Historia

Tomado de la revista Nexos

A las once de la noche con treinta y ocho minutos la televisión oficial cubana anunció la muerte de Fidel Castro. Sabemos la hora con precisión porque a partir de ese momento Yoani Sánchez, la periodista y disidente cubana, comenzó a reportar a través de Twitter sus impresiones sobre la que sería la noche más larga en la Cuba de de este siglo. Los tuits alcanzaron inmediatamente a cientos de miles de personas. Hemos ordenado los mensajes para presentar la apresurada crónica.



Murió Fidel Castro, lo acaban de anunciar en la TV oficial. Todavía muchos en La Habana no se dan por enterados, las calles calles vacías en mi edificio. El silencio se extiende, es madrugada, pero el miedo se palpa en el aire. Vienen días complicados.Faltan varias horas para el primer amanecer sin Fidel Castro que he vivido en mi vida.

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Una errática y nerviosa locutora de TV, vestida de negro, habla sobre reacciones por la muerte de Fidel Castro. La televisión desencadena una programación oficial, que evidentemente ha estado preparada por largos años.



Mi madre creció bajo Fidel Castro, yo nací bajo Fidel Castro… mi hijo nació bajo Fidel Castro, mis nietos nacerán sin Fidel Castro. Fidel Castro murió este 25 de noviembre, pero el “fidelismo” lleva varios años sepultado. Hay que estar atentos a cualquier vuelta de tuerca represiva. En momentos así el oficialismo se pone muy nervioso. Hoy damos el portazo final al siglo veinte.

El hombre que decidió cada detalle de la Cuba en la que nací y crecí, ya no está. Una extraña levedad se extiende por la Isla. Ahora comienzan a cobrar lógica tantos ejercicios militares de los últimos días. Durante mi infancia y adolescencia Fidel Castro decidió desde lo que comí, hasta el contenido de mis libros escolares. El hombre que intentó moldear la nación a su imagen y semejanza se ha ido… pero Cuba queda.

Fidel Castro: Nunca, en el último medio siglo, había estado tan olvidado como al momento de su muerte. Termina la vida… empieza el credo. Los seguidores de Fidel Castro se preparan para su “canonización” histórica”. La represión contra activistas había aumentado especialmente en los últimos días ¿Preparando el funeral? Ahora mismo recuerdo al escritor Jorge Zalamea: el Gran Funeral ha comenzado y la madrugada habanera parece no acabarse nunca: es larga, silenciosa, en vilo.



Hastío, indiferencia, desgano… por el momento son las reacciones que he podido captar en muchos. Pudo controlar un país hasta el mínimo detalle pero no pudo cambiar el curso del tiempo, el inevitable fin de la vida. La historia dirá la última palabra… pero mis nietos no escucharán sus interminables discursos. Tantos rumores sobre su muerte, que la gente se acostumbró a que ya no estaba. Algunos lo enterraron en vida. Su legado: un país en ruina, una nación donde los jóvenes no quieren vivir.

Plaza de la Revolución apagada sin una luz… un cirio sin fuerza para un difunto largamente velado. Las luces en el Ministerio de las Fuerzas Armadas delatan rara actividad de madrugada. Unos lo despiden con dolor, otros con alivio… la gran mayoría con cierto toque de indiferencia.

El Consejo de Estado decreta 9 días de duelo nacional hasta el 4 de diciembre. Los jóvenes en el malecón habanero se van enterando de la noticia. Es madrugada de sábado, son jóvenes… Posponen el desfile que estaba planificado para el 2 de diciembre y lo programan para el próximo 2 de enero. Amanece en La Habana tras el anuncio de la muerte De Fidel Castro. Suspenden la venta de bebidas alcohólicas en varios puntos de la capital cubana. “De eso no se habla” parecen decir las miradas con las que tropiezo en las calles cubanas. Un país de silencios el de este sábado.

Yoani Sánchez

Mundo Nuestro. Carlos Tello ha publicado este mes de noviembre la crónica del inicio de un ciclo largo en la vida de Cuba. El de Fidel Castro y la revolución que marcó la segunda mitad del siglo XX latinoamericano. Ayer 25 de noviembre murió Fidel. Principio y fin. De la revista Nexos reproducimos este texto magistral.

La noche del 20 de junio de 1956 el doctor Fidel Castro Ruz salió de la casa localizada en el número 26 de la calle Kepler, en la colonia Anzures de la Ciudad de México. La casa, que servía para alojar a compañeros que militaban en el Movimiento 26 de Julio, estaba alquilada por una amiga suya, la cantante cubana de centros nocturnos Orquídea Pino. Aquella noche, luego de dar unos pasos por la banqueta, oculto por la oscuridad, Castro Ruz subió con unos compañeros a un Packard 50 color verde, con placas IW-55-655 de Miami. El automóvil avanzó hacia la calle Mariano Escobedo. Ahí detuvo la marcha y apagó las luces. Junto con Castro Ruz bajaron dos individuos más: Universo Sánchez, su guardaespaldas, un campesino de Matanzas, y Ramiro Valdés, su hombre de confianza, un camionero de Artemisa, en la provincia de La Habana. Empezaban a caminar cuando los rodearon varios hombres vestidos de civil, armados con pistolas ocultas bajo el saco. Les mostraron sus credenciales de policía, para después inspeccionar el Packard. “En la cajuela del vehículo hallaron tres ametralladoras, un rifle de alto poder, cinco pistolas y dos granadas de manufactura estadunidense”, comentaría la prensa. “Ellos no opusieron resistencia y tan sólo se concretaron a afirmar que portaban esas armas para su defensa, dado que tenían enemigos políticos”. Los agentes los empujaron a un vehículo y los condujeron a las oficinas de la Dirección Federal de Seguridad, en el número 6 de la Plaza de la República, junto a la masa de concreto del Monumento a la Revolución.

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Ilustraciones: Kathia Recio



Esa misma noche, en el curso de la madrugada, fueron aprehendidos varios otros cubanos que también militaban en las filas del Movimiento 26 de Julio. Todos fueron concentrados en el tercer piso del edificio de la Dirección Federal de Seguridad, “una sala espaciosa con muchas mesas y sillas”, en palabras de uno de los detenidos, el negro Juan Almeida. La policía estaba tras sus pasos desde principios de 1956, cuando el Servicio de Inteligencia Militar de La Habana anunció que Castro Ruz preparaba desde México el derrocamiento del gobierno de Fulgencio Batista. El coronel Orlando Piedra, jefe de investigaciones de la Policía Nacional, salió entonces hacia la Ciudad de México para intercambiar información con el capitán Fernando Gutiérrez Barrios, jefe de control e información de la Dirección Federal de Seguridad.

Fidel estaba por cumplir un año en México. Había llegado al país luego de pasar 22 meses de prisión en la Isla de Pinos por haber dirigido, el 26 de julio de 1953, el asalto al cuartel Moncada, en Santiago de Cuba. Fue uno de los beneficiarios de una ley de amnistía por la que votaron todos los diputados del país, con excepción de su ex cuñado, Rafael Díaz-Balart, quien rechazó la amnistía con estas palabras: “Fidel Castro y su grupo solamente quieren una cosa: el poder, pero el poder total, que les permita destruir definitivamente todo vestigio de constitución y de ley en Cuba… Creo que esta amnistía, tan imprudentemente aprobada, traerá días, muchos días de luto, de dolor, de sangre y de miseria al pueblo cubano, aunque ese propio pueblo no lo vea así en estos momentos”. Un mes después de salir de prisión, Raúl Castro, hermano menor de Fidel, perseguido por la policía, que lo acusaba de colocar una bomba en un teatro, buscó asilo en la embajada de México. No se le reconoció la calidad de asilado pero se le otorgó un permiso de entrada bajo el amparo de la fracción III del artículo 50 de la Ley General de Población. Más tarde lo siguió también Fidel. “Me voy porque me han cerrado todas las puertas para la lucha cívica”, escribió por esos días para la revista Bohemia.

Fidel Castro salió de Cuba el 7 de julio de 1955 en el vuelo 566 de Mexicana de Aviación. Su hermana Lidia había tenido que vender su refrigerador para darle un poco de dinero para el viaje. Llevaba puesto un traje gris y unos lentes oscuros, y tenía en la mano una maleta de cuero con un cambio de ropa, algunos libros y una visa de turista. Era todo lo que poseía en el mundo. En la escalerilla del avión le dio un beso a su hijo Fidelito. Esa tarde aterrizó en el aeropuerto de Mérida, procedente de La Habana. “Los aeropuertos eran muy sencillos en ese tiempo”, habría de recordar. “Tenían puestos con gente que vendía camarones”. Los vio nada más, sin poderlos disfrutar. Tomó después otro avión hacia el puerto de Veracruz, ya que no tenía suficiente dinero para pagar el boleto directo hasta la Ciudad de México. Estaba desconsolado. “Difícil explicarles cuán amargo ha sido para mi persona el paso necesario y útil de salir de Cuba”, escribió a Faustino Pérez, quien permaneció en La Habana al frente del Movimiento 26 de Julio. “Casi lloré al tomar el avión”.

El sábado 8 de julio por la mañana llegó por fin en autobús a la Ciudad de México. “Me reuní la primera noche con Raúl y dos o tres cubanos de confianza en casa de una cubana residente en ésta desde hace años y que ha sido una verdadera madre para los del Moncada”, escribió a La Habana. Era María Antonia González, una cubana que vivía en la calle Emparan 49, departamento C, en el centro de la capital, y que sería célebre más adelante por ser la anfitriona del encuentro de los cubanos con el Che Guevara. Estaba casada con un mexicano, el luchador Avelino Palomo. Fidel iba todos los días a comer a su casa, para salir del cuartito sin luz del hotel de paso donde pasaba las noches. Su vida era difícil al principio del exilio: “Es triste, solitaria y dura”, confesó en una carta, aunque la sobrellevaba: “Vivo en un pequeño cuartico y el tiempo que dispongo libre lo dedico a leer y estudiar. Ahora estoy documentándome sobre el proceso revolucionario de México bajo la dirección de Lázaro Cárdenas. Más adelante pienso redactar el programa revolucionario completo que vamos a presentar al país en forma de folleto”.



¿Por qué había elegido ese lugar para organizar la insurrección en Cuba? ¿Por qué México? Parte de la respuesta la habría de dar él mismo varios años más tarde, con una ráfaga muy elocuente de preguntas. “¿A qué otro lugar podíamos ir? ¿Al Santo Domingo de Trujillo? ¿A la Venezuela de Pérez Jiménez? ¿A la Nicaragua de Somoza? ¿A la Guatemala de Castillo Armas? ¿A una colonia inglesa?”. La elección había sido natural. “México parecía algo nuestro, de los cubanos”, añadiría, “y nos parecía una especie de santuario de donde se podía luchar por la independencia y por la revolución de Cuba. Eso estaba en las tradiciones de los revolucionarios cubanos durante más de cien años”. Uno de sus compañeros de lucha, Pedro Miret, revelaría después que la elección de México obedecía también a la idea que tenían de zarpar de Yucatán para desembarcar en Oriente, entre Niquero y Pilón, con el fin de atacar la ciudad de Manzanillo. Pero incluso sin esa ventaja estratégica, la decisión estaba ya tomada por razones meramente prácticas. Todos los enemigos del general Batista vivían en México. Luego del golpe de marzo de 1952, con el que Batista tomó el poder, varios miembros del gabinete del presidente Carlos Prío Socarrás buscaron asilo en la embajada de México. Ahí llegaron refugiados Aureliano Sánchez Arango, ministro de Relaciones Exteriores, y Rubén de León, ministro de la Defensa, así como también, más adelante, el propio Prío Socarrás, quien salió después en un avión exiliado a la Ciudad de México.

