Calamidades y venturas ante la cruz de Coloxtitla. Un viaje al Cementerio de los Oyameles

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Sin llaves en el Cementerio de los Oyameles

(La foto de portadilla es de Tirso Hernández y fue tomada de Panoramio)



Fue un domingo más de pascua que se extendió hasta el lunes: una camioneta con la llave perdida en lo profundo del bosque, convertida en una piedra metálica sin sentido; una joven científica que no pierde la calma, dispuesta a encontrar con sus compañeras biólogas alternativas de solución ante la muerte de los oyameles, víctimas del aire pútrido de la ciudad de México; un cerrajero experto y tranquilo que busca los recovecos para vencer a la tecnología pensada para que no puedas arrancar el auto si no cuentas con el chip de silicios y germanios en el que se nutre este encierro de modernidades; y un hombre mayor que le da vuelta a las desventuras de la vida nuestra y los caminos que encuentra para no perder el ánimo ante el pesimismo radical que nos agobia.

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El sábado de glorias y judas hasta la paz del campo en la que me encuentro en Puebla entra de suerte el telefonazo de mi hija Alicia, cuyo celular decide por un minuto jalar en un páramo solitario a 3,460 metros de altura, en una cresta de las montañas conocidas como Desierto de los Leones al sur poniente de la ciudad de México.

Está en el Cementerio de los Oyameles, como le dicen los biólogos a esas cañadas por las que corre la ventisca envenenada desde el valle, y que ha dejado en los montes la huella triste de la muerte por ozono. Ni qué decir de los incendios. Son miles de puntas peladas las que lo cubren como a un alfiletero. Son miles los troncos que se pudren en las quebradas. Grises, han perdido hace tiempo toda traza de cáscara, toda corriente de sabia, toda levedad de la vida que sube y baja tras la corteza de la tierra a las copas. No hay copas, sólo astas que han perdido cualquier posibilidad de bandera y apuntan al cielo como una nación sin futuro. Hasta allá han ido por un camino de piedras las muchachas con su ciencia a tomar muestras para su estudio genético entre la CONABIO y la UNAM. Hasta allá han trepado en mi camioneta. La vieja Liberty azul 2004 sin copia de llave con chip, porque los autos también tienen su genética.

Antes de que el celular pierda la huella electrónica en el viento alcanza a informarme de la catástrofe: la llave, de una mano a otra entre los esqueletos pétreos de los árboles, ha decidido extraviarse dentro de un inexpugnable sotobosque.

La llave con el chip de la que no tengo réplica.

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Voy esta tarde de domingo con Alicia a rescatar la camioneta azul a lo más alto del Desierto de los Leones, sitio en el que ayer mi adorada bióloga y su equipo han perdido la llave. Me adelanto: no lograremos hoy el rescate, pues en este momento de la historia intervengo yo como actor: no tengo llave de repuesto con el chip necesario para arrancarla. Y ya el joven Daniel, el cerrajero que nos acompaña, nos ha dado a entender nuestras posibilidades: como hoy domingo no ha conseguido el escáner para configurar la nueva llave, intentará arrancarla echándole gasolina al carburador directamente y por un minuto, para engañar a la computadora; de lograrlo, bajaremos a la ciudad con ella; si fracasamos, le quitará el switch y la antena y en su taller tendrá lista la llave para volver a subir mañana. Es un hombre tranquilo, bonachón, muy versado en candados y encierros por abrir. Todo se puede abrir, nos dice, sólo se necesita tiempo. Y tiempo tiene para contarnos rasgos de su vida diestra en cerraduras, cilindros, limas y ganzúas. Él también, poco a poco, aprenderá como yo a mirar de otra manera al bosque que mira desde niño en su barrio de San Bernabé y que por siete ocasiones ha recorrido en su camino de peregrino para bailar en Chalma.

EL Santo Señor de Chalma, antiguo Oxtoteótl.

