Historia

Mundo Nuestro. Es un libro sobre los orígenes de la mayor de las tradiciones en la historia de la ciudad de Puebla.

La Doctora en Historia del Arte Emma Yanes Rizo presenta este viernes 24 de mayo en el Museo de Santa Mónica su libro Que de dónde, amigo, vengo. Los orígenes de la loza estannífera o Talavera Poblana, 1550-1653, un gran relato del origen mismo de la ciudad de Puebla, de la importancia que tuvieron para su desarrollo los talleres de artes aplicadas que sostuvieron la construcción de la ciudad colonial que hoy se reconoce como patrimonio histórico de la humanidad. La Doctora Yanes Rizo recupera la vida cotidiana de la ciudad desde los talleres de alfareros que encontraron en la mayóliica la mayor de sus artes. Loza común, loza fina, en ese cruce se encontraron las tradiciones cholultecas e ibéricas, estas últimas con sus artesanos sevillanos, italianos, africanos que conformaron una comunidad riquísima en capacidades e iniciativas que llevaron a innovar técnicas y tecnologías para dar a la vuelta del siglo XVII con una poderosa corriente creativa en el quehacer alfarero del país.

Historiadora, escritora y ceramista, Emma Yanes Rizo tiene un Doctorado en Historia del Arte por la UNAM y ha sido investigadora en la Dirección de Estudios Históricos del INAH desde principios de la década de los ochenta en el siglo pasado. Actualmente es la directora del Fondo Nacional de las Artesanías, FONART, en el gobierno de México.

Vida y milagros

El 20 de febrero de 1933, los 24 industriales más poderosos de Alemania llegaron al Reichstag, la sede política de Berlín, a una inesperada entrevista con Hitler, respondiendo a una invitación de Göring, presidente del parlamento alemán en ese momento. Detrás de los nombres personales de esos grandes empresarios hoy casi olvidados, aún perduran los intereses y las empresas que muchos de ellos heredaron o hicieron poderosas: BASF, BAYER, Agfa, Opel, Siemens, Allianz, Telefunken, IG , Farben, por decir algunas.

"SÍ decimos los nombres de sus empresas, sí los conocemos, y los conocemos muy bien. Están ahí, entre nosotros. Son nuestros coches, nuestras lavadoras y máquinas de coser, nuestros artículos de limpieza, nuestros radios despertadores, el seguro de nuestra casa o la pila de nuestro reloj. Están ahí, en todas partes, bajo la forma de cosas. Nuestra vida cotidiana es la suya. Cuidan de nosotros, nos visten, nos iluminan, nos transportan por las carreteras del mundo, nos arrullan. Y los 24 sujetos presentes en ese momento en el palacio del presidente del Reichstag, son los mandatarios del momento, el clero de la gran industria, sus sacerdotes... Se mantienen ahí impasibles, como 24 calculadoras en las puertas del infierno." (Éric Vuillard, El orden del día, tusQuets, 2018)



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En su libro El orden del día, Eric Vuillard describe perfectamente cada uno de los detalles del palacio, de las escalinatas y el barandal en el que se apoyan los más viejos invitados. Nos muestra la cúpula de cristal, las pinturas y esculturas que adornan sus paredes, sus enormes candiles, mientras nos hace el recorrido de la comitiva de los 24 empresarios más poderosos del país, hasta llegar a la privadísima sala de juntas en la que se encontrarían con Hitler.

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Adolf Hitler y el empresario Fritz Thysen en 1933.



¿A qué llegaron a ese palacio esos 24 personajes, algunos ya cercanos al final de sus días, con sus trajes de tres pieza, sus capas y abrigos impecables, su estela de lavanda, sus habanos Montecristo y sus cabezas coronadas de canas? Llegaron a pactar con el poder, a pactar para poder seguir siendo eternos a través de sus empresas y sus consorcios. La invitación no los tomó por sorpresa. Estaban acostumbrados a codearse con la clase política, a las comisiones y a los pagos por debajo del agua. La corrupción era para ellos una carga ineludible del presupuesto de las grandes empresas. Por supuesto se le llamaba de distintas maneras: gratificación, financiamiento de partidos, comisiones, contratos ventajosos. Llegaron a que les pidieran dinero, un dinero que estaban perfectamente acostumbrados a dar a quien se los fuera solicitando, siempre y cuando hubiera unas mínimas garantías de éxito en la propuesta que les presentaban y la eterna protección a sus intereses y a sus empresas.

Se abrió la puerta y entró Hitler. Quienes no lo conocían sentían curiosidad por verlo. Se dicen tantas cosas de quienes aspiran al máximo poder. Puede pintárseles como encantadores o como sátrapas. Hitler estuvo encantador, afable, sonriente, sencillo y relajado. En absoluto como lo imaginaban. Nada mejora más a un político que el periodo de la conquista. Para cada uno tuvo unas palabras amables y un fuerte y cálido apretón de manos. Su propuesta fue muy concreta: necesitaba de su apoyo para ganar las elecciones del 5 de marzo y garantizar que, por el bien y estabilidad del país, no hubiera elecciones en diez años, o de ser posible, en cien, de preferencia en mil. Todos abrieron sus carteras con generosidad. Tan solo Gustav Krupp donó un millón de marcos.

Los 24 hombres que formaron parte del arreglo del 20 de febrero, y que dieron a Hitler con su complicidad y silencio el poder total en las elecciones del 5 de marzo de 1933, propiciaron que el imponente edificio del Reichstag volara por los aires junto con Alemania al final de la segunda guerra mundial. Todos ellos sobrevivieron al régimen y financiaron en el futuro a numerosos partidos de acuerdo a sus beneficios.

Ese encuentro tan perfectamente narrado es solo la repetición de un episodio habitual a lo largo de la historia en el mundo de los grandes negocios y sus cabezas pasajeras, acostumbrados a codearse con los políticos del partido que sean, para cubrir sus intereses. La reunión descrita por Éric Vuillard es ideal para mostrar hasta qué punto es eterna la esencia de estas complicidades, representadas por esos montones de carne y hueso perecederos pero que, de momento y en los grandes salones del poder, se sienten eternos y más inteligentes que nadie.

Releí la escena del El orden del día e inevitablemente rondan por mi cabeza los viejos nombres de los Salinas Pliego, los Azcárraga, los Bernardo Gómez, los González, los Alfonso Romo, los Olegario Vázquez, los Carlos Hank, los Daniel Chávez, los Miguel Rincón y los Miguel Alemán hijo, y no sólo pienso en el Consejo Empresarial de la 4T convocado por Romo, sino en los no tan recién llegados, pero si recién vistos como Rioboó, con su pelo ralo y sus bigotes teñidos de negro. Y pienso también en los empresarios como Aspe, Escandón, Larrea, Slim, el Grupo Monterrey y varios más. Siguen decidiendo cosas que nos afectarán a todos. Muchos de esos nombres han estado ahí por generaciones. No todos son o serán asesores, pero ahí estarán, moviendo sus fichas, y acordarán lo que convenga a sus intereses, prometerán lealtades y pondrán recursos a disposición de quien de momento sea afable y sepa dar un buen apretón de manos. No son muchos los grandes nombres y capitales que entretienen al país con telenovelas, telefónos, hoteles y cadenas de tiendas. Un puñado de beneficiarios son los que construyen carreteras, aeropuertos y segundos pisos, dos o tres los que surten medicinas, venden cemento, construyen casas buenas, malas o pésimas, venden ropa, comida o electrodomésticos en pagos chiquitos y al cuádruple de su precio en sus miles de tiendas de conveniencia. También las grandes empresas mundiales alcanzarán acuerdos y pensarán en cómo lidiar con quien hoy gobierna. Siempre tratarán de encontrar el lado amable y simpático, sencillo y relajado de quien tiene el poder. Sin duda el poder es un gran adorno de la personalidad.

"Están ahí en todas partes, bajo la forma de cosas. Nuestra vida cotidiana es la suya, cuidan de nosotros, nos visten, nos iluminan, nos transportan por las carreteras del mundo, nos arrullan."

Son invisibles porque están en todas partes.

Esos grupos de poder saben negociar lo que sea. Y saben volar a tiempo a un puerto seguro cuando las cosas no salen bien. El capital, bien lo dijo el clásico, es apátrida.

El edificio del Reichstag fue reconstruido por completo. Hoy luce impecable y cuesta trabajo pensar que quedó reducido a un montón de escombros y cenizas. La capacidad de Alemania para recuperarse ha sido y es admirable.

Las empresas que construyeran esos 24 empresarios, sus descendientes, los hijos de sus hijos y de sus nietos, los que los absorbieron, siguen ahí. El trono permanece, aunque ellos hayan desaparecido.

De Hitler, y de quienes lo acompañaron en la construcción fallida de su tercer imperio, ya sabemos cuál fue el final.

Mundo Nuestro. La revista Sin Permiso publica esta semblanza del historiador inglés Eric Hobsbawn. Publicada originalmente en Jacobin escrita por Matt Myers , estudiante de doctorado en la Universidad de Oxford. Escritor y colaborador de varias publicaciones y revistas, es el autor del reciente libro “Student Revolt: Voices of the Austerity Generation”.



Eric Hobsbawm no fue sólo un historiador del movimiento comunista del siglo veinte, también formó parte del mismo.

El día 25 de enero de 1933 vio la última manifestación antes de la toma del poder por los Nazis en Alemania. Contrarrestando la provocativa marcha nazi celebrada tres días antes en recuerdo del “mártir” fascista Horst Wessel, 130.000 comunistas desfilaron ante la Karl-Liebknecht-Haus a una temperatura de -15°C.

Pese a la mordaz helada y el viento cortante, trabajadores y desempleados en sucios trajes, chaquetas finas y zapatos andrajosos marcharon frente la sede del Partido Comunista de Alemania (KPD) con los puños cerrados y gritando eslóganes acompañados por una banda musical. Sin embargo, esta iba a ser la oración fúnebre del partido. Adolf Hitler fue proclamado Canciller el 30 de enero, iniciando una oleada de arrestos y ejecuciones a la que muchos entre quienes marchaban no sobrevivirían.

Un Eric Hobsbawm con quince años –vestido en su impermeable azul con un relleno de invierno improvisado cosido en su interior– estaba entre los trabajadores mientras cantaban la internacional y Auf, auf, zum Kampf, zum Kampf[1]. Hasta sus últimos días, mantuvo la andrajosa hoja de canciones, cuyos versos había cantado con sus compañeros de la Liga de Estudiantes de la Escuela Socialista.

La singular experiencia en el Berlín de principios de los años 30 cimentó el cómo Eric Hobsbawm –en palabras de su biógrafo, Richard Evans, “el historiador más conocido y leído del mundo”– encontró su propósito en la vida. Cuando el periodista del Independent of Sunday Paul Barker le preguntó en 1990 porqué no dejó el partido comunista mucho antes de la caída del bloque soviético, Hobsbawm respondió: “No deseo ser infiel a mi pasado o a mis amigos y camaradas, muchos de ellos ya muertos, algunos de ellos muertos por su propio bando, a quienes he admirado y que de muchas maneras son modelos a seguir por su devoción y generosidad… Es la visión de alguien que se politizó en el Berlín de 1931 y 1932 y que no lo ha olvidado.”



Tal y como Evans apunta en su profundamente personal y honesta biografía, “En esa esfera altamente politizada fue quizás apenas sorprendente que Eric no tardara en interesarse por la causa comunista”. Y esta fue una causa a la que el historiador permanecería fiel.

Sin embargo, Hobsbawm fue también un tipo muy particular de comunista. Más tarde admitiría que la “experiencia política más formidable” de su vida fue la escisión entre el Partido Comunista de Alemania (KPD) y el Partido Social Demócrata (SPD). Hobsbawm había estado vinculado al comunismo durante la era del Comintern de la Gran Depresión, cuya política abogaba por choques frontales con el SPD. A pesar de ello, luego forjaría un compromiso duradero con la política adoptada en 1935, el “Frente Popular” de las izquierdas. Este enfoque estructuraría sus respuestas políticas a lo largo de su carrera, incluyendo a los desafíos totalmente diferentes a los que tenía que hacer frente el laborismo británico entre finales de los años 70 y la década de los 80.

Parte de tu naturaleza



La vida política del historiador seguía una dinámica de ciclos: desde la apremiante y activa politización en los años 30 y principios de los 40, al estancamiento impuesto por la represión del Macartismo y la rutina académica, sólo para reemerger a finales de la década de los 70 con unas intervenciones cada vez más influyentes en la izquierda británica. Habiendo vuelto a Londres como un huérfano del fervor de Berlín y siendo un adolescente, Hobsbawm estaba profundamente aburrido por las conversaciones banales de los chicos de la clase media inglesa. Mientras que sus amigos en la Liga de Estudiantes Socialistas como Rudolf Leder hablaban sobre revolución, literatura y sexo, sus compañeros de clase en el Marylebone High School solo hablaban de trivialidades. Frustrado por no poder llevar la teoría a la práctica, Hobsbawm escribió en su diario que preferiría estar de vuelta en Alemania trabajando de incognito para el KPD que estar con los pocos miles de manifestantes en el 1º de mayo de 1934. Gran Bretaña era, escribió, “una terrible decepción”.

Siendo joven, su ética de trabajo y proceso de lectura –que Evans describe meticulosamente en base al diario personal de Hobsbawm– era extraordinaria. Hobsbawm leyó vigorosamente desde una temprana edad, a menudo en la Marylebone Public Library: literatura en tres lenguas europeas y todos los clásicos del marxismo a los que pudo tener acceso. En 1934 –con 17 años de edad– ya había leído el primer volumen de “El Capital”, el “Manifiesto Comunista”, la “Crítica a la Economía Política”, “La miseria de la filosofía”, la selección de la correspondencia entre Marx y Engels, el “Dieciocho Brumario”, “La Guerra Civil en Francia”, “Anti-Düring”, “Materialismo y empirocriticismo”, “Imperialismo: fase superior del capitalismo”, la obra de Engels “Socialismo: utópico y científico” y varios discursos de Lenin, Wilhem Pieck y Farrell Dobbs. Sus memorias desde los años 30 están plagadas de apuntes sobre los libros que ha leído y los paseos que había dado.

El mismo Hobsbawm se fustigaba a sí mismo en su diario por no trabajar más duro: “Sumérgete en el leninismo. Deja que se convierta en parte de tu naturaleza”. Después de haber leído doce páginas de Lenin, Hobsbawm anotó: “Es asombroso cómo me anima y aclara mi mente. Después de eso, ya estaba de muy buen humor.” “Esta no es la sensación que la mayoría de la gente tiene después de abrirse camino entre las obras de Lenin”, apunta Evans. “Leo, como, duermo… Compro libros – día de ensueño” confesó Hobsbawm.

Cuando no estudiaba el materialismo histórico, sus encuentros con la clase trabajadora británica fueron sólo de lejos. Los trabajadores que observaba en Paddington Station eran para él “toscos, brutalizados por su entorno, desnutridos y débiles. Sin embargo, ellos todavía son –y no estoy hablando políticamente– más ‘seres humanos’ que la gente que conozco.” Este romanticismo empero, no duraría para siempre.

Absolutismo intransigente

Hobsbawm sólo podía imaginar cómo era una revolución fuera de la Gran Bretaña. En un intercambio lingüístico financiado por el condado de Londres pudo ver –de primera mano– los primeros pasos del gobierno francés del Frente Popular de 1936. Escuchando hablar a Maurice Thorez y a La Pasionaria, Hobasbawm estaba profundamente impresionado por la estrategia del Partido Comunista de alianza entre la clase trabajadora y la clase media-baja. La celebración del día de la Bastilla fue “la tarde más asombrosa, hermosa y más impresionante de mi existencia… ¿Puedes imaginar a un millón de personas en las calles enloquecidas de júbilo? ¿Absolutamente borrachas con la consciencia de su fuerza y unidad?”

