Viaje al fin de la selva I

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Publicado originalmente en su primera parte en la revista Nexos en febrero del 2015, este reportaje de largo aliento se presentó completo en Mundo Nuestro en esos mismos días. Lo recuperamos aquí con el ánimo de iniciar esta nueva etapa de la revista digital con una mirada a la realidad ambiental de nuestro país y los retos enormes que se nos presentan a los mexicanos.

Viaje al Fin de la Selva I



Sergio Mastretta

Hay muchas selvas que atentan contra la única selva que resiste en México, la Reserva de la Biósfera Montes Azules, con sus 331 mil hectáreas en la región Lacandona en Chiapas. La selva del fracaso agropecuario y la pobreza campesina, con 400 mil habitantes en dos mil 274 localidades plantadas entre 1940 y 2010 sobre 1.2 millones de hectáreas. La selva de la explotación capitalista, la de los pastizales rentados a los campesinos para la engorda ganadera y la de los monocultivos de palma africana y hule, con incontables hectáreas ejidales en la región de Marqués de Comillas vinculadas a la producción industrial. Y la selva del conflicto social, que revela la tragedia de fondo, la de los miles de jóvenes campesinos indígenas de las comunidades que rodean la única selva alta sobreviviente en México, muchachos que la miran como su única alternativa de acceso a la tierra y al trabajo.

Y todo atenta contra la conservación de un patrimonio natural inigualable.

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Mediados de junio de 2014 en el río Lacantún. Ni luces del aguacero que en la madrugada desvencijó la techumbre de zinc en los caseríos de Marqués de Comillas, ahora nos acompaña una nublazón mustia que a ratos deja asomar al sol. Dos semanas torrenciales han dejado un río denso, una carga de agua que parece arrastrar consigo a la montaña. La lancha corre río arriba desde la estación Chajul hacia la boca del río Ixcán. Noé maneja imperturbable la embarcación; es un campesino de 43 años, licenciado en administración de empresas por la Universidad de Chiapas, y actual comisariado ejidal de Boca de Chajul. De cuando en cuando Noé se arrima a la ribera derecha y baja con dos compañeros de trabajo a desbrozar la maleza que oculta los carteles que previenen que en la ribera noroeste del río Lacantún empieza la Reserva de la Biósfera de Montes Azules, el área natural protegida más grande de la Selva Lacandona.

No habían podido hacerlo luego de las amenazas de algunos campesinos tzeltales del poblado de Nueva Palestina contra los biólogos de Natura Mexicana, en el marco de la presión agraria que está sufriendo la Selva Lacandona. A finales de abril de 2014 ocurrió el secuestro de Julia Carabias. El conflicto en la Comunidad Lacandona y la movilización de los pueblos tzeltal (Nueva Palestina) y chol (Frontera Corozal) derivó en los cierres de la carretera fronteriza como mecanismo de presión para lograr el reconocimiento y regularización de alrededor de mil 200 hectáreas ubicadas en el corazón de la reserva, en las que existen tres asentamientos irregulares (Ranchería Corozal, con 15 familias tzeltales; Salvador Allende, 17 familias tzeltales; y San Gregorio, 45 familias tzotziles). Nada más en Nueva Palestina viven siete mil jóvenes, hombres y mujeres, sin tierra. Sus ojos y sus sueños, como los de sus padres y abuelos que colonizaron la Lacandona miran hacia la selva.

El cartel con logos de Conanp, Profepa y gobierno de Chiapas informa que está prohibido realizar desmontes y quemas, establecer poblados y trabajaderos, extraer y cazar animales silvestres, pescar, talar y sacar árboles y plantas de la reserva. Y agradece por colaborar en la conservación del patrimonio natural, justo lo que no ha ocurrido en los últimos 50 años en la Lacandona: se han perdido dos terceras partes de las 1.8 millones de hectáreas que existieron alguna vez. De 600 mil hectáreas sobrevivientes, no más de 420 mil permanecen intocadas. De éstas, 330 mil corresponden a la Reserva de la Biósfera de Montes Azules.

El letrero reaparece tras los machetazos de Noé. Puedo trazar una línea de 60 kilómetros hacia el norte y recorreré el único manchón de selva alta perennifolia que sobrevive en México. O puedo mirar a la otra orilla, y comprobar cómo dos ríos guatemaltecos cercanos han perdido sus selvas. O mirar río arriba hacia las innumerables cañadas que se desprenden desde los altos chiapanecos y certificar también su devastación. Qué sola queda Montes Azules. En el costado oeste de la reserva, y a lo largo de 75 kilómetros de cañadas del río Perlas, hay 35 pueblos campesinos: zapatistas, priistas, católicos, pentecostales. Todos presionan hacia lo que consideran su reserva agraria.

La lancha retoma su curso. Le pregunto a Noé qué hacen cuando descubren algún asentamiento humano en Montes Azules.

—La última vez fue en noviembre de 2013, frente a Zamora Pico de Oro —me dice—. Lo descubrimos al hacer un monitoreo de guacamayas con Conanp. Habían estado una semana, eran grupos de Nueva Palestina, como 30 personas. Había menores, pero no había mujeres. Fuimos a verlos. No nos trataron mal, no nos amenazaron. Platicamos, ellos decían que ya no se iban a mover, que iban a llegar más, que iban a poblar la ribera del Lacantún. Yo pensé: van a acabar con todo. Afortunadamente, el gobierno los pudo sacar.

