Literatura

Mundo Nuestro. La Revista de la Universidad de México publicó el texto Elogio de la impureza leído por el escritor Nacho Padilla al ser aceptado como miembro de la Academia Mexicana de la Lengua, en agosto del 2012.

A la memoria de Eulalio Ferrer y Miguel Capistrán.
Y al magisterio de Vicente Leñero y Gonzalo Celorio.



I

Fui a Salamanca porque me dijeron que por allá había pasado el autor del Persiles, un tal Miguel de Cervantes. Viví primero en una casa muy modesta en las riberas del Tormes, justo frente al toro de piedra que hizo ver estrellas al pobre Lazarillo. Pasé luego a un departamento sórdido en la Calle Cervantes, llamada antaño Calle del Moro, donde quiere la tradición que viviera algún tiempo el Manco de Lepanto.

Allá me fui quedando, allá tuve que quedarme. Como al bueno del Licenciado Vidriera, me enhechizó enseguida la apacibilidad de la vivienda salmantina. Traía yo aún fresco el asombro de mi lectura adulta, desopilante y escocesa del Quijote, de modo que me pareció pertinente y hasta justo sumergirme en la leyenda de Miguel de Cervantes. Lo hice como quien se despeña en una honda cima, en mansa burla de mí mismo, acaso en busca de más proezas, risas y encantamientos. Entre cátedras y catedrales, entre bibliotecas y mesones, perseguí dos fantasmas: el fantasma de Cervantes en la academia salmantina, y también, cómo negarlo, el fantasma de esa misma Salamanca en la obra de Cervantes.

Monumento a Miguel de Cervantes en la Plaza de las Cortes en Madrid, esculpido por Antonio Solá en 1835.
Monumento a Miguel de Cervantes en la Plaza de las Cortes en Madrid, esculpido por Antonio Solá en 1835.
©Luis García/WikiCommons



Ignoraba yo entonces la de asombros agridulces que me deparaba esa búsqueda. Del paso del escritor por Salamanca se sabía muy poco. Con fatiga hallé un par de historias rocambolescas sobre quienes habían buscado antes las huellas castellanas del autor del Quijote, historias de cervantistas ávidos, expedientes fugitivos y cartas robadas por investigadores ingenuos o mendaces, nada que constatase que Cervantes había estudiado en las mismas aulas por las que sin duda pasaron Fray Luis, Góngora, nuestro Alarcón. El silencio de los archivos de Simancas sugería que, si bien el alcalaíno había transitado efectivamente por aquellos andurriales, lo habría hecho como hizo todo en su vida: por las márgenes, a salto de mata, mirando quizá desde las callejuelas el paso altanero de los bachilleres y a los licenciados inciviles, maldiciendo en sus adentros la ironía cruel de haber nacido en otra ciudad universitaria y no poder cursar en esta otra. Lector en fuga, aventurero frustrado y sabio de arrabal, resignado a leer hasta los papeles rotos que se hallaba en las calles, aquel hijo segundo de un sacapotras de Alcalá habría nutrido una rara animadversión por la academia, tan deseada y tan aborrecida para él como lo serían después el cetro y la mitra de la España filipina. No era difícil imaginar que allí y así, aterido y miope en los portales paredaños con la subversiva Cueva de Salamanca, Cervantes se habría sentido espécimen de una fauna maldita: un abanderado de lo equívoco en los páramos de la univocidad académica, poeta entre lectores sin poesía, un insecto a quien se le cerraban las puertas del santuario donde sólo a los bachilleres se les permitía estudiar y enseñar entomología.

Frente al silencio de la historiografía y los archivos, me restaba acudir a la literatura de Cervantes para indagar en su inestable relación con Salamanca. El resultado fue tan tumultuario como desesperanzador: las muchas alusiones librescas del escritor a la academia sólo corroboraban su insalvable lío de admiración y rechazo, con la balanza inclinada un tanto hacia este último. Egresados de Salamanca eran nada menos que el rencoroso Sansón Carrasco, el taimado Lorenzo de Miranda, el emponzoñado Tomás Rodaja, el bravucón Corchuelo y el altivo licenciado que lo somete. También eran bachilleres salmantinos los falsos cautivos del Persiles, estirpe despreciada por Cervantes, donde las haya. En Salamanca o en su periferia transcurrían las más duras escenas de buena parte de su desigual teatro, varios negros pasajes de sus novelas ejemplares y, por supuesto, más de un descalabro del Quijote. En el torpón entremés de La cueva de Salamanca, el antiguo soldado desteñido por el cautiverio y el fracaso habría expuesto su menosprecio hacia todos aquellos que lo habían descastado, incluidas las academias, fuera universitarias, fuera literarias.



