Medio Ambiente

Voy a hablar de la presentación de un libro que conozco bien, y sin haber logrado tenerlo en mis manos. Al menos lo creo así porque me tocó vivir una parte, unas páginas de sus capítulos. Fui a la presentación buscando conseguirlo, pero los ejemplares que llevaron al lugar se agotaron. El título: Conservación y desarrollo sustentable en la Selva Lacandona: 25 años de actividades y experiencias, coordinado por Julia Carabias, Javier de la Maza y Rosaura Cadena. La presentación fue el pasado 25 de mayo, en la Facultad de Ciencias de la UNAM. Lo presentaron Rosaura Ruiz, Jorge Meave, Víctor Cordero y Enrique Provencio. El libro trata de la Selva Lacandona, del trabajo de un grupo de biólogos y biólogas en la región y de las Áreas Naturales Protegidas (ANPs) que conservan buena parte de esta selva.

Las Áreas Naturales Protegidas de nuestro país, y del mundo, no son un lujo deseado como un jardín que ver desde la ventana. Son tan necesarias para nuestra supervivencia y calidad de vida como lo son los servicios ambientales que proveen ¿O quién puede vivir sin aire? ¿Qué sería de las pesquerías del Golfo de México sin los nutrientes que bajan de la Selva Lacandona por el Usumacinta? ¿Tendríamos agua hoy en la CDMX sin los bosques de volcanes como el Izta-Popo y el Nevado de Toluca?



Meandro del Usumacinta en el Monumento Natural Yaxchilán. Fotografía Javier de la Maza.



Los volcanes del Valle de México obtuvieron su estatus de ANPs en 1936, cuando Miguel Ángel de Quevedo convenció a Cárdenas de proteger la parte alta de las cuencas del centro del país. Otras ANPs se crearon después. La Reserva de la Biosfera de Montes Azules (RBMA), en la Selva Lacandona, en 1978. De entonces a la fecha quedan poco más de un millón de hectáreas de selva de los 10 millones de hectáreas que había en México. Lo que queda está mitad en los Chimalapas y mitad en la Selva Lacandona, buena parte dentro de la RBMA. ¿Qué pasó con el resto de las selvas de México? Una enorme parte se convirtió en potreros para una ganadería ineficiente o en tierras agrícolas cuya fertilidad desapareció en pocos años (en los trópicos, sin hongos y árboles que reciclen los nutrientes las lluvias literalmente lavan y se llevan la fertilidad de la tierra). Asómense a Tabasco para comprobarlo. Y ya en el ejercicio, pregúntense también qué hizo ese modelo de “desarrollo” respecto a la pobreza de los habitantes de la región y su capacidad de resistir inundaciones.



Mapa de las principales ANPs de la Selva Lacandona. Tomado del libro Conservación y desarrollo sustentable en la Selva Lacandona: 25 años de actividades y experiencias.

Jorge Meave es ecólogo, fue uno de los primeros biólogos en realizar su tesis en la Selva Lacandona y fue uno de los presentadores del libro del que trato de escribir. Él vio la Selva Lacandona en su magnitud original y le tocó atestiguar el principio de su deforestación: estuvo sentado en uno de los camiones que llevaban gente y tambos de víveres a colonizar forzadamente la frontera sur, familias con la promesa de tierra propia que fueron abandonadas a su suerte en un territorio no apto ni para la ganadería ni para la agricultura que ellos sabían hacer.

Ni esas familias, ni el Estado y quizá ni el propio Jorge Meave dimensionaron que los kilómetros de selva eran finitos y que pocas décadas después su deforestación desmedida nos afectaría tanto. ¿Podría haber sido distinta la historia? ¿Qué sintió Jorge Meave al presentar este libro habiendo visto la selva que fue?

Presente. ¿Qué pasa con lo que queda de las selvas hoy, en la Selva Lacandona? Fuera del territorio de ANPs como la RBMA, más o menos la misma historia: deforestación para agricultura y ganadería con la promesa de desarrollo que no más no llega, nueva deforestación cuando la fertilidad de la tierra ya abierta se agota. Bajo este contexto las ANPs están bajo contaste acoso, son vistas como reservas territoriales, en vez de áreas de ecosistemas naturales que no deben desmontarse. Este modelo obedece a la idea de que los ecosistemas naturales son ociosos y requieren ser convertidos en terrenos que sean productivos económicamente, como la ganadería. Sin embargo, y particularmente en ecosistemas como la selva, esto ha probado producir una espiral de pobreza y degradación del medio ambiente.

Lo dijo mejor durante la presentación del libro el ecónomo Enrique Provencio: “[Esto es] algo que quizá no ha aprendido bien el desarrollo economicista mexicano, que sigue acosando a las ANPs con minería, con infraestructura, con un supuesto desarrollo que a la hora de la hora ni conserva ni desarrolla.”

¿Cómo podemos cambiar el rumbo? ¿Cómo generar alternativas económicas para los habitantes de la región que no impliquen desmontar la selva, sino conservarla? ¿Qué conservamos al conservar la selva? ¿Por qué conservar la Selva Lacandona debe ser una prioridad nacional? Ese es el contenido del libro: responder las preguntas anteriores. Lo que logra, en palabras de Victor Cordero, mastozoólogo y director del Instituto de Biología de la UNAM, a través de brindar una “visión integral en tres temas fundamentales: la conectividad biológica, la importancia de las ANPs como áreas de resiliencia (capacidad de minimizar y reponerse de los efectos nocivos) ante el cambio climático y el vínculo entre la conservación y el desarrollo sustentable.”

Experiencias como las publicadas en este libro rara vez se cuentan y recopilan porque quienes están involucrados en ellas con trabajo sobrellevan el bomberazo diario. Sin embargo se trata de información valiosísima. “Hay recuadros que valen una tesis”, dijo Provencio.

Esta información no existiría de forma sistematizada si el equipo de Natura y Ecosistemas Mexicanos (la ONG dirigida por Javier de la Maza que impulsó el libro y que lleva años trabajando en la selva) no hubieran decidido reunir a 60 (o por ahí) investigadores/as de diferentes universidades para compilar décadas de trabajo bajo una sola portada.

El mérito de un trabajo como este es científico, pero con profundas raíces en el ámbito social. Durante la presentación, Rosaura Ruiz, directora de la Facultad de Ciencias dijo: “Este libro nos devela un intento por guiar el trabajo científico dando respuesta a las preocupaciones medioambientales”, y yo aplaudí mentalmente esas palabras, porque creo que ese es el tipo de ciencia que debe hacerse: en sinapsis con la realidad, en vez de aislado en el aula y al servicio de lo que la publicación en revistas científicas de mayor prestigio demande. El trabajo científico detrás de este libro es la ciencia que debiéramos impulsar y reconocer, por eso da gusto que este libro se presentara y aplaudiera desde la propia facultad que ayudó a engendrarlo.

Mono saraguato (Alouatta pigra), una de las especies emblemáticas de la Selva Lacandona. Fotografía de Javier de la Maza.

El otro motivo por el que tiene sentido que una obra así salga de la Facultad de Ciencias es porque sus estudiantes fuimos y son buena parte de la energía que mueve al proyecto. Según las cuentas que dio Meave en su presentación, sólo en los últimos años ha habido 54 estudiantes haciendo su servicio social, 250 en estancias cortas y 15 tesistas. Por eso: “[este proyecto] no está condenado a la extinción”. Lo que falta es mayor participación de las universidades locales, como bien recalcó de nuevo Meave. “Es su estado, hay que sacudir un poco a los chiapanecos --y alguien levantó la mano en el auditorio-- para que se integren más, se beneficien y puedan ser actores con más conocimiento y convicción.”

En realidad no es sólo a las universidades chiapanecas a las que hay que subir al barco, sino al país mismo. Lo que trato de decir está mejor explicado en las conclusiones de la síntesis del libro:

Si no se incorporan estas experiencias en una política nacional, transversal, planeada con criterios territoriales y de largo plazo y se construye una política de Estado en materia ambiental, estas experiencias, como muchas otras en el país, quedarán como ejemplos piloto que servirán a la población que se beneficia directamente de los proyectos, a las empresas donantes que mediante sus fundaciones cumplen con su responsabilidad social y ambiental, a los académicos que publican y a los estudiantes que se reciben de sus licenciaturas, maestrías o doctorados, pero no al país, no al patrimonio natural que cada día está más menguado y amenazado.

La Selva Lacandona es para México, aunque no acaben de reconocerlo plenamente el gobierno ni la sociedad, la porción de país más valiosa por su naturaleza; cuidarla y protegerla es una responsabilidad de los mexicanos, para con nosotros mismos, para con el mundo y para con los que aún no han llegado.

Video completo de la presentación el pasado 25 de mayo del 2016, en la Facultad de Ciencias de la UNAM.

https://www.youtube.com/embed/4rQrdiqkxLw

Nota final: Quien quiera el libro puede conseguirlo gratuitamente en las oficinas de Natura y Ecosistemas Mexicanos, en Plaza San Jacinto 23-D, Col. San Ángel, CDMX. Tel. 5550 9634. La versión digital estará pronto disponible en línea.

Mundo Nuestro. Recordar por esta vista de aves y cactus a la bióloga mexicana Helia Bravo Hollis, nacida en 1901 y que tuviera para la historia de la biología en México en ella a la más destacada investigadora sobre las cactáceas mexicanas.



Helia Bravo Hollis (30 de septiembre de 1901 - 26 de septiembre de 2001).

Para ver su trayectoria:

Helia Bravo-Hollis, 1901-2001



Helia Bravo Hollis, la reina de los cactus

Aves y cantos del sur: una mirada desde el desierto poblano

Pero mejor por nosotros que tenemos en la frontera de Puebla y Oaxaca la Reserva de la Biósfera Tehuacán-Cuicatlán, el territorio milenario de los cactus. Y los pájaros.



Capulinero, Grajo azulejo, Cenzontle, Cuitlacoche, Mosquero, Carpintero pechigris, Verdugo americano. Sus nombres resuenan como su canto en el arranque de la mañana, cuando los puedes ver posados en la punta de cactus, atentos al menor asomo de una lagartija nerviosa, de un mosco indeciso, de un semillero oculto entre las piedras. Son las aves del sur, los pájaros coloridos del desierto, las sombras vivas que al vuelo quiebran la resolana en el desierto poblano, con las alas extendidas alumbran la vida misma, la dimensión mágica del sol.

Alguien ha decidido que el 9 de mayo es el día internacional de las aves. Bien por él. Y mejor por nosotros que tenemos estas maravillosas aves del sur mexicano.

Karl Philips es un estudiante de doctorado en la Universidad de East Anglia, en Inglaterra, y se especializa en la ecología molecular. Karl es miembro de un laboratorio en esa institución que con el uso de las técnicas genéticas investiga la vida sexual y las migraciones de las tortugas marinas, y se puede ver el resultado de su trabajo en la publicación Molecular Ecology(http://www.bbc.co.uk/nature/21261584).

Nacido en el sur de Inglaterra en 1985, Karl forma parte de esa tradición del científico aventurero. El año pasado recorrió el sur del país, y por supuesto siguió la pista de las tortugas en las playas oaxaqueñas. De paso, dedicó una mañana a la observación de las aves en el territorio de los cactus en Zapotitlán de las Salinas. Dejó para Mundo Nuestro estas imágenes de las aves mexicanas, con un breve perfil de sus características.

Nombre en español: Capulinero negro / Jilguero negro

Nombre científico: Phainopepla nitens

Nombre en Inglés: Phainopepla





Phainopepla nitens (El Macho)

Plumaje negro brillante, una cola larga y una cresta prominente identifican al macho negro Capulinero, por lo que es difícil de confundirlo con cualquier otra ave en la maleza en el desierto seco a semi-desértico de los hábitats en los que se produce. Este plumaje brillante es el origen del nombre de la especie, su término científico, Phainopepla, se deriva del griego "túnica brillante". La hembra es menos notable, de color gris oscuro, pero tiene la misma silueta distintiva. Cuando se ven de cerca, ambos tienen los ojos de color rojo brillante.

En el área de Tehuacán-Cuicatlán esta ave es un visitante de invierno que migra para reproducirse en los estados del norte y el suroeste de los Estados Unidos. Se alimenta de frutas e insectos, y se especializa en las bayas de muérdago. En su molleja es capaz de remover la piel de las bayas, separándola de la carne, mejorando la eficiencia de la digestión; no hay otro pájaro conocido que sea capaz de hacer esto. Al igual que muchas especies de regiones secas en el mundo, el Capulinero Negro rara vez bebe agua, ya que obtiene la mayor parte de la humedad de los propios alimentos.

El Capulinero Negro también es un excelente imitador, es capaz de imitar las llamadas de numerosas especies de aves, incluyendo aves rapaces. Esta especie tiene una gran movilidad, y se desplaza a dondequiera encuentre alimento, por lo que su número puede variar sustancialmente en cualquier lugar entre un año y otro.

Actualmente no hay razones para preocuparse por el futuro de esta ave.


Nombre en español: Grajo azulejo / Chara azuleja

Nombre científico: Aphelocoma californica

Nombre en Inglés: Western scrub jay





Aphelocoma californica


Un vientre blanco y la ausencia de cresta distinguen este pájaro de casi todos los Grajos mexicanos. Se podría confundir con el Grajo mexicano / Chara pechigrís (A. ultramarina), pues su distribución se entrelaza, pero el Grajo azulejo tiene la garganta rayada, es mayor el contraste entre los colores de la parte superior y, si se mira bien, se aprecia una delgada ceja blanca. Asimismo, cuando las dos especies se superponen, el Grajo azulejo busca más los espacios abiertos que el bosque, preferido por el Grajo mexicano. En el paisaje de Tehuacán-Cuicatlán dominado por los cactus, será el Grajo azulejo que veremos.

Esta ave, al igual que muchas especies relacionadas, muestra un alto grado de inteligencia, lo que puede ayudarle a sobrevivir en ambientes desérticos difíciles. Esta especie tiene una memoria extraordinaria. Cuando las semillas, que constituyen una parte importante de la dieta del Grajo, son abundantes, el pájaro las almacenará entonces en numerosos lugares. Más tarde, cuando la comida escasee, recuperará con una precisión sorprendente gran parte de las semillas ocultas. Más aún, un ave puede ver a otra esconder su alimento en un punto, y a ese lugar volverá robar más tarde para robarlo; pero algunas aves lo saben, por lo que antes de ocultar su comida no dejan de mirar alrededor para detectar a los potenciales ladrones. Estas Aves llegan a robar la comida de los Carpinteros y pueden comer también las garrapatas de los ciervos.

Los Grajo azulejo puede ser aves muy ruidosas, y a menudo se les escucha antes de que se les vea. Sin embargo, sus llamados son interesantes por su complejidad, con cerca de veinte diferentes tipos identificados.



Nombre en español: Cenzontle norteño

Nombre científico: Mimus polyglottus

Nombre en Inglés: Northern Mockingbird





Mimus polyglottus

Insignificante en su colorido, esta especie es mucho más conocida por su canto. Es un excelente imitador. Imita los cantos y las llamadas de muchas de las especies que se encuentra. Estas actuaciones suelen engañar a los observadores de aves, pero no tan a menudo está arremedando. Aprender a cantar es un proceso continuo, y los mejores cenzontles pueden llegar a tener un repertorio de 200 canciones que se acerca, y algunos han logrado imitar sonidos modernos, artificiales, como de de máquinas o alarmas de automóviles. Además, las aves muy a menudo cantan tanto de día como de noche. Estas excelentes habilidades de canto le han dado a este pájaro un lugar en la cultura popular, incluyendo el título de la novela de Harper Lee, Matar a un ruiseñor. Sin embargo, a lo largo del tiempo el canto ha sido costoso para estas aves: en algunas regiones de su distribución, particularmente en el este de los Estados Unidos, casi llegó a desaparecer debido a que la gente los capturaba para meterlos en jaulas. Afortunadamente, esto ya rara vez ocurre en la actualidad, y no hay inquietud por su conservación.

Esta es una especie de amplia distribución que ocupa una gran variedad de hábitats, desde bosques hasta desiertos achaparrados --en México es un ave de campo seco y abierto. En el sureste, aproximadamente en el Istmo de Tehuantepec, es reemplazado por el Cenzontle sureño, estrechamente relacionado, y de imagen muy similar.

Cuando el Cenzontle vuela es cuando más se le distingue el blanco de su ala superior.

Nombre en español: Cuitlacoche Común / Cuitlacoche piquicurvo

Nombre científico: Toxostoma curvirostre

Nombre en Inglés: Curve-billed thrasher



Toxostoma curvirostre

Un pájaro común en todas las zonas desérticas de México al oeste del Istmo de Tehuantepec, el Cuitlacoche común es difícil de confundir con cualquier otra ave parecida que se encuentren en su área de distribución mexicana. Con un pico curvo, de pecho ligeramente manchado y, cuando se ve bien, con un distintivo ojo anaranjado. Por lo general se le ve saltando en el suelo, buscando insectos entre las hojas secas. Por mucho son aves de tierra de cactus, y los utilizan para construir sus nidos y en ellos encuentran sitios seguros para pasar la noche.

