Historia

Andrew Paxman, En busca del Señor Jenkins. Dinero, poder y gringofobia en México. Debate/CIDE, México, 2016.

Este texto fue leído en la presentación de la biografía de William O. Jenkins, del historiador británico Andrew Paxman, el miércoles 16 en Profética.

La fotografía de portadilla es del fotógrafo mexicano Héctor García, y fue tomada en Atencingo el año de 1965.



Adelanto una reflexión tras las primeras páginas de la lectura del libro En busca del Señor Jenkins, del historiador británico Andrew Paxman, una biografía que es también una historia del dinero, el poder y la gringofobia en México:

En busca de nuestra propia historia, una que deje de mirarnos a retazos y nos contemple enteros, que se atreva a mirar de largo un siglo. Me pregunto si es posible hacerlo a partir de la vida del hombre cuya existencia mejor explica esta oligarquía que ha gobernado a saltos, sí, asaltos, de gobernadores desde hace más de ochenta años en Puebla, pero que no hemos aprendido a ver sino a retazos de una gran pieza de tela ajada que nadie reconoce como propia.



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“Es creencia del propio testador que nadie, con capacidad para trabajar, debe gastar dinero que no haya ganado con su propio esfuerzo… Y que no es su voluntad dejar a sus hijos riquezas y fortuna…”

Eso leyó el Notario 13 de la ciudad de Puebla algún día de noviembre de 1958. La voluntad de William O. Jenkins, quien ganó para sí igual el apelativo de Don Guillermo, el filántropo de los clubes Alfas, que el de gringo pernicioso, explotador de indios en Matamoros, y que llegara a Puebla en 1905 para convertirse, cincuenta años después, en el más acaudalado empresario del capitalismo salvaje que ha identificado al México moderno.

Y con esa lectura dio paso aquel notario al testamento en el que nuestro magnate confirmaba que su fortuna entera pasaría a la Fundación Mary Street Jenkins creada cuatro años antes, la organización de asistencia que hasta el 2014 ha administrado la mayor concentración de dinero lograda en la historia del capitalismo en Puebla, y digo al 2014, dado que no es claro su destino si nos asomamos al pleito que traen sus des-heredados tras la denuncia de uno de ellos, William Jenkins Landa, en el sentido de que su padre y sus hermanos se han llevado los millones del viejo a algún paraíso fiscal en las Bahamas.

Sí, el nieto-hijo de Jenkins, William Jenkins Anstead, Bilito, padre del denunciante, casado ese mismo 1958 en junio y con flores, inciensos y cirios en la catedral metropolitana por el arzobispo de la ciudad de México Miguel Darío Miranda con Elodia Sofía de Landa Irízar, nieta de uno de los derrocados por la revolución, Guillermo de Landa y Escandón, alcalde de la capital y uno de los más ricos del México de Don Porfirio, y en presencia de los apellidos industriales, comunicadores, financieros y cerveceros Sáenz, Azcárraga, Ugarte, Sánchez Navarro, y los poblanos y nada rancios y sí posrevolucionarios Espinosa Iglesias, Alarcón y O´farril; la boda que al final de su vida le daba al viejo magnate norteamericano la aceptación formal en lo que el diario El Universal denominó para identificar a los asistentes como “la aristocracia mexicana”; la boda del hijo-nieto que cincuenta años después de la muerte del testador ha controvertido el testamento y, al parecer, violado abiertamente las leyes que rigen a las instituciones de asistencia privada.

Y ni quien se atreva a averiguar en qué acabará esa tormenta –y el destino de 750 millones de dólares-- en Puebla, pues queda claro que aquí los gobiernos todavía conservan los modos irascibles y despóticos del dictador Maximino.

Pero más claro es que la disputa por esos recursos no puede ser vista por las autoridades como un mero asunto de particulares. Este libro prueba justamente que lo que haya pasado por la cabeza de William Jenkins donador de su fortuna a los pobres del estado de Puebla tenía que ver con esa frase que apuntó en su testamento: nadie debe gastar dinero si no lo ha ganado con su propio esfuerzo.

¿Y qué esfuerzo hizo Jenkins que lo llevó a acumular al menos 80 millones de dólares para ese 1958 en un país todavía reconocido entonces en los discursos de los presidentes como de régimen revolucionario? (Suena increíble, pero López Mateos calificó en un discurso a su gobierno como de “extrema izquierda dentro de la Constitución”, sí, justo el que reprimió con el ejército y echó a la calle a 10 mil ferrocarrileros irredentos en 1959.

Esa interrogante es la que responde Andrew Paxman al salir en búsqueda del Señor Jenkins.

Los viejos cines Coliseo y Variedades. Desde esa 2 Poniente poblana arrancó la carrera hacia el monopolio de Jenkins en la industria cinematográfica en México.

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Historia, ¿para qué?, podemos preguntarnos.

Y ya más certeros: dinero, explotación del trabajo de los otros, creación de capital… ¿para qué, al final de la vida de un hombre?

“La riqueza no es lo que vistes –dijo el Gringo Jenkins a Jane, la más testaruda de sus cinco hijas--, es lo que tienes dentro de ti, lo que mantienes en tu cabeza…”

¿Y qué tenía dentro de sí este hombre, con qué retazos armaba su propia historia?

¿Por dónde empezar la lectura de la vida de un hombre que, querámoslo o no, determinó el destino de una sociedad entera?

¿Mirarlo ahí, al final de su vida, en 1962 tal vez, todas las tardes, en la soledad de ese rincón del panteón francés que ha comprado con su dinero, con el Packard estacionado a la orilla de lo que todavía nadie llama la 11 Sur, en una banca construida para él, a los pies de la tumba de su mujer Mary, a la que no acompañó a buen morir quince años antes y a la que le cuenta historias y le llora arrepentido?

¿O mirarlo cincuenta años antes, allá por 1915, ya cuando ha ganado con la bonetera Corona su primer millón de dólares en el próspero negocio de los calcetines para tanto muerto que está dejando la revolución, pensar si tendrá sentido ir al pleito en los tribunales para obtener justicia y cobrar la hipoteca de alguna de las plantaciones de caña que una viuda de hacendado quebrado le ha dejado en prenda, o mejor, como ya lo ha probado en esos años de guerra, de plano comprar al juez aunque eso no sea para sus principios una norma moral muy alta, pero sí una cuestión de vida o muerte, como le dirá en algún momento a un amigo?

“De nada sirve recurrir a los tribunales para obtener justicia; tienes que comprarlos.” ¿De cuántos retazos así acumuló su capital Don Guillermo?

¿Mirarlo llegar dando tumbos al cascaron rumboso de Atencingo para recorrer a caballo la plantación cañera que reproduce los campos algodoneros de su natal Tennessee, y escuchar el reporte del administrador de hierro que tiene en el gallego Manuel Pérez, y voltear a otro lado impávido ante la reseña de la última matanza que deja esa guerra agraria que lo perseguirá todo el tiempo en el que él, para la historia nuestra, es el terrateniente más poderoso y brutal del México revolucionario, y pensar para sí que no ha tenido otro camino que estar demasiado cerca de Maximino, pero que si se trata de que se repartan las tierras mejor que repartan la de otro y no las suyas?

¿O mirarlo en la butaca del cine Variedades en 1940 destemplarse a carcajadas con Ahí está el detalle de su amigo Cantinflas, dejando por lo que dura la película los conflictos por el control de la industria cinematográfica de la que será al final de la década el propietario casi absoluto con los implacables y jóvenes y sin escrúpulos Alarcón y Espinosa Iglesias?

¿O mirarlo meditar la respuesta al interrogante que le ha planteado algún amigo frente al tablero de ajedrez en una tarde de 1955 en el balcón que domina la bahía desde su casona en Acapulco --¿Es verdad que el dueño del Banco de Comercio es Espinosa Iglesias?--, y responder después con la misma parsimonia con la que desplaza el alfil sobre el peón de su enemigo: “Sí, pero yo soy el dueño de Espinosa Iglesias…”?

Son algunos retazos del capitalismo mexicano representado por Guillermo Jenkins: textilero en 1908, agiotista implacable en la revolución, terrateniente y traficante en la cúspide del agrarismo zapatista, magnate de la edad del oro y de la eterna crisis del cine mexicano, propietario mayoritario del segundo banco en el México del desarrollo estabilizador.

¿Qué retazos son estos en la vida de un hombre al que nadie llamará nunca mexicano, que siempre será el Gringo o Don Guillermo, los dos extremos al que lo arrojará la historia que terminará con su propia tumba y por su gusto en el Panteón Francés?

Andrew Paxman logra con esta historia del Gringo Jenkins que de un jalón, porque así se lee esta biografía—repasemos los modos y los usos del poder en la sociedad poblana que brotó de una guerra civil. Porfirio Díaz, Madero, Huerta y la guerra, Carranza, Obregón, Calles, Cárdenas, Ávila Camacho, Miguel Alemán, Ruiz Cortínez, López Mateos, once presidentes enteros para asimilar, moldear, generar y dominar en ese abigarrado capitalismo mexicano de pistola y jueces en la cintura y en la cartera, regenteado por generales y jefes máximos y licenciados con los que él y decenas de magnates como él trataron y construyeron ese imperativo simbiótico, dice Paxman, esa simbiosis de conveniencia, esa radical alianza entre el Estado y el capital que desde sus gobiernos y sus monopolios –y por la vía de la sujeción del voto, la represión de las huelgas, el asesinato quirúrgico y la manipulación clerical de las conciencias, pavimentaron el camino a la perpetuación de las desigualdades que caracteriza a México.

