Literatura

Mundo Nuestro. Este viernes 3 de febrero, en el Auditorio Elena Garro, se presenta en Puebla la novela Las Aventuras de la Audaz Navegante. (BUAP-íItaca, Noviembre 2016), de Paulina Mastretta Yanes. Aquí el prólogo del libro de esta joven autora poblana.

De Paulina Mastretta Yanes



Prólogo

Una fuerte tormenta azota las costas de la isla, el agua se filtra entre las casas de la aldea. La joven de larga cabellera azul, vestida de blanco, con un pájaro del color del mar grabado en medio del traje, corre hacia el pueblo por la colina. Al llegar ve las casas destruidas y gente sin vida. El agua teñida de rojo se lleva los cadáveres.

La joven se horroriza y piensa en su familia.



Asustada, deja atrás el pueblo y sigue subiendo. A su paso encuentra a un anciano al borde de la muerte, se le acerca para tratar de ayudarlo. Él la aleja a gritos y le dice que escape. No hace caso e intenta acercarse, cuando lo toca ya está muerto.

Ella se queda inmóvil viendo el cadáver. Escucha la furia del mar. La lluvia cae sobre su cuerpo con tanta fuerza que le duele, pero no tanto como su corazón. El sonido de un derrumbe desde lo alto la hace reaccionar y corre hacia arriba. Tiene que saltar los riachuelos que se deslizan a través la montaña. Resbala por el lodo. Su voluntad de acero la hace no retroceder. Sólo tiene en mente encontrar a sus padres. Después de muchos tropiezos logra llegar a la cima. Lo primero que ve es su casa derrumbada. Bajo las ruinas sobresale el torso de una figura humana aún con vida. Reconoce de inmediato a la persona atrapada y corre en su ayuda. Al verla, su madre le dice que se aleje porque ellos llegarán en cualquier momento. La muchacha no hace caso y trata de levantar los maderos, pero le son demasiado pesados, sigue intentándolo hasta lesionarse los brazos.

Su madre le grita con voz autoritaria, ella la escucha. Le dice que debe irse de la isla y buscar a su hermano, luego sonríe y la mira deseándole suerte. Se abrazan: ambas lloran, poco a poco la madre cierra los ojos, se queda dormida en un profundo sueño del que no va a despertar.



La joven permanece en silencio. Un sonido escalofriante la perturba y escucha gritos y risas de criaturas seguramente escalofriantes. Besa con ternura a su madre y corre colina abajo hacia la playa. Los bramidos se encuentran entre ella y el mar. Tiene que tomar un atajo. Se desvía entre los árboles altos y arbustos espinosos. Todo va bien, por ahora, pero sabe que el camino se pondrá difícil más adelante. Se agacha y con la prisa uno de los espinos le rasga la cara, no se detiene. Arrastrándose cruza aquélla zona. Una que otra vez las espinas rasgan su ropa y sus brazos. Sigue su camino pues tiene que encontrar a su hermano, como le indicó su madre y ella nunca le ha fallado.

Llega por fin a una playa rocosa. Se fija en el mar furibundo y teme que de repente salga aquella criatura con cuerpo de serpiente de la que escuchó hablar a los viajeros.

Se espanta al escuchar gritos a su espalda. Debe elegir entre la serpiente marina o las criaturas. De algo está segura: olieron la sangre de sus heridas al rasgarse con los espinos.

Comienza acercarse a la orilla del mar saltando entre las rocas. Llega a un peñasco, desde ahí busca con la mirada algún barco o madero que le pueda servir de trasporte. Una ola se estrella contra la roca y la salpica. Busca retroceder, pero instantáneamente regresa a donde está al sentir el frío del agua en sus pies descalzos. Inquieta, busca sus zapatillas y las ve, arrastradas por el mar. Los gritos están a un solo paso, tiene que hacer algo o será demasiado tarde. Regresa la vista a las sandalias y las descubre golpeteando una pequeña barca, agradece a la deidad esa salvación. Salta al agua desde el peñasco. El mar está picado y apenas puede acercarse a la barca, pero tiene que llegar, de eso depende su vida. Escucha voces horribles que arriban a la playa, no desea voltear hasta alcanzar la lancha, antes de que sus fuerzas la abandonen.

Al fin llega a la barca, toma sus zapatillas que milagrosamente siguen flotando detenidas por el bote. Se empieza a alejar de la isla. Escucha un estruendo y una luz resplandeciente cae del cielo. Voltea hacia la playa y se queda pasmada al mirar a un joven de extraña armadura dorada. Una máscara blanca y negra cubre su rostro. Parece distinguir unos cabellos azulados que asoman de su casco. Se pregunta quién podrá ser y por qué tiene los cabellos azules, ya que su clan es el único con ese color. No tiene tiempo de pensar más, traes el joven caballero mira acercarse las temibles criaturas.