—¿Qué va a pasar con esos miles de jóvenes tzeltales que no tienen tierra?

—No permitiremos que se metan a la reserva —dice a media velocidad Noé, y me da a entender la dimensión que puede adquirir el conflicto por la selva—. En el ejido tenemos prohibido bajo amenaza de cárcel que los de aquí apoyen a esas gentes.

Varios letreros adelante la lancha encuentra un puente colgante por el que cruzan todos los días hacia la reserva los campesinos tzeltales de Tenejapa, un poblado que no vemos porque aquí el río empieza a encañonarse. Hace años el gobierno les reconoció un desmonte de 75 hectáreas dentro de la reserva, pegadas al río, con el compromiso de que no hicieran pueblo. Y hace poco más de un año les construyeron el puente, para que no penaran en cayucos. Cuando atracamos en la orilla izquierda vemos venir por la tablazón a un hombre con su mecapal y una carga de leña. Noé lo encuentra justo a la mitad del cruce y ahí la conversación se balancea sobre el río.

Y cómo le va, dice Noé. Pues más o menos, bien, bien, nomás que en chinga, siempre con este calor, ¿y ustedes son de Chajul entonces? De allá venimos limpiando los letreros, y por acá debía de andar uno, nomás que no lo veo, y no conozco bien hasta dónde llega su límite de ustedes, ¿no lo ha visto? Ajá, pues sí, sí, no se ve mucho. ¿Y cómo marcan hasta dónde llegan sus límites?, ¿ese acahual que se ve es de dentro de lo de ustedes o está dentro de la reserva? Ah, ese pedazo quedó dentro, se respetó con el plano, por eso impactó otro pedacito, nos vinieron a comentar que se dejara, pero como no hay dónde, es la única tierra que más o menos sirve… ¿Pues qué de este lado ya no tienen dónde sembrar? Puro cerrillo, puro cerrillo, más allá arribita de Tierra Blanca, es que ya no hay, somos 38 sembradores, por eso cada quien sus dos hectáreas acá en la reserva, pero respetamos el plano, y es que da muy poco la tierra. ¿Y los jóvenes, pa’ dónde van a ir?, se preguntan los dos.

Tenejapa es una de las dos mil 274 localidades que rodean Montes Azules. La suya es una de las 694 dotaciones ejidales otorgadas entre 1940 y 1995. En 1971 se contaron tres mil 582 habitantes, cinco años después ya eran 70 mil. En 2010 la cifra del INEGI fue de 378 mil. Y de ellos, 77 mil tenían entre 15 y 24 años de edad.

El campesino y Noé miran al río.

Pesadito, muy duro —dice el tzeltal—, porque se va acabando, se va acabando la tierra…

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Se baja a la selva en un viaje de seis horas desde Tuxtla Gutiérrez. Chiapas es un sube y baja de sierras y cañadas definidas por incontables ríos. La carretera desde el aeropuerto de Tuxtla trepa a los Altos en San Cristóbal y se desliza por los llanos de Comitán para asomarse a la Lacandona en el vértice central de la frontera con Guatemala. Bajamos desde los lagos de Montebello a mil 600 metros sobre el nivel del mar, hasta 150 en el municipio Marqués de Comillas.

Cruzamos tres ríos: el Santo Domingo-Jabalí que baja de las cañadas de Las Margaritas, se mete en territorio guatemalteco y vuelve a entrar como si se arrepintiera y regresara sobre sus pasos mexicanos; el Ixcán, ése sí con toda la carga de agua desde los Cuchumatanes en el Quiché; y el Chajul, la frontera que marca el inicio del territorio de Marqués de Comillas, una punta de 200 mil hectáreas de selva virgen asaltada por la colonización campesina promovida por el Estado mexicano a partir de 1971, la selva campesina contra la que se repliega Montes Azules y que hoy es el motivo de mi viaje.

No es sencillo bajar a la selva: las cañadas en Ocosingo, Altamirano, Las Margaritas y Maravilla Tenejapa, deforestadas casi en su totalidad por la agricultura y la ganadería de centenares de comunidades surgidas todas en los últimos 50 años, son un arañazo salvaje que cae desde el norponiente de la región de Palenque hasta la región suroriental de la planicie maya-quiché, que en territorio mexicano llamamos Marqués de Comillas. El levantamiento zapatista de 1994 provocó el ánimo constructor del Estado federal que habilitó dos grandes carreteras para cortar las cañadas con dos arcos que apuntan al oriente: la transfronteriza, de Comitán a Palenque, con más de 400 kilómetros y con su extremo guatemalteco en El Vértice, y la que llamaré contrainsurgente, que con 250 kilómetros pavimentados lleva de Comitán por Las Margaritas hasta Ocosingo casi tocando en su punto extremo a la laguna de Miramar, ya en la Reserva de Montes Azules. Las carreteras cercan a la selva sobreviviente, una especie de pera que apunta al nororiente y cinco territorios más: la Reserva de la Biósfera Lacantún, los monumentos naturales Bonampak y Yaxchilán, y las áreas de protección Chan-Kin, Nahé y Metzabok.

