Historia

Mundo Nuestro. En 1914 terminó el ensueño europeo y se desató el siglo XX con todo su apocalipsis. En 1939 se descargó con toda su furia. Quién puede decir que su vida no quedó delimitada por esa historia trágica. En memoria del escritor y periodista poblano Carlos Mastretta Arista, cuya muerte ocurriera un martes 11 de mayo de 1971, ofrecemos este texto que sirvió como presentación del libro Memoria y acantilado (Puebla, 2008), que en Mundo Nuestrose publica por entregas en la sección Libros Libres.

Noticias de la guerra



La fotografía con la que arranca este texto presenta a un grupo de soldados del Cuerpo de Ingenieros del ejército italiano antes de partir desde Milán a la batalla de Andua, en Etiopía, en el año de 1896; Al frente, de piel, el Sargento Carlos Manstretta Magnani, padre de Carlos Mastretta Arista, quien llegara a México en 1901.

Mambrú se fue a la guerra, do re mi, fa sol la, y nunca volverá cantaba mamá para dormirnos de niños. Nunca volverá la guerra, debimos soñar. Papá volvió de la más brutal de las que sufrió el siglo XX. Y en casa la guerra fue una memoria oculta por mi padre en un maletín negro de médico que no permitió que nadie abriera sino hasta su muerte, un 11 de mayo de 1971. Nunca supimos de dónde sacó el maletín, sólo lo mirábamos al fondo del closet, impronunciable, “guarda la vida de papá en Italia”, nos decíamos. El maletín conservó sin encono sus fotografías de la casa de Stradella, su pueblo a la orilla del Po, al sur de Milán, con las cartas de sus novias y sus correrías de joven estudiante de ingeniería mecánica en Pavía. También escondió las fotografías de sus años en la guerra, a veces de civil, otras de soldado, y en todas me provoca interrogantes por lo que sus ojos vieron y que nunca encontrarán respuesta. Papá no vivió lo suficiente para contarnos la guerra a sus hijos adultos. Sólo extrajo del maletín la pistola escuadra que hoy guarda mi hermano mayor, con sus siete balas mansas que sobrevivieron toda nuestra infancia, una pistola que debió empuñar sin más atajos para mi imaginación sesenta años después. Fue, como millones de jóvenes más en ese abismo europeo, un hombre en guerra.



Papá también sacó algunas fotografías que nos dijeron mucho más que todo lo que no llegó a contarnos: la del abuelo Carlo, capitán de un destacamento del ejército italiano que se colapsaría en África en una malhadada guerra colonial de 1897, él sable en mano, y otros cincuenta combatientes que probablemente no regresaron nunca a la península desde Etiopía –el abuelo sobrevivió a una epopeya trágica en el desierto y volvió a Italia para contarla a un tío suyo periodista en Turín, lo que provocó la furia del gobierno en turno y su inevitable huida a América--; también está la de un muchacho estudiante de ingeniería trepado en un poste de telégrafo en 1935, el mismo año en que el Duce se presentó en esa escuela militar para infundir de celo patriótico a sus posibles camisas negras; y la de un joven capitán de Transmisiones, impecable en su uniforme, rodeado de un grupo de soldados en el frente italiano de África en 1940. Todavía hoy miro esas fotografías que mamá ha conservado siempre en el librero en la sala de su casa y busco en los ojos claros de papá la guerra que sufrió y no quiso que quedara en nuestra memoria.





En la escalera, el oficial de Transmisiones, Carlos Mastretta Arista.

Papá vivió la Segunda Guerra Mundial y el azar quiso que no fuera uno de esos 45 millones de muertos. Papá contaba la guerra de tarde en tarde en sus extremos jocosos, como cuando los marines negros se olvidaron en la juerga de su tarea y dejaron en libertad una noche de 1945 a los soldados italianos detenidos en un campo de concentración, liberada ya de los alemanes la tierra del abuelo Carlo. Igual papá narraba las maravillas que encontraban en las mochilas de los gringos hechos prisioneros por su bando: pasta de dientes, cigarrillos, papel de baño. Nada nos dijo de los muertos. Ahora pienso que los ocultó de sus hijos poblanos como cualquier padre que intenta que sus pequeños no miren la muerte que revolotea sobre el cuerpo de un peatón atropellado cualquier día en la ciudad de Puebla. Nunca nos habló de los muertos, pero todos los días nos despertaba con el chiflido que remedaba la trompeta viva del cuartel del ejército italiano.

Las historias familiares se tejen entre los acontecimientos propios y la cuenta amarga de la natural catástrofe de las sociedad humana. Papá volvió de una Europa destrozada por treinta años de horror. De otra forma, sin la guerra, hubiera seguido su camino de escritor y periodista en el viejo mundo y no estaría yo aquí para contar mi propia historia. Pero papá regresó un día por la frontera, custodiado por dos enormes agentes del FBI que lo acompañaron por el puente internacional de Laredo, los tres enfundados en gabardinas y sombreros, los tres en su papel de cerrar el capítulo de la Segunda Guerra Mundial en la vida de un poblano hijo de un ingeniero civil que llegara a México huyendo de su propia guerra milanesa en 1901. Papá también guardó en maletín negro de médico antiguo esa fotografía, y con ella toda su juventud tras 18 años pasados en el ascenso y caída de Mussolini. Salió de 17 al terminar los estudios en el Colegio Espina de los Jesuitas en plena guerra cristera; regresó de 35 a México para nunca más volver a salir de la ciudad de Puebla. Aquí casó con María de los Ángeles Guzmán, la hija de un dentista nacido en una familia liberal surgida de las guerras mexicanas del XIX, y que arrancaría su carrera profesional sacando muelas indígenas en la Sierra teziuteca tomada por la revolución y los ejércitos pagados por las compañías petroleras inglesas y americanas. El abuelo Diego Ramos, productor de tabaco y madera, fue dos veces expropiado por los revolucionarios entre 1913 y 1920. Moriría lejos de la Sierra poblana en 1929. Sí, de cuántas guerras puede venir una familia cualquiera.

Papá regresó para formar la suya, a la que no le dejó la carga de los millones de muertos en la guerra de la que fue actor y testigo. En 1946, en la cafetera que le trajo de Milán a Nueva York en su retorno a México, ya en la soledad de un mar sin convoyes, destructores y submarinos, escribiría una memoria mínima de sus años vividos en ese Apocalipsis europeo. “Son tantos los muertos –escribió, y fue así lo único que nos dijo--, que no hay al final ni vencedores ni vencidos”.




Milán, 1934. Auto oficial en el Décimo Regimiento.

Mundo Nuestro. 10 de Mayo de 1968 en Tijuana: el PRI convoca al concurso La Madre más Feliz. Y lo que se le viene encima es una rebelión encabezada por las mujeres panistas, que llevarán hasta la ciudad de México el descontento popular contra el fraude electoral. La clase media de la ciudad fronteriza le disputa con fiereza el poder al régimen autoritario. En junio de ese año llegan en autobús al Distrito Federal, y encuentran la efervescencia estudiantil. No las recibe Díaz Ordaz. Impenetrable y frío. Pero sí intercambian volantes con los mismísimos chamacos del Consejo General de Huelga.

Lilia Venegas, académica de la Dirección de Estudios Históricos del Instituto Nacional de Antropología e Historia, en la ciudad de México, narra esta historia de las mujeres de Tijuana que enfrentaron al poder del PRI, 21 años antes de que finalmente el PAN le arrebatara el gobierno de Baja California en 1989.

Luego ha ocurrido lo que ha ocurrido.

Los procesos sociales se entienden mejor si se miran en el largo plazo. 1968 marcó a una generación. Y lo identificamos como un año parte aguas en la historia moderna de la nación. Y lo remitimos a la rebelión estudiantil. Pero eran muchos, y muy profundos los cambios que se producían en México. Y desde muchos ámbitos sociales y regionales se fincaron los cimientos del proceso de desmantelamiento del Estado autoritario que tuvo México a lo largo de setenta años del siglo XX.



Y en esas estamos todavía.

Con motivo del 10 de mayo, día de la madre y con base en entrevistas con mujeres panistas, narraremos aquí brevemente cómo actuaron las mujeres de Tijuana ante el mito del día de la madre, en la coyuntura electoral de junio de 1968, cuando el PAN se disputaba contra el PRI la alcaldía, con Luis Enrique Enciso Clark como candidato y con Jorge Rojana Ruelas como suplente.

1968: el año de los cambios.



1968 es un año paradigmático en razón de la concurrencia de numerosos movimientos estudiantiles que entonces tuvieron lugar por todo el mundo. Lo es también por las movilizaciones a favor de los derechos civiles en los Estados Unidos y el avance social implicado en el reconocimiento de la igualdad entre negros y blancos. Un saldo positivo que, sin embargo, suele opacar expedientes como el asesinato de Martin Luther King y el de Bob Kennedy. También se olvida con frecuencia, o tal vez simplemente no se sabe, hasta qué punto la sociedad ha cambiado desde entonces en aspectos que atañen a la moral social, las costumbres de la vida pública, el discurso frente y sobre las mujeres, y la intolerancia hacia a la oposición política, de derecha e izquierda, bajo las secuelas del macartismo y la guerra fría.

Mucho menos atención se ha otorgado, a su vez, a las movilizaciones por la defensa del voto y los conflictos postelectorales que, ya entonces, tenían lugar en diversas regiones del país. Tal es el caso de la protesta que organizaron, sobre todo las mujeres, en Tijuana frente a los resultados fraudulentos de la contienda electoral de junio de 1968.



Adolfo Christlieb Ibarrola, dirigente nacional del PAN en los años sesenta.



Las campañas.

El banderazo de inicio de la campaña electoral del PRI en Tijuana tuvo lugar el 14 de marzo, cuando los candidatos electos en una convención anterior rindieron protesta ante dos diputados federales que viajaron desde la capital, uno de ellos en representación de Alfonso Martínez Domínguez (presidente del Comité Nacional del PRI). Las notas y crónicas periodísticas destacan las críticas y las denuncias por la conformación de una planilla con candidatos de mala fama y “enviada desde el centro”; Salvador Rosas Magallón, por ejemplo, atizaba la indignación de sus adversarios políticos, encabezando así su colaboración periódica: “El dedazo es humillante para los miembros del PRI”.[1]

La inconformidad al interior del PRI por los mecanismos de asignación de candidatos trascendió y, como ocurre hasta la fecha, fue aprovechada por la oposición: los panistas tijuanenses invitaron a figurar como candidato a la presidencia municipal a Luis Enrique Enciso Clark, quien había sido militante del partido oficial por 29 años.[2] Aceptó contender contra el candidato del PRI, Dr. Santana Cobián. Entre los integrantes de la planilla del PAN figuraban también nombres de panistas bien conocidos por los tijuanenses, algunos, destacados activistas de la elección de 1959, como Ceferino Sánchez Hidalgo y Salvador Rosas Magallón.

La prensa local registró, desde el inicio, el desánimo que privó en la campaña del PRI. De uno de sus primeros actos decía: “...dicho sea en honor de la verdad, el mitin del PRI del pasado miércoles fue deslucido, frío y carente de emotividad...con rechifla para el presidente municipal”. Las señales de que podría tratarse de una elección realmente reñida motivaron a los priistas a emprender acciones como las visitas domiciliarias de los candidatos a vecinos de diversas colonias de Tijuana, durante las que se invitaba a participar en mítines programados. O los realizados en las “más populosas colonias proletarias” donde, de acuerdo con las crónicas, “los candidatos dialogaban con el pueblo”. Los panistas ironizaban al respecto, señalando que no hacían sus mítines en el centro de la ciudad por temor al ridículo de ser desairados. A pesar del intenso trabajo político realizado, parecía evidente que muchos de los votos no serían para el partido entonces en el poder. En la plaza de toros de Tijuana, por ejemplo, el público dedicó una rechifla a uno de sus candidatos quien, jocosamente, la agradeció. En contraste, un candidato del PAN también presente, recibió numerosas porras de adhesión[3].



[1] Noticias Diario de la Mañana, Tijuana, BC, viernes 1 de marzo de 1968.

[2] Una caricatura a propósito de esto representaba al PAN como una guapa dama y al PRI como un caballero seducido. Diario Noticias de la Mañana, Cartones por Reyes Apango, martes 26 de marzo de 1968.

[3] Noticias Diario de la Mañana, Tijuana BC, miércoles 10 de abril, 1968.



Moviliazación panista en Tijuana, años setenta.

La campaña del PAN, por su parte, arrancó el mismo día que la de su contrincante, celebrando una convención novedosa: se anunció en desplegado de plana completa que serían electos los candidatos de manera abierta y democrática en la vía pública, frente al local del PAN. Fueron triunfadores Luis Enrique Enciso Clark, Rosas Magallón, “conocidos hombres de empresa” y Susana Limón, dama de sociedad y esposa de un empresario. Una vez conformada la planilla, la campaña fue, al parecer, exitosa. Uno de los primeros mítines congregó a cerca de tres mil personas. La prensa le dio a la nota ocho columnas al tope y lo calificó de imponente, como a varios de los mítines que se celebraron a lo largo de los dos meses y medio que duraría la campaña.[1]Del siguiente mitin registró cuatro mil.[2]De un mitin posterior daba cuenta de cinco mil asistentes[3]. Fue entonces cuando para los priistas cobró importancia el voto femenino.


[1] Entrevista a Cecilia Barone, Tijuana, octubre de 1993.

[2] Las diputadas referidas son: Rosa María Ortiz de Castañeda y Guadalupe Calderón, (Gente, 16 de agosto, 1968).

[3] Entrevista con el Arquitecto Héctor Castellanos, Tijuana, 2001.

El 10 de mayo día la madre



Anuncios en la prensa de la época de los cincuenta.

En la disputa por los votos, las mujeres aparecieron como un grupo especialmente destacado y para obtenerlo recurrieron a una particular estrategia para la celebración del Día de las Madres, a menos de un mes de la jornada electoral. El Comité del PRI en Tijuana lanzó una convocatoria para establecer el primer concurso de La Madre más Feliz. De acuerdo con la Convocatoria[1], el jurado estaría integrado por el Presidente del Comité Municipal (...) y cuatro personas más. El primer premio, “...una Recámara (...) y la realización de su MAYOR DESEO viable de concederse en la limitación del tiempo que comprende las horas del día DIEZ DE MAYO DE 1968” se otorgaría a “...aquella (madre) cuyo deseo a juicio del Jurado establezca, al verse satisfecho, la mayor felicidad que una madre pueda tener, siendo este deseo el más vehemente y demás (sic) difícil realización, dada las condiciones morales, sociales y económicas de la concursante, en su papel de madre”. Los otros “NUEVE SEGUNDOS PREMIOS” consistirían en “objetos útiles para el hogar”. Todas las ganadoras, se explica, “se sujetarán al desarrollo del acto de LA MADRE MÁS FELIZ, en el lugar y tiempo que se les designe”. El noveno punto de las Bases añadía que “Las DIEZ MADRES FELICES ganadoras del Concurso, serán simbólicamente las representantes de TODAS las madres de Tijuana, para las que el Partido Revolucionario Institucional dedica este homenaje de gratitud...”. La entrega de premios tendría lugar en el Toreo de Tijuana, obviamente el diez de mayo, en el marco de un acto musical que se transmitiría por radio y televisión. [2] Este fue anunciado repetidamente en la prensa: “Grandiosa Lluvia de Estrellas En Honor de las Madrecitas Tijuanenses!!!”.

Al pie de las once “Bases” de la Convocatoria, bajo el título de Complementarias, se añaden un párrafo que, considero, vale la pena transcribir textualmente:

“Cada una de las Madres Mexicanas, residente en Tijuana, tiene el derecho de solicitar, lo que en el curso de su vida no ha podido conseguir o lo que en el momento presente representa su mayor y desinteresado anhelo: la libertad de un hijo preso, la curación de un hijo enfermo, la educación de uno de los hijos garantizada, la presencia de un hijo ausente que por dificultades económicas no pueda estar a su lado en este día, la máquina de coser, la estufa de gas, la muleta para el hijo lisiado, los anteojos para facilitar la lectura del viaje soñado a la Capital de México. El deseo no está limitado a ninguna restricción, de entre ellos será seleccionado el que más llene el emotivo sentimiento de la Madre y que al concederse satisfaga plenamente la condición de haber hecho a la triunfadora la MADRE MÁS FELIZ el DIEZ DE MAYO DE 1968 en Tijuana.

