Memoria y acantilado/Del absurdo cotidiano

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Mundo Nuestro. En la columna Del absurdo cotidiano que se publica en la revista Nexos, Ángeles Mastretta presentó esta semana este texto en el marco del día del Padre. Una versión del mismo forma parte del libro Memoria y acantilado, con una selección de los textos del periodista poblano Carlos Mastretta Arista (1912-1971), publicado en esta revista digital.

¿Es en junio o en julio el día del padre? Lo han de saber los inventores de la fecha. Cuando mi padre murió no existía el día del padre, y desde que está muerto, yo festejo todos los días el día del padre. No le compro regalos, pero converso con el atisbo de sonrisa y la continua duda que hay en el gesto del retrato en que lo busco.
Me pregunto si habrá una edad en que las huérfanas dejen de buscar a su padre. Porque cualquiera está dispuesto a compadecerse de una niña, de una adolescente, hasta de una joven que ha perdido a su padre, pero una cuarentona con la orfandad a cuestas es más patética que conmovedora. No crean ustedes que no lo sé, pero tampoco crean que el saberlo me ha servido de algo. Toda yo, con todo y mis deseos y mis recuerdos, acudo como al agua al dolor de ser huérfana.
A veces voy por la calle cantando una canción o jugando con mis hijos a encontrar figuras en las nubes, y de repente ahí están, como en un sueño del que no gozan suficiente, un papá y una hija conversando de nada, una hija y un papá haciéndole al futuro un guiño al despedirse, un papá que lleva a su hija a comer fuera, una hija que acaricia la nuca de su padre vivo como un tesoro, un papá y una hija que no saben el lujo que es tenerse ni mal sueñan el precipicio de perderse.
Entonces me atormenta la más cruda envidia, la envidia que provocan quienes tienen papá y juegan o desperdician sin recato el placer de tenerlo.
Tener papá siendo adulto debe ser como andar por la vida bajo un paraguas inmenso, como poder caminar sobre el océano, como encontrar la olla de oro al final del arcoiris, como haber escrito ya las treinta novelas que me gustaría escribir.
No sé, pero hace mucho tiempo imagino que tener de vuelta al abuelo de mis hijos sería existir de otra manera y asirme a la existencia del modo más seguro en que uno puede asirse.

Tal vez la pena sería menos intensa y la pérdida más fácil de aceptar si yo hubiera acabado de hacer las cosas que las hijas deben hacer con sus padres, mejor dicho, si hubiera podido al menos empezar a decir las que mi torpe lengua de adolescente no llegó ni a pensar.
Yo tengo siempre a disposición de mis propios oídos o de quien quiera oírme, una larga serie de cosas que no dije y otra de cosas que no hice por mi padre. Habitualmente me las callo, pero a veces me salen en los momentos más impropios y agobio a gente que me mira con ganas de no volver a verme o a gente que pena penas mayores y por lo mismo tiene piedad de mí.
La penúltima vez que acudí al oculista, al terminar la revisión de rutina, el buen hombre tuvo la audaz idea de preguntarme aparte de mis ojos cómo me encontraba de salud general.
—Pues mire —le dije—, hace una hora que salí de mi casa, justo al cerrar la puerta, tuve la precisa sensación de que mi padre, que murió hace años, había muerto hacía un minuto. De lo demás estoy bien.
El doctor me había visto dos veces antes de aquélla y hasta ese momento se había creído mi oculista, no el encargado de mi terapia psicoanalítica. De cualquier modo me puso la mano en el hombro y dijo:
—Me alegra que de lo demás esté bien.
No volví a visitarlo en cosa de año y medio. Nuestro siguiente encuentro pudo ser de rutina, sin embargo al verme en la antesala me abrevió la espera, me hizo pasar a su despacho y se sentó conmigo en uno de los sillones para los pacientes.
—¿Se acuerda de mi esposa? —preguntó—. ¿La señora que me ayudaba a llevar la consulta?
—Claro —le contesté, recordando la calidez de aquella mujer delgada y guapa.
—Murió de repente —me dijo, desde una tristeza como pregunta.

