El espejo de Dante/El Puerto Libre de Ángeles Mastretta

Compartir

Puerto Libre/Revista Nexos

—Me ha dado por pensar en la muerte—, le dije al aire una mañana.

Me ha dado por pensar que si mi madre tenía veinticinco años más que yo, y murió hace diez, me quedan quince para escribir tres libros. El de la ciudad que fue azul, el de la vieja que cantaba y otro de los varios que se me cruzan cada día.



—No va a dar tiempo—, le digo al aire y nombro a mis vivos y a mis muertos mientras lo digo. El de mi papá y su vida en Italia. ¿Quién era ese hombre tan joven? ¿Qué libro podrá ser uno que habría que inventar de punta a fin? Y qué pregunta más vieja ésta que me hago.

Pasa todo cuando aún no despierto del todo.

Duermo con el cuarto oscuro, pero la luz se filtra parsimoniosa bajo las contraventanas, para dejarme adivinar qué horas son.



Ilustración: Gonzalo Tassier

Una buena parte de quienes me rodean y de quienes me rodeo escriben libros para dilucidar el mundo.

Y nos gusta lo que hacemos. La fantasía es lo nuestro. ¿Quién nos dice que importa lo que tengamos que decir? ¿Tenemos que decirlo? ¿Hacen falta más libros? Hay muchísimos. Basta abrir Kindle, ir a las bibliotecas, a las librerías, ni se diga a la FIL de Guadalajara. Ahí no sólo hay miles de libros, sino cientos de escritores. ¿Inventar otras vidas, para no morirnos del todo? La verdad no encuentro un sí para semejante pregunta. Si acaso, inventar libros para buscar abismos de concentración, como los que tienen los niños. Como ésos que los hacen llorar si los interrumpimos.

Nos vemos en el espejo de agua que puede ser la literatura y ahí estamos, como Narciso. Mirándonos mientras decimos que a otros miramos. La creatividad es un juego del tamaño de la clase de canto. En cambio la disciplina puede ser aburrida. Y ésa sí que se necesita para escribir a diario. Hubo que tenerla para estar en el cuadro de honor. Nunca una página sin llenar, ni un ejercicio de memoria sin concluir. Las doce tribus de Israel, las capitales de un mundo que ya cambió de capitales, los líderes de las Guerras Púnicas y los reyes que emprendieron las Cruzadas. Bastante inútiles nuestros ejercicios. Si acaso sirvieron más las oraciones. Mantras para toda necesidad. Mi espíritu se llena de gozo. Diez veces con diez respiraciones. Hay que decirla todos los días. Arca de la alianza, ¿quién no quiere ser arca de la alianza? Puerta del cielo. ¿Era yo disciplinada para estar en el cuadro de honor?

A mí, la verdad, me gustaría vivir ya sin ese pendiente. Ya no quiero pelear, ya dije todo lo que quise. Lo que no he dicho nadie sabrá que he de callarlo. Ni siquiera lo sabré yo, porque lo olvido. No sé si lo primero que se olvida es la disciplina, o si es el puro olvido lo que merma la disciplina. Pero ya no la encuentro.

—Escribe eso—, dicen quienes me oyen contar los despropósitos que cuento. Ya no lo hables, porque luego no lo escribes—, sugiere el poeta que cuida sus palabras para no derrocharlas, como hago yo.

Si lo que enumero lo pusiera por escrito, si no se hubiera perdido el método en los pliegues de la sublime vida diaria, haría un libro cada tres meses. O cada año. Imagino cada año y me da quince libros. Todo esto si vivo hasta los ochenta y cuatro. Que no es mucho pedir. ¿De qué tamaño se vuelve la mochila en que debería yo guardar tantísima tarea? ¿Cuáles cuadernos tendría yo que sacar? ¿Los conciertos, la música en las tardes, la puesta de sol, el té de las mañanas, los invitados a comer, la retahíla de cosas que oigo sobre la patria y su devenir, los noticieros, el cine? No mis amores. ¿Quién prefiere hacer la tarea en vez de jugar a las montañas de tierra con los niños? Ellos no se van a acordar. Si no juego a cargarlos no dirán un día que fui egoísta porque me puse a escribir en vez de a contemplarlos. No lo dirán, pero quizás la expresión de mi cara sí que podría decirlo. ¿Qué más? Mis amores adultos. Dan para tanto que hay que darles tanto. Pienso en desorden, pero quiero que haya orden en lo que escribo, porque prefiero narrar que intentar profecías.