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Porque ahí define Paxman su principal acercamiento a la figura de nuestro gringo viejo Jenkins: no es distinto de los magnates mexicanos de la época, por la manera de hacer negocios, por el uso de prestanombres, por la protección política de presidentes y gobernadores que los acompaña, por los líderes sindicales que tienen en la nómina, por la justicia que sin remordimientos han comprado, por los sicarios cuando son necesarios, por la bendición de los curas y su filantropía con la que encierran su mala conciencia.

Y desde ahí, muy al principio de su narración, el historiador periodista que es Paxman planta su raya contra el hígado, al menos el mío, de los poblanos.

Su objetivo es entender al poderoso como ser humano, no verlo en blanco y negro y desde la óptica de quienes en esta historia han tomado partido. Y a lo largo de toda la narrativa desplegada cronológicamente en las seis décadas mexicanas del magnate que nunca quitó de su pasaporte norteamericano su identificación como “granjero”, aun cuando ya era el propietario mayoritario del Banco de Comercio, el historiador Paxman desbrozará el denominador común: la gringofobia como un componente de la retórica izquierdista o nacionalista que igual alentaron los carrancistas que los zapatistas y los lombardos toledanos y los pregoneros de los gobiernos priistas y sobre cualquiera de ellos la llamada prensa sensacionalista en búsqueda del que en cada coyuntura tiene que pagarla.

No es un libro, entonces, que arroje a la leña el despojo del gringo depredador que tenemos en la memoria. Es un libro que sí se asoma al horizonte de una figura desde cualquier perspectiva extraordinaria y de la que no es sencillo no caer en sus valores extremos: del hacendado capitalista de la posrevolución que fincó su primer gran capital en la explotación sanguinaria y despótica de la plantación de 90 mil hectáreas que llegó a tener en los valles de Izúcar –23,500 de ellas de riego-- al filántropo cuya fundación invertiría entre 1958 y el 2015 más de 150 millones de dólares en obras públicas.

En medio de todo ello está la genialidad de un tipo que logró construir una red de relaciones que le permitieron como empresario sobrevivir una guerra civil y un movimiento de masas usando todas las reglas del juego que encontró en la cancha (de tenis, diría él) mexicana: el soborno y el crimen, pero también la inventiva y la innovación tecnológica (esa frase del Tec de Monterrey nunca la hubiera utilizado), el arrojo y la iniciativa para cambiar el rumbo según la coyuntura, la astucia y el conocimiento de las veleidades del corazón humano, y el trabajo como burro desde las seis de la mañana.

Todo eso se resume al final en una gran capacidad para integrarse a la élite más conservadora de los gobiernos de la revolución mexicana.

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Qué difícil es ser objetivo en esta historia, si eres periodista como yo, si eres nieto del que fuera uno de los mejores amigos del gringo, mi abuelo Sergio, si tienes ojos para ver lo que ha representado en esta historia Manuel Espinosa Iglesias. Y los gobernadores que con uno y otro en casi cien años se sentaron en su mesa.

Y los perdedores, porque el libro despliega un rosario de personajes atractivos por donde se les mire, empezando por los porfiristas tronados por la revolución: los Condes, Díaz Rubín, De la Hidalga, la hacendada Rosalie Evans, una viuda norteamericana en Izúcar asesinada en su calesa por una guerrilla zapatista. Y los trágicos, sin duda: como los asesinados como el cinematógrafo Cienfuegos o la agrarista de Chietla, Doña Lola, o el propio Carranza, o las hijas alcohólicas del propio Jenkins. Y en un extremo, la enfermiza y abandonada Mary Street.

Y por su complejidad y seductora ruindad: el administrador de Atencingo Manuel Pérez, La Avispa, como le llamaban los cañeros, español estricto, experto agrónomo y solvente exterminador de agraristas a través de guardias blancas; y nuestro tirano primigenio, Maximino, criminal en su populismo nacionalista de caricatura; y el financiero Espinosa Iglesias, astuto y voraz en sus ansias de reconocimiento, modelo perfecto para terminar con su nombre en una estación de metrobús.

El libro quiere ofrecer una perspectiva objetiva, no quiere presentar un Jenkins blanco o negro, villano o filántropo. No basta para entenderlo una visión simplista, dice Paxman. Quiere responder a la pregunta más elemental: ¿quién fue Jenkins? Y sobre todo, ¿qué sociedad lo produjo?

Y esa será la principal insistencia de Andrew Paxman: más allá de ser un gringo, Jenkins representa lo que ha sido la relación simbiótica entre los políticos y los empresarios en el capitalismo mexicano. Y que si queremos entender quién fue Jenkins bien haremos en investigar y conocer a fondo la sociedad mexicana que se construyó sobre todo a partir de la derechización del régimen priista que le siguió a Cárdenas y que tuvo en la relación Jenkins-Maximino su primer capítulo.

Porque son los políticos como Maximino Ávila Camacho los que ayudan a entender la figura de William Jenkins.

Y los crímenes sin límite que se produjeron en Puebla para enfrentar el auge del movimiento de masas campesinas y obreras que en los veintes y treintas se levantaron para obligar a los gobiernos de la revolución a cumplir con sus promesas.

¿Fue responsabilidad de Jenkins el cacicazgo avilcamachista que, afirma Paxman se estiró hasta 1969, y que yo contemplo bien definido en sus caracteres principales en tipos como Mario Marín y Rafael Moreno Valle? Elemental pregunta.

¿Hubiera logrado Jenkins el control que tuvo de la caña de Izúcar y los cines en México sin la figura de Maximino? ¿Y si Cárdenas hubiera dado la estafeta a Múgica y no al moderado Manuel Ávila Camacho se habría despachado la industria cinematográfica en los cuarenta?

Entendida así desde Puebla, la alianza Jenkins-Maximino representa la mejor expresión de la derechización de la política nacional en la que el país se sumerge desde 1940, y de la que no ha salido.

El cacicazgo tuvo su secuela para nosotros. Dice Paxman sobre lo acontecido entre 1935 y 1965:

“El estancamiento económico se debió en parte al estancamiento político. La política se anquilosó durante el feudo de Ávila Camacho, que obstaculizó el debate y produjo gobernadores ineptos o complacientes. La camarilla le debió su durabilidad a patrocinadores retrógrados como Jenkins.”

“Ustedes no tienen idea de lo que fue el avilacamachismo”, nos decía Ángeles Guzmán, mi mamá, en aquellos años setenta de nuestras juventudes a sus hijos discutidores de las desgracias echeverristas.

No tenemos idea de lo que fue la persecución asesina de los sindicatos rojos. Al menos veinte líderes asesinados entre 1938 y 1940. A la casa de los líderes acribillados como Leobardo Coca llegaban las coronas de pésame que enviaba Maximino antes de que la familia se hubiera enterado del crimen.

Ella nació en 1924, hija de uno de los amigos íntimos de Jenkins, uno con el que el gringo no hizo negocio alguno, que yo sepa. Vio de cerca a esa camarilla, y simplemente nos decía, “ustedes no tienen idea…”

Portada de una revista en los años cincuenta...

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Qué idea tenemos hoy de nosotros mismos. La historia más cercana es la que más llenamos de retazos y sin acomodo alguno.

El libro de Paxman me obliga de entrada a enfrentar nuestra propia, necesaria, búsqueda.

Lectura en dos tiempos: México y EU, dependencia y sobrevivencia de dos mundos en indisoluble contradicción. Pensemos en Izúcar de Matamoros.

En 1916 la revolución que lleva primero que nada a la recomposición de las élites en el poder. Jenkins, los generales revolucionarios, el porfirismo sobreviviente, la nueva clase empresarial, todo ocurre al tiempo de que se produce una enorme transferencia de tierras que en Puebla y en Matamoros no van a dar a las manos agraristas sino a las del gringo agiotista que antes que cualquier cosa quiere ser granjero. Seguirán más de veinte años de lucha sangrienta para que al final Cárdenas termine de repartir los campos cañeros, y aun así Jenkins se queda con 2,600 hectáreas prestanombres de por medio.

La mirada larga entonces.

La revolución que sí fue: el reparto de tierras (pensar aquí en la multitud de "nuevo centro de población" en las regiones de las haciendas: Izucar, Texmelucan, Tecamachalco, Serdán).

La revolución que no fue: el Estado empresarial conservador representado por Maximino y después por los presidentes Manuel su hermano y Alemán el primer civil. En la coyuntura de 1936, el ascenso de Maximino y la derrota de Bosques, preludio de lo que vendría con MAC y Miguel Alemán: la alianza entre los políticos priistas y los nuevos empresarios pasa por el financiamiento de las campañas de los Ávila Camacho, con una perla de Paxman en el libro: el dinero de Maximino lavado por Jenkins en su cuenta de Estados Unidos (250 mil dólares) y la frase del magnate: “A veces pienso que mis relaciones con el gobernador pueden ser demasiado cercanas.”

Pero Jenkins llorará al firmar el acta de expropiación. A pesar de que no perdió el control de la producción, de que no les dejó a los agraristas la totalidad de las tierras. Y de que controló el ejido por varios años más a través del hierro de Manuel Pérez, y de que pudo mantener la venta de alcohol y azúcar para el mercado negro sin ninguna restricción del gobierno en todos los años que duró la segunda guerra.

“Salí triunfando”, diría tiempo después.