Son un ejército de seres amarillos con orejas puntiagudas y narices largas, tienen la cara llena de arrugas de la que sobresalen sus ojos rojos. Cada uno lleva un arma: hachas, arcos, lanzas y espadas. Ella ya no quiere saber más y se voltea. La barca se aleja de la costa arrastrada por el mar, hasta que una ola la avienta hacia las rocas.

En la playa el joven caballero susurra algunas palabras y desaparece. Un rayo cae sobre las criaturas, la niebla empieza a extenderse por la isla, a pesar de la lluvia.

Muy lejos de ahí, una hermosa doncella con un largo vestido blanco y cabello dorado observa la escena en un espejo y susurra:

–Ya es tiempo.

Mundo Nuestro. El domingo 22 de enero se cumplió el aniversario 89 del nacimiento del escritor mexicano Jorge Ibargüengoitia, fallecido en un accidente de aviación en Madrid, en 1983, a los 55 años de edad. Vale aquí recordarlo en la selección que en la revista Nexos ha realizado Kathya Millares de sus crónicas en el libro Viajes en la América Ignota.

“Se me podrá acusar de tratar sólo con una minoría selecta, pero hasta la fecha no he conocido ningún mexicano que tenga esperanza —y menos, que tengas ganas— de que sus huesos acaben en la rotonda de los Hombres Ilustres”.



“Al aprendiz de héroe: si no es uno calvo, o no tiene la costumbre de amarrarse un trapo a la cabeza, hay que cultivar algo que constituya un sello inconfundible, como, por ejemplo, usar anteojos cuadrados, dejarse crecer una barba extraordinaria, por lo hirsuto, por lo ralo, o por lo largo o por taparse un ojo con un parche, porque en los rasgos fisionómicos nadie se fija, y un héroe sin imagen, es como si no existiera”.

“El Pípila, hay que confesarlo, es un héroe perfecto. Su origen es oscuro, como es claro el lugar de su nacimiento. Como se ignora su apellido, no hay peligro de que sus descendientes vengan a exigir pensiones. Su actuación en la historia es breve, elocuente y decisiva. Sus palabras, ninguna”.

“Los monumentos sufren una evolución, de acuerdo, con las necesidades de los gobiernos que los mandan hacer”.

“[Al pie del Monumento a La Madre] Debería decir: ‘A la que en algunos casos, nos amó antes de conocernos y la que, por lo general, después de conocernos nos echó a perder’”.

“Es probable que en el futuro ya ni siquiera haya monumentos, sino que los edificios van a ser tan expresivos, que bastará con verlos para darse cuenta de las aspiraciones de un pueblo”.



“Al que me diga que en su pueblo nunca ha pasado nada, le respondo que por cálculo de probabilidades eso es imposible… en donde no se firmó un tratado se firmó un plan político o una sentencia de muerte. En donde no se dio una batalla, alguien fue fusilado, vio la luz por primera vez, o formó gobierno provisional. En el peor de los casos, alguien pasó la noche”.

“No hay crítica irrefutable, aunque sí muchas que merecen ser pasadas por alto”.

“El rey de los deportes acuáticos, o más propiamente dicho, de playa, es el concurso de belleza… Consiste en lo siguiente: hay que discernir quién es el más deforme de todas las personas que están en cien metros de playa”.



“Más vale ser mal recuerdo que pasar al olvido”.

“Si está comprobado científicamente que los malos recuerdos quedan más indeleblemente grabados en nuestra mente que los buenos, ¿qué caso tiene tratar de ser agradable?”.

“Se admiraban y se querían como suelen hacerlo las personas que no se conocen bien”.

“En México hay tantos bustos de Emiliano Zapata que nadie sabe ni dónde ponerlos”.

“Durante un tiempo se bautizó a los niños con los nombres de los santos o las vírgenes más populares. Esto redujo la nomenclatura notablemente. Proliferaron nombres como el de Carmen, Juan y José, y en las fechas de estas fiestas aumentaron de manera alarmante los accidentes por exceso de velocidad, los navajazos y los gallos”.

“Los nombres, que al verlos escritos en el acta de nacimiento dan la impresión de tener una forma definitiva, son en realidad material moldeable que va tomando con el uso formas diferentes”.

“Los nombres comunes y corrientes traducidos a idiomas extranjeros, como Frank, Elisabeth, Juliette, unidos a apellidos como González, Arozamena y Sánchez, ponen de manifiesto una ignorancia total del idioma nativo, o bien, ascendencia chicana”.

“El nombre con que bautice uno a sus hijos carece de importancia. No hay que olvidar que vivimos en México, que es un país en donde la gente se conoce más bien por sus defectos físicos que por su nombre. O, mejor dicho, en el que los defectos físicos sirven de nombre”.

“El mexicano nace, crece y se desarrolla en un ambiente de desconfianza hacia la policía”.

“La posición social del policía es semejante a la de los operadores de proyectores de películas —cácaros por mal nombre— a quienes el público no recuerda más que en momentos de desastre y para insultarlos”.

