Se acabó la vida en el barrio/Memoria de la guerra civil en Guatemala

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48 de cada cien personas en Guatemala tiene menos de 18 años. “Veo un país con mucha delincuencia y bastante pobreza, no podemos hacer nada para salir de ese problema”, afirma Blanca Estela Julajuj Bocel, estudiante de primero básico, de la aldea El Tablón, Sololá, dentro de un conjunto de testimonios de jóvenes publicado por Prensa Libre en ese país. “¿Por qué los jóvenes no hacemos algo contra la violencia? ¿Por qué no escuchamos? ¿Por qué no nos damos cuenta de que estamos llorando todos en silencio?”, se pregunta el joven Julio Barrutia, director de la organización cultural “Ixtab Alob”. Su pregunta igual vale para nuestro país, pues pareciera también que aquí tampoco vale la memoria.

Al igual que en México, no es fácil ser joven en Guatemala. La falta de trabajo y la violencia son endémicas. En buena medida, las familias dependen de las remesas que envían más de millón y medio de migrantes en Estados Unidos. Entre el crimen organizado, la delincuencia juvenil y la añeja “limpieza social” que practican militares y policías muchos jóvenes pierden la vida en un país acostumbrado a muerte violenta. Cuánto se parece a México.

Recordamos aquí la voz de Pedro Estuardo García, joven guatemalteco, estudiante de derecho en la Universidad de San Carlos, que llegó a la ciudad de México huyendo del horror en su país en 1983, año en que lo entrevisté. Sirva su memoria para tratar de entender que los países guardan una historia compleja que se pierde con el paso del tiempo. Sólo se escucha de maras y mafias y poco se dice de la perspectiva histórica que explica los derroteros de una realidad que nos parece incomprensible. Cuánto nos parecemos a Guatemala.



(Foto de portadilla tomada de http://www.mdgfund.org/es)

Mirá vos, recién llegué a México, aquí al Distrito y me sorprendí. Esta ciudad no se acaba nunca. Por donde sea hay luz, anuncios comerciales con lucecitas que se mueven y esas cosas. De eso, hay poco por allá, en Guatemala. Bien a bien, sólo tenemos dos ciudades, Guatemala, la capital y Quetzaltenango. Yo soy de allá, de la capital del barrio La Betania. Me vine de jalón hasta acá, no sé ni cómo pasé la frontera. Antes los muchachos se iban a Estados Unidos de debajo del agua, sin papeles y pasaban desde Chiapas a Tijuana a puro jalón, tranquilamente. En estos tiempos ya no, hay mucha vigilancia. Peor bueno, llegué. Me vine después del ocho de agosto, cuando subió al poder el general Mejía Víctores (gobernó del 8 de agosto de 1983 al 14 de enero de 1986). Él formó una cosa que le llaman el Broe, son fuerzas militares. Hacen redadas en los barrios, pasan a ametrallar, te bajan de los camiones y te piden identificación, si no la traes te meten a la cárcel o te quiebran allí mismo. A eso le llaman Operación Pulpo. Uno de esos días de agosto, andaba yo con la mara (la bola, la pandilla) en la parada del camión, comiéndose un rellenito (frijoles envueltos en masa de plátano macho, frito), cuando llegaron los de la Operación Pulpo y nos subieron a todos. Yo sí traía mis papeles, ero por ser estudiante de la Universidad, de derecho, me golpearon y me amenazaron, por eso mejor jalé para acá.

Desde mediados de los años setenta, en poquito tiempo, todo empezó a cambiar en los barrios. Allá en la capital, en los alrededores, hay muchos barrios pobres. Allí van a dar los pobladores, que vienen del campo a buscar chance, a ir al brete, o los que ya tienen chance en la capital, aunque sea de vendedores en la calle. Los barrios más conocidos son La Betania, Las Galeras, la 4 de Febrero. Mirá vos, allá en mi barrio, la cosa era bonita antes de tanto chafarete (nombre despectivo dado a los militares). Los jóvenes estábamos organizados en grupos juveniles que impulsaba la Iglesia. Otros en organizaciones estudiantiles –pero esos eran los menos--. Había antipatía por la política, era una cosa sucia donde más valía no meterse. Más bien, los jóvenes hacíamos mara en las esquinas, la cotorreábamos. La colonia se divide en sectores, los de la X, los de la doble R. Y había, mirá vos, como dos sectores en la colonia; los que estaban más arriba, por lo menos tenían centavos para mandar a sus hijos al a escuela, los de abajo, más bien no. Allí, claro, también había pandillas de ladrones, como la del Toto, pero nunca se metían con la gente del barrio. El Toto había sido encarcelado varias veces, lo respetaban mucho por su experiencia. Todos los de su pandilla se drogaban sólo con pegamento, de ese de zapatero, no les alcanzaba ni par la mariguana. Eso sí, nunca les robaban a los del barrio, había respeto. Una vez, me gana la risa, me agarraron por ahí los del Toto y pensé que me iban a robar; pero no, nomás me pidieron que les ayudara a cargar lo que se habían robado de quién sabe dónde. Y es que hay mucha miseria en Guatemala, mucha injusticia. Entre las pandillas, si había pleitos, pero no muy gruesos. Cuando se ponía buena la cosa era en el futbol. Jugábamos en una terracería, puro barro, la cancha era inclinada y estaba a la orilla de un barranco. Cuando se iba la bola el que la alcanzara de nuevo era el que sacaba; había que echarse una buena carrerita. Más o menos en 1976, los campeones eran los del equipo de los Cremas y el de la Esfera. Esos chavos sí tenían tiempo para entrenar. No que los de Sacol, por ejemplo, que era el equipo de una aldea indígena, en las orillas del municipio de Guatemala, siempre perdían. Llevaban los trabajos más pesados y mal pagados en la capital. Los de Sacol, hasta hablaban en su lengua, el Kakchiquel, apenas les entendíamos su español. Los mejores jugadores eran El Chano, y el Robanales, el primero era el estudiante, el Robanales no, ese sí trabajaba.