Por otra parte, Cervantes habría gestado una atendible y creciente afición hacia todo aquello que estuviese en la Otra Orilla, encuevado en las entrañas catedralicias y universitarias: las justificadas celestinas, los audaces rufianes, los regalados gitanos, los pícaros ilustres. Allí estaba ya no la afición sino el amor innegable aunque negado del alcalaíno por la verdad dura aunque movediza del hampa. Allí estaba su pasión por el lenguaje de la germanía, su convicción de que son el vulgo y el uso quienes enriquecen el habla. Allí estaba su hondo sentido de la realidad conmoviendo la rigidez de la retórica clásica. Allí estaban el humor y la ambigüedad consagrados como espacios críticos necesarios contra una institucionalidad cada vez más esclerótica y aferrada al carnaval que negaba lo que Cervantes padecía cada jornada: la debacle de la utopía, la esperpentización del sueño de pureza europeo frente a la realidad profunda de la impureza americana.

¿Cómo encajar tanta evidencia de un bifrontismo cervantino a las academias? ¿Cómo no compartirlo en este siglo de virtualidad y tirantez entre ortodoxias y heterodoxias de toda laya? Después de todo, pensé, esa intermitencia entre lo leve y lo pesado hizo de Cervantes el inconsciente sacudidor del castellano y el fundador de su modernidad. Como lector y contador de historias, no consigo no aplaudir tamaña subversión. No puedo no adorar la paradoja cervantina que refleja nuestro ser paradójico, nuestro hablar y escribir para y desde la contradicción que nos explica. Es un poético milagro que Cervantes embistiese con tanto amor y con tal furor a las instituciones que coronan nuestro modo de nombrarnos, una hazaña que luego él mismo se haya convertido en la piedra basal de las mismas torres castellanas desde las que otrora se despeñó, un portento que su retrato, también una ficción, adorne hoy el umbral de la Real Academia de la Lengua Española.

Con sus devaneos por y contra la academia, Cervantes nos enseña cuánto necesita el canon reconocer la ambigüedad y la impureza, es decir: cuánto pudieron contra el celoso Cañizares las diabólicas canciones del demoniaco Loaiza. La ortodoxia vence sobre sí misma sólo cuando escucha a los abogados más tozudos del habla quebradiza de la gente común. Desde las primeras líneas del Quijote, la volatilidad del idioma como sonrisa erasmiana se ha opuesto al rictus medieval petrificado de la lengua, una lengua que, con no ablandarse, no conmueve. Al ingresar en la academia por la puerta trasera, el alcalaíno ha embellecido a martillazos, con la lengua de la tribu, el duro mármol de la lengua del monarca y el obispo: contra la inamovilidad y la muerte, el habla movediza de la vida; frente al latín del púlpito y la cátedra, el balbuceo alegre del lenguaje otro; frente a los discursos sacralizantes y sordos, la burla destemplada y dialogante. Con su crítica, Cervantes nos recuerda que nacemos cada día de la sangre derramada en el feliz combate de dos linajes verbales: uno solemne y otro risueño, uno ancestral y otro gestante, el uno tan necesario como el otro.

El audaz carnaval verbal de los escritores irreverentes y marginados reprocesa la literatura y nos enriquece con un lenguaje corrompido como la realidad misma, un habla que va generando su propio artificio de ordenanzas pícaras, un discurso de apertura bruta que admite en principio todas las formas verbales liberando a la sintaxis de las ataduras de la ortodoxia vanamente obsesionada con la pureza.