Desde Montebello hasta la planicie de Comillas el paisaje es el del contraste brutal entre los manchones de monte cerrado de foresta y los claros inmensos cortados a rape por la economía ganadera. En los municipios de Las Margaritas y Maravilla Tenejapa, en el sureste de Montes Azules, hay 122 mil habitantes y 445 localidades calificadas por Coneval como de alta y muy alta marginación. El roza, tumba y quema que da paso primero al maíz y con el cansancio a los pastos y con su agotamiento a la tierra yerma. Lo que fueron cañadas de bosque de niebla y selva se convirtieron en territorios campesinos con hombres y mujeres que llegaron desde los más diversos rincones del país y las religiones. Aquí muchos pueblos llevan el éxodo en el nombre: Nuevo Chihuahua, Nueva Orizaba, Nueva Jerusalén, Nueva Betania.

El camino a la selva es una competencia de carteles con multas. Mil pesos al que circule con exceso de velocidad y se salte los topes, y no habrá clemencia si además vienes borracho, y 500 si tiras basura. Luego veré que a todo lo largo de estas carreteras tropicales las comunidades plantan instrucciones severas y multas por todo tipo de delitos cívicos alrededor de la velocidad y la basura. Hasta los solares sin cortar por más de un mes en tiempo de aguaceros ameritan 100 pesos de multa. Pero en la trayectoria de la colonización campesina de la selva el reclamo justiciero empieza y termina en el de la tierra. Y no hay más territorio disponible que el de Montes Azules.

Quiero entender lo ocurrido en 2014 en Montes Azules.

En la perspectiva amplia, centenares de ejidos abrazan la reserva. Si la mirada se acerca, la presión se focaliza en dos regiones: la de la cañada del río Perlas que baja desde el norponiente hacia la laguna de Miramar, con los ejidos de San Caralampio, El Calvario, San José y Perla de Acapulco, organizados en la ARIC-Unión de Uniones Independiente y Democrática (ARIC-UUID), los cuales han logrado negociar con la autoridad de Bienes Comunales de la Comunidad Zona Lacandona (BCZL) el reconocimiento de nuevos asentamientos en su territorio; y la de Nueva Palestina, un poblado de 250 manzanas, con cerca de 14 mil habitantes en el centro norte de la reserva, y que prácticamente ha terminado con lo que le correspondió de selva por el decreto de 1978.

Internet me permite remontarme hasta el año 2002, cuando Víctor Lichtinger, secretario foxista de la Semarnat, declara que siete invasiones de la Reserva de la Biósfera Montes Azules son un tema agrario y no ambiental. Ese año ocurren 30 invasiones. En el marco de las negociaciones con los invasores, el gobierno inicia un intento de regularización de los asentamientos. La movilización de organizaciones ambientalistas provoca la reacción del Congreso de la Unión que frena ese proceso.

Entre 2004 y 2009, 31 comunidades irregulares son reubicadas fuera de Montes Azules y se regularizan asentamientos en territorio de BCZL, ubicadas fuera de las reservas. Para lograrlo, el gobierno expropia la tierra a los comuneros pagando 750 millones de pesos. Pero las comunidades de San Gregorio, Ranchería Corozal y Salvador Allende permanecen en la cañada del río Negro.

La Comunidad Zona Lacandona y la ARIC-UUID acuerdan en 2011 exigir al gobierno la expropiación y regularización de esas tierras. Durante los dos años siguientes los conflictos se suceden: hay nuevas invasiones que terminan en desalojos y con varios detenidos; bloqueos carreteros que afectan los desarrollos turísticos; disputas por el control de la organización de comuneros y asambleas interminables, que muchas veces terminan a golpes.

En octubre de 2013 un grupo de campesinos de Nueva Palestina invade la zona suroriente de la reserva. Las autoridades proceden al desalojo y consignan a ocho personas. En noviembre, comuneros de la Comunidad Lacandona bloquean más de una semana la carretera fronteriza Palenque-Bonampak, demandando la liberación de los detenidos: acusan a Natura Mexicana y sus directivos, Javier De la Maza y Julia Carabias, de “comerciantes de flora y fauna”, y de pretender privatizar las reservas.

Carabias es secuestrada el 28 de abril de 2014, en la Estación Chajul, en medio de un clima de tensión marcado por estos conflictos. La llevan a algún punto de Guatemala cercano a la frontera. Es liberada sin explicación por sus captores dos días después. A la fecha no se sabe quiénes fueron ni mucho menos sus motivos.

En los días que siguen se adoptan y rechazan acuerdos. El 14 de mayo Gabriel Montoya, asesor de BCZL, es detenido en Chiapas acusado de delitos cometidos 13 años antes. El 16 de mayo, en Nueva Palestina, se elige al tzeltal Emilio Bolom como nuevo presidente de Bienes Comunales, contraviniendo los estatutos que impiden que un no-lacandón ocupe el puesto. La Procuraduría Agraria no le da el registro. Bolom impugna ante el Tribunal Agrario.

