Historia

Madero en trance

Mundo Nuestro. El martes 7 de marzo pasado se presentó en la Casa de los Hermanos Serdán en la ciudad de Puebla el libro Dos revolucionarios a la sombra de Madero, de Beatriz Gutiérrez Müller, ed. Ariel, México, 2016. Presentamos en este arranque de semana las reseñas escritas para el evento por los investigadores Emma Yanes Rizo, Gabriela Pulido Llano y Julio Glockner Rossains.



El libro de Beatriz Gutiérrez Müller sobre la vida y trágica muerte de dos poetas y periodistas centroamericanos, que en México se unieron a la causa, reformista primero y revolucionaria después, de Francisco I. Madero, tuvo su origen en una conversación familiar. Cuenta Andrés Manuel López Obrador en el prólogo que sirve como preámbulo histórico, que cuando escribía el libro Neoporfirismo le comentó a Beatriz que durante la Decena Trágica, un poeta llamado Solón Argüello, gritaba en la esquina de las calles San Francisco y Bolívar, en la ciudad de México, llamando al pueblo a defender a Madero, sin que nadie le hiciera caso. Algo similar a lo ocurrido en Puebla con los hermanos Serdán. La imagen de un hombre desesperado pidiendo a gritos el respaldo popular a un presidente derrocado y pronto asesinado de la manera más vil, despertó el interés de Beatriz por este singular personaje y se dio a la tarea de investigar su vida, interés vinculado a indagar el papel de los intelectuales y periodistas durante la breve gestión de Francisco Ignacio Madero. En el curso de esta indagatoria del revolucionario nicaragüense, nacionalizado mexicano, apareció el nombre de otro interesante protagonista también olvidado en nuestro país, el costarricense Rogelio Fernández Güell, cuya actividad política e intelectual lo condujo a la poesía, el periodismo y la diplomacia, siempre con un espíritu humanista.

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F. Dené, Aprehensión de Madero y Pino Suárez, óleo. Museo Nacional de Historia.



En el prólogo de Andrés Manuel se definen los perfiles ideológicos de algunos connotados intelectuales del porfiriato, como Justo Sierra y Francisco Bulnes, y otros de menor calidad intelectual y moral, como Salvador Díaz Mirón. Al pacificar la nación con mano dura y bajo el lema de “Orden y Progreso”, el país había tenido durante el porfiriato un desarrollo material sin precedentes, creando nuevas industrias y consolidando las existentes, incrementando la producción en el campo, creando nuevos bancos y servicios diversos, expandiendo la minería y construyendo una red ferroviaria, que, si no recuerdo mal, comprendía 20 mil kilómetros de vías férreas para comunicar el centro del país con el norte y los puertos, de modo que se facilitara la extracción de materias primas que requerían las empresas extranjeras que invertían fuertes sumas de capital en México. Un diseño para el saqueo de las riquezas de la nación con los recursos técnicos de la época. Todo ello en un sistema profundamente desigual e injusto en lo económico y social y en un ambiente político dictatorial, donde sólo valía la voluntad del presidente, como bien lo dijo Renato Leduc en aquél corrido, eran “Tiempos en que era Dios Omnipotente y el señor don Porfirio presidente. Tiempos ¡ay…! Tan iguales al presente”.

Bueno, advirtamos que el presente de Leduc cuando escribió el corrido se caracterizaba por la omnipotencia del PRI y las cosas han cambiado desde entonces, no sustancialmente, pero han cambiado, abriendo nuevas posibilidades para una regeneración del país.

Pero hay ideas que persisten, como la idea y el mito del Progreso, un mito apuntalado en el siglo XIX por Justo Sierra, Francisco Bulnes, José Ma. Luis Mora y tantos otros. Voy a detenerme a comentar este concepto que, me parece, es el que la da unidad al libro, tanto al prólogo de Andrés Manuel como al relato biográfico de Beatriz, aunque por distintas razones: el progreso material durante el porfiriato por un lado, y el progreso espiritual que Madero se planteaba como vía para salvar a la nación, convicción teñida de un espíritu místico cuyo contenido fundamental eran los principios de libertad y democracia.

Es con el pensamiento ilustrado del siglo XVIII como va despuntando la idea moderna de Progreso, que se distancia gradualmente de la idea del Dios judeocristiano, aunque nunca deja de estar emparentada con ella en su lógica, pues de ese pensamiento religioso proviene la concepción de un tiempo lineal y progresivo, que se inicia en el Génesis y culmina en el Apocalipsis.

El colonialismo europeo de los siglos XVI y XVII se había valido de la idea cristiana de la redención de las almas de los paganos e idólatras para justificar su invasión al resto del mundo. Fue evangelizando, con la palabra de Dios por delante, como se apropiaron, mediante la espada y la cruz, de continentes enteros. Más tarde, al desprenderse la racionalidad occidental de sus argumentos teológicos, los europeos que concibieron la idea de Progreso en el siglo XVIII se colocaron a sí mismos en la cúspide de un proceso que culminaba en su forma de vida, su tecnología, sus costumbres y su manera de pensar el mundo. Todas las demás culturas debían enderezar el camino fallido que habían seguido para occidentalizar su rumbo e incorporarse en la senda del Progreso, única vía posible para alcanzar la condición de sociedad civilizada. Con la Ilustración no fue la idea Dios, sino la idea del Progreso la que operó como argumento redentor. Ahora se trataba de civilizar a los pueblos bárbaros y salvajes para que alcanzaran un nivel de desarrollo que se pudiera equiparar al modo de vida occidental y de este modo someterlos a una relación de explotación tanto de sus recursos naturales como de su abundante mano de obra.

De origen latino, el término progreso se refiere al desarrollo de un ser o una actividad y lleva implícita la idea de avanzar, lo cual nos convoca, como un imperativo, a “ir hacia delante”. Este artificio psicológico de “ir hacia delante” se convirtió, durante los siglos XIX y XX, en el elemento ideológico más eficaz para justificar las políticas de los Estados nacionales y de las empresas transnacionales. Es un artificio psicológico que juega con la temporalidad haciéndonos creer que le tiempo es simplemente una línea cronológica con un atrás, que está en el pasado, y un adelante, que está en el fututo. Las innovaciones tecnológicas son, según esta manera de mirar las cosas, las que permiten ir hacia delante y progresar. Cambiar, avanzar, ir hacia delante, se convirtieron en valores en sí mismos en la civilización occidental, en sociedades cuyo desarrollo se ha sustentado en una ilimitada innovación tecnológica que está llevando a la humanidad entera al borde del abismo, generando día con día desempleo, hambrunas, violencia física y psicológica y un desastre ecológico sin precedentes. A pesar de estas terribles evidencias que constatamos en las noticias de todos los días, se sigue confiando en el mito del progreso, con la excepción de pequeños grupos de activistas que lo denuncian, seguimos sin reaccionar como ciudadanos ante la demagogia modernizante de los gobiernos en turno. Y es que el término ha penetrado tanto en nuestra manera de valorar las cosas que lo hemos convertido en sentido común, en algo lógico y hasta natural. En esa trampa mental estamos atrapados y en ese cautiverio psicológico reside su eficacia. Tampoco en el llamado bloque socialista hubo una alternativa al mito del Progreso, sólo hubo un desplazamiento en la idea de su culminación, ya no en la burguesía capitalista sino ahora en las burocracias socialistas.

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Echemos un vistazo a los forjadores del mito del Progreso en México. Los liberales del siglo XIX (y los neoliberales del XX y el XXI) alentaron la idea de que era indispensable, para poder progresar, asimilar culturalmente a la población indígena combatiendo y disolviendo sus formas de vida arcaica en las de una modernidad que se presentaba como La Única Solución a nuestros problemas de atraso y pobreza respecto a las demás naciones. Escuchemos al doctor José María Luís Mora, uno de los liberales más connotados del siglo pasado:

Una de las cosas que impiden e impedirán los progresos de los indígenas en todas las líneas, es la tenacidad con que aprenden los objetos y la absoluta imposibilidad de hacerlos variar de opinión: esta terquedad que por una parte es el efecto de su falta de cultura, es por otra el origen de sus atrasos y la fuente inagotable de sus errores.

No es de extrañar entonces que una de las conclusiones del doctor Mora fuese la siguiente:

La agricultura mexicana –decía- hará considerables progresos luego que acabe de salir de las manos del indio nativo y pase a las manos del europeo.