El futuro de esta ave parece seguro en México, pero en Estados Unidos su número disminuye debido a la invasión de su hábitat por la expansión urbana.

Nombre en español: Mosquero cardenal / Mosquero cardinalito

Nombre científico: Pyrocephalus rubinus

Nombre en Inglés: Rubí



Pyrocephalus rubinus

Una especie que se reconoce al instante dondequiera que se le encuentre. ¡Pocas personas encariñadas con los pájaros querrán irse de México sin haber visto un Mosquero Cardinalito macho! Su plumaje llamativo es tan especial que ningún otro Mosquero siquiera se acerca o se le que empareja. La hembra es mucho menos espectacular en colorido, con la espalda gris-marrón, la parte inferior de color crema, y con algunas plumas de color rojo pálido en la parte inferior de la cola.

Esta especie tiene una distribución muy amplia, desde el centro de Argentina hasta el suroeste de Estados Unidos. Son aves comunes donde se les encuentra, regularmente en las riberas de los ríos que corren en las regiones desérticas, pero se les puede ver en parques y jardines de zonas urbanas.

En la época de apareamiento el macho llama la atención con un distintivo despliegue de apareamiento, volando a la altura del dosel, revoloteando y cantando todo el tiempo. Antes de aparearse con la hembra, él trae como regalo un gran insecto. Al igual que muchos mosqueros, la presa suele ser atrapada con un vuelo corto desde su palo favorito.

Con una amplia distribución y de gran número, no hay razones para preocuparse acerca de esta especie a escala global. Los cambios locales en el uso del agua han causado algunas bajas en los EE.UU., pero el riego también puede permitir que las especies se muevan a nuevas áreas. A diferencia de algunas otras aves de vivos colores, no ha sufrido la captura para el comercio de aves de jaula, probablemente porque los machos pierden su color brillante en cautiverio.

Nombre en español: Carpintero pechigrís / Carpintero del Balsas

Nombre científico: Melanerpes hypopolius

Nombre en Inglés: Grey-breasted pájaro carpintero / woodpecker Balsas





Melanerpes hypopolius

Endémico del suroeste de México, este Carpintero es en gran medida una especie del desierto, favorecido por los paisajes semiáridos, cubiertos de cactus. Aunque otros Carpinteros usan los cactus, sólo una especie mexicana, el Carpintero de Gila / Carpintero desértico (M. uropygialis), es también similar en su apariencia. Sin embargo, estas dos especies no ocurren al mismo tiempo en cualquier lugar: el Carpintero de Gila se limita a la zona que rodea el Golfo de California. El Carpintero pechigrís se distingue por tener una franja roja que corre verticalmente a través de sus ojos, pero esto puede ser difícil de ver desde la distancia.

Esta especie anida en agujeros que hace en grandes cactus. Cogen una gran cantidad de presas de insectos al vuelo, en lugar de capturarlos de los tallos de cactus y árboles, a diferencia de muchos otros Carpinteros. La fruta de los cactus, especialmente del cactus Opuntia, es también importante para su dieta.

Esta especie tiene una población grande y no preocupa su conservación. Sin embargo, es un ave única de esta región, y por lo tanto se tiene la obligación especial de garantizar que su población se mantenga saludable para las generaciones venideras.

Nombre en español: Verdugo americano / Lanio americano

Nombre científico: Lanius ludovicianus

Nombre en Inglés: Loggerhead Shrike



Lanius ludovicianus (Parado en la punta del cactus)

Este pájaro es el único Verdugo existente en México, y es uno de los dos únicos en el continente americano, pero tiene muchos parientes en África, Europa y Asia. Donde quiera que se produzcan, a menudo hay un nombre local que refleja sus hábitos de alimentación, tales como butcherbird en Inglés, Neuntöter ('nine-killer’) en alemán, y Fiskaal ('verdugo') en afrikaans. Todos estos nombres se refieren a la naturaleza depredadora de estas especies, y especialmente de su uso de la vegetación espinosa o alambre de púas para destazar y almacenar a sus presas.

El Verdugo americano se reproduce a lo largo de la mayor parte de México, así como los Estados Unidos y partes de Canadá. Las aves mexicanas son principalmente residentes, pero el número puede aumentar durante los meses de invierno debido a la llegada de inmigrantes procedentes del norte. A los Verdugos les favorece el campo abierto con arbustos dispersos, árboles y cactus. A menudo son fáciles de ver, encaramados en lo alto de la vegetación de altura, postes, o cables de teléfono, explorando el terreno para la presa. Para las especies más grandes de Verdugo, incluyendo el americano, las presas incluyen lagartijas, pequeños mamíferos y aves. Aunque los Verdugos son depredadores, no tienen las patas fuertes de la verdadera aves de presa para desgarrar la carne. En su lugar, ensartar a sus presas en la vegetación espinosa, incluyendo las espinas de cactus, y quitan las tiras de carne. A veces hay más comida que la que un pájaro puede comer en una sesión, en cuyo caso las espinas también sirven como almacén.

Este pájaro es fácil de reconocer cuando se le ve bien, con el dorso gris, el pecho y el vientre blancos, una máscara de rostro negro como un bandido, y un pico grande y ganchudo para matar y descuartizar la presa. Aunque algunas poblaciones están declinando en Canadá, esta ave no se considera en peligro global.

Mundo Nuestro. 26 de abril de 1986. Poco después de la 1 de la mañana. La explosión iluminó el cielo ucraniano. Con la belleza eterna de un arcoíris estalló la nube radioactiva para marcar uno de tantos finales de ese corto siglo XX de catástrofes y maravillas. Chernobyl: se cumplen hoy 30 años del estallido nuclear. Y para recordarlo, presentamos esta crónica de Svetlana Aleksiévich, premio nobel de literatura 2015.



Plegaria de Chernóbyl Crónica del futuro

Svetlana Aleksiévich

Somos aire, no tierra... Merab Mamardashvili



Nota histórica “...Ante todo debemos rasgar el velo del desconocimiento que rodea a Belarús2 . Para el mundo somos una terra incognita -- tierra ignorada, aún por descubrir. Todos conocen Chernóbyl, pero en lo que atañe a Ucrania y Rusia. La “Rusia Blanca”, así suena más o menos el nombre de nuestro país en inglés.” Naródnaya gazeta, 27 de abril de 1996

“En el territorio de Belarús no hay ni una central atómica. De entre las centrales eléctricas atómicas (CEA) en funcionamiento en el territorio de la antigua URSS, las geográficamente más cercanas a las fronteras bielorrusas son las CEA con reactores del tipo RBMK3 : por el Norte, la central de Ignalinsk; por el Este, la de Smolensk, y por el Sur, la de Chernóbyl. El 26 de abril de 1986, a la 1 h 23' 58'', una serie de explosiones destruyó el reactor y el edificio del 4º bloque energético de la CEA de Chernóbyl. La catástrofe de Chernóbyl se convirtió en el desastre tecnológico más grave del siglo XX. Para la pequeña Belarús (con una población de 10 millones de habitantes) representó un cataclismo nacional. Durante los años de la Gran Guerra Patria los nazis alemanes destruyeron en tierras bielorrusas 619 aldeas con sus pobladores. Después de Chernóbyl el país perdió 485 aldeas y pueblos: 70 de ellos están enterrados para siempre bajo tierra. Durante la guerra murió uno de cada cuatro bielorrusos; hoy uno de cada cinco vive en un territorio contaminado. Se trata de 2,1 millones de personas, de las que 700.000 son niños. De entre los factores del descenso demográfico, la radiación ocupa el primer lugar. En las regiones de Gómel y de Moguiliov (las más afectadas por la catástrofe de Chernóbyl), la mortalidad ha superado a la natalidad en un 20%. Como consecuencia de la catástrofe, se han arrojado a la atmósfera 50x10(6) Cu de radionúclidos, de ellos el 70 % ha caído sobre Belarús; el 23% de su territorio está contaminado con radionúclidos de una densidad superior a 1 Cu/km2 de Cesio-137. A modo de comparación: en Ucrania se ha contaminado el 4,8% del territorio, en Rusia, el 0,5%. La superficie de las tierras cultivables con una concentración radiactiva de 1 a más Ku/km2 representa 1,8 millones de hectáreas; de Estroncio-90, con una concentración del 0,3 y más Ku/km2, cerca de medio millón de hectáreas. Se han eliminado del uso agrícola 264 mil hectáreas de tierra. Belarús es tierra de bosques. Pero el 26% de ellos y más de la mitad de sus prados en los cauces de los ríos Prípiat, Dnepr y Sozh se encuentran en las zonas de contaminación radiactiva...”



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Publicado originalmente en su primera parte en la revista Nexos en febrero del 2015, este reportaje de largo aliento se presentó completo en Mundo Nuestro en esos mismos días. Lo recuperamos aquí con el ánimo de iniciar esta nueva etapa de la revista digital con una mirada a la realidad ambiental de nuestro país y los retos enormes que se nos presentan a los mexicanos.



Viaje al fin de la Selva V La Selva Capitalista

Sergio Mastretta

En los municipios de Benemérito de las Américas y Marqués de Comillas puedes encontrar el avance de la economía capitalista en la selva. Dos monocultivos: la palma africana y el hule, con sus plantaciones que empiezan a arrebatarle el territorio al ganado, que sin embargo pelea con miles de hectáreas de pastizal palmo a palmo con la selva y los acahuales el espacio y el agua para la engorda de reses. A las compañías extractoras de aceite, a las procesadoras del caucho, a los rastros TIF no las encontrarás por aquí, pero se desplazan en tráileres incontables que destrozan las carreteras abiertas para la colonización en los noventa. La fuerza de trabajo está a la mano, del otro lado de la frontera.

Jornaleros



No es difícil encontrar la fuerza de trabajo en la selva capitalista. Los ves apostados al amanecer a la orilla de la carretera a la espera de un contratista; o ya atrapados la redila de un rabón rumbo a las plantaciones; o de camino en familia por la vereda que lleva hacia Cuarto Pueblo o cualquiera de las aldeas que en línea paralela a la frontera imaginaria guatemalteca en el Ixcán resurgieron como brotes silvestres en la tierra arrasada por los kaibiles.

Siempre están ahí. Y no cobran menos de cien pesos. Y si les queda lejos la aldea esperan también frijoles y pozol. Lo demás es trabajo. Como el que afronta sin remilgos con la puya un hombre en un campo del ejido de Santa Rita. Un golpe y cae la penca, ese racimo apiñado, que se pelea el aire entre los ramales de la palma, otra más y ya está en el suelo.



“Si eres práctico --me dice--, de un solo golpe cae.”



Campo de palma africana/Foto de Sergio Mastretta.



Jornaleros guatemaltecos, cortadores de palma africana, en el ejido de Playón de Gloria/Foto de Sergio Mastretta.



Jornaleros en un centro de acopio de palma africana/Foto de Sergio Mastretta

Él es práctico y no habla mucho. Chas, y cae, chas, y cae, y no para de golpear con la chuza. Alrededor de la planta hay cinco bolas con decenas de algo que asemeja unos dátiles apiñados y duros. En ellos se contiene un aceite que lubrica la industria alimenticia y que pesa tanto como para que cada racimo pese diez o quince kilos. Y ya va para la siguiente palma.

“Uno diez por bola se paga --me dice su patrón--, que ve como cada cortador va arrimando sus bolas a la brecha por la que pasará con una camioneta para llevarlas al centro de acopio. El hombre me da una clase de producción de palma en un solo golpe:

“Nosotros tenemos un crédito pero debemos de pagarlo. La planta se paga a 56 pesos cada una, eso hay que pagarlo. Luego la plantación, si es potrero hay que matar el zacate, se puede llevar líquido, necesitamos unos tres o cuatro chalanes, cien pesos por cabeza. No se les da de comer. Si son de Guatemala sí, si son de aquí mismo, pues no. Después de matar el pasto, luego, hacer los agujeros donde va a ir la planta, pero no termina ahí. Al sembrar tienes que fertilizar, tienes que empezar a limpiar porque luego se llena de maleza. El matapasto y el fertilizante son 400 pesos por bolsa, al inicio tres bultos de fertilizantes; el matapastos, unos cinco litros de ochenta pesos. Se tiene que estar dándole mantenimiento por tres años. En un mes unos diez jornales, durante todo el año. A los tres años ya la planta te empieza a dar, se empieza a vender. A los dos años que empieza a dar ya son grandes racimos.”

Chas, chas, chas. Uno por uno caen los racimos. De un solo golpe guatemalteco.

Los ganaderos escapan a la palma

Busco los monocultivos. Bien, ahí está el ganado, aunque es una manera de decirlo. Pero más allá, y por todas partes en Marqués de Comillas, la palma Africana y el hule aparecen al lado de los manchones de selva y cada vez más supliendo potreros. Es el argumento que manejan los funcionarios de SAGARPA, “no se está tumbado selva, simplemente se aprovechan los espacios abiertos por el ganado.” Puede ser. No hay cifras, pero es posible que ya sumen 5 mil las hectáreas en la región de Marqués de Comillas. Pero la palma no llega sola, aquí y allá en Chiapas aparecen los nombres de las empresas extractoras y comercializadoras, por ejemplo Palma Tica de México, S.A. de C.V., una trasnacional desarrollada desde los años cincuenta en Costa Rica que opera desde Palenque, pero también Agroindustrias de Palenque, S.A. de C.V. (AGROIPSA), en la región maya y Agroindustrias de Mapastepec, S.A. de C.V. (AGROIMSA), en la región Istmo-Costa.

Por eso aquí todos hablan de la palma tica, aunque venga de África.

Subo con Felipe y Roberto por la carretera Ribereña destrozada --lleva al menos dos años sin mantenimiento-- hacia el Ejido La Victoria, la capital de la palma africana en Marqués de Comillas. Se suceden los potreros en los que abundan árboles popistles, un renuevo natural de madera fina que no respetan por mucho tiempo los ganaderos. Cruzamos el ejido ganadero López Mateos fundado por unos chinantecos de Oaxaca, quienes en relación a la palma aplican una lógica: “si la palma africana fuera negocio, ¿por qué se mueren de hambre en África?” Roberto señala un campo talado recientemente y afirma: “Aquí hice mediciones para un Pago de Servicios Ambientales (PSA) y mira, ya no hay nada.” El ejido Reforma también es de chinantecos, y cuentan con programa PSA. En Zamora Pico de Oro, uno de los ejidos más viejos, con un nombre complejo --lo fundaron unos zamoranos en una antigua explotación de madera que en 1880 ya operaba con ese nombre--, los potreros van a toda ley de alambre de púas; Felipe los cuestiona: “Estos cuates todo lo botan, toman el dinero del programa y adiós…”



Vivero de palma africana en el ejido La Victoria/Foto de Sergio Mastretta.

En La Victoria aparecen dominantes las palmas, con su centro de acopio y el principal vivero de la región. No sé mucho de ellas, salvo que en el vivero que encuentro hay 300 mil plantas que a razón de 136 por hectáreas alcanzarán para 2205 hectáreas. En la enciclopedia averiguo que la trajeron al Caribe con los esclavos africanos desde el Golfo de Guinea, donde hace cinco mil años ya aprovechaban su aceite, y que si la dejas puede vivir cien años y alcanzar los 40 metros de altura, y que la introdujeron las Estándar y United en los cuarenta cuando el “Mal de Panamá” arrasó con los platanares centroamericanos después de la guerra. En las plantaciones no pasará de 20 o 25 años. Pero por un estudio del organismo financiero federal FIRA comprendo que el gobierno y las empresas se lo toman muy en serio. Y ahí está la respuesta a su presencia masiva en estas selvas: Nestlé, Bimbo, Alpura, Lala, Purina y muchas más empresas de la industria alimenticia la buscan como base para aceite, harina, biodiesel, alimento balanceado, jabones, geles y al final Sabritas y gansitos y tías rosas y lo que te guste que suene a chatarra, y México importa alrededor de 462,000 toneladas de aceite de palma al año --a lo mejor de Honduras que solito tiene más de 125 mil hectáreas, o de Costa Rica o de la propia Guatemala--, equivalente al 82% de su consumo, por lo que se necesitarían 200,850 hectáreas cuando en este 2014 las plantaciones no alcanzan más de 24, 400 en producción y 30,000 en etapa pre-productiva. De todas ellas Chiapas, el principal productor del país, tiene 38,525. Pero la producción no es la ideal, no llega a 13 toneladas de fruta por hectárea, cuando en Costa Rica alcanzan las 30. Eso no le quitó el sueño al gobernador Sabines, que en el 2009 hacía cuentas para el 2012: cien mil hectáreas estarían plantadas en Chiapas y dejarían 3 mil millones de pesos a los productores.

Y de más me entero: según el INIFAP, en Chiapas se dan las condiciones ideales para establecer plantaciones en 400,000 hectáreas. Y por ello la SAGARPA tiene el Proyecto Estratégico Trópico Húmedo que paga cada una de las plantas que observo en el vivero a 56 pesos, que no le costarán al productor que decide a apostar por la palma.

