Literatura

Vida y milagros

Hace mucho que soy agnóstica con respecto a lo que sucederá con lo que fuimos cuando nuestro cuerpo se muera. Soy agnóstica porque no tengo una opinión sobre la existencia de Dios y carezco de creencias a favor o en contra. El que reconoce que no conoce es un agnóstico. Me encantaría tener alguna certeza que me acompañara, pero sería mentirme a mí misma el decir que la tengo. Envidio a quienes la tienen, y más aún admiro a quienes sin tenerla nos tiran un hilo de esperanza tan delgado como una telaraña cuando leo que, como yo, y seguramente como muchos, van por el mundo hablando con sus muertos y viven acompañados por sus recuerdos, escuchando de repente sus voces, sus palabras y hasta su olor. Eso sucede en el primer libro de la triada de Rafael Perez Gay, Nos acompañan los muertos (2009), pero la verdad es que los muertos acompañan al autor en sus tres libros.

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Seguramente en la Feria Internacional del Libro de Guadalajara se presentará el último libro de la trilogía de Rafael Pérez Gay, Perseguir la noche (Seix Barral 2018). Terminé de leerlo hace unos días. No quería que terminara. Me encantan las apariciones del niño que fue, de la ciudad de México que cobijó su niñez, del tóxico territorio de guerra económica y emocional en que creció, mientras sus padres trataban de sacar a su familia a flote, en medio de permanentes batallas campales, una familia alterna de su padre y el amor que va y viene entre todos. El segundo libro de esta triada fue El cerebro de mi hermano (2013), un libro en el que mientras narra trozos de su infancia, cuenta la historia de los adultos en que se convirtieron él y su hermano mayor. El hilo conductor es la decadencia, la enfermedad y la muerte de su hermano. El libro es una invasión a la intimidad de ese proceso, ni duda cabe, pero tiene la universalidad de recorrer el tránsito obligado hacia la muerte, de la que preferimos distraernos, como si no existiera. Este escritor sarcástico, cruel, con un humor negro difícil de igualar en la literatura contemporánea, mezcla el presente con el pasado de una manera magistral. Infancia es destino, parece recordarnos en cada aparición del niño que fue.

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En Perseguir la noche, Rafael se voltea hacia sí mismo y como un cirujano inclemente relata, sin dejar nada a la imaginación, su lucha contra un cáncer de vejiga, mientras al mismo tiempo nos muestra el pasado de una ciudad de México ya casi desaparecida, la de fines del siglo XIX. Lo hace siguiendo la huella de los escritores modernistas que escandalizaron al porfiriato y que persiguiera la temible policía de Porfirio Díaz; escritores y artistas de espíritus libres en busca de su lado más oscuro en los prostíbulos de la ciudad de México: Amado Nervo, Bernardo Couto, José Juan Tablada, Julio Ruelas. La historia de este libro --como lo dice la contraportada-- es una cruda exploración de la enfermedad, el dolor y la muerte que le disputa sus límites a la vida. Lo que jamás será este escritor es autocomplaciente. No perdona nada de lo que ve y mucho menos se perdona a sí mismo. El humor negro suele ser poco comprendido. Yo lo entiendo como un poderoso escudo contra lo que nos duele, aunque a veces ese humor deje víctimas a su paso.

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Me cautivaron varias cosas en sus tres libros. La primera y la más importante es la mirada y la voz narrativa del niño simpático, sensible y curiosísimo que fue Pérez Gay, un pequeño reportero de la vida diaria y sus matices crudos, de una melancolía ahuyentada por el humor; enternece la complicidad alterna con sus padres, en su papel de testigo y recadero de todo lo que acontece en la familia. Dicen que, al nacer, todos los niños crecerán en un ambiente con diferentes grados de toxicidad, y que ocuparán en la familia el papel en el que se sienten más útiles. El niño de estos libros es el cronista y facilitador de la familia, y lo hace de maravilla, porque nunca juzga, solo narra lo que le dicta su implacable memoria. Ese niño juega papeles diferentes: de mediador, de cómplice, de protector, del humorista que disfraza con bromas su preocupación o su miedo, mientras se van formando su educación sentimental y su carácter. Mirar al niño de esta triada de libros es como caer en un hechizo. Decirle adiós en el último libro de verdad que cuesta trabajo. Tengo debilidad por las buenas voces infantiles en la literatura.

