Medio Ambiente

Mundo Nuestro. "La milpa es un espejo de la diversidad biológica y cultural de México", se afirma en el arranque de la

Para entender la historia larga de México hay que ir a sus milpas. Ahora mismo en septiembre, con los elotes a punto o ya en la ruta de la mazorca. O en los ayocotes y los quelites que se enzarzan en ese enredo de insectos y espinas que tienen atrapadas a las cañas del maíz. Y en el maíz que oculta sus colores azul y rojo y blanco y amarillo. O en el máiz de dientes multicolores, en el juego de adivinanzas que ha volado en el polen y en las alas de las abejas y los frailes que le chupan y le roban el dulce. Pensar en ello mientras se leen los artículos de la revista Oikos (Instituto de Ecología, UNAM, marzo de 2017), y se admiran las suertes de los científicos mexicanos decididos a recupera la trama milenaria del sembradío que explica nuestra civilización. Reproducimos aquí la introducción del texto "La milpa en México", que resume la investigación que lleva adelante un grupo de investigadores asociados al Instituto de Ecología y a CONABIO (Mahelet Lozada-Aranda, Idalia Rojas Barrera, Alicia Mastretta Yanes, Alejandro Ponce-Mendoza, Caroline Burgeff, M. Andrea Orjuela-R. y Oswaldo Oliveros Galindo)

El texto --se explica en la introducción del número de OIKOS-- analiza "los diferentes productos que se van obteniendo de nuestras milpas a lo largo del año, la diversidad de ambientes en los que se desarrollan, y los procesos evolutivos y antropogénicos que actualmente siguen modelando su diversidad vegetal. No descuidan la descripción de los distintos componentes de estos complejos ecosistemas, especialmente de sus polinizadores. El corazón de la milpa son los diferentes tipos, razas y variedades del maíz, y éste ha sido uno de los logros más importantes de los antiguos mexicanos: ¿cómo fue que modificaron al teosinte, un pasto anual que no se parece en nada al maíz actual, y que además no sirve de alimento porque produce semillas duras y pequeñas, convirtiéndolo en el maíz que todos conocemos? El teosinte no sólo es diferente morfológica y alimenticiamente, sino que toda su arquitectura, fenología (ciclo biológico) y adaptación al clima, se ha modificado por la selección artificial que hicieron los antiguos mexicanos. El teosinte ha sido motivo de cuidadosos estudios, y Jonás Aguirre Liguori, alumno de doctorado de nuestro Instituto, nos platica sobre el trabajo que está realizando para entender su biología evolutiva y adaptación. Este será el primer paso para comprender finamente el proceso de domesticación y adaptación del maíz, y será además una herramienta fundamental para conservar mejor nuestros recursos genéticos. Jonás expone los avances e ideas que se han generado recientemente, utilizando modernos estudios genéticos y genómicos que permiten entender el proceso de domesticación del maíz. También menciona algunos resultados sobre la adaptación local en el teosinte, y cómo esta información puede contribuir en el futuro al mejoramiento del maíz cultivado, especialmente frente a escenarios de cambio climático."

La imagen de la portadilla es de Diego Rodrigo Ortega Díaz con imagen de Anat Zelligawski.



Productos de la milpa de Oaxaca. Fotografía: Mahelet Lozada- Revista Oikos, Marzo 2017.

La milpa en México



México es el centro de domesticación y diversificación de muchas plantas que son importantes en todo el mundo. Este proceso se ha desarrollado en diversos sistemas agrícolas tradicionales, y uno de los más conocidos es la milpa, cuyo nombre proviene del náhuatl milpan, compuesto a su vez por los vocablos náhuatl milli que significa “parcela sembrada” y pan “encima de”.

Milpa cercana al Nevado de Toluca, con maíz, frijol ayocote y calabazas. Fotografía: Alicia Mastretta.

La milpa es un agroecosistema que surgió en Mesoamérica y posteriormente se expandió al resto de México y Sudamérica, se caracteriza por ser un policultivo, en el que además de la siembra de maíz, se asocian otras especies domesticadas como los frijoles, las calabazas, los chiles, los tomates, y otras tantas semi-domesticadas, como los quelites, los cuales crecen dentro del sistema de forma natural y el ser humano los ha manejado y protegido con esta forma de sembrado. La diversidad de cultivos dentro de la milpa depende de cada región, no sólo por el clima, pendiente y suelo, sino por el grupo humano asociado a ella, que de acuerdo a sus necesidades, saberes y tradiciones, le ha impreso un sello distintivo. Es decir, la composición y estructura de las milpas en la península de Yucatán, es diferente a las presentes en la Sierra Tarahumara en Chihuahua o a las del Centro de México. Por lo anterior, se puede decir con seguridad que en México no existe una sola milpa, sino muchas milpas. Durante varios meses al año se producen alimentos en la milpa (Figura 2). Poco tiempo después de ser sembrada, las flores masculinas de la calabaza estarán disponibles para consumir, así como diferentes tipos de quelites, posteriormente están listos los elotes y frijoles tiernos, y finalmente los granos maduros de frijol y maíz. En el sureste mexicano, en ocasiones, cuando se supondría que la milpa se encuentra en descanso, ésta sigue produciendo recursos como tubérculos (camotes, yuca) que son rescatados para complementar la alimentación. Dependiendo de la región, también existen milpas con árboles frutales, como el aguacate, la papaya o la guayaba. Desde la época prehispánica, el uso de la milpa se ha extendido en todo México y Sudamérica, el agroecosistema fue adaptándose a diferentes condiciones ambientales, que van desde el nivel del mar hasta más de 3,000 metros de altitud. Las plantas que se cultivaron se adecuaron a dichas condiciones gracias al trabajo recurrente de los agricultores, que durante años han seleccionado semillas y experimentado con ellas durante cada ciclo. Esta selección se basa no sólo en términos de producción, sino también de crecimiento de la planta, su capacidad de adaptación, el uso que se le da a los diferentes productos, en la preparación de alimentos que las utilizan, su empleo en las festividades, entre otros; es decir, en aquellos atributos que el grupo étnico considera importantes para ellos.

Los agricultores, tanto hombres como mujeres, participan en la dispersión de las semillas a nuevos sitios, pues intercambiar semillas entre distintos grupos humanos es una práctica común. El intercambio puede darse dentro de la misma comunidad a pocos kilómetros, o traspasar grandes regiones, como puede ser el caso de jornaleros campesinos, que viajan de un estado a otro transportando semillas. Muchas especies cultivadas en la milpa tienen parientes silvestres con los que se pueden cruzar, y por ende desarrollar “formas intermedias” derivadas de estas cruzas, con las cuales el agricultor puede continuar seleccionando las características que le son favorables. Esta acción permite que el proceso de domesticación se mantenga vigente aún en nuestros días. Es decir, que la evolución de los cultivos bajo domesticación sigue ocurriendo de manera continua en las milpas de México y Mesoamérica. La riqueza de la milpa va más allá de los recursos que nos ofrecen, pues también son relevantes las interacciones que ocurren entre todos sus componentes. De estas interacciones, por ejemplo, el papel de los insectos benéficos ha sido subestimado y poco estudiado, quizá porque concebimos a los insectos como seres de aspecto poco agraciado y asociados a la destrucción de los alimentos. Sin embargo, estos habitantes o visitantes de la milpa brindan servicios como la polinización y el control de plagas (Figura 3), pues cuando una planta de maíz es atacada por un insecto, ésta es capaz de producir compuestos que se esparcen con el viento y que atraen a los predadores naturales de las plagas. La milpa a su vez, al ser un policultivo, brinda alimento (polen y néctar) y refugio que no siempre están presentes en los sistemas intensivos de siembra (monocultivos). En este contexto, la resistencia a plagas del maíz y demás plantas comestibles, no depende únicamente de mecanismos individuales, sino de las interacciones que ocurren entre los miembros de la milpa. Sin embargo, estos mecanismos son menos eficientes o no ocurren en los monocultivos, y por ende el riesgo de que se establezca un grupo de insectos que se convierta en plaga, es mayor.