Una ama de casa feliz…

Pero las madres y sus hijos no querían estufas, su mayor anhelo era democracia. Y ese no podía otorgárselos en PRI.

El fraude y la caravana de mujeres.

Carátula del diario oficial en el que se decreta la anulación de la elección en tijuana.

El día de la elección, el 2 de junio, los panistas solicitaron de manera reiterada la intervención del gobernador, Raúl Sánchez Díaz, para impedir alteraciones en el proceso electoral, pero el mandatario estaba fuera de la ciudad. Las elecciones fueron pacíficas y ordenadas (según declaraciones oficiales) y en el conteo, el PAN llevaba ventaja sobre el PRI. El 8 de junio, los directivos del Comité Municipal determinaron, sin la presencia del PAN, suspender el cómputo de los votos y enviar la documentación al Congreso estatal. Días más tarde, la legislatura declaró nula la elección municipal de Tijuana con el argumento de que se habían comprobado irregularidades cometidas durante los comicios. De acuerdo con copias de las actas en manos de los panistas, los resultados favorecían a su planilla con 30 269 votos, contra 24 272 de los candidatos del PRI.

La respuesta de las autoridades electorales ante la protesta de los simpatizantes del PAN no fue la declaración de nulidad de los comicios y la repetición de las elecciones, como se esperaba.

En una asamblea en la que se discutían las posibles acciones a seguir, Cecilia Barone de Castellanos, esposa del presidente municipal del PAN en el momento, sugirió que se formara una caravana de mujeres que viajaría hasta la ciudad de México para entrevistarse con el presidente Díaz Ordaz. La propuesta pareció descabellada a buena parte de los asistentes, pero cedieron ante la presión y el entusiasmo que ellas manifestaron. El reportaje del viaje publicado en la revista Gente destacaba este episodio con el subtítulo: “Los panistas de Baja california son capaces de derrotar al PRI; pero no a sus propias esposas”.

Mujeres por la Democracia, nombre del grupo de mujeres que realizaron este recorrido, envió un memorándum a la ciudad de México, solicitando la audiencia del Presidente de la República. La caravana partió rumbo a la capital del país el 13 de julio. Dice un testimonio:

“Nuestro viaje lo realizamos en un camión rentado, bajo la coordinación de Cecilia Barone de Castellanos (...). Para todas las que viajamos resultó una gran experiencia, porque tuvimos oportunidad de poner a prueba nuestra decisión y valor. A pesar de todos los contratiempos, gozábamos y nos divertíamos, sobre todo cuando nos percatábamos de que para algunas personas no era nada agradable tropezarse con 45 mujeres de espíritu combativo, luchando por superar todos los obstáculos y dispuestas a lograr nuestro objetivo. (...) En el camino nos deteníamos frecuentemente para distribuir propaganda, organizar mítines o manifestaciones; éramos la admiración de cuantos nos veían pasar. El camión estaba totalmente tapizado de propaganda del PAN. Con frecuencia nos detenía la policía, permaneciendo siempre vigiladas, pero no lograron amedrentarnos. Nuestro ánimo y nuestra alegría nunca decayeron.” (Sánchez, 1996, 274)

A la distancia, una caravana por la defensa del voto puede parecer algo más bien cotidiano, pero en aquellos años el asunto no parece haber sido frecuente y mucho menos si ésta era formada exclusivamente por mujeres, con excepción del conductor y el reportero que decidió acompañarlas. En el trayecto de casi 3 mil kilómetros repartieron 500 mil “manifiestos” y realizaron varios mítines relámpago. El norte de Sonora las recibió bien, pero en Hermosillo la policía estatal impidió el paso del autobús, por lo que decidieron llegar a la plaza principal de la ciudad a pie, acción que tuvieron que repetir en Guaymas: con el equipo de sonido portátil al hombro y repartiendo volantes para aprovechar la caminata.

La caravana de mujeres en la ciudad de México y los estudiantes

Verano de 1968 en la ciudad de México.

Cuando llegaron a la ciudad de México, las panistas convocaron a una conferencia de prensa: ese mismo día (17 de julio) recibieron una llamada citándolas para la entrevista con el presidente. Pese a la advertencia de Christlieb Ibarrola de que podía tratarse de una jugada política para alejarlas de la prensa, ellas asistieron a Palacio Nacional. En efecto, no había tal cita y Díaz Ordaz no las recibió. La esposa del presidente nacional del PAN, Hilda Morales, solicitó una entrevista con el presidente con la intención de que las mujeres de Tijuana pudieran cumplir con el principal sentido de su viaje; las panistas, por su parte, dirigieron un telegrama más pidiendo, de nueva cuenta, la entrevista. La respuesta llegó a la esposa de Christlieb Ibarrola y firmada por Joaquín Cisneros, secretario particular del presidente: pedía que se informara de las peticiones concretas, subrayando que debía tratarse de aspectos de la incumbencia directa del cargo del ejecutivo. Las mujeres de la caravana se indignaron profundamente, ya que al menos en tres ocasiones habían hecho explícito su objetivo: “...que el Presidente interponga su influencia personal y política para que se convoque a nuevas elecciones en Baja California” (Arce, 1968, 10). Así, ellas interpretaron esta respuesta como una negativa. Su estancia en la capital de la República, en todo caso, no fue considerada por ellas como infructuosa: dieron a conocer la realidad electoral del estado más lejano del centro e intercambiaron volantes con los jóvenes del Consejo General de Huelga que, en esos días, iniciaban su movilización: “...nos fueron a ver los muchachos porque realmente nosotros íbamos a defender algo legítimo (...) nosotros lo único que pedíamos era el respeto a la voluntad del pueblo...” [1]

Como provocación algunas diputadas del PRI declararon que las panistas: “realizaron un placentero weekend en la ciudad de México, visitando centros nocturnos y espectáculos de lujo”[2]

El retorno de la caravana a Tijuana

A su regreso y durante un mes los y las panistas organizaron “marchas mudas” en señal de protesta, “a veces con velas o con antorchas, sólo se escuchaba el golpe de los tacones...”[3]; decidieron suspenderlas cuando el número de asistentes empezó a decaer. No obstante, los guionistas de este episodio decidieron que el final tendría que ser otro: Cecilia Barone propuso a su esposo que un contingente del PAN participara en un desfile, no en el del 16 de septiembre por su carácter militar, pero sí en el del 20 de noviembre, tradicionalmente deportivo. Decoraron un carro alegórico con la imagen de Francisco I Madero “representando a la democracia”, acompañado por unas treinta jovencitas arregladísimas (“buscamos a las más atractivas”, cuenta Castellanos) que debían desfilar, de acuerdo con el permiso del presidente municipal, al final del contingente. Con todo, y a pesar de la apariencia inofensiva y casi festiva de la representación, ésta no pudo llevarse a cabo en santa paz. El carro con Francisco I. Madero y las niñas fue bloqueado por el ejército. Castellanos y Rosas Magallón fueron llevados a la cárcel, trás una riña con un militar. Estuvo a punto de ocurrir una desgracia mayor, cuando Castellanos, liberado media hora más tarde, encabezó a un grupo de panistas dispuestos a avanzar, a pesar de la orden del ejército de no hacerlo, para llegar hasta donde se encontraba el carro alegórico detenido. En tanto, las jovencitas y sus acompañantes recibieron agresiones de parte de soldados, a lo que respondieron con un ingenioso mecanismo de defensa: entonaban el Himno Nacional, lo que hacía detenerse a los soldados y tomar posición de respeto; pero paraban de cantar y se reiniciaba la gresca.

La movilización social reseñada parece encontrarse a medio camino entre los movimientos sociales tradicionales, por su marcado carácter instrumental (con objetivos orientados a la obtención de cierta meta) y los “nuevos movimientos sociales”, donde parece clara la intención de producir un efecto visible en las instituciones sociales, actuando como un desafío simbólico, que incluye al 10 de mayo, y señalando una zona social problemática: el proceso de selección y elección de sus representantes políticos. Las mujeres que protestaban contra el fraude electoral, dejando a sus maridos e hijos para irrumpir en el corazón del poder político, se rebelan contra el código cultural dominante de aquellos años, al tiempo que des localizan el foco tradicional de control político y de la represión. El recorrido por el país contaba, sin duda, con el efecto dramático de su acción colectiva en una sociedad que vivía en 1968, pero aun no transgredía los valores y pautas de antes de ese mismo año. La caravana femenina, por lo demás, contribuyó, sin duda, a producir cierta innovación cultural, introduciendo nuevas formas de comportamiento que la sociedad fue asimilando e incorporando a las prácticas de la vida en la casa, el barrio y el partido.

Lilia Venegas, Investigadora del DEH, del INAH y miembro del Seminario de Historia Contemporánea.

[1] Noticias Diario de la Mañana, Tijuana, BC, lunes 25 de marzo de 1968.

[2] Noticias Diario de la Mañana, Tijuana, BC, lunes 8 de abril de 1968.

[3] Noticias Diario de la Mañana, Tijuana BC, lunes 22 de abril de 1968. De acuerdo con el arquitecto Castellanos, llegaron a reunir hasta 25 mil personas.

La memoria del cinco de mayo en la Sierra Norte de Puebla

Los olvidados del silencio (mayo de 1983)

En el centro de la sierra de Puebla, Tetela de Ocampo. A una hora del pueblo hasta Ometepec; después hora y media de monte y vereda a pie aparece el barrio de Sontecomapan con sus casas a lo largo de la cañada; los encinos cubren la cima de las montañas. En la ladera, entre los grandes huecos erosionados, la milpa que aguantó el calor y la seca empieza a crecer con la lluvia de finales de mayo. En un ranchito adornado con flores y banderitas de papel, Alejandro Flores, jornalero de 72 años, con un buen día de mezcal a cuestas, escucha las norteñitas del grupo Los Olvidados del Silencio. Es la boda del maestro rural del pueblo; llega a la ranchería jalando un burro arreglado de prendas blancas, y sobre el burro viene sentada la novia. Los invitados vienen atrás, en procesión. Truenan los cohetes. La novia se baja del burro; el novio le da un beso. Luego le dan un abrazo a todos los invitados que llegan a la fiesta.



Cuando abraza la niebla, no se mira su carrera al cielo, sólo se escuchan las explosiones. El viejo Alejandro desenreda su historia tan rápido como los tragos de mezcal que desaparecen en su garganta.

“Yo soy nacido de Tecuanta, que es acá atrás de esa peña que ai se ve. Una hora que haga es mucho, si está cerquitas. Ora vine por la boda, por la barbacoa. Soy jornalero, desde siempre lo he sido, ora tengo que agarrar fuerzas para trabajar; el que se queda aquí no vive. Todo está duro, oro nomás acabo de regresar de fueras: me fui a Cuetzalan, acá por Zacapoaxtla, a chapear café, pero no hubo trabajo; no hubo, entonces agarro pa Martínez de la Torre, allá tengo un cuñado que me ayuda en veces a chapear, pero no hubo tampoco chance. Me dice el patrón un día: “si yo te doy trabajo vente”, y yo lo sigo y me lleva lejos, y me quedé toda la noche. Me dijo cuando se jué: ‘mañana te traigo el almuerzo’, y que no llega en todo el otro día, no llega. Caminé toda la noche pa regresarme a Martínez, sin comer. Ya le digo, soy nacido en Tecuanta, que es atrás de esa peña que ai se ve. Dicen se llama así porque allí vivió el tigre, el Tecuni… Mi tata grande dijo que le desbarrancaron pierdas pa matarlo, que no tenían armas; eso fue cuando los mexicanos de aquí de México. Sotecomapan se llama así porque quiere decir cabecilla: Juan Francisco Lucas les pegó a los franceses… ellos traiban armas fuertes, aquí nosotros puras armas de las que fueran, pero los agarraron en la cañada y los acabaron. Decían los franceses: ‘Bajemos a Ometepec, vamos a chingar mujeres’, pero no pasaron de la barranca, allí los esperaron… a un lado había cerro, a otro lado había cerro y éstos bien escondidos, no fallaron blanco. Dicen ai se puede ver el lugar de la sangre, donde echaron todo el pudridero de extranjeros. Yo lo vide, así lo platican los grandes.”

La orquesta toca “El chubasco”. Corren los vasos de pulque: En la mesa, las señoras a un lado, los hombres del otro. Se devora el mole con arroz. Algunos visten de manta, la más ropa mestiza. La casa del maestro, un cuarto sin ventanas, es la única construida con cemento y ladrillo. El novio y la novia decidieron casarse después de diez años de vivir juntos y ya con cinco chamacos. Brindamos, Los Olvidados del Silencio siguen tocando. Empieza el baile. Las parejas se confunden entre la niebla. El viejo Alejandro, cuando baja la niebla, pierde la vista en la peña Tecuanta.



Foto tomada del libro El Liberalismo popular mexicano. Juan Francisco Lucas y la Sierra de Puebla, 1854-1917. BUAP/Ediciones de Educación y Cultura, México, 2011.



El burro que venció al gobierno (relato, 1991)



Se luchó duro contra los franceses en la sierra de Puebla. Gracias al general Juan Francisco Lucas, nomás quitándoles las botas, se venció a los güeros que venían de otra tierra donde se usa harto zapato. A puro comer chile se les tenía en la prisión de Cuautempan, lloraban lágrimas verdaderas porque no eran valientes. Y así fuimos derrotando al enemigo, nomás de tenerlos descalzos, sí, en está tierra nopalera, no había preso que escapara aunque les abriéramos las puertas.

Puras ideas de las buenas tenía ese general Lucas, era un indio verdadero. Cuando la batalla de Puebla fue amigo del general Porfirio Díaz, en los tiempos en que este era prieto y estaba con los pobres del campo. Ya había matado harto franchute y por eso lo quiso conocer el general Díaz, mesmamente en que luego fue gobierno. Lo vino a buscar hasta aquí a la Sierra para la felicitación. Agarró junto con su gente camino pal cerro del Sotol. Se encontró a un indio remiso, silencioso, que cuidaba su caballo. Y le dice Porfirio Díaz: --Oye tú, ¿dónde encuentro al general Lucas? Y éste no le dio respuesta. --¡Qué no me oyes indio pendejo!, le dijo después. Y el indio tan tranquilo nomás señaló con el dedo la choza. Allá se dirigió Díaz con toda su gente. En la puerta se encontraron a una mujer muy humilde que estaba echando tortillas. –Oiga, disculpe, ¿vive aquí el general Lucas?, le preguntaron. –Como no, les respondió, si ahí anda afuera cuidando el caballo.

---Pero si allá afuera sólo hay un indio.

---Sí señor, pues ese mero indio es el general, y yo su señora esposa. Y Díaz se fue de inmediato a presentarse con Juan Francisco Lucas y pedirle disculpas.

Cuando Porfirio Díaz llegó a presidente y se blanqueó –verdad de Dios que se echaba talco todos los días para dejar de ser prieto—, la agarró contra el general Lucas, ese no obedecía nomás por obedecer y siguió defendiendo a los indios que habían luchado contra el extranjero cabrón. Por eso lo quería matar a la mala.

Cuentan los que lo vieron, de aquí harta gente lo recuerda de antes, que el presidente mandó llamar a la República al general Lucas, dicen que pa premiarlo por su heroísmo. Llegaron por él los uniformados del ejército, muy uniformados, le ofrecieron los saludos del Presidente, luego le dieron un abrigo y un sombrero para que los acompañara a México. Él les dijo que como no, que estaba a sus órdenes, sólo que el abrigo que le habían mandado se lo cambió al capitán. Cuando el capitán se puso la ropa cayó muerto. El forro del abrigo tenía un veneno que mataba al contacto.

Juan Francisco Lucas huyó descalzo, corre y corre por el cerro. Lo iba siguiendo a galope la representación de Díaz. Cuando ya no tenía salida se tiró a un barranco de mucha profundidad. Cayó junto al cadáver de un burro. Los federales bajaron por la vereda, a pie, a como fueron pudiendo. Pero ya no lo encontraron, ni a él, ni al burro, sólo vieron sobre la tierra las vísceras del animal. Ahí estaban parados, no sabían qué hacer. De repente sintieron que de arriba les llovían piedras. Era el burro que las estaba tirando con las patas; los enterró vivos. Luego el general Lucas se salió de las entrañas del burro, de la forma de animal que había usado para escapar y se regresó tranquilo a su casa.