El Hobsbawm de los años 30 y 40 no tenía ninguna de las dudas que sí tuvo en años posteriores acerca de la Unión Soviética. “Lenin y Stalin fueron grandes hombres de estado, Trotski no.” escribió en su diario. También escribió a su primo Ron, defendiendo el papel de los juicios de Moscú: “… que los trotskistas deberían desmoronarse parece claro, el hecho de que quisieran ceder territorio de la URSS no es imposible: tal vez al final quisieron cruzar a Hitler y Japón, tal vez solo pensaron que era una concesión lamentable y necesaria.” Los métodos fueron “abiertos y públicos”. Hobsbawm no tenía tiempo para aquellos que cambiaban de bando como Arthur Koestler, autor de “El cero y el infinito”. Ellos eran:

Personas para quienes la política era mera gimnástica para su consciencia y su cultura… Koestler compara su relación con Rusia con el amor. Pero la creación de un nuevo mundo no puede compararse con una noche de miel. ¿Qué entienden de la vigilancia de los antiguos funcionarios, qué saben de lo que es hacer una revolución? Al principio, seguramente no fue fácil para Dzerzhinsky hacer disparar a la gente. ¿Qué los mantiene y sostiene su crueldad objetiva? Confianza. La creencia en el proletariado y el futuro del movimiento…. La frontera entre revolucionarios y contrarrevolucionarios entre los intelectuales discurre entre creer y dudar de la clase obrera.

Hobsbawm también mantuvo su apoyo a la línea de partido durante el pacto Nazi-Soviético de 1939; él mismo fue coautor –con su colega de la Cambridge Socialist Society Raymond William– de un panfleto donde se subrayaba la política defensiva de Stalin para evitar una guerra, a pesar de la invasión de Finlandia por el Ejército Rojo en 1940. En un poema de principios de los 40 –escribe Evans– Hobsbawm imaginó a una mujer acostándose con trotskistas, “expresando un obvio miedo a la traición, pero tachó la palabra ‘trotskistas’ y la reemplazó por ‘hombres letrados’”. En este sentido, Evans señala que “la fe de Eric en la Unión Soviética tenía todo el absolutismo intransigente de un amor adolescente”.

Quedarse en el partido

Otra gran prueba de lealtad comunista fueron los eventos de 1956. A pesar de el “discurso secreto” de Nikita Kruschev atacando a Stalin y la invasión de Hungría liderada por los soviéticos, Hobsbawm, a diferencia de muchos de sus interlocutores, decidió quedarse en el partido. Cuando hacía alguna observación crítica del liderazgo del partido, él mismo se transformaba en objeto de crítica. Quien fuera líder del Partido Comunista de Gran Bretaña, John Gollan, acusó a Hobsbawm de estar a favor de las soluciones “propuestas” por Trotsky para la democracia interna en el partido. Isaac Deutscher –biógrafo de Trotsky– aconsejó a Hobsbawm que se quedara en el partido. Su compromiso, sin embargo, fue desde ese momento sólo formal. Cuando su estudiante Donald Sassoon le preguntó si debería afiliarse al partido comunista, Hobsbawm le respondió que no debería ya que se pasaría todo el tiempo “luchando contra estalinistas”.

La polarización del legado de Hobsbawm después de 1989 oscurece sus repetidas condenas de las políticas soviéticas después de 1956, así como su parcial ambigüedad cuando la URSS ya había caído. Sin embargo, después de 1989 criticó a la URSS como una "pesadilla", el comunismo como un "callejón sin salida... o al menos un desvío histórico", y argumentó que el "socialismo en un país" no había sido más que un error. Sin embargo, aunque Hobsbawm había acogido con satisfacción las reformas de Mikhail Gorbachov, se vio seriamente afectado por el colapso de la URSS. No solo predijo la violencia y la guerra en las antiguas repúblicas soviéticas, sino que también argumentó que esta agitación también pondría en peligro las reformas sociales en Occidente.

Un intelectual radical

Desde los años 50, la vida diaria de Hobsbawm fue ocupada por la asistencia a conferencias académicas, la redacción de disertaciones, la edición de revistas, visitas a países, la redacción de libros y artículos y las promociones que se le negaron y otorgaron. Los informes del servicio secreto británico indican que Hobsbawm nunca vendió el periódico del partido The Daily Worker ni tomó parte en la actividad habitual del partido como mítines o piquetes. Los rituales cotidianos de Hobsbawm (exceptuando sus aventuras elocuentes en el distrito de Soho de Londres presentando una copia "meticulosamente investigada" en "clubes de striptease" y la escena de jazz para el New Statesman) no habrían causado escándalo en ninguna sala común de las universidades británicas.

De camino a Birkbeck, se topaba regularmente con Michael Foot en el autobús número 24 desde Hampstead (Michael bajándose en el Parlamento, Eric en Goodge Street). El libro de Evans muestra lo ordinario (y hasta cierto punto, la complacencia creciente) de la vida de clase media de un intelectual radical. Las contradicciones que surgen de este estilo de vida solo se fortalecieron al aumentar la fama y el éxito internacional de Hobsbawm.

El abandono de las actividades prácticas y de organización política dejó a Hobsbawm con más tiempo para la reflexión y el estudio académico. El proceso de trabajo de Hobsbawm como historiador es descrito con todo detalle por Evans; la puerta del estudio en su casa de Nassington Road, cerca del parque londinense de Hampsted Heath, siempre quedaba ligeramente abierta mientras el humo de pipa se elevaba hasta el techo de la habitación. Dos escritorios se encontraban rodeados de libros abiertos y montones de papeles que amenazaban con engullir al historiador.

Hobsbawm también se quejó de que la paternidad había estado "ralentizando mi productividad" y mostraba una incapacidad para cocinar o poner lavadoras (estaba destinado a secar la ropa). Evans pinta una imagen de Hobsbawm como si todo estuviera consumido en la acumulación de conocimientos, tanto que una vez que se quedó tan absorbido por un libro que estaba leyendo en el autobús número 24 no reconoció a su hija sentada a su lado.

Un intelectual público

Su concentración total trajo resultados. Su multitud de libros mostraba un estilo de escritura de historia que era accesible y convincente, en parte alimentado por sus apuntes para estudiantes de Birkbeck. Libros como “Primitive Rebels”, “The Age of Revolution”, “Labouring Men”, “Industry and Empire”, “Bandits”, “Revolutionaries”, “The Age of Capital”, “The Invention of Tradition”, “Worlds of Labor”, “The Age of Empire” y “Age of Extremes” moldearon el pensamiento de generaciones de historiadores. Aunque ninguno de los libros de Hobsbawm se publicó en la URSS antes de 1989, tuvo un éxito increíble en América Latina y la India y se publicó en docenas de idiomas en todo el mundo.

Sin compartir la cosmovisión política o intelectual predominante en su materia, el marxismo que impregna profundamente el trabajo de Hobsbawm toma, sin embargo, un segundo plano en la narrativa de Evans. Irónicamente, esta herencia teórica de sus libros aparece menos prominente que su forma de mercancía y valor de cambio (con meticulosos desgloses de los derechos de autor acumulados y una gráfica de los ingresos cambiantes del historiador).

Hobsbawm se convertiría en uno de los intelectuales públicos más influyentes de Gran Bretaña. Fue especialmente importante como figura política después de su Conferencia en el Memorial de Marx de 1978, titulada "La Marcha Adelantada de la Fuerza Laboral Detenida", que argumentaba que el movimiento obrero ya no podía dar por sentado una expansión continua de la fuerza de la clase trabajadora, premisa sobre la cual se asumía su éxito futuro. Las intervenciones más cargadas políticamente de Hobsbawm en las páginas de Marxism Today, The Guardian y The Times encontraron fuerza en el Partido Laborista (Neil Kinnock lo llamó su "marxista favorito"), y con ello, llegó cada vez más al gran público.

El intento político de Hobsbawm de salvar a una izquierda en crisis también lo enredó en el mundo intelectual que dio origen al New Labour. La conferencia de Hobsbawm en 1978 había tocado el nervio de una izquierda británica que hacía frente a serias derrotas laborales y electorales. Pero también ofreció ayuda intelectual a aquellos que deseaban que el movimiento obrero se alejara de la tradicional "política de clase" hacia la "tercera vía" entre la izquierda y la derecha. Como argumentó Ben Pimlott, "Si el New Labor tuviera padres fundadores intelectuales, Eric Hobsbawm sin duda podría ser uno de ellos".

La ira de Hobsbawm se centró particularmente en la "izquierda dura", formada por el triunvirato de trotskistas, bennitas[2] y comunistas de línea dura. Hobsbawm fue un crítico estricto de lo que denominó la "retirada al extremismo", y se preguntó si sus partidarios, como el líder de los mineros, Arthur Scargill, estaban "viviendo en el mismo país, incluso en el mismo planeta, que la mayoría de nosotros". Evans descubrió cartas personales previamente inaccesibles, como una enviada por Hobsbawm a Ralph Miliband en enero de 1984. En ella, el historiador caracterizaba a la izquierda británica de la década de los años 80 como dividida entre una "sectaria" otra izquierda "no sectaria", señalando con aprobación que sus propias ideas habían sido retomadas por el líder laborista de "izquierda suave" Neil Kinnock. Tony Benn y la “izquierda dura” no tenían un monopolio sobre la" izquierda", argumentó.

La “izquierda racional”

Cualquiera que haya desafiado a Hobsbawm desde la izquierda, con la excepción de Perry Anderson, es tratado con poca simpatía o atención en la narrativa de Evans. La gran ironía aquí es que esos elementos de la izquierda supuestamente “fuera de contacto”, "sectaria", "dura" y “lunática” que Hobsbawm contrapuso a la "izquierda racional" bajo Thatcher están en 2019 liderando el Partido Laborista.

La "izquierda racional" a la que Hobsbawm había tratado de orientar (y que proporciona el nombre de su libro de ensayos en Marxism Today durante la década de 1980) ahora está en gran parte en el lado opuesto de la división. Neil Kinnock, ex líder laborista, y Giorgio Napolitano, presidente italiano de 2006 a 2011 (a quien Hobsbawm entrevistó para un libro sobre el comunismo italiano), son los ejemplos más evidentes.

Estos puntos de referencia sobrios y responsables de la amplia alianza democrática de Hobsbawm se han convertido en los más fervientes defensores del consenso neoliberal, mientras que los que eran marginales en la década de 1980 ahora se han convertido en el centro. Sin embargo, este curioso (y torpe) giro de los acontecimientos no tiene lugar en la narrativa de Evans, que termina con la muerte de Hobsbawm en 2012.

Evans muestra la extraordinaria habilidad con la que Hobsbawm pudo analizar amplios períodos de la historia de la humanidad, pero también muestra que para sus amigos y compañeros, su juicio político seguía siendo su talón de Aquiles. Al igual que con sus esfuerzos periodísticos después de "La Marcha Adelantada de la Fuerza Laboral Detenida", identificar un proceso y una tendencia cruciales no implica automáticamente el surgimiento de una estrategia política eficaz para responder a dicha tendencia o proceso. Siendo una de las principales figuras del Socialist Club en la Universidad de Cambridge, Harry Ferns comentó: "Eric lo sabía todo, pero rara vez sabía qué hacer". Ram Nahum, otro de los contemporáneos comunistas de Hobsbawm en Cambridge, se quejó de que "Eric está transformando el partido en una sociedad de debate". El siempre leal historiador oficial del Partido Comunista de la Gran Bretaña, James Klugman, escribió que Hobsbawm era “bastante bueno en la historia... pero no tanto en la política”.

La creciente importancia política de Hobsbawm a finales de los años 70 y 80, como intelectual con una influencia crucial en las luchas internas de los laboristas, solo alimentó tales frustraciones. Perry Anderson argumentó que Hobsbawm había ayudado a provocar una derrota catastrófica para la izquierda a través de conclusiones "sorprendentemente simples" a sus problemas. De acuerdo con el argumento de Anderson, Hobsbawm creía que

la tarea primordial era garantizar la restauración a cualquier precio de un liderazgo "moderado" capaz de atraer a los votantes de clase media de vuelta al partido, independientemente del hecho obvio de que era solo el agotamiento de este tipo de laborismo tradicional, patente a lo largo de la década de 1970 y finales de la década de 1960, lo que había llevado al ascenso de la izquierda en primer lugar.

Con el éxito académico y la creciente influencia política llegaron los elogios y la atracción magnética del establishment británico. Hobsbawm se convirtió en miembro honorario del King's College de Cambridge en 1973, miembro de la Academia Británica en 1976, y fue elegido miembro exclusivo del club privado Athenaeum Club en 1983. Gordon Brown se convirtió en invitado habitual a las cenas en Nassington Road. Rechazando el título de caballero, optó por aceptar ingresar en la Order of the Companions of Honour de la mano de Tony Blair, un hombre al que Hobsbawm más tarde llamaría "Thatcher con pantalones".

Hundiéndose en primera clase

La trayectoria desde manifestarse en el Berlín de 1933 a arrodillarse ante la reina trajo consigo un escrutinio indeseado. El exsecretario de la Academia Británica Peter Brown, recordaba que Hobsbawm estaba seriamente desconcertado después de haber sido abordado en el Institut Français de Londres por alguien que afirmaba que se había vendido al establishment. Él respondió que uno tenía que unirse a él para cambiarlo. Brown recordó que en los "escenarios de la Academia y el Athenaeum... hasta donde sé, no hizo el menor movimiento para cambiar nada". La autora Claire Tomalin le preguntó cómo podía cuadrar su "maravillosa casa burguesa... con todas las comodidades y placer" en Hampstead con ser comunista; él respondió: "Si estás en un barco que se está hundiendo, también podrías viajar en primera clase".

Sin embargo, Hobsbawm mantuvo su compromiso con el internacionalismo hasta el final. Fue un firme partidario de los derechos del pueblo palestino, condenando las acciones del ejército israelí en Gaza en 2008 como "barbarismo" y firmó varias cartas que condenaban la ocupación. En la LRB, el 29 de enero de 2009, escribió: "No me dejes andar por las ramas: las críticas a Israel no implican antisemitismo, sino que las acciones del gobierno de Israel causan vergüenza entre los judíos y, más que nada, hoy en día dan lugar al antisemitismo...".

Las opiniones sobre el legado de Hobsbawm a veces se han polarizado, especialmente bajo la fuerza de la avalancha de condenas durante el triunfalismo que se enfrentó al colapso de la URSS. La biografía de Evans busca personalizar esa historia, para mostrar la propia voz íntima e inédita de Hobsbawm. Los veintitrés archivos y bibliotecas visitados en preparación del libro, así como las ochocientas páginas que muestran los resultados, ofrecen un acceso sin precedentes a la vida personal de Hobsbawm.

Dicho esto, este enfoque en su vida privada diverge de cómo Hobsbawm vio su propio lugar en la historia. En su autobiografía, "Tiempos interesantes", rara vez eligió usar el pronombre "yo", prefiriendo en su lugar la primera persona del plural. Que la propia historia personal del historiador, en singular, pudiera escribirse solo después de su muerte, indica el poder de permanencia de su compromiso pasado y su proyecto intelectual.

Después de que el corto siglo XX llegara a su fin, los límites concretos del sujeto colectivo progresista de Hobsbawm se estrecharon. Cada vez más, dicho sujeto tomaba forma en esos intelectos refinados que podían caber alrededor de la mesa de la cena en Nassington Road, en lugar de los trabajadores del mundo que viven y respiran. Para aquellos, como Evans, que nunca compartieron el proyecto político de Hobsbawm pero existieron en el mismo entorno, este cambio no es una gran pérdida. Esta desconexión creciente no se señala: de hecho, es lo que hizo a Hobsbawm, como lo dice el título del último capítulo del libro, un "tesoro nacional" digno de biografía en lugar del desdén reservado para sus camaradas más firmes más allá de los límites de la izquierda racional.

