Literatura

Puerto Libre/Revista Nexos

—Me ha dado por pensar en la muerte—, le dije al aire una mañana.

Me ha dado por pensar que si mi madre tenía veinticinco años más que yo, y murió hace diez, me quedan quince para escribir tres libros. El de la ciudad que fue azul, el de la vieja que cantaba y otro de los varios que se me cruzan cada día.



—No va a dar tiempo—, le digo al aire y nombro a mis vivos y a mis muertos mientras lo digo. El de mi papá y su vida en Italia. ¿Quién era ese hombre tan joven? ¿Qué libro podrá ser uno que habría que inventar de punta a fin? Y qué pregunta más vieja ésta que me hago.

Pasa todo cuando aún no despierto del todo.

Duermo con el cuarto oscuro, pero la luz se filtra parsimoniosa bajo las contraventanas, para dejarme adivinar qué horas son.



Ilustración: Gonzalo Tassier

Una buena parte de quienes me rodean y de quienes me rodeo escriben libros para dilucidar el mundo.

Y nos gusta lo que hacemos. La fantasía es lo nuestro. ¿Quién nos dice que importa lo que tengamos que decir? ¿Tenemos que decirlo? ¿Hacen falta más libros? Hay muchísimos. Basta abrir Kindle, ir a las bibliotecas, a las librerías, ni se diga a la FIL de Guadalajara. Ahí no sólo hay miles de libros, sino cientos de escritores. ¿Inventar otras vidas, para no morirnos del todo? La verdad no encuentro un sí para semejante pregunta. Si acaso, inventar libros para buscar abismos de concentración, como los que tienen los niños. Como ésos que los hacen llorar si los interrumpimos.

Nos vemos en el espejo de agua que puede ser la literatura y ahí estamos, como Narciso. Mirándonos mientras decimos que a otros miramos. La creatividad es un juego del tamaño de la clase de canto. En cambio la disciplina puede ser aburrida. Y ésa sí que se necesita para escribir a diario. Hubo que tenerla para estar en el cuadro de honor. Nunca una página sin llenar, ni un ejercicio de memoria sin concluir. Las doce tribus de Israel, las capitales de un mundo que ya cambió de capitales, los líderes de las Guerras Púnicas y los reyes que emprendieron las Cruzadas. Bastante inútiles nuestros ejercicios. Si acaso sirvieron más las oraciones. Mantras para toda necesidad. Mi espíritu se llena de gozo. Diez veces con diez respiraciones. Hay que decirla todos los días. Arca de la alianza, ¿quién no quiere ser arca de la alianza? Puerta del cielo. ¿Era yo disciplinada para estar en el cuadro de honor?

A mí, la verdad, me gustaría vivir ya sin ese pendiente. Ya no quiero pelear, ya dije todo lo que quise. Lo que no he dicho nadie sabrá que he de callarlo. Ni siquiera lo sabré yo, porque lo olvido. No sé si lo primero que se olvida es la disciplina, o si es el puro olvido lo que merma la disciplina. Pero ya no la encuentro.

—Escribe eso—, dicen quienes me oyen contar los despropósitos que cuento. Ya no lo hables, porque luego no lo escribes—, sugiere el poeta que cuida sus palabras para no derrocharlas, como hago yo.

Si lo que enumero lo pusiera por escrito, si no se hubiera perdido el método en los pliegues de la sublime vida diaria, haría un libro cada tres meses. O cada año. Imagino cada año y me da quince libros. Todo esto si vivo hasta los ochenta y cuatro. Que no es mucho pedir. ¿De qué tamaño se vuelve la mochila en que debería yo guardar tantísima tarea? ¿Cuáles cuadernos tendría yo que sacar? ¿Los conciertos, la música en las tardes, la puesta de sol, el té de las mañanas, los invitados a comer, la retahíla de cosas que oigo sobre la patria y su devenir, los noticieros, el cine? No mis amores. ¿Quién prefiere hacer la tarea en vez de jugar a las montañas de tierra con los niños? Ellos no se van a acordar. Si no juego a cargarlos no dirán un día que fui egoísta porque me puse a escribir en vez de a contemplarlos. No lo dirán, pero quizás la expresión de mi cara sí que podría decirlo. ¿Qué más? Mis amores adultos. Dan para tanto que hay que darles tanto. Pienso en desorden, pero quiero que haya orden en lo que escribo, porque prefiero narrar que intentar profecías.

Si no tiene usted tema, me dice un mujer preciosa y precisa, ¿por qué no comenta esto que ahora está pasando en Twitter? Hay un revuelo en torno a La Divina Comedia. Puedo encontrar toda la información en #Dante2018.

Sí tengo tema, me ha dado por pensar en la muerte, pero siempre me aflige que mi tema no le importe a nadie. Así que fui a internet a preguntar por #Dante2018.

Me enteré ahí de que el profesor Pablo Maurette por medio de su cuenta @Maurette79 convocó a una lectura pública para que personas de todo el mundo conozcan La Divina Comedia, a lo largo de cien días, leyendo un cántico por día. Y que quien quiera participe escribiendo su felicidad o su pasmo en un tuit.

No se me había ocurrido leerla así. Yo me como los cantos, me salto del infierno al cielo, sin pasar por el purgatorio. No sé si muy mal hecho, pero sí muy a tercias.

La Divina Comedia en cien días.

Antes que nada vuelvo a leer el ensayo de Borges, La Divina Comedia, publicado en el libro Siete noches.

“Toda la comedia está llena de estas felicidades”, dice al comentar el verso final del Canto V del Infierno: e caddi come corpo morto cade. El sonido es lo que impresiona. El cae repetido. Pero —lo dice más largamente— la intensidad de la Comedia la mantiene el hecho de ser narrativa. La Comedia cuenta una historia. Y nos da la posibilidad de seguirla y no sólo de interpretarla. “La idea de un texto capaz de múltiples lecturas es característica de la Edad Media. Esa Edad Media tan calumniada y compleja que nos ha dado la arquitectura gótica, las sagas de Islandia y la filosofía escolástica, en la que todo está discutido. Que nos dio sobre todo la Comedia que seguimos leyendo y que nos sigue asombrando, que durará más allá de nuestra vida, mucho más allá de nuestras vigilias y que será enriquecida por cada generación de lectores”.

