Tengo 21 años y soy diabética, de algo ha de servir compartir mi experiencia

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El Día Mundial de la Diabetes se celebra — ¿esto se celebra?— el 14 de Noviembre desde 1991. Yo nací en 1996 y fue hasta este año, 2017, que presté atención a la fecha. Podría haber vivido otros diez, veinte o treinta años más sin saber nada al respecto de no ser porque en enero fui diagnosticada con diabetes.

Al ser estudiante de universidad pública, tengo derecho al seguro médico. Hice provecho del servicio de salud desde que supe que lo necesitaba. He leído y visto muchos testimonios acerca del Instituto Mexicano del Seguro Social y eso me hizo llegar con miedo, además de las muchas otras cosas que dan miedo cuando se tiene una enfermedad crónica. Sorprendentemente a mí no me fue tan mal: no me hicieron esperar meses para darme una cita, me programaron análisis muy pronto y me mandaron con los especialistas. Quisiera decir que ser una muchacha joven, pequeña y blanca (¡y diabética! ¡pobrecita!) no me ayudó a conmover a los servidores públicos, pero la verdad es que no lo creo.

Aun así, no me escapé de las deficiencias del sistema. Por ejemplo, las citas de quince minutos en donde el médico dedica noventa por ciento del tiempo a capturar datos en la computadora. “Bueno, pues te voy a recetar insulina, no comas jugos, ni refrescos, ni harinas, ni naranjas, ni mangos, ni piña...” y otra larga lista incierta que me dejó sin opciones para comer. Decidí, al principio, sobrevivir con pollo, verduras y agua simple, y lo de la insulina… acudí a un consultorio privado para que me enseñaran a inyectarme y lo hicieran por mí hasta que agarrara valor.

Me hicieron análisis sanguíneo después de muchos años que algo así no sucedía (cuando era niña sucedía mucho porque también me tocó ser asmática). Otra vez tuve miedo: por las agujas, por el dolor, por el resultado, porque la larga fila estaba repleta de personas de la tercera edad y ahora resulta que yo estaba en su posición.



Por suerte, para la interpretación de mis análisis me asignaron a un médico más competente. Quiso explicarme muchas cosas, pero los quince minutos de consulta no le dejaron hacer mucho. Me dio cita con el dentista, con el oftalmólogo, con nutrición, con trabajo social y me redirigió a “diabetimss”, o sea, un consultorio específicamente para diabéticos (sí, tantos somos), en donde tendría que asistir a pláticas sobre el tema durante doce meses. Se me ocurrió que era una especie de alcohólicos anónimos, pero para diabéticos. Después del año seremos diabéticos rehabilitados.

Los especialistas me dijeron que estoy bien, que no hay daños todavía. La nutrióloga, con obesidad por cierto, me dijo que debía subir de peso, ya que la diabetes me había hecho bajar unos ocho kilos, y entonces me dio una carpeta nutricional con menús completos — ¡con todos los grupos alimenticios! — con la cual aprendí que podía comer de todo, pero en las porciones adecuadas. Gracias a toda esta atención rápida y a internet, pude llegar a los niveles adecuados de glucosa en sangre en poco tiempo.

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Como lo pensé, en diabetimss las pláticas eran para decirnos que habíamos hecho todo mal y que sucede que nos pusimos en riesgo por ser obesos, sedentarios y mal alimentados. Yo sólo era lo último, pero por mi cuenta aprendí que no son las únicas razones para desarrollar la enfermedad. La herencia genética y mi estilo de vida me hicieron diabética: el estrés, los desvelos, la mucha comida, el mucho alcohol. Después puse atención y creo que así es la vida de las personas de mi edad, pero en fin, al que le toca, le toca.

Las primeras consultas tuve muchas expectativas que poco a poco se agotaron. Algunas veces tuve que corregir a la nutrióloga con el conteo de hidratos de carbono o voltear para otro lado cuando la “plática” se basaba en videos de pies diabéticos en carne viva. Aprendí más yo sola, aunque me daba cuenta que mis compañeros diabéticos (del doble de mi edad para arriba) no tenían mucha idea sobre el tema.

