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Querer a la tierra. Y por ese sendero encontrar el remedio para México. Esa reflexión traigo de mi viaje a San Juan Ixtenco, en la falda nororiental de la Malinche Tlaxcalteca.

“Todos los maíces de Ixtenco son iguales, como los hombres, sólo que Dios los vistió de distinta piel, por eso son de colores.”



Así inicia Juan Vargas su semblanza del maíz. Él es uno de los encargados de la Feria del Maíz en esta población otomí, en las faldas del volcán la Malinche.

“Pero cada tipo de maíz tiene distinta consistencia –sigue--, como si fueran de diferentes oficios. El morado es mejor para el atole, el cacahuazintle para el pozole, el azul y el blanco para la tortilla, el rojo para las memelas y tortitas de habas.”

Y por él entiendo la pasión que la gente de Ixtenco tiene por el más agraciado de los bienes que explican nuestra cultura. Como la señora Justina al describir la elaboración del atole morado, característico de esta región, que es el que se ofrece el día de la feria del pueblo el 24 de junio en honor a San Juan:

“Se deja el maíz oreando una noche completa –me dice--, al día siguiente se prepara el atole: se le agregan ayocotes y ceniza de la mazorca o sal como le decimos aquí, que es lo que le da tan buen sabor, por su apariencia muchos piensan que está pasado, pero no es así. Antes las personas que compraban sólo pedía el maíz blanco, pero eso ya está cambiando.”

Tal vez México también, quiero pensarlo.

Recuerdo entonces lo que se narra en el Popol Vuh, el libro de la creación para los mayas mesoamericanos: de maíz hicieron los dioses a los primeros hombres y mujeres de estas tierras, porque cuando fueron de barro, no podían sostenerse; de madera quedaron demasiado tiesos; de maíz en cambio pudieron mirar a lo lejos y proveerse de alimento.[1] Para la creación del ser humano los dioses prehispánicos fueron informados por los animales de la existencia del maíz. Se dice en el texto:

Éstos son los nombres de los animales que trajeron el alimento: gato de monte, coyote, chocoyo y cuervo. Cuatro fueron los animales que dieron la noticia de la mazorcas amarillas y blancas a ellos, de allá de Pan Pashil vino y enseñaron el camino de Pashil. Así fue como hallaron el alimento y fue lo que emplearon para el cuerpo de la gente construida, de la gente formada. La sangre fue líquida, la sangre de la gente, maíz empleó el Creado, Varón Creado. Se pusieron contentos porque hallaron muy buena montaña llena de buen alimento, rica en maíz amarillo y blanco; rica en patashte, cacao, había abundancia de zapote, anona, jocote, nance, matazano, miel. Estaba llena de alimentos la tierra que se llamaba Pan Pashil, Pan Cállala, donde había alimento, producía todo alimento, pequeño y gran alimento, pequeño cultivo, gran cultivo, cuyo camino los enseñaron los animales. Se molieron pues las mazorcas amarillas y blancas, nueve pasadas hizo Smukané. Se empleó alimento con agua chíval para el esqueleto y músculos de la gente cuando lo dispusieron el Creado, Varón Creado, Tepeu, Oculta Serpiente, como les decían. Luego tomaron en cuenta la construcción y la formación de nuestra primera madre y padre, era de maíz amarillo y blanco el cuerpo, de alimento eran las piernas y brazos de la gente, de nuestros primeros padres. Eran cuatro gentes construidas, de sólo alimento eran sus cuerpos. Éstos son los nombres de las primeras gentes que se construyeron y se formaron, el primer hombre fue Blom Ki Tze, el segundo fue Blom Akab, el tercero Maj U Kutaj y el cuarto fue Ik Blom, éstos son los nombres de nuestros primeros padres y madres. [2]

Se menciona en el Popol Vuh más adelante:

En seguida nacieron sus compañeras, es decir, se originaron sus mujeres. Sólo “Dos miradas” lo ideó, fue como un sueño cuando las tomaron. En verdad eran bellas mujeres las que amanecieron. Éstos son los nombres de sus mujeres: Kajá Paluná, Chomijá, Casa de Gorrión y Kikishajá.[3]

Dicen los médicos que somos lo que comemos: según las estadísticas un mexicano promedio consume 123 kilos de maíz al año, mientras a nivel mundial una persona sólo consume 16.5 kilos anuales.[4] De maíz somos entonces. La planta sagrada que lo mismo se da a nivel del mar que a altitudes mayores a los 3 mil metros. La que ha resistido heladas, sequías, ventarrones, la conquista, la guerra de Independencia, la Revolución Mexicana, la revolución verde, el mundo globalizando. El maíz criollo de Ixtenco es resultado del trabajo de alrededor de 300 generaciones, dirá Cornelio.


A su vez, Cristóbal Sánchez Sánchez, maestro en Botánica, documentó en su tesis para obtener el grado correspondiente, que comparando la producción total de la milpa es decir grano, zacate y arvenses útiles, entre el maíz nativo o criollo y el híbrido, el primero tiene un rendimiento superior del 60%.[5] Determinó también, luego de un minucioso trabajo de campo, que la región de Ixtenco cuenta con siete razas de maíz diferentes, de las que se derivan por lo menos 21 variables o tipos.[6] ( Sanchez_Sanchez_CD_MC_Botanica_2015.pdf)

Hay en esta tierra tlaxcalteca un mundo de mazorcas de colores, un arcoíris de pigmentos naturales más allá de lo imaginable en cualquier genética de poblaciones, y se extiende ante nuestros ojos en un abanico de tintes y cuidados ancestrales. Quién puede imaginar una mazorca blanca con una hoja morada, por ejemplo; o el grano azul con un punto rosa; o el maíz sangre de cristo, blanco con líneas rojas, justamente como delicadas venas; o el grano negro, casi una piedra preciosa, una obsidiana, convertido ahora en vistosos aretes; o los azules con todos sus matices, como el mar mismo o las faldas de esta montaña. Un cuadro impresionista de manufactura colectiva cobra vida aquí, sobre todo el 24 de junio cuando de maíz de colores se elaboran los arcos de la iglesia, grandes murales y tapetes en homenaje a su santo patrón. En este pueblo entonces año con año se siembran los colores que darán vida al arte efímero, que permanece en la devoción. Un mural de maíz elaborado aquí con la imagen de la Virgen de Guadalupe de nueve por cuatro metros fue a recibir a la Villa al Papa Francisco en su visita a México. Qué diría de esta técnica colonial el pintor Georges Seurat, padre del puntillismo quien en 1886 determinó usar puntos de colores puros en vez de la pincelada sobre la tela, mismos que crean a la distancia en la retina las combinaciones deseadas, precisamente como nuestros granos de maíz.

Cornelio con su yunta. Foto tomada de la revista tlaxcalteca Momento.

“Todos somos granos de una misma mazorca”, comenta en una entrevista Cornelio Hernández, uno de los responsables de la feria desde el 2007, que se inició con el objetivo de proteger al maíz criollo del transgénico. En ese año la Sociedad Científica Latinoamericana de Agroecología reconoció y declaró a los habitantes del pueblo de Ixtenco, en Tlaxcala, custodios de los maíces criollos de colores, en el aporte del patrimonio Agrícola Mundial. Y se decidió iniciar la defensa del maíz nativo de manera legal y jurídica además de en Ixtenco, en los municipios de Mariano Arista, Tepetitla y Españita, también en Tlaxcala.

A su vez, no hay maíz en esta tierra sin La Malinche, la deidad convertida en montaña que los protege y fertiliza los campos. Desde la época prehispánica La Malinche está representada geométricamente en las blusas de las mujeres, con sus cerros, caminos, flora y fauna bordados con la técnica del pepenado, y en la falda misma, tal como aparece en los códices, según el estudio de Chantal Huckert.[7] Una milpa de colores como de piedras preciosas y una montaña azul es el legado de este pueblo.

La Señora Rogelia Carpintero. Foto de Emma Yanes.