II

No podía ser de otro modo: conocer las subversiones académicas de Cervantes marcaría con fuego y hierro mis últimos meses en Salamanca. Cierto día descubrí que la calle Cervantes, literalmente encajada en las entrañas de la Universidad Pontificia, ni más ni menos, era también la zona roja o el barrio chino de la ciudad. En los flancos de esa calle pululaban los prostíbulos, el malevaje agitanado y sudaca, los vendedores de droga. Allá caían también los bares atrabiliarios donde iban a beber su claridad los poetas José Hierro y Claudio Rodríguez, que escapaban sedientos a mi barrio en cuanto terminaban de impartir sus magistrales conferencias en los magistrales paraninfos universitarios. Entendí, en suma, que la calle del Moro era el hogar inframundano de la lengua, era la antiorilla salmantina donde pícaros, fregonas, estudiantes consumidos y poetas consumados apuraban esa vida impura e imperfecta que luego, irremediablemente, transfundirían a la momia ávida de las aulas donde se enseñaban trivios y cuadrivios.


Mundo Nuestro. Murió la semana pasada el escritor mexicano Ignacio Padilla a los 47 años de edad. Una gran pena para un país que tanto necesita de su mejor literatura. Reconocido en los años noventa como parte de la llamada generación del crack --una controversia ya olvidada, por cierto--, y con una obra confirmada y en ascenso, la narrativa madura de Nacho Padilla estaba por venir. Entre sus libros sobresalen los relatos Subterráneos (Premio Nacional de las Juventudes Alfonso Reyes 1989), novelas como Si volviesen sus Majestades y Espiral de artillería o cuentos como Las antípodas y el siglo (Premio Gilberto Owen 1999). La revista Nexos ha publicado este fin de semana tres textos de Nacho Padilla y una semblanza del novelista escrita por Luis Bugarini, escritor y crítico literario, autor de Estación Varsovia.

Ignacio Padilla, orfebre aventajado de la lengua



Por Luis Bugarini

Desde la muerte de Jorge Ibargüengoitia, las letras mexicanas no habían padecido una tragedia de estas proporciones. Se extingue una posibilidad, no obstante, una parte de la obra de Padilla ya existe para todos y se vuelve necesario regresar a ella. No como un homenaje ni como una forma de reparación del daño —imposible ante situaciones semejantes—, sino como una comprobación de su mérito como autor en un país que se agita para quedar libre de amarras. El gran bofetón para la comunidad de escritores que representa esta muerte, hace pensar en las recientes polémicas literarias: ¿qué dejan el rencor, la maledicencia, los disparos a quemarropa? ¿Qué se logró de la condena, el señalamiento, la impertinencia? Las obras subsisten, buenas o malas, a diferencia de los desplantes y los gestos tristes de la vida literaria. (Más...)

Textos de Ignacio Padilla en la revista Nexos:



De espiral de artillería

Su aldea enorme



Tres arañas y una cuarta intratable

Siempre volvía cargando un dolor que me aplastaba los ojos, como si la cabeza fuera un bola de acero a la que le hubieran inyectado un aire venenoso que la hacía crecer empujando desde adentro para ocuparlo todo. No sólo la cabeza, sino también los hombros, los brazos, el estómago, los pies.

Primero era ver a mis papás o a mi hermana y luego ponerme a llorar, porque sí, porque me moría de penas. De las dos penas: la de vergüenza y la de tristeza.



Yo había sido una niña dócil y alegre, no me gustaba incordiar, la pura palabra desacuerdo me asustaba. Y de repente, salidos de ninguna parte, aparecieron mis desmayos. Así se les llamó, en mi casa, durante mucho tiempo a lo que ahora se llama, si se nombra con naturalidad, crisis de epilepsia.

Seguir leyendo en Revista Nexos

http://www.nexos.com.mx/?p=28078



Ilustración: Gonzalo Tassier



Mundo Nuestro. Este texto del filósofo poblano Juan Carlos Canales fue leído por su autor en el homenaje que la BUAP le rindió al pensador argentino Raúl Dorra, miembro ya de la Academia Mexicana de la Lengua. , Avecindado en Puebla luego del golpe de estado del 25 de marzo de 1976 que sumió a aquella entrañable república en el horror de la dictadura militar es Dorra un pensador en el exilio que encontró su lugar en Puebla. Y desde nuestra universidad pública ha construido un pensamiento original y profundo alrededor del lenguaje poético, la semiótica y la literatura.



Esta es simplemente una carta escrita desde la urgencia que exige la admiración

Ningún homenaje, ningún premio, ningún reconocimiento puede darnos cabal cuenta de la magnitud de una obra y, en nuestro caso, de la magnitud de la obra de Raúl Dorra. Y al hablar de magnitud, no sólo me refiero a la cantidad de libros publicados por él, sino, fundamentalmente, al radio, la densidad y la voz de esa obra.