Si no tiene usted tema, me dice un mujer preciosa y precisa, ¿por qué no comenta esto que ahora está pasando en Twitter? Hay un revuelo en torno a La Divina Comedia. Puedo encontrar toda la información en #Dante2018.

Sí tengo tema, me ha dado por pensar en la muerte, pero siempre me aflige que mi tema no le importe a nadie. Así que fui a internet a preguntar por #Dante2018.

Me enteré ahí de que el profesor Pablo Maurette por medio de su cuenta @Maurette79 convocó a una lectura pública para que personas de todo el mundo conozcan La Divina Comedia, a lo largo de cien días, leyendo un cántico por día. Y que quien quiera participe escribiendo su felicidad o su pasmo en un tuit.

No se me había ocurrido leerla así. Yo me como los cantos, me salto del infierno al cielo, sin pasar por el purgatorio. No sé si muy mal hecho, pero sí muy a tercias.

La Divina Comedia en cien días.

Antes que nada vuelvo a leer el ensayo de Borges, La Divina Comedia, publicado en el libro Siete noches.

“Toda la comedia está llena de estas felicidades”, dice al comentar el verso final del Canto V del Infierno: e caddi come corpo morto cade. El sonido es lo que impresiona. El cae repetido. Pero —lo dice más largamente— la intensidad de la Comedia la mantiene el hecho de ser narrativa. La Comedia cuenta una historia. Y nos da la posibilidad de seguirla y no sólo de interpretarla. “La idea de un texto capaz de múltiples lecturas es característica de la Edad Media. Esa Edad Media tan calumniada y compleja que nos ha dado la arquitectura gótica, las sagas de Islandia y la filosofía escolástica, en la que todo está discutido. Que nos dio sobre todo la Comedia que seguimos leyendo y que nos sigue asombrando, que durará más allá de nuestra vida, mucho más allá de nuestras vigilias y que será enriquecida por cada generación de lectores”.

Busco los tres tomos de la Comedia. Tenemos dos versiones. Una con más polvo que la otra. Intratables. La bajo de la Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes. Es la traducción de verso ajustada al original por Bartolomé Mitre.

No podría explicar como allí entrara,
tan soñoliento estaba en el instante
en que el cierto camino abandonara.

Busco la versión italiana en Kindle. Borges la leyó en inglés, no versificado, y comparándolo con el italiano. Dijo que no hablaba italiano, pero que sabía todo de la Comedia.

La verdad es que yo ni uno ni otro. Hice el intento de entenderla en el idioma de mi abuelo, cuando a los dieciocho años lo aprendí en la Dante Alighieri, en donde obtuve un Ottimo y luego olvidé todo. De la Comedia, entonces, no leí sino el puro principio. Por fortuna, aún no es tarde.

Me he puesto a leer a Dante y estoy tan consternada como dichosa. Comparo, para oírlos en voz alta, algunos versos en italiano. Pero leo en español, porque me urge saber qué pasa en cada sitio. Y cada verso es tan fantástico como el anterior. Apenas empiezo. Voy en el Canto XI. Sigo en el Infierno. He dejado atrás a Francesca di Rimini. Girando dentro de un viento negro. Castigada por caer en la ventura de un enamoramiento, juzgado como lujuria, dice unos versos que apiadan al poeta. Ni se diga a quien lee:

Amor, que a nadie amado, amar perdona,
me ató a sus brazos, con placer tan fuerte,
que como ves, ni aun muerta me abandona.

Andando con Virgilio y el Dante he visto castigados por cobardía y por pereza, por gula, por avaricia y prodigalidad, por ira.

Pero hay peores pecados, en el séptimo círculo del infierno están los violentos, los fraudulentos y los traidores. Todos los que están a diario en los diarios. Cuando empiezan a bajar hasta el primer recinto, escribió el Dante:

“Conviene descender con mucho tino”,
dijo el maestro, “a fin que nuestro olfato
a este aire se acostumbre tan dañino”.

Juzguen ustedes lo que hemos de cuidarnos. Puso Dante a estos pecadores en el más cruel de los infiernos. Como si existiera el infierno en otra parte, que no fuera la parte amarga de la Tierra.

He de seguir leyendo La Divina Comedia, he de llegar al Paraíso, a la alta fantasía, a la sal que tiene el pan de otros. He de seguir leyendo, porque andar entre muertos tan sublimes cura de toda muerte anticipada.

Compartir

Sobre el autor

Ángeles Mastretta

Novelista poblana. Entre sus principales libros están Arráncame la vida, Mal de amores, Mujeres de ojos grandes, y los más recientes La emoción de las cosas y El viento de las horas. Publica todos los meses su Puerto Libre, además del blog Del absurdo cotidiano.