“Para sembrar --comenta la señora Rogelia Carpintero de 79 años--, se debe querer a la tierra como si fuera una esposa, como si fuera una madre. Se puede trabajar con tractor o con azadón y pala, lo importante es la querencia.” Ella y su marido tienen 5 hectáreas, donde siembran con azadón y pala los distintos tipos de maíz. Deshierban a mano. Junto al maíz siembran calabaza, frijol y aba. Y cuando hay mal tiempo voltean la tierra y echan cebada. “Nosotros no quemamos, dice, año con año volteamos la maleza y eso le da más fuerza a la tierra. Todo se recicla y se voltea. Con maquinaria sembramos y fertilizamos. Lo demás es tradicional. No le echamos químicos porque las verduras pierden su sabor y su textura. El abono con pasto podrido es excelente. Generalmente no tenemos el chapulín, pero si viene, fumigamos con ajo y flor de cempasúchil, también se puede con azufre y cal.” Lo dice de un jalón en la Mesa de saberes, en el zócalo de la localidad para rebatir a un ingeniero a favor de no voltear la tierra. Luego me platica: “Estudié en la Normal de Palmira, Morelos, la hizo Lázaro Cárdenas para hijos de campesinos, como yo. Mi papá y mi mamá eran de aquí del campo. Fuimos cinco hermanos, tres hombres y dos mujeres. Mi papá fue hombre de razón y nos puso a estudiar también a las mujeres, por eso nos mandó al internado. Estudiábamos para el magisterio, pero dos horas al día eran enseñanzas para trabajar mejor el campo. Ahí conocí el primer tractor, era un Massey Ferguson. Mi padrino de generación fue Lázaro Cárdenas. Con el tiempo, ya nos regresamos a Ixtenco.”

La escuela de Palmira fundada en 1944, pero fue antes una finca del general Cárdenas que él donó al Estado en ese año, y lleva el nombre de su primera hija, Palmira, la cual murió a los pocos días de nacida. Un proyecto revolucionario el de la Normal Rural para mujeres que convirtió en maestras a jóvenes campesinas. Y algunas como Rogelia volvieron a su tierra como maestras, agricultoras y artesanas. Todo son.

Querer a la tierra. Y ahí están también los aretes de maíz de colores. Y las hojas de la planta que igual reproducen una Virgen de Guadalupe, una novia, una yunta o un campo de flores. Ni qué decir de la gastronomía: el pinole, las tortillas de colores, las tostadas, dulce de palomitas, miel, gelatinas de elote y helado de maíz. Además del mole local y sopa de aba verde. Una venta de productos en común, con un banco que intercambia dinero por boletos de papel, como en una kermes. Y de ahí a guardar los centavos para el 24 de junio, la fiesta del santo patrón, en que los mayordomos ofrecen de comer a todo el pueblo sin costo alguno.

Ixtenco, un mundo de color, texturas y sabor al pie de la montaña. México tiene remedio.

Querer a la tierra.

Foto tomada de la revista tlaxcalteca Momento

[1] Ver Pop Wuj, Versión de Adrián I. Chávez y acuarelas de Diego Rivera. Ed., INAH/CONACULTA, México., 2008. , pp. 66-78.

[2] Ídem., pp.194-95.

[3] Ídem., p. 201.

[4] Según datos otorgados por Cornelio Hernández en entrevista para la revista Momento, 8 de junio del 2016.

[5] Cristóbal Daniel Sánchez, Sánchez, Tesis Evaluación de los sistemas productivos de maíz en San Juan Ixtenco, Colegio de Posgraduados, Texcoco, Estado de México, 2015.

[6] Ídem.

[7] Chantal Huckeret, El traje otomí de San Juan Ixtenco, Tlaxcala, en la lógica mesoamericana de las Montañas, Revista de Estudios de Cultura Otopame, Vol., 6.N. 1, 2008.

Mundo Nuestro. Alguien ha decidido que el 22 de abril es el Día de la Tierra. Bien por él.

Pero mejor por nosotros que tenemos en la fronterar de Puebla y Oaxaca la Reserva de la Biósfera Tehuacán-Cuicatlán, el territorio milenario de los cactus. Y los pájaros.

Capulinero, Grajo azulejo, Cenzontle, Cuitlacoche, Mosquero, Carpintero pechigris, Verdugo americano. Sus nombres resuenan como su canto en el arranque de la mañana, cuando los puedes ver posados en la punta de cactus, atentos al menor asomo de una lagartija nerviosa, de un mosco indeciso, de un semillero oculto entre las piedras. Son las aves del sur, los pájaros coloridos del desierto, las sombras vivas que al vuelo quiebran la resolana en el desierto poblano, con las alas extendidas alumbran la vida misma, la dimensión mágica del sol.



Alguien ha decidido que el 9 de mayo es el día internacional de las aves. Bien por él. Y mejor por nosotros que tenemos estas maravillosas aves del sur mexicano.

Karl Philips es un estudiante de doctorado en la Universidad de East Anglia, en Inglaterra, y se especializa en la ecología molecular. Karl es miembro de un laboratorio en esa institución que con el uso de las técnicas genéticas investiga la vida sexual y las migraciones de las tortugas marinas, y se puede ver el resultado de su trabajo en la publicación Molecular Ecology(http://www.bbc.co.uk/nature/21261584).

Nacido en el sur de Inglaterra en 1985, Karl forma parte de esa tradición del científico aventurero. El año pasado recorrió el sur del país, y por supuesto siguió la pista de las tortugas en las playas oaxaqueñas. De paso, dedicó una mañana a la observación de las aves en el territorio de los cactus en Zapotitlán de las Salinas. Dejó para Mundo Nuestro estas imágenes de las aves mexicanas, con un breve perfil de sus características.

Nombre en español: Capulinero negro / Jilguero negro



Nombre científico: Phainopepla nitens

Nombre en Inglés: Phainopepla





Phainopepla nitens (El Macho)

Plumaje negro brillante, una cola larga y una cresta prominente identifican al macho negro Capulinero, por lo que es difícil de confundirlo con cualquier otra ave en la maleza en el desierto seco a semi-desértico de los hábitats en los que se produce. Este plumaje brillante es el origen del nombre de la especie, su término científico, Phainopepla, se deriva del griego "túnica brillante". La hembra es menos notable, de color gris oscuro, pero tiene la misma silueta distintiva. Cuando se ven de cerca, ambos tienen los ojos de color rojo brillante.

En el área de Tehuacán-Cuicatlán esta ave es un visitante de invierno que migra para reproducirse en los estados del norte y el suroeste de los Estados Unidos. Se alimenta de frutas e insectos, y se especializa en las bayas de muérdago. En su molleja es capaz de remover la piel de las bayas, separándola de la carne, mejorando la eficiencia de la digestión; no hay otro pájaro conocido que sea capaz de hacer esto. Al igual que muchas especies de regiones secas en el mundo, el Capulinero Negro rara vez bebe agua, ya que obtiene la mayor parte de la humedad de los propios alimentos.

El Capulinero Negro también es un excelente imitador, es capaz de imitar las llamadas de numerosas especies de aves, incluyendo aves rapaces. Esta especie tiene una gran movilidad, y se desplaza a dondequiera encuentre alimento, por lo que su número puede variar sustancialmente en cualquier lugar entre un año y otro.

Actualmente no hay razones para preocuparse por el futuro de esta ave.


Nombre en español: Grajo azulejo / Chara azuleja

Nombre científico: Aphelocoma californica

Nombre en Inglés: Western scrub jay





Aphelocoma californica


Un vientre blanco y la ausencia de cresta distinguen este pájaro de casi todos los Grajos mexicanos. Se podría confundir con el Grajo mexicano / Chara pechigrís (A. ultramarina), pues su distribución se entrelaza, pero el Grajo azulejo tiene la garganta rayada, es mayor el contraste entre los colores de la parte superior y, si se mira bien, se aprecia una delgada ceja blanca. Asimismo, cuando las dos especies se superponen, el Grajo azulejo busca más los espacios abiertos que el bosque, preferido por el Grajo mexicano. En el paisaje de Tehuacán-Cuicatlán dominado por los cactus, será el Grajo azulejo que veremos.

Esta ave, al igual que muchas especies relacionadas, muestra un alto grado de inteligencia, lo que puede ayudarle a sobrevivir en ambientes desérticos difíciles. Esta especie tiene una memoria extraordinaria. Cuando las semillas, que constituyen una parte importante de la dieta del Grajo, son abundantes, el pájaro las almacenará entonces en numerosos lugares. Más tarde, cuando la comida escasee, recuperará con una precisión sorprendente gran parte de las semillas ocultas. Más aún, un ave puede ver a otra esconder su alimento en un punto, y a ese lugar volverá robar más tarde para robarlo; pero algunas aves lo saben, por lo que antes de ocultar su comida no dejan de mirar alrededor para detectar a los potenciales ladrones. Estas Aves llegan a robar la comida de los Carpinteros y pueden comer también las garrapatas de los ciervos.

