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En mayo del año dos mil diez, al volver de un inolvidable viaje a Italia, empecé la remembranza de una tarde crucial, queriendo contarla como si fuera de alguien más.

Escribí entonces:


Llovía. Algo hay en la lluvia que enfatiza las emociones pero, esa tarde, detenidas bajo el umbral de un hotel en la Vía Manzoni, las tres mujeres se despidieron con la certeza de que podían quererse como si compartieran la misma sangre. Y no era por la lluvia lo que sentían.


Aunque llovía.




¿En tercera persona? ¿Vas a contar esto en tercera persona? Y ¿qué harás contigo? ¿Matizar la tormenta sólo porque la lluvia era delgada?


Nos despedimos de Ludovica tras sólo dos días de mirarla y como si la vida entera lleváramos sabiéndola. Eso no puede contarse en tercera persona. No sé si en primera. El yo, como no lo diga un personaje inventado, siempre es difícil. Sin embargo escribiré: yo creo que es generosa la vida cuando envía lo inaudito haciéndolo parecer natural.
El año en que se publicó en Italia el libro Mujeres de ojos grandes, llegó a la editorial una carta para mí. La reenviaron a México. Aquí la abrí para encontrarme con los trazos bien dibujados de una letra femenina y antigua. Su dueña firmaba María Ludovica Riva Angelini y en los primero párrafos me contaba que mi padre había sido su primer, primerísimo amor. Estaban en medio de la guerra. “Yo era alta, bonita, pelo negro, ojos azules. Tu padre me hacía reír y nos entretenía la preocupación mientras estábamos escondidos en los refugios antiaéreos”.


Luego me decía que ella era feliz, que se había casado con un médico, que tenía tres hijos y que le gustaría mucho conocerme. Daba como dirección la casa de su hija y ahí le escribí. No le dije que mi papá no había hablado nunca ni de ella ni de nada de lo que vivió en Italia durante la guerra. Atesoré la carta un tiempo, la cité en un libro y luego la perdí. Como se pierde un tiempo cuando el otro avasalla.


Pasaron dieciocho años y, en junio del dos mil nueve, en una reunión de escritores, a la que me acompañó Catalina con sus ojos y su luz, al volver de las grutas de Altamira, la tarde antes del día marcado para que yo me hiciera cargo de la escena y hablara de mi vida secreta en la Fundación Santillana, aparecieron a entrevistarme dos periodistas italianas. Inteligentes, vitales, preguntonas. ¡Cómo querían saber cosas y cuántas les conté! “¿Qué libro quiere escribir ahora?”, yo les dije que uno sobre mis padres y ellas corrieron tras mis historias con más y más interrogaciones: ¿De qué lugar había salido mi abuelo el emigrante? ¿En qué fechas? ¿Por qué mandó a mi padre a Italia? ¿Qué hizo él ahí?


Cuantas cosas me interesaron un tiempo, y otro acepté que no sabría nunca, me fueron preguntando durante horas. Les contesté lo que sabía y lo que imaginé hasta que llegamos a la carta de Ludovica y a mi duda de que aún siguiera viva. Entonces las tres nos pusimos a llorar sin saber bien a bien por qué. Luego nos abrazamos y cada una se fue a escribir lo que pudo. Una de ellas, generosa y ferviente, Elisabeta Rosaspina, escribió para Il corriere de la sera un texto contando esa tarde. Al volver a México, quince días después, había reaparecido Ludovica. Su carta comenzaba abruptamente, sin tropezarse en los saludos. “Sí querida, queridísima Angeles, esa señora está viva. Tengo ochenta y seis años, mis piernas son lentas, pero mi cerebro corre con los vívidos recuerdos de una vida intensa. Elisabetta Rosaspina, en su artículo, ha creado un poco de confusión.”


Pobre Elisabetta, pensé, quien la confundió fui yo. Seguí leyendo: “Carlos tenía los ojos muy oscuros, profundos y soñadores. Yo el pelo negro, los ojos azules y la exuberancia de la juventud. Él era once años mayor, nos reíamos. Tu papá, en los años de la guerra, no estaba angustiado, estaba un poco triste y preocupado, como todos nosotros, con los asuntos bélicos. Y tenía nostalgia de México. De seguro habrás recibido el “Corriere della Sera” del 28 de julio 2009. Una página entera habla de ti”. Luego me contaba que pasaría las vacaciones con sus hijos en el Valle de Fienno y que volvería a Milán en septiembre por si quería yo escribirle. “Te tengo en el corazón”, decía al final.

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¿Cómo no ir a buscarla? Sin dudar, al principio de mayo pasado, mi hermana y yo fuimos a Milán tras lo que imaginamos de ella. Y como si tal cosa fuera posible, la mujer que abrió la puerta de una casa iluminada por el sol llegando desde el parque, frente a las ventanas, resultó idéntica a su letra, sus palabras y nuestra imaginación.


Ochenta y siete años. ¿Pelo negro? Nadie tiene el pelo negro a esa edad, ya lo sabíamos. Pero Ludovica lo lleva pintado de un color tenue y lo peina con tal gracia que los aretes de perlas hacían juego con él dándole a su cabeza un aire joven.
¿Piernas débiles? Sí. Caminaba despacio, pero con los pies en unos zapatos elegantes y la espalda erguida dentro de un saco azul pálido. ¿El cerebro? Como si lo empujara la exuberancia de la juventud. Todos los recuerdos en orden, pero ninguno inhibiendo su vocación por el presente. La estancia tenía sobre la mesa una colección de cajitas y un florero con tulipanes amarillos. En las paredes: una mezcla armoniosa de óleos antiguos y pintura contemporánea. Ojos azules, Y tenues. Con esa mirada nos abrazó y le dijo a la muchacha ecuatoriana que trabaja en su casa: “Tienen los ojos del padre”.


La mesa estaba puesta para el té. Nos lo sirvió en unas tazas de porcelana blanca y delgadísima, quietas sobre un mantel bordado por su abuela. Así es la ingrata sobrevivencia de las cosas. Su abuela murió hace más de sesenta años, y el mantel está nuevo y almidonado como el primer día. Sobre su textura los platos con galletas y castañas doradas en azúcar. Todo como si ella quisiera mostrarle eso a alguien más. ¿A su novio el que fue? El marido murió hace dos años. Paula, su segunda hija, una mujer como de cincuenta y tantos, bebió el té con nosotros, divertida de ver a su madre evocando el pasado. Cambiamos nuestras direcciones de correo, nos recomendó un restorán para la cena, nos dio unos besos y volvió a su trabajo cuando Ludovica sacó el álbum con las fotos de su boda, sus padres, sus hermanos, sus hijos siendo niños, mi papá. Tenía para cada una de nosotras un sobre con la foto del “nostro babo” una carta que él le mandó desde Roma y una foto de ella cuando era joven, -dijo-, hace veinticinco años. Dos más que yo ahora.
“Come tus castañas. ¿No te gustan?”


