Literatura

Me disculpo con ustedes. Ya lo sé, llevo semanas de ausencia. Pero como empieza el año volveré a hacer la promesa que tantas veces rompo. He de escribir el día a día. Volver al intento de recontar las cosas que miro y oigo. Como tengo la memoria cada vez más altanera y rejega, temo olvidar cosas que ahora me alegran o conmueven y no poder contárselas con cierta mansedumbre y veracidad a mis hijos o a cualquiera de sus amables descendientes. Nunca falta un curioso en la familia y por ese curioso,con gran posibilidad curiosa, valdrá la pena el gusto de recordar. Cada vez se me olvidan más las cosas cercanas y los nombres de personas de renombre, sin embargo recuerdo con la precisión de Funes la tarde remota en que Héctor y yo llevamos a Rosario por primera vez al cine.
Son extraños los recuerdos. Llovía. Tengo claro que a pesar de haber corrido nos mojamos, pero recuerdo esa carrera como algo parecido a la felicidad primordial.
Vale la vida contar la vida. No todo acabará siendo memorable, pero uno no sabe qué querrá recordar con el tiempo. Así que he de conformarme con registrar las cosas que ahora me parezcan dignas de memoria. Ya me haré cargo si alguna vez me aburro en la vejez, esa promesa dorada que no quiero perderme, de pepenar lo que entonces sea importante. La verdad es que no quisiera olvidarme la luz de algunas tardes, la paz de otras, el cansancio de unas noches, la fiereza de algunos amaneceres.
Que tengamos un año mucho menos malo de lo que nos imaginamos.

Poesía para hoY: “El poeta es un fingidor./Finge tan completamente/que llega a fingir que es dolor/el dolor que en verdad siente.”
Musica para hoy: Esta boca es mía. Joaquín Sabina.

Diálogo de carmelitas. George Bernanos. Editorial Troquel, España, 1956



Es una obra de teatro del escritor francés Georges Bernanos (1888, París, Francia -1948, Nevilly-sur-Seine, Francia) que se basa en la novela La última en el cadalso (Die letzte am Schafott) de la escritora alemana Gertrud von Le Fort. En ella se recrea un hecho real que ocurre en 1794 cuando se degüella a catorce religiosas carmelitas y dos laicas, a su servicio, en los años del terror de la Revolución Francesa.

Viven en el monasterio de la pequeña localidad de Compiègne. Su delito es no querer dejar la vida religiosa. Fueron ejecutadas en Place du Trône-Renversé (Plaza del Trono derribado, actualmente Plaza de la Nación) en París. Y enterradas en fosas comunes en el cementerio parisino de Picpus. En 1906 fueron beatificadas por el papa Pio X.

Crónicas de la época cuentan que el 17 de julio de 1794, por la tarde, las carmelitas, una tras otra, subieron al cadalso. Lo hicieron con entereza cantando el himno Veni creator. Una a una recibió la bendición de la superiora, Teresa de San Agustín, ante de ser guillotinadas. Al final, ella entregó con igual dignidad su vida al Señor.



La obra de Bernanos es la que ha dado a conocer este hecho histórico, que pudo quedar inadvertido como sucedió con la muerte de otros sacerdotes, religiosos y religiosas que fueron victimados en tiempos de la Revolución Francesa. El texto es fruto de su madurez como dramaturgo y también su testamento literario.

En la obra, Blanca de la Force, una joven de familia rica, pide a su padre que la lleve al convento de Compiègne porque se siente llamada por Dios a la vida religiosa. La superiora piensa que no tiene vocación y que solo se trata de un capricho. No autoriza que Blanca emita sus votos.

La superiora solicita a la comunidad y al anciano capellán que a su muerte no se permita que Blanca profese. Así sucede, pero Blanca, que realmente tiene vocación religiosa, no se resigna y sigue insistiendo. Ella es fuerte y está preparada para enfrentar la situación.

Integrantes de un Comité Revolucionario violentan la clausura del convento para anunciar a las religiosas que ahora son solo ciudadanas. Y por lo mismo deben dejar sus hábitos y vivir en grupos, fuera del convento, de no más de dos personas, bajo la pena de guillotina en caso de no cumplirlo.

El Comité es duro con las religiosas, pero a Blanca, que no ha realizado los votos, le dice que está libre y puede regresar a su casa. Ella no acepta. Los revolucionarios se retiran y eso abre el espacio para que las carmelitas, las hijas de santa Teresa de Jesús, la grande, inicien un proceso de reflexión.

