Historia

Al igual que el texto sobre las fábricas de Etla, en Oaxaca, presentado en la entrega anterior, el presente ensayo, escrito en forma de crónica, pretende rescatar la historia del trabajo, tanto obrero como patronal, de la antigua fábrica El Volcán de Atlixco, Puebla, fundada alrededor de 1898, pero que a diferencia de las factorías de San José y La Soledad Vista Hermosa, en Etla, contó a lo largo del siglo XX con el impulso de la inversión tecnológica y de la modernización tanto del proceso de trabajo, como del organigrama laboral; cambio al que se agregó posteriormente, en los años ochenta del siglo pasado, el de los modos de asumir por parte de los propietarios las jerarquías. Dichos cambios y la capacidad también de obreros y patrones para resolver en su momento los conflictos sindicales, lograron que la fábrica subsistiera hasta los años noventa del siglo XX. Sin embargo, la apertura del mercado textil a la competencia extranjera, así como la constante necesidad de inversión y renovación tecnológica, hizo inclinarse a sus propietarios a nichos de inversión más seguros, lo que provocó finalmente la decisión de cerrar la fábrica: vendieron la maquinaria y se quedaron solo con el cascarón industrial. Pero a diferencia de las fábricas de Etla, o de La Constancia en la ciudad de Puebla, nadie parece interesado en la recuperación de la factoría de El Volcán como centro cultural. Los obreros se han ido.

Los testimonios que aquí se recuperan, así como el relato pormenorizado del recorrido en la fábrica, fueron realizados por Sergio Mastretta y por mí en 1985; recuperados para la elaboración del presente texto, en busca de revivir al parecer la cada vez más olvidada tarea historiográfica del quehacer obrero sin la cual no podemos explicar los vaivenes del México Contemporáneo.



El valle de Atlixco, con la fábrica de Metepec en primer plano, a principios del siglo XX. Postal publicada en el sitio México en Fotos.

Atlixco Puebla enero de 1985. Cuarto para las siete en la fábrica de hilos y tejidos El Volcán, no se escucha la sirena que recuerde el cambio de turno. La caminata serena de las parejas de obreros y el pedaleo tranquilo de los ciclistas por el caminito asfaltado revelan que aún hay tiempo para dejar atrás el desvelo antes de emparejarse al ritmo de la maquinaria. Al fondo, el Popocatépetl se despabila de los vapores del rocío sobre el textilero valle de Atlixco.

Minutos más tarde la hilera de trabajadores es más nutrida, y va más aprisa. Moviéndose por el destajo los operarios llevan el tiempo justo para el relevo de las siete; no se escucha sirena alguna que los urja, a pesar de ello el paisaje de El Volcán viste el ropaje de la antigüedad: el arroyo imprescindible, la memoria de la fuerza hidráulica, la turbina y la banda maestra y la vieja casona de la escuela, el porvenir de los hijos de los trabajadores; la arboleda de pinos y hules gigantes que han dado sombra a la fiesta y la movilización obrera. Está también ahí inamovible la chimenea de ladrillo, gruesa, larga, como si le disputara la primacía al volcán, sin que ninguna fumarola brote desde la garganta de la vieja caldera de arcilla. El portón de la fábrica es de 1898, ceñido por el recio muro de piedra que resguarda la factoría, hoy está abierto de par en par, los obreros matutinos se introducen en el viejo cascaron en que ahora se esconde la modernidad.



El Volcán fue una de las dos grandes fábricas textiles de la región de Atlixco que emprendió a tiempo el camino de la renovación de la industria mexicana ante el embate demoledor de la producción de las plantas modernizadoras. En los alrededores, las chimeneas de fábricas como Metepec –con más de 1500 talares en 1900-- La Carolina y El León, se extinguieron; permanentemente a la saga de las transformaciones tecnológicas, murieron lentamente; con la terquedad del hierro fundido en el siglo XIX, alargaron su vida con la inercia de los viejos telares, entretuvieron su muerte el tiempo que los tejedores e hilanderos soportaron la sobreexplotación. Hoy los galerones de Metepec, que un tiempo cobijaron la convalecencia y la rehabilitación de trabajadores y pensionados del Seguro Social, guardan un centro vacacional. Sólo El Volcán y La Concha sobrevivirán por unos años. Su muerte será posterior, ya en el siglo XXI.

El Volcán en 1985 cuenta con cerca de 300 trabajadores para sus 12 husos y 104 telares, y alcanza una producción anual de cinco millones de metros de tela que representan para la empresa 1,300 millones de pesos en ventas. La historia de esta mediana empresa textil cuyas innovaciones tecnológicas, tanto en la renovación de su maquinaria como en la reorganización de sus sistemas productivos y de administración, nos permite hoy comprender a la distancia los cambios que los que se vieron sometidos los trabajadores textiles del siglo XX en el proceso de trabajo en el que fueron dejando sus vidas.



A marrazos trajeron la modernidad

Una mañana de 1978 aparecieron tres peones en el salón de los viejos telares ingleses de lanzadera. Cada uno cargaba un marro. –Ai espérense a que les hable, les dijo el cabo, nomás que vengan los licenciados. Ellos escogieron un rincón y se sentaron. En la galería, enmohecidos de algodón y silenciosos desde hace seis meses, los últimos 104 telares Smalley, parecidos a los utilizados por los tejedores amotinados de las fábricas de Río Blanco y Santa Rosa en enero de 1907 (planos y de maquinilla, según la tela), esperaban a que se cumpliera su sentencia de exterminio: para que se modernice la industria textil –acordaron gobierno y empresarios-, se debe impedir que los viejos telares de las fábricas que renuevan su maquinaria sean vendidos a personas que en talleres minúsculos, casi clandestinos, olvidados de impuestos, Seguro Social, prestaciones y salarios mínimos, se reutilicen en desleal competencia. Los telares ingleses pasarían así a ser un recuerdo en la memoria obrera y empresarial, pero no podrían ser vendidos. Según se acordó tendrían incluso que ser destruidos ante representantes de la Cámara Textil y funcionarios gubernamentales.

Así es que en El Volcán, para tal caso, un día de ese 1978 a las 9 de la mañana se presentaron los interesados: Los jóvenes patrones en sus chamarras sport y los funcionarios vestidos con sus trajes oscuros y que en el evento quedarían cubiertos de una tenue capa blanca de fibra, al ritmo de los marrazos. De los departamentos vecinos –tróciles y coneras-- se asomaron los rostros curtidos: ¿no qué no?, ora sí les llegó la hora a estos telares, decían y como que no lo creían. Al llamado del cabo, los peones salieron temerosos de su rincón.

--Al ver muchachos—les dijo--, me agarran a marrazos estos telares… hasta que no quede nada bueno.

Los trabajadores se miraron sonriendo: ah, que la idea del cabo, pero sí, esa era la idea, y se las repartieron los señores trajeados. Y si no dispusieron su entendimiento, sí dispusieron sus brazos y con ellos sus marros, que vinieron a romper no sólo el hierro fundido del siglo XIX, sino el ruido parejo de los tróciles vecinos, hilando indiferentes al desastre del pasado. Junto con los recuerdos de los hilanderos que se asomaban azorados.

El Volcán ya tenía entonces 149 telares de manufactura belga, de funcionamiento electrónico, para todavía de lanzadera. Y estaba programada también la adquisición de 40 telares más, alemanes tipo Dornier, no de lanzadera, de más 300 revoluciones por minuto, de doble lucha y cinco colores diferentes en la trama y con producción computarizada en sus diseños. Lo último en México.

En 1925, cuando el asturiano Manuel Migoya y su hermano Perfecto compraron la fábrica en quiebra luego de la revolución, también dispuso de los brazos de peones que echaran mano a los marros. Al parecer nadie recuerda ya si fueron zapatistas o carrancistas, pero por aquí pasó “la bola” y dejó su huella en los telares chamuscados de El Volcán. Para rehabilitarlos los calentaron con lumbre y les enderezaron las torceduras a marrazos, ante el ojo fiel de los maestros herreros. Con el tiempo, la fábrica llegaría a tener más de 225 de esos telares ingleses de lanzadera como los que había destruido la revolución.

Así, a golpe de marro revivieron los industriales y obreros la industria textil para pasar victoriosa al México posrevolucionario. A golpe de marro desaparecieron también sus antiguos telares para que las empresas textiles lograran dar el salto hacia el México Moderno.

Tejedor de la fábrica La Constancia Mexicana, en Puebla. Foto de Everardo Rivera tomada del libro "Historia e imágenes de la industria textil mexicana", BUAP, 2000.

Las cuentas de la productividad

Cincuenta años después de su fundación, El Volcán entró en la ruta de la modernidad. En 1975, los nietos de los asturianos Perfecto y Manuel Migoya --muerto en 1936-- relevaron de la dirección de la empresa a la segunda generación de los Migoya, conocidos como don Perfecto y don Enrique, ya que don Jesús el hermano mayor, había muerto en 1973. Egresados de la Universidad Iberoamericana, los jóvenes poblanos sometieron el cansancio de sus padres acostumbrados a un ritmo de trabajo y de jerarquías antiguas y los embarcaron en la inversión de capital: El Volcán manda pedir a Italia un nuevo batiente de la firma Mazzoli, con un costo de 380 mil dólares. En la retirada de la segunda generación, don Enrique, al grito de “yo no expongo mi dinero con mocosos”, pide le liquiden su parte y se retira a España.

La llegada de la nueva maquinaria sería el primero de una serie de pasos hacia la reestructuración total de la fábrica. La manera de pensar de los nuevos empresarios era la de “la organización y sistemas para elevar la producción”. Cuando desempacaron las cajas bajo la inspección de los técnicos italianos, las cuentas en el papel estaban claras: integrados en un solo proceso cardas y batiente, un solo trabajador podría controlar su operación; un operador por turno realizaría lo que el batientero, los dos carderos y su ayudante hacían con el sistema antiguo; las 1700 revoluciones por minuto de las nuevas cardas permitirían que cada uno produjera 40 kilos de mecha por hora, contra los ocho del viejo sistema. El resultado fue la desaparición de las 17 cardas inglesas Platt, de Oldham, que eran reliquias de 1898.

