Literatura

Del absurdo cotidiano

Es verano y llueve en México. En este valle sobre el que imperan dos volcanes, en estos llanos, bajo estas nubes.
Aquí llueve en julio y agosto. Sobre todo en las tardes. Casi siempre amanece el cielo claro, luego se pone gris y tiembla con relámpagos anunciando tormentas que se cumplen y nos inundan. La enorme ciudad se llena de pantanos y de las alcantarillas brotan manantiales negros.
Suceden cosas así desde el tiempo de los dioses aztecas. La ciudad estaba hecha de lagos y ríos que en verano crecían sobre las casas y los templos. Por eso muchos de sus huertos eran flotantes. Y año con año se inundaban como se inundó la ciudad durante el Virreinato y como aún se inunda en estas fechas.
Quién sabe cuántos siglos de inundaciones ha contado la especie humana en estos rumbos, pero sus actuales representantes en el valle volvemos a sorprendernos cada verano. Tropezarse con la misma piedra es propio de los mexicanos como de cualesquiera otros, así que las generaciones del siglo veinte decidieron entubar, sellar y pavimentar los ríos y las barrancas cuyas aguas habían ido ensuciándose. De modo que las inundaciones siguen ilustrando las noticias en este siglo.
Sobre nosotros, desde la altura de su grandeza, los dos volcanes amanecen arrogantes y llenos de nieve. Aunque desde aquí casi nunca se ven. Ni en el verano ni en ningún otro tiempo, porque aquí el horizonte se angostó hace cuarenta años.

01-geografia

Mundo Nuestro. En agosto de 2012 el escritor, periodista y dramaturgo Vicente Leñero respondió con este discurso a la disertación "Elogio de la impureza" con la que Ignacio Padilla ingresó a a Academia Mexicana de la Lengua.

Parafraseando a quien empieza parafraseando el incípit fundacional de la primera gran novela mexicana de exportación, me siento impulsado a parodiar: vine a la sala Manuel M. Ponce porque me dijeron que hoy, 27 de septiembre de 2012 –año de la medalla olímpica del futbol mexicano–, Ignacio Padilla, un chamaco, un pibe, un chaval, un ñero, iba a pronunciar su discurso de ingreso a la Academia Mexicana de la Lengua como miembro correspondiente en la ciudad que tiene el nombre más bello, más eufónico –dice él– de la lengua española: Querétaro.



Don Ignacio Padilla, o simplemente Nacho, nació en 1968 lueguito de Tlatelolco. Suma apenas cuarenta y tres años –como la generación de mis hijas, oh Dios–, lo que establece un contrapunto notable con la mayoría de nosotros, los académicos viejos o los viejos académicos que nos vamos cayendo a cada rato como soldaditos de plomo, a canicazos.
Es rabiosamente joven y rabiosamente talentoso. No exagero el término: basta con leerlo o con escuchar ahora su discurso para demostrar la puntualidad del cebollazo.

Pertenece en su origen literario a una pandilla de escritores de su edad que para chacotearse, al parecer, de ese boom inventado por las editoriales hispanoamericanas en los años sesenta, o para coligarse con el ruido de sus figuras paternas, se autodefinieron con el sonoro término de un huevo que se rompe al brotar el polluelo, de una rama que se quiebra al clamor de “ahora vamos nosotros”: el publicitado crack.

Encabezado por Ignacio Padilla, Jorge Volpi, Pedro Ángel Palou, Ricardo Chávez Castañeda, Vicente Herrasti… la pandilla de cuates, luego de publicar un texto sobre su postura literaria –Instrucciones de uso–, se dio a la tarea de piar libros y cacarearlos con tino hasta que algunos consiguieron –crack, crack, crack– sembrar sus novelas con montañas de ejemplares en las librerías de México y del extranjero –las he visto en Madrid con azoro y sana envidia– y conseguir traducciones como quien palea grava y arena para el cemento de un camino cultural.