Las religiosas establecen unos diálogos que son sólo interrumpidos por insultos y el lanzamiento de objetos que les arrojan desde fuera. Las carmelitas afrontan con serenidad la posibilidad del martirio. Días después se hará realidad.

A Bernanos, esta obra le permite adentrarse a un tema que como creyente le importa: el misterio pascual, el paso de la muerte a la resurrección. Es un texto que redacta al final de su vida. Conecta con otros dos temas que trata a lo largo de su obra: la inocencia de los niños y la vitalidad de los jóvenes. (En 1968 leí la obra por primera vez. Me impresionó y marcó. Después vi la película).

Del Puerto Libre, de Ángeles Mastretta, publicado oriiginalmente en Nexos, noviembre 2016.

Tengo miedo. Lo escribo y me avergüenzo. ¿Miedo a qué? Ni de niña tuve miedo. Al abuelo Guzmán le gustaba contar cuentos. Nos sentábamos en el suelo a oír cómo tramaba sus historias.

Diez, dos, quince nietos, según a cuántos nos alcanzara la noche en su casa. Todas sus historias se nos hacían distintas. Sin embargo, él era leal a sus personajes. Siempre fueron los mismos, yendo y viniendo por países y lugares remotos. Los buenos eran un niño y su caballo alas de oro. Los malos, Cucurusmucus y sus macacos. El niño se llamaba Pirrín —nombre que no le hacía justicia a su valor—, y siempre andaba haciendo trabajos filantrópicos o redenciones diversas. Siempre, también, en su camino se atravesaban los ruines, a los que vencía una y otra vez hasta lograr su cometido. Entonces el abuelo hacía un silencio y dejaba que recobráramos el aliento.



01-caballos

Ilustración: Gonzalo Tassier

Luego volvía a empezar. Los macacos regresaban liderados por su jefe de nombre intimidante y, tras encontrar a nuestro héroe, se iban sobre él, que salía huyendo por toda clase de caminos adversos. Torrentes, montañas, mares, maizales. En los cuentos del abuelo no había ni una ciudad. Tampoco alguna casa. Todo pasaba al aire libre. Pirrín (casi le quiero cambiar el nombre) no tenía una familia, ni buena ni mala, sólo tenía al caballo alas de oro; mismo que cuando aparecía lo salvaba de todas, pero que muchas veces tardaba tanto en llegar que temblábamos pensando en que su atraso sería fatal. El niño sabía que llamarlo nada más era debido en situaciones extremas, porque el caballo ayudaba a mucha otra gente y el bien tenían que hacerlo las personas normales. Los seres extraordinarios sólo aparecían cuando ya no quedaba más remedio. Sólo entonces, desde el borde de un abismo o el pico de una montaña a punto de hacer erupción, rodeado de macacos y catástrofes naturales, podía el niño gritarle: ¡Caballito alas de oro! ¡Ven por mí!

Un silencio volvía a hacer el abuelo. Entiéndanlo, los jóvenes, no había caricaturas en la televisión, ni más películas que las de Walt Disney: una cada dos años y nunca con historias así de peligrosas. El abuelo era palabra de Dios. Y el destino de sus personajes se tramaba en la punta de su lengua mientras él nos miraba, pasmados, esperando que el caballo no fuera a tropezarse con algún relámpago, no fuera a caer en la penumbra de un cielo nublado, ni a tardarse de más.



Otro silencio, más largo, hacía el abuelo. Y al terminarlo levantaba los brazos mientras el caballo se acercaba volando a rescatar al niño listo para montarse en él como en una alfombra mágica.

Algo de magia y mito había en todo eso, sus palabras eran nuestro Harry Potter, más rogadas y al tiempo más accesibles que las que vienen en los libros con que J.K. Rowling ha acompañado a las generaciones de los últimos diecisiete años.

Yo admiro a J.K. Rowling. No descubro nada cuando digo que es de alegrarse el que haya puesto a leer a tantos niños. El que haya dejado en su aliento la certeza de que la fantasía puede ser realidad, de que el mundo es más amable con los humanos que confían en la ficción creada por las palabras.

Mis hijos no tuvieron abuelos cuenta cuentos. Para dormirlos, yo les canté hasta que se cansaron. Pero inventando cuentos nunca fui muy hábil. Las cosas que les conté eran todas ciertas, aunque ahora parezcan mentira. A las niñas nos dejaban quedarnos a dormir en el terreno fuera de la ciudad que tenían nuestros primos. Había un hombre de edad mediana, llamado don Casiano. Él cuidaba el jardín, y con él nos dejaban encargadas. Cinco niñas, entre diez y doce años, llegábamos al terreno haciendo más ruido que los cuatro caballos del Apocalipsis y tomábamos “la casita”. Una obra de arte del romanticismo construida para nosotros por el tío de apariencia menos novelera de entre todos. También por el más lector y por lo mismo tan hábil para imaginar otros mundos.