Los sudores del batientero

Los técnicos italianos instalaron la maquinaria y se fueron. Anaranjado, reluciente, el nuevo batiente quedó ubicado en la sección que ocuparan las cardas viejas; el antiguo permaneció inamovible en su lugar de siempre, en el piso inferior. Las explicaciones de los italianos habían sido precisas: al estar integrado el batiente a las cardas, se eliminaba la necesidad de los rollos que antes producían los silos para el batiente y que tenían que ser estrictamente pesados por el operario pues las cardas aceptaban un peso limitado; quedaba, pues, eliminado el cambio de rollos. El nuevo batiente realizaría las mismas funciones que su antecesor –abrir y limpiar la fibra-, sólo que mucho más rápido y alimentando por sí mismo a las cardas. A través de bandas transportadoras alimentadas manualmente por el operario, la fibra subiría, bajaría y volvería a subir por un sistema de rodillos que la aprietan y camisas de púas que las desgarran, la abren y la cuelan hasta hacerla caer en los silos alimentadores de las cardas: por medio de fotoceldas se controlaría la cantidad de algodón requerido, parando y arrancando automáticamente, al ritmo impuesto por las cardas. Las instrucciones eran, así, clarísimas: el operario, uno solo, alimentaria la batiente y cuidaría que las cardas estuvieran permanentemente sacando mecha. Por su parte focos de colores indicarían el estado de la máquina. Por otra parte, con el cambio automático de centinela (botes recolectores de la mecha) ya no habría necesidad de pesar la producción, pues las máquinas venían equipadas con contadores electrónicos para cada turno. Además, y para protección del operario, las cardas estaban equipadas con ventiladores y extractores de pelusa que evitaban la necesidad de acercar las manos a los temibles rodillos y al gran tambor armado de miles de púas.

Pero el día de la inauguración, los obreros no tenían claras las ventajas para ellos del uso de esas máquinas:

--No se puede, licenciado, un solo hombre no puede --dijo el representante del Sindicato, a media mañana, en la oficina de Arturo Migoya.

--¿Cómo que no se puede? Si en Europa esas máquinas las manejan mujeres --respondió el empresario.

-- Pues será allá, insistió el líder obrero, pero aquí el operador tiene que tener un ayudante, compruébelo usted mismo --volvió a repetir el delegado--. Una sola persona no puede.

Y ambos se fueron a ver al batientero-cardero en su primera mañana a cargo de la máquina italiana. Lo encontraron frente a una de las cardas recomponiendo la mecha enredada. Dos focos estaban encendidos en ese momento, el hombre corrió a la carda vecina enredó el velito caído en la torcedora y apretó el botón de arranque; miró a las ventanillas del batiente que esconden las fotoceldas amontones, la fibra desmenuzada; corrió entonces al otro extremo y se lanzó sobre las pacas abiertas; arrojó grandes mechones sobre la banda transportadora y regresó a las cardas con gran revuelo. Vió al licenciado y patrón: No puedo, se dijo a sí mismo. Qué mal, ¡uh!, ya se encendieron dos focos amarillos, hay que cambiar esos malditos centinelas. No, no hay que cambiarlos, se repitió, para sí lo hacen solos; y hay dos en fila esperando, pero lo que sí es que hay que quebrar la mecha, eso no lo hace sólo la máquina. Pero para eso, le explicó al licenciado, se puede pasar hasta media hora, nomás cortar la mecha de un jalón y ya; sí, pero el foquito verde… y hora ya se prendió de nuevo un rojo porque los ojos electrónicos sí que funcionan, en cuanto se quiebra la mecha y rasga la lucecita se para la máquina, y ái está el licenciado, qué va a decir, pus aquí hace falta otro, pus cómo a puro correr, así no se puede…

--Mírelo usté mismo cómo está, y apenas son las once --dijo el delegado--, y se le escogió porque es uno de los mejores, véalo usté, bañado en sudor, con las manos hinchadas, ya no puede el hombre, todos esos foquitos lo van a volver loco, licenciado. Desde mañana aquí metemos otro hombre.

--Pero es que no es así el trabajo --respondió el empresario, que había seguido con la mirada las carreras del operario--. Los foquitos avisan, pero el hombre no tiene tiempo para hacerles caso. Se les repitió que primero se termina lo que se está haciendo y luego se van sobre otra cosa, pero sin correr. A ver, ¿pa’qué corre pa cambiar de centinela? Eso lo hace sólo la máquina. El foquito nomás avisa que viene el cambio, ¿para qué se le arrima el trabajador?, ¿para ver cómo se cambia solito? No señores, si no puede un operario, pues lo hago yo; si no ¿para qué trajimos máquinas?

Al final los trabajadores lograron hacerlo bajo la meticulosa instrucción del empresario. Como parte de la modernidad de los años ochenta se introdujeron en la fábrica dos batientes de este tipo, uno para el algodón y otro para puro poliéster, que alimentan ocho cardas, operadas por un solo trabajador, en trabajo a destajo.

Batiente en la fábrica El Mayorazgo. Foto de Everardo Rivera tomada del libro "Historia e imágenes de la industria textil mexicana", BUAP, 2000.

El textilero, siempre trás el hilo roto…

A las siete y cuarto todo es movimiento. El cabo de hilados se pasea en su territorio: baja al salón del antiguo batiente, que utilizan para abastecer de rollos de napa a las dos cardas con el Platt, Oldman 1898 perfectamente visible, productores de mecha para hilo moteado. El batiente está parado, pero hay material suficiente para los dos muchachos que atienden las cardas y que esparcen volutas de hilo café claro sobre la capa extendida, absorbida lentamente por las máquinas. En el salón quedan los vestigios del pasado: una flecha con sus poleas sin bandas lo recorren de extremo a extremo junto al ventanal; la balanza para pesar los rollos a un lado del batiente; el peón que abre las pacas de algodón al fondo. El cabo verifica la buena lubricación de las chumaceras en el batiente y certifica la limpieza delos cilindros de las cardas. Luego sube los escaloncitos que llevan al salón de los dos batientes (algodón y poliéster) y las ocho cardas Marzoli, líneas amarillas en el piso indican las zonas de seguridad y los pasillos entre las máquinas, otro peón desempaca el algodón en una operación que sigue siendo más barata que su automatización. El operario de las cardas y del batiente vigila tranquilo la producción, sin apresurarse, atento a las ventanillas de las fotoceldas de donde por momentos se atraganta la fibra, contando el número de pacas que el peón le deja abiertas al fondo, a un lado de la banda transportadora del batiente de algodón. Una de las cardas está parada, con sus gabinetes de equipo electrónico destapados; agachados sobre ellos, el mecánico electricista y su ayudante, con un diagrama extendido a un lado, checan el circuito eléctrico. El cabo en su recorrido pasa al salón de los estiradores y los veloces: un muchacho vigila los cuatro estiradores Marzoli y el Plenden, español, que jalan la mecha de los centinelas que vienen de las cardas, hasta 24 en el Plender mezclador de fibra y poliéster, de a 12 en los Marzoli que sacan una mecha más fina, lista para los veloces que producen el pabilo… Todo está en orden. El cabo, mecánico de preparación de hilados platica al fin sobre su trabajo:

--Los compañeros están a destajo –explica--, y a mí me pagan según lo que ganen ellos. Tocante a lo mecánico, de mí depende que las máquinas no estén paradas, así que entre menos produzcan por máquina parada, menos lana me toca. En estos días estoy sacando alrededor de 14 mil pesos a la semana, el de la cardas saca 14, 15, a veces hasta más; en los estiradores se llevan el operario 12 mil pesos. Estamos por Contrato Ley, y en el algodón estamos algo arriba del mínimo. Ya ve, el trabajo es fácil poniéndole empeño. En relación a lo antiguo, el trabajo viene siendo el mismo, sólo que ya no es manual; las máquinas hacen lo de antes, abrir, limpiar, estirar y torcer la fibra, pero mucho más rápido, si antes un trabajador tenía a su cargo nueve cardas, ahora sólo lleva ocho con todo y batientes. Para mí como mecánico, la verdad es que el trabajo es más descansado: antes todo funcionaba con el sistema de bandas, se la pasaba uno engrapándolas, cambiando todo lo que se rompía y desatascando todo lo que se entrampaba. Ahora nomás se sufre cuando se truena una camisa de batiente o cuando se rompe un condensador de aire. Eso sí, aunque estas máquinas sin muy modernas nunca van a resistir lo que las antigüitas. Ya ve las cardas y el batiente allá abajo, esas van a durar toda la vida. En cambio, estas a los diez años van a pedir esquina. Aparte está el material. Usté podrá tener todo lo nuevo que quiera, como esos telares de pinza, si el hilo no va bueno, se para aquel maquinón de millones de pesos. Aquí todavía se va a necesitar por mucho tiempo al velocero, al trocilero, al conero, al urdidor, al tejedor, todos siguiendo al hilo roto que no quiere ir en pos de la modernidad.

Carda de erizos, utilizada por buena parte de las fábricas textiles en el valle de Puebla, Tlaxcala y Atlixco. Ilustración tomada del libro "Historia e imágenes de la industria textil mexicana", BUAP, 2000.

La cicatriz del velocero

Los 120 malacates de cada uno de los tres veloces Marzoli –una para algodón, otra para poliéster y otro para mezclar-- giran a toda velocidad: de un lado, las hileras de botes con la mecha delgada de los estiradores, del otro dos hileras de malacates enredando el pabilo; ojos electrónicos para la máquina cada vez que se reviente alguna hebra, quebrando la línea de luz: no hay de otra. La sacada de los carretes, cada dos horas tiene que ser parejo. En este paso de la producción, la tecnología ha brindado mayor velocidad por la eliminación de los veloces intermedios integrados ya en una sola máquina, y el paro automático por medio de la electrónica todavía requiere del velocero. Para enhebrar antiguos Sacc and Lowell, el velocero y su ayudante dispondrán de sus carritos para el cambio de carretes, cada uno desde un extremo avanzarán quitando carretes llenos hasta encontrarse en el centro, para regresar a las orillas encasquetando de bobinas los malacates del veloz.

Erasmo, el velocero, tiene 51 años de trabajar en El Volcán y 36 de hacerse cargo de uno de los turnos con esta maquinaria. Después de terminar la sacada en uno de los veloces plática a saltos, interrumpido sólo por alguna rotura de hilo: “Mi padre me trajo como observador, yo tenía siete años y le empecé a ayudar. A los ocho me agarró la mano una conera de las antiguas, de las que ya no hay aquí y me dejó esta verruga para toda la vida en el dorso de la mano. De ái en fuera, como si nada, sólo hay riesgo cuando no viene uno en sus cabales, pero eso sólo es de vez en cuando. Aquí en los veloces no hay mucha novedad con lo moderno. Antes se movían por poleas, los carretes eran más chicos, había varios tipos de veloces, pero uno viene haciendo lo mismo. Tanto vive uno pegado a la máquina, caminando a su lado que pa’mi, después de mi mamá, ellas vienen siendo como mi madre.”

