Historia

La ponencia "Las locerías y los centros históricos en Puebla, la ciudad de México, Sevilla y Talavera de la Reina, siglos XVI-XVII " fue presentada por la Doctora Emma Yanes Rizo en el reciente Coloquio Internacional Itinerario de Saberes, Arte y Cultura organizado por el Instituto de Ciencias Sociales y Humanidades de la BUAP.

Puebla



Desde mi punto de vista, una de principales razones que facilitaron el asentamiento de los loceros ibéricos en la ciudad de Puebla, fue la existencia de las materias primas necesarias cerca de la ciudad (agua, barro, leña y tequesquite), así como la ubicación de la Angelópolis como centro comercial; además del crecimiento de la urbe y el establecimiento de grandes conventos que requerían forzosamente del servicio de la loza. De ahí que desde mi tesis doctoral la localización geográfica de todo lo anterior se haya vuelto para mí una tarea primordial. Lamentablemente no existe ningún plano de Puebla que abarque la época del asentamiento de los primeros loceros, entre 1550 y 1653. Por ello, para localizar tanto los talleres, como los bancos de materias primas dentro o cercanos a la ciudad de Puebla, recurrí al hasta hoy conocido como el plano más antiguo de la Angelópolis: Planta de la ciudad de los Ángeles de la Nueva España: 1698, de Cristóbal de Guadalajara. Su autor fue un importante sacerdote, matemático, investigador, historiador, geógrafo y cartógrafo mexicano, con residencia en la ciudad de Puebla, [i] y fue colega en su momento de Carlos de Sigüenza y Góngora.



El plano de 1698 se encuentra en el Archivo General de Indias (Sevilla), existe una copia en el Archivo del Ayuntamiento de Puebla. Se publica por primera vez en España en 1952[ii] y en 1995 por la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla.[iii] En el plano el este señala hacia arriba, el oeste hacia abajo, el norte está situado a la izquierda y el sur a la derecha, por lo que el lado oriente de la ciudad aparece en la parte superior con el observador ubicado por el rumbo del cerro de San Juan.[iv]



A pesar de que la orientación de la Planta de la ciudad no corresponde a la tradicional orientación meridional de los planos y a que carece de escala,[v] la ubicación de solares, la distribución de la tierra, los edificios y caminos que corresponden a los siglos XVI y XVII usando como referencia dicho plano, ha sido considerada como válida y confiable por destacados investigadores como Eloy Méndez Sáinz, quien indica que el perímetro del área ocupada en el plano, es el mismo que el de un siglo antes.[vi]

De igual manera Francisco Vélez Pliego en su artículo “Puebla de Zaragoza, antigua ciudad de los Ángeles, patrimonio cultural de la humanidad”,[vii] compara con base a las actas de cabildo del siglo XVI a mediados del XVII y las crónicas de la época, lo establecido en el plano de 1698, para determinar la pertinencia de uso como fuente documental gráfica para el análisis territorial del siglo XVI.

El estudio de la localización de los talleres de los loceros en Puebla, creo yo, permite entender al menos en parte, las razones geográficas y sociales de su instalación, con elementos de análisis hasta ahora no considerados por otros investigadores.[viii] Tanto el historiador Hugo Leicht, como Lister and Lister, partiendo de la información existente cuando realizaron sus trabajos, ubican los talleres de los loceros de los siglos XVI al XVIII, dentro de la traza española, en el lado norponiente de la ciudad, a partir de la iglesia de San Marcos, hacia el norte, para aprovechar los vientos favorables y evitar el daño a los vecinos por el humo, así como para abastecerse de agua de un escurrimiento sobre la hoy once norte (escurrimiento en realidad bastante escaso). Dichas opiniones y la posible formación de un barrio de alfareros en esa zona, fueron retomadas posteriormente por Efraín Castro Morales y Margaret E. Connors.[ix] Sin embargo, como se verá a continuación, esa afirmación sólo es válida a partir básicamente de 1650, para algunos de los talleres de los loceros que forman el gremio unos años después y no para los alfares de los primeros loceros, de los que tenemos definida su localización a partir de 1695 y hasta 1653.

En el plano mencionado, separamos la ubicación de los talleres en dos espacios: I. La comunidad original de los primeros loceros (1595-1653), formada básicamente por artesanos ibéricos y II. Los loceros que integran a partir de 1653 el gremio de loceros y cuyos maestros en este caso ya son criollos y mestizos.

La primera referencia que tenemos de un alfar establecido data de 1595. Los primeros loceros se instalaron en un área estratégica, en la zona nororiente dentro de la traza española de la ciudad. Al oriente: a sólo una manzana, aproximadamente ciento cincuenta metros, del río de San Francisco, para el abastecimiento de barro y agua; en una zona cercana, más o menos medio kilómetro, de los barrios indígenas de Analco y Xonaca ubicados en la ribera opuesta del río; y sobre las tres primeras calles del camino de Veracruz rumbo a la ciudad de México, ya dentro de la ciudad de Puebla. Al sur: sobre la calle de los Mercaderes, zona comercial, a no más de doscientos metros la plaza principal, donde se encuentra el edificio del Ayuntamiento y la Catedral, es decir, la zona de mayor prestigio de la ciudad. Al poniente: las locerías rodean el convento de Santo Domingo paralelamente a las cañerías y cajas de agua del mismo. Al norte: a una distancia no mayor de medio kilómetro, cerca del camino que lleva al volcán La Malinche donde se abastecen de leña. Al nororiente: a unos dos kilómetros del barrio de Xanenetla en el cerro de Belén, donde los loceros adquieren el barro rojo. Al sureste, por último, aproximadamente a 22 kilómetros, está el poblado de Totimehuacán de donde se extrae el barro calizo.

Es decir, más allá del argumento del establecimiento de las locerías en una zona con vientos favorables, para evitar las molestias a los vecinos, en una etapa de construcción de la ciudad, mediados del siglo XVI, en la que en realidad había todavía muy pocas casas en Puebla, la zona inicial de localización de los talleres está regida por la cercanía de los loceros al río de San Francisco y al abastecimiento de la materia prima; así como por el acceso a la fuerza de trabajo indígena en la región circundante; en un área además con gran potencial comercial. Y también por el vínculo de los alfareros con el convento de Santo Domingo, al que abastecen de loza y del que eran cofrades.

Los talleres de los primeros loceros se encuentran dentro de un polígono rectangular de cinco manzanas por lado. Cada una medía 150 metros de largo en lo que se refiere al eje oriente-poniente y cien metros de ancho, partiendo del eje norte-sur. Según la traza original, ya desde mediados del siglo XVI cada manzana se divide en seis solares, que a su vez se fraccionaron. En la demarcación actual este perímetro corresponde: al norte la 12 Oriente-Poniente, al sur la 2 Oriente-Poniente, al este la 6 Norte y al oeste la 5 Norte.

En el periodo colonial el perímetro señalado integra las siguientes calles, que hemos coloreado de distintos colores para una mayor comprensión de las colindancias: amarillo, Cerrada de Santo Domingo (6 Oriente-Poniente); verde oscuro, calle de Santo Domingo (4 Oriente-Poniente); verde claro, de los Mesones (8 Oriente-Poniente); rojo, de los Mercaderes (2 Norte-Sur); café, del Puente de San Francisco hacia San Pablo (10 Oriente-Poniente); morado, de San Miguel hacia el Molino (12 Oriente-Poniente). En cada una de las líneas respectivas incorporamos el nombre del locero y su taller en un círculo numerado; así como la fuente documental de donde se obtuvo la información.[x]

Sólo están fuera del rectángulo dos loceros que a la vez son comerciantes, Antonio de Arteaga, que vende loza, en la de los Herreros (3 Poniente- Oriente), que marcamos con azul; y Cristóbal Sánchez en la Calle hacia los Descalzos (16 de Septiembre), indicado con color rosa.

Si estudiamos el plano, podemos afirmar que la ubicación de las locerías en esa zona no fue un hecho casual, está determinada por las ventajas geográficas, comerciales, sociales y humanas que el área ofrece para los loceros.

1) Geográficas. El área es estratégica para el aprovechamiento de los elementos naturales circundantes a los talleres: agua, barro, leña y vientos favorables. Y está ubicada muy cerca del camino de la ciudad de México a Veracruz, para el abastecimiento de las materias primas necesarias para la elaboración del esmalte y de los colores: tequesquite, vidrio, plomo, cobre, hierro, estaño, cobalto, entre otros.

Agua

La hidrografía de la ciudad de Puebla está determinada por la presencia del río Atoyac que cruza de noroeste al sureste, contribuyendo a su caudal sus afluentes: el Alseseca, el Xonaca y el San Francisco también llamado de Almoloya. Existen además manantiales de agua dulce y aguas termales sulfurosas, producto de la actividad volcánica. El terreno de Puebla tiene así dos zonas que la surten de dos clases de agua: la oriental que la abastece de agua dulce potable y la occidental que son aguas sulfurosas. Al norte están los principales manantiales que derivaron en la toma de agua potable para las fuentes públicas y particulares de las casas, al igual que del propio río San Francisco.[xi] Los talleres se ubican muy cerca del río de San Francisco, que los abasteció de agua dulce potable.

Los loceros también tuvieron acceso al agua potable a través de las fuentes públicas ubicadas en los extremos del convento de Santo Domingo y del convento de la Merced; así como de la “Fuente de Carrasco” ubicada en la 5 Norte, la calle donde posteriormente se ubica el taller de Diego Salvador Carreto. En el plano el río San Francisco aparece al oriente. Al norte, marcamos en línea azul claro las cajas de agua que bajan del volcán La Malinche hacia Puebla; y en cuadros azul claro, las tomas de agua pública, en las esquinas del convento de Santo Domingo.

En 1535, fue el convento de San Francisco el primero en contar con merced de agua y fuente pública; la concesión le fue renovada en 1558 y 1591. El líquido para el convento proviene, como se ve en el plano, desde el cerro de “las Canteras”, hoy conocido como de Loreto y Guadalupe y llega al mismo a través de la cañería de barro y cajas de agua.[xii] Posteriormente, en 1556-57, el agua potable llega a la plaza pública, para ello pasa por un arco sobre el río de San Francisco y “por la calle del cinco de mayo, llamada entonces de Santo Domingo”, rumbo al zócalo.[xiii] Como puede verse en el plano, el trayecto del agua potable del convento de San Francisco rumbo a la plaza pública, coincide justamente con la zona donde están ubicadas las primeras locerías.

Por su parte, luego del convento de San Francisco, el de Santo Domingo es de los primeros en contar con agua potable, de acceso también para los vecinos, cuya merced de agua data de 1549.[xiv] En 1551, el Ayuntamiento y el convento de Santo Domingo establecen un acuerdo para que dicho convento otorgue al público tres derrames o fuentes de agua, dos a costa del mismo y otra pagada por el Ayuntamiento. Los derrames se pusieron en las esquinas respectivas de Santo Domingo.[xv] Y la calle 5 Norte, límite del asentamiento de loceros de 1595 a 1653, donde se establece el taller del maestro criollo Diego Salvador Carreto, se ve beneficiada por el paso de las cajas de agua, cañería y alcantarillas de agua dulce. Al convento de la Merced, sobre dicha calle, se le otorga la concesión de agua en 1598.[xvi] En 1608, la calle 5 Norte 200, es conocida como “de la Fuente de Carrasco”, cuya familia hace la pila para beneficiar el consumo del público.[xvii]

Así, creo que la facilidad de abastecimiento de agua en esa zona para los talleres, fue una razón importante para su ubicación.[xviii]

Barro

Los primeros loceros consideraron también prioritaria la localización de sus talleres cerca del abastecimiento de la arcilla. El barro, ya fuera rojo o negro, lo obtienen de diversos bancos. El primero, del propio río de San Francisco, cuyas arenas son útiles para la industria cerámica. El segundo, del barrio de Xanenetla, del otro lado del río de San Francisco, donde están las canteras de Xenene o barro de grano grueso.[xix] El tercero del poblado de Tepetlalpan, hoy conocido como el barrio de Analco, de donde se obtienen el barro rojo para los trastes de uso común; y el cuarto, del cerro de Guadalupe al nororiente. El poblado indígena de Acajete, sobre la Malinche, de tradición alfarera desde la época colonial, también posee bancos de barro usados para la “loza amarilla” o de esmalte con plomo.

Por su parte, el barro blanco o rozado permite por su composición química que la loza resista una mayor temperatura,[xx] se obtuvo según algunas fuentes documentales inicialmente del cerro de Perote, ubicado en el trayecto del camino de la ciudad de Puebla a Veracruz y posteriormente se extrajo del poblado de San Martín Totimehuacán y de la laguna de San Baltazar, al sur de las locerías y ya fuera de la traza.

En el plano, los distintos bancos de barro se señalan con un triángulo café.

Leña

La leña se obtuvo de la cercana sierra nevada de Tlaxcala o Malitzin. El camino a la Malitzin, se distingue en el plano al lado norte de las primeras locerías. De igual manera, el “borujo” (hojarasca utilizada para prender más fácilmente el horno) se adquiría en las huertas de los conventos. La zona de leña está señalada en el plano con un triángulo negro.

Vientos favorables

En la ciudad de Puebla, los vientos dominantes corren de sureste a noreste. Y la ciudad está protegida de los vientos desfavorables del norte por los cerros de Loreto y Guadalupe. La ubicación de las locerías en el rectángulo indicado, permite también, como en el caso posterior de la ubicación de las locerías en la zona norponiente, que el efecto del humo desprendido de los hornos circule de manera natural hacia el norte.[xxi] Los vientos dominantes están marcados en el plano con las flechas respectivas de sureste a noreste.

El abastecimiento de materias primas

El esmalte de la loza estannífera está formado por determinado porcentaje de plomo y estaño y requiere de la sosa o tequesquite para su fundición. Los colores básicos se elaboran por su parte, con base en los óxidos de hierro, que corresponden a los colores negro y café; el óxido de manganeso también para el café; el óxido de cobre para el verde, el óxido de antimonio para el amarillo y el de cobalto para la preparación del azul.

Barrilla y tequesquite

La planta de la “barrilla” y el tequesquite o sosa natural, que proviene del sedimento de las lagunas, existe en la época en abundancia tanto en el lago de Texcoco, como en la laguna de Totolcingo en Oriental.[xxii] Por lo tanto, la ubicación de los loceros en el camino de Puebla a Veracruz, rumbo al cofre de Perote, también resulta óptima para el abastecimiento de ese material, además de que el mismo se vende en la propia ciudad de Puebla, en los talleres de vidrio y jabón. La zona de tequesquite está ubicada en un triángulo naranja.

Estaño y plomo

El plomo y el estaño, provenían tanto de España, como del Galeón de Manila, así como de la producción minera de la propia Nueva España e incluso del obispado de Puebla. Para su adquisición fue imprescindible por lo tanto la existencia del camino de Veracruz a la ciudad de México y viceversa. Además, los loceros utilizaron material de desperdicio de otras industrias u objetos que existían en la ciudad, como las vajillas de peltre, herramientas, los tubos de los órganos eclesiásticos, objetos litúrgicos, etc. En el plano, plomo y estaño aparecen en un triángulo gris.