Con esta misma lógica, en su obra El porvenir de las naciones hispanoamericanas, el senador Francisco Bulnes atribuía el retraso de México a una combinación de conservadurismo ibérico y debilidad indígena. Utilizando las falacias de una presumida “ciencia de la nutrición”, Bulnes explicaba la supuesta debilidad del pueblo mexicano recurriendo a la división de la humanidad en tres razas: los pueblos del trigo, los del arroz y los del maíz. Luego de exponer los valores nutritivos de cada cereal llegaba a la siguiente conclusión:

La historia nos enseña que la raza del trigo es la única verdaderamente progresista y que el maíz ha sido el eterno pacificador de las razas indígenas americanas y el fundador de su repulsión para civilizarse.

Por si esto fuera poco, Bulnes afirmaba que “En la humanidad, las especies conservadoras (como los indígenas mexicanos), experimentan en su organismo una especie de mineralización que las inclina hacia la inmutabilidad y el pasivismo de las rocas”, lo que cancelaba toda posibilidad de un progreso futuro. [1]

El grupo de “los científicos” porfiristas encontraron atractivo el discurso de las proteínas y los carbohidratos porque proporcionaba una explicación al subdesarrollo nacional sin recurrir a las doctrinas de un racismo extremo que condenaba al país a un atraso eterno. Este racismo gastronómico dejaba entrever una esperanza de superación y progreso si la población nativa se alimentaba adecuadamente, y más aún si adoptaba las costumbres europeas.

La fe en el progreso importado de Europa se derivaba de una premisa fundamental: que era la cultura y no la raza la que determinaba la modernidad. No era necesario ser europeo de nacimiento; bastaba con actuar como europeo, vestir como europeo, comer como europeo. La prensa de la época exaltaba las virtudes del pan de trigo considerándolo como el alimento del mundo civilizado, mientras reafirmaba la idea de que el maíz era poco adecuado para el consumo humano. Este discurso tuvo tan amplia aceptación entre las clases media y alta urbanas, que se llegó a considerar la difusión del pan como medida de desarrollo y expansión del proceso civilizatorio occidental. En un manual de cocina Michoacana se llegó a considerar al trigo como “un señalado favor de la Divina Providencia a la humanidad”. [2] Guillermo Prieto, que supo ver este colonialismo interno, lo expresó con toda claridad cuando dijo: “Nos hemos convertido en los gachupines de los indios”.

Sobra decir que en los veinte banquetes que ofreció Porfirio Díaz para celebrar el centenario de la independencia no circuló en las mesas una sola tortilla. La versión moderna de este racismo gastronómico la encabeza en nuestros días la compañía Monsanto con el respaldo de la SAGARPA y la SEMARNAT, que pretenden el cultivo de maíz transgénico en nuestro país argumentando propiedades extraordinarias en sus nuevas cualidades genéticas. (OGM-OGT)

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El progreso espiritual de Madero

El desarrollo económico alcanzado durante el porfiriato con estos criterios progresistas en mente había descuidado totalmente la democratización de la vida política y social que en otras naciones se había alcanzado. Digo mal, no fue un descuido, sino una condición para el desarrollo, pues sólo con el poder absoluto concentrado en Porfirio Díaz se logró reactivar y fortalecer la economía. Pero faltaba dotar al país de libertades y democracia en su gobierno. Ese fue justamente el objetivo que Francisco I Madero se propuso realizar y a esa causa se sumaron incondicionalmente los dos centroamericanos cuyas vidas nos revela Beatriz en este libro. No voy a resumir aquí la forma en que vivieron y murieron estos poetas que la autora vuelve entrañables, es algo que cada quien debe descubrir y sentir al leer el libro. Me voy a referir más bien a la idea de progreso y evolución espiritual que los hizo estar en la misma sintonía y entender cabalmente sus propósitos para poder actuar conjuntamente.

Carátula del libro 1910 La sucesión presidencial, de Francisco I. Madero.

El libro de Madero que inicia el proceso que culminará con la revolución mexicana, La sucesión presidencial de 1910, no es un libro revolucionario, es una reflexión serena sobre las condiciones del país que comprende un conjunto de propuestas para reformar algunas leyes y reorientar gradualmente el desarrollo de la nación por vías democráticas. Al divulgar el texto Madero no tenía la intención de provocar un estallido social, es más, concedía la posibilidad de que Porfirio Díaz se presentara como candidato, y si ganaba, gobernara por un último periodo, con la condición de reformar la Constitución y establecer a partir de ese momento, la no reelección como principio democrático indispensable. Proponía también un reemplazo generacional en la vicepresidencia, las cámaras y gubernaturas de los estados, de modo que una nueva generación adquiriera experiencia política para facilitar la transición cuando Díaz muriera. Al argumento del dictador de que México no estaba preparado para la democracia, Madero respondía en su libro: “Admitiendo por un momento que no estemos aptos para la democracia ¿de qué manera llegaremos a familiarizarnos con sus prácticas si nunca se nos deja practicarlas?”.

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La Consulta, pluma y pincel, en El Ahuizote, Semanario Político de Caricaturas, 5 de agosto de 1911.

Estas soluciones prácticas de un hombre que entraba a la política con buenas intenciones, tenían como trasfondo una concepción mística del mundo y la existencia humana. En las frecuentes sesiones espiritistas que Madero realizaba encontró una fuente de inspiración y un sentido a su vida, al comprender que su incursión en la política tenía el carácter de una misión, que consistía en salvar al país democratizándolo. “Que una disciplina severa domine todos tus actos… que todas tus acciones respondan a un plan”. Le aconsejaban los espíritus con quienes hacía contacto. El año de 1907 fue de sometimiento estricto de las pulsiones y apetitos corporales que él denominaba “la naturaleza inferior”. Ese año tuvo, en solitario tapanco de su hacienda, una iniciación espiritual en la que escuchó una voz diciéndole:

“Póstrate ante tu Dios para que te arme caballero, para que te cubra con divinas emanaciones contra los dardos envenenados de tus enemigos… Ahora eres miembro de la gran familia espiritual que rige los destinos de este planeta, soldado de la libertad y el progreso… que milita bajo las generosas banderas de Jesús de Nazaret”

Quien hablaba en la voz de los espíritus de Madero, hoy podemos decirlo gracias a Freud y a Carl Jung, era el inconsciente individual y colectivo, el Sí Mismo de Madero que se involucra con el misterio de la divinidad y que activa en él una refinada sensibilidad y un alto sentido de la responsabilidad. Gracias a esos trances consigo mismo pudo llevar a cabo la inmensa y generosa obra que desencadenó un nuevo rumbo para el país.

En una carta a su padre escribió:

Creo que sirviendo a mi patria en las actuales condiciones cumplo con un deber sagrado, obro de acuerdo con el plan divino que quiere la rápida evolución de todos los seres y, siendo guiado por un móvil tan elevado, no vacilo en exponer mi tranquilidad, mi fortuna, mi libertad y mi vida. Para mí, que creo firmemente en la inmortalidad del alma, la muerte no existe; para mí, que tengo gustos tan sencillos, la fortuna no me hace falta; para mí, que he llegado a identificar mi vida con una causa noble y elevada, no existe otra tranquilidad que la de la conciencia y sólo la obtengo cumpliendo con mi deber.

El tema del misticismo de Madero fue tratado por Beatriz en una sorprendente novela, Viejo siglo nuevo, hermana de estas crónicas biográficas.

Madero fue lector de textos clásicos de literatura política, como las Historias y costumbres de los germanos, de Tácito; el Panegírico de Trajano, las Cartas de Plinio el joven, pero también leyó a Montesquieu y a Kropotkin, el Baghavad Gita, del que hizo comentarios, y el monumental México a través de los siglos de Riva Palacio. Según Enrique Krauze, entre las notas sueltas que se encontraban en su escritorio, había una de Montesquieu que revelaba los propósitos y el proyecto político de Madero. La nota decía:

Lo que se llama unión en un cuerpo político es una cosa muy engañosa; la verdadera es una unión de armonía que hace que todas sus partes, por más opuestas que parezcan, concurran al bien general de la sociedad, como las disonancias en la música concurren al acorde total.

Esa unión es la que busca afanosa e inútilmente Peña Nieto ante el gobierno norteamericano, pero incapaz de haber logrado la armonía de todas las partes como condición ineludible para alcanzarla, todo queda en una voz solitaria extraviada en la demagogia.

Pero ese era el propósito central de Madero en sus inicios, la unión de la nación en ese cuerpo político. La afinidad que existía entre el costarricense Rogelio Fernández Güell y Madero –escribe Beatriz- pasaba por ideales políticos pero también por afinidades religiosas, aunque ambos tenían un rechazo al monopolio eclesiástico y a su dogmatismo, sin que ello los volviera necesariamente anticlericales. Es decir, no confundían el sentimiento y la experiencia religiosa con el clero y sus iglesias, eso les permitía cultivar una hermandad de creencias y una identidad de pureza en ideales e intenciones.