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Mundo Nuestro. Sierra Norte de Puebla, geografía del despojo es un documental que pone en el debate público un tema estratégico en nuestro país: el Estado como promotor del despojo de los territorios de los pueblos originarios para el desarrollo capitalista y la lucha social que le resiste. Muchas voces que dan cuenta de las organizaciones sociales que en los últimos años se han levantado contra los proyectos industriales mineros, energéticos e hidroeléctricos a todo lo largo de la Sierra Norte de Puebla. Realizado por el joven documentalista poblano Gerardo Romero Bartolo y con fotografía de su hermano José Luis, el documental fue producido con el respaldo de la UNAM y Chapingo. Ofrece una idea precisa del mundo que construyen jóvenes intelectuales poblanos comprometidos con la realidad de su país.

Mundo Nuestro. El viernes 10 de abril del 2015, en la Casa del Puente, Gabriela Méndez Cota, Luz Elvira Torres, Margarita Toxqui y Ángela Arziniaga presentaron el proyecto En busca del quelite perdido: recetario viviente para Cholula. Así es, a caballo entre el arte, la ciencia y la literatura, un libro dispuesto como construcción colectiva sobre las plantas comestibles que crecen enredadas en la milpa. El proyecto tendrá como sede de la investigación uno de los más serios esfuerzos ecológicos en Puebla, el del Jardín Etnobotánico Francisco Peláez, “un verdadero paraíso que cuenta con un herbario con quelites locales”, como lo describe Gabriela Méndez, y un espacio cultural entrañable en Cholula: la Casa del Puente. Este texto de Gabriela, que describe lo que sera una construcción colectiva apasionante, tiene como propósito “correr la voz de esta iniciativa de reinventar el patrimonio culinario de Cholula a partir de la memoria de los quelites.” (Mundo Nuestro)



Voy a empezar a narrar la historia de nuestro proyecto presentándome a mí misma y al equipo del que soy parte. Ya les dije mi nombre, y ahora les digo que no soy cholulteca y ni siquiera poblana. Soy una norteña o chichimeca que llegó a Cholula hace quince años para estudiar Humanidades en la Universidad de las Américas, Puebla. Me pasó lo que a muchos estudiantes foráneos, a saber, que me enamoré de Cholula. Me enamoré de sus campos, de sus animales, de sus calles llenas de niños y mujeres en bicicleta, de sus singulares construcciones, de sus fiestas con flores y cohetes, de su cielo azul technicolor y en fin, hasta de los topes, los baches y los altavoces del gas y la basura. En este escenario híbrido de lo rural y lo urbano encontré grandes amistades y también, a mi gran amor, con quien hoy co-habito felizmente en el centro de San Andrés. Aunque viajo mucho por razones de trabajo, Cholula se ha convertido en mi refugio y en mi hogar. Es por ello que, a pesar de que íntimamente seré extranjera siempre, aquí y en todas partes, desde hace tiempo he deseado hacer algo especial por Cholula, para Cholula.

El año pasado alguien me ofreció la oportunidad de una manera súbita y generosa, alguien que tristemente ya no está con nosotros en cuerpo, aunque sí en espíritu. Me refiero a Yara Almoina, una gran profesional de las artes y el diseño que en ese tiempo luchaba contra el cáncer, pero sobre todo, luchaba por vivir compartiendo hasta la última gota de su experiencia, talento y visión. Yara me llamó por estas fechas del año pasado y me habló de un recetario compuesto a lo largo de varios años entre Luz y Margarita. Me dijo que con ese recetario ella quería hacer un libro. Me habló a mí porque años antes había hecho otro libro en el que participé con un ensayo breve. Aquel otro libro se llamaba Bienmesabe: maridaje de almas y estómagos poblanos. Yara se ocupó del diseño editorial de ese libro, pero también ideó y coordinó todo el evento que dio lugar al libro, una serie de encuentros entre escritores o académicos, por una parte, y chefs de los más prestigiosos restaurantes poblanos. El objetivo de los encuentros era, como bien indica el título, reunir el alma con el cuerpo, el alma representada por gente de letras y el cuerpo representado por gente de cocina.

En esa época yo estaba investigando para mi tesis doctoral la historia del maíz en México, no del maíz como recurso vegetal sino del maíz como símbolo de una nación fracturada desde su origen. Estaba enterándome de que el maíz, eso que nos identifica tanto como mexicanos, se volvió aceptable para las élites políticas hasta mediados del siglo XX, antes de lo cual era un alimento estigmatizado de mil maneras, ello por su asociación, ahora sí que ancestral, con las mayorías mestizas e indígenas. Me interesaba recordar esta historia en el contexto de los debates en torno a la biotecnología agrícola, para hacer una reflexión sobre el presente mexicano, sobre lo que nos impide, como sociedad, alcanzar una democracia de verdad. Una democracia en la que tanto la comida como las letras sean accesible para todos, no solamente para unos cuantos. Así que aproveché la invitación de Yara para reflexionar sobre las promesas de re-conectar el alma de las letras con el cuerpo de la cocina. Una de ellas consiste en interrogar críticamente la gastronomización de la cocina popular mexicana, su apropiación por parte de la industria gourmet.



Desde entonces y hasta la fecha yo insisto en que nos preguntemos qué es lo que hace posible, en primer lugar, la riqueza culinaria de nuestro país. Se trata de algo que hemos estado olvidando activa y pasivamente desde hace muchas décadas, algo cuya pérdida se puede observar particularmente en el paisaje rural/urbano de Cholula. Me refiero a la agricultura. No soy agricultora, pero la agricultura ha sido un tema de mi reflexión durante varios años, en parte porque una parte de mi familia fue gente de campo, y en parte porque aquí, en Cholula, me di cuenta de lo que perdió.

El paisaje rural todavía existe en Cholula…

En el fondo, por tanto, son los afectos los que me mueven a poner mi escritura al servicio del lugar que habito, del lugar que me concierne y que quisiera, junto con muchos otros, ayudar a proteger de las violentas imposiciones de la urbanización. ¿Se imaginan ustedes, en los alrededores del cerrito, un museo vivo de la agricultura en lugar de un parque pavimentado con hoteles y restaurantes? Yo sí me lo imagino porque eso es lo que he estado observando desde que llegué a Cholula hace 15 años. El problema es que no todos observamos lo mismo, y donde algunos vemos futuro otros ven solamente pasado, donde algunos vemos vida otros solo atraso, donde algunos vemos creatividad otros solo ven desperdicio. Así ha sido desde hace por lo menos 500 años, desde que Mesoamérica fue colonizada por los europeos. Nos toca vivir en una coyuntura global muy interesante: por todos lados empieza a reconocerse que el modelo económico heredado del colonialismo europeo causa más problemas de los que resuelve, que es necesario repensar nuestro modo de vivir si realmente queremos vivir, y en primer lugar sobrevivir al desastre ecológico y social que nos acecha. Cuando Yara me propuso que consiguiera los fondos para publicar el recetario de Luz y Margarita, yo inmediatamente pensé en hacer del recetario algo más que un recetario, algo más que un fragmento de patrimonio; quise pensarlo como una intervención cultural y política. ¿Podemos, como dirían los españoles de hoy, podemos ver en el quelite algo más que un quelite, podemos ver en el quelite un esfuerzo colectivo por reorientar nuestro modo de vivir?

