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Vida y milagros

“Muchos de nuestros sueños no se cumplirán, pero en su búsqueda, cada sueño nos alentó a ser y entender quiénes somos.Clint Eastwood, Los puentes de Madison.



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VII. Cartas a Natalia


c/6 parrafos

A los dos días de la muerte de mi padre me hice cargo de ir a recoger sus objetos y papeles personales a la oficina en la que había trabajado los últimos 15 años. Había estado casado con mi madre 21. Sentada ante su escritorio, durante dos horas entré en el mundo de un hombre que a mí me había parecido hasta entonces tranquilo y predecible. Varias hojas amarillentas escritas a máquina contenían los trozos de un diario fechado en Milán, en febrero de 1946. El diario estaba firmado con tinta verde con el nombre de Carlo y en él relataba su proceso de abandonar Italia. Volé sobre las palabras en que relataba las hambrunas del final de la guerra y la visión de los edificios de la antes señorial Avenida Italia ennegrecidos por las bombas. Aquí y allá las paredes estaban pintadas con palabras de “Muerte a fulano”, “Muerte a Zutano”. Odio, odio, odio, como el saldo del huracán que todo lo destruyó. Contaba como miró pasar en la estación del tren a los soldados americanos, bien alimentados, abrazando a jóvenes italianas a las que seducían con chocolates mientras él esperaba en la estación el tren helado y sin ventanas en el que viajaría rumbo al puerto de Génova para tomar el barco destartalado que lo regresaría a México. Describió en pocas imágenes lo que era PERDER LA GUERRA, una guerra de la que nunca nos habló. Hablaba también de la idea fija de VOLVER A CASA. ¿A cuál casa?, me pregunté entonces, ¿Y por qué se había ido?

Del pasado de mi padre antes de casarse con mi madre casi no sabíamos nada. Del orden interno de su familia, tampoco. En cambio de la familia de mi madre lo sabíamos casi todo.

En nuestra casa familiar mi padre no tenía fotos de su familia, sus papás murieron antes de que tuviéramos edad para extrañarlos, veíamos poco a sus hermanos y de su juventud solo había una pequeña foto de él vestido con un uniforme militar, mirando directo a la cámara con una mirada desafiante y fiera, lleno de belleza . Una foto a la que empecé a mirar como si pudiera responder al enigma. De sus cosas personales guardé una estampa de la Plegaria Simple de San Francisco escrita en italiano y unas pequeñas tijeras labradas para cortar papel.

Un mes después de su muerte a mi casa llegó una carta a nombre de mi padre. Traía timbres extranjeros y un remitente en Milán. Curiosa soy, así que abrí la carta y de entre los pliegos de papel cayó una foto fechada en 1943 en la que aparecía él, con el mismo uniforme de la otra foto y tomando por los brazos a una mujer joven y rubia, de amplísima sonrisa. La carta, que luego se perdería en una mudanza, decía así: “Carlo: Han pasado muchos años y sé que cometí muchos errores. Quizás no quieras saber nada de mí, pero por los viejos tiempos quisiera saber qué fue de ti, qué hiciste con tu vida. Escríbeme: Italia.” Otra vez Carlo, no Carlos.

Guardé la foto y la carta pero le contesté a esa extraña mujer con nombre de país que vivía en La Vía Capone 12, en Milán. Le conté que mi padre había muerto hacía apenas un mes, que yo era su hija, y que me parecía justo que supiera que, según yo, mi padre había sido razonablemente feliz; le conté que se había casado con mi madre, que le gustaba mucho escribir, que odiaba el ruido y que había tenido cinco hijos. Durante un tiempo nos carteamos a espaldas de mi madre, a la que no consideré apta para estar enterada de dicha correspondencia. Así me enteré que esa mujer había sido más que su novia, que habían vivido la experiencia de una guerra atroz y que en general sabíamos muy poco de ese otro hombre que había sido mi padre. Se iniciaría así un camino de descubrimientos que a lo largo de los años y por una serie de eventos que yo atribuí a la casualidad nos llevarían a entender de quién veníamos y qué habíamos heredado de ese lado tan poco conocido de nuestro padre y su familia. Qué paradoja: los hijos de un doble desterrado, de México a Italia y de Italia a México, habíamos sido desterrados de su pasado.

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El último viaje del péndulo dorado

Nos tardamos muchos años en armar el rompecabezas de su otro mundo, en enteramos de sus sueños, de sus errores, de su absoluta pasión por otro país que no era México, de sus lazos entrañables con su familia italiana, del porqué se quedó en una guerra que sí era suya, y también de lealtad a su padre, y no ajena e impuesta como pensamos muchas veces; supimos que Enzo Ferrari había sido su maestro de aerodinámica en la universidad, de su gusto por la alta velocidad, por el dibujo y el diseño, los motores, los coches y las motocicletas, sobre su ejercicio del periodismo deportivo y su afición por escribir. Poco a poco supimos que había sido un hombre con el corazón dividido entre dos países, de personalidad enigmática y compleja y que ese señor al que ingenuamente consideramos apacible durante su breve estadía en nuestras vidas, había sido todo menos predecible.

En 1988 Ángeles mi hermana y yo viajamos a Milán y fuimos por primera vez a Stradella, a tratar de entender y a conocer el lugar de dónde había emigrado mi abuelo paterno, un pueblo de viñedos a una hora de Milán. Nuestra guía fue la vieja prima hermana de mi padre, huérfana desde muy joven y acogida en la casa de la familia paterna desde niña. La tía Angelina era una mujer solitaria pero conversadora y comunicativa. Ella nos terminó de aclarar el desencuentro con Lía, a la que yo conocí como Italia y que merece una historia aparte.

La tía Angelina nos enseñó las cartas que mi papá envió a Italia después de años de silencio y poco antes de morir; hablaba de cuánto los extrañaba e iba cerrando círculos como si él presintiera que se iría pronto, aunque para nosotros su muerte fue prematura e inesperada. Ella nos mostró otra parte de la punta de la hebra que luego Sergio, el más curioso de todos los hermanos, reconstruyó cuando preguntó a mi mamá por la viejísima maleta de cuero negro llena de fotos, cartas y relatos escritos en español y en italiano que siempre estuvo en nuestras narices en el pequeño clóset de mi papá. Mi madre entregó los que había encontrado en la maleta perfectamente archivado. De novia de mi papá aprendió un perfecto italiano con las monjas de Chipilo, pueblito de migrantes del norte de Italia, fundado en 1895, ubicado a 16 kilómetros de Puebla, así que colaboró con Sergio a traducir impecablemente las cartas del abuelo a su hijo al que se dirigía como “Carlo”. Sergio se encargó de recopilar y ordenar todo con la sabiduría y el oficio periodístico heredado de un padre al que solo disfrutó quince años. Mi madre se encargó de confesar que las cartas de unas novias las había quemado por no considerarlas de interés para nadie. De esa compilación de Sergio, de los escritos de mi padre en México y de otros relatos y textos surgió el libro “Memoria y Acantilado”, la historia junta de Carlo y de Carlos.

