Literatura

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"Lo único que me duele de morir, es que no sea de amor". Gabriel García Márquez

Leí el libro de Gabriel García Márquez "Cien Años de Soledad" cuando tenía 20 años, y no pude soltarlo hasta que lo terminé. Fui adicta a la lectura desde que aprendí a leer, sin más orden ni concierto que el de los libros que había en mi casa. El libro me lo regaló alguien a quien amaba y creyó que me gustaría. Al terminar la última hoja de ese libro, uno sabe que acaba de tocar y leer algo extraordinario. Luego leería otras obras perfectas como "El Amor en los Tiempos del Cólera " o "Crónica de una Muerte Anunciada", cuyo título te dice de entrada que la muerte de alguien llegará de cierto, y sin embargo esperamos que no suceda conforme vamos leyendo y entendiendo el mal entendido que conducirá a una muerte absurda e injusta pero que así va a ser, porque desde el título lo sabemos. El autor juega con nosotros como gato con ratón. García Márquez fue un genio, un escritor universal que aborda la condición humana y sus relaciones con el poder, el sexo, la política , el amor, la violencia y la muerte de tal manera que sus lectores siempre encontramos en sus personajes algo que nos explica también a nosotros mismos.





Hace dos años llegó a mis manos un libro extraordinario relacionado con él. La biografía escrita por Gerald Martin, un inglés que hace más de 21 años empezó a investigar la vida de García Márquez, fascinado por sus libros y sus temas universales pasados por el cristal del realismo mágico que da a toda su narrativa una luz nueva y especial. La de Martin es una biografía "tolerada", no autorizada. Trescientas entrevistas y tres mil páginas de borrador derivaron en una biografía conmovedora. García Márquez y su familia le abrieron al autor no solo las puertas de su casa, sino las de la Colombia en dónde creció y vivió el escritor. Decía Picasso que uno hace arte con lo que es. Y es cierto. Una obra de arte lleva la esencia del espíritu de quién la crea. Dieciocho años le llevó a Martin escribir esta biografía, y al irla leyendo, uno tiene todo el tiempo la necesidad de regresar a los libros ya leídos, para leerlos de nuevo con un entendimiento distinto. La biografía de Martin está hecha con una buena dosis de genio también. Escrita con una narrativa perfecta, además de una minuciosidad asombrosa, nos cuenta cosas que nos iluminan y enriquecen para disfrutar y releer a García Márquez. Transcribo un pequeño ejemplo de algo que vivió García Márquez contado por él mismo a Gerald Martin:

"A mi abuelo le dieron la noticia del suicidio de su amigo "el francés", que en realidad era un belga, un domingo de agosto cuando salíamos a la misa de ocho. Me llevó casi a rastras a la casa del muerto, donde lo esperaban el alcalde y dos agentes de la policía. Lo primero que me estremeció en el cuarto desordenado fue el fuerte olor de almendras amargas del cianuro que El Belga había inhalado para morir. El bulto del cadáver cubierto con una manta estaba en un catre de campamento. A su lado, sobre un banquillo de madera estaba la cubeta donde había vaporizado el veneno y un papel con un mensaje en letras dibujadas a pincel: "No culpen a ninguno, me mato por majadero". Nada perdura en mi memoria con tanto ahínco como la visión del cadáver cuando mi abuelo le quitó la manta de encima: estaba desnudo, tieso, torcido y amarillo, y sus ojos de aguas mansas me miraban como si estuvieran vivos. Mi abuela, Tranquilina Iguarán, lo predijo cuando vio la cara con que regresé a la casa: ‘Esa pobre criatura no volverá a dormir en paz por el resto de su vida’. Así fue."- .

García Márquez tenía entonces ocho años y llevaba viviendo con sus abuelos desde su nacimiento en Aracataca, a quien en su novela el rebautiza con el nombre de "Macondo". Su amor y conexión con el abuelo marcarían de manera indeleble su vida y su obra.

Y es con el relato del suicidio de un extranjero con el que arranca la novela de "El Amor en los tiempos del Cólera”. Y es con el relato de un niño al que su padre lleva a conocer el hielo que arranca "Cien años de Soledad". En el libro es su padre, pero en la vida real fue su abuelo quien lo llevara, el "abuelo-padre", su verdadera figura paterna.


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"A comienzos de Agosto de 1966, en la ciudad de México que era entonces su hogar alterno, después de 18 meses de encierro escribiendo una historia que había dado vueltas en su cabeza 17 años, García Márquez acompañó a Mercedes su esposa a la oficina de correos para mandar a Buenos Aires el manuscrito terminado de "Cien Años de Soledad". Parecían dos supervivientes a una catástrofe. El paquete contenía cuatrocientas noventa páginas mecanografiadas. Tras el mostrador, el funcionario de la estafeta, anunció: "Ochenta y dos pesos". García Márquez observó a Mercedes rebuscar en el monedero. No tenían más que cincuenta pesos, de manera que solo pudieron enviar nada más que la mitad del libro. Volvieron a casa, empeñaron la estufa y la licuadora. Regresaron a la oficina de correos y enviaron el segundo bloque. Al salir, Mercedes se detuvo y comentó a su esposo: “Oye Gabo, ahora lo único que falta es que esa novela sea mala".

La obra de Gerald Martin es una crónica magistral y sensible, equilibrada y juiciosa, pero al mismo tiempo amorosa y emocionante. Nos logra mostrar de manera muy eficaz el proceso de vida y trabajo por el que transitó García Márquez para construir su rico mundo literario, hermoso, inquietante, feroz, entrañable y lleno de sentido del humor. Solo pudo hacerlo quien rinde un tributo a quien admira. Los ingleses son excelentes biógrafos. "Todo escritor con principios,- decía García Márquez de broma-, debería tener un biógrafo inglés". Martin es un maestro hablando de otro maestro de las letras, el más querido y emblemático de los escritores latinoamericanos de hoy. Premio Nobel de Literatura en 1982, fue una leyenda en vida, con una familia sencilla y discreta y una mujer a su lado, Mercedes Barcha, que no solo le dio apoyo, sino le hizo en muchos sentidos un sano contrapeso. Gabo y Mercedes, su esposa y cómplice de toda la vida, siguieron juntos hasta el viernes pasado.

Aceptar mi tiempo

(Fotografía de portadilla, Günter Petrak)

Sentado en el umbral de la vejez, al que he llegado sin morir, viviendo, miro hacia adelante, hacia atrás, y cuento las canas, los años, las pecas en mis manos. No quiero hacer la lista de mis amigos muertos, de las oportunidades perdidas, de los sueños derrotados, pero me afligen los huesos de ese pasado desolado, desierto pantano de recuerdos… No quiero, no quiero… escribir la lista de mis domicilios pretéritos, de los gestos amables de olvidados nombres, de inolvidables rostros. No hay álbum que pueda guardar las mudanzas, las maletas, la lluvia en la ventana, el pan enmohecido. Quiero ese amor que nunca fue, ese amor de siempre, el que escogí como último, el que se desvaneció en el tiempo, quiero, solamente, simplemente quiero, aceptar mi Tiempo.



La imagen puede contener: cielo, árbol, naturaleza y exterior

Quiero jugar

(Texto tomado de la revista Nexos, publicado originalmente en octubre de 2009.)

Quiero jugar a las montañas, a los pájaros, a que soy un perro con una mosca en la oreja: trémulo y enojado: olvidadizo. Ya no se acuerda qué lo molestaba, ahora intenta salir a la calle y olisquear las orillas de los árboles, en busca de no sé qué aroma inolvidable.

Quiero jugar a que no pasa nada, no pienso nada, nada recuerdo, nada temo y todo me da risa.



Quiero jugar a que el tiempo no se ha ido como arena, a que voy al colegio, ando descalza, no son mentira las tardes en el río. Jugar a que no sé sino este canto, este lamento, esta gana de ser lo que sí soy.