La planta de la casita no medía más de siete por siete. El techo era de dos aguas, tenía una altillo, una cocina, un balcón y una puerta dividida en dos, para abrir la mitad como si fuera una ventana. No tenía lavabo ni esos enseres mayores. Era para jugar. Había un baño en la otra, la del sitio en que comíamos. Pero esa quedaba lejos. No era fácil hacer una excursión a medianoche. Aun así, yo llegué a ir alguna vez cruzando el sembradío de alcachofas y el pequeño lago rodeado de carrizos. Nunca nos pasó nada. Nunca tuvimos miedo. Cosa que hasta hace muy poco me parecía lógica. Lo que no era lógico es que nuestros progenitores fueran tan confiados en la bondad natural de las personas. Jamás imaginaron esto que ahora sería lo primero en pensarse: es una barbaridad dejar solas a cinco hijas con el cuidador del jardín. ¿Qué tal si tenía amigos?, si aunque él fuera un buen hombre lo asaltaban unos vándalos y violaban a las niñas.

Nuestras madres, únicas responsables de los permisos, no eran miedosas, y consentían actos de audacia que ahora son impensables. Las llamaría temerarias, pero la verdad es que el mal no estaba en sus miras. No pensaban en él. En principio y en general, para ellas la gente era buena. Y la vida fue buena con nosotros, porque nunca tuvimos que comprobar lo contrario. Nadábamos en un río transparente y jamás pensó nadie que dejaría de serlo. Los periódicos no molestaban con el recuento de ejecuciones y las noticias daban cuenta de poco. A nuestro alrededor se comentaban los aguaceros y las semanas con luna creciente, los cumpleaños y los días de campo. Quizás no era así, pero así lo recuerdo. Los sábados había excursiones en bicicleta y muchos domingos teníamos un tío con un velero que nos llevaba a ver meterse el sol desde un lugar, entre los montes que hacían la presa de Valsequillo, llamado el Rincón Brujo. La confianza era la norma. Nadie pensaba que una niña y un viejo no debían pasar la tarde solos. Un día el viento pegó de tal manera que el velero se fue volteando y los dos nos caímos al agua helada. Se los conté a mis hijos otras veces: el tío llevaba siempre con él un frasco de Nescafé, lleno de ron con Coca Cola. Apurándose verificó que yo estuviera bien colgada de la orilla del bote al mismo tiempo en que alargaba un brazo para alcanzar el frasco que ya se hundía. Bebió tres largos tragos de su cuba libre y luego me dijo: “es hora de hacerse otra vez a la mar”. Y se puso a enderezar el velero en mitad de la presa sobre la que el sol iba cayendo. Desde la orilla, mi padre que tenía un poco más de sentido común, fue el único miembro del clan que se acercó a ver desde lejos la maniobra. “¿Qué les ha de pasar?” —dijeron, o pensaron, los demás. Porque nadie se movió de su silla.

El capitán, como llamábamos al tío Roberto, encauzó nuestra pequeña barca y me pidió que lo ayudara sosteniendo la cuerda que él jalaría para levantar la vela. Y volvimos como iluminados por Eurínome, la diosa creacionista de los griegos. Según invento yo que me contó él, alguna vez.

Mucha experiencia tenía el tío en maniobras de este tipo y otras. Como abogado, había sido el secretario particular del presidente Adolfo de la Huerta. Y cuando, tras un golpe de Estado, tuvieron que refugiarse en California, el tío fue actor en Hollywood y cantante de ópera en donde pudo. De paso escribió un libro gordo con las memorias de don Adolfo, como lo llamaba respetuosa y alegremente. Cuando yo tenía diez años, él tenía setenta y estaba jubilado de no sé qué cargo en el Poder Ejecutivo. Él tampoco habló nunca del miedo. Y en riesgo sí que habrá estado porque le tocó cruzar la revolución mexicana que era un riesgo en sí misma. Un poco menos que la guerra en que vivió mi padre cuya intrepidez desconocimos porque no hablaba de ella. Otro que si tuvo miedo nunca habló de él. Todo lo desagradable estaba guardado en una cajonera que no se abría nunca.

¿Qué me atrevo a temer? ¿La edad? ¿Las enciclopedias? ¿El tiempo que no me alcanzará para leerlas? ¿Cómo me atrevo a temer? Yo, que crecí entre fabuladores, temerarias y desmemoriados. No existía el miedo. Tampoco ha de cercarnos ahora. Voy a tener dos nietos, que han de encontrar caballos con las alas de oro.

