Madero en trance

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Mundo Nuestro. El martes 7 de marzo pasado se presentó en la Casa de los Hermanos Serdán en la ciudad de Puebla el libro Dos revolucionarios a la sombra de Madero, de Beatriz Gutiérrez Müller, ed. Ariel, México, 2016. Presentamos en este arranque de semana las reseñas escritas para el evento por los investigadores Emma Yanes Rizo, Gabriela Pulido Llano y Julio Glockner Rossains.



El libro de Beatriz Gutiérrez Müller sobre la vida y trágica muerte de dos poetas y periodistas centroamericanos, que en México se unieron a la causa, reformista primero y revolucionaria después, de Francisco I. Madero, tuvo su origen en una conversación familiar. Cuenta Andrés Manuel López Obrador en el prólogo que sirve como preámbulo histórico, que cuando escribía el libro Neoporfirismo le comentó a Beatriz que durante la Decena Trágica, un poeta llamado Solón Argüello, gritaba en la esquina de las calles San Francisco y Bolívar, en la ciudad de México, llamando al pueblo a defender a Madero, sin que nadie le hiciera caso. Algo similar a lo ocurrido en Puebla con los hermanos Serdán. La imagen de un hombre desesperado pidiendo a gritos el respaldo popular a un presidente derrocado y pronto asesinado de la manera más vil, despertó el interés de Beatriz por este singular personaje y se dio a la tarea de investigar su vida, interés vinculado a indagar el papel de los intelectuales y periodistas durante la breve gestión de Francisco Ignacio Madero. En el curso de esta indagatoria del revolucionario nicaragüense, nacionalizado mexicano, apareció el nombre de otro interesante protagonista también olvidado en nuestro país, el costarricense Rogelio Fernández Güell, cuya actividad política e intelectual lo condujo a la poesía, el periodismo y la diplomacia, siempre con un espíritu humanista.

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F. Dené, Aprehensión de Madero y Pino Suárez, óleo. Museo Nacional de Historia.


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En el prólogo de Andrés Manuel se definen los perfiles ideológicos de algunos connotados intelectuales del porfiriato, como Justo Sierra y Francisco Bulnes, y otros de menor calidad intelectual y moral, como Salvador Díaz Mirón. Al pacificar la nación con mano dura y bajo el lema de “Orden y Progreso”, el país había tenido durante el porfiriato un desarrollo material sin precedentes, creando nuevas industrias y consolidando las existentes, incrementando la producción en el campo, creando nuevos bancos y servicios diversos, expandiendo la minería y construyendo una red ferroviaria, que, si no recuerdo mal, comprendía 20 mil kilómetros de vías férreas para comunicar el centro del país con el norte y los puertos, de modo que se facilitara la extracción de materias primas que requerían las empresas extranjeras que invertían fuertes sumas de capital en México. Un diseño para el saqueo de las riquezas de la nación con los recursos técnicos de la época. Todo ello en un sistema profundamente desigual e injusto en lo económico y social y en un ambiente político dictatorial, donde sólo valía la voluntad del presidente, como bien lo dijo Renato Leduc en aquél corrido, eran “Tiempos en que era Dios Omnipotente y el señor don Porfirio presidente. Tiempos ¡ay…! Tan iguales al presente”.

Bueno, advirtamos que el presente de Leduc cuando escribió el corrido se caracterizaba por la omnipotencia del PRI y las cosas han cambiado desde entonces, no sustancialmente, pero han cambiado, abriendo nuevas posibilidades para una regeneración del país.

Pero hay ideas que persisten, como la idea y el mito del Progreso, un mito apuntalado en el siglo XIX por Justo Sierra, Francisco Bulnes, José Ma. Luis Mora y tantos otros. Voy a detenerme a comentar este concepto que, me parece, es el que la da unidad al libro, tanto al prólogo de Andrés Manuel como al relato biográfico de Beatriz, aunque por distintas razones: el progreso material durante el porfiriato por un lado, y el progreso espiritual que Madero se planteaba como vía para salvar a la nación, convicción teñida de un espíritu místico cuyo contenido fundamental eran los principios de libertad y democracia.

Es con el pensamiento ilustrado del siglo XVIII como va despuntando la idea moderna de Progreso, que se distancia gradualmente de la idea del Dios judeocristiano, aunque nunca deja de estar emparentada con ella en su lógica, pues de ese pensamiento religioso proviene la concepción de un tiempo lineal y progresivo, que se inicia en el Génesis y culmina en el Apocalipsis.