Quiero jugar a que aprendí a coser, a que sé cómo se toca una sonata de Beethoven, cómo se escucha a Mozart, cómo se teme al mar, cómo se tatúa el viento, el sembradío de gladiolas, las noches junto al lago, el fuego en esa hoguera que prendimos cuando aún no hacía frío.

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Quiero jugar a que no es mi cumpleaños, a que fue mi cumpleaños, a que mi madre me regaló un burro gris que rebuznaba al jalarle un resorte.

Quiero jugar a que íbamos donde vendían las luces de bengala, jugar a que un globo de papel prendía por fin su luz llena de abejas, y se iba para el cielo sin voltear hacia atrás.


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Quiero jugar a que un día no sabré mi nombre. Ni el de mis más queridos. Quiero, como a ninguno, temerle a semejante juego. No quiero jugar al olvido, a ése le tengo miedo, a eso juega mi tía con casi noventa años, diciendo que, en su familia, nadie hace huesos viejos. Olvidando que tuvo dos hijas, muertas como verdades infalibles.

Quiero olvidar así, para no recordar lo que no quiero.

Quiero jugar a que vive mi padre y anda conmigo y mis hermanos esperando que su mujer traiga la sopa. Jugar a que no fue a la guerra, como sí fue Mambrú, el héroe con que dormí a mis hijos tantas noches. Quiero cantar: no sé cuándo vendrá. Quiero jugar al cine, a los seis años, a que forro los libros en quinto de primaria. Y quiero desnudarme y ser divina. Que me manden las rosas de los años sesenta, la música y el alma de aquel músico. Quiero jugar a que me arrastra el viento, me hunden las olas, me recobra un pez. Quiero dulce de coco y un volcán y tres noches, como tres carabelas. Quiero que vuelva el sueño en que soñó Mateo que yo era azul marina.

Quiero jugar a que si está nublado nos quedamos en cama viendo la tele, a que la diosa Cati se pone los anteojos en Los Ángeles para mirarnos desde allá, mirándola desde aquí.

Quiero jugar a que me quiso quien no me supo y saber que me quiere quien me sabe.

Quiero jugar a que no existe el mes, ni estoy para escribir nada cuando sólo quiero escribir: no sé, no entiendo.

Quiero jugar a que el mundo tiene alas, resuelve crucigramas, bendice los enigmas de quienes se preguntan qué hacer con sus finanzas y sus penas.

Quiero jugar a que sabía de rimas y poesía lo que sabe quien escribe sin firma en la página que antecede mi página. Quiero que un novelista me recuerde y que no haya en el mundo ni en mi patria, menos aquí en mi patria que en ninguna, una sola mujer capaz de concederle su elección a un señor. Y no quiero jugar a que no me da pena que existan estas hembras y estos hombres. Quiero, sí, irme de compras a la luna y encontrarme una tienda en la que vendan voluntad, síntesis, concentración, premura, certidumbres. Todo lo que no tengo para jugar a eso que juegan esos que sí tienen todo eso.

Quiero quedarme quieta, con el aliento en vilo, bajo la sombra de quienes me abrazan. Quiero jugar a que no es octubre, a que vivo viva, sin arrepentimiento y sin angustia. Como viven el sol y los cometas, como duermen los animales y las plantas, la espada de Damocles y los años que sigan a estos años.

Paulina Mastretta: “Creo que todo el tiempo estamos tomando decisiones en la vida, entonces en los videojuegos también te pones a tomar decisiones, que quizá resultaron que no eran las correctas y puedes regresar. En los videojuegos sí puedes regresar si te equivocaste. Me gusta ese tipo de juegos.”



Marzo de 2017


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Hablar de piratas es hablar de la imaginación. Odiseo viajó 20 años en redondo para regresar a Ítaca. Leopold Bloom viaja un día entero por Dublín para regresar a su Ítaca personal. Shinta, Maya y Leiya, los protagonistas de Las aventuras de la audaz navegante, primera novela de Paulina Mastretta, se embarcan en un viaje para encontrar al padre de uno de los chicos sin saber que en la travesía se encontrarán con ellos mismos. Lo que nos va a confirmar que perderse es la mejor forma de encontrarse.

Paulina trabajó esta novela desde que tenía 15 años en distintos talleres literarios. Su familia tiene como costumbre un viaje por Islas Galápagos como viaje iniciático, y es ahí donde comienza esta entrevista.

La literatura es un enorme viaje alrededor de la imaginación. Sherezada nos invita a disfrutar un viaje en Las mil y una noches, Gregorio Samsa se despierta en un sueño que parece un viaje recién comenzado por el sonido del reloj checador. Las aventuras de la audaz navegante es una novela que abona a la construcción de mundos distintos. Hemingway, otro audaz navegante, decía que las novelas deben de ser universos que contienen sus propias leyes físicas, su propia flora y su propia fauna. Y así lo consigue Paulina Mastretta quien nos toma de la mano y nos lleva del faro de una isla hasta otra habitada por hombres mono, o nos sumerge en una historia al interior de la novela en donde las náyades, mejor conocidas como sirenas, son las protagonistas.

La nave de Las aventuras de la audaz navegante está lista para zarpar, de ustedes depende si lo hacen con un plato de sopa picosa o con el cuchillo entre los dientes.

Óscar Alarcón. La idea que se plantea sobre el viaje en la novela, y aunque no es un tema nuevo, nos remonta hasta Ulises quien regresa a Ítaca, pero también lo hacen los personajes de Las aventuras de la audaz navegante, ellos regresan a casa, a la isla. ¿Cuál es el significado que tiene para ti el viaje?

Paulina Mastretta. He viajado mucho con mi familia a lugares remotos de México o de Europa. No todos los viajes los he vivido, sino que tengo amigos que también han viajado, han salido del país a estudiar.

Mi hermana Alicia estuvo mucho tiempo en el exterior estudiando. Tengo muchos primos que han estudiado en el extranjero. Yo he salido pero no me he quedado mucho tiempo fuera. Me gusta viajar pero regresar de nuevo al origen y no estar mucho tiempo en un mismo lugar. Me gusta mucho observar, conocer y aprender, regresar al país. Todos los conocimientos que tengo de fuera, los tengo acá.

Por ejemplo, pude darme cuenta de que en algunos lugares el limón es carísimo o el aguacate, que para nosotros es tan común, para otros es muy caro.

ÓA. ¿Por qué escribir un libro sobre viajes?

PM. Estaba en las Islas Galápagos y para llegar de una isla a otra, tenías que tomar un barquito —viajábamos en crucero— para poder conectarte entre ellas. A veces te quedabas un día o dos. A diferencia de lo que ocurre al interior del continente en donde tienes que moverte en tren o avión o coche, ahí era en barco.

En la época en la que está ubicada la novela, específicamente se transportan en barco, además de otros medios mágicos. A veces se mueven más rápido y otras más lento pero todo el tiempo se están moviendo en barco entre las islas.

ÓA. Las islas se convierten en una ficción geográfica.

PM. Pensé mucho en las Islas Galápagos. Por cuestiones geográficas y de medio ambiente se comunican de esta manera —a la fauna no le tienen miedo porque ya están acostumbrados—. La mayoría de las islas son recorridas a pie pero para llegar a ellas se transportan en barco, hay permisos para entrar para que no haya algo ilegal.

Cuando comencé a escribir la novela así la pensé: un viaje entre islas en un barco pero fui sumándole otras historias porque la mayoría de los personajes se mueven caminando.

ÓA. Shinta se mete a un bosque en el que incluso le dicen que no debe de ir por ahí pero logra atravesarlo gracias a su valentía, ¿el bosque es afrontar los miedos?

PM. Un poco. Para alguno de los personajes… A veces llegan a diversas situaciones. Por ejemplo llegan a un cementerio de barcos, que representan la muerte, las almas que no pueden descansar en paz. O en otra ocasión ocurre que chocan contra una isla literalmente, y entonces se preguntan “¿qué puede empeorar?” ¡Y desaparece una de las protagonistas!