Esta es la gran pregunta que inspira el proyecto titulado En busca del quelite perdido.

El quelite simboliza para mí el tiempo y la memoria, como en aquella novela de Marcel Proust titulada En busca del tiempo perdido. La verdad es que el recetario de Margarita y de Luz es bastante extenso y tiene recetas de todo, no solo de quelites. Ellas aceptaron mi propuesta de hacer una selección de recetas con quelites, y es esa selección lo que ustedes podrán encontrar en el libro, junto con un ensayo mío y un fotoensayo a cargo de Ángela Arziniaga. Además de probar y editar las recetas seleccionadas para que sean fácilmente apropiables por las y los lectores del libro, Luz realizará intervenciones plásticas en algunas fotografías de Ángela, las cuales a su vez rescatarán algo de la experiencia participativa en los talleres de cocina y de fotografía que Ángela y Luz impartirán aquí en Casa del Puente y en el Jardín Etnobotánico. En esos talleres, yo por mi parte recabaré testimonios y memorias de los participantes, a través de un ejercicio de asociación libre en torno a la degustación de los quelites.

Algunos reconocerán aquí una cita a la famosa madalena de Proust, el panecillo que desata en el personaje un conjunto de asociaciones y recuerdos de infancia. Pues nosotros lo vamos a hacer con quelites; lo que importa es que también se trata de una operación en busca del tiempo perdido. Por supuesto, todas las y los participantes recibirán debido crédito en la publicación, y espero que eso los motive a sumarse a nuestro esfuerzo. Asimismo les comento que el libro tendrá una versión digital que podrá descargarse gratuitamente desde la red, y más todavía, funcionará también como un libro-blog al que podrán contribuir todos los usuarios registrados. En este sentido el recetario se concibe como un “libro viviente”, es decir, un libro que puede ser modificado y enriquecido indefinidamente mediante la adición de recetas, imágenes, testimonios o poemas. También ofreceremos talleres para aprender a utilizar este libro-blog una vez que esté listo.

En busca del quelite perdido alude a la literatura, pero también alude a la ciencia, como mi amigo Francisco me hizo notar cuando le conté de este proyecto. Él pensó, inmediatamente, no en Proust sino en el eslabón perdido. El “eslabón perdido” se refiere a un fósil transicional, es decir, al fósil de una especie en estado de mutación, un híbrido cuyo hallazgo sería evidencia para la teoría de la evolución de las especies. Serviría como evidencia, por ejemplo, de que hace mucho tiempo, en un proceso de selección gradual, algunos peces se convirtieron en anfibios, y que más adelante algunos anfibios se convirtieron en mamíferos, y que finalmente algunos mamíferos se convirtieron en seres humanos. Desde el siglo XIX, que fue cuando Darwin publicó su famosa obra sobre el origen de las especies, los científicos han buscado fósiles transicionales para reconstruir el árbol de la vida. Su búsqueda tiene una historia controversial, particularmente en lo que toca a la especie humana. En este caso el “eslabón perdido” sería una forma transicional entre los simios y los seres humanos.

De alguna manera, la pregunta por el eslabón perdido es la pregunta por el momento de la historia en que aparece el ser humano tal y como lo conocemos ahora, el momento en que podemos distinguirlo de sus ancestros animales. Hoy se piensa que esta pregunta tiene un carácter más religioso que científico, pues parecería invocar la idea de que el ser humano es, por obra de Dios, un ser claramente distinguible de los animales. Incluso hubo competencia entre científicos de diferentes naciones europeas que luchaban por reclamar para su nación al primer hombre de verdad: quien encontrara en su patria al eslabón perdido ganaría para ella un estatus de pueblo elegido. Pero con el tiempo, y tras el hallazgo de más y más formas transicionales, la ciencia ha llegado al consenso de que el llamado “eslabón perdido” es un mito porque en realidad no está perdido. Siempre será posible hallar más y más formas transicionales porque en el fondo lo único que ha existido es la evolución, es decir el proceso mismo de cambio y selección natural de adaptaciones a cambios en el medio ambiente. Ustedes se preguntarán qué tiene que ver todo esto con los quelites. ¿Es acaso el quelite una especie de eslabón perdido de nuestra historia?

Los quelites, el tiempo, el eslabón…

Lo que ofrece nuestro proyecto es algo a caballo entre la ciencia y la literatura, podría decirse que ofrecemos una forma transicional entre ciencia y literatura. Ya dije que el quelite toma el lugar del tiempo: buscamos el tiempo perdido mediante una re-mitologización del quelite para el cambiante presente cholulteca. La teoría de la evolución también es una teoría del tiempo, del cambio, de lo que se pierde y de lo que se gana con cada cambio, con cada adaptación a los cambios ambientales. Mi propia contribución al libro será un ensayo de reflexión acerca de lo que se gana y lo que se pierde con la transformación de un espacio rural en un espacio urbano, de una sociedad agrícola en una sociedad dedicada al intercambio monetario de bienes y servicios. Por supuesto que en esta transformación, muy avanzada ya incluso en Cholula, se pierden quelites. Pero también se gana conciencia de que es necesario recordar a los quelites para hacer frente a la transformación.

Hoy en día, la investigación científica de los quelites es inseparable de una preocupación por los retos ambientales a los que nos enfrentamos como humanidad. Me refiero, por ejemplo, al cambio climático global. Los botánicos de la UNAM hablan de los quelites como “recursos fitogenéticos” que, de ser suficientemente estudiados y utilizados, podrían ayudar a alcanzar “seguridad alimentaria” para nuestro país. Es posible que tengan razón, que los quelites deban recuperarse por su utilidad potencial para hacer frente a la crisis mundial de la agricultura. Sin embargo, para nosotros los quelites son algo más, son otra cosa, que recursos fitogenéticos. Son una metáfora de que las tradiciones, las identidades, los patrimonios, las comunidades no son cosas estáticas sino procesos dinámicos, procesos que generan, además de conflictos, nuevas posibilidades de adaptación y negociación creativa, de acercamiento solidario entre las viejas y las nuevas generaciones, entre los habitantes nativos y los nuevos habitantes de las Cholulas. Lo estamos viendo, desde hace tiempo, con la presencia de organizaciones como Slow Food en Puebla, y más recientemente en Cholula. Nuestro equipo se suma, a través de una investigación creativa, transdisciplinaria de la figura del quelite, a los procesos participativos en curso, y su singularidad consiste en una línea de acción propiamente reflexiva para la revalorización de las prácticas agrícolas en general.