—Pobrecito —dije abrazándolo—. ¿De lo demás cómo está?
Luego nos miramos como dos viejos amigos y desde entonces somos amigos.
Así me pasa de pronto. Hace poco, en un restorán italiano, mientras tres músicos devastaban Torna Sorrento, solté mi desconsuelo sobre el spaguetti y aún no me recupero de la vergüenza que les hice pasar a mis escuchas. Hoy me encuentro con este puerto libre abierto al barco de mis recuentos y no creo que pueda callármelos. Sin embargo, tenemos todos la suerte de que puedo avisarlo a tiempo y el que no quiera ver cómo bajo mi carga, queda libre para irse a otra sección, sin necesidad de que intercambiemos disculpas.
Sigo entonces: de todo lo que no dije cuando aún se podía, ahora lamento antes que nada no haber dicho:
· Papá, no importa que no seas rico.
· Papá, ya entendí por qué no eres rico.
· Papá, cuéntame de la guerra, y de las otras cosas que te duelen.
· Papá, en un tiempo más no tendrás que mantenernos. No cometas la estupidez de morirte, porque el resto será la mejor parte. Será un premio la vida que te falta.
· Papá, tú mismo eres un premio, y yo sé de la fortuna que es tenerte.
Podría seguir, pero no sería justo poner en esta lista las cosas que no dije porque no las sabía o no me habían pasado.
Los deudos acabamos sabiendo mucho más de quienes vivieron a nuestro lado cuando ya no podemos conversarlo con ellos. Es más: uno de los primeros modos de establecer algún tipo de conversación con nuestros muertos es buscarlos en el pasado que no les conocimos. Otro es reandar los caminos que fueron suyos y que no compartimos. De esas dos búsquedas he obtenido miles de preguntas, reproches y noticias. Les diré sólo algunas de aquellas con las que he perdido mi tiempo acosando los ojos del inexorable retrato que todos sus hijos, y por supuesto nuestra madre, tenemos repetido en algún sitio de cada casa:
Papá, ya conozco las colinas del Piamonte. Fui con Verónica. Visitamos la casa que te heredó el abuelo cuando creyó que tú serías el único de sus hijos que se quedaría a vivir en Italia. Nos enteramos por los compradores de que tú les dijiste que la vendías para comprarte una en México, que era el país en el que naciste y en el que finalmente vivirías el resto de tus días. No creas que nos preguntamos en voz alta por qué no te compraste la casa en México. Ambas lo sabíamos ya y lo conversamos en la noche: lo usaste para reponer el dinero que te prestaron cuando se te ocurrió meter a Puebla la marca FIAT y tus amigos inversionistas quisieron ganancias el primer año.
También comimos en el restorán donde aún hacen los raviolis que según la tía Angelina eran tus preferidos. Son una delicia.
Papá, los italianos se volvieron exitosos y Roma es una de las ciudades más caras del mundo.
La virgen del Duomo, la Piazza Fontana y la Avenida Italia han vuelto a ser hermosas y señoriales, ya no son un hacinamiento de muros chamuscados. Non priocuparti piú.
La Fonda de “Michele”, donde tantas veces hiciste cola para obtener tu ración de coles hervidas y arroz pegajoso, se convirtió en un restorán muy elegante, a mitad de la calle Olmetto.
En la Piazza Ludovica, donde tomabas el camión que daba tumbos hasta Stradella, hay una boutique de ropa para mujer en la que un vestido cuesta más caro que un Volkswagen.
¿En qué acabó el viaje del Liberty Ship que te llevó de Nápoles a Nueva York? ¿Metieron preso al cubano que se le escapó al capitán en Gibraltar? ¿Supiste qué hacía el conde de Montebello, primo del rey de Italia —según escribiste—, en la misma lata de sardinas que te sacó del hambre? ¿Cómo fue que sólo escribiste ocho días del diario sobre tu regreso a casa? ¿No bien dejaste de ver el Mediterráneo y caíste de tal modo en el presente que ya no valió la pena ni registrarlo?
La tía Angelina, tu prima, nos enseñó una carta que les enviaste a tus parientes italianos en 1969, veinticuatro años después de dejarlos. ¿Por qué, si los querías tanto como dice la carta, tardaste más de veinte años en escribirles?
¿Hubieras podido irte tras veinte años de vivir con nosotros y no escribirnos más?
¿Supiste que la mujer que fue tu novia durante la guerra se volvió borracha? Ya te habías muerto cuando llegó a la casa una carta suya, que tu hija Verónica leyó y perdió. Se burla de mí cuando se lo reclamo.
¿Por qué nunca dijiste con todas sus letras cuánto y de qué modo te aburría la Puebla de nuestra infancia?
¿Sabes? Aún extraño las noches frente a la tele, jugando a predecir el desenlace de las películas mexicanas mientras temíamos que dieran las doce y cortaran la transmisión antes de que acabara el melodrama en turno. No puedo ver a Pardavé sin llorar.
No lo creerías, en México ya existen uvas dulces y se importa chianti y agua de Sanpellegrino, como si toda la clase media hubiera nacido en Italia.
La película El Padrino ha llegado a tener tres partes. Te hubiera deleitado.
Vivo con un hombre que de noche hace ruidos como los que tú hacías y de tarde es un conversador prodigioso. En las mañanas casi siempre tiene prisa. La pasarían bien juntos. El también desconfía del mar.
Tengo dos hijos. Uno se ríe como tú y no grita porca miseria porque no te oyó el lamento, pero cuando litiga parece que nació en el quicio de una trattoría. La otra tiene ojos como pájaros y siempre quiere platicarme cuando estoy escribiendo. Yo creo que los dos son como dioses y por las dudas los venero hasta el desastre.



Mi mamá se hizo una casa que mira a los volcanes sobre el terreno de Mayorazgo por el que tanto peleó. Lástima que no te hayas quedado para hacer tuyo ese silencio.
Tienes razón, nunca debí meterme en ese lío. Pero es que ese lío se metió en mí.
Estas son algunas de las cosas que he hablado con él, sin obtener mayor respuesta que una, tal vez inventada: la sensación más o menos frecuente de que alguien me observa y casi siempre se hace mi cómplice. Noté en mi madre una desconfianza absoluta de tal versión, pero a mí me ayuda a caminar por el borde del eterno acantilado que nos rodea.

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Sobre el autor

Ángeles Mastretta

Novelista poblana. Entre sus principales libros están Arráncame la vida, Mal de amores, Mujeres de ojos grandes, y los más recientes La emoción de las cosas y El viento de las horas. Publica todos los meses su Puerto Libre, además del blog Del absurdo cotidiano.