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Nos acompañan los muertos (2009

También me gusta de sus libros el constante diálogo con sus muertos. Decía que soy agnóstica, pero me sorprendo a mí misma, como lo hace él, hablando con mis muertos, como si desde algún lugar me oyeran y hasta me pudieran dar consejo. A veces los increpo, otras los comprendo por fin. ¿Desde dónde es que nos acompañan los muertos? ¿Desde nuestro cerebro? ¿Desde una energía transformada que no podemos comprender? Ojalá que nos acompañen sin las cargas del cuerpo, sin sus interminables demandas de paz, deseos, descanso, satisfacción, dinero, libertad y absolución.

Y, por último, me encanta cómo este fantástico escritor recupera los trozos perdidos de los lugares en donde creció. Todos tenemos una ciudad perdida en la memoria, la que despareció para siempre sacrificada en el altar de la modernidad, pero también tenemos en la vida una calle o un parque que han sobrevivido tercamente al destructor pasado y al temible presente. Esa estará con nosotros hasta que nos convirtamos en éter, en ceniza, en vapor.

Con Nos acompañan los muertos, El cerebro de mi hermano y Perseguir la noche, Rafael Pérez Gay nos ha regalado una nueva forma de entender el pasado, el presente, y por qué no, el futuro de nuestros espacios vitales y de nuestra propia vida.

Mundo Nuestro. Sí, son millones las historias que pueden contar los migrantes. Aquí nos lo recuerda Ángeles Mastretta en este texto de mayo 2004 publicado por la revista Nexos.

(Fotografía de Agencia Enfoque)

Dicen que el rancho se ha ido quedando vacío, que ya no viven ahí sino mujeres con niños y viejos huérfanos de hijos. Quizás exageran, lo cierto es que yo tengo años de oír cómo se van unos y vuelven otros, mientras el rancho espera en vilo su ir y venir. La vida de quienes se fueron se ha vuelto parte del paisaje reseco, parte de la loma empinada que dormita arriba de un pueblo pálido llamado Libres. De ahí salieron hace años algunos valientes, ahora se va todo el que puede. Con dos mil dólares y una dosis del brebaje que produce la mezcla de la necesidad con la audacia, se va todo el que puede.



Y las historias se repiten como gotas de agua: idénticas y al mismo tiempo irremplazables. Por el rancho corre cada día una nueva y todo el que las oye las recuenta como quien da fe de que aún existen los rostros y litigios que se fueron a buscar su destino en otro lado, del otro lado.

Conozco a una mujer que las dice como si al hacerlo consiguiera exorcizar la curiosidad que le provocan. A veces ni ella recuerda la cara de todos los que se fueron, pero se sabe sus historias como si debiera guardarlas lo mismo que un notario dispuesto a dar fe del extraño modo en que otros conservan la esperanza y hacen la caridad de no morirse ni dejar que se muera su origen.

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Valerio tenía treinta y dos años cuando se hizo al ánimo de largarse a Nueva York convidado por un primo al que le urgía ayuda para terminar de poner el piso de un departamento en la calle nueve, esquina con la tercera avenida. Había ido juntando de a poco sus dos mil dólares para el viaje. Aprendió a trabajar en la desquiciante ciudad de México bajo las órdenes e instrucciones de su hermano mayor, un hombre avispado que lo mismo remienda una pared que compone un tinaco, repara una bomba de agua que mueve de lugar un enchufe, le quita el sarro a una regadera que impermeabiliza un techo, pinta las paredes de la cocina o instala un calentador de gas. A Valerio no le disgustaba vivir en casa de su hermano, pero había dejado en el rancho a una mujer con sus tres hijos a cargo de una miscelánea cada vez más vacía. Se propuso cambiarles el destino y se fue a despedir de ellos un sábado como cualquier otro. No dijo mucho. Se limitó a embarazar a la mujer y a pasarles una mano por la cabeza a sus hijos. Le pidió la bendición a su madre que se la dio de mala gana, y se fue sin más en un camión que lo llevó del rancho al aeropuerto y del aeropuerto a Los Angeles y de ahí a Nueva York. Todo sin más visa, ni más permiso, ni más revisión que una maleta.