Busco los tres tomos de la Comedia. Tenemos dos versiones. Una con más polvo que la otra. Intratables. La bajo de la Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes. Es la traducción de verso ajustada al original por Bartolomé Mitre.

No podría explicar como allí entrara,
tan soñoliento estaba en el instante
en que el cierto camino abandonara.

Busco la versión italiana en Kindle. Borges la leyó en inglés, no versificado, y comparándolo con el italiano. Dijo que no hablaba italiano, pero que sabía todo de la Comedia.

La verdad es que yo ni uno ni otro. Hice el intento de entenderla en el idioma de mi abuelo, cuando a los dieciocho años lo aprendí en la Dante Alighieri, en donde obtuve un Ottimo y luego olvidé todo. De la Comedia, entonces, no leí sino el puro principio. Por fortuna, aún no es tarde.

Me he puesto a leer a Dante y estoy tan consternada como dichosa. Comparo, para oírlos en voz alta, algunos versos en italiano. Pero leo en español, porque me urge saber qué pasa en cada sitio. Y cada verso es tan fantástico como el anterior. Apenas empiezo. Voy en el Canto XI. Sigo en el Infierno. He dejado atrás a Francesca di Rimini. Girando dentro de un viento negro. Castigada por caer en la ventura de un enamoramiento, juzgado como lujuria, dice unos versos que apiadan al poeta. Ni se diga a quien lee:

Amor, que a nadie amado, amar perdona,
me ató a sus brazos, con placer tan fuerte,
que como ves, ni aun muerta me abandona.

Andando con Virgilio y el Dante he visto castigados por cobardía y por pereza, por gula, por avaricia y prodigalidad, por ira.

Pero hay peores pecados, en el séptimo círculo del infierno están los violentos, los fraudulentos y los traidores. Todos los que están a diario en los diarios. Cuando empiezan a bajar hasta el primer recinto, escribió el Dante:

“Conviene descender con mucho tino”,
dijo el maestro, “a fin que nuestro olfato
a este aire se acostumbre tan dañino”.

Juzguen ustedes lo que hemos de cuidarnos. Puso Dante a estos pecadores en el más cruel de los infiernos. Como si existiera el infierno en otra parte, que no fuera la parte amarga de la Tierra.

He de seguir leyendo La Divina Comedia, he de llegar al Paraíso, a la alta fantasía, a la sal que tiene el pan de otros. He de seguir leyendo, porque andar entre muertos tan sublimes cura de toda muerte anticipada.

Mundo Nuestro. Los días 3 y 4 de marzo próximo se llevara a cabo en Puebla la Feria del Libro de Terror y Esoterismo, en el Stieglitz Café, en el centro de la ciudad. En el evento se presentará la novela Las aventuras de la Audaz Navegante, de la escritora Paulina Mastretta.



Resultado de imagen para LAS AVENTURAS DE LA AUDAZ NAVEGANTE

Mundo Nuestro. El miércoles 21 de febrero se presentó en La Casa del Puente, en San Pedro Cholula el libro de poemas Será vil o sacro, del escritor poblano Günter Petrak, con la participación del autor y como presentadores Gabriela di Lauro y Sergio Mastretta, de quien ofrecemos el texto escrito para el evento.



Es un juego la vida, la vida en imágenes como en una lotería de desvaríos.

Jugar con las fotografías de Günter Petrak, con los títulos de sus poemas, reconocer sus territorios, mirarlos como propios, como habitaciones compartidas, espacios nuestros por los años suyos y míos.

Dos imágenes mías que alumbra Günter:

Ahí está la hacienda de Guadalupe en ruinas, su torreón sobreviviente de guerras y temblores. Un cilindro rotundo desde hace mucho inexpugnable, con sus ventanales oscuros abiertos al valle campesino, a lo que queda de él, a los pueblos que poco a poco dejan de serlo, que han visto llegar a ellos los ductos petroleros y la catástrofe social que llamamos huachicol.

El volcán cenizo, mustio le digo yo, una extremidad de nubes, dice el poeta, un níveo perro de humo alegre, la barba hirsuta de un rufián, el cielo nuestro en el que nos miramos todos, la mirada al poniente que a todos nos contiene.



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¿Qué son las palabras para estas imágenes? Tal vez el viento leve, el viento agreste, el viento que se exhala. La utilidad, si la tiene, primigenia de la poesía: la que respira al mundo, la que lo mece, la que lo sueña, la que lo vierte:

Con las preguntas vitales en Lágrimas

Con la búsqueda atada a la palabra Viaje:

Intentar así gozar al máximo este juego que propone Günter:

Las palabras son larines que se intercambian, gritar como los niños que intercambian las estampas para el album ¡no, ya, ya, ya, noo! para avistar los cuadros de la vida que se van llenando, que quedan truncos, que anuncian el futuro.

Las palabras se gritan a la vista de la lotería, juguemos ahora mismo, nadie nos impone una ruta… Y qué sale, una azarosa línea de tiempo: nubes, barcas, fortaleza, adiós, cuenco en el corazón, ciudad, fumarola, el niño, puerta, monstruos, suicida, rieles, aceptar mi tiempo...

"Pero no hay álbum --escribe el poeta-- que pueda guardar las mudanzas, las maletas, la lluvia en la ventana, el pan enmohecido..."

Ganar y perder en ese juego entre lo vil y lo sacro:

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De la lírica a la interpretación de este mundo compuesto y electrónico desde el que ha partido este objeto antiguo que nos ha entregado en las manos el escritor-poeta-fotógrafo-artesano-editor en que se convirtió aquel vistoso portero en las fuerzas básicas del Puebla. Porque desde esa emoción tan llana que tiene del juego viene Günter Petrak.

¿Qué es, si no una maravilla, este librito-folleto de poemas plantados así, en láminas breves, con fotografías chispazos certeros que introducen al breve torrente de palabras...?

Intentar comprender entonces la trama lúcida que se contiene en esta propuesta artesanal de la poesía, en este tiraje de trazos libres en papel, en esta solvencia estricta para resolver el juego Autor-Lector por el que nosotros, los que nos contemplamos lectores, encontramos en nuestras manos el instrumento para la más libertaria de las lecturas.

Libertad. Dos veces en un párrafo esta palabra antigua, la de todas nuestras desavenencias con el mundo.