Los Grajo azulejo puede ser aves muy ruidosas, y a menudo se les escucha antes de que se les vea. Sin embargo, sus llamados son interesantes por su complejidad, con cerca de veinte diferentes tipos identificados.



Nombre en español: Cenzontle norteño

Nombre científico: Mimus polyglottus

Nombre en Inglés: Northern Mockingbird





Mimus polyglottus

Insignificante en su colorido, esta especie es mucho más conocida por su canto. Es un excelente imitador. Imita los cantos y las llamadas de muchas de las especies que se encuentra. Estas actuaciones suelen engañar a los observadores de aves, pero no tan a menudo está arremedando. Aprender a cantar es un proceso continuo, y los mejores cenzontles pueden llegar a tener un repertorio de 200 canciones que se acerca, y algunos han logrado imitar sonidos modernos, artificiales, como de de máquinas o alarmas de automóviles. Además, las aves muy a menudo cantan tanto de día como de noche. Estas excelentes habilidades de canto le han dado a este pájaro un lugar en la cultura popular, incluyendo el título de la novela de Harper Lee, Matar a un ruiseñor. Sin embargo, a lo largo del tiempo el canto ha sido costoso para estas aves: en algunas regiones de su distribución, particularmente en el este de los Estados Unidos, casi llegó a desaparecer debido a que la gente los capturaba para meterlos en jaulas. Afortunadamente, esto ya rara vez ocurre en la actualidad, y no hay inquietud por su conservación.

Esta es una especie de amplia distribución que ocupa una gran variedad de hábitats, desde bosques hasta desiertos achaparrados --en México es un ave de campo seco y abierto. En el sureste, aproximadamente en el Istmo de Tehuantepec, es reemplazado por el Cenzontle sureño, estrechamente relacionado, y de imagen muy similar.

Cuando el Cenzontle vuela es cuando más se le distingue el blanco de su ala superior.

Nombre en español: Cuitlacoche Común / Cuitlacoche piquicurvo

Nombre científico: Toxostoma curvirostre

Nombre en Inglés: Curve-billed thrasher



Toxostoma curvirostre

Un pájaro común en todas las zonas desérticas de México al oeste del Istmo de Tehuantepec, el Cuitlacoche común es difícil de confundir con cualquier otra ave parecida que se encuentren en su área de distribución mexicana. Con un pico curvo, de pecho ligeramente manchado y, cuando se ve bien, con un distintivo ojo anaranjado. Por lo general se le ve saltando en el suelo, buscando insectos entre las hojas secas. Por mucho son aves de tierra de cactus, y los utilizan para construir sus nidos y en ellos encuentran sitios seguros para pasar la noche.

El futuro de esta ave parece seguro en México, pero en Estados Unidos su número disminuye debido a la invasión de su hábitat por la expansión urbana.

Nombre en español: Mosquero cardenal / Mosquero cardinalito

Nombre científico: Pyrocephalus rubinus

Nombre en Inglés: Rubí



Pyrocephalus rubinus

Una especie que se reconoce al instante dondequiera que se le encuentre. ¡Pocas personas encariñadas con los pájaros querrán irse de México sin haber visto un Mosquero Cardinalito macho! Su plumaje llamativo es tan especial que ningún otro Mosquero siquiera se acerca o se le que empareja. La hembra es mucho menos espectacular en colorido, con la espalda gris-marrón, la parte inferior de color crema, y con algunas plumas de color rojo pálido en la parte inferior de la cola.

Esta especie tiene una distribución muy amplia, desde el centro de Argentina hasta el suroeste de Estados Unidos. Son aves comunes donde se les encuentra, regularmente en las riberas de los ríos que corren en las regiones desérticas, pero se les puede ver en parques y jardines de zonas urbanas.

En la época de apareamiento el macho llama la atención con un distintivo despliegue de apareamiento, volando a la altura del dosel, revoloteando y cantando todo el tiempo. Antes de aparearse con la hembra, él trae como regalo un gran insecto. Al igual que muchos mosqueros, la presa suele ser atrapada con un vuelo corto desde su palo favorito.

Con una amplia distribución y de gran número, no hay razones para preocuparse acerca de esta especie a escala global. Los cambios locales en el uso del agua han causado algunas bajas en los EE.UU., pero el riego también puede permitir que las especies se muevan a nuevas áreas. A diferencia de algunas otras aves de vivos colores, no ha sufrido la captura para el comercio de aves de jaula, probablemente porque los machos pierden su color brillante en cautiverio.

Nombre en español: Carpintero pechigrís / Carpintero del Balsas

Nombre científico: Melanerpes hypopolius

Nombre en Inglés: Grey-breasted pájaro carpintero / woodpecker Balsas





Melanerpes hypopolius

Endémico del suroeste de México, este Carpintero es en gran medida una especie del desierto, favorecido por los paisajes semiáridos, cubiertos de cactus. Aunque otros Carpinteros usan los cactus, sólo una especie mexicana, el Carpintero de Gila / Carpintero desértico (M. uropygialis), es también similar en su apariencia. Sin embargo, estas dos especies no ocurren al mismo tiempo en cualquier lugar: el Carpintero de Gila se limita a la zona que rodea el Golfo de California. El Carpintero pechigrís se distingue por tener una franja roja que corre verticalmente a través de sus ojos, pero esto puede ser difícil de ver desde la distancia.

Esta especie anida en agujeros que hace en grandes cactus. Cogen una gran cantidad de presas de insectos al vuelo, en lugar de capturarlos de los tallos de cactus y árboles, a diferencia de muchos otros Carpinteros. La fruta de los cactus, especialmente del cactus Opuntia, es también importante para su dieta.

Esta especie tiene una población grande y no preocupa su conservación. Sin embargo, es un ave única de esta región, y por lo tanto se tiene la obligación especial de garantizar que su población se mantenga saludable para las generaciones venideras.

Nombre en español: Verdugo americano / Lanio americano

Nombre científico: Lanius ludovicianus

Nombre en Inglés: Loggerhead Shrike



Lanius ludovicianus (Parado en la punta del cactus)

Este pájaro es el único Verdugo existente en México, y es uno de los dos únicos en el continente americano, pero tiene muchos parientes en África, Europa y Asia. Donde quiera que se produzcan, a menudo hay un nombre local que refleja sus hábitos de alimentación, tales como butcherbird en Inglés, Neuntöter ('nine-killer’) en alemán, y Fiskaal ('verdugo') en afrikaans. Todos estos nombres se refieren a la naturaleza depredadora de estas especies, y especialmente de su uso de la vegetación espinosa o alambre de púas para destazar y almacenar a sus presas.

El Verdugo americano se reproduce a lo largo de la mayor parte de México, así como los Estados Unidos y partes de Canadá. Las aves mexicanas son principalmente residentes, pero el número puede aumentar durante los meses de invierno debido a la llegada de inmigrantes procedentes del norte. A los Verdugos les favorece el campo abierto con arbustos dispersos, árboles y cactus. A menudo son fáciles de ver, encaramados en lo alto de la vegetación de altura, postes, o cables de teléfono, explorando el terreno para la presa. Para las especies más grandes de Verdugo, incluyendo el americano, las presas incluyen lagartijas, pequeños mamíferos y aves. Aunque los Verdugos son depredadores, no tienen las patas fuertes de la verdadera aves de presa para desgarrar la carne. En su lugar, ensartar a sus presas en la vegetación espinosa, incluyendo las espinas de cactus, y quitan las tiras de carne. A veces hay más comida que la que un pájaro puede comer en una sesión, en cuyo caso las espinas también sirven como almacén.

Este pájaro es fácil de reconocer cuando se le ve bien, con el dorso gris, el pecho y el vientre blancos, una máscara de rostro negro como un bandido, y un pico grande y ganchudo para matar y descuartizar la presa. Aunque algunas poblaciones están declinando en Canadá, esta ave no se considera en peligro global.

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Sin llaves en el Cementerio de los Oyameles

(La foto de portadilla es de Tirso Hernández y fue tomada de Panoramio)



Fue un domingo más de pascua que se extendió hasta el lunes: una camioneta con la llave perdida en lo profundo del bosque, convertida en una piedra metálica sin sentido; una joven científica que no pierde la calma, dispuesta a encontrar con sus compañeras biólogas alternativas de solución ante la muerte de los oyameles, víctimas del aire pútrido de la ciudad de México; un cerrajero experto y tranquilo que busca los recovecos para vencer a la tecnología pensada para que no puedas arrancar el auto si no cuentas con el chip de silicios y germanios en el que se nutre este encierro de modernidades; y un hombre mayor que le da vuelta a las desventuras de la vida nuestra y los caminos que encuentra para no perder el ánimo ante el pesimismo radical que nos agobia.