A los cinco días de haberse ido llamó para decir que había llegado, que ya vivía en un cuarto bueno con ocho camas y dos turnos para dormir. A él le tocó el turno del día porque el trabajo que le consiguieron no fue como albañil sino como lavaplatos en la parte de atrás de un restorán italiano en el que de Italia no queda sino un mapa, los manteles de cuadros rojos y los varios estilos de pasta que guisan, sirven y recogen puros mexicanos.



Ya pasaron cinco años. Valerio no ha vuelto ni tiene para cuándo, dice que ya nada más que junte para comprar la camioneta de carga con que hará que el rancho se estremezca cuando él cruce de punta a punta la calle central, la única. Mientras tanto, su hija mayor cumplió quince años hace tres meses, anda como en vilo con un chamaco que se la lleva de noche a una barranca y la devuelve tarde y despeinada, su hijo menor tiene cuatro años y aún no sabe dormir sin pañales, su mujer tiene la tienda llena y no vende mal, su madre ha envejecido como él nunca pensó que llegaría a envejecer, porque parece eterna como sus profecías y su maledicencia. La semana pasada él mandó mochilas con rueditas para los tres hijos de en medio, que fueron a la escuela jalándolas con una dicha sólo propia de quienes tienen algo, alguito, recién llegado del otro lado. Junto con las mochilas llegó una foto de Valerio haciendo pizzas frente a un horno inmenso en cuyo costado dice con letras rojas: ¡Careful! ¡Cuidado!

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Los que se van para allá a veces extrañan tanto que mandan pedir cosas de comer que les recuerden el aire de sus rumbos. ¿Cómo se las mandan?: llamando a una señora que está en Puebla, a una hora del rancho. Ella tiene un negocio bien instalado que funciona como reloj suizo. A veces el mismo día, pero a más tardar al día siguiente de recibida la solicitud hecha por teléfono, llega al rancho una camioneta y recoge el envío. Mariela acaba de mandarles a sus hijos una cubeta con tlacoyos de haba y frijoles. Se la dio al de la camioneta con todo y las señas de sus hijos en Queens. No tuvo que pagar ni un centavo. Allá les cobraron a ellos trescientos dólares en el momento de la entrega. Y ellos los pagaron sin reticencias y se sentaron a comer oyendo a Los Temerarios. Esa noche llamaron a su mamá: “Aquí estamos comiendo sus tortillas mamá”, dijeron y se les oyó como si estuvieran nada más debajo de la loma.



En la tele y el radio sólo se cuenta el mal de los que no llegan, de los que se pierden, se mueren, se pudren, se ahogan. Pero ¿por qué se siguen yendo quienes oyen hablar de la diaria tragedia de tanto hombre de bien? La gente dice que porque la mayoría llega y cuando llega no le va mal. Porque de regreso mandan a sus casas más dinero del que trae a México la inversión extranjera directa. Y eso no lo dicen sus parientes sino las estadísticas. Sus parientes lo notan y eso cuenta.

Imelda tiene la melena negra, los ojos oscuros y la risa abierta. Una piel clara como de japonesa y unos pies diminutos como de china. Es hija de unos padres que aventaron al mundo diez hijos y luego los dejaron crecer como fueran pudiendo. Imel se fue a Los Angeles hace como quince años, cuando tenía veinticinco. Se fue siguiendo a un novio al que ni encontró. Un novio al que había conocido trabajando de velador en el mismo edificio en que ella trabajaba dando masajes. Cuando llegó no tenía referencias y nada más la contrataban en las casas de Beverly para lavar trastes y sábanas. Un día la dueña de una casa en la que ya tenía confianzas le contó a señas que le dolía la espalda. A señas la Imel le preguntó que si quería que la sobara y a señas la gringuita dijo que sí. Dicen que era una güera muy bonita pero muy borracha. Bebía tanto que a Imel le daba muchísima flojera ir a su casa en lunes porque había que recoger botellas vacías hasta debajo de la cama. Decía que le daba por el alcohol porque la dejó el marido, pero vaya uno a saber. El caso es que después del día en que le enderezó la espalda a la rubita que cuando no estaba borracha era muy trabajadora, Imelda pasó de ser recamarera a ir tres veces a la semana para darle un masaje de hora y media por el que ella le pagaba lo mismo que antes por lavar todo el día. Entonces mandó traer a su prima para que hiciera la limpieza y ella no volvió a lavar un traste que no fuera suyo. De recomendación en recomendación ella y su lengua parlanchina y mimética llegaron con la dueña de un gimnasio que la contrató ocho horas diarias cinco días a la semana. Aprendió a hablar inglés, se casó con un gringo que se llama Jo, tiene dos hijas: la Jacqueline y la Morgan. Se ha comprado una casa en los suburbios que el otro día me trajo a enseñar su amiga la Peque y que, como ella dice, es mucho más bonita que muchas de las de Ciudad Satélite. Tiene back yard y vecinos que los domingos ponen carne a asar. Igual que como hacen en la caricatura de los Picapiedra. Aquí se le quedaron nueve hermanos y el papá. Todos, menos su amiga la Peque, le piden dinero para todo. Tanto así, que el mismísimo sobrino que tiene carro le cobró el otro día setecientos pesos por ir a recogerla al aeropuerto y llevarla de ahí al Cerro de la Estrella en donde vive su papá. Su amiga Peque dice que Imelda se deja pendejear, porque le gusta ir dando dinero y traerles a todos un regalo para que vean que no es roñosa. Cada vez que viene le hace arreglos a la casa del papá y cada vez que viene la vuelve a encontrar con algo mal. Y lo arregla de nuevo, porque para eso se fue allá, para tener con qué.