Ahí ocurre que se meten a la selva no porque quieren enfrentar su miedo sino porque tienen que encontrar a su amiga desaparecida. En el transcurso por distintas cosas, terminan separándose todos. De cierta forma es un viaje de autodescubrimiento de cada personaje, cada uno de ellos se va encontrando.

Eso que mencionas le ocurre a Shinta, pero algo similar le pasa a los personajes que lo rodean: Maya y Lune tienen una serie de aventuras. Gira se encuentra a alguien que la saca de sus casillas.

Los árboles están llenos de seres vivos y esa selva termina volviéndose otro viaje para descubrirse, por eso la canción que aparece y dice: “las almas se descubren, las almas se encuentran y al final nada queda”.

ÓA. Noto una constante en tus personajes: la ausencia de las figuras paternas. Están escondidas pero muchos de los personajes añoran la presencia del padre.

PM. Me di cuenta de algo al inicio de las novelas de aventuras: siempre faltaba algo. En el caso del personaje de Maya, tiene a sus papás pero decide acompañar a su amigo en el viaje. Maya tiene el conflicto de dejar a su familia desprotegida, de estar en el círculo familiar y cómo salir de ahí para enfrentar a los peligros… Y decide salir.

El resto de los personajes están buscando ese conflicto y ella decide dejarlos atrás para que su vida pudiese avanzar. Tal vez regrese más tarde y cuente todo lo que vivió. Es todo un fragmento de la novela en donde su decisión está entre el “me voy o no me voy, ¿qué hago?”

Shinta, está en la búsqueda del padre —la ausencia de la madre es porque falleció— y acaba descubriendo cosas nuevas para reconciliarse. Encuentra a su padre y alcanza su objetivo pero en realidad quería salir porque quería tener una aventura, siguiendo la idea de que su padre también vivió una para explorar el mundo, no sólo dentro de su isla. Sí busca al padre pero en el proceso vive todas sus aventuras: “¡ah, puedo hacer otras cosas!” A veces es un poco egoísta porque sus amigos salen de la isla para ayudarle a buscar sus recuerdos.

ÓA. Tus personajes deambulan entre lo bueno y lo malo, no están extrapolados, por ejemplo Ojo Negro, resulta que comienza haciendo fechorías y después se transforma y después vuelve a ser malo.

PM. Un pirata se convierte en eso por una necesidad. Necesita dinero y crece en un ambiente de violencia. Ojo Negro es un personaje especial, es un doble cara: puede ser un villano y también puede ser tu amigo. Aunque por ejemplo a Shinta le dice que lo va a proteger y en el barco lo deja abandonado en la cocina.

Es ese tipo de personajes que si ve su vida en riesgo y te puede dejar atrás, lo va a hacer. Se mueve según le conviene pero también apoya a ciertos personajes. Pero no pone en riesgo su vida para salvar a alguien aunque termina haciendo cosas que lo contradicen. No es predecible. Es un personaje que te sorprende, como también lo hace Sombra Muerta, a quien lo lees en un principio y después al final te quedas pensando “espera, todo el tiempo estuvo con ellos pero nadie se había dado cuenta”.

ÓA. ¿Cómo construiste a tus villanos?, te lo pregunto por lo que acabas de mencionar de Sombra Muerta. Estamos tan acostumbrados, por ejemplo a los personajes de Disney de la década de los 50, en donde los villanos para ser malos deben de parecer malos, ¿cómo construiste a tus villanos porque algunos no parecen villanos?

PM. Tengo muchas referencias de series, de animes, de videojuegos, de cosas así, en donde se rompen los moldes donde el feo es el malo y el bonito es el bueno. Rompí con eso y me di cuenta de que el pirata también puede tener doble cara.

O por ejemplo Gira —una de las protagonistas—, que es de aquellas que preferiría no cruzarme en la calle con ella. Realmente hay muchos personajes que tienen doble cara, sólo bueno y sólo malo no existen para mí. Todos pueden tener distintas caras: la que les convenza en su entorno.

Son personajes como Peña Nieto, que puede estar feliz y todo el país cayéndose en pedazos, pasa lo mismo con uno de los personajes de esta historia: “no soy ni bueno ni malo, simplemente soy así porque me divierte”; puede llegar a secuestrarte porque quiere divertirse y entonces lo hace. En la mayoría de los casos le divierte fregar al otro. Es un tipo de conveniencia.

Todo el tiempo estuve construyendo así a los personajes. Es una doble personalidad de quien menos te esperas y resulta que tiene a alguien adentro, quizá sea su consciencia que termina deshaciéndolo. No es que fuese bueno y después termina siendo malo sino es el juego que se está llevando a cabo todo el tiempo. Es un poco lo que le ocurre a Sombra Muerta.

Leiya es distinta, trata de que sus dualidades se mantengan en armonía. Se tiene que proteger de ella. Es muy solidaria aunque antes que cualquiera siempre está ella. A veces martiriza a las personas que se aman y acaba destruyendo a los personajes que la querían mucho.

Volko, el maestro de los personajes, es una figura paterna. Lune lo toma como padre porque tiene conflicto con su verdadero padre. Gira está enojada con su padre y cada vez que va descubriendo más cosas de éste se enoja más, porque siente que huyó como cobarde en lugar de quedarse a protegerlos.

ÓA. Aunque es una novela de piratas, se destaca mucho la amistad, ¿qué significa la amistad dentro de tu novela?

PM. La novela es sobre una tripulación que debe avanzar, para que puedan hacerlo tiene que haber un espíritu de unidad y compañerismo, el cual existe entre los personajes. Obviamente habrá cosas que los distingan pero si hay pleitos, la tripulación terminará mal entre sí o todo el desmadre que vemos luego.

Muchas tripulaciones terminan mal por no organizarse, las sociedades en general, si no hay por lo menos un espíritu de cooperación, todo mundo termina peleado y no hay avances. Quise hablar de compañerismo y de tolerancia porque aunque Maya no soporta a Gira, tratan de llevarse como pueden porque hay algo que termina uniéndolas de cierta forma: tal vez no seas mi mejor amigo pero tolero lo que haces y respeto tus preferencias y todo eso.

Siento que lo que desgasta a la sociedad en general es la no tolerancia, el no respeto. Lo que demuestra la historia es que sí puede haber respeto y tolerancia aunque los personajes sean muy distintos, hay algunos que se parecen un poco pero combaten entre ellos y a pesar de las circunstancias conviven y no les queda de otra. Va avanzando la historia y una va a aprendiendo de la otra.

Rimú es un personaje muy especial, porque tiene una parte de él que termina diciendo que sí… no puede decir que no, termina haciendo las cosas que no le sean problemáticas. Es muy tranquilo. Aunque termina haciendo cosas más desgarradoras.

ÓA. El aspecto físico de tus personajes también es importante, por ejemplo el cabello azul de los personajes misteriosos, ¿cómo fue que decidiste dotar de estas características físicas para hacerlos notorios?

PM. Hay una razón específica que tiene que ver con la forma de ser de cada personaje, no vas a ver en toda la novela a otro personaje con el cabello azul, a lo mejor ves a uno con el cabello negro o rojo pero los personajes de cabello azul es porque tiene que ver con su raza. Los demás tienen relación pero no tanto.

Quería decir que Lune tenía el cabello blanco y que eso tenía relación con algo pero me faltó. En general es que sean distintos. Cuando veía a los personajes veía todos sus aspectos, hasta cómo se vestían para definirlos. En la familia de Maya —la única familia completa— todos son distintos entre ellos y tienen rasgos muy similares. Algunos se visten de forma misteriosa y otros no.