En una conferencia pronunciada en 1907 por Fernández Güell expone las características de esa afinidad religiosa:

Las religiones nos convidan a amar –dice- pero nos vedan saber. Las ciencias materialistas nos inducen a saber; pero nos niegan amar. El Espiritismo es el único que abarca los dos principios, el único que con el amor enseña y con la sabiduría ama. Es Ciencia y Amor; es grave como el entendimiento y dulce como el corazón, Consuela, ilustra, fortalece y edifica.

Ese mismo año -escribe Beatriz- Madero estudiaba filosofía hermética, y en una carta al presidente de la sociedad espírita a la que pertenecía y financiaba, le comentaba que había leído el magnífico trabajo del costarricense. Pero Madero también mantenía una postura crítica sobre algunos aspectos del espiritismo, por ejemplo, pensaba que Helena Blavatsky, mejor conocida como madame Blavatsky, pretendía ganar credibilidad al hacer creer que su doctrina le había sido revelada por espíritus de una jerarquía muy elevada que residían en los montes del Himalaya. Madero pensaba que el espiritismo no tenía dogmas inmutables, sino que dejaba el campo abierto a todas las especulaciones de la inteligencia. Por cierto, madame Blavatsky, según informa John Gray, fue una mujer fascinante que había sido artista ecuestre de circo, empresaria fracasada de una fábrica de tinta y una tienda de flores artificiales, informante de la policía secreta zarista y cantante de club nocturno. NI más ni menos.

En el epistolario de Madero encontró Beatriz la idea que tenía del socialismo, diciendo que

Representa las aspiraciones de la clase proletaria por mejorar la situación, pero –añade- cada quien entiende obtener ese mejoramiento a su manera. Algunos creen que con repartirse las riquezas de los demás está todo arreglado, pero otros creemos que el medio de mejorar la situación es poner en pie de igualdad al obrero con el amo, asegurándole íntegramente sus derechos políticos, darle una instrucción lo más desarrollada posible, y una amplia protección para el ejercicio de sus derechos.

Esta opinión deja ver que sus lecturas de Kropotkin no le ayudaron mucho a esclarecer la idea del socialismo. Pero más importante es que señala la urgente necesidad que había entonces (y que hasta ahora no ha sido plenamente satisfecha) de crear ciudadanía en el país, dando a conocer los derechos y obligaciones de todo ciudadano y garantizando su ejercicio mediante la aplicación veraz y oportuna de la ley. Emiliano Zapata, quién también leyó a Kropotkin, gracias a Molina Enríquez, encontró seguramente en su doctrina semejanzas con el anarquismo del campesinado, que ha procurado siempre la autarquía en su forma de vida. Con cierto anarquismo sí, pero no con el comunismo. Recordemos la respuesta que le dio Zapata a Enrique Villa, Según Soto y Gama, cuándo le preguntó qué opinaba del comunismo: Explícame qué es eso, dijo Zapata. Pues consiste, por ejemplo –dijo el otro- en que todos los vecinos de un pueblo cultiven en común las tierras que les corresponden y que, en seguida, el total de las cosechas obtenidas se reparta equitativamente entre los que con su trabajo contribuyeron a producirlas. ¿Y quién va a hacer ese reparto? Preguntó Zapata. Pues un representante o una junta que elija la comunidad, le respondió. Pues mira –concluyó Zapata- por lo que a mí hace, si cualquier tal por cual quisiera disponer en esa forma de los frutos de mi trabajo, recibiría de mi parte muchos balazos.

Aunque Fernández Güell admiraba a Madero en el terreno espiritista –escribe Beatriz- no comprendía por qué optaba por la sublevación, y cita la siguiente confesión del poeta:

El credo filosófico que ambos profesábamos nos imponía como principio fundamental el amor a la humanidad y nos alejaba del estrecho concepto que nos hace limitar la patria a una determinada región del planeta… jamás le di importancia al movimiento de Madero, participando del error general que atribuía un inmenso poder al gobierno del presidente Díaz.

Sin embargo, a su debido tiempo y circunstancia, Fernández Güell debió enfrentar una dictadura y morir por las mismas razones con las que en estas palabras se distanciaba de Madero. En la misma sintonía espiritual vivió y murió el poeta nicaragüense que apenas he mencionado, Solón Argüello, quien escribió lo siguiente: “El Ideal lleva a la muerte, por el camino del dolor; pero este dolor es un placer sublime ¡soñemos!”.

Beatriz piensa que ninguno de los tres era socialista, yo pienso que Madero estaba muy cerca del socialismo utópico francés, que apelaba al sentimiento de generosidad de los empresarios para alcanzar una distribución de la riqueza más equitativa. De cualquier modo, tiene razón cuando escribe que, en tanto no quede claro qué es socialismo, discutirlo aquí, en su libro, distrae de la historia que viene contando. En efecto, su ensayo no tenía por qué contemplar una discusión de este tipo, pero es sugestivo que haya dejado la formulada la pregunta aleteando en el interés del lector. 1917 es un buen año para pensar estos temas en México, tanto por el centenario de la Constitución, como por el centenario de la revolución rusa, que tuvo un inicio esperanzador y pronto dio lugar a una de las dictaduras más sanguinarias del siglo XX. Un buen ejercicio reflexivo, sin duda, tenemos por delante.

[1] Ibid, p. 119,128,

[2] Ibid, p.130-134.

Mundo Nuestro. El martes 7 de marzo pasado se presentó en la Casa de los Hermanos Serdán en la ciudad de Puebla el libro Dos revolucionarios a la sombra de Madero, de Beatriz Gutiérrez Müller, ed. Ariel, México, 2016. Presentamos en este arranque de semana las reseñas escritas para el evento por los investigadores Emma Yanes Rizo, Gabriela Pulido Llano y Julio Glockner Rossains.



Dos revolucionarios a la sombra de madero La historia de Solón Argüello Escobar y Rogelio Fernández Güell.

Antes de entrar propiamente al tema del libro, me gustaría hacer una breve semblanza de la trayectoria profesional de Beatriz Gutiérrez, que explica en parte su último fruto. Conozco a Beatriz desde hace más o menos veinte años, pero como sabemos veinte años no es nada o casi nada. A lo largo de esos veinte años hay algo que en Beatriz permanece intacto: su interés por la otredad y por conocer la verdad. Quién ese otro y cómo piensa, qué lo empuja a actuar en bien de su comunidad o a ser parte de la historia, qué lo mueve en su proceder, ya sea la simple necesidad cotidiana, un ideal o por qué no, la conciencia espírita.

Recuerdo a Beatriz como reportera radiofónica arriesgando el pellejo en la Sierra Norte de Puebla durante las inundaciones de 1999, para escuchar de viva voz qué era lo que realmente había pasado en las comunidades y de paso hacerles llegar la ayuda de organizaciones sociales que venía desde la ciudad de Puebla, ya que en general los habitantes de la Angelópolis no confiaban en los mecanismos del gobierno; o aquél reportaje sobre los talamontes en el Popocatépetl en el Beatriz fue amenazada; o su narración sobre el triunfo de Cuauhtémoc Cárdenas a la gubernatura del Distrito Federal, hoy ciudad de México, por poner sólo algunos ejemplos.



Luego en el 2002 vino su tesis de maestría El arte de la memoria en la historia verdadera de la conquista de la Nueva España, sobre Bernal Díaz del Castillo, en la que analiza justamente cómo un soldado de manera inesperada, incluso para el mismo, logra sintetizar la vida cotidiana en el período de la conquista, compilando en buena medida las otras historias de sus compañeros de armas. Y a la par, de manera continua creo que hasta la fecha, Beatriz empezó a escribir sus crónicas periodísticas en diversos medios donde documentó entre otros eventos las luchas sociales. Mi favorita es La tierra prometida que publicó en el 2012 sobre el mundo mágico de los yaquis y la defensa de su territorio, amenazado por las empresas mineras. Del periodismo Beatriz saltó a la literatura, al siglo de oro, al estudio de Francisco de Quevedo o del siempre perseguido por la inquisición Giordano Bruno, quien a principios del siglo XVII creía, nada menos, que el universo era infinito.