Entre los importantes de nuestra joven y vigorosa literatura mexicana del día de hoy, los chamacos del crack no son los únicos, por supuesto. Ahí están, enunciados al botepronto: Álvaro Uribe, David Toscana, Cristina Rivera Garza, Rosa Beltrán, Juan Villoro… Tantos más. Casi todos han rehuido, no desechado por decreto generacional, el mexicanismo del nopal y el llano en llamas, pero sí rescatado de sus mayores eso que llamamos, mordiéndome la lengua por su compleja explicación, la voluntad de la forma, el impulso de la experimentación narrativa. Es decir: los juegos con el tiempo, la versatilidad de los puntos de vista, la identidad enigmática de los personajes, las vueltas de tuerca, la materia oscura de lo que llamamos misterio, la precisión de una sintaxis que desentierra palabras sepultadas y construye edificios verbales sorpresivos…

Ignacio Padilla es un brillante ejemplo de esa narrativa empeñada en someter el qué de la historia a un exigente cómo. Cómo engarzar los elementos de una aventura de la imaginación tomando en cuenta a un lector igualmente creativo, capaz de acompañar al autor, a veces con repelos por tantos enredijos, en la necia aventura de vivir, de sufrir, de reír, de morir.



Nuestro querido Nacho –que es a quien me corresponde celebrar hoy, con mi sincero agradecimiento por haberme elegido para escoltarlo– tiene sobrados méritos de académico. No solamente por su amor a las palabras y su facilidad para decir lo que quiere decir con la alegría de su sintaxis pirotécnica, sino también, sobre todo, porque entiende ese engorroso fenómeno de “lo académico” en medio de una búsqueda artera para la desmitificación de la solemnidad.

Observados así como nos presentamos esta noche –cariserios, trajeados de oscuro, encorbatados y con el dogal de la venera–, los académicos producimos sin duda un efecto de solemnidad. No es errática la percepción de tal imagen, pero advierto: es un signo poético –me atrevería a decir– de respeto a lo que hacemos. De seriedad ante el mandato de cuidar el lenguaje heredado, de normarlo, de preservar su origen y su esencia, de saborearlo.

Durante décadas y siglos se quiso ver a la Academia, por amor de esa imagen hierática y solemne, la figura de un padre quisquilloso y regañón que cuida de ese niñolenguaje para que no se enlode en la impureza, para que no retobe, para que no se pierda en la compañía del malhablado de la calle que repite vocablos impropios. Pero los chicos crecen, mamita –diría Luis Sandrini–, y ese niñolenguaje se escapa por dondequiera para transitar las calles tenebrosas del vulgo que celebraban Lope y Cervantes y de ahí recoger palabras nuevas, palabrotas a veces, con las que se enuncia ya, sin eufemismos, lo que simplemente es. La grosería. El desgarriate. El neologismo impuro. El habla de la gente capaz de inventar o resucitar términos para convertir lo coloquial en una dramaturgia verosímil.

La Academia solemne –como la entendemos hoy, es decir, antisolemne– observa ya sin repudio el fenómeno de ese niñolenguaje convertido en mayor. Entre innúmeras tareas literarias de exploración y análisis, corrige, sí, gramática –sintaxis, ortografía, sentido– al tiempo en que registra, sobre todo valora y analiza, cómo se van modificando términos y modos de decir y escribir en el espacio abierto de pueblos, de regiones, de países que habitan con nuestra misma lengua.

Es notable el esfuerzo que realiza hoy la Academia Mexicana de la Lengua, por poner un ejemplo, para censar el habla del español local. El diccionario de mexicanismos, siempre en proceso y bajo la responsabilidad de la tenaz lexicógrafa doña Concepción Company Company, es una muestra de la flexibilidad con que se asume la investigación enfocada a saber cómo hablamos los que hablamos este bello idioma mexicano.

Entre lo ideal y lo real de una lengua orgullosamente manchada, “la lengua de la tribu” –según nos acaba de recordar Nacho Padilla–, entre la paradoja del Cervantes rechazado por la solemnidad y el Cervantes convertido en el profeta mayor de una academia como ahora sabemos entenderla –elástica y exigente– se produce la síntesis perfecta de una vital aspiración común, social, patriótica me gustaría subrayar: la defensa de nuestro lenguaje frecuentemente ofendido tanto por los puristas como por los malos escritores.