Tampoco hay un cambio sustancial para el trabajador en los tróciles, donde el pábilo de los veloces al fin se convierte en hilo de diferentes medidas. El local de estas máquinas es el más de amplio de la fábrica y le sigue al que alberga los estiradores y los veloces; 27 tróciles, con más de doce mil husos en total producen hilo del 14, 16, 26 y 30: siete de éstos tienen ya más de cuarenta años pero fueron renovados en los cincuentas; tres son de la marca Mazoli, construidos en 1961; los más nuevos son los 17 Hispamatic comprados recientemente. Aspiradoras de polvo y aspersores de aire recorren por lo alto cada uno de los tróciles: la humedad y la limpieza son la base del funcionamiento óptimo. El proceso es el mismo, con la variante de productividad incrementada; cada trócil de los modernos Hispamatic con 480 canillas produce 480 kilos por hora y un obrero se hace del largo de dos máquinas y media. Con el régimen del destajo, por ejemplo, un oficial en el mes de enero de 1985, sacaba alrededor de 11 mil pesos semanales; su ayudante se queda en los 9 mil.

Salón de tróciles en un fábrica textil de principios del siglo XX.

Los mil ojos del urdidor

Es una urdidora Slaford, de 1980. La misma maraña de hilos de los viejos urdimbres, el mismo trabajador parado frente al cabeza en que se enrolla el julio. Se encuentra en un salón largo que comparte con la máquina del engomado. Nos explica:

--Ahorita estoy sacando una parada de 8,054 hilos de 26, de 50 por 50 poliésteres de algodón, de un largo de 66 mil metros. Saco diez julios con 671 kilos y dos con 672. Más adelante en el engomado se juntan en una sola tela.

Aparentemente es lo mismo: al fondo la máquina cargada de conos, al frente el cabezal, la diferencia está en el cabezal hidráulico, con paro automático en la misma disposición de la urdimbre y en un equipamiento electrónico, así como en la velocidad, 400 metros por minuto.

--En la urdimbre --sigue diciendo el urdidor--, cuando un hilo se rompe, cae la horquilla que le corresponde y se corta un circuito electrónico, que para automáticamente la máquina. Y ahí está la diferencia con los urdidores antiguos: con el cabezal hidráulico no hay riesgo de que se siga enredando el julio y se pierda la hebra rota, como sucedía antes por la inercia de las bandas, aunque también hubiera sistema de paro electrónico…

De pronto, la máquina se detiene de golpe. El operador suspende la plática y en un instante reconoce el hilo roto; se guía por los foquitos: el rojo grande, en la parte superior de la urdimbre, señala hilo roto. Dos más, uno para el lado derecho y otro para la izquierda indican el lado de la rotura; la horquilla caída desenmascarada por el foquito, señala por último el lugar del defecto.

--Ya se lo habrán dicho --dice el operario al regresar y apretar el botón de arranque, luego de anudar el hilo roto--.Aquí todo depende del material: si está bueno, se la pasa uno nomás viendo, cambiando los julios, cosa que con el cabezal hidráulico se hace en cinco minutos; nomás los encarrila, aprieta botones y la maquinaria los carga y descarga. Pero si viene malo el material, a cada rato se rompe el hilo, normalmente en el nudo que hacen las coneras, automáticas, entonces hay que estar yendo y viniendo, ni al baño se puede ir, pues uno está a destajo. Tampoco es trabajoso cambiar conos: por un sistema hidráulico las filetas se desplazan a los lados y se cambian las rejas: ya después nomás es cuestión de anudar de volada. Antes había una especie de arco dentro de la urdimbre y con un burrito sobre rieles se hacía la postura que tardaba hasta tres horas. Son dos urdidores, con dos oficiales y un ayudante, y entre los dos no sacaban la producción de este. Yo tengo seis años aquí, cinco con la nueva máquina. Nos llamaron a cuatro. En tres semanas de aprendizaje escogieron el más apto. Saco más o menos 14,500 pesos a la semana. Es cuestión de estar a las vivas para anudar rápido el hilo roto. Esos foquitos son nuestros ojos.

A unos cuantos metros, dos oficiales de engomado también laboran en una máquina nueva, americana de la marca West Ponit, comprada en 1980. Aunque guarda el mismo aire de lavandería de todo buen engomado, las diferencias con los dos antiguos encolados que le precedieron saltan a la vista. Aquéllas máquinas, de dos tambores, producían entre 30 y 40 metros por minuto. La nueva produce hasta 90 y enrolla al mismo tiempo hasta 8,056 hilos de los 12 julios que puede llegar a contener.

El sistema de trabajo es particular en el engomado: tres oficiales sin ayudante se rotan de manera tal que siempre habrá dos de ellos en el único turno de las 12 horas diarias de trabajo a destajo. Por ello se les ve a los dos ajetreados e las diferentes labores del engomado. Una parada le llevo cuatro horas a la máquina, dividida en cuatro secciones, está formada por el montaje de julios, las dos de engomado (cada una engoma la mitad de los julios), el tren de secado y el cabezal del julio termina en dónde se enrolla la tela. A un lado, y en un nivel superior, se encuentran los tinacos para la elaboración del apresto o solución de la engomadora, con su tinaco de cocinado y almacén y su sistema de bombeo.

Las funciones entonces, son varias: cocinado de apresto, montaje de julios en los cambios de parada, encuartillada o cuenta del número de hilos para la repasada, reabastecimiento de apresto en las canoas de engomado (tres cocinados y medio por parada). Los dos operadores se dividen las tareas; igual puede ser uno u otro el que realiza el cocinado o la encuartillada. El cambio de julios lo realizan juntos, lo mismo que el desenredo de hilos producido por la falla en el suministro de la corriente eléctrica, dada la inercia de los julios, cuando los hilos llegan a enredarse.

La máquina cuenta con un sistema electrónico que regula la tensión de las canoas de engomado y en el tren de secado, así como la velocidad. Los trabajadores del engomado tienen todos más de veinte años de experiencia en su puesto. Recibían en 1985 un promedio de 15 mil pesos semanales. Ocupan uno de los lugares de mayor responsabilidad del proceso productivo.

Urdimbre

El silencio de la modernidad: de los Picañol a los Dornier

En tejidos con el cambio de maquinaria el proceso de trabajo se aceleró. Para los viejos telares ingleses se necesitaba un tejedor por cada cinco: para los Picañol el número aumentaba a los 16 por trabajador. Un tejedor tiene a su cargo 10 Dornier, pero la productividad en estos es mucho mayor. Las causas de este proceso son claras: si bien todavía en los años ochenta la tecnología textil no había podido prescindir de los telares, aunque ya se empezaban a desarrollar máquinas productoras de telas sin trama (sistemas de pinza), los nuevos han dejado atrás en productividad y eficiencia a los antiguos telares de lanzadera. En El Volcán se deshicieron de 226 telares ingleses (los últimos 104 en 1978), así como los Picañol adquiridos en 1962 y de los 149 Picañol belgas electrónicos (en 1978). Entre 1981 y 1984 fueron adquiridos por esta factoría 64 telares Dornier alemanes de pinza, a un costo de 10 millones de pesos cada uno.

Así, si las diferencias entre los Picañol y los ingleses antiguos, ambos de lanzaderas, era abismal (por el número de luchas o revoluciones por minuto, por el ancho de la tela, por el número de telares por trabajador), la existente entre los telares belgas electrónicos y los Dornier alemanes es tal que en El Volcán prescindieron de los 40 que les restan de los primeros.

El telar Picañol de lanzadera sigue el mismo principio de los telares ingleses, sólo que más rápidos (160 luchas por minuto) del doble de ancho y con un sistema electrónico de cambio de canilla, paro automático por rotura de hilo.

Las ventajas del telar alemán frente al sistema de lanzadera, nos las explica Artemio un mecánico de 25 años, que la empresa mandó a especializarse en Alemania:

--Los Picañol no alcanzan ya ni siquiera las 130 revoluciones por minuto, y los nuevos pueden dar 325, aunque ahora los traemos a 275. En los nuevos ya no hay lanzaderas, ahora la trama se desplaza por medio de pinzas que corren por medio de una cinta desde ambos lados del telar y que se encuentran en el centro de la trama; una lleva la punta del hilo de trama, la otra lo toma y completa la lucha. Además, tienen doble lucha; la pinza jala dos hebras, y por eso llegan a producir más de 60 metros por turno, el doble de los Picañol. A eso añada usté que puede intercalar hilo de color, hasta seis diferentes, contra la tela lisa de los otros telares y que en caso de rotura el telar regresa la trama automáticamente, no se para; y lo más importante, la producción se programa por computadora en el laboratorio. Usté puede meter el diseño que quiera, algo como si fuera el cilindro de una pianola.

Artemio platica en uno de los pasillos del galerón cerca del telar, su voz se escucha con claridad. No sucede lo mismo con las palabras de su colega Francisco que trabaja en los telares de los Picañol. El ruido es el que los ata a su pasado. El cabo que atiende su mantenimiento habla de más de 160 decibeles, pero su voz, o sus gritos, apenas si recortan el traqueteo incesante, el ritmo airado con el que se enreda el vestido humano. El hombre, mucho mayor que el mecánico especializado en Alemania, se encoje sobre el mecanismo que impulsa la lanzadera; de lejos vienen sus palabras que nombran sus partes y explica el funcionamiento; solo la vista reconoce en cada hilo del telar, envuelta por un musgo gris de algodón, unas enredaderas de engranes, bandas largas, cortas, corbatas, pique, hules amortiguadores, espada, viola superior e inferior, enredadera mecánica que casi tres veces por segundo impulsan la lanzadera con el hilo de la trama.

Hilo de pie, hilo de trama, picada, calada, luchas. Palabras que sobreviven en el quehacer cotidiano de los telares Dornier, de donde ha sido expulsado el término lanzadera al conjuro milimétrico del mecanismo hidráulico que amortigua el ruido, que lo somete en cada ángulo de los engranes, en cada apretón de la calada, orillándolo cada vez más a quedar en el recuerdo de los maestros tejedores.

Ajustadas las cuentas a la maquinaria del siglo XIX, los telares alemanes presumen su modernidad; foquitos de colores ayudan al tejedor a destajo a mantener la carrera de la trama: el verde señala hilo de pie roto; el rojo acusa al hilo de trama reventado; el blanco revela la baja presión de aceite en el cárter. La función del tejedor es la misma desde la aparición del telar mecánico automático: lograr que la maquina teja el mayor tiempo posible; de sus hábiles manos depende todavía el anudado del hilo reventado que detiene el telar. La modernización agobia al tejedor; los telares están diseñados para prescindir en lo posible del trabajador. Pero cada hilo de pie o de trama reventado para automáticamente la máquina y obliga todavía su intervención. Los empresarios textiles sueñan con salones de tejidos inmensos, con millones de caladas tejiendo un sonido rítmico, ajeno a la vigilancia humana.

Señor patrón, aquí venimos todos a negociar el día

--Toda modernización trae una revolución --dice Miguel Ángel, el almacenista en el pasillo que conduce al departamento de Revisado--. Ya ve usté, antes decíamos “don Jesús, don Enrique, don Perfecto” cuando le hablábamos al patrón, ahora a sus hijos les decimos licenciados.