Como Miguel Arteaga Reyes, un campesino de 42 años cuyos padres michoacanos trajeron a la selva a los nueve años de edad. “No hay cultivo más rentable --me dice--, por eso estoy plantando cinco hectáreas, y ya llevo dos años y en otros dos, los primeros racimos y el pan de cada día, porque aquí cortas cada 14 días.”



Potreros en renta para engorda de ganado en Playón de Gloria/Foto de Sergio Mastretta.

Miguel tiene 39 hectáreas, y le quedan siete de selva que metió entre las 300 que tiene el ejido en el programa PSA. Sus terrenos son planos, alejados de las vegas, requieren mucho fertilizante, así que siembra maíz sólo para el gasto; por eso renta sus potreros para engorda de reses, 50 pesos mensuales por animal. “Yo podría tener unas 30 cabezas, pero cada una cuesta 6 mil pesos, ¿de dónde? Un tiempo sembramos chiles, pero los negociantes nos caciquean, como es zona marginada todo lo compran a la mitad. Luego la gente se enfocó a la ganadería, pero decae mucho la animalada, se descalcifica, empieza a manquear, una orinadera de sangre. Pasto hay bastante, pero la tierra es pobre en potasio. Por eso mejor la palma, aunque lleve mucho gasto, yo le meto sólo, y a ayunar, la neta, jornalear, estoy acostumbrado a rayármela de sol a sol.”

Leo más de los programas que el gobierno tiene para la palma: FIRA tiene créditos hasta por 20 años si se proyecta la plantación por ese lapso, y por 36 meses refacciona materias primas y jornales; y FIRCO te presta hasta 5 millones con tasa cero y recuperable a tres años; y el Programa para Acceder al Sistema Financiero aporta 200 mil pesos como capital semilla.

Caray. El vivero de 300 mil plantas le supone al Estado una inversión de 16.8 millones de pesos. El programa de Pagos por Servicios Ambientales en Marqués de Comillas, y que respalda 14,894.32 hectáreas para todos los ejidos en este 2014 no rebasa esa cifra.

A miguel la SAGARPA le ha regalado para sus cinco hectáreas 680 plantas equivalentes a 7,616 pesos por hectárea, 38,80 pesos en total. Si le salen bien las cosas, en dos años sacará arriba de cien toneladas al año, al precio de hoy, 120 mil pesos. Diez mil pesos mensuales menos sus gastos. Si hace las cuentas que tiene SAGARPA para el costo por tonelada, restará 3,250 pesos a sus ingresos.

Si el gobierno no paga más por la selva, seguiremos viendo potreros.

La vista se pierde en el vivero. Miguel regresa a su faena, pero es un hombre de frases, es generoso y me regala dos: “Yo estoy enamorado de esta tierra, la muerte está en cualquier lugar, por eso nunca me iré de aquí.” Y remata: “Es un desmadre la vida, no se le atina pa dónde va.”

Las panzonas

Media tarde en la carretera Fronteriza antes de llegar desde el norte a Benemérito de las Américas. A punto del aguacero, espantadas, las reses se avientan al pavimento desde un tráiler que aquí conocen como “las panzonas” --jaulas con capacidad para 80 cabezas de 400 kilos-- y que obstrucciona un carril entero. Son los corrientes cebús que se miran por todos lados. Circulamos en el único auto a la vista, así que los vaqueros no se inmutan. He contado en los últimos 30 minutos cuatro de estos transportes rumbo a Palenque.



Reses centroamericanas introducidas ilegalmente a Chiapas/Foto de Tabasco Hoy.



Las “panzonas” van y vienen por la carretera fronteriza/Foto de Tabasco Hoy.

Supongo que una escena como esta es la que los policías militares encubiertos identificaron como parte de una cadena de contrabando de ganado que le deja al mes a las mafias 34 millones de pesos de ingresos, según se establece en la investigación que la Secretaría de la Defensa Nacional filtró al diario El Universal para su publicación el 23 de junio del 2013.

El “modus operandi” como seguramente escribieron en su informe es simple: el río Usumacinta culebrea a cuatro kilómetros de distancia en paralelo a la carretera en el tranco fronterizo del municipio de Benemérito de las Américas; del lado Guatemalteco, en las aldeas Los Laureles, La Flor, Santa Rosita, La Técnica, La Felicidad y El Bethel están dispuestos corrales a los que llegan los embarques con el ganado robado en Centroamérica; ganaderos mexicanos compradores tienen ahí sus fierros de marca y la gestión del registro de la documentación de embarque con facturas expedidas por la Unión Ganadera de Catazajá, con guías de tránsito expedidas por la oficina de gobierno correspondiente en Benemérito de las Américas y con certificado zoosanitario del Servicio de Sanidad, Inocuidad y Calidad Agroalimenticia de la SAGARPA; la investigación identifica los ejidos Caobas, Cerros, Mollejón y Roberto Barrios como involucrados en el proceso; el destino puede ser cualquiera de los estados de Veracruz, Querétaro, Hidalgo, San Luis Potosí, Durango, Tamaulipas y Nuevo León; trasladado a México por la vía de las “panzonas”, las reses que requieran engorda se quedan en los ejidos de la región bajo el esquema de renta de los pastizales propiedad de pequeños ganaderos que no encuentran otra opción de ingresos. La SEDENA identifica a las empresas mexicanas Pulpo Remes, Praderas Huastecas y Su Carne SA como las principales comercializadoras de este ganado.

En la región no hay cría, pero sí alrededor de 1300 ranchos y parcelas listas para la engorda. Estimaciones de gobierno establecen en alrededor de 5,400 cabezas producidas al año, pero los registros de la SEDENA contabilizaron entre el 25 de octubre del 2012 y el 5 de marzo del 2013 el movimiento de 21,744 cabezas, 131 días, equivalentes a 5,436 animales. Y hacen números: 450 kilos promedio por cabeza dan 2,446 toneladas mensuales, un negocio de 880 millones de pesos al año. En Guatemala el precio en el 2013 era de 16 pesos el kilo, contra 29.70 en Chiapas, por lo que la ganancia en este lado de la frontera es de 13.30 pesos por kilo, equivalentes a 390 millones de pesos.

Todo esto averiguaron los militares. Aunque no explican cómo pasa tanto animalero yo supongo que el principal punto de entrada está en Nuevo Orizaba, el único puesto carretero que comunica con Guatemala. O en lanchones por el Usumacinta. Como sea, pero no dejan de señalar la ausencia de las autoridades federales, estatales y municipales en el asunto.

Todo esto llevo en la cabeza cuando platico con Nemesio Peñaloza Gómez, un ganadero de 42 años en el ejido de Quiringüicharo, con su comunidad emplazada a orillas del río Lacantún, unos diez kilómetros antes de su desembocadura en el Usumacinta. El ejido, con un total de 9,150 hectáreas tiene dos mil hectáreas de vega de río, una bendición afectada por las continuas inundaciones que los mantienen en jaque año tras año. Pronto se hicieron ganaderos: tumbaron y sembraron pasto, tumbaron, sembraron maíz y sembraron pasto. Así, todavía conservan dos mil hectáreas de selva, algunas en el programa de PSA para la conservación de las selvas. Nemesio Tiene 50 hectáreas, 43 de ellas empastadas para la engorda. Las compró en el 2003 a un precio de 25 mil pesos, pues como hijo de ejidatario no le toco reparto. Encabeza una asociación ganadera local que lo ha intentado todo: producción lechera para la Nestlé, programas silvopastoriles con financiamiento del Corredor Biológico Mesoamericano, búsqueda de financiamientos para cría. Y ai la llevan, pero por lo pronto están en la engorda.

“Nosotros no tenemos capital --comenta en medio de un aguacero que rompe el zinc de la oficina de la asociación ganadera ‘Río Lacantún’--, aquí agarramos, por decir si usted tiene dinero, tiene ganado o compra ganado y me dice: ‘sabes qué yo te doy ganado a la parte’. Y yo tengo el pasto, “Tu potrero aguanta 50, por decir, te doy 50 becerros”. Y, al comprar invierte $500,000 un decir, comprueba que en los becerros invirtió 500 mil pesos y te lo da a un año, luego del año, 8 meses, lo vende y lo que aumente de los 500 mil pesos, se reparte la mitad cada uno. Nosotros, el pasto y el trabajo de cuidarlo y de mantenerlos, que si muere uno o se pierde, eso lo pierde uno porque él saca sus 500 mil pesos libres y lo que sobre de ganancia, pues se reparte entre los dos.”

“¿Y cuántos están trabajando así?”, le digo.

“Aquí la mayoría.”

“¿Un solo patrón?

“No, son varios patrones. Tengo un primo que está trabajando en una empresa, de Monterrey me parece que es comprador de ganado, está saliendo mucho ganado de aquí de lo que es de Guatemala, están jalando bastante. No sé si entra derecho, pero es legal el ganado y aquí lo embarcan. Ya viene grande. El ganado que viene de allá ya viene grande. Nomás pasa y aquí lo embarcan, descansa tantito unos días, es como una escala aquí. De esos becerros que vienen, vienen pequeños unos y los van dejando y esos son los que nos dan a nosotros, para crecerlos a buen tamaño. Nosotros no vendemos los becerros terminados, los vendemos, le dicen media ceba de 350 a 400 Kg. Y ya se van para el norte.”

Nemesio identifica sus problemas graves: el coyotaje, la falta de capital para comprar y engordar sus propios becerros, la carencia de infraestructura y tecnología para el manejo semi estabulado para reducir la engorda en cuatro o cinco meses.

Y por lo pronto engorda reses, de donde lleguen.

El SAT en la tierra de nadie

Carretera Fronteriza, en el ejido Nuevo Orizaba. A un kilómetro Guatemala con un caserío de tendejones que llaman La Línea y en el que encuentras maíz Valle Verde, bicicletas, llantas y otros chunches que no encuentras fácilmente en los comercios ejidales de Marqués de Comillas. También del otro lado las dos torres con las células que las compañías telefónicas Claro, de Telcel, y Tigo, de Movistar, y la de IUSACEL, no han querido instalar del lado mexicano. Todo mundo aquí, empezando por los soldados con sus tablets y sus fusiles y siguiendo por todo aquel que por estos rumbos logre pagar y tener en sus manos un aparato, compra sus recargas en innumerables comercios que todo el día las venden. Los campesinos compran el quetzal a 1.60 pesos mexicanos. Los chapines salen ganando.



Construcción de la nueva Estación Migratoria en Nuevo Orizaba/Foto de Sergio Mastretta.

En los 135 kilómetros de carretera fronteriza, con 18 pueblos del lado mexicano y 33 pueblos del lado guatemalteco, ambos gobiernos sólo tienen un paso carretero: Nuevo Orizaba del lado nuestro, Ingenieros, del suyo. Ambos pueblos han dejado una distancia prudente de la línea, y ninguno se ha dignado pavimentar el acceso. Pero la sorpresa está del lado mexicano.

Un tráiler repleto de reses da la vuelta a la barda de block que por dos kilómetros rodea el nuevo recinto, todavía no inaugurado pero que prácticamente está terminado, que el gobierno mexicano ha construido de este lado de la línea. Porque en este punto la línea ya no es imaginaria: el Sistema de Administración Tributaria (SAT) estrenará un nuevo “puerto fronterizo” resguardado por el ejército para poner orden en el paso de personas y mercancías en el único punto que une nuestro territorio con el guatemalteco en todo lo largo de los más de 300 kilómetros de línea fronteriza. Por el momento a nuestros vecinos chapines no les apura mucho el asunto y no pasan de mantener un lucrativo negocio local mientras ven pasar los cargamentos con las reses centroamericanas.

En las treinta hectáreas que compró el gobierno federal a algún suertudo ejidatario se propone también, según cuentan en este vecindario, construir un centro de detención final de migrantes centroamericanos a los que los funcionarios de Migración lograron capturar --dicen ellos “rescatar”-- en su viacrucis hacia su sueño americano.

Alessandra atiende en un pequeño restaurante de tacos de cabeza, adobo y bistec que acaba de abrir hace veinte días, pero tiene la mirada y la esperanza a un kilómetro de aquí, en ese edificio con todos los rasgos mastodónticos del gobierno federal: acaba de terminar una maestría en administración aduanal en una universidad en el puerto de Veracruz.

--Seguro tendrán una oportunidad para una muchacha de la localidad --le digo para estar a tono con su rostro iluminado de futuro--, ojalá te apoyen las autoridades de por aquí.

--En eso ando --me dice--, mi papá es el presidente del comisariado ejidal.

Buena idea. Y mejores los tacos. Y memorable para mí el 2-1 de la selección italiana sobre los ingleses que disfruto muy campante en este extremo mexicano al que el Estado quiere traer no sé si la esperanza de mejorar sus ingresos y egresos pero sí un empleo más que posible para esta joven taquera que no deja de sonreír a su única clientela.

La selva capitalista/Memoria campesina

Baltasar Lombera, campesino de Boca de Chajul: Baltasar: El problema con el programa especial, son cien millones para pago por servicios ambientales, pero son cien aquí nada más en Marqués de Comillas. Sí, pero el problema es que no le apuestan a la conservación. Dale estos datos al gobierno, un día que manejes de Palenque a Benemérito, salen 60 becerros por jaula, en promedio, son 600 becerros diarios. Marqués de Comillas tiene un censo de 16 mil cabezas de ganado, nomás ve eso, las incongruencias. Si estás sacando 600 becerros diarios, cómo le haces para producir 600 por 365 días, ¡219 mil! Cómo le hiciste para producir tanto becerro con tan pocas vacas, ja ja. Eso no lo sé yo, hay una base de datos, ni modo que no lo vean, esos animales salen. Eso es hacerse pendejo uno mismo.

Giovanni Martínez, campesino de Flor de Marqués: La palma no la hemos querido sembrar porque nos han hablado mucho, no sé si sea cierto o la gente está mal, que dicen que jala mucha agua, entonces si tiene un arroyo a unos cien, ciento cincuenta metros, lo seca porque jala mucha agua, lo que es la palma, la raíz echa mucha raíz a todo el terreno lo echa a perder. Entonces aquí en Flor no hay nadie que tenga palma. Lo platicamos en unas asambleas y cada quien llegaba a la conclusión de decir sabe qué yo no quiero palma. Y vinieron aquí a darnos el proyecto de la palma, los vamos a poyar con esto y esto, pero aquí en Flor dijeron no, aquí no queremos palma.

Arminda Hernández, campesina de Playón de la Gloria: Mi papá tenía pago por servicio ambiental pero él salió, porque también tumbó, y este año cumplió los cinco años, así que cuando acompletó los cinco años del programa, tumbó. Es una hectárea, él mandó tumbar, la tumban con machete y motosierra. Le dije a mi esposo si hubiera tenido con qué la compraba, porque me gustaba muchísimo. Pero aquí desgraciadamente lo que hace falta es el dinero, una hectárea cuesta 20 mil pesos con todo y monte. Y si tiene potrero vale más. No sé decir cuánto, pero valen más los terrenos con potreros. Un maizal vale unos diez mil doce mil, para sacar cultivo, para siembra de maíz. Mucha gente está vendiendo por aquí, por lo mismo de que ya no los pueden trabajar las tierras, o hacen potreros. En la mira de él es hacer potrero para que de ahí saque dinero para su curación de la rodilla. Mi mamá tampoco quiere que se desmonte, pero mi papá es que el que manda y dice: “Viejita de dónde pues voy a agarrar pa curarme”. Bueno, pues haz lo que quieras, dice mi mamá.

Teódulo Lombera, campesino de Boca de Chajul: Papá: Cuando el gobernador Julio Sabines, uh, en los ochenta, él fue el que impulsó la primera siembra de cacao, sin hacerle un estudio al suelo para ver si era productivo para el cacao. Yo ese año que había perdido mi ojo y que estaba tan jodido, con tres hijos, ¿qué dije?, a sembrar cacao que va a haber dinero, voy a ganar, esa era la ambición, dije yo siembro, estoy alquilado y lo que salga es para mí. Si en ese año este amigo Sabines hubiera dicho voy a hacer un estudio pa ver qué es lo conveniente sembrar en estas tierras, tuviéramos más selva y estuviéramos más ricos.

Publicado originalmente en su primera parte en la revista Nexos en febrero del 2015, este reportaje de largo aliento se presentó completo en Mundo Nuestro en esos mismos días. Lo recuperamos aquí con el ánimo de iniciar esta nueva etapa de la revista digital con una mirada a la realidad ambiental de nuestro país y los retos enormes que se nos presentan a los mexicanos.



Viaje al fin de la selva IV Los Refugiados Guatemaltecos

Sergio Mastretta

Hubo un tiempo, en la selva, en que no hubo fronteras.

Parece una más de las mil veredas que van a dar a los potreros por la seis kilómetros hasta Cuarto Pueblo, una comunidad que guarda en la memoria la historia trágica de la tierra arrasada aplicada por los militares en contra del Ejército Guerrillero de los Pobres, en esa región del Ixcán.