Del absurdo cotidiano

Es verano y llueve en México. En este valle sobre el que imperan dos volcanes, en estos llanos, bajo estas nubes.
Aquí llueve en julio y agosto. Sobre todo en las tardes. Casi siempre amanece el cielo claro, luego se pone gris y tiembla con relámpagos anunciando tormentas que se cumplen y nos inundan. La enorme ciudad se llena de pantanos y de las alcantarillas brotan manantiales negros.
Suceden cosas así desde el tiempo de los dioses aztecas. La ciudad estaba hecha de lagos y ríos que en verano crecían sobre las casas y los templos. Por eso muchos de sus huertos eran flotantes. Y año con año se inundaban como se inundó la ciudad durante el Virreinato y como aún se inunda en estas fechas.
Quién sabe cuántos siglos de inundaciones ha contado la especie humana en estos rumbos, pero sus actuales representantes en el valle volvemos a sorprendernos cada verano. Tropezarse con la misma piedra es propio de los mexicanos como de cualesquiera otros, así que las generaciones del siglo veinte decidieron entubar, sellar y pavimentar los ríos y las barrancas cuyas aguas habían ido ensuciándose. De modo que las inundaciones siguen ilustrando las noticias en este siglo.
Sobre nosotros, desde la altura de su grandeza, los dos volcanes amanecen arrogantes y llenos de nieve. Aunque desde aquí casi nunca se ven. Ni en el verano ni en ningún otro tiempo, porque aquí el horizonte se angostó hace cuarenta años.

01-geografia

Mundo Nuestro. En agosto de 2012 el escritor, periodista y dramaturgo Vicente Leñero respondió con este discurso a la disertación "Elogio de la impureza" con la que Ignacio Padilla ingresó a a Academia Mexicana de la Lengua.

Parafraseando a quien empieza parafraseando el incípit fundacional de la primera gran novela mexicana de exportación, me siento impulsado a parodiar: vine a la sala Manuel M. Ponce porque me dijeron que hoy, 27 de septiembre de 2012 –año de la medalla olímpica del futbol mexicano–, Ignacio Padilla, un chamaco, un pibe, un chaval, un ñero, iba a pronunciar su discurso de ingreso a la Academia Mexicana de la Lengua como miembro correspondiente en la ciudad que tiene el nombre más bello, más eufónico –dice él– de la lengua española: Querétaro.



Don Ignacio Padilla, o simplemente Nacho, nació en 1968 lueguito de Tlatelolco. Suma apenas cuarenta y tres años –como la generación de mis hijas, oh Dios–, lo que establece un contrapunto notable con la mayoría de nosotros, los académicos viejos o los viejos académicos que nos vamos cayendo a cada rato como soldaditos de plomo, a canicazos.
Es rabiosamente joven y rabiosamente talentoso. No exagero el término: basta con leerlo o con escuchar ahora su discurso para demostrar la puntualidad del cebollazo.

Pertenece en su origen literario a una pandilla de escritores de su edad que para chacotearse, al parecer, de ese boom inventado por las editoriales hispanoamericanas en los años sesenta, o para coligarse con el ruido de sus figuras paternas, se autodefinieron con el sonoro término de un huevo que se rompe al brotar el polluelo, de una rama que se quiebra al clamor de “ahora vamos nosotros”: el publicitado crack.

Encabezado por Ignacio Padilla, Jorge Volpi, Pedro Ángel Palou, Ricardo Chávez Castañeda, Vicente Herrasti… la pandilla de cuates, luego de publicar un texto sobre su postura literaria –Instrucciones de uso–, se dio a la tarea de piar libros y cacarearlos con tino hasta que algunos consiguieron –crack, crack, crack– sembrar sus novelas con montañas de ejemplares en las librerías de México y del extranjero –las he visto en Madrid con azoro y sana envidia– y conseguir traducciones como quien palea grava y arena para el cemento de un camino cultural.