Dicho todo esto procedo a compartir con ustedes algunos datos relacionados con los quelites en el contexto de la agricultura. Como ustedes saben, el término “quelite” deriva del náhuatl ‘quilitl’ y se usa para designar a las “plantas tiernas comestibles”. Esta definición sigue siendo la base de la que utilizan los científicos para caracterizar la gran diversidad de los quelites mexicanos, pero conviene reconocer que hay, a su vez, una gran diversidad de usos del término quelite. Aquí en Cholula, por ejemplo, solamente se le dice “quelite” al “quelite de trigo”. Todas las demás plantas tiernas comestibles (que para los botánicos siguen siendo quelites) tienen su propio nombre, como por ejemplo el quintonil, el alache, la pipicha, el huauzontle, etcétera. Aquí vamos utilizar el término “quelite” para nombrar no una sola sino la diversidad local de plantas tiernas comestibles, muchas de las cuales son plantas asociadas a la milpa tradicional. Decir que van asociadas significa que en la mayoría de los casos no se cultivan intencionalmente sino que se desarrollan de modo espontáneo dentro de las condiciones favorables de la milpa, y que se toleran e incluso se fomentan por apreciarse su sabor y su textura. Algo interesante de mencionar es que no todos son especies nativas americanas. Con la colonización se incorporaron a la categoría de quelites muchas plantas de origen europeo, como por ejemplo la lengua de vaca y la lechuguilla, que actualmente se cuentan en todos los inventarios de quelites. De las casi 400 especies de quelites registrados aproximadamente 33 son de origen europeo. Otra cosa interesante, o más bien sorprendente, es la estimación de que en cinco siglos se ha perdido el 90% de los quelites que se consumían en Mesoamérica. La pérdida ha sido no solo cuantitativa sino también cualitativa: aunque en lugares como Cholula se sigue apreciando el huauzontle, por ejemplo, su consumo ya no está vinculado con ceremonias religiosas como el “huahquiltamalcuzliztli”, que se hacía para promover el crecimiento de los niños. A grandes rasgos hay dos causas o dos aspectos históricos de esta pérdida masiva de quelites: 1) la colonización de tierras mesoamericanas propició muchos cambios ambientales desde el desarrollo de zonas urbanas hasta modificaciones en las prácticas agrícolas. Los españoles introdujeron la idea de que la agricultura mesoamericana era improductiva porque no implicaba tanto esfuerzo como la agricultura europea. Por esta creencia, los pueblos colonizados fueron forzados a abandonar su forma autóctona de productividad diversificada, y también su aprecio de los quelites, que para los españoles eran comida de bestias y de sirvientes. La realidad reconocida hoy por los científicos es que los quelites son muy nutritivos: aportan vitaminas, minerales y ácidos grasos esenciales, además de proteína. Otros beneficios que aporta su consumo tienen que ver con el control de enfermedades como la diabetes y el cáncer, puesto que contienen fibra y antioxidantes. Ahora se sabe y se reconoce con mayor frecuencia que los quelites son dignos y nutritivos, pero el problema al que nos enfrentamos es igualmente grave y aquí entra la segunda causa o aspecto: 2) la industrialización de la agricultura mexicana y la urbanización de zonas rurales en el siglo XX han disminuido dramáticamente el consumo de plantas alimenticias y con ello los aspectos culturales y biológicos del proceso de domesticación de dichas plantas.

Tanto en zonas urbanas como rurales se ha inducido un cambio en la alimentación de las nuevas generaciones a través de los medios de comunicación que publicitan comida industrializada. Lo más grave de esto, además de la pérdida de salud y de autosuficiencia alimentaria, es que representa una ruptura generacional en la transmisión de los saberes (agrícolas, por ejemplo), una ruptura que a su vez disminuye las posibilidades de que los quelites sigan existiendo. De hecho, los quelites han sido marginalizados material y simbólicamente mucho más que el maíz. Nuestro trabajo constituye un intento de responder activamente a esa marginalización, de intervenir en el imaginario público de Cholula para intentar recordar lo que hace posible hoy día celebrar su patrimonio culinario.

Concluyo resumiendo en qué consiste nuestra intervención. En primer lugar consiste en hablar del patrimonio en presente, como algo vivo y en constante mutación. En lo personal yo me siento insatisfecha con que se describa a Cholula como una entidad “ancestral”, como si todo su interés radicara en el pasado. Me importa la Cholula de hoy y me preocupan los cholultecas de hoy, particularmente los niños y los jóvenes. Creo que es importante implicarlos no en solo en la defensa sino también en la construcción responsable de su patrimonio cultural.

En segundo lugar nuestra intervención consiste en consiste en decentrar la figura del experto de la producción de conocimiento local. Creo que es importante comunicar al público en general que tanto la ciencia como la literatura son actividades demasiado importantes como para dejárselas a los académicos o los letrados profesionales. Cómo se representa el origen, la tradición, la identidad es un asunto muy delicado, en el que todos debemos participar si realmente aspiramos a una sociedad democrática. Las actividades de recolección, de identificación, de representación, de preparación de los quelites son parte de de ese proceso de participación que queremos fomentar. En este sentido, nuestro libro En busca del quelite perdidocontribuye a esfuerzos colectivos más amplios que reconocemos y que consideramos necesario apuntalar.

Mundo Nuestro. En busca del quelite perdido, ese proyecto vital y divertido de la filosofa Gabriela Méndez Cota que suma inteligencia y creatividad académica al esfuerzo de recuperación de la milpa como fundamento cultural histórico de México, está ahora en línea con el propósito de reproducirse colectivamente. Y así se presenta: "En busca del quelite perdido es un libro acerca de Cholula que se compone de un ensayo testimonial, un archivo fotográfico y un recetario. En esta página puedes acceder a los contenidos originales del libro, modificarlos y enriquecerlos con tu propio testimonio, tus propias recetas y tus propias fotografías. Se trata de un libro viviente: un texto múltiple y dinámico abierto a tu participación. El objetivo es fomentar y sostener una reflexión pública sobre los cambios que la urbanización trae a la vida cotidiana en Cholula, y sobre lo que podemos hacer para que sean algo más que una pérdida: un ejercicio colectivo de reinvención cultural."

En busca del quelite perdido/El libro en línea

Mundo Nuestro ha publicado de Gabriela Méndez Cota sobre el tema el texto



En busca del quelite perdido

En busca del quelite perdido

Y del antropólogo Julio Glockner:

Por la ruta del quelite y en defensa de la economía campesina



De la propia Gabriela Méndez Cota hemos publicado

De milpas, tortilla española y quelites cenizos/Primera parte

De milpas, tortilla española y quelites/Segunda parte

Pensar extramuros: impedir que la negación se vuelva total

Mundo Nuestro: texto tomado del blog Historias desde el biogalón de la bióloga mexicana Alicia Mastretta Yanes.

Debería escribir mi reporte anual, pero me seducen los frijoles silvestres

He dedicado buena parte del día, que ya se convirtió en noche lluviosa, a escribir mi reporte anual de Cátedras CONACYT. Debería continuar, no he terminado. Ya está el esqueleto, pero debo agregar los detalles. Enumerar los talleres, describir las actividades. Decir con palabras profesionales qué tanto ha avanzado el proyecto. Va bien, queridos revisores, va bien.

Tan va bien que pasé de tener a los parientes silvestres de los cultivos mexicanos como un recurso bibliográfico en algún cajón de mi cerebro, a dejarme seducir por los frijoles silvestres. Ahí están, en el Bosque de Tlalpan por ejemplo. En medio de la Ciudad de México, evolucionando al margen del camino por el que a veces vamos a correr.

Miren, Phaseolus coccineus (el sabrosísimo ayocote) crece como una mancha verde y voraz, que benévola regala néctar en sus lustrosas flores rojas:




Igual de bonitos son los Phaseolus coccineus subespecie striatus, que se distinguen por tener las flores rosas:


Pero luego están estos que ni son rojos, ni son rosas y quién sabe si serán híbridos:


Y estos que de plano son de un color que ni el experto en frijoles silvestres de México había visto:


Por supuesto a las abejas parece no importarles la cama de carmín.


Aunque quizá sí les importe toparse con una flor con cazador incluido:


Y como a esa araña no la pude enfocar bien, les regalo mejor a este "señor del suéter gris", como le dice Alfonso Delgado a Xylocopa tabaniformis azteca. La flor es una Dahlia.


Ya son suficientes fotos por lo pronto, pero les dejo este Proyecto de Naturalista donde queremos recopilar más observaciones de parientes silvestres de los cultivos mexicanos.