Un mundo que ya difícilmente nos reúne para hablar de poesía y de libros. Que ya difícilmente alberga lectores con las palabras en las manos. Que ya nos impone el ritmo atroz de nuestros dedos grasos sobre las teclas de los celulares.

En esto pienso cuando tengo en la manos esta propuesta artesanal.

El poeta no es tan sólo el mago antiguo que nos encanta tras la bruma de las palabras en el aire.

Es fotógrafo: nos invita a leerlo desde una perspectiva concreta. Igual sus monstruos que sus nubes o sus barcas o sus viajes o sus lágrimas.

Y es artesano: ha librado la tranca de la imprenta y la obsesión de lo formal. Sus larines son metáforas en sí mismas que sus manos han recortado para nosotros y envuelto en una foto que es un cuadro y un marco para encerrar el mundo digital, al que sin remedio la modernidad nos ha encomendado.

Querámoslo o no, hoy todos somos absolutamente ceros y unos, la abstracción más concisa, el cuadro más puro, la soledad más precisa que nos contiene retratados en esos espejos letales con los que fundimos el rostro letal de la tiranía que ejerce la necesidad –o necedad—de comunicarnos con los otros.

A la manera de cada quien, con memes y desgarriates chateros, nos encontramos miembros distinguidos de una comunidad de escritores electrónicos.

“Hoy –dice Eugenio Tisseli, al hablar de la posibilidad de construir comunidades extendidas--, la digitalización de todos los ámbitos de nuestra existencia y coexistencia con otros se ha convertido en una realidad sofocante.”

Y me ayuda más a entender lo que ha creado Günter Petrak en su esa comunidad extendida que ha generado en ese agujero sin fondo que llamamos facebook: la foto y el texto breve.

Dice Tisselli.

“Y es precisamente entre la densidad en apariencia intangible de esta creciente abstracción donde nos encontramos como comunidad de escribientes electrónicos. No obstante, la abstracción, o desmaterialización, a menudo identificada de modo erróneo como la esencia de lo digital, encuentra su contradicción en una materialidad exacerbada que, paradójicamente, esquiva nuestra percepción de forma constante. Aquello que se suele describir como inmaterial, de manera más bien miope o ingenua, no es más que la manifestación final de complejos ensamblajes de todo tipo de materiales, escondidos detrás de un pesado velo de nubes.”

Qué ensamblaje éste de lo vil y lo sacro: la invención de nuevas formas poéticas, exploración en ese territorio irreal en el que nos arroja la tecnología. Pensar ese mundo inhóspito en el que nos enredan los dispositivos desde este instrumento de papel antiguo, arte-objeto le llamarán los enterados, formato original, inspiración de esténcil setentero, propaganda verosímil del mejor de los espíritus.

El ruido del tiempo/Julian Barnes Editorial Anagrama. México, 2016.pp. 199

Es una novela histórica sobre la vida del gran compositor ruso Dimitri Dmítrievich Shostakóvich (San Petersburgo, 1906 - Moscú, 1975) que se queda a vivir en la Unión Soviética en los años del estalinismo y luego en los del gobierno de Nikita Jruschov mientras que otras de las glorias de la música rusa huyen del régimen comunista. La vida de todos los días para el genial compositor no es fácil. Lo que haga o deje de hacer está a la vista de todos.



En enero de 1936, Stalin asiste a una presentación de la ópera Lady Macbeth en Mtsensk, compuesta por Shostakóvich y que estrena en 1934. La obra no le gusta. Días después en el periódico Pravda aparece un artículo que la califica como un ejemplo del arte fromalista, decadente y desconectado del arte popular que promulga el socialismo. Se rumora que el mismo Stalin escribió el texto. Las representaciones se prohiben.

A partir de entonces el músico se enfrenta a la disyuntiva entre ser un héroe que se enfrenta al aparato soviético y seguramente a la muerte o acomodarse a las exigencias del régimen a cambio de conservar la vida. Elige esto último. Sabe del alto costo que debe pagar. Así, se protege a sí mismo, pero también a su esposa e hijos.



La novela se estructura en tres capítulos. En el rellano, el primero, se habla del tiempo de su juventud. Todas las noches las pasa sentado afuera del elevador de su edificio, frente a su departamento, en espera de que las autoridades vengan por él. Así, la familia no tendrá que ser molestada y tampoco ser testigo directo de lo que pueda ocurrir. La suya no es una situación excepcional sino la viven miles de otras familias en el régimen de terror implementado por Stalin.

En el avión, la segunda parte, se da cuenta del tiempo de la madurez. Shostakóvich es enviado a los Estados Unidos como parte de una delegación de artistas soviéticos. Es una gira de propaganda controlada por el partido. Él se sujeta al libreto que le han dado y nunca se puede salir del mismo. El viaje es un “premio” por haberse rehabilitado. Ahora es un compositor que hace música, para el pueblo. Es consciente de la humillación que sufre, pero no puede hacer otra cosa. Es el precio a pagar si quiere vivir.

El tercero, En el coche, narra el tiempo de su vejez. Es el tránsito del gobierno de Stalin al de Jruschov. Los funcionarios son los mismos. En esa época goza, entre otros privilegios, de un coche oficial y de un chofer. Es la recompensa que el sistema ofrece, por haberse disciplinado. En esos años “solicita” su ingreso al Partido Comunista y lo nombran presidente de la Asosiación de Compositores de la Unión Soviética. Reflexiona sobre lo que ha sido su vida. Sabe que el fin está cerca.

Barnes construye un relato que nos hace ver el drama interno que vive Shostakóvich. Se alinea a las directrices del poder, para que él y su familia no sean víctimas de las brutales purgas impulsadas por Stalin. El compositor se dobla y aparece como un ser humano dominado por el miedo. En más de una ocasión desea la muerte, para salir de la angustia permanente en la que vive. “El terror es la esencia de la dominación totalitaria” decía Hannah Arendt.

Lo que pasó a Shostakóvich lo vivieron miles de soviéticos en los años del stalinismo. Es la experiencia de la impotencia absoluta. La autoestima se quiebra. Lo que siempre está presente es el miedo a ser arrestado y luego asesinado. La única posibilidad de sobrevivir es someterse a los dictámenes del partido y de las autoridades que siempre tienen la razón. Ellas nunca se equivocan y siempre saben cuál es el camino que debe de seguir la patria y cada uno de los individuos que la integran.