La gran perdedora, la luchadora agrarista Dolores Campos, Doña Lola, exilada en Morelos, asesinada en 1945 cuando ingenuamente regresó un día a su tierra en Chietla.

Ahora estamos en el 2016, Estados Unidos gana Trump, y pone en jaque a millones de migrantes que en el norte encontraron la válvula de escape a la miseria y el fracaso de la revolución campesina de cien años antes. Chietla y la región cañera. Qué ocurre ahí cien años después. El monocultivo perdura y el control del sistema productivo sigue en manos del ingenio, hoy en manos de una empresa de Sinaloa. Jenkins ahora se revuelve sobre su tumba. Mientras, la región de Matamoros recibe en remesas de migrantes 274 millones de dólares entre el 2013 y el 2016, mucho más de lo que el Estado mexicano otorga en presupuestos municipales y programas contra la pobreza en la Mixteca.

La mirada larga: ¿qué fue de la región cañera? El monocultivo como condición principal de los procesos económicos de la región.

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El imperativo simbiótico, la simbiosis de conveniencias, los hombres del dinero y del poder son uno mismo, insiste Paxman, una perspectiva que bien ayuda a realizar otras preguntas mucho más cercanas a nosotros:

¿Qué hacer con la Fundación Jenkins? ¿Cuándo empieza a ser público ese recurso en manos de una organización de asistencia privada reglamentada en la ley?

¿Vale lo dicho por aquel estudiante en 1963 que estableció que los recursos de la Fundación para la construcción de Ciudad Universitaria tenían como fuente el trabajo de miles de trabajadores de la caña que durante dos décadas permanecieron prácticamente acasillados en el ingenio de Jenkins?

Dicho de otra manera: ¿por qué Don Guillermo decidió donar su fortuna para los pobres en el estado de Puebla?

¿Qué pensaría él frente al uso político que le han dado a su donación primero Espinosa Iglesias y ahora sus des-herederos?

¿Y qué vínculo tiene ese uso con los grupos de poder en Puebla? ¿Qué papel han jugado los gobernadores en este proceso? El conflicto por sus recursos que ahora tiene enfrentados a los descendientes de Jenkins es meramente un pleito entre particulares? ¿Qué papel ha jugado en esto el gobierno de Rafael Moreno Valle?

Y por esa vía nuestros actuales Maximinos:

¿Representa Moreno Valle una extensión tardía de esos usos y costumbres por los que los gobernadores de entonces se identificaron? Para ejemplo el uso de jueces y ministerios públicos y congreso estatal para criminalizar la protesta social y encarcelar opositores.

¿Y Piña Olaya, Bartlett, Melquiades y Marín? ¿A quién le aprendieron las mañas para convertir una expropiación con causa de utilidad pública en las Cholulas en el más descarado proceso de especulación inmobiliaria que recuerde la historia de Puebla?

¿Quiénes han sido los Jenkins con los que los gobernadores recientes han hecho negocios en Angelópolis y sus Lomas?

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Cuántas preguntas por responder en busca del Señor Jenkins.

Un libro tan necesario y tan nuestro.

Mundo Nuestro.

Mundo Nuestro. El martes 7 de marzo del 2017 pasado se presentó en la Casa de los Hermanos Serdán en la ciudad de Puebla el libro Dos revolucionarios a la sombra de Madero, de Beatriz Gutiérrez Müller, ed. Ariel, México, 2016. Presentamos en este arranque de semana las reseñas escritas para el evento por los investigadores Emma Yanes Rizo, Gabriela Pulido Llano y Julio Glockner Rossains.

El nuevo libro de de la novelista e historiadora --y siempre periodista-- Beatriz Gutiérrez Müller relata la vida de dos héroes desconocidos, centroamericanos los dos, que se la jugaron con Francisco I. Madero. Dos hombres plenos en una época en la que el periodismo, la poesía y la revolución se daban la mano por el sueño de una América justa y democrática. Aquí, la introducción de Dos revolucionarios a la sombra de Madero.



Cuando el joven empresario agrícola, Francisco Ignacio Madero González, comenzó a luchar por la democracia nacional, allá por 1907-1908, el gobierno y la intelectualidad lo ningunearon. El credo de la élite era que Porfirio Díaz jamás caería. Es un roble, decían. Loco, iluso e insignificante eran, en cambio, algunos de los calificativos que el buen Pancho recibía por aquí y por allá. En 1908, cuando a los 35 años publicó La sucesión presidencial en 1910 donde ofrecía un diagnóstico de la vida nacional y la imperiosa necesidad de cambiar el régimen, muchos lo tomaron como una bufonada inofensiva; incluso, no faltó quien pusiera en duda su capacidad para ser él el autor…

En su campaña por la Presidencia de México, en 1910, pocos confiaron en él. Los hombres de letras, periodistas a veces; escritores o artistas y pensadores en general, lo ignoraron pues preferían y prefirieron acomodarse al sistema del que recibían satisfactorios beneficios.



Vaya que ha sido enorme el enorme trabajo de rastrear a los pocos hombres que se la jugaron con él, para hablar de ellos ahora. Me refiero, en particular, a dos centroamericanos liberales que abrazaron la causa maderista y que no flaquearon ni un instante: José Rogelio Fernández Güell, de Costa Rica y José Solón Argüello Escobar, de Nicaragua. El primero fue asesinado en 1918, al frente de una revolución a la que él mismo convocara, para combatir a un dictadorcito en ciernes que trataba de imponerse en Costa Rica: Federico Tinoco Granados. El segundo tiene una historia de vida como la de José Martí: un emancipado, hacedor de versos rebeldes y batidor de utopías que, llegado el momento, murió por el alto ideal de ser libre. Fue ultimado por otro dictador, Victoriano Huerta.

Los dos fueron leales a sí mismos, y más o menos temperamentales, no dejaron al amigo solo. Eran como espíritus, velando. De hecho, los dos compartieron la doctrina espírita que nutrió la vida de Madero.

Cuando en un principio me encontré con ellos, los iba juntando por tener esos denominadores comunes (centroamericanos, maderistas, periodistas y poetas). Sin embargo, sorprendida quedé al saber que se conocieron en la vida real, estuvieron codo a codo remando contra la corriente, y se hicieron amigos. Los dos. Rogelio participó en la fundación del Partido Constitucionalista Progresista y estuvo presente en la convención que eligió a Madero candidato presidencial; Solón llegó a formar parte de la directiva en 1912. Fernández Güell editó el quincenal El amigo del pueblo, órgano del club libertador «Francisco I. Madero», en la segunda mitad de 1911, al mismo tiempo que Argüello escribía vigorosos y nada titubeantes editoriales desde Nueva era, donde, a su vez, colaboraba el costarricense de forma eventual. Para el siguiente año, Argüello y Fernández Güell sacaban La época. Bisemanario político, de información y variedades, activo solo el primer semestre de 1912. Ambos, por lógica, trabajaron en el gobierno de Francisco I. Madero. En los funestos días que siguieron al magnicidio del amigo, mientras Fernández Güell retornaba a Costa Rica, Argüello escapaba a La Habana para recibir a la desterrada familia del presidente. La escoltó hasta Nueva York y volvió luego de unos meses a México, para tomar tareas por rumbos distintos: entre otras, Solón se hizo revolucionario en Nayarit.



Ni conspicuos maderistas de hoy saben de ellos. Quizá oyeron el nombre de Rogelio Fernández Güell porque algún historiador de los cuarenta o cincuenta citó su magnífica obra de 1915, Episodios de la revolución mexicana, inédita en México y desconocida por los especialistas. Además de excelente prosa, contiene información de primera mano sobre la muerte del caudillo, y hasta el triunfo de Venustiano Carranza. Fue hasta la primera edición de Los últimos días del Presidente Madero [La Habana, 1917], cuando Manuel Márquez Sterling la citó por primera vez. Rogelio era un hombre cultísimo, conferencista celebrado, un erudito, prolífico escritor, periodista comprometido y filósofo. Cultivó todos los géneros: artículo periodístico, crónica, ensayo, novela, poesía, biografía, relato, crítica literaria… Fue amigo de Jacinto Benavente, de José Santos Chocano y de Rubén Darío, entre los más conocidos; el primero, incluso, le prologó uno de sus libros. Fue nombrado miembro de la Real Academia Hispanoamericana de Ciencias y Artes de Cádiz. En el gobierno maderista, nada menos, se desempeñó como director de la Biblioteca Nacional. Publicó más de diez libros y un sinfín de poemas y artículos desperdigados, hasta donde se sabe, en periódicos y revistas de Costa Rica, Cuba, México y España.

