Historia

Vida y Milagros

De niños nos llevaban al antiguo barrio de Xonaca ubicado en la parte más antigua de Puebla. Mi abuela tenía por ahí unos terrenos en los que alguna vez estuvo una ladrillera; ella creció en el campo teziuteco, así que en lo que ella consideraba las afueras de la ciudad, le encantaba criar gallinas y engordar puerquitos, como lo vio hacer en la casa de sus padres. A la "Ladrillera", como le llamábamos a la granjita, se llegaba rodeando las faldas del cerro de Loreto, el de la batalla del 5 de mayo, por un costado del viejo hospital de la Cruz Roja, por calles estrechas y extensos predios aún baldíos, mientras la ciudad de cuadrícula perfecta iba quedando atrás. En el camino cruzabas una pequeña plaza en donde aún está la inquietante "Fuente de los Muñecos", construida sobre un pozo seco en memoria de los pequeños hijos de un caporal del gobernador Maximino Ávila Camacho, que en una tarde de lluvia torrencial se perdieron rumbo al colegio . Se asumió entonces que se los tragó el pozo, aunque sus pequeños cuerpos nunca fueron recuperados. En su memoria y como remate de su posible tumba se colocó la fuente con dos figuras infantiles y se tapó el pozo para siempre. A mí esos niños de talavera de ojos fijos siempre me dieron miedo, aunque hasta hace poco supe de su leyenda. Sus esculturas y su fuente tienen algo de fantasmal.



La fuente de los Muñecos y su leyenda.

Al pasar la fuente se entraba a un mundo misterioso y remoto. Xonaca era entonces parecido a algunas calles de Coyoacán. Tenía una Iglesia de piedra sin estuco con un atrio sembrado con fresnos que ya entonces eran enormes; frente a ella veíamos un edificio colonial abandonado, nada menos que el antiguo palacio episcopal en donde muchas noches durmiera Juan de Palafox y Mendoza, el hombre que terminó de construir la catedral de Puebla y fundó la Biblioteca Palafoxiana. Cuando quería descansar y retirarse al campo, ese era su refugio. La iglesia se erguía bien conservada y con un culto vivo y ferviente; no así el palacio, que estaba entonces cayéndose a pedazos.



El barrio, uno de los primeros de Puebla, recibió su nombre del cerro de Xonaca. Todo ese rumbo estaba lleno de arroyos y ojitos de agua que desembocaban en el Río San Francisco, comunicado con la ciudad por sus numerosos puentes, como el de las Bubas, el de Ovando o el Motolinia. El río fue entubado en lugar de saneado en 1964 y hoy solo quedan vestigios de todo, tanto del entorno natural como de lo que fuera el barrio con su carácter colonial, sus arcadas y su pequeño acueducto.



Puente sobre el río San Francisco; al fondo el templo.

El Paseo de San Francisco con el puente a la altura de la actual 14 Oriente.

Puente de la Democracia, en la 18 Oriente

Fotos tomada del portal Puebla Antigua.

Diapositiva con la que anunciaban en el cine la obra de entubamiento a principios de los años sesenta.

En medio del desorden urbano y avenidas enormes, de repente, como un regalo, una sorpresa y don, aparece el pequeño espacio en el que está la iglesia, separada del palacio por una callecita en la que reina un fresno que debe de estar cumpliendo ya los 250 años. Está casi al final de su vida, porque los fresnos no suelen vivir mucho más. Como dice José Luis Escalera, mi primo, acompañante y guía por el pasado y la memoria de Xonaca, ese fresno es el más hermoso de Puebla. Es perfecto. No ha recibido "podas de equilibrio" ni otras aberraciones que suelen hacer los humanos sobre los árboles, muchas veces de manera innecesaria. Para colmo de bienes no le estorba a CFE. Una mano anónima en el pasado le ha creado alrededor un redondel enorme para enmarcar su belleza y protegerlo de los coches y los vándalos. Su sola contemplación y su presencia crean una experiencia mística y una sensación de veneración como la que solo produce la naturaleza.

El antiguo palacio episcopal permaneció en total abandono hasta hace pocos años, en que una empresa extranjera que opera restaurantes lo compró y restauró y ha constribuído a consolidar uno de los espacios más interesantes y entrañables de Puebla. Por supuesto que hubo quién se cortó las venas por ello, pero antes a nadie le interesó ni comprarlo ni restaurarlo, ni a la misma iglesia católica ni a los gobiernos, que ambos, por dinero cuando quieren, no paran.

El fresno y el palacio han sobrevivido y convivido juntos 250 años. En Puebla da miedo ver a un árbol bonito y grande. Basta admirarlos para que al día siguiente aparezcan podados, mutilados o de plano, talados. Este árbol sin defectos, perfecto y maravilloso, con un tronco enorme y sin cicatrices, al igual que el antiguo palacio episcopal, ha sobrevivido a la barbarie de los poblanos de los últimos setenta u ochenta años. Pues bien, cerca de ahí estaba el terreno de mi abuela. Mi mamá heredó de sus papás una parte en 1980, un terreno que afortunadamente expropió un presidente municipal en 1990 para completar la construcción de un parque. Ella era una persona generosa y amaba a su ciudad; no se enojó, no se opuso y aceptó las bajas indemnizaciones de entonces.

"Es para un parque, así que está bien", nos dijo.

Me gusta visitar al fresno y sus dominios y mi visita por el pasado termina en ese parque, viendo jugar a los niños y a los jóvenes en uno de esos oasis que son los parques en el mundo. Jóvenes, viejos y niños disfrutan del espacio sin importar la edad, sin saber ni a qué partido ni a quién se le ocurrió esa acción constructiva. ¿Realmente importa? Creo que no. Alguien hizo un trabajo que le tocaba hacer, por el que fue remunerado y por el que ahora, al recordarlo, quizás se sienta feliz.

Estamos mucho más de paso que un árbol majestuoso. ¿Cómo es que lo olvidamos?

Trabajar en Puebla: Los extremos de la industrialización

Navidad en Audi/Huelga en Flex N Gate

Mundo Nuestro



Dos videos de los extremos de la industrialización en Puebla. El mundo de ensueño que AUDI ofrece a los campesinos de San José Chiapa, santaclaus de por medio, piñatas y lucecitas... y no faltan las sillas de ruedas que les trae la navidad alemana. Y el mundo real en la industria de autopartes: la de los salarios por el suelo y el sindicato blanco que finalmente provocan la rebelión obrera.



Navidad en Audi



La huelga en Flex N Gate

Trabajar en Puebla, 2014

Yo nací en Santa María Coatepec, allá por El Seco. Estudio literatura en la ciudad de Puebla. Pero sé lo que significa trabajar la tierra.



La vida del campesino nos remite a los orígenes del sedentarismo en el ser humano, a una población rural que cultiva sus propios alimentos. La cosecha se convierte en el único medio de subsistencia. Los granos de maíz como el más valioso tesoro de la tierra.

Casi esclavos, aún en pleno siglo XXI. Entrega total a los terrenos de cultivo, un sector económico que sólo les genera pocas ganancias, pero grandes beneficios. Estos son algunos testimonios del trabajo campesino en Puebla.

“Los hijos hicieron su vida por otro lado, abandonaron la tierra…”



Ignacio Flores Valerio es propietario de cinco terrenos, tiene 75 años, es casado y con cuatro hijos; de escasa educación --apenas llegó al tercer grado de primaria--, se integró muy pronto al mundo laboral de sus generaciones pasadas: la de sus bisabuelos y abuelos, la de sus padres. La herencia de ellos, es la tierra.

Ignacio siembra maíz blanco y negro, entre otras semillas, como la calabaza, el haba y el frijol. Vive únicamente de los ingresos que le proveen sus terrenos, pues aparte de contar con cinco tierras, o hectáreas, como se les conoce, él renta cinco terrenos más, para cultivar el maíz, principal fuente de la economía del campesino.



Cuando Don Ignacio no cuenta con las semillas para la cosecha, las compra, elige “semillas mejoradas” que ofrece el gobierno para el sector agrario, semillas alteradas con productos químicos, las cuales dicen prometerle mejorías en la producción y la calidad del producto. Él como todo campesino, trabaja sus terrenos con barbecho, surcada, labor y segunda; invierte por terreno $350.00 por surcada, ya que el trabajo de la siembra y lo demás requieren de gastos variados según los peones que contrate o de su propia mano y la de su familia para ahorrar en gastos extras. Cada vez que contrata peones, les tiene que pagar $120.00 a cada uno, más los gastos que implica llevarles la comida y la bebida; generalmente los contrata cuando se recolecta el grano, para piscar, cargar los bultos de mazorca, y se ahorra los gastos del transporte porque cuenta con camioneta. Recibe apoyo de PROCAMPO, para comprar el fertilizante, cada tonelada le sale en $5,000.00 o hasta $10,000.00 según sea la efectividad o la calidad del producto, a veces él tiene que comprar hasta dos toneladas para que el producto alcance a cubrir el abasto, por lo general adquiere de los dos tipos de fertilizante, del mejorado (con calcio, vitaminas y minerales) y del sencillo (sulfato). En caso de plagas o exceso de hierba mala, los gastos de los fumigantes corren por su cuenta; sin embargo cuando el dinero no le alcanza prefiere desenyerbar con mano propia con el azadón, al labrar la tierra hace lo mismo, se apoya de este instrumento para no ocupar tractor o bestias para el trabajo, pero al contar con la ayuda de sus caballos y yeguas, no duda en hacerlo para evitarse el trabajo pesado.

