Conversar con “El 68”: la estatua y la medusa

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Tal vez te acuerdes de que nos conocimos en aquel verano cuando las jacarandas de la calle de Corina estaban todas verdes, esperando pacientes su lila invernal. Olía a humedad y las casas estaban recién bañadas. Ahí se había cambiado la prepa 6. Era mi primer año y las lluvias empezaban. Si me atrevo a decirte lo que ahora pienso es, entre otras cosas, porque te llevo 16.

Y con todo aprecio, no en balde nos cambiaste a muchos la vida; me parece que llegas a los cincuenta casi a punto de convertirte en estatua. Te esperan reconocimientos de casi todas las instituciones, tal vez no las policiacas y militares, pero autoridades escolares, diputados, partidos, medios masivos y congresos te van a quemar incienso. Y cuando naciste, casi todos ellos, con sus muy importantes excepciones como Barros Sierra, estaban en tu contra. Claro, se dirá, es que ahora vivimos en democracia.

Y en parte es cierto. Hay que festejar eso y estar alegres. Pero déjame recordarte algunas cosas. Que al paso de los años te fuiste convirtiendo en algo que no estaba en esos días lluviosos que nos cambiaron. Ahora tu monumento a los cincuenta años ya trae cincelado, inscrita en piedra, que eres el precursor de un invento posterior, una democracia sólo electoral, y que algunos de los nuevos regímenes, cada vez más empresariales y antipopulares, reclaman desde 1988, un año amargo, de fraude electoral, que venían de tu lucha contra el PRI-gobierno. Que eran parte de tu tiempo de modernidad, de romper con el pasado “populista” e inaugurar la democracia que les eligió, así sea mediante el fraude como en 1988 y 2006.

Trato de recordar desde esa mínima experiencia vivida como brigadista si algo así estaba en juego. El pliego petitorio exigía la supresión de cuerpos y leyes represivas, llamaba a la inapreciable justicia que castigara a las autoridades policiacas responsables y resarciera a las víctimas de su violencia, y algo que aún resuena y fuerte en estos años de libertades democráticas, que se reconociera la existencia de presos políticos y que una Política jerárquica y distante, llena de privilegios, abriera un Diálogo Público. Algo tan subversivo ayer como ahora. Un ácido contra las legitimidades de los poderes y que puede borrar lo que te cincelaron.



Hablando de ácido y ahora que casi eres estatua, fíjate que tu forma no se le acercaba para nada. En realidad eras como una medusa. Sí, las de mar abierto, casi transparentes, que parecen volar. Con una cabeza cohesionadora y programática, el Consejo Nacional de Huelga, de la cual surgió el pliego petitorio. Y con múltiples tentáculos con cientos y miles de fibrillas en las 70 instituciones educativas en huelga, con sus cientos de Comités de Lucha en cada escuela y sus miles de brigadas compuestas de jóvenes, hombres y mujeres, que nunca, salvo excepciones, habían tenido vida pública. Habrá quien suponga que te movía la cabeza, pero lo que recuerdo es que te impulsaban esas miles de dizque patitas, múltiples, diversas y creativas. Pero no sólo es un asunto de forma. Eras medusa. Si hombre, espera un momento… sí eras medusa de las que viven en el mar salobre, las que si por algún descuido dejas que se acerquen y te toquen, nunca las olvidas, te queda una mancha roja que irrita y duele. Algo parecido le hiciste al orden vigente en esos días.

En ese monumento que eres ahora pesa el gesto y el color del drama vivido por la represión que te gestó desde julio, te persiguió en los meses siguientes y que intentó matarte el 2 de octubre. Y sin embargo, acuérdate, la represión fue la marca del Estado. La acción de los estudiantes en los 30 benditos días de agosto y buena parte de septiembre estuvo llena de creatividad, alegría y pasión, a manera de respuesta a su violencia. Me atrevo a decir que lo que se vivió entonces sólo puede describirse como una gran fiesta. Un carnaval de la imaginación. Y eso me consta casi como tatuaje en la piel. Con la huelga masiva de fines de julio se inició un recreo que para algunos aún no acaba. Se desajustó no sólo la política estatal, sino todo su orden cotidiano. La autoridad del señor presidente se tambaleó, pero también el orden jerárquico de las escuelas, la cohesión autoritaria de las familias, la credibilidad de los medios masivos a lo que les gritábamos ¡Prensa vendida, Prensa vendida!, con la inestimable excepción del Excélsior de Julio Scherer, del Sucesos y del Por qué! La rigurosa programación del deseo juvenil (quiero ser ingeniero, quiero ser doctor, tener casa, familia, perrito y un coche) se hizo trizas para todos los atrapados en el tiempo del ventarrón. Y eso, discúlpame, pero eso no está muy presente en la memoria que te fabricaron.

Fue un tiempo donde brotaron actividades, imaginarios y deseos que antes no existían. Una efervescencia inventiva del actuar que escapaba a toda idea preconcebida. Tomamos las escuelas en huelga, se organizaron asambleas donde por primera vez hicimos uso de la palabra, a veces sólo un penoso balbuceo que a varios los traumó de por vida; algún salón se convirtió en Comité de Lucha. Surgía una República de los Iguales entre ricos y pobres, hombres y mujeres, blancos y morenos, aunque siempre algo recordaba las profundas diferencias educadas y que regían a nuestra sociedad clasista, estamental. Proliferaron las “brigadas” para acciones concretas y los “círculos de estudio” para los que se atrevieran a conocer un saber arcano, el de las revoluciones socialistas, y, aún más secreto, un marxismo que surgía con la fuerza de la palabra revelada. Muchachas y muchachos convivimos como nunca en un trato de cierta igualdad y reconocimiento e incluso descubrimos a algunas de ellas que nos deslumbraban por su iniciativa, valor e imaginación. Las calles, los destartalados camiones y trolebuses que circulaban en Héroes del 47, los mercados del centro de Coyoacán y sus periferias; todo se convirtió en plaza pública, en lugares de volanteo, de boteo para las cooperaciones, de mítines relámpago. Entre agosto y septiembre miles de nosotros conocimos el poder que nace del número, de la alegría desbordante y de tomar la calle. Ese poder se apagaba apenas surgía, pero provocó un sismo en ese México.