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De lejos se ve que Melchor nunca ha perdido un hijo, por eso es tan ingrato. Se le fue al otro lado su muchacho el más chico: lo agarró la migra y lo devolvió. Un mes perdido el chamaco hasta que una señora de Sonora se apiadó de él y llamó a los del pueblo que están en Nueva York, diciendo que allí tenía a Efraín porque lo habían devuelto. De allá le llamaron ellos a Melchor para que le mandara dinero al chamaco y pudiera regresarse. Pero ¿qué dijo el condenado Melchor? ¿Qué dijo? Que el pinche güey chamaco ni regresara por el pueblo porque le iba a poner una madriza por no haber corrido. Que si no tenía patas para escapársele a la migra que ni las tuviera para regresar al rancho. ¿Por qué los otros sí pasaron y él no? Eran veinte con todo y el coyote. Dieciocho llegaron a Nueva York. Pero no su hijo. Los que se quedaron perdidos fueron justo el coyote y este chamaco que tiene diecinueve años. Dice que lo confundieron con coyote que porque es güero y tiene el pelo chino.

Luego, como pudo, el Efraín volvió al pueblo y ahora anda trabajando con su papá en el tractor. Su papá no para de regañarlo y lo trae a grito y grito. Por eso no ha de tardar en volver a irse. ¿Qué hace en el pueblo? No más anda viendo a quién embaraza. En el pueblo no se quiere quedar. Mejor se pasa de nuevo al otro lado a ver si ahora no lo regresan. ¿Cómo no ha de pasar él que tiene la secundaria terminada y en cambio sí pasó su tío que ni leer sabe? Su tío que ahora reparte sushis en la zona del Village. Dicen que como Nueva York está bien cuadriculado no más le dan un papelito con el nombre de la calle, y que él la encuentra. Además no van muy lejos del lugar en donde trabajan, se aprenden bien el mapa y con eso tienen. Con eso y con saber agarrar el subway para regresar a Queens.

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Del Queens a un Deli en Chelsea va todos los días una muchachita de veinte años que nació en el Distrito Federal y se fue para Nueva York cuando su papá consiguió su green card y mandó por su mamá, por ella y sus dos hermanos. Se llama Carmela. Hace unos días conoció a Julia que se estaba equivocando de caja al escoger la fruta. Julia estudia cine en la Universidad de Nueva York. Quiere volver a México y dedicarse a hacer películas. Está contenta con lo que aprende, pero no se halla del todo en la ciudad que tanto la fascina. Siempre que cruza la puerta del Deli entra temblando como si fuera el primer día helado del invierno. Ella y Carmela son muy distintas. Se visten distinto, piensan distinto, esperan de la vida distintas cosas y si las dos vivieran en México todavía, una andaría en pesera rumbo a Ciudad Neza y la otra en un Jetta rumbo al cine en Coyoacán. Pero se han encontrado en otra parte y tienen quién sabe qué en común. Se van al cine juntas. Hablan poco, no entienden mucho una de la otra, pero con lo que tienen les basta. Las dos entienden lo que quiere decir “chilango”, “guarura”, “el carro negro oscuro oríllese a la orilla”, “estoy aquí a la vuelta y hay un trafiquerío de locos”. Ellas, que aquí serían tan ajenas una de otra que con dificultad se cruzarían alguna tarde, se van al cine juntas y les gusta.