El gran músico nunca se engañó, siempre entendió lo que pasaba, y de manera consciente se plegó a las exigencias de las autoridades. Compuso la música que cumplía con los cánones del arte socialista. Hizo, entre otras cosas, múltiples bandas sonoras para películas de propaganda. No había de otra. Su trabajo fue reconocido y premiado con distintas órdenes del ceremonial soviético. Pero en ese espacio asfixiante pudo crear grandes obras de arte que hoy seguimos escuchando.

En esta novela Barnes se adentra al conflicto siempre presente que se da entre el arte y el poder. Al poder le cuesta admitir la libertad del arte y sus creadores. Lo intenta acotar y poner a su servicio. Corteja a los artistas y si no puede los somete por la fuerza. Presenta también la lucha interior del artista entre la autocensura o la expresión totalmente libre. Y esto en el espacio político donde no auto contenerse lleva a la muerte. ¿Qué hacer?

Versión original: The Noise of Time, Editorial Jonathan Capa, Londres, 2016. Traducción del inglés al español de Jaime Zulaika. Primera edición en España y México, 2016

Mundo Nuestro. Las ilustraciones de este texto son del artista visual Nicolás Marín, Mr. Poper, y fueron tomadas de la revista digital LadoB. Dice de su obra este joven artista plástico: “No puedo pasar por alto ni puedo ignorar el amor entre iguales. Es algo con lo que vivo, y finalmente me gusta el amor que se da entre hombres o entre mujeres. Si yo lo pasara por alto, regresamos a lo mismo, dejaría de ser honesto”.

I

En las conversaciones con su nuevo grupo de amigos de la universidad, Alejandro era el que más hablaba y el que parecía haber vivido de todo. Vania y Alejandra, aunque menos, ya tenían sus buenos kilómetros recorridos, sobretodo la última. Sin embargo Alam, Yasmín y él sólo hablaban de fantasías, inventando historias, ya que estaban interesadísimos en los temas y se morían de curiosidad, pero él, que a pesar de que se sabe homosexual desde que tiene uso de razón, nunca había tenido relaciones sexuales de ningún tipo. Yasmín y Alam estaban en una situación poco distinta.



Cuando entró a la preparatoria se encargó de nutrir el prejuicio que sus compañeros crearon de que básicamente era una máquina de coger y para el tercer año ya todos lo reconocían como el hombre más experimentado en el amor y en el sexo. Contados eran los que sabían la verdad: él, Xhuncu Casiviany, fue desde siempre y hasta ese tiempo un chico solitario y callado. Tanto así que durante una temporada de su infancia visitó al psicólogo porque su madre estaba segura de que padecía autismo. Ni autismo ni mudez, sólo la prematura certeza de que hablar sobra cuando las personas no saben escuchar. Los prejuicios y la fama que fabricó para sí en la preparatoria fueron como una segunda oportunidad. Ahí, contrario a los grados escolares anteriores, generó verdaderas amistades y brotó la voz que había guardado con tanto celo.

Pero fue hasta la universidad cuando decidió dar el paso que faltaba para salir definitivamente del capullo y las historias de Alejandro fueron como un faro para él. Alejandro contaba que habían sido muchos y muy variados los hombres con los que se había acostado. Desde muchachos de la misma universidad hasta cuarentones casados y con hijos. ¿De dónde sacaba tantos hombres para coger? Que Facebook puede servir para eso fue el primer dato que sacó en claro. Grupos secretos para establecer contacto con el que más te convenga y llevártelo a la cama. El día que se enteró de eso, corrió a su casa para crear una cuenta falsa y meterse a la mayor cantidad de grupos que pudo encontrar. Rápido y sin hablarlo mucho concertó una cita con el muchacho con quien tuvo sexo por primera vez. Su nombre ya no lo recuerda.

Nada sintió. Ni dolor ni placer. Solamente una amarga decepción. Alejandro le había hablado de las maravillas del sexo con tanta seguridad y emoción, que no haber sentido nada lo sorprendió y lo molestó mucho. Quiso pensar que fueron los nervios y la inseguridad de hacerlo con un extraño. Naturalmente no habló del tema con nadie y como siempre, se limitaba a escuchar las historias de sus amigos y se inventaba las propias, pero la experiencia empezaba a remorder su consciencia y a medrar sus ganas.

Una vez, Alejandro habló de unas cabinas de cibercafé que servían como lugar de encuentro sexual. Su curiosidad volvió a encenderse, pero ahora de manera insana. Tratando de ocultar lo más posible su interés, intentó sacar de Alejandro toda la información acerca ese lugar. ¿En dónde? Una casa por la Facultad de Medicina. ¿Sí, pero más o menos por dónde? A unas calles del panteón, con dirección al sur, pero eso no importa, lo que importa es que ahí conocí a un cabrón que me la chupó como nadie lo ha hecho.



II

La visita a las cabinas se le estaba volviendo una adicción. Dejó de hacer muchas cosas por ir y a veces iba desde las ocho de la mañana que abrían hasta las ocho o nueve de la noche. Más de doce horas que, multiplicadas por los siete pesos que al principio costaba la hora y los nueve que llegaron a costar, y sumando lo que gastaba en aguas, refrescos y galletas, hacían de esos días un peligro para su cartera. Pero de las más de cuarenta veces que tocó en ese zaguán, siguió al recepcionista hasta el interior de la casa, dejó sus cosas en los estantes, registró su entrada, tomó su ficha y buscó su cabina, sólo unas cinco tuvo sexo.

La primera vez que asistió al lugar sintió como si estuviera traicionando una dinastía milenaria de pureza y dignidad, un legado familiar. Subió las escaleras al segundo piso, donde estaban las cabinas, cargando con ese peso. En las escaleras se topó con un par de hombres solos, nada atractivos, que tuvo que ignorar con aplomo, ya que en esas circunstancias una mirada que apenas se postergue más de dos segundos te compromete por lo menos a una propuesta. Él no estaba para aceptar ni rechazar a nadie, sólo para pensar en los pecados que estaba cometiendo. Hasta ese momento, la cosa pintaba mal. Sus pulmones se llenaron con el olor de la humanidad en su punto cúspide. Sintió repulsión.

