Medio Ambiente

Muchísimas cosas buenas tiene México.

Y sin duda para mí, lo mejor de nuestro país empieza y transcurre por las mujeres. Hoy, en este momento, una grata historia con Julia Carabias y su reconocimiento con la medalla Belisario Domínguez.

Si hay alguna perspectiva estratégica, y si alguien la tiene, está en la voz de esta extraordinaria mujer.

Recojo de su discurso unas frases finales:



Hacer las cosas de una manera distinta y en defensa de un futuro promisorio... Modificar el rumbo para detener el deterioro... Inncorporar a la biodiversidad en todas las políticas públicas... Un país que no lo hace se empobrece y empeña su futuro... México, enorme responsabilidad ante el mundo... México mejor, justo, equitatativo, sin pobreza y con un medio ambiente protegido.

Valga este reconocimiento para pensar, por un momento, que sí podemos ser un mejor país.



RELACIONADA

Viaje al fin de la selva I

Viaje al fin de la selva II La selva campesina

Viaje al fin de la selva III Memoria campesina

Viaje al fin de la selva IV Los refugiados guatemaltecos

Viaje al fin de la selva V La selva capitalista

Mundo Nuestro. La organización internacional AVAAZ y la defensa de los elefantes. Los cazadores matan 30 mil al año. Nunca como ahora su extinción puede ser un hecho irreversible.
Este llamado a la acción proviene de AVAAZ, La comunidad global de movilización online que integra la acción política impulsada por la ciudadanía dentro de los procesos de toma de decisiones globales.
Avaaz, que significa "voz" en varios idiomas europeos, asiáticos y de Medio Oriente, nació en 2007 con una misión simple y democrática: movilizar a los ciudadanos del mundo para cerrar la brecha entre el mundo que tenemos y el mundo que la mayoría de la gente quiere.
¡Europa acaba de lanzar una consulta preguntando a la opinión pública si se debe prohibir definitivamente del comercio de marfil!

Los codiciosos traficantes están presionando contra el cierre del mercado, pero si inundamos el proceso con peticiones de prohibición, podríamos imponernos.

Se trata de un procedimiento formal en el que todas y cada una de nuestras voces cuentan. Si muchos de nosotros escribimos, podríamos lograr la prohibición definitiva del comercio de marfil y ayudar a evitar la extinción de estas criaturas mágicas:

Haz clic para pedir a Europa la prohibición definitiva del comercio de marfil

Nunca ha habido peor momento para los elefantes. Cada año, se asesinan 30 mil elefantes africanos por sus colmillos. A lo largo de nuestra vida, podríamos asistir a la desaparición de los elefantes de gran parte de África.

Pero EE UU y China han anunciado la restricción del comercio de marfil y Hong Kong está considerando una prohibición gradual para poner fin a este negocio en 2021. Europa va un paso por detrás. Y esta es nuestra oportunidad de recuperarlo.

Esta consulta está diseñada para ser compleja y tecnócrata, pero a menos que nos impliquemos todos y mostremos públicamente un respaldo masivo a la prohibición -- los traficantes de marfil le ganarán la batalla a los elefantes. Aportemos nuestro grano de arena:

Haz clic para pedir a Europa la prohibición definitiva del comercio de marfil

Lo que hacemos juntos funciona -- fuentes cercanas afirman que el llamamiento masivo de Avaaz exigiendo a Europa el fin del comercio de marfil ha presionado a la Comisión para lanzar esta consulta pública. Ahora estamos invitados a hacernos oír de manera formal. Participemos todos y consigamos esta victoria.

Con esperanza y determinación,

Christoph, Sarah, Spyro, Fatima, Nataliya y todo el equipo de Avaaz

Más información:

Europa y el ‘lavado’ del marfil que extermina a los elefantes (El Diario):
http://www.eldiario.es/caballodenietzsche/Europa-lavado-marfil-extermina-elefantes_6_590800956.html

China prohibirá el comercio de marfil en 2017 (El Mundo):
http://www.elmundo.es/internacional/2016/12/31/5867464ae2704e030b8b4622.html

La Eurocámara pide prohibir el comercio de marfil (EP):
http://www.europapress.es/sociedad/medio-ambiente-00647/noticia-eurocamara-pide-prohibir-comercio-ma...
Resultado de imagen para cacería de elefantes en áfrica

Mundo Nuestro. "La milpa es un espejo de la diversidad biológica y cultural de México", se afirma en el arranque de la