1



El sábado de glorias y judas hasta la paz del campo en la que me encuentro en Puebla entra de suerte el telefonazo de mi hija Alicia, cuyo celular decide por un minuto jalar en un páramo solitario a 3,460 metros de altura, en una cresta de las montañas conocidas como Desierto de los Leones al sur poniente de la ciudad de México.

Está en el Cementerio de los Oyameles, como le dicen los biólogos a esas cañadas por las que corre la ventisca envenenada desde el valle, y que ha dejado en los montes la huella triste de la muerte por ozono. Ni qué decir de los incendios. Son miles de puntas peladas las que lo cubren como a un alfiletero. Son miles los troncos que se pudren en las quebradas. Grises, han perdido hace tiempo toda traza de cáscara, toda corriente de sabia, toda levedad de la vida que sube y baja tras la corteza de la tierra a las copas. No hay copas, sólo astas que han perdido cualquier posibilidad de bandera y apuntan al cielo como una nación sin futuro. Hasta allá han ido por un camino de piedras las muchachas con su ciencia a tomar muestras para su estudio genético entre la CONABIO y la UNAM. Hasta allá han trepado en mi camioneta. La vieja Liberty azul 2004 sin copia de llave con chip, porque los autos también tienen su genética.

Antes de que el celular pierda la huella electrónica en el viento alcanza a informarme de la catástrofe: la llave, de una mano a otra entre los esqueletos pétreos de los árboles, ha decidido extraviarse dentro de un inexpugnable sotobosque.

La llave con el chip de la que no tengo réplica.

2

Voy esta tarde de domingo con Alicia a rescatar la camioneta azul a lo más alto del Desierto de los Leones, sitio en el que ayer mi adorada bióloga y su equipo han perdido la llave. Me adelanto: no lograremos hoy el rescate, pues en este momento de la historia intervengo yo como actor: no tengo llave de repuesto con el chip necesario para arrancarla. Y ya el joven Daniel, el cerrajero que nos acompaña, nos ha dado a entender nuestras posibilidades: como hoy domingo no ha conseguido el escáner para configurar la nueva llave, intentará arrancarla echándole gasolina al carburador directamente y por un minuto, para engañar a la computadora; de lograrlo, bajaremos a la ciudad con ella; si fracasamos, le quitará el switch y la antena y en su taller tendrá lista la llave para volver a subir mañana. Es un hombre tranquilo, bonachón, muy versado en candados y encierros por abrir. Todo se puede abrir, nos dice, sólo se necesita tiempo. Y tiempo tiene para contarnos rasgos de su vida diestra en cerraduras, cilindros, limas y ganzúas. Él también, poco a poco, aprenderá como yo a mirar de otra manera al bosque que mira desde niño en su barrio de San Bernabé y que por siete ocasiones ha recorrido en su camino de peregrino para bailar en Chalma.

EL Santo Señor de Chalma, antiguo Oxtoteótl.

Yo aprenderé por él que son tres viajes los que se hacen para cumplir la manda al santo señor, pero que sólo en la segunda se baila. Y no ante el Cristo de pasta de caña de maíz, sino ante un ahuehuete sagrado, y que en el manantial te bañas para poder entrar purificado al santuario. Si lo escucha un antropólogo hará una apología del sincretismo, pero bien a bien no creo que el cerrajero esté pensando en Oxtotéotl enclaustrado en su cueva. Él ha ido siete veces, a cumplir como su padre, su maestro cerrajero, su propia manda. Y eso cuenta.

Por un momento veo al joven cerrajero bailando alrededor del ahuehuete. Y de reojo por el retrovisor lo contemplo absorto ante la enormidad de los oyameles que nos rodean. Y de su desastre.

Mientras subimos medito en la catástrofe del bosque y su calvario, me entero, por el ozono que la ciudad produce. Aquí voy yo, un descreído de toda suerte de dioses, incluidos los prehispánicos, rumbo justo al punto que el mapa identifica como Cruz de Coloxtitla. Trepamos en medio de aguaceros intermitentes y por una cuesta de siete kilómetros de piedras obstinadas, con filos más severos que la mirada adusta del martirizado Santo Señor de Chalma, quien vino por obra de los frailes agustinos a sustutuir al enclaustrado dios de la cueva y que en estos días aguarda los andares de los peregrinos que por estos cerros le llevan sus mandas. Trepamos desde el lado norte de una cañada estrecha en la que los oyameles han sentado cátedra de vida por miles de años, pero que en un punto sobre los 3,200 metros clarea para dar paso a un paisaje de picas grises sin foresta, árboles muertos por los que todo mundo (campes, forestales, biólogos) en estos lares se lamenta, una cuesta que se eleva hasta más allá de los 3,700 metros y que es el chiflón por el que buena parte del aire contaminado de la ciudad de México encuentra salida. Eso he venido a conocer en busca de la camioneta varada: un paraje extremo de belleza lúgubre, la naturaleza exhausta ante el aire pútrido que producen y respiraran los habitantes de la ciudad de México.

En fin, hoy la vieja Liberty volverá a pasar la noche por aquellas soledades. Ya iremos mañana nuevamente con las llaves nuevas y configuradas en cuya ausencia esta modernidad tranquilamente te somete a estos atascos cerrajeriles.

3

La camioneta está en sus cuatro llantas a las cinco de la tarde del domingo. El joven cerrajero hace su mejor esfuerzo por quebrar a la tecnología contra el robo diseñada por la Chrysler. Yo tengo tiempo para mirar mi propio encierro. Me miro ayer sábado en el momento del entripado. Todo se me vino de un jalón: llave perdida en medio de la nada, sábado de judas y juergas vacacionales, llave de repuesto inexistente desde hace ocho años --¡ocho años he estado con esa camioneta sin llave de repuesto!--, hija mayor aventada con Ana su hermana pequeña en un bosque que es camino de peregrinos a Chalma. Emma mi esposa muy divertida que me mira perder la cabeza y mentar madres y putear pastos y calmas de mi mentado campo de paz, no diré sacro santo, pero no me faltan ganas. Y luego... supongo que por eso me dicen mis amigos viejos y mis hermanos Chely, mi apelativo antiguo derivado de cerillo, puesto por mi certero padre ante mis estallidos fulminantes pero rápidamente disueltos en ayes y pinches y coces al aire. Y luego… nada. ¿De qué vale tanto alarde?

Un día después estoy en medio del monte, a hora y media del desastre que todavía llamo muy anquilosado DF, pero a no más de 12 kilómetros en línea recta al estadio de los Pumas en CU, con la memoria de ese bosque magnífico de oyameles sobrevivientes entre sus hermanos cadáveres que prueban esos chiflones malignos que se llevan la vida de árboles y gente. Y sobre cualquier cosa el espíritu de conocimiento y transformación del mundo por la ciencia y el activismo ambiental de mi hija Alicia. Una maravilla de la que aprendo lo que puedo y que apacigua cualquier contingencia. Porque han subido al monte en busca de su remedio, con el ojo clínico del científico que aprecia la vida desde sus originales genes: hay árboles que resisten el paso del aire envenenado, con alguna chispa que encienden al sentir el roce de la muerte: las biólogas no trepan el cerro para llevar muestras de los caídos, sino para cortar una ramita a los sobrevivientes y buscar en la secuencia genética de su sobrevivencia las cualidades de los renuevos que deben cultivarse.

La Liberty está indispuesta. El cerrajero ha probado sus mejores suertes. Mañana lunes volveremos.

4

Por la noche me pregunta mi hermana Verónica por el destino de la camioneta. Le contesto con este mensaje.

“Pues hoy amaneció, le digo. Está en un paraje muy remontado, a 3,400 metros de altura y como a 40 minutos de la carretera asfaltada, pero a no más de 20 kilómetros en línea recta de San Ángel. Esa montaña pertenece a los ejidatarios de Santa Rosa, y es territorio capitalino. Por ahí transitan los peregrinos a Chalma, que discurren en estos días desde todos los caminos. No podrá arrancarla cualquiera que quisiera por las artes del cerrajero, pero sí podrán volarle una llanta o todas, aunque no creo que por ahí pase alguien con esos ánimos. Lo que es terrible es lo que ha sucedido con ese bosque: el chiflón contaminado lo está matando. Oyameles como los que vemos en el bosque del Izta o en las cañadas altas de la Malinche. Vero, una pena. Sin embargo, hay algunos que resisten. Eso es lo que están investigando Alicia y sus compañeras biólogas genetistas: qué características genéticas tienen, de manera que los que se planten tengas esas condiciones. Complicado, pero no pierden el entusiasmo.”