Entre semana, la mara se reunía en la Parada, y jalábamos en algún purrum, a algún toque (fiesta con música). Por entonces había buenos conjuntos rocanroleros. A la mara, al a bola, no le gustaba mucho bailar con marimba. Mejor otro tipo de música. Ya luego los conjuntos fueron desplazados por los sonidos y empezó la onda de la música disco. Ya para entonces pedían identificación para entrar al baile y donde quiera había vigilancia.



En el barrio, las cosas empezaron a cambiar, yo creo que en el ´76, cuando lo del terremoto. Hubo mil muertos. Sólo se cayeron las casas de adobe, las de los pobres. Allí en La Betania, los jóvenes empezaron a formar brigadas; para sacar a los heridos, para levantar las casas, para ayudar a la gente. Hubo mucha solidaridad. Los del barrio de arriba ayudaron a los de abajo y por unos días todo mundo se olvidó de todo. El gobierno formó un Comité de Emergencia Nacional. Estaba compuesto por militares. Ayudaban y vigilaban, eso es lo que hacían. Luego las cosas, la vida en el barrio, volvió más o menos a la normalidad. Pero en el ´78, otra vez se puso fea la cosa. Fue cuando el gobierno incrementó cien por ciento el precio del pasaje suburbano. La gente empezó a quemar los buses, a enfrentarse a pedradas contra la policía. Había mucho descontento y hubo varios muertos. Pero todos los jóvenes le entraron. Allí en mi barrio, a pura pedrada, mantuvimos a raya a los militares tres días. Y en la mera capital, estudiantes, pandillas, grupos juveniles, todo el mundo se fue a quemar los “pollos camperos”, que son como los vips de acá. Había mucha hambre. A puro frijol, arroz y tortilla vive la gente. Total que volvieron a bajar el precio del pasaje. Se terminó el coraje y ya, todo a la normalidad, dizque. Porque ese mismo año, en 1978, se desató la represión; asesinaron a líderes estudiantiles, a chavos de barrio, a profesionistas, a sacerdotes. Fue cuando se creó el Escuadrón de la Muerte y el Ejército Secreto Anticomunista. Empezó el terror. La gente cerraba temprano las ventanas de su casa. En 1980, el Escuadrón se metía a los barrios a ametrallar al a mara de la parada, a los chavos de las pandillas. A las siete u ocho de la noche llegaban camiones llenos de policías a hacer redadas. Después ya lo hacían en domingo y hasta las 11 de la mañana. Todo el mundo se encerró con llave en sus casas. Luego, cuando subió Ríos Montt, en el ´82, fue peor. Puso el Estado de Sitio. La reunión de tres gentes, sin autorización estaba prohibida. Desaparecieron las pandillas de las esquinas.

Había que pedir permiso para hacer una fiesta. Los toques, son los sonidos, estaban casi vacíos. Empezó la vigilancia de día y de noche. A los chafaretes (militares) se les veía por todos lados. No podías ir a dar la vuelta con tu traída (chava), ni siquiera cantinear (ligar, coquetear), en la calle. Yo creo que por eso, los de la barriada empezaron a admirar a la guerrilla. Desde 1978 hasta finales del año pasado, 1983, estuvo presente en la capital. Secuestraban a algún ricachón, y como recompensa pedían que se publicara un campo pegado (desplegado), y que se tuviera acceso a la radio y la televisión. Y sí, allí los de la guerrilla explicaban los actos que había hecho el fulano contra el pueblo. Y hablaban de sus objetivos: la organización del pueblo, la lucha por mejores condiciones de vida, por una Guatemala democrática y libre, y por la unidad de indígenas y ladinos. Esos son algunos de los puntos de los que me acuerdo. Pero la gente tiene mucho miedo, fíjate ya todos desconfían de todos. A cada rato hay redadas militares y Operación Pulpo. Casi en cada esquina te bajan del camión para revisarte, para pedirte los papeles. Casi siempre agarran a muchos y se los llevan.

Yo ni siquiera le pude avisar a mi traída (novia) que me iba a venir como fuera, para México. Dejé a la mitad la carrera. Sólo mis papás saben que jalé para acá. Y es que, para qué se queda uno, todos los días te amenazan de muerte. Se acabó la vida del barrio. Sólo siguen algunos partiditos de fut, pero están controlados por el ejército. Tienen fichados a los jugadores, todo el tiempo en la mira, y ya casi no hay equipos por cuadra, de los de la X, la doble RR, los equipos de la barriada. Y mira vos, si extraño a mi barrio, a La Betania y a los amigos. Pero ya qué, se acabó la vida en el barrio.

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Sobre el autor

Emma Yanes Rizo

Historiadora, escritora y ceramista, tiene un Doctorado en Historia del Arte por la UNAM y es investigadora en la Dirección de Estudios Históricos del INAH.