Lejos de volverse temerosa ante la crítica, su vida académica la llevó a pulir su pluma. En el 2011 publicó su primera novela Larga vida al sol, donde narra en un tiempo impreciso una utopía posible donde predomina el bien común. Un año después nos entregará su novela histórica Viejo siglo nuevo, donde recupera la figura de Francisco I Madero. Esta novela es un conjunto de historias de vida narradas en primera persona, con las particulares emociones y contradicciones de los personajes, y que se enlazan entre sí en un momento específico: la revolución de 1910 y el asesinato del presidente Francisco I. Madero. Un relato donde los hoy personajes históricos: Francisco y Gustavo Madero, los Aquiles Serdán, Villa, Zapata, Bernardo Reyes, forman parte del devenir de los que se antojan protagonistas ficticios, pero no por ello imposibles. Pero a su vez, la vida de los actores ficticios dota de sentido el mundo de los personajes históricos, que en la novela aparecen como lo que fueron en su momento: actores sociales. Viejo siglo nuevo es entonces un relato donde la escritora no emite juicios de valor; deja que cada actor hable de sus contradicciones y emociones como ser humano, en una coyuntura social específica. Y quizás ese dejar fluir las emociones de los personajes sea su gran aporte, que lo distingue de algunas investigaciones históricas esmeradas en buscar “la objetividad”, sin permitirle a los que hoy consideramos héroes moverse, como cualquiera de nosotros, en el mundo de la subjetividad, las contradicciones, los amores, las flaquezas. En esa novela, en la coyuntura del inicio de la revolución mexicana, los protagonistas eligen, partiendo de su propia historia y de sus limitaciones, de qué lado quieren estar, cuando desde luego todavía no estaba claro lo que pasaría después. Esa decisión será un acto de libertad de los personajes, de la que la autora nos hace partícipes. Una novela, que guarda muchas historias, donde cada personaje, quizás como cada uno de nosotros, libra su propia guerra: la de su consciencia.

Menciono la novela anterior porque en Dos revolucionarios a la sombra de Madero, Gutiérrez Müller de nuevo da un golpe de timón: busca la precisión histórica. Si en Viejo Siglo Nuevo, introducir elementos de ficción en la vida de los personajes históricos le permitió humanizarlos o acercarlos más al lector, en su nuevo libro la autora busca documentar con datos duros la estancia en México y su participación en la revolución de dos personajes hasta ahora casi ignorados por los historiadores y cuya vida se antoja de novela: Solón Argüello Escobar y Rogelio Fernández Güell. Aquí la realidad supera a la ficción. Solón Argüello un nicaragüense poeta y periodista nacido en la ciudad de León (1879), llega a México en 1902, luego de ser perseguido por el presidente liberal de Nicaragua José Santos Zelaya, quien se convertiría posteriormente en cacique político. Ya aquí convive con los hombres de letras, forma parte de lo que se conocen como escritores decadentes (aunque por ejemplo en el libro sobre los mismos de José Mariano Leyva no se le menciona); y a diferencia de muchos intelectuales mexicanos de la época no titubea en incorporarse al maderismo, permanece con el caudillo hasta sus últimos días y finalmente lo asesinan por órdenes de Victoriano Huerta en agosto de 1913, por no claudicar en sus ideales. Lo fusilan en la ciudad de México sobre una vía del tren y “su cuerpo quedó a la intemperie para ser devorado por buitres.” Muchos años después, dicho sea de paso, en abril de 1979, la sandinista mexicana Araceli Pérez Darias, moriría asesinada por la dictadura somocista en la ciudad natal de Argüello Escobar: León. Mutuo y doloroso tributo en la lucha por la democracia en dos países hermanos.

Rogelio Fernández Güell, por su parte, cuya historia también ha permanecido olvidada, fue un costarricense, al igual que Argüello, poeta, periodista y filósofo, que pertenecía al partido republicano en su país, mismo que pierde las elecciones en 1901, por lo que Rogelio decide exiliarse en España. Posteriormente será cónsul de México en Baltimore (1907-11) y luego de 1911 a 1913, se unirá al maderismo, impactado entre otros acontecimientos por la represión a la huelga de los trabajadores de Río Blanco en enero de 1907 y el asesinato de los hermanos Serdán en noviembre de 1910. Luego del asesinato de Madero, renuncia al puesto que tenía como director de la Biblioteca Nacional y regresa a su patria, donde murió asesinado en 1917, por luchar contra la dictadura de Tinoco Granados.

Así los datos duros. La novela imposible. Y de nuevo, como en Viejo Siglo, los personajes que eligen por sí mismos qué hacer con su vida, de qué lado estar: el libre albedrío.

Por último, ya que mañana es el día de la mujer, baste agregar, como comentario al margen de la novela, que las revolucionarias mexicanas Carmen Serdán y Guadalupe Narváez sobrevivieron al conflicto bélico de 1910. Narváez, entrevistada por Martha Rocha, explica cómo las mujeres poblanas de la época ocuparon un papel fundamental en la lucha. Primero, formaron el club femenil Josefa Ortiz de Domínguez, integrado básicamente por obreras de la fábrica Penichet. Después, luego del asesinato de los hermanos Serdán y el encarcelamiento de Carmen, integraron la Primera Junta Revolucionaria, formada para continuar con la lucha insurrecta. La junta estuvo formada por el impresor Gilberto Carrillo, el mecánico Ignacio García y por cinco mujeres, que llevaban la batuta: Celsa Magno, Cruz Mejía, Piedad García, Modesta González y Guadalupe Narváez, cuyas historias también habrá que rescatar del anonimato. Fueron ellas luchadoras incansables contra el fraude electoral y por la apertura democrática, a pesar de que por entonces las mujeres no votábamos. De nuevo el libre albedrío.

Mundo Nuestro. El martes 7 de marzo pasado se presentó en la Casa de los Hermanos Serdán en la ciudad de Puebla el libro Dos revolucionarios a la sombra de Madero, de Beatriz Gutiérrez Müller, ed. Ariel, México, 2016. Presentamos en este arranque de semana las reseñas escritas para el evento por los investigadores Emma Yanes Rizo, Gabriela Pulido Llano y Julio Glockner Rossains.

Dos revolucionarios a la sombra de madero La historia de Solón Argüello Escobar y Rogelio Fernández Güell.



Sin duda que las ideas más elevadas

atraerán a los académicos mientras haya alguien

que sienta el desafío de escalar

el pensamiento de los grandes hombres.



Robert Darnton

El entusiasmo por los retos describe a quienes escriben biografía histórica. ¿Cuántas veces un nombre es pasado por alto en libros y documentos? De pronto alguien lo registra y después del primer encuentro con un sujeto mencionado en un libro que ha sido leído cientos de veces, se le despierta la curiosidad al grado tal que se apresta con todo el bagaje --en el caso de Beatriz literalmente haciendo y deshaciendo maletas-- para iniciar un recorrido incierto para escribir un libro. Es como haber reparado en una persona que mira distraída a la cámara en la segunda fila de una fotografía de grupo. Una especie de amor a primera vista transforma en aventura la búsqueda de una huella; en algunos casos, también, la convierte en obsesión. Y esa experiencia que de alguna manera describe a quién está sentado frente al teclado --alguien que abraza los desafíos-- también cambia al escritor. ¿Qué preguntas dieron pie a esta investigación? ¿Qué hacían un nicaragüense y un costarricense en México atraídos por los ideales de Francisco I. Madero? ¿Quiénes eran? ¿Cómo llegaron a Madero? ¿Cuando tomaron rumbo a México qué vieron, cuáles fueron sus primeras impresiones, qué emociones atravesaron sus cuerpos? La capacidad del investigador para indagar en la memoria y articular sus fragmentos entra en juego cuando se trata de dar vida a un personaje.

Beatriz Gutiérrez Müller se dio cita para conversar muchas veces con Solón Argüello Escobar y con Rogelio Fernández Güell, los tres atraídos por el maderismo; los tres con una fascinación por el periodismo, el lenguaje, la política y la democracia. Fue siguiendo sus huellas; un rastro nada fácil de distinguir pues abarcaba un amplio territorio desde Centroamérica al Caribe, para llegar a la gran metrópoli mexicana. Pero las huellas difusas se fueron tornando claras. Se necesitaba ese viaje de vuelta al origen. Las letras los vinculan a los tres, escritora y personajes, de manera explícita.

De pronto frente al Palacio de Bellas Artes vio a Solón, entre la multitud, vitoreando a Francisco I. Madero quien muy probablemente iba pasando por ahí tras su detención, ¡cuánta indignación ante el ultraje de Victoriano Huerta! Un hombrecito que llamó la atención de un fotógrafo de la agencia Casasola, con saco y chaleco, el reloj colgando de la solapa, su sombrero en la mano, los brazos extendidos, el bigote de época, la gente a su lado en una manifestación gritando como él vivas, algunos como él con los brazos extendidos. Un periodista nicaragüense, simpatizante de Madero hasta el final. Fernández Güell un poeta con una convicción política que adquiere un perfil de periodista en México y de político a su retorno a Costa Rica. Un par de voces que para fortuna nuestra encontraron quién les hiciera caso un siglo después y ahora los historiadores contamos con la reconstrucción de dos personajes que dejan ver la complejidad del maderismo. Y cómo el periodismo y la política y el placer de la escritura, cuya manifestación más decantada está en la poesía, van de la mano.