No deseo dictar la solapa completa de don Ignacio Padilla; prolongaría demasiado estos apuntes sobre el académico correspondiente en el histórico Querétaro.

Abrevio.

Estudió comunicación en la Universidad Iberoamericana, literatura en Sudáfrica y Escocia y se graduó como doctor en filología por la Universidad de Salamanca. De ahí le viene, creo, de su conocimiento, de su rigor de lingüista y de sus hábitos de lector compulsivo, esa veta cervantina poco frecuente en los escritores de su generación, y delatada por él mismo en un ensayo tan ambicioso como divertido: El diablo y Cervantes. Proviene, sin lugar a dudas, de su tesis doctoral de 1999 en Salamanca titulada El diablo y lo diabólico en la obra de Miguel de Cervantes. En ese jugoso ensayo de más 350 páginas y siete años de manía por el autor del Quijote –como lo ha evidenciado ahora en su discurso de ingreso–, el soldado de Lepanto se ve acompañado por un escudero que esta vez no es el Sancho Panza de su extraordinaria historia, sino una obsesión cervantina: el Diablo, el Maligno, la Bestia, Satanás… Padilla describe el fenómeno desde una perspectiva profundamente religiosa y socarronamente inquisitorial.

Numerosos textos breves y extensos –hasta una pieza dramatúrgica y algunas obras teatrales para niños– ha escrito nuestro nuevo académico. Y muchos premios ha ganado con ellos. A premio por obra, casi, lo que se antoja un hecho excepcional.

Cito algunos para demostrarlo. Premio Ediciones Castillo. Premio Kalpa de Ciencia Ficción. Premio Juan de la Cabada. Premio Juan Rulfo. Premio de Ensayo José Revueltas. Premio de Ensayo Rousset Banda por El diablo y Cervantes. Premio Mazatlán. Premio Málaga. Premio Semana de Gijón. Premio La Otra Orilla… Y siguen. Uf.

Nuestro amigo escritor, digo para concluir, es puntilloso con su prosa tallada como un árbol que se vuelve escultura. Es obsesivo en su empeño por florecer palabras que parecían perdidas. Es delicioso en ese humor escondido que delata un credo: toda narración es un juego, toda novela es un thriller, porque impulsa al lector a desentrañar, como el clásico inspector policiaco, las claves no necesariamente de un crimen sino del maravilloso misterio de la ficción, remedo siempre de la vida.

Para la Academia Mexicana de la Lengua representa una real ventura contar entre sus huestes a Ignacio Padilla: un chamaco irreverente de apenas 43 años.

Mundo Nuestro. La Revista de la Universidad de México publicó el texto Elogio de la impureza leído por el escritor Nacho Padilla al ser aceptado como miembro de la Academia Mexicana de la Lengua, en agosto del 2012.

A la memoria de Eulalio Ferrer y Miguel Capistrán.
Y al magisterio de Vicente Leñero y Gonzalo Celorio.



I

Fui a Salamanca porque me dijeron que por allá había pasado el autor del Persiles, un tal Miguel de Cervantes. Viví primero en una casa muy modesta en las riberas del Tormes, justo frente al toro de piedra que hizo ver estrellas al pobre Lazarillo. Pasé luego a un departamento sórdido en la Calle Cervantes, llamada antaño Calle del Moro, donde quiere la tradición que viviera algún tiempo el Manco de Lepanto.

Allá me fui quedando, allá tuve que quedarme. Como al bueno del Licenciado Vidriera, me enhechizó enseguida la apacibilidad de la vivienda salmantina. Traía yo aún fresco el asombro de mi lectura adulta, desopilante y escocesa del Quijote, de modo que me pareció pertinente y hasta justo sumergirme en la leyenda de Miguel de Cervantes. Lo hice como quien se despeña en una honda cima, en mansa burla de mí mismo, acaso en busca de más proezas, risas y encantamientos. Entre cátedras y catedrales, entre bibliotecas y mesones, perseguí dos fantasmas: el fantasma de Cervantes en la academia salmantina, y también, cómo negarlo, el fantasma de esa misma Salamanca en la obra de Cervantes.