Entre los importantes de nuestra joven y vigorosa literatura mexicana del día de hoy, los chamacos del crack no son los únicos, por supuesto. Ahí están, enunciados al botepronto: Álvaro Uribe, David Toscana, Cristina Rivera Garza, Rosa Beltrán, Juan Villoro… Tantos más. Casi todos han rehuido, no desechado por decreto generacional, el mexicanismo del nopal y el llano en llamas, pero sí rescatado de sus mayores eso que llamamos, mordiéndome la lengua por su compleja explicación, la voluntad de la forma, el impulso de la experimentación narrativa. Es decir: los juegos con el tiempo, la versatilidad de los puntos de vista, la identidad enigmática de los personajes, las vueltas de tuerca, la materia oscura de lo que llamamos misterio, la precisión de una sintaxis que desentierra palabras sepultadas y construye edificios verbales sorpresivos…

Ignacio Padilla es un brillante ejemplo de esa narrativa empeñada en someter el qué de la historia a un exigente cómo. Cómo engarzar los elementos de una aventura de la imaginación tomando en cuenta a un lector igualmente creativo, capaz de acompañar al autor, a veces con repelos por tantos enredijos, en la necia aventura de vivir, de sufrir, de reír, de morir.



Nuestro querido Nacho –que es a quien me corresponde celebrar hoy, con mi sincero agradecimiento por haberme elegido para escoltarlo– tiene sobrados méritos de académico. No solamente por su amor a las palabras y su facilidad para decir lo que quiere decir con la alegría de su sintaxis pirotécnica, sino también, sobre todo, porque entiende ese engorroso fenómeno de “lo académico” en medio de una búsqueda artera para la desmitificación de la solemnidad.

Observados así como nos presentamos esta noche –cariserios, trajeados de oscuro, encorbatados y con el dogal de la venera–, los académicos producimos sin duda un efecto de solemnidad. No es errática la percepción de tal imagen, pero advierto: es un signo poético –me atrevería a decir– de respeto a lo que hacemos. De seriedad ante el mandato de cuidar el lenguaje heredado, de normarlo, de preservar su origen y su esencia, de saborearlo.

Durante décadas y siglos se quiso ver a la Academia, por amor de esa imagen hierática y solemne, la figura de un padre quisquilloso y regañón que cuida de ese niñolenguaje para que no se enlode en la impureza, para que no retobe, para que no se pierda en la compañía del malhablado de la calle que repite vocablos impropios. Pero los chicos crecen, mamita –diría Luis Sandrini–, y ese niñolenguaje se escapa por dondequiera para transitar las calles tenebrosas del vulgo que celebraban Lope y Cervantes y de ahí recoger palabras nuevas, palabrotas a veces, con las que se enuncia ya, sin eufemismos, lo que simplemente es. La grosería. El desgarriate. El neologismo impuro. El habla de la gente capaz de inventar o resucitar términos para convertir lo coloquial en una dramaturgia verosímil.

La Academia solemne –como la entendemos hoy, es decir, antisolemne– observa ya sin repudio el fenómeno de ese niñolenguaje convertido en mayor. Entre innúmeras tareas literarias de exploración y análisis, corrige, sí, gramática –sintaxis, ortografía, sentido– al tiempo en que registra, sobre todo valora y analiza, cómo se van modificando términos y modos de decir y escribir en el espacio abierto de pueblos, de regiones, de países que habitan con nuestra misma lengua.

Es notable el esfuerzo que realiza hoy la Academia Mexicana de la Lengua, por poner un ejemplo, para censar el habla del español local. El diccionario de mexicanismos, siempre en proceso y bajo la responsabilidad de la tenaz lexicógrafa doña Concepción Company Company, es una muestra de la flexibilidad con que se asume la investigación enfocada a saber cómo hablamos los que hablamos este bello idioma mexicano.

Entre lo ideal y lo real de una lengua orgullosamente manchada, “la lengua de la tribu” –según nos acaba de recordar Nacho Padilla–, entre la paradoja del Cervantes rechazado por la solemnidad y el Cervantes convertido en el profeta mayor de una academia como ahora sabemos entenderla –elástica y exigente– se produce la síntesis perfecta de una vital aspiración común, social, patriótica me gustaría subrayar: la defensa de nuestro lenguaje frecuentemente ofendido tanto por los puristas como por los malos escritores.

No deseo dictar la solapa completa de don Ignacio Padilla; prolongaría demasiado estos apuntes sobre el académico correspondiente en el histórico Querétaro.

Abrevio.

Estudió comunicación en la Universidad Iberoamericana, literatura en Sudáfrica y Escocia y se graduó como doctor en filología por la Universidad de Salamanca. De ahí le viene, creo, de su conocimiento, de su rigor de lingüista y de sus hábitos de lector compulsivo, esa veta cervantina poco frecuente en los escritores de su generación, y delatada por él mismo en un ensayo tan ambicioso como divertido: El diablo y Cervantes. Proviene, sin lugar a dudas, de su tesis doctoral de 1999 en Salamanca titulada El diablo y lo diabólico en la obra de Miguel de Cervantes. En ese jugoso ensayo de más 350 páginas y siete años de manía por el autor del Quijote –como lo ha evidenciado ahora en su discurso de ingreso–, el soldado de Lepanto se ve acompañado por un escudero que esta vez no es el Sancho Panza de su extraordinaria historia, sino una obsesión cervantina: el Diablo, el Maligno, la Bestia, Satanás… Padilla describe el fenómeno desde una perspectiva profundamente religiosa y socarronamente inquisitorial.