Mi hermana responde por mí y yo por ella. Nunca habíamos mezclado té con castañas y la mezcla es una delicia. A México las castañas con azúcar llegaban sólo en Navidad. Y entonces los niños andábamos en otras cosas. También los adolescentes anduvimos en otras cosas, por eso no preguntamos el pasado. Pero no estábamos ahí para pensar en nuestra infancia, sino en la Italia de otros tiempos.


Era niña esta vieja cuando conoció mi padre. Iba subiendo la escalera que él bajaba. Iba cargando los libros y al verlo se le rodaron por los escalones. Todos. Ella los miró caer, levantó los ojos y sintió el rubor quemándole las mejillas. Una vergüenza que sólo puede tomarrnos a los diecisiete años. Él tenía veintiocho. Y silbaba. Siempre silbaba en la escalera. Ludovica lo dice y sonríe. Se burla un poco de la ella que fue. Tan joven, tan perdida en los ojos oscuros de su nuevo vecino.
“¿Y la guerra?”, pregunto. “Nuestro papá nunca habló de la guerra.”


“Un tiempo estuvo aquí en Milán, dice Ludovica,“ pero luego se lo llevaron a Roma. Y nosotros nos fuimos a Stradella, al pueblo de unos tíos suyos, amigos de mis padres, porque el campo era menos peligroso. Carlos volvía cuando le daban un descanso.”


“¿Había descansos en la guerra?”, me pregunto pero no le pregunto porque ella no deja mucho tiempo para preguntas. Dice que mi papá no estaba propiamente en la guerra, que nunca disparó una pistola.
“¿Qué ocurrencias? Él trabajaba en una oficina”.
¡“¿Y ahí qué hacía?!”.
“No lo sé, cara, era secreto”, dice. “Los asuntos bélicos lo preocupaban. Lui era un po tragicoso ¿vero?”


“Vero”, decimos las dos. No añadimos que nos enseñó a reír como no lo hizo nadie. Porque había en su sentido del humor un conocer el mundo que no tenía ninguno más en nuestro mundo. Y una melancolía. Volvió del desencanto en el que nunca entró su joven novia italiana. Menos aún, lo entendió nuestra familia.
“¿La guerra?”, dice Ludovica tras nuestra pregunta. “Yo era joven. Y nos fuimos a estar cerca del Po. Ahí regresaba Carlo cuando le daban tiempo libre.”
¿Tiempo libre en la guerra? No vamos a entender jamás.

Carlos Mastretta Arista, abajo a la derecha, sentado. La foto marca la fecha 1935.


Mi papá nunca habló de la guerra. Ni nosotros le preguntamos. Sólo una vez, al terminar un programa de televisión que sucedió en Italia le preguntamos: “Papá, ¿quién ganó en la guerra?”
“Todos perdimos”, dijo.


Anochecía cuando nos despedimos de Ludovica. Ella empezaba a cansarse. La muchacha ecuatoriana, linda niña de ojos negros, fluido italiano y facciones finas, se había ido hacía rato. Tiene treinta años y lleva diez en Italia. Nueve trabajando con Ludovica. Y la quiere mucho, con razón. En su lugar llegó una contundente mujer rusa. Tanya. Duerme con Ludovica, porque sus hijos ya no quieren que se quede sola. Debe tener cuarenta y pocos. Dejó dos hijos en su país. Trabaja en Italia para mandarles dinero a ellos y a sus papás. Suelta una risa larga.


“¿Así que éstas son las hijas del novio?”, pregunta.
“Sí, sono queste”, le dice Ludovica. “Acompáñalas porque es tarde. Que no tropiecen en la escalera, diles en dónde fijarse”.
Al día siguiente, salimos a comer por su rumbo. Un barrio con parques y vida familiar de la que no se ve en el centro. Nos llevó a un restorán sin turistas. Salvo nosotras que, en Italia, lo sabemos, por más sangre de antepasados, somos extranjeras. Nos sentamos en un cuarto de cristal con vista a una baranda y una vid. Todo era luz y verde aunque en la calle todavía hiciera frío. Al entrar Ludovica le anunció al dueño del restorán que yo era la escritora con prestigio internacional que honraría su mesa. Vi en el gesto del hombre el desinterés que ahora tienen los italianos del norte por casi todo lo que no sea la moda en lilas que ha tomado sus aparadores. Qué iba él a saber de mí, y qué podía yo inventar para que Ludovica no se desencantara por mi precaria fama. No era ése un lugar para flojos, la gente comía y conversaba de prisa. En un minuto nos instalaron, nos dieron la carta y nos tomaron la orden. Nosotros pasta y ella arroz, porque así lo dispuso. En cuanto pude me levanté dizque para buscar un lavabo, pero lo que hice fue ir tras el dueño de Il Navigli. “Por favor, dígale usted a la señora que ha leído uno de mis libros.” “Senza doppio”, contestó. Al rato fue a la mesa y aseguró saberlo todo de mi estirpe. Lo bendije en nombre de mi padre, mi narcisismo y la dama que ese mañana vestía de blanco, usaba unos anteojos oscuros que le cubrían media cara, tenía en la solapa una flor y, aunque estaba acalorada, no quería quitarse el saco para que no se le vieran los brazos envejecidos. “Están muy feos“, dijo. “¿Qué vino quieren? ¿Aperitivo? Eso no es vino. ¿Después? ¿Su papá no tomaba vino en las comidas? ¿No las enseñó?”


¿Nuestro papá? Claro que no. Cuando volvió de Italia nuestro padre cayó en la inocencia del agua de jamaica. Y en la inocencia toda de esa familia nuestra. Creo que alguna vez compró un Chianti. Los vinos eran caros y la quincena breve. Lo demás fue silencio. A la vida diaria sólo llegó el buen vino cuando llegaron nuestros cónyuges. Y para entonces nuestro papá llevaba diez años perdido en la negrura de su tumba en el panteón francés. Y eso ¿para qué recordarlo? De la muerte ni hablar. ¿O no habría más remedio?
“¿Así que él no se dio cuenta?”, preguntó Ludovica cuando tuvo que oír la historia de la embolia cerebral que mató a su Carlo y devastó nuestra confianza en las jaculatorias.
“Sí se dio cuenta. Quizás para bien. Estaba ya cansado de lidiarnos”.
“No creo. ¿Trabajaba mucho?”
”Sí.”
“¿Qué hacía?”
“Vendía coches”.
“Ah, los coches siempre le gustaron. Aquí escribía todos los días en una revista de autos. No le pagaban, pero no le importaba”.
“En eso fue idéntico hasta el final”, decimos nosotros.
“Debo tornare al Messico”, dice que dijo Carlos al terminar la guerra: “Voy y después…”
“¿Dopo? Dopo ¿ché?” dice ella que le dijo. Y lo cuenta poniendo juntos los cinco dedos de la mano derecha con la que se ayuda a rematar su frase.


Cuando habla mueve los ojos como una adolescente acusando a su novio del momento. Y ríe.
“Después ¿qué? ¿Doppo ché?” decimos nosotros poniendo cada una los cinco dedos juntos y moviendo la mano como si también eso lo hubiéramos aprendido en algún lugar cercano.
Era niña esta juguetona y drástica vieja, cuando lo conoció. Y nosotros quisimos conocer a la mujer que lo evocaba así. Con los ojos soñadores.


