Las grutas de Tolantongo: El río Azul Celeste

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Pasma por su belleza la enorme cañada que entre cactáceas, nogales, huamúchiles, zapotes, plátanos y ciruelas baja a lo que se conoce como las grutas de Tolantongo, con su río azul celeste que nace en la montaña y cuyo caudal poza tras poza, llegará más tarde al Pánuco. La palabra, refieren algunos, proviene del náhuatl Tonaltonko, lugar donde se siente calor. La temperatura del río que se conserva todo el año es de 34C y dentro de la gruta en la montaña de 35c y 38c. Dejarse acariciar por su agua es como volver a nacer. Es sin embargo un espacio colectivo y grato de tan festivo, que sorprende por su limpieza y buena administración, labor que realiza el ejido de San Cristóbal.



El ejido pertenece al municipio de El Cardonal en el estado de Hidalgo. Está a 1.912 metros de altitud. Según datos del INEGI cuenta con 316 habitantes: 153 hombres y 163 mujeres. 7.28% proviene de fuera del estado. 7.5%de la población es analfabeta. 38.92% son indígenas. 16.14% sólo habla lengua indígena y el 50% su lengua y español. 32.28% de la población mayor de doce años está ocupada. Hay 66 viviendas, las cuales cuentan con 100% de electricidad, 60.32% con agua entubada, 98.41% con sanitario, 95.24% con radio, 98.41 con televisión, 98.41% con refrigerador, 82.54% con lavadora, 84.13% con automóvil, 28.5% con computadora personal, 7.94% con teléfono fijo, 60.32% con celular.

Pero el bienestar del ejido en comparación con otras comunidades del Valle del Mezquital no se debe a acciones de gobierno sino a la propia organización de los ejidatarios en torno al Parque Ecoturístico de las Grutas.



Los viejitos y la barranca.

Desde el hotel La huerta, cercano al río, una larga vereda sube a las fosas intermedias que captan el agua de la montaña, en el recorrido se pueden apreciar como soldados erectos, cactus de alrededor de 20 metros de altura conocidos como “viejitos” por la pelambre blanca que los cubre en su parte superior. Me detengo un momento en el trayecto a la sombra de un huamúchil para admirar a las bromelias de intensos colores que se ofrecen espléndidas. Un joven con su chaleco del ejido viene bajando, me pregunta con cortesía si se me ofrece algo. Me siento un poco ridícula frente a él tan solo en traje de baño y sin pareo alguno, pero ya estoy ahí y si quiero conocer la historia de este lugar tan limpio a pesar de que en período vacacional llega a recibir hasta cinco mil personas diarias. Es el responsable del Comité de Vigilancia, no le pregunto su nombre torpe como soy y lo que escribo lo recuerdo de memoria, no llevo libreta ni teléfono alguno, buscaba una fosa para nadar, no una entrevista.

“Los primeros paseos a las grutas empezaron hace 40 años, me dice, se hacían en burro o a caballo y no se contaba con ningún servicio. Nuestros abuelos trabajaban la tierra la orilla del río y como llegaban algunas personas a acampar se les fue ocurriendo que si se unían las tierras de todos los propietarios en lugar de sembrar, que era muy dificultoso por el acceso, podían vivir del ecoturismo. Y empezaron de a poquito, nunca quisieron ayuda del gobierno, ni inversión del capital privado para no quedar a deber o ser empleados de otros: Y así fueron creciendo.”

Y cómo le han hecho para organizarse?, pregunto ya con el sol en la cara.

“Pues mire --me dice--, la organización es comunal, somos 136 socios, uno por cada familia del pueblo. Los puestos de responsabilidad se van rotando cada año: Vigilancia, hoteles, comedores, información, basura, alimentos, caminos. Todo lo que ingresa va a una misma cuenta y de ahí reinvertimos casi todo. Para los administradores nuestro salario es de 300 pesos a la semana, para los de menos responsabilidad es de 250 pesos. ”

¿Y el reparto de utilidades?, digo intrigada.

“No –contesta--, aquí de lo que se trata es que todo mundo trabaje, reinvertimos en el propio parque y en el pueblo, tenemos pavimento, centros deportivos y estamos terminando la iglesia. También a los que están muy viejitos les damos un dinero al mes como de jubilación.”

Pero sólo son 136 familias, comento y aquí veo trabajando un montón de gente.

“Sí claro, le damos chamba a personas de otras comunidades del valle del Mezquital y los hemos ido capacitando, se les pagan doscientos pesos diarios, más de lo que ganarían en el campo y si son productores también les compramos su cosecha para hacer las tortillas y otros productos a mejor precio que en Ixmiquilpan u otros mercados y les ahorramos el costo de transporte.”