Sigue defendiendo al pobre según era su costumbre. No está viejo, ni está joven, está igual. Cuando lo tratan de agarrar vuelve a adquirir la forma de animal. Ni modo que el gobierno mate a todos los borricos, habría de nuevo guerra. No se extrañe si en esta tierra de Cuautempan oye que de repente un campesino hable con su burro y le diga:

---Disculpe usted la carga, mi general.

Aquí de por sí consentimos mucho al borrico como si fuera sagrado.

Mundo Nuestro. Publicado por el Fondo de Cultura Económica en el año de 1973, el libro Los vencidos del 5 de Mayo, escrito originalmente en pergamino por el abate francés Jean Efrem Lanusse, debe ser lectura obligatoria de los mexicanos. El autor acompañó por más de veinte años, entre 1850 y 1870, como capellán al ejército expedicionario francés, entre los imperios del siglo XIX, uno de los más activos. Es probable que esta crónica la haya escrito ya de regreso en Francia, ya en la década de los ochentas de aquel siglo.

Con un prólogo excelente a cargo de Marte R.Gómez, un ingeniero agrónomo tamaulipeco que participaría en la revolución y en los primeros repartos de tierra en territorio zapatista, y quien llegaría a ser secretario de Agricultura en el régimen posrevolucionario, el libro es una crónica de los acontecimientos provocados por la invasión francesa en 1862, centrado por supuesto en la batalla del 5 de Mayo. El abate escribió tres episodios de la expedición en México, el combate de Camarón, la batalla del Cerro del Borrego, y nuestra propia epopeya.

Hasta donde sabemos, en español sólo se ha publicado esta edición de los vencidos del 5 de Mayo.

Mundo Nuestro publica en dos tantos un extracto del relato de la batalla que, más allá de todos los lugares comunes de nuestro nacionalismo, encarrilla finalmente ese complejo proceso por el que el pueblo mexicano encontró su destino como nación.



… ¡Los franceses van a entrar!

Hay que franquear todavía un foso ancho y profundo… un obstáculo tan serio como imprevisto. Pero nuestros hombres se sienten electrizados a la vista de la bandera que ha sido plantada orgullosamente contra el borde de la contraescarpa, a unos cuantos pasos de las bocas de los cañonea mexicanos. El valiente que la conducía cae mortalmente herido por una bala. Un suboficial toma su sitio de honor y cae a su vez. Entonces, un zuavo de barba gris que tiene fama bien sentada de bravura y que gracias a ello puede llamar “mis muchachos” a sus oficiales empuña a su vez la bandera y la hace ondear por encima de su cabeza, con un gesto de desafío. “¡Vengan a buscarla!”, grita con voz de trueno. Pero de pronto, con un movimiento convulsivo, estrecha contra su pecho aquel tesoro precioso, se desploma y rueda con él hasta el fondo del foso.





Nuestros soldados acaban de bajar a las profundidades del último abismo que les separa del fuerte… ¿Tanto valor, tanto heroísmo, irán a estrellarse contra las murallas del viejo convento? Todas las miradas se tienden en busca de una brecha, por estrecha que sea. De una grieta, de una piedra sobre que apoyar el pie… Ya comenzaron a escalar… el uno monta sobre los hombros del otro… se profieren gritos… se comunica el ánimo…se da valor… Otros llegan… Se hacen nuevos esfuerzos… Resistid, mis muchachos, un poco más de resistencia… Vienen nuevos compañeros, que tienen también, como vosotros, la voluntad firme de vencer. Se recargan contra el muro las escalas traídas por los soldados del cuerpo de ingenieros; bajo un fuego terrible, al alcance de disparos que se hacen a quemarropa, nuestros valientes soldados suben al asalto… ¿Habéis visto jamás un hecho de armas? No, si no habéis participado en él como autores, en cualquier forma que sea. No hay simples curiosos, digámoslo así, para esas hecatombes, para esos esfuerzos supremos de la energía humana. Todos los que están ahí lo están para empuñar un fusil o blandir una espada, si no es que para recoger o bendecir a los caídos.

Ya he visto varios asaltos, he asistido también a varios de ellos. ¿Qué siente uno en medio y cerca de esos luchadores terribles? Yo creo que no se me podría responder sino en el instante y en el lugar mismo… Aun así, ¿podría explicarse con palabras lo que pasa dentro de uno? Dudo que sea así. Pero de todas maneras, con sólo pensar en ello, siento como un estremecimiento que gana todo mi ser. Podría quizás describir lo que me ha tocado ver en esos instantes solemnes, espantosos, supremos para la vida del hombre… pero decir lo que se siente… imposible y jamás. Todos los autores de dramas así de terribles repetirán lo que acabo de afirmar.

El general Negrete estaba en el fuerte con numerosos defensores a los que había reforzado con tropas enviadas desde el centro de la ciudad. Había diez piezas de artillería y obuses de montaña. Alrededor de la iglesia, un reducto defendido sólidamente por tres líneas de fuego superpuestas.



Desde lo alto de esas terrazas, que todavía paréceme que contemplo, los tiradores, protegidos detrás de sacos de arena, abrían brecha en la masa compacta de los asaltantes.

Ya comenzáis a comprender las fases de esta lucha terrible… podéis también ver a nuestros soldados descendiendo hasta las profundidades del foso. ¡Qué ir y venir…! Buscan por dónde llegar hasta las murallas… Animan mutuamente…Se llaman… Ved ahí a uno suspendido de una piedra que no sobresale apenas de las del resto del muro… Aquel otro que ha metido la mano en una grieta cualquiera. NO han dejado por eso sus fusiles… Otros se izan, se empujan, se sostienen… Se llega hasta lo alto, a pesar de la fusilería, a pesar de la metralla, que se dispara a boca de jarro… Se contemplan hechos de armas como difícilmente la historia volverá a registrar. Entre los dichosos que han llegado hasta lo alto del muro, está el clarín Roblet, de los cazadores… ¿Escucháis acaso con qué furia, entre una granizada de balas, les hace oír a sus camaradas las notas brillantes de la carga, de una carga propia para destruirlo todo, para ponerlo todo de cabeza para llegar a donde él está?

El clarín Roblet arrebata a sus compañeros… les da fuerzas a fuerza… se le obedece… se llega… hay cazadores y zuavos sobre el parapeto. Ved a esos rostros, a esas cabezas inclinadas hacia adelante que miran buscando a un enemigo. Algunas apenas si han logrado pasar la altura del parapeto con la cabeza o con el pecho cuando una bala los arroja a las profundidades que acaban de franquear. Pero no temáis que los demás se detengan… se sube, se seguirá escalando.

A esta altura se empeña la lucha cuerpo a cuerpo… Qué carnicería tan espantosa… qué encarnizamiento… La sangre corre a borbotones de las heridas anchas y profundas… Las armas chocan, se retuercen… caen hechas pedazos… la sangre corre a torrentes, esfuerzos inauditos en que el hombre ha de vivir un año, muchos años de su vida, en unos cuantos instantes.

Los defensores de la plaza son rechazados por un momento. Ved ahí a esos luchadores terribles sobre la cresta de las altas murallas, al borde de un abismo hasta el que han rodado cadáveres bastantes como para cubrir toda aquella profundidad siniestra. ¡Vedlos ahí, tal y como se ha dicho, leones rodeados de “chacales” que se creen sin embargo suficientemente numerosos como para vencer y devorarlo todo!... Le hacen frente a toda la guarnición que se precipita contra ellos.

Mientras que ese asalto prodigioso se empeña por la izquierda, la columna Morand ataca por la derecha de la posición. ¿Qué les va a suceder a esos muchachos intrépidos, listos siempre y en cualquier circunstancia a cumplir con su deber? Vamos a seguirlos. Se verá que ellos también han sido capaces de hacer prodigios. Y siempre, desde luego, tomando en cuenta que el terreno que tienen que recorrer está también lleno de hondonadas, cubierto de obstáculos de toda clase, sembrado de defensas naturales. De pronto ven ante sí, desplegados y perfectamente emboscados sobre la cresta que une los fuertes de Loreto y Guadalupe, cinco batallones de infantería mexicana que los reciben con un fuego violente de fusilería. ¿Qué importa? Se lanzan al ataque corriendo en línea recta al encuentro del enemigo. Pero en ese momento se descubren las baterías de Loreto, que hasta entonces habían permanecido silenciosas e invisibles y que baten el flanco de la columna de ataque.

El batallón de marina, la infantería de marina y una batería de montaña que habían estado de reserva se precipitan entonces en auxilio de sus camaradas. La batalla se reanuda con encarnizamiento entre aquellos combatientes que buscan la victoria a toda costa.

¡Llega un socorro!... ¿De dónde viene?... Una fuerza de caballería, que trae las insignias de los que forman la comitiva de Almonte, ha salido de Puebla por detrás del Fuerte de Loreto y corre hacia nosotros repitiendo mil veces el grito de: ¡Almonte, Almonte!... Son amigos que vienen… Nuestras filas se abren para recibirlos… Pero no es más que un ardid de guerra, son hombres de la caballería enemiga que cargan contra nosotros con obstinación. No hay ilusión posible… Aun así, se les hace frente con tanto vigor que tienen que regresar al fuerte.

Sin embargo, tomadas entre los fuegos cruzados del fuerte y de los cinco batallones tendidos sobre las alturas, nuestras tropas renuncian a prologar la resistencia frente a una avalancha de metralla y un enemigo tan numeroso y tan bien abrigado. Se repliegan detrás de las primeras anfractuosidades del terreno. Su concurso falta pues al ataque de la izquierda, que continúa desplegando esfuerzos heroicos, hasta el punto de que en las últimas filas de los defensores de Guadalupe, se discute ya acerca de si el fuerte deberá ser abandonado en manos de los franceses. Un camino cubierto que después pude yo seguir une el Fuerte de Guadalupe al de Loreto. Por ahí se hubiera podido descender hacia la ciudad. Sí, los defensores de la plaza fueron rechazados por breves momentos.

Hay patios y callejuelas entre las construcciones del viejo claustro… Levantaos vosotros, sombras de quienes los habitaron en la paz y en el silencio y que dormís hoy en sepulturas que fueron cavadas seguramente por vosotros mismos.

Contemplad esos héroes que vinieron de tierras lejanas. No temáis que hayan llegado para profanar vuestra última morada. No vienen a buscar tesoros ahí donde reposan vuestros huesos y vuestro polvo sagrado. Tampoco vienen a poner desorden en las sepulturas. No luchan contra los muertos ni contra los débiles. .. Vedles luchando contra seres vivos a quienes no quieren vencer sino para resguardar la libertad de los que os sucedieron, por el honor de vuestros altares en cuya defensa todavía muchos más habrán de caer… ¿Qué ha sido de los altares ante los cuales vosotros mismos rezasteis vuestras plegarias? Yo he visto por tierra muchas de esas piedras sagradas, las he visto rotas, profanadas, informes entre el polvo y la desolación de los caminos. ¡Levantaos, pues! Admirad a los defensores de vuestra fe y de la independencia de vuestros hermanos… ¡levantaos!… y orad…

Algunos de nuestros soldados han logrado llegar, a pesar del fuego y del hierro, hasta el laberinto de las viejas construcciones. La lucha se redobla… hay encarnizamiento… matanza…

El número acabó por imponerse… Nuestros soldados han muerto, pero cumpliendo valientemente con su deber. ¿Un hombre de paz puede decir siquiera que gozaron del consuelo glorioso de unos funerales brillantes?... Dormid, hijos míos, dormid vuestro sueño de paz. Yo vendré a bendeciros y a rezar en vuestra tumba gloriosa.

Un solo hombre escapó. ¿Puedo decir que fue de un calvario? No, prefiero llamarlo glorioso Tabor. Fue el clarín de los bravos cazadores de a pie que, parado sobre las trincheras, lanzaba a sus camaradas las notas arrebatadores de la carga. Ya dije el nombre de este héroe, pero lo repito aquí. El nombre de Roblet, del Séptimo de Cazadores, debe pasar a la historia…

Señor general comandante en jefe, ¿es un fracaso el que acaban de sufrir vuestros soldados? No; para vos, el resultado de esta primera tentativa no puede ser dudoso. Por eso no perdéis el ánimo. Por eso mismo tomáis ya un nuevo partido. Comprendiendo la debilidad de la artillería con que contáis y habiendo intentado inútilmente escalar las alturas, franqueando así los obstáculos que se ofrecían a cada paso, la habéis condenado a una lamentable inacción… Sin embargo, todavía podéis aspirar a la victoria. Así está bien, mi general… Hay que saber aceptar las peripecias de una batalla sin dejarse dominar por ellas. Para un comandante en jefe la serenidad representa siempre la posibilidad de hacer nuevas combinaciones o, mejor todavía, de seguir hasta su culminación un plan que se haya elaborado previéndolo todo, pero con subordinación a las eventualidades que pueden presentarse de manera inopinada.

Ahora bien, general, desviad vuestras miradas por un instante de las pendientes de Guadalupe. ¿Qué pasa en la llanura? Dos compañías del Primero de Cazadores que manda el capitán Lellier han permanecido en línea de tiradores, en la retaguardia de ese batallón que sube al asalto. Le hacen frente a los jardines de Puebla y deben proteger el flanco de sus camaradas. Pero de pronto son asaltados por una nube de jinetes mexicanos. Reunirse, al paso veloz, alrededor de su jefe; hacerle frente al enemigo, formando cuadro; presentarle, con sangre fría, un muro inquebrantable, es para nuestros soldados cuestión de un momento. Los escuadrones enemigos que avanzan al galope tendido vienen a estrellarse contra las bayonetas de los cazadores sin abrir una sola brecha en esta muralla erizada de acero. Una segunda carga es rechazada del mismo modo y nuestra ciudadela humana permanece inconmovible. Los huecos que pueden abrirse al chocar contra 1 400 o 1 500 hombres de a caballo se cierran al instante. ¿Cuántos son nuestros cazadores? ¡Alrededor de 130!... Lo cual prueba que en un combate cuentan más el valor y el heroísmo que el número.

El general Lorencez, al rendir parte, dirá:

Esas dos compañías se defendieron de tal modo, que no sabría yo si debería admirar más a los que avanzaron para hacerle frente al fuego de Guadalupe, o a los cazadores que, sin impresionarse por el número de los enemigos que los rodeaban, se agruparon con la mayor serenidad, matando y acabando de dispersar a los hombres de a caballo que los atacaban.

El general Lorencez se prepara para ordenar un nuevo ataque contra la plaza. Quiere lanzar contra Guadalupe dos compañías de zuavos que han permanecido cerca de él, como reserva, a media cumbre; dos compañías que esperan impacientes, según se debe pensar, lanzarse sobre aquellas murallas desde las que Roblet los convoca con notas agudas y heroicas; Roblet, al que las balas siguen respetando… Roblet, que es una bandera y que es en aquel momento el resumen de lo que representa el valor y el genio de Francia. ¡Cómo se veía hermoso aquel clarín del Primero de Cazadores sobre esa muralla, sobre esas trincheras de las que se había hecho dueño! Él mandaba, se le obedecía.

Lorencez preparaba una nueva tentativa, cuando una circunstancia fatal vino a echar por tierra y a dejar para más tarde ese laurel de la victoria que nuestro ejército estaba a punto de alcanzar con mano valerosa y palpitante. Lo que ocurrió fue que en la atmósfera se produjo uno de esos cambios bruscos como sólo se contemplan en las regiones tropicales. Un negro velo monta y se extiende y se hace rápidamente más espeso bajo aquel cielo extraño. Con él camina algo así como una oscuridad de noche cerrada. El viento del sur sopla con violencia. Y se desata de pronto una tempestad de polvo y de arena. A unos cuantos pasos de distancia no se puede distinguir lo que ocurre ni lo que pasa.

… Esta primera tempestad pasa tan rápidamente como el viento que la arrastra… ahora se creería estar bajo una bóveda sombría que se apoyara sobre las frentes fatigadas y canosas de esos gigantes del mundo que han surgido de la inmensa planicie y que son el Popocatépetl, el Iztaccíhuatl, la Malinche y el Pico de Orizaba… ¿Cuál es su profundidad?... En unos cuantos minutos se desploma… Y en medio de sus ruinas, de sus avalanchas, se ven círculos inmensos de fuego que parecen multiplicarse. Se hacen más grandes los estruendos del trueno que repiten con fidelidad y con furia los ecos de la montaña. Unidos a esos sublimes horrores, el tronido del cañón se escucha mezclado con las voces formidables del cielo… Los disparos de los cañones y los obuses estallan sobre las rocas, o en el curso de sus parábolas, que parecen continuar los surcos de fuego… que surgen de las nubes… La obra de Dios… confundida con la de los hombres… Voz de Dios que llevará siempre la primacía sobre las voces que él permite a la materia… Y el cielo descarga en torrentes de lluvia y granizo.