Yo aprenderé por él que son tres viajes los que se hacen para cumplir la manda al santo señor, pero que sólo en la segunda se baila. Y no ante el Cristo de pasta de caña de maíz, sino ante un ahuehuete sagrado, y que en el manantial te bañas para poder entrar purificado al santuario. Si lo escucha un antropólogo hará una apología del sincretismo, pero bien a bien no creo que el cerrajero esté pensando en Oxtotéotl enclaustrado en su cueva. Él ha ido siete veces, a cumplir como su padre, su maestro cerrajero, su propia manda. Y eso cuenta.

Por un momento veo al joven cerrajero bailando alrededor del ahuehuete. Y de reojo por el retrovisor lo contemplo absorto ante la enormidad de los oyameles que nos rodean. Y de su desastre.

Mientras subimos medito en la catástrofe del bosque y su calvario, me entero, por el ozono que la ciudad produce. Aquí voy yo, un descreído de toda suerte de dioses, incluidos los prehispánicos, rumbo justo al punto que el mapa identifica como Cruz de Coloxtitla. Trepamos en medio de aguaceros intermitentes y por una cuesta de siete kilómetros de piedras obstinadas, con filos más severos que la mirada adusta del martirizado Santo Señor de Chalma, quien vino por obra de los frailes agustinos a sustutuir al enclaustrado dios de la cueva y que en estos días aguarda los andares de los peregrinos que por estos cerros le llevan sus mandas. Trepamos desde el lado norte de una cañada estrecha en la que los oyameles han sentado cátedra de vida por miles de años, pero que en un punto sobre los 3,200 metros clarea para dar paso a un paisaje de picas grises sin foresta, árboles muertos por los que todo mundo (campes, forestales, biólogos) en estos lares se lamenta, una cuesta que se eleva hasta más allá de los 3,700 metros y que es el chiflón por el que buena parte del aire contaminado de la ciudad de México encuentra salida. Eso he venido a conocer en busca de la camioneta varada: un paraje extremo de belleza lúgubre, la naturaleza exhausta ante el aire pútrido que producen y respiraran los habitantes de la ciudad de México.

En fin, hoy la vieja Liberty volverá a pasar la noche por aquellas soledades. Ya iremos mañana nuevamente con las llaves nuevas y configuradas en cuya ausencia esta modernidad tranquilamente te somete a estos atascos cerrajeriles.

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La camioneta está en sus cuatro llantas a las cinco de la tarde del domingo. El joven cerrajero hace su mejor esfuerzo por quebrar a la tecnología contra el robo diseñada por la Chrysler. Yo tengo tiempo para mirar mi propio encierro. Me miro ayer sábado en el momento del entripado. Todo se me vino de un jalón: llave perdida en medio de la nada, sábado de judas y juergas vacacionales, llave de repuesto inexistente desde hace ocho años --¡ocho años he estado con esa camioneta sin llave de repuesto!--, hija mayor aventada con Ana su hermana pequeña en un bosque que es camino de peregrinos a Chalma. Emma mi esposa muy divertida que me mira perder la cabeza y mentar madres y putear pastos y calmas de mi mentado campo de paz, no diré sacro santo, pero no me faltan ganas. Y luego... supongo que por eso me dicen mis amigos viejos y mis hermanos Chely, mi apelativo antiguo derivado de cerillo, puesto por mi certero padre ante mis estallidos fulminantes pero rápidamente disueltos en ayes y pinches y coces al aire. Y luego… nada. ¿De qué vale tanto alarde?