Radio que abarca desde los estudios medievales, el Martín Fierro, el tango, la poesía de Gloria Gervitz, el fenómeno de la lectura en el mundo contemporáneo o el verbo chingar. Pareciera que nada humano le fuera ajeno a Raúl.



Densidad, por la cantidad de líneas interpretativas que esa obra articula y resume para ofrecérnoslas con una luz renovada y lejos de cualquier ortodoxia, a la vez que es una apuesta por la inteligencia del lector en el espacio común y polifónico del texto donde dos subjetividades se encuentran y desde ese encuentro amparado por el azar y la necesidad, por la voz y el silencio se reinventan.

Y sobre todo la voz, gracias a la que, un discurso, sea cual sea, se hace único, singular, irrepetible

Cierto, ya se ha dicho muchas veces, aunque nunca sobre repetirlo: Raúl Dorra es uno de los más importantes escritores hispanoamericanos vivos. Junto a ello, afirmo, sin temor a equivocarme, que Raúl es, también, uno de los más singulares pensadores de nuestro continente. Si el ensayo continúa siendo un género relativamente marginal respecto a otros, Raúl Dorra ha dignificado como pocos esa tradición que arranca con Montaigne, pasa por Ezequiel Martínez Estrada o una figura más próxima a nosotros, como Roger Bartra, devolviéndole el lugar que merece en la literatura.



Cierto también, en el caso de Raúl Dorra es inútil pretender separar los puentes que unen --y separan-- la obra propiamente creativa con la ensayística, convirtiéndose, la primera en una permanente indagación sobre las posibilidades y límites del lenguaje, al mismo tiempo que de las posibilidades y límites de la construcción narrativa. En tanto el ensayo es la más clara impronta de la pasión. Raúl Dorra es una de esas extrañas aves del mundo intelectual, capaz de mezclar la más puntual erudición y rigor académicos con la propuesta de una aventura por vastos e insospechados territorios.

Con motivo de este encuentro, de esta celebración que es también nuestra celebración porque Raúl de muchas formas ya nos pertenece, he vuelto a uno de sus más fascinantes trabajos: La casa y el caracol, publicado en 2005. No me detendré en los detalles del libro; la más escueta reseña nos obligaría a permanecer aquí varías horas para desentrañar su riqueza, pero a lo largo de su lectura --lectura que es siempre una interrogación y no sólo un don-- me he preguntado una y otra vez qué es lo que permite a Raúl Dorra sumar en un solo texto, como el referido, un complejísimo mundo teórico que va de la lingüística a la antropología y el psicoanálisis para alumbrar la relación entre la voz y el cuerpo, al tiempo que la observancia enamorada, morosa, de un molusco como el caracol. Y me respondo que esa erudición, ese espíritu aristotélico que posee Raúl, sólo pueden estar alimentados por una fuente de carácter eminentemente ético: el asombro, Thamazein, que los modernos hemos olvidado por las exigencias de un mundo dominado por la técnica, el éxito, la eficiencia y la prisa. Asombro de estar en el mundo y frente al mundo, porque los hombres no sólo estamos en él sino frente al a él, confrontados con él y con nosotros mismos, lo que nos permite ser siempre otros, definirnos como una otredad radical, una diferencia, un resto que escapa y escurre de nuestra mismisidad, de nuestro ensimismamiento. Entonces es el cuerpo lo que verdaderamente nos apertura al mundo y permite una posición determinada frente a él. En este sentido, habría que rastrear en la obra el intento de Raúl por dar un paso más allá de, al menos, la fenomenología husserliana, cuyo edificio descansa en el yo y la conciencia. Al mismo tiempo, si el cuerpo es un discurso y el discurso un cuerpo, los lazos que los unen y que nos unen a ellos son los del habla y la escucha por las cuales el mundo es un acontecimiento polisémico y polifónico, no una fijeza, y el texto, una mandala de ese mundo definido por la diferencia, y por la producción infinita de otros acontecimientos.

