"Noticias de la guerra". Recordar a Carlos Mastretta Arista (9/IX/1912--11/V/1971)

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Mundo Nuestro. En 1914 terminó el ensueño europeo y se desató el siglo XX con todo su apocalipsis. En 1939 se descargó con toda su furia. Quién puede decir que su vida no quedó delimitada por esa historia trágica. En memoria del escritor y periodista poblano Carlos Mastretta Arista, cuya muerte ocurriera un martes 11 de mayo de 1971, ofrecemos este texto que sirvió como presentación del libro Memoria y acantilado (Puebla, 2008), que en Mundo Nuestrose publica por entregas en la sección Libros Libres.

Noticias de la guerra



La fotografía con la que arranca este texto presenta a un grupo de soldados del Cuerpo de Ingenieros del ejército italiano antes de partir desde Milán a la batalla de Andua, en Etiopía, en el año de 1896; Al frente, de piel, el Sargento Carlos Manstretta Magnani, padre de Carlos Mastretta Arista, quien llegara a México en 1901.

Mambrú se fue a la guerra, do re mi, fa sol la, y nunca volverá cantaba mamá para dormirnos de niños. Nunca volverá la guerra, debimos soñar. Papá volvió de la más brutal de las que sufrió el siglo XX. Y en casa la guerra fue una memoria oculta por mi padre en un maletín negro de médico que no permitió que nadie abriera sino hasta su muerte, un 11 de mayo de 1971. Nunca supimos de dónde sacó el maletín, sólo lo mirábamos al fondo del closet, impronunciable, “guarda la vida de papá en Italia”, nos decíamos. El maletín conservó sin encono sus fotografías de la casa de Stradella, su pueblo a la orilla del Po, al sur de Milán, con las cartas de sus novias y sus correrías de joven estudiante de ingeniería mecánica en Pavía. También escondió las fotografías de sus años en la guerra, a veces de civil, otras de soldado, y en todas me provoca interrogantes por lo que sus ojos vieron y que nunca encontrarán respuesta. Papá no vivió lo suficiente para contarnos la guerra a sus hijos adultos. Sólo extrajo del maletín la pistola escuadra que hoy guarda mi hermano mayor, con sus siete balas mansas que sobrevivieron toda nuestra infancia, una pistola que debió empuñar sin más atajos para mi imaginación sesenta años después. Fue, como millones de jóvenes más en ese abismo europeo, un hombre en guerra.



Papá también sacó algunas fotografías que nos dijeron mucho más que todo lo que no llegó a contarnos: la del abuelo Carlo, capitán de un destacamento del ejército italiano que se colapsaría en África en una malhadada guerra colonial de 1897, él sable en mano, y otros cincuenta combatientes que probablemente no regresaron nunca a la península desde Etiopía –el abuelo sobrevivió a una epopeya trágica en el desierto y volvió a Italia para contarla a un tío suyo periodista en Turín, lo que provocó la furia del gobierno en turno y su inevitable huida a América--; también está la de un muchacho estudiante de ingeniería trepado en un poste de telégrafo en 1935, el mismo año en que el Duce se presentó en esa escuela militar para infundir de celo patriótico a sus posibles camisas negras; y la de un joven capitán de Transmisiones, impecable en su uniforme, rodeado de un grupo de soldados en el frente italiano de África en 1940. Todavía hoy miro esas fotografías que mamá ha conservado siempre en el librero en la sala de su casa y busco en los ojos claros de papá la guerra que sufrió y no quiso que quedara en nuestra memoria.



En la escalera, el oficial de Transmisiones, Carlos Mastretta Arista.

Papá vivió la Segunda Guerra Mundial y el azar quiso que no fuera uno de esos 45 millones de muertos. Papá contaba la guerra de tarde en tarde en sus extremos jocosos, como cuando los marines negros se olvidaron en la juerga de su tarea y dejaron en libertad una noche de 1945 a los soldados italianos detenidos en un campo de concentración, liberada ya de los alemanes la tierra del abuelo Carlo. Igual papá narraba las maravillas que encontraban en las mochilas de los gringos hechos prisioneros por su bando: pasta de dientes, cigarrillos, papel de baño. Nada nos dijo de los muertos. Ahora pienso que los ocultó de sus hijos poblanos como cualquier padre que intenta que sus pequeños no miren la muerte que revolotea sobre el cuerpo de un peatón atropellado cualquier día en la ciudad de Puebla. Nunca nos habló de los muertos, pero todos los días nos despertaba con el chiflido que remedaba la trompeta viva del cuartel del ejército italiano.

Las historias familiares se tejen entre los acontecimientos propios y la cuenta amarga de la natural catástrofe de las sociedad humana. Papá volvió de una Europa destrozada por treinta años de horror. De otra forma, sin la guerra, hubiera seguido su camino de escritor y periodista en el viejo mundo y no estaría yo aquí para contar mi propia historia. Pero papá regresó un día por la frontera, custodiado por dos enormes agentes del FBI que lo acompañaron por el puente internacional de Laredo, los tres enfundados en gabardinas y sombreros, los tres en su papel de cerrar el capítulo de la Segunda Guerra Mundial en la vida de un poblano hijo de un ingeniero civil que llegara a México huyendo de su propia guerra milanesa en 1901. Papá también guardó en maletín negro de médico antiguo esa fotografía, y con ella toda su juventud tras 18 años pasados en el ascenso y caída de Mussolini. Salió de 17 al terminar los estudios en el Colegio Espina de los Jesuitas en plena guerra cristera; regresó de 35 a México para nunca más volver a salir de la ciudad de Puebla. Aquí casó con María de los Ángeles Guzmán, la hija de un dentista nacido en una familia liberal surgida de las guerras mexicanas del XIX, y que arrancaría su carrera profesional sacando muelas indígenas en la Sierra teziuteca tomada por la revolución y los ejércitos pagados por las compañías petroleras inglesas y americanas. El abuelo Diego Ramos, productor de tabaco y madera, fue dos veces expropiado por los revolucionarios entre 1913 y 1920. Moriría lejos de la Sierra poblana en 1929. Sí, de cuántas guerras puede venir una familia cualquiera.

Papá regresó para formar la suya, a la que no le dejó la carga de los millones de muertos en la guerra de la que fue actor y testigo. En 1946, en la cafetera que le trajo de Milán a Nueva York en su retorno a México, ya en la soledad de un mar sin convoyes, destructores y submarinos, escribiría una memoria mínima de sus años vividos en ese Apocalipsis europeo. “Son tantos los muertos –escribió, y fue así lo único que nos dijo--, que no hay al final ni vencedores ni vencidos”.




Milán, 1934. Auto oficial en el Décimo Regimiento.

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Sobre el autor

Sergio Mastretta

Periodista con 39 años de experiencia en prensa escrita y radio, director de Mundo Nuestro...