La historia de Hobsbawm en singular se basa en la crisis de los propósitos colectivos en muchos de sus generaciones de comunistas. En el camino, los "nosotros" que ganaron los extraordinarios talentos de Hobsbawm para la causa socialista se desvió. Era el "nosotros" que él y el periodista del Partido Socialdemócrata, Friedrich Stampfer, experimentaron en las congeladas calles de Berlín el 15 de diciembre de 1933. Stampfer, como Hobsbawm, vio:

Decenas de miles de rostros pálidos que expresaban no solo su pobreza sino también su disposición a sacrificarse por una causa que creían que era la correcta. Sus voces ásperas expresaban su odio, un odio que se justificaba miles de veces, por un sistema social que los había condenado a la pobreza y la miseria y su protesta contra la grotesca locura, la injusticia de nuestras circunstancias sociales.

Mientras una nueva generación dinámica de socialistas se enfrenta a un planeta en crisis y a una extrema derecha imperante y segura de sí misma, la urgente necesidad del compromiso juvenil de Hobsbawm habla con tanta fuerza a su futuro como su obra extraordinaria. Por su bien, y por el planeta, esperemos que sus "tiempos" no solo sean "interesantes" sino también exitosos. Hundirse en primera clase no es una opción para aquellos que no pueden pagar los billetes.


[1] N. del T.: Canción reescrita por el poeta Bertolt Brecht en recuerdo de los líderes espartquistas Karl Liebknecht y Rosa Luxemburgo.

[2] N. del T.: El autor hace referencia al ala más izquierdista del Partido Laborista de los años 70 y 80, liderada en aquel entonces por Tony Benn (mencionado más adelante), quien se ganó el apodo de “Commissar Benn” de la mano del ex primer ministro conservador Edward Heath.

Fuente: https://www.jacobinmag.com/2019/03/eric-hobsbawm-historian-biography-communist-party

Traducción:Miquel Caum Julio

Por recomendación de Jorge Castañeda leo el libro In America, Travels with John Steinbeck, del autor holandés Geert Mak, un reconocido historiador y periodista holandés que decidió inscribir su nombre en la lista de ilustres autores extranjeros que han tratado de retratar, en distintas épocas, a Estados Unidos.

El antecesor decano de la lista es desde luego Alexis de Tocqueville, que logró no solo un gran libro de viajes, sino una imborrable reflexión sobre el mayor cambio político de su época, la aparición y el ejercicio de la democracia moderna en Estados Unidos.

Mak ha intentado una tarea más modesta y aun así titánica. Ha repetido en 2010, sitio por sitio, el viaje por Estados Unidos que hizo John Steinbeck en 1960, en busca del "alma estadunidense".

La travesía empieza en el este, cruza al oeste y termina en el sur, buscando siempre pueblos y ciudades pequeñas, y la experiencia y la voz de la gente común.



Uno de los capítulos más inspirados de Mak viene de una idea de su amigo Joseph Amato, que se propuso contar las distintas épocas de Estados Unidos a través de sus sonidos.

La historia empieza en el silencio sagrado que Tocqueville creyó escuchar en los bosques vírgenes de su América; sigue con el ruido de las granjas y los animales de los colonos; con las campanas de sus iglesias, el sonido de sus bandas locales, el ruido callejero de ambulantes y borrachos, y el de los fusiles y los cañones de su independencia.

La aparición del tren y su silbido marcan, en palabras de Thoreau: “el principio de la tiranía acústica de la máquina sobre el paisaje”.

Siguen las fábricas, los automóviles, la tiranía suave de canciones y palabras de la radio; el ruido de las ciudades construyendo rascacielos, de las ambulancias aullando desastres, de las muchedumbres llenando estadios y muriendo en el estruendo de guerras libradas con aviones bombarderos y bombas atómicas.

El sonido de nuestro tiempo es quizá el de los celulares sonando o vibrando en cada bolsillo y en cada cabeza.



Y el extraño silencio, un tanto solipsista, que reina en las antes ruidosas y ebrias redacciones de los diarios.

Mundo Nuestro. Este texto, escrito por el novelista e historiador Francisco Pérez Arce Ibarra (Tepic, 1948), forma parte del libro Zapata en el imaginario popular, editado por la Editorial Disgrafsol (México, 2013) y coordinado por Víctor Soler, con textos de Mónica Lavín, Andrés Ruiz y el propio Pérez Arce y fotografías de Adrián Bodek, Jorge Gómez Maqueo, Mara Soler y Víctor Soler.

El título está tomado de una estrofa del corrido “La muerte de Zapata”:

“Camino de Huehuetoca/ preguntaba así un turpial, caminante:

¿qué se hizo del famoso caporal?”



Francisco Pérez Arce (Tepic, 1948) llegó a la ciudad de México en 1965 para estudiar la preparatoria en San Idelfonso. En 1968 entró a la escuela de Economía en la UNAM y participó como brigadista en el movimiento estudiantil. Novelista e historiador --es investigador en la Dirección de Estudios Históricos del INAH--, ha publicado entre otros libros los ensayos A muchas voces (1988) y 1994: el año que nos persigue (1995), y las novelas La Blanca (1987), Dios nunca muere (1992), El día de la virgen (1994) y la trilogía Fin de Siglo, con Hotel Balmori (2004), Septiembre (2010) y Xalostoc, en el 2012, todas ellas ficciones literarias profundamente enraizadas en la realidad social mexicana posterior a los sucesos de 1968 .

Considerando en frío es el blog en el que este escritor da cuenta de la realidad cotidiana con la perspectiva que conjunta la perspectiva histórica con la crónica colectiva convertida en ficción literaria. http://considerandoenfrio.wordpress.com/

De Francisco Pérez Arce --quien es investigador de la Dirección de Estudios Históricos del INAH-- hemos publicado en Mundo Nuestro entre otros textos la primera parte de Xalostoc, historia de una huelga http://tinyurl.com/lerxqco y más recientemente “Hacer que mis palabras sean tu voz” (En memoria de José Emilio Pacheco) http://tinyurl.com/n3wzln4



“..dicen que no ha muerto el jefe,

que Zapata ha de volver…”

(Del corrido La muerte de Zapata)



Todos los muros

Zapata aparece en todos los murales de la región. Si no aparece Zapata. Los comparte con símbolos aztecas, obscuros y antiguos, de significación imprecisa, o con efigies de revolucionaros fácilmente identificables, Morelos, Pancho Villa, Che Guevara, Subcomandante Marcos. Reproducciones de fotos mil veces vistas: a caballo, de perfil, mirando al espectador con la seguridad de estampa reconocible, de pie, con fusil y cananas, y los otros rasgos de fácil trazo, el sombrero ancho, los bigotes, el traje de charro, de caporal elegante, poco habitual entre los campesinos de la región y de la época, personal y orgulloso, y la mirada, esa mirada que el pintor no tiene que lograr con recursos propios porque ya la conocemos, la hemos visto en las fotografías de la época reproducidas tantas veces durante un siglo, profunda y desconfiada, penetrante, oblicua. Algunos de los murales fueron encargados a pintores profesionales; algunos resultan previsibles y estáticos, otros fantasmales, como surgidos espontáneamente, más cerca del grafiti que del muralismo de la revolución mexicana.

¿A qué se debe la presencia obsesiva del Zapata que nos sale al paso en cada pueblo, en cada oficina de gobierno municipal o gobierno ejidal o de partido político? ¿Por qué es tan importante? ¿Por qué es tan fácil de identificar? ¿Cómo se convirtió al mismo tiempo en estampa de “historia oficial” y de historia rebelde? ¿Cuándo eligió hacerse acompañar del Che Guevara y del Subcomandante Marcos?

Historia

Desde joven, Emiliano había sido opositor del régimen, que en Morelos personificaban los hacendados. Las haciendas azucareras de Morelos eran hijas predilectas del régimen porfirista. Y a principios del siglo XX estaban en plena expansión, acumulando riquezas y tierras.

Siendo niño, se cuenta la anécdota con sabor de mito, Emiliano le dijo a su papá que cuando creciera él iba a recuperar la tierra.

Así lo cuenta Jesús Sotelo Inclán (así se lo contaron):

“Andaría en sus nueve años, cuando Emiliano vio derribar las huertas y las casas del barrio de Olaque, por órdenes del hacendado Manuel Mendoza Cortina, que hacía crecer los campos de Cuahuixtla sobre los predios de Anenecuilco. Entonces se produjo un hecho revelador, cuando el niño vio llorar a su padre frente a la enorme injusicia.

“—Padre, ¿por qué llora?

--Porque nos quitan las tierras.

--¿Quiénes?

--Los amos.

--¿Y por qué no pelean contra ellos?

--Porque son poderosos.

--Pues cuando yo sea grande haré que las devuelvan” (1)

Nunca fue pobre Emiliano, heredó, como su hermano, un pequeño predio. Desarrolló además habilidades notables en el manejo de los caballos. Era jinete bueno y tenía fama de ser el mejor domador de la región; los hacendados lo buscaban para atender sus establos. Tenía además una estampa fina y vestía como charro elegante, lo que a la larga ayudó a la construcción del mito:

…una rana en un charquito

cantaba en su serenata

dónde hubo un charro mejor

que mi general Zapata…

Participó en la campaña del candidato opositor al gobierno de Morelos, Patricio Leyva. El candidato de Porfirio Díaz era Pablo Escandón, representante directo de los hacendados y él mismo hacendado. Las elecciones del 7 de febrero de 1909 se realizaron, después de campañas intensas que daban cuenta de la popularidad de Leyva, bajo la presión ilegal de las autoridades, que se empeñaron en el triunfo de Escandón. El 15 de marzo fue declarado ganador, y los seguidores de Leyva sufrieron represalias de todo tipo. El ambiente se estaba calentando al concluir la primera década del siglo.

Calpuleque

Treinta años de edad tenía Zapata, en 1909, cuando lo nombraron representante de su pueblo (Presidente de la Junta de Defensa). Fue depositario de un legajo de valor inestimable para su gente: los títulos primordiales de Anenecuilco. Los que habían servido para gestiones interminables e inútiles, pero que contenían la verdad. La prueba suprema de que sus tierras le pertenecían y habían sido robadas por las haciendas. Durante ocho días los estudió. Buscó a quien entendiera náhuatl para descifrar algunos de ellos.

El nombramiento que le dio su pueblo equivalía al del antiguo calpuleque, jefe del Calpulli en la jerarquía indígena. Llamar así al representante de Anenecuilco tiene sentido para entender la forma del nombramiento que Zapata recibió y la forma en la que lo aceptó. No se trata de una simple representación sino de la continuación de un compromiso con la comunidad, la continuación de una historia de siglos. En los tiempos difíciles que corrían, en ese 1909, cuando la situación se agravaba debido a la creciente agresividad de las haciendas, los viejos decidieron trasmitir esa representación a los jóvenes. Los tiempos exigían que la defensa del pueblo estuviera en hombres más fuertes y más capaces para dirigir a su pueblo, para luchar por su sobrevivencia.

Los documentos debían guardarse en gran secreto. Era como guardar el alma del pueblo, su futuro y su razón. Guardaban los documentos en una caja de lámina en lugar muy protegido. Zapata nunca olvidó que él era el custodio, el depositario de tal tesoro, y que tenía que velar por él y tenerlo a buen resguardo; por eso lo encargó a su gente de mayor confianza. Cuando la revolución estaba en marcha, cuando las batallas se sucedían, lo encargó a Pablo Robles y le dijo:

“—Si los pierdes, compadre, te secas colgado de un casahuate.”

Años después los recibió de Robles y los encomendó a su primo y amigo del alma, Francisco Franco Salazar, ordenándole que dejara de participar en los combates para no arriesgar su vida, porque su única misión sería salvaguardar esos papeles.

Gracias a Sotelo Inclán sabemos cuáles eran esos documentos tan preciados; entre otros:

-Merced del virrey don Luis de Velasco sobre tierras de Anenecuilco (5 de septiembre de 1607). –Mandamiento sobre tierras pedidas por los naturales de Anenecuilco (22 de febrero de 1614). Copias certificadas el 30 de noviembre de 1853. Y más documentos de ese tipo, solicitudes y trámites diversos con sellos oficiales expedidos en ese mismo 1853, o en 1906, por el Archivo General y Público de la Nación. Trámites llevados a cabo por numerosas comisiones, tras esperas burocráticas y costos onerosos. Pero ahí estaban los documentos. El pueblo de Anenecuilco podía probar sus derechos con esos papeles antiguos, guardados religiosamente por los ancianos de sucesivos consejos. Y con ellos habrían de oponerse a la expansión de las haciendas que crecían a costa de las tierras de los pueblos. En 1909 los pusieron en manos de un joven de 30 años, Emiliano Zapata, intuyendo que se aproximaban tiempos graves que los viejos no tendrían fuerzas para enfrentar.

Francisco Franco cumplió firmemente la encomienda que le dio Emiliano. Los escondió en lugares muy secretos. Reaparecía el tesoro cuando había vientos favorables. Y volvían a ser enterrados en cuevas o quién sabe dónde cuando soplaban en contra. Salieron a la luz cuando Obregón fue presidente, y recuperaron parcialmente sus tierras, y otra vez cuando llegó al poder Lázaro Cárdenas.

Franco le escribió una carta al General Cárdenas y este fue personalmente y entregó las tierras reclamadas por la gente de Anenecuilco; tierra que para entonces estaban en manos de generales de la revolución que cobraban así sus méritos en campaña. Cárdenas se las quitó a los generales y las entregó al pueblo. El tesoro de papel siguió escondido. Los últimos documentos quedaban ya no en una caja de lámina, sino en un atado cubierto por una tela, borrados y carcomidos, el viejo Franco los dejó en herencia al historiador Sotelo Inclán. Extraño y largo periplo del tesoro de papel, que tan alto significado tenía para el pueblo y para Zapata, y que con tanto celo cuidó Franco Salazar, primo hermano y amigo de de Emiliano, y hasta para Sotelo Inclán que se ganó la confianza del custodio y nos dio a conocer la naturaleza del tesoro.

Invencible

Emiliano fue invencible en batalla, adaptó las condiciones de vida de las comunidades a una forma de guerrear. Peleó por las tierras contra todos los gobiernos que se las negaron, empezando por el porfirista. Siguieron a Madero convencidos por su Plan de San Luis, que decía en su punto 3:

“...Abusando de la ley de terrenos baldíos, numerosos pequeños propietarios, en su mayoría indígenas, han sido despojados de sus terrenos, ya por acuerdos de la Secretaria de Fomento, o por fallos de los Tribunales de la República. Siendo de toda justicia restituir a sus antiguos poseedores los terrenos de que se les despojó de un modo tan arbitrario, se declaran sujetos revisión tales disposiciones y fallos y se exigirá la devolución de dichos terreno a quienes los adquirieron de un modo tan inmoral...”

Los zapatistas festejaron el triunfo de Madero y la huida del dictador. Pero el gobierno interino de De la Barra los siguió combatiendo y se le daba largas a la solución de ese punto 3 del Plan de San Luis, que para ellos había sido la razón de la guerra y debía cumplirse de inmediato, y no seguir empantanados en trámites y actuaciones sin fin en oficinas burocráticas tribunales.

Los campesinos sureños seguían sufriendo la persecución del ejército. No podían seguir viendo a Madero como un aliado. Y apenas asume la presidencia, Zapata promulga el Plan de Ayala que desconoce al gobierno y propone seguir la lucha con un programa agrarista más radical. El corazón del plan es la reivindicación de la tierra. Pero va más allá de lo plasmado en el Plan de San Luis. El artículo 6 del Plan de Ayala plantea la restitución de las tierras, es el equivalente del punto 3 del de San Luis; el artículo 7 establece el reparto de las grandes propiedades para dar tierra a los campesinos que carecen de ella; el artículo 8 ordena la expropiación de las propiedades de los enemigos de la revolución. A partir de entonces erigieron como su principal bandera al Plan de Ayala.