Pero Solón Argüello, aún más desconocido. Juan Sánchez Azcona, Francisco Rojas González, Luis Aguirre Benavides y Adolfo León Ossorio le dedicaron algunas palabras... Márquez Sterling, al narrar la llegada de la familia de Madero a La Habana, el 1 de marzo de 1913, cuenta cómo se encontró, en el muelle, con Serapio Rendón, diputado exiliado y quien, «entre centenares de personas, […] me presentó, allí mismo, al poeta Solón Argüello y al diputado Aguirre Benavides».i El nicaragüense había llegado a formar parte del último círculo íntimo del presidente Madero. De febrero de 1912, hasta el asesinato del prócer, un año después, se convirtió en algo así como su secretario privado, a quien asistió en la redacción de discursos —como lo describió Fernández Güell en Episodios— y en su propagandista, al tiempo que dirigía los últimos meses de vida de Nueva era hasta que las oficinas de la publicación fueron incendiadas. Solón escribió muchos artículos apologéticos de la causa maderista. En México, imprimió tres libros de poesía y relato, amén de poemas sueltos, cuentos cortos, relatos y artículos en periódicos y revistas. Cuando llegó a México, fue un protegido del famoso abogado Joaquín D. Casasús y de Justo Sierra, a quienes dedicó poemas. Cultivó amistades literarias con los cubanos Manuel Serafín Pichardo y Arturo R. de Carricarte, con el hondureño Rafael Heliodoro Valle y con el peruano José Santos Chocano, el poeta que, entonces parecía el ajonjolí de todos los moles políticos latinoamericanos. Solón siguió allí con Heriberto Frías, Alfonso Cravioto, Juan B. Delgado, Alfonso Zaragoza y Marcelino Dávalos que pertenecían o estaban cerca del Ateneo de México, fundado el 28 de octubre de 1909. Otros integrantes del grupo fueron Antonio Mediz Bolio, Amado Nervo y hasta los hermanos Max y Pedro Henríquez Ureña quienes apoyaron a Pancho poco o, más bien, nunca, desde sus cómodos despachos acondicionados para estimular el pensamiento y la creación, pero al margen de la realidad objetiva, y no hace falta ensuciarse los pies ni ensangrentarse las manos. Quedó en propósito para Argüello fundar México. Revista mensual de arte, ciencia, política y variedades, que planeaba conducir con la ayuda de Fernández Güell en la redacción y Alfredo Ramos Martínez en la dirección artística.

Sin darme cuenta, dejé de ser una estudiosa de su obra literaria y me convertí en historiadora por necesidad. Si nada hallaba acerca de la vida de ellos, estudiar sus libros no completaría el análisis que me proponía llevar a cabo. Al final, con esta investigación, mi interés me llevó a querer pagar una deuda cívica con hombres valerosos e íntegros que contribuyeron a la causa democrática de México. En segundo lugar, persistir en la difusión de alguna parte de su obra literaria para que los lectores del siglo XXI puedan conocer aquella lírica o estilo que los distinguió y coronó en su momento como escritores de talla internacional. De este modo, mi modesto trabajo en hemerotecas vacías, en bibliotecas abandonadas por visitantes, en archivos remotos, incompletos y llenos de material mutilado, se contentará con la publicación, por primera vez en México, de Episodios de la revolución mexicana, de Fernández Güell, y de la obra poética de Solón Argüello, que suma más de ciento veinte piezas.

Para este libro cuidé asentar solo aquello que contara con la debida corroboración documental y, en este transcurrir de aprendiz de historiadora, es muy probable que quede a deber informaciones, sobre todo, de Centroamérica, pues me limité a agotar las del país. Ofrezco todas las fuentes para que, en un futuro, un investigador curioso no parta de cero.

Quedaré agradecida con cualquier lector que se acerque a estas líneas con el interés de encontrar historia viva vuelta al tiempo presente. Quedaré conmovida si uno de estos lectores vibra, como yo, al leer estas viejas historias hilvanadas con cárcel y sangre.

Mundo Nuestro. El jueves 27 de octubre, en la Biblioteca La Fragua (5 pm) se presenta el libro Voluntad e infortunio en la conquista de México (INAH-Ediciones El Tucán de Virginia, 2015), del historiador Luis Barjau. Esta reseña de la Doctora Emma Yanes Rizo, quien participará en el evento, nos ofrece una perspectiva de los alcances del libro en su propósito de comprensión del genocidio con el que dio inicio la historia de lo que hoy llamamos México. (La pintura que ilustra este texto es de Leandro Izaguirre, realizado en 1892, y se exhibe en el Museo Nacional de Arte.



En este libro, Luis Barjau de manera crítica desglosa cómo el ya muy conocido tema de la conquista suele verse en la historia oficial, y en la historiografía en general desde por lo menos el siglo XIX, con la lente cultural, moral y sociopolítica del presente, que salvo algunas excepciones suele dejar atrás el horror que fue; en ese sentido coloca a la conquista en la historia nacional como un período difícil pero aceptable, ya que dio origen al pueblo mestizo que somos, a pesar de que sataniza a dos personajes fundamentales de dicha historia: la Malinche y el pueblo tlaxcalteca. La primera por ser la concubina y traductora de Hernán Cortés, el segundo por su alianza con los españoles contra los mexicas.

Por su parte, para explicar tan complejo fenómeno Luis Barjau, como corresponde a todo historiador serio, busca entender ese periodo histórico, partiendo de los antecedes del hecho de la toma de Tenochtitlán, tanto en lo que llamamos México prehispánico, como el de la España de entonces, desde el punto de vista de la mentalidad de la época en uno y otro lado del océano, claro está que hasta donde las fuentes documentales se lo permiten. En ese sentido, aclara Barjau, la conquista no fue un encuentro entre dos pueblos que dio origen posteriormente a una gran nación, sino un genocidio prolongado que arrebató a ciertos grupos indígenas no sólo su territorio, también su religión, sus tradiciones y costumbres, su modo de producción y su organización sociopolítica, de la que los españoles conservaron, sin embargo, aquéllos elementos que les parecieron útiles para ejercer a mediano plazo el completo dominio sobre sus dispersos oponentes. Así como a su vez los indígenas lograron que sobrevivieran algunos de sus dioses (incluso hasta la actualidad), en el sincretismo con las propias imágenes o santos españoles.



Desde el punto de vista del autor, el genocidio de la conquista encontró el pretexto ideológico perfecto en la idolatría y los sacrificios humanos a los dioses, generalizándolos hasta la saciedad y no mostrándolos como lo que realmente eran: un acto ritual con funciones específicas. La religión católica, autoritaria y proselitista, debía por lo tanto imponerse a toda costa (no olvidemos que estamos en la época de la persecución y expulsión de España de moros y judíos) para “salvar” a las almas impías, ya fuera por el camino de la reconversión o el del castigo. Pero al mismo tiempo, al dotar de alma a los indígenas, lejos de buscar esclavizarlos en el sentido estricto del término, como ocurrió por ejemplo en Cuba y Santo Domingo, ahora, bajo la iniciativa de Hernán Cortés, se buscaron alianzas con algunos pueblos y caciques indígenas a través de los lazos matrimoniales, lo que señala el autor como una particularidad de la conquista de México.

A pesar de que la conquista fue un acontecimiento social en el que intervinieron muchos factores, Luis Barjau destaca al igual que otros autores, pero desde un punto de vista distinto, a Hernán Cortés y a La Malinche, como dos figuras emblemáticas. El primero porque supo tanto compilar y analizar con cuidado la información existente (llega la isla de Cuba a los 19 años y a Yucatán a los 33 años), como por tener la capacidad de entender que el nuevo continente no era una nación, sino que estaba conformado con grupos de indígenas dispersos, algunos más desarrollados que otros, pero que contaban sin embargo con religión, ciudades, una jerarquía social y desarrollo comercial; y que estaban enfrentados entre sí las más de las veces por conflictos en torno a los tributos, que era la forma de pago en especie de los vencidos hacia los vencedores. Antes de hacerse a la mar rumbo a Yucatán, Cortés sabía ya del factor sorpresa que implicó para los indígenas el arribo de los españoles con sus caballos al nuevo continente, ya que mientras los fuereños provenían de un mundo en contacto con otros pueblos europeos, e incluso con Asia y África, los indígenas en cambio no habían imaginado que hubiera nada más allá del mar, mucho menos seres humanos que parecían ser uno sólo con el animal de cuatro patas que montaban.



Del Lienzo de Tlaxcala, Siglo XVI

La Malinche por su parte, gracias a su habilidad como traductora, pasó de ser una simple esclava, a la señora de un hombre que no sólo la supo acoger, también la dotó del poder suficiente como negociar con otros pueblos el apoyo a los indígenas a los hispanos, o en su defecto para atacarlos conociendo sus debilidades, dioses y costumbres. Pueblos que en esa etapa de ninguna manera se sentían parte de una sola nación, de una sola raza. La conversión al catolicismo, por su parte, tampoco fue del todo complicada, porque para los indígenas, comenta Barjau, la adopción de uno u otro dios dependía básicamente de las circunstancias y era una práctica común, cambiar de uno a otro dios según los favores que requerían de los tan temidos fenómenos naturales. El que en el cristianismo no existieran los sacrificios humanos, por esporádicos que éstos fueran en el mundo indígena, hipotéticamente, comenta Barjau, pudo inclinar la balanza de los indígenas a favor de esa religión.

Finalmente, Luis Barjau analiza como un antecedente fundamental que permitió el hecho de la conquista de Tenochtilán la merma de la población indígena debido a las enfermedades traídas por los españoles, ante las cuales los indígenas no poseían defensa alguna y en las que creía provenían como castigo de los dioses. El mismo año en que arribó Cortés al ahora México, en 1519, indica Barjau, la viruela mató a ocho millones de indígenas. Por su parte, algunos especialistas indican que hasta antes de la llegada de los españoles, la población autóctona ascendía a veintidós millones de personas; a finales del siglo XVI, debido a las epidemias, las guerras y los trabajos forzados, quedaban dos millones de indígenas, que de cualquier manera y a lo largo de la historia han seguido siendo grupos marginales, a pesar de que nos vanagloriemos de ser una nación mestiza y que convenientemente, como rescate de una cultura mutilada, nos llamemos México.

Si el hecho de la conquista nos convirtió con el tiempo en una nación, eso es una historia aparte, una invención primero de la propia España que quiso replicar su nombre y grandeza de este lado del océano. Y después en el siglo XIX de los criollos y mestizos, los hijos rebeldes que quisieron buscar sus orígenes en el mito fundacional mexica.