Numerosos textos breves y extensos –hasta una pieza dramatúrgica y algunas obras teatrales para niños– ha escrito nuestro nuevo académico. Y muchos premios ha ganado con ellos. A premio por obra, casi, lo que se antoja un hecho excepcional.

Cito algunos para demostrarlo. Premio Ediciones Castillo. Premio Kalpa de Ciencia Ficción. Premio Juan de la Cabada. Premio Juan Rulfo. Premio de Ensayo José Revueltas. Premio de Ensayo Rousset Banda por El diablo y Cervantes. Premio Mazatlán. Premio Málaga. Premio Semana de Gijón. Premio La Otra Orilla… Y siguen. Uf.

Nuestro amigo escritor, digo para concluir, es puntilloso con su prosa tallada como un árbol que se vuelve escultura. Es obsesivo en su empeño por florecer palabras que parecían perdidas. Es delicioso en ese humor escondido que delata un credo: toda narración es un juego, toda novela es un thriller, porque impulsa al lector a desentrañar, como el clásico inspector policiaco, las claves no necesariamente de un crimen sino del maravilloso misterio de la ficción, remedo siempre de la vida.

Para la Academia Mexicana de la Lengua representa una real ventura contar entre sus huestes a Ignacio Padilla: un chamaco irreverente de apenas 43 años.

Mundo Nuestro. La Revista de la Universidad de México publicó el texto Elogio de la impureza leído por el escritor Nacho Padilla al ser aceptado como miembro de la Academia Mexicana de la Lengua, en agosto del 2012.

A la memoria de Eulalio Ferrer y Miguel Capistrán.
Y al magisterio de Vicente Leñero y Gonzalo Celorio.



I

Fui a Salamanca porque me dijeron que por allá había pasado el autor del Persiles, un tal Miguel de Cervantes. Viví primero en una casa muy modesta en las riberas del Tormes, justo frente al toro de piedra que hizo ver estrellas al pobre Lazarillo. Pasé luego a un departamento sórdido en la Calle Cervantes, llamada antaño Calle del Moro, donde quiere la tradición que viviera algún tiempo el Manco de Lepanto.

Allá me fui quedando, allá tuve que quedarme. Como al bueno del Licenciado Vidriera, me enhechizó enseguida la apacibilidad de la vivienda salmantina. Traía yo aún fresco el asombro de mi lectura adulta, desopilante y escocesa del Quijote, de modo que me pareció pertinente y hasta justo sumergirme en la leyenda de Miguel de Cervantes. Lo hice como quien se despeña en una honda cima, en mansa burla de mí mismo, acaso en busca de más proezas, risas y encantamientos. Entre cátedras y catedrales, entre bibliotecas y mesones, perseguí dos fantasmas: el fantasma de Cervantes en la academia salmantina, y también, cómo negarlo, el fantasma de esa misma Salamanca en la obra de Cervantes.

Monumento a Miguel de Cervantes en la Plaza de las Cortes en Madrid, esculpido por Antonio Solá en 1835.
Monumento a Miguel de Cervantes en la Plaza de las Cortes en Madrid, esculpido por Antonio Solá en 1835.
©Luis García/WikiCommons



Ignoraba yo entonces la de asombros agridulces que me deparaba esa búsqueda. Del paso del escritor por Salamanca se sabía muy poco. Con fatiga hallé un par de historias rocambolescas sobre quienes habían buscado antes las huellas castellanas del autor del Quijote, historias de cervantistas ávidos, expedientes fugitivos y cartas robadas por investigadores ingenuos o mendaces, nada que constatase que Cervantes había estudiado en las mismas aulas por las que sin duda pasaron Fray Luis, Góngora, nuestro Alarcón. El silencio de los archivos de Simancas sugería que, si bien el alcalaíno había transitado efectivamente por aquellos andurriales, lo habría hecho como hizo todo en su vida: por las márgenes, a salto de mata, mirando quizá desde las callejuelas el paso altanero de los bachilleres y a los licenciados inciviles, maldiciendo en sus adentros la ironía cruel de haber nacido en otra ciudad universitaria y no poder cursar en esta otra. Lector en fuga, aventurero frustrado y sabio de arrabal, resignado a leer hasta los papeles rotos que se hallaba en las calles, aquel hijo segundo de un sacapotras de Alcalá habría nutrido una rara animadversión por la academia, tan deseada y tan aborrecida para él como lo serían después el cetro y la mitra de la España filipina. No era difícil imaginar que allí y así, aterido y miope en los portales paredaños con la subversiva Cueva de Salamanca, Cervantes se habría sentido espécimen de una fauna maldita: un abanderado de lo equívoco en los páramos de la univocidad académica, poeta entre lectores sin poesía, un insecto a quien se le cerraban las puertas del santuario donde sólo a los bachilleres se les permitía estudiar y enseñar entomología.