La siembra por lo general se lleva a cabo en los meses de abril y mayo, surcan en inicios de abril para que a finales de este mes se elija la semilla y se siembre. Los campesinos son muy calculadores respecto al clima y las cabañuelas; que también son como las estaciones del año, sólo que éstas se refieren al calor, las precipitaciones repentinas y los vientos, por ello la gente del campo permanece vigilante de los días apropiados para sembrar y cultivar. Así, las semillas podrán crecer de una tierra fértil y duplicarán su producto o será de mejor calidad, si uno falla en los cálculos correctos, la cosecha se perderá o la sequía y las lluvias torrenciales arrasarán con todo. ¿Cómo es la vida del campesino en realidad? Don Ignacio nos cuenta un poco de ello:



Foto: Magui Santos; Don Ignacio, en la puerta de su casa.

“Uno tiene que vender sus semillas para sostenerse en la vida. La vida del campesino es muy trabajoso, vaya se sufre mucho, pues allí se va uno, allí a trabajar, pues hay veces que, se sufre sed, se sufre hambre y hasta que llega uno a la casa a veces, a veces llega uno, a veces no llega uno. Eso se sufre, porque no es tan fácil la vida, pero sí, poco más o menos para hacer ejercicio, para estar activo, porque si no hace uno nada, pues queda uno muy mal, como le dijiera, ya sin hacer nada, queda uno muy inútil, ya sin ganas de trabajar. Hasta ahora no he tenido ningún percance, procura uno estar más o menos sano y todo eso para ir, porque si se encuentra uno malo pos, mejor no va uno. Recolecto mi semilla cuando ya está lista la cosecha, mete uno los trabajadores y lo achacalan, cuando llegan al mes de diciembre, ya se pisca y se acarrea, ya lo trae uno a la casa. Y ya lo almacena uno y ve uno si ya está bueno para desgranar, pues lo desgrana uno con la desgranadora y ya lo guarda uno. Y ya busca uno a donde le alcanza uno la semilla, porque pues estos locales a veces no alcanzan, entonces busca uno recursos de casa para que se guarde. Entonces ahí se va uno y lo guarda uno, hay que buscar la forma en que guardarlos, porque si los deja uno al abandono, se termina, se acaba, se desecha. Como por ejemplo, hay tengo mi camioneta, la guardo en su garaje, como le nombra uno y ahí se cuida mejor. No rento mis tierras, saco todas mis semillas, y se va uno a venderlas y viene uno y guarda uno su vehículo y ahí está uno y todo tranquilo, todo que este bien en condiciones, porque si esta uno en mal condiciones pos para que se dispone uno a trabajar. Rentaba cuando estaba más joven, ahorita ya no, ya con lo poco que se quede uno ya. Rentaba unas tres o cuatro. Y había más producto, ahorita no más siembro como diez. Y con eso me da abundancia de todo lo que me dé: haba, cebada, maíz, todo eso. Cuando otras personas llegan y quieren semillas, pues se las vendo, como por ejemplo la cebada, y es que quieren para sus animales. Luego uno se mata trabajando en el campo, los terrenos, para que otro venga y los aproveché si uno se descuida o los descuida. Y ya los hijos ya ni las quieren trabajar, ahora prefieren irse a trabajar a otros lados pa’ que ganen mejor; así pasó con mis hijos, uno ya es abogado, otro contador, hicieron su vida por otro lado, todo lo que consigue uno para ellos y las tierras pos se quedarán allí, uno pos ya envejece, ya no sirve para trabajarlas y cuando nos muramos, se va a quedar todo, nadie se llevará nada a la otra vida, por eso pienso vender mis terrenos, en balde compré mi solarito grande, todo se va a quedar.”

Es muy dura la vida, pero que más se puede hacer, esa es la vida que le tocó a uno vivir…

María Ofelia Padua Fernández es una campesina arrendataria de 66 años de edad, casada, con nueve hijos, terminó sólo el segundo año de primaria y se dedicó al campo toda su vida:



Foto: Magui Santos; Aparece Doña María Ofelia, tras la entrevista en su casa.

“Yo rento terrenos, pero tengo tres propiedades, ahorita no más rento dos terrenos más. Me rentan un terreno en $1500.00 ó $1400.00. Existen acuerdos por parte de los que me rentan, pues que tenemos que trabajarlas, con barbechos, siembra, labor, segunda. No más es temporal y dura un año o lo que duré la cosecha. Compro semilla mejorada y a veces voy apartando. Acostumbro sembrar maíz y frijol, porque eso sí se da porque luego ya no quiere darse. Corro con todos los gastos del terreno y me quedo con toda la cosecha, pues si se renta ya es mía. La que se devuelve una parte al dueño ya sería a medias. Un trabajo por terreno me sale caro, por el barbecho más. Contrato cuatro peones y les pago 120 pesos a cada uno. Cuando hay que ir a trabajar, pues se tiene que trabajar, se siembra y luego se tiene que labrar, segundar y la desyerba, o con líquido o con el azadón. Cuando no contratamos peón, pos no más vamos mi hijo, mi esposo y yo. Dediqué toda mi vida al campo desde que me casé. Yo no pensaba venir al campo otra vez, pero me casé y ahora tengo que estar yendo, pensaba que mi marido lo iba a trabajar solo y me iba a mantener, pero no. Orita ya no me es difícil trabajar en el campo, pos ya me acostumbre. Pero sí se las ve uno negras en el campo, la vida allí es muy pesada, luego se tiene que trabajar en el calorón, en las tormentas, con el frío y hasta a veces con el vientazo y el tierrero. Se quema la piel bien feo, le arden a uno los ojos, la nariz pica. La calor a veces nos enferma, pero así se tiene que ir a trabajar a veces para no abandonar las tierras. Es muy dura la vida, pero que más se puede hacer, esa es la vida que le tocó a uno vivir y se tiene que aguantar. Por lo menos fui feliz y he vivido tranquila, a pesar de las borracheras de mi marido, orita ya se enfermó y pos no más yo me tengo que encargar del trabajo y mi hijo, porque ya las nueras no quieren trabajar la tierra, ya es otra vida, los tiempos cambian. Pero pos uno qué puede hacer, más que darle duro al trabajo mientras se puede, sino de qué se va a vivir, sino del campo. Uno pide a Dios que este bien, si no, enfermo, cómo va a trabajar las tierras, si no mejor que las siembre otro.”

El arduo trabajo campesino

Pienso en todo lo que me han dicho. Y en lo que veo en el pueblo. La vida en el campo no es un juego, el campesino es muy dedicado y constante en el trabajo en sus tierras para lograr que el producto de ellas les genere algo, si no ganancias, por lo menos alimento. Algunas personas, cuando tienen mucho de algo pero poco de otro, como por ejemplo, los granos de maíz o las mazorcas, el frijol, la cebada, entre otros granos, van a otros lugares a cambiarlos por otro tipo de productos, como son las verduras, las frutas, vegetales, instrumentos u objetos para el campo o la cocina; entre otros casos, prefieren vender su maíz y haba a los compradores del pueblo para obtener una ganancia; a veces les pagan el maíz a diferentes precios, el kilo por ejemplo de maíz blanco está a $1.30 el kilo y el maíz azul a $2.00. En cuanto al haba, o la cambian pelando kilo por kilo o la venden. El frijol sólo se produce para sustentar la alimentación, si alguien produce en mayoría, lo vende a las tiendas del pueblo o lo lleva a otras regiones, donde se lleva a cabo el trueque o la venta.

Muy aparte de los problemas que le surgen a la gente del campo con la siembra y la cosecha, están los problemas por ampliaciones de caminos, por invasiones de terrenos entre vecinos y otros pormenores que implican intercambio de palabras con los presidentes municipales y los jueces. Hasta la fecha, en 2014, muchos jueces empeoran los casos de deslindes porque no saben que existen linderos, y mucho menos saben dónde deben estar. A parte de que los otros servicios que ellos necesitan, como planos de precisión, sólo están disponibles como planos ilustrativos. Aunque esto se solucione aún quedará el pendiente de la lógica operativa. Y aquí es donde se preguntan si la justicia funciona, después de los agravios a propiedades y de las disputas entre vecinos, la solución es mantenerse al margen o salir apaleado o golpeado.

Los problemas del campesino al fin ni son tomados en cuenta por el gobierno, ni la justicia, ellos resuelven sus asuntos de la mejor manera posible, llegando a acuerdos o estableciendo sus propias reglas; pues a pesar de contar con “La Casa del Campesino”, que es para uso exclusivo para el sector agrario, no le dan suficiente uso, ya que el “Comisariado”, como le nombran al encargado de brindarles información, sólo se enfoca en los problemas financieros, no de problemas comunitarios respecto a problemas territoriales o del campo.

En Santa María Coatepec no sólo se vive de los granos, los campesinos también mantienen vivos los árboles frutales, los huertos que les proporcionan otra actividad económica. En los huertos también se siembra cualquier otro tipo de semillas. Por lo general, los árboles dan frutos en verano y los hay de todo tipo, el campesino entonces, también juega el papel de productor, no sólo de milpas, sino que ahora se convierte en manzanero, perero y más; en este segundo trabajo les cuesta injertar, sembrar otro árbol, mantenerlo libre de plaga, recolectar el fruto, venderlo, intercambiarlo o transformarlo: ya sea en jaleas, dulces o jugos, para su consumo.

Cuántas cosas hacen los campesinos.