Mundo Nuestro. Llegan siempre anunciadas con premura, alertados como estamos desde siempre por sus consecuencias. son las tormentas tropicales. Ahora es Franklin. Ayer, el año pasado, Earl. Hoy mismo el sufrimiento de los damnificados. Mañana las vestiduras desgarradas de los funcionarios y políticos frente a las montañas deslavadas. Son los muros de agua, los torrentes de siempre: 1944, 1955, 1999, 2016. Y son los interrogantes siempre mal respondidos: ¿por qué no somos capaces de plantar contra la fuerza brutal de una naturaleza, que confirma a mazazos de agua y viento nuestra precariedad, estrategias de recuperación ambiental de largo plazo.

¿Alguien ha escuchado alguna vez de alguna campaña de forestación permanente, planificada y con recursos económicos suficientes para las montañas poblanas, igual en las sierras Norte y Negra que en los macizos volcánicos del centro del estado?

Siquiera un atisbo de que queremos aprender del pasado.



Nada. Sólo los recurrentes y veraniegos azotes de los huracanes. Y el ruido absurdo en la prensa y en los discursos.

CON LA TRAGEDIA EN LOS OJOS. PUEBLA: LOS NUEVOS MUROS DE AGUA

Noviembre de 1999

Las tormentas de octubre sobre la Sierra Norte de Puebla pusieron una terrible paradoja al descubierto, algo que hace aún más difícil reconstruir la infraestructura perdida: la región indígena-mestiza cuenta con altos niveles de producción agrícola e industrial pero se encuentra amarrada de manos por estructuras políticas y económicas extremadamente arcaicas.




Ironía mexicana: el azote del cielo trae la Sierra Norte de Puebla a la historia moderna del país. Ni las guerras civiles del siglo XIX provocaron una movilización social como la que se vive desde la primera semana de octubre. Más allá de los muertos —tal vez cerca de 500— y la destrucción de la economía y los servicios en un territorio al que el Estado con sus instituciones nunca acabó de llegar, sesenta horas de lluvias activaron el detonador de un cambio estructural en esta densa región de pueblos indios nahuas y totonacos sumidos en la marginación y la pobreza propias de los rasgos más arcaicos de México. Si a la inteligencia se suma una buena política, tal vez de la catástrofe resulte una nueva sierra. SIGUE

Cianuro en zona de deslaves: demasiados avisos para México

Cianuro en zona de deslaves: demasiados avisos para México

Tetela de Ocampo, un municipio sumergido en la Sierra Norte de Puebla, está en estos momentos enfrentando la posibilidad de que se funde en su territorio una mina de oro a cielo abierto. Mina a cielo abierto significa quitar el bosque y procesar la roca de una amplia extensión de terreno. Significa también cianuro para lavar la roca y extraer el oro. El cianuro es una sustancia muy tóxica. SIGUE

Pasma por su belleza la enorme cañada que entre cactáceas, nogales, huamúchiles, zapotes, plátanos y ciruelas baja a lo que se conoce como las grutas de Tolantongo, con su río azul celeste que nace en la montaña y cuyo caudal poza tras poza, llegará más tarde al Pánuco. La palabra, refieren algunos, proviene del náhuatl Tonaltonko, lugar donde se siente calor. La temperatura del río que se conserva todo el año es de 34C y dentro de la gruta en la montaña de 35c y 38c. Dejarse acariciar por su agua es como volver a nacer. Es sin embargo un espacio colectivo y grato de tan festivo, que sorprende por su limpieza y buena administración, labor que realiza el ejido de San Cristóbal.



El ejido pertenece al municipio de El Cardonal en el estado de Hidalgo. Está a 1.912 metros de altitud. Según datos del INEGI cuenta con 316 habitantes: 153 hombres y 163 mujeres. 7.28% proviene de fuera del estado. 7.5%de la población es analfabeta. 38.92% son indígenas. 16.14% sólo habla lengua indígena y el 50% su lengua y español. 32.28% de la población mayor de doce años está ocupada. Hay 66 viviendas, las cuales cuentan con 100% de electricidad, 60.32% con agua entubada, 98.41% con sanitario, 95.24% con radio, 98.41 con televisión, 98.41% con refrigerador, 82.54% con lavadora, 84.13% con automóvil, 28.5% con computadora personal, 7.94% con teléfono fijo, 60.32% con celular.

Pero el bienestar del ejido en comparación con otras comunidades del Valle del Mezquital no se debe a acciones de gobierno sino a la propia organización de los ejidatarios en torno al Parque Ecoturístico de las Grutas.



Los viejitos y la barranca.

Desde el hotel La huerta, cercano al río, una larga vereda sube a las fosas intermedias que captan el agua de la montaña, en el recorrido se pueden apreciar como soldados erectos, cactus de alrededor de 20 metros de altura conocidos como “viejitos” por la pelambre blanca que los cubre en su parte superior. Me detengo un momento en el trayecto a la sombra de un huamúchil para admirar a las bromelias de intensos colores que se ofrecen espléndidas. Un joven con su chaleco del ejido viene bajando, me pregunta con cortesía si se me ofrece algo. Me siento un poco ridícula frente a él tan solo en traje de baño y sin pareo alguno, pero ya estoy ahí y si quiero conocer la historia de este lugar tan limpio a pesar de que en período vacacional llega a recibir hasta cinco mil personas diarias. Es el responsable del Comité de Vigilancia, no le pregunto su nombre torpe como soy y lo que escribo lo recuerdo de memoria, no llevo libreta ni teléfono alguno, buscaba una fosa para nadar, no una entrevista.

“Los primeros paseos a las grutas empezaron hace 40 años, me dice, se hacían en burro o a caballo y no se contaba con ningún servicio. Nuestros abuelos trabajaban la tierra la orilla del río y como llegaban algunas personas a acampar se les fue ocurriendo que si se unían las tierras de todos los propietarios en lugar de sembrar, que era muy dificultoso por el acceso, podían vivir del ecoturismo. Y empezaron de a poquito, nunca quisieron ayuda del gobierno, ni inversión del capital privado para no quedar a deber o ser empleados de otros: Y así fueron creciendo.”

Y cómo le han hecho para organizarse?, pregunto ya con el sol en la cara.

“Pues mire --me dice--, la organización es comunal, somos 136 socios, uno por cada familia del pueblo. Los puestos de responsabilidad se van rotando cada año: Vigilancia, hoteles, comedores, información, basura, alimentos, caminos. Todo lo que ingresa va a una misma cuenta y de ahí reinvertimos casi todo. Para los administradores nuestro salario es de 300 pesos a la semana, para los de menos responsabilidad es de 250 pesos. ”

¿Y el reparto de utilidades?, digo intrigada.

“No –contesta--, aquí de lo que se trata es que todo mundo trabaje, reinvertimos en el propio parque y en el pueblo, tenemos pavimento, centros deportivos y estamos terminando la iglesia. También a los que están muy viejitos les damos un dinero al mes como de jubilación.”

Pero sólo son 136 familias, comento y aquí veo trabajando un montón de gente.

“Sí claro, le damos chamba a personas de otras comunidades del valle del Mezquital y los hemos ido capacitando, se les pagan doscientos pesos diarios, más de lo que ganarían en el campo y si son productores también les compramos su cosecha para hacer las tortillas y otros productos a mejor precio que en Ixmiquilpan u otros mercados y les ahorramos el costo de transporte.”

Alguien lo llama por el radio y me deja ahí, realmente bastante admirada de esta organización ejidal además de la belleza del paisaje. Sigo el camino a trompicones hasta llegar a las pozas de agua cristalina con su espléndida vista a la montaña.

Turismo popular. Nada de corporaciones.