El 17 de mayo se enfrentan lacandones y la autoridad saliente, que es respaldada por 200 personas de Nueva Palestina, algunas con armas de fuego. El 26 de mayo dos miembros de la organización ambientalista y cultural Na-Bolom, Beatriz Mijangos Zenteno y Enrique Roldán Páez, son retenidos por comuneros de BCZL y liberados 22 horas después. La Procuraduría de Justicia de Chiapas detiene el 29 de mayo a 22 personas, entre ellos Emilio Bolom y otros representantes de BCZL que iban a negociar con el propio secretario de gobierno la liberación del asesor Gabriel Montoya. El 30 de mayo los detenidos salen libres. Comuneros y autoridades firman un acuerdo por el que se comprometen a “privilegiar la vía del diálogo y la construcción de acuerdos para resolver la problemática que se vive en la zona lacandona”.

El 13 de septiembre liberan a Gabriel Montoya. El 31 de octubre el Tribunal Unitario Agrario del Distrito 54 reconoce a Emilio Bolom como autoridad de Bienes Comunales.

El río Negro es visible por 13 kilómetros serpenteantes en la isla abierta por los campesinos de Nuevo San Gregorio en el corazón de la selva. La suya es la última de las cañadas de ríos tropicales que se conserva con selva en la Lacandona. Y en la coyuntura de la presión tzeltal sobre la tierra en la selva, la ruta de entrada a decenas de invasiones desde la periferia de la Reserva de la Biósfera de Montes Azules.

Nicolás Morales Moshal, representante de la comunidad de San Gregorio ante la ARIC-UUID, me ha dicho que en ese asentamiento hay 43 familias, que su reclamo es por 860 hectáreas y que ahí han estado desde hace 35 años. Sumo a las 17 familias de Ranchería Corozal establecidas en 260 hectáreas, y a las 17 familias de Salvador Allende asentadas en 377 hectáreas. Hay un total de mil 497 hectáreas reclamadas por 77 familias y que son respaldadas por los comuneros de Bienes Comunales Zona Lacandona.

“Trabajamos la roza, tumba y pica —le ha dicho un campesino al grupo Misión Civil de Observación y Solidaridad—, es que nomás rozamos, picamos y sembramos, hacemos anualmente seis hectáreas de milpa que no quemamos; hacemos la milpa dos veces al año… Estamos trabajando hace más de 20 años la roza-tumba-pica y no estamos pensando en quemarla porque la madre tierra nos da todo; ni quemar ni abrir montaña sólo en donde está el acahual hacemos milpa”.

Sin embargo, el roza-tumba-quema es visible en Google Earth: en una cañada de 10 kilómetros cuento 53 manchones recién quemados con una extensión de entre una y dos hectáreas.

(Estación Chajul alberga uno de los proyectos de investigación científica y preservación de la biodiversidad más importantes en México. Con el propósito de conocer el estado de conservación de los ecosistemas terrestres dentro de las áreas naturales protegidas desde ahí se coordina un notable esfuerzo de monitoreo de fauna en el trópico mexicano. Desde 2005 está a cargo de Natura Mexicana, la organización no gubernamental sin fines de lucro que encabezan Julia Carabias y Javier De la Maza, biólogos mexicanos dedicados a la defensa de Montes Azules. En convenio con la Conanp, administra dos estaciones de campo: Chajul y Tzendales. Hasta la primera llegaron los secuestradores de Julia.)

28 de abril de 2014. No debe ser fácil andar con un pasamontañas en la selva. Aunque protege de los moscos. Cruzar encapuchado el andador que lleva desde el atracadero de lanchas de la Estación Chajul hasta el caserío en que se albergan los investigadores de Natura Mexicana debe de ser todo un espectáculo. Uno, dos, tres o más hombres con fusiles avanzan en la oscuridad, no tienen dudas de la habitación en la que se encuentra la bióloga Carabias. No se distraen: sales del andador directamente al patio central de la estación; al frente y a la izquierda, nada, ella no estará en la cocina-comedor a las dos de la mañana, ni en la estancia abierta en la que se reúnen los investigadores en sus sesiones de trabajo; tomas a la derecha, no te detengas en el primer salón en el que está el televisor y la mesa de billar; caminas un poco más y ya estás en el ventanal con mosquitero. Alumbras, gritas, rasgas la tela, deslumbras, y gritas de nuevo y ordenas “somos del EZLN y venimos a llevarte con nuestros jefes”.

Todo puede pasar por la mente cuando se siente un lamparazo así. No se despierta tan rápido, aunque la puerta la hayan tumbado a patadas y adivines la boca del fusil en tu rostro. Así que del EZLN, pero si los has buscado tantas veces para hablar con ellos. No, no son zapatistas. Pero ya no piensas en ello, estás gritando para que se despierten las investigadoras y se convenzan de que no te has ido por tu cuenta como muchas madrugadas, y ya estás de regreso para decirles a los encapuchados que no te vas a resistir, que te permitan calzar las botas y ya gritas de nuevo cuando te llevan por el andador con los ojos tapados, sin poder atisbar la negrura para pisar los escalones que bajan al atracadero y la lancha, la que te llevará río arriba hacia la embocadura del río Chajul, un buen rato, no mucho, pues ya te llevan por una vereda, horas y horas hasta entrar en un fragmento de selva guatemalteca. Ya se vislumbra la luz del día por los escondrijos de la venda y se escuchan los sonidos metálicos que te encadenan de una pierna a un árbol cualquiera.