Un día después estoy en medio del monte, a hora y media del desastre que todavía llamo muy anquilosado DF, pero a no más de 12 kilómetros en línea recta al estadio de los Pumas en CU, con la memoria de ese bosque magnífico de oyameles sobrevivientes entre sus hermanos cadáveres que prueban esos chiflones malignos que se llevan la vida de árboles y gente. Y sobre cualquier cosa el espíritu de conocimiento y transformación del mundo por la ciencia y el activismo ambiental de mi hija Alicia. Una maravilla de la que aprendo lo que puedo y que apacigua cualquier contingencia. Porque han subido al monte en busca de su remedio, con el ojo clínico del científico que aprecia la vida desde sus originales genes: hay árboles que resisten el paso del aire envenenado, con alguna chispa que encienden al sentir el roce de la muerte: las biólogas no trepan el cerro para llevar muestras de los caídos, sino para cortar una ramita a los sobrevivientes y buscar en la secuencia genética de su sobrevivencia las cualidades de los renuevos que deben cultivarse.

La Liberty está indispuesta. El cerrajero ha probado sus mejores suertes. Mañana lunes volveremos.

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Por la noche me pregunta mi hermana Verónica por el destino de la camioneta. Le contesto con este mensaje.

“Pues hoy amaneció, le digo. Está en un paraje muy remontado, a 3,400 metros de altura y como a 40 minutos de la carretera asfaltada, pero a no más de 20 kilómetros en línea recta de San Ángel. Esa montaña pertenece a los ejidatarios de Santa Rosa, y es territorio capitalino. Por ahí transitan los peregrinos a Chalma, que discurren en estos días desde todos los caminos. No podrá arrancarla cualquiera que quisiera por las artes del cerrajero, pero sí podrán volarle una llanta o todas, aunque no creo que por ahí pase alguien con esos ánimos. Lo que es terrible es lo que ha sucedido con ese bosque: el chiflón contaminado lo está matando. Oyameles como los que vemos en el bosque del Izta o en las cañadas altas de la Malinche. Vero, una pena. Sin embargo, hay algunos que resisten. Eso es lo que están investigando Alicia y sus compañeras biólogas genetistas: qué características genéticas tienen, de manera que los que se planten tengas esas condiciones. Complicado, pero no pierden el entusiasmo.”

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Daniel el cerrajero tiene sus propios tiempos, así que el lunes es hasta mediodía que tomamos nuevamente la carretera al Desierto de los Leones. Extraña palabra, desierto, pero los españoles coloniales la aplicaron igual para la selva lacandona en Chiapas que para los montes profundos que rodeaban el valle de México. Un desierto de árboles que por la fuerza de sus cuestas logró frenar la crecida de la urbe. Santa Rosa es el pueblo que llegó más arriba, y ahí está, preñado de casas grises y pobres y fincas de cantera a las que treparon ricos y famosos como Lola la Grande. Va y viene el tráfico, bajo la batuta de topes y camiones. Un camino que se distancia de tantos otros que salen del incontenible ex DF por los paredones de encinos, cedros y, poco a poco, señoriales, los altísimos oyameles que envuelven al pueblo como si quisieran extraerlo a tirones de sombra de la urbe a la que pertenece.

Fotografía de John Brennan, tomada de Panoramio.

Tengo tiempo de mirar con calma el monte. Primero la cuesta de encinos de hoja grande, con cedros gigantes que los residentes han plantado con el ascenso del caserío que acompaña la carretera. Cuando las casas quedan atrás la ciudad se pierde de inmediato, cerca ya de los 3 mil metros marcados en el altímetro. Los oyameles aparecen ya por todos lados, con pinos pátula entreverados que reforestaciones de las últimas décadas han traído desde otros territorios de coníferas. En los quiebres del camino reconozco arriba la cresta del cementerio de los oyameles, con los alfileres negros contra las nubes, pero pronto se cierra y no deja de curvear en la sombra recia de la foresta. De la ciudad no me queda ya ni la memoria de su tráfico insolente, como si llegar en lunes al final de la ruta de los camiones a Santa Rosa significara el fin del mundo caótico, de ruidos y calamidades sin freno, sin días con nombre, ni fechas ni noticias y empezara realmente una comunidad y un tiempo aparte en este cerco de árboles que van del día a la noche, de la luz a la sombra, del calor de sol filtrado en rayos estridentes a la niebla sorda, densa y fría. Una realidad templada en el silencio que contiene todos los tiempos. El bosque, a pesar de nosotros, todavía sobreviviente, decidido a seguir siendo horizonte.