La historia me la cuenta Manuel en Ixcán, el pueblo mexicano por el que pasaron todos los colonizadores de Marqués de Comillas, plantado a la orilla del río del mismo nombre y a no más de un kilómetro de la frontera.





Campamento de refugiados guatemaltecos en Chiapas, 1987.

“Aquí nomás estaba el campo Peña Blanca, y ahí seguían por toda la línea: Flor de Café, San Vicente, San Mateo, San Andrés, Puerto Rico, Chajul… Por todos lados, entre 1981 y 1982. Cuando nos dimos cuenta ya se contaron 25 mil refugiados. Yo llegué a Puerto Rico que ahí tenía un rancho. Estaba joven, y lo que viví no lo volvería a hacer. Sufrimos mucho los fundadores en estas tierras. En 13 de Septiembre se abrió un campo con cuatro mil gentes. Y a mí me dieron trabajo en la COMAR, que quiere decir Comisión Mexicana de Ayuda a los Refugiados. Muchas dependencias aparecieron por aquí, nuestra función era ver sus necesidades, sobre todo de salud y alimentación, para ver qué se hacía. Me tocó desde Boca Lacantún hasta Chajul, y de aquí hasta Montebello, Santiago el Vértice, el Rosarito. Como yo era del lugar y conocía la zona, les daba confianza a los que venían de fuera. Y como se les quería reubicar, me dieron la consigna de ir campo por campo a explicar las razones que tenía el gobierno mexicano. Acabé en Campeche llevando a un grupo, pero eso fue después.



“Esa gente sufría mucho, y yo tenía que identificar sus problemas. Ahora lo que veo es que había desde Ixcán hasta Lacantún 25 mil hambrientos que le empezaron a partir la madre a la selva. Más que la bronca de la seguridad era que le estaban partiendo la madre a la selva, y no había pa cuándo se acabara la guerra. Se acabaron los peces en los ríos, las aves, los lagartos los acabaron, las lagartijas, de hecho les gustan las lagartijas, los zopilotes, lo que agarraban se comían, ¡tenían hambre! La ayuda llegó mucho después. Ora muchos dicen que explotamos a esa gente aquí en Marqués, y sí hubo abusos, pero velo así: venían con el ejidatario, don Manuel, ¿no me da una hectárea para comer?, pues si, por qué no, y además aquí el campesino no era que tuviera reserva, en los primeros meses empezó a acabarse el maíz. ¿Y qué iban a hacer tres mil gentes? ¿De dónde iban a comer? Aquí la tierra es de una sola cosecha, no da para dos cultivos, así que al otro año los chapines se fueron a la otra y a la otra, cien compas, cien hectáreas en un año, ¿y cuantos te gusta que había?, abundan mucho, como los ratones, ponen muchos huevitos. Pronto veíamos pasar las cosechas e lanchas de 15 toneladas, porque tumbaron muchísimo monte para sembrar maíz. Nosotros cuándo íbamos a tumbar una hectárea por año. Probamos con el cardamomo y el cacao, pero no dio resultado, esas eran las estrategias del gobierno, pero todo cambió cuando llegaron los refugiados. Muchos acahuales que ves, son de entonces. Así que no jodan conque nosotros fuimos los que talamos la selva, el gobierno se tardó en poner remedio. Así de fácil y así fue, y nunca se ha tomado en cuenta lo que sucedió en ese periodo. Puedo decir con conocimiento que la mitad de la deforestación en Marqués viene de los refugiados. Decían de nosotros que éramos los ogros, que los estafamos, que los utilizamos para abrir la selva.



Refugiados. Foto de Marco Antonio Cruz/Archivo La Jornada.



“En el 84 me contrató ACNUR, con una comisión especial: convencerlos de la reubicación. Me dicen, hay que hacerlo de manera inteligente, y todo el mundo presionaba, la iglesia, la prensa, los de los derechos humanos. Asi que yo les decía, es por su seguridad, hay riesgo de que se metan los kukes, ora los guachos decimos nosotros, ellos hablaban de los kukes, los que aplicaban el terror, y lo que platicaban no era para menos, niños reventados de la cabeza contra el quicio de la puerta, embarazadas a las que le sacaban los niños a bayonetazos. Muy duro lo que sufrió esa gente. Con el tiempo, ya cuando vieron que no entraría el ejército guatemalteco, ya que estaban consentidos, ya que vieron que no iba a llegar el tigre, empezaron a sacar las uñas.

Campo de refugiados guatemaltecos/Foto de ACNUR.

“Aquí éramos cuates de los guerrilleros, nunca teníamos problemas, ellos estaban en la reserva, ora Montes Azules. Iban, guerreaban, echaban bala y regresaban, no más se oía la tronadera de los fusiles a lo lejos. ¿Quién los agarraba?, eran puras selvas, no había caminos, ni aquí ni en Guatemala. Hasta que entraron esos kukes a masacrar a los fronterizos.

“Muchos refugiados no se querían mover, digamos la mitad estuvo de acuerdo. Me tocó llevar al primer grupo en camiones hasta Campeche, y después otros a Chetumal. Había gente muy sensible, tenían sus grupos, sus pueblos, su religión, le ponían nombres, Las Limas, Cuchumatán, Maya Balam, La Laguna. Los llevábamos en lancha hasta Boca Lacantún, en Benemérito, se censaban, se etiquetaban los autobuses y se mandaban. Muchos se dispersaron, otros se repatriaron, otros se quedaron en México, a algunos hasta el gobierno les reconoció la tierra, como en Poza Rica, ese era un campamento, ora es un ejido.

“No sé cómo aguanté todo eso. Era muy joven. Me dio de todo, paludismo, dengue, tifoidea, a puros cloroquines y primaquinas me la pase, unas calambreras con el sol de mediodía, unas punzadas enormes en la cabeza. Sí, sufrimos mucho los fundadores. Ahora vemos como llegan los narcos y compran parcelas, siembran palmas, meten ganado, rentan pastos… Tanto sufrimiento para terminar esclavos de esa gente que lo último que le importa es la selva.”



Migración de guatemaltecos a Chiapas a principios de los años 80/Cuadro elaborado por Verónica Ruiz Lagier, Nuevas comunidades en chiapas. Identidad y transnacionalismo (2008)

Publicado originalmente en su primera parte en la revista Nexos en febrero del 2015, este reportaje de largo aliento se presentó completo en Mundo Nuestro en esos mismos días. Lo recuperamos aquí con el ánimo de iniciar esta nueva etapa de la revista digital con una mirada a la realidad ambiental de nuestro país y los retos enormes que se nos presentan a los mexicanos.



Viaje al fin de la selva III Memoria campesina

Sergio Mastretta

La selva campesina es la selva de la migración. Ellos no han perdido el sendero que recorrieron. Han hecho su vida en la selva. Es su memoria la que reconstruye ese tránsito de sobrevivencia que hoy los lleva a preguntarse por el futuro del territorio que los acogió: la Selva Lacandona.

Juan Marroquín, campesino de La Galaxia: El ingeniero Gracia, así se apellida, vino y nos dijo, ‘que nadie diga que yo vengo a entregar tierras, porque si lo dicen, alguien va a llevar el informe equivocado, y no se les van a dar. Digan que yo vine a tomar muestras, nada más.’ Consiguieron un cayuco prestado y trajeron al ingeniero, que puso señas, de aquí pa cá, y de aquí pa’llá van a fincar el pueblo. Midió 500 metros hacia dentro, y 12 kilómetros de río… Ya cuando vinieron empezaron a trazar el poblado, ya para diciembre, cuando querían hacer sus casas, vino el río y lo inundó todo. Se tuvieron que ir dos kilómetros arriba, encontraron un arroyo, y volvieron a trazar. En octubre de 75 yo andaba de paso aquí, en ese mes salí, y el río volvió a llegar ahí donde estaba el nuevo poblado. Ya estaban aquí los Valdovinos, habían hecho sus casitas, y les llegó el río y la angustia, así que se fueron más arriba, a donde ahora es Chajul, ellos lo fundaron. Y nuestras familias, don Abel, don Miguel, Fausto, los Marroquín y los Pérez, también se movieron, finalmente encontraron este lugar, estamos a tres y medio kilómetros del río, pero aquí si ya está más alto, ya no hubo angustia. Ellos fundaron este pueblo.



Arminda Hernández, campesina de Playón de la Gloria: Vine de Las Choapas, en Veracruz. Tengo trece hermanos. Mis hermanas están en Mexicali, Tapachula, Cárdenas. Pero sí somos muchas. Pero en el transcurso del tiempo mi papá tuvo que salir porque no encontraba tierra para trabajar y eso, la misma necesidad que nos hizo venir para acá… Entramos en lancha, había carretera, entramos en la lancha de Pico de Oro cinco horas, hasta Playón. El río estaba tremendo, que daba miedo. Alrededor, tupida, mucha selva No, ahorita ya hay mucha tumbazón. Aquí conocí los changos, aquí conocí la guacamaya. Se oía muy feo los changos, estaba uno durmiendo y pensaba ese animal qué será, será grandote, será chiquito, cómo será… Primero vino mi hermano, le dieron tierra. Si, a él sí, por él fue que conocimos primerito aquí, él se hizo ejidatario aquí. Entonces, con esa experiencia, mi papá se vino a ver si era cierto. Voy a trabajar dijo. Y ya mi hermano le prestó tierra a mi papá para que él la trabajara. Mi papá trabajó un buen tiempo en terreno de él, que le prestaba, y al transcurso del tiempo ya mi papá compró tierra propia.



Teódulo Lombera, campesino de Boca de Chajul: Yo crecí en Guerrero, pero cuando me acuerdo ya no había selva. Mis tíos de mi papá nos decían, mucha gente nos decía: no se vayan, se van a ir a morir allá, hay hasta gusanos que se le meten a la gente, hay muchos zancudos, por qué creen que ahí está solo, porque no es para la gente, no se puede vivir ahí. Decía mi abuelita: pero tú ya te vas para allá porque aquí ya no hay donde trabajar. Y cuando estés allá y haya mucha gente, vivan donde no haiga selva. No sabíamos del cayuco, pues, es que nosotros veníamos donde no había agua más que para tomar, íbamos caminando, jalando el cayuco desde la orilla. El remo era nada más para pasar de una playa a otra, de una orilla a otra, donde se podía caminar. Eso fue al principio, ya cuando pasaron dos o tres años, entonces sí ya llegábamos en un día.

Domingo Martínez, campesino de Flor de Marqués: Vio la gente que había mucho zancudo, estaba muy espesa la selva, mucho colmoyote, un gusano que como larva se te mete por la piel, y eso fue lo que a la gente no le gustó, se fueron, se regresaron, de las familias que venimos aquí a tomar, de ese grupo de cincuenta y uno, nada más estamos nosotros con mi papá. Mi papá es el único que se quedó y nosotros como hijos. Lo que ocurrió es que nosotros vendíamos ahí el terrenito que teníamos en Frontera Comalapa, mi papá de una vez acabó con todo. Entonces como decía él, si quieren tener algo aguantemos.

Francisca Ramírez, campesina de Boca de Chajul: Soy de Guerrero. Nací en 1950 en el Juste, pero yo no conocí ahí, yo ya me crié en otro lado. Yo me crié… ¿cómo se llama?, Santa Lucía. De Santa Lucía nos íbamos al otro pueblito que se llama el Guayabal. Era ese mero, el Guayabal es que ahí se nace la guayaba sola, ahí radicamos ocho años, ahí tenía mi papá una hectárea de tierra, ahí dilató, ahí crecimos hasta la edad de nueve años, de nueve años nos bajamos a otro poblado, cerca de San Luis. Ya rumbo al Plan del Tigre, todo pa´allá, ahí nace sola la guayaba, es como decir donde nace el tabaco solo, también por allá. Ahí ya nos crecimos, ahí en los otros poblados, ¿cómo se llama ahí? Tiene tantos años que me salí de ahí.

Juan Marroquín, campesino de La Galaxia: Sólo mirábamos azul arriba y verde a los lados. No había caminos, no había lanchas, no había nada. Fue difícil. Aguantamos porque buscábamos el porvenir de nuestros hijos, pero no había caminos, no había escuelas, no teníamos lanchas. Todo caminando hasta encontrar el carro para ir a Comitán en Amparo Aguatinta, era la única forma. En el 81, 82 se dio a conocer que había gente viviendo en la selva, cuando se formó esa unión de ejidos, ya el gobierno lo reconoció. Entonces empezó a transitar la gente por el río. La brecha fue hasta el 94, cuando se levantaron los zapatistas. Nosotros luchábamos para que hubiese camino. Decía el gobierno ‘si se abre el camino se va a acabar la selva’. Y nosotros, ‘si la selva ya está repartida, ya está llena de poblados Marqués de Comillas, sus más de 200 mil hectáreas’. Pero fue hasta que se levantó Marcos que el gobierno abrió la brecha, no sé si se espantó el gobierno.

Domingo Martínez, campesino de Flor de Marqués: Pura selva, corríamos debajo de la selva allá era nuestra casita, pura selva alta, había unos arbolones grandísimos. Cuando nosotros venimos sembramos allá atrás, había un pedacito que encontró mi papá que no tenía monte alto, y eso sembramos, entre todos botamos y lo sembramos, la picamos bien picadito y sembramos maicito. Pero después tumbamos, aquí se pudrió la madera, ahí se pudrió, lo quemamos y todo se quedó ahí, ningún provecho, namás para leña, para hacer fuego, uno jalaba lo que había, había bastante y se acabó, se tuvo que ir quemando.

Baltasar Lombera, campesino de Boca de Chajul: Ellos en Guerrero y, me imagino, que también en Michoacán, decidían que una palma o un cerro estaba bueno, y agarraban diez personas y hacían su trabajo juntos, tumbaban diez, veinte, treinta hectáreas todos, porque ahí el ganado andaba suelto. Cada quien su pedazo, pero juntos, quemaban, sembraban y a veces guamiliaban, o sea, volvían a trabajar el siguiente año ahí, una segunda tierra en el mismo terreno. Entonces es un ciclo, es una tradición si tú quieres, de siembra y deforestación. Entonces era año tras año. Cuando llegan aquí a Chiapas, pues ¿qué sabían hacer? Eso: tumbar el monte.

Floridalma Pérez, campesina de Cuarto Pueblo, Guatemala: Yo tenía seis años, porque tantito me acuerdo, nací en el 71, entonces en el 77 llegamos al Ixcán, en las montañas de Quiché. No, los Cuchumatanes está pal desierto y nosotros estamos pa’ca. Es zona de selva, así como aquí. Como la selva Lacandona, selva, selva, grandes árboles, grandes arroyos, todo selva; no había ni a dónde ir, nada. Llegamos a la comunidad que se estaba formando. Ya mi papá fue el último que llegó porque ya era una última parcela, ya era como un área digamos lo que quedaba era una parte como del pueblo pero eso lo dividieron y todo y fue el último que llegó mi papá. No pagó nada, en ese tiempo no se pagaba nada, y no lo dio el gobierno, fue el sacerdote Guillermo Woods.

Francisca Ramírez, campesina de Boca de Chajul: Me casé a los 13 años. Mi marido me llevó a Oaxaca, pura selva. Ahí viví hasta que él murió. Las tierras, mi papá vendió su pedacito. Las de mi esposo las vendió también, cuando estaba bueno todavía vendió. Ahí nos quedamos a vivir en la misma comunidad. Ya estaba cansado. Yo creo que sí. Compró otra parcelita aparte de la que vendió, más cerquita y ahí se quedaron cuando mis hijos crecieron, pues mi mamá salió con que vamos a vender y, bueno, me dijo, no se puede sembrar nada, mira el limón se murió, solamente pa´pasto sirve, ¿y la persona que lo va a comprar?, pus pa eso lo quieren.

Floridalma Pérez, campesina de Cuarto Pueblo, Guatemala: El cardamomo es una planta saborizante, incluso el Té Chai tiene cardamomo. Sí, lo sembramos. También café pero más era el cardamomo en ese tiempo. Y casi no se tumbó selva, yo veía unos arbolotes y siempre debajo de la montaña cuando nos llevaban a cortar cardamomo. Nomás como que tumbaban los más grandes pero dejaban siempre selva. El cardamomo es una planta que da muchos tallos con hojas largas y abajo echa unos ramilletes con bastante fruta

Baltasar Lombera, campesino de Boca de Chajul: Cuando llegan aquí 300 personas y deforestan y viven y hay esfuerzo para comer, siembran y van haciendo ganadería, si tú quieres paso a pasito. Entonces, cuando llega toda esa gente, seis mil personas, cuando llega ese gentío tenían que sembrar, tenían que comer. ¿Del 82 a cuatro años después que se los llevaron? Entonces mucha gente sacó provecho, tampoco creas que somos… Mucha gente en el ejido les dijo: yo te doy para que siembres pero después me siembras pasto. Entonces el guatemalteco tumbaba, sembraba milpa, y después sembraba pasto. Pero eran mil peones de mano de obra regalada, que además tenían que comer. Ellos sólo trabajaban en sembrar para comer. Entonces no, amigo. Tú ve una imagen de satélite del 80 y ve una imagen de satélite del 83, y verás. Pero ¡en grande! No, no, se tumbaron mil hectáreas, si quieres, en tres-cinco años. O sea, rozas masivas. Porque lo difícil en aquel entonces era tumbar, no había motosierra, era trabajarle un día a un árbol. Y esa gente venía acostumbrada porque venían también del campo, sabían echar mecapal y echar hacha muy bien. Entonces ahí fue el punto de deforestación de este ejido. Porque fue en Puerto Rico y Chaul donde hubo más refugiados.