Alguien lo llama por el radio y me deja ahí, realmente bastante admirada de esta organización ejidal además de la belleza del paisaje. Sigo el camino a trompicones hasta llegar a las pozas de agua cristalina con su espléndida vista a la montaña.

Turismo popular. Nada de corporaciones.

Las grutas pertenecen a la Sociedad Cooperativa Ejido de las Grutas de Tolantongo. Se formó hace 30 años por 112 familias del ejido de San Cristóbal. Cuenta con 5, 200 hectáreas, sólo están abiertas al público el 40 de ellas. El proyecto se inició en 1970 y fue creciendo poco a poco. Durante el gobierno de Carlos Salinas de Gortari (1988-94), la Semarnat buscó la incorporación de la zona como área protegida y le propusieron al ejido la inversión en la zona para hoteles y parque a los ejidatarios con inversión local, federal y de capital extranjero. Pero según Eliseo Ángeles y Víctor Ávalos, el ejido se opuso porque los ejidatarios consideraron que de ese modo los ejidatarios no serían los beneficiarios de sus propios recursos naturales. Y entonces empezaron a trabajar poco a poco.

Las pozas del Paraíso

Logro subir otros quinientos metros, a la sección de El Paraíso, una caída de agua espectacular, gran diversidad de fosas, un puente colgante de extremo a extremo de la montaña, un túnel como baño de vapor. Familias completas disfrutando y casas de campaña por doquier. Los cuerpos en su diversidad gozan del agua con desparpajo. Me percato que ya venció la hora de entregar el hotel. Lo más fácil para llegar a tiempo sería usar la tirolesa, 1,800 metros en cuatro tramos. Pero no, bajo con sigilo por donde vine agarrada de los árboles y de las rocas.

Ya de salida le pregunto al administrador del hotel qué hacen con la basura. Tienen en la parte superior, me contesta, un contenedor para el recicle de la basura inorgánica que venden, las botellas de agua luego de un proceso las vuelven a usar porque tienen ya su propia embotelladora; la basura orgánica va a una gran composta que sirve para generar abono que utilizan en sus propios cultivos y los de otras comunidades.

Otro beneficio paralelo de este parque ecoturístico, pienso, es la economía que genera en los alrededores: camiones turísticos y combis que bajan al lugar, pulque y sus derivados de venta en el camino, puestos de fruta, fondas y restaurantes, deliciosa barbacoa. Eso sí, para hospedarse, como no hay internet, los tres hoteles que existen se ocupan conforme las personas van llegando, no hay reservaciones y todo se paga en efectivo.

De regreso pasamos a conocer el pueblo de San Cristóbal. Las viviendas de dos pisos y bien puestas, están muy lejos unas de otras, respetando los otrora solares campesinos y el área de cultivo. Llama la atención la enorme iglesia de piedra todavía en construcción, dedicada justamente a San Cristóbal que lleva al niño Jesús cruzando el río. Cúpulas diversas y vitrales de muy buena manufactura la ambientan, en un estilo de buen gusto pero más bien indefinido. Destaca un gran auditorio, una cancha deportiva cubierta, una zona para carreras de caballo con las barandas de los tres colores de la bandera nacional. Son las tres de la tarde y no se ve nadie en el pueblo. Quizás están trabajando en las Grutas o simplemente resguardados del sol en sus casas.

Una tarde luminosa nos acompaña de regreso a la ciudad de México con la dicha en los ojos.

Foto tomada del portal El Fisgón Viajero

Para mayor información puede consultar:

Grutas Tolantongo: A model co-op, Answer to Globalization, By Betsy

Bowman and Bob Stone. Centro para la justicia Global, Investigación y aprendizaje para un Mundo mejor, empoderamiento de la Economía Solidaria, Dirección: Caldera Sosa.

Enrique Rivas Paniagua, “Lo que el viento nos dejó: hojas de terruño hindalguenses”.

Gerardo Carrión, “Grutas de Tolantongo, oasis entre barrancas”. Anales del Instituto de Biología, 1950. El artículo sugiere otro esquema de protección: áreas protegidas comunales.

Revista México Desconocido, “Las voz del agua en las grutas de Tolantongo”.

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Sobre el autor

Emma Yanes Rizo

Historiadora, escritora y ceramista, tiene un Doctorado en Historia del Arte por la UNAM y es investigadora en la Dirección de Estudios Históricos del INAH.