Don Jesús, don Enrique y don Perfecto heredaron la fábrica El Volcán al morir su padre, el asturiano Perfecto Migoya, en 1936. Ellos trabajaban en la administración casi desde que enderezaron los telares quemados a marrazos. Con el paso de los años lograron que el prestigio de la marca “Productos Volcán”, impresa en tinta negra sobre tela, recorriera los principales mercados de Puebla y de la Capital.

A decir de los empresarios y los trabajadores actuales, en ese mismo tempo también se impulsó la modernización. Como toda fábrica textil del México postrevolucionario, la planta industrial con la que contaba El Volcán fue diseñada y construida en el siglo XIX. La vena de la modernidad corría por otros rumbos: el aprendizaje de la rutina obrera, la disciplina industrial.

Los trabajadores eran en su mayoría campesinos reclutados en la región de Atlixco, carentes de la mentalidad industrial de la asistencia económica y la puntualidad. Temporadas de siembras y cosechas vaciaban los salones textiles. Sería hasta la segunda generación de obreros cuando los patrones se despreocuparían por la escasez de mano de obra.

--Eran otros tiempos --cuenta Miguel Ángel–. Con decir que fue hasta hace poquito, creo que en 1978, cuando se metió el reloj checador. Antes, al cuarto para las siete se veía a los patrones, don Jesús, don Perfecto y don Enrique, a puerta de fábrica, vigilando la entrada. Conocían de nombre a todos los trabajadores; sabían quién era el velocero, quién el canillero. Decían: “No ha entrado el canillero, hay que buscarle un suplente”, o “que falta el urdidor, no lo he visto entrar” y cosas así. Era una lucha constante: quince minutos antes se empezaba a arreglar, se quitaban la gorra, echaban mano de sus sombreros, platicaban de cualquier cosa. El patrón sufría para lograr que se entregaran las máquinas caminando. Y eso que, como ahora, estaban a destajo. Hoy el trabajador cuenta en pesos lo minutos perdidos.

Los trabajadores narran diversidad de anécdotas que reflejan aquella organización del trabajo más rudimentaria y espontánea: los obreros no tenían muy claro el asunto de la organización racional del trabajo y el proceso productivo.

Un tejedor, por ejemplo, si entraba a las siete, llegaba a las cuatro de la mañana a la fábrica. Pegaba la pestaña un rato más en un rincón cualquiera pero hacia la cinco y media ya ve le veía en el salón de tejidos, acumulando trama en un carrito, haciendo sus montoncitos, diciendo “esto es mío”. El que llegaba más tarde no tenía con qué trabajar porque los tempraneros acaparaban; tenían que esperar a que saliera más trama.

--La tarea del patrón --nos dirá más tarde uno de los propietarios-- era intentar meterle a los trabajadores en la cabeza la mentalidad industrial, impedir que los telares pararan; frases como “aquí no puede haber maquinaria ociosa” eran de todos los días. Hoy todavía alguno que otro trabajador esconde el material, guarda por ái una caja, pero se le dice: “ya hay otros modos para solucionar el problema; si el material escasea y la causa es imputable a la empresa se te va a compensar”.

Pero los patrones no sólo se enfrentaron con la mentalidad campesina en los años treinta. También se las tuvieron que ver con el surgimiento de la mentalidad sindical. En muchos casos, fueron ellos quienes la promovieron, simple y llanamente, no tenían con quién negociar. Por ejemplo, en el caso de los llamados paros de energía. Si por alguna causa se iba la corriente eléctrica, los obreros se marchaban y no había poder humano que los detuviera. Ahí se perdían los pocos pelos de las cabezas asturianas. ¿A quién replicarle: “Señores, no se pueden ir, en unos minutos regresará a la corriente?” Otro ejemplo: Alguien gritaba en los tróciles: “Mañana se celebra el día de la Guadalupana”, y salían, paraban las máquinas y el turno entero se plantaba frente a las oficinas, a negociar en bloque. Estaban agremiados pero no había líder. La disputa por el contrato de trabajo entre cromistas y cetemistas obligó a la empresa a construir un cuartito en el que los trabajadores depositaban sus pistolas y sus fusiles –defensa de sus vidas en los caminos y veredas entre la fábrica y los barrios y rancherías— durante las ocho horas que pasarían ante las máquinas. Las armas llegaron a verse recargadas en los telares o colgadas junto a los sombreros en alguna estaca. Por las noches, de regreso a sus casas, los obreros de las diferentes fábricas se agarraban a balazos al grito de “yo soy cromista, pues yo cemetista.” Muy seguido amanecían en el fondo de las zanjas.

En El Volcán, ganó la CROM. Al interior de la fábrica, los trabajadores no tenían organización sindical. Las balaceras también se armaban entre los obreros mismos de El Volcán: que si tú quieres mangonear y tú quién eres; que si tu no quieres trabajar y me friegas, pues me dejas sin material; que si quiero meter a mi sobrino pero tú quieres meter al tuyo. Si no había quien hiciera cabeza frente al patrón, tampoco había quien mediara entre ellos. Al final tuvieron que nombrar un líder, en los primeros años de los cuarenta, Ignacio Alvarado Munive, trocilero, dejó de trabajar para convertirse en el representante de los obreros, ante la empresa. El sindicato tuvo formalmente su aparato burocrático, con su secretario general y demás. Lo primero que estuvo claro para todos fue que se acababan los paros colectivos.

Los primero patrones

“Ellos estaban siempre ahí –cuenta Arturo Migoya, hijo de don Perfecto quien llegó a la fábrica en 1975 a los 23 años de edad--, no se podían separar, ni querían hacerlo. Mucho tiempo vivieron en la fábrica. Sus casas están ocupadas ahora por empleados de confianza, un ingeniero entre ellos. Arriba de las oficinas había un refractario. Allí comían, en una mesa los empleados y en otra nuestros padres. Era otro régimen de vida. En un tiempo incluso llegaron a vivir en la fábrica todos los empleados de confianza. Los sábados tenían que regresar antes de las diez de la noche; más tarde hallaban la puerta cerrada y posiblemente el despido al otro día. Para los viejos todo se basaba en disciplina y trabajo personal. Todo lo tenían que ver, en todo tenían que estar. En el cambio de turno ellos mismos cachaban a los trabajadores en busca de tela robada, arremangada en las piernas y en los brazos, por que el trabajador se daba sus mañas: por ejemplo, todos los días se hacían un mandil de manta nuevo y todos los días se lo llevaban a casa. Pero lo más importante para ellos era la fabricación: “Se camina mucho en la fábrica –nos decían--, porque lo que tú no ves, nadie lo puede ver”. Ellos decidían cuando se debía hacer el cambio de una máquina a otra, de un hilo a otro, sin ninguna programación, a puro ojo: que falta carrete aquí, a ver qué pasó, que echen una parada de rojo – cuando todavía se teñía el pabilo de los carretes que salían de los veloces--, a ver si hay de rosa, sí, sí hay. Y así como eso, sabían quién faltaba, qué máquina estaba descompuesta y por qué. Todo lo supervisaban personalmente: a las cuatro de la mañana podían aparecer en cualquier departamento en busca de los dormidos: agarraban los libros de liquidación —que por cierto todavía se hacían a mano, con letra palmer de firulete— y hacían cinco o seis multiplicaciones selectivas para ver si estaba bien el empleado.

La primera generación de los empresarios Migoya.

--Es decir—sigue el licenciado--, todo estaba centralizado. Ese era el pan nuestro de cada día. No daban responsabilidad a los jefes de turno. Decían: “yo soy el único que da las órdenes porque a ustedes los empleados los amenazan los trabajadores”. Y sí sucedía. El trabajador llegaba a decirle al empleado cosas tales como: “si no trabajas, te mato”; pero a los patrones no les respondían. En fin, ellos lo hicieron a su manera, y se puede decir que también modernizaron la fábrica: ellos metieron la energía eléctrica en los cuarenta, pues hasta entonces todavía se trabajaba con turbina y banda maestra—pistola en mano tenía don Perfecto que defender el agua que le cortaban los ejidatarios en tiempo de riego--, ellos modernizaron aquí mismo los trenes de estiraje en los tróciles y metieron los telares Picañol en 1962, en un modelo que todavía no era electrónico. El problema fue que después de cuarenta años de trabajo, su mentalidad los llevaba a conservar las cosas tal cual o peor, a decir: “yo ya dí lo que tenía que dar, que a esto le pase lo que le tenga que pasar.”

La transición

El primero de los licenciados, Jesús, hijo de don Jesús, llegó en 1973, y se quedó a vivir en la fábrica. Tuvo que “caminar mucho” y pararse temprano. Si don Enrique estaba a las 6:25, al otro día Jesús aparecía a las 6:15, y al siguiente día el tío a las 6:10. Por varios días los llegaron a presentarse a las cinco, en la lucha por llegar primero que el otro. Quien llegaba antes, tenía la ventaja de la información (máquinas paradas, producción de hilo, etc.) y por lo tanto de la decisión de qué hacer, pues lo importante era saber. Llegó un momento en que si Jesús decía “primero echan el rosa y luego el verde”, don Enrique ordenaba lo contrario, ambos disputándose el argumento de llegar temprano. Así, como el tejedor acaparaba trama, ellos acaparaban la información.

Con el tiempo murió don Jesús y don Enrique se fue a España. El gran mérito de don Perfecto fue no oponerse a la juventud que se aventuró a la modernización.

Entre 1975 y 1980 el Volcán se transformó. La mayoría de los empleados de confianza tuvieron que ser despedidos por su oposición a los licenciados—desde los maestros de hilados hasta los contables--. Un ingeniero textil catalán, contratado para rediseñar la planta, efectivamente revolucionó todo. En un año proyectó los planos de una fábrica completamente diferente en su disposición, siempre dentro del mismo cascarón.

El nuevo plan tardó siete años en llevarse a la práctica de lado a lado; por varios años la gente trabajó en sus máquinas rodeado de albañiles y ductos abiertos, en un permanente movimiento de materiales. Del antiguo “a ojo veo que este hilo no es del 30”, se pasó a un nuevo laboratorio computarizado. El personal de confianza se redujo masivamente: cuatro personas para la administración (secretaría, facturación, registro de embarque, crédito y cobranzas, nómina y jefatura de personal, todo con técnica computarizada); dos celadores por turno, en producción, dos personas en abastos y refacciones, un bodeguero para artículos terminados, dos ingenieros, un laboratorista, tres mecánicos, tres choferes en distribución y cuatro en seguridad (no hay policías industriales).