Monumento a Miguel de Cervantes en la Plaza de las Cortes en Madrid, esculpido por Antonio Solá en 1835.
Monumento a Miguel de Cervantes en la Plaza de las Cortes en Madrid, esculpido por Antonio Solá en 1835.
©Luis García/WikiCommons



Ignoraba yo entonces la de asombros agridulces que me deparaba esa búsqueda. Del paso del escritor por Salamanca se sabía muy poco. Con fatiga hallé un par de historias rocambolescas sobre quienes habían buscado antes las huellas castellanas del autor del Quijote, historias de cervantistas ávidos, expedientes fugitivos y cartas robadas por investigadores ingenuos o mendaces, nada que constatase que Cervantes había estudiado en las mismas aulas por las que sin duda pasaron Fray Luis, Góngora, nuestro Alarcón. El silencio de los archivos de Simancas sugería que, si bien el alcalaíno había transitado efectivamente por aquellos andurriales, lo habría hecho como hizo todo en su vida: por las márgenes, a salto de mata, mirando quizá desde las callejuelas el paso altanero de los bachilleres y a los licenciados inciviles, maldiciendo en sus adentros la ironía cruel de haber nacido en otra ciudad universitaria y no poder cursar en esta otra. Lector en fuga, aventurero frustrado y sabio de arrabal, resignado a leer hasta los papeles rotos que se hallaba en las calles, aquel hijo segundo de un sacapotras de Alcalá habría nutrido una rara animadversión por la academia, tan deseada y tan aborrecida para él como lo serían después el cetro y la mitra de la España filipina. No era difícil imaginar que allí y así, aterido y miope en los portales paredaños con la subversiva Cueva de Salamanca, Cervantes se habría sentido espécimen de una fauna maldita: un abanderado de lo equívoco en los páramos de la univocidad académica, poeta entre lectores sin poesía, un insecto a quien se le cerraban las puertas del santuario donde sólo a los bachilleres se les permitía estudiar y enseñar entomología.

Frente al silencio de la historiografía y los archivos, me restaba acudir a la literatura de Cervantes para indagar en su inestable relación con Salamanca. El resultado fue tan tumultuario como desesperanzador: las muchas alusiones librescas del escritor a la academia sólo corroboraban su insalvable lío de admiración y rechazo, con la balanza inclinada un tanto hacia este último. Egresados de Salamanca eran nada menos que el rencoroso Sansón Carrasco, el taimado Lorenzo de Miranda, el emponzoñado Tomás Rodaja, el bravucón Corchuelo y el altivo licenciado que lo somete. También eran bachilleres salmantinos los falsos cautivos del Persiles, estirpe despreciada por Cervantes, donde las haya. En Salamanca o en su periferia transcurrían las más duras escenas de buena parte de su desigual teatro, varios negros pasajes de sus novelas ejemplares y, por supuesto, más de un descalabro del Quijote. En el torpón entremés de La cueva de Salamanca, el antiguo soldado desteñido por el cautiverio y el fracaso habría expuesto su menosprecio hacia todos aquellos que lo habían descastado, incluidas las academias, fuera universitarias, fuera literarias.

Por otra parte, Cervantes habría gestado una atendible y creciente afición hacia todo aquello que estuviese en la Otra Orilla, encuevado en las entrañas catedralicias y universitarias: las justificadas celestinas, los audaces rufianes, los regalados gitanos, los pícaros ilustres. Allí estaba ya no la afición sino el amor innegable aunque negado del alcalaíno por la verdad dura aunque movediza del hampa. Allí estaba su pasión por el lenguaje de la germanía, su convicción de que son el vulgo y el uso quienes enriquecen el habla. Allí estaba su hondo sentido de la realidad conmoviendo la rigidez de la retórica clásica. Allí estaban el humor y la ambigüedad consagrados como espacios críticos necesarios contra una institucionalidad cada vez más esclerótica y aferrada al carnaval que negaba lo que Cervantes padecía cada jornada: la debacle de la utopía, la esperpentización del sueño de pureza europeo frente a la realidad profunda de la impureza americana.