Floridalma Pérez, campesina de Cuarto Pueblo, Guatemala: En Cuarto Pueblo queda muy poca selva, la gente está tumbando mucho para potrero, están metiendo mucho ganado. Allá también está lo de pago por servicio ambiental pero la gente se mete muy poco porque allá la oficina, yo fui y pregunté porque yo quería meter el terreno de mi papá, como él no la ha trabajado, su parcela casi la tiene entera, porque él ya está bastante grande, ha de tener como setenta y está muy lejos, yo quería que él metiera su parcela así al servicio ambiental. Pero le ponen muchos requisitos y aparte de eso que tienes que tenerlo bien limpias las orillas y que si tantito alguien se mete y saca un árbol, entonces ya no te dan ese pago por servicio ambiental. Ya no les dan nada.

Juan Marroquín, campesino de La Galaxia: Cuando llegaron tumbaron una parte de selva para su consumo, nada más, porque a dónde iban a sacar algo. Maíz, frijol. La familia Marroquín trabajábamos en común. La explotación del bosque se dio cuando salió el permiso en agosto del 96. Nosotros lo solicitamos, un aprovechamiento forestal maderable a nivel ejido, en ese entonces, de las 2,600 hectáreas teníamos 2,047 de selva; en veinte años no se abrieron más de 500 hectáreas; en la década de los ochenta entraron los programas de chile y cacao, cambió la gente, pero no dejó dinero el chile, un año, dos, no más, el precio abajo, valía un peso el kilo, eso cuando producía, y toda los pueblos sembraron el chile, se llegaron a sembrar en Marqués entre dos mil y dos mil 500 hectáreas.

Francisca Ramírez, campesina de Boca de Chajul: Pero entonces todo estaba verde, verde, todo. Nooo, ahurita ya tumbaron todo. Todavía no se veían los pastizales pal ganado. Era muy poco, era muy poco lo que se miraba de pastizales. Un poco era selva Oaxaca, sí, pero no así de bonita como acá, allá pus ya se seca mucho en tiempo de secas, no sigue verde como aquí, el problema es que aquí, lo que si da miedito es la culebra, y no tanto porque también allá hay víboras, es lo mismo, nomás hay que tener cuidado de donde va a andar uno.

Nicolás López, campesino de Democracia: En tierra nacional vivimos, se llama Nuevo Linda Vista. Traía yo todos mis papeles firmados por las autoridades, porque no teníamos terrenos ahí. No me quedé ahí porqué también se metieron los zapatistas y nos obligaban a participar en la guerra y en las reuniones, lejos, pues, ese tiempo no había carreteras. No me gustó, me vine a buscar tierra ya más cerca la carretera. Ya me había yo casado en Nueva Linda Vista. Después del 94 ya me vine yo para acá y aquí ya estaba poblado. Yo tardé 14 años en llegar hasta aquí. Salí del pueblo de Savanilla en el año 1979 y me fui a Nueva Sabanilla, no me gustó y me fui a Nuevo Linda Vista, a un ladito de Nueva Sabanilla, tenía tierra allá pero como me salí me agarraron mi terreno y me quedé sin tierra. Aquí me vendieron a dos mil pesos la hectárea y compré 15 hectáreas. Tengo maguey, frijol, plátano.

Francisca Ramírez, campesina de Boca de Chajul: La vida de la mujer puro sufrir y sufrir y trabajar, sufre uno mucho pobreza, en tanto en pobreza como en modo de transportarse. Si siembra su cosecha no puede usted sacarla, no puede porque no hay modo de sacarla y se pierde, no hay transporte y sufre pobreza como quiera la mujer ahí, peor cuando le va mal con el esposo, maltrato, todo eso. En chajul, en Oaxaca, igual, igual les va. Hay mucho machismo, ah, eso llueve por donde quiera. No dejan que la hija estudie porque cómo va a estudiar, algunos papás dicen cómo se va a ir la niña lejos, porque si se va a estudiar, a trabajar, ya luego va a venir con una cría. Pero ya ahurita ya hay jóvenes que ya van a estudiar para superarnos, para que crezcan.

Nicolás López, campesino de Democracia: Después del zapatismo llegó el gobierno para organizar a los campesinos. Siembro de distintos tipos de frijol en la misma hectárea y me da siempre como 100 kilos cuando me va bien y es para el consumo de la familia y para vender. Tanto al maíz como el frijol me han dado recursos, de 300 pesos bulto de maíz llegando a vender de 15 a 20 bultos. En la temporada buena de venta puedo llegarle a sacar al maíz 6000 pesos de ingreso al año. Y el Frijol sale más, está un poco carito, vendido a 10 pesos el kilo, vendiendo diez bultos, una tonelada, como diez mil pesos. Yo no he necesitado chambear con la gente, pues recibo recursos también de la conservación de la selva.

Juan Marroquín, campesino de La Galaxia: Cuando yo valoro el caso de los ganaderos, hay una diferencia entre los que se dedican a la agricultura, al maíz y frijol, y el ganadero, porque aunque no hubiera caminos y estuviera barato, el ganadero disponía de sus bienes todo el año, sufría menos que el agricultor. Aunque se siembren dos veces al año, sólo dos veces dispone de dinero el agricultor, mientras que el ganadero, si tiene treinta cuarenta cabezas, la puede vender en cualquier momento. Por eso viven mejor los ganaderos. Nosotros aquí en Galaxia apenas la gente se está haciendo ganadera, cuando otros empezaron en la década de los ochenta, les dieron créditos. Hoy el ganadero vende su producto al mejor precio, 25 a 27 pesos el kilo de novillo, y el kilo de maíz apenas llegó a cuatro, y otros años a dos, tres. El gobierno le da 300 pesos por cabeza. Al agricultor 800 pesos.

Nicolás López, campesino de Democracia: En las huertas hay plátano guineo, zapotes, elotes, chaya, yuca, tepezte, ques una especie de camote que se cuece y se pela para consumir con raíces y zanahorias y su condimento, sale sabroso con caldo de pollo. Todo esto se da silvestre en los huertos y duran todo el año, pudiendo consumir todo cualquier día del año. También sale el coctel de fruta, naranja, mandarina, mango, limones, chicharos, ejotes, calabazas, lechugas, tomate, chile habanero, chile mirasol y chile mulato. Tenemos gallinas que nos dan huevos todo el año, guajolotes, patos y gansos, además se dan distintos tipos de hierbas como quelites, epazotes y cilantro. No me arrepiento de haber venido aquí, estamos contentos aquí por qué hay de qué comer, en cambio en otras partes es difícil trabajar y ganar la vida.

Publicado originalmente en su primera parte en la revista Nexos en febrero del 2015, este reportaje de largo aliento se presentó completo en Mundo Nuestro en esos mismos días. Lo recuperamos aquí con el ánimo de iniciar esta nueva etapa de la revista digital con una mirada a la realidad ambiental de nuestro país y los retos enormes que se nos presentan a los mexicanos.

Viaje al fin de la Selva II La Selva Campesina



Sergio Mastretta

Junio de 2014. Llevo una semana en la selva. En los pueblos de la Selva Lacandona al sur del río Lacantún y desde la boca de los ríos Jataté y Jabalí hasta su confluencia con el río Salinas y un poco más allá, cuando arranca el Usumacinta y pasa por Yaxchilán a la altura del poblado chol Frontera Corozal. Cerca de 215 kilómetros de ribera. De un lado, al norte, la Reserva de la Biósfera Montes Azules, en una media luna de Poniente a Oriente, la colonización campesina que como una ola irresistible y a todo lo largo de los últimos cincuenta años batió los montes a golpe de cayuco y hacha, avioneta y motosierra. Es un viaje a un mundo perdido, el de un desierto verde que fue, circulado por animales milenarios en senderos invisibles, y que hoy es un enredo de aldeas cuadriculadas con esmero ochenta por ochenta, cien por cien, enlazadas por brechas interminables que cruzan plantaciones y potreros entre manchones densos del monte sobreviviente.

La selva perdida. La selva posible.



Yo no me fui a la selva



Para comprender el largo plazo de los campesinos en México. Armando Mariano tiene 22 años. No necesité ir a la selva para encontrarlo. Vende chicles en la esquina de mi casa en Puebla. Y con él está su mujer, con su falda y su blusa tzotzil de Mitontic, en los Altos chiapanecos. No quiso bajar con sus parientes en las Cañadas, en el pueblo de El Sumidero a donde emigraron hace treinta años. No había nacido. Mejor tomó el rumbo del altiplano. Y se puede comunicar conmigo en el español que ha aprendido en estas calles. Nadie habla español en Mitontic, me dice, su mujer tampoco. Ella pasa con la bolsa de plástico que guarda los chicles.

“No tengo papás, se murieron muchos años, se le hinchó el pie de él. Mi papá se iba al café, finca Monte Grande y Finca Prusia, yo fui con él de cuando llevo seis años, después ya no. Murió. Poco tengo, por eso vine, solo un pedacito, como de aquí al poste (unos treinta metros) para la casa. No hay tierra para sembrar, pero la prestan por un año para el maíz, un señor de allá, muchos terrenos los presta, cobra cien pesos una tarea, para cinco costales de maíz en olote, diez tareas siembro mi suegro y yo. Él está allá, dos cosechas, ora apenas la siembra del día de muertos… También él aquí, cuando no está en el maíz. Allá 50 pesos el día cuando le dan trabajo, por eso también mi hermano dice que va venir aquí, no hay chamba allá. Aquí 80, cien pesos el día, la bolsa de chicles 250 pesos, la saco en un día, le gano 70. Cuando no llueve limpio el carro, cuando llueve, los chicles…”



Lacandona 2014. El manchón verde sobreviviente es Montes Azules. En el extremo derecho, abajo, fronteriza con Guatemala, Marqués de Comillas y Benemérito de la Américas, la región abierta a la colonización campesina en los años setenta. Al centro, hacia la izquierda, la región de Las Cañadas, el territorio de la rebelión zapatista.

Felipe

Pero no voy solo. Felipe llegó aquí hace 35 años, hoy tiene 49. Sus ojos entrenados miran los campos pelados y recuerdan decisiones que explican de un jalón lo ocurrido en la selva. “Ese gobernador Juan Sabines Gutiérrez inventó un programa de tecnificación para los ejidos --dice--, una motosierra para cada uno, una lancha si por ai pasaba cerca el río, una mula donde no había más que camino de herradura, y pa los de Benemérito de las Américas que ya tenían la terracería que bajaba desde Palenque, una camioneta. Así de sencillo, el gobierno estatal fue el principal promotor de la ganadería.”

Felipe trabaja como promotor de la CONABIO (Comisión Nacional para el Conocimiento de la Biodiversidad) en el programa “Corredor Mesoamericano”. No hay ejido que atravesemos que no conozca, y para cada uno tiene un dicho: “Ixcán fue de los primeros, aquí pusieron pista y la gente llegaba en avioneta, pero no creció, sus dirigentes son muy maleantes, egoístas”; “los de Salto del Agua llegaron desde Tabasco, de un pueblo del mismo nombre, ya ve, aquí no tenemos imaginación, nomás le ponemos ‘nuevo’ y ya quedó”; “así como miras este Ejido Guadalupe Miramar, la gente está jodida, pero parejo, no hay diferencias, no hay un rico que sobresalga, como ya pasa en cualquier ejido ganadero en Marqués o Benemérito”; “a Zamora Pico de Oro apenas llegó un diputado del PRI y compró 200 hectáreas y lo primero que hizo fue tumbar la selva y ni siquiera aprovechó la madera”; “el ejido El Pirul lo fundaron cinco familias de chilangos, a uno de ellos le decían el Triste y a otro el Lacandon, nomás por la cara que tenían, pero no duraron, ni uno se quedó, mejor llegaron unos oaxaqueños de delante de Río Grande bajando por la sierra a la costa chica, con ellos se llenó el ejido”; “aquí en Nueva Unión han plantado hule por todos lados, deja más dinero que la palma africana, se lleva menos jornales, pero el problema es que tarda más para que te deje dinero, pero sí conviene, permite que plantes cardamomo y palma xate”.

Al llegar por la Fronteriza a Nuevo Orizaba encuentras el Campo Militar 38 C 8va C.I.N.E. Mero enfrente está el bar “El Centenario”. También tiene un dicho Felipe: “Las chicas ahí te cobran 200 pesos por el servicio”.

4 La Reserva ded la Biósfera Montes Azules. Foto de Natura Mexicana.

El puente colgante

La camioneta da tumbos por la terracería con rumbo de los pueblos al sur de la laguna de Miramar. Llueve, pero no a torrentes. Nos adentramos en las cañadas de los ríos Jabalí y Jataté, los principales afluentes del Lacantún con las aguas de todas las cañadas abiertas por los pueblos en Ocosingo, Las Margaritas y Maravilla Tenejapa. Es la frontera suroeste de la reserva de Montes Azules. La cañadas es estrecha, lo que ha permitido la sobrevivencia de la selva en las colinas alrededor de Maravilla Tenejapa, pero cuando la brecha encuentra a la izquierda al Jabalí, el lomerío se achaparra y aparecen de inmediato los potreros. En los caseríos que atravesamos se ven tinacos para captar agua con el logo de la cruzada contra el hambre; vemos huertas de café y cacao, algunos platanares y por aquí y por allá, aburridas vacas que rumian y braman.

Zenaido camina por el puente colgante de 150 metros de largo que une a la comunidad de Niños héroes con la ribera oriente del río Jabalí, a no más de cuatro kilómetros de su confluencia con el Jataté, justo en Amatitlán. Tiene tiempo, por supuesto conversamos. Me señala el pueblo colgado en la loma que se levanta sesenta metros sobre el río, no son más de 15 manzanas que guardan las casas de 39 ejidatarios y veinte avecindados. Arriba, no puedo verlas, están la mayoría de las 830 hectáreas ganadas en su totalidad por la ganadería. La comunidad permanece incomunicada los largos meses de lluvia, así que mide el tiempo a su manera, el que les lleva abrir una por una las hectáreas que tienen de selva. Les quedan treinta, en lo demás se entretiene un ganado que por mucho venderán a 22 pesos el kilo. Hace tiempo que abandonaron por improductivos los cafetales. No hay dinero para pagar ni siquiera los 60 pesos que cobra un jornalero por chapear las huertas.

Zenaido llegó desde Las Tablas, una tierra fría, donde se da la papa, las habas, el licor, dice a pie de puente colgante. “Todo el monte se botaron allá, sólo quedaron pinos en las partes más altas y papá tenía poco terreno y éramos bastantes, siete varones y cinco mujeres, ¿dónde íbamos a trabajar? Papá quedó allá, tres venimos para acá.”

Entonces probó como ganadero: “En el 95 empecé a comprar ganado, tengo siete hectáreas de pastizal ahorita, pero después del 95 tuve como seis años haciéndole al ganado, pero después lo vendí todo, ahorita no tengo nada de ganado, pero tengo los pastizales, nomás los rento. Vi que no tengo suerte pal ganado, lo que me desmoralizó y más me dediqué al café.

También sembró café, como muchos que por acá llegaron. ¿Qué paso? A los tres años empezó a rendir, y les fue muy bien, les daba para sacar la producción en avioneta. Pero ya por el 97 empezó la plaga, y para el 2000 las huertas estaban arrasadas.

¿Y qué pasó? Lo que ve señor, lo hicimos todo potrero.

Foto de Natura Mexicana




Foto de Natura Mexicana

Memoria campesina

Estamos en la comunidad de Amatitlán con los representantes ejidales de tres de los 28 ejidos del municipio de Maravilla Tenejapa. Una conversación larga, que recupero en sus puntos medulares.



Foto de Panoramio, por Ubilio García

Obdulio Gutiérrez Gutiérrez vive en Amatitlán, tiene 40 años, está casado y tiene dos hijos. Llegó de La Concordia en 1981. Ociel Mateo Francisco vive en Nuevo Rodulfo. 43 años, casado, siete hijos. Llegó de El Zapotal, en el municipio de Las Trinitarias, en 1990. Gerardo Vázquez Alfaro vive en Nuevo Rodulfo. 42 años, casado, seis hijos. Llegó de Nuevo San Antonio, en Las Margaritas, en 1985. Zenaido González Zacarías. Vive en Niños Héroes. Ejidatario con 20 hectáreas. 51 años, casado, seis hijos. Llegó de Las Tablas, en la región de Frontera Comapala, en 1983. Armando Marroquín Santizo vive en Amatitlán. 57 años, casado. Llegó desde Independencia, un ejido de la sierra, cerca de Motozintla, en 1984. Éramos muchos, y había poca tierra.