5

Daniel el cerrajero tiene sus propios tiempos, así que el lunes es hasta mediodía que tomamos nuevamente la carretera al Desierto de los Leones. Extraña palabra, desierto, pero los españoles coloniales la aplicaron igual para la selva lacandona en Chiapas que para los montes profundos que rodeaban el valle de México. Un desierto de árboles que por la fuerza de sus cuestas logró frenar la crecida de la urbe. Santa Rosa es el pueblo que llegó más arriba, y ahí está, preñado de casas grises y pobres y fincas de cantera a las que treparon ricos y famosos como Lola la Grande. Va y viene el tráfico, bajo la batuta de topes y camiones. Un camino que se distancia de tantos otros que salen del incontenible ex DF por los paredones de encinos, cedros y, poco a poco, señoriales, los altísimos oyameles que envuelven al pueblo como si quisieran extraerlo a tirones de sombra de la urbe a la que pertenece.

Fotografía de John Brennan, tomada de Panoramio.

Tengo tiempo de mirar con calma el monte. Primero la cuesta de encinos de hoja grande, con cedros gigantes que los residentes han plantado con el ascenso del caserío que acompaña la carretera. Cuando las casas quedan atrás la ciudad se pierde de inmediato, cerca ya de los 3 mil metros marcados en el altímetro. Los oyameles aparecen ya por todos lados, con pinos pátula entreverados que reforestaciones de las últimas décadas han traído desde otros territorios de coníferas. En los quiebres del camino reconozco arriba la cresta del cementerio de los oyameles, con los alfileres negros contra las nubes, pero pronto se cierra y no deja de curvear en la sombra recia de la foresta. De la ciudad no me queda ya ni la memoria de su tráfico insolente, como si llegar en lunes al final de la ruta de los camiones a Santa Rosa significara el fin del mundo caótico, de ruidos y calamidades sin freno, sin días con nombre, ni fechas ni noticias y empezara realmente una comunidad y un tiempo aparte en este cerco de árboles que van del día a la noche, de la luz a la sombra, del calor de sol filtrado en rayos estridentes a la niebla sorda, densa y fría. Una realidad templada en el silencio que contiene todos los tiempos. El bosque, a pesar de nosotros, todavía sobreviviente, decidido a seguir siendo horizonte.

Ahí voy yo con mi pesimismo radical hacia uno más de nuestros cementerios. No hay rezo que valga, lo sé hace mucho. Ni yendo a bailar a Chalma. No dejo atrás esa memoria de nuestras desgracias de la misma forma que la ciudad no desaparece aunque la montaña se las amañe para ocultarla. Qué fracaso social es el nuestro. La naturaleza rendida ante nuestras agresiones; la economía sin los empleos para millones de personas; la política y la abyección de los poderosos, con el histórico y consecuente desvanecimiento de la ciudadanía; la violencia y la brutal constatación cotidiana de que la vida no vale nada. Cuánta muerte absurda la de los últimos años. Cuánto dolor en los cementerios. El de los oyameles centenarios que la ciudad construye a fuerza de su tuberculosis, es de los más tristes. Subo con mi hija Alicia, la Doctora en Bióloga que a sus 31 años construye todos los optimismos por la vida silvestre confrontada por un país que a su generación le ha heredado demasiados cementerios, demasiados esqueletos que, sin la suerte de estos árboles cadáveres erguidos, han dejado de ver horizonte alguno. Los oyameles muertos que resisten en pie son la memoria de lo que este bosque fue. Nosotros, allá abajo, hemos arrojado a las fosas tanta vida joven con la marca del narco-estado. Son la memoria de lo que como sociedad hemos sido.

Con esa cuenta voy al bosque, con Alicia, por la solitaria camioneta. La brecha hacia la Cruz de Coloxtitla nos permite mirar los detalles. La bióloga indica las puntas verde claro del ramaje de los oyameles jóvenes en punto de explosión con las lluvias de la primavera. Y el musgo que alumbra el sotobosque. Y por allá unos hongos que no me puedo comer. Y por todos lados los brotes naturales de oyameles, bien protegidos por sus inmensos padres y madres.

“Es la regeneración natural –dice Alicia--, no se necesita más. Pero claro que ayudan las reforestaciones, de hecho, aquí lo que vemos es una combinación de ambas.”

Y sin embargo ella lo intenta: contribuir con la ciencia a recuperar el bosque. Identifica con ojo entrenado los árboles recientes, ya de buen tamaño, con troncos de más de 15 centímetros, que han resistido la nube del ozono. Los mira como yo no sabré jamás mirarlos, enteros y en el microscopio, lee aerreenes y adeenes y proteínas en las hojitas, identifica secuencias y genes que se prenden contra agresiones externas, como las del ozono que pasa en sombra de muerte de tiempo en tiempo.

“Por eso subimos el sábado de gloria –me explica--, creemos que en un día así, de pocos autos y movimiento en la ciudad, con menos ozono en el ambiente, los árboles se comportan de una manera, no tienen necesidad de prender los genes necesarios para deshacerse de él. Secuenciaremos el ARN de las hojas de los árboles resistentes, y a ellos regresaremos en un día de declarada contingencia ambiental…”

Y buscarán que las reforestaciones se realicen con este tipo de oyameles.

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El joven cerrajero finalmente arrancó la camioneta. Es un experto en lo suyo. Como tantos jóvenes que construyen su propia mirada de país, su propio ramaje, su propio futuro.

Los tres miramos las puntas raídas de los oyameles muertos. A sus pies, y por todos lados que la vista encuentre, crecen los jóvenes oyameles.

No dejan de buscar el cielo, los jóvenes.

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Hay temores que son tan absurdos como para lograr no hacerles caso, temores posibles pero tan terribles que logramos no pensarlos, y temores prácticos que sabemos nos ocurrirán tarde o temprano. Antier uno de estos últimos se volvió realidad. Creo que es un temor compartido con cualquier bióloga de campo y con cualquiera que haga excursiones en auto a la naturaleza: después de horas de colectar muestras, regresamos a la camioneta para descubrir que de las llaves sólo quedaban el llavero y el control de la alarma, pero ni rastros del pedacito de metal necesario para arrancar. Estábamos en el Cementerio de Oyameles, a 3,400 y pico metros sobre el nivel del mar.



El Cementerio de Oyameles, en el bosque que el chilango promedio identifica como el Desierto de los Leones, es lo que queda de un bosque azotado por incendios y contaminación. El incendio fuerte ocurrió a finales de los noventa, la contaminación desde los ochenta. Este es el cuello de la cuenca atmosférica de la Ciudad de México. En otras palabras, cada contingencia ambiental de la ciudad eventualmente es arrastrada por los vientos, y con el último empujón de la inversión térmica sale por aquí. No sin antes raspar estas lomas con un concentrado de todo el horror que respiramos en la Ciudad de México. Como resultado, troncos grises como petrificados apuntan al cielo y otros tantos yacen tirados como caminos de plata entre la vegetación. Hay árboles jóvenes, resultado de varios años de reforestaciones y necedad regenerativa de la naturaleza, pero su vida no es fácil: no hay árboles adultos que los protejan y la contaminación, especialmente el ozono, daña sus hojas, lo que si no los mata sí los debilita y los vuelve presa fácil de enfermedades, heladas y sequías.



El predio pertenece a Santa Rosa, que es el último pueblo que cruza la Calzada Desierto de los Leones antes de entrar al Parque Nacional del mismo nombre, su famoso ex-convento y sus restaurantitos de quesadillas de maíz azul. Al Cementerio de Oyameles, donde perdimos las llaves, se llega por una brecha a la que los turistas normalmente no tienen acceso, aunque hay varios otros caminos para llegar a esta Roma, y la cruz de Coloxtitla, enclavada en el punta del cerro, es una de las paradas de la peregrinación de los chalmeños. No es el mejor lugar para quedarse sin vehículo, aunque agradezco no me sucediera en cerros más remotos.