Cuando Victoriano Huerta derroca al presidente Madero mediante un sangriento golpe de Estado, los zapatistas apuntan sus fusiles contra el nuevo dictador. La influencia zapatista se extiende. Las ideas del plan de Ayala están bien sembradas en un amplio territorio de Sur, que va desde las goteras de la ciudad de México y abarca todo Morelos y hasta gran parte de Puebla y Guerrero.

Cayó el gobierno de Victoriano Huerta. Ganó la revolución. Después de la Convención que intentó la unidad de todas las fuerzas revolucionarias sin lograrlo, el Ejército Libertador del Sur tomó la ciudad de México junto con la División del Norte. Zapata y Villa se retrataron juntos en la silla que representaba el poder supremo. Eran los ejércitos campesinos que apoyaban al gobierno de la Convención. Pero Carranza y Obregón no reconocían ese gobierno y estalló la guerra civil. Zapata volvió a su tierra. Villa enfiló al Norte.

Los hombres del sur sufrieron otra vez la persecución del gobierno. Esta vez del de Carranza. Pero en su tierra Zapata era invencible. Peleaba contra ejércitos supuestamente superiores en todos los sentidos, en profesionalismo, en armamento, en conocimiento del arte de la guerra… Pero esa superioridad no valía ante la encomienda y las raíces de la lucha zapatista… Eran buenos guerreros los soldados del Ejército Liberador del Sur, y sabían hacerse invisibles cuando no podían enfrentar a una fuerza superior.

En 1918, el Gral. Pablo González dirigió la más grande campaña contra las fuerzas de Zapata. Impuso control territorial arrasando pueblos. Estableció guarniciones en 40 poblados. Llevó más de 10 mil soldados a la zona fuerte de los zapatistas. Pero estos se remontaban o se hacían invisibles. Y Emiliano se les escapaba de las manos. Sólo con una traición podían matarlo; sólo así pudieron. La estrategia de González fracasó porque actuaba con la lógica y los métodos de un ejército de ocupación. Todos los pueblos campesinos eran considerados sus enemigos o aliados de sus enemigos, y si antes no lo eran, se convirtieron en rebeldes. El ejército de Zapata creció territorialmente y en número de efectivos.

Marzo de 1919: Jesús Guajardo, coronel del ejército carrancista, ofrece pasarse a la filas zapatistas con todos sus efectivos, y le envía de regalo una hermoso caballo alazán. Zapata le pide pruebas de su lealtad. Aparentemente Guajardo le da suficientes garantías. El encuentro se prepara en la Hacienda de Chinameca. Lo espera Guajardo con más de 300 soldados. Llega Emiliano con una escolta de diez jinetes.

“Lo seguimos diez, tal y como él lo ordenara –le contó un joven asistente, que había presenciado los hechos, a Magaña, esa misma noche--, quedando el esto de la gente, muy confiada, sombreándose debajo de los árboles y con las carabinas enfundadas. La guardia formada, parecía preparada a hacerle los honores. El clarín tocó tres veces llamada de honor, al apagarse la última nota, al llegar el General en Jefe al dintel de la puerta... a quemarropa, sin dar tiempo para empuñar ni las pistolas, los soldados, que presentaban armas, descargaron dos veces sus fusiles y nuestro inolvidable General Zapata cayó para no levantarse más... La sorpresa fue terrible. Los soldados del traidor Guajardo, preparados... en todas partes (cerca de mil hombres) descargaban sus fusiles sobre nosotros. Bien pronto la resistencia fue inútil: de un lado éramos un puñado de hombres consternados por la pérdida del Jefe, y del otro, un millar de enemigos que aprovechaban nuestro natural desconcierto para batirnos encarnizadamente... Así fue la tragedia. “ (2)

Pablo Gonzáles recibe la noticia cierta incredulidad pero con gran alegría. Había logrado lo que parecía imposible. La prensa de la capital afín a Carranza festejó el suceso. Durante años había satanizado al caudillo del sur, llamándolo el “Atila del sur”, haciéndole fama de salvaje y sanguinario.

En los pueblos de la región se corrió la noticia, generando asombro y también incredulidad. Una incredulidad profunda. No podían haber matado al jefe Zapata. No era concebible.

Pablo González necesitaba crear certidumbre de la muerte de su enemigo. Ordenó a Guajardo que lo cargaran en una mula y lo llevaran a Cuautla para ser exhibido ante los periodistas y ante quien quisiera verlo. Los oficiales carrancistas, las autoridades locales, y los periodistas (fotógrafos incluidos), borraron todas sus dudas. La gente del pueblo, en cambio, siguió dudando, y encontró agarraderas para la duda. No tenía la verruga en el rostro que todos reconocían. Al muerto no le faltaba una falange de un dedo meñique; Emiliano lo había perdido lazando un toro en una sus suertes de charrería. El muerto no tenía una señal en el pecho. Las mujeres que habían departido con él no lo reconocieron: “no es él”. Así se sientan las bases de la otra historia, la verdadera, la que mucha gente quiere creer: Emiliano había maliciado y por eso no se presentó a la cita con Guajardo, mandó en su lugar a uno que se le parecía mucho. Y luego se va ensamblando la leyenda con datos verdaderos.

“Zapata no murió en Chinameca”, fue la primera frase de la verdadera e increíble historia de la sobrevida del caudillo. Emiliano tenía un compadre árabe, y cuando vio la traición de que había sido objeto, prefirió irse con él a Arabia. Se generaliza la versión. Se repite años y décadas después. Emiliano Zapata se fue a Arabia y algún día ha de volver.

Invencible

Emiliano fue invencible en batalla, adaptó las condiciones de vida de las comunidades a una forma de guerrear. Peleó por las tierras contra todos los gobiernos que se las negaron, empezando por el porfirista. Siguieron a Madero convencidos por su Plan de San Luis, que decía en su punto 3:

“...Abusando de la ley de terrenos baldíos, numerosos pequeños propietarios, en su mayoría indígenas, han sido despojados de sus terrenos, ya por acuerdos de la Secretaria de Fomento, o por fallos de los Tribunales de la República. Siendo de toda justicia restituir a sus antiguos poseedores los terrenos de que se les despojó de un modo tan arbitrario, se declaran sujetos revisión tales disposiciones y fallos y se exigirá la devolución de dichos terreno a quienes los adquirieron de un modo tan inmoral...”

Los zapatistas festejaron el triunfo de Madero y la huida del dictador. Pero el gobierno interino de De la Barra los siguió combatiendo y se le daba largas a la solución de ese punto 3 del Plan de San Luis, que para ellos había sido la razón de la guerra y debía cumplirse de inmediato, y no seguir empantanados en trámites y actuaciones sin fin en oficinas burocráticas tribunales.

Los campesinos sureños seguían sufriendo la persecución del ejército. No podían seguir viendo a Madero como un aliado. Y apenas asume la presidencia, Zapata promulga el Plan de Ayala que desconoce al gobierno y propone seguir la lucha con un programa agrarista más radical. El corazón del plan es la reivindicación de la tierra. Pero va más allá de lo plasmado en el Plan de San Luis. El artículo 6 del Plan de Ayala plantea la restitución de las tierras, es el equivalente del punto 3 del de San Luis; el artículo 7 establece el reparto de las grandes propiedades para dar tierra a los campesinos que carecen de ella; el artículo 8 ordena la expropiación de las propiedades de los enemigos de la revolución. A partir de entonces erigieron como su principal bandera al Plan de Ayala.

Cuando Victoriano Huerta derroca al presidente Madero mediante un sangriento golpe de Estado, los zapatistas apuntan sus fusiles contra el nuevo dictador. La influencia zapatista se extiende. Las ideas del plan de Ayala están bien sembradas en un amplio territorio de Sur, que va desde las goteras de la ciudad de México y abarca todo Morelos y hasta gran parte de Puebla y Guerrero.

Cayó el gobierno de Victoriano Huerta. Ganó la revolución. Después de la Convención que intentó la unidad de todas las fuerzas revolucionarias sin lograrlo, el Ejército Libertador del Sur tomó la ciudad de México junto con la División del Norte. Zapata y Villa se retrataron juntos en la silla que representaba el poder supremo. Eran los ejércitos campesinos que apoyaban al gobierno de la Convención. Pero Carranza y Obregón no reconocían ese gobierno y estalló la guerra civil. Zapata volvió a su tierra. Villa enfiló al Norte.

Los hombres del sur sufrieron otra vez la persecución del gobierno. Esta vez del de Carranza. Pero en su tierra Zapata era invencible. Peleaba contra ejércitos supuestamente superiores en todos los sentidos, en profesionalismo, en armamento, en conocimiento del arte de la guerra… Pero esa superioridad no valía ante la encomienda y las raíces de la lucha zapatista… Eran buenos guerreros los soldados del Ejército Liberador del Sur, y sabían hacerse invisibles cuando no podían enfrentar a una fuerza superior.

En 1918, el Gral. Pablo González dirigió la más grande campaña contra las fuerzas de Zapata. Impuso control territorial arrasando pueblos. Estableció guarniciones en 40 poblados. Llevó más de 10 mil soldados a la zona fuerte de los zapatistas. Pero estos se remontaban o se hacían invisibles. Y Emiliano se les escapaba de las manos. Sólo con una traición podían matarlo; sólo así pudieron. La estrategia de González fracasó porque actuaba con la lógica y los métodos de un ejército de ocupación. Todos los pueblos campesinos eran considerados sus enemigos o aliados de sus enemigos, y si antes no lo eran, se convirtieron en rebeldes. El ejército de Zapata creció territorialmente y en número de efectivos.

Marzo de 1919: Jesús Guajardo, coronel del ejército carrancista, ofrece pasarse a la filas zapatistas con todos sus efectivos, y le envía de regalo una hermoso caballo alazán. Zapata le pide pruebas de su lealtad. Aparentemente Guajardo le da suficientes garantías. El encuentro se prepara en la Hacienda de Chinameca. Lo espera Guajardo con más de 300 soldados. Llega Emiliano con una escolta de diez jinetes.

“Lo seguimos diez, tal y como él lo ordenara –le contó un joven asistente, que había presenciado los hechos, a Magaña, esa misma noche--, quedando el esto de la gente, muy confiada, sombreándose debajo de los árboles y con las carabinas enfundadas. La guardia formada, parecía preparada a hacerle los honores. El clarín tocó tres veces llamada de honor, al apagarse la última nota, al llegar el General en Jefe al dintel de la puerta... a quemarropa, sin dar tiempo para empuñar ni las pistolas, los soldados, que presentaban armas, descargaron dos veces sus fusiles y nuestro inolvidable General Zapata cayó para no levantarse más... La sorpresa fue terrible. Los soldados del traidor Guajardo, preparados... en todas partes (cerca de mil hombres) descargaban sus fusiles sobre nosotros. Bien pronto la resistencia fue inútil: de un lado éramos un puñado de hombres consternados por la pérdida del Jefe, y del otro, un millar de enemigos que aprovechaban nuestro natural desconcierto para batirnos encarnizadamente... Así fue la tragedia. “ (2)

Pablo Gonzáles recibe la noticia cierta incredulidad pero con gran alegría. Había logrado lo que parecía imposible. La prensa de la capital afín a Carranza festejó el suceso. Durante años había satanizado al caudillo del sur, llamándolo el “Atila del sur”, haciéndole fama de salvaje y sanguinario.

En los pueblos de la región se corrió la noticia, generando asombro y también incredulidad. Una incredulidad profunda. No podían haber matado al jefe Zapata. No era concebible.

Pablo González necesitaba crear certidumbre de la muerte de su enemigo. Ordenó a Guajardo que lo cargaran en una mula y lo llevaran a Cuautla para ser exhibido ante los periodistas y ante quien quisiera verlo. Los oficiales carrancistas, las autoridades locales, y los periodistas (fotógrafos incluidos), borraron todas sus dudas. La gente del pueblo, en cambio, siguió dudando, y encontró agarraderas para la duda. No tenía la verruga en el rostro que todos reconocían. Al muerto no le faltaba una falange de un dedo meñique; Emiliano lo había perdido lazando un toro en una sus suertes de charrería. El muerto no tenía una señal en el pecho. Las mujeres que habían departido con él no lo reconocieron: “no es él”. Así se sientan las bases de la otra historia, la verdadera, la que mucha gente quiere creer: Emiliano había maliciado y por eso no se presentó a la cita con Guajardo, mandó en su lugar a uno que se le parecía mucho. Y luego se va ensamblando la leyenda con datos verdaderos.

“Zapata no murió en Chinameca”, fue la primera frase de la verdadera e increíble historia de la sobrevida del caudillo. Emiliano tenía un compadre árabe, y cuando vio la traición de que había sido objeto, prefirió irse con él a Arabia. Se generaliza la versión. Se repite años y décadas después. Emiliano Zapata se fue a Arabia y algún día ha de volver.



Memoria histórica: vivir en los muros.

No era Emiliano el muerto que llevaron a Cuautla. Alguien lo vio al día siguiente de su supuesta muerte. A caballo andaba por el monte, lo saludó y siguió de frente. Todos conocían al amigo árabe. Se fue con él a Arabia. Así se cuenta la historia. Los viejos lo contaron en su tiempo y los hijos a los hijos les dijeron que eso contaba el abuelo. La verdad es que murió Emiliano por una traición el 10 de abril en la Hacienda de Chinameca. ¿Por qué se le recuerda tanto? ¿Por qué se cuenta tanta historia? ¿Por qué se menciona tanto su nombre y se pinta tanto su estampa? ¿Por qué tanto corrido y tanto poema?

Era apuesto el caporal, experto como ninguno en el manejo de los caballos, lo nombraron calpuleque porque era hombre de fiar y vio que los papeles de Anenecuilco estuvieran bien guardados; se hizo guerrero y aprendió a ser General: urdió el Plan de Ayala que se convirtió en la bandera más alta de los agraristas mexicanos; se hizo invencible y por eso no había otro modo de matarlo que hacerle traición. Así termina su historia en la Hacienda de Chinameca. Representó la tierra y la rebeldía. Está en la memoria histórica, esa memoria colectiva que junta relatos escuchados con los relatos leídos. Que mezcla sucesos imaginados con sucesos reales. Puede ser imprecisa pero no importa: representan el arraigo, la identificación y la defensa de la tierra. De ahí que aunque el lema del Plan de Ayala era “Reforma, justicia y ley”, el zapatismo haya adoptado un lema que proviene de influencia anarquistas del magonismo: “Tierra y libertad”.

Hablando de leyendas y verdades, supongamos un diálogo entre el escéptico y su abuelo sabio:

--Si se hubiera ido a Arabia llevaría allá más de cien años. ¿Cómo es que en tanto tiempo nunca envió señales?

--¿Y quién puede asegurar que no lo hizo?

(1) Sotelo Inclán, Jesús: Raíz y Razón de Zapata, Ed. Instituto de Cultura de Morelos, Cuernavaca, 2010. (p. 426)

(2) Womack jr., John: Zapata y la Revolución Mexicana, Siglo Veintiuno Ed., México, 2010. (p. 321)

Mundo Nuestro. Así presenta una sinopsis la película Enamorada filmada en Cholula en el año 1946:

“En tiempos de la revolución, las tropas zapatistas del general José Juan Reyes toman la tranquila y conservadora ciudad de Cholula. Mientras confisca los bienes de los ricos del pueblo, el general Reyes se enamora de la bella, rica e indomable Beatriz Peñafiel, hija del hombre más notable de Cholula. El desprecio inicial que Beatriz siente hacia el revolucionario da paso a la curiosidad y, finalmente, a un profundo y auténtico amor.” (http://cinemexicano.mty.itesm.mx/peliculas/enamorada.html)

En la memoria de María Félix el recuerdo gráfico de la película Enamorada y la Cholula que perdimos.