Frente al silencio de la historiografía y los archivos, me restaba acudir a la literatura de Cervantes para indagar en su inestable relación con Salamanca. El resultado fue tan tumultuario como desesperanzador: las muchas alusiones librescas del escritor a la academia sólo corroboraban su insalvable lío de admiración y rechazo, con la balanza inclinada un tanto hacia este último. Egresados de Salamanca eran nada menos que el rencoroso Sansón Carrasco, el taimado Lorenzo de Miranda, el emponzoñado Tomás Rodaja, el bravucón Corchuelo y el altivo licenciado que lo somete. También eran bachilleres salmantinos los falsos cautivos del Persiles, estirpe despreciada por Cervantes, donde las haya. En Salamanca o en su periferia transcurrían las más duras escenas de buena parte de su desigual teatro, varios negros pasajes de sus novelas ejemplares y, por supuesto, más de un descalabro del Quijote. En el torpón entremés de La cueva de Salamanca, el antiguo soldado desteñido por el cautiverio y el fracaso habría expuesto su menosprecio hacia todos aquellos que lo habían descastado, incluidas las academias, fuera universitarias, fuera literarias.

Por otra parte, Cervantes habría gestado una atendible y creciente afición hacia todo aquello que estuviese en la Otra Orilla, encuevado en las entrañas catedralicias y universitarias: las justificadas celestinas, los audaces rufianes, los regalados gitanos, los pícaros ilustres. Allí estaba ya no la afición sino el amor innegable aunque negado del alcalaíno por la verdad dura aunque movediza del hampa. Allí estaba su pasión por el lenguaje de la germanía, su convicción de que son el vulgo y el uso quienes enriquecen el habla. Allí estaba su hondo sentido de la realidad conmoviendo la rigidez de la retórica clásica. Allí estaban el humor y la ambigüedad consagrados como espacios críticos necesarios contra una institucionalidad cada vez más esclerótica y aferrada al carnaval que negaba lo que Cervantes padecía cada jornada: la debacle de la utopía, la esperpentización del sueño de pureza europeo frente a la realidad profunda de la impureza americana.

¿Cómo encajar tanta evidencia de un bifrontismo cervantino a las academias? ¿Cómo no compartirlo en este siglo de virtualidad y tirantez entre ortodoxias y heterodoxias de toda laya? Después de todo, pensé, esa intermitencia entre lo leve y lo pesado hizo de Cervantes el inconsciente sacudidor del castellano y el fundador de su modernidad. Como lector y contador de historias, no consigo no aplaudir tamaña subversión. No puedo no adorar la paradoja cervantina que refleja nuestro ser paradójico, nuestro hablar y escribir para y desde la contradicción que nos explica. Es un poético milagro que Cervantes embistiese con tanto amor y con tal furor a las instituciones que coronan nuestro modo de nombrarnos, una hazaña que luego él mismo se haya convertido en la piedra basal de las mismas torres castellanas desde las que otrora se despeñó, un portento que su retrato, también una ficción, adorne hoy el umbral de la Real Academia de la Lengua Española.

Con sus devaneos por y contra la academia, Cervantes nos enseña cuánto necesita el canon reconocer la ambigüedad y la impureza, es decir: cuánto pudieron contra el celoso Cañizares las diabólicas canciones del demoniaco Loaiza. La ortodoxia vence sobre sí misma sólo cuando escucha a los abogados más tozudos del habla quebradiza de la gente común. Desde las primeras líneas del Quijote, la volatilidad del idioma como sonrisa erasmiana se ha opuesto al rictus medieval petrificado de la lengua, una lengua que, con no ablandarse, no conmueve. Al ingresar en la academia por la puerta trasera, el alcalaíno ha embellecido a martillazos, con la lengua de la tribu, el duro mármol de la lengua del monarca y el obispo: contra la inamovilidad y la muerte, el habla movediza de la vida; frente al latín del púlpito y la cátedra, el balbuceo alegre del lenguaje otro; frente a los discursos sacralizantes y sordos, la burla destemplada y dialogante. Con su crítica, Cervantes nos recuerda que nacemos cada día de la sangre derramada en el feliz combate de dos linajes verbales: uno solemne y otro risueño, uno ancestral y otro gestante, el uno tan necesario como el otro.