Sin llaves de la camioneta. Determinamos que el único momento donde podría haberse perdido fue cuando Persona A le aventó las llaves a Persona B para salvar algo de tiempo. Yo escuché de lejos su maniobra y dejé de preocuparme cuando oí que Persona B ya tenía las llaves en su poder. No las cachó, supe después, rebotaron contra un tocón y ella las recogió del suelo. Ahí creemos se separó la llave del llavero, que tiene uno de esos ganchitos que se abren. Como ahora hay llaves de “proximidad” que ni llave tienen, y como el control del beep beep no se perdió, pues absurdamente no notamos la falta de llave hasta mucho después. Identificado el lugar de la pérdida en el tiempo, nos fue imposible identificarlo con certeza en el espacio. El Cementerio de Oyameles es una colección de los mismos elementos repetidos cada quince pasos: tocón, árbol muerto en pié, árboles caídos, arbustos, pasto, oyamelitos, pinitos. Si no fuera por la pendiente sería imposible distinguir siquiera el norte del sur.

Total que no encontramos la llave. Una brigada forestal de la Delegación Álvaro Obregón, a la que políticamente pertenece el sitio, estaba reparando una brecha cortafuegos. Por fortuna. Bajamos en su camioneta, tanque de nitrógeno y todo, con nuestras caras de idiotas y ánimo decaído. Luego el ritual de avisar en las plumas de vigilancia que estábamos dejando allá arriba nuestra camioneta. Qué volveríamos mañana. Uy, a ver si no le pasa nada, su respuesta. Nuestro aventón nos dejó en Santa Rosa, de donde también eran algunos de los trabajadores. Uno de ellos cuenta que por otro sendero el subía corriendo en 40 minutos, y que con ese entrenamiento corrió varias veces el maratón de la CDMX. No lo dudo. Tampoco dudo que conozca profundamente el bosque, pues toda la bajada se enfocó en platicarnos de la colecta de conos y cómo se regenera solito el bosque. De Santa Rosa tomamos uno de esos camiones verdes que increíblemente llegan hasta Metro Viveros, porque efectivamente nunca salimos de la Ciudad de México.

Haciendo de lado la desgracia de la llave, sin querer cumplimos otro de los objetivos del proyecto: contactar con la comunidad dueña de la tierra para vincular nuestros estudios con sus esfuerzos de reforestación. Aquí la reforestación es necesaria desde el incendio, pero las oleadas de ozono no la ponen fácil. Lo interesante es que no a todos los oyameles parece afectarles por igual. Hay árboles muriendo con la distinguible marca del daño por ozono: las hojas más cercanas al tronco se van poniendo rojizas y terminan por secarse. Esto ocurre así normalmente, pero no tan rápido, no en las hojas del año anterior. Pero también hay árboles notoriamente más sanos. Algunos ya tienen varios metros. El objetivo de una estudiante de maestría entusiasta es determinar si hay diferencias genéticas entre estos árboles. De ser así, podríamos buscar en el vivero los árboles con estas características y utilizarlos para reforestar, a sabiendas de que les irá mejor que a otros.

Antier fue Sábado Santo. Decidimos colectar específicamente este día para utilizarlo como punto comparativo “sin contaminación”. Piénsenlo, sábado en medio de la semana santa, la ciudad vacía sin millones de escapes de autos encendidos. El proyecto está arrancando y aún nos faltan muchos puntos por definir y debemos estrechar relaciones con el vivero que está reforestando, pero un Sábado Santo sin coches no lo tendríamos hasta el siguiente año. Así que nos lanzamos. Nuestra hipótesis es que cuando no hay ozono los árboles no tienen necesidad de prender los genes para lidiar con el. De la misma forma que una no prende los genes para deshacerse del alcohol cuando no lo está consumiendo. Nuestro segundo momento de colecta será durante una contingencia ambiental, de esas que no tardan en llegar. Ahí esperamos que la maquinaria celular de las pobres hojitas esté enfocada en evitar el daño por ozono. Lo que haremos será secuenciar el ARN de las hojas, que es el intermedio entre el ADN y las proteínas que este codifica. Es decir, al secuenciar el ARN podremos ver qué genes están prendidos en ese momento. Una vez identificados estos, podemos ver si hay diferencias entre los árboles que se ven enfermos y los sanos. El ARN se degrada muy fácilmente, por eso llevábamos nitrógeno líquido, que está a menos de cien grados bajo cero.

Sábado Santo no es el mejor día para quedarse sin llaves. Más cuando una descubre que la copia no existe y que el único remedio es encontrar uno de esos cerrajeros especializados en llaves de vehículos. A través de nuestro mecánico de cabecera encontramos uno dispuesto a subir. Pero hasta las 3 pm de la tarde del día siguiente. Así que ahí fuimos ayer Domingo. Fuimos ya no yo con las y los estudiantes, sino acompañada de mi pobre padre y del cerrajero. Sí, para colmo de osos la camioneta era de mi padre. La idea del Sábado Santo llegó más tarde que los límites de tiempo de la universidad, así que le pedí prestada su camioneta y le arruiné el fin de semana con una llamada telefónica que ya se pueden imaginar.

Tlaloc nos perdonó un aguacero por segundo día consecutivo. El cerrajero se llama Daniel. No debe pasar de los cuarenta tempranos, a lo mucho. Entre él y su padre llevan 30 años con un taller en Tizapan, a los pies de la Av. Toluca que lleva al Desierto. Daniel subió por estos montes para peregrinar a Chalma por primera vez como a los 13 años. Después otras siete veces. Así que fue ilusionado de andar de nuevo por ahí, aunque no fuera su ruta exacta.

Los vigilantes y brigadistas nos recibieron con la amabilidad que se le tiene a los desesperanzados. Nos desearon lo mejor y esperaron vernos de regreso en un par de horas con la camioneta. Para no hacerla larga: no nos vieron volver así. Daniel necesitaba hacer algún paso del arte cerrajero con el equipo que tiene en su taller. El problema no es la llave, sino el mentado chip que resulta llevan dentro. Una mirruña que habla con la camioneta para decirle: sí, soy tu llave, no te están robando. Pero por no dejar, y con los conocimientos de mecánico de Daniel, intentamos engañar a la camioneta y arrancarla sin llave. Fueron tres maniobras distintas. Involucraron echar gasolina directamente a la boca del motor con una botellita y quitar los relevadores. Incluso sacrificar un cargador de celular para improvisar un alambrito de cobre y hacer un puente. Fracasos. No es fácil robarse una camioneta Jeep. Volvimos a dejarla. Esta vez sin relevadores y con la parte donde metes la llave medio desarmada. Si acaso podrían robarse las llantas.

Volvimos hoy lunes. Nos recibió un granizo suave, de ese que se rompe al tocar una superficie, como si quisiera ser nieve. Daniel abrió la camioneta, hizo un ajuste rápido con su escáner y las llaves estuvieron listas. Run run run como si nada hubiera pasado. Bajamos otra vez al bosque protegido por la cañada, que parece no enterarse de los aires contaminados más arriba.

Vida y milagros

Sí es posible la restauración del medio ambiente cuando éste se ha deteriorado enormemente. Sí es posible sanear lagos, ríos y mares. Sí es posible restaurar bosques destruidos y salvar los hábitats estratégicos donde vive gran parte de la biodiversidad de nuestro país, una de las más variadas y ricas del mundo.



Lo que no es posible es afirmar que puede hacerse en seis años.

Si hay un tema que requiere de tiempo y paciencia, de presupuestos estrictos y sostenidos durante muchos, muchos años, ese es el tema ambiental. Y lo dicen los expertos mundiales. Solo en el tema de conservación de las cuencas hídricas, el Consejo Mundial del Agua propone acciones que de empezarse hoy darían frutos definitivos en diez, veinte o treinta años. Por cada peso invertido hoy en gestión integral del agua, se empezarían a ver resultados entre siete y veinte años después. La restauración de un bosque al que se le cambió el uso de suelo para sembrar maíz, papas o cualquier otra cosa, no se logrará en un sexenio sino en muchos. Se requiere de políticas públicas de apoyo a quienes vayan a lograr tal hazaña durante diez, quince o veinte años. La naturaleza se recupera de manera milagrosa cuando se le da una oportunidad seria, nada más que la naturaleza no juega con los tiempos de los partidos políticos y sus candidatos. Sus reglas son otras, sus tiempos mucho más largos que una campaña o un sexenio. Esos tiempos largos los políticos no los pueden o no los quieren imaginar ni en sueños. En sus agendas las hojas del futuro son muy breves.