Los miembros del Movimiento 26 de Julio vivieron todos, casi todos, en la capital de la República. Formaban un grupo muy cerrado. Fidel Castro Ruz, su dirigente, nunca propició las relaciones con los políticos del país, ni siquiera con los que detentaban el poder (aunque uno de sus biógrafos, Tad Szulc, sugiere que pudo haber conocido por esas fechas a López Mateos, entonces secretario del Trabajo). “La norma básica de mis pasos aquí es y será siempre suma cautela y absoluta discreción, tal como si estuviéramos en Cuba”, escribió Fidel. “He procurado hacerme notar lo menos posible”. Así fue con el resto de sus compañeros. Sus relaciones estaban circunscritas a mexicanos común y corrientes, muchos de ellos amigos o familiares de los cubanos que frecuentaban, como el luchador Avelino Palomo, esposo de María Antonia, o el ingeniero Alfonso Gutiérrez, marido de Orquídea Pino, quien habría de acoger a Fidelito en su casa de San Ángel. Los exiliados, por lo demás, eran parte del paisaje de la capital. “Aquí en México, los cubanos son bien acogidos”, escribió Juan Almeida, sobreviviente del Moncada. “Hay músicos, artistas, peloteros, gentes que han venido contratadas, muchos que han llegado como turistas y hasta como polizontes”. Había soneros que iban y venían, como Benny Moré, y cantantes que luchaban en las noches por triunfar en el país, como Orquídea Pino, y también intelectuales que sobrevivían los rigores del exilio, como el escritor Raúl Roa y el periodista Enrique Henríquez, director de El Sol de Oriente.

Uno de los problemas más apremiantes de los cubanos fue siempre, desde luego, la escasez de dinero. “Llevo una administración rígida de los centavitos que traje y espero que con este sistema nadie pase hambre ni ahora ni después”, escribió el doctor Castro Ruz, quien según confesó después, al ser detenido por la policía, tenía un presupuesto de unos siete mil 500 pesos mensuales para la alimentación y el hospedaje del grupo en México. Vivía él mismo con los 80 pesos al mes que le enviaba su padre desde Cuba. Raúl, por su parte, sobrevivía con los 40 pesos que le mandaba Lidia Castro, quien más tarde residiría en México, al igual que sus hermanas Emma y Agustina. Ambos iban a comer a menudo, para ahorrar, a casa de María Antonia. Ahí encontraban a los cubanos, y a veces también al argentino. Ernesto Guevara los había conocido gracias a su relación con el compañero Ñico López, exiliado en México, a quien había frecuentado en Guatemala durante los meses anteriores al derrocamiento de Jacobo Arbenz. Su encuentro con Fidel tuvo lugar en casa de María Antonia, hacia fines de julio, muy posiblemente el 26 de julio de 1955, aniversario del Moncada, luego de que Castro Ruz, por la mañana, depositara una ofrenda de flores en el Monumento a los Niños Héroes de Chapultepec. Muchos de sus actos, en los meses por venir, los haría al pie de ese lugar, donde evocaba a los mártires —también muy jóvenes— del Movimiento 26 de Julio.



El 8 de agosto, un mes después de llegar a México, Fidel Castro Ruz terminó la redacción del Manifiesto Número Uno del Movimiento 26 de Julio al Pueblo de Cuba. Lo mandó imprimir en la imprenta de un mexicano llamado Arsacio Vanegas, compañero de lucha del marido de María Antonia. Vanegas era nieto del gran Antonio Vanegas Arroyo, cuya venerable imprenta, la misma que dio a luz a los grabados de Posada, había servido para publicar —bajo el título de Viva Cuba Libre— los manifiestos del general Antonio Maceo, el héroe de la independencia de Cuba. También era luchador, con el nombre de KidVanegas, el Látigo Azteca. Fidel le propuso darles cursos de defensa personal a los cubanos en Bucareli 118, el gimnasio donde trabajaba, entre General Prim y Lucerna, así como clases de educación física en los montes de los alrededores de la Ciudad de México. “Los hacía yo caminar y subir en dos horas al cerro de Guadalupe”, recordaría Vanegas. Llegó a tener una relación muy estrecha con Fidel, quien al triunfo de la revolución le propuso ir a La Habana (junto con su imprenta, que deseaba colocar en un museo) para ser el jefe de la Ciudad Deportiva. Arsacio Vanegas no aceptó su oferta, pero lo recordó siempre con afecto. “Hicimos mucha amistad con él, hasta vivió con nosotros. Le gustaba mucho lo mexicano: los tacos de gusano, el pulque curado de limón, de melón. Era muy alto, muy nervioso, no se quedaba ni un instante quieto”.

Arsacio Vanegas fue uno de los muy pocos mexicanos que trabajaron activamente con el Movimiento 26 de Julio —en la supervisión de las marchas del cerro de Guadalupe, las caminatas de Zacatenco, las sesiones de remo en el lago de Chapultepec, los cursos de autodefensa en el gimnasio de Bucareli—. Otro más que colaboró también con los cubanos fue Antonio del Conde, el Cuate, propietario de una armería ubicada en Revillagigedo 47. Al principio, el Cuate tuvo con ellos un trato de negocios nada más, pero después acabó por abrazar la causa de la revolución. Compró para los cubanos una ametralladora ligera, dos fusiles antitanque, 13 subametralladoras y 20 rifles de caza, entre los cuales el Remington 30-06 con mira telescópica que Fidel usaría después en la Sierra Maestra, adquirido en el mercado negro de Estados Unidos. Los cubanos solían practicar en el club de tiro Los Gamitos, en la capital de México. Era todo muy informal. La mayoría sabía nomás armar y desarmar sus fusiles, luego de tomar unos cursillos con el compañero Pedro Miret. Fidel era la excepción. Estaba familiarizado con los fierros desde chico. En su juventud cazaba en la finca de su familia en Birán, al oriente de Cuba, y en sus años de universidad andaba siempre armado con la Colt 45 que le había regalado su padre, don Ángel. Por lo demás, cabe recordar, había recibido entrenamiento militar al ofrecerse como voluntario en una expedición a República Dominicana para derrocar al dictador Trujillo. Fue él quien entrenó a los que serían más tarde los cuadros del Ejército Rebelde.

El entrenamiento de los cubanos adquirió formalidad cuando pudieron contar al fin con un poco de dinero. En febrero de 1956 Faustino Pérez, jefe del Movimiento 26 de Julio en Cuba, llegó a México con ocho mil 250 dólares, que Fidel sumó a los 10 mil dólares que acababa de recolectar entre los exiliados cubanos durante un viaje de casi dos meses por la costa este de Estados Unidos, en el que había pronunciado una de sus frases que serían más célebres: “En el año 1956 seremos libres o seremos mártires”. Al comienzo de 1956, en efecto, tenía ya los recursos para comenzar en serio los preparativos de la revolución.

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En marzo los cubanos encontraron al fin el sitio que necesitaban para realizar sus ejercicios militares. Rancho Santa Rosa estaba localizado cerca de la capital, en Chalco. Tenía 148 kilómetros cuadrados de terreno y dos mil metros de construcción. Su propietario era don Erasmo Rivera, un antiguo seguidor de Pancho Villa. Los cubanos se lo rentaron por una cantidad muy baja. Poco después, hacia comienzos de mayo, empezaron a entrenar ahí bajo las órdenes del ex coronel Alberto Bayo, soldado de oficio, quien había tenido que empeñar su mueblería de México para contribuir a la causa de la revolución. Los entrenamientos sorprendieron a los cubanos por su severidad. “En la vida real todo va a ser más duro”, les decía el ex coronel en forma de consuelo. Alberto Bayo había nacido en Camagüey, hijo de español y cubana, y había vivido desde niño en España. Estudió en la Academia Militar de Toledo y luchó más tarde durante 11 años, en la década de los veinte, contra los moros que resistían a los europeos en el norte de África. “Sufrió de ellos la guerra de guerrillas y quedó tan profundamente impresionado con este método de lucha que lo implantó como una asignatura más en la academia militar donde trabajaba como profesor”, relataría Almeida. Dio clases de guerra de guerrillas en Salamanca, en efecto, y combatió después en las tropas de la República. Vivía por esos años exiliado en México. En Rancho Santa Rosa, durante las noches, luego de los entrenamientos de la jornada, impartía sus cursos de guerra de guerrillas a los miembros del Movimiento 26 de Julio.

El 20 de junio Castro Ruz acudió a la casa de seguridad que los cubanos tenían en la calle Kepler, acompañado por sus compañeros Universo Sánchez y Ramiro Valdés. Muchos de los sitios que rentaban para esconder a los militantes del movimiento estaban localizados en zonas residenciales de la capital, como Morena 323 (la colonia Del Valle), Coahuila 129 (la Roma) y México 33 (la Condesa). La de Kepler 26, en Anzures, acababa de ser habitada por unos combatientes que venían de Rancho Santa Rosa. Fidel estaba interesado en tener noticias frescas del entrenamiento que recibían de Bayo. Iba confiado a su cita con ellos. No tenía manera de saber que estaba bajo la mira de la policía.

Las aprehensiones fueron realizadas por el capitán Fernando Gutiérrez Barrios, quien dirigió también las investigaciones en la Dirección Federal de Seguridad. ¿Cómo fue su relación con los cubanos? La versión de los románticos es de sobra conocida. “Gutiérrez Barrios era un hombre decente, muy caballeroso y muy sensible”, recordaría Fidel. “Se hizo patente que no sentía hostilidad ni odio contra nosotros. Y me parece que a medida que él se percató de la convicción y de la firmeza, incluso de la serenidad y valentía de aquel grupo, lo miró con respeto. Fue capaz de valorar a aquel grupo de cubanos y las motivaciones de su lucha”. Sus recuerdos coinciden desde luego con otros testimonios igualmente románticos, como el del comandante Almeida: “Vio que éramos hombres honrados y de principios”.

La verdad es diferente. El 21 de junio, apenas unas horas después de su captura, Fidel Castro Ruz solicitó un amparo, extendido también a su hermano Raúl, quien estaba todavía en Rancho Santa Rosa. “En la demanda de amparo”, revelaría después la prensa, “los Castro Ruz aseguraban que estaban en México como turistas y que agentes de la DFS pretendían torturarlos para que se confesaran culpables de actividades sediciosas”. Su demanda fue más tarde retirada. Era insostenible. La verdad es que Gutiérrez Barrios tenía información sumamente detallada sobre el Movimiento 26 de Julio, por lo que sus dirigentes no podían pretender que vivían como turistas en México. Tampoco tenían forma de probar que habían sido torturados, pues el capitán, efectivamente, los trató siempre con respeto durante sus entrevistas en las oficinas de la Dirección Federal de Seguridad. Por lo demás, los cubanos entendieron que la principal acusación en su contra, la de ser comunistas, era falsa, como lo podían demostrar sin problemas. El 22 de junio, así pues, Fidel escribió desde prisión un artículo que publicó en Cuba la revista Bohemia. Precisó que no tenía ningún vínculo con los comunistas. Muchos de los miembros del Movimiento 26 de Julio eran, como él, ex militantes del Partido del Pueblo Cubano (Ortodoxo). En esa calidad tuvieron contacto frecuente con el Partido Revolucionario Cubano (Auténtico), pero nunca con el Partido Socialista Popular (Comunista). Los comunistas, de hecho, habían condenado con severidad el ataque al cuartel Moncada —y habían tenido en otros tiempos, como recordó Fidel, una relación muy cercana con el propio Batista, candidato del PSP en las elecciones de 1940.

Las entrevistas de Gutiérrez Barrios con Castro Ruz ocurrieron en una sala muy amplia de la Dirección Federal de Seguridad. El capitán Fernando Gutiérrez Barrios era un joven de 29 años, ordenado, pulcro y eficaz, nativo de la capital de Veracruz, que había realizado sus estudios en el Colegio Militar con el fin de hacer carrera en el Ejército. Era por esos días jefe de control e información de la Dirección Federal de Seguridad, donde trabajaba bajo las órdenes de su director, el coronel Leandro Castillo Venegas. En una de sus entrevistas con el dirigente de los cubanos, le mostró un mapa muy exacto de Rancho Santa Rosa. Fidel comprendió que no tenía más alternativa que la colaboración. Ofreció ir a Chalco para evitar un enfrentamiento de sus compañeros con la policía, por lo que fue sacado de los separos la tarde del 24 de junio. Esa noche, al llegar a la propiedad, pidió a sus compañeros que se rindieran sin pelear. Así fueron capturados 13 militantes, entre ellos el responsable general de Rancho Santa Rosa, Ernesto Guevara, a quien ya los cubanos apodaban Che. Alberto Bayo logró escapar, igual que Raúl Castro Ruz. Los demás fueron llevados al centro de detención de inmigrantes de la Secretaría de Gobernación, ubicado en la calle Miguel Schultz 136, en la colonia San Rafael. Eran en total veinte detenidos, aunque luego fueron añadidos otros más.