Muchas personas se aferran a la vida del campo a pesar de ser frustrante, pesada y laboriosa, porque es su única forma de subsistir. Es también la actividad que provee de alimento a las ciudades. Ellos no dejan morir la tierra ni lo que ella les otorga.

Trabajar en Puebla: Estela, en venta

Trabajar en Puebla: 1989, Estela en Venta

Sergio Mastretta



José Aurelio detuvo su taxi en el Paseo Bravo, sobre la 3 poniente. La rubia altísima caminaba sobre la acera en busca de cliente. Miró por un momento los ojos del taxista y luego siguió el rumbo apretado de su hastío.

“Trabajo no le falta —pensó José Aurelio—, mamey 75, palito 150…sus razones tendrá de estar aquí todas las noches. Lástima que sea puto, porque de verdad deslumbra de primeras esa güera”.

Arrancó despacio el auto. Las demás muchachas esperaban algún despistado en las bancas en la noche fresca de mayo. “Se visten bien, parecen amas de casa o secretarias. Seguro tienen sus hijos y su familia como cualquiera”, se dijo el chofer para pasar el rato, que a veces se alarga, sin pasajeros; recorría los barrios de mujeres en venta, iluminados por foquitos solitarios en las esquinas, con las sombras fraccionadas de muchachas de escotes explosivos, barrigas gruesas, nalgas adivinadas en la malla justísima. Sombras cuarteadas por rostros femeninos encendido de rímel y bilé, con lenguas chispeantes que ultrajan la luz, la ensalivan en desatinos que prefiguran su amor nocturno, pagando, eficientemente la estrechez de la cartera. José Aurelio metió el acelerador y pensó en Estela.

Era su amante. La subió un día al taxi cuando ella iba de carrera a la maquiladora. En un rato tenía su historia: cuatro hijos, soltera, 26 años y un tiempo infinito dejado en el taller de calcetines. La vida contada por docenas de pares, el destino atado a las manos que despeluzan formas aplanadas de pies futuros que ella no puede imaginar más que en sudores y malolientes callos, ojos de pescado, siente cueros, sabañones, juanetes y mil formas de podredumbre que el tiempo apisona en la carne a flor de tierra. José Aurelio la tuvo en la mira una semana, con su carro como testigo de las penas de la Estela por llega a tiempo a una jornada que inicia en la madrugada de niños somnolientos con el trago de café y la ropa húmeda recién planchada y que pasa por la escuela y el bebé encargado a la vecina y que tiene por aduana primera la supervisora a las ocho de la mañana en la maquiladora.



“Salgo a las seis —le dijo un día de pasada Estela—. Si quieres me esperas”.

La esperó, y José Aurelio siguió la ruta común de su experiencia amatoria: primero el estómago y después el hotel. Así llevaban ya varios meses. Ya hasta la ayudaba con los calcetines que ella llevaba a la casa para completar el gasto. En eso pensaba ahora, en lo que había dicho a Estela la última noche en la cama: para qué fregarse tanto de obrera, se estaba matando y qué sacaba, diez, once mil al día, y el dolor en la espalda. “Tienes razón”, murmuró para sí Estela, pero se quedó callada cuando le aconsejó que mejor cobrara los favores a los amigos, que era su cuerpo y ahí ella mandaba, y nunca estaban demás quince vente mil pesitos. Total, que le pusiera y ni quien se diera cuenta de que andaría de puta. “Es un trabajo como otro cualquiera…”

Estela no le dijo nada. Al otro día lo esperó como siempre a la salida de la maquiladora.



“Hoy no puedo —le dijo —, voy a que me pague el favor un amigo… ¿Y tú cuándo me pagas?”

José Aurelio apretó a fondo el acelerador.

La avenida Juárez, solitaria con sus semáforos en amarillo, sin noctámbulos que impidan meterse en la vida de uno, era como los muslos abiertos de Estela, olvidados, perdidos.

(Foto de portadilla por Juan Carlos Olivares Morales, tomada de skyscrapercity.com)

Trabajar en Puebla: En Volkswagen la maquinización gana la tarea

Trabajar en Puebla: En Volkswagen la maquinización gana la tarea



Mundo Nuestro

Trabajar en Puebla, 1989

A estas alturas de la producción de Volkswagen, con más de 600 carros que ven la luz en las líneas de ensamble, con apretadas listas de espera para adquirir los Vochos a trece millones, con apertura de segundo y tercer turno en todas las naves, con un cambio en el “concepto” del decreto de instalación del a planta en 1962, de “integración” (a la industria nacional) al de “exportación” (por la vía de la maquinización radical), según Martín Josefhi, las palabras empresa y eficiencia, que escurren cristalinas en el arroyo abrupto de la modernidad salinista, se desbordaron sobre los empresarios —hombres y mujeres de empresas mayores (como Jorge Zárate del Grupo Primex) y menores (como los capitalinos Lechuga, dueños de RAPUSA, fabricante de partes automotrices) —que ayer se fueron de turismo a la planta alemana.



--Ya me dijeron —bromeó Martín Josefhi a la hora del cognac y el del discurso oficial— que me van a pasar la cuenta de los tacones de las damas que hicieron el recorrido, pero sólo así se da uno cuenta de lo que es una fábrica de automóviles…



Porque las damas y sus caballeros tuvieron que seguir a este paso redoblado que impone siempre a sus visitantes el señor Maegler de Relaciones Públicas, igual que estos iniciativos poblanos que a los futbolistas de Maurer, por ese laberinto de pasillos que se asoman a las líneas en un ir y venir entre máquinas, cadenas y partes ensambladas por ese murmullo azul de sudores y overoles puestos frente a los catrines asombrados ante tanto trabajo industrial acumulado.

--Yo les pido a todos ustedes —dijo el alemán Maegler en un descanso de las escaleras que llevan a la nave de prensas—, que si los muchachos se emocionan y le chiflan a las señoras, no lo tomen a mal, tómenlo como un cumplido, así con ellos…Una vez vinieron unos militares , todo iba muy bien, pero cuando los obreros los vieron, les chiflaron, y ahí se acabó la visita, ya los señores no quisieron seguir…



Pero en este caso, con todo y chiflidos a las faldas, los del Club de Empresarios aguantaron toda la vuelta. Y lo que ahora se acontece dentro de estas naves abruma La maquinización poco a poco le gana a los brazos la tarea —y a pesar de ello los overoles hormiguean, según Josefhi ya son quince mil los que trabajan en la planta —: las prensas están ahí, pero entre paso y paso aparecen los mecanismos y los ruidos que desplazan salpicaderas, puertas y cajuelas; las cadenas son las mismas, pero los robots están desplegados al os lados y funcionan al ritmo programado por esa ruta computarizada que termina en el gusto del mercado de consumidores canadienses y gringos.

—La ventaja es que a estas máquinas no les tiembla el pulso —comentó orgulloso uno de los guías de Relaciones Públicas a su auditorio de mujeres azoradas ante un robot que aplicaba alegremente sellados a los parabrisas del Golf—, antes esto se hacía a mano, como cualquier changarrito donde reparan parabrisas….

Y todos siguieron a los dos obreros que con las ventosas colocaron las piezas en un Golf rojo muy a la mano del bolsillo de cualquiera de los visitantes.

Y ahí, a pregunta del reportero, algunos de estos empresarios tuvieron que imaginarse del otro lado de la línea amarilla y del destino, y por un instante se pensaron obreros.

“Por mi carácter sería lideresa —dijo Alejandra Pérez Moro, directora de la Asociación de Amigos de los Museos —, bailo flamenco, soy temperamental. Pero soy realista, no pediría más de lo que es. Pero aquí se ve que es un trabajal, yo sí me imagino lo que se fleta una obrera…Yo no aguantaría, pero si no tuviera que comer…”

“Yo estaría integrado a una planta como esta —vislumbró Gabriel Abaroa, director de Constructora Monte Blanco”, trabajando con entusiasmo, y así, pelearía mejores condiciones de trabajo. Yo creo que el obrero mexicano es bueno, eficiente, y corresponde a las empresas darles la preparación adecuada, con salarios justos, ambiente saludable y prestaciones adecuadas.

“Si mi destino hubiera sido el de obrero —piensa Raúl Lechuga, de la empresa RAPUSA—, me gustaría tener una especialización, en eta vida lo importante es saber hacer algo. Porque nadie la tiene comprada, nosotros no estamos en jaula. En esta vida todo es trabajo”

“Si fuera obrero —afirma Jorge Zarate, director del Grupo PRIMEX—, daría todo de mí para hacer lo que tuviera que hacer. Eso es lo que lleva al éxito, así seas obrero o empresario, por eso creo que yo sería congruente, las cosas se debe hacer al límite de tu capacidad dentro de un marco de respeto a uno mismo y a los demás. Yo sí seria sindicalista, porque creo que todo organismo tiene una función, si la cumple es bueno, y si no, es malo. Cada uno en la vida tiene una misión, el empresario, el político, el trabajador, y para sacar este país a flote cada uno debe buscar su lugar y trabajar con entusiasmo. El empresario tiene que dirigir bien la empresa y el obrero trabajar con productividad”.

Esa fue la ensoñadora visión que se imaginaron.

Al final cuando bromeaba alguno con Martín Josephi.

—Oye, tienes que darme un autógrafo, ya eres famoso, sales en la televisión -- el directivo de la empresa alemana sonrió:

--No hombre, si ya me metí en un problema con el sindicato de la radio y de la televisión, dicen que estoy desplazando locutores.