Para entender la historia larga de México hay que ir a sus milpas. Ahora mismo en septiembre, con los elotes a punto o ya en la ruta de la mazorca. O en los ayocotes y los quelites que se enzarzan en ese enredo de insectos y espinas que tienen atrapadas a las cañas del maíz. Y en el maíz que oculta sus colores azul y rojo y blanco y amarillo. O en el máiz de dientes multicolores, en el juego de adivinanzas que ha volado en el polen y en las alas de las abejas y los frailes que le chupan y le roban el dulce. Pensar en ello mientras se leen los artículos de la revista Oikos (Instituto de Ecología, UNAM, marzo de 2017), y se admiran las suertes de los científicos mexicanos decididos a recupera la trama milenaria del sembradío que explica nuestra civilización. Reproducimos aquí la introducción del texto "La milpa en México", que resume la investigación que lleva adelante un grupo de investigadores asociados al Instituto de Ecología y a CONABIO (Mahelet Lozada-Aranda, Idalia Rojas Barrera, Alicia Mastretta Yanes, Alejandro Ponce-Mendoza, Caroline Burgeff, M. Andrea Orjuela-R. y Oswaldo Oliveros Galindo)

El texto --se explica en la introducción del número de OIKOS-- analiza "los diferentes productos que se van obteniendo de nuestras milpas a lo largo del año, la diversidad de ambientes en los que se desarrollan, y los procesos evolutivos y antropogénicos que actualmente siguen modelando su diversidad vegetal. No descuidan la descripción de los distintos componentes de estos complejos ecosistemas, especialmente de sus polinizadores. El corazón de la milpa son los diferentes tipos, razas y variedades del maíz, y éste ha sido uno de los logros más importantes de los antiguos mexicanos: ¿cómo fue que modificaron al teosinte, un pasto anual que no se parece en nada al maíz actual, y que además no sirve de alimento porque produce semillas duras y pequeñas, convirtiéndolo en el maíz que todos conocemos? El teosinte no sólo es diferente morfológica y alimenticiamente, sino que toda su arquitectura, fenología (ciclo biológico) y adaptación al clima, se ha modificado por la selección artificial que hicieron los antiguos mexicanos. El teosinte ha sido motivo de cuidadosos estudios, y Jonás Aguirre Liguori, alumno de doctorado de nuestro Instituto, nos platica sobre el trabajo que está realizando para entender su biología evolutiva y adaptación. Este será el primer paso para comprender finamente el proceso de domesticación y adaptación del maíz, y será además una herramienta fundamental para conservar mejor nuestros recursos genéticos. Jonás expone los avances e ideas que se han generado recientemente, utilizando modernos estudios genéticos y genómicos que permiten entender el proceso de domesticación del maíz. También menciona algunos resultados sobre la adaptación local en el teosinte, y cómo esta información puede contribuir en el futuro al mejoramiento del maíz cultivado, especialmente frente a escenarios de cambio climático."

La imagen de la portadilla es de Diego Rodrigo Ortega Díaz con imagen de Anat Zelligawski.



Productos de la milpa de Oaxaca. Fotografía: Mahelet Lozada- Revista Oikos, Marzo 2017.

La milpa en México



México es el centro de domesticación y diversificación de muchas plantas que son importantes en todo el mundo. Este proceso se ha desarrollado en diversos sistemas agrícolas tradicionales, y uno de los más conocidos es la milpa, cuyo nombre proviene del náhuatl milpan, compuesto a su vez por los vocablos náhuatl milli que significa “parcela sembrada” y pan “encima de”.

Milpa cercana al Nevado de Toluca, con maíz, frijol ayocote y calabazas. Fotografía: Alicia Mastretta.

La milpa es un agroecosistema que surgió en Mesoamérica y posteriormente se expandió al resto de México y Sudamérica, se caracteriza por ser un policultivo, en el que además de la siembra de maíz, se asocian otras especies domesticadas como los frijoles, las calabazas, los chiles, los tomates, y otras tantas semi-domesticadas, como los quelites, los cuales crecen dentro del sistema de forma natural y el ser humano los ha manejado y protegido con esta forma de sembrado. La diversidad de cultivos dentro de la milpa depende de cada región, no sólo por el clima, pendiente y suelo, sino por el grupo humano asociado a ella, que de acuerdo a sus necesidades, saberes y tradiciones, le ha impreso un sello distintivo. Es decir, la composición y estructura de las milpas en la península de Yucatán, es diferente a las presentes en la Sierra Tarahumara en Chihuahua o a las del Centro de México. Por lo anterior, se puede decir con seguridad que en México no existe una sola milpa, sino muchas milpas. Durante varios meses al año se producen alimentos en la milpa (Figura 2). Poco tiempo después de ser sembrada, las flores masculinas de la calabaza estarán disponibles para consumir, así como diferentes tipos de quelites, posteriormente están listos los elotes y frijoles tiernos, y finalmente los granos maduros de frijol y maíz. En el sureste mexicano, en ocasiones, cuando se supondría que la milpa se encuentra en descanso, ésta sigue produciendo recursos como tubérculos (camotes, yuca) que son rescatados para complementar la alimentación. Dependiendo de la región, también existen milpas con árboles frutales, como el aguacate, la papaya o la guayaba. Desde la época prehispánica, el uso de la milpa se ha extendido en todo México y Sudamérica, el agroecosistema fue adaptándose a diferentes condiciones ambientales, que van desde el nivel del mar hasta más de 3,000 metros de altitud. Las plantas que se cultivaron se adecuaron a dichas condiciones gracias al trabajo recurrente de los agricultores, que durante años han seleccionado semillas y experimentado con ellas durante cada ciclo. Esta selección se basa no sólo en términos de producción, sino también de crecimiento de la planta, su capacidad de adaptación, el uso que se le da a los diferentes productos, en la preparación de alimentos que las utilizan, su empleo en las festividades, entre otros; es decir, en aquellos atributos que el grupo étnico considera importantes para ellos.