¿Por qué hurgar en el pasado? ¿Por qué hacerlo si el dueño de ese pasado lo sepultó y nos lo hizo desconocido? ¿Había detrás de ese deseo uno más profundo de que lo supiéramos todo al conservar la maleta negra cuya existencia registró y recuperó la memoria del niño que era Sergio? No lo sé con certeza, solo sé que al final, cuando conocí la historia antes oculta de un hombre inolvidable, una parte de mí acabó de encajar y de estar completa.

Mundo Nuestro. En la columna Del absurdo cotidiano que se publica en la revista Nexos, Ángeles Mastretta presentó esta semana este texto en el marco del día del Padre. Una versión del mismo forma parte del libro Memoria y acantilado, con una selección de los textos del periodista poblano Carlos Mastretta Arista (1912-1971), publicado en esta revista digital.

¿Es en junio o en julio el día del padre? Lo han de saber los inventores de la fecha. Cuando mi padre murió no existía el día del padre, y desde que está muerto, yo festejo todos los días el día del padre. No le compro regalos, pero converso con el atisbo de sonrisa y la continua duda que hay en el gesto del retrato en que lo busco.
Me pregunto si habrá una edad en que las huérfanas dejen de buscar a su padre. Porque cualquiera está dispuesto a compadecerse de una niña, de una adolescente, hasta de una joven que ha perdido a su padre, pero una cuarentona con la orfandad a cuestas es más patética que conmovedora. No crean ustedes que no lo sé, pero tampoco crean que el saberlo me ha servido de algo. Toda yo, con todo y mis deseos y mis recuerdos, acudo como al agua al dolor de ser huérfana.
A veces voy por la calle cantando una canción o jugando con mis hijos a encontrar figuras en las nubes, y de repente ahí están, como en un sueño del que no gozan suficiente, un papá y una hija conversando de nada, una hija y un papá haciéndole al futuro un guiño al despedirse, un papá que lleva a su hija a comer fuera, una hija que acaricia la nuca de su padre vivo como un tesoro, un papá y una hija que no saben el lujo que es tenerse ni mal sueñan el precipicio de perderse.
Entonces me atormenta la más cruda envidia, la envidia que provocan quienes tienen papá y juegan o desperdician sin recato el placer de tenerlo.
Tener papá siendo adulto debe ser como andar por la vida bajo un paraguas inmenso, como poder caminar sobre el océano, como encontrar la olla de oro al final del arcoiris, como haber escrito ya las treinta novelas que me gustaría escribir.
No sé, pero hace mucho tiempo imagino que tener de vuelta al abuelo de mis hijos sería existir de otra manera y asirme a la existencia del modo más seguro en que uno puede asirse.

Tal vez la pena sería menos intensa y la pérdida más fácil de aceptar si yo hubiera acabado de hacer las cosas que las hijas deben hacer con sus padres, mejor dicho, si hubiera podido al menos empezar a decir las que mi torpe lengua de adolescente no llegó ni a pensar.
Yo tengo siempre a disposición de mis propios oídos o de quien quiera oírme, una larga serie de cosas que no dije y otra de cosas que no hice por mi padre. Habitualmente me las callo, pero a veces me salen en los momentos más impropios y agobio a gente que me mira con ganas de no volver a verme o a gente que pena penas mayores y por lo mismo tiene piedad de mí.
La penúltima vez que acudí al oculista, al terminar la revisión de rutina, el buen hombre tuvo la audaz idea de preguntarme aparte de mis ojos cómo me encontraba de salud general.
—Pues mire —le dije—, hace una hora que salí de mi casa, justo al cerrar la puerta, tuve la precisa sensación de que mi padre, que murió hace años, había muerto hacía un minuto. De lo demás estoy bien.
El doctor me había visto dos veces antes de aquélla y hasta ese momento se había creído mi oculista, no el encargado de mi terapia psicoanalítica. De cualquier modo me puso la mano en el hombro y dijo:
—Me alegra que de lo demás esté bien.
No volví a visitarlo en cosa de año y medio. Nuestro siguiente encuentro pudo ser de rutina, sin embargo al verme en la antesala me abrevió la espera, me hizo pasar a su despacho y se sentó conmigo en uno de los sillones para los pacientes.
—¿Se acuerda de mi esposa? —preguntó—. ¿La señora que me ayudaba a llevar la consulta?
—Claro —le contesté, recordando la calidez de aquella mujer delgada y guapa.
—Murió de repente —me dijo, desde una tristeza como pregunta.