Quiero comentar por último que en esta historia de invención de la patria, motivo quizás de otro libro, habrá que analizar también el impacto de la conquista en la propia España como un elemento fundamental para su conformación en un solo reino; ya que como sabemos el siglo XVI español fue en una etapa de diferencias, conflictos y guerras internas y externas en el que quizás,+ la conquista de México, con sus recursos naturales y minerales, además de fuerza de trabajo, actuó como un factor de unidad y expansión de un nuevo imperio.

En los muros de la ciudad es el título del conjunto de crónicas de Héctor de Mauleón y Rafael Pérez Gay publicadas por la revista Nexos en el mes de septiembre, y que forman parte del libro Ciudad de México. 200 lugares imprescindibles editado por Cal y Arena.



En 1921 el gobierno de Álvaro Obregón cometió un atentado contra la memoria: eliminó los nombres de las calles que la Ciudad de México venía arrastrando desde su fundación y los sustituyó con los de las repúblicas latinoamericanas que habían reconocido su gobierno. La calle que durante cuatro siglos se llamó Sepulcros de Santo Domingo fue nombrada República del Brasil. La calle del Relox fue bautizada como Argentina. Lo mismo sucedió con el resto de las calles del Centro, a las que se había nombrado a partir de la importancia de sus edificios (La Profesa, Santa Teresa la Antigua), del lustre de sus vecinos (Zuleta, Meave, Ortega), o de los hechos inolvidables que hubieran ocurrido en ellas (Callejón del Muerto, La Quemada).

Un grupo de cronistas alertó sobre la desintegración de la memoria urbana y en 1928 logró colocar en las esquinas pequeñas placas de azulejo con el nombre antiguo de las calles. El proyecto quedó inconcluso.

Al cataclismo histórico iniciado por el obregonismo se agregó la desaparición de manzanas enteras para abrir paso a la modernidad, que es uno de los nombres del olvido. Casas y edificios cayeron como una forma de repudiar los ayeres porfirianos, el pasado virreinal.

El resultado fue una ciudad con la memoria cercenada.

Ciudad de México. 200 lugares imprescindibles es un libro editado por Cal y arena y el gobierno de la Ciudad de México. A través de crónicas breves, como fósforos que se encienden en un mundo en sombras, Héctor de Mauleón y Rafael Pérez Gay recorren hechos y lugares que no deben ser olvidados.



Allende 38 (Héctor de Mauleón)


En este convento vivió Isabel de Tobar, a cuya solicitud Bernardo de Balbuena escribió el primer poema dedicado a la Ciudad de México, Grandeza mexicana. 1604.



En 1602 Bernardo de Balbuena era un cura hastiado de vivir en un pueblo remoto. Acababa de cumplir 40 años y llevaba varios de ellos encerrado en un rincón de la Nueva Galicia: la parroquia de San Pedro Lagunillas.

Ese año Balbuena decidió buscar “una dignidad o una canonjía en las iglesias de México o Tlaxcala”, así que empacó sus pertenencias y abandonó el curato. No se sabe por qué fue a despedirse, muchas leguas al norte, de una viuda que vivía en San Miguel de Culiacán y estaba a punto de encerrarse por el resto de sus días en un convento de monjas de la Ciudad de México. La viuda se llamaba Isabel de Tobar. Hace mucho que los críticos se preguntan por las razones de aquel viaje. La respuesta se ha perdido para siempre.

02-balbuena

Ilustración: Kathia Recio

Balbuena, nacido en Baldepeñas, había llegado a la capital de la Nueva España a los 21 años. Le gustaban la poesía y los libros. Fue premiado en varios certámenes poéticos. Estudió teología —tal vez en la Real y Pontificia Universidad de México— y poco después se ordenó como sacerdote.

En San Miguel de Culiacán, Isabel de Tobar le hizo un encargo: “que le escribiese, diciéndole cómo era y qué había en la mayor ciudad de la Nueva España”. Balbuena precedió a su amiga en el viaje y cumplió la encomienda. Escribió, en tercetos endecasílabos, el primer poema dedicado a la Ciudad de México: Grandeza mexicana, cuya dedicatoria a Isabel Tobar, acompañada por el verso: “Mándasme que te escriba algún indicio/ de que he llegado a esta ciudad famosa/ centro de perfección, del mundo el quicio”, marca la entrada de la mujer en la poesía hispanoamericana.

El libro fue publicado en 1604 en la imprenta de Melchor Ocharte. Balbuena viajó a Madrid, llegó a ser obispo de Puerto Rico. No volvió jamás a la Nueva España. Doña Isabel profesó en San Lorenzo, un convento recién fundado. Ahí deben estar sus restos.

República de Brasil 46 (Rafael Pérez Gay)


En esta casa murió, el 3 de febrero de 1895, el imprescindible poeta y cronista Manuel Gutiérrez Nájera.

La señal de los nuevos tiempos vino para Manuel Gutiérrez Nájera un mediodía de noviembre. Mientras se rasuraba, se hizo con la navaja una pequeña herida de barbero distraído. El hilillo de sangre tardó tres horas en detenerse. El Duque Job, como también firmaba en los periódicos, era hemofílico. En los primeros días de 1895 la influenza lo debilitó con fiebres altísimas. Al poco tiempo descubrió con estupor un tumor bajo el brazo, en la axila. Dejó de cumplir con su trabajo en la redacción de El Partido Liberal y como diputado por Texcoco. Una junta de médicos discutía la forma de operar sin ocasionar una hemorragia fatal e incontenible. El sábado 3 de febrero Carlos Díaz Dufoo subió las escaleras adornadas con azaleas de su casa en la calle de Sepulcros de Santo Domingo. Gutiérrez Nájera se encontraba grave. Más tarde, Luis G. Urbina visitó al poeta y acompañó su cuerpo inerte. Toda la prensa, sin excepción, dedicó sus primeras planas a Gutiérrez Nájera. Llovieron obituarios y condolencias para la viuda. Días más tarde, Amado Nervo escribió: “Ese inmenso cerebro fue desparramando lo mejor de su esencia en el periódico”. Gutiérrez Nájera cerraba el siglo prosístico mexicano en una atmósfera de melancolía y promesas de tiempos turbulentos.

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Ilustración: Kathia Recio

En revista Nexos el conjunto de crónicas En los muros de la ciudad.

Mundo Nuestro. La tarde espléndida del domingo le permitió al sol jugar con los cúmulos amenazantes al norte de la ciudad. La lluvia no llegó ayer, y al final las nubes se convirtieron en el manto negro con el que cayó la noche. Pero la memoria me la dejaron esos cúmulos bárbaros, encendidos, asomados sobre nuestra modorra vespertina. Una tarde así, hace veinte años, de nubarrones magníficos alumbrados por el sol entrometido, dio paso a una noche trágica para la historia de la ciudad de Puebla, marcada por la furia de un río en el que poco pensamos, el Alseseca, apretado por la urbe contra la ladera del Teposúchitl, hermano menor del Atoyac y tan maltratado como aquél. Un río que desnudó en una sola tormenta la trama de necedades y corruptelas que acompañan de siempre el oficio de mal gobierno con el que los políticos le han dado lustre a las desgracias de la ciudad.

1.- Viernes 21 de junio de 1996 por la noche: la naturaleza desnuda la fragilidad de una ciudad que ya no sobrevive a sus engaños. Para la mala metrópoli un espejo implacable, el torrente espeso de lodo, árboles, piedras y basura desborda el desastroso paisaje de su desarrollo urbano. Los espejismos del progreso nos arrojan cadáveres destrozados en el fango. Nunca nuestro periodismo gráfico encontró territorio más propicio, y sus imágenes certeras alumbran el precipicio de nuestras equivocaciones.



2.- Media tarde. Seres anónimos circulamos extasiados por el espectáculo de las nubes, cúmulos y macisos grises en tonalidades tan variadas como los verdes del campo. Presagio de tormenta que no conmueve a los automóviles con sus soledades y desatinos empañados por los primeros asomos de la descarga tropical. 46 milímetros, dirán después los meteorólogos, como pocas veces se ha visto en los últimos cincuenta años. La mayor parte correrá por las faldas erosionadas de la Malinche. La dimensión de la catástrofe nos hará entender otras medidas: la extensión y profundidad de las barrancas del norte de la ciudad, con sus nombres antiguos --Xaltonac, El Conde-- que se hunden en los ríos Atoyac, San Francisco y Alseseca; la magnitud del desastre ambiental que significa pensar en la deforestación de los bosques, la erosión de la tierra, el taponamiento de los cauces, su reconversión en caños y basureros.

3.- Rumbo a la medianoche del viernes no imagino ese torrente de lodo y equivocaciones que arrastrará la vida de diez personas. Sufro la tormenta que estropea planes y ensoñaciones de reventón adulto. Quiero reconstruir una imaginación que no se produjo el viernes: un taxi en ese arroyo natural reconvertido en la vialidad heroica Cadete Vicente Suérez, un chofer fuera de la unidad que grita, implora, increpa a su pasaje. No hay más tiempo: el auto es una piedra más, otro tronco brutal decapitado con tres seres anónimos con sus ánimos, sus proyectos, sus broncas, su futuro atrapado en el lodo, ramas quebradas que no murmuran más lamentaciones.