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La preocupación de A. Son extraños los poblados lacandones: aquí no hay cuadrículas, el caserío se apretuja en la foresta y la resonancia maya de sus nombres (Lacanjá Chanzayab, Naha, Metzabok, Ojo Agua Chankin) entona con la selva. En uno de ellos encuentro a A, quien en una mesa a la entrada de su casa ha dispuesto un tucán de madera tallado como los que venden a los turistas. A prefiere el anonimato. “No quiero acabar en el chicle”, me dice. Se refiere a la jaula de fierro y madera de chicle que los tzeltales de Palestina usan para guardar a quien ha cometido una fechoría o externa ideas que no les gustan. A está preocupado. Los acontecimientos se salen de control.

El tiempo pasó pronto en la selva. Las familias tzeltales llegaron en aluvión en los años setenta. Fundaron Nueva Palestina, fueron reconocidos como comuneros. “Ahí fuimos haciendo nuestra vida —dice A—, en un lado los lacandones, en otro los tzeltales”. Pero 30 años después los hijos de los palestinos ya no tienen tierra para sembrar.

Y voltean a Montes Azules.

“No tienen terreno para trabajar —dice A—. No hay ni pa’ sacar leña, puro potrero”.

Lacandones y tzeltales están en los extremos: los primeros son pocos, su actividad agrícola es reducida y han reorganizado su vínculo con la selva en torno al turismo ecológico en Bonampak; los segundos son muchos, entregados por años al roza-tumba-quema y a la ganadería, la selva es una reserva agraria.

Explica A: “Dicen que los lacandones no valemos porque somos poquitos. ‘Nosotros los tzeltales somos muchos, por eso valemos más’, dicen”

Por eso se va a acabar la selva, afirma: los tzeltales son muchos, los muchachos crecen, no van a entender, se van a meter en Montes Azules. “Empezamos a ver que ya no nos respetan, nos quieren matar. Orita que fue el cambio de autoridad hubo pleitos, empujones, golpes. Ellos quieren poner autoridad de Palestina, ya no quieren lacandón”.

Para A es mucha gente la que dice: “Mira, la selva es para nosotros, no para guardarla, es para trabajar, para vivir”. Son muchos los que dicen: “Ustedes tienen selva, no hagan caso del gobierno, te va a quitar el terreno, mejor trabajen allá en la reserva, acábalo, es pa’ eso. No hagan caso del gobierno ¡No hagan caso a los lacandones! Son flojos, no trabajan. No hagan caso. Quítalos”.

A refiere la demanda de expropiación que mantienen los tzeltales: en 2004 el gobierno de Vicente Fox les pagó la expropiación de los terrenos invadidos de la reserva. El dinero corrió para todos los comuneros lacandones, choles, tzeltales. A muchos lacandones también les ganó la ambición.

“Es lo que pelean los palestinos aurita —dice A—, quieren vender donde viven otros campesinos. Es un negocio ya, es un negocio que quiere que se haga la selva chiquita”.

A reflexiona sobre su pueblo y habla de lo que los separa de los tzeltales: “Los lacandones estamos enojados, estamos peleando porque no vamos a dejar su nueva autoridad. Nosotros vimos que sí podemos vivir si realmente cuidamos la selva. También nuestras nuevas generaciones piensan así”.

Martín es un tzeltal de 43 años que aprendió a construir cayucos. Probó y probó con la madera del guasiván hasta que la barca resistió el empuje de las aguas. No le quedó de otra: el cayuco o regresar a Palestina, como muchos de sus compañeros que no aguantaron el rigor del río, y no aprendieron a construirlos.

“Palestina es grande —dice Martín—, pero ya no nos tocó a nosotros la tierra”.

Corría el año de 1992. El lanchón que transportaba las viandas de la Conasupo para las comunidades del Lacantún trajo desde Frontera Corozal a 56 tzeltales nacidos en Nueva Palestina, que se animaron a colonizar la orilla norte del Lacantún, justo frente a la comunidad de Quiringüicharo, donde lo encuentro una tarde de junio. Aquí el río se enredó en meandros y de un coletazo regresó cinco kilómetros hacia el suroeste. Así formó una lengüeta que quedó como una isla frente al pueblo de ganaderos que entre los ejidos de Pico de Oro y Benemérito de las Américas no dejó un metro de selva. Los 56 tzeltales se instalaron del otro lado del río.

Les dijeron que el riachuelo se llamaba Arroyo Aguilar, que salía de la selva. Y así le pusieron a la aldea: “La autoridad de Nueva Palestina —dice Martín— nos mandó a cuidar terrenos, porque aquí en este lado salen con madera, entonces venimos como guardián: la dependencia nos dijo que no tocaran las montañas”.