El 25 de junio llegaron a las oficinas de don Adolfo Ruiz Cortines, presidente de la República, varios telegramas que solicitaban la liberación del doctor Castro Ruz. Entre ellos destacaban los de personalidades como Carlos Prío Socarrás, ex presidente de Cuba, Raúl Chibás, jefe del Partido del Pueblo Cubano, y José Antonio Echeverría, dirigente de la Federación Estudiantil Universitaria. El gobierno de La Habana solicitó por su parte la extradición. En prisión, mientras tanto, Fidel escribía en su cuarto y recibía visitas en el patio de Miguel Schultz. Tenía que cuidar su apariencia —no podía dar la impresión de ser un rufián— por lo que llevaba siempre un traje prestado por el hijo del coronel Bayo. Así lo vio Teté Casuso, amiga cubana, viuda del poeta Pablo de la Torriente Brau, quien lo describió después en sus memorias: “Alto, afeitado, con el pelo castaño bien cortado, sobria y correctamente vestido con un traje de casimir café”.

La noticia de la captura de los cubanos apareció en la prensa del país un día más tarde, el 26 de junio. “Desbarata México la revuelta contra Cuba y apresa a veinte jefes”, decía a ocho columnas el titular de Excélsior, para luego añadir: “Veinte de los cuarenta cabecillas cubanos integrantes del grupo revolucionario denominado 26 de Julio, dirigido por el sedicente abogado y doctor Fidel Alejandro Castro Ruz, se hallan presos”. La nota daba como fuente al subdirector de la Dirección Federal de Seguridad: “El grupo 26 de Julio no tiene nexos comunistas ni recibe ayuda económica del comunismo, se trata de un grupo opositor al gobierno de su país”. Pero citaba más adelante a Fernando Román Lugo, subsecretario de Gobernación, quien anunciaba que la acción legal sería ejercida en cuanto terminaran las investigaciones de la DFS. El asilo político no permitía, a quienes se acogían a él, llevar a cabo acciones en perjuicio de otro país, como lo postulaban las leyes de derecho internacional en la materia.

El 27 de junio el capitán Gutiérrez Barrios ofreció una conferencia de prensa en la sala de la Dirección Federal de Seguridad. La captura de los cubanos era de nuevo, ese día, tema de primera plana. En los periódicos que circulaban por la sala, durante la conferencia, aparecía la foto del doctor Castro Ruz, un hombre joven, de bigote, con el rostro redondo y el semblante un poco melancólico. Gutiérrez Barrios lucía satisfecho.

“Ha sido terminada la tarea, aun cuando se hará el intento de localizar todas las ramificaciones de la conjura”, dijo a la prensa, correcto y pausado. En uno o dos días, los conjurados detenidos serán puestos a disposición de la Secretaría de Gobernación.

Los cubanos que permanecían libres emprendieron de inmediato la defensa de sus compañeros, encabezados por Raúl Castro Ruz. Promovieron una campaña de publicidad en los periódicos del país. Apareció una carta en El Universal, seguida por una inserción pagada en Excélsior. “Al H. Señor Presidente de la República y al Pueblo de México”, decía la inserción, que terminaba con estas palabras: “Libertad para Fidel Castro y sus veintitrés compañeros encarcelados”. El Movimiento 26 de Julio contrató después a tres abogados que tenían la misión específica de evitar la deportación, entre ellos el licenciado Alejandro Guzmán, oriundo de Zamora, Michoacán, quien buscó la forma de contactar al general Lázaro Cárdenas. La intervención del general habría de ser definitiva para evitar la extradición de los cubanos.

La noche del 9 de julio fueron puestos en libertad 20 de los cubanos que permanecían detenidos en Miguel Schultz. Entre ellos estaban Ramiro Valdés, Universo Sánchez y Juan Almeida, destinados todos a ser héroes de la revolución. “Gobernación ordenó la libertad de los detenidos”, trató de explicar la prensa, “previa comprobación de que aún estaban dentro del plazo que les otorga la ley para permanecer en el país, al que entraron como turistas”. Fueron notificados, sin embargo, que tenían que abandonar de inmediato el territorio por haber violado, en efecto, su condición de turistas. Fidel Castro y Ernesto Guevara, por su parte, permanecieron tras las rejas. ¿Por qué razón? “Por estar probado que violaron flagrante y ostensiblemente la Ley General de Población”, indicó muy indignado Excélsior. ¿En qué forma? Sus visas de turistas acababan de expirar…

Castro salió libre el 24 de julio, una semana antes que Guevara. El general Cárdenas intercedió a su favor con el presidente Ruiz Cortines para que pudiera permanecer con sus compañeros en México. “El señor presidente tuvo a bien acordar se les dé el asilo que piden”, escribió en sus Apuntes. Existía la posibilidad de que fueran deportados a Cuba, lo cual hubiera puesto en peligro sus vidas, o exiliados a Uruguay, lo que acabaría de tajo con sus proyectos para la revolución. Para eso habían buscado a Cárdenas, opositor de Batista, a pesar de haber tenido amistad con él durante los años treinta, cuando presidió el gobierno de la República. La mañana después de la audiencia en Los Pinos, al conocer la noticia del asilo, Castro solicitó una entrevista con el general Cárdenas, quien recordó el hecho en sus Apuntes. “Me pidió lo recibiera para manifestar su reconocimiento a México, lo que ya hacía por escrito al señor presidente Ruiz Cortines”, dijo. “Es un joven intelectual de temperamento vehemente, con sangre de luchador. Reiteró sabrán responder, tanto él como sus compañeros, al asilo que se les otorga respetando las leyes del país”. Fidel Castro Ruz, entonces un muchacho de 29 años, jamás olvidaría aquel gesto del general Cárdenas. ¿Lo trató mucho? “No tanto como me habría gustado haberlo tratado”, afirmaría después. “Lo conocí. Nos ayudó en cierto momento difícil que tuvimos nosotros”.

Al salir de la prisión Fidel viajó de inmediato a Yucatán, donde coordinó la instalación de nuevos refugios para sus armas y consiguió, según parece, un crédito de cinco mil dólares del banquero cubano Justo Carrillo. Pocos días después, en agosto, fueron detenidos tres cubanos armados con rifles y pistolas ametralladoras en una carretera de Yucatán. El capitán Gutiérrez Barrios salió de inmediato hacia Mérida, donde la prensa reveló el hallazgo de un refugio de armas con 60 rifles de alto poder y mira telescópica, comprados al parecer en Estados Unidos. La policía realizaba su trabajo como siempre, no obstante la liberación de los cubanos. Varios funcionarios del gobierno, al igual que muchos analistas en la prensa, sostenían de hecho que las acciones del Movimiento 26 de Julio dañaban las relaciones de México con La Habana. El gobierno del presidente Ruiz Cortines, cabe recalcar, estaba obligado por los tratados internacionales a impedir que en el país tuvieran lugar actividades tendientes a organizar la lucha armada en el territorio de otro estado. La península de Yucatán, por su proximidad con Cuba, era uno de los sitios donde más presencia tenían los agentes de la Dirección Federal de Seguridad.

La prisión había trastornado los planes del Movimiento 26 de Julio. Todo cambió por completo. A partir de ese momento sus jefes abandonaron las casas de seguridad que tenían en la capital: muchos partieron al puerto de Veracruz, otros a Xalapa, unos más a la ciudad de Mérida. Sus relaciones con sus compañeros en Cuba, por lo demás, eran por aquel entonces muy intensas. Todos los días llegaban al país contingentes de militantes, como aquel dirigido por un trabajador de La Habana llamado Camilo Cienfuegos, cuyo hermano mayor, Osmany, vivía ya en la Ciudad de México. Las relaciones eran también muy intensas al más alto nivel. Fidel Castro, en efecto, recibió a fines de agosto la visita de Frank País, un muchacho de 21 años, coordinador del Movimiento 26 de Julio en Oriente. Poco después recibió la de José Antonio Echeverría, presidente de la Federación Estudiantil Universitaria y secretario general del Directorio Revolucionario, que basaba su estrategia de lucha en las ciudades, donde combinaba la movilización de masas con las acciones armadas dirigidas contra los colaboradores de Batista. Ambos platicaron toda la noche, hasta la madrugada del 30 de agosto, cuando firmaron un documento llamado Carta de México, en el que sus organizaciones anunciaban “unir sólidamente su esfuerzo en el propósito de derrocar la tiranía y llevar a cabo la Revolución Cubana”.

Aquel otoño Fidel vio de nuevo a Frank País, quien durante cinco días lo trató de convencer de posponer su regreso a Cuba, ya inminente, con el argumento de que estaba aún muy desorganizado el Movimiento 26 de Julio en las ciudades de Oriente. Después tuvo un encuentro similar con Flavio Bravo, emisario del PSP, amigo de la universidad, mentor de Raúl, quien también intentó convencerlo de salir más tarde, a fines de enero, al comienzo de la zafra, cuando sería más fácil para los comunistas organizar, en apoyo de su expedición armada, una huelga general en Cuba. Su respuesta fue la misma, una muy sencilla: tenía que partir ya, lo más pronto posible, pues estaba bajo la mira de la policía de México desde que fueron descubiertos sus planes contra el general Batista.

Por esos días los cubanos reanudaron sus entrenamientos en un rancho ubicado en el municipio de Abasolo, Tamaulipas, cerca de la frontera con Estados Unidos. Se ignora cómo adquirieron ese rancho, aunque se sabe que el ex presidente Prío Socarrás, un hombre muy rico, tenía grandes inversiones en propiedades rurales en Tamaulipas. Teté Casuso, la simpatizante de Fidel, era también amiga de Prío Socarrás. Ella los puso en contacto. Le pidió al jefe del Movimiento 26 de Julio volar a Florida para ver al ex presidente de Cuba, a quien él mismo en el pasado había acusado de corrupción, pero con quien estaba entonces en buenos términos, luego de que intercediera a su favor en la carta dirigida a Ruiz Cortines. El encuentro tuvo lugar en septiembre de 1956, en el Hotel Casa de Palmas de McAllen, Texas. Ambos llegaron luego de burlar a la policía, Prío Socarrás por estar sujeto a juicio y no poder abandonar Miami y Castro Ruz por carecer de visa y tener que cruzar el río junto con los trabajadores mexicanos sin papeles que buscaban la prosperidad del norte. Carlos Prío Socarrás aportó 50 mil dólares al Movimiento 26 de Julio, junto con otros 25 mil dólares más que mandó después por conducto del mexicano Antonio del Conde, el Cuate, quien viajó con ese fin hasta Florida. Es decir, un total de 75 mil dólares. “Era una época desesperadamente difícil, nuestra única preocupación era la Revolución”, afirmaría después Fidel a un reportero del New York Times. “Ese dinero no era nada para él. No hicimos ninguna concesión a Prío”.

El dinero de Prío Socarrás les sirvió a los cubanos para adecuar Rancho María de los Ángeles, en Abasolo, con el que sustituyeron a Rancho Santa Rosa, incautado desde el verano por la Dirección Federal de Seguridad. Y les sirvió también para comprar la embarcación que los habría de llevar a Cuba.

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Hacia fines de septiembre el Cuate y Fidel viajaron a las montañas de Veracruz con el objeto de probar unos fusiles Remington. Siguieron después al río Tuxpan para ver un yate que deseaba conocer el Cuate. Cuando Fidel lo vio, apacible junto al muelle, fue incapaz de contener una exclamación de alegría.

—En ese barco me voy a Cuba —dijo.