Las grutas pertenecen a la Sociedad Cooperativa Ejido de las Grutas de Tolantongo. Se formó hace 30 años por 112 familias del ejido de San Cristóbal. Cuenta con 5, 200 hectáreas, sólo están abiertas al público el 40 de ellas. El proyecto se inició en 1970 y fue creciendo poco a poco. Durante el gobierno de Carlos Salinas de Gortari (1988-94), la Semarnat buscó la incorporación de la zona como área protegida y le propusieron al ejido la inversión en la zona para hoteles y parque a los ejidatarios con inversión local, federal y de capital extranjero. Pero según Eliseo Ángeles y Víctor Ávalos, el ejido se opuso porque los ejidatarios consideraron que de ese modo los ejidatarios no serían los beneficiarios de sus propios recursos naturales. Y entonces empezaron a trabajar poco a poco.

Las pozas del Paraíso

Logro subir otros quinientos metros, a la sección de El Paraíso, una caída de agua espectacular, gran diversidad de fosas, un puente colgante de extremo a extremo de la montaña, un túnel como baño de vapor. Familias completas disfrutando y casas de campaña por doquier. Los cuerpos en su diversidad gozan del agua con desparpajo. Me percato que ya venció la hora de entregar el hotel. Lo más fácil para llegar a tiempo sería usar la tirolesa, 1,800 metros en cuatro tramos. Pero no, bajo con sigilo por donde vine agarrada de los árboles y de las rocas.

Ya de salida le pregunto al administrador del hotel qué hacen con la basura. Tienen en la parte superior, me contesta, un contenedor para el recicle de la basura inorgánica que venden, las botellas de agua luego de un proceso las vuelven a usar porque tienen ya su propia embotelladora; la basura orgánica va a una gran composta que sirve para generar abono que utilizan en sus propios cultivos y los de otras comunidades.

Otro beneficio paralelo de este parque ecoturístico, pienso, es la economía que genera en los alrededores: camiones turísticos y combis que bajan al lugar, pulque y sus derivados de venta en el camino, puestos de fruta, fondas y restaurantes, deliciosa barbacoa. Eso sí, para hospedarse, como no hay internet, los tres hoteles que existen se ocupan conforme las personas van llegando, no hay reservaciones y todo se paga en efectivo.

De regreso pasamos a conocer el pueblo de San Cristóbal. Las viviendas de dos pisos y bien puestas, están muy lejos unas de otras, respetando los otrora solares campesinos y el área de cultivo. Llama la atención la enorme iglesia de piedra todavía en construcción, dedicada justamente a San Cristóbal que lleva al niño Jesús cruzando el río. Cúpulas diversas y vitrales de muy buena manufactura la ambientan, en un estilo de buen gusto pero más bien indefinido. Destaca un gran auditorio, una cancha deportiva cubierta, una zona para carreras de caballo con las barandas de los tres colores de la bandera nacional. Son las tres de la tarde y no se ve nadie en el pueblo. Quizás están trabajando en las Grutas o simplemente resguardados del sol en sus casas.

Una tarde luminosa nos acompaña de regreso a la ciudad de México con la dicha en los ojos.

Foto tomada del portal El Fisgón Viajero

Para mayor información puede consultar:

Grutas Tolantongo: A model co-op, Answer to Globalization, By Betsy

Bowman and Bob Stone. Centro para la justicia Global, Investigación y aprendizaje para un Mundo mejor, empoderamiento de la Economía Solidaria, Dirección: Caldera Sosa.

Enrique Rivas Paniagua, “Lo que el viento nos dejó: hojas de terruño hindalguenses”.

Gerardo Carrión, “Grutas de Tolantongo, oasis entre barrancas”. Anales del Instituto de Biología, 1950. El artículo sugiere otro esquema de protección: áreas protegidas comunales.

Revista México Desconocido, “Las voz del agua en las grutas de Tolantongo”.

Crónica ilustrada de un viaje al río de la gente feliz

Gruta



Tolanltongo es la más natural de las peregrinaciones en México. Lo sabes cuando estás dentro del agua, bajo el golpe del chorro caliente, y por un instante la vida entera es la penumbra grata del vientre de tu madre. Aquí no hay manda ni sacrificio. La masa sin rostro, sin pasado ni futuro, sólo es sombra y sorpresa, resplandor que deja el mundo afuera.



El Cerro de la Corona

Lo pienso en el desmadre originario de la cola de bañistas a la entrada de la gruta de este balneario hidalguense al pie del Cerro de la Corona, un peñón descomunal quinientos metros arriba que un buen día geológico decidió escurrir las aguas minerales y milenarias del altiplano central, calientes y calizas, para bendición de quienes un sábado cualquiera de julio nos perdemos en ellas sin pensar en ogros o murciélagos de las cavernas. Ni en las venturas o infortunios de nuestras anónimas vidas. Ni en la próxima matanza de ocho columnas y de ninguna. Peregrinos de la naturaleza, quién lo dijera. Pero aquí estamos, en la bruma de una oquedad que hace de vientre sin remilgos y nos escurre generosa los sudores minerales de la montaña. Peregrinos en busca del calor húmedo de la madre tierra, me digo ya en un arrebato de cursilería cuando a mi lado un hombre con cara de matón de barrio en un gimnasio, con brazos tatuados y espalda de saca maloras tiembla y chapotea con la simple emoción de un niño, y una pareja joven se besa bajo la ansiedad brutal del chorro que golpea sus sueños y cabezas en el centro de la humorosa cueva. Y todos somos cabecitas y sombras que hemos atendido a la mercadotecnia del zapato acuático que nos permite andar en esta jubilosa existencia de un tiempo sin atisbos de dioses justicieros en el nacimiento del río de la gente feliz. No hay dioses, no hay vírgenes, no hay santocristos. Hay una masa irreverente y cristalina que goza sin pudor la transparencia del agua en el corazón de la sierra-desierto del que brota lo que Huasteca abajo será el río Pánuco.

Casi el paraíso.

Surtidor de sueños

Los cuerpos de la peregrinación

Estoy en el nacimiento del río de las masas a media tarde del viernes. Ya vendrá la vuelta a la ciudad, la semana siguiente, el trabajo, la vida anónima de la masa sin la desnudez anárquica del balneario. Ahora soy uno más de los cuerpos en el alivio del sol y el agua, por un momento a la espera de nada, ni siquiera la dolencia en la espalda ni los granos adolescentes retraídos de unos muchachos que bucean en una de tantas represas construidas en el río. Es el momento del olvido de todas las atrocidades, de todas las nimiedades, de todos los pasados que nos dejaron yertos, de todos los futuros que nunca se darán. Es el momento tan sólo de los cuerpos invisibles, sin trazos de figurín ni penas obesas. Aquí no eres nadie, no eres clase social, eres masa, eres barriga al aire, eres familia y arrebato en la gruta, en la poza, en el río tibio de las aguas turquesas.

En el río de la gente feliz…

La democracia familiar de las pozas.

El viaje, los escurrideros, los respiraderos

Apago el celular cuatro días y me desconecto de la electrónica. No me asomo por el face ni me trompico en el whats. Estoy para perderme en el nacimiento del río de las masas felices en las aguas termales de Tolantongo. Nada averiguo de él, nada de google ni youtube, inocente, como para un bautizo que no imagina el tropel de ahijados y padrinos a la espera de los tamales. Y de paso, casi de su mano en la carretera, el descubrimento de otro río, el de las aguas residuales de la ciudad de México, una prueba fiel de la degradación extrema a la que llegó la sociedad mexicana. Así que la crónica toma el rumbo de su derrotero.