Vidrio

En 1542, se hizo merced de dos solares a espaldas de la huerta del convento de Santo Domingo al primer vidriero: Rodrigo de Espinoza, quien ubicó su taller en la hoy calle 5 Norte 400, que corresponde al perímetro donde están ubicadas las locerías iniciales. En 1543, el cabildo prohíbe a Espinosa cortar leña a menos de dos leguas de la ciudad, porque “gastaba mucho para su oficio”. Según Veytia, citado por Hugo Leicht, a pesar de esa prohibición el taller, sigue funcionado hasta principios del siglo XVIII.[xxiii] En el plano el taller de vidrio de Rodrigo de Espinoza aparece con un triángulo verde claro.

Los colores

En 1565 estaba establecido en la ciudad de Puebla, un “molino de pastel junto al hospital de San Pedro y San Pablo”, en la hoy 2 Oriente-Poniente.[xxiv] Es decir, dentro del área de los loceros. En este, indican los especialistas: “No se fabricaba pan, ni harina, ni ningún derivado de trigo, se trataba de una unidad donde se producían los colores que se empleaban en las distintas actividades productivas y artísticas de la ciudad”.[xxv]

El hierro por su parte, para la obtención del negro pudo extraerse de la escoria de las herrerías, en la calle justamente de los Herreros hoy 3 Poniente, a sólo trescientos metros de las locerías. El cobre, como ya comentamos proviene del desecho de otras industrias o de la compra de “alcaparrosa,” mineral que tenía cobre. Y el amarillo, de las propias letras de imprenta, elaboradas con plomo y antimonio; recordemos que en esa época las imprentas en Puebla están en los portales, frente a la plaza principal, muy cerca de los talleres. El cobalto, por su parte, se obtiene a través del comercio con España y Manila; y probablemente también de minas en la región de Tepozotlán.

2) Comerciales. Ubicación de las tiendas gremiales

Desde el punto de vista comercial las locerías están ubicadas en un lugar privilegiado: las calles del camino de Veracruz a la ciudad de México y también de Puebla rumbo a Oaxaca, llamada de los Mesones y en la calle de los Mercaderes, colindante justamente con la plaza pública o zócalo, así como en la calle de San Marcos, hoy avenida Reforma y también rumbo a la Plaza Mayor. Desde 1537 la plaza pública sirve de mercado para toda la ciudad, ya que está reglamentado que “sólo se hiciera tianguis en la plaza pública y los días lunes”.[xxvi] Incluso en 1577 se nombra alhóndiga para la venta de trigo y semillas: “a la plaza pública y portales de ella, con las calles que desembocan a ésta”.[xxvii] Por su parte en 1588, se autoriza también el establecimiento del tianguis de la ciudad los días miércoles, en la calle de los Herreros frente al convento de San Agustín.[xxviii]

La cercanía de los talleres a los principales caminos y plazas públicas tuvo varios beneficios: 1) La facilidad de transporte de la loza a los principales centros comerciales (dentro y fuera de la ciudad de Puebla) y por lo tanto menor riesgo de ruptura de la mercancía; 2) La venta directa de la loza en los talleres, estipulada más tarde en las ordenanzas de 1653, ya que los clientes potenciales tienen que pasar forzosamente por esas calles, rumbo a la plaza de Puebla o hacia la ciudad de México y viceversa; 3) La venta de nuevos contenedores de barro en sustitución de los rotos en el trayecto de la Península hacia la Nueva España.

Esta ubicación comercial marca una diferencia con los loceros de Talavera de la Reina, ya que para ellos la salida de sus productos en esa época es un problema recurrente, que resuelven, en cierta medida, trasladándose ellos mismos y sus talleres a ciudades comerciales como el puerto de Sevilla.[xxix] O en nuestro caso incluso con el viaje trasatlántico de los loceros a la propia Puebla de los Ángeles en la Nueva España.

3) La fuerza de trabajo

De los documentos encontrados en los archivos, he logrado concluir que fueron los indígenas la fuerza de trabajo básica de las locerías. A partir de 1561-62, se establece en la ciudad de Puebla fuera de la traza española, a los nativos provenientes de Cholula, Tepeaca, Totimehuacán, Tochimilco, Huejotzingo y Calpan, mismos que se ubican en siete barrios: Analco, Santiago, San Francisco, San Pablo de los Naturales, San Miguel, San Sebastián y dos arrabales: Xonacatepec y Xanenetla.[xxx] Como se puede observar, algunos de esos barrios están muy cerca de los talleres, por lo que los loceros contaron con suficiente fuerza de trabajo indígena e incluso con trabajadores especializados en el arte de la cerámica, como eran los tlaxcaltecas, huejotzingos y cholultecas.

4) El espacio social

En la Puebla colonial, la organización del espacio por parroquias para administrar y oficiar la misa, fue un mecanismo común de la Iglesia para recabar los ingresos fiscales y organizar a su vez las tareas concernientes al adoctrinamiento y administración de los sacramentos. Con base en ello, la Iglesia subdivide los barrios y los pueblos de su jurisdicción en secciones parroquiales.[xxxi] La red de iglesias se vuelve así primordial para el diseño de la ciudad y el sentido de pertenencia de sus ciudadanos. La parroquia central o principal, está constituida por el Sagrario de la catedral y abarcaba precisamente la Plaza Mayor y todas las manzanas adyacentes a ésta y a la catedral, es decir el área céntrica y “lo principal de su población”.[xxxii]

La parroquia del Sagrario comprende por tradición “las casas de los vecinos más ricos” o en su caso de los avecindados españoles con prestigio social. Por su ubicación, a dicha parroquia pertenecen los primeros loceros ibéricos asentados en Puebla. El recorrido de una de las procesiones más importantes de la Puebla colonial, la de Corpus Christi, pasa por algunas de las calles de nuestros loceros: Mercaderes, Santo Domingo, Horno de Vidrio y Herreros, para regresar de nuevo a la plaza pública y la catedral.[xxxiii] La parroquia del Sagrario cuenta también con parroquias auxiliares, como la de San José, que incluye entre otros a los barrios de Xanenetla y de el Alto, barrios indígenas alfareros. Ya la iglesia de San Marcos, sobre la calle de Herreros, sede posteriormente del gremio de loceros. Habrá que agregar, por último, la pertenencia de una de las primeras familias de loceros, los Encinas-Gaytán a la Cofradía de Nuestra Señora del Rosario, en el convento de Santo Domingo, una de las más antiguas y prestigiadas de la ciudad.[xxxiv]

La permanencia de los talleres de los alfareros dentro de la traza española, a pesar de su posterior expansión, es también una característica distinta de los loceros de Talavera de la Reina, Sevilla y de la propia ciudad de México, quienes desde el siglo XVI se ven obligados a mover sus locerías “extramuros”, por la contaminación de los hornos.[xxxv] Los loceros poblanos se establecieron siempre dentro de la traza española y pertenecen a lo largo del periodo colonial a la parroquia del Sagrario. Sólo los talleres de indígenas y mestizos, de “loza amarilla” o de plomo se asientan fuera de la traza, del otro lado del río de San Francisco. Algunos de los cuales, con sus variables, permanecen hasta la actualidad.

Así, desde el punto de vista del uso del espacio, los primeros loceros, logran establecerse en un lugar estratégico no sólo desde el punto de vista de acceso a las materias primas, la fuerza de trabajo y el comercio, también dentro de un espacio social digno de la ascendencia española de dichos alfareros.

Lamentablemente para la ubicación de estos primeros talleres contamos con referencias documentales, pero no arquitectónicas. Aunque sabemos por los vestigios de algunos tiestos arqueológicos y ciertas piezas en qué consistió la producción inicial de la hoy conocida como talavera.

Posteriormente, a partir básicamente de 1653, la comunidad integrada por los primeros loceros, creció y se expandió a través de diversos mecanismos: los enlaces matrimoniales, la dote, la herencia, el sistema de trabajo maestro-oficial-aprendiz, la participación en las cofradías y la ubicación de los talleres esta vez en torno al convento de la Merced y la iglesia de San Marcos. Ubicación que ahora sí corresponde a lo indicado por Lister, es decir en la zona norponiente de la ciudad, en la que existen aún en la actualidad tres locerías del siglo XVIII en completo estado de abandono. Se trata de la Antigua locería de Cabezas, en la actual 12 Poniente 708, La antigua locería de Zayas, en la 10 poniente 710 y la antigua locería de Alfaro, en la 8 Poniente 713.

Locería de Zayas. 10 poniente 710.

Locería de Cabezas, 12 poniente 708.

Locería de Alfaro, 8 Poniente 713.

Ciudad de México

En el caso de la ciudad de México, de igual manera, los loceros se asentaron a partir básicamente de mediados del siglo XVI, en lo que entonces correspondía a las afueras de la plaza principal de la ciudad, en lo que hoy se conoce como la Alameda y tenían como sus santas patronas, al igual que en Sevilla a Santa Julia y a Santa Rufina. Según indica Patricia Fournier, en los censos levantados en la ciudad de México entre 1753 y 1811 (AGN, Padrones), aparecen registrados un número considerable de loceros y alfareros. La distribución espacial de los talleres era al poniente del conglomerado urbano de la época, emplazamiento, indica Fournier, que corresponde al parecer a la ubicación original de los primeros talleres y que era fuera de la traza principal; lo cual resultó de la necesidad de mantener las humaredas de los hornos lejos de las residencias de los españoles y criollos que vivían en el primer cuadro. En dicha zona se han encontrado tanto restos de hornos cerámicos de doble cabina propios de la loza estannífera, como tiestos arqueológicos que corresponden por su tipología desde los siglos XVI al XVIII. Según comenta Fournier, los talleres se encontraban además en las inmediaciones del hospital de San Juan de Dios y de la Santa Veracruz; al norte, al oeste y este de la Calzada de Santa María llegando hasta La Lagunilla; por el rumbo de San Antonio Abad; cerca del mercado de San Juan y las proximidades del Colegio de Vizcaínas; otro grupo se encontraba al oriente, hacia el puente de San Lázaro y cerca de Mixcalco; por Peralvillo también existían talleres y unos cuantos hacia Santiago Tlalelolco además de, atípicamente, los que se encontraban en el centro mismo de la ciudad, vecinos de la iglesia de Regina Coeli. Esta distribución perduró hasta el siglo XIX según el directorio comercial de Eugenio Maillefert de 1897.

En el siguiente levantamiento de la ciudad de México de 1793, adaptado por Cortés Delgado, pueden apreciarse los señalamientos referidos por Patricia Fournier y sus colaboradores. En el número 1 se distingue claramente lo que consideraba el primer cuadro en el siglo XVI; en el 2, el ya mencionado barrio colindante de los alfareros y del 3 al 7, los distintos bancos de barro para los alfareros, tanto rojo como negro.

Está ubicación les permitía por un lado estar cerca del principal centro comercial de la ciudad de México que era la plaza mayor, no molestar con el humo a los vecinos y por el otro lado abastecerse de los dos tipos de barro de los bancos del mismo circundantes.

Plano 1. La ciudad de México en 1793 (adaptado de Cortés Delgado y González Aragón 2003, 31). 1. Catedral Metropolitana; 2. el Barrio de los Alfareros; 3. banco de Nonoalco ; 4. banco de la hacienda de Los Morales; 5. banco de la hacienda de Teja; 6. banco del ejido de La Piedad; 7. banco de la Acordada.

Por otra parte, para entrar en detalle, en el siguiente mapa puede apreciarse con claridad la traza original de la urbe (1) y cómo el barrio de alfareros se estableció en su colindancia (2); de igual manera se distingue cómo fue expandiéndose la ciudad en el siglo XVIII; así como el establecimiento de ladrilleras en las afueras de la ciudad colindando con el Lago.

Plano 2.La ciudad de México en el siglo XVIII, nótese la línea gruesa que demarca la traza original de la urbe. 1. Catedral Metropolitana; 2. Santa María la Ribera; 3. Santa Veracruz; 4. Tlatelolco; 5. Santa Catalina (taller de Diego de Vargas Piña); 6. San Juan; 7. Regina Coeli; 8. San Lázaro; 9. ladrilleras; 10. San Antonio Abad.

Fuente: La loza blanca novohispana: Tecnohistoria de la mayólica en México. Patricia Fournier, Karime Castillo, Ronald L. Bishop y M. James Blackman.

Sevilla

Veamos ahora el caso del asentamiento de los loceros de lo fino o esmalte estannífero en Sevilla.

A diferencia de Puebla de los Ángeles, ciudad recién fundada en 1521 conforme a los cánones del Renacimiento, Sevilla era una ciudad medieval y como tal contaba con una gran muralla. En ésta, tanto bajo el dominio islámico o tras la posterior reconquista de la ciudad por las tropas castellanas, las ollerías y alfares de la ciudad estuvieron asentados en dos zonas:

Una intramuros, en torno a los barrios de san Pedro, san Vicente y san Marcos. Y otra extramuros en los arrabales de Triana y San Telmo, es decir, en la orilla izquierda del río Guadalquivir del que los loceros se dotaban de agua y barro.

En el siglo XVI, a diferencia de en Puebla, en Sevilla se produjo un movimiento radial que desplazó a los alfares y ollerías desde el interior de la ciudad hacia los arrabales, básicamente, según indica José María Sánchez, por dos motivos:

  1. Por la insalubridad e incomodidad que la industria ocasionaba a la vecindad, ante la gran cantidad de humo que los hornos generaban. Siendo Sevilla, a diferencia de Puebla, una ciudad altamente poblada en el siglo XVI.
  2. Por los inconvenientes que a los propios alfares ocasionaba tanto el abastecimiento del barro al interior de la ciudad, dificultado por el trazo laberíntico de la propia urbe medieval, como así mismo por la dificultad del abastecimiento de agua.

Los alfares intramuros, se localizaban en el barrio de san Vicente, conocido como de los Humeros, en clara alusión a la gran cantidad de humo generada por dicha industria. Su ubicación en la zona, con loceros de reconocido prestigio, se debía a su cercanía con la Puerta de Goles, una de las entradas a la ciudad. Es decir era de carácter estrictamente comercial.

Por su parte, durante el ya mencionado siglo XVI, los talleres establecidos en el barrio de Triana, en el margen izquierdo del río Guadalquivir, ocupaban el 80% de los alfares, constituyéndose por lo tanto en el barrio alfarero por excelencia. Triana se convirtió en el lugar idóneo para la instalación de los talleres, debido a:

  1. Estaba lejos de la ciudad para evitar al vecindario las ya comentadas molestias. Y al mismo tiempo bien comunicado con la ciudad por el puente de barcas.
  2. Su cercanía con el río, como hemos comentado ya en el caso de la ciudad de Puebla, suponía una fácil adquisición de las materias primas, como el barro y suponía también contar con agua en abundancia. Ambos aspectos además ahorraban costos de transporte.
  3. Existía a su vez en la zona de Triana, un amplio territorio, necesario para la expansión de los alfares, que requieren para su buen funcionamiento de solares amplios. Las parcelas de mayor dimensión difícilmente podían obtenerse intramuros por la densidad de la población.

Habrá que agregar por último que existían en Sevilla talleres itinerantes, es decir que se montaban en el lugar donde se producía la demanda, se trataba desde luego de grandes obras arquitectónicas que requerían de muchas piezas, tanto de loza como de azulejos. En esos casos el ceramista trabajaba al pie de la obra y el contratante se ahorraba el costo del transporte.

Haciendo una valoración entonces entre la ubicación de los talleres de Puebla y los de Sevilla, podemos determinar que los loceros poblanos del siglo XVI, ubicados en el perímetro ya señalado en las cercanías del río de San Francisco, lograron cumplir tanto con el objetivo del abastecimiento de las materias primas, como con el asentamiento en un área comercial. De igual manera se pueden distinguir talleres en contra esquina o muy cerca de la construcción de los conventos en expansión a lo largo del siglo XVI y XVII. El inconveniente del humo para los vecinos sólo sería un factor a considerarse posteriormente, conforme la ciudad fue creciendo. Y aun así no implicó la salida de los talleres de lo que se conoce como la traza española.