¿Cómo encajar tanta evidencia de un bifrontismo cervantino a las academias? ¿Cómo no compartirlo en este siglo de virtualidad y tirantez entre ortodoxias y heterodoxias de toda laya? Después de todo, pensé, esa intermitencia entre lo leve y lo pesado hizo de Cervantes el inconsciente sacudidor del castellano y el fundador de su modernidad. Como lector y contador de historias, no consigo no aplaudir tamaña subversión. No puedo no adorar la paradoja cervantina que refleja nuestro ser paradójico, nuestro hablar y escribir para y desde la contradicción que nos explica. Es un poético milagro que Cervantes embistiese con tanto amor y con tal furor a las instituciones que coronan nuestro modo de nombrarnos, una hazaña que luego él mismo se haya convertido en la piedra basal de las mismas torres castellanas desde las que otrora se despeñó, un portento que su retrato, también una ficción, adorne hoy el umbral de la Real Academia de la Lengua Española.

Con sus devaneos por y contra la academia, Cervantes nos enseña cuánto necesita el canon reconocer la ambigüedad y la impureza, es decir: cuánto pudieron contra el celoso Cañizares las diabólicas canciones del demoniaco Loaiza. La ortodoxia vence sobre sí misma sólo cuando escucha a los abogados más tozudos del habla quebradiza de la gente común. Desde las primeras líneas del Quijote, la volatilidad del idioma como sonrisa erasmiana se ha opuesto al rictus medieval petrificado de la lengua, una lengua que, con no ablandarse, no conmueve. Al ingresar en la academia por la puerta trasera, el alcalaíno ha embellecido a martillazos, con la lengua de la tribu, el duro mármol de la lengua del monarca y el obispo: contra la inamovilidad y la muerte, el habla movediza de la vida; frente al latín del púlpito y la cátedra, el balbuceo alegre del lenguaje otro; frente a los discursos sacralizantes y sordos, la burla destemplada y dialogante. Con su crítica, Cervantes nos recuerda que nacemos cada día de la sangre derramada en el feliz combate de dos linajes verbales: uno solemne y otro risueño, uno ancestral y otro gestante, el uno tan necesario como el otro.

El audaz carnaval verbal de los escritores irreverentes y marginados reprocesa la literatura y nos enriquece con un lenguaje corrompido como la realidad misma, un habla que va generando su propio artificio de ordenanzas pícaras, un discurso de apertura bruta que admite en principio todas las formas verbales liberando a la sintaxis de las ataduras de la ortodoxia vanamente obsesionada con la pureza.

II

No podía ser de otro modo: conocer las subversiones académicas de Cervantes marcaría con fuego y hierro mis últimos meses en Salamanca. Cierto día descubrí que la calle Cervantes, literalmente encajada en las entrañas de la Universidad Pontificia, ni más ni menos, era también la zona roja o el barrio chino de la ciudad. En los flancos de esa calle pululaban los prostíbulos, el malevaje agitanado y sudaca, los vendedores de droga. Allá caían también los bares atrabiliarios donde iban a beber su claridad los poetas José Hierro y Claudio Rodríguez, que escapaban sedientos a mi barrio en cuanto terminaban de impartir sus magistrales conferencias en los magistrales paraninfos universitarios. Entendí, en suma, que la calle del Moro era el hogar inframundano de la lengua, era la antiorilla salmantina donde pícaros, fregonas, estudiantes consumidos y poetas consumados apuraban esa vida impura e imperfecta que luego, irremediablemente, transfundirían a la momia ávida de las aulas donde se enseñaban trivios y cuadrivios.