Su papá llegó de Cancuc, y fue uno de los comuneros fundadores de Nueva Palestina. Martín nació en la selva en 1968. A los 24 años lo mandaron río arriba. Y con él, puros jóvenes sin tierra. Los largaron, como dice, frente a Quiringüicharo. No más de mil metros selva adentro, les dijo la autoridad, porque ahí ya empezaba la reserva. Martín abrió la selva, sembró maíz, frijol, chile. Nunca quiso meter ganado: en Palestina vio que se tumbaba mucha selva. Pero en la vega del Lacantún la tierra era buenísima, daba todo lo que le sembraran. El problema fueron los zancudos y las crecidas de agua y la falta de medicinas, el paludismo, las diarreas, las nauyacas. Muchos murieron. Otros regresaron.

Martín no. Aquí crecieron sus hijos, les dio escuela en Quiringüicharo, se hizo de un lotecito en esa orilla. Sus hijos son ahora profesionistas. No le gusta que el gobierno hable de desalojar la reserva. “Está cabrón ¿a dónde vamos a ir pues?”.

El pueblo chol fue fundado en los setenta cuando, con los tzeltales de Nueva Palestina, lo reconocieron como comunero de la Zona Lacandona. Los comuneros choles tienen cinco mil hectáreas en el programa de Pagos por Servicios Ambientales. Acaban de abrir mil hectáreas más para repartirlas entre los jóvenes.

En una esquina pegada al río, el hotel Nueva Alianza prueba el éxito turístico que tiene Yaxchilán. Además está El Jaguar, y en muchas casas, las posadas.

Tilo y Francisco trabajan en el ecoturismo.

La Sociedad de Solidaridad Social Nueva Alianza empezó por cuenta propia, sin gobierno, con hamacas y palapas sencillas para los turistas que en los años noventa descubrieron Yaxchilán. Ahora tienen un complejo de 10 cabañas entre la selva, restaurante y atracadero en el Usumacinta. Se organizaron con los guates al otro lado del río, que también son mayas: sus lanchas llevan su turismo; los choles llevan al suyo en las más de 100 embarcaciones que tienen para ello.

Son 601 comuneros y el pueblo ya rebasa los ocho mil habitantes. Entre 1968 y 1971 sus padres y abuelos sufrieron las batidas antiagraristas en el norte chiapaneco, en Sabanilla, Timbalá, Tila. Los tzeltales de Palestina llegaron de Yajalón y Chilon. Los dos pueblos negociaron con los lacandones y el gobierno. Y en 1978 a cada quien le dieron su parte de selva.

Tilo me explica en una equis la geografía y los repartos del pueblo: en un sector pegado al río, el del barrio Velazco Suárez —el gobernador echeverrista del tiempo de la reubicación de choles y tzeltales en el territorio lacandón—, el turismo; en el otro, el del barrio Nuevo Tila, los maiceros; al otro lado, en los dos sectores restantes, los ganaderos de los barrios Río Cedro y Jerusalén. Cada quien a lo suyo. Los turísticos le compran el maíz a los agricultores, y para el abasto de carne para los hoteles están los ganaderos. Y en ese enredo, los taxistas, entretenidos sobre todo con el paso de los migrantes, hondureños y guates, familias enteras. Traen guías que los llevan hasta La Bestia.

Tilo explica el conflicto que llevó a que los choles cerraran la carretera en la segunda quincena de mayo pasado. Reclamaban la liberación del asesor Gabriel Montoya y la regularización de los asentamientos en río Negro. “Van a tumbar la selva —dice—, lo que queda, no soy pesimista, es la realidad. Ai están los tzeltales, ya barrieron con todo, pero los lacandones también son cabrones, tienen un límite”.

Francisco es uno de los 14 guías en Yaxchilán. No me pregunta quién soy, por qué lo interrogo. Me revela sin más su descontento.

“Nomás al salir del pueblo se ve, ya no hay selva, todo esto lo acaban de tumbar, mil hectáreas para darle a cada ejidatario 1.5 hectáreas pa’ los jóvenes. ¿Y qué está pasando? Que los comuneros no les están dando esa tierra a sus hijos, sólo les dieron 25 por 50, el resto se lo quedaron, y ese es el descontento”.

Tilo concluye: “Si esto no cambia, se van a acabar la selva”.

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Alfredo Vázquez nació en el ejido de La Soledad. Es vocero de la ARIC-UUID, organización que viene de tiempos prezapatistas y que ha respaldado a tzeltales y choles que exigen al gobierno la regularización de los asentamientos irregulares —vía la expropiación de cerca de mil 500 hectáreas.

“Nosotros no aceptamos las reubicaciones”, dice. Y explica que esas comunidades tienen ahí 35 años, que la tierra es parte de su identidad, que su situación es paupérrima (no tienen médico ni escuela), que realizan roza-tumba-pica, que ya no queman los acahuales, que ya no tumban selva. Dice que la ARIC promueve el respeto de la madre tierra y la agroecología.

“A esa gente no se le ha dado la oportunidad”, argumenta. Se opone a la reubicación porque ve lo que ocurrió con Israel, con San Antonio Miramar y Buen Samaritano: “Aceptaron la indemnización, pero no supieron qué hacer con el dineral, porque el indígena nunca ve un dinerito así, y la gente terminó en la cantina”.

El dirigente dice que los campesinos están cansados del rezago en los procesos agrarios, y que por eso su organización acordó con la BCZL el deslinde de las tierras. Los lacandones deben tener claro cuál es su territorio, afirma, pero ya entendieron que la gente tiene que vivir en algún lado.