Tomamos el capuchino en el hotel Milán, donde Verdi vivió sus últimos años. Cerca de la Scala. Junto al café nos dejaron chocolates. Hablamos del verano. Ella irá a las montañas. ¿Por qué no vamos también? Sí claro, cosa de tomar un avión, luego otro y otro. Al cabo no hay ya más que futuro en nuestras vidas. ¿Del pasado?: un río en vez de un abismo. La miramos como si ella misma fuera el río. El principio de un río al que había que decirle adiós. Nos levantamos.
“Llévate un chocolate”, le dijo a Verónica. Mi hermana tomó dos.
“Mejor tres” dijo ella guiñando un ojo. “Siempre es mejor tres”.


Salimos por el coche. No mojaba esa lluvia diminuta. No estaba ahí la humedad con que la besamos al despedirnos:
“Nos vemos mañana”, dijo ella.
“Hasta mañana, Mariú”.
En dos días, María Ludovica Riva se volvió Mariú, y nuestra curiosidad por el pasado se hizo añicos rescatada por su presente.
Fuimos a Milán movidas por el deseo de saber una historia, tras la niebla que dejó nuestro padre, buscando la palabra de una mujer que prometía en dos párrafos la memoria vívida del tiempo en que nosotros no éramos ni el deseo de nuestra existencia. Fuimos a Milán como si pudiera ser cierto que la imaginación necesita sostén. Como si yo quisiera creerme la mentira de que me urgía saber una verdad para contar otra. ¿Un viento desde el que asir la nada de la que nunca oímos hablar? ¿Para qué? ¿Para escribir una novela? Si uno inventa para indagar, no al revés.


De eso, si alguna duda tuve la perdí en dos tardes de tratar a la dama cuya letra convocaba a visitar el pasado, pero cuya voz era puro presente. Por eso, tras sólo dos ratos de mirarla, mi hermana y yo nos encontramos abrazándola con la urgencia de prolongar el futuro. Porque todo en ella es el ávido deseo de andar viva. “Ci vediamo domani”, (nos vemos mañana)” dijo con su voz ronca, poniendo en nuestras manos, -como nunca en Italia-, la contundencia del ahora. ¿Qué nos importaba lo que les pasó en la guerra si aquella mujer de oro no quería recordarlo? Si la memoria de esos años no guarda más dolor que el de ya no ser joven.


“Vengan pronto- dijo. Y subió al automóvil. Desde ahí movió la mano de un lado a otro mientras mi hermana y yo nos quedábamos ahí, bajo la brizna de lluvia, -¿o no llovía?- sintiendo que algo irrepetible se nos iba otra vez.

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“Una nueva generación ha surgido; seguramente nuestros hijos serán mucho mejores que nosotros. Ya nos estamos volviendo tan solo unos ancianos que debaten perdiendo el tiempo”.

Lo anterior no lo digo yo como comentarista de la novela Las aventuras de La Audaz Navegante, de Paulina Mastretta Yanes.

La afirmación es de la propia Paulina Mastretta en la página 101 de su primer libro publicado. Es un viejo pirata, Grik, quien tal dice al ver a la protagonista de la novela de piratas, la cual, lejos de ser La Audaz Navegante a la que se refiere el título, es Gira, la joven pirata que, bien visto se convierte en una audaz navegante.



No se trata de un juego de palabras: de entrada estoy de acuerdo con el pirata Grik: una nueva generación ha surgido.

Que “…nosotros. Ya nos estanos volviendo tan solo unos ancianos que debaten perdiendo el tiempo”, es algo que nos corresponde responder a los mayores, a otra y otras generaciones de escritores.

Esa nueva generación de la que ha surgido Paulina es una que busca responder: ¿qué se encuentra al sondear el alma humana?

Porque la novela, como toda ficción, no es sino un sumergirse en las profundidades del alma humana para conocerla. Claro, en esa ficción todo debe ser creíble, no importa cuán fantástico pueda ser el planteamiento.

De ahí que la novela de piratas que nos entrega Paulina, contenga todos los elementos para hacer que el lector se quede con ella hasta terminarla, siguiendo con interés una trama bien planteada, con personajes de carne y hueso, es decir, de la comedia humana de la que nos habló ya Balzac.



El libro de Mastretta Yanes es una aventura, como ella define a la aventura en la página 133, al iniciar el capítulo “Los caminantes de las olas” cuando la narradora se refiere a su personaje Shinta:

“Su primera aventura ya estaba cumplida. Fue inesperada, misteriosa y extraña como debe ser toda aventura”.

Y así es el libro de Paulina: inesperado, misterioso, extraño, donde no faltan los rones corrosivos y tabacos sofocantes pero, he de insistir, donde se busca mostrar las motivaciones humanas.

¿Por qué Gira, la protagonista es como la vemos retratada? Paulina Mastretta nos da un por qué: está enojada. No voy a decir aquí con quién ni por qué está enojada la joven pirata, para que sea el lector quien lo descubra; pero de igual forma, de cada uno de sus personajes, la novelista nos detalla el por qué, de dónde vienen y cómo han llegado a ser lo que son.

Las acciones que emprenden los piratas, los aprendices de piratas, los secuestradores o los malévolos, esas acciones no son gratuitas. La narración está hecha para que no sólo acompañemos a los protagonistas, sino para ver lo que su alma contiene.

Lo que haga cada lector después de ver ese contenido, ya es otro asunto.

Por tanto, como se debe hacer en estos casos, me limito a recomendar la lectura de Las aventuras de La Audaz Navegante. Pero antes reflexionaré brevemente sobre algunos asuntos relacionados con la novela de la audaz narradora.

En el principio era un barco

“Una fuerte tormenta azota las costas de la isla; el agua se filtra entre las casas de la aldea. La joven de larga cabellera azul, vestida de blanco, con un pájaro del color del mar grabado en medio del traje, corre hacia el pueblo por la colina. Al llegar ve las casas destruidas y los cuerpos de gente sin vida. El agua teñida de rojo se lleva los cadáveres”.

Así inicia el “Prólogo” de Las aventuras de La Audaz Navegante. De entrada, tiene todos los elementos para que el lector se interese y quiera seguir: “Una fuerte tormenta, una isla”. Esto ya nos ubica en un territorio que es propio de las novelas de piratas.

“La joven de larga cabellera azul…” ¿qué isla, qué país puede ser ese donde la gente tiene cabello azul…?

Además, escribe la novelista en esa entrada: “El agua teñida de rojo se lleva los cadáveres”. Destrucción y muerte. La curiosidad pica al lector. ¿Un tsunami, un dios iracundo y destructor, una erupción volcánica o qué ha provocado aquello?

No hay lector que no sea curioso, porque de no serlo, no compraría un libro o no lo abriría. Y una vez iniciada la lectura, quiere satisfacer su curiosidad. Es ahí donde el trabajo de la novelista se pone a prueba: debe ser capaz de llevar al lector a donde ella quiera y completar su trabajo, o el libro se le caerá de las manos.