4.- La noche entera. La respuesta y la angustia. Por radio la voz de un bombero: “No se puede más, comandante. No terminamos en un lado cuando ya piden auxilio en otro. Qué hacemos jefe... Si metemos el camión nos va a llevar la corriente también a nosotros”. No pararían, minuto a minuto recibían nuevas órdenes de la Central.

  1. - Juan Pantaleón Sebastián, presidente de la colonia La Providencia hará un recuento el domingo: han limpiado las calles; no hay teléfonos; no hay luz. Platica con el gobenador Bartlett. “El problema está en la mala planeación, señor. No nos tomaron en cuenta cuando desviaron el cauce del río

Amalucan”. Así fue: el arroyo fue desviado hacia el Alseseca en un ángulo de noventa grados para dar paso a la vialiad Vicente Suárez. No resistió el embate del torrente, que buscó su sendero original. Ahí empezó a arrastrar a los automóviles. “No nos hicieron caso --insiste--, debieron haber construído un puente”.



“Esta obra es del sexenio anterior”, responde el gobernador. “Lo que nosotros hicimos fue darle continuidad a estas vialidades”.

Luis Ontañón, director del Soapap, y Eduardo Macip, flamante secretario de la SEDUEP, se miran. “¿Quién construyó esto?”, se preguntan. “¿Tú ya estabas?”, se dicen.

El torrente tampoco tuvo conocimiento.

6.- De las imágenes recientes del poder.

Primera: como en un juego de niños mal portados, los grupos de los gobernantes Manuel bartlett y Gabriel Hinojosa se mueven cada uno por su lado. Ocurre así el sábado. Tampoco el domingo se juntan. Los dammificados se acercan, explican, demandan. Pero los dos políticos nunca los enfrentan juntos. No dejan de lado sus diferencias. Los ciudadanos no los vemos codo a codo ante la tragedia.

Segunda imagen: también el domingo, pero en Zacatecas, una comida informal con los reporteros. El presidente Zedillo afloja el cuerpo y hace una declaración increible si se valora lo sucedido en los últimos años y se recuerdan sus mensajes reprobatorios: “Lo que nos ha faltado en México durante varios años es debatir políticamente cuál es el camino económico para que nuestro país se desarrolle. Ha habido muchas críticas, muchas posiciones rígidas por parte del Estado, y creo que lo que debemos hacer entre la crítica y la posición rígida es dialogar, debatir y todos poner nuestro mejor esfuerzo para llegar a un entendimiento mínimo que no borre las diferencias, las ideologías que cada quien sostiene, pero que con toda sinceridad reconozca cuáles son las posibilidades reales del país, dónde estamos históricamente en este momento de encrucijada, pero sobre todo dónde podemos estar si nos ponemos de acuerdo en lo fundamental”.

Son imágenes del poder. Reflejos de nuestra fragilidad, de nuestros espejismos, de nuestro destino. Ojalá Ernesto Zedillo tome en serio sus palabras. De hacerlo, los mexicanos lo recordaremos como nunca lo hemos hecho con presidente alguno desde los tiempos de Lázaro Cárdenas.

Ojalá los mandatarios Bartlett e Hinojosa reflexionaran en lo dicho por el presidente. Igualmente los recordarían con cariño nuestros hijos y nietos.

Los caños, los sueños, las equivocaciones. En la memoria aquel anuncio en el viejo cine Puebla, tal vez en alguna matiné de vaqueros y pirata. Un corte transversal de la obra proyectada para el río de San Francisco; descomunales bóvedas amarrarían por doble vía la corriente. Pocos objetaron la obra. Pocos protestaron entonces por su realización que redujo a la mitad la dimensión del acueducto.

Nos persiguen las ensoñaciones. Treinta años después la naturaleza sigue derrotando a los ingenieros. Los políticos persisten en sus sueños.

Mundo Nuestro. Está ya en librerías el nuevo libro del historiador veracruzano Bernardo García Días, y una vez más, una maravilla. Esta es la reseña que Emma Yanes Rizo ha escrito con motivo de este grato acontecimiento. Las fotografías que ilustran este texto fueron tomadas del libro con la autorización de su autor.

Bernardo García Díaz, TLACOTALPAN Y EL RENACIMIENTO DEL SON JAROCHO EN SOTAVENTO, Universidad Veracruzana, 2016, con la colaboración de Hilda Flores.



Bernardo, mejor conocido como El Tigre, no se convirtió en historiador en busca de méritos académicos, ni por el ansia de prestigio publicando en revistas científicas a veces ilegibles. Amante de la literatura desde joven le pareció que la realidad era siempre superior a la ficción y quiso contarla no pensando en la academia sino sobre todo en los protagonistas de sus propias historias, es decir en el mismísimo pueblo veracruzano. Y después, desde luego, también en el de Cuba. Pueblos alegres y jacarandosos ambos y también, ya se sabe, inmersos una y otra vez en conflictos sociales. Sus personajes reales y sus historias colectivas, narradas siempre desde la vida cotidiana, al verse reflejadas en las páginas de Bernardo, adquieren una nueva dimensión: el descubrimiento de los personajes por sí mismos, que deriva en el orgullo de lo que son y de sus ciudades, la defensa de su patrimonio tangible e intangible; la música, el son jarocho adquiere una dimensión de algo que no sólo se lleva en las venas, entre copla y copla, entre albures y ritmos, como no queriendo, se ha convertido en patrimonio cultural de México.





Y Bernardo que ha recorrido archivos, bibliotecas y fototecas en el puerto de Veracruz, Orizaba, Jalapa y Tlacotalpan entre otras ciudades, pero sobre todo escuchado a su gente en largas entrevistas y en el fandango, se ha convertido también en un personaje de la localidad. Un personaje no previsto por él mismo, una reconstrucción de su persona, acaso una invención colectiva que se ha ido entretejiendo en las charlas de café, en las cantinas, quizás en los tugurios de mala muerte, pero sobre todo en los portales del Puerto de Veracruz. De Bernardo no tengo ni su correo electrónico, ni su teléfono. Lo dejé de ver hace algunos años en los portales del puerto, luego de unas copas para festejar que habíamos terminando el libro La Estación Ferroviaria de Veracruz, supuestamente coordinado por mí y escrito con la magistral pluma de Bernardo. Me lo volví a encontrar hace poco, en los mismos portales en los que yo andaba por casualidad. Me saludó entusiasmado y me mostró, tenía que ser así, el domy de su último libro, que ahora tienen ustedes en sus manos Tlacotalpan y el renacimiento del son jarocho en Sotavento. Lo venderé de mano en mano, me dijo y con ello ayudaremos a financiar un Museo.

El libro ofrece una lectura triple que se entrelaza: la de la historia social de Tlacotalpan, la de la evolución del son jarocho y el propio testimonio gráfico. Tlacotalpan, la perla del Papaloapan, dirá Bernardo al principio del libro: “Es un resultado esencialmente humano, es decir, histórico, fruto en gran medida del esfuerzo secular –de las versátiles aptitudes comerciales y del copioso sudor—de numerosas generaciones de Tlacotalpeños que empecinadamente, en diferentes épocas y capitalizando su otrora privilegiada ubicación, defendieron tenazmente su derecho a existir y florecer.”

En la primera parte Bernardo destaca el lugar privilegiado de la entonces isla durante el dominio indígena, cuando la población constituía uno de los principales señoríos nahuas del bajo Papaloapan. Tlacotalpan disponía de una ubicación privilegiada, pues se encuentra frente al punto donde confluyen dos grandes corrientes fluviales: el Papaloapan –el río de las Mariposas, el río padre— y el Michipan, que provenía de la región del Istmo. La aldea era la parte más angosta del embudo que concluía en la costa, formado por los ríos San Juan, Tesechoacán, Tonto y Papaloapan. Las corrientes de esos ríos confluían en la antigua Tlacotalpan, situada a escasos kilómetros del Golfo de México. En el siglo XVI el asentamiento fue considerado pueblo de indios, con la consecuente prohibición de albergar a españoles, mestizos y mulatos. Pero poco a poco empezaron a asentarse vecinos europeos, sobre todo españoles y franceses; y en el siglo XVII, debido al ataque y saqueo de los piratas ingleses, nuevas familias blancas se asentaron ahí.

En el siglo XVIII Tlacotalpan ya era un centro comercial importante, con una población multiétnica, integrada entre otros por europeos, mestizos, mulatos y negros, esclavos estos últimos que escapaban de Orizaba y de Córdoba y que al mezclarse con las indias dieron origen a la población afromestiza, inicialmente llamada en forma despectiva jarocha. Con el tiempo el término se extendería a la gente del campo no indígena, y más tarde se convertiría en un rasgo de orgullo para los veracruzanos. De esa población surgirían los primeros sones jarochos en 1692.

El siglo XVIII fue para Tlacotalpan una época de bonanza acompañada de una nueva fisonomía urbana, que vino aparejada de la construcción del santuario de la Virgen de la Candelaria y de las posteriores fiestas que no tuvieron precedentes. Y empezaron a desarrollarse oficios como el cultivo del algodón, la ganadería y el trabajo en cuero, entre otros.

El son jarocho a su vez empezaría a consolidarse en ese período como género regional, que numerosas influencias e incluía instrumentos, coplas, tonadas marinas, versadas y afinaciones.

El son de inicio asociado con prácticas de hechicería, poco a poco cristianizó su repertorio y dejó de sufrir la condena eclesiástica. El son encontraría un espacio natural en las congregaciones y rancherías e invadió pronto ciudades y villas con motivo entre otros eventos de las fiestas patronales.