“Eso no lo ven los del gobierno, no lo ven los ambientalistas. Entre la ARIC y Bienes Comunales hay acuerdo. Pero el gobierno fue a la mesa después de las movilizaciones, y qué pasó, nos metió a la cárcel, no da la oportunidad de una plática sana, ya llevamos dos minutas sin resultado. Hay 38 casos no resueltos, hay colindancias, planos encimados, muchos ejidos sin regularizar debido al conflicto del 94”.

Plantea el problema de la gente sin tierra en Palestina:

“¿Qué va a hacer? Hay pleitos entre padres e hijos, ellos solicitan tierra, y sus padres no están facultados para dársela. Pero no hay proyectos viables, no hay un plan de conservación, se necesitan diagnósticos reales de los biólogos consensuados con las comunidades, no imposiciones, ellos deben tomar en cuenta sus usos y costumbres, porque si hay opciones, no habrá más invasiones”.

Concluye:

“Hemos peticionado al gobierno por años, sin respuesta. Detuvo al compañero Montoya, a 24 comuneros, y sigue fabricándonos delitos. Por eso cerramos la carretera”.

Julia Carabias señala el mapa. La ex secretaria de la Semarnat y directiva de Natura Mexicana recorre el espacio que de la Selva Lacandona trepa hacia los potreros de Tabasco, Veracruz y el sur de Tamaulipas: 12 millones de hectáreas. Luego apunta a lo que queda: un pedacito en el noreste de Oaxaca: el manchón en la Selva Lacandona no llega ni al 10% de lo que fue. 419 mil hectáreas están en áreas naturales protegidas, y gracias a eso es que no se ha destruido.

Dice Julia: “El único sitio donde la gente piensa que tiene oportunidades de producir bien está en la selva, lo cual ocurre por no más de cinco a 10 años, hasta que se convierte en lo otro: un desastre. Ahí está la falacia. La salida no es irse sobre el territorio de Montes Azules, lo único que nos queda de selva conservada en el país, sino en hacer una reconversión productiva en el millón 200 mil hectáreas deterioradas para que la gente viva bien. Natura y Ecosistemas Mexicanos, con otras instituciones como el Corredor Biológico Mesoamericano-México, ha probado con éxito este modelo en Marqués de Comillas”.

Esto es lo que han hecho Natura y Ecosistemas Mexicanos: ordenamientos ecológicos, programas de servicios ambientales, programas ecoturísticos, proyectos de restauración y manejo de fauna. El proyecto se desarrolla desde 2007. Sigue Julia: “Gracias a la asesoría y acompañamiento a los ejidos para que reciban el apoyo del programa de Pago por Servicios Ambientales de la Conafor, se benefician 652 familias y se conservan más de 14 mil hectáreas de selva. Con los proyectos ecoturísticos se beneficia a 106 familias y se protegen alrededor de cinco mil hectáreas en el Centro Ecoturístico de Galacia, en el Campamento Flor de Marqués, en el proyecto de El Pirú”.

Es la selva posible, la que se puede llegar desde una relación distinta de los campesinos con el territorio que desmontaron a lo largo de 30 años.

“Nuestro equipo de trabajo ha logrado proyectos ordenados —dice Julia—, y en el contexto del Estado de derecho, que defienden la selva que tiene dueño, que evitan que los ilícitos de cacería y tala sean los que dominen. Y han dominado, porque a la mayoría de la gente no le interesaba su selva, dejaban que ajenos entraran a sus predios a llevarse su fauna, no le concedían ningún valor. Ahora, en cambio, son celosísimos de su flora y de su fauna, porque por eso están recibiendo el grueso de sus ingresos. Tú no irías al ejido de Flor de Marqués o al de Galacia si todo estuviera depredado. No te vas a un potrero de vacaciones. Eso es ahora un valor para la gente: al que está cazando no se lo permiten y al que tala lo denuncian. Esto genera reacciones y confrontaciones. Y más el conflicto de tierras, las invasiones; todo esto es lo que ahora estamos viviendo”.

Natura ha probado que es posible un modelo de desarrollo en el que los dueños pueden vivir de su selva y vivir mejor. Pero Marqués de Comillas es una isla, no han podido penetrar más allá: “Nos enfrentamos a enormes intereses”, remata Julia.

Mira el mapa y habla de los millonarios negocios a los que se enfrentan. Como el reciente saqueo de madera llamada corazón azul, ocurrida en muchos de los ejidos donde su equipo asesora el programa de Pago por Servicios Ambientales, o el problema del tráfico de especies, en particular el de la guacamaya roja, al que se han opuesto con una intensa campaña de conservación. Y recuerda las mafias que trafican ganado y utilizan los potreros campesinos. Y la complicación última: las decenas de miles personas, la mayoría jóvenes, que no tienen tierra y no se benefician, por tanto, con los programas de fomento, y a los que los nuevos reglamentos adoptados por los ejidos les complican la pesca, la caza y la tala ilegal. Estas personas sin tierra reaccionan en contra de estos trabajos.