Los habitantes de Naufra tuvieron conflicto con el gobernador, algunos son ricos y se visten distinto de los demás. En esa parte es una pequeña referencia a lo que ocurrió con Mario Marín, en ese tiempo estuve escuchando mucho esa noticia: siempre había conflicto con el gobernador y acabé recreando eso.

ÓA. ¿Crees en las etiquetas “literatura infantil” o “literatura juvenil”

PM. No del todo. Sobre todo porque conozco muchas series o caricaturas que vi en la infancia y que aún sigo disfrutando. Me gustan las películas de Pixar aunque digan que son para toda la familia o para niños en específico. Creo que depende de cada quien.

Pensé que la novela podría leerla quien sea, para quien le llegase. Los personajes están en la juventud pero no del todo. Gira, Naira y un par más están por mi edad: 20-25, aunque tienen actitudes que parecen estar más debajo de la edad. Los tres protagonistas tienen más o menos la misma edad: 15-16 años.

ÓA. Vemos cómo Shinta se va a llorar como un niño y Gira le dice “llorando no vas a solucionar nada”, podemos ver la diferencia de edades.

PM. Ahí no del todo porque Shinta podría tener 27 años y aun así habría llorado. Es el caso en específico de ese personaje con el que quise romper ese tabú de que los hombres no pueden llorar y de que deben de ser muy fuertes. Shinta no reprime las emociones, es muy abierto, todo el tiempo dice lo que piensa. Cuando regresa a su casa, su tía está en un trance y no lo reconoce y él no sabe cómo solucionar un problema. Es muy intenso y muy lindo.

Incluso Leiya lo ve muy enojado, al grado de querer matar a alguien y ella le dice “tú no eres así, no te conviertas en algo que no eres, no te traiciones”.

ÓA. ¿Te gustaría que tu libro se convirtiera en un videojuego?

PM. Sí, estaría padre. Aunque no sé cómo se le podría hacer.

Otra cosa que me comentaron, y a mí me cuesta mucho trabajo, es ver mi libro como una película con actores reales. Veo a mis personajes de forma más gráfica y por ello me los imagino más como un anime o un videojuego o una caricatura.

ÓA. A mí me sucedió lo mismo, los vería más gráficos y por eso pensé en un videojuego.

PM. Un videojuego o un anime. Veo todo el ambiente más gráfico: un cómic puede ser. Me cuesta mucho trabajo imaginármelos en una película con personas de carne y hueso. Siento que mis personajes son demasiado gráficos. Y me pasa con cualquier libro: cuando me presentan la película digo “pues sí pero no del todo”.

Siento que cuando ves una película con personajes actuados, realmente no estás viendo al personaje como tal sino que estás viendo la interpretación del personaje que está haciendo el actor, y aunque es algo muy padre me cuesta mucho trabajo imaginarme a un actor interpretando a un personaje de novela.

A lo mejor resulta que me equivoco y encuentro que queda demasiado bien pero siento que estaría mucho más sencillo representarlos de manera gráfica y digital.

ÓA. Además de la literatura, ¿cuáles son las otras expresiones que te interesan como forma de narración?

PM. La novela gráfica, el cómic, el manga, el anime, los videojuegos me gustan mucho porque puedes estar dentro de una montaña en la que puedes caminar, por ejemplo.

En específico me gustan mucho los RPG por todo el contexto en el que se desarrollan, son como una novela de fantasía, con todos sus personajes, con todas sus historias y cómo se van desarrollando entre ellos: tú decides —dependiendo del juego— hasta qué punto tienes que llegar. Puedes regresar al punto anterior, descubrir más secretos. Es algo que me gusta mucho de los videojuegos.

De las novelas como Rayuela me gusta que no haya sólo una historia, sino que puedes ir armando tu propia historia. Juego mucho videojuegos de decisiones: “vete por la derecha o ahora vete por la izquierda” y te encuentras un monstruo gigante o te encuentras un tesoro. Hay decisiones en las que si te vas por el frente y tomas mal camino, acabas muerto.

Creo que todo el tiempo estamos tomando decisiones en la vida, entonces en los videojuegos también te pones a tomar decisiones, que quizá resultaron que no eran las correctas y puedes regresar. En los videojuegos sí puedes regresar si te equivocaste. Me gusta ese tipo de juegos.

Más específico en el arte, me gusta el teatro, el cine, la escultura. Eso es algo que me gustaría mucho de mis personajes: verlos cómo serían en escultura. Me gusta la danza, aunque no soy bailarina; me gusta mucho el movimiento de la danza.

Algo que me cuesta mucho trabajo es la escultura y la arquitectura, me gusta mucho verla, me digo “está bien pero ¿cómo escribo en el libro que esto es un arco?”, tengo que escribir que esto es un arco y que además tiene ladrillitos de colores y que además hay piedras. Trato de explicarlo, busco palabras.

Es una de las desventajas cuando creas un mundo ficticio como en la novela, adaptas palabras y no puedes decir cosas como “hablando del rey de Roma” porque Roma no existe en ese mundo. No puede hablar de que comían pasta o comida italiana. No puedes decir nombres de lugares reales porque no existen. Hay muchas palabras que no tendrían referente, como “el arco griego”, “¡no, espera, no es el arco griego!”.

ÓA. Uno de los personajes le riñe al otro y tu novela dice “le echó bronca”, pensé que si dentro del universo de la novela se entendía qué quería decir esa frase. Eso me agradó.

PM. Fui puliendo la novela. Había palabras como “quedarse en shock” para decir que se había quedado paralizado, que me parecía que no eran palabras que le quedaran. Aunque ya hay palabras del inglés que ya están muy usadas. Traté de meter palabras que fueran neutrales.

ÓA. ¿Cómo trataste de llevar el humor en tu novela? Los diálogos que se establecen entre los personajes hacen que te rías, hay muchos juegos entre ellos.

PM. Estamos en una situación muy fea pero podemos reírnos, aligerar la situación. Obviamente en los lugares que era necesario, no lo metía nada más porque sí.

Trataba de hacerle parodia a textos que me parecía podrían funcionar, no sé si rompiendo la cuarta pared —no tan fuerte— pero de repente alguno de ellos comenzaba a hablar con las aves, si fuese una persona real comenzaría a pensar “¿estoy loca?, ¿por qué estoy hablando con las aves?”, y otro personaje le decía “no, no es posible que hablen todas la aves”, “ah qué bueno porque no quiero escuchar los problemas de todas la aves”, ese era el juego.

Otra de las parodias tiene que ver sobre todo con Los piratas del Caribe, cuando llegan los piratas sangrientos y esqueléticos y empiezan a armar toda una bronca y un personaje le dice “ah, ¿me das un autógrafo?”

Trato de llevar el humor de manera tal que a los mismos personajes les parezca absurdo, como si dijeran “¿en serio tenemos que hacer esto?”

ÓA. Uno esperaría que en la taberna hubiese competencias de resistencia por ver quién toma más alcohol y en tu novela resulta que la competencia es por ver quién come más sopa picante.

PM. Eso es un poco la referencia a México, al chile. He visto gente que hace competencias por ver quién aguanta más picante.

Es una estrategia para alejar a los borrachos, en lugar de terminar a golpes. No tenía mucho sentido hacer otro tipo de competencia sino una de comida.

ÓA. Finalmente, una pregunta que no tiene tanto que ver con la novela sino con una experiencia tuya, ¿qué es el amor?

PM. Nunca me habían preguntado eso, además no es una pregunta que pueda responder tan fácilmente. Siento que el amor es estar con alguien o con algo que te gusta.

Hay distintos tipos pero tal vez sea un poco lo mismo. Por ejemplo, yo amo mucho leer y escribir y hay otro tipo de amores que llegan al extremo: lees, lees y lees y ahí te quedas, no sales al mundo, no sales de tu conchita. Todo el amor debe ser moderado y que no te afectes. Si te metes con alguien que está contaminándote entonces no es amor, no sé qué sea, quizá obsesión o dependencia.