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Selva Lacandona: depredación y conflicto social.

El darle un lugar prioritario al tema ambiental en la agenda de un candidato fuerte a alcanzar la presidencia de la república me parece valioso, pero el decir que se logrará algo que es imposible me parece que no es válido, porque el plantear falsas ilusiones con respecto a los logros de una propuesta ambiental solo producirá desilusiones y el que a la larga el tema no sea tomado en cuenta porque parecería que fracasan quienes lo intentan, cuando lo que fracasa es una propuesta mal planteada.

Tan sólo en temas de conservación y gestión de las cuencas hídricas y restauración de bosques, México tiene un rezago gigantesco. Limpiar una cuenca como la del Valle de México o la cuenca del Atoyac-Xochiac que alimenta de agua a Puebla y Tlaxcala requiere de políticas públicas sostenidas durante por lo menos 30 años. Además esas políticas, para funcionar, no dependen sólo del gobierno federal, sino de la participación de los estados y de todos los municipios de esa cuenca. La cuenca del alto Balsas, la Atoyac Xochiac, abarca trescientas mil hectáreas, se ubican en ella 63 municipios de dos estados y la cruzan tres mil kilómetros de ríos y arroyos tributarios. Esos municipios dependen de presupuestos federales que se arman en el congreso de la unión, pero también y más, de los presupuestos de los congresos estatales y de la eficacia de los gobiernos municipales para armar presupuestos que soporten esas políticas públicas que no pueden ser impuestas desde arriba. Por eso un candidato a presidente no debe prometer cosas que no dependen sólo de él.

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AMLO y su Salida.

En cuestión de bosques, el gobierno de Felipe Calderón cabildeó y logró destinar muchos recursos para el Consejo Nacional Forestal (CONAFOR) y a su vez, un estado como el de Puebla puso una parte igual durante cuatro años del sexenio. El gobierno de Enrique Peña Nieto ha cabildeado y colocado su parte federal durante cuatro años, e incluso con los dos feroces recortes presupuestales a medio ambiente, se logró conservar por lo menos el 50% de esas aportaciones mínimas para cumplir con los acuerdos globales que México ha firmado para frenar el cambio climático. Como contra parte, aunque el congreso del estado de Puebla ha aprobado en presupuestos más recursos que nunca, no ha aportado nada a este rubro en los últimos seis años. Los gobiernos de los estados y sus congresos tienen la libertad y el poder de no etiquetar nada a un tema que aunque sea prioritario para un presidente de la república, puede no interesar a quienes gobiernan y arman presupuestos locales, ya sean los diputados o los gobernadores en turno.

En el párrafo relativo a propuestas ambientales del último libro de Andrés Manuel López Obrador La salida: decadencia y renacimiento de México, él y quienes lo apoyaron a escribir esta propuesta, dice que para 2024 se habrá reforestado todo el territorio nacional y que estará garantizada la conservación de la flora y la fauna. No lo creo posible en seis años. La inversión de tiempo no alcanza y la voluntad política en materia ambiental no depende de un solo nivel de gobierno. Aun explicando a detalle qué zonas geográficas del territorio y con qué figuras financieras transversales se emprendería tal cruzada, no se puede minimizar que una gran parte de los programas que coordinan Conafor, Semarnat o las secretarias de medio ambiente o desarrollo rural de los estados, aun existiendo el dinero, muchas veces no pueden implementarse por falta de certidumbre jurídica porque en gran parte del país existen problemas limítrofes entre las propiedades y los ejidos en donde están las zonas que debieran ser boscosas. Solo en Puebla, 215 de los 217 municipios tienen problemas limítrofes entre sí. Ni qué decir de los innumerables conflictos de límites entre terrenos comunales, ejidales o particulares en todo el país. ¿Ordenarán el territorio en seis años? Que soliciten ya a un mago poderoso. Por otro lado, las instancias dedicadas al cuidado y protección de todas esas enormes zonas geográficas no tienen presupuesto ni para las gasolinas de los coches de quienes inspeccionan y vigilan la protección de la flora y fauna. Si el gobierno federal de por sí les ha recortado a estas instancias, en los gobiernos de los estados es el último vagón del tren presupuestal y éste suele ir completamente vacío. En el presupuesto del 2017 el congreso estatal poblano dejó a este rubro de nuevo en cero. Lograr las metas ambientales requiere no solo de más tiempo sino también del acompañamiento presupuestal y la voluntad política de los gobiernos estatales. Decir otra cosa es tener pensamiento mágico.

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La pérdida de la selva en Chiapas,.

Si Andrés Manuel fuera hoy presidente, poco podría hacer para modificar o fortalecer lo que se hace en los estados que no gobernará su partido. Si gana con un tercio de la votación, escenario probable para cualquiera que gane la presidencia en 2018, se encontrará con dos tercios de los estados gobernados por la oposición y con un congreso federal en el que no tendría mayoría. Por otro lado, suponiendo que la tuviera, las reforestaciones exitosas no se dan por decreto ni cuentan cuando se siembran arbolitos al por mayor, cuentan cuando a lo largo de los años se documenta que esos árboles sobrevivieron y los dueños de esas plantaciones ya pueden vivir de su aprovechamiento sustentable. Nada que pueda prometerse a seis años. Es preferible prometer menos a prometer lo que es imposible de lograr.

Con respecto al tema del agua, el libro dice, textual, que para 2024 se habrán recuperado todos los ríos, arroyos y lagunas. Se habrán realizado obras de tratamiento de aguas negras y desechos de basura y la sociedad tendrá una mayor conciencia ecológica. Otra vez, estas buenas intenciones pasan necesariamente por el acompañamiento y por las voluntades de los gobiernos de los estados y los municipios. Doy un ejemplo muy sencillo: en Puebla en 2014 y 2015 se restauraron o construyeron con dinero de la federación varias plantas de tratamiento de agua. La mayoría no duraron operando ni dos meses, pues una vez entregadas a los ayuntamientos, no tuvieron el dinero para pagar la luz que consumen las plantas, ni el dinero para su mínimo mantenimiento, pues la mayoría de los municipios del estado ni siquiera cuentan con un padrón de cobro del agua potable y su saneamiento. En la ciudad de Puebla y los municipios que la rodean viven 4 millones de personas. Solo pagan por el agua el equivalente a un millón de usuarios. Si Andrés Manuel fuera hoy presidente no veo cómo le podría hacer para que otras autoridades que no dependerían de él y que serían de muchos otros partidos, se aplicaran para construir un padrón de pago de agua potable y saneamiento de los tres millones que aún no pagan; a eso súmele los millones de usuarios que no pagan en todo el país. ¿De dónde saldría el dinero para limpiar todo en seis años? Cobrar el agua no es precisamente una medida popular, y pretender darla de manera gratuita es ya insostenible. Por ley, el artículo 115 constitucional señala que es labor y obligación de los ayuntamientos otorgar el servicio y gestionar los fondos para ello, mediante aportaciones y mediante el cobro del agua. La rectoría sobre el aprovechamiento del agua es de la federación, así que una parte de esta política pública dependería del ejecutivo, pero un gran tramo no. ¿Cómo implementar el deseo de limpiar ríos, mares, lagos y lagunas con las puras buenas intenciones escritas en un libro? Ni con toda la voluntad política de un buen presidente se lograría en seis años. Lo que sí es posible de parte de un presidente de la república responsable es redirigir el barco, priorizar el tema y armar un plan conjunto y bien articulado por etapas y a largo plazo, intentando sumar a todos los estados y municipios.

Largo plazo no es el 2024, sino el 2050 si bien nos va.

Me parece muy importante poner el tema ambiental en el centro de un programa de gobierno. Por algo se empieza, pero lo que mal se empieza mal acaba y prometer lo inalcanzable es empezar mal. Me parece que el discurso ambiental de Andrés Manuel requiere un serio ajuste de tiempos y de sentido de realidad, porque no debe prometerse lo que humanamente es imposible de cumplir, entre otras cosas porque estos temas dependen de la voluntad política de miles de personas y no solamente de una.

Mundo Nuestro. Son mineros, y la paciencia es lo último que pierden. Y en Puebla seguimos sin tomar el toro por los cuernos y enfrentar el interrogante abierto por la minería extractiva en las montañas de la sierra y sus consecuencias sobre el medio ambiente y la vida de los pueblos campesinos.