Y a la salida, como en cada visita, los de Relaciones Públicas repartieron gorritas y sus plumas. José Luis Castillo, presidente del Club de Empresarios, abrazaba a Josephi y hablaba del valor y la entereza de Volkswagen.

Trabajar en Puebla: “Quiten los bozales a los perros…” Volkswagen, la huelga de 1988

Trabajar en Puebla: “Quiten los bozales a los perros…” Volkswagen, la huelga de 1988

Sergio Mastretta



Trabajar en Puebla, 1988

Trabajar en Puebla. Normalmente no vemos a los obreros industriales. Pasan las horas en la línea de trabajo, en el engranaje de la máquina. Aparecen en los desfiles del 1 de Mayo. Y en las huelgas. Aquí, la memoria de una de ellas, en los años ochenta, la de los constructores del Vocho. La fotografía documenta las guardias a la entrada de la planta sobre la autopista Puebla-México, y es del fotógrafo mexicano Marco Antonio Cruz.

La revuelta.



Septiembre 1988. Insurrección laboral y represión. Testimonios de la crisis por la descomposición del sindicato independiente en el marco de la presión alemana para modificar las reglas del juego de la producción automotriz.

Trabaja hace más de diez años en Volkswagen. Se guarda su nombre y puesto de trabajo, pero cuenta algo de lo sucedido el último año: “Todo empezó con el cambio de Comité. La verdad fue como un juego, hubo creo cinco planillas, según iba a ser por eliminación. Al final, y apenas por un poquito, Rodolfo Conteras le ganó a un cuate Navarrete del que se decía que estaba apadrinado por la empresa, eran los rumores, decían que varios de su planilla estaban muy codeados con los licenciados, sobre todo con los de relaciones laborales, pero también con los altos funcionarios como el Lic. Bada o el ingeniero Pérez, el jefe de la Nave 2, donde está el Departamento de Hojalatería.



“Rodolfo ganó por poca diferencia. Luego, luego dijo que no iba a ver despidos, ni siquiera de los cuates de las planillas que jugaron. Normalmente es un hecho que salen todos, empezando por los del anterior comité, salen los más fuertes, los que pueden ser un peligro para los nuevos, los políticos. Por cierto, yo no sé dónde van a parar, se han de buscar otro trabajo, pero con los antecedentes y por ser de Volkswagen ya no los aceptan, sobre todo si caen en fábricas donde manda la CTM, ahí ni de chiste les dan chamba.

“Por eso es que todos los que entran a la política saben que a los tres años pelan, y por eso se vuelve en puro robar y robar. Nada menos hasta ahorita no tenemos información de los ingresos sindicales, y entra mucha lana por las cuotas y por la empresa que para deportes, que para el fondo de ahorro, que para la Unidad Social. Y luego, hicieron muchos festejos. Una vez, ya con éste Comité, aparecieron unos cartelones en los relojes checadores y unos cuates de fuera repartieron volantes a la salida, llamaban a una “noche inolvidable” así decían, en la Unidad Social, un show con striptis y la rifa de diez chavas para la famosa noche inolvidable, todo por diez mil pesos el boleto. Se atascó la gente ahí en la Unidad que está en la recta a Cholula, pero a la hora de la hora nomás fueron tres o cuatro chavas y no rifaron a ninguna. Se armó la bronca ahí en el salón. Después decíamos entre nosotros que se suponía que la Unidad era para la familia, y que la estaban convirtiendo en un prostíbulo. La Unidad está a cargo del sindicato, ahí este Comité ha hecho muchas fiestas; trajo a los Xochimilcas, y luego hicieron lo del show con striptis, aunque todo mundo acabó mentándoselas porque no rifaron a las chavas. Pero uno se pregunta ¿Por qué la empresa aceptó que se pegaran los cartelones? Se ve que ya están una y unas, tú me das chance de esto y yo te doy chance de lo otro. Todas esas entradas, ¿Qué hicieron con ese dinero?

“Así que se empezó a oír que iba a haber despidos: que ya salió fulano, que te acuerdas de aquel cuate de la planilla tal, ya lo pelaron. Primero jalaron a la gente a las planillas, pero después despidieron a los que los ayudaron pero que no iban a tener ningún puesto. Y ya a últimas fechas agarraron parejo. Decían: “Te vamos a pagar un billete más pero ya no necesitamos de tus servicios”. A un chavo que le decían “La Paloma”, que estuvo con la planilla de Navarrete, con 16 años de antigüedad, le dieron 20 millones de pesos, con un 150%. A otros los corrieron con 125 por ciento.

“A principios de mayo, más o menos, empezaron a correr gente. Mandaban traer de a uno, de a dos, hasta de tres. En Hojalatería jalaron un día con ocho y sólo uno había estado en una planilla, los demás que porque ya no les caían a los jefes, que por rebeldes. Les dijeron que sus servicios ya no eran requeridos, que ya no necesitaban de su mano de obra por cuestiones de producción. Según les iban a dar el 10º por ciento. Pero al mismo tiempo habían llamado a otros ahí mismo en Nave 2, gente del Sedan de Bastidores, de Nave 8, así que se juntaron unos cincuenta, todos de Hojalatería, que tienen fama de ser los que no se dejan. Resultó que los habían escogido los supervisores, que por faltistas, que por mal hechos en su trabajo, que porque no les caían simplemente. Era una lista de indeseables, hecha por Legorreta, Regino, Carlos, Emiliano, puro supervisor de los que traen al trabajador con el pie sobre la cabeza. Por cierto acababa de pasar la huelga. La gente se puso al brinco, ahí mismo en personal. Salieron los licenciados: “No, señores, todo fue un error, pueden seguir trabajando”. Pasó una semana y que vuelven a llamarlos, pero de uno en uno. Les ofrecieron el 100%, y como ellos vieron que el Comité no los defendía, no les quedo otra más que negociar, por eso algunos sacaron arriba de eso. Después, en vacaciones, varios recibieron un telegrama en sus casas para que se presentaran en la planta. Ahí les avisaron que estaban dados de baja.

“Por eso el descontento. A lo mucho fue un 20% el que renunció voluntariamente. En los baños se empezó a notar: aparecían letreritos que Comité vendido, que Comité ratero, que Hechicero, porque así le dicen al Rodolfo, que qué le haces al dinero, que prometiste que no iba a haber despidos. Así mentadas y todo. Empezaron a aparecer volantes, unos los firmaban como “La escoba”, que para barrer lo malo. Luego salió otro, parece que decía “Conciencia Obrera”. Todos pedían apoyo para destituir a Rodolfo. Así se venía manejando, pero no se veía nada en concreto. Por eso en los baños empezó a ver letreritos que decían ya basta de volantes, hay que pasar a los hechos. Puros rumores en la chamba: que si ya sabes que pa el lunes viene el trancazo contra el Comité. Y luego que el jueves, que había que estar pendiente y nada. Así, la semana pasada se había oído que el lunes, pero no sabíamos nada.

“Yo me imagino que el Comité cortó el transporte para que no llegáramos a trabajar, porque no hubo camiones, no pasaron. Los madrazos fueron como a las 4:30, dicen todos modos se hizo asamblea, se juntó la mayoría, se juntaron firmas. Los delegados primero no querían, pero al ver a la gente decidida, se sumaron. Luego fuimos caminando hasta el sindicato y después a Gobernación. Ahí dijeron que no podían hacer nada, que eso era laboral, que a lo más podían mandar vigilancia, que pa que no hubiera broncas. En los días pasados se veían combis, con cuates que luego se les ve por la fachita que son pistoleros, ahorita ahí están”.

Y también mordimos a los perros...

Por el estrado de la Asamblea General de los trabajadores de Volkswaguen desfilan uno tras otro obreros que narran la violencia sufrida el amanecer del martes: palos, patadas y mordidas, los granaderos y sus perros cumplieron con la tarea encomendada por las autoridades. Operativo al mando del jefe de la policía judicial. Propósito cumplido: desalojar el acceso a la altura de la Aduana, la primera entrada a la empresa Volkswagen si se viene de Puebla. Único inconveniente: los trabajadores del primer turno no entran a trabajar y se suman a sus compañeros golpeados que se Han replegado al otro lado de la autopista.

Un hombre maduro, sin más datos me llama ya casi al finalizar la Asamblea del miércoles 28 de septiembre. Cuenta las acciones de lo sucedido: “A las cinco para las cinco llegó el ingeniero Rogelio Pérez, jefe del Departamento de Hojalatería o funcionario de allí me parece. Estábamos en la entrada principal de vehículos en la Aduana, de refuerzo de nosotros, en ese punto, de guardia éramos unos cuarenta. Vimos una Combi que se desvió de la Y griega de la autopista, llegó a formarse, nos echó el alumbrado y nosotros empezamos a observar: sentimos que sí venía a algo serio. Se bajó uno y quitó las piedras. De los nuestros unos se estaban calentando en la fogata, otros por ahí pendientes. Habíamos regado unos alambritos de llantas quemadas, esa era nuestra protección de que si llegaba gente pues algo se detenía a maniarse con los alambres, no eran una trampa adecuadamente como ellos lo han relatado, que nosotros agredimos a las personas de gobernación, eso es mentira.