Afortunadamente en Sevilla se han logrado rescatar los hornos del siglo XVI al XX, de la que fue locería de Antonio Gómez a finales del siglo XIX, hoy Museo de Cerámica de Triana.

Talavera de la Reina.

Por su parte, la ciudad de Talavera muy cercana de Toledo, como Sevilla era también una ciudad antigua, de la época romana, con una enorme muralla para evitar la incursión de los bárbaros; fue recuperada por los reyes católicos del mundo árabe y dada la fertilidad de sus suelos y la habilidad de sus artesanos pronto fue considerada una ciudad favorita de la corona por lo que pasó a denominarse Talavera de la Reina, con la especialidad en la loza fina, de inspiración italiana. Ahí los talleres de los loceros se establecieron también extramuros, a orillas del caudaloso río Tajo, de donde los artesanos se abastecían de agua, barro y arena, lo que les permitía además estar en una zona donde no sólo no molestaban a los vecinos asentados en la ciudad desde mucho tiempo atrás. Sin embargo, una vez consumada la conquista de México y la apertura comercial del mundo americano, los loceros talaveranos quedaron lejos de la salida comercial al Atlántico, por lo que fue común que sus loceros que eran excelentes pintores, establecieran sus talleres ahora en Sevilla.

Es decir, que a diferencia de en la ciudad de Puebla, el problema del transporte y el acceso comercial para la venta de sus productos, no les favorecía.

Rescate de locerías y hornos.

En resumen creo que los loceros establecidos en la ciudad de México, priorizaron su cercanía al primer cuadro, es decir hacia sus consumidores, como el elemento fundamental para ubicar sus talleres; seguido de una relativa cercanía de los bancos de barro. Los loceros poblanos por su parte, en ventaja contra los artesanos tanto de Sevilla, como de Talavera de la Reina y de la propia ciudad de México, lograron establecerse dentro de lo que se conoce como la traza española, para garantizar el consumo de los ibéricos; y al mismo tiempo cerca del abastecimiento de las materias primas (barro y agua), de la fuerza de trabajo indígena y del camino de Veracruz rumbo a la ciudad de México.

Citas

[i] Elías Trabulse, Historia de la ciencia en México, siglo XVII, México, FCE, 1985, pp. 47-49. Cristóbal de Guadalajara es mencionado también como científico mexicano por Antonio García Cubas, en su Diccionario Geográfico, Histórico y Biográfico de los Estados Unidos Mexicanos, México, Antigua imprenta de Murguía, 1888, vol. 1, p. 159.

[ii] Fernando Chueca Goitia y Leopoldo Torres Balbas, Planos de ciudades iberoamericanas y Filipinas, existentes en el Archivo General de Indias, Madrid, 2ª ed., 1981, pp. 242 y 575.

[iii] Francisco M. Vélez Pliego y Ambrosio Álvarez Guzmán, Cartografía histórica de la ciudad de Puebla, carpeta, Puebla, coedición ICSYH/Gobierno del Estado de Puebla, 1995.

[iv] Dado su rescate hasta los años cincuenta del siglo XX, dicho plano no se cita en la obra de Hugo Leicht, Las calles de Puebla (1930). Tampoco hay referencias al mismo en las obras de Lister and Lister (cotejar bibliografía).

[v] Herbert J. Nickel, en su investigación Agrimensura y cartografía en México, 1720-1920, CD, México, UNAM/El Colegio de México, 2010, documenta la dificultad de ubicación precisa de la forma y tamaño de los terrenos y de la representación de instalaciones, caminos y tipos de explotación, en los planos de la Nueva España hasta antes del siglo XVIII en que se introdujo la técnica de la plancheta; de igual manera anota que el primer atlas topográfico con escala en México se realizó entre 1878 y 1915, op. cit., p.1. Por lo que consideramos que las probables impresiones en el plano de 1698 de Cristóbal de Guadalajara, deben de entenderse no tanto como errores propios del autor, sino como una limitación técnica de la época en que fue elaborado. La escala probable del plano considerada por Eloy Méndez es de un centímetro equivalente a 100 varas, ya que la medida del plano es de 43.2 x 31.2 cm.

[vi] Eloy Méndez Sáinz, Urbanismo y morfología de las ciudades novohispanas, El diseño de Puebla, México, UNAM / BUAP, 1988, p. 232.

[vii] Francisco Vélez Pliego, “Puebla de Zaragoza, antigua ciudad de los Ángeles, patrimonio cultural de la humanidad”, en: Revista electrónica Sociedad, Ciudad y Territorio, Puebla, BUAP/ICSyH, 2001, pp. 9-16.

[viii] Lister Florence y Robert Lister, Sixteenth Century Maiolica in the Valley of Mexico. Arizona: The Univ. of Arizona Press, Anthropological Papers, núm. 39, 1982, pp.145-48. Y de los mismos autores: “The Potter s Quarter of Colonial Puebla, México”, Historical Archaeology, vol 18, 1982, pp.88-91. Hugo Leicht, op. cit., pp.123-24

[ix] Véase Efraín Castro Morales, op. cit., p. 27. Margaret E. Connors Mc Quade, “Loza Poblana: the emergence of mexican ceramic tradiction”, Doctor of Philosophy, The City University of New York, 2005, pp. 76-79, 213.

[x] Para localizar los talleres partimos del grupo documental de 1595 a 1697 compilado por nosotros en su mayoría inédito. Cuando nos pareció pertinente, luego de cotejar nuestros documentos originales, agregamos información publicada por Cervantes. Después separamos los loceros que pertenecieron a la comunidad original, de aquellos que no lo fueron, con base en criterios ya manejados a lo largo de la investigación. Posteriormente cotejamos las direcciones, y ubicando calles y colindancias con base en el libro de Hugo Leicht ya citado. Más adelante ubicamos los talleres en el plano División parroquial de Puebla de los Ángeles, Nomenclatura de 1777, elaborado por la BUAP, con los nombres originales de las calles en la etapa Colonial, con base en este mismo trasladamos la información al plano de 1698.

[xi] Alberto Carabarín, Agua y confort en la vida de la antigua Puebla, Puebla, BUAP, 2000, p. 59.

[xii] Hugo Leicht, op. cit., p. 59.

[xiii] Ibidem, p. 46. Sobre la destreza técnica que se requirió para la elaboración de dichas obras ver Alberto Caravarín, op. cit., p. 71.

[xiv] El ayuntamiento de Puebla hizo merced al Convento de Santo Domingo de la mitad del agua de una fuente próxima al camino de Tlaxcala. Posteriormente, los dominicos hallaron no muy lejos de la misma otros manantiales: pidieron al Ayuntamiento le diera al Convento la mitad de esas aguas, a cambio de hacerla llegar a la ciudad, lo cual fue aprobado.

[xv] Hugo Leicht, op. cit., p. 437.

[xvi] Ibidem, p. 242.

[xvii] Ibidem, p. 161.

[xviii] Sobre la extensión de la red hidráulica de barro a lo largo y ancho de la ciudad en la etapa Colonial, así como a los vestigios de cañerías de barro rescatados por el departamento de arqueología del INAH, Puebla, nos detendremos en otro capítulo.

[xix] Hugo Leicht , op. cit., p. 374.

[xx] Enrique A. Cervantes, op. cit., t. 1, pp. 1- 2.

[xxi] Hugo Leicht, op. cit., p. 124. Eloy Méndez, op. cit., p. 155.

[xxii] Blas Román Castellón Huerta (coord.), Sal y salinas…, op. cit., p. 70. Alexander von Humboldt, Ensayo político…, op. cit., pp. 459-60.

[xxiii] Hugo Leicht, op. cit., pp. 188-89.

[xxiv] Ibid., p. 1

[xxv] “La Puebla de los Ángeles en el siglo XVI” en Actas de cabildo de la ciudad de Puebla, siglo XVI, Puebla, Archivo Histórico Municipal de Puebla, 1998, formato en CD, p. 509.

[xxvi] Véase Emma Yanes Rizo, Pasión y coleccionismo, El Museo de Arte José Luis Bello y González, México, INAH, 2005, p. 145

[xxvii] Idem.

[xxviii] Idem.

[xxix] Véase José María Sánchez Cortegana “El oficio del ollero en Sevilla en el siglo XVI”, Arte hispalense, Sevilla, Publicaciones de la Excma Diputación Provincial de Sevilla, 1994, núm. 65, p. 76.

[xxx] Eloy Méndez Sáinz, Urbanismo…, op. cit., p. 193

[xxxi] Ibidem, p. 198

[xxxii] Ibid., p. 211

[xxxiii] Emma Yanes, op. cit., pp. 159-60

[xxxiv] Fray Francisco R. de los Ríos, Arce, Puebla de los Ángeles. La orden dominicana, Puebla, Imprenta, Librería y Papelería “El escritorio”, 1910, 3 vols.

La Orden Dominicana, Puebla, Imprenta del Colegio Pío de Ciencias y Artes, 1910, t. II, p 118.

[xxxv] José María Sánchez Cortegana, op. cit., pp. 72-73.

Mundo Nuestro. Esta texto de Emma Yanes Rizo sobre el libro de Mario Vázquez Olivera y Fabián Campos Hernández México ante el conflicto centroamericano, Testimonio de una época (UNAM, CIALC, Artigas Editores, diciembre 2016), fue presentado la semana pasada en el Museo Nacional de las Intervenciones en la ciudad de México.

El libro México ante el conflicto centroamericano, coordinado por Mario Vázquez y Fabián Campos, reúne quince artículos que de manera crítica proponen al lector nuevas líneas de investigación para tratar de entender la complejidad de la relación de México con Centroamérica en las cuatro últimas décadas del siglo XX, es decir antes de la ruptura de la política exterior solidaria de México hacia esa región, alterada luego de la llegada del Partido Acción Nacional a la presidencia de la República (2000) y al establecimiento de la política neoliberal, que permanece hasta la actualidad.



Para entender el período que abarca de 1976 a 1996 desde una perspectiva histórica, el libro propone una lectura múltiple con base en fuentes originales antes de difícil acceso[1], además de una bibliografía actualizada e interesantes testimonios. Desde mi punto de vista puede realizarse una lectura temática del texto, abordando a grandes rasgos las aportaciones de los artículos en los siguientes temas: 1) La política del Estado mexicano hacia Centroamérica y su relación con los Estados Unidos; 2) La solidaridad de la izquierda mexicana hacia las luchas revolucionarias en la región e incluso la incorporación de mexicanos a la lucha armada en Nicaragua, Guatemala y El Salvador; 3) El papel de México como receptor de refugiados centroamericanos; y 4) Entrevistas o testimonios de vida de los diplomáticos mexicanos Gerardo Camacho Vaca (agregado cultural en Nicaragua), Hermilio López Bassols (embajador en el Salvador) y Carlos Plank Hinojosa (embajador en Panamá).

Sin dejar de lado los artículos que se refieren al comportamiento de la prensa mexicana en torno a los conflictos centroamericanos, en particular con la cobertura de la revolución nicaragüense por el fotógrafo Pedro Valtierra del periódico UNO más UNO; y el seguimiento al impacto de las revoluciones de la región mencionada en las tesis académicas mexicanas.

En el primer aspecto destaca el artículo de Mario Vázquez y Fabián Campos Las bases de una política de Estado, 1978-82, en el que los autores determinan la capacidad de México para actuar en el plano internacional a favor de Centroamérica, deteniéndose en tres momentos cruciales de la política nacional hacia la referida región: La ruptura de relaciones de México con el gobierno de Somoza en 1979, la Declaración Franco-Mexicana de 1981 y la Conformación del Grupo de Contadora en 1983. Esas tres estrategias geopolíticas estuvieron sustentadas en la búsqueda de legitimidad interna del régimen priísta, que acababa de decretar la Reforma Política, como respuesta al descontento social luego de los lamentables sucesos de 1968 y 1971 y al surgimiento de la guerrilla en el país; así como en el interés económico de México dado el auge petrolero, por expandir su mercado hacia Centroamérica. De igual manera, con su política nacionalista y solidaria, México ´realiza en esa época una abierta oposición a la política intervencionista de Estados Unidos en el área, que de no detenerse ponía a nuestro país en una frágil posición geopolítica. Sobre esos temas reflexionan de igual manera Mónica Toussaint y Mireya Tinoco.

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Sin embargo atinadamente en el libro se analiza también como el apoyo del gobierno de México a las luchas centroamericanas, contra lo que se suele pensar, no fue uniforme. Según se específica en el interesante artículo de Fabián Campos La Dirección Federal de Seguridad y los revolucionarios guatemaltecos, 1947-85, México optó por una actitud beligerante contra la primera oleada de la guerrilla guatemalteca (1960-72), situación que con anterioridad a ese artículo no había sido considerada. Campos explica que en mayo de 1970 fueron asesinados en territorio mexicano los líderes chapines del MR 13, Marco Antonio Yon Sosa, Enrique Cacahueque Juárez y Fidel Raxcacu. De igual manera, el octubre del mismo año fue detenido en la ciudad de México en tránsito hacia Cuba el guerrillero guatemalteco Oscar Arturo Palencia, lo que obstaculizó el devenir de esa guerrilla.



Por su parte, respecto a la solidaridad de la izquierda mexicana con los movimientos centroamericanos, habrá que comentar el interesante artículo de Carlos Planck, que explica el internacionalismo mexicano tanto por razones internas como externas. Entre las primeras razones se encuentra la ya tradición mexicana de apoyo a las causas democráticas, en particular a partir del período cardenista; y en lo externo el éxito de la revolución cubana de 1959; así como la búsqueda para Centroamérica por parte de nuestro país de un camino revolucionario nacionalista y no comunista, para fortalecer la geopolítica del Estado mexicano. Fue en ese sentido, se señala, que la izquierda mexicana y el gobierno llegaron a converger en un objetivo común: la democracia en el área. Es una historia pendiente de cualquier manera, se indica, rescatar la historia de miles de mexicanos que formaron parte de las tareas de solidaridad con Centroamérica, antes y después por ejemplo del triunfo del Frente Sandinista de Liberación Nacional en Nicaragua; y específicamente de aquéllos que se incorporaron a la lucha armada en las guerrillas de Guatemala, El Salvador y Nicaragua.

A su vez, en relación al papel que ha jugado México como país receptor de refugiados centroamericanos, destacan los artículos de Mario Eduardo Valdez, Joel Pérez, Mercedes Olivera y Miguel Ángel Sandoval, que se refieren en particular a la complejidad de la solidaridad de México con Guatemala, país con el que comparte frontera, dado que la legislación mexicana sólo contemplaba en los años ochenta la figura de asilo político pero no de refugiados civiles, en este caso de campesinos pobres. Fue gracias a la presión que ejerció la sociedad civil hacia el gobierno de México que finalmente nuestro país estableció los campamentos de refugiados en Chiapas, no carentes de dificultades dada la ocasional incursión en la zona del ejército guatemalteco.

Por su parte, las entrevistas y testimonios de los diplomáticos mexicanos ya antes mencionados, en Nicaragua, El Salvador y Panamá, nos permite conocer de viva voz el nivel de involucramiento personal de los funcionarios nacionales contra las dictaduras centroamericanas, en busca de una nueva democracia regional.