—Pobrecito —dije abrazándolo—. ¿De lo demás cómo está?
Luego nos miramos como dos viejos amigos y desde entonces somos amigos.
Así me pasa de pronto. Hace poco, en un restorán italiano, mientras tres músicos devastaban Torna Sorrento, solté mi desconsuelo sobre el spaguetti y aún no me recupero de la vergüenza que les hice pasar a mis escuchas. Hoy me encuentro con este puerto libre abierto al barco de mis recuentos y no creo que pueda callármelos. Sin embargo, tenemos todos la suerte de que puedo avisarlo a tiempo y el que no quiera ver cómo bajo mi carga, queda libre para irse a otra sección, sin necesidad de que intercambiemos disculpas.
Sigo entonces: de todo lo que no dije cuando aún se podía, ahora lamento antes que nada no haber dicho:
· Papá, no importa que no seas rico.
· Papá, ya entendí por qué no eres rico.
· Papá, cuéntame de la guerra, y de las otras cosas que te duelen.
· Papá, en un tiempo más no tendrás que mantenernos. No cometas la estupidez de morirte, porque el resto será la mejor parte. Será un premio la vida que te falta.
· Papá, tú mismo eres un premio, y yo sé de la fortuna que es tenerte.
Podría seguir, pero no sería justo poner en esta lista las cosas que no dije porque no las sabía o no me habían pasado.
Los deudos acabamos sabiendo mucho más de quienes vivieron a nuestro lado cuando ya no podemos conversarlo con ellos. Es más: uno de los primeros modos de establecer algún tipo de conversación con nuestros muertos es buscarlos en el pasado que no les conocimos. Otro es reandar los caminos que fueron suyos y que no compartimos. De esas dos búsquedas he obtenido miles de preguntas, reproches y noticias. Les diré sólo algunas de aquellas con las que he perdido mi tiempo acosando los ojos del inexorable retrato que todos sus hijos, y por supuesto nuestra madre, tenemos repetido en algún sitio de cada casa:
Papá, ya conozco las colinas del Piamonte. Fui con Verónica. Visitamos la casa que te heredó el abuelo cuando creyó que tú serías el único de sus hijos que se quedaría a vivir en Italia. Nos enteramos por los compradores de que tú les dijiste que la vendías para comprarte una en México, que era el país en el que naciste y en el que finalmente vivirías el resto de tus días. No creas que nos preguntamos en voz alta por qué no te compraste la casa en México. Ambas lo sabíamos ya y lo conversamos en la noche: lo usaste para reponer el dinero que te prestaron cuando se te ocurrió meter a Puebla la marca FIAT y tus amigos inversionistas quisieron ganancias el primer año.
También comimos en el restorán donde aún hacen los raviolis que según la tía Angelina eran tus preferidos. Son una delicia.
Papá, los italianos se volvieron exitosos y Roma es una de las ciudades más caras del mundo.
La virgen del Duomo, la Piazza Fontana y la Avenida Italia han vuelto a ser hermosas y señoriales, ya no son un hacinamiento de muros chamuscados. Non priocuparti piú.
La Fonda de “Michele”, donde tantas veces hiciste cola para obtener tu ración de coles hervidas y arroz pegajoso, se convirtió en un restorán muy elegante, a mitad de la calle Olmetto.
En la Piazza Ludovica, donde tomabas el camión que daba tumbos hasta Stradella, hay una boutique de ropa para mujer en la que un vestido cuesta más caro que un Volkswagen.
¿En qué acabó el viaje del Liberty Ship que te llevó de Nápoles a Nueva York? ¿Metieron preso al cubano que se le escapó al capitán en Gibraltar? ¿Supiste qué hacía el conde de Montebello, primo del rey de Italia —según escribiste—, en la misma lata de sardinas que te sacó del hambre? ¿Cómo fue que sólo escribiste ocho días del diario sobre tu regreso a casa? ¿No bien dejaste de ver el Mediterráneo y caíste de tal modo en el presente que ya no valió la pena ni registrarlo?
La tía Angelina, tu prima, nos enseñó una carta que les enviaste a tus parientes italianos en 1969, veinticuatro años después de dejarlos. ¿Por qué, si los querías tanto como dice la carta, tardaste más de veinte años en escribirles?
¿Hubieras podido irte tras veinte años de vivir con nosotros y no escribirnos más?
¿Supiste que la mujer que fue tu novia durante la guerra se volvió borracha? Ya te habías muerto cuando llegó a la casa una carta suya, que tu hija Verónica leyó y perdió. Se burla de mí cuando se lo reclamo.
¿Por qué nunca dijiste con todas sus letras cuánto y de qué modo te aburría la Puebla de nuestra infancia?
¿Sabes? Aún extraño las noches frente a la tele, jugando a predecir el desenlace de las películas mexicanas mientras temíamos que dieran las doce y cortaran la transmisión antes de que acabara el melodrama en turno. No puedo ver a Pardavé sin llorar.
No lo creerías, en México ya existen uvas dulces y se importa chianti y agua de Sanpellegrino, como si toda la clase media hubiera nacido en Italia.
La película El Padrino ha llegado a tener tres partes. Te hubiera deleitado.
Vivo con un hombre que de noche hace ruidos como los que tú hacías y de tarde es un conversador prodigioso. En las mañanas casi siempre tiene prisa. La pasarían bien juntos. El también desconfía del mar.
Tengo dos hijos. Uno se ríe como tú y no grita porca miseria porque no te oyó el lamento, pero cuando litiga parece que nació en el quicio de una trattoría. La otra tiene ojos como pájaros y siempre quiere platicarme cuando estoy escribiendo. Yo creo que los dos son como dioses y por las dudas los venero hasta el desastre.



Mi mamá se hizo una casa que mira a los volcanes sobre el terreno de Mayorazgo por el que tanto peleó. Lástima que no te hayas quedado para hacer tuyo ese silencio.
Tienes razón, nunca debí meterme en ese lío. Pero es que ese lío se metió en mí.
Estas son algunas de las cosas que he hablado con él, sin obtener mayor respuesta que una, tal vez inventada: la sensación más o menos frecuente de que alguien me observa y casi siempre se hace mi cómplice. Noté en mi madre una desconfianza absoluta de tal versión, pero a mí me ayuda a caminar por el borde del eterno acantilado que nos rodea.

Mundo Nuestro. En el mes de febrero de 1946 Carlos Mastretta Arista escribe en su diario la crónica de su regreso a México, lamentablemente cortada justo en Gibraltar, el día que “la cafetera”, como recordaba él al barco que lo llevó a Nueva York, dejaba atrás el Mediterráneo. Ensoñación de su esposa Ángeles Guzmán y de sus hijos cuando lo leyeron por primera vez, este texto es sin duda el punto de partida de la novela todavía por escribir sobre la vida de Carlos Mastretta Arista.

Carlos Mastretta Arista murió en la ciudad de Puebla el 11 de mayo de 1971.

Estos "Fragmentos de un diario-" forman parte del libro Memoria y acantilado, publicado por Sergio Mastretta en el año 2005. El conjunto de textos que forman el libro puedes encontrarlo en el archivo histórico de Mundo Nuestro aquí:



Libros libres: Memoria y acantilado/Carlos Mastretta Arista (1912-1971)


c/6 parrafos

Carlos Mastretta Arista, a la derecha, en alguna calle de Roma a principios de los años cuarenta. El personaje de en medio es un espía ruso detenido; Carlos y el hombrecillo de la izquierda lo llevan en custodia.

Sábado 23 de febrero de 1946

Llegué a Stradella a las siete de la noche. El reloj de la vieja torre medieval acaba de lloriquear las once y tres cuartos, mientras la nieve sigue impasiblemente trasformando la llanura en un sudario... Trataré de fi jar y recordar estas últimas veinticuatro horas, en las cuales parece que el timón de mi barquilla ha dado una brusca y rápida vuelta... Hace apenas doce horas no sabía yo que la salida para volver a casa fuese tan cercana. Volver a casa... Volver a casa... Me parece que pronuncio una palabra que por tantos años no había existido en mi vocabulario. En estos años trágicos, cada vez que mi mente pretendía dirigirse hacia los recuerdos íntimamente unidos a la palabra casa, mi casa, en forma violenta la llamaba yo a la realidad. Pero ahora tengo que pensar en ello, aunque no quiera, aunque mi ser comprenda que todo lo que acabó, no ha acabado... Estamos al final del segundo acto y debo participar en el tercero. Iré a casa, como he dicho a Luigi, pero estaré listo para el tercer acto. Pobre Luigi. Le regalé los dos cigarros que me ofreció Carrier, dándome la carta de recomendación del “United States Information Service” para los aduaneros yanquis... Pobre Luigi. No creo que pueda soportar esta lucha subterránea, apenas comiendo, trabajando siempre de noche. Pobre partícula heroica de un mundo caído: ¿de qué te sirve haber ganado esas cuatro medallas al valor, si ahora la vida de un ratón representa para tí toda tu fortuna? Se dolió de mi salida, pero lo hizo sin un reproche y me pidió que no me olvidara de la lucha, de nuestra lucha. Le recomendé a Gino para reemplazarme. Me acompañó al tranvía, mientras la nieve comenzaba su cándida tarea.