Paulina Mastretta Yanes ha logrado su cometido: desde el “Prólogo” hasta el “Epílogo”, pasando por cada uno de los 34 capítulos, mantiene en el interés del lector: detiene la acción en cada final de capítulo y nos deja en ascuas. Inicia otro capítulo y describe un nuevo escenario o detalla el anterior.

Además, a los rapazuelos que hemos conocido como los protagonistas, quizá no mayores de diecisiete años, sí de catorce o quince, se agregan seres fantásticos, que nos llevan por nuevos rumbos y acciones: desde un joven hombre lobo hasta animales (¿nahuales?) que hablan, son sabios e instruyen.

Pocos son los momentos de reposo, por otro lado necesarios para la trama, pero en general el lector es llevado como en cualquier buena novela, a interesarse, a leer, leer y querer saber en qué acabará aquello, ya sea en medio de la selva, en el abordaje de un barco, o en una pelea cuerpo a cuerpo.

Por lo tanto, les recomiendo la lectura de esta novela que, por cierto, nos vuelve a dejar en ascuas al final.

Una de piratas

“¡Ay los piratas…! ¡Pobres piratas…! ¡Cuánto y cuánto nos han hecho soñar los piratas y qué mala prensa que tienen, ¿eh…?! Permítanme que rompa una lanza por su buen nombre, porque yo me crie entre los piratas”, afirmó Joan Manuel Serrat al presentar, en 1990, su canción “Una de piratas” en un concierto histórico en Chile.

Paulina Mastretta Yanes también se crio entre piratas: su abuela le cantaba a su papá, y luego él le cantaba a ella y a sus hermanas Ana y Alicia una canción conocida que tiene algunas variantes según quién y dónde la cante. No la cantaré; la recitaré según la cita la novelista:

A la luz de una pálida luna

yo en un barco pirata nací.

Fue “¡Abordaje!” la voz que en mi cuna

de escuchar a mi padre aprendí.

Yo contaba tres lustros y un día

y abordaba la nave mayor,

vi a mi padre que en lenta agonía,

entregaba su espíritu a Dios.

“Sé pirata —me dijo—, y no llores,

los piratas no saben llorar.

Y enfrentando este mundo de azares,

no respetes más leyes que a Dios”.

Soy pirata y navego los mares,

por donde quiera se escucha mi voz,

y enfrentando este mundo de azares,

no respeto más leyes que a Dios.

De ahí que cuando Paulina Mastretta estuvo en una isla del Pacífico Sur, haya comenzado a idear la novela que ahora nos reúne, Las aventuras de La Audaz Navegante, con la cual nos ha hecho reencontrarnos con los piratas y quitarles tanta mala prensa que tiene, como dice Serrat.

Así, en la página 64 de la novela, Mastretta Yanes escribe:

“La verdad ese sujeto no era tan malo como aparentaba, o eso le pareció a Shinta. Después de todo ¿quién dijo que los hombres a los que le falta uno o dos ojos son malos? Incluso si ese hombre era pirata, dudaba que fuera malo. Tal vez trabajaba para el hombre encapuchado por alguna razón y no podía escapar…”

Claro que los personajes de la novela son o se van convirtiendo en piratas, pero para ello se necesita valor; y saber que no habrá final feliz. Así, Paulina Mastretta nos dice en la página 117 de su novela:

“No se nace con valor; el valor es aquello que cada individuo es capaz de sacar. Hay muchos tipos de valor; corresponde a cada uno descubrir el suyo”.

Uno de los valores de Paulina Mastretta Yanes está en la escritura; otro, de varios, en el reconciliarnos con una estirpe que conocimos con Stevenson, Defoe, Salgari y ¿por qué no? con el romántico José de Espronceda, con el Marinero en Tierra de Alberti, con Pose y su “Canción del niño marinero”; con Drake, con Raleigh, con Sandokán, con Morgan, con John Avery, a los que ahora se suman Gira, Shinta, Maya, Rimú, Ray, Sombra Muerta, Garth, la caterva de facinerosos de quienes ya leeremos la continuación de sus aventuras, que ya está escribiendo Paulina Mastretta Yanes.

Una generación consciente

Por cierto, respecto a la nueva generación a la que se refiere Paulina Mastretta Yanes en la página 101 de Las aventuras de La Audaz Navegante, la retrata en Shinta, quien con los ojos cerrados “escucha” a la selva en la página 200, cuando la novelista escribe. “La selva provee los alimentos necesarios a sus habitantes: los carnívoros matan a los herbívoros, que al mismo tiempo se comen las plantas sobre las cuales su depredador, al morir, caerá para nutrirlas. Todo eso dentro del ciclo de la vida”.

Es decir, se trata de una generación consciente del ciclo de la vida que incluye el nacimiento y la muerte, en un incesante movimiento; por ello, la vida se respeta, parece decirnos Mastretta Yanes.

Y esa nueva generación retratada por la autora de Las aventuras de La Audaz Navegante, retoma los mitos que nos dieron patria: el águila y la serpiente, la ceiba, el árbol sagrado que une la tierra con el cielo. Y, por cierto, describe en qué se convirtieron aquellos despojados de su águila, de su serpiente, de su ceiba: “Ahora son caminantes errantes, los guerreros de la niebla en búsqueda de sus dioses secuestrados”, según leemos en la página 241, después de que había escrito Paulina Mastretta unas líneas antes respecto a los invasores: “Tras ello, dejando dolor y destrucción, se marcharon. Los sobrevivientes se organizaron para salir de la isla pues debían recuperar a su serpiente”.

Consciencia de la vida, consciencia de la muerte. A esta nueva generación no sólo le interesa lo que hay en el alma humana, sino cómo, los seres humanos que somos, nos relacionamos con este mundo al que no transformamos ni dominamos: lo destruimos.

Pero, volviendo a la novela de Paulina, todos sabemos que “no hay historia de piratas/ que tenga un final feliz./ Ni ellos, ni la censura,/ lo podían permitir”, como canta Joan Manuel Serrat.

Así es que en la página 129, Paulina Mastretta Yanes al relatar la reacción de Gira al conocer los detalles de la muerte de su madre, ha escrito:

“…la muerte. La muerte que todo mundo evitaba pero acababa llegando. Ni siquiera los piratas podían derrotarla, tan sólo enfrentarla con orgullo”.

¡Cuánto bien nos hace enfrentar a la muerte para poder vivir! ¡Cuánto bien hay en arostrarla muerte como los piratas…!

No me queda más que volver a recomendar la lectura de esta primera aventura de la audaz narradora, y romper una lanza por el buen nombre de los piratas.

Mundo Nuestro. Este viernes 3 de febrero, en el Auditorio Elena Garro, se presenta en Puebla la novela Las Aventuras de la Audaz Navegante. (BUAP-íItaca, Noviembre 2016), de Paulina Mastretta Yanes. Aquí el prólogo del libro de esta joven autora poblana.