Más de 10 puertas de cada lado en los dos pasillos de la pieza dificultaron el hallazgo de la suya. Antes de dar con ella, vio a algunos hombres rondando los pasillos y a otros con las puertas abiertas, esperando. Apenas la encontró y se encerró con seguro. La cabina era de poco más de un metro cuadrado. Vinieron a su mente los baños públicos portátiles. Había dentro una mesa con una computadora y una silla. Las cabinas estaban separadas con paredes de tablaroca bien empotradas en el suelo y el techo para soportar embestidas de una intensidad considerable. La computadora estaba prendida y en ella había una ventana de chat que intercomunicaba todas las computadoras del lugar. El chat estaba desierto y nunca fue distinto. Se sentó en la silla. Era un mal momento para reflexionar, pero no pudo evitarlo.

Su hermano Alex también es homosexual, pero más bien es una señora mocha y machista que sueña con casarse con un hombre rico que la golpee cuando haga las cosas mal. A diferencia de Casiviany, Alex está convencido de que ser homosexual es como una tarjeta de presentación ante la sociedad. De más jóvenes discutían sobre salir o no salir del clóset. Alex decía que sí, que debían ir preparando a su familia para que los aceptara. Él, por el otro lado, sostenía que no tiene sentido hacerlo, que él es quien es sin importar su orientación sexual y que, en todo caso, su familia se enteraría el día que le presentara a algún novio.

A pesar de esa convicción suya, creció con ideas que en ese momento, sentado ahí escuchando los jadeos aledaños, respirando sexo, lo estaban torturando de manera que comenzaba a sentirse saboteado definitivamente. El templo que era su cuerpo ya había sido profanado anteriormente y estaba por volver a serlo de una manera que se le antojó asquerosa. Y si el templo perdía valor, el alma mucho más, porque lo permitió sin tener el más mínimo derecho de hacerlo. Los azotes estaban ya rasgando su moral cuando tocaron la puerta de su cabina.

Giró en la silla y abrió. Era un tipo algo feo, pero con cuerpo atlético y grande. Entró sin decir nada y se sacó el pito. Él tampoco dijo nada, se quedó sentado y lo metió en su boca. Afuera, el señor de la cabina de enfrente los miraba y se masturbaba. Casiviany prefirió cerrar la puerta, no fuera a pensar que lo estaban invitando. Terminó y el tipo le prestó un klinex que sacó de su bolsa trasera del pantalón, él lo usó para escupirlo todo y cuando quiso buscar el bote de basura encontró que debajo de la mesa estaba lleno de bolas de papel higiénico y condones usados. Se limitó a aventar el klinex junto con la demás basura. Pasado un rato, el tipo le pidió penetrarlo. Él sólo asintió con la cabeza, se volteó y se bajó los pantalones. Escuchó un jalón con la nariz y volteó. Le ofreció una pequeña ampolleta y le indicó cómo debía inhalar los vapores que salían de ella. Se llama Popper, con esto vas a sentir más rico. Él lo intentó, pero inhaló mal y sólo le causó dolor de cabeza. Otra vez no disfrutó del sexo.

Después de un largo rato en silencio, intercambiaron números. El tipo se fue después de invitarlo a su casa sin éxito. La cabina de enfrente estaba vacía ya. Se quedó otro rato sentado en su silla, pensando. Dentro de él, la excitación y la culpa empezaban a trabajar juntas, haciéndolo sentir ruin. Además, comenzaba a sospechar que el sexo nunca iba a complacerlo.

Nicolás Marín Mr Poper. S/T
Acrílico sobre madera
90 x 60 cm
Febrero 2010 (Tomado de LadoB)

III

-Ven, siéntate en la mesa.

Un señor de unos 45 años, menudo y bajito, pero con el rostro apuesto pasó y se sentó en la mesa. Casiviany cerró la puerta de la cabina y se sentó en la silla.

-Hola. Me llamo Ernesto, tengo 17, pero ya voy a cumplir 18.

-No me digas eso, mijo, cómo le vamos a hacer si ya me dijiste que no eres mayorcito, cancha reglamentaria pues. Casi estás tan chiquillo como mi hijo.

-¿Cómo, tienes hijos? ¿Ellos saben de esto?

-No, no, hombre, cállate. Ni mi mujer ni ellos deben saber. Como trabajo un taxi ni se las huelen, nunca saben dónde ando. ¿Apoco tu familia sí sabe que bateas chueco?

-No… No tengo papás. Vivo solo.

-No la chingues, perdón. Bueno, por lo menos así no te tienes que andar escondiendo de nadie. No, hombre, si mi familia se enterara...

-¿Nadie sabe que eres puto?

-No.

-Pero no importa, siempre he pensado que uno es quien es sin importar que te gusten los del mismo sexo, ¿no?

-Pues eso sí, pero mírame, escondiéndome a los cuarenta y tantos. Yo amo a mis hijos y quiero mucho a mi vieja, pero como que no más nunca le perdí el gusto a esto.

-¿O sea que sabías que te gustaban los hombres desde antes de casarte?

-Sí, pero nunca se lo dije a nadie. Pensé que con casarme se me iba a quitar. Qué pendejo, ¿no? Ahora tengo que venir aquí. Dejo el carro por el panteón y me vengo caminando para que no haya bronca. Pero, chingados, es la primera vez que entro con uno tan joven como tú y resulta que no más quieres platicar.

-Es que como me dijiste que así no se iba a poder…

-Chingados. No, por más que se vea que eres un cabroncito, mejor no. A ver si te veo después. Ya me voy. Chingados.

El señor salió de la cabina, frustrado y caliente. A Casiviany ya se le había hecho costumbre conversar con todos los que llegaban a su cabina. Podía hacerlo todo el día: observaba a los fulanos que anduvieran por ahí, la mayoría hombres de treinta a sesenta años, aunque también llegó a ver varios pubertos de hasta trece años aproximadamente. Ni a esos ni a los que aparentaban más de cincuenta les prestaba atención, pero sí vio algunas parejitas compuestas por estos y aquellos saliendo de las cabinas muy colorados. Su rango era de veinte a cincuenta, pero los elegía después de estar seguro de que tenían la historia que necesitaba escuchar. Invitaba al que más lo convencía, lo sentaba en la mesa y comenzaba a hablar.