“Bueno, llegó esa unidad, nos afocó y se arrimó, ahí reconocí a esa persona, Rogelio Pérez. Le dimos el paso, como estaba bloqueada la entrada a la Aduana se metió por los prados del jardín, directamente para la puerta. Él había quitado las piedras que pusimos de bloqueamiento cuando nos afocó. En el lapso de tres minutos llegó un camión de la ruta de Los Ángeles lleno de patrullas, lleno de garroteros, puros garroteros nada más. Se bajaron, inmediatamente yo corrí a dar la alarma: ‘compañeros están descolgándose los granaderos’. Unos segunditos y una patrulla llega para abrir campo, enseguida llegaron más carros con patrullas. Más o menos como nueve carros, digo, porque todavía estaba medio oscuro. Más atrás llegaron los perros en una camioneta. Organizamos la valla, dijimos no va a ver enfrentamientos.

“Ellos se formaron en reglamento, los garroteros primero, luego los que train gases, después los judiciales. Al frente el comandante Verdín, se bajó el cierre y sacó una metralleta que traía del lado derecho, de alto poder. Dice: ‘Órale, abran campo, abran cancha’. Y como estaban bien formados los granaderos abrieron la valla, o sea una calle, y habla por radio: ‘Quiten los bozales a los perros. Más al fondo estaban, no oíamos ladridos, pero yo me di cuenta de que habló por radio. Dice: ‘Vamos a correr a todos esos hijos de la chingada que están aquí, son poquitos’. Así dijo. Naturalmente, estamos repartidos, entonces éramos pocos ahí. Cuando vimos que abren la calle y se dejan venir los perros hacia nosotros. Como hicimos el bloqueo de carros ahí fuimos a topar todos y no hallamos en donde desviarnos. Lo que hicimos fue meternos debajo de los camiones, de panza, para colarnos pal otro lado. Legalmente no pudimos hacer nada, aunque ya llegaban los compañeros a apoyarnos, los perros se nos venían encima. Los traían con cadenas, arrastraban a los policías, eran unos perros potentes me di cuenta, eran como unas siete filas de perros, regados todos. Unos nos mordieron. Otros nos daban vueltas, como para marearnos, enredarnos. Cortábamos ramas, las ramitas de alcanfor esas, no pudimos hacer nada con yerbas, los perros se nos venían encima.

“Ellos gritaban: ‘Ora sí, hijos de la chingada, se van a ir de aquí cabrones’, así decían los policías, los granaderos y los judiciales. Venían con unas armas cortas unos. ‘Y a ver echen fuego’, gritaban. Pero no teníamos nada, señor. Los primeros camiones que llegaban fueron topados por los polis, no les dio tiempo a los compañeros de salirse, rompieron los cristales y sacaron a la gente. Es mentira que nosotros rompimos los de las patrullas. Luego ya se soltaron a golpear al que agarraban.

“Es lo que nos lastima... Mire usté lloro, no por miedo, por coraje. Fue ayer eran cinco y cuarto de la mañana, todos gritando de mordidas, y yo, calmado, ya no pudimos hacer nada. Oímos en la radio que nosotros agredimos a los policías... ya mero que dijeran que nosotros mordimos a los perros”.

Trabajar en Puebla: La rebelión de los Obrajes, la revolución que vendría

Emma Yanes Rizo



Trabajar en Puebla: La rebelión de los Obrajes, la revolución que vendría

Trabajar en México, 1805



En la colonia, la actividad textil era la más importante de la rudimentaria producción industrial, por el número de trabajadores que abarcaba, el capital invertido y su mercado. La población de los grandes centros urbanos y los trabajadores de las unidades agroganaderas y mineras del Bajío y norte del país conformaban el gran mercado textil. Las mantas y las telas baratas de algodón, eran consumidas por los trabajadores del campo y la ciudad.

La producción textil se dividía entre los talleres artesanales –con división de maestro, oficial y aprendiz–, donde los trabajadores –españoles, criollos, mestizos e indios– eran dueños de sus telares, y los obrajes. El número de los talleres artesanales era mayor que el de obrajes. En los talleres, los trabajadores estaban separados por categorías gremiales; la mayor parte del proceso de trabajo la realizaban maestros y oficiales, los aprendices preparaban la materia prima y ayudaban a los maestros. La forma de pago no era por jornada de trabajo sino por obra, por tarea; el monto de pago dependía del número de tareas que cada uno de los oficiales realizaba en cada jornada de trabajo. Distintos talleres hacían las partes que componen en el ciclo productivo textil.



Los obrajes, eran unidades de producción, en las que, a diferencia del taller artesanal, se concentraban todas las etapas de elaboración y acabado de los paños, frazadas y jerguetillas que producían: desde el lavado de la lana –incluso desde la misma trasquila de las ovejas–, el batanado, el cardado, el hilado, el tejido, el tinte, la prensa, la perchada. Los trabajadores del obraje eran en su mayoría indios, mestizos, esclavos y presidiarios. Los dueños de los obrajes vivían ahí mismo y eran retenidos por el patrón por medio de deudas. Al recibir su jornal, los trabajadores tenían que liquidar inmediatamente sus deudas que eran infinitas. El trabajo en el obraje era forzoso, esa fue una de sus características fundamentales, a pesar de las ordenanzas de la Corona que prohibían el endeudamiento y el trabajo forzado. La obtención del trabajo excedente de los trabajadores del obraje se basaba en la prolongación absoluta de la jornada de trabajo y la reducción absoluta de las retribuciones monetarias para vivienda, comida, etc. La tecnología en el obraje, husos y telares –no rebasó los límites del medioevo.

A principios del siglo XIX, había tres mil trabajadores en los obreros, dos mil de ellos vivían en el encierro. Querétaro y Puebla fueron los principales centros textiles donde se desarrolló el obraje, en Querétaro, la respuesta de los trabajadores a las pésimas condiciones de trabajo se manifestó en la rebelión de 1805.




El relato que aquí se presenta nos habla de la rebelión en Querétaro en 1805, junto con algunos pasajes de la vida en los obrajes mexicanos en la Colonia. Los personajes son ficticios, pero está basado en hechos históricos reales.

1. Querétaro, 1805. Las ordenanzas de la Corona que prohíben el endeudamiento y el trabajo forzado en los obrajes se han aplicado al fin. Es un mañana cualquiera. Por primera vez en más de doscientos años, los parajes están silenciosos: abandonados los galerones de las casonas, no se ve mano de indio trasquilar borregos en los corralones, limpiar de grasa la mañana de lana en los patios, manipular peinadoras, que la carden, cargarla hasta las ruecas de los hilanderos. Ninguna rueca se mueve. Ningún capataz exigirá hoy el grosor debido en el hilo. Ningún bastidor de telar crujirá y enmarañará poco a poco la jerguetilla. Los obrajes de la ciudad están parados. Los indios, sus trabajadores llevan su revuelta por las calles.

Por los callejones empedrados desgarran sus gritos que rebotan en los ventanales y portones atrancados. En el motín, centenares de trabajadores de los obrajes, indios y mulatos, “libres” o esclavos, que han pasado años enteros encerrados entre paredones de ruecas y telares, se derraman por las cantinas, rasgan las telas en los mostradores de los comercios, lanzan mueras a sus amos escondidos.

La gritería que viene de las calles del centro circunda los portales de la casa de Don Francisco, quien mira circunspecto al capitán Sebastián Armida, propietario de obraje, y a Don Ramón Castillejas, importante comerciante de telas de la Nueva España. Grandes cortinas dejan fuera la luz del mediodía; en la penumbra del salón apenas si se reconocen los rostros de los tres españoles.

–Escuchad, señores –dice Don Francisco y su voz desplazada, momentáneamente por la creciente de la turba. Este resuello es el resultado de aplicar las ordenanzas en nuestros obrajes. Claramente le advertí al señor Corregidor Don Miguel Domínguez lo que ahora no quieren ver nuestros ojos: la plebe en el motín, enardecida por el aguardiente y la libertad que nunca tuvieron en sus manos. “Son indios, señor Corregidor –le dije–, correrán a embriagarse en las cantinas, saltarán sobre nuestros comercios y en sus ojos descubriremos los pensamientos que guardan para la gente de razón”.

–Vamos, querido amigo –le interrumpe el joven militar. Esa gentuza que tanto le preocupa, juega, sin embargo, nuestra partida. Con sus desmanes de un día de seguro no pasarán de alarmar a nuestras discretas señoras, poco dispuestas a revueltas de indios. Mañana se olvidarán las ordenanzas como ya lo ha hecho las autoridades al enviar a la guardia a imponer la queda.

–Mal entiende usted, capitán Armida lo que ocurre –tercia reflexivo el comerciante Castillejas. –Usted confía en la guardia y el acero por un día, pero quisiera yo verlo a usted tranquilo en sus obrajes, mañana, cuando despunte el día.

–Y mal estaremos, señor Castillejas, si tan sólo vemos el hoy para el mañana –casi gira Don Francisco. –La sensatez, capitán Armida. ¡Vive Dios!, se acabarán los obrajes, nunca más la plebe unida.

2. El buque ancló un atardecer de agosto de 1620 en Veracruz, pero el tobillo de Nicolás Bazán permaneció encadenado toda la noche en la galera. Ya de madrugada, en el bote que lo condujo a tierra junto con otros esclavos, pudo ver por primera vez el caserío del puerto y los baluartes de San Juan de Ulúa. Poco caso hizo al acontecer de los días siguientes: su encierro en caballerizas, su venta en la plaza pública, la caminata interminable hacia el altiplano con la carga al lomo, –al modo de los tamemes mexicanos y su entrada desfalleciente a los lodazales de la Nueva España.



El relato que aquí se presenta nos habla de la rebelión en Querétaro en 1805, junto con algunos pasajes de la vida en los obrajes mexicanos en la Colonia. Los personajes son ficticios, pero está basado en hechos históricos reales.