Si no habéis visto esas tempestades que comienzan por un huracán, por esos terribles remolinos de polvo y arena, por esos relámpagos tremendos… Di no habéis visto, después, el granizo y la lluvia cayendo como un diluvio, no podréis formaros la menor idea de ello.

Vosotros, que estuvisteis en el campo de batalla que se extendió desde Castiglioni hasta Solferino y Volta, ¿os recordáis de esa terrible tempestad que vino, por decirlo así, como mensajera del cielo, para anunciar con su voz potente que había que terminar? Muchos muertos y muchos agonizantes habían quedado esparcidos sobre las llanuras de la Lombardía… Y el cañón francés y el cañón austriaco siguieron por mucho tiempo pugnando por hacerse oír junto con la voz de Dios, para que su estruendo fuera repetido por los últimos picachos de los Alpes que incendiaba el rayo y desgarraba el alma. Por cuanto a mí, pequeño ser perdido en medio de los muertos que bendecía y de los agonizantes que consolaba por la última vez, aún recuerdo todos aquellos desgarramientos de la naturaleza y todos los estremecimientos de nuestros altivos batallones, que a toda costa, incluso bajo un cielo que parecía desplomarse, luchaban por conseguir la victoria… ¡Porque a veces para el Todopoderoso ésta es la manera como transmite sus órdenes y su voluntad soberana!

Aquí, pues, y con toda la potencia y la furia de las regiones tropicales, los elementos conspiraron contra nosotros. Ya comenzaron su nefasta obra en el mismo campo de batalla, desde los primeros instantes de su terrible tormenta. El rayo ha herido y hecho astillas un pino que crecía solitario en la cresta de la montaña. El estruendo del cañón aterroriza, pero se habitúa uno a él. ¿Puede uno habituarse, en cambio, tan repentinamente el estruendo del rayo? Los elementos impresionan más que la cólera de los hombres, cualquiera que sea el medio que éstos puedan emplear.

Los mexicanos, en medio de esta terrible sacudida de la naturaleza, no oponen ya más que una resistencia débil. Nuestros primeros soldados, que habían llegado hasta las murallas y hasta los puntos avanzados de Guadalupe, habían muerto o estaban mortalmente heridos. Los que han sido lanzados a su rescate, los que han permanecido a escasos cien metros, no habrían dejado de llegar seguramente de llegar hasta el interior del fuerte… Pero el viento y un polvo espeso lo ocultan todo a sus ojos… Y esas nubes que, después de haberse reunido, como si fueran montañas negras y profundas, compactas y furiosas, se entreabren y vierten torrentes de granizo y lluvia… Las pendientes se hacen de tal manera resbalosas que los hombres apenas pueden permanecer de pie. Los zuavos y los cazadores emprenden un último esfuerzo, un esfuerzo supremo, sublime, contra los elementos desencadenados, contra los obstáculos que sin cesar renacen… El suelo parece faltarles bajo los pies… Para no ser arrastrados por el torbellino que no cesa, por ese viento tempestuoso, vedles aferrarse a las rocas que surgen de la tierra, a los arbustos espinosos que desgarran y ensangrientan sus manos… Su voluntad los lleva adelante… Pero parece como si todas las potencias enemigas los hubieran clavado, inmovilizándolos para privarlos de la victoria que tanto merecían.

¡Valientes muchachos!... ¡Fuerza es deteneros al momento en que ya estabais por alcanzar la victoria!... ¡Fuerza es deteneros!... Pero no, a pesar d todo y contra todo, yo los vi luchar todavía. Los hubo, en los últimos momentos del combate, que llegaron a estar en los fosos; ahí no hay más que cadáveres… Quieren escalar las rocas, los muros que los separan del enemigo. Pero ahí está la tormenta que paraliza sus voluntades. La resistencia humana tiene límites. La voluntad, sobre todo una voluntad como la de estos bravos soldados, ¿lo podría entender?, no… Pero la voz de mando estaba ahí para indicárselos, para mostrárselos, en resumen.

¡Son las 4 de la tarde!... ¡La última hora para los muertos!... ¡Las 4 de la tarde!... Y todo terminó para los héroes que cayeron. Ante la imposibilidad de sostener la lucha por más tiempo, Lorencez ordena que se toque retirada. La orden llega apenas a los oídos. Pero todos la comprenden bastante como para obedecer. Y… ¡obedecen!!!

Descended, mis muchachos. Habéis luchado noblemente en uno de los combates de Francia. Retiraos, pues, tristes indudablemente, pero no creáis que habéis sido vencidos por hombres que son vuestros semejantes. Había una resistencia que no precedía de ellos y que venía de más allá.

He aquí lo que decía el general en jefe en su orden del día:

Cuando me di cuenta de que era imposible prolongar por más tiempo la heroica lucha en que estábamos empeñados, hice descender los batallones que la sostenían aprovechándome de los accidentes del terreno hasta detenerlos al pie del cerro para que tomaran nuevamente sus mochilas. Quedaban por evacuar los heridos que,, durante el combate, había hecho llevar hasta la granja situada a 2 200 metros del fuerte. Los hice salir en pequeñas fracciones, para evitar el fuego de la artillería mexicana, que seguía disparando sobre todos los grupos. Cuando esta operación quedó terminada, la noche estaba ya a punto de caer. Nuestras tropas se retiraron hasta nuestro campamento por escalones, en el mayor orden y sin que el enemigo se atreviera a avanzar contra ellas.

Se había comenzado la marcha a las 5 de la mañana. Se combatía desde el mediodía. Y tan lejos como pudieron todavía alcanzar a nuestros batallones, los proyectiles mexicanos los siguieron en nuestra retirada. Sí, había tristeza en las miradas y en las palabras. Nuestros soldados habían descendido con paso tranquilo y bien medido de las mismas alturas que habían escalado por la mañana abrigando tantas esperanzas… Muchos compañeros, allá arriba, dormían el sueño de la muerte.

La noche tendió su velo sombrío, velo de duelo, sobre el campo de batalla y ocultó ante los ojos del enemigo a las columnas francesas. Se hizo el silencio en los fuertes. En la planicie se escuchaba el rodar de nuestras carretas y de nuestra artillería, lo mismo que el ruido acompasado de la marcha de nuestros soldados… A las 9 de la noche llegamos a nuestro campamento, montados a caballo sobre el camino que conduce de Amozoc a Puebla, y al pie de las tres eminencias desde las cuales nuestras avanzadas podían vigilar la planicie. La ambulancia se instaló en la Hacienda de los Álamos.

Las naciones tienen derecho de interrogar sobre el saldo de un día de batalla. Permítaseme que yo proporcione el de la Batalla del 5 de Mayo. Sobre 2 500 hombres que subieron al asalto, cerca de 500 han quedado muertos, heridos o prisioneros en poder del enemigo.

Mundo Nuestro. Publicado por el Fondo de Cultura Económica en el año de 1973, el libro Los vencidos del 5 de Mayo, escrito originalmente en pergamino por el abate francés Jean Efrem Lanusse, debe ser lectura obligatoria de los mexicanos. El autor acompañó por más de veinte años, entre 1850 y 1870, como capellán al ejército expedicionario francés, entre los imperios del siglo XIX, uno de los más activos. Es probable que esta crónica la haya escrito ya de regreso en Francia, ya en la década de los ochentas de aquel siglo.

Con un prólogo excelente a cargo de Marte R.Gómez, un ingeniero agrónomo tamaulipeco que participaría en la revolución y en los primeros repartos de tierra en territorio zapatista, y quien llegaría a ser secretario de Agricultura en el régimen posrevolucionario, el libro es una crónica de los acontecimientos provocados por la invasión francesa en 1862, centrado por supuesto en la batalla del 5 de Mayo. El abate escribió tres episodios de la expedición en México, el combate de Camarón, la batalla del Cerro del Borrego, y nuestra propia epopeya.

Hasta donde sabemos, en español sólo se ha publicado esta edición de los vencidos del 5 de Mayo.

Mundo Nuestro publica en dos tantos un extracto del relato de la batalla que, más allá de todos los lugares comunes de nuestro nacionalismo, encarrilla finalmente ese complejo proceso por el que el pueblo mexicano encontró su destino como nación.





Los vencidos del 5 de Mayo, por Jean Efrem Lanusse

Nos veremos mañana, general Zaragoza.



Es el 5 de mayo de 1862, y estamos a 16 kilómetros de Puebla. Al despuntar el alba, la columna deja Amozoc, donde nuestros hombres habían descansado una noche después de pasar muchas fatigas… A pesar de ello nuestros soldados dan muestral del mismo entusiasmo, del mismo arrojo que han sabido ofrecer en todas las grandes ocasiones, lo mismo que en todos los campos de batalla. Que se les hable de subir al asalto de los dos fuertes que dominan a la ciudad, o de marchar de frente contra las potentes barricadas erizadas de cañones y de numerosos defensores y se verá si no son como siempre los soldados del deber y de la disciplina, los hijos de la Francia militar y los caballeros que, por encima de todo, van al encuentro del peligro como si no existiera. Por lo demás, tienen la convicción de que el existo está asegurado.

Y llevan en el corazón confianza ciega en las ordenes y en las consignas de sus jefes. Marchad, pues muchachos, sin inquietud ni antes o después del combate. Durante la batalla toda ha sido previsto, después de ella tendréis vuestro repuesto en víveres y municiones, si acaso os falta. El enemigo no podrá apoderarse de las carretas en que os será llevado. Sobre ellas velarán camaradas vuestros que están resueltos a defenderlas a cualquier precio.

A las 9:30 bajo un sol que reparte torrentes de luz y después de haber sobrepasado algunos accidentes del terreno, nuestro ejército se encuentra a la vista de Puebla… ¡Puebla! La Puebla de las mil torres y campanas, con su multitud de ricas iglesias dibujándose contra el cielo purísimo… ¡en medio de una planicie que parece inmensa!… Al este, detrás de nosotros, hemos dejado las nieves eternas del Pico de Orizaba. A lo lejos, frente a nosotros, por el oeste, una veintena de leguas, están el Popocatépetl y el Iztaccíhuatl con sus nieves eternas. A nuestra derecha, por el noroeste, está la cadena de montañas de La Malinche.



¡Guerra!... Lucha atroz, horrible… Lucha insensata de los hombres y de las cosas, ¡yo te maldigo! Estamos en presencia de una de las grandes obras de Dios y, sin embargo, apenas si la miramos. Se va a matar y a morir… Todo el pensamiento está concentrado en ese propósito: ¡matar!

Matar a nuestros semejantes a sangre fría, sin enojo… matarlos obedeciendo la voz del mando porque se nos ha dicho que hay que matar. ¿Se ha conocido acaso…. al que inventó la guerra?

En nuestra marcha de Amozoc a Puebla sólo encontramos un tropiezo, ya casi a la vista de la ciudad. Fue una línea de tiradores que apareció por nuestro flanco derecho abriendo fuego contra los nuestros. Rechazada por nuestros cazadores a pie, se dio a la fuga y desapareció detrás de las colinas rocosas que unen Guadalupe a Puebla.

Mientras que nuestros soldados preparaban el café, el coronel Valazé, jefe del estado mayor, seguido de un escuadrón de cazadores, se dispuso a practicar un reconocimiento en dirección al norte. Quería estudiar el terreno en dirección de Guadalupe y juzgar, hasta donde fuera posible, la posición del fuerte.

Fue entonces cuando un general mexicano, que formaba parte de la comitiva de nuestro general en jefe, le aseguró una vez más al comandante del Cuerpo Expedicionario que las puertas de la ciudad serían abiertas y sus autoridades le ofrecerían las llaves de la misma entre repiques de campanas y gritos de alegría de una población rebosante de entusiasmo, y que, por ello mismo, ese mismo general declaraba que el reconocimiento resultaría completamente inútil.

Esas palabras nos fueron trasmitidas por uno de nuestros oficiales que las oyó y las escribió al día siguiente en forma de nota. Por lo demás, ¡muchas otras veces nos había repetido lo mismo con respecto a la buena acogida que se nos brindaría pro todos lados!

El coronel Valezé sin embargo, llevó a cabo su reconocimiento.

Los mexicanos estaban decididos a defender a Puebla a toda costa. Amén de las numerosas y sólidas barricadas con que habían cerrado las calles alrededor de la catedral, en el centro de la ciudad, habían formado también un amplio reducto, Zaragoza contaba aproximadamente con 12 mil hombres, que mandaban los generales Berrriozábal, Díaz, Negrete, Lamadrid, Tapia Álvarez. También había destacado tropas que cerraban el paso a las partidas de reaccionarios que trataban de incorporarse al ejército francés, el que por su parte había hecho alto a los tres kilómetros de la ciudad. Negrete ocupaban las alturas con unos 1 200 hombres y dos baterías de campaña y de montaña. El resto de las tropas vigilaban la planicie por donde se esperaba el ataque.

¿Y nuestros soldados?... ¡Nuestros soldados hacían café!... Lo acabo de decir, a tres kilómetros, en las narices mismas de los mexicanos, que ocupaban los fuertes de Loreto y Guadalupe, y con los cuales se iban a medir de un momento a otro.

Se lleva el valor en el corazón… el valor nos acompaña todos los días y a todas horas. Sin embargo, cuando suena la hora, hace falta inyectar un poco más de energía en los miembros que están para acometer una hazaña que se sale de lo común. Nuestros muchachos hacían su café con la misma calma, con el mismo aplomo, diría yo, que si hubieran estado en Longchamps, en espera de una de las granes revistas del emperador. Porque el soldado francés, en campaña, es el ejemplo más acabado de la imperturbabilidad que se pueda ver. Está más tranquilo, tiene más aplomo, ésa es la palabra, y parece más buen chico, quizás, que cuando se encuentra en el cuartel de Babilonia o en la hortaliza donde suele parecer más preocupado, más pensativo… ¡No sabe de qué! Por qué constaría trabajo que él mismo lo dijera. Pero, en resumen de cuentas, no tiene el aspecto indeciso, esa apariencia, esa actitud de astucia que no lo abandona nunca cuando está en campaña. Porque en estos casos no es una lluvia cualquiera, sino un torrente de frases ingeniosas, de agudezas que asombran y que cautivan, las que salen de sus labios y hacen que las gentes dejen de pensar en ellas mismas… para ser todo oídos. Un poeta diría: esta lozana juventud va en pos de la muerte... y la mayoría de ella encontrará heroicamente, combatiendo… ¡Sus voces son como el último canto del cisne!... Esto y aún más si se quiere, inclusive, y con muchos signos de admiración, señor habitante del Parnaso. Por cuanto a mí, sólo veo en ellos a los mejores solados del mundo, a los soldados de Francia que desprecian a la muerte para cumplir su deber y para que una nueva gloria se pose en los pliegues de su bandera. ¿Piensan siquiera en la muerte? El cazador de África afila su enorme sable mientras que platica con su amigo, el rápido corcel que trajo de los desiertos africanos. El Chacal observa si sus polainas están bien anudadas, si su chacó tiene todas sus partes en el sitio reglamentario. El Cazador ligero, el bravo Marposa, hacen otro tanto por su lado y después… ¿Después?... a cumplir con el deber, suceda lo que suceda.

¿Qué se puede esperar o, mejor dicho, qué es lo que no puede esperarse de un hombre que piensa así?… Un día, algunos de sus camaradas le hablaban al Zuavo Tempranero, prematuramente de sus numerosas heridas.

--¡Heridas esas!-… vaya pues, ustedes no saben lo que dicen —les contestó--. ¿Tengo mil veces razón, no es cierto, señor capellán, cuando digo que éstos son unos niños de teta? No se puede decir que un hombre haya recibido verdaderas heridas a menos de que le falten tres kilos de carne en el cuerpo, o la mitad de la cabeza. Sea enhorabuena.