Pero un libro no sólo es su contenido sino también cómo esta escrito. Y este es un relato cuya lectura te atrapa desde la primera página de la introducción. Se trata de una obra cuya narración es fluida, convencida, que deja ver a la escritora tejiendo fino, con rigor y crítica. Muchos viajes por archivos, libros y territorios dan cuerpo a esta reconstrucción. Hacen pensar en las maneras como se da la circulación de ideas. ¿Cómo llega el ideario de Madero a Centroamérica? ¿Cómo el periodismo, más en aquella época, construye redes trasnacionales en el intercambio de ideas? Los estudios acerca del periodismo anarquista han mostrado cómo se reprodujeron los postulados magonistas en el mundo, cómo fue su exposición y cómo su recepción.

La investigación de Beatriz comparte las inquietudes de estos estudios acerca de las redes políticas transnacionales: cómo fue la recepción del ideario maderista, y también se introduce en las discusiones acerca de la historia intelectual y la circulación cultural. Si el “giro lingüístico” dio sustancia a la historia intelectual, la antropología cultural, la sociología, la historia cultural han compartido categorías con la historia política para lograr captar en su profundidad la movilidad de paradigmas; el maderismo fue un paradigma, desde su manifestación mas temprana, y las ideas acerca de la democracia. Las ideas se reproducen en los medios y se retroalimentan con experiencias de comunidades políticas en contextos con características muchas veces opuestas. Sin embargo, México y Centroamérica, en los albores del siglo XX, compartían trayectorias, contextos, simbolismos, devenires y prácticas, e incluso aún, conflictos territoriales en la definición de fronteras.

Dice Verónica Zárate, acerca de la circulación de ideas: “Lo más notable es reconocer cómo el “giro lingüístico”, propuesto por Quentin Skinner ha obligado a reflexionar más allá de los conceptos y lenguajes políticos a los que se limitaba buena parte de la historia política, a poner en duda los viejos paradigmas de la historiografía de las ideas y a dar prioridad al modo característico de producirlas. Enriquecida con estas herramientas, la historia intelectual con frecuencia trastoca los “límites” con otras corrientes historiográficas sin perder sus vínculos con ellas, lo que la dinamiza y flexibiliza las dimensiones a investigar”. El libro que hoy nos convoca tiene que ver con la manera, “como se ha aplicado la historia intelectual para estudiar, analizar y comprender el devenir de México y cómo se conecta con otras tradiciones teórico metodológicas”.[1]

Una secuencia de imágenes dibujan el quehacer periodístico y a los periodistas Solón Argüello y Rogelio Fernández Güell reflejados en toda su humanidad, como políticos, como espiritistas. Los periodistas contemporáneos a ellos son acomodaticios, buscaban la nota de acuerdo a la conveniencia del bolsillo. La introducción de Dos revolucionarios a la sombra de Madero nos deja penetrar en el contexto en el que la autora sitúa a sus dos periodistas centroamericanos maderistas: el del periodismo porfirista. Este capítulo en particular es fascinante. Beatriz logra una narración que hacía falta para ver ese aspecto de la cultura en México de manera descarnada, los periodistas jugando su juego en la política. Y en la elección de este contexto hay un acierto que abraza al resto del libro.

El periodismo porfirista no encontraba carismático --sí muy peligroso-- a Madero, entonces el segmento que lo apoyó, que era su adepto, aparecía como marginal. La autora nos dice,

“Porfirio Díaz acostumbraba encarcelar periodistas, confiscar tipografías, clausurar oficinas y anatemizar como enemigos a sus propios opositores en la prensa. Así cualquiera que trabajó en alguno de estos medios, ¡el que sea!, pisó la cárcel, como Matías Oviedo y Solón Argüello Mientras, el periodismo oficioso que se acomodaba en la notita de cartabón y en los encomios al régimen aseguraba su supervivencia con la manutención puntual que este le daba” (p. 70)

Cito también y así leyendo hago propaganda al libro:

“La prensa en el maderismo, estudiada más o menos a profundidad, revela la miseria intelectual de los periodistas y los intereses ideológicos de los medios para comprender el momento histórico por el que transitaba México. Pero la prensa contra el maderismo, una vez consumado el crimen, fue aún peor de mezquina y amerita que los historiadores lleven su mirada a esos meses. Nunca como en esta etapa, al acopiar información, me quedó mas claro el dicho de que se hace leña del árbol caído. Los otrora diputados de pulida oratoria, los poetas de fino verso, los funcionarios de miras amplias, los dirigentes honrados ideales, los paladines del periodismo, los abogados de las mejores causas, los pensantes de vanguardia, casi todos, se convirtieron en un pestañeo, se revolcaron en la pocilga donde los huertistas desahogaban sus iras y recelos y tejían sus justificaciones. De aquella putrefacción datan as peores biografías de los victimados, muchos de ellos asesinados por defender aquella democracia mexicana. Los autores de estas difamaciones, por su parte, casi siempre se escondían en la vergonzosa tribuna de los fantasmas anónimos, porque detrás de las máscaras resultaban ser los mismos periodistas, intelectuales y escritores que apuraron la caída de Madero y, en una de esas, hasta fueron partícipes de la confabulación. Muchos de estos “ilustres” son los que hoy aparecen en los libros de historia, se reeditan sus obras, y se recuerdan en bustos y calles por sus ideas y sus versos, que casi nadie conoce. Pero en aquellos meses terribles, durante el maderismo, a la hora de las definiciones, no fueron más que unos canallas”. (p. 74)

Por último, quisiera poner énfasis en ambos personajes preocupados por su tiempo, persiguiendo una mejora material y espiritual de sus entornos y comunidades políticas. Sublimadas en poesía sus preocupaciones más concretas. El lenguaje sin duda es una herramienta para transformar la realidad. Olvidamos lo cerca que el intelectual está de imaginar caminos que conduzcan al bienestar de las sociedades. Lo olvidamos porque es más cómodo. Es muy cómodo no pensar en la responsabilidad que implica el ejercicio profesional de cualquier científico social. Preferimos ceder esa batuta a otros profesionales y no comprometernos. Este libro nos recuerda también que tenemos la obligación de “pensar en el país que queremos”, parafraseando al Observatorio de la Historia.

Celebro la aparición de este libro, de este reto en forma de narración histórica, de esta provocación para sacudir la asepsia en nuestra labor como historiadores y de esta que es la mejor forma de compartir el gozo y el placer por la lectura y por la escritura, al final, por la palabra.

[1] Verónica Zárate, “La historia intelectual en México y sus conexiones” en Varia Historia, Belo Horizonte, vol. 31, n. 56, p. 401-422, may/ago 2015.

Mundo Nuestro. En la pasada Feria Internacional del Libro en Guadalajara se presentó la más reciente obra del historiador Luis Barjau, Voluntad e infortunio en la Conquista de México. Aquí el texto con la participación del autor en el evento.

Relacionada:



Para entender el genocidio de la conquista de México/Emma Yanes reseña a Luis Barjau

Sabemos que el tema de la Conquista, siendo universal, se ha tratado profusamente, sin pausa, desde los propios siglos XVI y XVII, en México, en España y en muchos países del mundo, hasta hoy.

Cualquier evento histórico es inagotable. Siempre se le puede volver a abordar, por dos vías distintas y por la mezcla de ambas: a través del descubrimiento de un nuevo documento de los muchos archivos que los custodian; a través de una nueva interpretación; a través del descubrimiento de uno o más documentos, más su interpretación, en el seno temático del “ descubrimiento” (se ha dicho “encuentro”, se ha satirizado “encontronazo” y en verdad que es “enfrentamiento”) y con extensión interpretativa hasta el tópico mayor de la Conquista.

No obstante lo anterior, en mi estudio procuré analizar los antecedentes de la Conquista, reflexionando sobre la categoría misma de Antecedentes, y clasificándola.

Para estudiar los antecedentes había que fijar un periodo determinado en virtud de que, a nivel histórico y social, pero también a nivel filosófico, los antecedentes pueden extenderse hasta etapas muy lejanas en el tiempo. De ello se hubo de prever, en modo pragmático –y clásico–, que los antecedentes para dicho tema debían tomarse alrededor de los descubrimientos de Cristóbal Colón. Tal, en cuanto al análisis en el tiempo; en cuanto al espacio evidentemente habría de considerarse España, Las Antillas y México.