1. Querétaro, 1805. Las ordenanzas de la Corona que prohíben el endeudamiento y el trabajo forzado en los obrajes se han aplicado al fin. Es un mañana cualquiera. Por primera vez en más de doscientos años, los parajes están silenciosos: abandonados los galerones de las casonas, no se ve mano de indio trasquilar borregos en los corralones, limpiar de grasa la mañana de lana en los patios, manipular peinadoras, que la carden, cargarla hasta las ruecas de los hilanderos. Ninguna rueca se mueve. Ningún capataz exigirá hoy el grosor debido en el hilo. Ningún bastidor de telar crujirá y enmarañará poco a poco la jerguetilla. Los obrajes de la ciudad están parados. Los indios, sus trabajadores llevan su revuelta por las calles.

Por los callejones empedrados desgarran sus gritos que rebotan en los ventanales y portones atrancados. En el motín, centenares de trabajadores de los obrajes, indios y mulatos, “libres” o esclavos, que han pasado años enteros encerrados entre paredones de ruecas y telares, se derraman por las cantinas, rasgan las telas en los mostradores de los comercios, lanzan mueras a sus amos escondidos.

La gritería que viene de las calles del centro circunda los portales de la casa de Don Francisco, quien mira circunspecto al capitán Sebastián Armida, propietario de obraje, y a Don Ramón Castillejas, importante comerciante de telas de la Nueva España. Grandes cortinas dejan fuera la luz del mediodía; en la penumbra del salón apenas si se reconocen los rostros de los tres españoles.

–Escuchad, señores –dice Don Francisco y su voz desplazada, momentáneamente por la creciente de la turba. Este resuello es el resultado de aplicar las ordenanzas en nuestros obrajes. Claramente le advertí al señor Corregidor Don Miguel Domínguez lo que ahora no quieren ver nuestros ojos: la plebe en el motín, enardecida por el aguardiente y la libertad que nunca tuvieron en sus manos. “Son indios, señor Corregidor –le dije–, correrán a embriagarse en las cantinas, saltarán sobre nuestros comercios y en sus ojos descubriremos los pensamientos que guardan para la gente de razón”.

–Vamos, querido amigo –le interrumpe el joven militar. Esa gentuza que tanto le preocupa, juega, sin embargo, nuestra partida. Con sus desmanes de un día de seguro no pasarán de alarmar a nuestras discretas señoras, poco dispuestas a revueltas de indios. Mañana se olvidarán las ordenanzas como ya lo ha hecho las autoridades al enviar a la guardia a imponer la queda.

–Mal entiende usted, capitán Armida lo que ocurre –tercia reflexivo el comerciante Castillejas. –Usted confía en la guardia y el acero por un día, pero quisiera yo verlo a usted tranquilo en sus obrajes, mañana, cuando despunte el día.

–Y mal estaremos, señor Castillejas, si tan sólo vemos el hoy para el mañana –casi gira Don Francisco. –La sensatez, capitán Armida. ¡Vive Dios!, se acabarán los obrajes, nunca más la plebe unida.

2. El buque ancló un atardecer de agosto de 1620 en Veracruz, pero el tobillo de Nicolás Bazán permaneció encadenado toda la noche en la galera. Ya de madrugada, en el bote que lo condujo a tierra junto con otros esclavos, pudo ver por primera vez el caserío del puerto y los baluartes de San Juan de Ulúa. Poco caso hizo al acontecer de los días siguientes: su encierro en caballerizas, su venta en la plaza pública, la caminata interminable hacia el altiplano con la carga al lomo, –al modo de los tamemes mexicanos y su entrada desfalleciente a los lodazales de la Nueva España.

Memoria urbana: 1948, narco y vida social en la ciudad de México

Por Emma Yanes Rizo



La casa parece un castillo. Ocupa casi la mitad de Zaragoza, entre Pedro Moreno y Violeta, en la colonia Guerrero. Construida con cantera rosada, pulida, tiene también un ventanal inmenso, arriba de la puerta principal de madera tallada, con su marco de piedra en forma de estrella. Hay dos torres en los extremos, con sus ángeles labrados y arriba de cada una de ellas unas flores también de piedra acentúan su parecido con un castillo. Tiene ocho balcones que dan hacia Zaragoza; el escudo en el balcón del centro indica que es el principal. En la torre derecha, otro vitral inmenso alarga la vista.



Hoy la casa está en ruinas…

Hoy la casa está en ruinas. Dicen los vecinos que a menudo se ven fantasmas del Escuadrón 201; que el general Urquizo (quien fuera secretario de la Defensa Nacional durante la Segunda Guerra Mundial) se pasea solitario por su estudio, vestido con un saco de dril blanco lleno de medallas y con su pantalón negro. Cuentan también que, en la noche de muertos, suele aparecer de repente un hombre moreno con un puro en la boca, vigilando la casa. Dicen que su imagen es muy difusa pero que, a diferencia del general Urquizo, no recuerdan que haya vivido en esa casa. Diariamente conviven con los fantasmas de seis familias, o mejor dicho, seis familias conviven con esos aparecidos. La que fuera la casa del general Urquizo es hoy una vecindad.

Las escaleras de piedra, con azulejos entre escalón y escalón, están rotas en diferentes partes. El pozo que antes adornaba el patio se usa como covacha. La sala comedor hoy es un patio donde las familias cuelgan la ropa. Alrededor del patio, en lo que antes correspondía al estudio, la sala de estar, el despacho, están los seis cuartos que utilizan como viviendas los nuevos habitantes.

Las damas caían a sus pies.



El tortas vivía en una vieja vecindad de Pedro Moreno. Era un pasillo largo, oscuro y estrecho, sin patio. Los cuartos estaban a los lados, uno por vivienda y con baño común. El padre del Tortas era albañil. Siendo ocho de familia, la mitad dormía en el tapanco y la otra mitad abajo, en el cuarto. “ElTortas era mi vecino, pero yo vivía en un edificio. Le decíamos así porque su familia tenía un puesto de tacos y el Tortas todo el tiempo hablaba del maldito puesto. Decía que no se sacaban buenos centavos en el Martínez, en el mercado: que por mala suerte no habían conseguido el permiso para seguir teniéndolo”.




Las damas caían a sus pies en el Salón Los Ángeles…

El Tortas traía pleito casado con quién sabe cuántos por conseguir un lugar en La Lagunilla; pero la verdad es que el negocio se iba para abajo porque sólo a la madre del Tortas le interesaba atenderlo. El padre trabajaba en el norte de la ciudad, en la construcción. Y el Tortas prefería sacar monedas de una manera más divertida. En su vecindad vivían algunos soldados y la empezó a rolar con ellos. Pronto el Tortas aprendió a vender la grifa, la juanita que les compraba a los soldados, a los juanes, en cajetillas de cigarros. El Tortas era un muchacho inteligente, despierto. A los 16 años, en 1946, se las sabía de todas todas. Cómo tratar a los soldados, cómo llevarse con las mariposillas del barrio, como rolarla con los conejos, cómo sobrellevar a los jefes. La rolaba bien, digamos. Y además era actor. “El Tortas era el que mejor sabía hacerla de nosotros –me cuenta un hombre de aquellos tiempos--. A veces lo buscábamos por toda la colonia y no lo encontrábamos, después llegaba y nos decía hasta lo que habíamos comido. Sabía hacerla. A veces se juntaba con los conejos del Manos de Seda, en Pedro Moreno y Héroes. El Tortas no era marica pero se vestía, le decían la “Lulú” se metía al baño de mujeres y mientras las señoras entraban a hacer sus necesidades, él les arrebataba la bolsa por debajo de la puerta y se la daba al Manos de Seda, que lo esperaba afuera del baño. Luego, cuando la señora salía, la Lulú empezaba a pegar de gritos diciendo que agarraran al ladrón. -Sí, él fue –gritaba la Lulú, señalando al que mejor le parecía. Y le hacían caso. No era de ninguna pandilla pero la llevaba bien con todas. Sabía hacer las cosas solo.”



Además, también sabía enamorar a las muchachas. “El Tortas no sólo les gustaba a las putas. Les gustaba a todas las mujeres; y es que sabía bailar muy bien y además era actor. Cuando el Tortas tenía a las muchachas bien pegadas a su cuerpo, les cantaba al oído las mismas canciones que Jorge Negrete a Araceli, en aquella serenata de la película Canaima. Las damas caían rendidas a sus pies”.

Infante y Negrete estaban de moda. No había mujer que resistiera la tentación de un hombre que cantara parecido a ellos. Muchos trataban en vano de imitarlos y pocos, como el Tortas, cantaban bien. Pero además de las mujeres, el Tortas tenía otra ilusión: llegar a poner una tortería en La Lagunilla; por eso andaba en el negocio de los cigarros. Por eso y porque no tenía dinero. Los viernes era frente al Tenampa, en Garibaldi, sábados y domingos en el cine Alameda y en el Venecia, a la salida, y los lunes en el Salón Los Ángeles. En Garibaldi, además de cigarros, para despistar a la policía vendía dulces, toques eléctricos y de vez en cuando acompañaba a los tríos. Lo querían bien. Había encontrado un buen sistema para vender la grifa, siempre en contacto con los soldados, los rasos de la vecindad. Todo dependía de la marca de los cigarros. En los Amapola, que valían cinco centavos, tres de los cigarros tenían mariguana y el precio aumentaba a cincuenta centavos; en los Casinos y los Campeones, con un precio normal de diez centavos, con igual cantidad de mariguana el precio pasaba a sesenta centavos. Seguían los Belmont, que de veinticinco centavos pasaban a un peso. Y después los Montecarlo, que de treinta centavos llegaban a uno con veinte. Finalmente estaban los Chesterfield, normalmente de cincuenta centavos, que salían un peso más caro si eran especiales. En realidad todas las cajetillas tenían casi la misma cantidad de mota, sólo que el Tortas sabía repartirla de tal manera que hacía pensar a quien compraba las mejores marcas que sus cigarros tenían una cantidad mayor. Simplemente todos traían mota repartida, cosa que no pasaba con los otros.