Una lectura múltiple entonces la de este libro, que al mismo tiempo que rescata el otrora importante papel del Estado mexicano como líder político en Centroamérica, pone de igual manera el acento en la necesidad de revalorar las contradicciones de esa política, por ejemplo en el caso de la guerrilla guatemalteca. El libro señala también una tarea pendiente: la historia y testimonios de vida de nuestros connacionales que participaron voluntariamente en diversas facetas de la solidaridad de México con Centroamérica, sin dejar de lado aquéllos que incluso se incorporaron a la lucha armada, gran parte de los cuales permanecen en el olvido.

Tiendo a pensar, después de la lectura del libro, que el papel solidario del gobierno mexicano hacia Centroamérica en esos años no se hubiera consolidado como lo hizo sin la activa participación de la sociedad civil nacional a favor de las causas democráticas.

Un libro entonces que invita a una reflexión más amplia desde la perspectiva actual de casi parálisis social en torno a la exigencia del papel que debe retomar México para volver ocupar su otrora liderazgo regional hoy eclipsado tanto por una política represiva ante la oposición interna, como por la simpatía de los gobiernos neoliberales hacia los intereses de los Estados Unidos en el área; que va desde el conocido dicho “Comes y te vas”, del presidente Vicente Fox a Fidel Castro, como la intromisión de Viodegaray en los asuntos internos de Venezuela, pese a su fracaso en la OEA.

[1] Me refiero a los documentos de 1964 a 1982 agrupados en los archivos de la Fiscalía Especial para Movimientos Sociales y Políticos del Pasado (Femospp), integrada en el año 2000 y que puede consultarse en línea http://nsarchive.gwu.edu/NSAEBB/NSAEBB180.

Instituto de Estudios Críticos

XXIII coloquio internacional de 17, Instituto de Estudios Críticos, en colaboración con la Asamblea Nacional de Afectados Ambientales, la Universidad Iberoamericana y el Centro Cultural Universitario Tlatelolco

Coordinación: Gabriela Méndez Cota y Benjamín Mayer Foulkes



Durante la segunda mitad del siglo XX las advertencias científicas sobre el calentamiento global, sus causas y consecuencias, circularon apenas en forma de rumores sofocados por el ruido vehicular, mediático, cultural y político de la mundialización. Sólo en la primera década del siglo XXI los gobiernos empezaron a reconocer, pálida y nerviosamente, los crecientes costos socioeconómicos arrastrados por el incremento en sequías, inundaciones y tormentas, así como la contaminación de la atmósfera, de los suelos y los océanos. Todo apunta, sin embargo, a que para entonces la civilización humana ya había rebasado un punto de inflexión. Hoy somos testigos de mutaciones terrestres particularmente visibles en los polos y las selvas tropicales, a la vez que enfrentamos una incertidumbre social marcada por la degradación del discurso y el recrudecimiento de las violencias. La extinción masiva de la vida en el planeta nos obliga a preguntarnos una vez más por la violencia de lo humano, y por la posibilidad misma del pensamiento crítico en el seno de la eco-catástrofe global. ¿De qué manera estaría implicado el propio pensamiento crítico en la eco-catástrofe? ¿Cuál podría ser su margen de intervención?

Con la participación de

Pat Mooney, Asamblea Nacional de Afectados Ambientales (ANAA), Marco Antonio Alcalá, Ángel Octavio Álvarez, Juan Pablo Anaya, Andrés Barreda, Fernando Córdova Tapia, Ricardo Dal Farra, Siobhan F. Guerrero, Sergio Mastretta, Benjamín Mayer Foulkes, Gabriela Méndez Cota, Ana Patto, Alma Piñeyro Nelson, Víctor Ortiz, Eugenio Polgovsky, Silvia Ribeiro, Jean Robert, Karen Rossell, Alejandra Straffon Díaz, Luis Tamayo, Ramón Vera, Verónica Villa, Sergio Villalobos-Ruminott, Jason Weidner, Joanna Zylinska

Sede:
Centro Cultural Universitario Tlatelolco
Ricardo Flores Magon 1, Nonoalco-Tlatelolco, 06995 Cuauhtémoc
Ciudad de México
http://www.tlatelolco.unam.mx/

Estas actividades están abiertas a todo público interesado en participar, sin embargo debido al cupo del foro es necesario llenar la forma de registro.
Todas las sesiones de trabajo serán en español con excepción de la charla de Pat Mooney que contará con traducción del inglés.



ENTRADA LIBRE

PROGRAMA



Mundo Nuestro. La siguiente reseña elaborada por la historiadora Emma Yanes Rizo fue leída durante la presentacón del libro de Gabriela Pulido Llano. El mapa rojo del pecado, Miedo y vida nocturna en la ciudad de México, 1940-1950 (Secretaría de Cultura, INAH, 2016).

El libro El mapa rojo del pecado, de Gabriela Pulido, nos ofrece en efecto un mapeo en el que podemos ubicar los principales cabarets, casas de cita, prostíbulos y salones de baile en la ciudad de México en las décadas de los cuarenta y cincuenta, catalogados para la moral de la época como centros de vicio y de perdición que atentaban contra las buenas costumbres. Pero el libro es mucho más que eso. Se trata en efecto de un mapa, pero social y crítico, de la vida en torno a la farándula que creció estrepitosamente en la ciudad de México a partir de los años cuarenta, cuando arranca en el país la industrialización alemanista, luego de la Segunda Guerra Mundial. Un mundo este de la farándula ya ilustrado en la pantalla grande en la época de oro del cine mexicano, en la música popular y en novelas como Santa, lo que contribuyó a establecer estereotipos por todos conocidos: el pachuco, la cabaretera, la mujer del oficio rescatada del vicio por un cliente enamorado. Personajes representados en la cine por actores de la talla de Jorge Negrete, Pedro Armendáriz o el infalible Tin-Tan, o por bellas mujeres como María Félix. Al grado tal que se provocó en el subconsciente colectivo más una admiración por ese mundo del “vicio”, tratando de imitar comportamientos y formas de vestir, que un alejamiento del mismo. Sin embargo, el mundo idílico de patrones establecidos mostrado en la pantalla grande, sólo reflejaba parte de la realidad o por lo menos la matizaba.



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De ahí la importancia del libro de Gabriela Pulido, en busca de un acercamiento historiográfico a lo que realmente sucedió en esa época en torno a la vida nocturna, utiliza otra fuente documental, que nos acerca, diríamos, a la cruda realidad: las revistas femeninas, más no feministas, que desde luego no es lo mismo; los artículos periodísticos del Excélsior y el Universal, y sobre todo el Magasine de Policía (1944-59) y la nota roja, fuentes que le dan a su estudio una perspectiva distinta de lo que ofrece la pantalla grande. A través de esas fuentes Pulido nos muestra una ciudad sumergida en una contradicción fundamental: la moral que defiende las buenas costumbres, con la Liga de la Decencia y el papel estelar de la propia esposa del presidente de la República, contra una sociedad, empezando por los políticos, que encontró en el mundo de la farándula su manera de sentir que pertenecían a unas gran metropolí, de acercarse así a las luces de París o a los shows de Chicago, siempre guardando la jerarquía de los grandes caberets y casas de cita en la colonia Roma y la avenida Reforma, para adinerados y gobernantes. En contra parte, según se deduce de la nota roja, era común en los antros populares los feminicidios, sin dejar atrás las enfermedades venéreas de los parroquianos y mujeres del oficio y la agresión a los homosexuales, catalogados como enfermos, a los que se dedica todo un capítulo.

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En el libro se documenta entonces el devenir de una ciudad que en su afán se convertirse en metropolí se corroe a sí misma y ve con escándalo y el origen de todo mal al cuerpo femenino, que en su desnudez todo lo estremece.

La bailarina Tongolele y su baile seductor será la principal representante de la tentación y punto de agresión de la pretendida moral de la época. Una mujer sin embargo Yolanda Montez, casada con el bongosero de su grupo, que en realidad después de sus escandalosas actuaciones, volvía a ser una tranquila y fiel ama de casa.

Por cierto, en la actualidad Tongolele vive en Puebla con uno de sus hijos y dicen que ha perdido la memoria. No recuerda el huracán de pasiones que desató, la revolución del espectáculo que generó su cuerpo como pionera de las llamadas bailarinas exóticas, que a fuerza de culparlas de todo mal, se volvieron diosas en el subconsciente colectivo.

Construir la memoria y conocer sus eventualidades y sus tropiezos, dirá Pulido en la introducción, es parte del objetivo de este libro. Y como la memoria social es una construcción colectiva, Yolanda Montez podrá estar tranquila. Gabriela Pulido, con precisión historiográfica, ha recuperado el Tongolelismlo.

Quizás no importa quién hayamos sido, sino quién nos recuerde. Tal vez no tanto lo que hicimos, sino el dejar huella.

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Mundo Nuestro. La pregunta alrededor de la historia se formula siempre que necesitamos de ella. Historia para qué, decimos, cuando los acontecimientos ya nos han rebasado y no entendemos nada. O simplemente confirmamos que cumplimos la condena de repetirla. O que no se le encuentra ningún sentido a la pregunta elemental del sentido de la existencia. Enrique Florescano, en este texto tomado de la revista Nexos (Mayo 1999), apunta a uno de nuestros grandes desastres: el del sistema educativo nacional. Dos décadas después no es difícil pensar que esta historia no ha cambiado: el país sin rumbo, a la deriva de una violencia sin freno, sin acuerdos que desde la política proyecten un futuro colectivo democrático y justo.

Si damos un salto desde los tiempos remotos hasta los días actuales, advertimos que los motivos que hoy nos mueven a enseñar la historia no difieren sustancialmente de los fines que animaron a nuestros antepasados indígenas. Enseñamos a nuestros descendientes la historia propia y la de otros pueblos para hacerlos conscientes de que son parte de la gran corriente de la historia humana, de un proceso que se inició hace miles de años y por el que han transitado pueblos y civilizaciones distintos a los nuestros.

Enseñamos el pasado porque somos conscientes de que el “pasado fue el modelo para el presente y el futuro”. En cierta manera, el conocimiento del pasado es la clave del “código genético por el cual cada generación reproduce sus sucesores y ordena sus relaciones. De ahí la significación de lo viejo, que representa la sabiduría no sólo en términos de una larga experiencia acumulada, sino la memoria de cómo eran las cosas, cómo fueron hechas y, por lo tanto, de cómo deberían hacerse”.1



Enseñar el desarrollo histórico de los pueblos equivale entonces a ser conscientes, en primer lugar, de nuestra temporalidad, a situarnos en nuestra propia circunstancia histórica.

La primera lección del conocimiento histórico es hacernos conscientes de nuestra historicidad. “La vida humana se desarrolla en el tiempo, es en el tiempo donde ocurren los acontecimientos y (…) es en el transcurso del tiempo que los hombres escriben la historia”.2 Los individuos, así como los grupos y las generaciones humanas, requieren situarse en su tiempo, en el inescapable presente que irremediablemente forjará su propia perspectiva del pasado y sus expectativas del futuro. La dimensión histórica, con su ineludible juego entre el presente, el pasado y el futuro, es el ámbito donde los seres humanos adquieren conciencia de la temporalidad y de las distintas formas en que ésta se manifiesta en los individuos y en los grupos con los que éste se vincula.

La conciencia de que nuestras vidas se realizan en el tiempo y se modifican con el transcurrir temporal la adquirimos primeramente en el seno de la vida familiar y en el propio entorno social. La primera noción de que el ser humano está vinculado con sus antecesores en una suerte de cadena temporal se adquiere con los padres y los ascendientes de los que éstos provienen. En el seno de la familia el niño adquiere por primera vez conciencia de que es un eslabón temporal de un grupo social cuyos orígenes se sitúan en un pasado remoto. Es en el seno de la familia donde se percata de las diferencias de edad y donde adquiere noción de los cambios que el paso del tiempo induce en la vida humana. Más tarde esta percepción individual de la temporalidad se convierte en percepción social cuando el joven o el adulto entran a formar parte de generaciones, grupos y clases sociales. La apreciación de que el grupo, la tribu o la nación también cambian con el transcurso del tiempo aparece cuando el individuo se inserta en la vida social de su momento histórico.

El proceso histórico, además de verificarse en el tiempo, ocurre en el espacio. Tiempo y espacio son los dos ejes del acontecer histórico. Los hechos históricos, una vez situados en el tiempo, requieren ser ubicados en el lugar donde ocurren, deben ser registrados en una geografía precisa. Cualquier persona que se acerca al pasado, y con más razón el historiador, está obligada a conocer el lugar exacto donde ocurrieron los hechos y a dar cuenta de las características de ese espacio.

Por estos rasgos del conocimiento histórico en muchos países la historia marcha emparejada con la geografía. No puede haber conocimiento fidedigno de los acontecimientos sin el registro pormenorizado del territorio donde éstos ocurrieron. Sin caer en las aberraciones que proclamaron que el lugar o el clima determinaban la naturaleza de los acontecimientos históricos, es un hecho que el medio geográfico impone su huella sobre las obras humanas. El historiador, como el géografo, está entonces obligado a conocer el ámbito ecológico que rodea la vida social para explicar el peso del medio natural en el desenvolvimiento de los seres humanos.



Por otra parte, el conocimiento histórico, al reparar en las circunstancias que promueven el desarrollo de los individuos, las familias, los grupos o las naciones, nos lleva a percibir la singularidad de esos grupos, nos hace percatarnos de sus rasgos propios y de los lazos de identidad que los unen. El conocimiento histórico enseña que desde los tiempos más remotos los seres humanos se organizaron en grupos, tribus, pueblos y naciones dotados de un profundo sentimiento de solidaridad e identidad. Al mismo tiempo que el conocimiento histórico destaca la naturaleza social de los seres humanos, nos acerca a los artefactos que contribuyeron a soldar los lazos sociales: la lengua, los rasgos étnicos, el territorio, las relaciones familiares, la organización política…

Por las razones anteriores se puede afirmar que el conocimiento histórico es indispensable para preparar a los niños y los jóvenes a vivir en sociedad: proporciona un conocimiento global del desarrollo de los seres humanos y del mundo que los rodea. El conocimiento histórico es, ante todo, conocimiento del ser humano viviendo en sociedad. Si las nuevas generaciones están obligadas a conocer el presente, es conveniente que lo hagan a partir del pasado que ha construido ese presente. Es necesario que cada generación sepa actuar en el presente fundada en el conocimiento que le proporciona el análisis de la experiencia pasada.

Desde el inicio de la vida civilizada el conocimiento histórico ha sido el mejor instrumento para difundir los valores de la cultura nacional y para comprender el sentido de la civilización humana. La historia, al recoger y ordenar el conocimiento del pasado, se convierte en el almacén de la memoria colectiva, en la salvaguarda de la nación. La historia es el saber que da cuenta de las raíces profundas que sostienen las sociedades, las naciones y las culturas y, asimismo, es la disciplina que esclarece el pasado de los individuos: es el saber que desvela las raíces sociales del ser humano.



Para que la historia pueda cumplir sus funciones culturales, sociales, nacionales y educativas es preciso que satisfaga los siguientes requisitos:

1. Ofrecer a los niños conocimientos básicos sobre la historia y la geografía de México, con el fin de familiarizarlos con los fundamentos de la cultura nacional. Enseñar a los alumnos la historia y la geografía equivale a darles una visión del mundo y una memoria.