¿Por qué se vinieron a la selva?

Armando: Nos venimos porque ya era una comunidad muy grande y el terreno era poco, no era suficiente el terreno y por eso nos vinimos a vivir para acá, que hay buenos terrenos. Allá era un ejido grande como de 400 hectáreas. Ya no había monte, ya nomás puro plano, ahí en algunas partecitas montaña pero muy poca, lo botaron el monte por la mucha abundancia, allá se crían los borregos, ganado, había ocote, por allá se da la papa, el frijol, el grano, es tierra fría. Muchos jóvenes y mucha gente. Se iban a trabajar por la costa, por la zona de Huixtla, por Cancún, ya después se supo que muchos se fueron para los Estados Unidos en busca de empleo porque no había mucho terreno. Fue por eso que nos venimos, por la necesidad y por buscar de tierras.

Zenaido: Mi origen es de Las Tablas. Mi papá tenía poco de terreno y éramos bastantes, son siete varones y cinco mujeres, entonces no había de dónde trabajar, algunos tenían como ocho hectáreas, diez hectáreas, los demás tres o cuatro y así. Yo mi otro hermano, somos tres los que venimos para acá. Ahora somos mestizos, pero allá antes prevalecía lo que es el mam, el pueblo mam, los viejitos hablaban ese idioma y de ahí descendemos nosotros, los abuelos eran del pueblo mam.

Gerardo: Yo vengo de una comunidad muy pequeña, de San Antonio, pero las tierras son pocas para cultivo, para el café, es poco terreno. El pedazo que teníamos nosotros, como anteriormente no estaban tan legales las tierras, en las comunidades nomás llegaban a vivir porque les gustaba la tierra, pues no lo legalizaban. Eran tierras nacionales, y nuestros terrenos que teníamos, no teníamos mucho, como seis hectáreas de terreno. Luego llegaron los de San Juan Chamula, como teníamos más tiempo, se fueron a vivir a una parte más alta que se llama Linda Vista, ahí se fueron a vivir y tuvieron que hacer los trámites y las mediciones del terreno. Teníamos dos cafetales y dos hectáreas. Luego abarcó San Juan Chamula su ampliación de comunidad y ya quedó enterrada la de nosotros, en esa ampliación. Nos invadieron y ya nos quedamos nada más con tres hectáreas de terreno. Sí, se pedía que nos dieran la preferencia de pasar a vivir en esa comunidad pero no lo permitían, nomás compraron las partes del terreno los de San Juan Chamula y se les quedó las tierras.

Oziel: Yo vine con mi papá, es el mismo problema, mi ejido así fue Y como como que se enojaron y por eso vinieron a buscar si hubiera aquí dónde, y sí había. Ambos se inquietaron y se vinieron para acá, así fue. Si allá venían caminando, ¿cuánto hubieran tardado en venir caminando acá?, entonces vino a ver, se inquietaron y ambos se vinieron, nos trajeron. Como yo estaba recién casado pues tuve que venir atrás de ellos y sí me gustó el lugar acá, está buenísima la tierra, de calidad. Vino también mi esposa, le dije “piensa dos cosas: o te quedas o te vas”. Así entró la ley, o te quedas o me sigues, decídete, yo me voy porque me voy, tuve que venir, hay que caminar como dos, tres días a pie para llegar acá.

Obdulio: Yo la verdad vine pequeño, mis papás son los que vinieron a buscar las tierras. Allá sí tenían terreno, lo que pasa es que era un lugar donde sólo se producía el maíz, el frijol y la ganadería también, es un terreno muy pedregoso, no hay mucha agua, estaba lejos la presa La angostura, sí, y pues no se podía producir más que el maicito y escucharon que en estas partes había terreno, unos compañeros les dijeron del lugar y se vinieron a ver. Les gustó mucho el lugar, una selva muy bonita y todo, aquí se produce todo, en lo pedregoso nomás se podía producir maíz y frijol y la ganadería pero costaba mucho porque había que llevar el agua hasta el potrero. El agua hasta para lavar no había, hasta para tomar estaba bien medido, tenían norias, que le llamaban ahí en el pueblo. Por eso decidió que aquí había suficiente agua y todo.

¿Es suficiente la tierra? ¿Sus hijos se irán sobre lo que queda de selva?

Gerardo: No, aquí todavía no ha ocurrido levantarse un grupo de jóvenes a solicitar tierra o algo. Pero eso es lo que van a querer, ellos sí ya se van a organizar. Es la pregunta que queremos hacer, ¿qué va a pasar con ellos?

Zenaido: Ahorita la respuesta que les damos a ellos es darles las tierras de dónde van a trabajar nuestros hijos, pero ya los hijos de ellos pues no da.

Armando: Se divide hasta dos, pero ya tres ya no.

Obdulio: En mi caso yo sólo tengo dos hijos, me da para dar hasta tres veces.

La desgracia cafetalera

Amando: Cuando llegamos sembramos café. Maíz y café. Era lo que sabíamos hacer. Nuestros abuelos porque iban a trabajar en las fincas.

Zenaido: Sí, era la forma de sobrevivir.

Obdulio: En mi caso, mis papás sembraron mucho café, siete hectáreas de cafetales. En los primeros años nos fue muy bien, a los tres años empezó a producir, pero el único transporte eran las avionetas. Sí nos fue bien, lamentablemente ya como en el 97 al 2000 vino la plaga y arrasó.

Gerardo: Sí, se perdió todo el café.

Zenaido: Algunos siguen, cambiaron la variedad del café. Yo en mi caso también traté de ver la variedad pero ya no quiso, lo que hice fue hacerlo potrero.

SM: ¿Cuál fue la causa de la plaga?, ¿se ha investigado qué pasó?

Armando: Según dice unos fue por la moscamed que ponían los aviones fumigando, era como un pegamento o una miel que pasaban los helicópteros fumigando. Primero acabó con las plantas de la sobra de cafetal, se emplagó con mucho gusano, se secó la sombra y vino acabando hasta con las plantas de café, se fue secando y se murieron las plantas.

Obdulio: Veíamos que el gobierno estaba metiendo eso contra la mosca mediterránea, dijeron que la iban a combatir y nosotros tranquilos.

Oziel: Según afectó a los frutos, naranja y todo, pero nosotros no veíamos, antes que lo fumigaran no había plaga. Toda nuestra cosecha venía sana, pero después, cuando fumigaron, ahí entró la plaga para el café. No fue sólo mosca, sino algo en las hojas, como de plátano, que ponen así que se empiezan a secar y se caen, el fruto en vez de que de grande viene muy chiquito. Y antes no, un racimo de 40, 50 kilos, buenos racimos, pero ahorita con eso desde el 97 al 2000 estuvo muy fuerte las fumigaciones, desde ahí puro plagas y plagas y plagas.

Los puercos

Gerardo: En ese tiempo donde la gente vio que ya no se iba a sembrar el café, muchos tumbaron cafetales y echaron maíz, otros empezaron a tumbar la montaña.

Armando: También, sí, otra metodología de que se sembraba el maíz y no se sacaba en granos sino que se sacaba en bulto para los puercos, abundaba mucho puerco. La gente aquí, como el maíz se concentraba mucho ya se le daba a los puercos, de ahí ya venía una persona a comprar puercos y se lo llevaba, ya salía así caminando.

Oziel: Al principio toda la gente tenía puerquitos. No sé cómo le hicieron para conseguir la semilla pero fueron pasando en casi todos los ejidos. Unos 20 o 15 puercos de inicio, ya después cuando vino el cafetal desaparecieron los puercos y ya.Lo que pasa es que se necesitaba ya sembrar maíz, y como el café necesita más trabajo pues ya no se podían atender dos cosas. El café rendía más y por eso se cambió. Cuando vino la plaga se volvió a cambiar.

Gerardo: Cuando llegamos se quería sembrar café, pero el café estaba pequeño pues, hasta los tres o cuatro años da. Un puerco ya se puede vender a los seis meses, ya salen bien y el café tarda. Ahora ya no hay puercos. Lo que pasa es que aquí antes estaban sueltos los puercos, los traían del campo. Cada quien los suyos cada marranito sabía dónde le daban de comer.

Oziel: Ya cuando lo iban a vender pues no se podía vender algo que se quería robar uno, no se podía. Hasta que venía un comprador recogiendo toda la marranada, ya se lo llevaba caminando. Y hasta eso, se los llevaban caminando hasta salir a carretera. De a 200, los cucheros los llaman, y traían perros, ai se iban por las vereditas.

Por los zapatistas llegó el gobierno

Obdulio: La carretera es de cuando los zapatistas, en el 92. Fue una propuesta que hizo el finado Colosio, una ampliación de Comitán, prometió hacer el camino para la selva, se comprometió. Esa propuesta ya entró el otro gobierno y lo retomó.

Armando: Aquí llegamos caminando. Yo tuve que cargar la maleta caminando a Jerusalén, ahí hay un río que le dicen el caliente, el río grande, cuando venimos estaba seco, estaba chiquito el agua, podíamos pasar cargando la maleta, los niñitos arriba y unos cargando, toda la familia, tres niños, uno venía cargando, ahí traía mi maletón y otro venía cargado, estaba duro ese tiempo.

Gerardo: Yo caminé desde Nuevo San Juan Chamula, y ahí nos quedamos, salimos tempranito y venimos hasta la tardecita aquí. Había terracería, la brecha. Estaba esta compañía que le decían la ica, la que estaba construyendo.

Oziel: Para Comitán había que salir a las cuatro de la mañana, caminar de aquí a alcanzar el carro de las once, a las 11:15 salía el carro que iba a Comitán, tenía uno que alcanzar ese carro, uy a las once, doce, una, ya como a las dos de la tarde llegaba.

Zenaido: Apenas estaba empezando a abrir la brecha, ya cuando salimos ya habían avionetas y pistas, unos salieron a chambear, trabajar con las gentes de la finca para traer un poco de dinero porque aquí no había con quién trabajar, todos estaban en la misma situación.

Armando: Sierra para arriba, iban a trabajar. Ya después se iban para Guadalupe los Santos que había mucho trabajo. El café, mi abuelo y mi papá también, por sus recursos para poder sobrevivir mientras alcanzaban la cosecha. Los primeros dos años fueron los más duros.

Obdulio: Lo de los zapatistas ayudó en los servicios sociales, ya que antes del movimiento zapatista aquí estaba muy incomunicado, no había los servicios que ahorita hay: transporte, luz eléctrica, las escuelas, eso no había. Mucha gente estaba a favor de los zapatistas, muchos decían que los zapatistas están haciendo bien y así, estaba dividido. Supongamos que aquí en Amatitlán había como diez familias zapatistas y la mayoría simpatizaba, pero ya ahorita algunos se salieron, ya no sigue la lucha.

Gerardo: Pues nos hizo caso el gobierno, empezaron a venir, el famoso centro de atención social para ver las necesidades que había en cada comunidad, así fue como vinieron ya nuevos apoyos. Llegó poquito la ayuday la gente se sintió muy contenta.

Oziel:Llegó la carretera y la luz eléctrica. De ahí el agua potable. Sí, los techos, algunas viviendas. Los hizo la gente, fue poquito lo de un programa que había de techo seguro, te ponían nomás el techo y el piso.



Botar la montaña

Zenaido: Sí, inmediatamente, cuando llegaron los compañeros tiraron, tuvieron que botar la montaña para donde construir sus casas, y después para llenar una hectárea, otra hectárea de milpa.

Gerardo: Sí, pero por el café se dejaban los árboles grandes para la sombra.No, no fue una gran deforestación. Namás que el maíz sí se tenía que tirar todo, quemarlo y luego sembrar. Tres, cuatro años quemando para que sirviera. Una hectárea para el café y siete para el cafetal. Lo demás se quedó de monte.

Obdulio: Nosotros abrimos dos hectáreas para el maíz, como dos hectáreas de café. Como la milpa se siembra en abril y el frijol lo sembramos en diciembre, ya está ese espacio para que crezca la milpa y luego en marzo sale el frijol, y ya en abril otra vez la milpa. Sí, con nosotros como no había ese hábito de conservar, entonces cada año necesitábamos una hectárea de montaña, íbamos botando.

Zenaido: Yo me dediqué también al maíz, y yo como vine soltero, llegué con mi hermano y ya él tenía años de casado, su esposa es de Comalapa, con ellos estaba yo. Sembrábamos hectárea y media de cafetales y con eso era suficiente, como nada más nos dedicamos al maíz para consumo, ya nos dedicamos nomás al maíz para consumo y al café, tuvimos que botar un poco la montaña y dejar para la sombra.Sí, pero al siguiente año tumbábamos otra hectárea de montaña.

Armando: Yo tumbé primero dos hectáreas para café y tres para maíz, trabajaba dos años, después tumbaba otra parte para volver a sembrar maíz, igual. Casi no quedó monte, sí quedó un poco pero ahorita se está recuperando.

Gerardo: Luego cambió la gente la metodología del trabajo, entró el ganado como en el 96, 95. En ese tiempo no había preocupación, ya después cuando empezaron a pasar de lo que es el calentamiento global, empezaron a venir instituciones como es la CONAFOR, la CONANP, ya nos empezaron a apoyar, a decir que ya era mucho la tala que se estaba haciendo.

Oziel: No se sabía nada, los ministros decían que era ya el fin del mundo. En 2008, ahí se refrenó un poco la tala, tanto en las selvas naturales y en los bosques, ahí se detuvo la gente porque se metió la reserva por el pago.

Armando: Por las vacas se estuvo tumbando hectáreas de café y más montaña. Sí. Fue también por la plaga y por el precio del producto del café, que apenas pagaban dos, tres pesos en el 91, 92. Ya después cuando fue el 94, no sé si fue porque los zapatistas levantaron el gobierno o qué, no sé si por eso subió el precio, pero en ese tiempo fue que ya tenía más precio, llegó hasta veinte pesos el kilo de café.

Zenaido: Sí, ya después como ya fue bajando el precio otra vez del café pues ya la gente mejor se fue al ganado, tiraron las montañas y donde había café también iban botando y sembrando pasto.

Gerardo: Según decían que era por Brasil, que cuando tenía buena producción Brasil bajaba aquí el precio. Ahora sí que si les iba mal, aquí subía, pero si se mantenía un buen precio daba para el sustento de la familia. Pero ya después, como en el 94 es donde bajó y vinieron también las avionetas a fumigar y fue acabando las plantas de café, el precio, y dijo la gente “para qué vamos a estar manteniendo algo que no sale” y mejor decidieron y fue entrando también proyectos ganaderos. El INI dio proyectos para grupos ganaderos.

Armando: Sí, promovió la ganadería, me acuerdo muy bien que en esta comunidad unos grupos hicieron una sociedad de ganaderos pero en el 94 vino el conflicto armado y quedaron los potreros así sin ganado. Ya después del 97, 98 el café no recuperó, se quedó estancado y mejor se siguieron con el ganado. Fueron a traer ganado otra vez, lo fueron comprando particularmente. Aquí la gente vive del ganado-

Obdulio: Muy barato lo pagan, pero ahorita se volvió a disparar el precio, ahorita está en 33 pesos el kilo de becerro. Un becerro sale como a unos 7mil y cacho. Cuando antes valía 2mil o mil ochocientos, pero como no había otro quehacer ahí estábamos.

Gerardo: Todos lo hacemos, es muy poca la diferencia entre los pueblos. Según la cantidad de terreno del potrero que tenga el número de cabezas. Yo Tengo 35 en total, en 14 hectáreas.

Oziel: Yo tengo 27 en 14 hectáreas, pero nomás estoy usando 12, las otras dos para recorte.

Armando: Yo tengo 13 cabecitas y nomás tengo 10 hectáreas, ya una vez llegó a 20 pero no da el pasto y tengo que pagar. Como es poco terreno, 10 hectáreas nomás, cuando pones más no alcanza el pasto, como a 15 nomás puedes llegar.



Foto de Natura Mexicana.

Recuperar el monte

Obdulio: Ahora estamos con el programa silvopastoril con Corredor Mesoamericano. Consiste en ir reduciendo, en vez de ir quitando, reduciendo, ya de dos hectáreas de pasto para el corte, empezar a cortar y quitar pasto y mantener al ganado. Ya metemos galeras para que el ganado esté ahí y llegue a comer

Gerardo: Sí, porque antes de que entrara el programa del corredor nos dedicábamos a dejarlo pelón el potrero, nos gustaba que no se mirara ni un árbol en el potrero. Y allá en el 2008 nos vinieron a capacitar sobre cómo hay que tener el potrero, ahorita los potreros tenemos árboles y ya están creciendo. Estamos mejorando ya la producción.

Obdulio: Ahorita se está haciendo la división del potrero, mejorar la calidad del pasto, ya algunos eran pasto natural y ahora están metiendo pasto mejorado y haciendo sus divisiones, con eso ya comen menos y van cambiando de lugar lo demás. Queremos reducir el terreno de potrero, dejar el campo como acahual y que se recupere el monte, eso es la meta ahorita, estamos entrándole al proceso de trabajar en eso.