Pasó la revolución. Los campesinos zapatistas volvieron a sus pueblos a esperar el reparto agrario. A la vuelta del siglo ahí están los pueblos en el agobio de la explosión demográfica y el irrefrenable desbordamiento urbano. Cholula es el ejemplo extremo.



La película vale por María Félix, Pedro Armendáriz, su director el Indio Fernández y su fotógrafo, Gabriel Figueroa. Es sin duda un fiel exponente de lo que llamamos con nostalgia “la época de oro del cine mexicano”. Al galán y a la diosa los veríamos después en Río Escondido (1947), Maclovia (1948), Reportaje (1953), El rapto (1953) y en La Cucaracha (1958) de Ismael Rodríguez.

Pero la película vale por Cholula misma. Y lo hace para confirmar cómo hemos destruido esa ciudad antigua con una civilización cada día más en crisis y sin otro destino que la urbanización caótica.

Ver la película es confirmar cómo ha cambiado México. Y cómo al mismo tiempo permanecen las antiguas disputas y los reclamos en una sociedad a todas luces desigual e injusta.

María Félix nació un 8 de abril de 1914. Zapata murió asesinado un 10 de abril, cuando aquella niña sonorense acababa de cumplir cinco años. Sus aniversarios se dan la mano en la reconstrucción de una memoria mexicana que debe ayudarnos a reflexionar mejor lo que nos deparan los tiempos nuestros.

Y aquí la puedes ver Enamorada en youtube:





Mundo Nuestro: El 4 de diciembre de 1914 se encontraron en Xochimilco los jefes de los ejércitos campesinos en esa guerra civil que todavía llamamos revolución mexicana. Esta es la versión taquigráfica de la entrevista que celebraron los generales un mediodía soleado al sur de la ciudad de México. En sus rostros y sus palabras encontramos al país que no ganó la guerra. En la risa encendida de Villa y en la mirada inteligente y triste de Zapata se guarda el interrogante sobre el país que pudo haber sido.

Así describió un testigo ese encuentro:

En la habitación no había más que pocas sillas; los generales Villa y Zapata se sentaron ante una gran mesa oval, y pudo verse el marcado contraste entre ellos […] Villa, alto, robusto, con unos noventa kilos de peso, tez casi roja como la de un alemán, tocado con casco inglés, un grueso suéter café, pantalones color caqui, polainas y gruesos zapatos de montar. Zapata […] con un inmenso sombrero que por momentos daba sombra a sus ojos de modo que no era posible distinguirlos, piel oscura, rostro delgado, mucho más bajo que Villa y con unos sesenta y cinco kilos de peso. Llevaba un saco negro, una gran pañoleta de seda azul claro anudada al cuello, una camisa de intenso color turquesa, y usaba alternativamente un pañuelo blanco con ribetes verdes y otro con todos los colores de las flores. Vestía pantalones de charro negros, muy ajustados, con botones de plata en la costura exterior de cada pierna. Villa no llevaba ningún tipo de joya ni color alguno en sus prendas […] fue interesante y divertido ver a Villa y Zapata tratando de hacer amistad. Durante media hora se quedaron sentados en un incómodo silencio, ocasionalmente roto por algún comentario insignificante, como novios de pueblo.”

Este documento es del Archivo Particular del General Roque González Garza y se publicó como parte del libro Pacto de Xochimilco. Emiliano Zapata - Francisco Villa. Edición conmemorativa del LXIV Aniversario. Departamento del Distrito Federal. Dirección General de Acción Social y Cultural. México, 1978. 15 pp.



4 de diciembre de 1914. Escuela municipal de Xochimilco

El general Villa en una de las cabeceras de una mesa de comedor. A su derecha, en el siguiente orden, los señores Paulino Martínez, dos señoras, una de ellas pariente del general Zapata, en seguida el niño Nicolás Zapata, hijo del general don Emiliano, después el señor Alfredo Serratos, le sigue el general Roque González Garza a cuya derecha está el general Amador Salazar y por último el capitán Alberto S. Piña.



A la izquierda del general Villa el general Zapata, el general Eufemio de igual apellido, el general Palafox, Secretario del general Emiliano Zapata, seguidamente el general Banderas, quien se levanta momentos después, siendo ocupado su lugar por el capitán Manuel Alza.



Al principio hablan los generales Zapata y Villa respecto a una carta del segundo al primero, interviniendo el general Palafox para fijar la fecha de la carta. Después se generaliza la conversación en esta forma:

El Gral. Villa: Siempre estuve con la preocupación de que se fueran a quedar olvidados, pues yo tenía empeño en que entraran en esta Revolución. Como Carranza es un hombre tan, así, tan descarado, comprendí que venían haciendo el control de la República; y yo, nomás esperando.

El Gral. Zapata: Ya han dicho a usted todos los compañeros: siempre lo dije, les dije lo mismo, ese Carranza es un canalla.

F. V.: Son hombres que han dormido en almohada blandita. ¿Dónde van a ser amigos del pueblo que toda la vida se la ha pasado de puro sufrimiento?

E. Z.: Al contrario, han estado acostumbrados a ser el azote del pueblo.

F. V.: Con estos hombres no hubiéramos tenido progreso ni bienestar ni reparto de tierras, sino una tiranía en el país. Porque, usted sabe, cuando hay inteligencia, y se llega a una tiranía, y si es inteligente la tiranía, pues tiene que dominar. Pero la tiranía de estos hombres era una tiranía taruga y eso sería la muerte para el país. Carranza es una figura que yo sé de ´onde salió para convertir a la República en una anarquía.

Palafox: Lo que hicieron en la ciudad de México no tiene precedente; si hubieran entrado los bárbaros lo hubieran hecho mejor que ellos.

F. V.: Es una barbaridad.

E. Z.: En cada pueblo que pasan...

F. V.: Sí, hacen destrozo y medio. No había otro modo para que se desprestigiaran, para que se dieran a conocer. Tenían antes algo de prestigio, pero ahora... Estos hombres no tienen sentimientos de Patria.

Palafox: De ningunos, de ninguna clase de sentimientos.

F. V.: Yo pensaba que con nosotros pelearían ahora que empecé a caminar del Norte; pero no, no pelearon.

E. Z.: Aquí empezaban a agarrarse fuerte, y... ya lo vé usted.

Serratos (al Gral. Zapata): Que si no quería usted someterse tenía 120,000 hombres para darles a los del Sur lo que necesitaban, eso fue lo primero que dijo Carranza.

F. V.: Para que ellos llegaran a México fue para lo que peleamos todos nosotros. El único ejército que peleó fue el nuestro (refiriéndose al avance hacia el Sur). Nunca nos hacían nada, no obstante que tenían guarniciones hasta de mil hombres. Los que por allá pelearon muy duro fueron estos huertistas, llegó a haber batallas donde hubiera poco más de cinco mil muertos.

E. Z.: ¿En Zacatecas?

F. V.: En Torreón también, allí estuvo muy pesado; pelearon como 18,000 hombres. En toda la región lagunera pelearon como 27 días. Pablo González, que hacía más de un mes estaba comprometido conmigo para no dejar pasar federales, me dejó pasar once trenes; pero todavía nos corrió la suerte de que pudimos con ellos y todavía les tomamos Saltillo y otros puntos, y si acaso se descuida ese González, lo tomamos hasta a él. (Risas.)

E. Z.: Yo luego calculé: Donde van a esperarse y a hacerse fuertes, en Querétaro.

González Garza: Ahí esperábamos nosotros la batalla...

F. V.: Yo esperaba que por ahí por el Bajío hubiera unos 600 ó 700 muertos; pero nada: puro correr.

Serratos: En la Huasteca han estado haciendo lo mismo, igual.

F. V.: En estos días entró por ahí Murguía a un pueblo de por aquí.

Serratos: Zitácuaro.

F. V.: Pues creo que sí. Sorprendió a la guarnición diciendo que era convencionista, y asesinó como a treinta oficiales y jefes y una parte de tropa. Pero yo le cargué fuerzas por distintas partes. (Pausa). Vamos a ver si quedan arreglados los destinos de aquí de México, para ir luego donde nos necesitan.

Serratos: En las manos de ustedes dos están. (Todos asienten a lo dicho por Serratos).

F. V.: Yo no necesito puestos públicos porque no los sé "lidiar". Vamos a ver por dónde están estas gentes. Nomás vamos a encargarles que no den quehacer.

E. Z.: Por eso yo se los advierto a todos los amigos que mucho cuidado, si no, les cae el machete. (Risas.)

Serratos: Claro...

E. Z.: Pues yo creo que no seremos engañados. Nosotros nos hemos estado limitando a estarlos arriando, cuidando, cuidando, por un lado, y por otro, a seguirlos pastoreando.

F. V.: Yo muy bien comprendo que la guerra la hacemos nosotros los hombres ignorantes, y la tienen que aprovechar los gabinetes; pero que ya no nos den quehacer.

E. Z.: Los hombres que han trabajado más son los menos que tienen que disfrutar de aquellas banquetas. No más puras banquetas. Y yo lo digo por mí: de que ando en una banqueta hasta me quiero caer.

F. V.: Ese rancho está muy grande para nosotros; está mejor por allá afuera. Nada más que se arregle esto, para ir a la campaña del Norte. Allá tengo mucho quehacer. Por allá van a pelear muy duro todavía.

E. Z.: Porque se van a reconcentrar en sus comederos viejos.

F. V.: Aquí me van a dar la quemada; pero yo creo que les gano. Yo les aseguro que me encargo de la campaña del Norte, y yo creo que a cada plaza que lleguen también se las tomo, va a parar el asunto de que para los toros de Tepehuanes los caballos de allá mismo.

E. Z.: ¿Pero cómo piensan permanecer, por ejemplo, en las montañas y así, en los cerros, de qué manera? Las fuerzas que tienen no conocen los cerros.

Serratos: ¿Qué principios van a defender?

F. V.: Pues yo creo que a Carranza todavía; pero de Patria no veo nada. Yo me estuve "ensuichado" cuando la Convención; empezaron: que se retire el general Villa y que se retire, y yo dije: yo creo que es bueno retirarse pero es mejor hablar primero con mi general Zapata. Yo quisiera que se arreglara todo lo nuestro, y por allá, en un ranchito -lo digo por mi parte-, allá tengo unos jacalitos, que no son de la Revolución. Mis ilusiones son que se repartan los terrenos de los riquitos. Dios me perdone ¿no habrá por aquí alguno? (irónicamente).

Voces: Es pueblo, es pueblo.

F. V. (prosigue): Pues para ese pueblo queremos las tierritas. Ya después que se las repartan, comenzará el partido que se las quite.

E. Z.: Le tienen mucho amor a la tierra. Todavía no lo creen cuando se les dice: "Esta tierra es tuya". Creen que es un sueño. Pero luego que hayan visto que otros están sacando productos de estas tierras dirán ellos también: "Voy a pedir mi tierra y voy a sembrar". Sobre todo ése es el amor que le tiene el pueblo a la tierra. Por lo regular toda la gente de eso se mantiene.

Serratos: Les parecía imposible ver realizado eso. No lo creen; dicen: "Tal vez mañana nos las quiten".

F. V.: Ya verán cómo el pueblo es el que manda, y que él va a ver quiénes son sus amigos.

E. Z.: El sabe si quieren que se las quiten las tierras. El sabe por sí solo que tiene que defenderse. Pero primero lo matan que dejar la tierra.

F. V.: Nomás le toman sabor y después les damos el partido que se las quite. Nuestro pueblo nunca ha tenido justicia, ni siquiera libertad. Todos los terrenos principales los tienen los ricos, y él, el pobrecito encuerado, trabajando de sol a sol. Yo creo que en lo sucesivo va a ser otra vida y si no, no dejamos esos máussers que tenemos. Yo aquí juntito a la capital tengo 40,000 mausseritos y, unos 77 cañones y unos...

E. Z.: Está bueno.

F. V.: ... 16.000,000 de cartuchos, aparte del equipo, porque luego que vi que este hombre (por Carranza) era un bandido, me ocupé de comprar parque, y dije: con la voluntad de Dios y la ayuda de ustedes los del Sur; porque yo nunca los abandoné; todo el tiempo estuve comunicándome.

E. Z.: Estos c...; luego que ven tantito lugar, luego luego se quieren abrir paso, y se van al sol que nace. Al sol que nace se van mucho al c...; por eso a todos esos c... los he "quebrado"; yo no los consiento. En tantito que cambian y se van, ya con Carranza o ya con el de más allá. Todos son una punta de sinvergüenzas. Ya los quisiera ver en otros tiempos.

F. V.: Yo soy un hombre que no me gusta adular a nadie; pero usted bien sabe tanto tiempo que estuve yo pensando en ustedes.

E. Z.: Así nosotros. Los que han ido allá al Norte, de los muchos que han ido; estos muchachos Magaña y otras personas, que se han acercado ante usted, le habrán comunicado de que allá tenía yo esperanzas. El es, decía yo, la única persona segura, y la guerra seguirá, porque lo que es aquí conmigo no arreglan nada y aquí seguiré hasta que no me muera yo y todos los que me acompañan.

F. V.: Pues sí, a ver esos que saben de gabinete qué...

E. Z. (hablando con Palafox): Hay que entreverarlos, de esos gruesos y de esos mansos también.

Se sirven unas copas de cognac. El general Villa suplica que le traigan agua. Entretanto, dice:

F. V.: Pues, hombre, hasta que me vine a encontrar con los verdaderos hombres del pueblo.

E. Z. (correspondiendo la alusión): Celebro que me haya encontrado con un hombre que de veras sabe luchar.

F. V.: ¿Sabe usted cuánto tiempo tengo yo de pelear? Hace 22 años que peleo yo con el Gobierno.

E. Z.: Pues yo también, desde la edad de 18 años.

El Gral. Zapata habla con el Gral. González Garza y otros de la hora de llegada: Yo les dije que entre doce y una, ¿verdad?

F. V. (ofreciendo al Gral. Zapata su vaso de agua): ¿Usted gusta de agua, mi general?

E. Z.: (cortésmente). No, tómele.

Hay un momento en que hablan tan quedo que no se oye lo que dicen. Solamente se escucha el final de una frase del general Villa: ... por eso siempre me estuve yo acordando de ustedes desde que levanté la revolución, luego luego pensé en ustedes.

La música que toca en el corredor no deja oír la contestación del general Zapata, ni lo que sigue de la conversación. Vagamente se oye que el general Villa habla de cuando hizo correr a 23 generales.

En esos momentos llega el general Eufemio Zapata y saluda a los circunstantes.

Los generales Zapata y Villa hablan de la forma de los sombreros. El general Zapata dice que él no se halla con otro sombrero que el que trae. El general Villa dice: Yo antes usaba de esos mismos (por el del general Zapata), nomás que de palma; pero desde hace tres años me acostumbré a estas gorritas.

F. V.: Desde 1910 tantió todo el cientificismo que yo estorbaba, y cuándo el levantamiento de Orozco yo luego comprendí que era un levantamiento del cientificismo, y lo sentí en el alma.

E. Z.: El tiempo es el que desengaña a los hombres.

F. V.: El tiempo, sí, señor.

E. Z.: Pero lástima que él (Orozco) no "haiga" ido. Así cómo maté a su padre, yo lo llamé también para hacer lo mismo, porque mis ganas eran con él.

F. V.: ¡A qué hombre ése tan descarado!

E. Z.: Pero yo dije: éste por cobarde hace esto, ¡conque mandas a tu padre!, pues ahora tu padre me la paga, y te lo fusilo, para que no mañana digas que por miedo a ti no lo fusilé; pero yo cumplo con un deber en matar a los traidores, aunque vengas con tu ejército después.