2. Despertar la curiosidad de los niños y los jóvenes por su pasado. Fomentar, mediante el uso de diversos métodos activos y complementarios, el estudio de los orígenes familiares y sociales, así como los de la región y la nación. Esta enseñanza es la base de su patrimonio cultural, concebido como una herencia del pasado a los seres humanos contemporáneos, que permite a cada uno encontrar su identidad. La identidad del ciudadano se basa en esta apropiación del patrimonio cultural heredado.

3. Hacer sentir a los niños y a los jóvenes que los conocimientos históricos no son adquisiciones definitivas, sino saberes sujetos a revisión constante. Lo que hoy conocemos puede ser modificado por el conocimiento de mañana, o puede ser puesto en duda por nuevos descubrimientos. El estudio de la historia debe fomentar la idea de que el conocimiento es un proceso en constante renovación, y estimular el sentido crítico y el espíritu de observación.

4. El estudio de la historia debe asimismo estimular las facultades que el humanismo propone desarrollar: “la capacidad crítica de análisis, la curiosidad que no respeta dogmas ni ocultamientos, el sentido del razonamiento lógico, la sensibilidad para apreciar las más altas realizaciones del espíritu humano, la visión de conjunto ante el panorama del saber, etcétera”.3 Enseñar a los alumnos a leer e identificar, es decir, a reconocer y nombrar, y más tarde a construir algunas frases para darle sentido a las cosas así reunidas, ejercita el juicio crítico y el razonamiento.

5. Rebasar el campo de la historia de México para hacer comprender a los jóvenes la importancia de la civilización y de la historia de otros pueblos. El conocimiento de otras culturas y tradiciones es la mejor manera de estimular la comprensión y el espíritu de tolerancia entre los jóvenes.

6. Utilizar los ejemplos históricos para enseñar cómo funciona la vida y la sociedad, y cómo pueden los jóvenes conocer los derechos y los deberes de los seres humanos, cómo se forjaron los valores que sostienen y alimentan al conjunto social, y cómo se reconocieron y aceptaron esos valores en el desarrollo histórico de los pueblos. Comprender el mundo contemporáneo y actuar sobre él como persona libre y responsable, exigen el conocimiento del mundo en su diversidad y en su desarrollo histórico.

7. Reafirmar la idea de que educar “es creer en la perfectibilidad humana, en la capacidad innata de aprender y en el deseo de saber que la anima, en que hay cosas (símbolos, técnicas, valores. memorias, hechos…) que pueden ser sabidos y que merecen serlo, en que los hombres podemos mejorarnos unos a otros por medio del conocimiento”.4

Aun cuando desde los inicios de nuestro sistema educativo la historia fue considerada una asignatura importante, sus contenidos, los modos de enseñarla, la formación de los profesores, los métodos que la difunden y sus resultados poco han contribuido a formar mejores ciudadanos y mexicanos. Casi no hay estudios sistemáticos que registren el desempeño pormenorizado de la enseñanza de la historia en las escuelas mexicanas. Pero los escasos que existen confirman la exactitud del diagnóstico hecho por un libro dedicado a examinar la realidad educativa del país: una catástrofe silenciosa recorre los diferentes ámbitos del sistema educativo nacional.5 Veamos, con mayor precisión, dónde se ubican estas catástrofes y cuáles son sus características.

Los contenidos. Supuestamente la enseñanza de la historia debería ofrecer a los niños y jóvenes una idea general sobre la formación de su país, sobre los principales procesos históricos que intervinieron en su desarrollo y sobre la diversidad de su población. Asimismo, la enseñanza de la historia debería ser un apoyo de la formación cívica de los estudiantes, debería capacitarlos para comprender la realidad social y el mundo que los rodea, y ofrecerles instrumentos básicos para actuar en el mundo exterior. Supuestamente la enseñanza de la historia, como la enseñanza en general, debería preparar a los niños a pensar bien, a reflexionar con propiedad y a manejar el conocimiento aprendido, de tal manera que pudieran transitar de la vida escolar a la vida productiva como individuos activos, participativos y creativos.

Sin embargo, en la realidad, los contenidos de los libros de texto y de los programas escolares se dedican a formar en las mentes de los niños una concepción estrecha del desarrollo histórico del país, dominada por la idea de una identidad nacional uniforme. No hay congruencia entre los propósitos declarados de la enseñanza de la historia y los métodos adoptados para transmitirla, que están regidos por la memorización y las prácticas obsoletas. El problema mayor que presentan los libros de texto es que su contenido carece de un propósito definido desde el punto de vista histórico y pedagógico. No está claro qué se quiere enseñar de la historia de México, ni para qué ni cómo. Los libros de texto tampoco enseñan a pensar y explicar los procesos históricos. A veces hay una contradicción flagrante entre los temas seleccionados y los métodos adoptados para explicarlos. Los materiales didácticos se reducen al libro de texto, que es utilizado como única fuente de información y de consulta. En fin, según los expertos, la educación básica padece las siguientes deficiencias:

Al igual que en la primaria, el plan de estudios de la educación secundaria continúa basado en una pedagogía abstracta, de información, irrelevante para la vida real de los estudiantes; se transmiten contenidos desvinculados del entorno social específico en donde se realiza la práctica educativa y, por esta vía, se garantiza el divorcio entre el conocimiento escolar y las demandas efectivas de la sociedad.6

Por lo general, las horas dedicadas a la enseñanza de la historia resultan insuficientes para cubrir el número de las materias. La disparidad entre los propósitos de los programas escolares y la realidad de la enseñanza se manifiesta en múltiples renglones. La contradicción entre el número de horas realmente disponibles y las materias que deberían enseñarse hace imposible cumplir el programa anual, lo cual deriva en frustración tanto para los profesores como para los alumnos.

Los métodos de enseñanza. Sabemos que entre la población mexicana una de las lecturas más frecuentadas es la de los libros de historia; pero en las escuelas los niños unánimemente tienen esta materia como la más aburrida y la consideran un verdadero suplicio. Según algunas encuestas los niños y jóvenes rechazan las clases de historia porque están basadas en la memorización y en procedimientos tradicionales. Son clases en las que están ausentes las técnicas que han renovado la impartición de conocimientos. Los profesores no fomentan el trabajo colectivo o las prácticas de grupo, y también están en contra de los métodos experimentales, las innovaciones pedagógicas y las visitas a museos o a los lugares históricos. En general, se manifiestan en contra de las técnicas que ponen en relación directa al alumno con los temas de estudio, y con las prácticas que los hacen pensar y actuar como individuos racionales. En todos estos casos el estudiante no es considerado un sujeto activo, sino un paciente sometido a la tutela del educador.7

Los educadores. En nuestro país, el “elemento constitutivo central de la educación es el maestro”.8 Sin embargo, los profesores son, sin duda alguna, uno de los puntos más débiles del actual sistema educativo. Las encuestas realizadas en el área de historia señalan que están mal pagados y carecen de motivaciones sociales e intelectuales para cumplir con su cometido, males que comparten con los demás profesores del sistema. Las encuestas revelan que en la mayoría de los casos no tienen una preparación especializada en los temas históricos. Los datos disponibles informan que gran parte de los profesores que imparten estas materias se formaron en otras especialidades. Esas mismas encuestas indican que los programas de actualización no han servido para remediar las deficiencias iniciales en la preparación de los maestros. Es decir, por su propia formación deficiente los profesores son los primeros en reproducir en el salón de clases los conocimientos obsoletos, las pedagogías inapropiadas y la frustración entre los alumnos. Son también los primeros en evadir el análisis y la autocrítica, pues atribuyen los fracasos de su enseñanza al exceso de materias, la falta de programas didácticos y de materiales de trabajo adecuados, o a las autoridades de la escuela.9

Otro de los problemas que afecta la enseñanza de la historia es la desvinculación entre el profesor de la materia, las autoridades de la escuela y los padres de los alumnos. En general, los directores de la escuela y los Jefes de Enseñanza desconocen los enfoques, las pedagogías y las necesidades del programa de historia, por lo cual no prestan oídos a los planteamientos que hacen los docentes, o toman una posición contraria a sus demandas.10 El sentimiento de frustración que crea esta relación se agudiza porque los docentes no están organizados académicamente para hacer valer sus críticas y propuestas. Estas deformaciones se han profundizado porque los padres de familia que las perciben no tienen voz ni voto en la educación que se imparte a sus hijos. Están completamente marginados del sistema escolar.

En resumen, entre los retos que enfrenta el sistema educativo está el de “desarrollar su capacidad para atender integralmente al docente, desde su formación inicial hasta su actualización, procurar el mejoramiento de sus condiciones de trabajo y de salario, y reconocer su valorización social”.11

Los alumnos. En la lista de catástrofes que agobian al sistema educativo mexicano uno de los sectores más agraviados es el de los alumnos. El primer agravio proviene de la frustración que experimenta el niño que va a la escuela a aprender la historia de su patria y recibe en cambio una retahíla de nombres, fechas y acontecimientos que antes que comprender tiene que memorizar. El segundo agravio lo reciente cuando en lugar de que la escuela establezca una relación de mutuo aprendizaje entre él y sus profesores, propicia una relación gobernada por el autoritarismo, la no comunicación y la represión. El tercer y más resentido de los agravios es la carga de aburrimiento, apatía, rechazo y nulo aprovechamiento que inunda al alumno en las clases de historia; una carga que ahoga cualquier estímulo para estudiar, comprender o investigar.12

Es decir, la enseñanza de la historia es contraria a los ideales básicos del sistema educativo. En lugar de enseñar inocula deficiencias en la formación de los alumnos y malquista al estudiante con la educación, los profesores y la escuela. Antes que estimular a los alumnos a ejercitar la crítica y abrirse al entendimiento de nuevos problemas, los encierra en la memorización insustancial y la apatía. Estas deformaciones de la enseñanza de la historia se localizan en la enseñanza básica y se prolongan en la media y superior. Es decir, hay una crisis general de la enseñanza de la historia en el sistema educativo mexicano.

No nos engañemos: la imagen que tenemos de otros pueblos, y hasta de nosotros mismos, está asociada a la Historia tal como se nos contó cuando éramos niños. Ella deja su huella en nosotros para toda la existencia. Sobre esta imagen, que para cada quien es un descubrimiento del mundo y del pasado de las sociedades, se incorporan de inmediato ideas fugitivas o duraderas (…) al tiempo que permanecen, indelebles, las huellas de nuestras primeras curiosidades y de nuestras primeras emociones. Marc Ferro13

Si esta aseveración de Marc Ferro es cierta, como lo creo, entonces los mexicanos estamos obligados a emprender una reforma radical de la enseñanza de la historia, porque la historia que hasta ahora hemos enseñado en nuestras escuelas está plagada de deficiencias y se enseña terriblemente mal. No soy experto en asuntos educativos ni en materias pedagógicas, dos aspectos clave en cualquier programa de reforma educativa. Sin embargo, pienso que la reforma que necesitamos debe sustentarse en una estrategia que aspire a alcanzar los siguientes objetivos.

Primero. Promover una encuesta exhaustiva de la situación actual del sistema educativo. Como dije antes, en México son escasas las encuestas rigurosas sobre un fenómeno tan cambiante y sujeto a transformaciones profundas como la educación. Los países avanzados hacen periódicamente este tipo de ejercicios de evaluación y anualmente revisan las variables más sensibles a los cambios. Es evidente que para emprender una reforma rigurosa del sistema educativo se requiere una encuesta exhaustiva, amplia y sistemática, que permita elaborar un diagnóstico realista de los problemas que hoy afectan a las tareas educativas. Y es asimismo necesario que esa acción se encomiende, como se hace regularmente en Francia y otros países, a las personas más capacitadas y comprometidas con los desafíos educativos de su país.14

Segundo. Elaboración de un programa de reformas basado en los resultados de la encuesta anterior. Es imprescindible que la propuesta de reformas a los métodos de enseñanza y al sistema educativo sea elaborada por una comisión integrada por un equipo de profesores, pedagogos, historiadores, padres de familia, escolares y expertos altamente calificados y comprometidos con el buen desarrollo del sistema educativo. Quiero decir que deberá ser una comisión independiente del sistema corporativo que hoy impide que la educación sea un asunto de interés público y una responsabilidad nacional.

Tercero. El programa de reformas debe estar integrado por acciones inmediatas, seguidas por otras de mediano y largo plazo, y las tres deberán ser objeto de evaluaciones periódicas que habrán de darse a conocer a la opinión pública.

La reforma de la enseñanza de la historia y del sistema educativo no puede olvidar que la enseñanza “nunca es una mera transmisión de conocimientos o destrezas prácticas, sino que se acompaña de un ideal de vida y de un proyecto de sociedad”.15 La nueva propuesta educativa debe ser coherente con el proyecto de sociedad democrática que están construyendo los mexicanos, y debe rechazar los ideales de educación negativos. Como dice Savater, el proyecto democrático y universalista de educación debe rechazar “el servicio a una divinidad celosa cuyos mandamientos han de guiar a los humanos, la integración en el espíritu de una nación o de una étnia como forma de plenitud personal, la adopción de un modelo sociopolítico único capaz de responder a todas las perplejidades humanas, sea desde la abolición colectivista de la propiedad privada o desde la potenciación de ésta en una maximización de acumulación y consumo que se compromete con la bienaventuranza”.16

Por último, para alcanzar estos objetivos, habría que retomar las propuestas sociales del Acuerdo Nacional para la Modernización de la Educación Básica (1992). El mensaje de este documento decía que la “magnitud y trascendencia de la obra educativa que reclama el futuro de México entraña la participación de cuantos intervienen en los procesos educativos”, por lo que es indispensable fortalecer la capacidad de organización y participación en la base del sistema: la escuela misma, los maestros, los padres de familia y los alumnos. Se trataba de “desplegar la energía social para un decidido enriquecimiento de la educación”, fundado en “una amplia participación social en la educación”.17

Enrique Florescano
Historiador. Entre sus libros, Memoria mexicana y La bandera mexicana: Breve historia de su formación y simbolismo.


1 Eric Hobsbawm: On History. Weidenfeld and Nicholson. Londres, 1997, p. 28.

2 Charles Samaran (comp.): L’histoire et ses méthodes. Bibliothèque de la Pleiade, Gallimard, Paris, 1961. p. 37.

3 Fernando Savater: El valor de educar. Instituto de Estudios Educativos y Sindicales de América, México. 1997. p. 125. Véase también el manual francés Histoire-Geographie, Education Civique. Centre National de Documentación Pedagogique. París, 1998.

4 Ibid. pp. 23-24.

5 Gilberto Guevara Niebla (comp.): La catástrofe silenciosa. Fondo de Cultura Económica. México, 1992. Véase también Felipe Martínez Rizo: “La planeación y la evaluación de la educación” en Pablo Latapí Sarre (comp.): Un siglo de educación en México. Fondo de Cultura Económica. México, 1998,I, pp. 288-318.

6 Gilberto Guevara: Ibid., pp. 45-46; véase también Victoria Lerner Sigal: “El manejo de los contenidos en la enseñanza de la historia: el factor tiempo y el factor espacio” en La enseñanza de Clío, UNAM-CISE- Instituto Mora, México, 1990, pp. 209-230; Raúl Vargas Segura: Del pensamiento histórico a su aprendizaje, Mecanoescrito, 1999.

7 Raúl Vargas Segura: Ibid., pp. 3-4.

8 Silvia Schmelkes: “La educación básica” en Pablo Latapí Sarre (comp.): Op. cit., p. 185.

9 Raúl Vargas Segura: Op. cit.. pp. 8-10; Schmelkes: Op. cit., pp. 186- 187.

10 Silvia Schmelkes: Ibid., pp. 189 y ss.

11 Silvia Schmelkes: Ibid., p. 191. Véase también María de Ibarrola: “La formación de los profesores de educación básica en el siglo XX” en Pablo Latapí Sarre (comp.): Op. cit., pp. 230-275.