He tenido muchas parejas a las que he visto así, y entonces me digo “esto no me va a llevar a ningún lado y entonces mejor lo corto antes de que llegue a extremos que no convienen”. El problema es darse cuenta de cuándo tu amor ya se volvió obsesión o está tranquilo.

Puede haber amor en la amistad y en la familia. O entre compañeros, que se cuiden bien, se protejan. Una persona que esté contigo, en el terreno romántico, tendría que cuidarte, que cuidarse mutuamente. No que siempre esté contigo pero que las cosas que los unen, lo hagan y no que se estén peleando porque la pasta de dientes faltó. Que haya un elemento mutuo. Creo que es un tema muy complejo.

***

Paulina Mastretta. (Puebla, 1990). Narradora. En 2008 ganó un concurso de cuento de zona organizado por la Secretaría de Educación Pública a nivel preparatoria. Ese mismo año se inscribió en el taller de novela de Mónica Lavín. Posteriormente trabajó la novela en el taller de la SOGEM de Puebla bajo la dirección de Eve Gil. Es editora de las revistas anime.es y Mundo Nuestro. Las aventuras de la audaz navegante (2016) es su primera novela.

Tierra Roja. La novela de Lázaro Cárdenas. Pedro Ángel Palou García. Editorial Planeta Mexicana, 2016, 370 págs.

Resultado de imagen para Tierra Roja. La novela de Lázaro Cárdenas.  Pedro Ángel Palou García.



Esta reciente novela de Pedro Ángel Palou surge de su larga experiencia literaria en el campo de las novelas históricas, en las que ha trabajado a lo largo de diez años sobre diversos personajes, y simultáneamente, en sus cátedras académicas. Siempre es un privilegio que nuestros mejores escritores aborden a personajes de nuestra historia, traerlos a nuestro presente sin fantasía, pero sí con veracidad. Sobre todo cuando ellos desaparecen o diluyen en la educación básica y media del país. Revivirlos en el presente tiene un alto propósito y significación. El autor de Tierra Roja posee una amplia y rigurosa trayectoria académica en literatura y ciencias sociales. Ha merecido el reconocimiento y diversos premios nacionales por sus novelas, ensayos y crónicas, y sus trabajos simultáneos como catedrático en diferentes universidades de México y en el extranjero. También, ha sido funcionario en su estado natal como Secretario de Cultura. En Pedro Ángel Palou García el interés por la historia forma parte de su herencia intelectual, recibida desde su niñez de su padre Pedro Ángel Palou Pérez (1932), que es una de las figuras públicas más destacadas en el campo de la cultura en el estado de Puebla por sus trabajos de historia y de crónica. Una herencia enriquecida por su formación académica que lo ha llevado a abordar personajes fundamentales en nuestra historia: Zapata, Morelos, Cuauhtémoc, Porfirio Díaz, Francisco Villa y ahora entrega la novela de Lázaro Cárdenas Tierra Roja, cuya lectura es importante por la trascendencia histórica del personaje y su presente continuo, cada vez más fuerte por sus hechos trascendentes vivos en nuestra memoria.

El libro se sustenta históricamente, dice el autor, en diversos ensayos previos que revisaron el periodo de gobierno del presidente Lázaro Cárdenas. Así como por una amplia revisión bibliográfica y documental sobre su periodo de gobierno, tal como lo refiere en el Apunte final, en “Tierra Roja”. La novela se estructura en XX capítulos, y en cada capítulo se distinguen dos partes: en la primera se sustentan literariamente los hechos históricos, personales y de gobierno, y en la segunda, con una mayor libertad, se crean personajes de ficción que se cruzan con hechos y personas reales, lo que le permite construir un suspenso en la lectura que se extiende a lo largo de los diferentes capítulos: desde el adolescente Lázaro, el militar revolucionario, el gobernador de Michoacán, el Jefe Máximo Plutarco Elías Calles, Cárdenas Presidente, la Reforma Agraria, Saturnino Cedillo, el rescate del petróleo, la Republica Española, México ante el mundo, las jornadas electorales, el madruguete en la sucesión presidencial, Cárdenas Secretario de la Defensa Nacional y defensor de la integridad territorial, Cárdenas expresidente defensor de los presos políticos y de la Revolución Cubana. Esta novela de Palou nos acerca a un personaje vivo, humano, actuante, coherente, estratega perspicaz, cuya estatura moral le permite a Pedro Ángel Palou García afirmar que “Más viable que nunca, la utopía cardenista”. La lectura de la novela Tierra Roja permitirá al lector recuperar un tiempo histórico de México y a un personaje fundamental, cuyas lecciones están vivas y vigentes para iluminar los días obscuros de nuestro presente.

Paulina Mastretta y las aventuras de una audaz narradora

Paulina Mastretta Yanes. Las aventuras de La Audaz Navegante/México, Ítaca, 2016.



"Mar eterno”

Digamos que no tiene comienzo el mar

empieza donde lo hallas por vez primera

y te sale al encuentro por todas partes.

José Emilio Pacheco


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La escritura es siempre una aventura. No sabes a dónde te va a llevar cuando inicias, cuántos mares de emociones atraviesas, cuántos asuntos contenidos se quedan en la punta de la pluma. Increíble la cantidad de adrenalina que es capaz de producirse en tu cuerpo cuando estás casi poniendo el punto final. Hay que imaginar al escritor en esta peripecia. Cambiando de atuendo. Definiendo una identidad que permanece secreta hasta que la palabra entra en contacto con el papel.

A paulina la conocí escribiendo de piratas, de mujeres piratas, interesada por la piratería como hecho, como fenómeno, como un territorio para la fantasía. La foto de la tercera de forros la pone frente a nosotros: una pirata sonriente, pícara más bien, que nos mira profundo y de frente. La piratería es un tema que se lleva tu imaginación a la aventura. Cuantas fichas recuperes, al momento de configurar la narración siempre hay un episodio que deja en pausa la racionalidad de los datos. Cualquier embarcación es movida de manera violenta por un temporal que parece no tener fin. A bordo, un grupo de hombres amarrado a los tablones, el capitán que pretende controlar la dirección y luego la calma chicha, el silencio que dicen en el mar es lapidario, que duelen los oídos ante la ausencia de sonido, te duele el alma. Reconstruyes las rutas, las intenciones, las biografías, la vestimenta, la importancia de la piratería en la construcción del capitalismo, los avances tecnológicos reflejados en las embarcaciones, con los datos históricos. La literatura reconstruye las emociones, la soledad del viajero, la violencia de los hedores de un viaje que toma meses y años, y en el que las enfermedades, la falta de alimento, la monotonía, el miedo, lleva a los hombres a una condición miserable, en un espacio que no concibe lo privado.

Junto a imágenes de sobrevivencia y desesperación y dolor, y otras tantas amenas y alegres, paulina reconstruye las emociones de una aventura marítima entre piratas y navegantes emanados de una “odisea”, de manera audaz. Una aventura de jóvenes amigos que se encuentran con seres fantásticos liberados de otros libros, de sus lecturas, y con ellos mismos al contacto con el terror y la desaparición en la luz. La Aventura De La Audaz Navegante, nombre de la embarcación escrito en letras de oro; audaz que es intrépida, valerosa, arrojada, decidida, osada, arriesgada, animosa, determinada.

La lectura es siempre una aventura. Hay libros que desde que tu mirada reposa sobre la primera línea, ya no puede desprenderse del texto, se hace una, se queda pegada, se introduce en la historia, toma el papel de él o los protagonistas, asume sus andares como propios, sus necesidades se hacen tuyas. Hay libros que se vuelven entrañables compañeros de tus cambios personales, porque gracias a ellos cambias, te reinventas. Hay aventuras que se vuelven tuyas, necesidades propias, una vida que dura hasta la última página y luego te cambia. Paulina dibuja un viaje que va del encuentro al desencuentro, de la certeza a la incertidumbre, del juego adolescente a la madurez, de la calma al naufragio. Hay una búsqueda y una negación. Una reacción a la posibilidad de encontrarse, como lo es la búsqueda de la identidad personal, un viaje que no tiene fin. La novela de Paulina Mastretta Yanes es un viaje de reinvenciones constantes.