El colonialismo europeo de los siglos XVI y XVII se había valido de la idea cristiana de la redención de las almas de los paganos e idólatras para justificar su invasión al resto del mundo. Fue evangelizando, con la palabra de Dios por delante, como se apropiaron, mediante la espada y la cruz, de continentes enteros. Más tarde, al desprenderse la racionalidad occidental de sus argumentos teológicos, los europeos que concibieron la idea de Progreso en el siglo XVIII se colocaron a sí mismos en la cúspide de un proceso que culminaba en su forma de vida, su tecnología, sus costumbres y su manera de pensar el mundo. Todas las demás culturas debían enderezar el camino fallido que habían seguido para occidentalizar su rumbo e incorporarse en la senda del Progreso, única vía posible para alcanzar la condición de sociedad civilizada. Con la Ilustración no fue la idea Dios, sino la idea del Progreso la que operó como argumento redentor. Ahora se trataba de civilizar a los pueblos bárbaros y salvajes para que alcanzaran un nivel de desarrollo que se pudiera equiparar al modo de vida occidental y de este modo someterlos a una relación de explotación tanto de sus recursos naturales como de su abundante mano de obra.

De origen latino, el término progreso se refiere al desarrollo de un ser o una actividad y lleva implícita la idea de avanzar, lo cual nos convoca, como un imperativo, a “ir hacia delante”. Este artificio psicológico de “ir hacia delante” se convirtió, durante los siglos XIX y XX, en el elemento ideológico más eficaz para justificar las políticas de los Estados nacionales y de las empresas transnacionales. Es un artificio psicológico que juega con la temporalidad haciéndonos creer que le tiempo es simplemente una línea cronológica con un atrás, que está en el pasado, y un adelante, que está en el fututo. Las innovaciones tecnológicas son, según esta manera de mirar las cosas, las que permiten ir hacia delante y progresar. Cambiar, avanzar, ir hacia delante, se convirtieron en valores en sí mismos en la civilización occidental, en sociedades cuyo desarrollo se ha sustentado en una ilimitada innovación tecnológica que está llevando a la humanidad entera al borde del abismo, generando día con día desempleo, hambrunas, violencia física y psicológica y un desastre ecológico sin precedentes. A pesar de estas terribles evidencias que constatamos en las noticias de todos los días, se sigue confiando en el mito del progreso, con la excepción de pequeños grupos de activistas que lo denuncian, seguimos sin reaccionar como ciudadanos ante la demagogia modernizante de los gobiernos en turno. Y es que el término ha penetrado tanto en nuestra manera de valorar las cosas que lo hemos convertido en sentido común, en algo lógico y hasta natural. En esa trampa mental estamos atrapados y en ese cautiverio psicológico reside su eficacia. Tampoco en el llamado bloque socialista hubo una alternativa al mito del Progreso, sólo hubo un desplazamiento en la idea de su culminación, ya no en la burguesía capitalista sino ahora en las burocracias socialistas.

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Echemos un vistazo a los forjadores del mito del Progreso en México. Los liberales del siglo XIX (y los neoliberales del XX y el XXI) alentaron la idea de que era indispensable, para poder progresar, asimilar culturalmente a la población indígena combatiendo y disolviendo sus formas de vida arcaica en las de una modernidad que se presentaba como La Única Solución a nuestros problemas de atraso y pobreza respecto a las demás naciones. Escuchemos al doctor José María Luís Mora, uno de los liberales más connotados del siglo pasado:

Una de las cosas que impiden e impedirán los progresos de los indígenas en todas las líneas, es la tenacidad con que aprenden los objetos y la absoluta imposibilidad de hacerlos variar de opinión: esta terquedad que por una parte es el efecto de su falta de cultura, es por otra el origen de sus atrasos y la fuente inagotable de sus errores.

No es de extrañar entonces que una de las conclusiones del doctor Mora fuese la siguiente:

La agricultura mexicana –decía- hará considerables progresos luego que acabe de salir de las manos del indio nativo y pase a las manos del europeo.

Con esta misma lógica, en su obra El porvenir de las naciones hispanoamericanas, el senador Francisco Bulnes atribuía el retraso de México a una combinación de conservadurismo ibérico y debilidad indígena. Utilizando las falacias de una presumida “ciencia de la nutrición”, Bulnes explicaba la supuesta debilidad del pueblo mexicano recurriendo a la división de la humanidad en tres razas: los pueblos del trigo, los del arroz y los del maíz. Luego de exponer los valores nutritivos de cada cereal llegaba a la siguiente conclusión:

La historia nos enseña que la raza del trigo es la única verdaderamente progresista y que el maíz ha sido el eterno pacificador de las razas indígenas americanas y el fundador de su repulsión para civilizarse.