Armando: Como dicen aquí los compañeros, la silvopastoril es una metodología con la que se tiene fácil la extensión. En Amatitlán ya tenemos como 300 hectáreas en pago de servicios ambientales. Una parte son montañas y otra son acahuales de lo que va de nuestra generación, unos diez años, quince años. Y la decisión es dejar ya esa tierra de por vida, hasta ahorita el acuerdo está de que no puede tirar ya su acahual, lleva un contrato por cinco años.

Obdulio: Primero eran 190 hectáreas y ahorita ya aumentaron a 300, 100 eran de la ganadería.

Gerardo: En Nuevo Rodulfo son 466 hectáreas en pago de servicios, de esas como unas 50 hectáreas se le ganaron a la ganadería. Quedamos dos pagos, uno de 368 hectáreas de montaña y tenemos una creación donde la gente ya se detuvo de seguir tirando acahual, de hacer más potreros.

Zenaido: Niños Héroes no tiene nada, el terreno es poco, son como 30 hectáreas, somos 29 ejidatarios básicos con otros 10 que son avecindados y tienen poquito terreno, ya con eso ya contamos 49 hectáreas, pero no tenemos ese programa y ya no tenemos monte. Posiblemente se va a hacer pero sería poquito, a lo mucho habrá como unas 150 hectáreas que no se han botado, pero es poco. Yo hablaba con los ingenieros de Corredor que podríamos entrarle con 200 hectáreas, pero las gentes no quisieron porque es poco, ya se meterían en nuestro terreno de nosotros y no hay.

Gerardo: Es poquito el pago por servicios ambientales, viéndolo de otro lado mil pesos es poquito, pero si de un árbol de aguacate saco como mil pesos y ese beneficio es para mí, ya no estoy comprando la madera. Un árbol al campesino puede dar unos cinco mil pesos.

Obdulio: Se habló de subir el pago pero el gobierno no puede más. Lo que es el Pro Árbol salió ahorita y todavía no, antes se llamaba otra cosa, ya lo cambiaron y pago de servicios ambientales nomás está dando creo que 400 o 500 pesos. Lo que da mil pesos es la Lacandona, es el que da mil. Nosotros estamos en el programa especial.

Armando: No estamos conformes con lo que nos dan pero no se ha protestado, queremos más de lo que tenemos pero mucha gente lo ve mal a veces que esté uno hablando en contra del gobierno, la gente ya se acostumbró pues a que el gobierno nos está manejando, ya no nos dejan a nosotros hablar nuestro derecho. Si ya el gobierno ya decretó ya no se puede.

Publicado originalmente en su primera parte en la revista Nexos en febrero del 2015, este reportaje de largo aliento se presentó completo en Mundo Nuestro en esos mismos días. Lo recuperamos aquí con el ánimo de iniciar esta nueva etapa de la revista digital con una mirada a la realidad ambiental de nuestro país y los retos enormes que se nos presentan a los mexicanos.

Viaje al Fin de la Selva I



Sergio Mastretta

Hay muchas selvas que atentan contra la única selva que resiste en México, la Reserva de la Biósfera Montes Azules, con sus 331 mil hectáreas en la región Lacandona en Chiapas. La selva del fracaso agropecuario y la pobreza campesina, con 400 mil habitantes en dos mil 274 localidades plantadas entre 1940 y 2010 sobre 1.2 millones de hectáreas. La selva de la explotación capitalista, la de los pastizales rentados a los campesinos para la engorda ganadera y la de los monocultivos de palma africana y hule, con incontables hectáreas ejidales en la región de Marqués de Comillas vinculadas a la producción industrial. Y la selva del conflicto social, que revela la tragedia de fondo, la de los miles de jóvenes campesinos indígenas de las comunidades que rodean la única selva alta sobreviviente en México, muchachos que la miran como su única alternativa de acceso a la tierra y al trabajo.

Y todo atenta contra la conservación de un patrimonio natural inigualable.

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Mediados de junio de 2014 en el río Lacantún. Ni luces del aguacero que en la madrugada desvencijó la techumbre de zinc en los caseríos de Marqués de Comillas, ahora nos acompaña una nublazón mustia que a ratos deja asomar al sol. Dos semanas torrenciales han dejado un río denso, una carga de agua que parece arrastrar consigo a la montaña. La lancha corre río arriba desde la estación Chajul hacia la boca del río Ixcán. Noé maneja imperturbable la embarcación; es un campesino de 43 años, licenciado en administración de empresas por la Universidad de Chiapas, y actual comisariado ejidal de Boca de Chajul. De cuando en cuando Noé se arrima a la ribera derecha y baja con dos compañeros de trabajo a desbrozar la maleza que oculta los carteles que previenen que en la ribera noroeste del río Lacantún empieza la Reserva de la Biósfera de Montes Azules, el área natural protegida más grande de la Selva Lacandona.

No habían podido hacerlo luego de las amenazas de algunos campesinos tzeltales del poblado de Nueva Palestina contra los biólogos de Natura Mexicana, en el marco de la presión agraria que está sufriendo la Selva Lacandona. A finales de abril de 2014 ocurrió el secuestro de Julia Carabias. El conflicto en la Comunidad Lacandona y la movilización de los pueblos tzeltal (Nueva Palestina) y chol (Frontera Corozal) derivó en los cierres de la carretera fronteriza como mecanismo de presión para lograr el reconocimiento y regularización de alrededor de mil 200 hectáreas ubicadas en el corazón de la reserva, en las que existen tres asentamientos irregulares (Ranchería Corozal, con 15 familias tzeltales; Salvador Allende, 17 familias tzeltales; y San Gregorio, 45 familias tzotziles). Nada más en Nueva Palestina viven siete mil jóvenes, hombres y mujeres, sin tierra. Sus ojos y sus sueños, como los de sus padres y abuelos que colonizaron la Lacandona miran hacia la selva.

El cartel con logos de Conanp, Profepa y gobierno de Chiapas informa que está prohibido realizar desmontes y quemas, establecer poblados y trabajaderos, extraer y cazar animales silvestres, pescar, talar y sacar árboles y plantas de la reserva. Y agradece por colaborar en la conservación del patrimonio natural, justo lo que no ha ocurrido en los últimos 50 años en la Lacandona: se han perdido dos terceras partes de las 1.8 millones de hectáreas que existieron alguna vez. De 600 mil hectáreas sobrevivientes, no más de 420 mil permanecen intocadas. De éstas, 330 mil corresponden a la Reserva de la Biósfera de Montes Azules.



El letrero reaparece tras los machetazos de Noé. Puedo trazar una línea de 60 kilómetros hacia el norte y recorreré el único manchón de selva alta perennifolia que sobrevive en México. O puedo mirar a la otra orilla, y comprobar cómo dos ríos guatemaltecos cercanos han perdido sus selvas. O mirar río arriba hacia las innumerables cañadas que se desprenden desde los altos chiapanecos y certificar también su devastación. Qué sola queda Montes Azules. En el costado oeste de la reserva, y a lo largo de 75 kilómetros de cañadas del río Perlas, hay 35 pueblos campesinos: zapatistas, priistas, católicos, pentecostales. Todos presionan hacia lo que consideran su reserva agraria.

La lancha retoma su curso. Le pregunto a Noé qué hacen cuando descubren algún asentamiento humano en Montes Azules.

—La última vez fue en noviembre de 2013, frente a Zamora Pico de Oro —me dice—. Lo descubrimos al hacer un monitoreo de guacamayas con Conanp. Habían estado una semana, eran grupos de Nueva Palestina, como 30 personas. Había menores, pero no había mujeres. Fuimos a verlos. No nos trataron mal, no nos amenazaron. Platicamos, ellos decían que ya no se iban a mover, que iban a llegar más, que iban a poblar la ribera del Lacantún. Yo pensé: van a acabar con todo. Afortunadamente, el gobierno los pudo sacar.

—¿Qué va a pasar con esos miles de jóvenes tzeltales que no tienen tierra?

—No permitiremos que se metan a la reserva —dice a media velocidad Noé, y me da a entender la dimensión que puede adquirir el conflicto por la selva—. En el ejido tenemos prohibido bajo amenaza de cárcel que los de aquí apoyen a esas gentes.

Varios letreros adelante la lancha encuentra un puente colgante por el que cruzan todos los días hacia la reserva los campesinos tzeltales de Tenejapa, un poblado que no vemos porque aquí el río empieza a encañonarse. Hace años el gobierno les reconoció un desmonte de 75 hectáreas dentro de la reserva, pegadas al río, con el compromiso de que no hicieran pueblo. Y hace poco más de un año les construyeron el puente, para que no penaran en cayucos. Cuando atracamos en la orilla izquierda vemos venir por la tablazón a un hombre con su mecapal y una carga de leña. Noé lo encuentra justo a la mitad del cruce y ahí la conversación se balancea sobre el río.

Y cómo le va, dice Noé. Pues más o menos, bien, bien, nomás que en chinga, siempre con este calor, ¿y ustedes son de Chajul entonces? De allá venimos limpiando los letreros, y por acá debía de andar uno, nomás que no lo veo, y no conozco bien hasta dónde llega su límite de ustedes, ¿no lo ha visto? Ajá, pues sí, sí, no se ve mucho. ¿Y cómo marcan hasta dónde llegan sus límites?, ¿ese acahual que se ve es de dentro de lo de ustedes o está dentro de la reserva? Ah, ese pedazo quedó dentro, se respetó con el plano, por eso impactó otro pedacito, nos vinieron a comentar que se dejara, pero como no hay dónde, es la única tierra que más o menos sirve… ¿Pues qué de este lado ya no tienen dónde sembrar? Puro cerrillo, puro cerrillo, más allá arribita de Tierra Blanca, es que ya no hay, somos 38 sembradores, por eso cada quien sus dos hectáreas acá en la reserva, pero respetamos el plano, y es que da muy poco la tierra. ¿Y los jóvenes, pa’ dónde van a ir?, se preguntan los dos.

Tenejapa es una de las dos mil 274 localidades que rodean Montes Azules. La suya es una de las 694 dotaciones ejidales otorgadas entre 1940 y 1995. En 1971 se contaron tres mil 582 habitantes, cinco años después ya eran 70 mil. En 2010 la cifra del INEGI fue de 378 mil. Y de ellos, 77 mil tenían entre 15 y 24 años de edad.

El campesino y Noé miran al río.

Pesadito, muy duro —dice el tzeltal—, porque se va acabando, se va acabando la tierra…

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Se baja a la selva en un viaje de seis horas desde Tuxtla Gutiérrez. Chiapas es un sube y baja de sierras y cañadas definidas por incontables ríos. La carretera desde el aeropuerto de Tuxtla trepa a los Altos en San Cristóbal y se desliza por los llanos de Comitán para asomarse a la Lacandona en el vértice central de la frontera con Guatemala. Bajamos desde los lagos de Montebello a mil 600 metros sobre el nivel del mar, hasta 150 en el municipio Marqués de Comillas.

Cruzamos tres ríos: el Santo Domingo-Jabalí que baja de las cañadas de Las Margaritas, se mete en territorio guatemalteco y vuelve a entrar como si se arrepintiera y regresara sobre sus pasos mexicanos; el Ixcán, ése sí con toda la carga de agua desde los Cuchumatanes en el Quiché; y el Chajul, la frontera que marca el inicio del territorio de Marqués de Comillas, una punta de 200 mil hectáreas de selva virgen asaltada por la colonización campesina promovida por el Estado mexicano a partir de 1971, la selva campesina contra la que se repliega Montes Azules y que hoy es el motivo de mi viaje.

No es sencillo bajar a la selva: las cañadas en Ocosingo, Altamirano, Las Margaritas y Maravilla Tenejapa, deforestadas casi en su totalidad por la agricultura y la ganadería de centenares de comunidades surgidas todas en los últimos 50 años, son un arañazo salvaje que cae desde el norponiente de la región de Palenque hasta la región suroriental de la planicie maya-quiché, que en territorio mexicano llamamos Marqués de Comillas. El levantamiento zapatista de 1994 provocó el ánimo constructor del Estado federal que habilitó dos grandes carreteras para cortar las cañadas con dos arcos que apuntan al oriente: la transfronteriza, de Comitán a Palenque, con más de 400 kilómetros y con su extremo guatemalteco en El Vértice, y la que llamaré contrainsurgente, que con 250 kilómetros pavimentados lleva de Comitán por Las Margaritas hasta Ocosingo casi tocando en su punto extremo a la laguna de Miramar, ya en la Reserva de Montes Azules. Las carreteras cercan a la selva sobreviviente, una especie de pera que apunta al nororiente y cinco territorios más: la Reserva de la Biósfera Lacantún, los monumentos naturales Bonampak y Yaxchilán, y las áreas de protección Chan-Kin, Nahé y Metzabok.

Desde Montebello hasta la planicie de Comillas el paisaje es el del contraste brutal entre los manchones de monte cerrado de foresta y los claros inmensos cortados a rape por la economía ganadera. En los municipios de Las Margaritas y Maravilla Tenejapa, en el sureste de Montes Azules, hay 122 mil habitantes y 445 localidades calificadas por Coneval como de alta y muy alta marginación. El roza, tumba y quema que da paso primero al maíz y con el cansancio a los pastos y con su agotamiento a la tierra yerma. Lo que fueron cañadas de bosque de niebla y selva se convirtieron en territorios campesinos con hombres y mujeres que llegaron desde los más diversos rincones del país y las religiones. Aquí muchos pueblos llevan el éxodo en el nombre: Nuevo Chihuahua, Nueva Orizaba, Nueva Jerusalén, Nueva Betania.

El camino a la selva es una competencia de carteles con multas. Mil pesos al que circule con exceso de velocidad y se salte los topes, y no habrá clemencia si además vienes borracho, y 500 si tiras basura. Luego veré que a todo lo largo de estas carreteras tropicales las comunidades plantan instrucciones severas y multas por todo tipo de delitos cívicos alrededor de la velocidad y la basura. Hasta los solares sin cortar por más de un mes en tiempo de aguaceros ameritan 100 pesos de multa. Pero en la trayectoria de la colonización campesina de la selva el reclamo justiciero empieza y termina en el de la tierra. Y no hay más territorio disponible que el de Montes Azules.

Quiero entender lo ocurrido en 2014 en Montes Azules.

En la perspectiva amplia, centenares de ejidos abrazan la reserva. Si la mirada se acerca, la presión se focaliza en dos regiones: la de la cañada del río Perlas que baja desde el norponiente hacia la laguna de Miramar, con los ejidos de San Caralampio, El Calvario, San José y Perla de Acapulco, organizados en la ARIC-Unión de Uniones Independiente y Democrática (ARIC-UUID), los cuales han logrado negociar con la autoridad de Bienes Comunales de la Comunidad Zona Lacandona (BCZL) el reconocimiento de nuevos asentamientos en su territorio; y la de Nueva Palestina, un poblado de 250 manzanas, con cerca de 14 mil habitantes en el centro norte de la reserva, y que prácticamente ha terminado con lo que le correspondió de selva por el decreto de 1978.

Internet me permite remontarme hasta el año 2002, cuando Víctor Lichtinger, secretario foxista de la Semarnat, declara que siete invasiones de la Reserva de la Biósfera Montes Azules son un tema agrario y no ambiental. Ese año ocurren 30 invasiones. En el marco de las negociaciones con los invasores, el gobierno inicia un intento de regularización de los asentamientos. La movilización de organizaciones ambientalistas provoca la reacción del Congreso de la Unión que frena ese proceso.

Entre 2004 y 2009, 31 comunidades irregulares son reubicadas fuera de Montes Azules y se regularizan asentamientos en territorio de BCZL, ubicadas fuera de las reservas. Para lograrlo, el gobierno expropia la tierra a los comuneros pagando 750 millones de pesos. Pero las comunidades de San Gregorio, Ranchería Corozal y Salvador Allende permanecen en la cañada del río Negro.

La Comunidad Zona Lacandona y la ARIC-UUID acuerdan en 2011 exigir al gobierno la expropiación y regularización de esas tierras. Durante los dos años siguientes los conflictos se suceden: hay nuevas invasiones que terminan en desalojos y con varios detenidos; bloqueos carreteros que afectan los desarrollos turísticos; disputas por el control de la organización de comuneros y asambleas interminables, que muchas veces terminan a golpes.

En octubre de 2013 un grupo de campesinos de Nueva Palestina invade la zona suroriente de la reserva. Las autoridades proceden al desalojo y consignan a ocho personas. En noviembre, comuneros de la Comunidad Lacandona bloquean más de una semana la carretera fronteriza Palenque-Bonampak, demandando la liberación de los detenidos: acusan a Natura Mexicana y sus directivos, Javier De la Maza y Julia Carabias, de “comerciantes de flora y fauna”, y de pretender privatizar las reservas.

Carabias es secuestrada el 28 de abril de 2014, en la Estación Chajul, en medio de un clima de tensión marcado por estos conflictos. La llevan a algún punto de Guatemala cercano a la frontera. Es liberada sin explicación por sus captores dos días después. A la fecha no se sabe quiénes fueron ni mucho menos sus motivos.