Después de unos meses, por ser una paciente controlada (y güera y joven), la nutrióloga me invitó a dar mi testimonio en la clínica el Día Mundial de la Diabetes. Dije que sí, pensé de inmediato que era una gran oportunidad para hablar sobre esto que ahora me parece muy importante, de decirle a todos los diabéticos de la clínica que se puede vivir bien, que no es difícil, que hay que ser constantes y un montón de cosas más.

Preparé mi discurso desde muy adentro, escribí sobre mis síntomas, diagnóstico, tratamiento y cuidados. Escribí acerca de cómo me sentí, la importancia de la familia y los amigos en este tipo de enfermedades, la actividad física, el automonitoreo, el permitirnos estar tristes, pero también hacernos responsables de nuestra salud. En fin, dije todo lo que creí que un diabético, o familiar de diabético o posible diabético debía saber de mi experiencia, que aunque no es mucha, podría ser de ayuda.

El 14 de noviembre llegué al auditorio de la clínica. En la entrada vi las caras conocidas de la doctora, la enfermera y la nutrióloga encargadas del módulo de diabetimss y del evento del Día Mundial de la Diabetes. Estaban programadas pláticas de especialistas acerca de nutrición, sexualidad, salud bucal, activación física, cuidado de los pies y todo tipo de temas dedicados a la diabetes. Cuando entré, las dos primeras filas estaban ocupadas por estudiantes de medicina de una universidad privada quienes se tomaban selfies para comprobar que estaban en el evento, la fila de atrás estaba ocupada por algunas enfermeras de la clínica. Sólo unos cinco o seis asientos eran ocupados por pacientes.

Di mi testimonio y se me salieron unas lágrimas al recordar lo que sentí y lo que siento a veces. Fue casi un ejercicio de valentía, nada más. Al parecer no había muchos derechohabientes interesados en escuchar acerca de la enfermedad, su enfermedad. Escuché algunas de las pláticas y la información era valiosa, lamentablemente, las personas a las que iban dirigidas, no estaban. Me fui cuando un estudiante invitado de Chiapas comenzó a hablar del amor real en las familias de antes (?).

Fue conmovedor, me dijo una enfermera después. A mí también me conmovieron cosas ese día. Me conmueve que nadie escuche, porque sé que actualmente hay 415 millones de personas con diabetes y cada vez somos (seremos) más, que se encuentra entre las primeras causas de muerte en México y que somos el sexto lugar mundial en número de personas con diabetes, que la mitad de las personas con diabetes no son conscientes de su condición, que afecta más a las mujeres, que genera cardiopatías, amputaciones, insuficiencia renal, ceguera cuando la enfermedad no es controlada, que el 70% de los casos pueden prevenirse y que a pesar de todo, se puede vivir bien.

Hay muchos mitos y mucha desinformación sobre la diavetis: que se puede curar con hierbas extrañas, que la insulina te deja ciego, que sólo le da a la gente mayor y obesa (mea culpa), que la única causa es la mala alimentación y el sedentarismo, que su diagnóstico es equivalente a la muerte, entre muchas otras cosas que ahora me parecen absurdas.

Las campañas del gobierno (véase en cruceros las fotografías de niños gordos) no están haciendo mucho para informar, solucionar o aminorar el problema, pero los pacientes diabéticos en México tampoco. Sé que me quedan muchos años de diabética y he de entender que no está en mis manos explicarle a todo mundo lo que he aprendido, pero creo y siento que es parte de mi responsabilidad hablarlo y compartir mi experiencia, porque sé que no todos tienen los privilegios y la información que yo, y que de algo ha de servir.

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Sobre el autor

Andrea Reyes González

Andrea Reyes González (Ciudad de Puebla, 1997) es estudiante del Colegio de Lingüística y Literatura Hispánica en Facultad de Filosofía y Letras de la BUAP. Forma parte del Seminario de Crónica que dirige el Doctor Marco Antonio Cerdio Roussell.