F. V.: Hizo muy bien. Yo, cuando lo fusilaron, dije yo: pues ahora sí qué sabroso. (?)

Vuelve a tocar la música y nada absolutamente puede oírse, hasta que se levantan para pasar a conferenciar a otra pieza ya cerca de las dos de la tarde. La conferencia entre el general Villa y el general Zapata y su secretario el general Palafox duró hasta después de las tres de la tarde.

Concluida la conferencia, se pasó al comedor donde, al final de un sencillo banquete al estilo mexicano, se pronuncian algunos discursos, siendo los principales los siguientes:

El general Villa, después de haberle dado la bienvenida un orador cuyo nombre se escapa a la memoria, se puso de pie y dijo:

"Compañeros: Van ustedes a oír las palabras de un hombre inculto; pero los sentimientos que abriga mi corazón me dictan que ustedes oigan estas palabras que sólo se van a relacionar con asuntos de Patria. Es lo que abrigo en el corazón. Hace mucho tiempo que estamos en la esclavitud por la tiranía. Soy hijo del pueblo humilde, y a ese pueblo que representamos nosotros a ver si lo encarrilamos a la felicidad. Vivan ustedes seguros de que Francisco Villa no traicionará jamás a ese pueblo que han tenido en la esclavitud. Y soy el primero en decir que para mí no quiero ningún puesto público sino nomás la felicidad de mi Patria, para que todos los mexicanos conscientes no se avergüencen de nosotros.

"Respecto a todos esos grandes terratenientes, estoy propuesto a secundar las ideas del Plan de Ayala, para que se recojan esas tierras y quede el pueblo posesionado de ellas. El pueblo que por tanto tiempo ha estado dando su trabajo, sin más preocupaciones esos terratenientes que tenernos en la esclavitud. Yo, como hombre del pueblo, ofrezco de una manera sincera que jamás traicionaré, que nunca traicionaremos su voluntad para que el pueblo no sufra.

"Cuando yo mire los destinos de mi país bien, seré el primero en retirarme, para que se vea que somos honrados, que hemos trabajado como hombres de veras del pueblo, que somos hombres de principios.

"Vengo, señores, para darles a ustedes el abrazo que me piden".

Después tomó la palabra el señor Mauro Quintero en los siguientes términos:

"Si los dos polos Norte y Sur, al darse un estrecho abrazo, explotaran y en miles de pedazos rodaran por el espacio iluminando con su blancura el espacio, jamás un estrecho abrazo de esos dos poderes podría ser tan hermoso, tan grande y tan sublime como los dos poderes, Norte y Sur, que acaban de abrazarse para traer al pobre y al humilde lo que tan necesario le es: la justa libertad que le darán el general Villa que es el poder del Norte y el general Zapata que es el poder del Sur".

En seguida habló don Paulino Martínez:

"Señores: Esta fecha debe quedar burilada con letras de diamante en nuestra historia porque en mi humilde concepto éste es el primer día del primer año de la redención del pueblo mexicano. Es la aurora de su felicidad porque dos hombres puros, dos hombres sinceros, que no tienen doblez ninguna, que han nacido del pueblo, que sienten sus dolores y que sólo luchan por ver a ese pueblo humilde y feliz, en este día, como he dicho, comienza la redención del pueblo porque ellos sabrán cumplir con lo que han prometido en sus respectivos programas, en sus respectivos planes. El Plan de Ayala, como vosotros sabéis, no quiere más que tierras y libertad para el pueblo y el Pacto de Torreón que obligaba al señor Carranza a ser un hombre puro, éste se negó a firmarlo, porque prometía libertad.

"Debemos regocijarnos todos porque nuestros sacrificios, porque todos los revolucionarios que desde hace cuatro años han abandonado a sus esposas, han abandonado a sus hijos, se sienten también regocijados porque saben que esos sacrificios no quedarán burlados.

"Señores, digamos una vez más que vivan el general Zapata y que viva el general Villa, los hombres abnegados que llevarán a la República al pináculo de la grandeza."

El señor Lic. Soto y Gama sucedió al señor Martínez en el uso de la palabra, empezando por decir que cuando las emociones son intensas, la palabra es pobre, es descolorida para reflejar los sentimientos del corazón; que por eso tal vez su compañero el general Roque González Garza que, como él, Soto y Gama, y muchos otros de los presentes, han sentido intensamente en esa gran fiesta de la Revolución, no se han atrevido a hablar, porque en ocasiones como ésta no debe haber palabras sino, gritos del alma, y que ahora el grito del alma es éste: El pueblo mexicano se ha salvado. Se han salvado los intereses sagrados de la Patria. Concluye exhortando a los generales Zapata y Villa para que no defrauden las esperanzas del pueblo y para que cumplan los compromisos que han contraído con éste, y, al final estrecha la mano del general Zapata y la del general Villa.

Finalmente el general Roque González Garza hizo uso de la palabra, para decir:

"Ciudadanos, jefes del Sur y del Norte, ciudadanos oficiales del Ejército Nacional, ciudadanos del Sur: El que os habla jamás en su vida había sentido emoción tan grande (en efecto, el Gral. González Garza estaba visiblemente conmovido). El que os habla comprende la trascendencia enorme del acto que estamos presenciando; porque no debemos olvidar que nuestra historia nacional registra un hecho análogo; el abrazo de Acatempan, entre dos hombres que hasta aquel entonces habían sabido cumplir con sus obligaciones y con sus deberes para con la Patria. Pero desgraciadamente uno no supo cumplir: traicionó. El otro, remontándose en las montañas del Sur, fue lo suficientemente abnegado para ceder el puesto que le correspondía y entregar todo el poder al que no supo hacer buen uso de él, al que no comprendió nunca la idea de hacer grande y feliz a la Patria mexicana, y que ahora los reaccionarios a quienes estamos combatiendo pugnan por elevarlo a las altas regiones del ideal haciéndonoslo aparecer como el libertador de México; me refiero nada menos que al heroico Guerrero, sereno e impasible, y al traidor Iturbide.

"Que éste Pacto de Xochimilco no llegue a tener jamás la parte repugnante de aquel otro que registra nuestra historia. Yo tengo la seguridad de que el general Villa sabrá estrechar siempre en sus brazos al hombre sufrido; al hombre que sin elementos y enfrentándose con miles de necesidades ha sabido mantener incólume el estandarte de la libertad y de las reivindicaciones públicas.

"Generales Zapata y Villa: los destinos de la Patria están en vuestras manos. Escuchad los desinteresados consejos de los que colaboran con vosotros, y no dejéis para mañana la indicación precisa y oportuna en estos momentos, de que ninguno de vosotros debe aspirar a ningún puesto público. El general Zapata en el Sur está obligado a garantizar el triunfo de la revolución y vos, señor general Villa, estáis obligado a garantizar el triunfo de la revolución en el Norte.

"Que la Convención, producto puro y genuino de los hombres levantados en armas en toda la República, resuelva los problemas económicos y sociales en la ciudad de México, y vosotros, con vuestro poder y vuestra fuerza, y con vuestra fibra, sostened al que resulte electo, porque de esa manera seréis grandes, seréis fuertes, y seréis respetados, no sólo por la República, sino también por el mundo entero, por el extranjero, que nos escucha y que nos atisba.

"Este es un día grandioso en la historia de México. El abrazo de Acatempan quedará mucho más atrás que el abrazo de Xochimilco. Entonces eran dos hombres de raza distinta, y ahora son dos hombres de la misma raza, creados en distinto medio y por eso sus complexiones y sus figuras son diferentes: el uno macilento y endeble, pero perseverante, fuerte y poderoso en el alma; el otro robusto y con facciones duras, pero amable y noble en el fondo, grandioso en los combates y magnánimo con los vencidos.

"Vosotros, señores generales, tenéis un grave compromiso con la Patria, y ¡guay!, de vosotros si no sabéis cumplir con todos los que os seguimos con entusiasmo y que estamos dispuestos a sacrificarnos. El día que no cumpláis seremos los primeros en volveros las espaldas y reclamaros para la Patria el debido cumplimiento de los compromisos que habéis contraído.

"Que no se repita en nuestra historia el triste espectáculo de un pacto que no se cumpla. Es tiempo que de sepamos darle al pueblo lo que necesita, es tiempo de que lo hagamos feliz porque tiene derecho a serlo.

"Señores generales Zapata y Villa, que el Dios de las naciones os ilumine en el grandioso papel que desempeñáis y en la grandiosa empresa que el destino os ha encomendado."

México, diciembre 4 de 1914.

Mundo Nuestro. Centenario de la muerte de Zapata. Dicen que no hay memoria que valga. Bien haríamos con mirar lo que ocurre en México en los últimos diez años. Mas de 200 mil personas han perdido la vida asesinadas en medio de una violencia a la que todavía no acabamos de nombrar. Bien haríamos si miramos con otros ojos a México. Con ojos atentos, capaces de reconocer los signos de los tiempos.

Crescencio jue pacífico. Murió en los años ochenta del siglo pasado en algún rincón de los llanos de Otumba, al norte de la ciudad de México. Él sí miraba largo. Sobrevivió a la violencia extrema de la revolución mexicana. “Hay que aguantar como burros mañosos para que no venga de nuevo lo de la antigua…”



Para conocer la historia hay que aprender a mirar como la mira Cresencio, como se mira el campo, como se reconocen unos quelites de unas verdolagas. Como se mira a la tierra a la que nunca se olvida. Sólo así no olvidaremos de dónde viene México.

Memoria de Zapata, entonces. Y no dejar de preguntarnos de dónde venimos. Mundo Nuestro presenta este texto escrito por Emma Yanes y Sergio Mastretta, y que formó parte del libro Con el sudor de tu crisis, publicado por la BUAP en el año de 1989.



Primera parte

Yo jui pacífico...



Junio de 1983

Otumba: gran parte de la tierra sin sembrar, unas cuantas yuntas trabajando parcelas recién barbechadas. Entre nopales y magueyes, la casa de la señora Felícitas en el pueblo de San Marcos. Sólo dos cuartitos de piedra: tinacales de aguamiel, hojas de maguey, jarros y cazuelas colgadas de la pared. En un rincón de la casa, doña Felícitas, una mujer de rostro indígena de aproximadamente de 35 años, hace las tortillas blancas y grandes sobre el metate. En el otro extremo, su hermano Carmelo, en cuclillas, selecciona los frijoles para la siembra. Y el tío don Crescencio, de 80 años, sentado junto al tinacal, nos ofrece con insistencia un vaso de pulque: no sabe agrio, es dulce, refresca. Nos vuelve a servir, dice que el que hay en México ya está meniado y además le ponen agua, que el pulque de Otumba es el mero bueno.

Don Carmelo: “De habitantes somos unos dos mil o tres mil almas, con chamacos y todo. Somos 240 ejidatarios. Cada quien trabaja su parcela, lo propio. Es una miseria, tres hectáreas. La mía fue un traslado, murió el mero dueño que era, me la pasaron. Sembramos máiz, frijol, haba, todo por temporal. Si Dios quiere socorrer con l´ agua se da la cosecha. Apenas antier empezó a llover; estaba dura la calor y uno tristeando en la tierra y se vino el relámpago nomás así y la lluvia se vino y corrimos del gusto al ranchito pa´ dar gracias a Dios y nos tomamos el pulquito. Apenas estoy seleccionando el frijol pa´ la siembra; recién lo compré, es del de hace dos años, trai mucha piedra. Está dura la cosa; ora si nos dicen: ‘¿qué siembras buen hombre?`, uno responde: frijoles. Y el otro nos va a contestar: ´pues piedras levantarás`… Luego la aguamiel nos la pagan bien barata, a peso el litro, y ellos venden el pulque a diez pesos. No se da la siembra, todos se están yendo pa´l Distrito. Los viejos nos quedamos de pastores o a raspar magueyes. El nopal y el quelite se da mucho, casi solo, tenemos pa´ irla pasando. Todavía tenemos un guardadito de maíz del año pasado pa´ mal pasarla. Somos de aquí nacidos y aquí hemos de morirnos. Cuando bien nos va sacamos pa´ no comprar la semilla, pa´l gasto de uno. Y a raspar el maguey, que no falte el traguito pa´ beber. El pasado año el gobierno metió máquinas a limpiar las tierras, con eso del SAM, pero salió lo mismo: donde entraron las máquinas se levantó frijol, pero ya no jalan las máquinas, no llueve y no se dio nada. El banco ofrece centavos y se queda con la mitad de la cosecha, y si no da uno se queda con la deuda. Mejor nos atenemos a lo que Dios nos socorra, pero que sea propio. Ya aquí muchos cambiaron de religión; andan por todos lados cargando la Biblia y ya no le ponen la veladora a los santos. Los de la religión nuestra ya están haciendo las misas de espigas pa´ que dé la lluvia. Pero cuando Dios no quiere, los santos no pueden socorrer l´ agüita.”

Doña Felícitas toma una bolita de masa, la redondea, la pone sobre la piedra, no deja de trabajar. Interviene en la plática, interrumpe a su hermano: “Nosotros no le hacemos caso a los de la Biblia. A San Isidro ya lo sacamos a pasear a las tierras el día 15, pero no llovió, hasta ayer.”

Don Carmelo: “Está duro por donde le vea uno. Tenemos que sembrar con yunta, no salen los centavos pa´ pagar tractor: piden 2900 pesos por barbechar una hectárea. Pá sembrar piden otro pago, otro pa´ cajonear. Mejor, digo yo, lo que salga con la yuntita. Aquí el que tiene ha luchado pa´conseguir su tierra, su pulquito, su chivo. Cuesta sostenerlos.”

Doña Felícitas: “Aquí muchos vivieron la revolución, los viejos dicen que fue por envidias. Ahí está mi tío, pregúntele, estuvo en los balazos.”

Don Crescencio se acomoda bien en la silla, reflexiona un rato, sirve más pulque: “Antes había en Otumba pura hacienda y la gente puro pion. Pasó aquí Carranza en el ferrocarril. Lo empezaron a peliar, yo lo vi, luego más adelante lo atajaron y lo mataron. Ya despuesito vinieron los ejidos. Los dueños de la hacienda, unos Campero, ya se fueron pa´ siempre. Ora ya no estamos esclavizados a los mandones del patrón, el administrador, el mayordomo, tanto malora. La necesidad nos obligaba a trabajar pa´ellos; 40 centavos ganaba, 70, no pasé de ai. No dejaban sembrar lo de uno los hacendados, no nos quedaba nada, ni el cuartillo de maíz.”

Doña Felícitas levanta la tortilla con la punta de los dedos, la pone en el comal; es grande y blanca, nos invita a un taco de frijoles, de nuevo interviene en la plática: “Mi agüela dice usaban la biznaga pa´ la tortilla. Luego la hacían del mezale de maguey, se les rompía todita en el comal, sabía feo. “

Don Crescencio: “Pus eso que tú oyiste yo lo vide. La tortillita se rompía en la mano, era de mezale, sabía a crudo. Y los de la guerra le daban a uno la cebada y el maíz al caballo. Todavía habemos con licencia de nuestro Señor unos de esos tiempos; ya nos tocó la tierrita nuestra, y el maíz blanco y bonito como el nuestro. Cuando los balazos, los rateros condenados, los soldados, entraban a la cocinita a la fuerza y todo se llevaban. A la mujer se la llevan por la fuerza y la hacían soldada y la llevaban a lo bola pa´ que hiciera de comer. Yo jui pacífico. Estaba en la edad pa´l reclutamiento, me escondía de la leva. Nomás oía sonar la bala y m´iba pa´l barranco, pa´l otro lado, donde fuera, donde no la oyera la bala. Entonces se quemaban los puentes del tren, le hacían la malobra al vaporcito, al vía angosta, así era. Dicen ya viene cundiendo de güelta lo de la antigua. Ni lo quiera Dios. Vamos arriesgarle a la tierrita y onque piérdamos. Si hay comida bendito sea el Señor; si no, pus hay que aguantar la carga como burro pa´que no haiga guerra. Y que sea el burro mañoso pa´que no se caiga la carga. Yo mi partido ya lo eché al olvido; sale bien carísimo sembrar. Dicen ora la guerra que se viene va a ser del aire, están preparando los aviones y tanta tropa que tiene el gobierno.”