Sin embargo, Lorencez, apoyándose en la opinión del los comandantes de la ingeniería y de la artillería, aunque contrariando los consejos que le había dado un ingeniero mexicano en Amozoc, decidió que se comenzaría por ocupar los fuertes de Guadalupe y Loreto. El ataque se iniciaría, en primer lugar, contra el primero de ellos, que se encontraba más cerca de la hacienda de Los Álamos, donde estaba agrupado el convoy. Se hacían ya, a lo largo de una hondonada que había que cruzar, rampas para la artillería. Aunque también era cierto que antes de llegar al los fuertes se hallarían pendientes difíciles de escalar, menos difíciles, sin embargo, del lado de Loreto. Pero este fuerte parecía muy alejado.

A las 11 se tomaron todas las disposiciones requeridas. Desde lo alto del las torres de la Catedral, Zaragoza, que se mantenía dentro de la ciudad a la defensiva, y Negrete, desde las alturas de Guadalupe, debieron comenzar a darse cuenta de los proyectos del ejército francés.

Avanzaréis pues, mis muchachos, sin temor de que sobre nuestra columna de ataque se lancen las reservas del enemigo. Nuestros cazadores a pie sabrán mantenerlos a distancia. Nuestros fusileros de marina y una batería de montaña estarán pendientes de la caballería mexicana en tanto que la nuestra, nuestra valiente caballería, cuyo valor es conocido, estará lista para lo que se ofrezca. Numerosas ocasiones os ha mostrado ya lo que es capaz de hacer. Las compañías 99 y 4 de infantería de marina servirán de resguardo al convoy.

Dos batallones de zuavos forman la columna de ataque. Con ellos va la batería montada del capitán Bernard y cuatro piezas de la batería montada de marina que manda el capitán Maillet. Esta es la columna que atraviesa la hondonada y se lanza hacia la derecha, para escalar las alturas por las pendientes menos abruptas. A una distancia aproximada de 2 200 metros, se ve cómo se despliega en línea de batalla. ¡Qué aparición para los defensores de Guadalupe! ¡Son los zuavos!, debió exclamarse, o murmurarse sordamente, en los pechos palpitantes… Los zuavos, de los que era bien sabida la furia tradicional. Se debió dirigir la mirada hacia los fosos y hacia las murallas para comprobar por última vez si los fosos no eran bastante profundos, las murallas suficientemente altas para que los chacales no los pudieran franquear.

A cierta distancia de la columna de asalto está una reserva formada por el regimiento de infantería de marina. Como esta columna podía sufrir el choque de la caballería mexicana, los fusileros marinos y una batería de montaña han sido destacados hacia su derecha. El batallón de cazadores, hacia la izquierda de la línea de batalla, le da frente a las fuerzas mexicanas que están apostadas en la llanura. El 99 de línea y las cuatro compañías de la infantería de marina resguardarían el convoy.

Y ahora que todo está listo para la lucha, permítaseme una reflexión. Se nos habían prometido 10 mil soldados de Márquez… ¿dónde están?

Puebla debía abrirnos sus puertas. Sus habitantes venir a nuestro encuentros presas del mayor entusiasmo… Nada, absolutamente nada… ¡el vacío, el silencio más completo en la llanura…! Salvo por nuestra parte, el ruido de los hombres que marchaban para desarrollar el plan de combate…El paso de los caballos de nuestro valiente escuadrón de cazadores de África, que avanza a la retaguardia de la columna de infantería…después una ambulancia que se establece en los edificios de la Rementería.

Se escucha un disparo de cañón, uno sólo. Partió del Fuerte de Guadalupe… Para los mexicanos es la señal del combate… Pronto una línea de fugo hará relampaguear los parapetos del fuerte...Se dispara sobre nosotros... ¡La batalla comienza! Quienes no estuvieron nunca en un campo de batalla desconocen lo que puede ser ese solemne momento.

¡Son las 12! El sol ha hecho ya la mitad de su carrera. La mayoría de los jóvenes héroes ahí presentes no están en mismo caso por cuanto a los años que deberían vivir en Tierra… Vos lo sabéis, Dios mío, vos que fijáis el amanecer y la noche de nuestra existencia. Pero siempre será verdad que para ellos la última hora no sonará sino después de que hayan cumplido el deber más grande, el de morir por el honor y la gloria de nuestra patria. Si caen, caerán como mártires. ¡Guardar para ellos, después de las palmas de la tierra, la otra más preciosa aún que es la de la inmortalidad…! Bendecid a nuestros hijos lo mismo que a su vigor y su valentía.

Y ahora, soldados de Francia, que todas nuestras miradas y todos vuestros esfuerzos se dirijan hacia el sitio formidable que os ha sido mostrado.

Nuestra artillería ha principiado a disparar, a tiempo también de que nuestros zuavos se han desplegado a uno y a otro lado de nuestros cañones, en espera, con el arma descansada, de la apertura de una brecha que están ya impacientes de flanquear. Miden mientras tanto la distancia que los separa de ese temible fuerte en el cual, después de todo, se encuentra esperándolos un enemigo más numeroso. Ven todas las dificultades del terreno: una barranca que han de franquear, pendientes de lo más escarpadas. ¡Qué importa!... El enemigo está más allá… Hay que ir a buscarlo.

El general Zaragoza no había previsto un ataque en esta dirección. Suponía que, como siempre y según los consejos que había debido recibir el general francés, éste se presentaría por el rumbo del Carmen. Con toda prisa, manda entonces que ocupe el cerro de Guadalupe —que s un antiguo convento convertido en fortaleza—la brigada Berriozábal (que va a reforzar la división de Negrete), y hacer salir de la ciudad, por detrás de Loreto, un cuerpo de caballería que deberá cargar por su extrema izquierda sobre la columna de ataque. Con el grueso de sus tropas, él mismo toma posiciones: A su izquierda, la brigada Lamadrid, apoyada contra el cerro de Guadalupe: a su derecha, la división Díaz, que llega hasta la iglesia de los Remedios; en los suburbios de la ciudad, a su extrema derecha, el resto de la caballería.

En el Fuerte de Guadalupe se produce un vivo cañoneo, se escuchan disparos nutridos, desesperados, diría yo más bien, que se lanzan contra nuestras líneas. Nuestros soldados mientras tanto, inmóviles bajo el fuego de los mexicanos, esperan siempre que se abra una brecha. Júzguese de su impaciencia. Para soportarla mejor, inventan un pasatiempo, el de hacer reflexiones: ¡Qué mala puntería tienen esos artilleros! Deberíamos ya estar hechas una compota. Si tiran así cuando salen a cazar patos, no deben comer a menudo carne de pato.

¡Es la 1 de la tarde!

El sol baña con torrentes de luz y de fuego los campos; los fuertes, que truenan y rugen; nuestras armas, que brillan; Puebla, cuyos millares de cúpulas recubiertas con azulejos de mil colores centellean anunciando un día de fiesta mejor que una jornada en la que la muerte deba cumplir su lúgubre trabajo…

¡Es la 1 de la tarde!... Algunas existencias, en unos cuantos instantes más, volverán a tu eternidad, Dios mío… ¡Es la 1 de la tarde!… Y el que por el momento es el ejecutor de nuestra voluntad suprema partió ya: Lorencez, a caballo, aparece sobre una eminencia desde la que se domina la llanura para poder verlo todo y juzgar de las peripecias del combate. Lo sigue su estado mayor: el coronel Valazé, el capitán Rousset, el teniente príncipe Bibesco, el teniente de navío Le Belloco, el insignia de Chavannese, el insignia Beauvoir, el capitán ayudante de campo Custey, el teniente De la Tour du Pin del 56’, el subteniente de cazadores de África, Ney-d’Elkinghin, y los oficiales de órdenes Raoul (subteniente militar administrativo) y Braconnier, oficial de administración.

Lo siguen igualmente tres mexicanos: el general Almonte, el general Taboada y el coronel López.

De un golpe de vista, Lorencez se ha dado cuenta de que nuestro fuego, a pesar de que está bien apuntado, corre riesgo de no ser eficaz por lo accidentado del terreno sobre el que está construido Guadalupe. Dicta órdenes inmediatamente. El comandante de artillería debe hacer avanzar sus piezas y remudar desde luego el fuego. Pero en el muro del fuerte sobre el que se trata de abrir una brecha no se obtiene ningún resultado, siempre por culpa de la disposición del terreno. Acercándose, inclusive, se deja de ver Guadalupe. Y nuestras diez piezas no están más que a 2 mil metros de él.

Truena el cañón. Las balas silban al recorrer el espacio que las separa del fuerte, después de cruzar las hondonadas, y se estrellan a menudo contra grandes rocas que se diría que hubieran sido colocadas a manera de vanguardia, contrafuerte o botarete frente a la muralla que se quiere destruir. El enemigo, cuyas piezas están muy bien servidas, desde el principio nos ha sacado ventaja con sus tiros. Al cabo de una hora y cuarto de un cañoneo que ha consumido la mitad de nuestras municiones sin dañar las defensas de Guadalupe… ¿qué nos queda por hacer? Tomar una determinación que corresponda con la fogosidad de nuestros soldados. Vamos a confiarle la suerte a este día, toda la suerte de este día, a nuestra infantería.

Ya es tiempo. Es la larga espera, se dicen nuestros zuavos con impaciencia febril… que nos mande en lugar de sus metrallas. No diré: oíd esas murmuraciones; pero sí preguntaré: ¿veis esas pisadas de impaciencia, esas manos que se crispan sobre el fusil o sobre la bayoneta?

¡Son las 2 de la tarde!... Lorencez se precipita. Forma dos columnas con todas las tropas que están presentes en el sitio del combate y les muestra las viejas y sólidas murallas que deben asaltar. Por un lado va el comandante Cousin, que, a la cabeza de un batallón de zuavos, flanquea por la izquierda las formidables ondulaciones del terreno que están frente a de él, y se va a esperar al pie del talud que deberán batir las balas de fusil, los ovases y una avalancha de fuego... ¡Qué importa!... Del otro lado, es el comandante Morán quien se dirige al oblicuando a la derecha con otro batallón de zuavos para desviarse en seguida hacia Guadalupe. Tratará de abrigarse de los fuegos de Loreto… Pero ¿cómo escalar los muros? ¿Cómo entrar en la plaza, dado que nuestros cañones no han podido demoler esos pesados muros? ¿De qué manera? Se hace lo que en la precipitación de los acontecimientos resulte posible. Ved, pues, esos zapadores que siguen a nuestras dos columnas. Cada uno de ellos lleva una plancha provista de escalones que han sido clavados precipitadamente. Este medio de escalar es muy simple. La agilidad de nuestros soldados hará lo que falte. Por la izquierda se lleva un saco de pólvora, para hacer saltar la puerta del reducto…

Finalmente, el general en jefe, previendo que el éxito dependía del golpe de andancia que iba a intentar, no duda por un solo momento en desguarnecer la custodia del convoy. Le manda al batallón de cazadores la orden de que se le incorpore. Sostendrá el batallón próximo.

De pronto, resuenan los clarines….Es la señal del asalto. Se escucha el grito de ¡Adelante! Se escucha también un segundo grito: ¡Viva el emperador!...El ataque está desencadenado… se corre precipitadamente.

El general, con su porta-guión al lado y seguido siempre de su estado mayor, ve cómo se mueven sus tropas. Si está todavía montado a caballo, no es más que por su buena fortuna. Reconocido desde que llegó a la planicie, no ha dejado de ser blanco de los tiradores mexicanos. Ya una primera vez, aproximadamente a cincuenta pasos del casco de la hacienda de San José, donde fuera apostada una ambulancia volante, apenas se había detenido en una labor, cuando una bala de cañón disparada desde Guadalupe vino a caer a sólo dos metros de su caballo, antes de rebotar y de pasar entre el interpreté y el señor Braconnier, bañándolos de polvo.

Lorencez avanza todavía cerca de 200 metros más, para establecerse en un sitio desde el cual pueda verlo y dirigirlo todo. Para llegar a dicho sitio se necesita franquear un área descubierta de alrededor de 150 metros de largo. Le manda entonces a cada uno de los suyos que se lancen de frente, aunque sin ir agrupados, en cuanto él dé la señal de avanzar y tan aprisa como se pueda. Dada la señal, se entierran los acicates en los flancos de las cabalgaduras y se llega. Sólo uno, ¡ay!, quedó en el camino. Es el subteniente Raoul. Una bala de cañón lo ha hecho caer a tierra. Un amigo solícito corre a socorrerlo. Es el valiente Braconnier. Lo endereza, pero en sus brazos no tiene más que un agonizante. El abate Montferrand acude entonces para darle la extremaunción… Dos amigos que rezan y que lloran en medio de la muerte que los rodea. Braconnier hace llevar el cuerpo de Raoul hasta la ambulancia, y va a incorporarse al estado mayor. Cuando lo ven llegar, con las lágrimas en los ojos, Lorencez y el coronel Valazé exclaman: “¡Dios mío, ha muerto el pobre Raoul! ..¡Qué perdida para el ejército!”

¡Son las 3 de la tarde!

¿Es únicamente la hora de los que mueren?... ¿o es acaso la hora de la victoria para nuestro puñado de héroes?

Ya lo dije antes, los zuavos del Segundo Batallón se han lanzado al ataque, pese a todos los obstáculos, con esa impetuosidad, con esa audacia que tantas victorias les han valido. Al lado de ellos, sobre la izquierda, aparecen las cuatro compañías de cazadores rivalizando en heroísmo para escalar la formidable posición que todavía está intacta.

A medida que nuestra columna se acerca al fuerte, la defensa se multiplica, la intensidad del fuego se redobla. En el aire ya no se percibe sino un zumbido de balas y metrallas, un huracán, una borrasca de hierro. Es una tempestad que ha desatado también su cólera terrible. Quienes solo lo vieron debieron temblar… Vieron cómo nuestros cazadores, nuestros zuavos, lucharon con entusiasmo, bravura y audacia… ¿Es una marcha o una carrera?... ¿O acaso es un vuelo, el de esos hombres que surcan el palacio sin detenerse ante ningún obstáculo?

Se acercan…nadie podrá resistirlo. Eso fue lo que se debió creer por un momento… Ya llegan… tocan las murallas… El enemigo, estupefacto al ver cómo brincan y reaparecen después de vencer un obstáculo, una zanja, una roca, ha debido preguntarse si eran leones o jaguares. Por eso en el fuerte se estuvo a punto, lo que he sabido después, de dar la orden de retirada. Se cambian impresiones…. ¡los franceses van a entrar...!

CONTINUARÁ……

El Museo Nacional de los Ferrocarriles Mexicanos, instalado en la antigua estación del Ferrocarril Mexicano en la ciudad de Puebla, cumple treinta años años este 5 de Mayo. En este marco, este texto de la Doctora en Historia Emma Yanes Riizo, autora del libro De estación a museo: la estación del Ferrocarril Mexicano, puerta de entrada de la Ciudad de Puebla.

El 5 de mayo de 1988 en el 126 aniversario de la batalla de Puebla, se inauguró por el presidente Miguel de la Madrid Hurtado el Museo Nacional de los Ferrocarriles Mexicanos, teniendo por sede la antigua estación del Ferrocarril Mexicano y de sus patios, inaugurada a su vez en 1869 por el presidente Benito Juárez. Fue en su momento el primer y único Museo de ese género en América Latina. Hoy en su 27 aniversario, el Museo sigue siendo un ejemplo importante de la defensa del patrimonio arquitectónico e industrial de nuestro país. Sin embargo ese proceso no fue sencillo.

En el presente texto nos referiremos no al conjunto de la historia de dicha estación, sino a una etapa crucial que finalmente derivó en el establecimiento del Museo: es decir, desde cuando el Ferrocarril Mexicano de capital inglés, pasó a ser propiedad de la nación, hasta el momento en que la estación de Puebla se asignó para Museo, luego de una etapa de abandono, destacando las principales circunstancias que llevaron a ello.



El Ferrocarril Mexicano como propiedad de la nación y la estación de Puebla.

