en la misma situación. Asistimos a la “manifestación silenciosa”, a los mítines en el zócalo, en la ciudadela, en santo Tomás, en Zacatenco en Ciudad Universitaria, en algunas ocasiones acompañado hasta de mis padres. Eran tiempos de fiesta, de libertad eran tiempos especiales.

Con mis amigos de secundaria acostumbraba hablar por teléfono (esos viejos de 20 centavos por llamada de tres minutos) para comunicarnos a donde vernos y a donde asistir, así pasó el 2 de octubre. Mi amigo Héctor Berlanga me habla para que le comunique que el mitin de ese día era en la explanada de Tlatelolco. Nos encontramos Héctor, su hermano Alfonso y un primo preparatoriano de ellos llamado Ignacio. Los cuatro llegamos a Tlatelolco en un camión conocido como Chato de raya blanca que decía Hospitales, esto en la esquina de la avenida ejército nacional esquina con Gutenberg colonia Anzures.

Mientras estábamos esperando el camión, sobre avenida ejército nacional pasaron muchos camiones militares, llenos de soldados, pero para octubre de 1968, después que el ejército y la policía habían tomado C.U.(UNAM), Zacatenco(IPN), Santo Tomás (IPN) y una buena cantidad de escuelas, era ya cosa cotidiana, por lo cual no nos llamó la atención.

Llegamos a Tlatelolco, por supuesto con un cigarrillo en la boca, mi amigo Héctor nota que en el mitin estaba mi madre Margarita Nolasco, quién asistía en compañía de su amiga Mercedes Olivera quién vivía en el edificio Chihuahua, en el corazón de escenario del mitin. Tenía 14 años, pensé que si mi madre me veía fumando me iba a regañar, por lo cual nos alejamos de ella.



Nos acercamos al edificio Chihuahua, había mucha gente, no había electricidad, por lo cual no funcionaban los elevadores, subimos a pie al tercer piso, en la primera terraza con parada de elevador, pero estaba saturado de gente, cumplía las funciones de “pódium” del mitin, estaban todos los dirigentes del movimiento estudiantil que asistieron, así como periodistas, estudiantes y policías que los acompañan, estaba llena esta terraza. Hay tres terrazas más, pues el elevador no se detiene más que cada tercer piso en una terraza, es decir al 3, 6, 9 y 12 piso. Decidimos ir a pie hasta la última terraza, es decir, el doceavo piso desde donde vimos los acontecimientos de esa tarde. En esa posición, no oíamos lo que los oradores anunciaban en el mitin, pero si vimos una luz de bengala que caía cerca del edificio de “Relaciones exteriores”, cuando la luz casi toca tierra (cayó muy lentamente), empezaron a llegar muchos soldados, con fusil y bayoneta calada, los asistentes al mitin, empezaron a huir, desde la terraza del doceavo piso vimos como las personas pasaban entre los soldados y estos las dejaban pasar.

Empezamos a oír truenos, creí que eran cohetes, nunca había oído un disparo de arma de fuego en mi vida, en mi casa estaban prohibidas hasta las resorteras, ya no digamos armas de municiones, diávolos o menos de fuego. De repente empezamos a oír zumbidos que pasaban cerca de nosotros, que además pegaban en el techo y las paredes haciendo que la cubierta de estas se rompiera y cayera, decidimos movernos pero, por supuesto hacia arriba del edificio, pues abajo era la fuente de los disparos, subimos dos o tres pisos más, hasta la azotea del edificio, que está formada por cuartos de servicio alrededor del edificio y un corredor central. Llegó mucha gente huyendo de la masacre en la parte baja del edificio, llegó, entre otros un joven estudiante con un golpe en la frente, sangrando mucho, nos comentó que había intentado entrar a un departamento del edificio y que lo había recibido un tipo armado con un fusil el cual lo golpeó en la frente, descalabrándolo, el hermano de mi amigo Héctor se quedó con él en un cuarto de servicio, más tarde nos cuenta que llegaron soldados los aprendieron y los llevaron presos al campo militar no. 1. En el caso de mi amigo lo liberaron una semana después, tenía 15 años.

Nosotros seguíamos en el corredor de la azotea de edificio, en la parte media hay una serie de tubos de gas, a Tlatelolco lo surten desde una refinería, probablemente de Azcapotzalco, una bala perdida golpea algún tubo de estos, empieza un fuego de gas bastante grande, el conserje del edificio nos pide ayuda para cerrar las llaves de gas y de esa forma terminar con el incendio, lo cual hicimos, cerramos cuanta válvula encontramos y se acabó el incendio. En seguida le pedimos ayuda al conserje, quién tenía las llaves de un departamento, que se encontraba desocupado por el piso doce o trece. Nos escondimos como 15 o 18 personas, muertas de miedo. El departamento se encontraba en la parte trasera del edificio, no en el frente hacia la explanada principal, donde fue la masacre, por lo cual nunca entraron los militares o policías al departamento.