Don Carmelo sigue seleccionando el frijol, separa los chicos de los grandes, los pintos de los güeritos, les quita las piedras. Interrumpe al viejo. “Está triste todo. ¿Por qué han de darnos miedo los balazos? Hay que entrarle al cuero, digo yo, hay que entrarle.”

Don Crescencio: “Anda vete pues. Ya deja el frijol, vete a corretiar balas. O de una vez te preparamos el cuadro aquí mesmo, te organizamos el fusilamiento.”

Doña Felícitas: “Ya no pelié tío, ya no pelié.”

Don Carmelo: “Aquí estamos amolados. No sale pa´ la mantención, no sale pa´l tractor, no sale pa´l abono, ya no sale. El abono de la gallina es el mejor, pero habíamos de tener una granja pa´que saliera. Con 30 pollitos que tenemos por ai sueltos, nomás no, ni modo de corretearlos pa’saber dónde ensucian. “

Doña Felícitas: “Vamos a ponerles un pañalito, como a los chilpayates, pa´ que se ensucien en un solo lugar.”

Don Crescencio: “Está bueno, siga de respondona, siga.”

Don Carmelo: “El tractor en un instante termina y en un instante me deja encuerado. Mejor me sesgo tantito pa´no quedarme desnudo. Todavía el año pasado cobraban a 800 pesos, todavía le entré; onque perdí, le entré. Ora la mujer ya deja sola la casa, se va al campo, dicen que a trabajar; van a ratiar de paso, ya ni se paran en la plaza las condenadas.”

Doña Felícitas: “Está bueno, en el campo todos somos dueños, así decimos, y vamos llenando el ayatito. Está bueno, así todos comemos.”

El viejo Crescencio sirve otro vaso de pulque, vuelve a intervenir: “Ya no pelien. Se vienen tristes los tiempos. Hay que hacernos burros mañosos pa´ que no haiga otra guerra. Yo jui pacífico. No me gustan los balazos, andan saliendo muertos, verlos ai tirados junto al maguey y las muchachas dando hijo ajeno. Si llega un soldado y me dice a fuerzas que tengo que ser como él, yo me pongo de pie y le respondo: `mire soldado, mejor deme cinco balazos ora mismo y de una vez quedamos a mano.´ Ya en el otro mundo, digo yo, arreglaremos cuentas. Uno como quiera ya, con lo poco que nos falta pa’morirnos, como quiera acompletamos. Se viene triste pa´ los chamacos. Hay que aguantar la carga como burros mañosos pa´ que no cunda de nuevo lo de la antigua. “

Julio de 1984

En la carretera, rumbo a Otumba, el mismo paisaje: nopales y tierra seca. Doña Felícitas, igual que hace un año. Desde el rincón, desde la oscuridad, prepara la masa y echa las tortillas mientras habla. “Siempre sí se compadeció la virgencita. La pasearon por la tierra y llovió. Se dio el maicito, el frijol, el alberjonsín. La haba no quiso darse. Ahora está cara la yunta, está caro el tractor. Salió el maicito y juntamos la pastura para los animalitos. Y una, como endenantes, echando la tortilla en el comal. Se apaga con la vientadera, con el aire”.

Ahora nomás yo ando. Mi muchacho anda juido. Dios sabrá. El tío Crescencio dijo el mes pasado: ahora vuelvo, voy a deshojar. No volvió. Jala pa’ un lado, jala pa’l otro el tío Crescencio. Dice tiene guardados sus centavitos para cuando lo entierren. Luego decía nos ayudaba en la tierra. Nomás ayudaba un poquito, se iba a tumbar a la sombra. No se casó el tío Crescencio y ahora mismo ya se quiere matrimoniar. Las pasea en burro a sus señoras, les regala frijol, luego ya lo botan: no tiene parcela. Un sobrino suyo se la quedó. Cumplidos tiene los 81 el tío Crescencio, anda a la pura arrepentida, sin mujer, sin chamacada: ahora quién lo va a enterrar. Un mes no se ve a don Crescencio. Se va a Campero, donde su parcela. Se va a saludar a su tierrita. Se queda la semana, el mes, nomás mirándola. Le agarró cariño. Antes, dicen, nadie tenía la tierra y ahora nomás la mira. Anda a la arrepentida, no se matrimonió. Quién lo va a enterrar, allá en la tierra suya de Campero.

“Bendito sea Dios, llovió. Pero ahora Carmelo no puede trabajar la parcela. Vinieron unos gringos, dizque traen papeles. Andan escarbando la tierra del ejido, no puede entrar la yunta. ‘Oh’, dice la gringa, ‘qué chulada de paredes tamos haciendo, ¡oh!’, y rascan la tierra pa’ llevarse los tepalcates de los antiguos. Con ésos se daban la bendición. Endenantes no había santitos pa’ cuidar la tierra. Rásquele y rásquele a la tierrita están los gringos y llenan los costales de los tepalcates que usaban los de endenantes. No se puede barbechar. Allí en la parcela se acaba l agua pa’ los gringos. Y gritan y corren al jagüey a tomar l’agüita de ésa, donde mero se mían los animalitos. Van a tomar la porquería y a nosotros nos da risa. Carmelo dice que no quería gringos en su tierrita, allá pa’l cerro. Dicen vienen ellos mandados y traen papeles y peones pa’ escarbar la tierrita nuestra. Luego dicen: unos nomás no dejaron entrar a los gringos y el gobierno les quitó su tierrita; les metió pura nopalera y nunca más van a sembrar. Mejor Carmelo se entendió con ellos. Ai como pudo se entendieron; no cantan el mismo hablar. No que otros, dice Carmelo, por salvar la vida la andan perdiendo. Él nomás anda al monte: cuida al animal. Por ai ha de andar.

“Otros de aquí sí pueden barbechar. Juntaron unos pa’l tractor. Al cabo no come pastura, ni l’agua. Igual se descompone. Se queda botado en medio campo, peor enterrado que el nopal. Nomás estorbando la barbechada, el fierro ése, peor que el nopal. Todo está caro, peor está. Y la chamacada que volvieron unos de México. Se fueron y sacaron sus centavitos allá y vinieron acá de vuelta, igual los dejan. Todo recaro está. No alcanza pa’la yunta, pa’l tractor, pa’l animal. Yo digo el gobierno es ingrato; del campo comen los de la ciudad”.

Doña Felícitas se levanta y abandona por un momento su rincón. Nos ofrece un vaso de pulque, el recuerdo más próximo de don Crescencio El Pacífico.

Segunda parte

Se tienen que finar las leyes injustas

Diciembre de 1986

Dejamos atrás Teotihuacan. Camino a Otumba grandes sembradíos de nopal alegran el paisaje. En el pueblo hay tianguis. Frente a la iglesia colonial adornada de azul y blanco se vende carne, verduras, herramientas de labranza, muebles (salas de terciopelo, comedores de fibra de vidrio), adornos navideños, ropa, juguetes (transformers, carritos y niños dios), fritangas. La eucaristía se escucha en todo el mercado por un magnavoz. A petición de los comerciantes el sacerdote ofrece la misa a la Virgen de Guadalupe. “En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo”, unos toman la comunión, otros comen sopes y quesadillas. Se confunde la voz del sacerdote con el pregón de las marchantas y la de Emanuel y Pandora que sale de los puestos de discos.

Llegamos a la ranchería de San Marcos. La carretera está ya pavimentada. A su lado crecen nuevas casas. Nada ha cambiado en la vivienda de doña Felícitas. Ella se encuentra en la misma esquina echando a mano tortillas de maíz blanco. No está su marido. Su cuñado Manuel nos ofrece un vaso de pulque. Sin dejar de trabajar doña Felícitas platica.

“Ya ni de niscómel hacen la tortilla. Le echan pura cal y harina, reamarilla sale. Una trai la costumbre del maíz blanco, a como se puede lo van sembrando. Ora se pone la semilla más cara, no se logró. Llovió poco. Nomás se dio un poquito de zacate, ‘ta chiquita la semilla, nomás rastrojo pa’l animal. Del alberjón vimos la pura flor, de tres veces que florea si sigue lloviendo da alberjón, si no, pus no. El maíz y el frijol se siembran juntos, el alberjón aparte. Ora jue año de cosecha de nada. Siembran dos hectáreas, poquito de todo; y como no dio nada, nomás puro zacate, ni lo han juntado, ai se queda tristeando la tierra.”

El señor Manuel, su cuñado, deja ver su dentadura chimuela, interviene: “Ora en lugar de que tengan maguey en el terreno ponen nopal y buscan dinero. Ocupan riego. Uno de’ onde. Los dueños de mucha tierra propósitamente plantan nopal por la tuna. Otro anda suelto en el campo, no compara uno nopal ni tunas nomás de andarlo juntando. Si se engegüita el nopal, se le apodan las pencas que llegan hasta el suelo pa’ que no se destienda como una verdolaga y no dé. Ora tumban el maguey y ponen nopal, ya se va apagando el maguey, ansina la aguamiel, va escaseando el pulquito.” Doña Filícitas da su opinión: “Ora también ‘ta caro, lo dan a 80, a 100 pesos el litro. En la ciudá harta agüita le echan.” Otro vaso de pulque antes de que escasee y Manuel retoma la plática:

“Aquí se logre o no se logre la cosecha ansinita se trabaja como si se lograra. Ya si Dios socorre la agüita. Pa’ trabajar sólo se usa el animal. Ora el traitor cobra 18 y 20 mil pesos el barbecho. Cobra caro por lo que le echan de tiempo, de su trabajo y de lo que le ponen de líquido. Nosotros nomás atenidos a lo propio. En lo ajeno le conviene pagar al dueño de la tierra al tercio, el que siembra pone el traitor y la semilla. De la carga que sale la mitá es pa’l dueño de la tierra y la mitá pa’l mediero. Aquí el que tiene ejido que lo siembre, el que no pa’ qué lo quiere. Mucha juventú no tiene trabajo, ni ejido, entons se lo quitan al que lo traiba y se los dan. Pa’ nosotros la Navidá ni más pobre ni más rica. Se veía bonito el temporal, nomás en la mera mera ocasión que se necesitaba el agua se resentó, de junio pa’ acá ya n’ubo, sólo Dios sabe. Ni como ayudarla l’ agüita. Los que echaron abono quedaron pior, se secó más la tierrita. Nomás me divertí con los que tiraron cubetadas de abono. Está tortilla que ve usté jue del maíz del año pasado, se nos dio hartito y ora nomás no quiso Dios favorecernos la cosecha.”

De nuevo Felícitas le roba la palabra. “Habiendo de un año pal otro el maicito dura. Tenemos del que Dios socorrió hace dos años. Si no hay se compra y con qué.” Manuel vuelve a lo suyo: “Los que están en dichos bancos de nombre no me acuerdo, hasta desyerbaron y nomás no se les dio. Les jue mal y ora con qué pagan. Arréglense como puedan. Si gano, solito, y si pierdo, solito, muy mío, sin atenencias. Por una maquila de un viaje de zacatito de ir a trairlo le cobran a siete mil pesos nomás de la jalada, parte el pión que carga y descarga, hasta dos mil pesos están ganando. Ya pa’qué, mejor uno lo traiba de a poco. Ya no se jaya mucho pión, nomás pa’un cortadito. Cobran harto o se van a México, o a tirarse al pueblo nomás de puro güevón. Yo tengo tres hectáreas en la falda del cerro, pa’rriba no todos saben, no entra el traitor. He visto laderas que están más costosas, pero sí saben y suben el traitor. Otros no, les ladea el corazón. El próximo año todavía no lo contamos. Dios quiera y se compadezca del campo. A ocho pesos pagan litro de aguamiel, ellos lo dan a ochenta. Al rato pa’tragar vamos a hacer como en México: tanto triste ratero que no quiere trabajar. Viene malo el año y se riega la gente donde quiera como hormigas a chambear donde haiga. Viene bueno y se alegra el pueblo de tanta mazorca y tanto amontonadero. Tiene hartito que no se venía la sequía, ora qué le hacemos. ‘Tamos aquí como el burro, dispuestos a llevar la carga, pa’onde vamos a correr si no. Yo no tengo familia, soy soldado razo pa’la mantención, solterón dijo el radio.

“Yo desde que pensé aquí ya era ejido. Dicen que el primer reparto fue pa’l cerro de San Lucas. Luego pa’la aplanada de Tepollan, ansina Palomillas, así lo nombran, el apodo del terreno. Dicen la hacienda era de Zapayoca, ahí está el casco. Otra ‘bía en Campero, de un Manuel Campero. L’ejido poca cosa, no desempeñaron entonces. Otros de Otumba, Buenavista, Suapuyaca, tienen ocho, diez hectáreas cada uno. Aquí semos 248 ejidatarios a tres hectáreas. Ora ripliaron las tierras cuando vinieron las máquinas del gobierno a la medición y nos desengañaron de que eran las tres hectáreas y media, son nomás tres y con trabajos, nos dijeron, Ora las terrazas encharcaron los soportes, se revientan, tiene uno que taparlos con la pala o carretilla. La máquina ayudo a formar los bordes, antes a puro lomo. Hasta eso que no les dura el agua, pior si no hay. El jagüey que esta nuestro favorito, el antiguo de la Hacienda de San Lucas, ‘ta ya un charquito. No hay l’agua pal animal, hay que llevarlo donde jaya.” El tema nos recuerda al viejo Crescencio, preguntamos por él: “El difunto Crescencio de la tierra de Campero fue conocedor de los primeros. Anduvo huyendo de la bola cuando la revolución. Sabrá Dios a quién le dejó su ejido. Se jue a morir con sus hermanos. Sabe Dios a quién le dejó la tierra.”

Felícitas no lo deja terminar: “A quién ‘bía de ser, a sus sobrinos que le espantaron la última mujer que ya traiba en su burro. Anda --le dice Felícitas a una chamaca--, ve a llamar don Pedrito pa que les platique a los muchachos de los tiempos juidos.” El señor, de 84 años, vecino de la familia, apareció al poco rato. Doña Felícita sirve frijoles y alverjón. Corren los vasos de pulque.

Den Pedrito habla pausado y tranquilo. “Voy a contar la historia pa’ no cansar. En 1905 eran treinta años que se ‘bía inaugurado el Tren Mexicano, nomás le quitaron las vías que traiba. Nací mesmamente en 1905. Cuando la guerra de hambre por suerte estaba chiquito. Entoncesa ‘garraron de leva a los pacíficos. Se rascaban subterráneos pa’ que no encontraran a la gente pacífica y hasta ai los iban a buscar. Aquí siempre ha habido generaciones que han ido transcurriendo. El mundo sigue de frente y sigue transcurriendo, los que nos acabamos somos nosotros. Entons llegaba la brigada de Carranza y de Zapata, en Ometuzco peleaban y el inorante pacífico nomás viendo. Zapata venía de Morelos y agarra el tren Interoceánico, Carranza de la ciudad y agarra el Mexicano, los dos aquí venían a parar. Los cerros se blanqueaban de tanto calzonudo zapatista, ésos respetaban la tierra. Los carranclanes eran piojosos, entraban a los templos y sacaban los ornamentos; los mantillones de los andantes se los ponían a los caballos. Saqueban la iglesia y el piojo se les venía de castigo. Yo nunca vide a Carranza, lo’stamos conociendo ora en moneda, ya no vale, nada se compra casi con ella, endenantes daban moneda falsa de la guerra y lo atendían bien a uno en la tienda.”