El Granma fue adquirido pocos días más tarde con ayuda del Cuate, quien actuó como comprador en Tuxpan. Aquel yate de madera, construido en 1943, tenía 15 metros de eslora por cinco de manga, con dos motores diesel de seis cilindros y tanques para dos mil galones. Su dueño era un americano que vivía en la capital de México, Robert Erickson. En 1953 había naufragado en un ciclón y había permanecido algún tiempo bajo el agua, por lo que era necesario repararlo para la expedición a Cuba. “Su reparación debió incluir el cambio de los dos motores, una planta eléctrica, los tanques de agua y combustible, una nueva sobrequilla y el remozamiento completo de su cubierta”. Fidel pagó en total 40 mil dólares al señor Erickson, pues compró también la casa donde estaba atracado el Granma en el río Tuxpan.

El 21 de noviembre el Movimiento 26 de Julio sufrió una deserción en el rancho de Abasolo. Los 37 militantes tuvieron que salir hacia Ciudad Victoria, donde recibieron la orden de partir a Tuxpan. Fidel Castro había tomado la decisión de zarpar de inmediato. El 24 escribió su testamento, camino a Tuxpan, en el que dejaba a su hijo de siete años, Fidelito, bajo la tutela de sus amigos Fofó Gutiérrez y Orquídea Pino. Fidelito vivía con ellos desde comienzos del año, de hecho, cuando su padre, contra el deseo de su madre, lo llevó a vivir con él a la Ciudad de México. El barco zarpó el 25 de noviembre, a las 12:20 de la madrugada, con el timón al mando del capitán Onelio Pino. Estaba diseñado para alojar a 20 individuos, máximo, pero fueron embarcados 82. Eran muy jóvenes: tenían en promedio 27 años. Todos eran cubanos, aunque había también un argentino, un dominicano y un mexicano, Alfonso Guillén, quien sería más tarde vicepresidente del Instituto Cubano de Amistad con los Pueblos. Su destino habría de ser cruel. De los 82 expedicionarios, 20 morirían al desembarcar, 21 serían encarcelados, 21 más desaparecerían y sólo 20 alcanzarían la Sierra Maestra, donde habrían de comenzar la guerra de liberación contra la dictadura de Batista.

Carlos Tello Díaz
Escritor e investigador de la UNAM (CIALC). Su más reciente libro es Porfirio Díaz, su vida y su tiempo.

Andrew Paxman, En busca del Señor Jenkins. Dinero, poder y gringofobia en México. Debate/CIDE, México, 2016.

Este texto fue leído en la presentación de la biografía de William O. Jenkins, del historiador británico Andrew Paxman, el miércoles 16 en Profética.

La fotografía de portadilla es del fotógrafo mexicano Héctor García, y fue tomada en Atencingo el año de 1965.



Adelanto una reflexión tras las primeras páginas de la lectura del libro En busca del Señor Jenkins, del historiador británico Andrew Paxman, una biografía que es también una historia del dinero, el poder y la gringofobia en México:

En busca de nuestra propia historia, una que deje de mirarnos a retazos y nos contemple enteros, que se atreva a mirar de largo un siglo. Me pregunto si es posible hacerlo a partir de la vida del hombre cuya existencia mejor explica esta oligarquía que ha gobernado a saltos, sí, asaltos, de gobernadores desde hace más de ochenta años en Puebla, pero que no hemos aprendido a ver sino a retazos de una gran pieza de tela ajada que nadie reconoce como propia.



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“Es creencia del propio testador que nadie, con capacidad para trabajar, debe gastar dinero que no haya ganado con su propio esfuerzo… Y que no es su voluntad dejar a sus hijos riquezas y fortuna…”

Eso leyó el Notario 13 de la ciudad de Puebla algún día de noviembre de 1958. La voluntad de William O. Jenkins, quien ganó para sí igual el apelativo de Don Guillermo, el filántropo de los clubes Alfas, que el de gringo pernicioso, explotador de indios en Matamoros, y que llegara a Puebla en 1905 para convertirse, cincuenta años después, en el más acaudalado empresario del capitalismo salvaje que ha identificado al México moderno.

Y con esa lectura dio paso aquel notario al testamento en el que nuestro magnate confirmaba que su fortuna entera pasaría a la Fundación Mary Street Jenkins creada cuatro años antes, la organización de asistencia que hasta el 2014 ha administrado la mayor concentración de dinero lograda en la historia del capitalismo en Puebla, y digo al 2014, dado que no es claro su destino si nos asomamos al pleito que traen sus des-heredados tras la denuncia de uno de ellos, William Jenkins Landa, en el sentido de que su padre y sus hermanos se han llevado los millones del viejo a algún paraíso fiscal en las Bahamas.

Sí, el nieto-hijo de Jenkins, William Jenkins Anstead, Bilito, padre del denunciante, casado ese mismo 1958 en junio y con flores, inciensos y cirios en la catedral metropolitana por el arzobispo de la ciudad de México Miguel Darío Miranda con Elodia Sofía de Landa Irízar, nieta de uno de los derrocados por la revolución, Guillermo de Landa y Escandón, alcalde de la capital y uno de los más ricos del México de Don Porfirio, y en presencia de los apellidos industriales, comunicadores, financieros y cerveceros Sáenz, Azcárraga, Ugarte, Sánchez Navarro, y los poblanos y nada rancios y sí posrevolucionarios Espinosa Iglesias, Alarcón y O´farril; la boda que al final de su vida le daba al viejo magnate norteamericano la aceptación formal en lo que el diario El Universal denominó para identificar a los asistentes como “la aristocracia mexicana”; la boda del hijo-nieto que cincuenta años después de la muerte del testador ha controvertido el testamento y, al parecer, violado abiertamente las leyes que rigen a las instituciones de asistencia privada.

Y ni quien se atreva a averiguar en qué acabará esa tormenta –y el destino de 750 millones de dólares-- en Puebla, pues queda claro que aquí los gobiernos todavía conservan los modos irascibles y despóticos del dictador Maximino.

Pero más claro es que la disputa por esos recursos no puede ser vista por las autoridades como un mero asunto de particulares. Este libro prueba justamente que lo que haya pasado por la cabeza de William Jenkins donador de su fortuna a los pobres del estado de Puebla tenía que ver con esa frase que apuntó en su testamento: nadie debe gastar dinero si no lo ha ganado con su propio esfuerzo.

¿Y qué esfuerzo hizo Jenkins que lo llevó a acumular al menos 80 millones de dólares para ese 1958 en un país todavía reconocido entonces en los discursos de los presidentes como de régimen revolucionario? (Suena increíble, pero López Mateos calificó en un discurso a su gobierno como de “extrema izquierda dentro de la Constitución”, sí, justo el que reprimió con el ejército y echó a la calle a 10 mil ferrocarrileros irredentos en 1959.

Esa interrogante es la que responde Andrew Paxman al salir en búsqueda del Señor Jenkins.

Los viejos cines Coliseo y Variedades. Desde esa 2 Poniente poblana arrancó la carrera hacia el monopolio de Jenkins en la industria cinematográfica en México.

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Historia, ¿para qué?, podemos preguntarnos.

Y ya más certeros: dinero, explotación del trabajo de los otros, creación de capital… ¿para qué, al final de la vida de un hombre?

“La riqueza no es lo que vistes –dijo el Gringo Jenkins a Jane, la más testaruda de sus cinco hijas--, es lo que tienes dentro de ti, lo que mantienes en tu cabeza…”

¿Y qué tenía dentro de sí este hombre, con qué retazos armaba su propia historia?

¿Por dónde empezar la lectura de la vida de un hombre que, querámoslo o no, determinó el destino de una sociedad entera?

¿Mirarlo ahí, al final de su vida, en 1962 tal vez, todas las tardes, en la soledad de ese rincón del panteón francés que ha comprado con su dinero, con el Packard estacionado a la orilla de lo que todavía nadie llama la 11 Sur, en una banca construida para él, a los pies de la tumba de su mujer Mary, a la que no acompañó a buen morir quince años antes y a la que le cuenta historias y le llora arrepentido?

¿O mirarlo cincuenta años antes, allá por 1915, ya cuando ha ganado con la bonetera Corona su primer millón de dólares en el próspero negocio de los calcetines para tanto muerto que está dejando la revolución, pensar si tendrá sentido ir al pleito en los tribunales para obtener justicia y cobrar la hipoteca de alguna de las plantaciones de caña que una viuda de hacendado quebrado le ha dejado en prenda, o mejor, como ya lo ha probado en esos años de guerra, de plano comprar al juez aunque eso no sea para sus principios una norma moral muy alta, pero sí una cuestión de vida o muerte, como le dirá en algún momento a un amigo?

“De nada sirve recurrir a los tribunales para obtener justicia; tienes que comprarlos.” ¿De cuántos retazos así acumuló su capital Don Guillermo?

¿Mirarlo llegar dando tumbos al cascaron rumboso de Atencingo para recorrer a caballo la plantación cañera que reproduce los campos algodoneros de su natal Tennessee, y escuchar el reporte del administrador de hierro que tiene en el gallego Manuel Pérez, y voltear a otro lado impávido ante la reseña de la última matanza que deja esa guerra agraria que lo perseguirá todo el tiempo en el que él, para la historia nuestra, es el terrateniente más poderoso y brutal del México revolucionario, y pensar para sí que no ha tenido otro camino que estar demasiado cerca de Maximino, pero que si se trata de que se repartan las tierras mejor que repartan la de otro y no las suyas?

¿O mirarlo en la butaca del cine Variedades en 1940 destemplarse a carcajadas con Ahí está el detalle de su amigo Cantinflas, dejando por lo que dura la película los conflictos por el control de la industria cinematográfica de la que será al final de la década el propietario casi absoluto con los implacables y jóvenes y sin escrúpulos Alarcón y Espinosa Iglesias?

¿O mirarlo meditar la respuesta al interrogante que le ha planteado algún amigo frente al tablero de ajedrez en una tarde de 1955 en el balcón que domina la bahía desde su casona en Acapulco --¿Es verdad que el dueño del Banco de Comercio es Espinosa Iglesias?--, y responder después con la misma parsimonia con la que desplaza el alfil sobre el peón de su enemigo: “Sí, pero yo soy el dueño de Espinosa Iglesias…”?

Son algunos retazos del capitalismo mexicano representado por Guillermo Jenkins: textilero en 1908, agiotista implacable en la revolución, terrateniente y traficante en la cúspide del agrarismo zapatista, magnate de la edad del oro y de la eterna crisis del cine mexicano, propietario mayoritario del segundo banco en el México del desarrollo estabilizador.

¿Qué retazos son estos en la vida de un hombre al que nadie llamará nunca mexicano, que siempre será el Gringo o Don Guillermo, los dos extremos al que lo arrojará la historia que terminará con su propia tumba y por su gusto en el Panteón Francés?

Andrew Paxman logra con esta historia del Gringo Jenkins que de un jalón, porque así se lee esta biografía—repasemos los modos y los usos del poder en la sociedad poblana que brotó de una guerra civil. Porfirio Díaz, Madero, Huerta y la guerra, Carranza, Obregón, Calles, Cárdenas, Ávila Camacho, Miguel Alemán, Ruiz Cortínez, López Mateos, once presidentes enteros para asimilar, moldear, generar y dominar en ese abigarrado capitalismo mexicano de pistola y jueces en la cintura y en la cartera, regenteado por generales y jefes máximos y licenciados con los que él y decenas de magnates como él trataron y construyeron ese imperativo simbiótico, dice Paxman, esa simbiosis de conveniencia, esa radical alianza entre el Estado y el capital que desde sus gobiernos y sus monopolios –y por la vía de la sujeción del voto, la represión de las huelgas, el asesinato quirúrgico y la manipulación clerical de las conciencias, pavimentaron el camino a la perpetuación de las desigualdades que caracteriza a México.

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Porque ahí define Paxman su principal acercamiento a la figura de nuestro gringo viejo Jenkins: no es distinto de los magnates mexicanos de la época, por la manera de hacer negocios, por el uso de prestanombres, por la protección política de presidentes y gobernadores que los acompaña, por los líderes sindicales que tienen en la nómina, por la justicia que sin remordimientos han comprado, por los sicarios cuando son necesarios, por la bendición de los curas y su filantropía con la que encierran su mala conciencia.

Y desde ahí, muy al principio de su narración, el historiador periodista que es Paxman planta su raya contra el hígado, al menos el mío, de los poblanos.