Por si esto fuera poco, Bulnes afirmaba que “En la humanidad, las especies conservadoras (como los indígenas mexicanos), experimentan en su organismo una especie de mineralización que las inclina hacia la inmutabilidad y el pasivismo de las rocas”, lo que cancelaba toda posibilidad de un progreso futuro. [1]

El grupo de “los científicos” porfiristas encontraron atractivo el discurso de las proteínas y los carbohidratos porque proporcionaba una explicación al subdesarrollo nacional sin recurrir a las doctrinas de un racismo extremo que condenaba al país a un atraso eterno. Este racismo gastronómico dejaba entrever una esperanza de superación y progreso si la población nativa se alimentaba adecuadamente, y más aún si adoptaba las costumbres europeas.

La fe en el progreso importado de Europa se derivaba de una premisa fundamental: que era la cultura y no la raza la que determinaba la modernidad. No era necesario ser europeo de nacimiento; bastaba con actuar como europeo, vestir como europeo, comer como europeo. La prensa de la época exaltaba las virtudes del pan de trigo considerándolo como el alimento del mundo civilizado, mientras reafirmaba la idea de que el maíz era poco adecuado para el consumo humano. Este discurso tuvo tan amplia aceptación entre las clases media y alta urbanas, que se llegó a considerar la difusión del pan como medida de desarrollo y expansión del proceso civilizatorio occidental. En un manual de cocina Michoacana se llegó a considerar al trigo como “un señalado favor de la Divina Providencia a la humanidad”. [2] Guillermo Prieto, que supo ver este colonialismo interno, lo expresó con toda claridad cuando dijo: “Nos hemos convertido en los gachupines de los indios”.

Sobra decir que en los veinte banquetes que ofreció Porfirio Díaz para celebrar el centenario de la independencia no circuló en las mesas una sola tortilla. La versión moderna de este racismo gastronómico la encabeza en nuestros días la compañía Monsanto con el respaldo de la SAGARPA y la SEMARNAT, que pretenden el cultivo de maíz transgénico en nuestro país argumentando propiedades extraordinarias en sus nuevas cualidades genéticas. (OGM-OGT)

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El progreso espiritual de Madero

El desarrollo económico alcanzado durante el porfiriato con estos criterios progresistas en mente había descuidado totalmente la democratización de la vida política y social que en otras naciones se había alcanzado. Digo mal, no fue un descuido, sino una condición para el desarrollo, pues sólo con el poder absoluto concentrado en Porfirio Díaz se logró reactivar y fortalecer la economía. Pero faltaba dotar al país de libertades y democracia en su gobierno. Ese fue justamente el objetivo que Francisco I Madero se propuso realizar y a esa causa se sumaron incondicionalmente los dos centroamericanos cuyas vidas nos revela Beatriz en este libro. No voy a resumir aquí la forma en que vivieron y murieron estos poetas que la autora vuelve entrañables, es algo que cada quien debe descubrir y sentir al leer el libro. Me voy a referir más bien a la idea de progreso y evolución espiritual que los hizo estar en la misma sintonía y entender cabalmente sus propósitos para poder actuar conjuntamente.

Carátula del libro 1910 La sucesión presidencial, de Francisco I. Madero.

El libro de Madero que inicia el proceso que culminará con la revolución mexicana, La sucesión presidencial de 1910, no es un libro revolucionario, es una reflexión serena sobre las condiciones del país que comprende un conjunto de propuestas para reformar algunas leyes y reorientar gradualmente el desarrollo de la nación por vías democráticas. Al divulgar el texto Madero no tenía la intención de provocar un estallido social, es más, concedía la posibilidad de que Porfirio Díaz se presentara como candidato, y si ganaba, gobernara por un último periodo, con la condición de reformar la Constitución y establecer a partir de ese momento, la no reelección como principio democrático indispensable. Proponía también un reemplazo generacional en la vicepresidencia, las cámaras y gubernaturas de los estados, de modo que una nueva generación adquiriera experiencia política para facilitar la transición cuando Díaz muriera. Al argumento del dictador de que México no estaba preparado para la democracia, Madero respondía en su libro: “Admitiendo por un momento que no estemos aptos para la democracia ¿de qué manera llegaremos a familiarizarnos con sus prácticas si nunca se nos deja practicarlas?”.

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La Consulta, pluma y pincel, en El Ahuizote, Semanario Político de Caricaturas, 5 de agosto de 1911.