Después de abrazarnos lo vi, mientras el tranvía arrancaba lentamente, desaparecer hacia la Plaza Fontana. “Buena suerte, Luigi” murmuré y levantando los ojos ví con nostalgia la estatua de la Virgen del Duomo de Milán ocultarse en un nimbo de copos y neblina. Volví a la redacción media hora antes de salir de Milán en autobús para Stradella a despedirme de mis compañeros de trabajo y sobre todo de mi rechinante escritorio, que tantas veces golpeé con los nudos de los dedos buscando una frase, un pensamiento, para cerrar dos cuartillas. Extraña y misteriosa vida de las cosas inanimadas: al empujar uno de sus cajones soltó un quejido que pareció un “vuelve pronto” ... Todos muy efusivos, con cariño y también con interés, por aquello del paquetito de café que llegará del lejano México... A veces el cariño sale del estómago vacío, pues la humanidad, tan uraña en la bonanza, se vuelve igual que los gatos con hambre, cariñosa por conveniencia. El portero de la redacción por fi n despertó sobre su asiento y, con un ojo abierto y otro cerrado, me dijo: ¿Pasa por Nueva York? saluda a mi sobrino y dígale que se acuerde de las 100 liras que le dí cuando salió para América. Aquí tiene la dirección y buen viaje. Todo esto dijo mientras me daba un papelito y retornaba a cerrar el ojo abierto, lo mínimo indispensable, continuando su eterna siestecilla. Pobre Pietro, su hijo nunca más volverá de las llanuras aterradoras del Don ni del sótano de una casa del Barrio Tecino, saldrá su mujer, muerta durante un bombardeo, mientras se hallaba de visita en el hogar de una amiga. Pobre Pietro, solo despierta al oír una detonación o al ruido del motor de un aeroplano.

Salí de la ofi cina bastante emocionado y a pie me dirigí hacia la cercana Plaza Ludovica, donde sale el autobús, siguiendo la Avenida Italia, la señorial, un tiempo, Avenida Italia, ahora convertida en un hacinamiento de muros chamusqueados. Desvié por la calle Olmetto y pasé por la fonda de “Michelle”, donde tantas veces hice cola para alcanzar el turno de mi ración de coles hervidas y arroz–engrudo, salpicado con vinillo dulce de las colinas de Piamonte... Pare sepulto... Dos chicas del “Despacho de Turismo Lombardo” me encontraron. Fué una nota alegre y divertida, en la melancolía de mi despedida de Milán. Formidables son, en verdad, las mujeres en estos trances. Pobres chicas: su sueldo miserable, su albergue semiderrocado, sus abrigos raidillos, todavía conservan el buen humor para augurar a un amigo, con palabras encantadoras, miles de cosas. Fatigosamente arrancó el autobús, patinando sobre el pavimento cubierto de nieve. Fatigosamente, como mi corazón se arrancaba de aquellos muros calcinados, de aquellas piedras embellecidas por la nieve juguetona. Me acurruqué en mi asiento y lancé el potro de mi fantasía a través de las laderas de mis recuerdos. VOLVER A CASA. Solo de vez en cuando mi imaginación era llamada a la realidad por alguna inscripción política entregada por anónimos pintores a la pública opinión de los transeuntes... “Muerte a fulano”, “muerte a zutano”, “acabad con perengano”. Stalin, Mussolini, Churchill, Hitler, Estados Unidos, o Papuasia... ODIO, ODIO, ODIO, ODIO y siempre ODIO... ¿Mi corazón también lo alberga? ¡Quién sabe! Por ahora es necesario VOLVER A CASA...

De civiles, tres soldados en tiempos de guerra.

Domingo 24 de febrero

No quise que mis tíos me acompañasen a la estación. La nieve caía a torbellinos, cuando a las ocho dejé, acompañado por su fiel mozo, la casa. Pobre tía, siempre tan preocupada por mí, durante la guerra, y tan afectuosa, las raras veces que podía yo pasar por el tranquilo pueblecillo piamontés, en busca de unas horas transitorias de quietud, en medio del huracán que todo lo destruía. Llegué a la estación cinco minutos antes de la salida oficial marcada a las 8:15... La sala de espera, seguía con su cartel en inglés indicando que estaba reservada a los militares de paso. VACIA. Tuve que esperar bajo el techo del andén dos horas, sentado en mis maletas o paseando, para reactivar la circulación de la sangre en mis pies congelados. El encargado de la estación, me dijo, que debían transitar dos trenes de militares angloamericanos antes del mío. Pasaron efectivamente. Todos los vagones eran de primera o pullmans, con calefacción denunciada por sus cristales empañados y bien iluminados. Llegó el mío y tuve que buscar la puerta corrediza de un vagón de carga, que no estuviese bloqueada por la nieve y el hielo, para poder penetrar en el interior de un vehículo, sin asientos de ninguna especie, rebosante de humanidad entumida y silenciosa, macilenta y amargada. No volví a ver la luz, hasta que llegué a Génova a las dos y media... esto quiere decir, PERDER LA GUERRA... Solo dos jóvenes, napolitanos, no callaron durante todo el viaje: ambos eran veteranos de guerra, pues en la raída solapa de sus abrigos llevaban las insignias y, ahora, ante el hambre, servían de... “agentes de ventas” a dos almacenistas militares norteamericanos, dedicados a la noble misión de industrializar el hambre y la desesperación. Me regalaron un “Camel” y ofrecieron recomendarme con el guardián de un restaurant genovés, donde podría yo comer una chuleta con papas, la chuleta de res texana y las papas de Wisconsin... Los demás pasajeros o escuchaban envidiosamente o estaban demasiado preocupados en sus cosas, para dar importancia a una chuleta con papas. Por 100 liras, deslizadas en la mano rolliza de un directo, encontré un cuarto de 500 liras por noche en el semidestruido Hotel Colombia cerca de la Aduana