Su objetivo es entender al poderoso como ser humano, no verlo en blanco y negro y desde la óptica de quienes en esta historia han tomado partido. Y a lo largo de toda la narrativa desplegada cronológicamente en las seis décadas mexicanas del magnate que nunca quitó de su pasaporte norteamericano su identificación como “granjero”, aun cuando ya era el propietario mayoritario del Banco de Comercio, el historiador Paxman desbrozará el denominador común: la gringofobia como un componente de la retórica izquierdista o nacionalista que igual alentaron los carrancistas que los zapatistas y los lombardos toledanos y los pregoneros de los gobiernos priistas y sobre cualquiera de ellos la llamada prensa sensacionalista en búsqueda del que en cada coyuntura tiene que pagarla.

No es un libro, entonces, que arroje a la leña el despojo del gringo depredador que tenemos en la memoria. Es un libro que sí se asoma al horizonte de una figura desde cualquier perspectiva extraordinaria y de la que no es sencillo no caer en sus valores extremos: del hacendado capitalista de la posrevolución que fincó su primer gran capital en la explotación sanguinaria y despótica de la plantación de 90 mil hectáreas que llegó a tener en los valles de Izúcar –23,500 de ellas de riego-- al filántropo cuya fundación invertiría entre 1958 y el 2015 más de 150 millones de dólares en obras públicas.

En medio de todo ello está la genialidad de un tipo que logró construir una red de relaciones que le permitieron como empresario sobrevivir una guerra civil y un movimiento de masas usando todas las reglas del juego que encontró en la cancha (de tenis, diría él) mexicana: el soborno y el crimen, pero también la inventiva y la innovación tecnológica (esa frase del Tec de Monterrey nunca la hubiera utilizado), el arrojo y la iniciativa para cambiar el rumbo según la coyuntura, la astucia y el conocimiento de las veleidades del corazón humano, y el trabajo como burro desde las seis de la mañana.

Todo eso se resume al final en una gran capacidad para integrarse a la élite más conservadora de los gobiernos de la revolución mexicana.

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Qué difícil es ser objetivo en esta historia, si eres periodista como yo, si eres nieto del que fuera uno de los mejores amigos del gringo, mi abuelo Sergio, si tienes ojos para ver lo que ha representado en esta historia Manuel Espinosa Iglesias. Y los gobernadores que con uno y otro en casi cien años se sentaron en su mesa.

Y los perdedores, porque el libro despliega un rosario de personajes atractivos por donde se les mire, empezando por los porfiristas tronados por la revolución: los Condes, Díaz Rubín, De la Hidalga, la hacendada Rosalie Evans, una viuda norteamericana en Izúcar asesinada en su calesa por una guerrilla zapatista. Y los trágicos, sin duda: como los asesinados como el cinematógrafo Cienfuegos o la agrarista de Chietla, Doña Lola, o el propio Carranza, o las hijas alcohólicas del propio Jenkins. Y en un extremo, la enfermiza y abandonada Mary Street.

Y por su complejidad y seductora ruindad: el administrador de Atencingo Manuel Pérez, La Avispa, como le llamaban los cañeros, español estricto, experto agrónomo y solvente exterminador de agraristas a través de guardias blancas; y nuestro tirano primigenio, Maximino, criminal en su populismo nacionalista de caricatura; y el financiero Espinosa Iglesias, astuto y voraz en sus ansias de reconocimiento, modelo perfecto para terminar con su nombre en una estación de metrobús.

El libro quiere ofrecer una perspectiva objetiva, no quiere presentar un Jenkins blanco o negro, villano o filántropo. No basta para entenderlo una visión simplista, dice Paxman. Quiere responder a la pregunta más elemental: ¿quién fue Jenkins? Y sobre todo, ¿qué sociedad lo produjo?

Y esa será la principal insistencia de Andrew Paxman: más allá de ser un gringo, Jenkins representa lo que ha sido la relación simbiótica entre los políticos y los empresarios en el capitalismo mexicano. Y que si queremos entender quién fue Jenkins bien haremos en investigar y conocer a fondo la sociedad mexicana que se construyó sobre todo a partir de la derechización del régimen priista que le siguió a Cárdenas y que tuvo en la relación Jenkins-Maximino su primer capítulo.

Porque son los políticos como Maximino Ávila Camacho los que ayudan a entender la figura de William Jenkins.

Y los crímenes sin límite que se produjeron en Puebla para enfrentar el auge del movimiento de masas campesinas y obreras que en los veintes y treintas se levantaron para obligar a los gobiernos de la revolución a cumplir con sus promesas.

¿Fue responsabilidad de Jenkins el cacicazgo avilcamachista que, afirma Paxman se estiró hasta 1969, y que yo contemplo bien definido en sus caracteres principales en tipos como Mario Marín y Rafael Moreno Valle? Elemental pregunta.

¿Hubiera logrado Jenkins el control que tuvo de la caña de Izúcar y los cines en México sin la figura de Maximino? ¿Y si Cárdenas hubiera dado la estafeta a Múgica y no al moderado Manuel Ávila Camacho se habría despachado la industria cinematográfica en los cuarenta?

Entendida así desde Puebla, la alianza Jenkins-Maximino representa la mejor expresión de la derechización de la política nacional en la que el país se sumerge desde 1940, y de la que no ha salido.

El cacicazgo tuvo su secuela para nosotros. Dice Paxman sobre lo acontecido entre 1935 y 1965:

“El estancamiento económico se debió en parte al estancamiento político. La política se anquilosó durante el feudo de Ávila Camacho, que obstaculizó el debate y produjo gobernadores ineptos o complacientes. La camarilla le debió su durabilidad a patrocinadores retrógrados como Jenkins.”

“Ustedes no tienen idea de lo que fue el avilacamachismo”, nos decía Ángeles Guzmán, mi mamá, en aquellos años setenta de nuestras juventudes a sus hijos discutidores de las desgracias echeverristas.

No tenemos idea de lo que fue la persecución asesina de los sindicatos rojos. Al menos veinte líderes asesinados entre 1938 y 1940. A la casa de los líderes acribillados como Leobardo Coca llegaban las coronas de pésame que enviaba Maximino antes de que la familia se hubiera enterado del crimen.

Ella nació en 1924, hija de uno de los amigos íntimos de Jenkins, uno con el que el gringo no hizo negocio alguno, que yo sepa. Vio de cerca a esa camarilla, y simplemente nos decía, “ustedes no tienen idea…”

Portada de una revista en los años cincuenta...

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Qué idea tenemos hoy de nosotros mismos. La historia más cercana es la que más llenamos de retazos y sin acomodo alguno.

El libro de Paxman me obliga de entrada a enfrentar nuestra propia, necesaria, búsqueda.

Lectura en dos tiempos: México y EU, dependencia y sobrevivencia de dos mundos en indisoluble contradicción. Pensemos en Izúcar de Matamoros.

En 1916 la revolución que lleva primero que nada a la recomposición de las élites en el poder. Jenkins, los generales revolucionarios, el porfirismo sobreviviente, la nueva clase empresarial, todo ocurre al tiempo de que se produce una enorme transferencia de tierras que en Puebla y en Matamoros no van a dar a las manos agraristas sino a las del gringo agiotista que antes que cualquier cosa quiere ser granjero. Seguirán más de veinte años de lucha sangrienta para que al final Cárdenas termine de repartir los campos cañeros, y aun así Jenkins se queda con 2,600 hectáreas prestanombres de por medio.

La mirada larga entonces.

La revolución que sí fue: el reparto de tierras (pensar aquí en la multitud de "nuevo centro de población" en las regiones de las haciendas: Izucar, Texmelucan, Tecamachalco, Serdán).

La revolución que no fue: el Estado empresarial conservador representado por Maximino y después por los presidentes Manuel su hermano y Alemán el primer civil. En la coyuntura de 1936, el ascenso de Maximino y la derrota de Bosques, preludio de lo que vendría con MAC y Miguel Alemán: la alianza entre los políticos priistas y los nuevos empresarios pasa por el financiamiento de las campañas de los Ávila Camacho, con una perla de Paxman en el libro: el dinero de Maximino lavado por Jenkins en su cuenta de Estados Unidos (250 mil dólares) y la frase del magnate: “A veces pienso que mis relaciones con el gobernador pueden ser demasiado cercanas.”

Pero Jenkins llorará al firmar el acta de expropiación. A pesar de que no perdió el control de la producción, de que no les dejó a los agraristas la totalidad de las tierras. Y de que controló el ejido por varios años más a través del hierro de Manuel Pérez, y de que pudo mantener la venta de alcohol y azúcar para el mercado negro sin ninguna restricción del gobierno en todos los años que duró la segunda guerra.

“Salí triunfando”, diría tiempo después.

La gran perdedora, la luchadora agrarista Dolores Campos, Doña Lola, exilada en Morelos, asesinada en 1945 cuando ingenuamente regresó un día a su tierra en Chietla.

Ahora estamos en el 2016, Estados Unidos gana Trump, y pone en jaque a millones de migrantes que en el norte encontraron la válvula de escape a la miseria y el fracaso de la revolución campesina de cien años antes. Chietla y la región cañera. Qué ocurre ahí cien años después. El monocultivo perdura y el control del sistema productivo sigue en manos del ingenio, hoy en manos de una empresa de Sinaloa. Jenkins ahora se revuelve sobre su tumba. Mientras, la región de Matamoros recibe en remesas de migrantes 274 millones de dólares entre el 2013 y el 2016, mucho más de lo que el Estado mexicano otorga en presupuestos municipales y programas contra la pobreza en la Mixteca.

La mirada larga: ¿qué fue de la región cañera? El monocultivo como condición principal de los procesos económicos de la región.

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El imperativo simbiótico, la simbiosis de conveniencias, los hombres del dinero y del poder son uno mismo, insiste Paxman, una perspectiva que bien ayuda a realizar otras preguntas mucho más cercanas a nosotros:

¿Qué hacer con la Fundación Jenkins? ¿Cuándo empieza a ser público ese recurso en manos de una organización de asistencia privada reglamentada en la ley?

¿Vale lo dicho por aquel estudiante en 1963 que estableció que los recursos de la Fundación para la construcción de Ciudad Universitaria tenían como fuente el trabajo de miles de trabajadores de la caña que durante dos décadas permanecieron prácticamente acasillados en el ingenio de Jenkins?

Dicho de otra manera: ¿por qué Don Guillermo decidió donar su fortuna para los pobres en el estado de Puebla?

¿Qué pensaría él frente al uso político que le han dado a su donación primero Espinosa Iglesias y ahora sus des-herederos?

¿Y qué vínculo tiene ese uso con los grupos de poder en Puebla? ¿Qué papel han jugado los gobernadores en este proceso? El conflicto por sus recursos que ahora tiene enfrentados a los descendientes de Jenkins es meramente un pleito entre particulares? ¿Qué papel ha jugado en esto el gobierno de Rafael Moreno Valle?

Y por esa vía nuestros actuales Maximinos:

¿Representa Moreno Valle una extensión tardía de esos usos y costumbres por los que los gobernadores de entonces se identificaron? Para ejemplo el uso de jueces y ministerios públicos y congreso estatal para criminalizar la protesta social y encarcelar opositores.

¿Y Piña Olaya, Bartlett, Melquiades y Marín? ¿A quién le aprendieron las mañas para convertir una expropiación con causa de utilidad pública en las Cholulas en el más descarado proceso de especulación inmobiliaria que recuerde la historia de Puebla?

¿Quiénes han sido los Jenkins con los que los gobernadores recientes han hecho negocios en Angelópolis y sus Lomas?

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Cuántas preguntas por responder en busca del Señor Jenkins.

Un libro tan necesario y tan nuestro.

Mundo Nuestro.

Mundo Nuestro. El martes 7 de marzo del 2017 pasado se presentó en la Casa de los Hermanos Serdán en la ciudad de Puebla el libro Dos revolucionarios a la sombra de Madero, de Beatriz Gutiérrez Müller, ed. Ariel, México, 2016. Presentamos en este arranque de semana las reseñas escritas para el evento por los investigadores Emma Yanes Rizo, Gabriela Pulido Llano y Julio Glockner Rossains.