Los agricultores, tanto hombres como mujeres, participan en la dispersión de las semillas a nuevos sitios, pues intercambiar semillas entre distintos grupos humanos es una práctica común. El intercambio puede darse dentro de la misma comunidad a pocos kilómetros, o traspasar grandes regiones, como puede ser el caso de jornaleros campesinos, que viajan de un estado a otro transportando semillas. Muchas especies cultivadas en la milpa tienen parientes silvestres con los que se pueden cruzar, y por ende desarrollar “formas intermedias” derivadas de estas cruzas, con las cuales el agricultor puede continuar seleccionando las características que le son favorables. Esta acción permite que el proceso de domesticación se mantenga vigente aún en nuestros días. Es decir, que la evolución de los cultivos bajo domesticación sigue ocurriendo de manera continua en las milpas de México y Mesoamérica. La riqueza de la milpa va más allá de los recursos que nos ofrecen, pues también son relevantes las interacciones que ocurren entre todos sus componentes. De estas interacciones, por ejemplo, el papel de los insectos benéficos ha sido subestimado y poco estudiado, quizá porque concebimos a los insectos como seres de aspecto poco agraciado y asociados a la destrucción de los alimentos. Sin embargo, estos habitantes o visitantes de la milpa brindan servicios como la polinización y el control de plagas (Figura 3), pues cuando una planta de maíz es atacada por un insecto, ésta es capaz de producir compuestos que se esparcen con el viento y que atraen a los predadores naturales de las plagas. La milpa a su vez, al ser un policultivo, brinda alimento (polen y néctar) y refugio que no siempre están presentes en los sistemas intensivos de siembra (monocultivos). En este contexto, la resistencia a plagas del maíz y demás plantas comestibles, no depende únicamente de mecanismos individuales, sino de las interacciones que ocurren entre los miembros de la milpa. Sin embargo, estos mecanismos son menos eficientes o no ocurren en los monocultivos, y por ende el riesgo de que se establezca un grupo de insectos que se convierta en plaga, es mayor.

SIGUE REVISTA OIKOS

Mundo Nuestro. Sierra Norte de Puebla, geografía del despojo es un documental que pone en el debate público un tema estratégico en nuestro país: el Estado como promotor del despojo de los territorios de los pueblos originarios para el desarrollo capitalista y la lucha social que le resiste. Muchas voces que dan cuenta de las organizaciones sociales que en los últimos años se han levantado contra los proyectos industriales mineros, energéticos e hidroeléctricos a todo lo largo de la Sierra Norte de Puebla. Realizado por el joven documentalista poblano Gerardo Romero Bartolo y con fotografía de su hermano José Luis, el documental fue producido con el respaldo de la UNAM y Chapingo. Ofrece una idea precisa del mundo que construyen jóvenes intelectuales poblanos comprometidos con la realidad de su país.

Mundo Nuestro. El viernes 10 de abril del 2015, en la Casa del Puente, Gabriela Méndez Cota, Luz Elvira Torres, Margarita Toxqui y Ángela Arziniaga presentaron el proyecto En busca del quelite perdido: recetario viviente para Cholula. Así es, a caballo entre el arte, la ciencia y la literatura, un libro dispuesto como construcción colectiva sobre las plantas comestibles que crecen enredadas en la milpa. El proyecto tendrá como sede de la investigación uno de los más serios esfuerzos ecológicos en Puebla, el del Jardín Etnobotánico Francisco Peláez, “un verdadero paraíso que cuenta con un herbario con quelites locales”, como lo describe Gabriela Méndez, y un espacio cultural entrañable en Cholula: la Casa del Puente. Este texto de Gabriela, que describe lo que sera una construcción colectiva apasionante, tiene como propósito “correr la voz de esta iniciativa de reinventar el patrimonio culinario de Cholula a partir de la memoria de los quelites.” (Mundo Nuestro)