“No existen por parte del gobierno programas que atiendan las condiciones de miseria de estas personas desprotegidas. Muchas de ellas se organizan en acciones ilícitas como fue mi secuestro y son carne de cañón de quienes ven amenazados sus intereses ilegales, económicos o políticos. Lo que sigue es que el gobierno atienda a las comunidades con programas integrales y sustentables que les permita vivir mejor a partir del uso de su selva y de la reconversión de sus tierras improductivas, y que se construya un pacto de respeto a las áreas naturales protegidas”.

Es decir, reflexiono, que el gobierno mexicano cumpla con su obligación de resguardar la selva e impulse masivamente proyectos como los que realiza Natura.

Ejido La Galacia, a orillas del río Lacantún. El viernes 13 de junio de 2014, el mismo día en que varias ONG firman un desplegado en el que, sin aportar pruebas, acusan a Natura Mexicana de operar como hoteles ecoturísticos las estaciones de Chajul y Tzendales, encuentro a Obed a la entrada de Canto de la Selva, uno de los dos únicos hoteles en la región de Marqués de Comillas —el otro es el Centro Ecoturístico Guacamayas—. Obed dejó todo por este proyecto ecoturístico que el ejido de La Galacia desarrolla en uno de los meandros del Lacantún.

Obed ha apostado todo por el ecoturismo. No siembra, no tiene ganado. Y se le ve feliz. Hace poco pasaron unos turistas gringos que dejaron mil 500 pesos diarios cada uno. Luego vinieron las tormentas que golpearon Chiapas y el río dejó su marca en la vega. Esta tarde hay asueto. El calor es terrible y los moscos atenazan.

En la foto satelital el meandro que guarda 155 hectáreas de selva en el que se esconde el hotel es una pera invertida con su base de 2.5 kilómetros metida de lleno por casi tres en la reserva de Montes Azules. Los ejidatarios tumbaron en un primer arranque la mitad del arbolado en el meandro, hasta que hace un par de años metieron lo que quedaba en el programa de Pago por Servicios Ambientales y desarrollaron con ayuda de Natura Mexicana el proyecto hotelero.

Son 14 búngalos ocultos en el follaje. Estás en uno y no ves los otros. Buena madera y excelente gusto arquitectónico. Las habitaciones dejan libre la vista de la selva que queda a tres metros, con estructura de mosquitero y terraza de por medio. Arriba, el dosel no deja ver el cielo; al frente el follaje oculta lo que pase más allá de 20 metros. Imagino la noche y el canto de la selva.

Obed nos lleva al río, por un sendero abierto que termina en la palapa colgada en la ribera, que en esta orilla ve pasar el agua seis metros abajo. Una inundación reciente cubrió el sendero y pasó bajo los búngalos. La palapa montada en concreto resistió sin problemas.

Le preguntó cómo fue que talaron la mitad de esta isla.

“Por la decisión fatal del gobierno de permitir en los noventa el aprovechamiento forestal. Eso provocó la tala que casi arrasó Galacia. La confrontación ha sido fuerte entre los ejidatarios, unos por talar, otros por conservar. Al final dijimos, cada quien su parte, cada quien decide. Nosotros salvamos esto para el Canto de la Selva”.

Esta noche la oiré cantar. Al cerrar los ojos, oiré cantar a la selva.

Recuadro

La propuesta de Natura y Ecosistemas Mexicanos en Montes Azules

En la Selva Lacandona se combina la existencia de un patrimonio natural inigualable, cuyo valor es universal, con comunidades en alto nivel de marginación, que sufren desigualdades sociales lacerantes. Esto la convierte en una región de alta complejidad y riesgo. En lugar de conservar este patrimonio y sacar de la miseria a su población, el gobierno ha derramado, históricamente, sin estrategia, miles de millones de pesos. Sólo se favoreció la descomposición social local que está llevando a situaciones peligrosas.

Es necesaria una estrategia que destense la región con una acción coordinada entre el gobierno federal, el estatal y los actores locales para establecer un acuerdo con los siguientes componentes:

1. Diseñar, consensuar e implementar un programa integral de conservación y desarrollo sustentable en la región. Dicho programa debe estar focalizado a las condiciones sociales y ambientales de cada comunidad; la inversión productiva debe garantizar la generación de empleos y el incremento de los ingresos familiares mediante la diversificación y reconversión productiva a partir de los recursos naturales locales y de los que allí se producen.

2. El compromiso de todas las partes de respetar la reserva. Ello implicará revisar los acuerdos establecidos entre las autoridades de Bienes Comunales anteriores y la Asociación de Interés Rural Colectivo (ARIC), e involucrar en los nuevos acuerdos al sector ambiental y al agrario.

3. Respetar y fortalecer la legalidad de la etnia lacandona que reivindica sus tradiciones y la conservación de la selva.

4. Fortalecer las instituciones ambientales que operan en la región (Conanp, Profepa, Conafor, Corredor Biológico Mesoamericano-México, y las que correspondan al gobierno estatal) con nuevas formas de actuación y estructuras que faciliten el diálogo entre los actores locales, así como más recursos económicos para invertir de manera muy dirigida a destensar los problemas. Las instituciones de gobierno tienen que sumar sinergias con la Conanp para atender el ámbito de su competencia en lo productivo y lo social.

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Sobre el autor

Sergio Mastretta

Periodista con 39 años de experiencia en prensa escrita y radio, director de Mundo Nuestro...