Fue obligatorio estipular sobre el fenómeno de los antecedentes, que ellos son a) inmediatos o concretos y b) mediatos o abstractos. Así los inmediatos resultaron ser p.ej. el hecho de la superioridad del armamento de la hueste española de Hernán Cortés, dotada de barcos de gran calado, diversidad considerable de armas de fuego y armas blancas, caballos, armaduras (“armas perdidas”), perros adiestrados, sistema de instrucción y procedimientos militares. Mientras que los antecedentes mediatos o abstractos, para poner un solo ejemplo, son los del tipo del sistema de tributos que imponía la cúpula de México-Tenochtitlan. Me explico:

El sometimiento de pueblos por parte del tlatoani de México, obligados férreamente a tributar, conformaba necesariamente una entidad de pueblos resentidos contra el reino mexica y proclives a la alianza para configurar un bloque que pudiera marchar en contra de sus opresores.

Un antecedente de tal situación fue propuesta por nuestro insigne arqueólogo Eduardo Matos Moctezuma, que vislumbró que para el fenómeno de la caída de Teotihuacan en el pasado, la alianza de pueblos sometidos por esta metrópoli, jugó un papel determinante de su colapso.

Conque ya existía, y con probabilidad respecto de muchos otros reinos dominantes, la posibilidad y la figura militar de la alianza para destronar a reinos opresores.

Por ello fue tan fácil la alianza inicial de los totonacos de Cempoala y Quiahuiztlan de la costa del Golfo de México, con los advenedizos españoles. Que si bien eran aproximadamente 500 soldados, arribaron en once naves (varias de gran calado), con un armamento superior, como quedó demostrado de inmediato a su arribo en la batalla de Centla, reino de la desembocadura de los grandes ríos Grijalva y Usumacinta, que a opinión de Bernal Díaz del Castillo dejó un saldo de más de 800 muertos (Las Casas refirió 30,000 bajas, pero ni el total de la población del sitio alcanzaba esa cifra).

Existía pues la experiencia de la alianza para marchar contra un opresor. Y ello explica la facilidad y la rapidez con que el Cacique Gordo (Cuautlaebana) de Cempoala, pactó con Hernán Cortés. De otra manera la alianza hubiera sido improbable o de muy larga y difícil realización.

A partir de Cempoala y Quiahuiztlan, se sumaron sin freno las alianzas: Tlaxcala, Cholula, Xochimilco, Cuauhnáhuac, Chalco Amaquemecan, muchos pueblos de los alrededores del lago del Altiplano y al final Texcoco, que hubiera sido miembro de la Triple Alianza.

La existencia previa de la figura política y militar de la alianza, es un antecedente mediato o abstracto de la Conquista.

Otro antecedente mediato de la Conquista fue a todas luces el liderazgo cristiano de Carlos V en España. Que hizo que la política de la corona terminara por inclinarse por la cristianización de los indios, y no la de su esclavitud, experiencia inicial que plantearan los gobernantes españoles de las Antillas. Las previsiones de la cristianización permitieron una política a largo plazo que culminó con la implantación del virreinato.

Enfocados de esta manera el fenómeno de los antecedentes de la Conquista, resultó que fueron los mediatos o abstractos de mayor significación que los inmediatos o concretos.

Mi estudio se abocó a enlistar, analizar y clasificar los antecedentes de la Conquista de México, que son múltiples y algunos de ellos insospechados.

Las ideas no tienen dueño. Una vez formuladas en libros, periódicos, medios electrónicos, son del uso común. Atendiendo a esta premisa y como resultado de mi experiencia de estudio sobre tema tan profusamente abordado a través del tiempo y considerando las dificultades comunes para la investigación del mismo, dificultades que se van reduciendo con el acceso a la bibliografía de otros países, del propio, de la digitalización de archivos diversos, me permití proponer la creación de un organismo que sería de enorme utilidad a la investigación local, e internacional, y que daría unidad, personalidad e identidad si tal quedara adscripto al Instituto Nacional de Antropología e Historia. Me refiero a la posibilidad de establecer un Archivo y Biblioteca de la Conquista (ABC), que resguardara para servicio de la investigación, originales y copias de documentos del Archivo General de Indias, Archivo de Simancas en Valladolid, Biblioteca Colombina de Sevilla, Archivo General de la Nación, de México, y tantos más archivos dispersos en Europa y América; la gran biblioteca de las crónicas de los siglos XVI y XVII, las muchas recopilaciones de documentos editados en obras importantes a través del tiempo; la amplia bibliografía desde el siglo XVIII hasta nuestros días, que la figura de Hernán Cortés, la naturaleza de las sociedades precolombinas y el evento de la Conquista, han producido de la pluma de distinguidos investigadores.

La presentación de mi obra Voluntad e infortunio en la Conquista de México fue una experiencia que estimuló en alta proporción adicional mi empeño sobre el tema y, lo que es más importante, permitió la interacción del público asistente, que reveló un interés profundo sobe el primer capítulo de nuestra historia moderna, un hecho que no es excepcional porque está en la inquietud general de una gran cantidad del público nacional, lo cual es tierra fértil para todo programa educativo.

Para los millones de mexicanos y musulmanes que residen en Estados Unidos

En la tarde del 7 de diciembre de 1941 por todo el continente americano ya se había esparcido como reguero de pólvora la noticia del ataque de la armada japonesa a la base naval norteamericana de Pearl Harbor. En los Estados Unidos, en México y en otros países donde residían gran número de emigrantes japoneses y sus familias se comenzó a vivir un periodo de gran incertidumbre, miedo y angustia.

-“¿Qué será de nosotros? ¿Se nos deportará? ¿Se nos encarcelará?” Fueron las primeras preguntas que las familias de los emigrantes se hicieron.



Se había iniciado la Guerra del Pacífico, pero al mismo tiempo se desató en América una etapa de persecución y de odio contra los emigrantes en diversos países. El ataque japonés hizo que las muestras de racismo e intolerancia contra las comunidades de japoneses, que ya existían de tiempo atrás, se incrementaran de manera sistemática y masiva. Los calificativos en la prensa de “traicioneros”, “víboras”, “ejército invasor”, “quinta columnistas”, “saboteadores” se le endilgarían sin distinción a cualquier emigrante con el propósito de convencer a las poblaciones de las medidas que posteriormente tomarían los gobiernos en distintos países para vigilar, deportar o encarcelar a todas las familias de ese origen.

Vecinos de un barrio en Estados Unidos pidiendo la expulsión de ciudadanos de origen japonés



En la ciudad de Washington, en la misma tarde de ese domingo 7 de diciembre, el FBI trabajaba apresuradamente para poner en acción las primeras medidas contra los emigrantes japoneses. Los agentes de esa dependencia en los estados de California, Oregon y Washington, donde radicaba la gran mayoría de emigrantes, se presentaron en los hogares de los líderes de las asociaciones de japoneses, de profesores de enseñanza de japonés, entre otros, con el objetivo de interrogarlos y detenerlos. En ese día infausto, poco más de 700 japoneses fueron de los primeros encarcelados. En los siguientes días, el Secretario de Guerra, Henry Stimson, incluyó a esos estados y a otros cinco más como “teatro de operaciones” bajo control militar, situación que aunada a la expedición de la orden ejecutiva 9066 del presidente Franklin Roosevelt en el mes de febrero de 1942, permitió delimitar zonas militares en las cuales “alguna o todas las personas pudieran ser excluidas”. Bajo estos decretos, cerca de 120 mil japoneses y sus descendientes (de los cuales dos terceras partes eran ciudadanos norteamericanos por nacimiento) fueron removidos de sus lugares de residencia y retenidos en 10 campos de concentración.

Niña en espera de ser trasladada a los campos de concentración en Estados Unidos

Al siguiente día del ataque a Pearl Harbor, la mayoría de países americanos rompieron de inmediato sus relaciones con Japón. Sin embargo, esta medida no le bastó a los gobiernos y la guerra se dirigió contra los inmigrantes que fueron considerados parte del mismo escenario. El gobierno de Canadá decretó internar a cerca de 23 mil emigrantes en campos improvisados. En México, en enero de 1942, el año nuevo llegó con muy malas noticias para los emigrantes y sus familias; las autoridades les ordenaron evacuar la franja fronteriza con Estados Unidos y dirigirse a las ciudades de México y Guadalajara. Los pescadores que radicaban en Ensenada y los agricultores que trabajaban en el Valle de Mexicali cultivando algodón, fueron de las primeras comunidades en ser evacuados masivamente. Posteriormente, de pequeños pueblos y ciudades de otros estados de toda la República, miles de emigrantes más saldrían hacía México y Guadalajara.

