Tolantongo: en el nacimiento del río de la gente feliz

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Crónica ilustrada de un viaje al río de la gente feliz

Gruta



Tolanltongo es la más natural de las peregrinaciones en México. Lo sabes cuando estás dentro del agua, bajo el golpe del chorro caliente, y por un instante la vida entera es la penumbra grata del vientre de tu madre. Aquí no hay manda ni sacrificio. La masa sin rostro, sin pasado ni futuro, sólo es sombra y sorpresa, resplandor que deja el mundo afuera.



El Cerro de la Corona

Lo pienso en el desmadre originario de la cola de bañistas a la entrada de la gruta de este balneario hidalguense al pie del Cerro de la Corona, un peñón descomunal quinientos metros arriba que un buen día geológico decidió escurrir las aguas minerales y milenarias del altiplano central, calientes y calizas, para bendición de quienes un sábado cualquiera de julio nos perdemos en ellas sin pensar en ogros o murciélagos de las cavernas. Ni en las venturas o infortunios de nuestras anónimas vidas. Ni en la próxima matanza de ocho columnas y de ninguna. Peregrinos de la naturaleza, quién lo dijera. Pero aquí estamos, en la bruma de una oquedad que hace de vientre sin remilgos y nos escurre generosa los sudores minerales de la montaña. Peregrinos en busca del calor húmedo de la madre tierra, me digo ya en un arrebato de cursilería cuando a mi lado un hombre con cara de matón de barrio en un gimnasio, con brazos tatuados y espalda de saca maloras tiembla y chapotea con la simple emoción de un niño, y una pareja joven se besa bajo la ansiedad brutal del chorro que golpea sus sueños y cabezas en el centro de la humorosa cueva. Y todos somos cabecitas y sombras que hemos atendido a la mercadotecnia del zapato acuático que nos permite andar en esta jubilosa existencia de un tiempo sin atisbos de dioses justicieros en el nacimiento del río de la gente feliz. No hay dioses, no hay vírgenes, no hay santocristos. Hay una masa irreverente y cristalina que goza sin pudor la transparencia del agua en el corazón de la sierra-desierto del que brota lo que Huasteca abajo será el río Pánuco.

Casi el paraíso.

Surtidor de sueños

Los cuerpos de la peregrinación

Estoy en el nacimiento del río de las masas a media tarde del viernes. Ya vendrá la vuelta a la ciudad, la semana siguiente, el trabajo, la vida anónima de la masa sin la desnudez anárquica del balneario. Ahora soy uno más de los cuerpos en el alivio del sol y el agua, por un momento a la espera de nada, ni siquiera la dolencia en la espalda ni los granos adolescentes retraídos de unos muchachos que bucean en una de tantas represas construidas en el río. Es el momento del olvido de todas las atrocidades, de todas las nimiedades, de todos los pasados que nos dejaron yertos, de todos los futuros que nunca se darán. Es el momento tan sólo de los cuerpos invisibles, sin trazos de figurín ni penas obesas. Aquí no eres nadie, no eres clase social, eres masa, eres barriga al aire, eres familia y arrebato en la gruta, en la poza, en el río tibio de las aguas turquesas.

En el río de la gente feliz…

La democracia familiar de las pozas.

El viaje, los escurrideros, los respiraderos

Apago el celular cuatro días y me desconecto de la electrónica. No me asomo por el face ni me trompico en el whats. Estoy para perderme en el nacimiento del río de las masas felices en las aguas termales de Tolantongo. Nada averiguo de él, nada de google ni youtube, inocente, como para un bautizo que no imagina el tropel de ahijados y padrinos a la espera de los tamales. Y de paso, casi de su mano en la carretera, el descubrimento de otro río, el de las aguas residuales de la ciudad de México, una prueba fiel de la degradación extrema a la que llegó la sociedad mexicana. Así que la crónica toma el rumbo de su derrotero.