Vamos por el Arco Norte hacia Hidalgo. Uno de los tantos respiraderos por los que se puede salir de las metrópolis mexicanas que se tragan el altiplano. El jueves a las 10.30 de la mañana, y a trescientos metros de un puente superior vehicular diría la insufrible SCT, cierra la autopista un grupo de campesinos enojados con razón pues luego de diez años de promesas --los mismos que tiene esa autopista concesionada a Carlos Slim--, no les cumplen lo prometido en obras y dinero por la expropiación. 4 pesos el metro les dieron entonces. Qué vergüenza el poder en México –y de esta civilización ahogada en automóviles desde 15 mil pesos el enganche--, confirmo en el encerrón de dos horas en la autopista. Pero como sea, es decir, por la vía de un tráiler y una cadena, un grupo de aguerridos quiebra el camellón de concreto y libera con la venia de los patrulleros para los atascados que no somos traileros el paso de regreso a Texmelucan. Allá quedan los expropiados con su coraje, y de ahí me voy con el interrogante elemental: ¿cómo hemos permitido por décadas este dominio autoritario y vil, incapaz de cumplir acuerdos con los propietarios de la reserva agraria que se utiliza para sustentar este capitalismo salvaje que somete el derrotero de la vida nacional?

La ruta alterna desde la caseta de Chalco en la México-Puebla es el Circuito Exterior Mexiquense por obra y negocio de Peña Nieto sus secuaces constructores. Los últimos trazos de campo en Ixtapaluca de Antorcha Campesina y otros cárteles de la extorsión se pierden contra la cuadrícula de Chimalhuacán –también del hasta hoy todavía priista (no) partido antorchista--, la confirmación de todos los errores de hacinamiento construidos en las ciudades dormitorio de Neza y Chalco; otro inframundo desarbolado desde la ribera norte del bordo Xochiaca que arrastra las aguas limpias del Iztaccíhuatl y las negras de Xalco, Ixtapaluca, Neza, el propio Chimalhuacán y más adelante por nuevos canales que se le trepan Ecatepec y la ciudad de México en su oriente entero y por fuera de sus drenajes detritus profundos. Qué moledero de suburbios trepados en cerros y llanuras de cemento se cruza para alcanzar la autopista a Pachuca; y el aluvión frenético de los caseríos acosan desde ya al que será su nuevo vecino, el aeropuerto de Carlos Slim y Peña Nieto. El capitalismo mexicano a todo avión ahora. Y un universo proletario de cinco millones de habitantes que verá entretenido el desastre que planeará bajo sus ojos. Y por ahí, oloroso y fiel en su cometido, en línea recta o en quiebres que lo tuercen al capricho de la urbanización paracaidista, el río construido, el surtidor de las miasmas metropolitanas.

A la izquierda la retícula de Ecatepec; a la derecha, el llano-lago de Texcoco, a la espera del nuevo aeropuerto. En medio el canal de aguas negras rumbo al Valle del Mezquital.

Al cruzar la autopista a Pachuca el Circuito Exterior Mexiquense se lleva consigo el canal que contiene al menos las aguas negras del oriente de la zona metropolitana de ciudad de México. En el lago de Zumpango, cuando el canal lleva más de 80 kilómetros lineales desde las faldas del Iztaccíhuatl, lo esconderán por un cárcamo en un túnel del que saldrán por un tajo inaugurado todavía por Porfirio Díaz, para volver a correr a cielo abierto hasta la región de Ixmiquilpan, 90 kilómetros adelante, aguas se diluirán en canales para el riego de los maizales y alfalfares de pueblos viejos: Tequixquiac, Apaxco, Tlaxcoapan, Tlahuelilpan, Teocalco, Tezontepec, la propia petrolera Tula con sus admirados y refinados Atlantes, y más allá, el antiguo y ya no reseco valle del Mezquital. Es el gran río antinatural de la civilización del siglo XX mexicano: millones de metros cúbicos de agua negra han habilitado miles de hectáreas para la producción agropecuaria del Distrito de Riego 003. Atrás queda la devastación del valle de México y sus Nezas, Chalcos, Ixtapalucas, Chimalhuacanes, el valle perdido totalmente en los últimos cuarenta años. Los mismos que han transcurrido desde que los ejidatarios otomíes de un pueblito hoy de 300 habitantes llamado San Cristóbal en el extremo norte pelón y cenizo del Valle del Mezquital decidieron convertir las vegas maiceras de su cañada de cactus y biznagas y silencio en balneario para beneficio de esa masa irredenta y peregrina que sale a respirar los fines de semana. Y el suyo propio, por ventura de unas aguas antiguas que corren hacia la cuenca lejana del Pánuco.

El río podrido construido por la sociedad mexicana del siglo XX.

El monte sin nosotros

Por una garganta afilada se escapa el río Tolantongo hacia el Pánuco.

El río serpentea hacia la garganta al pie de la musculosa montaña. En primer plano la arboleda del balneario Grutas de Tolantongo.

A cinco kilómetros de San Cristóbal, el pueblo de los ejidatarios del balneario Grutas de Tolantongo, la carretera se asoma al abismo. Al fondo el río se encañona en una garganta aserrada en filos de 700 metros de altura, y bajo el resguardo de la arbolada sombra se va a cumplir su destino en el Pánuco. Pero aquí, desde la gruta en la que se origina, y por orden de los manantiales que lo nutren en su ribera sur, ha construido un reducto tropical cercado por cactus y mezquites en una montaña colosal que pareciera levantada para su reverencia.

El cañón de Tolantongo no forma parte de las 96 mil hectáreas de la Reserva de la Biósfera Barranca de Metztitlán, declarada como tal en el año 2000, y que arranca un par de barrancas al norte, y ello simplemente porque los ejidatarios se negaron a participar de todo proyecto de regulación de la tierra que involucrara al gobierno. Es nuestro río, dijeron desde tiempos de Carlos Salinas de Gortari: la SEMARNAT quiere traer a las compañías extranjeras con sus grandes proyectos privatizadores. Y de ese entendido no se movieron. Así que quedaron fuera de la reserva y enteritos los municipios de Cardonal y Tlahuitepa. Pero sus montes secos contienen gran parte de la biodiversidad identificada en el decreto: la yucca (Yucca spp), el nopal (Opuntia sp.), el mezquite (Prosopis), el cactus Viejito (Cephalocereus senilis), el cuajiote (Bursera simaruba), las nochebuenas (Euphorbia pulcherrima), y por supuesto los magueyes que se pulqueros, y también los mapaches (Procyon lotor), el correcaminos (Geococcyx californianus), las mofetas encapuchadas (Mephitis macroura), los tejones (Nasua narica) y las palomas aliblanca (Zenaida asiatica).

Y tienen el oasis en la cañada de las pozas. El agua brota caliente aquí y allá en la ladera sur de la barranca. Forma una selva alta que marca sus tonos verdes contra la palidez del territorio seco de las cactáceas al otro lado del río y por donde quiera que no trasmine el agua de la montaña.

Los Viejitos…

A la derecha, parte del territorio de la Reserva de la Biósfera de Metztitlán Fuera de ella, los municipios de Cardonal y Tlahuitepa que se reparte la cañada del Tolantongo.

La barranca del río Tolantongo, El manchón verde selva es el oasis de los ejidatarios de San Cristóbal.

Arriba a la izquierda la laguna de Metztitlán. Al centro, la barranca del río Tolantongo. A la derecha, en la meseta ceniza, el pueblo de San Cristóbal.

El Tolantongo es un río que nace dos veces. Primero arriba, atrás del peñón Corona, muy cerca del pueblo de San Cristóbal plantado arriba en el llano, en un rincón inexpugnable a los 1750 metros sobre el nivel del mar, pero tiene que sumergirse muy pronto contra el paredón que corta sus primeros pasos; se escurre entonces entre la montaña caliza a los 1470 metros y brota caliente en las grutas y pozas que dan fama al balneario a los 1300 metros.