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Doña Casi ya le dijo a Miriam que allá en Chicago hay tiendas preciosas con ropita preciosa para bebés. Y como Miriam está embarazada de su segundo niño, le ha prometido que al volver le traerá cosas. Quién sabe hasta cuándo, porque apenas se fue ayer y allá se queda por lo menos seis meses. Cada año pasa seis meses allá y seis acá. Cuando termina el frío, al final de marzo, se cruza, y en octubre regresa a revisar en qué andan los tres locales que se ha ido comprando en el mercado de una colonia que está por Indios Verdes. Aquí vende de todo: cosas de abarrotes, verduras, huevo, leche, refresco, papas, pan. Y allá tiene un camionetita de esas abiertas por atrás, igual que las que se ponen aquí con comida de Oaxaca. En ésa vende puras cosas de México, puras que no hay allá en las tiendas: Jarritos de tamarindo, Peñafiel del rojo, mole, pepitas, cosas así. Y de ahí ha sacado para todo. Los tres locales del mercado los pagó con lo que ganó allá, pero ahora le dejan muchísimo, tanto que hasta el hijo que se queda al cargo se le está haciendo güevón y descarado. Nada más estira la mano y ahí está la mamá con más. Doña Casi ahora se llevó al marido para que la ayude porque ya estuvo suave de que nomás ella cruce sola.

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Lupis tiene un hijo con las pestañas largas como las de ella, los ojos grandes como la curiosidad y una sonrisa que entrega con sólo mirarla cuando vuelve del trabajo. Lupis tiene veinte años y tuvo en la vida un hombre joven que se fue para Los Angeles o para Tucson, que ya está en Nueva York o en Houston. Al principio escribió una vez y llamó varias, estaba en San Diego, pero ya le ofrecían trabajo en la pizca de jitomate y no sabía bien qué hacer. Entonces Lupis que era tan dueña de una belleza inocente como lo sigue siendo, estaba embarazada y tenía diecisiete años y todas las esperanzas de ella y de su madre quebradas por la mitad. Vivía en Michoacán y en el mismo lugar y con la misma gente estuvo un año esperando que regresara el muchacho con el que hizo al hijo.

Hace como seis meses encontró un colibrí lastimado en el patio de la casa en que trabaja. Se asustó.

—No te asustes —le dijo su patrona, una fantasiosa sin límites a la que nunca habría que hacerle caso—. Cuentan que son de suerte en el amor. —Suerte es lo que necesito —respondió ella con su extraña suavidad a cuestas.

Ya va para un año que trabaja haciendo menos cosas y más de las que debe hacer una criatura que terminó con diez el segundo de preparatoria.

—¡Un colibrí! —dijo Lupis el otro día viéndolo enloquecido sostenerse sobre las flores de la bugambilia—. Son muy bonitos, resolvió, pero no dan suerte en el amor. El papá de mi hijo ni me ha llamado, pero ya les escribió a sus papás para decirles que allá se va a quedar. Que allá está bien, que ojalá y yo esté bien aquí.

Lo dijo y sonrió como si hubiera dicho misa: —Yo sí estoy bien aquí, ojalá y él no esté bien de aquel lado.

En los años veinte del siglo pasado un grupo que vacaciona en la rivera francesa se reúnen a platicar. Se hospedan en la misma posada. Hay un matrimonio alemán interesado en la fotografía, un danés amante de la pesca, un matrimonio italiano, Mrs. C una dama inglesa apasionada de los libros y el narrador de la novela.

A lo largo del día cada quien hace lo que quiere, para luego encontrarse en las comidas. En las sobremesas platican de todos los temas. Un día llega al lugar un joven francés muy atractivo que, sin quererlo, se convierte en el centro de las miradas. Él, que resulta encantador, se relaciona con todos con mucha facilidad.