La mota en los Casinos…



Vida cotidiana en la colonia Guerrero, en la esquina de Mina y Zarco.

El Tortas sabía cómo y cuándo. La mariguana estaba mucho más penada en esa época y quienes consumían eran discretos.

En el Tenampa sólo vendían cigarros baratos. Frente al cine Venecia, en cambio, en donde aún existía la división entre plateas y gradas (a plateas iba la clase media, a las gradas el populacho), el Tortasvendía Montecarlo y Belmont. Siempre había cerca de él, aunque el Tortas lo ignoraba, algún raso que cuidaba que no lo atacaran. Los compradores del Tortas eran viejos clientes de los juanes; sin embargo, los soldados no se arriesgaban, y tenían al Tortas de conecte. De este modo, además del dinero que les soltaba el Tortas, los juanes recibían después dinero extra, por parte del cliente. Por lo demás, los juanes contaban con varios muchachos como el Tortas, colocados en distintos cines y cabarets, que, claro, no se conocían entre sí. Y los juanes, a su vez, trabajaban para otra persona.

Sin problemas, el Tortas trabajó durante un año con los juanes. Pero los negocios son negocios, y en 1948 uno de los rasos le ordenó que aumentara la cantidad de mariguana en los Belmont y los Montecarlo. El precio de venta seguiría siendo el mismo, pero los juanes recibirían una cantidad mayor de dinero. El Tortas, claro, se negó.

Después de una golpiza, abrió los ojos y se encontró de pronto, sin acordarse cómo había llegado ahí, en un cuarto oscuro y rodeado por cuatro hombres, que no conocía. El lugar olía a ratas y a humedad. Por todas partes había cajetillas vacías de cigarros. Eran los cigarros del Tortas. En ese momento comprendió que desde hacía tiempo formaba parte de una red de narcotráfico.

Después de ofrecerle agua y algo de comer; el más robusto de los cuatro, quitándose el puro de la boca, le explicó que ahora vendería muchos más cigarros que antes. No dijo más; se paró y se fue. Los otros tres hombres se encargaron de llegar a un acuerdo con el Tortas; y lo sacaron de ahí sin que supiera en dónde había estado.

Desde entonces se amarraron al Tortas. Para empezar le “regalaron” dos kilos de marihuana, de los que no tendría que rendir cuentas. Y le prometieron ayudarle a su jefa en los del puesto: le ofrecieron uno en La Lagunilla.

El hombre del puro en la boca –lo supuso después el Tortas- era Tony Espino. Y la casa en donde lo conoció la del general Urquizo, que quedaba a la vuelta del a vecindad.

Se le calentó la cabeza

Antes de que la policía descubriera el error de José Antonio, la gente del lugar comentaba los gritos que la noche anterior se habían oído en la calle de Magnolia. “Ora sí, ratito maricón: ya estuvo bueno”. Después se escucharon los alaridos de José Antonio, al que en ese momento le perforaron el estómago con un pica hielo. El asesino dejó a su víctima a media calle, no le robo un centavo.

La poli a llegó a Magnolia a las seis de la mañana. No hubo necesidad de investigar mucho. De una de las vecindades salió el Sábanas, un muchacho de 16 años, cargador de La Lagunilla para más datos. Se abrió paso entre los que rodeaban el cuerpo de José Antonio y dijo:

--Yo fui. Le di en la madre por roto.

Al hacer su confesión, el Sábanas no estaba ni borracho ni drogado. En un principio al policía no supo qué hacer; se diría que la confesión desordenaba la escena. Eran tres policías y los rodeó la gente delSábanas. Uno de los policías sacó la pistola y empezó a tirar al aire, pero la gente no se movió. ElSábanas, que estaba afuera del círculo, volvió a hablar, ahora dirigiéndose a su gente.

--Ya estaba harto de que ese roto se jodiera a las chamacas de por ahí, en su méndigo Packard, y que no les pagara el rato.

El cuerpo de José Antonio, hijo del industrial de la fábrica La Palma –ahí mismo en la Guerrero-, seguía en el piso. La sangre se había secado en el pavimento.

Después se sus últimas palabras, el Sábanas corrió hacia su vecindad y los policías, a tiros se abrieron paso entre la gente. Cerraron la calle, primero, y después cercaron la vecindad. Pero no era necesario tanto alboroto. El Sábanas se dejó detener.

Desde entonces a Cirilo, que era el verdadero nombre del Sábanas, lo recuerdan en el barrio con ese apodo. “El chisme del asesinarlo de Magnolia corrió pronto. Y todavía vi el escándalo. Cuando miré al asesino no podía creerlo. Era delgado, chaparrito, con buena cara. Su hermana trabajaba de parada, en San Juan de Letrán; creo por eso se le calentó la cabeza a Cirilo. Hasta me dio pena cuando lo subieron a la patrulla”.

Esto pasó a principios de 1948.

Cirilo estuvo seis meses en la cárcel. Nadie podía creer que saliera tan rápido, y se volvió un héroe para Magnolia.

Pero las cosas tenían su explicación.

En el momento en que el Sábanas pisó la cárcel ya iba forrado con la mariguana que tenía que vender adentro. Los mismos policías se la habían dado. Además, estaba amenazado de muerte: consideraban que si había matado con tal impunidad a José Antonio, de paso podía asesinar tranquilamente a un tal Coco, considerado como un narcotraficante peligroso. Para el grupo al que pertenecían los policías a cambio estaba, claro, su libertad. Y el Sábanas ganó la partida. “Nunca se supo bien a bien por qué salió el Sábanas de la cárcel. Según lo que salió en los periódicos, él dijo que había matado al otro tipo en defensa propia. Bernabé Jurado, al que le decían el Abogado del Diablo, no sólo logró que lo declararán inocente, sino también que lo pusieran en libertad”.



Bernabé Jurado, El Abogado del diablo.

De él escribió Carlos Monsiváis:

“El abogánster es un término de la década de 1940 que califica a un personaje devastador, bastante menos excepcional de lo que se pensó. El arquetipo, Bernabé Jurado, de vida en el mejor de los casos tumultuosa, disfruta de una “fama-prontuario” de leyendas acumuladas: en un descuido real o inducido de los empleados distrae del expediente un documento comprometedor y se lo come, paga testigos falsos, patrocina torturas que desembocan en la confesión de inocentes, anda siempre con un amparo en la bolsa, golpea salvajemente a sus compañeras, es la imagen del influyentazo, el abogado penalista de la ciudad de México, al que nadie le informó nunca de la existencia de los escrúpulos. De Jurado se desprende la representación demencial del poseedor de un título universitario que desconoce los límites porque las leyes, al radicar con demasiada frecuencia en su interpretación o en la confección mañosa de los expedientes, a eso se prestan, a verse calificadas de papeles ajustables a la voluntad del más hábil. Téngase en cuenta el papel en el imaginario colectivo de los abogánsteres y los abogados huizacheros (por el árbol espinoso que usan los curanderos indígenas) que engañan con la suavidad de los falsos chamanes. ‘Su problema tiene arreglo, señora, su hijo sale pronto, sólo que hace falta un anticipo’… Mi estimado picapleitos, se vio usted muy mal resolviendo el caso por la buena.”

Ese abogado estaba muy relacionado con Tony Espino, quien por entonces --además de dedicarse al narcotráfico-- era guardaespaldas de políticos de alto nivel. Varios elementos de la policía estaban en su red, entre ellos los que le habían propuesto al Sábanas el asesinato. Saliendo de la cárcel, elSábanas se puso a las órdenes de Tony Espino e ingresó a la Comisión Federal de Seguridad, recién constituida. Y a Magnolia regresó como héroe.

La cachucha y las caricias

“Yo soñaba con ser un pachuco, un gran castigador como Tabaquito, el de Tongolele. Ese Tabaquito era feo, flaco, débil, pero tocaba muy bien el bongó y las muchachas se morían por él. Así quería ser yo. Por eso me decían Tabaquito. Y que yo no andaba nomas con las muchachas que le ponían para padrotear, a mí me gustaban las mujeres de verdad. O sea, las putas de la Roma y no las de la Guerrero. Las de la Roma se vestían bien, eran güeras de las que se usaban entonces. Pero cobraban quince pesos el rato y yo no tenía monedas”.



Como el Tabaquito, el esposo de Tongolele…

Tabaquito tenía 16 años en 1948, pero desde los 12 había empezado a andar en cabarets. Sobre la calle Guerrero había un cabaret en cada cuadra, y junto su hotelito de paso. Los más famosos eran el Olympico, el Moctezuma, el Jardín, el Camelia, el Aximba. La entrada era gratis; sólo se pagaba el baile y el pomo. Esos lugares eran considerados de tercera y no había espectáculo. Primero tocaba un conjunto de música tropical; se bailaba rumba, guaracha, danzón, el boogie-boogie. En el intermedio ponían la sinfonola. Agustín Lara, Pedro Infante, Jorge Negrete, Los Panchos. Después seguía el baile. El chiste era conquistarse a la muchacha durante el baile para que después cobrara menos por el rato.