Había una estela de movimientos estudiantiles previos. Pero ahora no se pedía que se facilitara el acceso a la educación media o superior, que se mejorara la autonomía universitaria, tampoco que bajaran las tarifas del transporte público. Miles de chavos gritaban ¡Dialogo Público, Diálogo Público!, algo tan ajeno a los usos y costumbres de todos, de gobernantes y de gobernados, y se entreveía otro imaginario del vivir en común.

Y el otro grito que también abrió el horizonte fue ¡Únete Pueblo, Únete Pueblo!, un deseo de encuentro y de trato con el Otro que, la verdad, era todo el mundo, todos los que estaban fuera del claustro escolar. Lo que se inició como incipiente trato en calles, plazas y mercados luego se expandió en los años posteriores como un encuentro con ese ancho mundo, tan ajeno, tan extraño, de la vida fabril, de sindicatos, de los pobladores urbanos, de regiones rurales y de las culturas de pueblos y comunidades.



Julio me platicó como llegó a Bahía de Banderas para trabajar con unos ejidos en Nayarit. Fue de las primeras experiencias de la Política Popular. Y la Cooperativa de Cine Marginal se introducía en las zonas fabriles del norte de la ciudad. De esas miles de experiencias, la mayor parte anónimas, surgieron saberes y maneras de actuar y de vivir que ninguna institución educativa ofrecía. Y se expandía una mezcla de tradiciones, horizontes y lenguajes desde los espacios de conflicto y de búsqueda de alternativas. Eran aguas salobres.

En esa Babel de la inconformidad, de la sed de justicia, de las ganas de pelear y de inventar formas de vida, se nombró de muchas maneras lo que estábamos viviendo. Algunos la llamaron Revolución, con el agregado de a la vuelta de la esquina. También se escuchaba de un Jesús que regresaba y llamaba a integrarse a las comunidades eclesiales de base. Otros le decían Democracia, pero entendiendo por ello una puerta muy grande para que miles y miles hicieran política en sus lugares de vida cotidiana y que implicaba otro orden de Estado, de escuelas, de familias y de vidas individuales. De este tamaño era esa puerta que luego se nombró como Democracia Social y que en el tobogán de las mutaciones se convirtió en una pequeña entrada a un laberinto electoral donde sólo te piden que a una hora de un día determinado vayas y votes, que te salgas por favor y sigas tan tranquilo en el Orden que te fabricaron. Esta democracia de truco y maña apellidada Electoral.

Ahora, cuando me encuentro con ciertos personajes que traen una especie de software integrado, imagino algo como el espíritu del 68. Un detector de reclamos colectivos, el fomento de la participación colectiva y horizontal, la certidumbre asamblearia, ideas para cohesionar e impulsar la diversidad que se pone en sus marcas, cierta facilidad de la palabra con sus detonadores incendiarios como el ¡ya basta! No puede faltar la creación de formas autogestivas en lugares tan diversos como las normales rurales, las cooperativas de la Tosepan, los barrios de la ciudad de México que estudia mi amiga Lucía, las experiencias de los jóvenes que difundieron la solidaridad con Ayotzinapa y antes habían formado un movimiento tan imaginativo contra las nuevas dominaciones como el #Yo soy 132. Y apenas ayer, una alegría de carnaval que acompañó a la campaña de AMLO.

En lo mejor de esas tradiciones vivas que como diente de león esperan un viento a favor para dispersarse, leo una hoja tamaño oficio doblada en dos, como debe ser, y con cuatro caras. El Mosquito, el que nos pica y despierta. Fue distribuida de mano en mano el jueves 5 de junio (falla casi obligada en los folletos y volantes de este linaje, debe decir julio) por las Comunidades Eclesiales de Base de esta Cuautla que ahora se incendia con un calor africano en tiempos de lluvias a tres días del triunfo de AMLO. Y dice:

“La mejor manera de conmemorar a nuestros caídos en las batallas por la democracia, a 50 años del genocidio de 68, a 47 del Halconazo de 1971 y a 45 meses de la desaparición forzada de los 43 estudiantes de Ayotzinapa, es refundar a este país desde la raíz. Ya vimos que sí se puede”

Y entonces creo, mi querido casi estatua, que, por suerte para ti y para todos los que fuimos tocados o contagiados por ese tiempo de anhelo, las aguas salobres, tu medio natural, sigue fluyendo en estas realidades de injusticia, pero también de esperanza. Cuando veo actuar a jóvenes y viejos, a mujeres, hombres y diversos inmersos en el conflicto del momento, la pugna contra la injusticia que ahora daña, la iniciativa que arrastra a muchos, me digo y te digo: gozas de cabal salud, mi buen, sigues intenso en las aguas salobres del conflicto, los lugares propios para las medusas, no en la ceremonia ni en la quema del incienso. Perdóname, te lo tenía que decir, pero venga, hombre, si son buenas noticias, y va la mejor, yo pago los tecitos que aún toleramos a nuestra edad.

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Sobre el autor

Carlos San Juan Victoria

Historiador. Es investigador en la Dirección de Estudios Históricos del INAH.