De Paulina Mastretta Yanes



Prólogo

Una fuerte tormenta azota las costas de la isla, el agua se filtra entre las casas de la aldea. La joven de larga cabellera azul, vestida de blanco, con un pájaro del color del mar grabado en medio del traje, corre hacia el pueblo por la colina. Al llegar ve las casas destruidas y gente sin vida. El agua teñida de rojo se lleva los cadáveres.

La joven se horroriza y piensa en su familia.



Asustada, deja atrás el pueblo y sigue subiendo. A su paso encuentra a un anciano al borde de la muerte, se le acerca para tratar de ayudarlo. Él la aleja a gritos y le dice que escape. No hace caso e intenta acercarse, cuando lo toca ya está muerto.

Ella se queda inmóvil viendo el cadáver. Escucha la furia del mar. La lluvia cae sobre su cuerpo con tanta fuerza que le duele, pero no tanto como su corazón. El sonido de un derrumbe desde lo alto la hace reaccionar y corre hacia arriba. Tiene que saltar los riachuelos que se deslizan a través la montaña. Resbala por el lodo. Su voluntad de acero la hace no retroceder. Sólo tiene en mente encontrar a sus padres. Después de muchos tropiezos logra llegar a la cima. Lo primero que ve es su casa derrumbada. Bajo las ruinas sobresale el torso de una figura humana aún con vida. Reconoce de inmediato a la persona atrapada y corre en su ayuda. Al verla, su madre le dice que se aleje porque ellos llegarán en cualquier momento. La muchacha no hace caso y trata de levantar los maderos, pero le son demasiado pesados, sigue intentándolo hasta lesionarse los brazos.

Su madre le grita con voz autoritaria, ella la escucha. Le dice que debe irse de la isla y buscar a su hermano, luego sonríe y la mira deseándole suerte. Se abrazan: ambas lloran, poco a poco la madre cierra los ojos, se queda dormida en un profundo sueño del que no va a despertar.

La joven permanece en silencio. Un sonido escalofriante la perturba y escucha gritos y risas de criaturas seguramente escalofriantes. Besa con ternura a su madre y corre colina abajo hacia la playa. Los bramidos se encuentran entre ella y el mar. Tiene que tomar un atajo. Se desvía entre los árboles altos y arbustos espinosos. Todo va bien, por ahora, pero sabe que el camino se pondrá difícil más adelante. Se agacha y con la prisa uno de los espinos le rasga la cara, no se detiene. Arrastrándose cruza aquélla zona. Una que otra vez las espinas rasgan su ropa y sus brazos. Sigue su camino pues tiene que encontrar a su hermano, como le indicó su madre y ella nunca le ha fallado.

Llega por fin a una playa rocosa. Se fija en el mar furibundo y teme que de repente salga aquella criatura con cuerpo de serpiente de la que escuchó hablar a los viajeros.

Se espanta al escuchar gritos a su espalda. Debe elegir entre la serpiente marina o las criaturas. De algo está segura: olieron la sangre de sus heridas al rasgarse con los espinos.

Comienza acercarse a la orilla del mar saltando entre las rocas. Llega a un peñasco, desde ahí busca con la mirada algún barco o madero que le pueda servir de trasporte. Una ola se estrella contra la roca y la salpica. Busca retroceder, pero instantáneamente regresa a donde está al sentir el frío del agua en sus pies descalzos. Inquieta, busca sus zapatillas y las ve, arrastradas por el mar. Los gritos están a un solo paso, tiene que hacer algo o será demasiado tarde. Regresa la vista a las sandalias y las descubre golpeteando una pequeña barca, agradece a la deidad esa salvación. Salta al agua desde el peñasco. El mar está picado y apenas puede acercarse a la barca, pero tiene que llegar, de eso depende su vida. Escucha voces horribles que arriban a la playa, no desea voltear hasta alcanzar la lancha, antes de que sus fuerzas la abandonen.

Al fin llega a la barca, toma sus zapatillas que milagrosamente siguen flotando detenidas por el bote. Se empieza a alejar de la isla. Escucha un estruendo y una luz resplandeciente cae del cielo. Voltea hacia la playa y se queda pasmada al mirar a un joven de extraña armadura dorada. Una máscara blanca y negra cubre su rostro. Parece distinguir unos cabellos azulados que asoman de su casco. Se pregunta quién podrá ser y por qué tiene los cabellos azules, ya que su clan es el único con ese color. No tiene tiempo de pensar más, traes el joven caballero mira acercarse las temibles criaturas.

Son un ejército de seres amarillos con orejas puntiagudas y narices largas, tienen la cara llena de arrugas de la que sobresalen sus ojos rojos. Cada uno lleva un arma: hachas, arcos, lanzas y espadas. Ella ya no quiere saber más y se voltea. La barca se aleja de la costa arrastrada por el mar, hasta que una ola la avienta hacia las rocas.

En la playa el joven caballero susurra algunas palabras y desaparece. Un rayo cae sobre las criaturas, la niebla empieza a extenderse por la isla, a pesar de la lluvia.

Muy lejos de ahí, una hermosa doncella con un largo vestido blanco y cabello dorado observa la escena en un espejo y susurra:

–Ya es tiempo.

Mundo Nuestro. El domingo 22 de enero se cumplió el aniversario 89 del nacimiento del escritor mexicano Jorge Ibargüengoitia, fallecido en un accidente de aviación en Madrid, en 1983, a los 55 años de edad. Vale aquí recordarlo en la selección que en la revista Nexos ha realizado Kathya Millares de sus crónicas en el libro Viajes en la América Ignota.

“Se me podrá acusar de tratar sólo con una minoría selecta, pero hasta la fecha no he conocido ningún mexicano que tenga esperanza —y menos, que tengas ganas— de que sus huesos acaben en la rotonda de los Hombres Ilustres”.



“Al aprendiz de héroe: si no es uno calvo, o no tiene la costumbre de amarrarse un trapo a la cabeza, hay que cultivar algo que constituya un sello inconfundible, como, por ejemplo, usar anteojos cuadrados, dejarse crecer una barba extraordinaria, por lo hirsuto, por lo ralo, o por lo largo o por taparse un ojo con un parche, porque en los rasgos fisionómicos nadie se fija, y un héroe sin imagen, es como si no existiera”.

“El Pípila, hay que confesarlo, es un héroe perfecto. Su origen es oscuro, como es claro el lugar de su nacimiento. Como se ignora su apellido, no hay peligro de que sus descendientes vengan a exigir pensiones. Su actuación en la historia es breve, elocuente y decisiva. Sus palabras, ninguna”.

“Los monumentos sufren una evolución, de acuerdo, con las necesidades de los gobiernos que los mandan hacer”.

“[Al pie del Monumento a La Madre] Debería decir: ‘A la que en algunos casos, nos amó antes de conocernos y la que, por lo general, después de conocernos nos echó a perder’”.

“Es probable que en el futuro ya ni siquiera haya monumentos, sino que los edificios van a ser tan expresivos, que bastará con verlos para darse cuenta de las aspiraciones de un pueblo”.