Marítima de Plaza Caricamento... Después fuí al “War Shippin Administration”, donde diez guapas genovistas ayudan a cinco sargentos americanos a fumar cigarrillos, masticar chicle, tratar despectivamente a los malaventurados necesitados de ayuda; el todo en un salón donde antiguamente se reunían, allá por el 1,400 y pico, los banqueros genoveses a discutir si le prestaban o no dinero al Rey de Inglaterra, disgustado y en guerra con algún semejante suyo. Tuve que hacer nuevamente 64 huellas digitales, sobre otros tantos cartoncitos, las que sumadas con las que me tomaron en el AMGOT (Gobierno de ocupación) en Milán, alcanzan la bella suma de 186. Llené nuevamente seis esqueletos, en los cuales declaraba yo cumplir, durante el viaje y durante mi permanencia en los EE.UU., la Constitución y las demás leyes editadas y emitidas, desde Don Jorge Washington hasta el anteojudo de Don Enrique S. Truman y de no tener ninguna cuestión personal que dirimir con el segundo de estos señores, a más de declarar y jurar no ser anarquista, ni, tanto menos, querer atentar contra la seguridad (hecha a base de Coca–Cola Ice Cold y Hot Cakes) de los ciudadanos de EE.UU... Mientras todo atareado llenaba yo los susodichos esqueletos delante de una ventana inmensa que miraba hacia la plaza, donde antaño las galeras genovesas se mecían símbolos y realidades de la omnipotencia de una república, una voz argentina y femenil me dijo: “Paciencia, Carlos, paciencia. Hemos perdido la guerra”. Me volví rápidamente para encontrar la mirada pícara de Emilia Parodi. Condesa por demás, y ahora simple empleada de la oficina de embarques militares de la potente Norteamérica. Cuando después de una atenta “inspección” médica, tendiente a comprobar que mi organismo no era portador de algún microbio capaz de atentar a la ya citada seguridad de los EE.UU. y previo depósito de 308 dólares me fue entregado el boleto, Emilia me acompañó hasta el lugar, donde era posible observar la nave que estaba destinada a transportarme más allá del Atlántico. “Héla ahí, dijo Emilia, indicándomela con un rápido movimiento de su mano enguantada. Papá dice que un armador genovés no daría una sola lira para comprar y fletear semejante carcacha”... La luz de una gris tarde invernal, no me permitió apreciar la veracidad de lo dicho por la chica genovesa. Mañana a las 9:30 zarparemos. Debo estar a bordo a las siete. Qué chica tan extraordinaria es Emilia. Venida a menos su familia, por la guerra y por la destrucción de sus artilleros, muerto en la guerra heroicamente su novio (el capitán de submarinos oceánicos Fabio Cosatto) no quiere ser de peso a la familia y trabaja y se burla de los americanos. La fui a dejar hasta la Plaza de Ferrari, después de haber tomado un aperitivo (ironía de la vida, con estas hambres) en el Bar Galileo... Cuando en 1938 la conocí era una de las mejores timoneles de veleros de regata del “Real Yacht Club” de Génova... Cené con mis cartillas en un “económico”, después de una hora de cola... Compré 10 cigarros en el mercado negro, que me ofreció un harapiento y macilento chiquillo y volví al hotel a pie, a través de las calles bombardeadísimas de la un tiempo soberbia y hermosa Génova. Los bares y fonduchas del puerto estaban repletas de militares y muchachas; pobres muchachas, en pos de una lata de “Meat and vegetables”... En las afueras de tales sitios, turbas de chiquillos en busca de colillas... En la Plaza de la Catedral, un mitin comunista a diez metros de la entrada del mando de la “Home Fleet”, donde está apostada una orgullosa centinela de la Imperial y Real Marina Británica... Quo Vadis Italia, quo vadis Europa?... Tiene razón Emilia. No telegrafiaré a mi casa hasta llegar a Nueva York... ¿para qué preocuparlos?

Hace treinta y seis horas un funcionario del “War Shipping Ad.” me dijo en Milán: “hay un sitio en una Liberty Ship, pues nadie quiere viajar en ellas.¿Está usted listo?”... Mañana, mañana retorno a casa. Retorno a CASA. Ya se me había olvidado la frase...

IX. Fragmentos de un diario. Parte II

Carlos Mastretta Arista, custodiado por dos agentes del FBI en Laredo, Texas, en marzo de 1946, poco antes de cruzar la frontera de regreso a territorio mexicano.

Lunes 26 de febrero

Adiós Italia, adiós desdichado pero maravilloso país del arte. Por muchos años fuiste el albergue de mis sueños, de mis luchas y sobre todo de mis sufrimientos. Hijo tuyo de adopción, luché por un mundo mejor, más noble, más sano, siguiendo la idea de un grande hijo tuyo, hoy proscrito y maldecido por escribas y fariseos de todas las lenguas y razas. Pero, día vendrá. ¿Más, qué vale lamentarse? Estoy pisando las láminas, y pronto será la tierra, del vencedor... He permanecido en la popa de la nave, en medio de un vendabal rabioso, cubierto con un impermeable que me prestó un marinero, hasta que vi desaparecer las últimas luces de los faros de las cosas de Liguria, que un tiempo orgullosa señalaran la ruta a la soberbias naves guerreras y mercantiles que a ellas se aproximaban...

Hoy dieron, en esta noche tormentosa, el adiós al hijo del inmigrante, que un día llegará a ellas henchido de ilusiones y que hoy zarpa colmado de amarguras... Adiós Italia. Cuando la última lucecilla palpitaba en la oscuridad (ojalá fuera la del faro de la Virgen del Portofino, que tanta ventura diera a los navegantes) abarqué con mi pensamiento los días de lucha y de gloria entre sus montes y los días de paz y bienestar en sus playas, ríos, llanuras y lagos. Y ví las ruinas sangrientas de sus cien ciudades y las huestes hambrientas y rebeldes saqueando sus campos, un tiempo ubertosos. Adiós Italia, adiós tierra del arte... El mundo olvida tus genios, tus navegantes, tus santos y ahora solo recuerda tus errores, que fueron tales, porque tu pueblo cayó víctima de la pobreza frente a la omnipotencia de aquellos que materialmente todo lo poseen... Pero debo estar poniendo una cara muy trágica y afl igida puesto que el negrito que funge de mesero en este comedor, único sitio de la nave que posee una mesa, se ha puesto a mirarme muy compungido... Así es que largo a la melancolía y entre un sendero y otro de esta infame barcaza, trazaré mis recuerdos de este día.

Salí del hotel acompañado por un boy del mismo, cargando una de mis maletas. Me acompañó hasta la centinela americana de la aduana, desde donde cargando en la espalda una maleta y en la mano la otra, comencé a caminar hacia el lugar donde, me dijo el sargento americano, debía yo encontrar el personal de aduana y la nave “John B. Gordon”.

Caminé a través de montañas de escombros hasta una caseta de madera, donde un grupo de civiles y de militares se atareaban y discutían alrededor de dos maletas repletas, una de pitillos y la otra de chácharas, fruto de las fatigas de los artesanos italianos. Mercado negro del tabaco. Pregunté a uno del grupo y me dijo que efectivamente se trataba de aduaneros y de marineros que tenían que despachar a cinco pasajeros civiles que embarcaban en el barco americano “J.B.G.”. Al oír que yo era uno de éstos, todos abandonaron sus discusiones y uno de ellos me dijo: “Mire joven, es inútil que abra sus maletas, puesto que de esta tierra solo puede llevarse hambre y maldiciones o escombros y estas cosas no figuran en la lista de objetos sujetos a revisión... ¿me comprende?”. Mostrado éste pude seguir mi triste camino hacia la nave, donde llegué jadeante; me subí por una escalera marina y con una cuerda providencial efectué la complicada maniobra de subir mi equipaje.

A bordo, unos diez estibadores atendían a la grúa, que vomitaba toneladas de escombro en las bodegas de la nave. Tenía razón el aduanero. Solo escombro pueden llevarse de Italia...