En junio de 1946, el Ferrocarril Mexicano pasó a ser propiedad de la nación, para lo cual se estableció la Institución Pública Descentralizada Ferrocarril Mexicano. En el acto de entrega, el director de la misma, el inglés J.D.W. Holmes, manifestó su agradecimiento a los obreros nacionales y expresó que su empresa había sido siempre respetuosa de las leyes del país. Quedó como nuevo Gerente General Pablo M. Hernández. A partir de ese momento la actividad de los trabajadores de dicho ferrocarril dependió del Contrato Colectivo de Trabajo de los Nacionales de México.[1]



Las condiciones en que el gobierno adquirió la línea del Mexicano fueron muy malas. Vías en estado deplorable, equipo de tracción viejo e insuficiente, talleres con maquinaria anticuada (en general de 1870-80), zonas electrificadas en mal estado, líneas telegráficas precarias, escasez de material indispensable para la reparación ligera (como zapatas, ruedas, ejes, refacciones motrices, grasas y lubricantes), depósitos de combustibles vacíos y locales de trabajo que necesitaban reparaciones y adaptaciones, además de requerirse la construcción de muchos otros.[2]

Por todo lo anterior fue necesario suspender provisionalmente a lo largo de la línea las corridas de trenes de pasajeros y mixtos. Los seis últimos meses del año se hicieron estudios sobre las necesidades más urgentes para la reparación de vías y edificios, compra de material rodante y lo requerido para el área de comunicaciones.

En los primeros meses de 1947 se reanudó el servicio de trenes y se pusieron en circulación la serie de carros y los dos coches salón de acero, construidos en los talleres de Apizaco a iniciativa del obrero Leocadio Camacho.[3]



A su vez, en la estación de Puebla hubo cambios sobresalientes:

*Se repararon las líneas telegráficas.

*Se reconstruyó la estación.

*Se construyó una fosa de reparación de locomotoras.

*Se reparó la casa de máquinas.

*Se terminó la instalación de una báscula de vía para la estación.[4]

La estación del Ferrocarril Mexicano en los años sesenta. Foto: MNFM.

La rehabilitación del Mexicano continuó hasta los años cincuenta.

La estatua de Teodoro Larrey

El 28 de agosto de 1950 fue develada en la rotonda frente al Ferrocarril Interoceánico la estatua de Teodoro Larrey, quien fundó en 1900 La Unión de Mecánicos Mexicana, una de las primeras organizaciones obreras del país. En el acto estuvieron presenten el Lic. Florencio Padilla, representante del Secretario del Trabajo y Previsión Social; el señor Juan Ramírez Carranza, representante del señor Manuel R. Palacios, Gerente de los Ferrocarriles Nacionales de México, y Jesús Díaz de León, Secretario General del Sindicato de Trabajadores Ferrocarrileros de la República.

Develada la estatua referida, a la una y media de la tarde, fue puesta en servicio la locomotora de vapor 903, de vía ancha, construida, equipada y ajustada en los talleres del Ferrocarril Interoceánico, a excepción de la caldera que provino de Aguascalientes. La construcción estuvo dirigida por el maestro de los talleres mecánicos Rafael Rodríguez Familiar y su ayudante Benjamín Gutiérrez. También participaron Juan J. Maldonado, Mayordomo de Pailería, y Alfonso Vázquez, Jefe del Departamento de Aire. La 903, de 94 toneladas, se equipó con los frenos de aire más modernos, caldera de 180 libras de presión y 70 toneladas de peso. Por ser de vía ancha la máquina se probó en vías del Ferrocarril Mexicano a lo largo del mes de agosto de 1950.[5]

La locomotora 903 fue la cuarta máquina de vapor construida en el país. En 1913 se construyó en Aguascalientes la locomotora no. 40, en 1942 en Acámbaro, Gto., la 295, en 1944 la 296 en los mismos talleres y en 1950 en la ciudad de Puebla la locomotora ya referida.[6]

La 903 fue puesta en movimiento por el señor Armando López Harrañaga, Superintendente de la División Puebla de los Ferrocarriles Nacionales de México y entregada al Ing. Juan Manuel Ramírez Carranza representante del Gerente General de los Nacionales de México. Después de ese acto fue conducida a la estación del Ferrocarril Mexicano para ser trasladada a Nonoalco para ponerla a disposición de los trenes locales de vía ancha.[7] La construcción de la locomotora 903 dejó clara la capacidad de trabajo de los ferrocarrileros en la época del vapor, cuando en los Ferrocarriles Nacionales se había iniciado ya la dieselización.

La locomotora 903, construida en Puebla en 1950. Foto: MNFM.

Pero volvamos a la estatua de Larrey. Cuando la estación del Interoceánico dejó de dar servicio --a finales de los años sesenta-- la estatua fue llevada a la Plazuela del Señor de los Trabajos frente a la estación del Mexicano, donde antes estuvieron la estatua del presidente Benito Juárez y el busto del general Álvaro Obregón. La del líder del obrero --por cierto de grandes dimensiones-- quedó situada justo frente a la entrada del templo, lo que causó una ola de protestas de la comunidad católica, ya que la estatua llevaba consigo el símbolo masón. Finalmente, en los años setenta fue trasladada a la estación de los Ferrocarriles Nacionales de México --Av.80 Poniente-- donde permanecen hasta la actualidad.[8]

El crecimiento de la ciudad de Puebla y la estación del Ferrocarril Mexicano.

Entre 1930 y 1950 la estación y los patios del Ferrocarril Mexicano quedan ya prácticamente en la zona centro de la ciudad, según el plano comparativo del crecimiento urbano elaborado por Enrique Cordero y Torres, que incluíamos aquí. Para entonces ya existía el barrio de San Miguelito, la calle Ferrocarril que hace referencia al Interoceánico y la colonia Jesús García, a espaldas del templo del Señor de los Trabajos, por lo que su movilidad a otra zona de la ciudad empezó a ser considerada.[9]

Plano comparativo del crecimiento de la ciudad de Puebla, por Enrique Cordero y Torres, 1901-1950. Fuente: MNFM

La estación de Mexicano cerró parcialmente durante el movimiento de huelga conocido como vallejismo (1958-59). A partir de 1960 se destinó sólo al servicio de pasajeros. Recuerda en ese sentido el señor Ernesto Hernández Córdoba:

Los trenes del Mexicano salían de la estación del Mexicano por el siguiente motivo: el pasaje que viajaba en tren dejó de hacerlo porque salía más caro la dejada en taxi de alguna parte de la ciudad a la estación nueva para tomar algunos de los trenes que salían a México, que el propio precio del pasaje a la capital. Ante esa situación la empresa decidió que todos los trenes de pasajeros debían de salir de la estación del Mexicano.[10]

En las siguientes fotografías panorámicas de la ciudad de Puebla, de los años sesenta, puede apreciarse con claridad cómo el área de las estaciones y en particular la del Ferrocarril Mexicano, ya habían sido absorbidas por el desarrollo urbano por lo que el movimiento de los trenes, al interior de la ciudad, mismo que cruzaba importantes avenidas, se volvió altamente peligroso. Ello motivó que en la década de los setenta, las estaciones fueran reubicadas en las afueras de la ciudad. Como parte de ese crecimiento urbano, entre 1969 y 1972, la barda original de la estación del Ferrocarril Mexicano, sobre la 11 Norte (antes Avenida Juárez), fue demolida para ampliar la avenida 11 Norte-Sur. Y aunque se reedificó nuevamente, el patio y el jardín original se vieron disminuidos significativamente, como se ilustra más adelante.

Panorámica de la ciudad de Puebla en los años sesenta, al fondo, del lado derecho, la zona de las estaciones. Fuente: BUAP.

Panorámica de Puebla, detalle de la zona de las estaciones. Fuente: BUAP.

La demolición de la barda del Ferrocarril Mexicano durante la ampliación de la avenida 11 Norte-Sur, antes Avenida Juárez.

La demolición de la barda del Ferrocarril Mexicano durante la ampliación de la avenida 11 Norte-Sur, antes Avenida Juárez.

El cierre de la estación del Ferrocarril Mexicano y la iniciativa sindical

En 1972 la estación del Ferrocarril Mexicano cerró en definitiva. Entonces la sección 21 del Sindicato de Trabajadores Ferrocarrileros de la República Mexicana, que corresponde a Puebla, propuso a la empresa Ferrocarriles Nacionales de México, que en las áreas correspondientes a la estación del Mexicano y del Mexicano del Sur, se asignaran como escuelas para los hijos de los trabajadores ferrocarrileros. De igual forma la iniciativa sindical proponía que en los patios de las respectivas estaciones que colindaban uno con otro, se construyeran casas-habitación para los obreros del riel. A dicho año corresponde la siguiente imagen, publicada en el periódico El Heraldo, en abril de 1972.

La estación del Ferrocarril Mexicano en Puebla, en 1972, cuando ya sólo daba servicio a los trenes de pasajeros. Foto: El Heraldo de México en Puebla, 18 de abril 1972.

Sin embargo, la iniciativa sindical no surtió efecto. De cualquier manera, en 1973, tan sólo un año antes de que la estación del Mexicano cerrara, la empresa de los Nacionales de México, con motivo del Centenario del Ferrocarril Mexicano, realizó una ceremonia para honrar a los trabajadores más antiguos de esa línea. En el evento le otorgó una medalla de oro al señor Lorenzo Pérez Castro en reconocimiento por su trabajo: fue uno de los primeros en desempeñar el cargo de Ingeniero Principal, antes sólo otorgado a personal extranjero. Además se entregaron medallas al Mérito Ferroviarioa los siguientes trabajadores: Ismael Brito, Gervasio Alpízar, Baltasar Cuéllar, Leopoldo Vega, Francisco Bucardo, Ezequiel Téllez, Francisco Cerón, Rafael Ruíz y Carlos Vela.[11]

La memoria obrera

Prestamos aquí brevemente algunos testimonios de los trabajadores ferrocarrileros más antiguos que laboraron en la estación del Mexicano, en los que se constata el cariño de los obreros por la antigua estación.

Cuenta el señor Felipe García Pérez, telegrafista:

En la estación de Puebla del Mexicano había tres telegrafistas. Francisco Montes de Oca y Manuel Gómez Lara y Elisa Rendón. Esta dama tenía una letra muy bonita, era una mujer muy preparada. Escribía en papel blanco como si tuviera renglones y ella lo hacía muy bien.

Un telegrafista aparte de escribir muy bien tiene que saber escribir las órdenes con un lápiz grafo o manguillo.

Eran muy buenos, a veces se tenía que hacer órdenes con seis u ocho copias. El papel carbón también era de lo mejor.

El Mexicano se distinguió por que el tren cumplía con su horario al puro centavo, no llegaba a la estación ni un minuto antes, ni un minuto después de lo esperado. Los campesinos se orientaban con el tren para saber la hora. Los relojes eran reglamentarios y los hacía la H. Steele y Cía.

Yo dependía directamente del jefe de despachadores; el jefe de estación era el encargado de vigilar el buen funcionamiento del telegrafista, pero no tenía injerencia, era directamente el despachador quien vigilaba nuestro trabajo. Entre estos destacan don Rafael Leal, don Manuel Morueta, don Alfonso Alonso, don Luis Mendoza, don Luis M. Gutiérrez, don Ricardo Carvajal. El jefe de estación era el señor Jiménez, luego el señor Agapito García. El boletero era el señor Roberto Castillo.

Trabajábamos mucho. El telégrafo tiene un sonido muy especial. Por ejemplo, aquí en Puebla la llaman con la letra P, Apizaco Co, Co, y cada estación tiene su letra de llamando. Estábamos en la oficina de las ocho horas, comíamos afuerita para no dejar de oír el tic-tac del telégrafo.

Creo que lo más viejo de la estación es el árbol que está en la entrada, ahí el 16 de septiembre veía un señor, que era un estibador, con un cañoncito cargado con pólvora y lo ponía a echar cañonazos todo el día.[12]

A su vez, para el señor Raúl Cuéllar Gómez, oficinista, el mundo de la estación era de disciplina y compañerismo:

Cuando empecé a trabajar recorrí muchos puestos, casi todo el sistema del Ferrocarril Mexicano, fui boletero, cajero, bodeguero, documentador, ayudante de jefe de estación. Ya aquí en Puebla fui empleado, checador, bodeguero, revisador de flete y boletero. El checador es el que carga y descarga fletes. El bodeguero los recibe y los pesa. El ayudante de jefe de estación maneja al personal, lleva las listas de raya, hace la correspondencia. Cuando yo llegué era jefe de estación Roberto Cebada, Juventino Marín estaba como cajero, Roberto Martínez como bodeguero, Carlos Téllez como empleado de carros y en el telégrafo estaba la señora Elisa Rendón.

Nosotros teníamos que venir muy bien vestidos, no era especialmente un uniforme, pero si con corbata. En ese tiempo, cuando estaban los ingleses, el jefe de estación tenía que vestir de traje y con su cachucha que decía su cargo. Además teníamos un reglamento que decía todo lo que debíamos hacer, inclusive en ese reglamento nos obligaban a comportarnos bien en la calle, como debe ser. Las relaciones entre nosotros los trabajadores era como si fuéramos una gran familia, muy bien nos llevábamos todos, muy hermanados. Extraño esa época porque ya últimamente no se trabaja bonito, no se le tiene amor al trabajo.

El Señor Ángel Contreras Vázquez, el último Jefe de Estación, la manejó a control remoto desde la terminal de los Nacionales:

En el Mexicano había un gerente y su ayudante, un superintendente, una oficina de contaduría, un ingeniero residente que atendía la vía. La administración era distinta de las demás; al Jefe de Estación lo consideraban la puerta del ferrocarril, el responsable de la estación completa. Sus obligaciones: vigilar que cumplieran correctamente con su trabajo boleteros, documentadores, empleados de carros, bodegueros, vigilantes, cargadores, además de controlar la contabilidad. En Puebla se tenía la obligación de proporcionar carros para que fueran cargados a otros lugares y si había demora se le cobraba al jefe de estación.

Los trenes del Mexicano corrían tan exactos que usted podía poner su reloj con el de la estación con la seguridad de que la hora exacta era la hora en que pasaba el tren. Había una puntualidad y una disciplina extraordinaria, hasta rígida, pero estábamos contentos, no había demoras de trenes salvo algunos casos de fuerza mayor. La operación del ferrocarril era muy buena. El tren del flete salía a las ocho p.m. de Veracruz y llegaba a México a las ocho a.m. en punto.

En nuestro ferrocarril todo se hacía en forma precisa y había un ambiente de disciplina, por eso cuando nos pasaron a los Nacionales extrañamos nuestro ferrocarril, por chiquito que fuera era controlable y bonito. A los jefes de estación nos tenía mucha confianza: si teníamos que pagar por trabajo extra hacíamos una boleta y en México la autorizaban porque sabían que era verdad lo que se había trabajado.

Llegué a Puebla después de haber trabajado como telegrafista en Apizaco, había una vacante aquí. Un jefe de estación debe saber cómo funciona el telégrafo, el reglamento de transportes, qué es un tren, una señal, cómo vender un boleto, el precio, la distancia entre un tramo y otro, las tarifas, como documentar los carros, cómo clasificar la mercancía, etcétera.

En 1970, a la estación que es el museo, se le decía de pasajeros y a la nueva, la carga o terminal. Yo manejaba las dos estaciones, la primera a control remoto.

Los ferrocarrileros somos ingratos, así como llegamos a una estación nos vamos. A eso estamos acostumbrados, a entrar y salir y uno no vuelve a acordarse.

Como se desprende de las entrevistas el amor de los obreros ferroviarios por su empresa y su trabajo es una de las particularidades del gremio. El rielero no es un obrero común. Las características de su labor posibilitan la creatividad laboral, y el sistema de “ascenso” en las distintas especialidades hace que los ferrocarrileros busquen por iniciativa propia mayor capacitación para ir ganando, a su vez, un mejor lugar en la empresa y mayor prestigio entre sus compañeros.

El cierre de la estación y su abandono

En 1974 la estación dejó de funcionar en definitiva. Fue usada provisionalmente por la sección 21 del STFRM como local sindical y como escuela de capacitación, de lo que se conservan algunas fotografías.

La anterior sala de espera del Ferrocarril Mexicano como local sindical. Foto: MNFM.

La anterior sala de espera del Ferrocarril Mexicano como local sindical. Foto: MNFM.

Posteriormente, dada la falta de apoyo de la empresa Ferrocarriles Nacionales de México hacia las iniciativas obreras, la sección 21 del sindicato decidió abandonar en definitiva el local. Entonces el histórico inmueble y sus patios, al igual que los del Ferrocarril Mexicano del Sur, quedaron en el abandono. Los patios fueron utilizados como mercado y refugio de teporochos e inclusive se formó en ellos la colonia marginal La Lagartija.