El nuevo libro de de la novelista e historiadora --y siempre periodista-- Beatriz Gutiérrez Müller relata la vida de dos héroes desconocidos, centroamericanos los dos, que se la jugaron con Francisco I. Madero. Dos hombres plenos en una época en la que el periodismo, la poesía y la revolución se daban la mano por el sueño de una América justa y democrática. Aquí, la introducción de Dos revolucionarios a la sombra de Madero.



Cuando el joven empresario agrícola, Francisco Ignacio Madero González, comenzó a luchar por la democracia nacional, allá por 1907-1908, el gobierno y la intelectualidad lo ningunearon. El credo de la élite era que Porfirio Díaz jamás caería. Es un roble, decían. Loco, iluso e insignificante eran, en cambio, algunos de los calificativos que el buen Pancho recibía por aquí y por allá. En 1908, cuando a los 35 años publicó La sucesión presidencial en 1910 donde ofrecía un diagnóstico de la vida nacional y la imperiosa necesidad de cambiar el régimen, muchos lo tomaron como una bufonada inofensiva; incluso, no faltó quien pusiera en duda su capacidad para ser él el autor…

En su campaña por la Presidencia de México, en 1910, pocos confiaron en él. Los hombres de letras, periodistas a veces; escritores o artistas y pensadores en general, lo ignoraron pues preferían y prefirieron acomodarse al sistema del que recibían satisfactorios beneficios.



Vaya que ha sido enorme el enorme trabajo de rastrear a los pocos hombres que se la jugaron con él, para hablar de ellos ahora. Me refiero, en particular, a dos centroamericanos liberales que abrazaron la causa maderista y que no flaquearon ni un instante: José Rogelio Fernández Güell, de Costa Rica y José Solón Argüello Escobar, de Nicaragua. El primero fue asesinado en 1918, al frente de una revolución a la que él mismo convocara, para combatir a un dictadorcito en ciernes que trataba de imponerse en Costa Rica: Federico Tinoco Granados. El segundo tiene una historia de vida como la de José Martí: un emancipado, hacedor de versos rebeldes y batidor de utopías que, llegado el momento, murió por el alto ideal de ser libre. Fue ultimado por otro dictador, Victoriano Huerta.

Los dos fueron leales a sí mismos, y más o menos temperamentales, no dejaron al amigo solo. Eran como espíritus, velando. De hecho, los dos compartieron la doctrina espírita que nutrió la vida de Madero.

Cuando en un principio me encontré con ellos, los iba juntando por tener esos denominadores comunes (centroamericanos, maderistas, periodistas y poetas). Sin embargo, sorprendida quedé al saber que se conocieron en la vida real, estuvieron codo a codo remando contra la corriente, y se hicieron amigos. Los dos. Rogelio participó en la fundación del Partido Constitucionalista Progresista y estuvo presente en la convención que eligió a Madero candidato presidencial; Solón llegó a formar parte de la directiva en 1912. Fernández Güell editó el quincenal El amigo del pueblo, órgano del club libertador «Francisco I. Madero», en la segunda mitad de 1911, al mismo tiempo que Argüello escribía vigorosos y nada titubeantes editoriales desde Nueva era, donde, a su vez, colaboraba el costarricense de forma eventual. Para el siguiente año, Argüello y Fernández Güell sacaban La época. Bisemanario político, de información y variedades, activo solo el primer semestre de 1912. Ambos, por lógica, trabajaron en el gobierno de Francisco I. Madero. En los funestos días que siguieron al magnicidio del amigo, mientras Fernández Güell retornaba a Costa Rica, Argüello escapaba a La Habana para recibir a la desterrada familia del presidente. La escoltó hasta Nueva York y volvió luego de unos meses a México, para tomar tareas por rumbos distintos: entre otras, Solón se hizo revolucionario en Nayarit.



Ni conspicuos maderistas de hoy saben de ellos. Quizá oyeron el nombre de Rogelio Fernández Güell porque algún historiador de los cuarenta o cincuenta citó su magnífica obra de 1915, Episodios de la revolución mexicana, inédita en México y desconocida por los especialistas. Además de excelente prosa, contiene información de primera mano sobre la muerte del caudillo, y hasta el triunfo de Venustiano Carranza. Fue hasta la primera edición de Los últimos días del Presidente Madero [La Habana, 1917], cuando Manuel Márquez Sterling la citó por primera vez. Rogelio era un hombre cultísimo, conferencista celebrado, un erudito, prolífico escritor, periodista comprometido y filósofo. Cultivó todos los géneros: artículo periodístico, crónica, ensayo, novela, poesía, biografía, relato, crítica literaria… Fue amigo de Jacinto Benavente, de José Santos Chocano y de Rubén Darío, entre los más conocidos; el primero, incluso, le prologó uno de sus libros. Fue nombrado miembro de la Real Academia Hispanoamericana de Ciencias y Artes de Cádiz. En el gobierno maderista, nada menos, se desempeñó como director de la Biblioteca Nacional. Publicó más de diez libros y un sinfín de poemas y artículos desperdigados, hasta donde se sabe, en periódicos y revistas de Costa Rica, Cuba, México y España.

Pero Solón Argüello, aún más desconocido. Juan Sánchez Azcona, Francisco Rojas González, Luis Aguirre Benavides y Adolfo León Ossorio le dedicaron algunas palabras... Márquez Sterling, al narrar la llegada de la familia de Madero a La Habana, el 1 de marzo de 1913, cuenta cómo se encontró, en el muelle, con Serapio Rendón, diputado exiliado y quien, «entre centenares de personas, […] me presentó, allí mismo, al poeta Solón Argüello y al diputado Aguirre Benavides».i El nicaragüense había llegado a formar parte del último círculo íntimo del presidente Madero. De febrero de 1912, hasta el asesinato del prócer, un año después, se convirtió en algo así como su secretario privado, a quien asistió en la redacción de discursos —como lo describió Fernández Güell en Episodios— y en su propagandista, al tiempo que dirigía los últimos meses de vida de Nueva era hasta que las oficinas de la publicación fueron incendiadas. Solón escribió muchos artículos apologéticos de la causa maderista. En México, imprimió tres libros de poesía y relato, amén de poemas sueltos, cuentos cortos, relatos y artículos en periódicos y revistas. Cuando llegó a México, fue un protegido del famoso abogado Joaquín D. Casasús y de Justo Sierra, a quienes dedicó poemas. Cultivó amistades literarias con los cubanos Manuel Serafín Pichardo y Arturo R. de Carricarte, con el hondureño Rafael Heliodoro Valle y con el peruano José Santos Chocano, el poeta que, entonces parecía el ajonjolí de todos los moles políticos latinoamericanos. Solón siguió allí con Heriberto Frías, Alfonso Cravioto, Juan B. Delgado, Alfonso Zaragoza y Marcelino Dávalos que pertenecían o estaban cerca del Ateneo de México, fundado el 28 de octubre de 1909. Otros integrantes del grupo fueron Antonio Mediz Bolio, Amado Nervo y hasta los hermanos Max y Pedro Henríquez Ureña quienes apoyaron a Pancho poco o, más bien, nunca, desde sus cómodos despachos acondicionados para estimular el pensamiento y la creación, pero al margen de la realidad objetiva, y no hace falta ensuciarse los pies ni ensangrentarse las manos. Quedó en propósito para Argüello fundar México. Revista mensual de arte, ciencia, política y variedades, que planeaba conducir con la ayuda de Fernández Güell en la redacción y Alfredo Ramos Martínez en la dirección artística.

Sin darme cuenta, dejé de ser una estudiosa de su obra literaria y me convertí en historiadora por necesidad. Si nada hallaba acerca de la vida de ellos, estudiar sus libros no completaría el análisis que me proponía llevar a cabo. Al final, con esta investigación, mi interés me llevó a querer pagar una deuda cívica con hombres valerosos e íntegros que contribuyeron a la causa democrática de México. En segundo lugar, persistir en la difusión de alguna parte de su obra literaria para que los lectores del siglo XXI puedan conocer aquella lírica o estilo que los distinguió y coronó en su momento como escritores de talla internacional. De este modo, mi modesto trabajo en hemerotecas vacías, en bibliotecas abandonadas por visitantes, en archivos remotos, incompletos y llenos de material mutilado, se contentará con la publicación, por primera vez en México, de Episodios de la revolución mexicana, de Fernández Güell, y de la obra poética de Solón Argüello, que suma más de ciento veinte piezas.

Para este libro cuidé asentar solo aquello que contara con la debida corroboración documental y, en este transcurrir de aprendiz de historiadora, es muy probable que quede a deber informaciones, sobre todo, de Centroamérica, pues me limité a agotar las del país. Ofrezco todas las fuentes para que, en un futuro, un investigador curioso no parta de cero.

Quedaré agradecida con cualquier lector que se acerque a estas líneas con el interés de encontrar historia viva vuelta al tiempo presente. Quedaré conmovida si uno de estos lectores vibra, como yo, al leer estas viejas historias hilvanadas con cárcel y sangre.

Mundo Nuestro. El jueves 27 de octubre, en la Biblioteca La Fragua (5 pm) se presenta el libro Voluntad e infortunio en la conquista de México (INAH-Ediciones El Tucán de Virginia, 2015), del historiador Luis Barjau. Esta reseña de la Doctora Emma Yanes Rizo, quien participará en el evento, nos ofrece una perspectiva de los alcances del libro en su propósito de comprensión del genocidio con el que dio inicio la historia de lo que hoy llamamos México. (La pintura que ilustra este texto es de Leandro Izaguirre, realizado en 1892, y se exhibe en el Museo Nacional de Arte.



En este libro, Luis Barjau de manera crítica desglosa cómo el ya muy conocido tema de la conquista suele verse en la historia oficial, y en la historiografía en general desde por lo menos el siglo XIX, con la lente cultural, moral y sociopolítica del presente, que salvo algunas excepciones suele dejar atrás el horror que fue; en ese sentido coloca a la conquista en la historia nacional como un período difícil pero aceptable, ya que dio origen al pueblo mestizo que somos, a pesar de que sataniza a dos personajes fundamentales de dicha historia: la Malinche y el pueblo tlaxcalteca. La primera por ser la concubina y traductora de Hernán Cortés, el segundo por su alianza con los españoles contra los mexicas.

Por su parte, para explicar tan complejo fenómeno Luis Barjau, como corresponde a todo historiador serio, busca entender ese periodo histórico, partiendo de los antecedes del hecho de la toma de Tenochtitlán, tanto en lo que llamamos México prehispánico, como el de la España de entonces, desde el punto de vista de la mentalidad de la época en uno y otro lado del océano, claro está que hasta donde las fuentes documentales se lo permiten. En ese sentido, aclara Barjau, la conquista no fue un encuentro entre dos pueblos que dio origen posteriormente a una gran nación, sino un genocidio prolongado que arrebató a ciertos grupos indígenas no sólo su territorio, también su religión, sus tradiciones y costumbres, su modo de producción y su organización sociopolítica, de la que los españoles conservaron, sin embargo, aquéllos elementos que les parecieron útiles para ejercer a mediano plazo el completo dominio sobre sus dispersos oponentes. Así como a su vez los indígenas lograron que sobrevivieran algunos de sus dioses (incluso hasta la actualidad), en el sincretismo con las propias imágenes o santos españoles.



Desde el punto de vista del autor, el genocidio de la conquista encontró el pretexto ideológico perfecto en la idolatría y los sacrificios humanos a los dioses, generalizándolos hasta la saciedad y no mostrándolos como lo que realmente eran: un acto ritual con funciones específicas. La religión católica, autoritaria y proselitista, debía por lo tanto imponerse a toda costa (no olvidemos que estamos en la época de la persecución y expulsión de España de moros y judíos) para “salvar” a las almas impías, ya fuera por el camino de la reconversión o el del castigo. Pero al mismo tiempo, al dotar de alma a los indígenas, lejos de buscar esclavizarlos en el sentido estricto del término, como ocurrió por ejemplo en Cuba y Santo Domingo, ahora, bajo la iniciativa de Hernán Cortés, se buscaron alianzas con algunos pueblos y caciques indígenas a través de los lazos matrimoniales, lo que señala el autor como una particularidad de la conquista de México.