La empresa canadiense Almaden Minerals mantiene su obsesión por el oro de Ixtacamaxtitlán con el proyecto de explotación a cielo abierto del monte asomado al río Apulco. Y lo hacen en contra de las decisiones de la autoridad ambiental.

Hay procesos que corren ocultos de la luz pública pero que estallan cuando han rebasado toda capacidad de enfrentamiento sensato e inteligente. Tal es el caso de los propósitos de industrialización salvaje en la sierra de Puebla, igual con los proyectos extractivos mineros y petroleros que los hidroeléctricos en los ríos Apulco, Zempoala o Ajajalpan. Y lo que ocurre en Ixtacamaxtitlán con la empresa canadiense Almaden Minerals representa esta realidad en un extremo que no terminará bien. La SEMARNAT ha declarado improcedentes los trabajos de exploración, pero la empresa simplemente sigue con sus barrenos en operación y mantiene ante sus inversionistas la viabilidad del proyecto. Y su fundamento es que la concesión de miles de hectáreas de monte para la exploración minera son "su propiedad". Y mientras esperan mejores tiempos en el mercado internacional, siguen con la exploración del territorio que ellos denominan "Ixtaca Proyect". Y se llevan de mine tour como le llaman a los viajes con vecinos de la región a conocer minas a cielo abierto en México. Y no dejan de ilustrar sus eventos de promoción social en Santa María Zotoltepec. Y mantienen en jaque a la montaña con su propósito de explotación minera.



Esta pepita ilustra su sitio en internet (almadenminerals.com)

y así resumen los mineros canadienses el valor de "la mina de oro" del proyecto "Tuligtic":



Almaden Minerals Ltd. owns 100% of the Tuligtic project in Puebla State, Mexico. Tuligtic covers the Ixtaca Gold-Silver Deposit, which was discovered by Almaden in 2010. The Ixtaca Deposit currently hosts an N.I. 43-101 compliant Measured and Indicated resource of approximately 93 million tonnes grading 0.55 g/t Au and 32 g/t Ag, for a total of 1.65M ounces of gold and 96.7M ounces of silver. Metallurgical recoveries for both gold and silver are forecast to be in the range of 90%.

Hechas las cuentas, en trece años producirían 724 mil onzas de oro (832 millones de dólares) y 49 millones de onzas de planta (784 millones de dólares). Eso valen los cerros campesinos de Ixtacamaxtitlán si los mineros canadienses logran vender su proyecto a alguna empresa senior de explotación.

En esta revista digital hemos expuesto a fondo este conflicto en una de las regiones más aisladas y desprotegidas en lo social y en lo ambiental en el estado de Puebla.

EL CONFLICTO MINERO EN IXTACAMAXTITLÁN

Conflicto minero en Ixtacamaxtitlán

Y aquí el último reporte oficial que la empresa canadiense presenta en su portal web, con la relación de sus avances en los trabajos de barrenación:

Ante ello, la importante denuncia presentada el día 1 de marzo por los grupos civiles que han impulsado el rechazo a este proyecto industrial calificado con razón de muerte.

DENUNCIAN A EMPRESA MINERA CANADIENSE POR VIOLAR LEYES AMBIENTALES MEXICANAS

– Almaden Minerals pasa por alto dictámenes de la SEMARNAT violando la ley
– La empresa no ha informado a sus inversionistas sobre riesgos para su inversión
– Aunque afectan al medio ambiente, la empresa canadiense omite esa información sensible a sus inversionistas

DESCARGAR COMUNICADO
DOSSIER DE PRENSA

Ciudad de México, a 1 de marzo de 2017– Aunque el permiso para seguir explorando terrenos en Puebla fue rechazado por la Secretaría de Medio Ambiente y Recursos Naturales (SEMARNAT), la empresa minera Almanden Minerals anunció a sus inversionistas que seguirá con sus proyectos de exploración.

Las organizaciones de la sociedad civil Unión de Ejidos y Comunidades en Defensa de la Tierra, el Agua y la Vida, PODER, CESDER e IMDEC (en adelante “organizaciones”) explican que la SEMARNAT declaró “improcedente la solicitud” de operaciones de la minera toda vez que en el proyecto conocido como Ixtaca IV “no se demuestra que la actividad se ajuste a un Informe Preventivo, mandándose a archivar el trámite como asunto concluido”.

Comunican que el dictamen de la SEMARNAT confirma las conclusiones de la Evaluación de Impacto en Derechos Humanos (EIDH) realizada por esas organizaciones civiles y un equipo técnico y científico especializado en minería y derechos humanos, que concluye que ese proyecto ha causado, durante la etapa de exploración, daños al medio ambiente (ha realizado 236 barrenos más de los autorizados por SEMARNAT, perforado el acuífero, según información proporcionada por la empresa a inversionistas).

Indicaron que la zona de exploración en el municipio de Ixtacamaxtitlán es el principal proyecto minero de la empresa canadiense en México y que, de llevarse a cabo el proyecto de explotación, se realizaría un tajo de más de mil metros de diámetro para la explotación de oro y plata a cielo abierto y se construiría una presa de jales con una capacidad de almacenamiento de 35 millones de litros sin recubrimiento, afectando tierras de cultivo, zonas de conservación prioritaria y el sitio de anidación de gavilanes, entre otros.

Las organizaciones detallaron que también acudieron a la Comisión Nacional de Derechos Humanos (CNDH) para denunciar las violaciones a derechos humanos que han ocurrido durante la etapa de exploración contra las comunidades, y solicitar que se prevengan las afectaciones a los derechos humanos en caso de iniciarse la explotación minera, pero la CNDH concluyó “que no existe materia” remitiendo el caso a la PROFEPA.

La PROFEPA indicó que ha realizado una inspección a través de la cual identificó inconsistencias técnicas en coordenadas de los barrenos que presentaron en los Informes Preventivos Ixtaca, Ixtaca II, Ixtaca III y IIIbis. Además, corroboró que la empresa ha realizado más barrenos de los que autorizó la SEMARNAT, como documentó la EIDH citada. La PROFEPA inició un procedimiento para determinar si requiere sanción.

Denunciaron que Almaden Minerals, empresa extranjera que más concesiones tiene en el estado de Puebla con 28 títulos que abarcan 234,991 hectáreas, equivalente al 6.9% del territorio del estado de Puebla, también viola la ley porque aunque la SEMARNAT ha autorizado la realización de 291 barrenos, la empresa reporta a sus inversionistas haber realizado un total de 475 perforaciones entre 2011 y 2016.

Las organizaciones citadas indicaron que la empresa ha recurrido a diversas argucias legales para sobreponerse a los procedimientos para que las comunidades indígenas asentadas en esas tierras permitan o no la explotación de sus territorios. En 2016 Almaden Minerals demandó al gobierno mexicano después de la reforma a la Ley Minera en 2014 con el fin de evadir sus responsabilidades fiscales.

En el 2015 la comunidad indígena nahua de Tecoltemic y el ejido de Tecoltemi interpusieron un juicio de amparo contra Almaden Minerals luego de enterarse que la Secretaría de Economía le otorgó una concesión por 50 años. Denuncian que se sobrepone con el polígono de su ejido.

“Los afectados interpusieron el amparo alegando una violación al Convenio 169 de la Organización Internacional del Trabajo y la Constitución Política Mexicana por violación de sus derechos como comunidad indígena y agraria, mismo que un Juez Federal concedió la suspensión, sin embargo, la empresa ha hecho caso omiso y ha mantenido los trabajos de exploración en las concesiones y no ha informado a sus inversionistas sobre esta acción”, acusaron. La empresa, obligada a otorgar esta información a sus inversionistas, la omitió en su último informe anual.

Por último, revelaron que, aunque están documentadas las irregularidades a los derechos humanos y al medio ambiente que afecta a la población de Ixtacamaxtitlán en caso de llevarse a cabo el proyecto de explotación, la empresa canadiense insiste en la viabilidad del proyecto, omitiendo todas las irregularidades con sus inversionistas y les promete continuar “barrenando agresivamente”.

Mundo Nuestro. La recuperación de la laguna de San Baltazar en la ciudad de Puebla cumple treinta años a fines de este 2017 . En los próximos meses en esta revista digital daremos cuenta del proceso que ha seguido este esfuerzo de la sociedad civil poblana representada por el Patronato Puebla Verde. Ahora, simplemente, las imágenes hablan por sí solas.

1987: trabajos de recuperación de la laguna de San Baltazar.





Laguna de San Baltazar 2017