El audaz carnaval verbal de los escritores irreverentes y marginados reprocesa la literatura y nos enriquece con un lenguaje corrompido como la realidad misma, un habla que va generando su propio artificio de ordenanzas pícaras, un discurso de apertura bruta que admite en principio todas las formas verbales liberando a la sintaxis de las ataduras de la ortodoxia vanamente obsesionada con la pureza.

II

No podía ser de otro modo: conocer las subversiones académicas de Cervantes marcaría con fuego y hierro mis últimos meses en Salamanca. Cierto día descubrí que la calle Cervantes, literalmente encajada en las entrañas de la Universidad Pontificia, ni más ni menos, era también la zona roja o el barrio chino de la ciudad. En los flancos de esa calle pululaban los prostíbulos, el malevaje agitanado y sudaca, los vendedores de droga. Allá caían también los bares atrabiliarios donde iban a beber su claridad los poetas José Hierro y Claudio Rodríguez, que escapaban sedientos a mi barrio en cuanto terminaban de impartir sus magistrales conferencias en los magistrales paraninfos universitarios. Entendí, en suma, que la calle del Moro era el hogar inframundano de la lengua, era la antiorilla salmantina donde pícaros, fregonas, estudiantes consumidos y poetas consumados apuraban esa vida impura e imperfecta que luego, irremediablemente, transfundirían a la momia ávida de las aulas donde se enseñaban trivios y cuadrivios.


Mundo Nuestro. Murió la semana pasada el escritor mexicano Ignacio Padilla a los 47 años de edad. Una gran pena para un país que tanto necesita de su mejor literatura. Reconocido en los años noventa como parte de la llamada generación del crack --una controversia ya olvidada, por cierto--, y con una obra confirmada y en ascenso, la narrativa madura de Nacho Padilla estaba por venir. Entre sus libros sobresalen los relatos Subterráneos (Premio Nacional de las Juventudes Alfonso Reyes 1989), novelas como Si volviesen sus Majestades y Espiral de artillería o cuentos como Las antípodas y el siglo (Premio Gilberto Owen 1999). La revista Nexos ha publicado este fin de semana tres textos de Nacho Padilla y una semblanza del novelista escrita por Luis Bugarini, escritor y crítico literario, autor de Estación Varsovia.

Ignacio Padilla, orfebre aventajado de la lengua



Por Luis Bugarini

Desde la muerte de Jorge Ibargüengoitia, las letras mexicanas no habían padecido una tragedia de estas proporciones. Se extingue una posibilidad, no obstante, una parte de la obra de Padilla ya existe para todos y se vuelve necesario regresar a ella. No como un homenaje ni como una forma de reparación del daño —imposible ante situaciones semejantes—, sino como una comprobación de su mérito como autor en un país que se agita para quedar libre de amarras. El gran bofetón para la comunidad de escritores que representa esta muerte, hace pensar en las recientes polémicas literarias: ¿qué dejan el rencor, la maledicencia, los disparos a quemarropa? ¿Qué se logró de la condena, el señalamiento, la impertinencia? Las obras subsisten, buenas o malas, a diferencia de los desplantes y los gestos tristes de la vida literaria. (Más...)

Textos de Ignacio Padilla en la revista Nexos:



De espiral de artillería

Su aldea enorme

Tres arañas y una cuarta intratable

Siempre volvía cargando un dolor que me aplastaba los ojos, como si la cabeza fuera un bola de acero a la que le hubieran inyectado un aire venenoso que la hacía crecer empujando desde adentro para ocuparlo todo. No sólo la cabeza, sino también los hombros, los brazos, el estómago, los pies.

Primero era ver a mis papás o a mi hermana y luego ponerme a llorar, porque sí, porque me moría de penas. De las dos penas: la de vergüenza y la de tristeza.



Yo había sido una niña dócil y alegre, no me gustaba incordiar, la pura palabra desacuerdo me asustaba. Y de repente, salidos de ninguna parte, aparecieron mis desmayos. Así se les llamó, en mi casa, durante mucho tiempo a lo que ahora se llama, si se nombra con naturalidad, crisis de epilepsia.

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Ilustración: Gonzalo Tassier

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