Vamos por el Arco Norte hacia Hidalgo. Uno de los tantos respiraderos por los que se puede salir de las metrópolis mexicanas que se tragan el altiplano. El jueves a las 10.30 de la mañana, y a trescientos metros de un puente superior vehicular diría la insufrible SCT, cierra la autopista un grupo de campesinos enojados con razón pues luego de diez años de promesas --los mismos que tiene esa autopista concesionada a Carlos Slim--, no les cumplen lo prometido en obras y dinero por la expropiación. 4 pesos el metro les dieron entonces. Qué vergüenza el poder en México –y de esta civilización ahogada en automóviles desde 15 mil pesos el enganche--, confirmo en el encerrón de dos horas en la autopista. Pero como sea, es decir, por la vía de un tráiler y una cadena, un grupo de aguerridos quiebra el camellón de concreto y libera con la venia de los patrulleros para los atascados que no somos traileros el paso de regreso a Texmelucan. Allá quedan los expropiados con su coraje, y de ahí me voy con el interrogante elemental: ¿cómo hemos permitido por décadas este dominio autoritario y vil, incapaz de cumplir acuerdos con los propietarios de la reserva agraria que se utiliza para sustentar este capitalismo salvaje que somete el derrotero de la vida nacional?

La ruta alterna desde la caseta de Chalco en la México-Puebla es el Circuito Exterior Mexiquense por obra y negocio de Peña Nieto sus secuaces constructores. Los últimos trazos de campo en Ixtapaluca de Antorcha Campesina y otros cárteles de la extorsión se pierden contra la cuadrícula de Chimalhuacán –también del hasta hoy todavía priista (no) partido antorchista--, la confirmación de todos los errores de hacinamiento construidos en las ciudades dormitorio de Neza y Chalco; otro inframundo desarbolado desde la ribera norte del bordo Xochiaca que arrastra las aguas limpias del Iztaccíhuatl y las negras de Xalco, Ixtapaluca, Neza, el propio Chimalhuacán y más adelante por nuevos canales que se le trepan Ecatepec y la ciudad de México en su oriente entero y por fuera de sus drenajes detritus profundos. Qué moledero de suburbios trepados en cerros y llanuras de cemento se cruza para alcanzar la autopista a Pachuca; y el aluvión frenético de los caseríos acosan desde ya al que será su nuevo vecino, el aeropuerto de Carlos Slim y Peña Nieto. El capitalismo mexicano a todo avión ahora. Y un universo proletario de cinco millones de habitantes que verá entretenido el desastre que planeará bajo sus ojos. Y por ahí, oloroso y fiel en su cometido, en línea recta o en quiebres que lo tuercen al capricho de la urbanización paracaidista, el río construido, el surtidor de las miasmas metropolitanas.

A la izquierda la retícula de Ecatepec; a la derecha, el llano-lago de Texcoco, a la espera del nuevo aeropuerto. En medio el canal de aguas negras rumbo al Valle del Mezquital.

Al cruzar la autopista a Pachuca el Circuito Exterior Mexiquense se lleva consigo el canal que contiene al menos las aguas negras del oriente de la zona metropolitana de ciudad de México. En el lago de Zumpango, cuando el canal lleva más de 80 kilómetros lineales desde las faldas del Iztaccíhuatl, lo esconderán por un cárcamo en un túnel del que saldrán por un tajo inaugurado todavía por Porfirio Díaz, para volver a correr a cielo abierto hasta la región de Ixmiquilpan, 90 kilómetros adelante, aguas se diluirán en canales para el riego de los maizales y alfalfares de pueblos viejos: Tequixquiac, Apaxco, Tlaxcoapan, Tlahuelilpan, Teocalco, Tezontepec, la propia petrolera Tula con sus admirados y refinados Atlantes, y más allá, el antiguo y ya no reseco valle del Mezquital. Es el gran río antinatural de la civilización del siglo XX mexicano: millones de metros cúbicos de agua negra han habilitado miles de hectáreas para la producción agropecuaria del Distrito de Riego 003. Atrás queda la devastación del valle de México y sus Nezas, Chalcos, Ixtapalucas, Chimalhuacanes, el valle perdido totalmente en los últimos cuarenta años. Los mismos que han transcurrido desde que los ejidatarios otomíes de un pueblito hoy de 300 habitantes llamado San Cristóbal en el extremo norte pelón y cenizo del Valle del Mezquital decidieron convertir las vegas maiceras de su cañada de cactus y biznagas y silencio en balneario para beneficio de esa masa irredenta y peregrina que sale a respirar los fines de semana. Y el suyo propio, por ventura de unas aguas antiguas que corren hacia la cuenca lejana del Pánuco.