La estación del Mexicano a finales de los años setenta, en el abandono. Foto: MNFM.

La barda perimetral del Ferrocarril Mexicano. Foto: MNFM.

Los patios abandonados del Ferrocarril Mexicano, al fondo, del lado derecho, los edificios que fueron con anterioridad casas de los trabajadores. Foto: MNFM.

Y la legendaria estación del Mexicano otrora inaugurada por Benito Juárez, donde se dio cita la alta sociedad poblana en 1869, se convirtió en vecindad.

Antigua oficina del Ferrocarril Mexicano convertida en vivienda familiar. Foto: MNFM.

Los patios del Ferrocarril Mexicano como parque público

A principios de los años ochenta, dado el constante deterioro de la zona, el Patronato Puebla Verde propició una iniciativa ciudadana para junto con el Ayuntamiento de Puebla, realizar en lo que fueron los patios del Mexicano y Mexicano del Sur, una siembra masiva de árboles y crear ahí un parque público. Hoy dichos árboles dan sombra a las actividades del Museo.

La estación del Mexicano, como sede del Museo Nacional de los Ferrocarriles Mexicanos.

Finalmente, en 1985, el director de la empresa Ferrocarriles Nacionales de México, Andrés Caso Lombardo, asignó a la estación del Mexicano y los patios de ese mismo ferrocarril y del Mexicano del Sur, como sede del Museo Nacional de los Ferrocarriles Mexicanos (en un área de aproximadamente diez hectáreas), con la idea de rescatar no sólo el inmueble histórico de la estación, también ejemplos nacionales de distintos tipos de vías y durmientes; así como del material rodante y de oficina de los ferrocarriles mexicanos, como parte del patrimonio industrial de México.

El proyecto del Museo incluyó desde luego el rescate de la estación conforme a su diseño original, pero asignando la otrora sala de espera como un espacio para exposiciones temporales. A su vez, las anteriores oficinas del Mexicano fueron remodeladas para su uso una como biblioteca abierta al público y otra como centro de documentación de archivos y documentos históricos ferroviarios. También se designó un espacio dentro de la estación para montar un taller de modelismo, con el objetivo de reconstruir en miniatura algunas de las locomotoras de vapor más antiguas, que corrieron en las vías del país en el siglo XIX. De igual forma se asignaron dos antiguos vagones para montar exposiciones rodantes.

En lo que se refiere a las vías, se realizó la recuperación en los anteriores patios del Mexicano de un nuevo tendido de vías para ejemplificar el crecimiento ferroviario y sus variables a lo largo y ancho del país: se colocaron así ejemplos de vía ancha, vía angosta y vía elástica, con sus respectivos durmientes de madera, de acero tipo “concha” y de concreto, así como su correspondiente balastro. Respecto al material rodante se hizo una selección de los distintos tipos de locomotora que corrieron en las diversas regiones de México, tanto de vapor, como diesel y eléctricas. Entre las primeras destacan la número 40 y la número 10, que dieron servicio en las líneas mexicanas a principios del siglo XX y que fueron trasladadas al Museo con un remolque. De igual manera se rescataron las locomotoras de vapor 650 y 1150; así como la Niágara 3034, una de las locomotoras de vapor de mayores dimensiones que corriera por las vías nacionales, con peso aproximado de 285 toneladas.[13] Dichas máquinas todavía arribaron al Museo por sí mismas, causando gran entusiasmo entre la población. El rescate incluyó también entre algunas otras piezas del material rodante, una grúa de vapor de la división Puebla y un antiguo cabús de madera.

La locomotora de vapor 650, por la avenida 11 Norte, rumbo al Museo. Foto: MNFM.

La locomotora de vapor 1150, entrando a los patios del Museo. Fuente: MNFM.

Cabús rescatado en los años ochenta para formar parte del Museo Nacional de los Ferrocarriles Mexicanos. Fuente: MNFM.

Grúa de vapor de la División Puebla, en el MNFM. Foto: MNFM.

Por su parte, en lo que a las locomotoras diesel se refiere, se incluyeron máquinas que corrieron en distintas partes de la república, como la 802 del Ferrocarril Coahuila y Zacatecas, la Nacionales de México 7020 y la 8209, además de la locomotora eléctrica 1001, que dio servicio en el tramo de la montaña del Ferrocarril Mexicano rumbo a Veracruz. De igual manera se rescató el autovía 104, que corrió de la ciudad de Puebla a Apizaco en los años cuarenta del siglo XX.

Las locomotoras diesel y eléctrica en los patios del MNFM. A la izquierda la estación del Mexicano. Foto: MNFM.

Exhibición del autovía que corría en el tramo Puebla-Apizaco, en el Museo Nacional de los Ferrocarriles Mexicanos. Foto: MNFM.

La inauguración del Museo

Como ya comentamos, después de la etapa anterior de incertidumbre y descuido para la estación del Mexicano, el 5 de mayo de 1988 se inauguró en el marco del 126 aniversario de la batalla de Puebla, El Museo Nacional de los Ferrocarriles Mexicanos, por el presidente de México Miguel de la Madrid Hurtado.

El público poblano en espera de la llegada de la comitiva presidencial, 5 de mayo 1988. Foto: MNFM.

El presidente de México Miguel de la Madrid Hurtado, acompañado del gobernador del estado de Puebla, Mariano Piña Olaya, en la inauguración del Museo el 5 de mayo de 1988.

La estación remodelada y la fiesta el día de la inauguración. Foto: MNFM.

El público recorre los andenes y tiene libre acceso al material rodante, el día de la inauguración. Foto: MNFM.

Desde entonces el rescate del acervo documental ferroviario a nivel nacional, así como las actividades en torno al Museo, han continuado de manera permanente, siendo un ejemplo importante de la protección de nuestro patrimonio industrial. Ojalá que de nuevo, en el actual aniversario de la batalla de Puebla contra los franceses, no pase desapercibido el también aniversario de este histórico recinto.



[1]Ferronales, julio 1946.

[2]Ferronales, septiembre 1950.

[3]Ferronales, septiembre 1950.

[4]Ferronales, septiembre 1950. Ferrocarril Mexicano informe de la Gerencia, pp. 22-24.

[5]El Sol de Puebla, martes 29 de agosto de 1950, primera plana, p. 5, y La Opinión, primera plana, p. 6.

[6] Para más información sobre la locomotora 40 ver revista Ferronales, agosto 1931. Sobre las máquinas 295 y 290 construidas en Acámbaro consultar Emma Yanes Rizo, Vida y muerte de Fidelita, la novia de Acámbaro. México, Ed. Conaculta, 1991, Colección Regiones.

[7]El Sol de Puebla, 29 de agosto de 1950, p. 5.

[8] Enrique Cordero y Torres, óp. cit., p. 348.

[9] Enrique Cordero y Torres, Plano conmemorativo del crecimiento urbano de la ciudad de Puebla, 1950. Mapoteca Juan A. Vivo, BUAP.

[10] Ernesto Hernández Córdoba, Un tren llamado vida, MNFM, Cuadernillos del Museo, número 4, 1994.

[11]Ferronales, febrero/marzo 1973.

[12] Entrevistas realizadas por José Antonio Ruiz Jarquín a jubilados del Ferrocarril Mexicano, 1992, inéditas.

[13] Ferronales, enero-febrero, 1989-90.

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En combate. La vida de Lombardo Toledano, (Random House, Debate, 2017) de Daniela Spenser.

Mundo Nuestro. Texto leído en la presentación en el edificio de la Aduana Vieja, del ICSYH de la BUAP el pasado 12 de abril.

El problema con la memoria es su arbitrariedad. Uno cree que escarba en un pasado dócil para el recuento de imágenes que esperan en un sendero que nunca ocultará la maleza del tiempo. Pero apenas se reconstruye el escenario y dibuja, por ejemplo, la calle de la infancia, se comprueba que los cuerpos que caminan por ella se mueven por su cuenta, perfilan rostros que no se buscan, patean la pelota en un juego en el que no se participa. Entonces el presente vuelve con ese intacto sentimiento de hastío, de gestos informes hechos bola arrojados al espejo de baño, ese cesto de lo que fuimos apenas hace un instante, ayer antes de afeitarte, siempre en el momento de cerrar los ojos al sueño.



Necesitamos entonces la memoria de los otros. Cuando es sistemática, cuando proviene de la investigación y del análisis, es historia. El paso del tiempo adquiere nombres y apellidos. Emociones concretas, decisiones personales, consecuencias. Por ahí nos aproximamos a una explicación de los sucesos del mundo.

Las historias paralelas 1



Regicida, crónica de Sergio Masttretta, escrita en octubre de 1990 para el periódico Cambio en la ciudad de Puebla.

Escribí este párrafo hace más de veinticinco años para contar la historia trágica del teniente del ejército mexicano Antonio Lama Rojas, el magnicida fallido, autor del último atentado de muerte contra un presidente de la república, el lunes 10 de abril de 1944 en uno de los patios de Palacio Nacional. Manuel Ávila Camacho sobrevivió por la fortuna de un chaleco antibalas al plomazo de la 45 reglamentaria disparado a quemarropa al salir del elevador.



Un soldado cristero y un general anticomunista presidente, los dos extremos de un Estado construido a balazos y que encontró en la oratoria flamígera del político e intelectual marxista Vicente Lombardo Toledano los fundamentos para la construcción de la derrota histórica de la clase obrera mexicana.

--Qué traes tú conmigo? –dicen que le preguntó el presidente poblano a su paisano luego de que el teniente educado por los jesuitas en el colegio que tenían en la esquina del paseo Bravo con la 11 Sur se recuperara de un culatazo en la cabeza.

--En este país no hay libertad ni justicia –dicen que le contestó el artillero de Cristo y de la Patria, como se veía a sí mismo Antonio--, no nos dejan a los militares entrar uniformados a las iglesias.

Pero la memoria de los feligreses de la iglesia de la Compañía lo recuerda muchos domingos, a él, el teniente Lama Rojas, fornido, impecable en su uniforme de gala y las botas lustradas con algodón, con la firmeza de carácter marcada en la raya del pantalón, el rostro ovalado, adusto, los ojos de miope, el bigote espeso estrictamente recortado, los estragos de la calvicie prematura, la tez blanca, ruborizada ante la mirada femenina que admira la altivez del soldado y la arrogancia del oficial del Heroico Colegio Militar. Es el teniente y militante católico que desfila por el pasillo central del templo desde el fondo de las bancas percudidas para comulgar al final de la misa de ocho, con su quepís bajo el brazo, con el tranco marcial, solemne y metálico de los protectores clavados en las botas y a la loza fría de la piedra de Santo Tomás. En las solapas de la chaqueta lleva los galones del rango logrado en 1939 por gratitud del general Manuel Ávila Camacho.

No lo verían de nuevo vivo sus familiares. Ni se sabe si algo más le dijo el último general que se sentó en la silla presidencial en la historia moderna de México. Al día siguiente, el martes 11 de abril, un boletín oficial dio cuenta de que Antonio fue herido de muerte cuando intentó escapar de sus vigilantes en el cuartel del Sexto Regimiento de Caballería por el rumbo de Echegaray, en la ciudad de México. El jueves 13 le entregaron el cadáver a su madre, sin dispensa de autopsia.

La suya es una de tantas historias paralelas que me arroja la lectura del libro En combate. La vida de Lombardo Toledano, de la historiadora Daniela Spencer. Si la memoria es arbitraria, la historia, dice en el arranque de su biografía el propio Vicente, es insobornable, pero todavía le dio tiempo al fundador de la CTM en 1936 de que en 1994, en el centenario de su nacimiento, Carlos Salinas de Gortari, acaso el más fiel exponente del sistema presidencial modernizador, autoritario y corrupto que el político teziuteco contribuyera como pocos a construir, le tratara como héroe que le dio patria a México y se llevara sus cenizas a la Rotonda de los Hombres ilustres en el panteón de Dolores.

Mirar a Lombardo

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Vicente Lombardo Toledano y su familia en los años veinte del pasado siglo. Foto tomada del archivo en línea del Centro de Estudios Filosóficos y Sociales Vicente Lombardo Toledano.

Lombardo Toledano, el Lenin mexicano, como le llegaron a decir en su momento, que encabezó el ascenso del movimiento obrero a la prominencia política –que nunca más volvería a tener en todo lo largo de ese siglo XX-- del proyecto nacional que construyó el Estado de la Revolución Mexicana con Lázaro Cárdenas, o el más obcecado defensor del régimen que dio marcha atrás con Manuel Ávila Camacho a la posibilidad de desarrollo de una nación concebida desde la lucha de clases.

No califica Daniela Spenser al sujeto de su historia. Lo describe paso a paso y expone desde los hechos que comprueba rigurosamente lo que de él se llegó a decir, pero sus lectores estamos tentados en todo momento a colgarle un apelativo a su personaje: yo, el de un predicador furibundo que cambió de dios para pasar de la fe cristiana al materialismo dialéctico sin una fisura en todo lo largo de su vida, un fanático, entonces, un estalinista probado que mantuvo a raya a los militantes comunistas de su generación, igual Laborde y Campa que el propio José Revueltas o el explosivo Siqueiros. “El más grande marxista de México”, dijo de él en los años cuarenta el novelista autor de El proletariado sin cabeza. “El ideólogo de la dictadura burguesa”, escribiría desde su celda en Lecumberri en 1968 el autor de El luto humano, arrestado por el gobierno diazordacista el mismo día de la muerte de Lombardo. Entre esos extremos está el poblano más importante del siglo XX, al lado de los hermanos Ávila Camacho y el Gringo Jenkins, puntales los cuatro del sistema político que surgió de las guerras civiles que todavía llamamos Revolución Mexicana.

Historias paralelas 2

Cuántas historias paralelas brotan de la lectura de este libro, todas cercanas al espejo de mi memoria: la de mi abuela Mané en la neblina teziuteca, que no se deja que Marcela Lombardo le dispute al que será su marido, mi abuelo Sergio Guzmán, en 1919; la del viejo Guillermo Treviño, líder vallejista en el movimiento ferrocarrilero del 58-59, al que observo alimentar las palomas en el jardín del Carmen una mañana de 1990 mientras me cuenta cómo los agentes federales lo protegían de la furia de Maximino al que acusaba de dictador en un mitin obrero alguna mañana de masas enardecidas en el cardenista año de 1937; la del líder obrero Leobardo Coca, recordado por su nieta Flor Coca Santillana, asesinado por la misma furia de Maximino, el dictador que nos legó el mismo cardenismo que enardeció a las masas obreras; la de Aurelita Corona, la obrera de una fábrica de suéteres que por los años veinte tuviera mi abuelo Carlo Mastretta en un socavón cercano al Paseo de San Francisco, quien sería la esposa imperecedera de Blas Chumacero, el compinche eterno de Fidel Velázquez , el marrullero e inextinguible gángster que le arrebato la CTM a Lombardo Toledano, su creación más estratégica para la consolidación del régimen priista a la fecha sobreviviente en toda la amalgama de partidos políticos que contenderán el próximo julio en México.

Todas ellas pasan en algún momento por el sujeto de la biografía que ha escrito Daniela Spenser. Imposible no mirar con ella ese complejo proceso que llamamos Estado de la Revolución Mexicana.

Es el combate, entonces, de Vicente Lombardo Toledano. Nunca se puso un uniforme. No se distinguió por su vecindad con los dioses. ¿Por qué, entonces, su biografía me lo aproxima tanto al teniente Lama Rojas? Militia es vita, dice el dicho de los jesuitas. Tal vez por ahí encuentre yo la trama de este personaje que la política poblana no ha vuelto a producir en su importancia en el derrotero de la vida nacional.

Biografía e historia

Vicente Lombardo Toledano (1894-1968). Foto tomada del archivo en línea del Centro de Estudios Filosóficos y Sociales Vicente Lombardo Toledano.

Historia para qué, historia desde dónde, historia desde quien. ¿La vida de un individuo puede entenderse fuera de toda determinación social? ¿Podemos abstraer las estructuras sociales y comprenderlas como si fueran ajenas a la vida concreta de las personas? La vieja controversia sobre la biografía como género historiográfico tiene en este libro de Daniela Spenser y en el de Andrew Paxman, En busca del Señor Jenkins. Dinero, poder y gringofobia en México (Debate/CIDE, México, 2016) dos ejemplos valiosísimos para recuperarla en Puebla.