12 Raúl Vargas: Op. cit., p. 4. Véanse tPara qué estudiar y enseñar la historiaambién los artículos que tratan estos temas en la obra de Victoria Lerner: Op. cit.

13 Marc Ferro: Cómo se cuenta la historia a los niños en el mundo entero. Fondo de Cultura Económica, México, 1995, p. 9.

14 Un modelo de este tipo de encuestas es el ya citado de René Girault: L’historié et la géographie en question, Ministère de l’éducation nationale, Paris, 1983.

15 Fernando Savater: Op. cit., p. 155.

16 Ibid. pp. 163-164.

17 Pablo Latapí Sarre: “Perspectivas hacia el siglo XXI” en Op. cit., pp. 422-423.

RELACIONADA: Los vencidos del 5 de Mayo/Primera parte

Segunda parte



… ¡Los franceses van a entrar!

Hay que franquear todavía un foso ancho y profundo… un obstáculo tan serio como imprevisto. Pero nuestros hombres se sienten electrizados a la vista de la bandera que ha sido plantada orgullosamente contra el borde de la contraescarpa, a unos cuantos pasos de las bocas de los cañonea mexicanos. El valiente que la conducía cae mortalmente herido por una bala. Un suboficial toma su sitio de honor y cae a su vez. Entonces, un zuavo de barba gris que tiene fama bien sentada de bravura y que gracias a ello puede llamar “mis muchachos” a sus oficiales empuña a su vez la bandera y la hace ondear por encima de su cabeza, con un gesto de desafío. “¡Vengan a buscarla!”, grita con voz de trueno. Pero de pronto, con un movimiento convulsivo, estrecha contra su pecho aquel tesoro precioso, se desploma y rueda con él hasta el fondo del foso.



Nuestros soldados acaban de bajar a las profundidades del último abismo que les separa del fuerte… ¿Tanto valor, tanto heroísmo, irán a estrellarse contra las murallas del viejo convento? Todas las miradas se tienden en busca de una brecha, por estrecha que sea. De una grieta, de una piedra sobre que apoyar el pie… Ya comenzaron a escalar… el uno monta sobre los hombros del otro… se profieren gritos… se comunica el ánimo…se da valor… Otros llegan… Se hacen nuevos esfuerzos… Resistid, mis muchachos, un poco más de resistencia… Vienen nuevos compañeros, que tienen también, como vosotros, la voluntad firme de vencer. Se recargan contra el muro las escalas traídas por los soldados del cuerpo de ingenieros; bajo un fuego terrible, al alcance de disparos que se hacen a quemarropa, nuestros valientes soldados suben al asalto… ¿Habéis visto jamás un hecho de armas? No, si no habéis participado en él como autores, en cualquier forma que sea. No hay simples curiosos, digámoslo así, para esas hecatombes, para esos esfuerzos supremos de la energía humana. Todos los que están ahí lo están para empuñar un fusil o blandir una espada, si no es que para recoger o bendecir a los caídos.

Ya he visto varios asaltos, he asistido también a varios de ellos. ¿Qué siente uno en medio y cerca de esos luchadores terribles? Yo creo que no se me podría responder sino en el instante y en el lugar mismo… Aun así, ¿podría explicarse con palabras lo que pasa dentro de uno? Dudo que sea así. Pero de todas maneras, con sólo pensar en ello, siento como un estremecimiento que gana todo mi ser. Podría quizás describir lo que me ha tocado ver en esos instantes solemnes, espantosos, supremos para la vida del hombre… pero decir lo que se siente… imposible y jamás. Todos los autores de dramas así de terribles repetirán lo que acabo de afirmar.



El general Negrete estaba en el fuerte con numerosos defensores a los que había reforzado con tropas enviadas desde el centro de la ciudad. Había diez piezas de artillería y obuses de montaña. Alrededor de la iglesia, un reducto defendido sólidamente por tres líneas de fuego superpuestas.

Desde lo alto de esas terrazas, que todavía paréceme que contemplo, los tiradores, protegidos detrás de sacos de arena, abrían brecha en la masa compacta de los asaltantes.

Ya comenzáis a comprender las fases de esta lucha terrible… podéis también ver a nuestros soldados descendiendo hasta las profundidades del foso. ¡Qué ir y venir…! Buscan por dónde llegar hasta las murallas… Animan mutuamente…Se llaman… Ved ahí a uno suspendido de una piedra que no sobresale apenas de las del resto del muro… Aquel otro que ha metido la mano en una grieta cualquiera. NO han dejado por eso sus fusiles… Otros se izan, se empujan, se sostienen… Se llega hasta lo alto, a pesar de la fusilería, a pesar de la metralla, que se dispara a boca de jarro… Se contemplan hechos de armas como difícilmente la historia volverá a registrar. Entre los dichosos que han llegado hasta lo alto del muro, está el clarín Roblet, de los cazadores… ¿Escucháis acaso con qué furia, entre una granizada de balas, les hace oír a sus camaradas las notas brillantes de la carga, de una carga propia para destruirlo todo, para ponerlo todo de cabeza para llegar a donde él está?



El clarín Roblet arrebata a sus compañeros… les da fuerzas a fuerza… se le obedece… se llega… hay cazadores y zuavos sobre el parapeto. Ved a esos rostros, a esas cabezas inclinadas hacia adelante que miran buscando a un enemigo. Algunas apenas si han logrado pasar la altura del parapeto con la cabeza o con el pecho cuando una bala los arroja a las profundidades que acaban de franquear. Pero no temáis que los demás se detengan… se sube, se seguirá escalando.

A esta altura se empeña la lucha cuerpo a cuerpo… Qué carnicería tan espantosa… qué encarnizamiento… La sangre corre a borbotones de las heridas anchas y profundas… Las armas chocan, se retuercen… caen hechas pedazos… la sangre corre a torrentes, esfuerzos inauditos en que el hombre ha de vivir un año, muchos años de su vida, en unos cuantos instantes.

Los defensores de la plaza son rechazados por un momento. Ved ahí a esos luchadores terribles sobre la cresta de las altas murallas, al borde de un abismo hasta el que han rodado cadáveres bastantes como para cubrir toda aquella profundidad siniestra. ¡Vedlos ahí, tal y como se ha dicho, leones rodeados de “chacales” que se creen sin embargo suficientemente numerosos como para vencer y devorarlo todo!... Le hacen frente a toda la guarnición que se precipita contra ellos.

Mientras que ese asalto prodigioso se empeña por la izquierda, la columna Morand ataca por la derecha de la posición. ¿Qué les va a suceder a esos muchachos intrépidos, listos siempre y en cualquier circunstancia a cumplir con su deber? Vamos a seguirlos. Se verá que ellos también han sido capaces de hacer prodigios. Y siempre, desde luego, tomando en cuenta que el terreno que tienen que recorrer está también lleno de hondonadas, cubierto de obstáculos de toda clase, sembrado de defensas naturales. De pronto ven ante sí, desplegados y perfectamente emboscados sobre la cresta que une los fuertes de Loreto y Guadalupe, cinco batallones de infantería mexicana que los reciben con un fuego violente de fusilería. ¿Qué importa? Se lanzan al ataque corriendo en línea recta al encuentro del enemigo. Pero en ese momento se descubren las baterías de Loreto, que hasta entonces habían permanecido silenciosas e invisibles y que baten el flanco de la columna de ataque.

El batallón de marina, la infantería de marina y una batería de montaña que habían estado de reserva se precipitan entonces en auxilio de sus camaradas. La batalla se reanuda con encarnizamiento entre aquellos combatientes que buscan la victoria a toda costa.

¡Llega un socorro!... ¿De dónde viene?... Una fuerza de caballería, que trae las insignias de los que forman la comitiva de Almonte, ha salido de Puebla por detrás del Fuerte de Loreto y corre hacia nosotros repitiendo mil veces el grito de: ¡Almonte, Almonte!... Son amigos que vienen… Nuestras filas se abren para recibirlos… Pero no es más que un ardid de guerra, son hombres de la caballería enemiga que cargan contra nosotros con obstinación. No hay ilusión posible… Aun así, se les hace frente con tanto vigor que tienen que regresar al fuerte.

Sin embargo, tomadas entre los fuegos cruzados del fuerte y de los cinco batallones tendidos sobre las alturas, nuestras tropas renuncian a prologar la resistencia frente a una avalancha de metralla y un enemigo tan numeroso y tan bien abrigado. Se repliegan detrás de las primeras anfractuosidades del terreno. Su concurso falta pues al ataque de la izquierda, que continúa desplegando esfuerzos heroicos, hasta el punto de que en las últimas filas de los defensores de Guadalupe, se discute ya acerca de si el fuerte deberá ser abandonado en manos de los franceses. Un camino cubierto que después pude yo seguir une el Fuerte de Guadalupe al de Loreto. Por ahí se hubiera podido descender hacia la ciudad. Sí, los defensores de la plaza fueron rechazados por breves momentos.

Hay patios y callejuelas entre las construcciones del viejo claustro… Levantaos vosotros, sombras de quienes los habitaron en la paz y en el silencio y que dormís hoy en sepulturas que fueron cavadas seguramente por vosotros mismos.

Contemplad esos héroes que vinieron de tierras lejanas. No temáis que hayan llegado para profanar vuestra última morada. No vienen a buscar tesoros ahí donde reposan vuestros huesos y vuestro polvo sagrado. Tampoco vienen a poner desorden en las sepulturas. No luchan contra los muertos ni contra los débiles. .. Vedles luchando contra seres vivos a quienes no quieren vencer sino para resguardar la libertad de los que os sucedieron, por el honor de vuestros altares en cuya defensa todavía muchos más habrán de caer… ¿Qué ha sido de los altares ante los cuales vosotros mismos rezasteis vuestras plegarias? Yo he visto por tierra muchas de esas piedras sagradas, las he visto rotas, profanadas, informes entre el polvo y la desolación de los caminos. ¡Levantaos, pues! Admirad a los defensores de vuestra fe y de la independencia de vuestros hermanos… ¡levantaos!… y orad…

Algunos de nuestros soldados han logrado llegar, a pesar del fuego y del hierro, hasta el laberinto de las viejas construcciones. La lucha se redobla… hay encarnizamiento… matanza…

El número acabó por imponerse… Nuestros soldados han muerto, pero cumpliendo valientemente con su deber. ¿Un hombre de paz puede decir siquiera que gozaron del consuelo glorioso de unos funerales brillantes?... Dormid, hijos míos, dormid vuestro sueño de paz. Yo vendré a bendeciros y a rezar en vuestra tumba gloriosa.

Un solo hombre escapó. ¿Puedo decir que fue de un calvario? No, prefiero llamarlo glorioso Tabor. Fue el clarín de los bravos cazadores de a pie que, parado sobre las trincheras, lanzaba a sus camaradas las notas arrebatadores de la carga. Ya dije el nombre de este héroe, pero lo repito aquí. El nombre de Roblet, del Séptimo de Cazadores, debe pasar a la historia…

Señor general comandante en jefe, ¿es un fracaso el que acaban de sufrir vuestros soldados? No; para vos, el resultado de esta primera tentativa no puede ser dudoso. Por eso no perdéis el ánimo. Por eso mismo tomáis ya un nuevo partido. Comprendiendo la debilidad de la artillería con que contáis y habiendo intentado inútilmente escalar las alturas, franqueando así los obstáculos que se ofrecían a cada paso, la habéis condenado a una lamentable inacción… Sin embargo, todavía podéis aspirar a la victoria. Así está bien, mi general… Hay que saber aceptar las peripecias de una batalla sin dejarse dominar por ellas. Para un comandante en jefe la serenidad representa siempre la posibilidad de hacer nuevas combinaciones o, mejor todavía, de seguir hasta su culminación un plan que se haya elaborado previéndolo todo, pero con subordinación a las eventualidades que pueden presentarse de manera inopinada.

Ahora bien, general, desviad vuestras miradas por un instante de las pendientes de Guadalupe. ¿Qué pasa en la llanura? Dos compañías del Primero de Cazadores que manda el capitán Lellier han permanecido en línea de tiradores, en la retaguardia de ese batallón que sube al asalto. Le hacen frente a los jardines de Puebla y deben proteger el flanco de sus camaradas. Pero de pronto son asaltados por una nube de jinetes mexicanos. Reunirse, al paso veloz, alrededor de su jefe; hacerle frente al enemigo, formando cuadro; presentarle, con sangre fría, un muro inquebrantable, es para nuestros soldados cuestión de un momento. Los escuadrones enemigos que avanzan al galope tendido vienen a estrellarse contra las bayonetas de los cazadores sin abrir una sola brecha en esta muralla erizada de acero. Una segunda carga es rechazada del mismo modo y nuestra ciudadela humana permanece inconmovible. Los huecos que pueden abrirse al chocar contra 1 400 o 1 500 hombres de a caballo se cierran al instante. ¿Cuántos son nuestros cazadores? ¡Alrededor de 130!... Lo cual prueba que en un combate cuentan más el valor y el heroísmo que el número.

El general Lorencez, al rendir parte, dirá:

Esas dos compañías se defendieron de tal modo, que no sabría yo si debería admirar más a los que avanzaron para hacerle frente al fuego de Guadalupe, o a los cazadores que, sin impresionarse por el número de los enemigos que los rodeaban, se agruparon con la mayor serenidad, matando y acabando de dispersar a los hombres de a caballo que los atacaban.

Los vencidos del 5 de Mayo (Segunda Parte)

El general Lorencez se prepara para ordenar un nuevo ataque contra la plaza. Quiere lanzar contra Guadalupe dos compañías de zuavos que han permanecido cerca de él, como reserva, a media cumbre; dos compañías que esperan impacientes, según se debe pensar, lanzarse sobre aquellas murallas desde las que Roblet los convoca con notas agudas y heroicas; Roblet, al que las balas siguen respetando… Roblet, que es una bandera y que es en aquel momento el resumen de lo que representa el valor y el genio de Francia. ¡Cómo se veía hermoso aquel clarín del Primero de Cazadores sobre esa muralla, sobre esas trincheras de las que se había hecho dueño! Él mandaba, se le obedecía.

Lorencez preparaba una nueva tentativa, cuando una circunstancia fatal vino a echar por tierra y a dejar para más tarde ese laurel de la victoria que nuestro ejército estaba a punto de alcanzar con mano valerosa y palpitante. Lo que ocurrió fue que en la atmósfera se produjo uno de esos cambios bruscos como sólo se contemplan en las regiones tropicales. Un negro velo monta y se extiende y se hace rápidamente más espeso bajo aquel cielo extraño. Con él camina algo así como una oscuridad de noche cerrada. El viento del sur sopla con violencia. Y se desata de pronto una tempestad de polvo y de arena. A unos cuantos pasos de distancia no se puede distinguir lo que ocurre ni lo que pasa.