El río podrido construido por la sociedad mexicana del siglo XX.

El monte sin nosotros

Por una garganta afilada se escapa el río Tolantongo hacia el Pánuco.

El río serpentea hacia la garganta al pie de la musculosa montaña. En primer plano la arboleda del balneario Grutas de Tolantongo.

A cinco kilómetros de San Cristóbal, el pueblo de los ejidatarios del balneario Grutas de Tolantongo, la carretera se asoma al abismo. Al fondo el río se encañona en una garganta aserrada en filos de 700 metros de altura, y bajo el resguardo de la arbolada sombra se va a cumplir su destino en el Pánuco. Pero aquí, desde la gruta en la que se origina, y por orden de los manantiales que lo nutren en su ribera sur, ha construido un reducto tropical cercado por cactus y mezquites en una montaña colosal que pareciera levantada para su reverencia.

El cañón de Tolantongo no forma parte de las 96 mil hectáreas de la Reserva de la Biósfera Barranca de Metztitlán, declarada como tal en el año 2000, y que arranca un par de barrancas al norte, y ello simplemente porque los ejidatarios se negaron a participar de todo proyecto de regulación de la tierra que involucrara al gobierno. Es nuestro río, dijeron desde tiempos de Carlos Salinas de Gortari: la SEMARNAT quiere traer a las compañías extranjeras con sus grandes proyectos privatizadores. Y de ese entendido no se movieron. Así que quedaron fuera de la reserva y enteritos los municipios de Cardonal y Tlahuitepa. Pero sus montes secos contienen gran parte de la biodiversidad identificada en el decreto: la yucca (Yucca spp), el nopal (Opuntia sp.), el mezquite (Prosopis), el cactus Viejito (Cephalocereus senilis), el cuajiote (Bursera simaruba), las nochebuenas (Euphorbia pulcherrima), y por supuesto los magueyes que se pulqueros, y también los mapaches (Procyon lotor), el correcaminos (Geococcyx californianus), las mofetas encapuchadas (Mephitis macroura), los tejones (Nasua narica) y las palomas aliblanca (Zenaida asiatica).

Y tienen el oasis en la cañada de las pozas. El agua brota caliente aquí y allá en la ladera sur de la barranca. Forma una selva alta que marca sus tonos verdes contra la palidez del territorio seco de las cactáceas al otro lado del río y por donde quiera que no trasmine el agua de la montaña.

Los Viejitos…

A la derecha, parte del territorio de la Reserva de la Biósfera de Metztitlán Fuera de ella, los municipios de Cardonal y Tlahuitepa que se reparte la cañada del Tolantongo.

La barranca del río Tolantongo, El manchón verde selva es el oasis de los ejidatarios de San Cristóbal.

Arriba a la izquierda la laguna de Metztitlán. Al centro, la barranca del río Tolantongo. A la derecha, en la meseta ceniza, el pueblo de San Cristóbal.

El Tolantongo es un río que nace dos veces. Primero arriba, atrás del peñón Corona, muy cerca del pueblo de San Cristóbal plantado arriba en el llano, en un rincón inexpugnable a los 1750 metros sobre el nivel del mar, pero tiene que sumergirse muy pronto contra el paredón que corta sus primeros pasos; se escurre entonces entre la montaña caliza a los 1470 metros y brota caliente en las grutas y pozas que dan fama al balneario a los 1300 metros.