Interrumpe el señor Manuel con los bigotes empulcados: “Mis finados abuelos me contaban que el carrancista desnudaba a los santos para vestirse con ellos. Yo no sé.”

Afirma don Pedrito con autoridad: “Sí, ansina jue. En Calpulalpan hasta quemaron la puerta de la iglesia. Cuando llegaron las fuerzas aquí ‘bía de todo: alverjón, haba, frijol, maíz. Secaron la semilla parejo, la robaron si no, se acabó el comestible. Los que pudieron embodegar lo hicieron. Hubo hartita hambre, dolían los huesos. Se comieron el mezale con cebada, la biznaga también se comieron. Murió mucha gente de esa canija hambre. Después vino la epidemia que produció la peste de los muertos. Fue precisamente la influenza que pegó. Se iba a enterrar un difunto y ya está l’otro”.

Desde su rincón agrega Felícitas: “Asegún dicen, ya no sé, aquí en Ometsuco sacaban a la gente de sus casas. No traiban armas los pacíficos, se agarraban con la trompa a puñetes. Los papás escondían a las hijas en las barrancas, les llenaban de tierrita la cara pa que se afearan. Como el rumor se oía con anticipación, se rascó bajo las casas pa que no las jayaran.”

Don Pedrito asienta: “Asi jue. Ya no había sepulturas, les enterraban encimados. Cargaban de hijos a la mujer robada. Parientes míos se los llevó la leva. Cuatro primos de sangre se los llevó la tropa de carranclanes pa no volver. Ansina he oído en la radio que dice la canción ‘Me voy lucero de mis noches, dijo un soldado al pie de la ventana´. Y así se juyeron hartos con los luceros. Pero la guerra la ganó el pobre, se jueron a morir unos pa beneficiarse otros. A mí la revolución no me dio tierra como ansina al difunto de Campero. No jui solvente pa trabajar terrenos. El que no tiene porvenir de comuna y repartimiento tiene derecho a pedir ejido, así jue. El círculo de la comunidá que venía desde los antiguos jue independiente a lo de la hacienda. Yo jui de lo comunal de San Marcos. Nunca pudo el charro de ai quitarnos la tierrita. El ejido vino después con el repartimiento de la misma finca.”

El señor Manuel se quita el pulque de los bigotes, habla de los suyos: “Yo de mis padres eran puro acasillado de las haciendas. Yo todavía trabajé en una finca. Ya’staban repartidas todas las de por acá, nomás ésa no, era la hacienda del difunto Bernardo Hernández. Todo era a la usanza de lo anterior. Todavía entonaban los piones a toque de campana el Santodiós pa’salir la gente a trabajar. Yo estuve ai dos años de tlachiquero, raspar y raspar. De las siete de la mañana hasta las cinco o seis de la tarde, raspar. No me pareció. Los piones ganaban 75 centavos los grandes, 50 centavos los chicos. Prestaban el cuarto pa dormir. Mí me pagan 45 centavos el cubo de aguamiel, hacía ocho diarios. Uno se fregaba bien. Era joven. De tlachiquero nomás el que conoce, el que no le jaya, no. Y nomás de ojero me fui medio enseñando a raspar el maguey, a caparlo y a picarlos. Primero se capa, se le quita el meyolote donde sale el güite, la flor de arriba y antes de que salga se le quita el meyolote. Ya cuando está delgadito se capa, se corta, se carea muy bien, después se pica con acocote pa “l aguamiel.”

Don Pedrito deja en el plato su taco de alverjón, sigue: “Desde siempre las fincas traiban a lo comunal del puño. En aquel tiempo, cuando vino Hernán Cortés, cuando llegó a Veracruz saliendo el sol, se apeó del barco y dice: ‘he llegado a la Nueva España.’ Y empezó una guerra antigua. En este territorio había generaciones que eran cerradas, adoraban a los ídolos, eran los primeros de la tierra mexicana. Cuando esas generaciones primeritas, los aztecas, los ulmecas, los chichimecas, había libertad.” Interrumpe el señor Manuel: “yo ai sí no meto mi cuchara, ya tiene hartito.”

Y sigue el viejo: “Yo no en efectivo lo vi, pero supe por pláticas. Cuando la revolución se borró el colegio donde iba yo, pero igual lo supe. Los antiguos trabajaban la tierra a pura mano de obra, conocían los metales. El oro lo juntaban en el suelo. Puede que algún día vean ustedes en los riachuelos unas vetitas negras, pues ese negro es el oro puro. Los antiguos lavaban las arenas para apartarlo y luego lo fabricaban. Conocían de todo. Agarraban veneno de las piedras para ponerle a las lanzas y con eso peleaban. Entonces eran libres. Tenían propiedad comunal de todos, no empezaba ni acababa la tierra. Hasta ahora últimamente con Hernán Cortés les troncharon la tierra y aquellas generaciones todo lo que habían trabajado en común lo sepultaron, Los cerros que ellos hicieron a mano de obra los cubrieron de tierra por no dejar que Hernán Cortés viera los secretos. En ese tiempo México era libre, no como ’ora que se pagan los terrenos. Nomás vino la raza blanca y comenzaron a medir la tierra, a poner las fincas de la raza blanca en la tierra que le robaron a los libres mexicanos. Sí, así jue. Pero algunos pueblos bravos quedaron algo de comunal, , como San Marcos. Campero no, ai había un señor Manuel Campero que tenía las tierras en la misma que antes había sido de los mexicanos. Los peones lo sabían. Al pizcar la tierrita de la finca encontraban ansina los tepalcates de los antiguos y los traiban a su casa pa' que se fuera con el Dios verdadero le quitaban la tierra. Mataban un toro y hacían una hebra y de ese mismo tamaño era la tierra que le quitaban al difuntito. Así le cobraban los padres de la iglesia y la hacienda al indio inorante pa'l entierro. Como no había religión, le quitaron al indígena la idolatría y harto se tuvo que pagar en tierrita por no saber del Dios verdadero. Veían los de la finca a la gente como animales. Estaban salvajes los indios, eran muy frágiles onque tenía la riqueza. Cuando vino esa gente blanca, en lugar de gallinas pusieron perdices y guajolotes que trajeron, también cabrío y vacas. Estaba rica la nación. Lo que era el territorio de norte a sur estaba extenso. En aquel tiempo juido mis padres eran del pueblo, de lo comunal siempre lo fueron. Cuando la revolución estaba reduciendo los pueblos ya eso no quisimos. Nosotros teníamos la propiedad comunal, era pura gente que no habían desnudado de terreno, poco más o menos 20 familias. La tierra comunal se respetó por la revolución y las fincas se hicieron también como lo comunal. El ejido vino a igualar a los antiguos. Pasó la revolución y los pueblos pusieron la representación propia. Aquí fue elegido Ignacio García. Los representantes dijeron cuál era la parte que les habían quitado a los pueblos desde aquel tiempo de Cortés. Y de ai vino el reparto de los ejidos. A un tío mío le tocó ejido. Yo quedé huérfano de padres. Ora crecen las generaciones, qué vamos a hacer. Ora el ejido y la comunidá están en igualdad. Como ha abundado la gente ya no hay cabida y se sigue repartiendo la tierra onque sea de lo comunal y eso perjudica a uno y al otro. Ya no hay plano donde sembrar y se agarrará uno pa'l monte. Otra revolución ya no, antes al contra, vendrá una nueva generación a renovar.”

Doña Felícitas recoge la mesa, se acuerda de la conversación del año anterior, dice: “Esos griegos que endenantes les conté querían los tepalcates de los antiguos. Le fue mal. No tenían permiso de rascar. Otros de allá de Estados Unidos vinieron a matarlos pero ya no los alcanzaron. Los gringos hacían negocio con los difuntos. En el cerrito encontraron dinero antiguo de éste que ponen en los museos. El presidente de aquí de pueblo fue a sacar con ellos cosas que no eran de él. El muchacho del ejido, dueño del a tierra de donde sacaban las cosas, lo retó al presidente que se había metido en su territorio y le dijo que lo mataba. No lo mató pero hicieron prensa y se cambió el presidente de aquí.”

El tema anima a don Pedrito, se acomoda en su silla, habla sabiamente: “Voy a poner un ejemplo, una suposición de los antiguos. Hubo un santo que quiso que los mexicanos llegaran a un lago con peces y ranas. Habían caminado harto los mexicanos, murieron los ancianos y los adultos y nacieron los niños. A un lado del lago había un plumero, y adentro del lago un águila y una serpiente. Precisamente entonces se juntaron los de los alrededores y se enseñorearon, como había dispuesto el santo suyo. Entonces el plumero se esclareció de distintos colores: los morenos somos unos, los rosados son otros, los güeros aparte y también los cubanos. Esa fue la señal de los que habían de poblar la nación. En el lago se vino a inaugurar la paz de todas las naciones mexicanas. Hasta que llegaron los rosados y los güeros y se empezó a medir la tierra y a quitarnos.”

Doña Felícitas no lo deja terminar, salta al tema del temblor: “Ora dicen ya que en la ciudad se acabó el pueblito con el temblor. Se abrió la tierra de la capital de tanto cargamento que traiba. Se juyeron las casas grandes de tanto amontonadero, de tanta construcción pa”riba de los cerros, ya mero se entrometían donde Dios y no le pareció al Señor. Llegó el día en que no lo dejaron estar en paz y lo mandó aflojar las paredes de los últimos que se jueron a meter a la ciudá y se cayó el pueblito que ya estaba llegando a lo alto. Dicen que endenantes del temblor nació un niño y luego que nació habló. Le dijo la mamá al niño: “mijo, qué fe estás”. Y el niño tiernito le respondió: “sí mamá, estoy muy feo, pero más feo va a estar el temblor que ya viene y muchos me van a alcanzar donde yo voy.” Terminó de decir esas palabras y murió. Yo creo que sí jue así. Cuánta gente no se perdió. Los últimos que llegaron al raterío de la ciudá jueron a amontonarse a lo más alto y se perjudicaron a Dios. Y luego la tierrita nuestra que no da y los hijos que se juyen al peligro de la tierra dolida de la ciudá y su casita se afea, se cuartea la pared. Unos regresaron muertos del temblor, otros quedaron aplastados, algunos espantados vinieron a construir, ya no caben allá. Ora andan por la carretera levantando casas de puro blo, no de piedrita traída del cerro.
Antes cuando vivía la otra gente de la revolución, vivían los caseros por San Lucas. Se murieron todos de bala y de miedo y ai dejaron las castias y las piedras. Allí los paredones de las casas de la otra generación hay muchos huesos de cristiano; cachos de cabeza, huesos de dedo. Igual aparecen en la tierra, seguido salen cuando pasa la yunta, le acuerdan al pobre de la guerra de endenantes donde murió harto pacífico. Andaban rondando esos espíritus. Se los encuentran y ponen a descansar sus huesitos en un lugar sano y sigue el trabajo, pa que los muertos no los molesten, no sigan rondando. Luego aparecen hartos huesos y la gente dice que ya viene otra guerra. La gente jala del paredón del rico de San Lucas la piedra pa la casa del pobre, de ai sacamos nosotros la paré de piedra. Como en la ciudá ya no los quiere Dios, vienen aquí con la casa de blo, haciéndola grande. Se jueron de hace tiempo a hacer su dinero allá y como allá y se mortificó el Señor volvieron a la tierrita y ponen su dinero en el nopal, se escasea el aguamiel y se hace más grande la familia. Luego ansina no sale bien la cosecha y los que vinieron tienen pa comprar y todo sube por ellos que sí pueden pagar y una nomás viendo. Endenantes “bía pobres pero no se enojaba Dios ni mandaba a mover la tierra, no tenía tanto juido encimado espiando la morada. Ora la juventú roba, no se cansa, va a montarse a la ciudad. El castigo vino parejo: el que no la debe la paga. Se abre la tierra, son señales del fin del mundo, no hay agua, se viene el fin.”

Don Pedrito le lleva la contraria: “Es mentira que se va a acabar el mundo. El mundo es mundo. Se le acaba el mundo al que se muere, a los otros no. No me lo crea, pero hubo en aquel tiempo del Señor los feligreses que le pedían misericordia, le decían: ‘ten piedad encarecidamente, socórrenos desde tu trono, tú que haces temblar la tierra’. Por esta razón nomás se asoma el Señor pa’ compadecerse de las generaciones y por eso tiembla. Él se asoma a ver qué estamos haciendo. Vienen tiempos mejores si cambia la generación, como la de los primeritos mexicanos. Se tienen que finar las leyes injustas. Todo lo que estamos viendo está marcado que ‘bía de pasar. Allá en las otras naciones donde fue la pasión del Señor como Jerusalén, ahí quedó maldecida la tierra. Ahí no conocen la paz. Algunos mejor se van de allá pa’ buscar la paz. Aquí se conocen muchas tragedias pero reina la paz.”

Agrega doña Felicitas, que ya guardó el comal: “El país ‘ta triste de todo. Dan caro y no favorece l’agüita al campo. Dios no lo quiera se viene una guerra. Parejo a pelear, a sacar lo que jalle uno. El comunismo le quita el animalito al que tiene y se lo da al que no tiene. La semilla igual. Dicen que en unos países ya hay eso. Pos no va a decir el que tenga que sí. Al rico no le gusta sufrir, ya se malpasó, no le importan los otros. Tiene dinero el que trabaja, no lo encuentra su dinero tirado en la calle. Pero el campesino trabaja hartito y no cai l’agua. El rico no va a darnos nada, onque quiéramos.”

Don Pedrito se para, ya quiere irse, comenta: “El PRI es la juerza del gobierno. Es el que apoya al presidente. El campesino sufre, es la base principal. Debían de pagarle bien. Le compran barato al campesino y le venden caro. El hombre de campo se da harta cuenta de eso. Pero se lo aguanta cada temporada pa’ que no haiga otra guerra. Nosotros, si se da la cosecha, guardamos un poquito pa’l otro año. Y si l’otro año no favorece, entonces agarra de lo que guardó y ansina va aguantando. En otras naciones, en Moscú, se oye decir que si los Estados Unidos no le devuelven las tierras que eran suyas, se va a venir otra guerra.”

Camina con dificultad, antes de que se vaya le preguntamos por sus sueños, responde desde la puerta: “Pa’l futuro nomás que haiga paz, que nunca más haiga leva. El Señor quiere la normalidad. La vida no quiere que sea uno muy alto, sino lo más bajo, humilde. La revolución ganó. El poder fue pa’ los mexicanos. Ganó el padre Hidalgo que emprendió la guerra por el sacrificio de la gente indígena. Luego se vio claro con el señor Madero y la revolución por la simple cuestión de que se borraron las fincas. Ora entonces nomás que haiga paz.”

El señor Manuel –que al final se limitó a tomar pulque–, no lo deja irse solo. Se disculpan, se despiden.

Doña Felícitas al fin se hace un taco: “Nomás mi marido vota. Aquí no cuentan las mujeres. Los de la presidencia y todos los que vienen no ayudan. Aquí todo lo que se hace es por cooperación. La carretera también. Este año apenas echaron el chapopote. El presidente municipal de acá del pueblo fue el de la idea. Salió en algo carito. Fue de 3 mil la cooperación. A ultimadas cuentas si lo quieren hacer lo hacen, si no, no. Ya tienen el dinero en sus manos y ya lo negociaron. En algo benefició la carretera, la corren mejor los carritos, pero no quedó muy bien. Donde queda bien no se levanta el pedazo. Cuando llueve se lleva el agua el chapopote y queda de nuevo la tierrita. La máquina vino, todos la fuimos a ver cómo trabajaba de bien rápido. Pero quedó fea la carretera, le faltó chapopote, no le echaron lo que debía ser.

“Pa’ los tiempos que vienen yo quisiera que los tiempos vinieran buenos y Dios socorriera l’agua. Sólo Dios sabe. Nomás esperar hasta que ya no haiga gente.”

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