Mundo Nuestro. Murió la semana pasada el escritor mexicano Ignacio Padilla a los 47 años de edad. Una gran pena para un país que tanto necesita de su mejor literatura. Reconocido en los años noventa como parte de la llamada generación del crack --una controversia ya olvidada, por cierto--, y con una obra confirmada y en ascenso, la narrativa madura de Nacho Padilla estaba por venir. Entre sus libros sobresalen los relatos Subterráneos (Premio Nacional de las Juventudes Alfonso Reyes 1989), novelas como Si volviesen sus Majestades y Espiral de artillería o cuentos como Las antípodas y el siglo (Premio Gilberto Owen 1999). La revista Nexos ha publicado este fin de semana tres textos de Nacho Padilla y una semblanza del novelista escrita por Luis Bugarini, escritor y crítico literario, autor de Estación Varsovia.

Ignacio Padilla, orfebre aventajado de la lengua



Por Luis Bugarini

Desde la muerte de Jorge Ibargüengoitia, las letras mexicanas no habían padecido una tragedia de estas proporciones. Se extingue una posibilidad, no obstante, una parte de la obra de Padilla ya existe para todos y se vuelve necesario regresar a ella. No como un homenaje ni como una forma de reparación del daño —imposible ante situaciones semejantes—, sino como una comprobación de su mérito como autor en un país que se agita para quedar libre de amarras. El gran bofetón para la comunidad de escritores que representa esta muerte, hace pensar en las recientes polémicas literarias: ¿qué dejan el rencor, la maledicencia, los disparos a quemarropa? ¿Qué se logró de la condena, el señalamiento, la impertinencia? Las obras subsisten, buenas o malas, a diferencia de los desplantes y los gestos tristes de la vida literaria. (Más...)

Textos de Ignacio Padilla en la revista Nexos:



De espiral de artillería

Su aldea enorme

Tres arañas y una cuarta intratable

Siempre volvía cargando un dolor que me aplastaba los ojos, como si la cabeza fuera un bola de acero a la que le hubieran inyectado un aire venenoso que la hacía crecer empujando desde adentro para ocuparlo todo. No sólo la cabeza, sino también los hombros, los brazos, el estómago, los pies.

Primero era ver a mis papás o a mi hermana y luego ponerme a llorar, porque sí, porque me moría de penas. De las dos penas: la de vergüenza y la de tristeza.



Yo había sido una niña dócil y alegre, no me gustaba incordiar, la pura palabra desacuerdo me asustaba. Y de repente, salidos de ninguna parte, aparecieron mis desmayos. Así se les llamó, en mi casa, durante mucho tiempo a lo que ahora se llama, si se nombra con naturalidad, crisis de epilepsia.

Seguir leyendo en Revista Nexos

http://www.nexos.com.mx/?p=28078



Ilustración: Gonzalo Tassier

Mundo Nuestro. Este texto del filósofo poblano Juan Carlos Canales fue leído por su autor en el homenaje que la BUAP le rindió al pensador argentino Raúl Dorra, miembro ya de la Academia Mexicana de la Lengua. , Avecindado en Puebla luego del golpe de estado del 25 de marzo de 1976 que sumió a aquella entrañable república en el horror de la dictadura militar es Dorra un pensador en el exilio que encontró su lugar en Puebla. Y desde nuestra universidad pública ha construido un pensamiento original y profundo alrededor del lenguaje poético, la semiótica y la literatura.



Esta es simplemente una carta escrita desde la urgencia que exige la admiración

Ningún homenaje, ningún premio, ningún reconocimiento puede darnos cabal cuenta de la magnitud de una obra y, en nuestro caso, de la magnitud de la obra de Raúl Dorra. Y al hablar de magnitud, no sólo me refiero a la cantidad de libros publicados por él, sino, fundamentalmente, al radio, la densidad y la voz de esa obra.

Radio que abarca desde los estudios medievales, el Martín Fierro, el tango, la poesía de Gloria Gervitz, el fenómeno de la lectura en el mundo contemporáneo o el verbo chingar. Pareciera que nada humano le fuera ajeno a Raúl.