Takeshi Morita a su llegada a México

Un caso especial a destacar es el del pescador Takeshi Morita quien llegó a México a la edad de 14 años procedente de la prefectura de Yamaguchi en el año de 1928. Unos días antes de estallar la guerra, Morita y sus compañeros de embarcación zarparon del puerto de Ensenada para capturar abulón, langosta y otras especies marinas que abundaban en esas ricas aguas del Pacífico. Como rutinariamente lo hacían, sin estar enterados del ataque japonés, la embarcación atracó en el puerto de San Diego, Estados Unidos, para descargar la valiosa carga. De inmediato toda la tripulación fue aprehendida por las autoridades de emigración; la acusación que se les levantó fue que eran “extranjeros enemigos”. Sin prueba alguna de tal imputación, Morita fue enviado al campo militar de Livingston, Luisiana, lugar donde pasó encarcelado durante cuatro años a pesar de ser ciudadano mexicano por naturalización desde el año de 1935. La ciudadanía de Takeshi Morita no les importó a las autoridades norteamericanas, el odio racial fue suficiente motivo para mantener retenido al pescador mexicano.

En Perú, las primeras medidas que el gobierno tomó ante la guerra consistieron en la confiscación de bienes y cuentas bancarias con los que contaban los emigrantes; posteriormente, las escuelas que habían sido formadas por la propia comunidad fueron cerradas. Sin embargo, es importante hacer notar que un año antes, en mayo de 1940, ya existía un fuerte ambiente de xenofobia contra los emigrantes en ese país. Turbas azuzadas por la prensa y sectores de la sociedad peruana, afirmaron que los emigrantes japoneses escondían armas con las que pretendían derrocar al gobierno. El hecho fue desmentido por las autoridades que sin embargo poco hicieron para evitar que los negocios y bienes de los emigrantes fueran saqueados y destruidos. Los disturbios costaron la vida de 10 japoneses y la destrucción de más de 600 negocios y casas de los emigrantes. Sin hogar y sin una forma de sobrevivir, más de 300 inmigrantes se vieron forzados a regresar a Japón, aun cuando muchos de ellos eran ciudadanos peruanos.

Censo de la población japonesa y de sus descendientes levantado por la inteligencia latinoamericana (Franklin D. Roosevelt Presidential Library. Harry Hopkins Papers)

Muchos años antes de que estallara la guerra, los Estados Unidos ya tenían información precisa del número y ubicación de los emigrantes en todo el continente. El FBI tenía apostados agentes en toda Latinoamérica que vigilaban a las comunidades de japoneses de manera muy estrecha para conocer las actividades que realizaban. En las semanas siguientes del estallamiento de la guerra, el gobierno norteamericano decidió el traslado forzoso de más de 2 mil japoneses a los campos de concentración norteamericanos. Los detenidos provenían de 13 países latinoamericanos, mayoritariamente de Perú, y a pesar de que no tenían ningún antecedente delictivo que justificara tal medida, fueron prácticamente secuestrados y puestos en un barco que los trasladó a los campos en el estado de Texas.

Chuhei Shimomura y Victoria Ura (Colección familia Shimomura)

La política de odio racial y deportación masiva llevó a la separación definitiva de familias como fue el caso de Chuhei Shimomura, quien fue enviado de Perú a uno de los campos de concentración norteamericanos. Shimomura había nacido en la prefectura de Nagano en 1910 y como miles de jóvenes de esa prefectura, se vio forzado a emigrar ante el creciente desempleo y miseria que generó en los pueblos productores de seda la depresión mundial. Chuhei arribó a Perú en el año de 1930 y se casó con una ciudadana peruana, la señorita Victoria Ura, hija de padres japoneses, en 1936.

Victoria Ura en compañía de sus hijos Flor de María y Carlos (Colección familia Shimomura)

El matrimonio procreó dos hijos, Flor de María en el año de 1939 y Carlos dos años después. Los pequeños fueron separados definitivamente de su padre pues el emigrante después de su deportación a Estados Unidos fue intercambiadoen el año de 1942 por ciudadanos de los países aliados. Después del traslado de Chuhei a Japón, lafamilia ya nunca más se pudo reunir.

La ilegalidad con que fueron arrancados de sus países ciudadanos latinoamericanos de origen japonés, así como la concentración de cientos de miles en todo el continente fue una flagrante violación de sus derechos bajo las propias leyes y constituciones de todos esos países. En Estados Unidos, Min Yasui y Gordon Hirabayashi fueron dos de los primeros ciudadanos norteamericanos de origen japonés en desafiar las órdenes de toque de queda y de concentración, motivo por el cual fueron apresados. Ante esta medida, los jóvenes se inconformaron y llevaron sus casos ante la Suprema Corte de Justica que no les dio la razón en gran parte por la presión de la misma guerra y de las autoridades militares.

Sin embargo, en la segunda mitad de la década de 1980, los casos de Yasui y Hirabayashi se lograron reabrir y se comprobó la conducta dolosa de los jueces que claramente violaron los derechos constitucionales de estos ciudadanos. La comunidad japonesa en su conjunto logró levantar un gran movimiento a partir de esta resolución y obligó al gobierno norteamericano a reconocer la serie de ilegalidades que el Estado cometió en contra de sus propios ciudadanos de origen japonés. Incluso, para investigar los terribles hechos que enfrentaron los concentrados, el Congreso Norteamericano fue el que autorizó la creación de una Comisión de Internamiento de Civiles durante la Guerra que concluyó que el encarcelamiento se debió a los “prejuicios raciales” y a la “histeria de guerra”.

Finalmente en el año de 1988 el presidente norteamericano Ronald Reagan firmó el decreto de reparación que otorgaba 20 mil dólares a cada uno de los concentrados como compensación, además de ofrecerles una disculpa pública por las infamias cometidas por el propio Estado. Desafortunadamente en ningún país de América Latina los gobiernos han ofrecido una explicación, mucho menos una compensación, por la serie de violaciones que se cometieron contra los elementales derechos de los emigrantes y de sus hijos durante la guerra.

Las deportaciones masivas e injusticias de que fueron objeto los emigrantes japoneses en América se pueden volver a presentar contra otras comunidades de emigrantes. Por esta razón, la comunidad de japoneses-americanos cada febrero que conmemora la orden de reclusión del presidente Roosevelt lo hace bajo la consigna de ¡Nunca Olvidar¡ Debemos de estar atentos para levantar nuestras voces contra las políticas de odio, de racismo y de persecución que se vuelven a revivir con gran fuerza en los Estados Unidos.

© 2016 Sergio Hernández Galindo

La guerra de odio y persecución contra los emigrantes japoneses en América. ¡NUNCA OLVIDAR¡

Vida y milagros

Todo ser humano tiene virtudes y defectos y es la pluralidad y la posibilidad de oír otras opiniones lo que nos ayuda a disminuir los efectos negativos de nuestros errores y a utilizar mejor nuestras cualidades. Esto en el ámbito político es doblemente necesario. Bill de Blasio, el alcalde de Nueva York, ha dado un discurso el 21 de noviembre en el que con frases cortas propone acciones y promesas puntuales para evitar algunas de las acciones que Trump promete llevar a cabo y que afectarían a miles de habitantes de la plural y multiétnica ciudad que gobierna.(#AlwaysNYC) .

De Blasio no necesitó un millón de aburridos y estúpidos spots para enviar su mensaje. Tampoco usará dinero del erario para que sus acciones y promesas sean divulgadas. Se conocerán y correrán por las redes sin costo alguno porque son ideas inteligentes, realizables y concretas. No necesitó un discurso de 5 horas ante acarreados o incondicionales para hacerse oír.




La buena noticia es confirmar que habrá voces y acciones que podrán oponerse y disentir con respecto a políticas públicas que podrían afectar el destino del mundo; lo importante también es que esas voces no podrán ser silenciadas. Esa es la abismal diferencia entre un régimen dictatorial y uno que no lo es.

Yoani Sánchez es la filóloga cubana de 41 años, periodista y extraordinaria bloguera, que desde el corazón de Cuba y de su blog Generación, sin exiliarse, ha sabido mantener una tenaz e inteligente oposición y a la dictadura castrista durante muchísimos años. Lo ha hecho casi sola, sin subsidios del pueblo cubano, usando las pocas herramientas cibernéticas que con enormes dificultades ella misma fue encontrando, apoyada por personas voluntarias y audaces; logró hacer oír la voz de miles de cubanos que buscaban un salto hacia adelante en el tiempo político congelado de la isla, una válvula de escape y un respiro a la falta de libertad de expresión que reina en la isla, algo que en países como el nuestro es ya casi desconocido. Cualquiera puede desde un teléfono celular, una computadora o un medio de comunicación disentir de los gobernantes de manera inteligente o majadera, con verdades o con mentiras. Lo importante es que tal cosa es posible aunque casi hemos olvidado que antes no lo era.