A Madame Henriette, que se hospeda en un hotel cerca de la posada, se le ha visto platicar con él. Ella es una mujer madura esposa de un importante comerciante y madre de dos niños. Un día no llega al hotel a la hora acostumbrada. El marido se preocupa y da aviso a la administración. Se organiza su búsqueda. Él, en el cuarto, encuentra una carta donde ésta le avisa que se ha ido con el joven francés.

La fuga se convierte en el tema central de la conversación de los huéspedes de la posada. Todos la toman en contra de ella porque su comportamiento atenta las buenas costumbres. El narrador no la juzga ni condena y dice que ella tuvo el valor de hacer lo que pensaba era lo correcto. Mrs. C defiende también a Madame Henriette y justifica que haya podido ser presa de sus impulsos y emociones.

24 horas en la vida de una mujer
Stefan Zweig/Editorial Acantilado /Barcelona, 2001



Mrs. C le dice al narrador que quiere platicar porque piensa que él puede entender lo que ella vivió. Ahora tiene 60 años y reconstruye, con los mínimos detalles, las 24 horas en las que estuvo dispuesta a todo por el amor de un joven al que salva cuando evita que se suicide.

De pronto, deslumbrada por la pasión, vive deseos y sentimientos a los que nunca antes había dado lugar. Empujada por una fuerza desconocida, deja que éstos se manifiesten y la envuelvan.

Quería que el joven la amara y deseara como mujer y no solo la viera como su salvadora. Se da cuenta que ella, para él, no es nadie. Es la primera vez que comparte la historia que siempre ha mantenido en absoluto secreto.

El tono del relato es el de una confesión, para el caso de Mrs. C, que ha vivido angustiada por un hecho del pasado del que nunca había hablado. Su interlocutor es un desconocido con el que siente confianza. La confesión la libera de la opresión y al tiempo ella se perdona.

En ella está presente la idea, lo vivió en algún momento, de que una mujer puede apasionarse por otro, a tal punto, que es capaz de sacrificar todo. La confesión al otro, con absoluta franqueza, es la manera que encuentra de decírselo todo así misma.

En esas horas su corazón contradice a su razón. La razón le dice que se aleje, pero su corazón la lleva a actuar de manera que ella nunca antes imaginó. En la confesión busca ser realmente escuchada, que es lo mismo que ser comprendida y no juzgada.

La novela puede calificarse de psicológica y su autor revela un gran conocimiento de la psicología, para el caso de la mujer, como lo comentan diversos especialistas de su obra. En el retrato que hace de Mrs. C trata con profundidad su mundo interior y sus sentimientos. De manera particular el momento, en medio de contradicciones y sufrimientos, pero también de emociones y gozo, en el que ella pudo dejar todo, para seguir el impulso de su pasión.

La escritura de Zweig tiene un ritmo que la hace única. Es directa y está muy cuidada. Cada frase implica un gran trabajo. La narración es bella y perfecta. El lector no puede dejar la lectura y avanzar en la historia. El texto ha sido llevado al cine en 1931, 1944, 1952, 1968 y 2002.

Versión original. Vierundzwanzig Stunden aus dem Leben einer Frau, publicada en 1929. Traducción del alemán al español de María Daniela Landa.

Twitter: @RubenAguilar

Mundo Nuestro. La novela de literatura fantástica de Paulina Mastretta en línea. Una nueva aventura comienza. La Audaz Navegante surca a partir de ahora los mares de todo el mundo por medio del profundo mar de internet.
A partir de ahora pueden encontrarnos en diversas tiendas en línea.

Mundo Nuestro. Stella Cuéllar, académica y literata, es una de las editoras de libros más reconocidas en nuestro país. Con una larga trayectoria profesional en editoriales como Artes de México y Siglo XXI, ha iniciado recientemente en el periódico digital de la ciudad de Toluca, Alfa Diario, una columna en video especializada en arte y literatura denominada “Del librero de AD”. Con su autorización publicaremos a partir de esta semana sus comentarios con la seguridad de que provocará en nosotros el ánimo por la literatura.

Esta semana, Stella nos invita a leer la novela Segundo Cuerpo, del escritor serbio Milorad Pavić



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Nació en Puente de Ixtla, Morelos, pero se considera veracruzana, porque su mamá estaba en ese lugar morelense y fue donde la pudo parir. Pero vivió y creció en Nuevo Morelos, Veracruz, donde era un niña que recitaba, de memoria, el monólogo de Segismundo, el personaje de La vida es sueño, de Pedro Calderón de la Barca.