Voy a empezar a narrar la historia de nuestro proyecto presentándome a mí misma y al equipo del que soy parte. Ya les dije mi nombre, y ahora les digo que no soy cholulteca y ni siquiera poblana. Soy una norteña o chichimeca que llegó a Cholula hace quince años para estudiar Humanidades en la Universidad de las Américas, Puebla. Me pasó lo que a muchos estudiantes foráneos, a saber, que me enamoré de Cholula. Me enamoré de sus campos, de sus animales, de sus calles llenas de niños y mujeres en bicicleta, de sus singulares construcciones, de sus fiestas con flores y cohetes, de su cielo azul technicolor y en fin, hasta de los topes, los baches y los altavoces del gas y la basura. En este escenario híbrido de lo rural y lo urbano encontré grandes amistades y también, a mi gran amor, con quien hoy co-habito felizmente en el centro de San Andrés. Aunque viajo mucho por razones de trabajo, Cholula se ha convertido en mi refugio y en mi hogar. Es por ello que, a pesar de que íntimamente seré extranjera siempre, aquí y en todas partes, desde hace tiempo he deseado hacer algo especial por Cholula, para Cholula.

El año pasado alguien me ofreció la oportunidad de una manera súbita y generosa, alguien que tristemente ya no está con nosotros en cuerpo, aunque sí en espíritu. Me refiero a Yara Almoina, una gran profesional de las artes y el diseño que en ese tiempo luchaba contra el cáncer, pero sobre todo, luchaba por vivir compartiendo hasta la última gota de su experiencia, talento y visión. Yara me llamó por estas fechas del año pasado y me habló de un recetario compuesto a lo largo de varios años entre Luz y Margarita. Me dijo que con ese recetario ella quería hacer un libro. Me habló a mí porque años antes había hecho otro libro en el que participé con un ensayo breve. Aquel otro libro se llamaba Bienmesabe: maridaje de almas y estómagos poblanos. Yara se ocupó del diseño editorial de ese libro, pero también ideó y coordinó todo el evento que dio lugar al libro, una serie de encuentros entre escritores o académicos, por una parte, y chefs de los más prestigiosos restaurantes poblanos. El objetivo de los encuentros era, como bien indica el título, reunir el alma con el cuerpo, el alma representada por gente de letras y el cuerpo representado por gente de cocina.

En esa época yo estaba investigando para mi tesis doctoral la historia del maíz en México, no del maíz como recurso vegetal sino del maíz como símbolo de una nación fracturada desde su origen. Estaba enterándome de que el maíz, eso que nos identifica tanto como mexicanos, se volvió aceptable para las élites políticas hasta mediados del siglo XX, antes de lo cual era un alimento estigmatizado de mil maneras, ello por su asociación, ahora sí que ancestral, con las mayorías mestizas e indígenas. Me interesaba recordar esta historia en el contexto de los debates en torno a la biotecnología agrícola, para hacer una reflexión sobre el presente mexicano, sobre lo que nos impide, como sociedad, alcanzar una democracia de verdad. Una democracia en la que tanto la comida como las letras sean accesible para todos, no solamente para unos cuantos. Así que aproveché la invitación de Yara para reflexionar sobre las promesas de re-conectar el alma de las letras con el cuerpo de la cocina. Una de ellas consiste en interrogar críticamente la gastronomización de la cocina popular mexicana, su apropiación por parte de la industria gourmet.



Desde entonces y hasta la fecha yo insisto en que nos preguntemos qué es lo que hace posible, en primer lugar, la riqueza culinaria de nuestro país. Se trata de algo que hemos estado olvidando activa y pasivamente desde hace muchas décadas, algo cuya pérdida se puede observar particularmente en el paisaje rural/urbano de Cholula. Me refiero a la agricultura. No soy agricultora, pero la agricultura ha sido un tema de mi reflexión durante varios años, en parte porque una parte de mi familia fue gente de campo, y en parte porque aquí, en Cholula, me di cuenta de lo que perdió.