Y da lugar al paraíso de los ejidatarios de La Gloria (Tlahuitepa) y San Cristóbal (Cardonal), cada uno en su porción de agua caliente y pozas que el reparto agrario tuvo a bien darles revolución gracias.

El río que nace dos veces.

El monte con nosotros

No más la pobreza ancestral del Valle del Mezquital. No más migrantes en el norte. Tolantongo es simplemente el más frenético desorden generosamente construido por un grupo de campesinos que han encontrado en su río la salida de todas las desventuras. Y lo han hecho sin acudir a sociedad alguna con las corporaciones hoteleras del país.

“No es Cancún, no es Acapulco –dice una activista entusiasta de Global Justice Center sobre la Cooperativa Ejidal Grutas de Tolantongo--. Es un lugar en el que la gente no es explotada, los trabajadores son los dueños y las corporaciones no son propietarias de la tierra.”

Parece un sueño. Dos ejidos, San Cristóbal, propietario de Grutas Tolantongo; y La Gloria, justo al cruzar el río, que administra sus propias pozas y manantiales. No hay marcas comerciales, no hay corporaciones. Y más: no hay Secretaría de Turismo. Es una empresa campesina, sin más. Y a su manera: turismo popular de bajo costo. Aquí no vale más el dinero ni el carro de nadie. Todas las pozas son públicas. 140 pesos la entrada por todo el día con acceso libre a las grutas, las pozas, el río. Habitaciones triples a 950 pesos la noche. Zona de campamento gratuita. 145 pesos el platillo más caro en los restaurantes. Tortillería con maíz de la casa. Mojarras de la propia granja. Legumbres de los productores de la región. Agua de la casa sin costo (puedes beber la del lavabo).

La Sociedad Cooperativa Ejido de las Grutas de Tolantongo se forma en los años ochenta por las 112 familias del pueblo de Cristóbal. El ejido cuenta con cerca de 5.200 hectáreas, todas en territorio del municipio de Cardonal, cuarenta de ellas abiertas al público en el área del balneario. El ejido de La Gloria posee el lado norte de la barranca. Y pertenecen al municipio de Tlalhuitepa. ​ Así que repartida la tierra, cada ejido controla su pedazo de monte. La fortuna de los de San Cristóbal es que los manantiales que nutren las pozas están de su lado. Y el camino de acceso a la barranca que en estos días con dinero federal se pavimenta con cemento.

Treinta años después los de San Cristóbal tienen un centro turístico que recibe a más de medio millón de turistas al año. Ya no están lejos de los de Africam en Puebla. No es fácil encontrar en el país una empresa social con el éxito económico de Tolantongo. Una empresa en manos de campesinos del valle de Mezquital cuyos abuelos descubren que pueden cobrar a todo aquel que quisiera conocer sus grutas de agua termal. Empiezan con una palapa cercana a la gruta bautizada como El Paraje. Con el tiempo y con sus propios recursos construyen en el monte una veintena de pozas de agua caliente y en el río unas cincuenta represas-alberca con agua que nunca rebasa la cintura de una persona adulta. Y es agua caliente. Hoy tienen tres hoteles y ya construyen el cuarto, espacio para no menos de 500 casas de campaña, seis restaurantes En el esquema de cooperativa bajo el rigor de los usos y costumbres la administración se rota cada año. Salvo el despacho contable externo que audita sus números, todo lo demás se rota democráticamente cada año. Si en uno eres el gerente del Hotel La Huerta, en el otro puedes ocupar una plaza de vigilante. O de barrendero. O de mesero. O de controlador del acceso a la gruta megáfono en mano. Los puestos de trabajo se reparten entre hombres y mujeres de alrededor de quince comunidades de la región. Los salarios rondan entre 250 y 300 pesos para seguridad, vigilancia, mantenimiento, limpieza, hotelería, restaurantes y amenidades. Así pueden recibir igual a dos mil que a quince mil personas por día. Así que hay que pensar cómo andará la masa de húmeda en Semana Santa.