A pesar de que la conquista fue un acontecimiento social en el que intervinieron muchos factores, Luis Barjau destaca al igual que otros autores, pero desde un punto de vista distinto, a Hernán Cortés y a La Malinche, como dos figuras emblemáticas. El primero porque supo tanto compilar y analizar con cuidado la información existente (llega la isla de Cuba a los 19 años y a Yucatán a los 33 años), como por tener la capacidad de entender que el nuevo continente no era una nación, sino que estaba conformado con grupos de indígenas dispersos, algunos más desarrollados que otros, pero que contaban sin embargo con religión, ciudades, una jerarquía social y desarrollo comercial; y que estaban enfrentados entre sí las más de las veces por conflictos en torno a los tributos, que era la forma de pago en especie de los vencidos hacia los vencedores. Antes de hacerse a la mar rumbo a Yucatán, Cortés sabía ya del factor sorpresa que implicó para los indígenas el arribo de los españoles con sus caballos al nuevo continente, ya que mientras los fuereños provenían de un mundo en contacto con otros pueblos europeos, e incluso con Asia y África, los indígenas en cambio no habían imaginado que hubiera nada más allá del mar, mucho menos seres humanos que parecían ser uno sólo con el animal de cuatro patas que montaban.



Del Lienzo de Tlaxcala, Siglo XVI

La Malinche por su parte, gracias a su habilidad como traductora, pasó de ser una simple esclava, a la señora de un hombre que no sólo la supo acoger, también la dotó del poder suficiente como negociar con otros pueblos el apoyo a los indígenas a los hispanos, o en su defecto para atacarlos conociendo sus debilidades, dioses y costumbres. Pueblos que en esa etapa de ninguna manera se sentían parte de una sola nación, de una sola raza. La conversión al catolicismo, por su parte, tampoco fue del todo complicada, porque para los indígenas, comenta Barjau, la adopción de uno u otro dios dependía básicamente de las circunstancias y era una práctica común, cambiar de uno a otro dios según los favores que requerían de los tan temidos fenómenos naturales. El que en el cristianismo no existieran los sacrificios humanos, por esporádicos que éstos fueran en el mundo indígena, hipotéticamente, comenta Barjau, pudo inclinar la balanza de los indígenas a favor de esa religión.

Finalmente, Luis Barjau analiza como un antecedente fundamental que permitió el hecho de la conquista de Tenochtilán la merma de la población indígena debido a las enfermedades traídas por los españoles, ante las cuales los indígenas no poseían defensa alguna y en las que creía provenían como castigo de los dioses. El mismo año en que arribó Cortés al ahora México, en 1519, indica Barjau, la viruela mató a ocho millones de indígenas. Por su parte, algunos especialistas indican que hasta antes de la llegada de los españoles, la población autóctona ascendía a veintidós millones de personas; a finales del siglo XVI, debido a las epidemias, las guerras y los trabajos forzados, quedaban dos millones de indígenas, que de cualquier manera y a lo largo de la historia han seguido siendo grupos marginales, a pesar de que nos vanagloriemos de ser una nación mestiza y que convenientemente, como rescate de una cultura mutilada, nos llamemos México.

Si el hecho de la conquista nos convirtió con el tiempo en una nación, eso es una historia aparte, una invención primero de la propia España que quiso replicar su nombre y grandeza de este lado del océano. Y después en el siglo XIX de los criollos y mestizos, los hijos rebeldes que quisieron buscar sus orígenes en el mito fundacional mexica.

Quiero comentar por último que en esta historia de invención de la patria, motivo quizás de otro libro, habrá que analizar también el impacto de la conquista en la propia España como un elemento fundamental para su conformación en un solo reino; ya que como sabemos el siglo XVI español fue en una etapa de diferencias, conflictos y guerras internas y externas en el que quizás,+ la conquista de México, con sus recursos naturales y minerales, además de fuerza de trabajo, actuó como un factor de unidad y expansión de un nuevo imperio.

En los muros de la ciudad es el título del conjunto de crónicas de Héctor de Mauleón y Rafael Pérez Gay publicadas por la revista Nexos en el mes de septiembre, y que forman parte del libro Ciudad de México. 200 lugares imprescindibles editado por Cal y Arena.



En 1921 el gobierno de Álvaro Obregón cometió un atentado contra la memoria: eliminó los nombres de las calles que la Ciudad de México venía arrastrando desde su fundación y los sustituyó con los de las repúblicas latinoamericanas que habían reconocido su gobierno. La calle que durante cuatro siglos se llamó Sepulcros de Santo Domingo fue nombrada República del Brasil. La calle del Relox fue bautizada como Argentina. Lo mismo sucedió con el resto de las calles del Centro, a las que se había nombrado a partir de la importancia de sus edificios (La Profesa, Santa Teresa la Antigua), del lustre de sus vecinos (Zuleta, Meave, Ortega), o de los hechos inolvidables que hubieran ocurrido en ellas (Callejón del Muerto, La Quemada).

Un grupo de cronistas alertó sobre la desintegración de la memoria urbana y en 1928 logró colocar en las esquinas pequeñas placas de azulejo con el nombre antiguo de las calles. El proyecto quedó inconcluso.

Al cataclismo histórico iniciado por el obregonismo se agregó la desaparición de manzanas enteras para abrir paso a la modernidad, que es uno de los nombres del olvido. Casas y edificios cayeron como una forma de repudiar los ayeres porfirianos, el pasado virreinal.

El resultado fue una ciudad con la memoria cercenada.

Ciudad de México. 200 lugares imprescindibles es un libro editado por Cal y arena y el gobierno de la Ciudad de México. A través de crónicas breves, como fósforos que se encienden en un mundo en sombras, Héctor de Mauleón y Rafael Pérez Gay recorren hechos y lugares que no deben ser olvidados.



Allende 38 (Héctor de Mauleón)


En este convento vivió Isabel de Tobar, a cuya solicitud Bernardo de Balbuena escribió el primer poema dedicado a la Ciudad de México, Grandeza mexicana. 1604.



En 1602 Bernardo de Balbuena era un cura hastiado de vivir en un pueblo remoto. Acababa de cumplir 40 años y llevaba varios de ellos encerrado en un rincón de la Nueva Galicia: la parroquia de San Pedro Lagunillas.

Ese año Balbuena decidió buscar “una dignidad o una canonjía en las iglesias de México o Tlaxcala”, así que empacó sus pertenencias y abandonó el curato. No se sabe por qué fue a despedirse, muchas leguas al norte, de una viuda que vivía en San Miguel de Culiacán y estaba a punto de encerrarse por el resto de sus días en un convento de monjas de la Ciudad de México. La viuda se llamaba Isabel de Tobar. Hace mucho que los críticos se preguntan por las razones de aquel viaje. La respuesta se ha perdido para siempre.

02-balbuena

Ilustración: Kathia Recio

Balbuena, nacido en Baldepeñas, había llegado a la capital de la Nueva España a los 21 años. Le gustaban la poesía y los libros. Fue premiado en varios certámenes poéticos. Estudió teología —tal vez en la Real y Pontificia Universidad de México— y poco después se ordenó como sacerdote.

En San Miguel de Culiacán, Isabel de Tobar le hizo un encargo: “que le escribiese, diciéndole cómo era y qué había en la mayor ciudad de la Nueva España”. Balbuena precedió a su amiga en el viaje y cumplió la encomienda. Escribió, en tercetos endecasílabos, el primer poema dedicado a la Ciudad de México: Grandeza mexicana, cuya dedicatoria a Isabel Tobar, acompañada por el verso: “Mándasme que te escriba algún indicio/ de que he llegado a esta ciudad famosa/ centro de perfección, del mundo el quicio”, marca la entrada de la mujer en la poesía hispanoamericana.

El libro fue publicado en 1604 en la imprenta de Melchor Ocharte. Balbuena viajó a Madrid, llegó a ser obispo de Puerto Rico. No volvió jamás a la Nueva España. Doña Isabel profesó en San Lorenzo, un convento recién fundado. Ahí deben estar sus restos.

República de Brasil 46 (Rafael Pérez Gay)


En esta casa murió, el 3 de febrero de 1895, el imprescindible poeta y cronista Manuel Gutiérrez Nájera.

La señal de los nuevos tiempos vino para Manuel Gutiérrez Nájera un mediodía de noviembre. Mientras se rasuraba, se hizo con la navaja una pequeña herida de barbero distraído. El hilillo de sangre tardó tres horas en detenerse. El Duque Job, como también firmaba en los periódicos, era hemofílico. En los primeros días de 1895 la influenza lo debilitó con fiebres altísimas. Al poco tiempo descubrió con estupor un tumor bajo el brazo, en la axila. Dejó de cumplir con su trabajo en la redacción de El Partido Liberal y como diputado por Texcoco. Una junta de médicos discutía la forma de operar sin ocasionar una hemorragia fatal e incontenible. El sábado 3 de febrero Carlos Díaz Dufoo subió las escaleras adornadas con azaleas de su casa en la calle de Sepulcros de Santo Domingo. Gutiérrez Nájera se encontraba grave. Más tarde, Luis G. Urbina visitó al poeta y acompañó su cuerpo inerte. Toda la prensa, sin excepción, dedicó sus primeras planas a Gutiérrez Nájera. Llovieron obituarios y condolencias para la viuda. Días más tarde, Amado Nervo escribió: “Ese inmenso cerebro fue desparramando lo mejor de su esencia en el periódico”. Gutiérrez Nájera cerraba el siglo prosístico mexicano en una atmósfera de melancolía y promesas de tiempos turbulentos.

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Ilustración: Kathia Recio

En revista Nexos el conjunto de crónicas En los muros de la ciudad.

Mundo Nuestro. La tarde espléndida del domingo le permitió al sol jugar con los cúmulos amenazantes al norte de la ciudad. La lluvia no llegó ayer, y al final las nubes se convirtieron en el manto negro con el que cayó la noche. Pero la memoria me la dejaron esos cúmulos bárbaros, encendidos, asomados sobre nuestra modorra vespertina. Una tarde así, hace veinte años, de nubarrones magníficos alumbrados por el sol entrometido, dio paso a una noche trágica para la historia de la ciudad de Puebla, marcada por la furia de un río en el que poco pensamos, el Alseseca, apretado por la urbe contra la ladera del Teposúchitl, hermano menor del Atoyac y tan maltratado como aquél. Un río que desnudó en una sola tormenta la trama de necedades y corruptelas que acompañan de siempre el oficio de mal gobierno con el que los políticos le han dado lustre a las desgracias de la ciudad.

1.- Viernes 21 de junio de 1996 por la noche: la naturaleza desnuda la fragilidad de una ciudad que ya no sobrevive a sus engaños. Para la mala metrópoli un espejo implacable, el torrente espeso de lodo, árboles, piedras y basura desborda el desastroso paisaje de su desarrollo urbano. Los espejismos del progreso nos arrojan cadáveres destrozados en el fango. Nunca nuestro periodismo gráfico encontró territorio más propicio, y sus imágenes certeras alumbran el precipicio de nuestras equivocaciones.



2.- Media tarde. Seres anónimos circulamos extasiados por el espectáculo de las nubes, cúmulos y macisos grises en tonalidades tan variadas como los verdes del campo. Presagio de tormenta que no conmueve a los automóviles con sus soledades y desatinos empañados por los primeros asomos de la descarga tropical. 46 milímetros, dirán después los meteorólogos, como pocas veces se ha visto en los últimos cincuenta años. La mayor parte correrá por las faldas erosionadas de la Malinche. La dimensión de la catástrofe nos hará entender otras medidas: la extensión y profundidad de las barrancas del norte de la ciudad, con sus nombres antiguos --Xaltonac, El Conde-- que se hunden en los ríos Atoyac, San Francisco y Alseseca; la magnitud del desastre ambiental que significa pensar en la deforestación de los bosques, la erosión de la tierra, el taponamiento de los cauces, su reconversión en caños y basureros.