El paisaje rural todavía existe en Cholula…

En el fondo, por tanto, son los afectos los que me mueven a poner mi escritura al servicio del lugar que habito, del lugar que me concierne y que quisiera, junto con muchos otros, ayudar a proteger de las violentas imposiciones de la urbanización. ¿Se imaginan ustedes, en los alrededores del cerrito, un museo vivo de la agricultura en lugar de un parque pavimentado con hoteles y restaurantes? Yo sí me lo imagino porque eso es lo que he estado observando desde que llegué a Cholula hace 15 años. El problema es que no todos observamos lo mismo, y donde algunos vemos futuro otros ven solamente pasado, donde algunos vemos vida otros solo atraso, donde algunos vemos creatividad otros solo ven desperdicio. Así ha sido desde hace por lo menos 500 años, desde que Mesoamérica fue colonizada por los europeos. Nos toca vivir en una coyuntura global muy interesante: por todos lados empieza a reconocerse que el modelo económico heredado del colonialismo europeo causa más problemas de los que resuelve, que es necesario repensar nuestro modo de vivir si realmente queremos vivir, y en primer lugar sobrevivir al desastre ecológico y social que nos acecha. Cuando Yara me propuso que consiguiera los fondos para publicar el recetario de Luz y Margarita, yo inmediatamente pensé en hacer del recetario algo más que un recetario, algo más que un fragmento de patrimonio; quise pensarlo como una intervención cultural y política. ¿Podemos, como dirían los españoles de hoy, podemos ver en el quelite algo más que un quelite, podemos ver en el quelite un esfuerzo colectivo por reorientar nuestro modo de vivir?

Esta es la gran pregunta que inspira el proyecto titulado En busca del quelite perdido.

El quelite simboliza para mí el tiempo y la memoria, como en aquella novela de Marcel Proust titulada En busca del tiempo perdido. La verdad es que el recetario de Margarita y de Luz es bastante extenso y tiene recetas de todo, no solo de quelites. Ellas aceptaron mi propuesta de hacer una selección de recetas con quelites, y es esa selección lo que ustedes podrán encontrar en el libro, junto con un ensayo mío y un fotoensayo a cargo de Ángela Arziniaga. Además de probar y editar las recetas seleccionadas para que sean fácilmente apropiables por las y los lectores del libro, Luz realizará intervenciones plásticas en algunas fotografías de Ángela, las cuales a su vez rescatarán algo de la experiencia participativa en los talleres de cocina y de fotografía que Ángela y Luz impartirán aquí en Casa del Puente y en el Jardín Etnobotánico. En esos talleres, yo por mi parte recabaré testimonios y memorias de los participantes, a través de un ejercicio de asociación libre en torno a la degustación de los quelites.

Algunos reconocerán aquí una cita a la famosa madalena de Proust, el panecillo que desata en el personaje un conjunto de asociaciones y recuerdos de infancia. Pues nosotros lo vamos a hacer con quelites; lo que importa es que también se trata de una operación en busca del tiempo perdido. Por supuesto, todas las y los participantes recibirán debido crédito en la publicación, y espero que eso los motive a sumarse a nuestro esfuerzo. Asimismo les comento que el libro tendrá una versión digital que podrá descargarse gratuitamente desde la red, y más todavía, funcionará también como un libro-blog al que podrán contribuir todos los usuarios registrados. En este sentido el recetario se concibe como un “libro viviente”, es decir, un libro que puede ser modificado y enriquecido indefinidamente mediante la adición de recetas, imágenes, testimonios o poemas. También ofreceremos talleres para aprender a utilizar este libro-blog una vez que esté listo.

En busca del quelite perdido alude a la literatura, pero también alude a la ciencia, como mi amigo Francisco me hizo notar cuando le conté de este proyecto. Él pensó, inmediatamente, no en Proust sino en el eslabón perdido. El “eslabón perdido” se refiere a un fósil transicional, es decir, al fósil de una especie en estado de mutación, un híbrido cuyo hallazgo sería evidencia para la teoría de la evolución de las especies. Serviría como evidencia, por ejemplo, de que hace mucho tiempo, en un proceso de selección gradual, algunos peces se convirtieron en anfibios, y que más adelante algunos anfibios se convirtieron en mamíferos, y que finalmente algunos mamíferos se convirtieron en seres humanos. Desde el siglo XIX, que fue cuando Darwin publicó su famosa obra sobre el origen de las especies, los científicos han buscado fósiles transicionales para reconstruir el árbol de la vida. Su búsqueda tiene una historia controversial, particularmente en lo que toca a la especie humana. En este caso el “eslabón perdido” sería una forma transicional entre los simios y los seres humanos.

De alguna manera, la pregunta por el eslabón perdido es la pregunta por el momento de la historia en que aparece el ser humano tal y como lo conocemos ahora, el momento en que podemos distinguirlo de sus ancestros animales. Hoy se piensa que esta pregunta tiene un carácter más religioso que científico, pues parecería invocar la idea de que el ser humano es, por obra de Dios, un ser claramente distinguible de los animales. Incluso hubo competencia entre científicos de diferentes naciones europeas que luchaban por reclamar para su nación al primer hombre de verdad: quien encontrara en su patria al eslabón perdido ganaría para ella un estatus de pueblo elegido. Pero con el tiempo, y tras el hallazgo de más y más formas transicionales, la ciencia ha llegado al consenso de que el llamado “eslabón perdido” es un mito porque en realidad no está perdido. Siempre será posible hallar más y más formas transicionales porque en el fondo lo único que ha existido es la evolución, es decir el proceso mismo de cambio y selección natural de adaptaciones a cambios en el medio ambiente. Ustedes se preguntarán qué tiene que ver todo esto con los quelites. ¿Es acaso el quelite una especie de eslabón perdido de nuestra historia?