“Lo primero que hace un mexicano al conseguir un empleo, es contratar una criada”.

“Si [las trabajadoras del hogar] se organizaran, constituirían el sindicato más grande y poderoso”.

“Los trabajos que desempeñan las trabajadoras del hogar son de dos índoles: inventos del ama de casa y fruto de su neurosis… O bien, son trabajos que el ama de casa o una máquina podrían desempeñar con igual efectividad, si la primera no fuera tan holgazana y la segunda no fuera tan cara”.

“Para habitación de las trabajadoras del hogar, los arquitectos han inventado recintos especiales, cuyas superficie es igual a la aceptada como mínima en los parques zoológicos”.

“Cuando abrimos los ojos por primera vez, nos encontramos frente a una mujer que nos mira llena de ternura. Es nuestra madre. Hay que empezar a educarla sin pérdida de tiempo.

En primer lugar hay que corregirle el lenguaje… Cuando la madre diga ‘papos’, el infante debe contestar, severamente:

—Nada de ‘papos’: zapatos”.

“En la ignorancia fingida de la madre hay una mala fe notoria. Nos enseña a hablar como idiotas, y después cree que somos idiotas porque hablamos como ella nos enseñó”.

“En el fondo del cerebro de cada madre hay la esperanza de que su hijo llegue a ser un modelo. ¿Un modelo de qué? Nadie sabe. Pero un modelo”.

“Los teléfonos públicos lo son, no sólo porque cualquiera puede usarlos , sino porque cualquiera puede oír lo que dice el que lo está usando —excepto, en muchos casos, el que está del otro lado de la línea”.

Fuente: Jorge Ibargüengoitia, Viajes en la América ignota, Joaquín Mortiz, 1989.

Marcha seca

Marcha seca. Francesca Gargallo.Editorial Era, México, 1999.





Una escritora, por decisión propia y con su hija de cuatro años, decide vivir en medio del desierto al norte del país. Sólo la acompaña su trabajo y sus recuerdos que se despiertan con la visita de un viejo amigo, militante político, que conoció en los años de la universidad.

En esa lejanía cinco personas -la escritora, su hija, su amigo, un chamán indígena y un experto- se adentran en el territorio, en medio de una feroz sequía y un incendio devastador, para salvar a un grupo de mujeres y niñas amenazadas por el peligro del fuego.

La escritora, en tono íntimo de relato-reflexión, describe la marcha del grupo perseguido por el fuego en extensiones desoladas. La aventura parece destinada al fracaso, pero con la guía del indígena y la voluntad de la mujer, que se aferra a su hija, caminan decididos a vencer todos los obstáculos.

El desierto inmenso, la tierra seca y el fuego que avanza son actores centrales de la narración. La desolación del paisaje se impone. En él se desarrolla la vida. La lucha por la existencia en el desierto es difícil, pero también es placentera la sensación de libertad y fuerza que produce la contemplación del infinito.

En el marco del hilo conductor del texto, que es la marcha iniciática del grupo, se desarrollan historias secundarias. El conjunto de las mismas permite a la autora reflexionar y tomar una postura sobre el amor, la amistad, el miedo, la pareja, el desastre, el poder, la desilusión y los valores ancestrales y vivos de la cultura indígena.

La autora se propone la revaloración del mundo indígena y su cosmovisión. Los valores de los pueblos originarios están vivos y tiene mucho qué decir a la cultura Occidental. Es también una denuncia a las autoridades por su descuido del medio ambiente y por la nula eficacia de sus políticas públicas en la materia.

Al final del texto queda abierta una pregunta que no tiene respuesta: “¿Nos salvaremos?”. El hombre agrede de manera irresponsable a la naturaleza y atenta contra su propia vida. El futuro de la humanidad está en peligro. Las personas y los gobiernos no dan la atención que merece a ese problema que tiene un carácter trágico.

La obra tiene elementos de carácter autobiográfico. La escritura revela oficio. La autora de origen italiano escribe en castellano. El suyo es un español rico y elegante. La narración, en medio de un ambiente mágico, fluye y se concatena. El texto, que no es fácil, está bien construido y tiene ritmo y sonoridad poética.

La profesora italiana Cristina Ponisio dice de esta novela:“ (…) aborda temas de gran envergadura y se sostiene en la lucha entre los opuestos que siempre caracteriza la obra de la Gargallo: amor y odio, femenino y masculino, vida y muerte, campo y ciudad, indígena y criollo. El exasperado maniqueísmo de la narración es pretexto para expresar los intereses y las preocupaciones de nuestra escritora, cuya visión de la vida se centra en una actitud de tolerancia y de cultura del respeto”.

Francesca Gargallo (Roma, 1956). Desde 1979 vive en México. Es feminista, periodista, narradora, poeta y también profesora universitaria. Estudia filosofía en Roma y tiene un doctorado en estudios latinoamericanos por la UNAM. Ha publicado novela, poesía, cuento, textos infantiles, ensayos y traducciones.