Los tres licenciados—dos hermanos y un primo--, se distribuyeron la dirección: los primeros en mercadotecnia y en producción, el último en administración de finanzas y personal. Así se sintetizaba la nueva mentalidad. –Aquí hacemos lo que el mercado pide —dice Arturo Migoya—. Trabajamos de acuerdo con el cliente: no vendemos lo que hacemos, sino al revés, hacemos lo que vendemos. A nosotros ya no nos interesa crecer. Cada telar está programado y su producción ya vendida. La clave está en salirse de los productos que todo el mundo puede hacer. Actualmente, casi no tenemos competidor, básicamente por versatilidad en los diseños y oportunidad de la entrega. La perspectiva nuestra es clara: integrar la producción con el teñido de hilos y las torzaleras; renovar la maquinaria obsoleta e invertir para elevar la productividad. Estamos pensando en un trócil que ahorrará los pasos de estirado, veloces y coneras. Nosotros les decimos a los trabajadores que si nos vamos ahogar, vamos a ser de los últimos.

De pie, en una sola hilera están los cuatro revisadores en un salón casi vació: solos con sus revisadoras, máquinas que no tienen mayor función ni menor complicación que pasar la tela de un rollo a otro por un rodillo en alto, formando un triángulo. Los cuatro son maduros; cualquiera pensaría que están ahí reacomodados por los reajustes de personal. Pero no; de ellos depende el control de calidad. Sus ojos escrutan palo a palmo miles y miles de metros, millones en un año, en uno de los escasos lugares de la producción en El Volcán en donde hay destajo ellos están armados de una navajita en la mano, con el pie en un botón que detiene el motor eléctrico cada vez que sus ojos, rapidísimos, ágiles, saltones, descubren un defecto: una hebra suelta, un hilo corrido, cualquier cosa y que la navajita arregla de inmediato. Su puesto es clave; por eso no están a destajo y la empresa intenta convertirlos en empleados de confianza. De ahí para adelante, después de esos cuatro pares de ojos, la producción no tiene vuelta, se va directamente al cliente y a las manos de la costurera maquiladora de los talleres del Distrito Federal.

Al fondo del salón de revisados está amontonada la antigua maquinaria de acabados de El Volcán. Ahí está la dobladora, la prensa para bultos de manta, la aprestadora para el almohadillado, el tórculo para el planchado: todas de color negro, garigoleadas en dorado; todas dejando ver apenas la Guadalupana en veladora montada en un nicho. Empolvadas, mientras esperan su traslado a un museo.

--Aquí acabó todo —dice Miguel Ángel, el almacenista que entró en 1970 a la fábrica—. El torculero, el doblador, el emparejador, el cosedor, todos esos hombres y esos puestos desaparecieron. Uno de ellos, el doblador, cuando a su máquina le añadieron un mecanismo que eliminaba su función de recibir la tela caía y doblarla de atrás pa adelante, muchos días pasaron y él ahí terco, con sus aferradas manos recibiendo la tela y acompañando el movimiento mecánico. Se negó que lo reacomodaran en otro puesto. Finalmente lo liquidaron como a muchos otros que no hallaron acomodo en la modernidad.

GLOSARIO DE TÉRMINOS

Abridor: la fibra se recibe con una serie de motas y botones que es necesario abrir y auditar para poder realizar con posterioridad un trabajo perfecto. Es la primera operación del proceso de trabajo, abrir el algodón.

Batiente : hay de dos tipos,

Batiente cortador, que mejora la mezcla recibida del paso anterior.

Batiente afinador, que puede ser de diferentes pulgadas según tipo y marca de las máquinas y es la máquina que limpia todas la impurezas que contiene el algodón.

Carda: La napa que se obtiene en los batientes pasa a alimentar las cardas, lo cuales hacían tres trabajos:

  1. Disgregación a fondo de las fibras;
  2. Eliminar cualquier material extraño de las fibras;
  3. Y, obtener un velo que a base de torsión del algodón que forme una mecha continua.

Este último paso es decisivo para la obtención de un acabado fino del hilado, pues su funcionamiento influye directamente en la calidad de los mismos; en esta parte del proceso es donde puede corregirse el producto de fases anteriores. La idea que proviene de Inglaterra que dice que “cardar bien es hilar bien”, se debe a que en todas las cardas es posible corregir defectos en las operaciones de las máquinas anteriores, en cambio una mala calidad no puede cambiarse.

Así, la obligación de los carderos era cuidar las cardas: aceitarlas, limpiarlas e inclusive llevar los rollos de los batientes a las máquinas y a sus departamentos correspondientes. En esta sección había un botero cuya función era cambiar los botes llevándolos al estirador y traerlos vacíos.

Conera: La función de las coneras es devenar el hilo de las bobinas del trócil para formar una sola unidad con la mayor cantidad de hilo posible, así como limpiar al mismo de las partes gruesas y de los empalmes mal hechos.

Estirador: Paso siguiente de las cardas. El estirador se encarga de crear una mecha regular y obtener las mejores fibras a base de doblajes y estirajes sucesivos.

Julio: Carrete en el que se enreda el hilo con el que se alimenta el telar.

Peinadoras: El uso de las peinadoras es requerido cuando se produce hilo fino. Su trabajo consiste en darle un mayor grado de paralización a las fibras y en eliminar las de otra longitud que no permita la producción de hilos de calidad. Se ubican por lo regular entre las cardas y los estiradores.

Telar: Máquina para tejer construida de madera o metal, en la que se colocan unos hilos paralelos, denominados urdimbres, que deben sujetarse con algún peso. Los hilos se devanan en la industria textil de manera mecánica para formar la carda que permite posteriormente pasar a la trama.

Trama: Grupo de hilos que combinados y enlazados entre sí dan forma finalmente a la tela.

Trócil: Máquina en la que se hace el último proceso del hilado. Es decir que en n el trócil se obtiene hilo final. Las obligaciones de los trocileros, es la limpieza de las tablas y la limpieza de los husos, cada vez que sea necesario desenredar la hilaza, a fin de evitar desperdicios.

Veloz o pabilador: en este se produce el primer hilo grueso o pabilo. Este procedimiento se lleva a cabo a través de cuatro funciones simultáneas: doblar y tirar la cinta; torcerla convirtiéndola en pabilo y, finalmente enrollar ese pabilo en una bobina que habría de alimentar el trócil. En el número de éstas con las que cuenta el trócil intervienen diferentes tipos de veloces: grueso, intermedio, fino y superfino. El trabajador de veloz o velocero respetará el ritmo impuesto por la fábrica.

Historia obrera: las fábricas San José y La Soledad Vista Hermosa en Etla, Oaxaca

Por Emma Yanes



Este ensayo está basado en información historiográfica y en los testimonios de padres e hijos compilados en los años ochenta del siglo XX, por Sergio Mastretta y una servidora, en torno a dos fábrica textiles emblemáticas de Oaxaca, San José Etla y La Soledad Vista Hermosa, mismas que cerraron sus puertas en definitiva en los años ochenta del siglo XX, para posteriormente convertirse en el año 2000 en el Centro de Artes San Agustín Etla o CaSa, por iniciativa del pintor Francisco Toledo, con financiamiento de CONACULTA, el gobierno del estado de Oaxaca e instituciones privadas. Un envidiable espacio industrial afortunadamente recuperado.

Tratamos con la publicación del presente texto de recrear el mundo del trabajo fabril de finales del siglo XIX a las últimas décadas del XX en dichas fábricas, sin el que no hubiera podido existir el hoy importante Centro de Artes San Agustín Etla. Una disciplina, la de la historia obrera, que al parecer ha perdido interés entre los investigadores actuales, desorientados ante el marasmo del neoliberalismo que poco a poco ha terminado con las conquistas sindicales y también con ello, al parecer, con la voluntad académica hacia el estudio del mundo laboral.

(Este texto se ilustra con fotografías históricas de la fábrica de la Soledad Vista Hermosa, y fueron tomadas del blog “Proceso de restauración del templo de la Soledad Vista Hermosa”)



Diciembre 1984

Los patrones se han ido. Las fábricas San José y Vista Hermosa enfrentan el futuro cada una por su cuenta; ganadas en juicio a los dueños que querían cerrar, hoy tienen una administración obrera por cooperativa. Las dos luchan por su subsistencia con salarios abajo del mínimo. En San José, según nos comentan los trabajadores, los aprendices ganan 45 pesos la hora y los oficiales 80; el trabajo a destajo y la jornada son medidos por el metro de tela y el hilo producido. San José produce manta para costales que el comprador les paga a 40 pesos el metro; Vista Hermosa produce franela. Ambas fábricas tienen su abastecedor de algodón y su comprador: Convertidora Mexicana, empresa de Distrito Federal, para Vista Hermosa; Antonio Fernández, fabricante de telas en San Juan del Río, para San José. Esta última se endeudó recientemente por más de cinco millones de pesos en la compra de maquinaria que data de los años treinta. Las industrias sobreviven gracias a la decisión de los trabajadores, que combinan el trabajo agrícola y el textil, así como a la calidad de la ingeniería industrial del siglo XIX, elaborada para durar a largo plazo.



Este delantal es nuestro

“Ah qué gentes -dice Agustín, el trabajador que controla la producción y el buen funcionamiento de la maquinaria en La Soledad Vista Hermosa--. Lo oyera y no lo creyera… Así que quieren tomar en cuenta a estas ruinas. Miren, en esa casa vivieron los que aquí fincaron. Al fondo, en esos paredones caídos, estaban las casas de su gente de confianza. Más alto que una paca de algodón sería el libro que escribieran de las cosas de aquí. Los patrones fueron poderosos en Oaxaca, pero los acabó la revolución. Ya ven, nosotros quedamos. Vinieron más dueños, hasta el gobierno estuvo, pero todos la abandonaron cuando ya no rindió, cuando ya la habían explotado, cuando ya le habían sacado todo a las máquinas, cuando ya sólo quedamos nosotros.”

El 16 de diciembre de 1884, el gobernador de Oaxaca, Luis Mier y Terán, celebró un contrato con los señores José Zorrilla y Jacobo Grablisson, propietarios de las fábricas de San José Etla. El gobierno de Oaxaca concedería exenciones fiscales para el establecimiento de las fábricas de hilados, tejidos y estampados en la región de Etla, adecuada por su caudal de agua y la humedad de su ambiente. Los industriales extranjeros montarían en contraparte un motor hidráulico de sesenta caballos de fuerza para la electrificación de la ciudad de Oaxaca, y se verían obligados a portar a su costa la línea eléctrica entre la planta y la ciudad. Además se comprometieron al sostenimiento y educación de trescientos jóvenes del estado, con sueldo de veinticinco centavos diarios.