“Al que me diga que en su pueblo nunca ha pasado nada, le respondo que por cálculo de probabilidades eso es imposible… en donde no se firmó un tratado se firmó un plan político o una sentencia de muerte. En donde no se dio una batalla, alguien fue fusilado, vio la luz por primera vez, o formó gobierno provisional. En el peor de los casos, alguien pasó la noche”.

“No hay crítica irrefutable, aunque sí muchas que merecen ser pasadas por alto”.

“El rey de los deportes acuáticos, o más propiamente dicho, de playa, es el concurso de belleza… Consiste en lo siguiente: hay que discernir quién es el más deforme de todas las personas que están en cien metros de playa”.

“Más vale ser mal recuerdo que pasar al olvido”.

“Si está comprobado científicamente que los malos recuerdos quedan más indeleblemente grabados en nuestra mente que los buenos, ¿qué caso tiene tratar de ser agradable?”.

“Se admiraban y se querían como suelen hacerlo las personas que no se conocen bien”.

“En México hay tantos bustos de Emiliano Zapata que nadie sabe ni dónde ponerlos”.

“Durante un tiempo se bautizó a los niños con los nombres de los santos o las vírgenes más populares. Esto redujo la nomenclatura notablemente. Proliferaron nombres como el de Carmen, Juan y José, y en las fechas de estas fiestas aumentaron de manera alarmante los accidentes por exceso de velocidad, los navajazos y los gallos”.

“Los nombres, que al verlos escritos en el acta de nacimiento dan la impresión de tener una forma definitiva, son en realidad material moldeable que va tomando con el uso formas diferentes”.

“Los nombres comunes y corrientes traducidos a idiomas extranjeros, como Frank, Elisabeth, Juliette, unidos a apellidos como González, Arozamena y Sánchez, ponen de manifiesto una ignorancia total del idioma nativo, o bien, ascendencia chicana”.

“El nombre con que bautice uno a sus hijos carece de importancia. No hay que olvidar que vivimos en México, que es un país en donde la gente se conoce más bien por sus defectos físicos que por su nombre. O, mejor dicho, en el que los defectos físicos sirven de nombre”.

“El mexicano nace, crece y se desarrolla en un ambiente de desconfianza hacia la policía”.

“La posición social del policía es semejante a la de los operadores de proyectores de películas —cácaros por mal nombre— a quienes el público no recuerda más que en momentos de desastre y para insultarlos”.

“Lo primero que hace un mexicano al conseguir un empleo, es contratar una criada”.

“Si [las trabajadoras del hogar] se organizaran, constituirían el sindicato más grande y poderoso”.

“Los trabajos que desempeñan las trabajadoras del hogar son de dos índoles: inventos del ama de casa y fruto de su neurosis… O bien, son trabajos que el ama de casa o una máquina podrían desempeñar con igual efectividad, si la primera no fuera tan holgazana y la segunda no fuera tan cara”.

“Para habitación de las trabajadoras del hogar, los arquitectos han inventado recintos especiales, cuyas superficie es igual a la aceptada como mínima en los parques zoológicos”.

“Cuando abrimos los ojos por primera vez, nos encontramos frente a una mujer que nos mira llena de ternura. Es nuestra madre. Hay que empezar a educarla sin pérdida de tiempo.

En primer lugar hay que corregirle el lenguaje… Cuando la madre diga ‘papos’, el infante debe contestar, severamente:

—Nada de ‘papos’: zapatos”.

“En la ignorancia fingida de la madre hay una mala fe notoria. Nos enseña a hablar como idiotas, y después cree que somos idiotas porque hablamos como ella nos enseñó”.

“En el fondo del cerebro de cada madre hay la esperanza de que su hijo llegue a ser un modelo. ¿Un modelo de qué? Nadie sabe. Pero un modelo”.

“Los teléfonos públicos lo son, no sólo porque cualquiera puede usarlos , sino porque cualquiera puede oír lo que dice el que lo está usando —excepto, en muchos casos, el que está del otro lado de la línea”.

Fuente: Jorge Ibargüengoitia, Viajes en la América ignota, Joaquín Mortiz, 1989.

Marcha seca

Marcha seca. Francesca Gargallo.Editorial Era, México, 1999.





Una escritora, por decisión propia y con su hija de cuatro años, decide vivir en medio del desierto al norte del país. Sólo la acompaña su trabajo y sus recuerdos que se despiertan con la visita de un viejo amigo, militante político, que conoció en los años de la universidad.

En esa lejanía cinco personas -la escritora, su hija, su amigo, un chamán indígena y un experto- se adentran en el territorio, en medio de una feroz sequía y un incendio devastador, para salvar a un grupo de mujeres y niñas amenazadas por el peligro del fuego.

La escritora, en tono íntimo de relato-reflexión, describe la marcha del grupo perseguido por el fuego en extensiones desoladas. La aventura parece destinada al fracaso, pero con la guía del indígena y la voluntad de la mujer, que se aferra a su hija, caminan decididos a vencer todos los obstáculos.

El desierto inmenso, la tierra seca y el fuego que avanza son actores centrales de la narración. La desolación del paisaje se impone. En él se desarrolla la vida. La lucha por la existencia en el desierto es difícil, pero también es placentera la sensación de libertad y fuerza que produce la contemplación del infinito.

En el marco del hilo conductor del texto, que es la marcha iniciática del grupo, se desarrollan historias secundarias. El conjunto de las mismas permite a la autora reflexionar y tomar una postura sobre el amor, la amistad, el miedo, la pareja, el desastre, el poder, la desilusión y los valores ancestrales y vivos de la cultura indígena.

La autora se propone la revaloración del mundo indígena y su cosmovisión. Los valores de los pueblos originarios están vivos y tiene mucho qué decir a la cultura Occidental. Es también una denuncia a las autoridades por su descuido del medio ambiente y por la nula eficacia de sus políticas públicas en la materia.

Al final del texto queda abierta una pregunta que no tiene respuesta: “¿Nos salvaremos?”. El hombre agrede de manera irresponsable a la naturaleza y atenta contra su propia vida. El futuro de la humanidad está en peligro. Las personas y los gobiernos no dan la atención que merece a ese problema que tiene un carácter trágico.

La obra tiene elementos de carácter autobiográfico. La escritura revela oficio. La autora de origen italiano escribe en castellano. El suyo es un español rico y elegante. La narración, en medio de un ambiente mágico, fluye y se concatena. El texto, que no es fácil, está bien construido y tiene ritmo y sonoridad poética.

La profesora italiana Cristina Ponisio dice de esta novela:“ (…) aborda temas de gran envergadura y se sostiene en la lucha entre los opuestos que siempre caracteriza la obra de la Gargallo: amor y odio, femenino y masculino, vida y muerte, campo y ciudad, indígena y criollo. El exasperado maniqueísmo de la narración es pretexto para expresar los intereses y las preocupaciones de nuestra escritora, cuya visión de la vida se centra en una actitud de tolerancia y de cultura del respeto”.