Me disculpo con ustedes. Ya lo sé, llevo semanas de ausencia. Pero como empieza el año volveré a hacer la promesa que tantas veces rompo. He de escribir el día a día. Volver al intento de recontar las cosas que miro y oigo. Como tengo la memoria cada vez más altanera y rejega, temo olvidar cosas que ahora me alegran o conmueven y no poder contárselas con cierta mansedumbre y veracidad a mis hijos o a cualquiera de sus amables descendientes. Nunca falta un curioso en la familia y por ese curioso,con gran posibilidad curiosa, valdrá la pena el gusto de recordar. Cada vez se me olvidan más las cosas cercanas y los nombres de personas de renombre, sin embargo recuerdo con la precisión de Funes la tarde remota en que Héctor y yo llevamos a Rosario por primera vez al cine.
Son extraños los recuerdos. Llovía. Tengo claro que a pesar de haber corrido nos mojamos, pero recuerdo esa carrera como algo parecido a la felicidad primordial.
Vale la vida contar la vida. No todo acabará siendo memorable, pero uno no sabe qué querrá recordar con el tiempo. Así que he de conformarme con registrar las cosas que ahora me parezcan dignas de memoria. Ya me haré cargo si alguna vez me aburro en la vejez, esa promesa dorada que no quiero perderme, de pepenar lo que entonces sea importante. La verdad es que no quisiera olvidarme la luz de algunas tardes, la paz de otras, el cansancio de unas noches, la fiereza de algunos amaneceres.
Que tengamos un año mucho menos malo de lo que nos imaginamos.

Poesía para hoY: “El poeta es un fingidor./Finge tan completamente/que llega a fingir que es dolor/el dolor que en verdad siente.”
Musica para hoy: Esta boca es mía. Joaquín Sabina.

Diálogo de carmelitas. George Bernanos. Editorial Troquel, España, 1956



Es una obra de teatro del escritor francés Georges Bernanos (1888, París, Francia -1948, Nevilly-sur-Seine, Francia) que se basa en la novela La última en el cadalso (Die letzte am Schafott) de la escritora alemana Gertrud von Le Fort. En ella se recrea un hecho real que ocurre en 1794 cuando se degüella a catorce religiosas carmelitas y dos laicas, a su servicio, en los años del terror de la Revolución Francesa.

Viven en el monasterio de la pequeña localidad de Compiègne. Su delito es no querer dejar la vida religiosa. Fueron ejecutadas en Place du Trône-Renversé (Plaza del Trono derribado, actualmente Plaza de la Nación) en París. Y enterradas en fosas comunes en el cementerio parisino de Picpus. En 1906 fueron beatificadas por el papa Pio X.

Crónicas de la época cuentan que el 17 de julio de 1794, por la tarde, las carmelitas, una tras otra, subieron al cadalso. Lo hicieron con entereza cantando el himno Veni creator. Una a una recibió la bendición de la superiora, Teresa de San Agustín, ante de ser guillotinadas. Al final, ella entregó con igual dignidad su vida al Señor.



La obra de Bernanos es la que ha dado a conocer este hecho histórico, que pudo quedar inadvertido como sucedió con la muerte de otros sacerdotes, religiosos y religiosas que fueron victimados en tiempos de la Revolución Francesa. El texto es fruto de su madurez como dramaturgo y también su testamento literario.



En la obra, Blanca de la Force, una joven de familia rica, pide a su padre que la lleve al convento de Compiègne porque se siente llamada por Dios a la vida religiosa. La superiora piensa que no tiene vocación y que solo se trata de un capricho. No autoriza que Blanca emita sus votos.

La superiora solicita a la comunidad y al anciano capellán que a su muerte no se permita que Blanca profese. Así sucede, pero Blanca, que realmente tiene vocación religiosa, no se resigna y sigue insistiendo. Ella es fuerte y está preparada para enfrentar la situación.

Integrantes de un Comité Revolucionario violentan la clausura del convento para anunciar a las religiosas que ahora son solo ciudadanas. Y por lo mismo deben dejar sus hábitos y vivir en grupos, fuera del convento, de no más de dos personas, bajo la pena de guillotina en caso de no cumplirlo.

El Comité es duro con las religiosas, pero a Blanca, que no ha realizado los votos, le dice que está libre y puede regresar a su casa. Ella no acepta. Los revolucionarios se retiran y eso abre el espacio para que las carmelitas, las hijas de santa Teresa de Jesús, la grande, inicien un proceso de reflexión.

Las religiosas establecen unos diálogos que son sólo interrumpidos por insultos y el lanzamiento de objetos que les arrojan desde fuera. Las carmelitas afrontan con serenidad la posibilidad del martirio. Días después se hará realidad.

A Bernanos, esta obra le permite adentrarse a un tema que como creyente le importa: el misterio pascual, el paso de la muerte a la resurrección. Es un texto que redacta al final de su vida. Conecta con otros dos temas que trata a lo largo de su obra: la inocencia de los niños y la vitalidad de los jóvenes. (En 1968 leí la obra por primera vez. Me impresionó y marcó. Después vi la película).