Escribí sobre el libro de Paxman: “En busca de nuestra propia historia, una que deje de mirarnos a retazos y nos contemple enteros, que se atreva a mirar de largo un siglo. Me pregunto si es posible hacerlo a partir de la vida del hombre cuya existencia mejor explica esta oligarquía que ha gobernado a saltos, sí, asaltos, de gobernadores desde hace más de ochenta años en Puebla, pero que no hemos aprendido a ver sino a retazos de una gran pieza de tela ajada que nadie reconoce como propia. (…) Historia, ¿para qué?, podemos preguntarnos. Y ya más certeros: dinero, explotación del trabajo de los otros, creación de capital… ¿para qué, al final de la vida de un hombre? La riqueza no es lo que vistes –dijo el Gringo Jenkins a Jane, la más testaruda de sus cinco hijas--, es lo que tienes dentro de ti, lo que mantienes en tu cabeza… ¿Y qué tenía dentro de sí este hombre, con qué retazos armaba su propia historia? ¿Por dónde empezar la lectura de la vida de un hombre que, querámoslo o no, determinó el destino de una sociedad entera?”

¿Qué historia contamos?, ¿por qué estas dos biografías nos ofrecen mucho más sobre la matria nuestra, diría Luis González, que buena parte de la historiografía centrada en movimientos sociales y procesos estructurales? Pensar la sociedad como un todo permite escribir una historia que quiere ser totalizadora, pero sin olvidad que la vida es una novela. Y que la historia puede narrarse como tal. Quizá porque el ánimo de contar una historia de vida arroja a los historiadores hacia interrogantes que no explican fácilmente perspectivas más rígidas del quehacer historiador. Jenkins y Lombardo, en la narración rigurosa de sus historias personales nos permiten analizar mejor, por ejemplo, la cultura del poder que construyó el Estado mexicano que brotó de las guerras civiles que llamamos revolución mexicana.

Ahí entiendo este esfuerzo de Daniela Spenser en su libro En combate. La biografía en la que el sujeto de su estudio no está disociado de la historia de las estructuras, las instituciones y las fuerzas sociales. En una especie de crónica de viaje, el libro contempla los dos planos en los que discurrió la vida de Lombardo: su encumbramiento como dirigente obrero al encabezar la construcción de la CTM en el momento culminante de la movilización de masas con Lázaro Cárdenas y su cruzada internacional por la construcción de organizaciones obreras en América Latina y Europa que lo convierte en la personalidad mexicana más famosa en el mundo de los años treinta y cuarenta. El libro va y viene en una estructura líneal (del nacimiento de Lombardo hasta su muerte) que va dando saltos entre el proceso mexicano que lo llevó a fundar instituciones laborales (la CTM, la UGOCM), políticas (el propio PNR de Calles y el PRM de Cárdenas, pero también su Partido Popular Socialista en 1949) y educativas (su Universidad Obrera, desde principios de los años veinte), y la dinámica internacional, con el foco prendido en todo el proceso ocurrido en Europa con la Unión Soviética a la que ve como la tierra prometida de la clase obrera mexicana y latinoamericana.

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Lombardo, Miguel Alemán y Fidel Velázquez. Entender con estos tres personajes la derrota de la clase obrera mexicana.

Daniela Spenser

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La historiadora Daniela Spenser, autora de la biografía de Vicente Lombardo Toledano En combate.

No es fácil contar una trama así. La actividad frenética de Lombardo desborda cualquier lectura.

Y lo entiendo más todavía cuando confronta a su Lombardo Toledano con su patria checa a la que llegó su personaje en 1946 para mirar la última de las elecciones democráticas, la que instauró paradójicamente el Estado totalitario que Daniela vivió de niña y adolescente y que motivó el exilio de su familia en 1968. Lombardo no vio en Praga el advenimiento de un Estado totalitario impuesto por Moscú, describe a un “pueblo embriagado por el triunfo, la victoria enorme de la nueva democracia en Checoslovaquia, donde ya no hay patrones y el único patrón es el propio pueblo”. Lombardo, a lo largo de su vida, construyó un discurso montado en una visión de futuro que veló todo atisbo con la realidad concreta. Un montaje para la percepción del mundo en el que el fin último justifica cualquier medio: la CTM en manos de Fidel Velázquez y la derrota histórica del movimiento obrero mexicano, el PRI de Miguel Alemán, los soldados contra los ferrocarrileros vallejistas, la mano extendida de Gustavo Díaz Ordaz a los estudiantes del 68, todo por la tierra prometida del socialismo imaginado por la cabeza de quien fuera llamado el “Lenin mexicano”.

Los comunistas y Lombardo

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Vicente Lombardo Toledano y la izquierda en los años cuarenta. De pie, a la izquierda, José Revueltas.

Lombardo, el marxismo, los comunistas mexicanos y la derrota histórica de la izquierda mexicana, que nunca –tal vez hasta hoy--, estuvo tan cerca del poder desde el discurso de la lucha de clases como motivación final de la política. Lombardo, el movimiento obrero y la derrota de la clase obrera mexicana, que nunca como con Cárdenas llegó a ser tan fundamental para la construcción de un proyecto nacional.

En los dos momentos históricos estuvo presente Lombardo. Contra la caricatura que vemos de él quienes recordamos al satélite PPS en la política electoral hasta 1988, la figura del teziuteco se presenta al menos con una fuerza para los movimientos sociales que no podemos entender fácilmente desde una óptica contemporánea. La izquierda en México como fuerza propia en la creación de un proyecto nacional fue derrotada con el movimiento obrero desmantelado por el Estado priista. Explicar lo ocurrido con ella desde el análisis del personaje Lombardo arroja luces que demos plantar con mucha más intención. Cuánta falta hace investigar mucho más a fondo la historia de los movimientos sociales en México desde sus regiones, desde sus conflictos.

“El cínico –dijo en 1982 el investigador Barry Carr al escribir sobre la mal contada historia de los comunistas mexicanos-- podría argumentar también que la pobreza de la literatura refleja sencillamente la contribución marginal del Partido Comunista Mexicano y de la tradición marxista revolucionaria a la historia mexicana de nuestro siglo. Y sin embargo, a pesar de sus debilidades y errores numerosos y sustanciales, ningún estudioso de la historia moderna de México puede ignorar el papel de la organización comunista en los movimientos obrero y campesino y entre importantes sectores de la intelectualidad.” (Barry Carr, Temas del comunismo mexicano, Nexos, junio de 1982)

Y apuntó entonces al papel en ella de Vicente Lombardo: “Habría también que estudiar el movimiento comunista junto al crecimiento de la CTM y del partido oficial, así como a la emergencia de corrientes formalmente no comunistas como el “marxismo legal” de Lombardo Toledano.”

Historias paralelas 3

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Regresar a otra historia paralela, la que escribí en febrero de 1990 en el paríódico Cambio. La del viejo ferrocarrillero comunista poblano, quien una tarde en el Jardín del Carmen me contara su participación en una de tantas asambleas en la coyuntura de la segunda guerra mundial que las organizaciones obreras realizaban en la Arena México. Dos personajes ligados a Lombardo: Fidel Velázquez y Valentín Campa.

El momento obrero en el auge de la movilización de las masas cardenistas

¿No perder la memoria? Tal vez ayuden esa fotografía de siempre, refrescada cada 18 de marzo, neutralizada por la historia oficial priista que imaginó un Estado sin lucha de clases, y despreciadas por un panismo que desde su inicial burbuja ideológica del “bien común” imaginó un Estado sin trabajadores. ¿Qué revela el rostro adusto de Manuel Ávila Camacho junto al expropiador Lázaro Cárdenas? ¿Anunciaba la regresión política encabezada por él como presidente en los años cuarenta, confirmada después por el presidente Alemán Valdez? }

Pero algo ocurrió en 1938. Lázaro Cárdenas, presidente de México, encabezó la expropiación petrolera, y fundó con ella las bases de la construcción del México moderno que conocemos: industrial y urbano, extremo en sus contradicciones y desigualdades, volcado en un éxodo a Estados Unidos equivalente a la tercera parte de su población actual, desbarrancado en su violencia milenaria, incapaz de generar la educación y el empleos que sus millones de jóvenes necesitan, el del Estado del PRI que no se ha ido. Justo el Estado por el que hemos perdido la memoria.

Porque en paralelo al propósito empresarial de participar en el negocio petrolero y en las utilidades que genera (la llamada renta petrolera), el tema laboral va de la mano. Y es, por cierto, el punto más débil de la industria petrolera estatal, su sindicato. El motivo último y que desencadenó la expropiación en 1938 fue el del conflicto social provocado por el rechazo de las compañías extranjeras a la sindicalización. Y lo intentaron justo en el momento de auge del movimiento de masas impulsado por el régimen cardenista. El 27 de diciembre de 1935 se formó el Sindicato Único de Trabajadores Petroleros. El 29 de enero de 1936, este sindicato se incorporó al Comité de Defensa Proletaria, de la que cual surgió la Confederación de Trabajadores de México (CTM), todavía no controlado por quien sería su eterno dirigente, Fidel Velázquez, y con una gran influencia del Partido Comunista.

Eran los tiempos en los que el movimiento obrero encabezó con su organización el desarrollo de una sociedad urbana e industrial, en el último jalón del proceso de la revolución mexicana. No había llegado la guerra, todavía no gobernaba Manuel Ávila Camacho ni mucho menos Miguel Alemán Valdez.

En el país entero hervía la lucha de clases. Los sindicatos y organizaciones obreras pesaron como nunca en la historia nacional. Aunque no fuera por mucho tiempo, el suficiente para impulsar la expropiación petrolera.

El 20 de julio de 1936, el Sindicato Único de Trabajadores Petroleros realizó su primera convención, propuso un proyecto de contrato general con todas las compañías y convocó a huelga para exigir su cumplimiento. El presidente Cárdenas busco conciliar con las compañías la firma del contrato pero no dobló la intransigencia de las empresas. El 28 de mayo de 1937 estalló la huelga y en unos cuantos días se acabó la gasolina.

Meses después el gobierno de Cárdenas expropió las compañías petroleras.

Porque fue un conflicto de lucha de clases el que provocó la expropiación. Y fue la lucha de clases la que revirtió ese Estado obrero que imaginaba la izquierda cardenista, la que le dio el carácter revolucionario a la figura de Cárdenas, al que sin embargo no podemos ver sin el rostro adusto de Manuel Ávila Camacho, su antípoda. Entre ellos dos está Vicente Lombardo.

Esa es la memoria que no debemos perder.

Pero por supuesto que la hemos perdido. Y no solo la que viene de lejos, también la más cercana. Y aun cuando recordemos acontecimientos infames, el hecho de que nada ocurra vuelve inútil esa memoria.

La investigación histórica perdida

El libro de Daniela Spenser obliga a abrir las ventanas cerradas hace tiempo en la investigación de los movimientos sociales en México. No hay una historia obrera que dé cuenta de las luchas que se han producido, por ejemplo, en Puebla. Este ICSyH, que ha publicado en los últimos cuatro años 77 excelentes investigaciones solo puede contar a una de ellas como referida a la historia del trabajo, Expresiones del mundo laboral, de María Teresa Ventura Rodríguez. El propio departamento de estudios del movimiento obrero está desaparecido en este instituto. Nada sabemos del movimiento ferrocarrilero en Puebla en la era Vallejo; nada sabemos de la historia del movimiento de los trabajadores de la Volkswagen; ni idea de lo que han sufrido las mujeres obreras que han encabezado la lucha por la libertad sindical en la industria de autopartes o de la confección. Los reto a que me digan el nombre de alguno de sus dirigentes. Ni siquiera hemos contado bien la guerra civil entre obreros cromistas y cetemistas y sus decenas de muertos en el Atlixco de los años cuarenta.

Esa la lectura paralela al libro de Lombardo Toledano tenemos que realizarla: la derrota de la clase obrera mexicana como explicación última del desastre social en el que vivimos en este nuevo siglo.

"El Códice de Cuaxicala, preservado durante siglos por la comunidad huauchinanguense del mismo nombre, es uno de los manuscritos gráficos nahuas más importantes pues contiene la historia de esta región tanto antes como después del contacto con los españoles. Se centra en la actividad que se desarrolla en la ruta comercial del altiplano a la planicie costera del Golfo de México." Guillermo Garrido Cruz, historiador.

Mundo Nuestro. También hay buenas noticias en Puebla, y vienen de la Sierra Norte. La periodista Leticia Ánimas ha dado a conocer hoy en e-consulta que el Códice de Cuaxicala será protegido por la UNESCO dentro del programa Memoria del Mundo.



Este es el texto de Leticia Ánimas que da cuenta desde Huauchinango de este acontecimiento:

El Códice de Cuaxicala en Huauchinango fue incluido, registrado y será protegido por el programa “Memoria del Mundo” de la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (UNESCO), tras la gestión realizada por la autoridad comunitaria y un grupo de ciudadanos que dirigió el historiador Guillermo Garrido Cruz.



El registro de este patrimonio documental refleja su “valor excepcional y el compromiso de protegerlo para beneficio de la humanidad, difundirlo y asegurar su acceso a toda persona interesada”, afirmó Catherine Bloch Gerschel , presidenta del Comité Mexicano Memoria del Mundo en el comunicado que realizó al presidente auxiliar, Gustavo Hernández, el pasado 6 de febrero.

La presentación del proyecto ante el organismo internacional fue financiada con recursos propios, con los que se hizo la investigación, se integró el expediente, se hicieron fotografías y un video. (https://www.youtube.com/watch?v=AKEZgncskBM) Participaron además René Esteban Trinidad, Leticia Ánimas Vargas y Juan Carlos Acevedo y se llenaron todos los requisitos el pasado mes de octubre.

Así que en la gestión no hubo ningún apoyo oficial a pesar de que el historiador Garrido Cruz se acercó al ayuntamiento para que la propuesta fuera presentada por la autoridad municipal. “La responsable de Turismo, Luz Anduaga, quedó de agendar una reunión con el presidente de Cuaxicala, Gustavo Hernández, pero nunca se hizo y como el tiempo de entrega del expediente se acercaba, busqué personalmente al alcalde de la comunidad, quien aceptó que se postulara el Códice”, detalló el también lingüista.



El Códice de Cuaxicala, preservado durante siglos por la comunidad huauchinanguense del mismo nombre, es uno de los manuscritos gráficos nahuas más importantes pues contiene la historia de esta región tanto antes como después del contacto con los españoles. Se centra en la actividad que se desarrolla en la ruta comercial del altiplano a la planicie costera del Golfo de México”, explicó Garrido Cruz.

En él están representados importantes gobernantes indígenas como Nezahualcóyotl y Moctezuma Xocoyotzin, además de que contiene muchos glifos nahuas y de otros idiomas indígenas.

El manuscrito está elaborado sobre una tira de piel de poco más de seis metros de longitud y 18 centímetros de ancho, unidos con hilo rojo de fibra natural. “La durabilidad de su soporte y pigmentos son testimonio de la alta tecnología de la comunicación gráfica nahua en el momento del contacto con los españoles”, añadió Garrido Cruz.

El Códice de Cuaxicala también sirve como recuerdo y guía de muchas historias heroicas de la región, narra las decisiones tomadas por los gobernantes y la gente común y sus consecuencias.

En años recientes, el antiguo manuscrito ha servido para proteger los derechos a la tierra y el agua ante megaproyectos como la autopista México-Tuxpan y el gasoducto Tuxpan-Atotonilco de la empresa Gasomex, también para instruir a los jóvenes en la historia de sus antepasados.

El antiguo documento “siempre ha estado en custodia de las autoridades del pueblo de Cuaxicala, Huauchinango, se pasa de autoridad a autoridad junto con el bastón de mando y otros objetos. A él se le refiere en náhuatl con el nombre de “In Amatl Tepetl Cuaxicala” -los papeles del pueblo de Cuaxicala o las escrituras del pueblo de Cuaxicala. Aunque cuando el antropólogo francés Guy Stresser-Pean publicó su estudio le puso por nombre ‘Códice de Xicotepec’, y así se le conoce en la comunidad académica, pero no en la región y en la comunidad”, aclaró Garrido Cruz y agregó que hasta hace poco, la gente del pueblo creía que eran los títulos de propiedad de la comunidad.

La formalización del registro del Códice de Cuaxicala en el programa “Memorias del Mundo”, se realizará el próximo 4 de marzo en una ceremonia que tendrá lugar en el Palacio de Minería de Ciudad de México.

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