Siempre contaba una historia distinta y siempre escuchó lo que quería escuchar: hombres que tenían problemas con vivir abiertamente su sexualidad. De alguna manera, saber que él estaba en ese lugar nada más para satisfacer sus ganas, su curiosidad y su autosabotaje moral, y no porque necesitara ocultarse, lo hacía sentir superior. Eso justamente era lo que más le gustaba de las cabinas. A diferencia de todos ahí, él tenía opciones menos áridas, pero reafirmarlo se le volvió vicio. Si de por sí generalmente sólo aceptaba dar o recibir sexo oral y raramente ser penetrado, cada vez eran menos las veces que lo hacía.

IV

Era sábado en la tarde. Él estaba en un restaurante con sus amigos de la universidad, celebrando el cumpleaños de Alejandra. Como a las siete de la tarde se fue, dando la excusa de que tenía que ver a su hermano en otro lugar. Alam, por su parte, dijo que tenía una entrevista de trabajo y también se fue.

Llegó como media hora después, tocó la puerta y le abrió un chico diferente al de la última vez, tres días antes. Recordó que los recepcionistas ahí duraban pocos días antes de ser reemplazados. Era un día tranquilo en las cabinas. Sin señores y sin pubertos, pocos jóvenes sentados con sus puertas abiertas y más pocas parejas con puertas cerradas. En vista de esto, prefirió hacer lo que nunca: ir a rondar los pasillos buscando algún tipo guapo o alguien con cara de tener una historia triste. Al doblar en una esquina de los pasillos, vio a un muchacho delgado, bajito y de piel clara, muy bien vestido. Ambos intercambiaron miradas mientras se acortaba la distancia entre ellos. Al estar a pocos centímetros, lo abrazó muy fuerte y los dos comenzaron a llorar. Era Alam.

Nicolás Marín Mr Poper. “Por los amores eternos que duran poco”.
Acrílico sobre madera. 90 x 60 cm.
Enero 2011 (Tomado de LadoB)

V

Por Alam supo varias cosas:

  1. Que había otras cabinas en el centro, frente al museo del Tec de Monterrey.
  2. Que también existe un lugar más refinado en donde va gente que es abiertamente homosexual. Se trata de unos baños de vapor con cuartos privados, mucho más cómodos y limpios que las cabinas, conocido como “Las termas”.
  3. Que hay muchos sitios de encuentro sexual en la ciudad. Por ejemplo, los baños del segundo piso del Paseo San Francisco a ciertas horas, la esquina sur-poniente del Paseo Bravo, cuando anochece, el cine porno El Colonial y el cuarto oscuro del bar Garotos. Además de Grinder, una aplicación para celulares que sirve para establecer contacto virtual con personas cercanas a ti.
  4. Que su amigo estaba seguro de sufrir satiriasis.

El encuentro con Alam de alguna manera le sirvió para romper con la costumbre. Se contaron todo: ambos llevaban muchos meses frecuentando ese lugar, pero por el azar nunca habían coincidido. Alam iba menos que él, porque había formas más baratas de conseguir sexo. A Casiviany no le importaba el dinero y no le importaba el sexo, aunque la curiosidad de saber de los nuevos lugares aumentó su libido. Dejó de ir a esas cabinas.

Días después, aunque sólo por no dejarlo pasar, visitó las cabinas del centro. Entró en la vecindad con el número que le dieron de la calle 4 norte, subió las escaleras hacia la izquierda y vio el letrero con las letras de cibercafé y una diminuta bandera de arcoíris abajo. El recepcionista hablaba demasiado: lo invitó a unirse al grupo de Facebook del lugar, le dio una tarjeta de presentación y guardó en un estante su mochila.

Ni niños, ni ancianos, ni mal olor, ni condones usados en el piso. Todo era muy luminoso debido al gran ventanal de la habitación y muy limpio. Las cabinas, por otra parte, eran aún más pequeñas, lo cual imposibilitó que el muchacho guapísimo que acababa de seducir lo pudiera penetrar.

-Ven, arriba hay un cuarto.

-Vamos.

Subieron unas escaleras en el interior de la casa y entraron a un cuarto con luz tenue en donde estaban tres españoles y dos mexicanos en una orgía. El muchacho lo invitó a unirse, pero él sólo quiso ver. Se dio cuenta de que así disfrutaba más.

VI

Tiene casi tres años que Casiviany conoció las casetas. Ahora su opinión es diferente. Asegura que disfruta mucho de su sexualidad. Incluso bromea mientras cuenta sobre la angustia que sentía de estar haciendo cosas obscenas y perversas. Sabe que estuvo mal haberse castigado moralmente. Está seguro de que, si volviera a ir, ya no sería con culpa y la pasaría muy bien.

VII

En febrero del 2016, los sitios web de Diario Cambio y Periódico Central reprodujeron una suerte de reportaje que habla sobre unas cabinas de encuentro sexual en la unidad habitacional La Margarita. Casiviany me cuenta que por esas fechas le contaron que clausuraron varias cabinas, no sólo esas, a causa de que un periodista publicó una investigación y se le ocurrió poner fotos de los lugares, aunque de todos modos ya no las frecuentaba. El reportaje no dice nada sobre los menores de edad.

El Día Mundial de la Diabetes se celebra — ¿esto se celebra?— el 14 de Noviembre desde 1991. Yo nací en 1996 y fue hasta este año, 2017, que presté atención a la fecha. Podría haber vivido otros diez, veinte o treinta años más sin saber nada al respecto de no ser porque en enero fui diagnosticada con diabetes.

Al ser estudiante de universidad pública, tengo derecho al seguro médico. Hice provecho del servicio de salud desde que supe que lo necesitaba. He leído y visto muchos testimonios acerca del Instituto Mexicano del Seguro Social y eso me hizo llegar con miedo, además de las muchas otras cosas que dan miedo cuando se tiene una enfermedad crónica. Sorprendentemente a mí no me fue tan mal: no me hicieron esperar meses para darme una cita, me programaron análisis muy pronto y me mandaron con los especialistas. Quisiera decir que ser una muchacha joven, pequeña y blanca (¡y diabética! ¡pobrecita!) no me ayudó a conmover a los servidores públicos, pero la verdad es que no lo creo.