Sí, parece un sueño. De alguna forma lo vivo este fin de semana: no me topo con un borracho pendenciero ni una sola botella de plástico aventada por ahí. Escribo en la libreta el sábado por la noche: “Verdaderamente increíble. Otro México. Y unos ejidatarios decididos a que el balneario funcione: muchísimos vigilantes; muchísimos botes dobles (orgánica e inorgánica) y muchos chavos empleados en recoger los desechos. Todos los martes baja la comunidad entera y le sacan lustre a las instalaciones. La verdad, muy edificante. Y según me dice uno de los vigilantes, ya regresaron muchos jóvenes que andaban de norteños, ya tienen empleo en casa.”

Osiris Rebolledo, el gerente del Hotel La Huerta en el que nos hemos hospedado, me lo confirma el domingo por la mañana. “Es un acuerdo del pueblo, aquí todos los puestos se rotan cada año. El que viene yo puedo igual trabajar de vigilante, y alguien más ocupará mi lugar aquí en la recepción. Así hemos trabajado siempre.”

Osiris estuvo nueve años de mojado en Minnesotta. Se regresó. Ya tiene trabajo seguro en su tierra.

El monte y el río de los peregrinos

San Cristóbal es un pueblo sin calles definidas, de casas modernas dispersas en el llano reseco en el que termina el valle del Mezquital, justo en el costado sur del cerro de la Corona. Es un pueblo que descubres a lo lejos por su templo que rompe cualquier molde. Un templo alto, todavía en proceso de construcción, coronado de cúpulas grandes y chicas y un frontal con 24 ventanas redondas y ovaladas a la espera de sus vitrales y lo que será un torreón en el centro imaginado una cimbra de madera. Un templo sin pueblo, me digo, porque aquí no hay una sola casa pegada a otra. Todas se miran y lo miran desde lejos. Extraño.

El templo de San Cristóbal.

Escribo ahí, en ese pueblo de cal y cardos lo que pienso que será el cierre esta crónica del éxito inaudito de los campesinos que encontraron en la fortaleza del agua su paraíso en la tierra.

“Es una especie de peregrinación ambiental. Yo nunca había visto tanta gente en movimiento que no fuera tras una virgen de Juquila, un santo señor de Chalma o la Lupita. Aquí el ánimo simple es el de la búsqueda del agua. Pero estos campes del Mezquital se cuecen aparte: ya tienen purificadora de Agua, tratan el agua residual, producen composta con los residuos orgánicos que generan los miles y miles de visitantes, y la aplican en los campos en los que sus vecinos campes cultivan el maíz de las tortillas para sus restaurantes. Chingones. Eso sí, y no lo duden, sus visitantes son pueblo, y por miles, con anafre y abuelita a la manera de mecánica nacional. No será sencillo contar esta historia suya de éxito.”

Luego camino por el templo de San Cristóbal. Tienen diez años construyéndolo. Igual que con los hoteles, los ejidatarios parten de un proyecto original y luego dan paso a la inspiración de sus albañiles. Y lo mismo con sus casas dispersas, ninguna junto a la otra, todas marcando distancias, como las almas en los panteones, como en las aldeas otomíes. Al centro de todo, pero sin más vecindario que un panteón con criptas del color de los huesos que ahí reposan. Cada quien decide en qué invertir su dinero, y el derecho de revolver todos los gustos, me digo cuando observo la piedra recubierta con lajas blancas cortadas en una cantera cercan, los muy elaborados cristales aquí sí de santos, vírgenes y Jesucristos. Y la manta en el futuro altar con San Cristóbal metido, por supuesto, en su río.

Los ejidatarios tienen su templo, su santo y su río.

El panteón de San Cristóbal, en el extremo norte del valle del Mezquital.

La cancha de fut rápido y la pista triple para carreras de caballos.

El caserío moderno y disperso.

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Sobre el autor

Sergio Mastretta

Periodista con 39 años de experiencia en prensa escrita y radio, director de Mundo Nuestro...