Estas soluciones prácticas de un hombre que entraba a la política con buenas intenciones, tenían como trasfondo una concepción mística del mundo y la existencia humana. En las frecuentes sesiones espiritistas que Madero realizaba encontró una fuente de inspiración y un sentido a su vida, al comprender que su incursión en la política tenía el carácter de una misión, que consistía en salvar al país democratizándolo. “Que una disciplina severa domine todos tus actos… que todas tus acciones respondan a un plan”. Le aconsejaban los espíritus con quienes hacía contacto. El año de 1907 fue de sometimiento estricto de las pulsiones y apetitos corporales que él denominaba “la naturaleza inferior”. Ese año tuvo, en solitario tapanco de su hacienda, una iniciación espiritual en la que escuchó una voz diciéndole:

“Póstrate ante tu Dios para que te arme caballero, para que te cubra con divinas emanaciones contra los dardos envenenados de tus enemigos… Ahora eres miembro de la gran familia espiritual que rige los destinos de este planeta, soldado de la libertad y el progreso… que milita bajo las generosas banderas de Jesús de Nazaret”

Quien hablaba en la voz de los espíritus de Madero, hoy podemos decirlo gracias a Freud y a Carl Jung, era el inconsciente individual y colectivo, el Sí Mismo de Madero que se involucra con el misterio de la divinidad y que activa en él una refinada sensibilidad y un alto sentido de la responsabilidad. Gracias a esos trances consigo mismo pudo llevar a cabo la inmensa y generosa obra que desencadenó un nuevo rumbo para el país.

En una carta a su padre escribió:

Creo que sirviendo a mi patria en las actuales condiciones cumplo con un deber sagrado, obro de acuerdo con el plan divino que quiere la rápida evolución de todos los seres y, siendo guiado por un móvil tan elevado, no vacilo en exponer mi tranquilidad, mi fortuna, mi libertad y mi vida. Para mí, que creo firmemente en la inmortalidad del alma, la muerte no existe; para mí, que tengo gustos tan sencillos, la fortuna no me hace falta; para mí, que he llegado a identificar mi vida con una causa noble y elevada, no existe otra tranquilidad que la de la conciencia y sólo la obtengo cumpliendo con mi deber.

El tema del misticismo de Madero fue tratado por Beatriz en una sorprendente novela, Viejo siglo nuevo, hermana de estas crónicas biográficas.

Madero fue lector de textos clásicos de literatura política, como las Historias y costumbres de los germanos, de Tácito; el Panegírico de Trajano, las Cartas de Plinio el joven, pero también leyó a Montesquieu y a Kropotkin, el Baghavad Gita, del que hizo comentarios, y el monumental México a través de los siglos de Riva Palacio. Según Enrique Krauze, entre las notas sueltas que se encontraban en su escritorio, había una de Montesquieu que revelaba los propósitos y el proyecto político de Madero. La nota decía:

Lo que se llama unión en un cuerpo político es una cosa muy engañosa; la verdadera es una unión de armonía que hace que todas sus partes, por más opuestas que parezcan, concurran al bien general de la sociedad, como las disonancias en la música concurren al acorde total.

Esa unión es la que busca afanosa e inútilmente Peña Nieto ante el gobierno norteamericano, pero incapaz de haber logrado la armonía de todas las partes como condición ineludible para alcanzarla, todo queda en una voz solitaria extraviada en la demagogia.

Pero ese era el propósito central de Madero en sus inicios, la unión de la nación en ese cuerpo político. La afinidad que existía entre el costarricense Rogelio Fernández Güell y Madero –escribe Beatriz- pasaba por ideales políticos pero también por afinidades religiosas, aunque ambos tenían un rechazo al monopolio eclesiástico y a su dogmatismo, sin que ello los volviera necesariamente anticlericales. Es decir, no confundían el sentimiento y la experiencia religiosa con el clero y sus iglesias, eso les permitía cultivar una hermandad de creencias y una identidad de pureza en ideales e intenciones.

En una conferencia pronunciada en 1907 por Fernández Güell expone las características de esa afinidad religiosa:

Las religiones nos convidan a amar –dice- pero nos vedan saber. Las ciencias materialistas nos inducen a saber; pero nos niegan amar. El Espiritismo es el único que abarca los dos principios, el único que con el amor enseña y con la sabiduría ama. Es Ciencia y Amor; es grave como el entendimiento y dulce como el corazón, Consuela, ilustra, fortalece y edifica.