En el castillo de mando no había alma. Siguiendo a través de las crujías el eco de un canto que alcanzaba mi oído llegué hasta la cocina, donde un joven italiano, bastante mal vestido, lavaba una torre de platos. Cerca de él, un negro dormitaba en una silla con un cigarro apagado en los labios. Hablé con el improvisado lavaplatos: la tragedia de un ex–soldado de una nación vencida. Sin trabajo. Hacía tres días que se hallaba a bordo haciendo las tareas de los varios negritos de cocina. Era necesario comer. Mientras me explicaba esto, con una resignación fría, delicadamente quitó de los labios del cocinero de ébano el cigarrillo, encendiéndolo y fumándoselo ávidamente. Después prosiguió su tarea. Salí a cubierta en el preciso momento en el cual dos chicas salían de un camarote, rumorosamente saludadas por unas voces norteamericanas. “Nosotros volver dentro de mes y medio. Ustedes saberlo y venir. Bye, darlings” Pasando ante mí las chicas bajaron los ojos. Parecían de buen vestir y mejores modales. ¡Ah, es la guerra perdida..!

A las doce del día acabaron los estibadores. El lavaplatos me invitó a comer. La oficialidad, ausente. Llegaron a las tres los otros cuatro pasajeros. Dos hombres y dos mujeres. A las seis de la tarde, finalmente, apareció el Capitán no muy en sus cabales, el piloto del puerto y el segundo de bordo. En pos de ellos, dos policías militares americanos condujeron esposado a un marinero. Llegó el remolcador a las siete, con la noche encima, se inició la maniobra de salida de un puerto minado y lleno de naves hundidas. Al pasar cerca del magnífico “Conte Biancamano” semihundido, sentí un dolor terrible. Me asignaron un camarote con camastros militares junto con uno de los otros dos pasajeros: se trata del Marqués de Montebello. ¿Qué diantres va a hacer a los Estados Unidos un primo del Rey de Italia? Ya lo sabré... y a las nueve, en medio del bailoteo infernal de este barco, que sigue bailando siempre más, se perdió la última luz. Me pregunto ¿por qué le pondrían a este barco “Liberty Ship”? A mí me parece más indicado llamrala “Boogie–woogie ship”... ¿volveré un día a Italia? Hace quince días una gitana en Milán me vaticinó que sí volveré... Adiós, tierra del arte...

Miércoles 27 de febrero

Hace 48 horas que no duermo. El mar es lo más malo que me ha tocado ver en mi vida y, a cuanto parece, también en la vida de muchos de los 37 tripulantes de esta nave. Los otros cuatro pasajeros no salen de sus camarotes. He andado por la cubierta con un marinero maltés, con el cual he enlazado amistad, pues conoce perfectamente donde se encuentran los víveres. Ya me chocó la jalea y las galletas saladas. Y pensar, que en Italia, hacía cinco años que no veía la jalea. Tenemos los salvavidas puestos, por orden del capitán Wolfsberg, un danés con cara de pescador de ballenas. El Marqués de Montebello, primo del rey, vuelve el estómago plebeyamente y ronca ídem. “Vanitas vanitatem”...

Comienza a gustarme el viaje, pues esta chusma de 37 hombres de veinte países en este barquillo de fondo plano y con el timón fuera de combate, puede volverse emocionante o, por lo menos, divertido... Hoy caminamos 56 millas en el Golfo del León...

Viernes 1 de marzo

En la noche entre el miércoles y el jueves el capitán invirtió la ruta metiendo la proa hacia

Marsella, maniobrando con el timón directo, pues el automático está averiado. Pero viendo que el viento amainaba, volvió sobre sus pasos tomando ruta hacia las Baleares. El maltés me ha puesto al tanto del personal de bordo: la oficialidad comprende, además del Capitán Wolfsberg, danés, un segundo capitán, que grita más que el primero y me da sospechas que sea del G–Men Militar” con funciones de vigilancia, además de ser “american 100%”; tres oficiales de ruta que se turnan en las tareas y en la bebida con tres suboficiales radiotelegrafistas y tres oficiales de máquinas. Nacionalidades de estos sujetos: tres suecos, dos noruegos, un danés, dos holandeses y un chileno, que es radiotelegrafista. En cuanto a la marinería, quitando a los tres negros de cocina de los cuales uno es cubano, otro haitiano y el tercero americano y agregando a estos el cocinero ( que es filipino y cuando no está mareado hace muy buenos hot cakes) son en total 22 hombres destinados a las varias misiones del servicio de la nave. Pertenecen a todas y cada una de las naciones y nacioncillas europeas, pero TODOS afirman ser americanos... Ya me cercioraré de lo que piensan. El cubano, que subió maniatado en Génova, está en la sentina encerrado, pues mató de certera puñalada a un marinero fi landés, riñendo con él en una fonducha.

El difunto también era del personal de la nave y estando ésta bajo el contro del “War

Shipping Adm.”, lo llevan preso a New York para procesarlo militarmente. También ya sé más sobre mis cuatro compañeros de viaje. Además del marqués de marras, viaja la Condesa Guerrini Maraldi, que ha superado bastante victoriosamente los cuarenta y “pico”, aunque lleve pantalones y le dé al pincel tan bien como Rafael; es americana de nacimiento y está casada con el conde Maraldi, actual representante de Italia ante el bandolero Tito. La otra mujer, guapa por cierto y coqueta a pesar de estar mareadísima, figura en la lista como Mrs. Gibson. Se casó hace diez días con un capitán americano, que le dobla la edad, el cual, debido a sus ocupaciones militares, viaja en otro transporte con sus “juanes”. La chica es de Brescia y la ví llorar en Génova cuando el barco salía. Completa la lista el “doctor” Gino Comba, obispo nada menos que de la iglesia de Calvino y va a los EE.UU. a solicitar, de las sectas protestantes calvinistas, fondos para reconstruir las iglesias destruidas pertenecientes a dicha congregación. Es afabilísimo, sufre terriblemente el mareo y pasea su rechoncha humanidad por la cubierta, observándose el rostro periódicamente en un espejito que tiene en el bolsillo superior de su saco... No cabe duda que la ociosidad me vuelve curioso; pero es que estas cuarenta personas me pueden indicar lo que piensa el mundo, este mundo tan enredado de la post guerra...

Sábado 2 de marzo

Ocho días hace que dejé Milán... Pero, en fi n, “Alea, jacta est”, la suerte está hecha, y un sol radiante y un mar, como un billar de liso, me obligan a contemplar esta naturaleza tan bella y olvidar mis miserias. Pasamos, como entre once y cuarto de la tarde, a lo largo de Ibiza. Había tanta serenidad y tanta paz en el paisaje, sobre el cual se destacaba el famoso santuario–faro de la “Luz del Mundo”, que materialmente, después de tantos años de estar continuamente en contacro con tantas miserias, me he olvidado de todo... y de todos. Es este maravilloso y radiante sol mediterráneo el que conmueve a cualquiera.