Durante el siglo XIX Tlacotalpan fue declarado puerto de altura en la ruta comercial que vinculaba la región del Sotavento con Veracruz, Nueva Orleans, La Habana y Burdeos. Convirtiéndose así en un puerto de intercambios internacionales. Sin embargo, la guerra civil de 1810 a 1867, así como las epidemias, provocaron caos y disminución de la población. Se logró a pesar de ello cierto crecimiento económico gracias a la industria del algodón y del tabaco. A su vez, como puerto internacional Tlacotalpan se llenó de productos diversos y tuvo acceso también a la influencia de la raza negra, en la música y en el baile. El siglo XIX será así el de la plena identidad regional jarocha.

Posteriormente, Bernardo narra con detalle un siglo XX con el desarrollo económico del porfiriato que hizo florecer la ciudad; la revolución mexicana que lo opacó y su nuevo despegue de los años veinte en adelante, a pesar de dificultades económicas e inundaciones.

Un libro este con especial atención a las coplas:

Mujeres de mi pueblo:

Debéis de odiar al río

Que avienta a vuestros hombres

Hacia otros sembradíos.

Y os quedáis resignadas

En el pueblo natal,

Como incógnitas cartas, rezagadas

En la lista postal.

Y si las damas fueron primero y lo seguirán siendo, motivo de inspiración, bailadoras y musas, en fechas recientes ellas mismas se convertirán también en autoras de coplas.

Una gráfica a su vez la de este libro que rinde homenaje al principal personaje de Tlacotalpan: el río y sus palmeras. Y de ahí a la ciudad toda con sus bellas iglesias, sus casas de colores con techos de dos aguas, sus alegres portales. Y desde luego a los personajes populares. De indudable belleza sin duda el cuadro al óleo de una bella morena con un loro en la mano con quien parece entablar un diálogo. La gráfica de este libro es así una celebración a la vida cotidiana de un pueblo que para ser mágico no necesita denominación alguna. En palabras de Elena Poniatowska: “Los tlacotalpeños despiertan tañándose los ojos y empiezan a cantar su vida que es un sueño o su sueño que es su vida.”

En hora buena.

León Trotski fue asesinado el 21 de agosto de 1940 en su casa de Coyoacán en la ciudad de México. Hubo un niño que lo vio morir. Creo que les va a interesar mucho esta perspectiva del último nieto vivo de León Trostzky, quien vivió con ellos en México, pues a sus papás ya los había logrado matar Stalin. Él estuvo viviendo en la casa de Coyoacán con sus abuelos, asilado igual que ellos en os años 40, y nos cuenta un poquito cómo fue su vida en esa casa, y cómo vivió los dos atentados contra su abuelo, el primero encabezado por el loco de Siqueiros, fanatizado por el stalinismo, y el otro, el que tuvo éxito, el de Ramón Mercader, y que él vivió cuando iba regresando del colegio. Hoy ese niño es un lúcido viejo de 90 años. Da ternura verlo.
Trotsky también fue un revolucionario muy violento, y en su juventud, en 1917, no se tentó el corazón para reprimir a los marineros que se opusieron a una revolución tan drástica como la que Trostsky proponía. Así fue él en su juventud, pero era un hombre inteligentísimo, necio, eso ni quien lo dude, hijo de los radicalismos que a nada bueno llevan ni para quienes los ejercen, pero con un perfil totalmente distinto al de la megalomanía y maldad absoluta de Stalin. Lo padre de este artículo el el diario El País es que viene acompañado por un video en el que aparece el muy querible nieto de Trotsky, haciéndonos un recorrido por la casa de Coyoacán y enseñándonos el perfil humano de un hombre que amaba a las gallinas, que criaba conejos, que se enamoró de las cactáceas y las coleccionaba, y que supo querer y proteger a su nieto, perseguido también por la implacable mano vengativa de quien no toleraba lo diverso: Stalin.
Ojalá aprecien este escrito y este video como yo lo hice. Para quien leyó el libro "El hombre que amaba a los perros", una historia de la vida de Trotsky desde su huída de Rusia hasta su asesinato en México, este video es un buen broche de oro.

A noventa y tres años del asesinato de Francisco Villa (20 de julio de 1923), expondremos aquí a grandes rasgos cuál era el proyecto social de dicho caudillo, mismo que finalmente lo llevó a la muerte.

La Revolución Mexicana en el estado de Chihuahua fue la revolución del general Francisco Villa, distinta de la de Francisco I. Madero, la de Emiliano Zapata en el sur y de la del propio Venustiano Carranza en el norte. Se pueden poner como ejemplo de la revolución carrancista a los estados de Sonora y de Coahuila donde la propia burocracia estatal organizó el movimiento constitucionalista y lo tuvo bajo su control con hombres como el general José María Maytorena e Ignacio L. Pesqueira, ambos gobernadores de Sonora hacia 1913 ( el segundo en sustitución del primero).

Pero en Chihuahua las cosas fueron distintas; al caer Francisco I. Madero grandes sectores de la burocracia y del Congreso se habían unido al levantamiento de Pascual Orozco en 1912 y apoyado a Victoriano Huerta en 1913. Por eso en Chihuahua desde el gobierno no se podía respaldar la revolución, el levantamiento popular encontró entonces en Francisco Villa a su dirigente. En 1913 Chihuahua había sufrido más que ningún otro estado del norte por los combates, la destrucción y la carestía; los grandes terratenientes estaban identificados con Orozco y Huerta; sin embargo Francisco Villa y sus dorados tenían una extracción social diferente a la de Venustiano Carranza y su ejército. Villa había sido mediero en una hacienda y posteriormente se convirtió en una especie de bandido justiciero, sus compañeros de armas eran gente de todas partes, generalmente vaqueros y peones, personas acostumbradas a andar sin rumbo que encontraron en el idealista Madero una figura a la cual seguir y en Francisco Villa un líder a quien obedecer.



De Doroteo Arango a Pancho Villa

El verdadero nombre de Francisco Villa era Doroteo Arango, hijo de Agustín Arango quien a su vez lo fue de Jesús Villa. Nació en el Municipio de San Juan del Río, Durango en 1878. Su padre murió joven y dejó sin recursos a su mujer y a sus cinco hijos, el menor de ellos era Doroteo. El muchacho nunca pudo ir a la escuela y con su trabajo en el rancho El Gorgojito propiedad de los hacendados López Negrete, se convirtió en el sostén de la familia. Posteriormente, harto de ello, se convirtió en célebre bandido local, hasta 1910 en que conoce a Francisco I. Madero y decide abrazar su causa. Sin embargo, no concuerda del todo con Madero a quien llegó a amenazar de muerte, aunque terminó pidiéndole perdón; luego su determinación y su fuerza atemorizarían tanto a Huerta como a Carranza. El primero estuvo a punto de fusilarlo acusándolo de robarse un caballo, Madero intervino y la pena se le cambió por cárcel; en la cárcel conoció al zapatista Gildardo Magaña quien le enseñó a leer y le habló del Plan de Ayala. Entonces fue trasladado a la prisión de Santiago Tlatelolco, ahí Bernardo Reyes quien se encontraba también preso, le enseñó un poco de historia patria y de civismo. Huyó de la cárcel en 1912, con ayuda de Carlos Jáuregui, escribiente del juzgado de la cárcel. En su huida llegó hasta El Paso, Texas. Doroteo Arango, al enterarse de la muerte de Madero, se acercó a Adolfo de la Huerta y a José María Maytorena quienes lo ayudaron en su rebelión. En septiembre integra la División del Norte del Ejército Constitucionalista y en noviembre de ese mismo año en rápidas y deslumbrantes acciones cae sobre Ciudad Juárez donde sorprende totalmente a los federales.



A ciudad Juárez le sigue la toma de Ojinaga, quedando Villa de esa manera con el control total de la zona noreste del estado. A finales de noviembre de ese mismo 1913, los asombrados norteamericanos encabezan sus periódicos con la leyenda: “Pancho Villa cabalga hacia la victoria”. Es el tiempo en que la fama de Villa había crecido hasta convertirlo en un héroe mítico, al que los norteamericanos filman sin ocultar su admiración. Villa por su parte respeta las propiedades y a los ciudadanos norteamericanos y se complace con la admiración que les despierta. Por esas fechas dos hombres comparten el afecto y la confianza del general, Rodolfo Fierro y Felipe Ángeles, cruel el primero hasta merecer el nombre del “Carnicero”. Educado e idealista el otro y magnífico artillero. En tanto se agudizan sus malas relaciones con Venustiano Carranza, con quien tiene una desastrosa entrevista a raíz del asesinato por Rodolfo Fierro del terrateniente inglés William Benton, propietario de la hacienda Los Remedios en Durango. En junio de 1914 Villa desobedece las órdenes de Carranza y toma la ciudad de Zacatecas. Villa deseaba desde ahí continuar su trayecto hasta la capital, pero Carranza le teme al fuerte y determinante Villa y manda bloquear el carbón para los trenes de su ejército. Lo anterior permitió que fuera el Ejército del Noroeste al mando del general Álvaro Obregón el que finalmente entrara triunfal a la ciudad de México el 14 de agosto de 1914.

Posteriormente Obregón fue enviado por Carranza para proponer a Villa que participara en la Convención Nacional y expusiera ahí sus demandas y propuestas.



El país de los campesinos que no pudo ser.