Ese mismo año -escribe Beatriz- Madero estudiaba filosofía hermética, y en una carta al presidente de la sociedad espírita a la que pertenecía y financiaba, le comentaba que había leído el magnífico trabajo del costarricense. Pero Madero también mantenía una postura crítica sobre algunos aspectos del espiritismo, por ejemplo, pensaba que Helena Blavatsky, mejor conocida como madame Blavatsky, pretendía ganar credibilidad al hacer creer que su doctrina le había sido revelada por espíritus de una jerarquía muy elevada que residían en los montes del Himalaya. Madero pensaba que el espiritismo no tenía dogmas inmutables, sino que dejaba el campo abierto a todas las especulaciones de la inteligencia. Por cierto, madame Blavatsky, según informa John Gray, fue una mujer fascinante que había sido artista ecuestre de circo, empresaria fracasada de una fábrica de tinta y una tienda de flores artificiales, informante de la policía secreta zarista y cantante de club nocturno. NI más ni menos.

En el epistolario de Madero encontró Beatriz la idea que tenía del socialismo, diciendo que

Representa las aspiraciones de la clase proletaria por mejorar la situación, pero –añade- cada quien entiende obtener ese mejoramiento a su manera. Algunos creen que con repartirse las riquezas de los demás está todo arreglado, pero otros creemos que el medio de mejorar la situación es poner en pie de igualdad al obrero con el amo, asegurándole íntegramente sus derechos políticos, darle una instrucción lo más desarrollada posible, y una amplia protección para el ejercicio de sus derechos.

Esta opinión deja ver que sus lecturas de Kropotkin no le ayudaron mucho a esclarecer la idea del socialismo. Pero más importante es que señala la urgente necesidad que había entonces (y que hasta ahora no ha sido plenamente satisfecha) de crear ciudadanía en el país, dando a conocer los derechos y obligaciones de todo ciudadano y garantizando su ejercicio mediante la aplicación veraz y oportuna de la ley. Emiliano Zapata, quién también leyó a Kropotkin, gracias a Molina Enríquez, encontró seguramente en su doctrina semejanzas con el anarquismo del campesinado, que ha procurado siempre la autarquía en su forma de vida. Con cierto anarquismo sí, pero no con el comunismo. Recordemos la respuesta que le dio Zapata a Enrique Villa, Según Soto y Gama, cuándo le preguntó qué opinaba del comunismo: Explícame qué es eso, dijo Zapata. Pues consiste, por ejemplo –dijo el otro- en que todos los vecinos de un pueblo cultiven en común las tierras que les corresponden y que, en seguida, el total de las cosechas obtenidas se reparta equitativamente entre los que con su trabajo contribuyeron a producirlas. ¿Y quién va a hacer ese reparto? Preguntó Zapata. Pues un representante o una junta que elija la comunidad, le respondió. Pues mira –concluyó Zapata- por lo que a mí hace, si cualquier tal por cual quisiera disponer en esa forma de los frutos de mi trabajo, recibiría de mi parte muchos balazos.

Aunque Fernández Güell admiraba a Madero en el terreno espiritista –escribe Beatriz- no comprendía por qué optaba por la sublevación, y cita la siguiente confesión del poeta:

El credo filosófico que ambos profesábamos nos imponía como principio fundamental el amor a la humanidad y nos alejaba del estrecho concepto que nos hace limitar la patria a una determinada región del planeta… jamás le di importancia al movimiento de Madero, participando del error general que atribuía un inmenso poder al gobierno del presidente Díaz.

Sin embargo, a su debido tiempo y circunstancia, Fernández Güell debió enfrentar una dictadura y morir por las mismas razones con las que en estas palabras se distanciaba de Madero. En la misma sintonía espiritual vivió y murió el poeta nicaragüense que apenas he mencionado, Solón Argüello, quien escribió lo siguiente: “El Ideal lleva a la muerte, por el camino del dolor; pero este dolor es un placer sublime ¡soñemos!”.

Beatriz piensa que ninguno de los tres era socialista, yo pienso que Madero estaba muy cerca del socialismo utópico francés, que apelaba al sentimiento de generosidad de los empresarios para alcanzar una distribución de la riqueza más equitativa. De cualquier modo, tiene razón cuando escribe que, en tanto no quede claro qué es socialismo, discutirlo aquí, en su libro, distrae de la historia que viene contando. En efecto, su ensayo no tenía por qué contemplar una discusión de este tipo, pero es sugestivo que haya dejado la formulada la pregunta aleteando en el interés del lector. 1917 es un buen año para pensar estos temas en México, tanto por el centenario de la Constitución, como por el centenario de la revolución rusa, que tuvo un inicio esperanzador y pronto dio lugar a una de las dictaduras más sanguinarias del siglo XX. Un buen ejercicio reflexivo, sin duda, tenemos por delante.

[1] Ibid, p. 119,128,

[2] Ibid, p.130-134.

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Sobre el autor

Julio Glockner