La literatura fantástica, yo diría de aventuras, ha sido un género poco explorado por los escritores del México reciente. Yo colocaría con felicidad este libro en este género, si eso fuera necesario. Historiadores y escritores recuerdan que su pasión por la literatura y por la historia se inció leyendo libros como los de Salgari. Necesitamos de estas letras emocionantes que nos devuelvan el juego a lo que hacemos, la pasión por la letra. Como historiadora yo diría igual que necesitamos de la literatura de aventuras para destacar la fantasía en lo que hacemos, que es reconstruir eventos que ya pasaron y que sólo quedan en fragmentos de memoria que hilvanamos.

Celebro la frescura de las aventuras de La Audaz Navegante. Una combinación genuina llama la atención en la historia contada por paulina: ¿es un viaje pirata que recorre el itinerario de Ulises? Hay esa atmósfera de un viaje de regreso al encuentro, una vuelta a Ítaca. Los nombres de sus personajes tienen el sabor de las mitologías, del sureste mexicano a la india a las islas británicas (Lyia, Shinta, Zeikan, Gira, Grik, Trowan, Maya) me gusta pensar que son códigos de la escritora con sus personas favoritas de carne y hueso, que al leer la novela rieron con las anécdotas reales plasmadas en ella. Hay otros, personajes fantásticos que recuerdan las sagas literarias traducidas en fílmicas que han permeado la vida de toda una generación, van tejiendo esta historia con el periplo de un viaje que no termina en calma sino con el “preludio de la tormenta”, el adiós de Leyia y el desasosiego del lector ante su desaparición…

Como apertura y entre las páginas del libro se asoma una fantasmal sirena azul, que carga una bandera con una rosa azul, debajo del mar, entre los corales, la portada a esta aventura y cuya cabellera asemeja un mar de media calma en la página 279, bajo la luna, un mar interno de media calma. Gracias Paulina porque me quedo plena de imágenes y, sin duda, deseosa de más aventuras.

Los muchachos de zinc/Voces soviéticas de la guerra de Afganistán. Svetlana Alexiévich Debate, México, 2016. Pp. 330



En diciembre de 1979, la Unión Soviética (URSS), que entones encabeza Leonid Brézhnev, decide invadir Afganistán. En los nueve años que duró la guerra participaron 500 mil hombres y mujeres incorporados al Ejército Rojo. Oficialmente murieron en combate 15,051 rusos y 417 desaparecieron. El número de los afganos muertos fue de un millón.

Al inicio de la invasión, la URSS aparecía todavía como una gran potencia y a la retirada, sin haber podido ganar, casi diez años después, el régimen comunista estaba a punto de colapsarse con la caída del muro de Berlín en 1989. Los muyahidín, en Afganistán, con ayuda de Occidente y de las principales potencias musulmanas, resistieron la invasión y obligaron a la salida del Ejército Rojo.


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El régimen soviético vendió a los suyos la idea de que se trataba de una guerra “internacionalista” a favor del pueblo afgano. Miles de jóvenes, hombres y mujeres, engañados por la propaganda se incorporaron como voluntarios. Los soldados muertos regresaban a la URSS en ataúdes cubiertos de zinc. Las familias no los podían abrir.

La prensa soviética de aquellos días escondía lo que pasaba, no daba cuenta de los ataúdes que empezaban a llegar y hablaba de que en Afganistán los soldados construían puentes y caminos y que los médicos atendían a las mujeres y los niños afganos. La visión era que el Ejército Rojo y sus soldados eran ejemplo acabado del internacionalismo proletario. Nada de las matanzas y la desaparición de aldeas arrasadas por el fuego soviético.

Alexiévich, Premio Nobel de Literatura 2015, con el método que la caracteriza entrevista a decenas de soldados, muchos mutilados, y madres de los caídos en combate. Eso le permite crear un coro de muchas voces que narran la tragedia de la guerra. Ella, de cientos de horas de grabación, selecciona historias y testimonios y construye un poderoso relato de lo que aconteció en esa guerra.

La narración deja en claro que la URSS no estaba preparada, ni material ni moralmente para esa guerra. Se da la voz a los que participaron en ella. La mayoría jóvenes de 20 años que pensaban que combatían por el bien de Afganistán y su país. En los testimonios de combatientes y madres nos damos una idea del absurdo de esa guerra y de la tragedia personal de los que la vivieron y sufrieron sus consecuencias.

Somos testigos del dolor que implica el regreso de los soldados heridos y mutilados y del rechazo social a quienes participaron de la guerra. Que ya entonces se veía como una invasión. Se les acusa de crímenes y de hechos de barbarie. Al tiempo que tiene lugar la guerra en la URSS se viven cambios profundos que ocurren todos los días. La sociedad que los despidió al frente de guerra como héroes los recibe como activistas de una invasión absurda e injusta y como asesinos de mujeres y niños afganos.

En 1990, el libro apareció en ruso y provocó las más variadas reacciones. La autora fue acusada, entre otras muchas cosas, de enemiga de la Patria. En las últimas 66 páginas se expone parte de la demanda que una madre y un soldado entrevistado, apoyados por militares y políticos, levantan contra la autora a la que acusan de tergiversar sus respectivos testimonios. No hay tal. Es una maniobra política.

La autora en su defensa argumenta que: “los libros que escribo son un documento y a la vez mi visión de los tiempos. Yo recopilo los detalles, los sentimientos, no de una vida concreta, sino del aire del tiempo en su totalidad, de su espacio, de sus voces. No invento, no fantaseo, sino que construyo los libros a partir de la realidad misma. El documento es lo que me cuentan, el documento, en parte, soy yo, la artista, con mi propia visión y percepción del mundo”.

En defensa de Alexiévich, en su país se abrió un intenso debate sobre qué es y cuáles son los límites del género de la narrativa documental y el margen de libertad de un autor para elaborar una redacción literaria a partir de testimonios orales. Ella tuvo el apoyo de todo el mundo del pensamiento y también de la población. Solo los sectores más conservadores se manifestaron en su contra. El texto que escribió el presidente del PEN Club de Bielorrusia, V. Bíkov, es una lección importante sobre géneros literarios y periodísticos, y el derecho de los autores.

Título original: Cinkovie málchiki (1990), traducción del ruso al español de Yulia Dobrovolskaia y Zahara García González. Primera edición en español.

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Escena en el museo de la Yihad, en Afganistán.

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En mayo del año dos mil diez, al volver de un inolvidable viaje a Italia, empecé la remembranza de una tarde crucial, queriendo contarla como si fuera de alguien más.

Escribí entonces:


Llovía. Algo hay en la lluvia que enfatiza las emociones pero, esa tarde, detenidas bajo el umbral de un hotel en la Vía Manzoni, las tres mujeres se despidieron con la certeza de que podían quererse como si compartieran la misma sangre. Y no era por la lluvia lo que sentían.


Aunque llovía.


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¿En tercera persona? ¿Vas a contar esto en tercera persona? Y ¿qué harás contigo? ¿Matizar la tormenta sólo porque la lluvia era delgada?