Según las crónicas, el poder de los Zorrilla se equiparaba al de los grandes hacendados del país. La fábrica de San José contaba, años antes del establecimiento de Río Blanco en Orizaba, Metepec en Puebla y San Antonio Abad en México con más de diez mil husos y trescientos telares, y su producción rebasaba las siete toneladas de manta al mes.

La popelina de mi patrón

La casa de los ex patrones está tomada actualmente por la maleza y la herrumbre. La utilizan como bodega. Las escaleras se encuentran derruidas, las barandillas están atadas involuntariamente por una enredadera, los pasamanos se ven oxidados, las habitaciones, polvosas y oscuras, yacen cruzadas por rompecabezas de tróciles; en el baño el agujero del excusado se encuentra tapado como si por ahí se hubiera escurrido toda la grandeza de la fábrica. Sólo las dos estatuillas plateadas casi tragadas por los matorrales al frente de la casa, como si fueran dos mujeres inaccesibles traídas por el sueño de prosperidad de los Zorrilla, recuerdan el ingreso a su casona con sus amplios salones, cuadros y madera tallada, quizás también con manteles bordados y platería en el comedor. Las esculturas parecen recordar ellas mismas los marcos dorados de los espejos y los plateados reflejos de las cabelleras de los señores, con sus manos y sus ojos que vienen de las cuentas y de las órdenes a los cabos y a los maestros en los talleres; sólo ellas escuchan las conversaciones a los devotos industriales en un domingo cualquiera después de la misa hablando de la cotización del mercado del algodón, con el silencio respetuoso de los telares en el descanso dominical.

Pero el casco sigue aquí, con el mismo rumor metálico de hace cien años. El mismo rumor que tejió las sedas y la ropa suntuosa de aquellas mujeres que encarnaron el esplendor industrial porfiriano. A la entrada un hombre viejo, con su delantal de manta y el pelo adornado con una pelusa de algodón, se entretiene leyendo una novelita vaquera. A mano izquierda, colgada de la pared, hay una imagen guadalupana con sus veladoras. Se llama Agustín, es el mismo que antes nos había hablado ya de los Zorrilla, por un momento deja el libro, comenta:

“Nuestra fábrica tiene historia. Cuentan los más viejos que más o menos en 1907 fue la primera huelga, que iban a correr a unos obreros y los demás se opusieron. Cuentan que fue la primera huelga de Oaxaca.”

Yo soy el corazón de la fábrica

Pegados al techo, tendidos de flechas cruzan de un extremo a otro las naves en la fábrica de San José; las poleas cuelgan y hacen temblar la maquinaria. En el cuarto de máquinas, una banda de 5 metros por 40 centímetros sale del fondo del socavón que guarda la turbina grande, voluminosa. Una bomba de tiempo. Por las escaleras terregosas aparece el cuerpo pequeño y regordete del obrero que controla el funcionamiento de las turbina. Con el torso denudo y el pantalón arremangado, Alonso Ruiz Rivera trabaja ocho horas y media en el turno de la tarde y gana 80 pesos la hora. Entró de aprendiz en 1955, en el departamento de hilados; en 1979 lo llamaron a la turbina.

“El que está en la mañana –dice-- trabaja los dos turnos pero se cansaba mucho; por eso me pidieron a mí que aprendiera. Él ya es un señor grande; era el único que sabía escuchar a la turbina, porque haga de cuenta de que ella como que nos habla. Un mes me pasé con él en las mañanas, hasta que una tarde me quedé solo con la máquina.”

Una cadena larga sube desde la turbina hasta el volante que maneja Alonso. Con este domina la entrada de agua en la turbina y la fuerza de la banda que mueve toda la maquinaria. Mientras mueve la cadena sigue:

“Aquí, como quien dice, yo soy el corazón de la fábrica. De la turbina depende el funcionamiento de las poleas; los telares, las cardas y los tróciles, y hasta el esmeril y los tornos del taller mecánico, trabajan con bandas. Antes tenías que estar siempre en el socavón pegado a la turbina; había muchos accidentes. Pero el maestro Palacios ideó el sistema de la cadena. Aquí arriba no tenemos manómetro, por eso uso esto tres cordoncitos amarrados a la cadena, con ellos cálculo qué tanto necesito abrir la válvula para darle mayor o menor fuerza a la banda. La manejo a puro oído, ya me acostumbré al sonido de la banda, sé cuándo hay que disminuir la velocidad porque ya se apagaron algunos telares o cuándo tengo que aumentar porque ya están adelantando otros.”

Es así como el señor Alfonso regula el motor de la fábrica de San José y controla el ritmo de trabajo de sus 150 compañeros. En diciembre de 1984, según el decreto del gobernador Mier y Terán, la fábrica cumplió el siglo de vida. El mérito es de los trabajadores que cuentan la historia de la fábrica como su propia historia.

Principios del siglo XX. San Agustín Etla, Barrio de Vista Hermosa, Oaxaca.

La urdimbre de la telaraña

Como en el siglo pasado, del departamento de batientes salen los rollos de algodón que pasan a las cardas. En un viejo galerón de madera te topas con esas máquinas. Hay once funcionando: llevan la marca Dobson and Barlow Bolton, England, 1900. Están apretujadas en un espacio de diez por diez; las maneja un solo operador. Por un lado entran los rollos de algodón como gruesísimas sábanas; por otro sale un hilo grueso, un chorizo blanco, una línea que se envuelve interminablemente en los botes. Dos grandes rodillos son miles de puntas desgarran la mancha blanca.

Pelusas, cientos, miles, infinitas pelusas en el aire. Soplas y te rehúyen, aspiras y te acometen. Son como copos de nieve que nunca terminan de caer, pero ya tienen blanco el piso. Los hombres con sus delantales no atienden ni a la pelusa, ni al ruido. Sus ojos siguen las cuentas de hilo en los estiradores. Diría el señor Cresencio Ramos de 75 años, recordando sus primeros días de trabajo:

“El algodón va cayendo como una cascada, como un chorro de agua. Luego se va estirando, pasa el algodón como un velito, como un velo de mujer se va adelgazando, adelgazando.”

En un extremo de las estiradoras se distingue la marca Curtis & Sons. Manchester,1883. En el mismo departamento de batientes hay seis largos tróciles que son manejados por trabajadores jóvenes. De sus máquinas el hilo pasa a las coneras, para desenredarse después en el urdidor, donde una verdadera telaraña de hilos enrolla un gran carrete. Estratégicamente un muchacho no despega la vista de los hilos; tan sólo uno de éstos roto se notaría de inmediato en los telares. Más allá en un cuarto oscuro, se encuentra el engomado: para lograrlo, un inmenso tonel calentado a vapor hace girar e impregna el almidón y la grasa a los hilos del carrete, así les da más consistencia y elasticidad. A unos cuantos metros, trabaja el señor José Ramos. Está sentado junto a un bastidor de madera. A él le entregan los carretes que salen del engomado y es el responsable de anudar los hilos en grupos para pasarlos a los telares. Sus manos los enredan, cuidan que se crucen. Sólo sus manos se mueven.

Los telares son la última parte del proceso. Se apiñan unos con otros en el galerón. El ruido se mete por los poros y rebota contra el techo, apenas logra escaparse por lo agujeros de los vidrios. Cada trabajador, cada nuevo aprendiz atiende sólo a sus telares. Lo que pasa más allá de su territorio individual no es su ruido, no es su tela que se arma o se rasga, no es su hilo que se enreda o que corre liso, no es su manta defectuosa. El pago a destajo vuelve al trabajador indiferente hacia la labor del otro.

La estampa de la modernidad

Un hombre pequeño, delgado y muy abrigado en pleno día, camina con dificultad en la afueras de la fábrica. Es el señor Manuel González, el mecánico más antiguo de la fábrica. Recuerda con nostalgia al primer propietario después de la revolución. Se llamaba Mateo Solana, fue según él dice, quién llevó la fábrica a la modernidad de los años veinte.

“Don Mateo era también el dueño de un ingenio en Huahuapan, nos comenta, allí yo trabajaba de mecánico. Un día llegó Don Mateo y me dijo: ‘Manuel, se viene usté conmigo a trabajar la manta.’ Le contesté: ‘Como usté diga patrón, pero yo no sé de telas, nomás sé de fierros.’ Y me respondió: ‘Pues por eso mismo se viene conmigo.’ Entré como mecánico. Cuando llegamos la fábrica estaba en ruinas. La abandonaron unos Zorrilla. Llegamos en 1924 y el patrón trajo maquinaria importada de Inglaterra. La trajeron de la estación del tren en carretera. Recuerdo que don Mateo no cabía en sí del gusto. Hasta acariciaba a las cardas. Quién sabe qué tanto pensaría. Antes en el socavón, sólo había una escalera de palo; hasta el fondo fueron a encontrar la turbina, toda llena de tierra. Estaba como triste, se veía muy vieja y ya no quería jalar. Pero don Mateo se compadeció de ella, la arregló y la turbina quiso de nuevo echar a andar la fábrica.”

El viejo mecánico continúa su relato.

“Junto conmigo entró a trabajar al taller el maestro Alberto Palacios. Antes, para hacer los cambios había que meter las manos; nosotros arreglamos los coples a la medida de las flechas para poder meter los cloches. Para hacer los cambios tenías que utilizar escaleras. Ahora nomás lo desacoplas y se arregla. Todo eso lo fuimos haciendo en el taller. Todo lo fuimos arreglando. Fueron los tiempos de la modernidad. Se hacía la mejor manta. Pero don Mateo quiso vender. Se cansó, yo digo. Don Mateo era español, era muy favorecido, buena gente. Era explotador, era el diablo como todos los patrones, pero así tiene que ser para que saliera el trabajo. Y nosotros éramos los diablitos. A finales de los años treinta se acabó la modernidad. Don Mateo le vendió la fábrica a un tal Manuel Seco. Ese ya no nos quiso.”

Luego de tan amena plática el señor Manuel se despide de nosotros, dice que a sus años le molesta el sol y ya le cuesta trabajo respirar.

Durante el período revolucionario la situación de la rama textil fue apremiante. En 1910, los 145 establecimientos que había en el país disminuyeron a 118. En 1913 ya sólo estaban funcionando 90 fábricas. Las dos de Oaxaca, San José y La Soledad, cerraron. En 1921 empezó a darse cierta recuperación en la rama y es a mediados de los años veinte cuando se inician nuevas inversiones. En 1924, las tres cuartas partes de los telares con los que funcionaba la industria textil del país, habían sido instalados entre 1898 y 1910. Para mantener un buen margen de ganancia que les permitiera sobrevivir en el mercado, los empresarios optaron entonces por intensificar el trabajo de sus obreros y reducir los salarios lo más posible. Lamentablemente si aumentaban los salarios, las empresas quebraban, es decir que resultaban incosteables para el capital. Ese fue el gran problema de las fábricas de Oaxaca. Después de los años de la modernización, no se volvió a invertir en maquinaria. Y los obreros, por su parte, exigían con razón constantemente aumento salarial. Sin embargo su propio derecho fue su condena.