Aun así, no me escapé de las deficiencias del sistema. Por ejemplo, las citas de quince minutos en donde el médico dedica noventa por ciento del tiempo a capturar datos en la computadora. “Bueno, pues te voy a recetar insulina, no comas jugos, ni refrescos, ni harinas, ni naranjas, ni mangos, ni piña...” y otra larga lista incierta que me dejó sin opciones para comer. Decidí, al principio, sobrevivir con pollo, verduras y agua simple, y lo de la insulina… acudí a un consultorio privado para que me enseñaran a inyectarme y lo hicieran por mí hasta que agarrara valor.

Me hicieron análisis sanguíneo después de muchos años que algo así no sucedía (cuando era niña sucedía mucho porque también me tocó ser asmática). Otra vez tuve miedo: por las agujas, por el dolor, por el resultado, porque la larga fila estaba repleta de personas de la tercera edad y ahora resulta que yo estaba en su posición.



Por suerte, para la interpretación de mis análisis me asignaron a un médico más competente. Quiso explicarme muchas cosas, pero los quince minutos de consulta no le dejaron hacer mucho. Me dio cita con el dentista, con el oftalmólogo, con nutrición, con trabajo social y me redirigió a “diabetimss”, o sea, un consultorio específicamente para diabéticos (sí, tantos somos), en donde tendría que asistir a pláticas sobre el tema durante doce meses. Se me ocurrió que era una especie de alcohólicos anónimos, pero para diabéticos. Después del año seremos diabéticos rehabilitados.

Los especialistas me dijeron que estoy bien, que no hay daños todavía. La nutrióloga, con obesidad por cierto, me dijo que debía subir de peso, ya que la diabetes me había hecho bajar unos ocho kilos, y entonces me dio una carpeta nutricional con menús completos — ¡con todos los grupos alimenticios! — con la cual aprendí que podía comer de todo, pero en las porciones adecuadas. Gracias a toda esta atención rápida y a internet, pude llegar a los niveles adecuados de glucosa en sangre en poco tiempo.

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Como lo pensé, en diabetimss las pláticas eran para decirnos que habíamos hecho todo mal y que sucede que nos pusimos en riesgo por ser obesos, sedentarios y mal alimentados. Yo sólo era lo último, pero por mi cuenta aprendí que no son las únicas razones para desarrollar la enfermedad. La herencia genética y mi estilo de vida me hicieron diabética: el estrés, los desvelos, la mucha comida, el mucho alcohol. Después puse atención y creo que así es la vida de las personas de mi edad, pero en fin, al que le toca, le toca.

Las primeras consultas tuve muchas expectativas que poco a poco se agotaron. Algunas veces tuve que corregir a la nutrióloga con el conteo de hidratos de carbono o voltear para otro lado cuando la “plática” se basaba en videos de pies diabéticos en carne viva. Aprendí más yo sola, aunque me daba cuenta que mis compañeros diabéticos (del doble de mi edad para arriba) no tenían mucha idea sobre el tema.

Después de unos meses, por ser una paciente controlada (y güera y joven), la nutrióloga me invitó a dar mi testimonio en la clínica el Día Mundial de la Diabetes. Dije que sí, pensé de inmediato que era una gran oportunidad para hablar sobre esto que ahora me parece muy importante, de decirle a todos los diabéticos de la clínica que se puede vivir bien, que no es difícil, que hay que ser constantes y un montón de cosas más.

Preparé mi discurso desde muy adentro, escribí sobre mis síntomas, diagnóstico, tratamiento y cuidados. Escribí acerca de cómo me sentí, la importancia de la familia y los amigos en este tipo de enfermedades, la actividad física, el automonitoreo, el permitirnos estar tristes, pero también hacernos responsables de nuestra salud. En fin, dije todo lo que creí que un diabético, o familiar de diabético o posible diabético debía saber de mi experiencia, que aunque no es mucha, podría ser de ayuda.

El 14 de noviembre llegué al auditorio de la clínica. En la entrada vi las caras conocidas de la doctora, la enfermera y la nutrióloga encargadas del módulo de diabetimss y del evento del Día Mundial de la Diabetes. Estaban programadas pláticas de especialistas acerca de nutrición, sexualidad, salud bucal, activación física, cuidado de los pies y todo tipo de temas dedicados a la diabetes. Cuando entré, las dos primeras filas estaban ocupadas por estudiantes de medicina de una universidad privada quienes se tomaban selfies para comprobar que estaban en el evento, la fila de atrás estaba ocupada por algunas enfermeras de la clínica. Sólo unos cinco o seis asientos eran ocupados por pacientes.

Di mi testimonio y se me salieron unas lágrimas al recordar lo que sentí y lo que siento a veces. Fue casi un ejercicio de valentía, nada más. Al parecer no había muchos derechohabientes interesados en escuchar acerca de la enfermedad, su enfermedad. Escuché algunas de las pláticas y la información era valiosa, lamentablemente, las personas a las que iban dirigidas, no estaban. Me fui cuando un estudiante invitado de Chiapas comenzó a hablar del amor real en las familias de antes (?).

Fue conmovedor, me dijo una enfermera después. A mí también me conmovieron cosas ese día. Me conmueve que nadie escuche, porque sé que actualmente hay 415 millones de personas con diabetes y cada vez somos (seremos) más, que se encuentra entre las primeras causas de muerte en México y que somos el sexto lugar mundial en número de personas con diabetes, que la mitad de las personas con diabetes no son conscientes de su condición, que afecta más a las mujeres, que genera cardiopatías, amputaciones, insuficiencia renal, ceguera cuando la enfermedad no es controlada, que el 70% de los casos pueden prevenirse y que a pesar de todo, se puede vivir bien.

Hay muchos mitos y mucha desinformación sobre la diavetis: que se puede curar con hierbas extrañas, que la insulina te deja ciego, que sólo le da a la gente mayor y obesa (mea culpa), que la única causa es la mala alimentación y el sedentarismo, que su diagnóstico es equivalente a la muerte, entre muchas otras cosas que ahora me parecen absurdas.