Los quelites, el tiempo, el eslabón…

Lo que ofrece nuestro proyecto es algo a caballo entre la ciencia y la literatura, podría decirse que ofrecemos una forma transicional entre ciencia y literatura. Ya dije que el quelite toma el lugar del tiempo: buscamos el tiempo perdido mediante una re-mitologización del quelite para el cambiante presente cholulteca. La teoría de la evolución también es una teoría del tiempo, del cambio, de lo que se pierde y de lo que se gana con cada cambio, con cada adaptación a los cambios ambientales. Mi propia contribución al libro será un ensayo de reflexión acerca de lo que se gana y lo que se pierde con la transformación de un espacio rural en un espacio urbano, de una sociedad agrícola en una sociedad dedicada al intercambio monetario de bienes y servicios. Por supuesto que en esta transformación, muy avanzada ya incluso en Cholula, se pierden quelites. Pero también se gana conciencia de que es necesario recordar a los quelites para hacer frente a la transformación.

Hoy en día, la investigación científica de los quelites es inseparable de una preocupación por los retos ambientales a los que nos enfrentamos como humanidad. Me refiero, por ejemplo, al cambio climático global. Los botánicos de la UNAM hablan de los quelites como “recursos fitogenéticos” que, de ser suficientemente estudiados y utilizados, podrían ayudar a alcanzar “seguridad alimentaria” para nuestro país. Es posible que tengan razón, que los quelites deban recuperarse por su utilidad potencial para hacer frente a la crisis mundial de la agricultura. Sin embargo, para nosotros los quelites son algo más, son otra cosa, que recursos fitogenéticos. Son una metáfora de que las tradiciones, las identidades, los patrimonios, las comunidades no son cosas estáticas sino procesos dinámicos, procesos que generan, además de conflictos, nuevas posibilidades de adaptación y negociación creativa, de acercamiento solidario entre las viejas y las nuevas generaciones, entre los habitantes nativos y los nuevos habitantes de las Cholulas. Lo estamos viendo, desde hace tiempo, con la presencia de organizaciones como Slow Food en Puebla, y más recientemente en Cholula. Nuestro equipo se suma, a través de una investigación creativa, transdisciplinaria de la figura del quelite, a los procesos participativos en curso, y su singularidad consiste en una línea de acción propiamente reflexiva para la revalorización de las prácticas agrícolas en general.

Dicho todo esto procedo a compartir con ustedes algunos datos relacionados con los quelites en el contexto de la agricultura. Como ustedes saben, el término “quelite” deriva del náhuatl ‘quilitl’ y se usa para designar a las “plantas tiernas comestibles”. Esta definición sigue siendo la base de la que utilizan los científicos para caracterizar la gran diversidad de los quelites mexicanos, pero conviene reconocer que hay, a su vez, una gran diversidad de usos del término quelite. Aquí en Cholula, por ejemplo, solamente se le dice “quelite” al “quelite de trigo”. Todas las demás plantas tiernas comestibles (que para los botánicos siguen siendo quelites) tienen su propio nombre, como por ejemplo el quintonil, el alache, la pipicha, el huauzontle, etcétera. Aquí vamos utilizar el término “quelite” para nombrar no una sola sino la diversidad local de plantas tiernas comestibles, muchas de las cuales son plantas asociadas a la milpa tradicional. Decir que van asociadas significa que en la mayoría de los casos no se cultivan intencionalmente sino que se desarrollan de modo espontáneo dentro de las condiciones favorables de la milpa, y que se toleran e incluso se fomentan por apreciarse su sabor y su textura. Algo interesante de mencionar es que no todos son especies nativas americanas. Con la colonización se incorporaron a la categoría de quelites muchas plantas de origen europeo, como por ejemplo la lengua de vaca y la lechuguilla, que actualmente se cuentan en todos los inventarios de quelites. De las casi 400 especies de quelites registrados aproximadamente 33 son de origen europeo. Otra cosa interesante, o más bien sorprendente, es la estimación de que en cinco siglos se ha perdido el 90% de los quelites que se consumían en Mesoamérica. La pérdida ha sido no solo cuantitativa sino también cualitativa: aunque en lugares como Cholula se sigue apreciando el huauzontle, por ejemplo, su consumo ya no está vinculado con ceremonias religiosas como el “huahquiltamalcuzliztli”, que se hacía para promover el crecimiento de los niños. A grandes rasgos hay dos causas o dos aspectos históricos de esta pérdida masiva de quelites: 1) la colonización de tierras mesoamericanas propició muchos cambios ambientales desde el desarrollo de zonas urbanas hasta modificaciones en las prácticas agrícolas. Los españoles introdujeron la idea de que la agricultura mesoamericana era improductiva porque no implicaba tanto esfuerzo como la agricultura europea. Por esta creencia, los pueblos colonizados fueron forzados a abandonar su forma autóctona de productividad diversificada, y también su aprecio de los quelites, que para los españoles eran comida de bestias y de sirvientes. La realidad reconocida hoy por los científicos es que los quelites son muy nutritivos: aportan vitaminas, minerales y ácidos grasos esenciales, además de proteína. Otros beneficios que aporta su consumo tienen que ver con el control de enfermedades como la diabetes y el cáncer, puesto que contienen fibra y antioxidantes. Ahora se sabe y se reconoce con mayor frecuencia que los quelites son dignos y nutritivos, pero el problema al que nos enfrentamos es igualmente grave y aquí entra la segunda causa o aspecto: 2) la industrialización de la agricultura mexicana y la urbanización de zonas rurales en el siglo XX han disminuido dramáticamente el consumo de plantas alimenticias y con ello los aspectos culturales y biológicos del proceso de domesticación de dichas plantas.