Densidad, por la cantidad de líneas interpretativas que esa obra articula y resume para ofrecérnoslas con una luz renovada y lejos de cualquier ortodoxia, a la vez que es una apuesta por la inteligencia del lector en el espacio común y polifónico del texto donde dos subjetividades se encuentran y desde ese encuentro amparado por el azar y la necesidad, por la voz y el silencio se reinventan.

Y sobre todo la voz, gracias a la que, un discurso, sea cual sea, se hace único, singular, irrepetible

Cierto, ya se ha dicho muchas veces, aunque nunca sobre repetirlo: Raúl Dorra es uno de los más importantes escritores hispanoamericanos vivos. Junto a ello, afirmo, sin temor a equivocarme, que Raúl es, también, uno de los más singulares pensadores de nuestro continente. Si el ensayo continúa siendo un género relativamente marginal respecto a otros, Raúl Dorra ha dignificado como pocos esa tradición que arranca con Montaigne, pasa por Ezequiel Martínez Estrada o una figura más próxima a nosotros, como Roger Bartra, devolviéndole el lugar que merece en la literatura.

Cierto también, en el caso de Raúl Dorra es inútil pretender separar los puentes que unen --y separan-- la obra propiamente creativa con la ensayística, convirtiéndose, la primera en una permanente indagación sobre las posibilidades y límites del lenguaje, al mismo tiempo que de las posibilidades y límites de la construcción narrativa. En tanto el ensayo es la más clara impronta de la pasión. Raúl Dorra es una de esas extrañas aves del mundo intelectual, capaz de mezclar la más puntual erudición y rigor académicos con la propuesta de una aventura por vastos e insospechados territorios.

Con motivo de este encuentro, de esta celebración que es también nuestra celebración porque Raúl de muchas formas ya nos pertenece, he vuelto a uno de sus más fascinantes trabajos: La casa y el caracol, publicado en 2005. No me detendré en los detalles del libro; la más escueta reseña nos obligaría a permanecer aquí varías horas para desentrañar su riqueza, pero a lo largo de su lectura --lectura que es siempre una interrogación y no sólo un don-- me he preguntado una y otra vez qué es lo que permite a Raúl Dorra sumar en un solo texto, como el referido, un complejísimo mundo teórico que va de la lingüística a la antropología y el psicoanálisis para alumbrar la relación entre la voz y el cuerpo, al tiempo que la observancia enamorada, morosa, de un molusco como el caracol. Y me respondo que esa erudición, ese espíritu aristotélico que posee Raúl, sólo pueden estar alimentados por una fuente de carácter eminentemente ético: el asombro, Thamazein, que los modernos hemos olvidado por las exigencias de un mundo dominado por la técnica, el éxito, la eficiencia y la prisa. Asombro de estar en el mundo y frente al mundo, porque los hombres no sólo estamos en él sino frente al a él, confrontados con él y con nosotros mismos, lo que nos permite ser siempre otros, definirnos como una otredad radical, una diferencia, un resto que escapa y escurre de nuestra mismisidad, de nuestro ensimismamiento. Entonces es el cuerpo lo que verdaderamente nos apertura al mundo y permite una posición determinada frente a él. En este sentido, habría que rastrear en la obra el intento de Raúl por dar un paso más allá de, al menos, la fenomenología husserliana, cuyo edificio descansa en el yo y la conciencia. Al mismo tiempo, si el cuerpo es un discurso y el discurso un cuerpo, los lazos que los unen y que nos unen a ellos son los del habla y la escucha por las cuales el mundo es un acontecimiento polisémico y polifónico, no una fijeza, y el texto, una mandala de ese mundo definido por la diferencia, y por la producción infinita de otros acontecimientos.

A la par de su tarea como autor, tarea que implica un distanciamiento y a veces un diálogo con los muertos, hay que destacar la importante labor que Raúl Dorra ha desarrollado como profesor y difusor de la literatura. Señalo apenas su aporte en el aula para profundizar en los estudios de nuestra tradición hispánica o ampliar el horizonte de lo que suele llamarse “ciencias del lenguaje”. Si es cierto que a finales de los 70s --con lo que se ha llamado, no sé si con precisión, generación de la ruptura-- Puebla vivió una importante transformación en el modo de entender y hacer literatura, se lo debemos, en gran parte a Raúl Dorra; otra parte, no menos importante, a Miguel Donoso Pareja, recientemente fallecido.