Y da lugar al paraíso de los ejidatarios de La Gloria (Tlahuitepa) y San Cristóbal (Cardonal), cada uno en su porción de agua caliente y pozas que el reparto agrario tuvo a bien darles revolución gracias.

El río que nace dos veces.

El monte con nosotros

No más la pobreza ancestral del Valle del Mezquital. No más migrantes en el norte. Tolantongo es simplemente el más frenético desorden generosamente construido por un grupo de campesinos que han encontrado en su río la salida de todas las desventuras. Y lo han hecho sin acudir a sociedad alguna con las corporaciones hoteleras del país.

“No es Cancún, no es Acapulco –dice una activista entusiasta de Global Justice Center sobre la Cooperativa Ejidal Grutas de Tolantongo--. Es un lugar en el que la gente no es explotada, los trabajadores son los dueños y las corporaciones no son propietarias de la tierra.”

Parece un sueño. Dos ejidos, San Cristóbal, propietario de Grutas Tolantongo; y La Gloria, justo al cruzar el río, que administra sus propias pozas y manantiales. No hay marcas comerciales, no hay corporaciones. Y más: no hay Secretaría de Turismo. Es una empresa campesina, sin más. Y a su manera: turismo popular de bajo costo. Aquí no vale más el dinero ni el carro de nadie. Todas las pozas son públicas. 140 pesos la entrada por todo el día con acceso libre a las grutas, las pozas, el río. Habitaciones triples a 950 pesos la noche. Zona de campamento gratuita. 145 pesos el platillo más caro en los restaurantes. Tortillería con maíz de la casa. Mojarras de la propia granja. Legumbres de los productores de la región. Agua de la casa sin costo (puedes beber la del lavabo).

La Sociedad Cooperativa Ejido de las Grutas de Tolantongo se forma en los años ochenta por las 112 familias del pueblo de Cristóbal. El ejido cuenta con cerca de 5.200 hectáreas, todas en territorio del municipio de Cardonal, cuarenta de ellas abiertas al público en el área del balneario. El ejido de La Gloria posee el lado norte de la barranca. Y pertenecen al municipio de Tlalhuitepa. ​ Así que repartida la tierra, cada ejido controla su pedazo de monte. La fortuna de los de San Cristóbal es que los manantiales que nutren las pozas están de su lado. Y el camino de acceso a la barranca que en estos días con dinero federal se pavimenta con cemento.

Treinta años después los de San Cristóbal tienen un centro turístico que recibe a más de medio millón de turistas al año. Ya no están lejos de los de Africam en Puebla. No es fácil encontrar en el país una empresa social con el éxito económico de Tolantongo. Una empresa en manos de campesinos del valle de Mezquital cuyos abuelos descubren que pueden cobrar a todo aquel que quisiera conocer sus grutas de agua termal. Empiezan con una palapa cercana a la gruta bautizada como El Paraje. Con el tiempo y con sus propios recursos construyen en el monte una veintena de pozas de agua caliente y en el río unas cincuenta represas-alberca con agua que nunca rebasa la cintura de una persona adulta. Y es agua caliente. Hoy tienen tres hoteles y ya construyen el cuarto, espacio para no menos de 500 casas de campaña, seis restaurantes En el esquema de cooperativa bajo el rigor de los usos y costumbres la administración se rota cada año. Salvo el despacho contable externo que audita sus números, todo lo demás se rota democráticamente cada año. Si en uno eres el gerente del Hotel La Huerta, en el otro puedes ocupar una plaza de vigilante. O de barrendero. O de mesero. O de controlador del acceso a la gruta megáfono en mano. Los puestos de trabajo se reparten entre hombres y mujeres de alrededor de quince comunidades de la región. Los salarios rondan entre 250 y 300 pesos para seguridad, vigilancia, mantenimiento, limpieza, hotelería, restaurantes y amenidades. Así pueden recibir igual a dos mil que a quince mil personas por día. Así que hay que pensar cómo andará la masa de húmeda en Semana Santa.

Sí, parece un sueño. De alguna forma lo vivo este fin de semana: no me topo con un borracho pendenciero ni una sola botella de plástico aventada por ahí. Escribo en la libreta el sábado por la noche: “Verdaderamente increíble. Otro México. Y unos ejidatarios decididos a que el balneario funcione: muchísimos vigilantes; muchísimos botes dobles (orgánica e inorgánica) y muchos chavos empleados en recoger los desechos. Todos los martes baja la comunidad entera y le sacan lustre a las instalaciones. La verdad, muy edificante. Y según me dice uno de los vigilantes, ya regresaron muchos jóvenes que andaban de norteños, ya tienen empleo en casa.”

Osiris Rebolledo, el gerente del Hotel La Huerta en el que nos hemos hospedado, me lo confirma el domingo por la mañana. “Es un acuerdo del pueblo, aquí todos los puestos se rotan cada año. El que viene yo puedo igual trabajar de vigilante, y alguien más ocupará mi lugar aquí en la recepción. Así hemos trabajado siempre.”

Osiris estuvo nueve años de mojado en Minnesotta. Se regresó. Ya tiene trabajo seguro en su tierra.

El monte y el río de los peregrinos

San Cristóbal es un pueblo sin calles definidas, de casas modernas dispersas en el llano reseco en el que termina el valle del Mezquital, justo en el costado sur del cerro de la Corona. Es un pueblo que descubres a lo lejos por su templo que rompe cualquier molde. Un templo alto, todavía en proceso de construcción, coronado de cúpulas grandes y chicas y un frontal con 24 ventanas redondas y ovaladas a la espera de sus vitrales y lo que será un torreón en el centro imaginado una cimbra de madera. Un templo sin pueblo, me digo, porque aquí no hay una sola casa pegada a otra. Todas se miran y lo miran desde lejos. Extraño.

El templo de San Cristóbal.

Escribo ahí, en ese pueblo de cal y cardos lo que pienso que será el cierre esta crónica del éxito inaudito de los campesinos que encontraron en la fortaleza del agua su paraíso en la tierra.

“Es una especie de peregrinación ambiental. Yo nunca había visto tanta gente en movimiento que no fuera tras una virgen de Juquila, un santo señor de Chalma o la Lupita. Aquí el ánimo simple es el de la búsqueda del agua. Pero estos campes del Mezquital se cuecen aparte: ya tienen purificadora de Agua, tratan el agua residual, producen composta con los residuos orgánicos que generan los miles y miles de visitantes, y la aplican en los campos en los que sus vecinos campes cultivan el maíz de las tortillas para sus restaurantes. Chingones. Eso sí, y no lo duden, sus visitantes son pueblo, y por miles, con anafre y abuelita a la manera de mecánica nacional. No será sencillo contar esta historia suya de éxito.”

Luego camino por el templo de San Cristóbal. Tienen diez años construyéndolo. Igual que con los hoteles, los ejidatarios parten de un proyecto original y luego dan paso a la inspiración de sus albañiles. Y lo mismo con sus casas dispersas, ninguna junto a la otra, todas marcando distancias, como las almas en los panteones, como en las aldeas otomíes. Al centro de todo, pero sin más vecindario que un panteón con criptas del color de los huesos que ahí reposan. Cada quien decide en qué invertir su dinero, y el derecho de revolver todos los gustos, me digo cuando observo la piedra recubierta con lajas blancas cortadas en una cantera cercan, los muy elaborados cristales aquí sí de santos, vírgenes y Jesucristos. Y la manta en el futuro altar con San Cristóbal metido, por supuesto, en su río.

Los ejidatarios tienen su templo, su santo y su río.

El panteón de San Cristóbal, en el extremo norte del valle del Mezquital.

La cancha de fut rápido y la pista triple para carreras de caballos.

El caserío moderno y disperso.