3.- Rumbo a la medianoche del viernes no imagino ese torrente de lodo y equivocaciones que arrastrará la vida de diez personas. Sufro la tormenta que estropea planes y ensoñaciones de reventón adulto. Quiero reconstruir una imaginación que no se produjo el viernes: un taxi en ese arroyo natural reconvertido en la vialidad heroica Cadete Vicente Suérez, un chofer fuera de la unidad que grita, implora, increpa a su pasaje. No hay más tiempo: el auto es una piedra más, otro tronco brutal decapitado con tres seres anónimos con sus ánimos, sus proyectos, sus broncas, su futuro atrapado en el lodo, ramas quebradas que no murmuran más lamentaciones.



4.- La noche entera. La respuesta y la angustia. Por radio la voz de un bombero: “No se puede más, comandante. No terminamos en un lado cuando ya piden auxilio en otro. Qué hacemos jefe... Si metemos el camión nos va a llevar la corriente también a nosotros”. No pararían, minuto a minuto recibían nuevas órdenes de la Central.

  1. - Juan Pantaleón Sebastián, presidente de la colonia La Providencia hará un recuento el domingo: han limpiado las calles; no hay teléfonos; no hay luz. Platica con el gobenador Bartlett. “El problema está en la mala planeación, señor. No nos tomaron en cuenta cuando desviaron el cauce del río

Amalucan”. Así fue: el arroyo fue desviado hacia el Alseseca en un ángulo de noventa grados para dar paso a la vialiad Vicente Suárez. No resistió el embate del torrente, que buscó su sendero original. Ahí empezó a arrastrar a los automóviles. “No nos hicieron caso --insiste--, debieron haber construído un puente”.



“Esta obra es del sexenio anterior”, responde el gobernador. “Lo que nosotros hicimos fue darle continuidad a estas vialidades”.

Luis Ontañón, director del Soapap, y Eduardo Macip, flamante secretario de la SEDUEP, se miran. “¿Quién construyó esto?”, se preguntan. “¿Tú ya estabas?”, se dicen.

El torrente tampoco tuvo conocimiento.

6.- De las imágenes recientes del poder.

Primera: como en un juego de niños mal portados, los grupos de los gobernantes Manuel bartlett y Gabriel Hinojosa se mueven cada uno por su lado. Ocurre así el sábado. Tampoco el domingo se juntan. Los dammificados se acercan, explican, demandan. Pero los dos políticos nunca los enfrentan juntos. No dejan de lado sus diferencias. Los ciudadanos no los vemos codo a codo ante la tragedia.

Segunda imagen: también el domingo, pero en Zacatecas, una comida informal con los reporteros. El presidente Zedillo afloja el cuerpo y hace una declaración increible si se valora lo sucedido en los últimos años y se recuerdan sus mensajes reprobatorios: “Lo que nos ha faltado en México durante varios años es debatir políticamente cuál es el camino económico para que nuestro país se desarrolle. Ha habido muchas críticas, muchas posiciones rígidas por parte del Estado, y creo que lo que debemos hacer entre la crítica y la posición rígida es dialogar, debatir y todos poner nuestro mejor esfuerzo para llegar a un entendimiento mínimo que no borre las diferencias, las ideologías que cada quien sostiene, pero que con toda sinceridad reconozca cuáles son las posibilidades reales del país, dónde estamos históricamente en este momento de encrucijada, pero sobre todo dónde podemos estar si nos ponemos de acuerdo en lo fundamental”.

Son imágenes del poder. Reflejos de nuestra fragilidad, de nuestros espejismos, de nuestro destino. Ojalá Ernesto Zedillo tome en serio sus palabras. De hacerlo, los mexicanos lo recordaremos como nunca lo hemos hecho con presidente alguno desde los tiempos de Lázaro Cárdenas.

Ojalá los mandatarios Bartlett e Hinojosa reflexionaran en lo dicho por el presidente. Igualmente los recordarían con cariño nuestros hijos y nietos.

Los caños, los sueños, las equivocaciones. En la memoria aquel anuncio en el viejo cine Puebla, tal vez en alguna matiné de vaqueros y pirata. Un corte transversal de la obra proyectada para el río de San Francisco; descomunales bóvedas amarrarían por doble vía la corriente. Pocos objetaron la obra. Pocos protestaron entonces por su realización que redujo a la mitad la dimensión del acueducto.

Nos persiguen las ensoñaciones. Treinta años después la naturaleza sigue derrotando a los ingenieros. Los políticos persisten en sus sueños.

Mundo Nuestro. Está ya en librerías el nuevo libro del historiador veracruzano Bernardo García Días, y una vez más, una maravilla. Esta es la reseña que Emma Yanes Rizo ha escrito con motivo de este grato acontecimiento. Las fotografías que ilustran este texto fueron tomadas del libro con la autorización de su autor.

Bernardo García Díaz, TLACOTALPAN Y EL RENACIMIENTO DEL SON JAROCHO EN SOTAVENTO, Universidad Veracruzana, 2016, con la colaboración de Hilda Flores.



Bernardo, mejor conocido como El Tigre, no se convirtió en historiador en busca de méritos académicos, ni por el ansia de prestigio publicando en revistas científicas a veces ilegibles. Amante de la literatura desde joven le pareció que la realidad era siempre superior a la ficción y quiso contarla no pensando en la academia sino sobre todo en los protagonistas de sus propias historias, es decir en el mismísimo pueblo veracruzano. Y después, desde luego, también en el de Cuba. Pueblos alegres y jacarandosos ambos y también, ya se sabe, inmersos una y otra vez en conflictos sociales. Sus personajes reales y sus historias colectivas, narradas siempre desde la vida cotidiana, al verse reflejadas en las páginas de Bernardo, adquieren una nueva dimensión: el descubrimiento de los personajes por sí mismos, que deriva en el orgullo de lo que son y de sus ciudades, la defensa de su patrimonio tangible e intangible; la música, el son jarocho adquiere una dimensión de algo que no sólo se lleva en las venas, entre copla y copla, entre albures y ritmos, como no queriendo, se ha convertido en patrimonio cultural de México.





Y Bernardo que ha recorrido archivos, bibliotecas y fototecas en el puerto de Veracruz, Orizaba, Jalapa y Tlacotalpan entre otras ciudades, pero sobre todo escuchado a su gente en largas entrevistas y en el fandango, se ha convertido también en un personaje de la localidad. Un personaje no previsto por él mismo, una reconstrucción de su persona, acaso una invención colectiva que se ha ido entretejiendo en las charlas de café, en las cantinas, quizás en los tugurios de mala muerte, pero sobre todo en los portales del Puerto de Veracruz. De Bernardo no tengo ni su correo electrónico, ni su teléfono. Lo dejé de ver hace algunos años en los portales del puerto, luego de unas copas para festejar que habíamos terminando el libro La Estación Ferroviaria de Veracruz, supuestamente coordinado por mí y escrito con la magistral pluma de Bernardo. Me lo volví a encontrar hace poco, en los mismos portales en los que yo andaba por casualidad. Me saludó entusiasmado y me mostró, tenía que ser así, el domy de su último libro, que ahora tienen ustedes en sus manos Tlacotalpan y el renacimiento del son jarocho en Sotavento. Lo venderé de mano en mano, me dijo y con ello ayudaremos a financiar un Museo.

El libro ofrece una lectura triple que se entrelaza: la de la historia social de Tlacotalpan, la de la evolución del son jarocho y el propio testimonio gráfico. Tlacotalpan, la perla del Papaloapan, dirá Bernardo al principio del libro: “Es un resultado esencialmente humano, es decir, histórico, fruto en gran medida del esfuerzo secular –de las versátiles aptitudes comerciales y del copioso sudor—de numerosas generaciones de Tlacotalpeños que empecinadamente, en diferentes épocas y capitalizando su otrora privilegiada ubicación, defendieron tenazmente su derecho a existir y florecer.”

En la primera parte Bernardo destaca el lugar privilegiado de la entonces isla durante el dominio indígena, cuando la población constituía uno de los principales señoríos nahuas del bajo Papaloapan. Tlacotalpan disponía de una ubicación privilegiada, pues se encuentra frente al punto donde confluyen dos grandes corrientes fluviales: el Papaloapan –el río de las Mariposas, el río padre— y el Michipan, que provenía de la región del Istmo. La aldea era la parte más angosta del embudo que concluía en la costa, formado por los ríos San Juan, Tesechoacán, Tonto y Papaloapan. Las corrientes de esos ríos confluían en la antigua Tlacotalpan, situada a escasos kilómetros del Golfo de México. En el siglo XVI el asentamiento fue considerado pueblo de indios, con la consecuente prohibición de albergar a españoles, mestizos y mulatos. Pero poco a poco empezaron a asentarse vecinos europeos, sobre todo españoles y franceses; y en el siglo XVII, debido al ataque y saqueo de los piratas ingleses, nuevas familias blancas se asentaron ahí.

En el siglo XVIII Tlacotalpan ya era un centro comercial importante, con una población multiétnica, integrada entre otros por europeos, mestizos, mulatos y negros, esclavos estos últimos que escapaban de Orizaba y de Córdoba y que al mezclarse con las indias dieron origen a la población afromestiza, inicialmente llamada en forma despectiva jarocha. Con el tiempo el término se extendería a la gente del campo no indígena, y más tarde se convertiría en un rasgo de orgullo para los veracruzanos. De esa población surgirían los primeros sones jarochos en 1692.

El siglo XVIII fue para Tlacotalpan una época de bonanza acompañada de una nueva fisonomía urbana, que vino aparejada de la construcción del santuario de la Virgen de la Candelaria y de las posteriores fiestas que no tuvieron precedentes. Y empezaron a desarrollarse oficios como el cultivo del algodón, la ganadería y el trabajo en cuero, entre otros.

El son jarocho a su vez empezaría a consolidarse en ese período como género regional, que numerosas influencias e incluía instrumentos, coplas, tonadas marinas, versadas y afinaciones.

El son de inicio asociado con prácticas de hechicería, poco a poco cristianizó su repertorio y dejó de sufrir la condena eclesiástica. El son encontraría un espacio natural en las congregaciones y rancherías e invadió pronto ciudades y villas con motivo entre otros eventos de las fiestas patronales.

Durante el siglo XIX Tlacotalpan fue declarado puerto de altura en la ruta comercial que vinculaba la región del Sotavento con Veracruz, Nueva Orleans, La Habana y Burdeos. Convirtiéndose así en un puerto de intercambios internacionales. Sin embargo, la guerra civil de 1810 a 1867, así como las epidemias, provocaron caos y disminución de la población. Se logró a pesar de ello cierto crecimiento económico gracias a la industria del algodón y del tabaco. A su vez, como puerto internacional Tlacotalpan se llenó de productos diversos y tuvo acceso también a la influencia de la raza negra, en la música y en el baile. El siglo XIX será así el de la plena identidad regional jarocha.

Posteriormente, Bernardo narra con detalle un siglo XX con el desarrollo económico del porfiriato que hizo florecer la ciudad; la revolución mexicana que lo opacó y su nuevo despegue de los años veinte en adelante, a pesar de dificultades económicas e inundaciones.

Un libro este con especial atención a las coplas:

Mujeres de mi pueblo:

Debéis de odiar al río

Que avienta a vuestros hombres

Hacia otros sembradíos.

Y os quedáis resignadas

En el pueblo natal,

Como incógnitas cartas, rezagadas

En la lista postal.

Y si las damas fueron primero y lo seguirán siendo, motivo de inspiración, bailadoras y musas, en fechas recientes ellas mismas se convertirán también en autoras de coplas.

Una gráfica a su vez la de este libro que rinde homenaje al principal personaje de Tlacotalpan: el río y sus palmeras. Y de ahí a la ciudad toda con sus bellas iglesias, sus casas de colores con techos de dos aguas, sus alegres portales. Y desde luego a los personajes populares. De indudable belleza sin duda el cuadro al óleo de una bella morena con un loro en la mano con quien parece entablar un diálogo. La gráfica de este libro es así una celebración a la vida cotidiana de un pueblo que para ser mágico no necesita denominación alguna. En palabras de Elena Poniatowska: “Los tlacotalpeños despiertan tañándose los ojos y empiezan a cantar su vida que es un sueño o su sueño que es su vida.”

En hora buena.

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