Del Puerto Libre, de Ángeles Mastretta, publicado oriiginalmente en Nexos, noviembre 2016.

Tengo miedo. Lo escribo y me avergüenzo. ¿Miedo a qué? Ni de niña tuve miedo. Al abuelo Guzmán le gustaba contar cuentos. Nos sentábamos en el suelo a oír cómo tramaba sus historias.

Diez, dos, quince nietos, según a cuántos nos alcanzara la noche en su casa. Todas sus historias se nos hacían distintas. Sin embargo, él era leal a sus personajes. Siempre fueron los mismos, yendo y viniendo por países y lugares remotos. Los buenos eran un niño y su caballo alas de oro. Los malos, Cucurusmucus y sus macacos. El niño se llamaba Pirrín —nombre que no le hacía justicia a su valor—, y siempre andaba haciendo trabajos filantrópicos o redenciones diversas. Siempre, también, en su camino se atravesaban los ruines, a los que vencía una y otra vez hasta lograr su cometido. Entonces el abuelo hacía un silencio y dejaba que recobráramos el aliento.



01-caballos

Ilustración: Gonzalo Tassier

Luego volvía a empezar. Los macacos regresaban liderados por su jefe de nombre intimidante y, tras encontrar a nuestro héroe, se iban sobre él, que salía huyendo por toda clase de caminos adversos. Torrentes, montañas, mares, maizales. En los cuentos del abuelo no había ni una ciudad. Tampoco alguna casa. Todo pasaba al aire libre. Pirrín (casi le quiero cambiar el nombre) no tenía una familia, ni buena ni mala, sólo tenía al caballo alas de oro; mismo que cuando aparecía lo salvaba de todas, pero que muchas veces tardaba tanto en llegar que temblábamos pensando en que su atraso sería fatal. El niño sabía que llamarlo nada más era debido en situaciones extremas, porque el caballo ayudaba a mucha otra gente y el bien tenían que hacerlo las personas normales. Los seres extraordinarios sólo aparecían cuando ya no quedaba más remedio. Sólo entonces, desde el borde de un abismo o el pico de una montaña a punto de hacer erupción, rodeado de macacos y catástrofes naturales, podía el niño gritarle: ¡Caballito alas de oro! ¡Ven por mí!

Un silencio volvía a hacer el abuelo. Entiéndanlo, los jóvenes, no había caricaturas en la televisión, ni más películas que las de Walt Disney: una cada dos años y nunca con historias así de peligrosas. El abuelo era palabra de Dios. Y el destino de sus personajes se tramaba en la punta de su lengua mientras él nos miraba, pasmados, esperando que el caballo no fuera a tropezarse con algún relámpago, no fuera a caer en la penumbra de un cielo nublado, ni a tardarse de más.



Otro silencio, más largo, hacía el abuelo. Y al terminarlo levantaba los brazos mientras el caballo se acercaba volando a rescatar al niño listo para montarse en él como en una alfombra mágica.

Algo de magia y mito había en todo eso, sus palabras eran nuestro Harry Potter, más rogadas y al tiempo más accesibles que las que vienen en los libros con que J.K. Rowling ha acompañado a las generaciones de los últimos diecisiete años.

Yo admiro a J.K. Rowling. No descubro nada cuando digo que es de alegrarse el que haya puesto a leer a tantos niños. El que haya dejado en su aliento la certeza de que la fantasía puede ser realidad, de que el mundo es más amable con los humanos que confían en la ficción creada por las palabras.



Mis hijos no tuvieron abuelos cuenta cuentos. Para dormirlos, yo les canté hasta que se cansaron. Pero inventando cuentos nunca fui muy hábil. Las cosas que les conté eran todas ciertas, aunque ahora parezcan mentira. A las niñas nos dejaban quedarnos a dormir en el terreno fuera de la ciudad que tenían nuestros primos. Había un hombre de edad mediana, llamado don Casiano. Él cuidaba el jardín, y con él nos dejaban encargadas. Cinco niñas, entre diez y doce años, llegábamos al terreno haciendo más ruido que los cuatro caballos del Apocalipsis y tomábamos “la casita”. Una obra de arte del romanticismo construida para nosotros por el tío de apariencia menos novelera de entre todos. También por el más lector y por lo mismo tan hábil para imaginar otros mundos.