Francesca Gargallo (Roma, 1956). Desde 1979 vive en México. Es feminista, periodista, narradora, poeta y también profesora universitaria. Estudia filosofía en Roma y tiene un doctorado en estudios latinoamericanos por la UNAM. Ha publicado novela, poesía, cuento, textos infantiles, ensayos y traducciones.

Me disculpo con ustedes. Ya lo sé, llevo semanas de ausencia. Pero como empieza el año volveré a hacer la promesa que tantas veces rompo. He de escribir el día a día. Volver al intento de recontar las cosas que miro y oigo. Como tengo la memoria cada vez más altanera y rejega, temo olvidar cosas que ahora me alegran o conmueven y no poder contárselas con cierta mansedumbre y veracidad a mis hijos o a cualquiera de sus amables descendientes. Nunca falta un curioso en la familia y por ese curioso,con gran posibilidad curiosa, valdrá la pena el gusto de recordar. Cada vez se me olvidan más las cosas cercanas y los nombres de personas de renombre, sin embargo recuerdo con la precisión de Funes la tarde remota en que Héctor y yo llevamos a Rosario por primera vez al cine.
Son extraños los recuerdos. Llovía. Tengo claro que a pesar de haber corrido nos mojamos, pero recuerdo esa carrera como algo parecido a la felicidad primordial.
Vale la vida contar la vida. No todo acabará siendo memorable, pero uno no sabe qué querrá recordar con el tiempo. Así que he de conformarme con registrar las cosas que ahora me parezcan dignas de memoria. Ya me haré cargo si alguna vez me aburro en la vejez, esa promesa dorada que no quiero perderme, de pepenar lo que entonces sea importante. La verdad es que no quisiera olvidarme la luz de algunas tardes, la paz de otras, el cansancio de unas noches, la fiereza de algunos amaneceres.
Que tengamos un año mucho menos malo de lo que nos imaginamos.

Poesía para hoY: “El poeta es un fingidor./Finge tan completamente/que llega a fingir que es dolor/el dolor que en verdad siente.”
Musica para hoy: Esta boca es mía. Joaquín Sabina.

Diálogo de carmelitas. George Bernanos. Editorial Troquel, España, 1956



Es una obra de teatro del escritor francés Georges Bernanos (1888, París, Francia -1948, Nevilly-sur-Seine, Francia) que se basa en la novela La última en el cadalso (Die letzte am Schafott) de la escritora alemana Gertrud von Le Fort. En ella se recrea un hecho real que ocurre en 1794 cuando se degüella a catorce religiosas carmelitas y dos laicas, a su servicio, en los años del terror de la Revolución Francesa.

Viven en el monasterio de la pequeña localidad de Compiègne. Su delito es no querer dejar la vida religiosa. Fueron ejecutadas en Place du Trône-Renversé (Plaza del Trono derribado, actualmente Plaza de la Nación) en París. Y enterradas en fosas comunes en el cementerio parisino de Picpus. En 1906 fueron beatificadas por el papa Pio X.

Crónicas de la época cuentan que el 17 de julio de 1794, por la tarde, las carmelitas, una tras otra, subieron al cadalso. Lo hicieron con entereza cantando el himno Veni creator. Una a una recibió la bendición de la superiora, Teresa de San Agustín, ante de ser guillotinadas. Al final, ella entregó con igual dignidad su vida al Señor.



La obra de Bernanos es la que ha dado a conocer este hecho histórico, que pudo quedar inadvertido como sucedió con la muerte de otros sacerdotes, religiosos y religiosas que fueron victimados en tiempos de la Revolución Francesa. El texto es fruto de su madurez como dramaturgo y también su testamento literario.

En la obra, Blanca de la Force, una joven de familia rica, pide a su padre que la lleve al convento de Compiègne porque se siente llamada por Dios a la vida religiosa. La superiora piensa que no tiene vocación y que solo se trata de un capricho. No autoriza que Blanca emita sus votos.

La superiora solicita a la comunidad y al anciano capellán que a su muerte no se permita que Blanca profese. Así sucede, pero Blanca, que realmente tiene vocación religiosa, no se resigna y sigue insistiendo. Ella es fuerte y está preparada para enfrentar la situación.

Integrantes de un Comité Revolucionario violentan la clausura del convento para anunciar a las religiosas que ahora son solo ciudadanas. Y por lo mismo deben dejar sus hábitos y vivir en grupos, fuera del convento, de no más de dos personas, bajo la pena de guillotina en caso de no cumplirlo.

El Comité es duro con las religiosas, pero a Blanca, que no ha realizado los votos, le dice que está libre y puede regresar a su casa. Ella no acepta. Los revolucionarios se retiran y eso abre el espacio para que las carmelitas, las hijas de santa Teresa de Jesús, la grande, inicien un proceso de reflexión.

Las religiosas establecen unos diálogos que son sólo interrumpidos por insultos y el lanzamiento de objetos que les arrojan desde fuera. Las carmelitas afrontan con serenidad la posibilidad del martirio. Días después se hará realidad.

A Bernanos, esta obra le permite adentrarse a un tema que como creyente le importa: el misterio pascual, el paso de la muerte a la resurrección. Es un texto que redacta al final de su vida. Conecta con otros dos temas que trata a lo largo de su obra: la inocencia de los niños y la vitalidad de los jóvenes. (En 1968 leí la obra por primera vez. Me impresionó y marcó. Después vi la película).

Del Puerto Libre, de Ángeles Mastretta, publicado oriiginalmente en Nexos, noviembre 2016.

Tengo miedo. Lo escribo y me avergüenzo. ¿Miedo a qué? Ni de niña tuve miedo. Al abuelo Guzmán le gustaba contar cuentos. Nos sentábamos en el suelo a oír cómo tramaba sus historias.

Diez, dos, quince nietos, según a cuántos nos alcanzara la noche en su casa. Todas sus historias se nos hacían distintas. Sin embargo, él era leal a sus personajes. Siempre fueron los mismos, yendo y viniendo por países y lugares remotos. Los buenos eran un niño y su caballo alas de oro. Los malos, Cucurusmucus y sus macacos. El niño se llamaba Pirrín —nombre que no le hacía justicia a su valor—, y siempre andaba haciendo trabajos filantrópicos o redenciones diversas. Siempre, también, en su camino se atravesaban los ruines, a los que vencía una y otra vez hasta lograr su cometido. Entonces el abuelo hacía un silencio y dejaba que recobráramos el aliento.



01-caballos

Ilustración: Gonzalo Tassier

Luego volvía a empezar. Los macacos regresaban liderados por su jefe de nombre intimidante y, tras encontrar a nuestro héroe, se iban sobre él, que salía huyendo por toda clase de caminos adversos. Torrentes, montañas, mares, maizales. En los cuentos del abuelo no había ni una ciudad. Tampoco alguna casa. Todo pasaba al aire libre. Pirrín (casi le quiero cambiar el nombre) no tenía una familia, ni buena ni mala, sólo tenía al caballo alas de oro; mismo que cuando aparecía lo salvaba de todas, pero que muchas veces tardaba tanto en llegar que temblábamos pensando en que su atraso sería fatal. El niño sabía que llamarlo nada más era debido en situaciones extremas, porque el caballo ayudaba a mucha otra gente y el bien tenían que hacerlo las personas normales. Los seres extraordinarios sólo aparecían cuando ya no quedaba más remedio. Sólo entonces, desde el borde de un abismo o el pico de una montaña a punto de hacer erupción, rodeado de macacos y catástrofes naturales, podía el niño gritarle: ¡Caballito alas de oro! ¡Ven por mí!