… Esta primera tempestad pasa tan rápidamente como el viento que la arrastra… ahora se creería estar bajo una bóveda sombría que se apoyara sobre las frentes fatigadas y canosas de esos gigantes del mundo que han surgido de la inmensa planicie y que son el Popocatépetl, el Iztaccíhuatl, la Malinche y el Pico de Orizaba… ¿Cuál es su profundidad?... En unos cuantos minutos se desploma… Y en medio de sus ruinas, de sus avalanchas, se ven círculos inmensos de fuego que parecen multiplicarse. Se hacen más grandes los estruendos del trueno que repiten con fidelidad y con furia los ecos de la montaña. Unidos a esos sublimes horrores, el tronido del cañón se escucha mezclado con las voces formidables del cielo… Los disparos de los cañones y los obuses estallan sobre las rocas, o en el curso de sus parábolas, que parecen continuar los surcos de fuego… que surgen de las nubes… La obra de Dios… confundida con la de los hombres… Voz de Dios que llevará siempre la primacía sobre las voces que él permite a la materia… Y el cielo descarga en torrentes de lluvia y granizo.

Si no habéis visto esas tempestades que comienzan por un huracán, por esos terribles remolinos de polvo y arena, por esos relámpagos tremendos… Di no habéis visto, después, el granizo y la lluvia cayendo como un diluvio, no podréis formaros la menor idea de ello.

Vosotros, que estuvisteis en el campo de batalla que se extendió desde Castiglioni hasta Solferino y Volta, ¿os recordáis de esa terrible tempestad que vino, por decirlo así, como mensajera del cielo, para anunciar con su voz potente que había que terminar? Muchos muertos y muchos agonizantes habían quedado esparcidos sobre las llanuras de la Lombardía… Y el cañón francés y el cañón austriaco siguieron por mucho tiempo pugnando por hacerse oír junto con la voz de Dios, para que su estruendo fuera repetido por los últimos picachos de los Alpes que incendiaba el rayo y desgarraba el alma. Por cuanto a mí, pequeño ser perdido en medio de los muertos que bendecía y de los agonizantes que consolaba por la última vez, aún recuerdo todos aquellos desgarramientos de la naturaleza y todos los estremecimientos de nuestros altivos batallones, que a toda costa, incluso bajo un cielo que parecía desplomarse, luchaban por conseguir la victoria… ¡Porque a veces para el Todopoderoso ésta es la manera como transmite sus órdenes y su voluntad soberana!

Aquí, pues, y con toda la potencia y la furia de las regiones tropicales, los elementos conspiraron contra nosotros. Ya comenzaron su nefasta obra en el mismo campo de batalla, desde los primeros instantes de su terrible tormenta. El rayo ha herido y hecho astillas un pino que crecía solitario en la cresta de la montaña. El estruendo del cañón aterroriza, pero se habitúa uno a él. ¿Puede uno habituarse, en cambio, tan repentinamente el estruendo del rayo? Los elementos impresionan más que la cólera de los hombres, cualquiera que sea el medio que éstos puedan emplear.

Los mexicanos, en medio de esta terrible sacudida de la naturaleza, no oponen ya más que una resistencia débil. Nuestros primeros soldados, que habían llegado hasta las murallas y hasta los puntos avanzados de Guadalupe, habían muerto o estaban mortalmente heridos. Los que han sido lanzados a su rescate, los que han permanecido a escasos cien metros, no habrían dejado de llegar seguramente de llegar hasta el interior del fuerte… Pero el viento y un polvo espeso lo ocultan todo a sus ojos… Y esas nubes que, después de haberse reunido, como si fueran montañas negras y profundas, compactas y furiosas, se entreabren y vierten torrentes de granizo y lluvia… Las pendientes se hacen de tal manera resbalosas que los hombres apenas pueden permanecer de pie. Los zuavos y los cazadores emprenden un último esfuerzo, un esfuerzo supremo, sublime, contra los elementos desencadenados, contra los obstáculos que sin cesar renacen… El suelo parece faltarles bajo los pies… Para no ser arrastrados por el torbellino que no cesa, por ese viento tempestuoso, vedles aferrarse a las rocas que surgen de la tierra, a los arbustos espinosos que desgarran y ensangrientan sus manos… Su voluntad los lleva adelante… Pero parece como si todas las potencias enemigas los hubieran clavado, inmovilizándolos para privarlos de la victoria que tanto merecían.

¡Valientes muchachos!... ¡Fuerza es deteneros al momento en que ya estabais por alcanzar la victoria!... ¡Fuerza es deteneros!... Pero no, a pesar d todo y contra todo, yo los vi luchar todavía. Los hubo, en los últimos momentos del combate, que llegaron a estar en los fosos; ahí no hay más que cadáveres… Quieren escalar las rocas, los muros que los separan del enemigo. Pero ahí está la tormenta que paraliza sus voluntades. La resistencia humana tiene límites. La voluntad, sobre todo una voluntad como la de estos bravos soldados, ¿lo podría entender?, no… Pero la voz de mando estaba ahí para indicárselos, para mostrárselos, en resumen.

¡Son las 4 de la tarde!... ¡La última hora para los muertos!... ¡Las 4 de la tarde!... Y todo terminó para los héroes que cayeron. Ante la imposibilidad de sostener la lucha por más tiempo, Lorencez ordena que se toque retirada. La orden llega apenas a los oídos. Pero todos la comprenden bastante como para obedecer. Y… ¡obedecen!!!

Descended, mis muchachos. Habéis luchado noblemente en uno de los combates de Francia. Retiraos, pues, tristes indudablemente, pero no creáis que habéis sido vencidos por hombres que son vuestros semejantes. Había una resistencia que no precedía de ellos y que venía de más allá.

He aquí lo que decía el general en jefe en su orden del día:

Cuando me di cuenta de que era imposible prolongar por más tiempo la heroica lucha en que estábamos empeñados, hice descender los batallones que la sostenían aprovechándome de los accidentes del terreno hasta detenerlos al pie del cerro para que tomaran nuevamente sus mochilas. Quedaban por evacuar los heridos que,, durante el combate, había hecho llevar hasta la granja situada a 2 200 metros del fuerte. Los hice salir en pequeñas fracciones, para evitar el fuego de la artillería mexicana, que seguía disparando sobre todos los grupos. Cuando esta operación quedó terminada, la noche estaba ya a punto de caer. Nuestras tropas se retiraron hasta nuestro campamento por escalones, en el mayor orden y sin que el enemigo se atreviera a avanzar contra ellas.

Se había comenzado la marcha a las 5 de la mañana. Se combatía desde el mediodía. Y tan lejos como pudieron todavía alcanzar a nuestros batallones, los proyectiles mexicanos los siguieron en nuestra retirada. Sí, había tristeza en las miradas y en las palabras. Nuestros soldados habían descendido con paso tranquilo y bien medido de las mismas alturas que habían escalado por la mañana abrigando tantas esperanzas… Muchos compañeros, allá arriba, dormían el sueño de la muerte.

La noche tendió su velo sombrío, velo de duelo, sobre el campo de batalla y ocultó ante los ojos del enemigo a las columnas francesas. Se hizo el silencio en los fuertes. En la planicie se escuchaba el rodar de nuestras carretas y de nuestra artillería, lo mismo que el ruido acompasado de la marcha de nuestros soldados… A las 9 de la noche llegamos a nuestro campamento, montados a caballo sobre el camino que conduce de Amozoc a Puebla, y al pie de las tres eminencias desde las cuales nuestras avanzadas podían vigilar la planicie. La ambulancia se instaló en la Hacienda de los Álamos.

Las naciones tienen derecho de interrogar sobre el saldo de un día de batalla. Permítaseme que yo proporcione el de la Batalla del 5 de Mayo. Sobre 2 500 hombres que subieron al asalto, cerca de 500 han quedado muertos, heridos o prisioneros en poder del enemigo.

Mundo Nuestro. Publicado por el Fondo de Cultura Económica en el año de 1973, el libro Los vencidos del 5 de Mayo, escrito originalmente en pergamino por el abate francés Jean Efrem Lanusse, debe ser lectura obligatoria de los mexicanos. El autor acompañó por más de veinte años, entre 1850 y 1870, como capellán al ejército expedicionario francés, entre los imperios del siglo XIX, uno de los más activos. Es probable que esta crónica la haya escrito ya de regreso en Francia, ya en la década de los ochentas de aquel siglo.

Con un prólogo excelente a cargo de Marte R.Gómez, un ingeniero agrónomo tamaulipeco que participaría en la revolución y en los primeros repartos de tierra en territorio zapatista, y quien llegaría a ser secretario de Agricultura en el régimen posrevolucionario, el libro es una crónica de los acontecimientos provocados por la invasión francesa en 1862, centrado por supuesto en la batalla del 5 de Mayo. El abate escribió tres episodios de la expedición en México, el combate de Camarón, la batalla del Cerro del Borrego, y nuestra propia epopeya.

Hasta donde sabemos, es español sólo se ha publicado esta visión de los vencidos del 5 de Mayo.

Mundo Nuestro publica nuevamente en dos tantos un extracto del relato de la batalla que, más allá de todos los lugares comunes de nuestro nacionalismo, encarrilla finalmente ese complejo proceso por el que el pueblo mexicano encontró su destino como nación.

Primera parte



Los vencidos del 5 de Mayo

Los vencidos del 5 de Mayo

Nos veremos mañana, general Zaragoza.



Es el 5 de mayo de 1862, y estamos a 16 kilómetros de Puebla. Al despuntar el alba, la columna deja Amozoc, donde nuestros hombres habían descansado una noche después de pasar muchas fatigas… A pesar de ello nuestros soldados dan muestral del mismo entusiasmo, del mismo arrojo que han sabido ofrecer en todas las grandes ocasiones, lo mismo que en todos los campos de batalla. Que se les hable de subir al asalto de los dos fuertes que dominan a la ciudad, o de marchar de frente contra las potentes barricadas erizadas de cañones y de numerosos defensores y se verá si no son como siempre los soldados del deber y de la disciplina, los hijos de la Francia militar y los caballeros que, por encima de todo, van al encuentro del peligro como si no existiera. Por lo demás, tienen la convicción de que el existo está asegurado.

Y llevan en el corazón confianza ciega en las ordenes y en las consignas de sus jefes. Marchad, pues muchachos, sin inquietud ni antes o después del combate. Durante la batalla toda ha sido previsto, después de ella tendréis vuestro repuesto en víveres y municiones, si acaso os falta. El enemigo no podrá apoderarse de las carretas en que os será llevado. Sobre ellas velarán camaradas vuestros que están resueltos a defenderlas a cualquier precio.

A las 9:30 bajo un sol que reparte torrentes de luz y después de haber sobrepasado algunos accidentes del terreno, nuestro ejército se encuentra a la vista de Puebla… ¡Puebla! La Puebla de las mil torres y campanas, con su multitud de ricas iglesias dibujándose contra el cielo purísimo… ¡en medio de una planicie que parece inmensa!… Al este, detrás de nosotros, hemos dejado las nieves eternas del Pico de Orizaba. A lo lejos, frente a nosotros, por el oeste, una veintena de leguas, están el Popocatépetl y el Iztaccíhuatl con sus nieves eternas. A nuestra derecha, por el noroeste, está la cadena de montañas de La Malinche.





¡Guerra!... Lucha atroz, horrible… Lucha insensata de los hombres y de las cosas, ¡yo te maldigo! Estamos en presencia de una de las grandes obras de Dios y, sin embargo, apenas si la miramos. Se va a matar y a morir… Todo el pensamiento está concentrado en ese propósito: ¡matar!

Matar a nuestros semejantes a sangre fría, sin enojo… matarlos obedeciendo la voz del mando porque se nos ha dicho que hay que matar. ¿Se ha conocido acaso…. al que inventó la guerra?

En nuestra marcha de Amozoc a Puebla sólo encontramos un tropiezo, ya casi a la vista de la ciudad. Fue una línea de tiradores que apareció por nuestro flanco derecho abriendo fuego contra los nuestros. Rechazada por nuestros cazadores a pie, se dio a la fuga y desapareció detrás de las colinas rocosas que unen Guadalupe a Puebla.

Mientras que nuestros soldados preparaban el café, el coronel Valazé, jefe del estado mayor, seguido de un escuadrón de cazadores, se dispuso a practicar un reconocimiento en dirección al norte. Quería estudiar el terreno en dirección de Guadalupe y juzgar, hasta donde fuera posible, la posición del fuerte.

Fue entonces cuando un general mexicano, que formaba parte de la comitiva de nuestro general en jefe, le aseguró una vez más al comandante del Cuerpo Expedicionario que las puertas de la ciudad serían abiertas y sus autoridades le ofrecerían las llaves de la misma entre repiques de campanas y gritos de alegría de una población rebosante de entusiasmo, y que, por ello mismo, ese mismo general declaraba que el reconocimiento resultaría completamente inútil.

Esas palabras nos fueron trasmitidas por uno de nuestros oficiales que las oyó y las escribió al día siguiente en forma de nota. Por lo demás, ¡muchas otras veces nos había repetido lo mismo con respecto a la buena acogida que se nos brindaría pro todos lados!

El coronel Valezé sin embargo, llevó a cabo su reconocimiento.

Los mexicanos estaban decididos a defender a Puebla a toda costa. Amén de las numerosas y sólidas barricadas con que habían cerrado las calles alrededor de la catedral, en el centro de la ciudad, habían formado también un amplio reducto, Zaragoza contaba aproximadamente con 12 mil hombres, que mandaban los generales Berrriozábal, Díaz, Negrete, Lamadrid, Tapia Álvarez. También había destacado tropas que cerraban el paso a las partidas de reaccionarios que trataban de incorporarse al ejército francés, el que por su parte había hecho alto a los tres kilómetros de la ciudad. Negrete ocupaban las alturas con unos 1 200 hombres y dos baterías de campaña y de montaña. El resto de las tropas vigilaban la planicie por donde se esperaba el ataque.

¿Y nuestros soldados?... ¡Nuestros soldados hacían café!... Lo acabo de decir, a tres kilómetros, en las narices mismas de los mexicanos, que ocupaban los fuertes de Loreto y Guadalupe, y con los cuales se iban a medir de un momento a otro.

Se lleva el valor en el corazón… el valor nos acompaña todos los días y a todas horas. Sin embargo, cuando suena la hora, hace falta inyectar un poco más de energía en los miembros que están para acometer una hazaña que se sale de lo común. Nuestros muchachos hacían su café con la misma calma, con el mismo aplomo, diría yo, que si hubieran estado en Longchamps, en espera de una de las granes revistas del emperador. Porque el soldado francés, en campaña, es el ejemplo más acabado de la imperturbabilidad que se pueda ver. Está más tranquilo, tiene más aplomo, ésa es la palabra, y parece más buen chico, quizás, que cuando se encuentra en el cuartel de Babilonia o en la hortaliza donde suele parecer más preocupado, más pensativo… ¡No sabe de qué! Por qué constaría trabajo que él mismo lo dijera. Pero, en resumen de cuentas, no tiene el aspecto indeciso, esa apariencia, esa actitud de astucia que no lo abandona nunca cuando está en campaña. Porque en estos casos no es una lluvia cualquiera, sino un torrente de frases ingeniosas, de agudezas que asombran y que cautivan, las que salen de sus labios y hacen que las gentes dejen de pensar en ellas mismas… para ser todo oídos. Un poeta diría: esta lozana juventud va en pos de la muerte... y la mayoría de ella encontrará heroicamente, combatiendo… ¡Sus voces son como el último canto del cisne!... Esto y aún más si se quiere, inclusive, y con muchos signos de admiración, señor habitante del Parnaso. Por cuanto a mí, sólo veo en ellos a los mejores solados del mundo, a los soldados de Francia que desprecian a la muerte para cumplir su deber y para que una nueva gloria se pose en los pliegues de su bandera. ¿Piensan siquiera en la muerte? El cazador de África afila su enorme sable mientras que platica con su amigo, el rápido corcel que trajo de los desiertos africanos. El Chacal observa si sus polainas están bien anudadas, si su chacó tiene todas sus partes en el sitio reglamentario. El Cazador ligero, el bravo Marposa, hacen otro tanto por su lado y después… ¿Después?... a cumplir con el deber, suceda lo que suceda.

