La memoria del cinco de mayo en la Sierra Norte de Puebla

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Compilación de dos relatos.

Los olvidados del silencio (mayo de 1983)

En el centro de la sierra de Puebla, Tetela de Ocampo. A una hora del pueblo hasta Ometepec; después hora y media de monte y vereda a pie aparece el barrio de Sontecomapan con sus casas a lo largo de la cañada; los encinos cubren la cima de las montañas. En la ladera, entre los grandes huecos erosionados, la milpa que aguantó el calor y la seca empieza a crecer con la lluvia de finales de mayo. En un ranchito adornado con flores y banderitas de papel, Alejandro Flores, jornalero de 72 años, con un buen día de mezcal a cuestas, escucha las norteñitas del grupo Los Olvidados del Silencio. Es la boda del maestro rural del pueblo; llega a la ranchería jalando un burro arreglado de prendas blancas, y sobre el burro viene sentada la novia. Los invitados vienen atrás, en procesión. Truenan los cohetes. La novia se baja del burro; el novio le da un beso. Luego le dan un abrazo a todos los invitados que llegan a la fiesta.

Cuando abraza la niebla, no se mira su carrera al cielo, sólo se escuchan las explosiones. El viejo Alejandro desenreda su historia tan rápido como los tragos de mezcal que desaparecen en su garganta.



“Yo soy nacido de Tecuanta, que es acá atrás de esa peña que ai se ve. Una hora que haga es mucho, si está cerquitas. Ora vine por la boda, por la barbacoa. Soy jornalero, desde siempre lo he sido, ora tengo que agarrar fuerzas para trabajar; el que se queda aquí no vive. Todo está duro, oro nomás acabo de regresar de fueras: me fui a Cuetzalan, acá por Zacapoaxtla, a chapear café, pero no hubo trabajo; no hubo, entonces agarro pa Martínez de la Torre, allá tengo un cuñado que me ayuda en veces a chapear, pero no hubo tampoco chance. Me dice el patrón un día: “si yo te doy trabajo vente”, y yo lo sigo y me lleva lejos, y me quedé toda la noche. Me dijo cuando se jué: ‘mañana te traigo el almuerzo’, y que no llega en todo el otro día, no llega. Caminé toda la noche pa regresarme a Martínez, sin comer. Ya le digo, soy nacido en Tecuanta, que es atrás de esa peña que ai se ve. Dicen se llama así porque allí vivió el tigre, el Tecuni… Mi tata grande dijo que le desbarrancaron pierdas pa matarlo, que no tenían armas; eso fue cuando los mexicanos de aquí de México. Sotecomapan se llama así porque quiere decir cabecilla: Juan Francisco Lucas les pegó a los franceses… ellos traiban armas fuertes, aquí nosotros puras armas de las que fueran, pero los agarraron en la cañada y los acabaron. Decían los franceses: ‘Bajemos a Ometepec, vamos a chingar mujeres’, pero no pasaron de la barranca, allí los esperaron… a un lado había cerro, a otro lado había cerro y éstos bien escondidos, no fallaron blanco. Dicen ai se puede ver el lugar de la sangre, donde echaron todo el pudridero de extranjeros. Yo lo vide, así lo platican los grandes.”

La orquesta toca “El chubasco”. Corren los vasos de pulque: En la mesa, las señoras a un lado, los hombres del otro. Se devora el mole con arroz. Algunos visten de manta, la más ropa mestiza. La casa del maestro, un cuarto sin ventanas, es la única construida con cemento y ladrillo. El novio y la novia decidieron casarse después de diez años de vivir juntos y ya con cinco chamacos. Brindamos, Los Olvidados del Silencio siguen tocando. Empieza el baile. Las parejas se confunden entre la niebla. El viejo Alejandro, cuando baja la niebla, pierde la vista en la peña Tecuanta.



Foto tomada del libro El Liberalismo popular mexicano. Juan Francisco Lucas y la Sierra de Puebla, 1854-1917. BUAP/Ediciones de Educación y Cultura, México, 2011.