Las campañas del gobierno (véase en cruceros las fotografías de niños gordos) no están haciendo mucho para informar, solucionar o aminorar el problema, pero los pacientes diabéticos en México tampoco. Sé que me quedan muchos años de diabética y he de entender que no está en mis manos explicarle a todo mundo lo que he aprendido, pero creo y siento que es parte de mi responsabilidad hablarlo y compartir mi experiencia, porque sé que no todos tienen los privilegios y la información que yo, y que de algo ha de servir.

Levántate temprano. Desayuna. Guarda la botella de agua. Afina tu guitarra y cuélgatela. Sal a la calle. Lo primero es establecer una ruta de acuerdo a tus necesidades. Ubica los puntos importantes. Yo ya tengo la mía: empiezo en el Boulevard Norte, por el antiguo hospital San Alejandro. A las diez de la mañana debo estar en la parada del camión para no perder tiempo y que todo cuaje. Cargo la guitarra, la funda de tela y el agua. Debo tomar la ruta 10 o el Libertad Cuauhtémoc que van hacia la 31 poniente. Suena mucho más planeado de lo que en realidad es, no te espantes. Llego a este lugar porque aquí se detienen los camiones por el alto o para subir pasaje, aparte vienen con gente porque ya pasaron la CAPU. Siento el humo que sacan los camiones, bueno pa’l frío. ¿Lo sientes?

¿Me da chance? Dijo que no. Ni modo. Los choferes a veces no te dejan. Están en su derecho: a veces se sube cada cabrón a cantar que… Bueno, pero ese no es el tema. Para pedir chance cuando no te oyes hay que alzar la guitarra. Así. Ellos ya saben qué pedo. Ahí viene otro. Tienes que subirte rápido, pasar hacia atrás para recargarte y comenzar.

Muy buenos días, vengo a interpretarles unas canciones, esperando sean de su agrado.



Que se quede el infinito sin estrellas

O que pierda el ancho mar su inmensidad

Pero el negro de tus ojos que no muera…

Dos canciones. A veces hay que tocar una más. Son aproximadamente seis minutos y no molestas mucho a la gente.

Bueno, espero que estas canciones hayan sido de su agrado y, si gustan colaborar con una moneda que no afecte a su economía, se los agradeceré mucho. Muchas gracias y hasta la próxima, que tengan buena tarde.



Ese es mi discurso, prefiero no mentir, la verdad. Y ya vas pasando a cada uno de los asientos.

¿Gusta colaborar? Gracias. Gracias. Muchas gracias.

Me caen muy bien los choferes, ¿sabes? Casi siempre son empáticos contigo. ¿Cómo va, eh? Bien, bien. Apenas empecé, pero ahí va. Vientos. Oye, ¿tienes cambio? Si traigo, se los doy. Anota esto: procura que tu pantalón traiga bolsas grandes, nunca sabes cuándo te pescará la suerte. Además, como estoy todo flaco los pantalones se me caen con la morralla. Listo. Gracias, Don, ahí la vemos.

Hay que tratar de bajarse en una parada donde haya gente por dos razones: 1) si no hay semáforos cerca, los camiones se detendrán para subir pasaje. O sea: una oportunidad. Y 2) Siempre es bueno que la gente te escuche, sobre todo en esta chamba.

-¿Qué toca, joven?

- Pues ya ve, de todo. ¿A usted qué le gusta?

- Tssss… pues de todo, la verdad. Los boleros me gustan mucho.

-Perdón, vida de mi vida…

-Perdón, si es que te he faltado…

-Perdón…

-Cariñito amado…

-Ángel adorado…

-Dame tu perdón. Esa es muy buena, eh.

- Sí, muy buena. Ahí viene uno, a ver si me da chance.

- Sale, joven, que le vaya bien.

Muy buenas tardes, vengo a interpretarles unas canciones esperando sean de su agrado.

Vete ya.

Si no encuentras motivos

Para seguir conmigo

¿Para qué continuar?

Hay que saber de música. No ser estudiado, sino lo que se siente escuchar y tocar. Porque si una canción te hace sentir algo seguro lo transmites al tocarla. ¿Que si toco lo que a la gente le gusta? Pues sí, pero me concentro en sentirme mejor, aunque es porque yo no vivo de esto…

Ya casi es la una. Llevamos… setenta pesos. En total hemos tomado como cuatro o cinco camiones, pero ahorita viene lo bueno. Lo chido de una ciudad como Puebla es que siempre hay turistas. ¿Sabes qué les encanta? Probar comida nueva ¿Y qué cosa es lo que más prueban? Cemitas. El Carmen es la mejor para ir a botear. Sí, así se dice: botear. Bueno pues hay al menos dos locales donde se puede tocar.

¿Ya viste? Está lleno. A huevo. Aquí, en medio, para que toda la gente te escuche. Fuerte.

Muy buenas tardes, vengo a interpretarles unas canciones, esperando sean de su agrado.

¿Qué más quieres de mí

Si ya todo te di?

Te di mi cariño

Te di mi confianza

Te de mi calor

-Joven, ¿se sabe El Andariego?

-Claro.

-¿De a cómo la canción?

-De a veinte pesitos.

-Venga, pues.

Yo que fui del amor ave de paso…

Ya no pasamos al otro. ¿Viste al tipo que me saludó? Pues ese iba a tocar al local de al lado. Se llama Arturo. Yo lo conocí cuando empecé a tocar en los camiones, a los catorce años. Yo iba en la secundaria, quería ir al D.F. a ver a Caifanes y en ese entonces recién había dejado un trabajo que tenía en un café internet. Así empezó todo.

En los molotes es más sencillo, pero siempre hay que pedir chance. Hay mucha gente porque están cerca de catedral y en el centro siempre hay turistas. Es con esa señora que despacha. ¿Me da chance? Gracias.

Muy buenas tardes vengo…

A ver. En total, sacamos $170 pesos y son las tres de la tarde. Por hoy, el día ha terminado. Aquí acaba. Si hace falta, te regresas tocando a tu casa o vas a otras fondas, restaurantes o hasta las plazas. Pero hoy fue un buen día y no es necesario. Hay que moverse, tomar agua, cuidarse. Como yo no vivo de esto, ya puedo volver a la casa. Tomo la ruta 3. Cien pesos son para mi madre y el resto es para mí. Cuando llegue, debo ayudarla con el puesto de molotes. También debo hacer la tarea. Y leer. También debo descansar un poco.

Bueno, esto ha sido todo. Y si estas canciones han sido de su agrado…

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