El cabaret favorito del Tabaquito era El Jardín.

—Ahí les caíamos bien a las putitas. Nos regalaban piezas y nos daban chance de escondernos en el baño cuando llegaban los inspectores.

En El Jardín, uno de los pachucos más respetados era el Güero. En cuanto entraba comenzaba el alboroto entre las putillas. Se peleaban por bailar con él. Usaba pantalones bombachos de casimir –con su bastilla de siete centímetros y la valenciana bien pegada al tobillo—, zapatos de dos tonos y saco de hombreras grandes, era casado y su mujer le planchaba el traje para que se fuera a bailar.

Tabaquito tuvo problemas con el Güero y tuvo que dejar de visitar El Jardín.

—A mí me gustaba una tal Caricias, una ñora que me enseñó de todo. Empecé a cachuchear muy seguido con ella, pero era una de las viejas del Güero y ahí empezó todo el lío. Esa babosada cambió toda mi vida.

Cuando el Güero se enteró, siempre por boca de alguna rival, de que la Caricias andaba dando servicio de gorra, se armó el alboroto. El Güero no sabía a ciencia cierta quién era el que le estaba bajando la mujer, pero igual juró hacerlo polvo.

Para que Tabaquito pudiera cachuchear con la Caricias era indispensable que uno de sus cuates distrajera al cuico, el policía de la entrada, pero que también otro despistara al Güero. Flaco y chamaco como era, el Tabaquito se salía disimuladamente. Al rato se encontraba con la Caricias en un hotelito de paso donde él conocía al administrador. Ella era una mujer de edad, experimentada, fea por lo demás.

Una noche, después del último danzón, el Güero se acercó a la Caricias y, tomándola por la cintura, le dijo:

—No temas por ti, voy a matar a tu amante.

La Caricias no hizo caso. No era la primera vez que pasaba algo así, pero no pensó que el amante al que se refería era Tabaquito.

—Yo no sé cómo estuvo la cosa, pero a la noche siguiente, justo cuando iba a entrar al Jardín, un tipo me detuvo en la nada: era el Sábanas. Me dijo que no me preocupara por el Güero, que él ya se lo había madreado. Además, que cómo él era judas desde ese día yo podía entrar a los cabarets que quisiera sin importar mi edad.

Tabaquito no reconoció al Sábanas de inmediato, pero al fin se dio cuenta de que estaba hablando con aquel muchacho tan temido de Magnolia. Sintió miedo pero no se acordó. Pensó que todo era un cuatro, una trampa que el Güero le había tendido, pero aun así decidió seguirle la corriente.

--El Sábanas, bajita la mano, me obligó a invitarlo a mi cantón subimos a la azotea. Pensé que me iba a matar, pero por suerte no se trataba de eso. Me regaló unos cigarros Chesterfield y me dijo que me considerara un hombre con suerte.

Desde la azotea del edificio de Tabaquito, en Pedro Moreno, el Sábanas miraba --sin que Tabaquito le diera importancia-- el patio de la casa del general Urquizo.

El caballero del puro

Nunca se supo por qué el general Urquizo abandonó la casa.

En 1946, recién terminada la guerra, la casa ya estaba deshabitada. El castillo era temido por los vecinos. Decían que aún llegaban cartas de madres que preguntaban por sus hijos. Más de uno contaba haber visto fantasmas de lisiados. Y era costumbre pasarse a la otra acera al cruzar por enfrente de la residencia.

Tabaquito vivía en Pedro Moreno y desde su azotea era posible meterse a la casa de Urquizo. Por eso el Sábanas había dado con él y le ofreció trabajo muy sencillo. Tenía que comprarle al Tortas las cajetillas de cigarros, llevárselas después al Sábanas –que los esperaba en su casa-- y por último entrar a la residencia desde la azotea.

La policía había empezado a sospechar de la casa de Urquizo y la banda Espino no podía pasar con la facilidad de antes. Fue por eso que recurrieron a Tabaquito. Con él tendrían garantizada la seguridad del edificio.

--Sólo por vivir donde vivía decidieron salvarme de las garras del Güero. Y no hacía nada del otro mundo. Le compraba una por una las Montecarlo al Tortas, que además ya me conocía por que éramos vecinos. El Tortas ponía luego otra cajetilla para que nadie notara que faltaba una y así nos pasábamos los días y las horas.

El 2 de noviembre de 1948 Tabaquito se llevó una sorpresa.

Había que entrar a la casa de Urquizo.

--Era noche de muertos. Había mucha gente en las calles; los niños estaban disfrazados de diablos, las niñas de brujas. Tronaban cohetes por donde quiera y con ese pretexto había tiras en todas partes. En la venta ya nomás nos faltaban veinte cajetillas para llegar a quinientas y esa noche las completamos.

En la casa de Tabaquito esperaba el Sábanas, quien se había encargado, por su parte, de revisar las cajetillas una por una y de cerrarlas con el debido cuidado para que no se notara que habían sido abiertas. Con la mercancía se saltaron al patio de la casa.

--Cuando entramos ya no había muebles, sólo papeles tirados en el piso, cartas orinadas por ratas. Y también había ruidos. Nuestra tarea era acondicionar como bodega el pozo que estaba en el patio, para guardad ahí la grifa. Todavía faltaba por guardar mucho cargamento que teníamos que pasar desde el edificio.

Estando ahí, en el patio de la casa, el Sábanas invitó a Tabaquito para que trabajara formalmente con ellos, con Tony Espino. Aceptó.

--Yo qué iba a pensar que mientras le compraba cigarros al Tortas, aquel hombre moreno que me veía insistentemente, el del puro, era Tony Espino. Eso lo supe después, ya que empecé a trabajar con ellos. Se puede acusar a Espino de lo que sea, pero era un gran hombre. Velaba por todos los que trabajan para él, y dicen que no había un solo conecte al que él no conociera personalmente de vista. Con sólo verlos sabía si había jale con ese o no. Tony Espino tenía mil ojos. El mismo vigilaba hasta la movida más pequeña. Parecía que podía estar en varias partes al mismo tiempo. Y lo que más impresionaba de él era que siempre andaba solo. El conocía a todos sus conectes y todos sus conectes lo conocían a él; pero los conectes no se conocían entre sí, más que en contados casos. El siempre andaba solo. Dicen que sus guaruras lo protegían a escondidas, pero nunca se supo.

Tony Espino caminaba con toda la tranquilidad por la colonia Guerrero, la conocía al dedillo. Bastaba con que él saludara a alguien en la calle para que ese alguien fuera respetado. Tony, tenía credencial de judicial. Su carrera delictiva empezó en 1940, cuando cerca del Hotel Ritz asaltó a una pareja de norteamericanos.

En 1945 ya era guardaespaldas de categoría: puros políticos de buen nivel. Poco después mató a una mujer, con quien no había llegado a un acuerdo después de haberle hecho un trabajito. Huyó a Cuba. Ahí trabajó en el Cuerpo de Seguridad del presidente Carlos Prío Socarrás. Se podía distinguir a Tony inevitablemente junto al primer mandatario cubano, y además se daba tiempo para el narcotráfico. En 1947, en La Habana, asesinó públicamente a dos miembros de un grupo enemigo. Regresó a México a finales de ese año. Los soldados que vivían en la vecindad del Tortas, en Pedro Moreno, eran conectes suyos. Supo cómo extender su red y para 1948 contaba ya con un fuerte equipo de ayudantes para cubrir su propio mercado.

El Tortas llegó a Tony Espino por la mota, con los juanes. El Sábanas, porque sabía matar sin escrúpulos. Tabaquito por el privilegio de vivir cerca de una de las bodegas de la banda. Tres muchachos, vecinos que nada tenían que ver entre sí, de ese modo quedaban unidos por algo cuya fuerza era superior a la de ellos juntos.

La casona, la leyenda

Moreno, robusto, siempre con un puro en la boca. Esa es la figura grabada de Tony Espino en la memoria de la colonia Guerrero. Lo recuerdan en cabarets, en cantinas, caminando por la calle de Zaragoza: solo, sin que nadie lo cuidara. Pero no es común encontrar gente que se preste a Espino. Todavía se temen los buscapiés de la policía --de los que hubo muchísimos cuando lo apresaron--. La casa de Urquizo y la calle de Zaragoza fueron vigiladas durante un buen tiempo. Después, la residencia se convirtió en casa de huéspedes; y lo fue hasta que se descubrió que los supuestos dueños no lo eran. La casa quedó otra vez abandonada. Un poco después, las mismas familias humildes que la habían habitado cuando era casa de huéspedes decidieron que si no tenía dueño definido ellos podían serlo. Hoy sólo la madera tallada en la puerta, los restos del vitral y el escudo que adorna el balcón principal recuerdan los tiempos en que era propiedad del general: cuando la residencia era una de las construcciones más imponentes del rumbo, cuando la colonia Guerrero se jactaba de ser un barrio de ricos.

Pero ya entonces el castillo estaba en ruinas y se paseaba por ahí una silueta condecorada, vestida de gala. Acaso no sea la única. En 1960, cuando intentaba escapar, Tony Espino fue asesinado por los guardias de Lecumberri. La última vez que lo apresaron fue en 1956. En un hotelucho, El Intimo, mató a otro narcotraficante. Y hasta ahí llegó –o sólo cambió la crujía por esta residencia convertido en otra de sus leyendas.



En Lecumberri terminó sus días Tony Espino.

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