Nos despedimos de Ludovica tras sólo dos días de mirarla y como si la vida entera lleváramos sabiéndola. Eso no puede contarse en tercera persona. No sé si en primera. El yo, como no lo diga un personaje inventado, siempre es difícil. Sin embargo escribiré: yo creo que es generosa la vida cuando envía lo inaudito haciéndolo parecer natural.
El año en que se publicó en Italia el libro Mujeres de ojos grandes, llegó a la editorial una carta para mí. La reenviaron a México. Aquí la abrí para encontrarme con los trazos bien dibujados de una letra femenina y antigua. Su dueña firmaba María Ludovica Riva Angelini y en los primero párrafos me contaba que mi padre había sido su primer, primerísimo amor. Estaban en medio de la guerra. “Yo era alta, bonita, pelo negro, ojos azules. Tu padre me hacía reír y nos entretenía la preocupación mientras estábamos escondidos en los refugios antiaéreos”.


Luego me decía que ella era feliz, que se había casado con un médico, que tenía tres hijos y que le gustaría mucho conocerme. Daba como dirección la casa de su hija y ahí le escribí. No le dije que mi papá no había hablado nunca ni de ella ni de nada de lo que vivió en Italia durante la guerra. Atesoré la carta un tiempo, la cité en un libro y luego la perdí. Como se pierde un tiempo cuando el otro avasalla.


Pasaron dieciocho años y, en junio del dos mil nueve, en una reunión de escritores, a la que me acompañó Catalina con sus ojos y su luz, al volver de las grutas de Altamira, la tarde antes del día marcado para que yo me hiciera cargo de la escena y hablara de mi vida secreta en la Fundación Santillana, aparecieron a entrevistarme dos periodistas italianas. Inteligentes, vitales, preguntonas. ¡Cómo querían saber cosas y cuántas les conté! “¿Qué libro quiere escribir ahora?”, yo les dije que uno sobre mis padres y ellas corrieron tras mis historias con más y más interrogaciones: ¿De qué lugar había salido mi abuelo el emigrante? ¿En qué fechas? ¿Por qué mandó a mi padre a Italia? ¿Qué hizo él ahí?


Cuantas cosas me interesaron un tiempo, y otro acepté que no sabría nunca, me fueron preguntando durante horas. Les contesté lo que sabía y lo que imaginé hasta que llegamos a la carta de Ludovica y a mi duda de que aún siguiera viva. Entonces las tres nos pusimos a llorar sin saber bien a bien por qué. Luego nos abrazamos y cada una se fue a escribir lo que pudo. Una de ellas, generosa y ferviente, Elisabeta Rosaspina, escribió para Il corriere de la sera un texto contando esa tarde. Al volver a México, quince días después, había reaparecido Ludovica. Su carta comenzaba abruptamente, sin tropezarse en los saludos. “Sí querida, queridísima Angeles, esa señora está viva. Tengo ochenta y seis años, mis piernas son lentas, pero mi cerebro corre con los vívidos recuerdos de una vida intensa. Elisabetta Rosaspina, en su artículo, ha creado un poco de confusión.”


Pobre Elisabetta, pensé, quien la confundió fui yo. Seguí leyendo: “Carlos tenía los ojos muy oscuros, profundos y soñadores. Yo el pelo negro, los ojos azules y la exuberancia de la juventud. Él era once años mayor, nos reíamos. Tu papá, en los años de la guerra, no estaba angustiado, estaba un poco triste y preocupado, como todos nosotros, con los asuntos bélicos. Y tenía nostalgia de México. De seguro habrás recibido el “Corriere della Sera” del 28 de julio 2009. Una página entera habla de ti”. Luego me contaba que pasaría las vacaciones con sus hijos en el Valle de Fienno y que volvería a Milán en septiembre por si quería yo escribirle. “Te tengo en el corazón”, decía al final.

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¿Cómo no ir a buscarla? Sin dudar, al principio de mayo pasado, mi hermana y yo fuimos a Milán tras lo que imaginamos de ella. Y como si tal cosa fuera posible, la mujer que abrió la puerta de una casa iluminada por el sol llegando desde el parque, frente a las ventanas, resultó idéntica a su letra, sus palabras y nuestra imaginación.


Ochenta y siete años. ¿Pelo negro? Nadie tiene el pelo negro a esa edad, ya lo sabíamos. Pero Ludovica lo lleva pintado de un color tenue y lo peina con tal gracia que los aretes de perlas hacían juego con él dándole a su cabeza un aire joven.
¿Piernas débiles? Sí. Caminaba despacio, pero con los pies en unos zapatos elegantes y la espalda erguida dentro de un saco azul pálido. ¿El cerebro? Como si lo empujara la exuberancia de la juventud. Todos los recuerdos en orden, pero ninguno inhibiendo su vocación por el presente. La estancia tenía sobre la mesa una colección de cajitas y un florero con tulipanes amarillos. En las paredes: una mezcla armoniosa de óleos antiguos y pintura contemporánea. Ojos azules, Y tenues. Con esa mirada nos abrazó y le dijo a la muchacha ecuatoriana que trabaja en su casa: “Tienen los ojos del padre”.


La mesa estaba puesta para el té. Nos lo sirvió en unas tazas de porcelana blanca y delgadísima, quietas sobre un mantel bordado por su abuela. Así es la ingrata sobrevivencia de las cosas. Su abuela murió hace más de sesenta años, y el mantel está nuevo y almidonado como el primer día. Sobre su textura los platos con galletas y castañas doradas en azúcar. Todo como si ella quisiera mostrarle eso a alguien más. ¿A su novio el que fue? El marido murió hace dos años. Paula, su segunda hija, una mujer como de cincuenta y tantos, bebió el té con nosotros, divertida de ver a su madre evocando el pasado. Cambiamos nuestras direcciones de correo, nos recomendó un restorán para la cena, nos dio unos besos y volvió a su trabajo cuando Ludovica sacó el álbum con las fotos de su boda, sus padres, sus hermanos, sus hijos siendo niños, mi papá. Tenía para cada una de nosotras un sobre con la foto del “nostro babo” una carta que él le mandó desde Roma y una foto de ella cuando era joven, -dijo-, hace veinticinco años. Dos más que yo ahora.
“Come tus castañas. ¿No te gustan?”


Mi hermana responde por mí y yo por ella. Nunca habíamos mezclado té con castañas y la mezcla es una delicia. A México las castañas con azúcar llegaban sólo en Navidad. Y entonces los niños andábamos en otras cosas. También los adolescentes anduvimos en otras cosas, por eso no preguntamos el pasado. Pero no estábamos ahí para pensar en nuestra infancia, sino en la Italia de otros tiempos.


Era niña esta vieja cuando conoció mi padre. Iba subiendo la escalera que él bajaba. Iba cargando los libros y al verlo se le rodaron por los escalones. Todos. Ella los miró caer, levantó los ojos y sintió el rubor quemándole las mejillas. Una vergüenza que sólo puede tomarrnos a los diecisiete años. Él tenía veintiocho. Y silbaba. Siempre silbaba en la escalera. Ludovica lo dice y sonríe. Se burla un poco de la ella que fue. Tan joven, tan perdida en los ojos oscuros de su nuevo vecino.
“¿Y la guerra?”, pregunto. “Nuestro papá nunca habló de la guerra.”


“Un tiempo estuvo aquí en Milán, dice Ludovica,“ pero luego se lo llevaron a Roma. Y nosotros nos fuimos a Stradella, al pueblo de unos tíos suyos, amigos de mis padres, porque el campo era menos peligroso. Carlos volvía cuando le daban un descanso.”


“¿Había descansos en la guerra?”, me pregunto pero no le pregunto porque ella no deja mucho tiempo para preguntas. Dice que mi papá no estaba propiamente en la guerra, que nunca disparó una pistola.
“¿Qué ocurrencias? Él trabajaba en una oficina”.
¡“¿Y ahí qué hacía?!”.
“No lo sé, cara, era secreto”, dice. “Los asuntos bélicos lo preocupaban. Lui era un po tragicoso ¿vero?”