Tal parece que ha acontecido hasta con el lobo marinero del capitán de la nave, el cual, ha soltado al cubano pues le he encontrado discutiendo animadamente, en español, con un fogonero portugués. ¡Qué gente más aventurera hay en esta carcacha...! Casi me siento en familia... ¿O no es un aventurero aquel que todo lo deja por una ilusión? ¡Bah! ¡Qué más da! Este sol mediterráneo hace relucir hasta mi cinismo, de por sí tan opaco...

Domingo 3 de marzo

El mar tranquilísimo y el sol resplandeciente. Viajamos con rumbo a Gibraltar, costeando la parte meridional de España. ¡España! O sea el último vestigio de la obra de Mussolini, como hombre político, que aún resiste a la borrachera democrática que atraviesa el mundo. Por fi n, aunque el barco siga bailando a pesar del mar tranquilo, el Obispo calvinista Comba, el Marqués de Montebello y las dos damas, dejaron por la paz el mareo. Hablé largamente con el obispo, que más parece un mercader, por su aspecto, que un hombre de iglesia. Trataba de convencerme que Calvino tuvo razón al iniciar su campaña contra la Iglesia de Roma. No pudo conmigo, pero debo admitir que es un gran hombre y un cristiano, en el sentido de que comprende la idea de Cristo, aparte de sus vicios sectarios y doctrinarios. Tiene la locuela fácil y tendrá éxito en su misión. Me mostró la fotografía de sus dos hijas, pidiéndome que asista yo a su primera conferencia en Nueva York. Naturalmente, le dije que sí. Quiso después saber algo de mí, pero con agilidad me salí por la tangente. ¿Es realmente un obispo? Volvía a ver al fogonero portugués hablar sospechosamente con el cubano galeote y me intrigué a tal grado que logré conversar con el cubano. Se llama Pancho Gudiño y es un rabioso partidario de Grau San Martín. Se enroló en la marina de los EE.UU. a raíz de su huida de Cuba por haber matado “defendiendo su honor”. Eso dijo. No queriendo la cosa, supe que es un comunista “activista de la Unión Internacional de Marineros”, que es una organización subterránea de “Comitern” y que el portugués de finas facciones y educados modales, aunque fogonero, es un exiliado de su patria, por cuestiones políticas y representa, a bordo del barco, la susodicha Unión de Marineros, ¡Hum! El cubano de Marras es, a mi modo de ver, el tipo clásico del delincuente lombrosiano hereditario. Gran novedad a bordo: por fi n barrieron el barco y desaparecieron de los corredores los frascos de Chianti, rotos, y las botellas de licor, vacías. Ya me estaba yo acostumbrando a su aire de cantina internacional barata de bajos fondos, cuando lo barrieron. Lo único que no pueden barrer es a los tipos que hay a bordo. No cabe duda de que esta nave tiene algo de cosa hecha por docena. Hoy le dió por viajar inclinada a babor dos horas. Dicen que entraremos a

Gibraltar a reparar el timón. Estas no son naves que se reparen. Tienen el fondo plano como una caja de jabón, debido a que, cuando las construían, no se servían de diques, sino simplemente descansaban al fondo plano sobre unos gigantescos rodillos y después le soldaban los costados y demás quemaduras. Adiós estabilidad, por consiguiente... Ahora comprendo porqué el papá de Emilia Parodi no compraría una de estas naves ni por una lira... Mañana llegaremos a Gibraltar, bombardeando la cual, murió Tito Visconti en octubre de 1941... Ya me chocó la jalea y más aún me chocaron las galletas saladas...

Lunes 4 de marzo

Hoy sin duda ha sido el día más divertido, para mí, a bordo. Anoche después de hacer mis anotaciones en el diario, salí a la cubierta a observar las luces de la costa española, de esa nación que tuvo en noviembre de 1942 en sus manos la suerte del conflicto atroz que tanto ha destrozado. ¡Ah, si Franco hubiese saltado sobre Gibraltar mientras la flota de Eisenhower desembarcaba en Marruecos, estas banderas que veo ondear en las naves que circundan la nuestra, pues estamos desde hace dos horas en la bahía de Gibraltar, tendrían otros colores! Pero, en fi n, estamos solo en el intermedio entre el segundo y tercer acto. Al fi nal del tercero y última acto ¿qué pabellón ondeará..? Hoy me dolió el oído más de lo deseado y a las seis de la mañana paseaba yo en la cubierta de popa esperando el sol. Noté que faltaba una de las balsas de motor situadas en la extrema popa del barco y la cosa me sorprendió poco pues dado el carácter distraído del personal de este traste de cocina con hélice y chimenea, si las calderas se caen al mar nadie se daría cuenta cabal de lo ocurrido. Pero cuando vi salir del castillo de popa donde duermen los fogoneros al segundo capitán, de apellido Currott, con una cara poco recomendable y tras él al portugués y a un yugoeslavo de rostro truhanesco comprendí que algo excepcional había acontecido.

Pasando cerca de mí Jorge Vargas Cordeiro, el portugués, me dijo en español: ¿Sabe, amigo que Panchito se ha marchado esta noche a saludar a Franco? y prosiguiendo su camino volvió el rostro y me hizo una mueca elocuentísima. Resuelto a saber la verdad de lo acontecido, por la tarde fuí al departamento de calderas mientras el portugués descontaba sus horas de guardia. Calor a reventar pero ambiente bueno para confidencias y Jorge Vargas habló más de la cuenta. Supe que es de buena cuna, estudiante de leyes y filosofía repudió su clase seducido por las utopías de Marx, Lassalle, etc... Es un comunista peligroso pues cree firmemente lo que dice. Lo seguí en sus ideas y me dijo que Panchito había destripado al finlandés a margen de una discusión política y que siendo miembro activo del partido y de la Unión Internacional de Marineros, él, Jorge, y el finlandés habían decidido ayudar a Pancho a esquivar las preguntas de un fiscal americano pues así lo estimaban conveniente para todos. Dijo que Currott lo había interrogado y quería enjuiciarlo por la fuga de Gudiño pero que no tenía pruebas... A mi objeción de que me parecía que el cubano caía del sartén a las brasas pues la policía española le haría pasar un mal rato sonrió con desprecio y altivez diciéndome que ya Panchito tenía una buena dirección para un amigo de Cartagena y que además el chileno rediotelegrafi sta, también del partido se había encargado por la mañana de transmitir lo más tarde posible el radiograma que el Capitán Wolfsberg había enviado a las autoriades españolas de la costa advirtiendo del probable desembarque del cubano en esas playas... y que estando el Capitán preocupado porque en la bodega de proa entraba el agua a través de una amplia grieta que se había producido durante la tempestad en el Golfo del León, grieta que pretendía reparar en Gibraltar no se daría cuenta del retraso en la transmisión del radiograma a los franquistas... Mientras más animada estaba nuestra charla acertó a pasar por el lugar el delgado y misterioso Currott el cual en buen francés me preguntó si me gustaban las máquinas, si entendía yo de máquinas y por fi n si antes de embarcarme conocía yo a Jorge Vargas pues me veía frecuentemente charlar con él. Comprendí la intención y contesté que nunca había yo visto máquinas más perfectas que las de esta nave, que entendiendo de máquinas admiraba yo la potencia de los ingenieros navales americanos, que esa nave pertenecía a una clase de artefactos mediante los cuales había sido posible a Uncle Sam de aplastar al Eje y, por fi n una verdad, que nunca antes de embarcarme había visto al portugués y que si charlaba yo con él era porque hablaba español y me interesaban sus explicaciones acerca del mecanismo maravilloso que tenía ante mis ojos.