Un silencio volvía a hacer el abuelo. Entiéndanlo, los jóvenes, no había caricaturas en la televisión, ni más películas que las de Walt Disney: una cada dos años y nunca con historias así de peligrosas. El abuelo era palabra de Dios. Y el destino de sus personajes se tramaba en la punta de su lengua mientras él nos miraba, pasmados, esperando que el caballo no fuera a tropezarse con algún relámpago, no fuera a caer en la penumbra de un cielo nublado, ni a tardarse de más.



Otro silencio, más largo, hacía el abuelo. Y al terminarlo levantaba los brazos mientras el caballo se acercaba volando a rescatar al niño listo para montarse en él como en una alfombra mágica.

Algo de magia y mito había en todo eso, sus palabras eran nuestro Harry Potter, más rogadas y al tiempo más accesibles que las que vienen en los libros con que J.K. Rowling ha acompañado a las generaciones de los últimos diecisiete años.

Yo admiro a J.K. Rowling. No descubro nada cuando digo que es de alegrarse el que haya puesto a leer a tantos niños. El que haya dejado en su aliento la certeza de que la fantasía puede ser realidad, de que el mundo es más amable con los humanos que confían en la ficción creada por las palabras.

Mis hijos no tuvieron abuelos cuenta cuentos. Para dormirlos, yo les canté hasta que se cansaron. Pero inventando cuentos nunca fui muy hábil. Las cosas que les conté eran todas ciertas, aunque ahora parezcan mentira. A las niñas nos dejaban quedarnos a dormir en el terreno fuera de la ciudad que tenían nuestros primos. Había un hombre de edad mediana, llamado don Casiano. Él cuidaba el jardín, y con él nos dejaban encargadas. Cinco niñas, entre diez y doce años, llegábamos al terreno haciendo más ruido que los cuatro caballos del Apocalipsis y tomábamos “la casita”. Una obra de arte del romanticismo construida para nosotros por el tío de apariencia menos novelera de entre todos. También por el más lector y por lo mismo tan hábil para imaginar otros mundos.

La planta de la casita no medía más de siete por siete. El techo era de dos aguas, tenía una altillo, una cocina, un balcón y una puerta dividida en dos, para abrir la mitad como si fuera una ventana. No tenía lavabo ni esos enseres mayores. Era para jugar. Había un baño en la otra, la del sitio en que comíamos. Pero esa quedaba lejos. No era fácil hacer una excursión a medianoche. Aun así, yo llegué a ir alguna vez cruzando el sembradío de alcachofas y el pequeño lago rodeado de carrizos. Nunca nos pasó nada. Nunca tuvimos miedo. Cosa que hasta hace muy poco me parecía lógica. Lo que no era lógico es que nuestros progenitores fueran tan confiados en la bondad natural de las personas. Jamás imaginaron esto que ahora sería lo primero en pensarse: es una barbaridad dejar solas a cinco hijas con el cuidador del jardín. ¿Qué tal si tenía amigos?, si aunque él fuera un buen hombre lo asaltaban unos vándalos y violaban a las niñas.

Nuestras madres, únicas responsables de los permisos, no eran miedosas, y consentían actos de audacia que ahora son impensables. Las llamaría temerarias, pero la verdad es que el mal no estaba en sus miras. No pensaban en él. En principio y en general, para ellas la gente era buena. Y la vida fue buena con nosotros, porque nunca tuvimos que comprobar lo contrario. Nadábamos en un río transparente y jamás pensó nadie que dejaría de serlo. Los periódicos no molestaban con el recuento de ejecuciones y las noticias daban cuenta de poco. A nuestro alrededor se comentaban los aguaceros y las semanas con luna creciente, los cumpleaños y los días de campo. Quizás no era así, pero así lo recuerdo. Los sábados había excursiones en bicicleta y muchos domingos teníamos un tío con un velero que nos llevaba a ver meterse el sol desde un lugar, entre los montes que hacían la presa de Valsequillo, llamado el Rincón Brujo. La confianza era la norma. Nadie pensaba que una niña y un viejo no debían pasar la tarde solos. Un día el viento pegó de tal manera que el velero se fue volteando y los dos nos caímos al agua helada. Se los conté a mis hijos otras veces: el tío llevaba siempre con él un frasco de Nescafé, lleno de ron con Coca Cola. Apurándose verificó que yo estuviera bien colgada de la orilla del bote al mismo tiempo en que alargaba un brazo para alcanzar el frasco que ya se hundía. Bebió tres largos tragos de su cuba libre y luego me dijo: “es hora de hacerse otra vez a la mar”. Y se puso a enderezar el velero en mitad de la presa sobre la que el sol iba cayendo. Desde la orilla, mi padre que tenía un poco más de sentido común, fue el único miembro del clan que se acercó a ver desde lejos la maniobra. “¿Qué les ha de pasar?” —dijeron, o pensaron, los demás. Porque nadie se movió de su silla.

El capitán, como llamábamos al tío Roberto, encauzó nuestra pequeña barca y me pidió que lo ayudara sosteniendo la cuerda que él jalaría para levantar la vela. Y volvimos como iluminados por Eurínome, la diosa creacionista de los griegos. Según invento yo que me contó él, alguna vez.

Mucha experiencia tenía el tío en maniobras de este tipo y otras. Como abogado, había sido el secretario particular del presidente Adolfo de la Huerta. Y cuando, tras un golpe de Estado, tuvieron que refugiarse en California, el tío fue actor en Hollywood y cantante de ópera en donde pudo. De paso escribió un libro gordo con las memorias de don Adolfo, como lo llamaba respetuosa y alegremente. Cuando yo tenía diez años, él tenía setenta y estaba jubilado de no sé qué cargo en el Poder Ejecutivo. Él tampoco habló nunca del miedo. Y en riesgo sí que habrá estado porque le tocó cruzar la revolución mexicana que era un riesgo en sí misma. Un poco menos que la guerra en que vivió mi padre cuya intrepidez desconocimos porque no hablaba de ella. Otro que si tuvo miedo nunca habló de él. Todo lo desagradable estaba guardado en una cajonera que no se abría nunca.

¿Qué me atrevo a temer? ¿La edad? ¿Las enciclopedias? ¿El tiempo que no me alcanzará para leerlas? ¿Cómo me atrevo a temer? Yo, que crecí entre fabuladores, temerarias y desmemoriados. No existía el miedo. Tampoco ha de cercarnos ahora. Voy a tener dos nietos, que han de encontrar caballos con las alas de oro.

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