¿Qué se puede esperar o, mejor dicho, qué es lo que no puede esperarse de un hombre que piensa así?… Un día, algunos de sus camaradas le hablaban al Zuavo Tempranero, prematuramente de sus numerosas heridas.

--¡Heridas esas!-… vaya pues, ustedes no saben lo que dicen —les contestó--. ¿Tengo mil veces razón, no es cierto, señor capellán, cuando digo que éstos son unos niños de teta? No se puede decir que un hombre haya recibido verdaderas heridas a menos de que le falten tres kilos de carne en el cuerpo, o la mitad de la cabeza. Sea enhorabuena.

Sin embargo, Lorencez, apoyándose en la opinión del los comandantes de la ingeniería y de la artillería, aunque contrariando los consejos que le había dado un ingeniero mexicano en Amozoc, decidió que se comenzaría por ocupar los fuertes de Guadalupe y Loreto. El ataque se iniciaría, en primer lugar, contra el primero de ellos, que se encontraba más cerca de la hacienda de Los Álamos, donde estaba agrupado el convoy. Se hacían ya, a lo largo de una hondonada que había que cruzar, rampas para la artillería. Aunque también era cierto que antes de llegar al los fuertes se hallarían pendientes difíciles de escalar, menos difíciles, sin embargo, del lado de Loreto. Pero este fuerte parecía muy alejado.

A las 11 se tomaron todas las disposiciones requeridas. Desde lo alto del las torres de la Catedral, Zaragoza, que se mantenía dentro de la ciudad a la defensiva, y Negrete, desde las alturas de Guadalupe, debieron comenzar a darse cuenta de los proyectos del ejército francés.

Avanzaréis pues, mis muchachos, sin temor de que sobre nuestra columna de ataque se lancen las reservas del enemigo. Nuestros cazadores a pie sabrán mantenerlos a distancia. Nuestros fusileros de marina y una batería de montaña estarán pendientes de la caballería mexicana en tanto que la nuestra, nuestra valiente caballería, cuyo valor es conocido, estará lista para lo que se ofrezca. Numerosas ocasiones os ha mostrado ya lo que es capaz de hacer. Las compañías 99 y 4 de infantería de marina servirán de resguardo al convoy.

Dos batallones de zuavos forman la columna de ataque. Con ellos va la batería montada del capitán Bernard y cuatro piezas de la batería montada de marina que manda el capitán Maillet. Esta es la columna que atraviesa la hondonada y se lanza hacia la derecha, para escalar las alturas por las pendientes menos abruptas. A una distancia aproximada de 2 200 metros, se ve cómo se despliega en línea de batalla. ¡Qué aparición para los defensores de Guadalupe! ¡Son los zuavos!, debió exclamarse, o murmurarse sordamente, en los pechos palpitantes… Los zuavos, de los que era bien sabida la furia tradicional. Se debió dirigir la mirada hacia los fosos y hacia las murallas para comprobar por última vez si los fosos no eran bastante profundos, las murallas suficientemente altas para que los chacales no los pudieran franquear.

A cierta distancia de la columna de asalto está una reserva formada por el regimiento de infantería de marina. Como esta columna podía sufrir el choque de la caballería mexicana, los fusileros marinos y una batería de montaña han sido destacados hacia su derecha. El batallón de cazadores, hacia la izquierda de la línea de batalla, le da frente a las fuerzas mexicanas que están apostadas en la llanura. El 99 de línea y las cuatro compañías de la infantería de marina resguardarían el convoy.

Y ahora que todo está listo para la lucha, permítaseme una reflexión. Se nos habían prometido 10 mil soldados de Márquez… ¿dónde están?

Puebla debía abrirnos sus puertas. Sus habitantes venir a nuestro encuentros presas del mayor entusiasmo… Nada, absolutamente nada… ¡el vacío, el silencio más completo en la llanura…! Salvo por nuestra parte, el ruido de los hombres que marchaban para desarrollar el plan de combate…El paso de los caballos de nuestro valiente escuadrón de cazadores de África, que avanza a la retaguardia de la columna de infantería…después una ambulancia que se establece en los edificios de la Rementería.

Se escucha un disparo de cañón, uno sólo. Partió del Fuerte de Guadalupe… Para los mexicanos es la señal del combate… Pronto una línea de fugo hará relampaguear los parapetos del fuerte...Se dispara sobre nosotros... ¡La batalla comienza! Quienes no estuvieron nunca en un campo de batalla desconocen lo que puede ser ese solemne momento.

¡Son las 12! El sol ha hecho ya la mitad de su carrera. La mayoría de los jóvenes héroes ahí presentes no están en mismo caso por cuanto a los años que deberían vivir en Tierra… Vos lo sabéis, Dios mío, vos que fijáis el amanecer y la noche de nuestra existencia. Pero siempre será verdad que para ellos la última hora no sonará sino después de que hayan cumplido el deber más grande, el de morir por el honor y la gloria de nuestra patria. Si caen, caerán como mártires. ¡Guardar para ellos, después de las palmas de la tierra, la otra más preciosa aún que es la de la inmortalidad…! Bendecid a nuestros hijos lo mismo que a su vigor y su valentía.

Y ahora, soldados de Francia, que todas nuestras miradas y todos vuestros esfuerzos se dirijan hacia el sitio formidable que os ha sido mostrado.

Nuestra artillería ha principiado a disparar, a tiempo también de que nuestros zuavos se han desplegado a uno y a otro lado de nuestros cañones, en espera, con el arma descansada, de la apertura de una brecha que están ya impacientes de flanquear. Miden mientras tanto la distancia que los separa de ese temible fuerte en el cual, después de todo, se encuentra esperándolos un enemigo más numeroso. Ven todas las dificultades del terreno: una barranca que han de franquear, pendientes de lo más escarpadas. ¡Qué importa!... El enemigo está más allá… Hay que ir a buscarlo.

El general Zaragoza no había previsto un ataque en esta dirección. Suponía que, como siempre y según los consejos que había debido recibir el general francés, éste se presentaría por el rumbo del Carmen. Con toda prisa, manda entonces que ocupe el cerro de Guadalupe —que s un antiguo convento convertido en fortaleza—la brigada Berriozábal (que va a reforzar la división de Negrete), y hacer salir de la ciudad, por detrás de Loreto, un cuerpo de caballería que deberá cargar por su extrema izquierda sobre la columna de ataque. Con el grueso de sus tropas, él mismo toma posiciones: A su izquierda, la brigada Lamadrid, apoyada contra el cerro de Guadalupe: a su derecha, la división Díaz, que llega hasta la iglesia de los Remedios; en los suburbios de la ciudad, a su extrema derecha, el resto de la caballería.

En el Fuerte de Guadalupe se produce un vivo cañoneo, se escuchan disparos nutridos, desesperados, diría yo más bien, que se lanzan contra nuestras líneas. Nuestros soldados mientras tanto, inmóviles bajo el fuego de los mexicanos, esperan siempre que se abra una brecha. Júzguese de su impaciencia. Para soportarla mejor, inventan un pasatiempo, el de hacer reflexiones: ¡Qué mala puntería tienen esos artilleros! Deberíamos ya estar hechas una compota. Si tiran así cuando salen a cazar patos, no deben comer a menudo carne de pato.

¡Es la 1 de la tarde!

El sol baña con torrentes de luz y de fuego los campos; los fuertes, que truenan y rugen; nuestras armas, que brillan; Puebla, cuyos millares de cúpulas recubiertas con azulejos de mil colores centellean anunciando un día de fiesta mejor que una jornada en la que la muerte deba cumplir su lúgubre trabajo…

¡Es la 1 de la tarde!... Algunas existencias, en unos cuantos instantes más, volverán a tu eternidad, Dios mío… ¡Es la 1 de la tarde!… Y el que por el momento es el ejecutor de nuestra voluntad suprema partió ya: Lorencez, a caballo, aparece sobre una eminencia desde la que se domina la llanura para poder verlo todo y juzgar de las peripecias del combate. Lo sigue su estado mayor: el coronel Valazé, el capitán Rousset, el teniente príncipe Bibesco, el teniente de navío Le Belloco, el insignia de Chavannese, el insignia Beauvoir, el capitán ayudante de campo Custey, el teniente De la Tour du Pin del 56’, el subteniente de cazadores de África, Ney-d’Elkinghin, y los oficiales de órdenes Raoul (subteniente militar administrativo) y Braconnier, oficial de administración.

Lo siguen igualmente tres mexicanos: el general Almonte, el general Taboada y el coronel López.

De un golpe de vista, Lorencez se ha dado cuenta de que nuestro fuego, a pesar de que está bien apuntado, corre riesgo de no ser eficaz por lo accidentado del terreno sobre el que está construido Guadalupe. Dicta órdenes inmediatamente. El comandante de artillería debe hacer avanzar sus piezas y remudar desde luego el fuego. Pero en el muro del fuerte sobre el que se trata de abrir una brecha no se obtiene ningún resultado, siempre por culpa de la disposición del terreno. Acercándose, inclusive, se deja de ver Guadalupe. Y nuestras diez piezas no están más que a 2 mil metros de él.

Truena el cañón. Las balas silban al recorrer el espacio que las separa del fuerte, después de cruzar las hondonadas, y se estrellan a menudo contra grandes rocas que se diría que hubieran sido colocadas a manera de vanguardia, contrafuerte o botarete frente a la muralla que se quiere destruir. El enemigo, cuyas piezas están muy bien servidas, desde el principio nos ha sacado ventaja con sus tiros. Al cabo de una hora y cuarto de un cañoneo que ha consumido la mitad de nuestras municiones sin dañar las defensas de Guadalupe… ¿qué nos queda por hacer? Tomar una determinación que corresponda con la fogosidad de nuestros soldados. Vamos a confiarle la suerte a este día, toda la suerte de este día, a nuestra infantería.

Ya es tiempo. Es la larga espera, se dicen nuestros zuavos con impaciencia febril… que nos mande en lugar de sus metrallas. No diré: oíd esas murmuraciones; pero sí preguntaré: ¿veis esas pisadas de impaciencia, esas manos que se crispan sobre el fusil o sobre la bayoneta?

¡Son las 2 de la tarde!... Lorencez se precipita. Forma dos columnas con todas las tropas que están presentes en el sitio del combate y les muestra las viejas y sólidas murallas que deben asaltar. Por un lado va el comandante Cousin, que, a la cabeza de un batallón de zuavos, flanquea por la izquierda las formidables ondulaciones del terreno que están frente a de él, y se va a esperar al pie del talud que deberán batir las balas de fusil, los ovases y una avalancha de fuego... ¡Qué importa!... Del otro lado, es el comandante Morán quien se dirige al oblicuando a la derecha con otro batallón de zuavos para desviarse en seguida hacia Guadalupe. Tratará de abrigarse de los fuegos de Loreto… Pero ¿cómo escalar los muros? ¿Cómo entrar en la plaza, dado que nuestros cañones no han podido demoler esos pesados muros? ¿De qué manera? Se hace lo que en la precipitación de los acontecimientos resulte posible. Ved, pues, esos zapadores que siguen a nuestras dos columnas. Cada uno de ellos lleva una plancha provista de escalones que han sido clavados precipitadamente. Este medio de escalar es muy simple. La agilidad de nuestros soldados hará lo que falte. Por la izquierda se lleva un saco de pólvora, para hacer saltar la puerta del reducto…

Finalmente, el general en jefe, previendo que el éxito dependía del golpe de andancia que iba a intentar, no duda por un solo momento en desguarnecer la custodia del convoy. Le manda al batallón de cazadores la orden de que se le incorpore. Sostendrá el batallón próximo.

De pronto, resuenan los clarines….Es la señal del asalto. Se escucha el grito de ¡Adelante! Se escucha también un segundo grito: ¡Viva el emperador!...El ataque está desencadenado… se corre precipitadamente.

El general, con su porta-guión al lado y seguido siempre de su estado mayor, ve cómo se mueven sus tropas. Si está todavía montado a caballo, no es más que por su buena fortuna. Reconocido desde que llegó a la planicie, no ha dejado de ser blanco de los tiradores mexicanos. Ya una primera vez, aproximadamente a cincuenta pasos del casco de la hacienda de San José, donde fuera apostada una ambulancia volante, apenas se había detenido en una labor, cuando una bala de cañón disparada desde Guadalupe vino a caer a sólo dos metros de su caballo, antes de rebotar y de pasar entre el interpreté y el señor Braconnier, bañándolos de polvo.

Lorencez avanza todavía cerca de 200 metros más, para establecerse en un sitio desde el cual pueda verlo y dirigirlo todo. Para llegar a dicho sitio se necesita franquear un área descubierta de alrededor de 150 metros de largo. Le manda entonces a cada uno de los suyos que se lancen de frente, aunque sin ir agrupados, en cuanto él dé la señal de avanzar y tan aprisa como se pueda. Dada la señal, se entierran los acicates en los flancos de las cabalgaduras y se llega. Sólo uno, ¡ay!, quedó en el camino. Es el subteniente Raoul. Una bala de cañón lo ha hecho caer a tierra. Un amigo solícito corre a socorrerlo. Es el valiente Braconnier. Lo endereza, pero en sus brazos no tiene más que un agonizante. El abate Montferrand acude entonces para darle la extremaunción… Dos amigos que rezan y que lloran en medio de la muerte que los rodea. Braconnier hace llevar el cuerpo de Raoul hasta la ambulancia, y va a incorporarse al estado mayor. Cuando lo ven llegar, con las lágrimas en los ojos, Lorencez y el coronel Valazé exclaman: “¡Dios mío, ha muerto el pobre Raoul! ..¡Qué perdida para el ejército!”

¡Son las 3 de la tarde!

¿Es únicamente la hora de los que mueren?... ¿o es acaso la hora de la victoria para nuestro puñado de héroes?

Ya lo dije antes, los zuavos del Segundo Batallón se han lanzado al ataque, pese a todos los obstáculos, con esa impetuosidad, con esa audacia que tantas victorias les han valido. Al lado de ellos, sobre la izquierda, aparecen las cuatro compañías de cazadores rivalizando en heroísmo para escalar la formidable posición que todavía está intacta.

A medida que nuestra columna se acerca al fuerte, la defensa se multiplica, la intensidad del fuego se redobla. En el aire ya no se percibe sino un zumbido de balas y metrallas, un huracán, una borrasca de hierro. Es una tempestad que ha desatado también su cólera terrible. Quienes solo lo vieron debieron temblar… Vieron cómo nuestros cazadores, nuestros zuavos, lucharon con entusiasmo, bravura y audacia… ¿Es una marcha o una carrera?... ¿O acaso es un vuelo, el de esos hombres que surcan el palacio sin detenerse ante ningún obstáculo?

Se acercan…nadie podrá resistirlo. Eso fue lo que se debió creer por un momento… Ya llegan… tocan las murallas… El enemigo, estupefacto al ver cómo brincan y reaparecen después de vencer un obstáculo, una zanja, una roca, ha debido preguntarse si eran leones o jaguares. Por eso en el fuerte se estuvo a punto, lo que he sabido después, de dar la orden de retirada. Se cambian impresiones…. ¡los franceses van a entrar...!

(CONTINÚA EN SEGUNDA PARTE)

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