Pasé una difícil noche escondido, siempre con balaceras intermitentes en el transcurso de la noche, gritos, insultos, lamentos, nunca pensé en la posibilidad de que a mi madre le pasara algo, la inocencia (protección de los 14 años) ayuda a pensar que es inmortal, que a ella no le puede pasar nada, en verdad no me preocupó, estaba seguro que no le pasaría nada.

En un momento de la madrugada oímos lamentos y balazos, nos reímos, era una risa histérica, mucho nerviosismo y miedo. Entre nosotros había dos niños como de 7 u 8 años, tenían cajas de chicles, chicleritos pues, les compramos sus chicles y fue nuestro digamos alimento de ese día.

Ya en la madrugada, a esa edad no usaba reloj, probablemente 4 o 5 de la madrugada, me asomé por la ventanilla del baño, que daba a la parte trasera del edificio en un parque con forma de media luna sobre Paseo de la Reforma (creo que se llama Orizaba), desde donde hay una entrada a un estacionamiento de autos de la Unidad Nonoalco-Tlatelolco, había un camión militar de redilas, verde olivo, en donde los soldados tiraban bultos en forma de cadáveres humanos, en el tiempo que estuve observando conté 86.

No había luz eléctrica, no había agua, menos teléfono, mi principal preocupación era: ¿Cómo avisarles a mis padres que no podía ir a la casa? Ellos no permitían que durmiera fuera de casa, padres muy celosos y no me preocupaba mi madre, sentía que no le podía pasar nada malo, pero temía su regaño de no dormir en casa, no era consciente de lo que pasaba, tenía 14 años y estaba verdaderamente impactado de lo que vivía.

Al día siguiente, 3 de octubre, mañana triste y lluviosa, decidimos salir, mandamos primero a los “chicleritos” de 7 u 8 años, por ser los menos amenazados, no pasaban como estudiantes y menos como dirigentes del movimiento estudiantil, les dimos instrucciones de pararse junto a un teléfono público del parque, si alzaban los brazos, quería decir que podíamos salir sin problemas, si los bajaban no podíamos salir. Alzaron las manos, el primero en salir fue el primo de mi amigo, Ignacio (nacho), quién se encontró con un soldado a quién dio 50 pesos y lo sacó. Después seguimos mi amigo Héctor y yo. Inventamos una historia previa, que íbamos por leche para nuestra supuesta hermanita, bajamos el edificio, una escenografía inolvidable, cal, agua, sangre mezclada en todos los 12 o 13 pisos del edificio. Llegamos a la terraza del tercer piso, había un retén militar, que pedía identificación, encontramos a un individuo, con casco militar con la cruz roja pintada, vestido se civil pero con bata blanca y cruz roja en el hombro, evidentemente un militar vestido de civil, empezamos a contarle nuestra historia inventada y no nos oyó, nos pidió que lo acompañáramos a un departamento cercano, entra a la cocina, donde toma hoyas, sopas, arroz, y diversos aperos de cocina que seguramente robaba y nos pidió que los cargáramos y acompañáramos; así lo hicimos, cuando pasamos por la planta baja del edificio, había una mesa tras de la cual se sentaban oficiales del ejército, que conocían al personaje que seguíamos, él dijo que iba a ser sopa para “los compañeros”, nos dejaron pasar, evidentemente lo conocían, nos llevó cerca, a una vecindad por la plaza de Garibaldi, nos dio un café, preparo varias cajas llenas de cosas seguramente robadas de Tlatelolco, nos pidió que lo acompañáramos a la estación de ferrocarril de Buenavista, compró un boleto para Orizaba, en el estado de Veracruz; nos prestó veinte centavos para hacer una llamada telefónica, la cual hice a mi casa, en la colonia Anzures.

Mi casa se había convertido en un centro de reunión de profesores y alumnos de la ENAH, pues era la más cercana al museo de antropología y a la ENAH, cuando hablé estaba, digamos de guardia, Guillermo Bonfil Batalla, me dijo que mis padres me buscaban angustiosamente por todos lados, debe ser duro buscar a un hijo de 14 años después de una masacre; me preguntó dónde estaba, le comuniqué que en la estación de FFCC de Buenavista, fue a recogerme en su VW, le dio veinte pesos a mi rescatista, me llevó a casa, le dio dinero a mi amigo Héctor para que llegara a su casa y aquí termina mi 2 de octubre, poco después llegan mis padres, lágrimas, besos y la nueva generación de la guerrilla universitaria, la generación del 69, pero esta es otra historia.

Los testimonios de mi madre buscándome, están en “La noche de Tlateloloco” de Elena Poniatowska.

Ciudad de México, 2 de octubre del 2013.

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