Es niña que cantaba las tablas de multiplicar como si se las supiera, creyó que los versos del español eran lo más sencillo frente a lo ofrecido por el profesor y que había sido escogido por sus compañeros.



Años después se daría cuenta hasta dónde había aprendido e interiorizado no sólo la métrica utilizada por al fraile, sino también su reflexión escatológica, sus preguntas ante lo que nadie parece tener respuesta: la vida y la muerte. ¿Es la vida que vivimos un sueño y lo que corresponde es despertar? Si es así ¿dónde y cuándo despertaremos?

Mónica escribió un primer libro, Morir para vivir. Aun cuando ella no estuviera completamente consciente de ello, y aún no se lo plantee así, vivió durante años en un sueño, semejante a los sueños de opio, cuando el fumador languidece y cuanto sucede a su alrededor adquiere un velocidad tal o una bruma tal, que parece producto de una ensoñación, de una alucinación o de una pesadilla.



Después supo que el cáncer de mama había sido un gran artificio para despertarla: la sacó del sopor, del cansancio vital, del sueño, y la trajo de regreso a la vida. Entonces supo que los sueños, sueños son, Y los dejo atrás.

Ese fue el despertar de donde obtuvo el impulso para volver a escribir, versos, sí, porque eso era lo que siempre había soñado y había tarareado antes de escribir; pero también simple y llana prosa que era la única con la cual podía retomar el pasado, situarse en el presente y avizorar el futuro.

Hubo críticas, claro: antes las cosas urgentes ¿cómo dedicar los días a los versos, a la poesía? Pero Mónica no cejó: sabía que tenía entre manos un libro a través del cual ella había podido escuchar un llamado: ¡Vive, porque la vida es hoy, aquí y ahora!



Esas críticas le decían que, puesto que iba a publicar el libro, debía imprimir sólo unos cuantos ejemplares, y no mil. Pero ella sabía que la respuesta hallada podía ser compartida, y, de ese modo, aprovechada por hombres y mujeres que vivía en el mismo sopor sin sentido en el que ella había vivido.

El libro iba más allá de la anécdota del cáncer de mama, pero no era el alegato de una víctima: era un recuento que le permitía soltar cuando había cargado, sin que fuera suyo, para poder caminar ligera y retomar su propia vida.

Hoy Mónica ha vendido más de 600 ejemplares de Morir para vivir, y no se arrepiente de haber impreso mil, pero sí está pensando en una segunda edición.

Mas ella vio que la historia no terminaba ahí: el prurito por la escritura continuaba y ella tenía muchas cosas más por decir. Y lo sabía porque, terminado el primer libro, la visitaba la poesía, llegaban a ella las historias en prosa que pedían ser escritas.

Al principio Mónica, al escribir, creyó que sólo ensayaba, que no iba a publicar aquello que, primero, le llegó a través del canto del pijul, y después se fue extendiendo hasta llevarla a escribirle a sus padres, lo mismo a su madre que a su padre; a su abuela Teresa, a su abuelo Silvino que le enseñó que quien se pierde el amanecer, se pierde la mejor parte del día. Y retomó elementos del nacionalismo mexicano (tequila, pero sólo un trago; reboso, actitud a la Lucha Reyes; recapitulación retro de Pedro Infante) y escribió, y se divirtió, se rio sola al releer lo que había escrito, y entendió que tenía entre manos un libro y debía darlo a la imprenta.

Y ese segundo libro es Memorias que nunca olvidan. A casi un año de que fuera presentado su primer libro, Morir para vivir este jueves 14 de junio, en una fecha muy especial, presentará este ejemplar en la Sala de la Librería del Complejo Cultural Universitario, a las seis de la tarde. Y Mónica llega segura de que escribió lo que tenía que escribir, y que sea el lector quien complete la tarea iniciada por la escritora: leerlo, para que se complete el ciclo y el libro adquiera vida, trasmita la vida que rezuma.