“Vero”, decimos las dos. No añadimos que nos enseñó a reír como no lo hizo nadie. Porque había en su sentido del humor un conocer el mundo que no tenía ninguno más en nuestro mundo. Y una melancolía. Volvió del desencanto en el que nunca entró su joven novia italiana. Menos aún, lo entendió nuestra familia.
“¿La guerra?”, dice Ludovica tras nuestra pregunta. “Yo era joven. Y nos fuimos a estar cerca del Po. Ahí regresaba Carlo cuando le daban tiempo libre.”
¿Tiempo libre en la guerra? No vamos a entender jamás.

Carlos Mastretta Arista, abajo a la derecha, sentado. La foto marca la fecha 1935.


Mi papá nunca habló de la guerra. Ni nosotros le preguntamos. Sólo una vez, al terminar un programa de televisión que sucedió en Italia le preguntamos: “Papá, ¿quién ganó en la guerra?”
“Todos perdimos”, dijo.


Anochecía cuando nos despedimos de Ludovica. Ella empezaba a cansarse. La muchacha ecuatoriana, linda niña de ojos negros, fluido italiano y facciones finas, se había ido hacía rato. Tiene treinta años y lleva diez en Italia. Nueve trabajando con Ludovica. Y la quiere mucho, con razón. En su lugar llegó una contundente mujer rusa. Tanya. Duerme con Ludovica, porque sus hijos ya no quieren que se quede sola. Debe tener cuarenta y pocos. Dejó dos hijos en su país. Trabaja en Italia para mandarles dinero a ellos y a sus papás. Suelta una risa larga.


“¿Así que éstas son las hijas del novio?”, pregunta.
“Sí, sono queste”, le dice Ludovica. “Acompáñalas porque es tarde. Que no tropiecen en la escalera, diles en dónde fijarse”.
Al día siguiente, salimos a comer por su rumbo. Un barrio con parques y vida familiar de la que no se ve en el centro. Nos llevó a un restorán sin turistas. Salvo nosotras que, en Italia, lo sabemos, por más sangre de antepasados, somos extranjeras. Nos sentamos en un cuarto de cristal con vista a una baranda y una vid. Todo era luz y verde aunque en la calle todavía hiciera frío. Al entrar Ludovica le anunció al dueño del restorán que yo era la escritora con prestigio internacional que honraría su mesa. Vi en el gesto del hombre el desinterés que ahora tienen los italianos del norte por casi todo lo que no sea la moda en lilas que ha tomado sus aparadores. Qué iba él a saber de mí, y qué podía yo inventar para que Ludovica no se desencantara por mi precaria fama. No era ése un lugar para flojos, la gente comía y conversaba de prisa. En un minuto nos instalaron, nos dieron la carta y nos tomaron la orden. Nosotros pasta y ella arroz, porque así lo dispuso. En cuanto pude me levanté dizque para buscar un lavabo, pero lo que hice fue ir tras el dueño de Il Navigli. “Por favor, dígale usted a la señora que ha leído uno de mis libros.” “Senza doppio”, contestó. Al rato fue a la mesa y aseguró saberlo todo de mi estirpe. Lo bendije en nombre de mi padre, mi narcisismo y la dama que ese mañana vestía de blanco, usaba unos anteojos oscuros que le cubrían media cara, tenía en la solapa una flor y, aunque estaba acalorada, no quería quitarse el saco para que no se le vieran los brazos envejecidos. “Están muy feos“, dijo. “¿Qué vino quieren? ¿Aperitivo? Eso no es vino. ¿Después? ¿Su papá no tomaba vino en las comidas? ¿No las enseñó?”


¿Nuestro papá? Claro que no. Cuando volvió de Italia nuestro padre cayó en la inocencia del agua de jamaica. Y en la inocencia toda de esa familia nuestra. Creo que alguna vez compró un Chianti. Los vinos eran caros y la quincena breve. Lo demás fue silencio. A la vida diaria sólo llegó el buen vino cuando llegaron nuestros cónyuges. Y para entonces nuestro papá llevaba diez años perdido en la negrura de su tumba en el panteón francés. Y eso ¿para qué recordarlo? De la muerte ni hablar. ¿O no habría más remedio?
“¿Así que él no se dio cuenta?”, preguntó Ludovica cuando tuvo que oír la historia de la embolia cerebral que mató a su Carlo y devastó nuestra confianza en las jaculatorias.
“Sí se dio cuenta. Quizás para bien. Estaba ya cansado de lidiarnos”.
“No creo. ¿Trabajaba mucho?”
”Sí.”
“¿Qué hacía?”
“Vendía coches”.
“Ah, los coches siempre le gustaron. Aquí escribía todos los días en una revista de autos. No le pagaban, pero no le importaba”.
“En eso fue idéntico hasta el final”, decimos nosotros.
“Debo tornare al Messico”, dice que dijo Carlos al terminar la guerra: “Voy y después…”
“¿Dopo? Dopo ¿ché?” dice ella que le dijo. Y lo cuenta poniendo juntos los cinco dedos de la mano derecha con la que se ayuda a rematar su frase.


Cuando habla mueve los ojos como una adolescente acusando a su novio del momento. Y ríe.
“Después ¿qué? ¿Doppo ché?” decimos nosotros poniendo cada una los cinco dedos juntos y moviendo la mano como si también eso lo hubiéramos aprendido en algún lugar cercano.
Era niña esta juguetona y drástica vieja, cuando lo conoció. Y nosotros quisimos conocer a la mujer que lo evocaba así. Con los ojos soñadores.


Tomamos el capuchino en el hotel Milán, donde Verdi vivió sus últimos años. Cerca de la Scala. Junto al café nos dejaron chocolates. Hablamos del verano. Ella irá a las montañas. ¿Por qué no vamos también? Sí claro, cosa de tomar un avión, luego otro y otro. Al cabo no hay ya más que futuro en nuestras vidas. ¿Del pasado?: un río en vez de un abismo. La miramos como si ella misma fuera el río. El principio de un río al que había que decirle adiós. Nos levantamos.
“Llévate un chocolate”, le dijo a Verónica. Mi hermana tomó dos.
“Mejor tres” dijo ella guiñando un ojo. “Siempre es mejor tres”.


Salimos por el coche. No mojaba esa lluvia diminuta. No estaba ahí la humedad con que la besamos al despedirnos:
“Nos vemos mañana”, dijo ella.
“Hasta mañana, Mariú”.
En dos días, María Ludovica Riva se volvió Mariú, y nuestra curiosidad por el pasado se hizo añicos rescatada por su presente.
Fuimos a Milán movidas por el deseo de saber una historia, tras la niebla que dejó nuestro padre, buscando la palabra de una mujer que prometía en dos párrafos la memoria vívida del tiempo en que nosotros no éramos ni el deseo de nuestra existencia. Fuimos a Milán como si pudiera ser cierto que la imaginación necesita sostén. Como si yo quisiera creerme la mentira de que me urgía saber una verdad para contar otra. ¿Un viento desde el que asir la nada de la que nunca oímos hablar? ¿Para qué? ¿Para escribir una novela? Si uno inventa para indagar, no al revés.


De eso, si alguna duda tuve la perdí en dos tardes de tratar a la dama cuya letra convocaba a visitar el pasado, pero cuya voz era puro presente. Por eso, tras sólo dos ratos de mirarla, mi hermana y yo nos encontramos abrazándola con la urgencia de prolongar el futuro. Porque todo en ella es el ávido deseo de andar viva. “Ci vediamo domani”, (nos vemos mañana)” dijo con su voz ronca, poniendo en nuestras manos, -como nunca en Italia-, la contundencia del ahora. ¿Qué nos importaba lo que les pasó en la guerra si aquella mujer de oro no quería recordarlo? Si la memoria de esos años no guarda más dolor que el de ya no ser joven.


“Vengan pronto- dijo. Y subió al automóvil. Desde ahí movió la mano de un lado a otro mientras mi hermana y yo nos quedábamos ahí, bajo la brizna de lluvia, -¿o no llovía?- sintiendo que algo irrepetible se nos iba otra vez.

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