La planta de la casita no medía más de siete por siete. El techo era de dos aguas, tenía una altillo, una cocina, un balcón y una puerta dividida en dos, para abrir la mitad como si fuera una ventana. No tenía lavabo ni esos enseres mayores. Era para jugar. Había un baño en la otra, la del sitio en que comíamos. Pero esa quedaba lejos. No era fácil hacer una excursión a medianoche. Aun así, yo llegué a ir alguna vez cruzando el sembradío de alcachofas y el pequeño lago rodeado de carrizos. Nunca nos pasó nada. Nunca tuvimos miedo. Cosa que hasta hace muy poco me parecía lógica. Lo que no era lógico es que nuestros progenitores fueran tan confiados en la bondad natural de las personas. Jamás imaginaron esto que ahora sería lo primero en pensarse: es una barbaridad dejar solas a cinco hijas con el cuidador del jardín. ¿Qué tal si tenía amigos?, si aunque él fuera un buen hombre lo asaltaban unos vándalos y violaban a las niñas.

Nuestras madres, únicas responsables de los permisos, no eran miedosas, y consentían actos de audacia que ahora son impensables. Las llamaría temerarias, pero la verdad es que el mal no estaba en sus miras. No pensaban en él. En principio y en general, para ellas la gente era buena. Y la vida fue buena con nosotros, porque nunca tuvimos que comprobar lo contrario. Nadábamos en un río transparente y jamás pensó nadie que dejaría de serlo. Los periódicos no molestaban con el recuento de ejecuciones y las noticias daban cuenta de poco. A nuestro alrededor se comentaban los aguaceros y las semanas con luna creciente, los cumpleaños y los días de campo. Quizás no era así, pero así lo recuerdo. Los sábados había excursiones en bicicleta y muchos domingos teníamos un tío con un velero que nos llevaba a ver meterse el sol desde un lugar, entre los montes que hacían la presa de Valsequillo, llamado el Rincón Brujo. La confianza era la norma. Nadie pensaba que una niña y un viejo no debían pasar la tarde solos. Un día el viento pegó de tal manera que el velero se fue volteando y los dos nos caímos al agua helada. Se los conté a mis hijos otras veces: el tío llevaba siempre con él un frasco de Nescafé, lleno de ron con Coca Cola. Apurándose verificó que yo estuviera bien colgada de la orilla del bote al mismo tiempo en que alargaba un brazo para alcanzar el frasco que ya se hundía. Bebió tres largos tragos de su cuba libre y luego me dijo: “es hora de hacerse otra vez a la mar”. Y se puso a enderezar el velero en mitad de la presa sobre la que el sol iba cayendo. Desde la orilla, mi padre que tenía un poco más de sentido común, fue el único miembro del clan que se acercó a ver desde lejos la maniobra. “¿Qué les ha de pasar?” —dijeron, o pensaron, los demás. Porque nadie se movió de su silla.

El capitán, como llamábamos al tío Roberto, encauzó nuestra pequeña barca y me pidió que lo ayudara sosteniendo la cuerda que él jalaría para levantar la vela. Y volvimos como iluminados por Eurínome, la diosa creacionista de los griegos. Según invento yo que me contó él, alguna vez.

Mucha experiencia tenía el tío en maniobras de este tipo y otras. Como abogado, había sido el secretario particular del presidente Adolfo de la Huerta. Y cuando, tras un golpe de Estado, tuvieron que refugiarse en California, el tío fue actor en Hollywood y cantante de ópera en donde pudo. De paso escribió un libro gordo con las memorias de don Adolfo, como lo llamaba respetuosa y alegremente. Cuando yo tenía diez años, él tenía setenta y estaba jubilado de no sé qué cargo en el Poder Ejecutivo. Él tampoco habló nunca del miedo. Y en riesgo sí que habrá estado porque le tocó cruzar la revolución mexicana que era un riesgo en sí misma. Un poco menos que la guerra en que vivió mi padre cuya intrepidez desconocimos porque no hablaba de ella. Otro que si tuvo miedo nunca habló de él. Todo lo desagradable estaba guardado en una cajonera que no se abría nunca.

¿Qué me atrevo a temer? ¿La edad? ¿Las enciclopedias? ¿El tiempo que no me alcanzará para leerlas? ¿Cómo me atrevo a temer? Yo, que crecí entre fabuladores, temerarias y desmemoriados. No existía el miedo. Tampoco ha de cercarnos ahora. Voy a tener dos nietos, que han de encontrar caballos con las alas de oro.

Del absurdo cotidiano

Es verano y llueve en México. En este valle sobre el que imperan dos volcanes, en estos llanos, bajo estas nubes.
Aquí llueve en julio y agosto. Sobre todo en las tardes. Casi siempre amanece el cielo claro, luego se pone gris y tiembla con relámpagos anunciando tormentas que se cumplen y nos inundan. La enorme ciudad se llena de pantanos y de las alcantarillas brotan manantiales negros.
Suceden cosas así desde el tiempo de los dioses aztecas. La ciudad estaba hecha de lagos y ríos que en verano crecían sobre las casas y los templos. Por eso muchos de sus huertos eran flotantes. Y año con año se inundaban como se inundó la ciudad durante el Virreinato y como aún se inunda en estas fechas.
Quién sabe cuántos siglos de inundaciones ha contado la especie humana en estos rumbos, pero sus actuales representantes en el valle volvemos a sorprendernos cada verano. Tropezarse con la misma piedra es propio de los mexicanos como de cualesquiera otros, así que las generaciones del siglo veinte decidieron entubar, sellar y pavimentar los ríos y las barrancas cuyas aguas habían ido ensuciándose. De modo que las inundaciones siguen ilustrando las noticias en este siglo.
Sobre nosotros, desde la altura de su grandeza, los dos volcanes amanecen arrogantes y llenos de nieve. Aunque desde aquí casi nunca se ven. Ni en el verano ni en ningún otro tiempo, porque aquí el horizonte se angostó hace cuarenta años.