La despertó un crepitar de leños. Venía, quizá, desde la profundidad de su sueño, de un paraje remoto. O quizá provino del bosque. Dormía desnuda y así salió de la cama, caminó el pasillo y bajó la escalera hasta la sala. El gato no estaba sobre el respaldo de su sillón favorito. Sintió su sombra moverse en el comedor. Ahí estaba, sobre la mesa, con el lomo erizado y la cola esponjada mirando a través del ventanal; se movía con lentitud, de un extremo al otro de la mesa, sin apartar la vista del jardín. ¿Qué viste minino? Preguntó ella y se acercó a la ventana. Oscuridad casi total, sólo el reflejo dorado de una estatua entre las sombras. Aguzó la vista, el gato seguía moviéndose con aprensión. Ella no vio nada. Quizá teme a su reflejo, pensó, vamos, minino, ve a la cama, y, como si aún siguiera dormida, y todo eso no hubiese sido sino un sueño regresó, desnuda, al lecho.
La despertó un rumor de olas, un eco antiguo en el acantilado. Lo escuchó abajo, esta vez estaba segura. Caminó por el pasillo y bajó la escalera hasta la sala. El gato estaba echado sobre sus patas, en el respaldo de su sillón favorito. Dormitaba. Ella se asomó al ventanal, sólo penumbra. En el cristal se reflejaba apenas la silueta de sus senos y afuera se veía un halo de seda que se movía como una medusa en el aire, flotaba, se agitaba con lentitud, se desvanecía. No lo ha visto el gato, pensó, tal vez estoy soñando, y volvió a la cama.
Al despertar, vio sobre la pared frente a su cama, un reflejo azulado, ondulante, que escapaba por una ranura que dejaban las cortinas. No las abrió. Se puso la bata de satín y bajó la escalera. El gato estaba sobre la mesa del comedor mirando, inmóvil, hacia el ventanal. Había amanecido, pero no había luz dorada en el mundo circundante sino un reflejo azulado, como aquel que pintaba la pared de su habitación. Del otro lado estaba el mar, no el que se ve desde la terraza de una casa de playa, sino el que miran los peces desde el casco de un naufragio. Las copas de los árboles se movían al vaivén de la marea y las flores y los helechos eran algas y corales, lo demás era agua, arena, Tiempo. Ella se quitó la bata de satín y abrió la puerta.
Günter Petrak

(Ilustración de Portadilla: Kathia Recio/Tomada de Revista Nexos)



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Bajo la bugambilia



La recuerdo, tenía la costumbre de sentarse bajo la bugambilia morada, bordando en una tela la palabra antigua de los ancestros. Descifrando el lenguaje de los tantsulut, los pájaros mensajeros que se esconden entre las ramas de los árboles y se comunican con nosotros para advertirnos de nuestro futuro.

La recuerdo sentada en el tronco viejo colocado sobre las flores caídas de la bugambilia, contando la historia de los siete cerros, de los jilinín que de vez en cuando bajan a la tierra para mostrarnos sus fuerzas y decirnos que tenemos que respetarlos porque son los dioses más antiguos de nuestros pueblos, los que provocan la lluvia y de los grandes truenos que nos recuerdan que estamos más cerca de la muerte que de la vida.

La recuerdo, tenía la costumbre de sentarse con los pies estirados y uno encima del otro, con sus largas uñas a propósito porque tenía la creencia de que cuando uno sueña nuestro takuxta o dualidad se enfrenta a graves peligros que hacen que corra desesperado para salir librado y que para ello necesitaría las uñas largas para poder enterrarlas en la tierra y subirse a los grandes cerros.

Así la recuerdo, como cuando al llegar la tarde miraba la gente pasar por ese camino de piedras y regalaba una sonrisa a las mariposas que le cantan a las flores. La recuerdo haciendo un esfuerzo para que las aves hereden su capacidad de hablar a los niños recién nacidos, para que pierdan el miedo a decir su palabra.

La recuerdo. Tenía la costumbre de usar listones negros en sus largas trenzas, sentada en la orilla del camino, esperando el regreso de los hijos que se marcharon para siempre.



La recuerdo y la busco insistentemente en el camino de piedras, frente a la casa de siempre, pero la bugambilia ya no está. --Provoca mucha basura en el patio--, dijeron y un machetazo la tumbó.

De la bugambilia solo quedan las raíces enterradas y de ella, la mano que escribió estas líneas en su memoria.



Manuel Espinosa Sainos
Cuetzalan, Pue. a 10 de mayo del 2018.

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