A mi modo de ver, Captain Currott creyó que yo admiraba las máquinas pero que también conocía, desde antes de embarcarme, al portugués jefe de la célula comunista a bordo del “John B. Gordon”... Allá él... Llegamos a Gibraltar a las seis de la tarde. Muchas naves de guerra. La Roca famosa en cuyas faldas se estrelló el trimotor de Tito Visconti tiene aire cansado y anacrónico tal cual los ofi ciales ingleses que subieron a bordo: la vieja Albión también perdió la guerra... Se ve enfrente el faro de Cauta. Pobre Mar Mediterráneo cuna de toda la civilización. Vodka y whisky dominan tus costas.



Laredo, Texas, marzo de 1946. México a un paso. Todavía la custodia del FBI.

María de los Ángeles Guzmán Ramos. 1939.

Del libro Memoria y acantilado, con textos de Carlos Mastretta Arista, presentamos la primera parte del capítulo "Geles", en memoria de María de los Ángeles Guzmán Ramos (1924-2008), nacida un 26 de abril en la ciudad de Puebla.

Memoria y acantilado



Carlos Mastretta Arista

"Geles", Parte 1

A sus 22 años, María de los Ángeles Guzmán Ramos, joven poblana hija del Doctor Sergio Guzmán y de la teziuteca María Luisa Ramos Sauri, cambió la vida de Carlos Mastretta Arista. “El italiano”, como identificaban entonces al recién repatriado hijo de don Carlos, cayó inerme ante la fuerza de la mirada de Geles, cuyos ojos, dice él, le arrebataron el alma y le devolvieron la vida. Cada martes, desde que la conoció, Carlos le entregaba una carta apasionada, “con una pluma alegre”, confiesa, para ganar así, poco a poco, la serena confianza de la mujer más bella de Puebla. Con la fuerza de las palabras, entonces, el amor y la construcción de un matrimonio y una familia, en una historia de vida con una profundidad apenas revelada en este libro.


c/6 parrafos

Jueves Santo 1947

María de los Ángeles:

No sé si estas letras llegarán a ser leídas por tus ojos –esos ojos tuyos apacibles y serenos––, o si solamente constituirán una gota más de sueños en el océano de mi fantasía. No importa. Hace sólo unos minutos que escuchaba yo tu voz, que tanta fuerza deposita en mi alma, y parece absurdo que yo aún intente hablarte sirviéndome de un cándido papel destinado a recibir cifras y cuentas, y no una confesión surgida de una mente enamorada y de mi corazón invadido de ternura por ti.

Una frase tuya de esta noche es la que me obliga a seguir a través del hilo tenue de mi fantasía, una conversación interrumpida por la lógica necesidad de la convenciones sociales y familiares. (...) Me has dicho que pensando en mí te invade la tristeza, porque temes, y no quieres, que yo sufra. Temes que, no pudiéndome llegar a querer, yo pruebe un dolor tal que me hará infeliz por el resto de mi existencia, hasta ahora tan errante y bohemia. Y yo te he contestado que no debes preocuparte pues tu presencia en mi vida ha señalado una nueva ruta, haciéndome para siempre abandonar un camino de luchas y de errores que terminaría con dar fin a mis últimas fuerzas, constituidas por la voluntad y el deber que con el simple hecho de haber nacido Dios nos destina. En otras palabras me has conducido nuevamente a la luz y la verdad sin las cuales todo esfuerzo es vano y todo logro amargo. (...) Y lo que ahora te escribo, lo hago con la mano en el corazón, extrayendo de él lo que en él hay, sin cálculo alguno, sin más esperanza que la de sentirme feliz por haber hallado en ti la mujer soñada en todas mis horas –y fueron tantas– amargura, de decepción, de profundo sufrir. Porque, como te he dicho, yo soy un solitario y lo fui moral y materialmente. Sólo quien conoce la profunda amargura de una soledad moral y material puede formularse un ideal de mujer como yo me lo formé; una mujer que hoy, física y espiritualmente, he tenido la felicidad inmensa de encontrar, cuando ya mi triunfante escepticismo me decía que mis sueños eran tales que mi ilusión de encontrarla debía de terminar, para que así mi amargura se transformara para siempre en la hiel diabólica de un cinismo agobiador.

Cuando en la indiferencia de mi vida apareciste, yo te miré intensamente: lo extraño es que probé la sensación de no hallarme frente a una mujer desconocida, sino de frente a una mujer que ya vivía en mí, que aun antes de encontrarla me había ya acompañado y me ayudaba a sobrellevar las penas sinsabores de la vida. Fue ese día, en el campo de Foot–Ball, cuando entregaste un ramo de flores a no sé qué equipo. Desde entonces tuve sed de aquella mirada que no podía ya descifrar aun conociéndola. ¿Qué tenía aquella mirada que no me miraba? Te seguí sin saber el porqué, y otro día (la noche de la cena en casa de Abelardo) me atormenté mirándote acurrucada cerca del fuego de la chimenea, escuchando las notas de la música. ¡Qué lejos te vi, pero qué cerca! (...) Desde entonces vivo como viven los delfines, que siguen la estela de un barco meciéndose en las ondas en pos de un sueño, de una quimera. (...)



De novios. Paseo en el parque “Los viveros de Santa Cruz”. 1948.

Por estas razones, Geles, no debes de entristecerte por mí y por mi futuro. Por todas estas razones debes, con esa bondad infinita que tu corazón alberga,, consentir que yo esté en tu vida sin pedirte nada: ¿qué daño puede hacer al soberbio bajel de tu existencia el que un pobre y soñador delfín siga tu estela? Seré el amigo discreto, el compañero fiel, el trovador oportuno que se haga la ilusión de ayudarte a vivir. (...) Y recuerda, siempre recuerda, que quien mucho ha sufrido sabrá comprenderte, sabrá sin una queja alejarse de ti si así lo quieres, y podrá, no obstante, llevar en adelante la vida más real y digna, luchando siempre por elevarse sobre toda ruindad, porque lleva para siempre en su corazón el amor hacia ti que lo enaltece.

Carlos

Aquí puedes seguir leyendo el capítulo “Geles”, del libro Memoria y acantilado, de Carlos Mastretta Arista, publicado en Libros Libres de Mundo Nuestro.

Memoria y Acantilado: Geles