01-geografia

Mundo Nuestro. En agosto de 2012 el escritor, periodista y dramaturgo Vicente Leñero respondió con este discurso a la disertación "Elogio de la impureza" con la que Ignacio Padilla ingresó a a Academia Mexicana de la Lengua.

Parafraseando a quien empieza parafraseando el incípit fundacional de la primera gran novela mexicana de exportación, me siento impulsado a parodiar: vine a la sala Manuel M. Ponce porque me dijeron que hoy, 27 de septiembre de 2012 –año de la medalla olímpica del futbol mexicano–, Ignacio Padilla, un chamaco, un pibe, un chaval, un ñero, iba a pronunciar su discurso de ingreso a la Academia Mexicana de la Lengua como miembro correspondiente en la ciudad que tiene el nombre más bello, más eufónico –dice él– de la lengua española: Querétaro.



Don Ignacio Padilla, o simplemente Nacho, nació en 1968 lueguito de Tlatelolco. Suma apenas cuarenta y tres años –como la generación de mis hijas, oh Dios–, lo que establece un contrapunto notable con la mayoría de nosotros, los académicos viejos o los viejos académicos que nos vamos cayendo a cada rato como soldaditos de plomo, a canicazos.
Es rabiosamente joven y rabiosamente talentoso. No exagero el término: basta con leerlo o con escuchar ahora su discurso para demostrar la puntualidad del cebollazo.

Pertenece en su origen literario a una pandilla de escritores de su edad que para chacotearse, al parecer, de ese boom inventado por las editoriales hispanoamericanas en los años sesenta, o para coligarse con el ruido de sus figuras paternas, se autodefinieron con el sonoro término de un huevo que se rompe al brotar el polluelo, de una rama que se quiebra al clamor de “ahora vamos nosotros”: el publicitado crack.

Encabezado por Ignacio Padilla, Jorge Volpi, Pedro Ángel Palou, Ricardo Chávez Castañeda, Vicente Herrasti… la pandilla de cuates, luego de publicar un texto sobre su postura literaria –Instrucciones de uso–, se dio a la tarea de piar libros y cacarearlos con tino hasta que algunos consiguieron –crack, crack, crack– sembrar sus novelas con montañas de ejemplares en las librerías de México y del extranjero –las he visto en Madrid con azoro y sana envidia– y conseguir traducciones como quien palea grava y arena para el cemento de un camino cultural.

Entre los importantes de nuestra joven y vigorosa literatura mexicana del día de hoy, los chamacos del crack no son los únicos, por supuesto. Ahí están, enunciados al botepronto: Álvaro Uribe, David Toscana, Cristina Rivera Garza, Rosa Beltrán, Juan Villoro… Tantos más. Casi todos han rehuido, no desechado por decreto generacional, el mexicanismo del nopal y el llano en llamas, pero sí rescatado de sus mayores eso que llamamos, mordiéndome la lengua por su compleja explicación, la voluntad de la forma, el impulso de la experimentación narrativa. Es decir: los juegos con el tiempo, la versatilidad de los puntos de vista, la identidad enigmática de los personajes, las vueltas de tuerca, la materia oscura de lo que llamamos misterio, la precisión de una sintaxis que desentierra palabras sepultadas y construye edificios verbales sorpresivos…

Ignacio Padilla es un brillante ejemplo de esa narrativa empeñada en someter el qué de la historia a un exigente cómo. Cómo engarzar los elementos de una aventura de la imaginación tomando en cuenta a un lector igualmente creativo, capaz de acompañar al autor, a veces con repelos por tantos enredijos, en la necia aventura de vivir, de sufrir, de reír, de morir.



Nuestro querido Nacho –que es a quien me corresponde celebrar hoy, con mi sincero agradecimiento por haberme elegido para escoltarlo– tiene sobrados méritos de académico. No solamente por su amor a las palabras y su facilidad para decir lo que quiere decir con la alegría de su sintaxis pirotécnica, sino también, sobre todo, porque entiende ese engorroso fenómeno de “lo académico” en medio de una búsqueda artera para la desmitificación de la solemnidad.

Observados así como nos presentamos esta noche –cariserios, trajeados de oscuro, encorbatados y con el dogal de la venera–, los académicos producimos sin duda un efecto de solemnidad. No es errática la percepción de tal imagen, pero advierto: es un signo poético –me atrevería a decir– de respeto a lo que hacemos. De seriedad ante el mandato de cuidar el lenguaje heredado, de normarlo, de preservar su origen y su esencia, de saborearlo.