Tanto en zonas urbanas como rurales se ha inducido un cambio en la alimentación de las nuevas generaciones a través de los medios de comunicación que publicitan comida industrializada. Lo más grave de esto, además de la pérdida de salud y de autosuficiencia alimentaria, es que representa una ruptura generacional en la transmisión de los saberes (agrícolas, por ejemplo), una ruptura que a su vez disminuye las posibilidades de que los quelites sigan existiendo. De hecho, los quelites han sido marginalizados material y simbólicamente mucho más que el maíz. Nuestro trabajo constituye un intento de responder activamente a esa marginalización, de intervenir en el imaginario público de Cholula para intentar recordar lo que hace posible hoy día celebrar su patrimonio culinario.

Concluyo resumiendo en qué consiste nuestra intervención. En primer lugar consiste en hablar del patrimonio en presente, como algo vivo y en constante mutación. En lo personal yo me siento insatisfecha con que se describa a Cholula como una entidad “ancestral”, como si todo su interés radicara en el pasado. Me importa la Cholula de hoy y me preocupan los cholultecas de hoy, particularmente los niños y los jóvenes. Creo que es importante implicarlos no en solo en la defensa sino también en la construcción responsable de su patrimonio cultural.

En segundo lugar nuestra intervención consiste en consiste en decentrar la figura del experto de la producción de conocimiento local. Creo que es importante comunicar al público en general que tanto la ciencia como la literatura son actividades demasiado importantes como para dejárselas a los académicos o los letrados profesionales. Cómo se representa el origen, la tradición, la identidad es un asunto muy delicado, en el que todos debemos participar si realmente aspiramos a una sociedad democrática. Las actividades de recolección, de identificación, de representación, de preparación de los quelites son parte de de ese proceso de participación que queremos fomentar. En este sentido, nuestro libro En busca del quelite perdidocontribuye a esfuerzos colectivos más amplios que reconocemos y que consideramos necesario apuntalar.

Mundo Nuestro. En busca del quelite perdido, ese proyecto vital y divertido de la filosofa Gabriela Méndez Cota que suma inteligencia y creatividad académica al esfuerzo de recuperación de la milpa como fundamento cultural histórico de México, está ahora en línea con el propósito de reproducirse colectivamente. Y así se presenta: "En busca del quelite perdido es un libro acerca de Cholula que se compone de un ensayo testimonial, un archivo fotográfico y un recetario. En esta página puedes acceder a los contenidos originales del libro, modificarlos y enriquecerlos con tu propio testimonio, tus propias recetas y tus propias fotografías. Se trata de un libro viviente: un texto múltiple y dinámico abierto a tu participación. El objetivo es fomentar y sostener una reflexión pública sobre los cambios que la urbanización trae a la vida cotidiana en Cholula, y sobre lo que podemos hacer para que sean algo más que una pérdida: un ejercicio colectivo de reinvención cultural."

En busca del quelite perdido/El libro en línea

Mundo Nuestro ha publicado de Gabriela Méndez Cota sobre el tema el texto



En busca del quelite perdido

En busca del quelite perdido

Y del antropólogo Julio Glockner:

Por la ruta del quelite y en defensa de la economía campesina



De la propia Gabriela Méndez Cota hemos publicado

De milpas, tortilla española y quelites cenizos/Primera parte

De milpas, tortilla española y quelites/Segunda parte

Pensar extramuros: impedir que la negación se vuelva total

Mundo Nuestro: texto tomado del blog Historias desde el biogalón de la bióloga mexicana Alicia Mastretta Yanes.