Cuando Yoani Sánchez visitó México en 2013, la invitaron a dar una plática en el senado. A su conferencia llegaron cubanos seguidores incondicionales de los Castro y la empezaron a llamar "gusano", "traidora", "mercenaria de los Estados Unidos " y otras cosas llenas de lugares comunes. Ella, una mujer crecida en un ambiente político intolerante no solo para ella sino inherente a la vida de los cubanos, no se inmutó, solo les dijo: "Esto que ustedes pueden hacer, de venir a insultar a una persona invitada a hablar por el congreso de otro país, en Cuba sería impensable. Qué bueno que ustedes sí gocen de ese derecho. Denme argumentos, no insultos."

Bueno, pues ha sido Yoanni quien ha escrito la frase que más me ha interesado entre todo lo escrito acerca de la muerte del finalmente mortal Fidel Castro. La cito textual:



"El hombre que llenó cada minuto de Cuba por más de 50 años se fue apagando, desvaneciendo, perdiéndose de la vista de los espectadores de esta larguísima película, como el personaje que se aleja en un camino hasta quedar apenas como un punto en la retina. Ya no está, se fue, hemos sobrevivido a Fidel Castro. Deja tras de sí la gran lección de la historia cubana contemporánea: COSER EL DESTINO NACIONAL A LA VOLUNTAD DE UN HOMBRE TERMINA POR TRANSMITIR A TODO UN PAÍS LOS IMPERFECTOS RASGOS DE SU PERSONALIDAD, ADEMÁS DE INSUFLAR A UN SER HUMANO LA ARROGANCIA DE HABLAR POR TODOS." (El País, 26/11/16)

La arrogancia de hablar por todos. Qué tentación esa de creer en los liderazgos que pueden solucionarlo todo. Creo que ese es uno de los más grandes errores que se repiten en la historia humana. No sabemos que el mejor gobernante es el que menos se nota. Los mejores cambios son los que suceden en el bajo perfil de la gradualidad, cambios en los que todo un país ha trabajado. Mucho se notaron Hitler y Mussolini y acabaron sumiendo a sus países en la destrucción. Poco se han notado los líderes alemanes que a lo largo de 71 años fueron capaces de reconstruir Alemania desde sus cenizas.

El que ahora una parte de la población de Estados Unidos crea que un solo hombre puede cambiar para bien y por su voluntad a un país que, como todos, tiene sus grandezas y sus miserias , es no aprender nada de las lecciones de la historia. Pasa por no entender que todos somos parte de la solución de los problemas de nuestros países, pero que una sola persona no puede ni debe ser de ninguna manera la única solución, la verdadera, la buena. Pasa por darse cuenta que creerlo es sumamente dañino. La naturaleza lo enseña: es indispensable la diversidad para la sobrevivencia.


Ante la tentación que tienen los líderes de ser ungidos como guías únicos, de tener seguidores ciegos e incondicionales y de ser los representante de la verdad en la tierra, los buenos líderes deciden enseñarles a sus seguidores o gobernados que hay muchas verdades, muchas formas de hacer las cosas y que lo sano y perdurable es lo que se construye sobre la fortaleza de empoderamiento de cada ser humano. Hay quienes en las relaciones amorosas depositan su poder en el otro, y se sienten perdidos si ese otro se va, se cansa o se muere. Los países y las personas que salen adelante tienen la sabiduría de reconocer que todos necesitamos de los demás pero que nadie es indispensable, ni en la vida de las personas ni en la vida de las naciones y las comunidades. A veces, después de haber dado o recibido mucho, tenemos que aprender a dejar ir, o a irnos, y a decir adiós aunque nos duela.


Es obvio que esa lección sí que no la aprendió Fidel y que su país ha pagado por su soberbia una carísima factura. Todo parece indicar que tampoco la sabe el hoy entronizado Donald Trump, para quien, afortunadamente, creo que existirán muchos contrapesos dentro y fuera de su país.

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Breviario de lectura, 26 de Nov.


Como a muchos de ustedes, la muerte de Fidel me provoca grandes contradicciones políticas y morales: son indiscutibles los aportes de la revolución en materia de salud, educación, y algunos ámbitos de la cultura; la fortaleza imaginaria que Fidel construyó alrededor del pueblo cubano para resistir el embate del bloqueo. Y sobre todo, el significado que tuvo la propia Revolución Cubana para repensar el lugar y destino de nuestro continente. Pero al mismo tiempo, no podemos más que reconocer que la propia revolución acabó por convertirse en lo mismo contra lo que peleó en su origen: un deleznable aparato burocrático y represor. Casos como los de Arenas, Caberra Infante, " Michi", Padilla y el de Lezama Lima, en un extremo y, en el otro, la muerte de Cienfuegos, Angola, la salida del propio Che de la isla, el fracaso de la Zafra, etc., deben interrogarnos, al menos, por el destino de la revolución. Cierto, como todo líder, Fidel fue un hombre de claroscuros, de varios rostros; no podemos privilegiar uno por encima de otro. El Progreso se ha construido sobre cientos de víctimas. La verdad en la historia se construye desde distintas perspectivas. Pese a todas las contradicciones que pueda generar el pensamiento utópico tras sus resultados a lo largo del S. XX, no puedo más que preguntarme por las consecuencias que al mismo tiempo ha traído para nuestro tiempo la renuncia a dicho pensamiento y la posibilidad de imaginar un mundo más justo para todos. ¿ Cuál será el destino de Cuba tras el triunfo de Trump y la muerte de Fidel? He ahí la cuestión.

Un apunte:




No hay duda que para muchos, Cuba y Disneylandia son equivalentes: constituyen la realización del espíritu absoluto - el fin de la historia y su secuela de dramas -sobre la tierra, al tiempo que empatan a Fidel con cualquier superhéroe de la cultura popular norteamericana; resulta que los supuestos 600 atentados contra el líder cubano son la más clara muestra de su tesitura moral. También los dinosaurios y los elefantes son resistentes a balas de alto calibre y eso no los encumbra en el Parnaso de la historia. Así caminan algunos de nuestros intelectuales.

¿Por qué Betancourt versus Castro?


La razón se encuentra en que estos personaje encarnaron y ahora simbolizan las rutas de la izquierda en una encrucijada de la historia con consecuencias de largo plazo. En su momento se enfrentaron violentamente. El primero, Betancourt (1908-1981) representa la apuesta a las reformas sociales como parte de la construcción de una democracia liberal, a la afirmación nacionalista frente a poderosos intereses extranjeros políticos y económicos pero sin llegar a confrontaciones insensatas contraproducentes (que reconoció puntos de confluencia productivos con un gobierno como el de JFK), a la solidaridad activa en América Latina con los gobiernos democráticos y la lucha en contra de las tiranías de izquierda y de derecha. No siempre concuerdo con Enrique Krauze pero cuando se trata de su juicio de Betancourt coincido plenamente. Lo llama "la figura democrática más importante del siglo XX en América latina", pues no sólo impulsó la libertad en su país, sino que luchó contra todas las dictaduras, de Trujillo a Fidel Castro, que mantenían al continente en el atraso y la barbarie.



Si la llamada "doctrina Betancourt", que quería comprometer a todos los gobiernos democráticos del continente a romper relaciones con todo régimen de facto, hubiera prosperado, otra sería la suerte política de América latina en la actualidad. Por eso fue atacado con ferocidad sin igual por los dos extremos y se salvó de milagro de los varios atentados contra su vida. EN este punto en particular Krauze tiene razón: Rómulo Betancourt fue un demócrata cabal, un estadista honrado y lúcido, y si los gobernantes que lo sucedieron hubieran seguido su ejemplo jamás hubiera surgido en Venezuela un fenómeno como el de Chávez. Por desgracia, no fue así, y la ineficiencia y la corrupción que vinieron después hicieron que grandes sectores sociales, frustrados en sus anhelos, se dejaran seducir por los cantos de sirena revolucionarios. Y ahora, mientras luchan por recuperar la democracia que perdieron, aprenden (¿aprenden de verdad?) que el sacrificio de la libertad es siempre inútil, pues los hombres fuertes y caudillos acarrean siempre peores males que los que pretenden remediar.

En cambio, el segundo el puro Castro (1926-2016)representa la apuesta, sí por las transformaciones sociales, pero sacrificando por completo la libertad y la democracia por considerarlas "burguesas", que culminó en una dictadura personalista y familiar, por la lucha en contra del imperialismo yanqui hasta la muerte pero que condujo a su país a la auténtica dependencia con la Unión Soviética, por la alianza con un bloque de sátrapas y tiranos en el mundo que en más de un caso masacraron a millones.

A mi juicio, y siempre lo he pensado así, la ruta para la izquierda es la de Betancourt y no la de Castro. Respeto a los que lamentan la muerte del último, y entiendo sus motivos, pero no comulgo con su aferramiento a una figura que aún deja a descubierto reflejos arcaicos de un "revolucionarismo" profundamente antiliberal y antidemocrático. LA PIPA.



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