El burro que venció al gobierno (relato, 1991)


c/6 parrafos

Se luchó duro contra los franceses en la sierra de Puebla. Gracias al general Juan Francisco Lucas, nomás quitándoles las botas, se venció a los güeros que venían de otra tierra donde se usa harto zapato. A puro comer chile se les tenía en la prisión de Cuautempan, lloraban lágrimas verdaderas porque no eran valientes. Y así fuimos derrotando al enemigo, nomás de tenerlos descalzos, sí, en está tierra nopalera, no había preso que escapara aunque les abriéramos las puertas.

Puras ideas de las buenas tenía ese general Lucas, era un indio verdadero. Cuando la batalla de Puebla fue amigo del general Porfirio Díaz, en los tiempos en que este era prieto y estaba con los pobres del campo. Ya había matado harto franchute y por eso lo quiso conocer el general Díaz, mesmamente en que luego fue gobierno. Lo vino a buscar hasta aquí a la Sierra para la felicitación. Agarró junto con su gente camino pal cerro del Sotol. Se encontró a un indio remiso, silencioso, que cuidaba su caballo. Y le dice Porfirio Díaz: --Oye tú, ¿dónde encuentro al general Lucas? Y éste no le dio respuesta. --¡Qué no me oyes indio pendejo!, le dijo después. Y el indio tan tranquilo nomás señaló con el dedo la choza. Allá se dirigió Díaz con toda su gente. En la puerta se encontraron a una mujer muy humilde que estaba echando tortillas. –Oiga, disculpe, ¿vive aquí el general Lucas?, le preguntaron. –Como no, les respondió, si ahí anda afuera cuidando el caballo.

---Pero si allá afuera sólo hay un indio.

---Sí señor, pues ese mero indio es el general, y yo su señora esposa. Y Díaz se fue de inmediato a presentarse con Juan Francisco Lucas y pedirle disculpas.

Cuando Porfirio Díaz llegó a presidente y se blanqueó –verdad de Dios que se echaba talco todos los días para dejar de ser prieto—, la agarró contra el general Lucas, ese no obedecía nomás por obedecer y siguió defendiendo a los indios que habían luchado contra el extranjero cabrón. Por eso lo quería matar a la mala.

Cuentan los que lo vieron, de aquí harta gente lo recuerda de antes, que el presidente mandó llamar a la República al general Lucas, dicen que pa premiarlo por su heroísmo. Llegaron por él los uniformados del ejército, muy uniformados, le ofrecieron los saludos del Presidente, luego le dieron un abrigo y un sombrero para que los acompañara a México. Él les dijo que como no, que estaba a sus órdenes, sólo que el abrigo que le habían mandado se lo cambió al capitán. Cuando el capitán se puso la ropa cayó muerto. El forro del abrigo tenía un veneno que mataba al contacto.

Juan Francisco Lucas huyó descalzo, corre y corre por el cerro. Lo iba siguiendo a galope la representación de Díaz. Cuando ya no tenía salida se tiró a un barranco de mucha profundidad. Cayó junto al cadáver de un burro. Los federales bajaron por la vereda, a pie, a como fueron pudiendo. Pero ya no lo encontraron, ni a él, ni al burro, sólo vieron sobre la tierra las vísceras del animal. Ahí estaban parados, no sabían qué hacer. De repente sintieron que de arriba les llovían piedras. Era el burro que las estaba tirando con las patas; los enterró vivos. Luego el general Lucas se salió de las entrañas del burro, de la forma de animal que había usado para escapar y se regresó tranquilo a su casa.

Sigue defendiendo al pobre según era su costumbre. No está viejo, ni está joven, está igual. Cuando lo tratan de agarrar vuelve a adquirir la forma de animal. Ni modo que el gobierno mate a todos los borricos, habría de nuevo guerra. No se extrañe si en esta tierra de Cuautempan oye que de repente un campesino hable con su burro y le diga:

---Disculpe usted la carga, mi general.

Aquí de por sí consentimos mucho al borrico como si fuera sagrado.

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Sobre el autor

Emma Yanes Rizo

Historiadora, escritora y ceramista, tiene un Doctorado en Historia del Arte por la UNAM y es investigadora en la Dirección de Estudios Históricos del INAH.