El próximo 24, se cumplirán 40 años del golpe de Estado en Argentina. Nuestra universidad recibió una parte importante de exilio argentino, particularmente el proveniente de Córdoba. Figuras como Oscar del Barco, Raúl Dorra, Juan Carlos Grosso, Rodolfo Santander, Alberto Sladogna y Oscar Terán, entre otros, vinieron a cambiar el perfil humanístico de nuestra institución. Hoy, como un gesto de gratitud, los universitarios poblanos deberíamos extender el homenaje a Raúl Dorra hasta el de los múltiples exilios con los que nuestra universidad se ha visto beneficiada a lo largo del siglo XX. Nuestra mayor riqueza debería continuar siendo la pluralidad y el reconocimiento de la diferencia: no el lugar que ocupemos en las estadísticas educativas nacionales sobre eficiencia y eficacia. En un mundo dominado por la lógica del capital, el pragmatismo, la homegeneidad, la intolerancia, los odios raciales, la brutal violencia como la que se ha desatado en México en general, y en Puebla en particular, y la pauperización de la vida política e intelectual, debemos recoger el testamento del exilio, el de los exilios, y el de Raúl Dorra, de modo singular, para repensar nuestro lugar como universitarios de cara a ese mundo que parece deshacérsenos entre las manos, luego de la crisis de la utopías.

Mundo Nuestro. Raúl Dorra nació en 1937 en San Pedro de Jujuy, Argentina. Es uno de los muchos exilados argentinos que llegaron a Puebla tras el golpe de Estado del 25 de marzo de 1976. Aquella tragedia nos legó a uno de los más importantes pensadores sobre la lengua y la literatura en el mundo.

En el marco de su ingreso a la Academia Mexicana de la Lengua en agosto pasado presentamos este texto que forma parte de su discurso de aceptación, y que bien revela la ruta mexicana que siguió la construcción de su pensamiento por el análisis del lenguaje poético.



Aquí una perspectiva de sus principales publicaciones:

Los extremos del lenguaje en la poesía tradicional española (1981), De la lengua escrita (1982), La literatura puesta en juego (1986), Hablar de literatura (1989), Profeta sin honra (1994), Entre la voz y la letra (1997), La retórica como arte de la mirada (2002), Con el afán de la página (2003), La casa y el caracol: para una semiótica del cuerpo (2005/2006), Aquí en este destierro, (1967), Sermón sobre la muerte (1977), Los trabajos y las horas de Damián (1979), La canción de Eleonora (1981), La tierra del profeta (1997), Ofelia desvaría (1999) y La canción de Eleonora (nueva versión 2002).

A mí, que llevo exactamente cuarenta años de vida en México, lo que nunca deja de sorprenderme es que esta suerte de continuo regodeo en la producción de giros idiomáticos y piruetas argumentativas esté tan extensamente repartido en su población y alcance prácticamente por igual a todas las clases sociales que la integran. Yo podría decir que casi no he encontrado mexicano o mexicana despojados de agudeza verbal, aunque muchas veces la posición social que ocupan, o la profesión en que se desempeñan, los obligue a una conducta retraída y un habla cautelosa o protocolar. Me explico mejor: en los medios en que me muevo he encontrado a menudo, y por causas diversas, a personas cuya comunicación se muestra afectada por la inhibición o la timidez. Y sin embargo, por los años que llevo de observar conductas y sobre todo modalidades de habla, yo estoy siempre seguro de que esa persona –funcionario, estudiante o prestador de servicios– en cuanto se encuentre en una situación en la que se sienta relajado, en cuanto se afloje la corbata o aun encorbatado se beba algunas copas, se convertirá en una fuente de dichos ingeniosos y argumentaciones invencibles…

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