La guerra civil

Del 10 de octubre al 9 de noviembre de 1914 se realizó la Convención de Aguascalientes. El día 10 Villa concentró sus fuerzas en la cercana estación ferroviaria de Guadalupe, se presentó sorpresivamente en la Convención y se reconcilió con Obregón; regresó después a la estación referida. La mesa directiva de la Junta fue presidida por Antonio J. Villareal inclinado hacia Carranza y dos vice presidentes villistas; José I. Robles y Pánfilo Natera. En la Convención se manifestaron tres grupos; el carrancista bastante dividido y sin la representación oficial del Presidente; el del a Junta Permanente de Pacificación que encabezó Obregón; y el villista con Felipe Ángeles a la cabeza. Todos declararon soberana a la Convención y estamparon sus nombres en la bandera nacional; los zapatistas lograron que se aprobara el Plan de Ayala aun cuando no iban con representación oficial. Pero ahí Álvaro Obregón propuso el cese como Presidente de Venustiano Carranza y también el de Villa como jefe de la División del Norte, lo cual fue aprobado. Se nombró al maderista Eulalio Gutiérrez Presidente de la República y se nombraron dos comisiones para notificar a Villa y a Carranza las decisiones tomadas en la Convención. Villa dijo sarcásticamente que aceptaba los acuerdos y que estaba dispuesto a ser fusilado. Sin embargo el 2 de noviembre de ese mismo año tomó la ciudad de Aguascalientes. Eulalio Gutiérrez lo nombró entonces Jefe de Operaciones para combatir a Carranza que no había aceptado la propuesta del cese. El tres de diciembre de ese 1914 las fuerzas unidas de Francisco Villa y Emiliano Zapata rodearon la ciudad de México y el 6 de diciembre entraron triunfantes a la capital. A partir de ese momento, aunque impusieron a Gutiérrez en la presidencia se inició la derrota de ambos jefes. Ni Villa ni Zapata querían en realidad gobernar el conjunto del país. A Zapata lo que le interesaba era la realización del Plan de Ayala y Villa no se sentía capaz de ser Presidente. Ambos abandonaron la ciudad de México. Eulalio Gutiérrez por su parte fue incapaz de mantenerse en el poder. Más tarde Villa y Zapata se separaron, el pacto que habían firmado en Xochimilco quedó roto.

En abril de 1915 Obregón y Villa se enfrentan en Celaya. Villa no escuchó los consejos de Felipe Ángeles y perdió al emplear su táctica de agresividad abierta; a pesar que los primeros encuentros lo favorecieron. Obregón lo derrota de nuevo en León y en Aguascalientes; muchos de los suyos lo abandonan; el dinero que había ideado Villa, los bilimbiques, se desplomó y la inflación y la carestía azotaron los territorios que el caudillo todavía conservaba. Felipe Ángeles se separó de Villa el 11 septiembre y Rodolfo Fierro murió ahogado en la laguna de Casas Grandes. En octubre sus antiguos admiradores norteamericanos reconocen al gobierno de Venustiano Carranza. Las acciones de Villa se vuelven desesperadas, sin sentido y son cada vez más sangrientas.

"México, febrero 16, dejó Carranza pasar americanos, diez mil soldados trescientos airoplanos, buscando a Villa queriéndolo matar..."

De la guerrilla a la paz y al ajusticiamiento

A finales de 1915 peleó contra Plutarco Elías Calles en Agua Prieta, Sonora y pierde; lo mismo le sucede en Hermosillo contra Maytorena. Obregón tomó los bastiones villistas de Ciudad Juárez y Chihuahua en marzo de 1916. El perseguido Francisco Villa realizó entonces un acto desesperado, de venganza contra lo que sentía traición del gobierno de norteamericano que había reconocido a Carranza: ataca la población fronteriza de Columbus. Después del asalto es herido en un encuentro con el general Bertani; se ocultó durante meses en una cueva de Coscomate. La expedición Punitiva de los americanos al mando de John J. Pershing no logró encontrarlo. En diciembre de 1918 Felipe Ángeles vuelve a unirse al ejército villista y permanece con él hasta que es detenido y condenado a muerte.

Villa por su parte todavía pudo asaltar la ciudad de Sabinas en Coahuila. Posteriormente aceptó el pacto que le propuso Adolfo de la Huerta, en julio de 1920, siendo de la Huerta ya presidente provisional (primero de junio) después del asesinato de Carranza (21 de mayo). El pacto se realizó a través del general Eugenio Martínez. Los 759 villistas que quedaban acordaron entonces deponer las armas; se les premió con un año de haberes y a Francisco Villa se le otorgó la Hacienda de Canutillo; el 28 de julio de 1920 se rindieron Villa y sus dorados. Poco tiempo vivió Villa en su hacienda, el 20 de julio de 1923 fue víctima de una celada en la ciudad de Parral, murió acribillado a balazos sin poder defenderse. A su entierro acudió el pueblo y lo lloró.

El cadáver del general Villa.

Sepelio de Francisco Villa.

Pancho Villa, el agrarista

La concepción del reparto agrario de Villa fue diferente al propuesto por Emiliano Zapata en el Plan de Ayala. Zapata se proponía restituir tierras a los campesinos. Francisco Villa quería expropiar las grandes propiedades del los terratenientes y dotar con tierras a los soldados que hubieran combatido por la Revolución. Su proyecto se basaba en el ejemplo de las antiguas colonias militares que habían existido en Chihuahua, centros militares que combatían a los apaches y que a veces se aliaban con algunos hacendados considerados como “buenos”. El Estado entregaría tierras a los veteranos de la Revolución que las cultivarían sin dejar las armas ni abandonar su entrenamiento militar. Los soldados recibirían instrucción al igual que sus hijos. Cuarteles, granjas y escuelas serían los componentes de esas colonias militares que Villa proyectaba. En la práctica también se distinguió de Zapata. Los seguidores de Emiliano eran campesinos deseosos de recuperar su tierra; los de Villa eran vaqueros menos aferrados a la tierra; y los propios colonos militares que esperaban ser los primeros beneficiados con el reparto futuro. Villa expropia las haciendas por el momento no para repartirlas sino para administrarlas, de ellas obtiene el alimento que se necesita en las poblaciones, atiende fundamentalmente a los orfelinatos y a los niños y abarata los precios de los artículos de primera necesidad. Su idea de las colonias militares tiene su raíz en la forma de organización tradicional del campesino de Chihuahua. Villa había tenido vínculos estrechos con los habitantes de esas colonias y principalmente con los de San Andrés que lo apoyaron para iniciar el proceso revolucionario. Los campesinos de Chihuahua estaban hechos para combatir por su tierra; se ganaban el derecho a ella con las armas en la mano. Silvestre Terrazas y Federico Gonzáles Garza los intelectuales villistas contribuyeron a desarrollar las ideas sociales de Villa, que si bien se apoyaron en la expropiación agraria no se limitaron al campo, para Villa fue fundamental la ayuda a los pobres de la ciudad a través de los recursos que obtenía de las haciendas. Por ello creó la Administración General de Bienes Confiscados que confió a Silvestre Terrazas.

La rendición de Villa en Tlahualillo.

La Hacienda de Canutillo, en Durango.

Con uno de sus hijos en Canutillo.

Uno de los talleres creados por Villa.

El guerrillero también ponía la muestra en la herrería.

Maquinaria agrícola habilitada en la colonia militar de Villa.

Las mujeres en la familia de Pancho Villa.

Villa y Trillo. Los dos morirían ajusticiados en Parral el 20 de julio de 1923.

La vida de Villa en la hacienda de Canutillo no estuvo muy alejada del ideal de las colonias militares que un día confiara al periodista John Reed:

Cuando se cree la nueva república obligaremos al ejército a trabajar. En otras partes de la república fundaremos colonias militares compuestas de los veteranos de la revolución. El Estado les dará tierras y creará grandes empresas industriales que les proporcionarán empleo. Trabajarán tres días a la semana y trabajarán duro, porque el trabajo honrado es más importante que la lucha armada y sólo el trabajo honrado hace ciudadanos honrados. Los otros tres días de la semana recibirán entrenamiento militar y enseñarán a la gente a pelear. Así cuando el país se ve amenazado, bastará con una llamada telefónica desde el palacio de gobierno en México y en medio día todo el pueblo mexicano se levantará en sus campos y en sus fábricas, completamente armado y bien organizado a defender a sus hijos y a sus hogares.
Mi ambición es vivir mi vida en una de esas colonias militares, entre mis compañeros a quienes quiero y que han sufrido tanto y tan hondo conmigo.

Villa pasó en efecto los últimos años de su vida al lado de sus compañeros más fieles; pero no en la paz que deseaba sino temeroso de una emboscada que al final fue lo que terminó con su vida. Las colonias militares no habían de fructificar en México.

Bibliografía

Adolfo Arrioja Vizcaino, La muerte de Pancho Villa y los Tratados de Bucareli. Ed. Océano. México. 2015.

Armando Ruiz Aguilar Armando Ruiz Aguilar, Nosotros los hombre ignorantes que hacemos la guerra. Correspondencia entre Francisco Villa y Emiliano Zapata, Ed. CONACULTA. México. 2010.

Enrique Krauze, Entre el ángel y el fierro, Francisco Villa, Ed. Fondo de Cultura Económica, México. 1987.

Francisco Villa, El ejército constitucionalista división del norte: manifiesto del General Francisco Villa a la Nación. Ed. Porrúa. México. 2007.

Friedrich Katz, La guerra secreta de México, Ediciones, Era. México. 1986.

John Reed, México insurgente, México, Porrúa, 1968.

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