Durante décadas y siglos se quiso ver a la Academia, por amor de esa imagen hierática y solemne, la figura de un padre quisquilloso y regañón que cuida de ese niñolenguaje para que no se enlode en la impureza, para que no retobe, para que no se pierda en la compañía del malhablado de la calle que repite vocablos impropios. Pero los chicos crecen, mamita –diría Luis Sandrini–, y ese niñolenguaje se escapa por dondequiera para transitar las calles tenebrosas del vulgo que celebraban Lope y Cervantes y de ahí recoger palabras nuevas, palabrotas a veces, con las que se enuncia ya, sin eufemismos, lo que simplemente es. La grosería. El desgarriate. El neologismo impuro. El habla de la gente capaz de inventar o resucitar términos para convertir lo coloquial en una dramaturgia verosímil.



La Academia solemne –como la entendemos hoy, es decir, antisolemne– observa ya sin repudio el fenómeno de ese niñolenguaje convertido en mayor. Entre innúmeras tareas literarias de exploración y análisis, corrige, sí, gramática –sintaxis, ortografía, sentido– al tiempo en que registra, sobre todo valora y analiza, cómo se van modificando términos y modos de decir y escribir en el espacio abierto de pueblos, de regiones, de países que habitan con nuestra misma lengua.

Es notable el esfuerzo que realiza hoy la Academia Mexicana de la Lengua, por poner un ejemplo, para censar el habla del español local. El diccionario de mexicanismos, siempre en proceso y bajo la responsabilidad de la tenaz lexicógrafa doña Concepción Company Company, es una muestra de la flexibilidad con que se asume la investigación enfocada a saber cómo hablamos los que hablamos este bello idioma mexicano.

Entre lo ideal y lo real de una lengua orgullosamente manchada, “la lengua de la tribu” –según nos acaba de recordar Nacho Padilla–, entre la paradoja del Cervantes rechazado por la solemnidad y el Cervantes convertido en el profeta mayor de una academia como ahora sabemos entenderla –elástica y exigente– se produce la síntesis perfecta de una vital aspiración común, social, patriótica me gustaría subrayar: la defensa de nuestro lenguaje frecuentemente ofendido tanto por los puristas como por los malos escritores.

No deseo dictar la solapa completa de don Ignacio Padilla; prolongaría demasiado estos apuntes sobre el académico correspondiente en el histórico Querétaro.

Abrevio.

Estudió comunicación en la Universidad Iberoamericana, literatura en Sudáfrica y Escocia y se graduó como doctor en filología por la Universidad de Salamanca. De ahí le viene, creo, de su conocimiento, de su rigor de lingüista y de sus hábitos de lector compulsivo, esa veta cervantina poco frecuente en los escritores de su generación, y delatada por él mismo en un ensayo tan ambicioso como divertido: El diablo y Cervantes. Proviene, sin lugar a dudas, de su tesis doctoral de 1999 en Salamanca titulada El diablo y lo diabólico en la obra de Miguel de Cervantes. En ese jugoso ensayo de más 350 páginas y siete años de manía por el autor del Quijote –como lo ha evidenciado ahora en su discurso de ingreso–, el soldado de Lepanto se ve acompañado por un escudero que esta vez no es el Sancho Panza de su extraordinaria historia, sino una obsesión cervantina: el Diablo, el Maligno, la Bestia, Satanás… Padilla describe el fenómeno desde una perspectiva profundamente religiosa y socarronamente inquisitorial.

Numerosos textos breves y extensos –hasta una pieza dramatúrgica y algunas obras teatrales para niños– ha escrito nuestro nuevo académico. Y muchos premios ha ganado con ellos. A premio por obra, casi, lo que se antoja un hecho excepcional.

Cito algunos para demostrarlo. Premio Ediciones Castillo. Premio Kalpa de Ciencia Ficción. Premio Juan de la Cabada. Premio Juan Rulfo. Premio de Ensayo José Revueltas. Premio de Ensayo Rousset Banda por El diablo y Cervantes. Premio Mazatlán. Premio Málaga. Premio Semana de Gijón. Premio La Otra Orilla… Y siguen. Uf.

Nuestro amigo escritor, digo para concluir, es puntilloso con su prosa tallada como un árbol que se vuelve escultura. Es obsesivo en su empeño por florecer palabras que parecían perdidas. Es delicioso en ese humor escondido que delata un credo: toda narración es un juego, toda novela es un thriller, porque impulsa al lector a desentrañar, como el clásico inspector policiaco, las claves no necesariamente de un crimen sino del maravilloso misterio de la ficción, remedo siempre de la vida.

Para la Academia Mexicana de la Lengua representa una real ventura contar entre sus huestes a Ignacio Padilla: un chamaco irreverente de apenas 43 años.

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