Debería escribir mi reporte anual, pero me seducen los frijoles silvestres

He dedicado buena parte del día, que ya se convirtió en noche lluviosa, a escribir mi reporte anual de Cátedras CONACYT. Debería continuar, no he terminado. Ya está el esqueleto, pero debo agregar los detalles. Enumerar los talleres, describir las actividades. Decir con palabras profesionales qué tanto ha avanzado el proyecto. Va bien, queridos revisores, va bien.

Tan va bien que pasé de tener a los parientes silvestres de los cultivos mexicanos como un recurso bibliográfico en algún cajón de mi cerebro, a dejarme seducir por los frijoles silvestres. Ahí están, en el Bosque de Tlalpan por ejemplo. En medio de la Ciudad de México, evolucionando al margen del camino por el que a veces vamos a correr.

Miren, Phaseolus coccineus (el sabrosísimo ayocote) crece como una mancha verde y voraz, que benévola regala néctar en sus lustrosas flores rojas:




Igual de bonitos son los Phaseolus coccineus subespecie striatus, que se distinguen por tener las flores rosas:


Pero luego están estos que ni son rojos, ni son rosas y quién sabe si serán híbridos:


Y estos que de plano son de un color que ni el experto en frijoles silvestres de México había visto:


Por supuesto a las abejas parece no importarles la cama de carmín.


Aunque quizá sí les importe toparse con una flor con cazador incluido:


Y como a esa araña no la pude enfocar bien, les regalo mejor a este "señor del suéter gris", como le dice Alfonso Delgado a Xylocopa tabaniformis azteca. La flor es una Dahlia.


Ya son suficientes fotos por lo pronto, pero les dejo este Proyecto de Naturalista donde queremos recopilar más observaciones de parientes silvestres de los cultivos mexicanos.



Mundo Nuestro. Llegan siempre anunciadas con premura, alertados como estamos desde siempre por sus consecuencias. son las tormentas tropicales. Ahora es Franklin. Ayer, el año pasado, Earl. Hoy mismo el sufrimiento de los damnificados. Mañana las vestiduras desgarradas de los funcionarios y políticos frente a las montañas deslavadas. Son los muros de agua, los torrentes de siempre: 1944, 1955, 1999, 2016. Y son los interrogantes siempre mal respondidos: ¿por qué no somos capaces de plantar contra la fuerza brutal de una naturaleza, que confirma a mazazos de agua y viento nuestra precariedad, estrategias de recuperación ambiental de largo plazo.

¿Alguien ha escuchado alguna vez de alguna campaña de forestación permanente, planificada y con recursos económicos suficientes para las montañas poblanas, igual en las sierras Norte y Negra que en los macizos volcánicos del centro del estado?

Siquiera un atisbo de que queremos aprender del pasado.



Nada. Sólo los recurrentes y veraniegos azotes de los huracanes. Y el ruido absurdo en la prensa y en los discursos.

CON LA TRAGEDIA EN LOS OJOS. PUEBLA: LOS NUEVOS MUROS DE AGUA

Noviembre de 1999

Las tormentas de octubre sobre la Sierra Norte de Puebla pusieron una terrible paradoja al descubierto, algo que hace aún más difícil reconstruir la infraestructura perdida: la región indígena-mestiza cuenta con altos niveles de producción agrícola e industrial pero se encuentra amarrada de manos por estructuras políticas y económicas extremadamente arcaicas.




Ironía mexicana: el azote del cielo trae la Sierra Norte de Puebla a la historia moderna del país. Ni las guerras civiles del siglo XIX provocaron una movilización social como la que se vive desde la primera semana de octubre. Más allá de los muertos —tal vez cerca de 500— y la destrucción de la economía y los servicios en un territorio al que el Estado con sus instituciones nunca acabó de llegar, sesenta horas de lluvias activaron el detonador de un cambio estructural en esta densa región de pueblos indios nahuas y totonacos sumidos en la marginación y la pobreza propias de los rasgos más arcaicos de México. Si a la inteligencia se suma una buena política, tal vez de la catástrofe resulte una nueva sierra. SIGUE

Cianuro en zona de deslaves: demasiados avisos para México

Cianuro en zona de deslaves: demasiados avisos para México

Tetela de Ocampo, un municipio sumergido en la Sierra Norte de Puebla, está en estos momentos enfrentando la posibilidad de que se funde en su territorio una mina de oro a cielo abierto. Mina a cielo abierto significa quitar el bosque y procesar la roca de una amplia extensión de terreno. Significa también cianuro para lavar la roca y extraer el oro. El cianuro es una sustancia muy tóxica. SIGUE