Ahí voy yo con mi pesimismo radical hacia uno más de nuestros cementerios. No hay rezo que valga, lo sé hace mucho. Ni yendo a bailar a Chalma. No dejo atrás esa memoria de nuestras desgracias de la misma forma que la ciudad no desaparece aunque la montaña se las amañe para ocultarla. Qué fracaso social es el nuestro. La naturaleza rendida ante nuestras agresiones; la economía sin los empleos para millones de personas; la política y la abyección de los poderosos, con el histórico y consecuente desvanecimiento de la ciudadanía; la violencia y la brutal constatación cotidiana de que la vida no vale nada. Cuánta muerte absurda la de los últimos años. Cuánto dolor en los cementerios. El de los oyameles centenarios que la ciudad construye a fuerza de su tuberculosis, es de los más tristes. Subo con mi hija Alicia, la Doctora en Bióloga que a sus 31 años construye todos los optimismos por la vida silvestre confrontada por un país que a su generación le ha heredado demasiados cementerios, demasiados esqueletos que, sin la suerte de estos árboles cadáveres erguidos, han dejado de ver horizonte alguno. Los oyameles muertos que resisten en pie son la memoria de lo que este bosque fue. Nosotros, allá abajo, hemos arrojado a las fosas tanta vida joven con la marca del narco-estado. Son la memoria de lo que como sociedad hemos sido.

Con esa cuenta voy al bosque, con Alicia, por la solitaria camioneta. La brecha hacia la Cruz de Coloxtitla nos permite mirar los detalles. La bióloga indica las puntas verde claro del ramaje de los oyameles jóvenes en punto de explosión con las lluvias de la primavera. Y el musgo que alumbra el sotobosque. Y por allá unos hongos que no me puedo comer. Y por todos lados los brotes naturales de oyameles, bien protegidos por sus inmensos padres y madres.

“Es la regeneración natural –dice Alicia--, no se necesita más. Pero claro que ayudan las reforestaciones, de hecho, aquí lo que vemos es una combinación de ambas.”

Y sin embargo ella lo intenta: contribuir con la ciencia a recuperar el bosque. Identifica con ojo entrenado los árboles recientes, ya de buen tamaño, con troncos de más de 15 centímetros, que han resistido la nube del ozono. Los mira como yo no sabré jamás mirarlos, enteros y en el microscopio, lee aerreenes y adeenes y proteínas en las hojitas, identifica secuencias y genes que se prenden contra agresiones externas, como las del ozono que pasa en sombra de muerte de tiempo en tiempo.

“Por eso subimos el sábado de gloria –me explica--, creemos que en un día así, de pocos autos y movimiento en la ciudad, con menos ozono en el ambiente, los árboles se comportan de una manera, no tienen necesidad de prender los genes necesarios para deshacerse de él. Secuenciaremos el ARN de las hojas de los árboles resistentes, y a ellos regresaremos en un día de declarada contingencia ambiental…”

Y buscarán que las reforestaciones se realicen con este tipo de oyameles.

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El joven cerrajero finalmente arrancó la camioneta. Es un experto en lo suyo. Como tantos jóvenes que construyen su propia mirada de país, su propio ramaje, su propio futuro.

Los tres miramos las puntas raídas de los oyameles muertos. A sus pies, y por todos lados que la vista encuentre, crecen los jóvenes oyameles.

No dejan de buscar el cielo, los jóvenes.

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Sobre el autor

Sergio Mastretta

Periodista con 39 años de experiencia en prensa escrita y radio, director de Mundo Nuestro...