Los nudos del hilado

A unas cuantas cuadras del zócalo de Oaxaca, el edificio de la Central de Trabajadores de México (CTM) rompe el estilo arquitectónico de la ciudad. Pasamos al despacho del señor Guadalupe Santiago, Secretario de la Federación Estatal de la CTM; en el muro lucen las fotografías de Fidel Velázquez y del Presidente Miguel de la Madrid. Y a un lado, las fotos del propio Guadalupe Santiago en su campaña sindical. Nos comenta mientras se mece en su escritorio:

“Yo también trabajé en San José --nos cuenta con prisa, fríamente--. De chamaco me ocuparon ahí y me gustaba mucho. No tenía ni dos faltas al año. Era de los primeros en surtirme de trama. Tuve varias veces el primer lugar en producción. Mucho tiempo fui tejedor. Me salí de la empresa en 1972 porque quería superarme. La fábrica ya no tiene remedio. Sólo sobrevive porque los obreros ya se encariñaron, no les importa ganar menos del mínimo, no tener prestaciones. Trabajan en la fábrica y en el campo, se agotan.”

Y agrega:

“De la historia de la fábrica sí les puedo comentar que en 1939 fueron despedidos los primeros obreros que intentaron sindicalizarse. Les llamaban Los separados. Exigían siete horas de trabajo y contratación colectiva. Los corrieron, duraron tres años estuvieron fuera de la fábrica. En 1942 consiguieron su reinstalación a través de un laudo. Y entonces se constituyeron en la sección 36 del Sindicato de la Industria Textil y Similares de la República Mexicana, afiliados a la CTM. Como parte de la sección 36 logran una serie de prestaciones: ingreso al Contrato Colectivo de la Industria Textil, pago de los salarios caídos y Seguro Social. Ellos fueron nuestros pioneros.”

“Ya es hora de cerrar el local”, comenta la secretaria. El ex tejedor nos dice al despedirse: “El Seguro Social fue para los obreros como una bendición. El trabajo en la fábrica era muy pesado y no había ninguna protección. El algodón produce un polvo que se absorbe y va a dar directamente a los pulmones. Algunos trabajadores terminaron tuberculosos, tísicos. En el pueblo sólo atendían los curanderos. El primer médico fue Rafael Carballido, en 1943. Ese año llegó a la fábrica el Seguro Social.”

Los primeros sindicalistas, conocidos por los obreros como los separados, son recordados por los trabajadores en casi todas las pláticas.

De calzón de manta, pistola y huarache

Un hombre moreno, de traje, como de 55 años, se baja de un carro Ford LTD frente a la fábrica de La Soledad. Lleva un portafolio, saluda a todos los que encuentra en su camino. Su aliento, su “qué tal paisano”, denuncian las copas que lleva encima. Se acerca a la puerta, le da un abrazo al portero. Los obreros que lo ven llegar lo saludan, algunos con timidez, casi a fuerzas, otros contentos. Es día de raya, pareciera que se trata del secretario de finanzas. Pero no, él sólo viene de paso, a saludar a sus paisanos. Nos dice que él también trabajó en la hilatura hace años. Regresa ahora con su coche, su traje, su corbata, su aire benevolente. “Mire usté –comenta--, yo de aquí me fui sin nada. Yo le conozco a usté de chivos y de huaraches, yo fui huarachudo. Pero quise superarme y me salí de la fábrica, me superé. No que mire usté a estos pobrecitos. Le mienten si dicen que ganan más de dos mil pesos, de dónde lo van a sacar. Lo que usted me pregunta, lo del sindicato, se lo voy a contar…”

Sí, nos damos tiempo. El hombre recuerda: “En los años cuarenta los separados consiguen el sindicato. Si no me traiciona la memoria porque bien que lo he leído fueron Esteban Rojas, Juan León, Bartolo Ramos, Juan Ángel, Leopoldo Cruz, Fidencio Pérez, Guadalupe Lázaro, Norberto García y muchos otros, de aquí y de San José. Los separados…ah! También estaba Julio Romero. Los separados, ya le digo… ganaban creo 75 centavos al día… sería. Bueno, pues ellos pidieron de inicio el sindicato y los corrieron. Pedían las ocho horas, algo así. El patrón no quería. Yo lo vi; el ejército tomo la fábrica, hubo heridos, encarcelados… qué sé yo qué tanto hubo. Pero Los separados le metieron pleito al gobierno, se unieron con Fidel Velázquez, ganaron el pleito.”

El hombre lleva prisa por entrar a la fábrica, por saludar desde su grandeza a sus paisanos. Nos muestra su credencial: Capitán Antonio Rojas. Luego otra de Regidor del Ayuntamiento de Tonalá, Jalisco. “Yo quiero ayudar a mi gente”, dice.

Por la tarde quedamos de encontrarnos de nuevo con él en el zócalo de Oaxaca, en el Bar Jardín, en los portales de la casona que según dice este ex trabajador fuera en otro tiempo de don Mateo Solana, el dueño de la fábrica. Las cervezas vacías, los vasos de tequila, las colillas en el cenicero son el paisaje de la mesa que compartimos con el capitán Antonio Rojas, ya ahora sí hasta atrás. No quiso hablar más de la fábrica. Era mucha la nostalgia. “Cuentan que aquí en la plaza de Oaxaca se vendía la manta. Antes ni soñar con el Bar Jardín y el Hotel Señorial, esto no era pa’los de huarache. Y ora aquí estoy. Miren allí frente a la iglesia, en 1947 había un soldado anotando a los que querían entrar al ejército, y yo alcé la mano, me enrolé. Hace de pronto una confesión inexplicable: “Yo soy el Capitán Antonio Rojas. El mismo que bajó en 1968 la bandera de la huelga de los estudiantes en el Zócalo, para subir la bandera nacional, así fue. Iba vestido de civil y me subí a la tarima y les dije a los muchachos vende patrias. Después, se los digo de corazón, me dio vergüenza y me fui a un pueblo inhóspito.”

La plática termina de tajo: “Así es que qué --dice por último, ante el asombro del mesero--: ¿otra ronda de chelas?, ¿o mejor un mezcalito?”

El círculo de la rueca

En 1950, la fábrica pasó a ser propiedad de Manuel Gómez Portillo. En 1958 la empresa les pidió a los obreros que renunciaran al incremento salarial del 10% que había decretado el gobierno, para que el dueño pudiera mecanizar la fábrica. Los trabajadores, claro, no aceptaron.

El señor Fernando Ramos, aceitador, recuerda:

“Gómez Portillo nos dijo que quería modernizar la fábrica. El gobierno habría decretado un aumento al salario mínimo y él nos dijo: ‘Muchachos vamos a deshacernos de la chatarra, no les doy el aumento pero traigo nueva maquinaria’. Nosotros no aceptamos. Entonces don Manuel prefirió vender la fábrica. Al despedirse nos dijo: ‘Se van a arrepentir muchachos. Eso que hicieron conmigo lo van a sufrir toda la vida’. Y así fue cuando empezó la antigüedad; ya los nuevos patrones no cambiaron nunca más las máquinas y nos dejaron a los trabajadores a nuestra propia suerte.”

En 1960 apareció el nuevo propietario, según recuerdan los trabajadores, un señor de apellido Hernández. Este dueño, a falta de mercado para lo que se producía entonces, se vio obligado a la manufactura de manta más ancha con aviadora de alambre. Y en lugar de ocho, diez, o quince metros por telar, bajó la producción a tres metros. Al bajar la producción, lógicamente bajaron también los salarios a destajo. Posteriormente el dueño dejó de comprar materia prima y de pagarles a los obreros el destajo por día. En 1962 los 354 trabajadores que laboraban en la fábrica se quedaron sin salario cuatro semanas. Entonces vía el Sindicato decidieron demandar al propietario e iniciaron un juicio legal que derivó en el cierre parcial de la factoría. Diez años después, en 1972, se consiguió que las escrituras de la fábrica quedaran a favor de los trabajadores. Se formó entonces la cooperativa que nunca logró la renovación tecnológica y el incremento salarial tan anhelado.

La manta sin trama

De los últimos años, comenta Alonso Ruiz Rivera:

“Aquí acaba todo, en estos telares viejos, amontonados, en estas bandas que salen del piso y quisieran tragarnos. Ganamos el sueldo más barato de Oaxaca, y si estoy aquí es por la edad, no aprendí a hacer nada más que a tejer en estos armatostes y estos ya no los hay donde quiera. Uno se ayuda del campo, pero no se crea, poco es lo que se hace aquí y allá con tanto cansancio. Será que ya estamos acostumbrados, uno es pobre, pero andamos en nuestro propio pueblo, no tenemos que andar bien vestidos, andamos con huaraches y no pagamos vivienda, no es tanta la exigencia.”

Sobre la posibilidad de que protesten o pidan ayuda al gobierno reflexiona un momento y nos dice:

“No, señor, contra quién protestamos. De aquí corrió el último dueño. Un tal Baltazar Cruz, que era finquero pero no sabía de telas y se topó con que nosotros ya sabíamos de sindicato. Por eso nosotros ya no desfilamos el 1º de mayo, tenemos la cooperativa. Los demás obreros van a protestar porque tienen patrón, pero nosotros ya no, ya desfilamos mucho tiempo, ya nos estamos en paz. La lucha de clases, como dicen, está duro, los precios, sí señor…. Tal vez venga una revolución de nosotros los pobres, pero ¿contra quién?...”

Para bien o para mal, en diciembre de 1984, las fábricas cumplieron cien años. Un siglo. Para responder porqué siguieron funcionando hay muchas posibles razones: por la buena calidad de la maquinaria del siglo XIX, por la tradición de los obreros, por la combinación del trabajo agrícola e industrial, por los bajos salarios. Sin embargo, tal vez ninguna sea la respuesta.

Alonso Ruiz Rivera, deja por un momento de controlar las turbinas, nos mira y cierra el relato:

“Las mujeres del pueblo cuentan que la fábrica está hechizada. Que por eso las maquinas siguen andando y los trabajadores nos presentamos a la labor todos los días. Dicen que las máquinas nos atarantan y que luego ya no podemos dejarlas. Que soñamos con ellas, que estamos encariñados como con los animalitos del campo. Yo no sé, eso es lo que dice la gente. Yo sigo trabajando, porque ya finqué aquí y de aquí soy originario. Yo soy el corazón de la fábrica.”

Memoria y museo

Así hasta el año 2000, en que como ya comentamos, la factoría fue rescatada para constituir el Centro de Arte San Agustín, Etla, el primer centro de arte ecológico de Latinoamérica. Ahí están sus muros renovados. Sus galerones limpios que guardan lo mejor del arte moderno de Oaxaca. Los ventanales abiertos a la serranía de Etla, la tierra de los obreros que le dieron vida a este centenario edificio textilero.