A la par de su tarea como autor, tarea que implica un distanciamiento y a veces un diálogo con los muertos, hay que destacar la importante labor que Raúl Dorra ha desarrollado como profesor y difusor de la literatura. Señalo apenas su aporte en el aula para profundizar en los estudios de nuestra tradición hispánica o ampliar el horizonte de lo que suele llamarse “ciencias del lenguaje”. Si es cierto que a finales de los 70s --con lo que se ha llamado, no sé si con precisión, generación de la ruptura-- Puebla vivió una importante transformación en el modo de entender y hacer literatura, se lo debemos, en gran parte a Raúl Dorra; otra parte, no menos importante, a Miguel Donoso Pareja, recientemente fallecido.

El próximo 24, se cumplirán 40 años del golpe de Estado en Argentina. Nuestra universidad recibió una parte importante de exilio argentino, particularmente el proveniente de Córdoba. Figuras como Oscar del Barco, Raúl Dorra, Juan Carlos Grosso, Rodolfo Santander, Alberto Sladogna y Oscar Terán, entre otros, vinieron a cambiar el perfil humanístico de nuestra institución. Hoy, como un gesto de gratitud, los universitarios poblanos deberíamos extender el homenaje a Raúl Dorra hasta el de los múltiples exilios con los que nuestra universidad se ha visto beneficiada a lo largo del siglo XX. Nuestra mayor riqueza debería continuar siendo la pluralidad y el reconocimiento de la diferencia: no el lugar que ocupemos en las estadísticas educativas nacionales sobre eficiencia y eficacia. En un mundo dominado por la lógica del capital, el pragmatismo, la homegeneidad, la intolerancia, los odios raciales, la brutal violencia como la que se ha desatado en México en general, y en Puebla en particular, y la pauperización de la vida política e intelectual, debemos recoger el testamento del exilio, el de los exilios, y el de Raúl Dorra, de modo singular, para repensar nuestro lugar como universitarios de cara a ese mundo que parece deshacérsenos entre las manos, luego de la crisis de la utopías.

Mundo Nuestro. Raúl Dorra nació en 1937 en San Pedro de Jujuy, Argentina. Es uno de los muchos exilados argentinos que llegaron a Puebla tras el golpe de Estado del 25 de marzo de 1976. Aquella tragedia nos legó a uno de los más importantes pensadores sobre la lengua y la literatura en el mundo.

En el marco de su ingreso a la Academia Mexicana de la Lengua en agosto pasado presentamos este texto que forma parte de su discurso de aceptación, y que bien revela la ruta mexicana que siguió la construcción de su pensamiento por el análisis del lenguaje poético.



Aquí una perspectiva de sus principales publicaciones:

Los extremos del lenguaje en la poesía tradicional española (1981), De la lengua escrita (1982), La literatura puesta en juego (1986), Hablar de literatura (1989), Profeta sin honra (1994), Entre la voz y la letra (1997), La retórica como arte de la mirada (2002), Con el afán de la página (2003), La casa y el caracol: para una semiótica del cuerpo (2005/2006), Aquí en este destierro, (1967), Sermón sobre la muerte (1977), Los trabajos y las horas de Damián (1979), La canción de Eleonora (1981), La tierra del profeta (1997), Ofelia desvaría (1999) y La canción de Eleonora (nueva versión 2002).

A mí, que llevo exactamente cuarenta años de vida en México, lo que nunca deja de sorprenderme es que esta suerte de continuo regodeo en la producción de giros idiomáticos y piruetas argumentativas esté tan extensamente repartido en su población y alcance prácticamente por igual a todas las clases sociales que la integran. Yo podría decir que casi no he encontrado mexicano o mexicana despojados de agudeza verbal, aunque muchas veces la posición social que ocupan, o la profesión en que se desempeñan, los obligue a una conducta retraída y un habla cautelosa o protocolar. Me explico mejor: en los medios en que me muevo he encontrado a menudo, y por causas diversas, a personas cuya comunicación se muestra afectada por la inhibición o la timidez. Y sin embargo, por los años que llevo de observar conductas y sobre todo modalidades de habla, yo estoy siempre seguro de que esa persona –funcionario, estudiante o prestador de servicios– en cuanto se encuentre en una situación en la que se sienta relajado, en cuanto se afloje la corbata o aun encorbatado se beba algunas copas, se convertirá en una fuente de dichos ingeniosos y argumentaciones invencibles…

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