GLOSARIO DE TÉRMINOS.

Abridor: la fibra se recibe con una serie de motas y botones que es necesario abrir y auditar para poder realizar con posterioridad un trabajo perfecto. Es la primera operación del proceso de trabajo, abrir el algodón.

Batiente : hay de dos tipos,

Batiente cortador, que mejora la mezcla recibida del paso anterior.

Batiente afinador, que puede ser de diferentes pulgadas según tipo y marca de las máquinas y es la máquina que limpia todas la impurezas que contiene el algodón.

Carda: La napa que se obtiene en los batientes pasa a alimentar las cardas, lo cuales hacían tres trabajos:

  1. Disgregación a fondo de las fibras;
  2. Eliminar cualquier material extraño de las fibras;
  3. Y, obtener un velo que a base de torsión del algodón que forme una mecha continua.

Este último paso es decisivo para la obtención de un acabado fino del hilado, pues su funcionamiento influye directamente en la calidad de los mismos; en esta parte del proceso es donde puede corregirse el producto de fases anteriores. La idea que proviene de Inglaterra que dice que “cardar bien es hilar bien”, se debe a que en todas las cardas es posible corregir defectos en las operaciones de las máquinas anteriores, en cambio una mala calidad no puede cambiarse.

Así, la obligación de los carderos era cuidar las cardas: aceitarlas, limpiarlas e inclusive llevar los rollos de los batientes a las máquinas y a sus departamentos correspondientes. En esta sección había un botero cuya función era cambiar los botes llevándolos al estirador y traerlos vacíos.

Conera: La función de las coneras es devenar el hilo de las bobinas del trócil para formar una sola unidad con la mayor cantidad de hilo posible, así como limpiar al mismo de las partes gruesas y de los empalmes mal hechos.

Estirador: Paso siguiente de las cardas. El estirador se encarga de crear una mecha regular y obtener las mejores fibras a base de doblajes y estirajes sucesivos.

Peinadoras: El uso de las peinadoras es requerido cuando se produce hilo fino. Su trabajo consiste en darle un mayor grado de paralización a las fibras y en eliminar las de otra longitud que no permita la producción de hilos de calidad. Se ubican por lo regular entre las cardas y los estiradores.

Telar: Máquina para tejer construida de madera o metal, en la que se colocan unos hilos paralelos, denominados urdimbres, que deben sujetarse con algún peso. Los hilos se devanan en la industria textil de manera mecánica para formar la carda que permite posteriormente pasar a la trama.

Trama: Grupo de hilos que combinados y enlazados entre sí dan forma finalmente a la tela.

Trócil: Máquina en la que se hace el último proceso del hilado. Es decir que en n el trócil se obtiene hilo final. Las obligaciones de los trocileros, es la limpieza de las tablas y la limpieza de los husos, cada vez que sea necesario desenredar la hilaza, a fin de evitar desperdicios.

Veloz o pabilador: en este se produce el primer hilo grueso o pabilo. Este procedimiento se lleva a cabo a través de cuatro funciones simultáneas: doblar y tirar la cinta; torcerla convirtiéndola en pabilo y, finalmente enrollar ese pabilo en una bobina que habría de alimentar el trócil. En el número de éstas con las que cuenta el trócil intervienen diferentes tipos de veloces: grueso, intermedio, fino y superfino. El trabajador de veloz o velocero respetará el ritmo impuesto por la fábrica.

Mundo Nuestro. Antes de que estallara la guerra civil en Siria, Raqqa era una pequeña ciudad con su vida puesta en la agricultura. En la vorágine, las milicias del Free Syrian Army, ligados al se hicieron del poder y sometieron a la población a un terror del que no han podido salir. Hoy sufre la barbarie de todas las fuerzas: por tierra los ataques del ejército de Sadam; y desde el aire los bombardeos rusos y de las fuerzas aliadas contra los islamistas. En su interior, el propio terror del fundamentalismo islámico. Este texto lo ha tomado Mundo Nuestro de El País y es una traducción de la semblanza que en estos días se han hecho sobre una joven mujer en la región siria controlada por el Estado Islámico. A lo largo de estas semanas han aparecido textos similares –por ejemplo en el periódico The Guardian, de donde tomamos esta imagen que ello subió unos meses antes de su asesinato.

Ruqia Hassan, asesinada por el ISIS, narró en Facebook el terror que desangra Siria

“He recibido amenazas de muerte. Seguramente, el Estado Islámico va a detenerme (…) y a decapitarme. Pero conservaré mi dignidad. Mejor morir que vivir humillada por estos tipos”. Se llamaba Ruqia Hassan Mohammed. La foto de su perfil de Facebook muestra a una joven elegantemente maquillada. Lleva un pañuelo negro sobre una diadema dorada, anillos y pulseras en ambas manos y una túnica larga y ceñida a la cintura. Tenía el rostro rellenito, los pómulos altos y una sonrisa tímida. Era siria y vivía en Raqa, la capital del Estado Islámico (ISIS, en inglés). Ruqia contaba en Facebook su vida en una ciudad bajo el yugo de los yihadistas. A estos no les gustó. A comienzos de enero, anunciaron que había sido ejecutada. Tenía 30 años.






Ruqia Hassan Mohammed, asesinada por contar su historia en Facebook.

Esta información llegó a Europa en enero. Algunas líneas, a veces un artícu­lo sobre una muerte más en Siria. ¿Por qué intentar averiguar más sobre Ruqia? ¿Para asociar una vida a esa foto? ¿Para intentar sacarla del anonimato estadístico? Tal vez. Pero hay algo más. Revisando la prensa de los dos últimos años —Le Monde, L’Obs, Le Figaro, Libération, los diarios británicos The Guardiany The Independent—, es posible dar con algunos retazos de la vida de Ruqia. Y, enlazados uno tras otro (gracias, queridos colegas), narran una parte de la tragedia siria. Ruqia luchó contra dos poderosas máquinas de muerte: el régimen de Bachar el Asad y el Estado Islámico. La suya es una historia ejemplar.

Ruqia tenía 30 años. A lo largo de todo 2015, bajo el seudónimo de Nissan Ibrahim, la joven publicó en Facebook una especie de diario de a bordo: la vida en tiempos del ISIS y de los bombardeos aéreos. “Cada día, prohibido, prohibido, prohibido. Lo único que hacen [los yihadistas] es prohibir. Sigo esperando el día en que finalmente permitan algo”. “Hoy la policía [los hombres del ISIS] ha llevado a cabo una oleada de arrestos arbitrarios. Dios mío, te lo suplico, líbranos de esta pesadilla y elimina a esta gente”. “Hoy una tunecina [una yihadista del ISIS] me ha llamado la atención a causa de mi atuendo. Yo la he ignorado y he seguido caminando. Me hubiera gustado tener una pistola para matarla. Quisiera acabar con estas humillaciones, con estos tipos que nos imponen su poder. Ya no soporto ser una ciudadana de segunda clase. Dios mío, ¡ayúdanos!”.

Día de bombardeo: “En el mercado, las personas chocan unas con otras. No porque sean demasiado numerosas, sino porque de repente han alzado sus miradas al cielo e, inconscientemente, han echado a correr. Dron en el cielo ahora mismo, explosión más tarde. Que Dios proteja a los civiles y… nos libre de los otros”.



Día de desesperación: “De acuerdo, no queremos al ISIS ni tampoco los bombardeos de la coalición… Entonces, ¿qué queremos exactamente?”.

“He recibido amenazas de muerte. Pero conservaré mi dignidad. Mejor morir que vivir humillada”

Ruqia nació en Raqa en 1985, en el seno de una familia acomodada de la comunidad kurda local. Su entorno es conservador: su padre va a la mezquita cada día. Pero las dos hijas de su primera esposa cursan estudios superiores. Ruqia estudia filosofía en Alepo; su hermana es médico. Ruqia tiene cinco hermanos fruto de la unión de su padre con su segunda esposa.



¿Cómo es Raqa, esta pequeña ciudad de 250.000 habitantes situada en la orilla norte del Éufrates y perdida en el noreste de Siria que va a conocer un extraño destino: convertirse en la “capital” del minicalifato de Abubaker al Bagdadi, líder del Estado Islámico? “Una aldea un poco paleta en la que antaño se sedentarizaron algunas tribus del valle del Éufrates”, explica Hala Kodmani. Esta periodista francosiria viajó a Raqa en septiembre de 2013 y regresó con una serie de reportajes para Libération.

Marzo de 2011, inicio de la revuelta contra el régimen de El Asad. Ruqia está a la cabeza de las manifestaciones en Raqa. En 2013, la revuelta se transforma en enfrentamiento armado. Ocupado en otros lugares, el Ejército abandona la ciudad, que conoce un breve periodo “sesentayochista”, dice Hala Kodmani: creación de alrededor de 40 publicaciones, múltiples debates entre ciudadanos, en los que las mujeres son las más activas. Ruqia participa en el movimiento Haquna (nuestro derecho), que no quiere ni la tiranía del clan Asad ni la de los grupos armados islamistas presentes en la ciudad.

Con el tiempo, uno de esos grupos, el ISIS, expulsa a los demás e impone su orden totalitario: velos y nicabs negros para las mujeres, crucifixiones, decapitaciones, flagelaciones en público. Ruqia conoce a algunos de los admirables ciudadanos-periodistas agrupados bajo el acrónimo RBSS (Raqqa Is Being Slaughtered Silently o Raqa está siendo aniquilada silenciosamente). Arriesgando sus vidas, en el punto de mira del ISIS, filtran todo lo que pueden sobre la vida de Ruqia.

Los amigos de Ruqia le decían que se arriesgaba demasiado con sus entradas en Facebook. Fue detenida durante el verano de 2015, en julio o en agosto. A partir del 25 de julio, no publica nada más, pero su perfil permanece abierto —tal vez para atrapar a sus contactos—. Al parecer, la detienen en Raqa. El ISIS la acusa de “espionaje”. Su familia visita la prisión cada día, pero nunca recibirá autorización para ver a Ruqia.

Pasan los meses. A comienzos de enero, uno de sus hermanos contacta de nuevo con los hombres del ISIS. Le responden que su hermana ha sido ejecutada con otras cinco mujeres. ¿Cuándo? Ninguna explicación. ¿Cómo? Ninguna explicación. Pero el ISIS se niega a entregar su cuerpo a la familia. Puede que algún día haya una placa en algún punto de la Raqa liberada en memoria de una joven que desafió a los canallas del ISIS y que portará este nombre: Ruqia Hassan Mohammed.

© Le Monde.

Traducción de José Luis Sánchez.

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