En los días que siguen se adoptan y rechazan acuerdos. El 14 de mayo Gabriel Montoya, asesor de BCZL, es detenido en Chiapas acusado de delitos cometidos 13 años antes. El 16 de mayo, en Nueva Palestina, se elige al tzeltal Emilio Bolom como nuevo presidente de Bienes Comunales, contraviniendo los estatutos que impiden que un no-lacandón ocupe el puesto. La Procuraduría Agraria no le da el registro. Bolom impugna ante el Tribunal Agrario.

El 17 de mayo se enfrentan lacandones y la autoridad saliente, que es respaldada por 200 personas de Nueva Palestina, algunas con armas de fuego. El 26 de mayo dos miembros de la organización ambientalista y cultural Na-Bolom, Beatriz Mijangos Zenteno y Enrique Roldán Páez, son retenidos por comuneros de BCZL y liberados 22 horas después. La Procuraduría de Justicia de Chiapas detiene el 29 de mayo a 22 personas, entre ellos Emilio Bolom y otros representantes de BCZL que iban a negociar con el propio secretario de gobierno la liberación del asesor Gabriel Montoya. El 30 de mayo los detenidos salen libres. Comuneros y autoridades firman un acuerdo por el que se comprometen a “privilegiar la vía del diálogo y la construcción de acuerdos para resolver la problemática que se vive en la zona lacandona”.

El 13 de septiembre liberan a Gabriel Montoya. El 31 de octubre el Tribunal Unitario Agrario del Distrito 54 reconoce a Emilio Bolom como autoridad de Bienes Comunales.

El río Negro es visible por 13 kilómetros serpenteantes en la isla abierta por los campesinos de Nuevo San Gregorio en el corazón de la selva. La suya es la última de las cañadas de ríos tropicales que se conserva con selva en la Lacandona. Y en la coyuntura de la presión tzeltal sobre la tierra en la selva, la ruta de entrada a decenas de invasiones desde la periferia de la Reserva de la Biósfera de Montes Azules.

Nicolás Morales Moshal, representante de la comunidad de San Gregorio ante la ARIC-UUID, me ha dicho que en ese asentamiento hay 43 familias, que su reclamo es por 860 hectáreas y que ahí han estado desde hace 35 años. Sumo a las 17 familias de Ranchería Corozal establecidas en 260 hectáreas, y a las 17 familias de Salvador Allende asentadas en 377 hectáreas. Hay un total de mil 497 hectáreas reclamadas por 77 familias y que son respaldadas por los comuneros de Bienes Comunales Zona Lacandona.

“Trabajamos la roza, tumba y pica —le ha dicho un campesino al grupo Misión Civil de Observación y Solidaridad—, es que nomás rozamos, picamos y sembramos, hacemos anualmente seis hectáreas de milpa que no quemamos; hacemos la milpa dos veces al año… Estamos trabajando hace más de 20 años la roza-tumba-pica y no estamos pensando en quemarla porque la madre tierra nos da todo; ni quemar ni abrir montaña sólo en donde está el acahual hacemos milpa”.

Sin embargo, el roza-tumba-quema es visible en Google Earth: en una cañada de 10 kilómetros cuento 53 manchones recién quemados con una extensión de entre una y dos hectáreas.

(Estación Chajul alberga uno de los proyectos de investigación científica y preservación de la biodiversidad más importantes en México. Con el propósito de conocer el estado de conservación de los ecosistemas terrestres dentro de las áreas naturales protegidas desde ahí se coordina un notable esfuerzo de monitoreo de fauna en el trópico mexicano. Desde 2005 está a cargo de Natura Mexicana, la organización no gubernamental sin fines de lucro que encabezan Julia Carabias y Javier De la Maza, biólogos mexicanos dedicados a la defensa de Montes Azules. En convenio con la Conanp, administra dos estaciones de campo: Chajul y Tzendales. Hasta la primera llegaron los secuestradores de Julia.)

28 de abril de 2014. No debe ser fácil andar con un pasamontañas en la selva. Aunque protege de los moscos. Cruzar encapuchado el andador que lleva desde el atracadero de lanchas de la Estación Chajul hasta el caserío en que se albergan los investigadores de Natura Mexicana debe de ser todo un espectáculo. Uno, dos, tres o más hombres con fusiles avanzan en la oscuridad, no tienen dudas de la habitación en la que se encuentra la bióloga Carabias. No se distraen: sales del andador directamente al patio central de la estación; al frente y a la izquierda, nada, ella no estará en la cocina-comedor a las dos de la mañana, ni en la estancia abierta en la que se reúnen los investigadores en sus sesiones de trabajo; tomas a la derecha, no te detengas en el primer salón en el que está el televisor y la mesa de billar; caminas un poco más y ya estás en el ventanal con mosquitero. Alumbras, gritas, rasgas la tela, deslumbras, y gritas de nuevo y ordenas “somos del EZLN y venimos a llevarte con nuestros jefes”.

Todo puede pasar por la mente cuando se siente un lamparazo así. No se despierta tan rápido, aunque la puerta la hayan tumbado a patadas y adivines la boca del fusil en tu rostro. Así que del EZLN, pero si los has buscado tantas veces para hablar con ellos. No, no son zapatistas. Pero ya no piensas en ello, estás gritando para que se despierten las investigadoras y se convenzan de que no te has ido por tu cuenta como muchas madrugadas, y ya estás de regreso para decirles a los encapuchados que no te vas a resistir, que te permitan calzar las botas y ya gritas de nuevo cuando te llevan por el andador con los ojos tapados, sin poder atisbar la negrura para pisar los escalones que bajan al atracadero y la lancha, la que te llevará río arriba hacia la embocadura del río Chajul, un buen rato, no mucho, pues ya te llevan por una vereda, horas y horas hasta entrar en un fragmento de selva guatemalteca. Ya se vislumbra la luz del día por los escondrijos de la venda y se escuchan los sonidos metálicos que te encadenan de una pierna a un árbol cualquiera.

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La preocupación de A. Son extraños los poblados lacandones: aquí no hay cuadrículas, el caserío se apretuja en la foresta y la resonancia maya de sus nombres (Lacanjá Chanzayab, Naha, Metzabok, Ojo Agua Chankin) entona con la selva. En uno de ellos encuentro a A, quien en una mesa a la entrada de su casa ha dispuesto un tucán de madera tallado como los que venden a los turistas. A prefiere el anonimato. “No quiero acabar en el chicle”, me dice. Se refiere a la jaula de fierro y madera de chicle que los tzeltales de Palestina usan para guardar a quien ha cometido una fechoría o externa ideas que no les gustan. A está preocupado. Los acontecimientos se salen de control.

El tiempo pasó pronto en la selva. Las familias tzeltales llegaron en aluvión en los años setenta. Fundaron Nueva Palestina, fueron reconocidos como comuneros. “Ahí fuimos haciendo nuestra vida —dice A—, en un lado los lacandones, en otro los tzeltales”. Pero 30 años después los hijos de los palestinos ya no tienen tierra para sembrar.

Y voltean a Montes Azules.

“No tienen terreno para trabajar —dice A—. No hay ni pa’ sacar leña, puro potrero”.

Lacandones y tzeltales están en los extremos: los primeros son pocos, su actividad agrícola es reducida y han reorganizado su vínculo con la selva en torno al turismo ecológico en Bonampak; los segundos son muchos, entregados por años al roza-tumba-quema y a la ganadería, la selva es una reserva agraria.

Explica A: “Dicen que los lacandones no valemos porque somos poquitos. ‘Nosotros los tzeltales somos muchos, por eso valemos más’, dicen”

Por eso se va a acabar la selva, afirma: los tzeltales son muchos, los muchachos crecen, no van a entender, se van a meter en Montes Azules. “Empezamos a ver que ya no nos respetan, nos quieren matar. Orita que fue el cambio de autoridad hubo pleitos, empujones, golpes. Ellos quieren poner autoridad de Palestina, ya no quieren lacandón”.

Para A es mucha gente la que dice: “Mira, la selva es para nosotros, no para guardarla, es para trabajar, para vivir”. Son muchos los que dicen: “Ustedes tienen selva, no hagan caso del gobierno, te va a quitar el terreno, mejor trabajen allá en la reserva, acábalo, es pa’ eso. No hagan caso del gobierno ¡No hagan caso a los lacandones! Son flojos, no trabajan. No hagan caso. Quítalos”.

A refiere la demanda de expropiación que mantienen los tzeltales: en 2004 el gobierno de Vicente Fox les pagó la expropiación de los terrenos invadidos de la reserva. El dinero corrió para todos los comuneros lacandones, choles, tzeltales. A muchos lacandones también les ganó la ambición.

“Es lo que pelean los palestinos aurita —dice A—, quieren vender donde viven otros campesinos. Es un negocio ya, es un negocio que quiere que se haga la selva chiquita”.

A reflexiona sobre su pueblo y habla de lo que los separa de los tzeltales: “Los lacandones estamos enojados, estamos peleando porque no vamos a dejar su nueva autoridad. Nosotros vimos que sí podemos vivir si realmente cuidamos la selva. También nuestras nuevas generaciones piensan así”.

Martín es un tzeltal de 43 años que aprendió a construir cayucos. Probó y probó con la madera del guasiván hasta que la barca resistió el empuje de las aguas. No le quedó de otra: el cayuco o regresar a Palestina, como muchos de sus compañeros que no aguantaron el rigor del río, y no aprendieron a construirlos.

“Palestina es grande —dice Martín—, pero ya no nos tocó a nosotros la tierra”.

Corría el año de 1992. El lanchón que transportaba las viandas de la Conasupo para las comunidades del Lacantún trajo desde Frontera Corozal a 56 tzeltales nacidos en Nueva Palestina, que se animaron a colonizar la orilla norte del Lacantún, justo frente a la comunidad de Quiringüicharo, donde lo encuentro una tarde de junio. Aquí el río se enredó en meandros y de un coletazo regresó cinco kilómetros hacia el suroeste. Así formó una lengüeta que quedó como una isla frente al pueblo de ganaderos que entre los ejidos de Pico de Oro y Benemérito de las Américas no dejó un metro de selva. Los 56 tzeltales se instalaron del otro lado del río.

Les dijeron que el riachuelo se llamaba Arroyo Aguilar, que salía de la selva. Y así le pusieron a la aldea: “La autoridad de Nueva Palestina —dice Martín— nos mandó a cuidar terrenos, porque aquí en este lado salen con madera, entonces venimos como guardián: la dependencia nos dijo que no tocaran las montañas”.

Su papá llegó de Cancuc, y fue uno de los comuneros fundadores de Nueva Palestina. Martín nació en la selva en 1968. A los 24 años lo mandaron río arriba. Y con él, puros jóvenes sin tierra. Los largaron, como dice, frente a Quiringüicharo. No más de mil metros selva adentro, les dijo la autoridad, porque ahí ya empezaba la reserva. Martín abrió la selva, sembró maíz, frijol, chile. Nunca quiso meter ganado: en Palestina vio que se tumbaba mucha selva. Pero en la vega del Lacantún la tierra era buenísima, daba todo lo que le sembraran. El problema fueron los zancudos y las crecidas de agua y la falta de medicinas, el paludismo, las diarreas, las nauyacas. Muchos murieron. Otros regresaron.

Martín no. Aquí crecieron sus hijos, les dio escuela en Quiringüicharo, se hizo de un lotecito en esa orilla. Sus hijos son ahora profesionistas. No le gusta que el gobierno hable de desalojar la reserva. “Está cabrón ¿a dónde vamos a ir pues?”.

El pueblo chol fue fundado en los setenta cuando, con los tzeltales de Nueva Palestina, lo reconocieron como comunero de la Zona Lacandona. Los comuneros choles tienen cinco mil hectáreas en el programa de Pagos por Servicios Ambientales. Acaban de abrir mil hectáreas más para repartirlas entre los jóvenes.

En una esquina pegada al río, el hotel Nueva Alianza prueba el éxito turístico que tiene Yaxchilán. Además está El Jaguar, y en muchas casas, las posadas.

Tilo y Francisco trabajan en el ecoturismo.

La Sociedad de Solidaridad Social Nueva Alianza empezó por cuenta propia, sin gobierno, con hamacas y palapas sencillas para los turistas que en los años noventa descubrieron Yaxchilán. Ahora tienen un complejo de 10 cabañas entre la selva, restaurante y atracadero en el Usumacinta. Se organizaron con los guates al otro lado del río, que también son mayas: sus lanchas llevan su turismo; los choles llevan al suyo en las más de 100 embarcaciones que tienen para ello.

Son 601 comuneros y el pueblo ya rebasa los ocho mil habitantes. Entre 1968 y 1971 sus padres y abuelos sufrieron las batidas antiagraristas en el norte chiapaneco, en Sabanilla, Timbalá, Tila. Los tzeltales de Palestina llegaron de Yajalón y Chilon. Los dos pueblos negociaron con los lacandones y el gobierno. Y en 1978 a cada quien le dieron su parte de selva.

Tilo me explica en una equis la geografía y los repartos del pueblo: en un sector pegado al río, el del barrio Velazco Suárez —el gobernador echeverrista del tiempo de la reubicación de choles y tzeltales en el territorio lacandón—, el turismo; en el otro, el del barrio Nuevo Tila, los maiceros; al otro lado, en los dos sectores restantes, los ganaderos de los barrios Río Cedro y Jerusalén. Cada quien a lo suyo. Los turísticos le compran el maíz a los agricultores, y para el abasto de carne para los hoteles están los ganaderos. Y en ese enredo, los taxistas, entretenidos sobre todo con el paso de los migrantes, hondureños y guates, familias enteras. Traen guías que los llevan hasta La Bestia.

Tilo explica el conflicto que llevó a que los choles cerraran la carretera en la segunda quincena de mayo pasado. Reclamaban la liberación del asesor Gabriel Montoya y la regularización de los asentamientos en río Negro. “Van a tumbar la selva —dice—, lo que queda, no soy pesimista, es la realidad. Ai están los tzeltales, ya barrieron con todo, pero los lacandones también son cabrones, tienen un límite”.

Francisco es uno de los 14 guías en Yaxchilán. No me pregunta quién soy, por qué lo interrogo. Me revela sin más su descontento.

“Nomás al salir del pueblo se ve, ya no hay selva, todo esto lo acaban de tumbar, mil hectáreas para darle a cada ejidatario 1.5 hectáreas pa’ los jóvenes. ¿Y qué está pasando? Que los comuneros no les están dando esa tierra a sus hijos, sólo les dieron 25 por 50, el resto se lo quedaron, y ese es el descontento”.

Tilo concluye: “Si esto no cambia, se van a acabar la selva”.

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Alfredo Vázquez nació en el ejido de La Soledad. Es vocero de la ARIC-UUID, organización que viene de tiempos prezapatistas y que ha respaldado a tzeltales y choles que exigen al gobierno la regularización de los asentamientos irregulares —vía la expropiación de cerca de mil 500 hectáreas.

“Nosotros no aceptamos las reubicaciones”, dice. Y explica que esas comunidades tienen ahí 35 años, que la tierra es parte de su identidad, que su situación es paupérrima (no tienen médico ni escuela), que realizan roza-tumba-pica, que ya no queman los acahuales, que ya no tumban selva. Dice que la ARIC promueve el respeto de la madre tierra y la agroecología.

“A esa gente no se le ha dado la oportunidad”, argumenta. Se opone a la reubicación porque ve lo que ocurrió con Israel, con San Antonio Miramar y Buen Samaritano: “Aceptaron la indemnización, pero no supieron qué hacer con el dineral, porque el indígena nunca ve un dinerito así, y la gente terminó en la cantina”.

El dirigente dice que los campesinos están cansados del rezago en los procesos agrarios, y que por eso su organización acordó con la BCZL el deslinde de las tierras. Los lacandones deben tener claro cuál es su territorio, afirma, pero ya entendieron que la gente tiene que vivir en algún lado.

“Eso no lo ven los del gobierno, no lo ven los ambientalistas. Entre la ARIC y Bienes Comunales hay acuerdo. Pero el gobierno fue a la mesa después de las movilizaciones, y qué pasó, nos metió a la cárcel, no da la oportunidad de una plática sana, ya llevamos dos minutas sin resultado. Hay 38 casos no resueltos, hay colindancias, planos encimados, muchos ejidos sin regularizar debido al conflicto del 94”.

Plantea el problema de la gente sin tierra en Palestina:

“¿Qué va a hacer? Hay pleitos entre padres e hijos, ellos solicitan tierra, y sus padres no están facultados para dársela. Pero no hay proyectos viables, no hay un plan de conservación, se necesitan diagnósticos reales de los biólogos consensuados con las comunidades, no imposiciones, ellos deben tomar en cuenta sus usos y costumbres, porque si hay opciones, no habrá más invasiones”.

Concluye:

“Hemos peticionado al gobierno por años, sin respuesta. Detuvo al compañero Montoya, a 24 comuneros, y sigue fabricándonos delitos. Por eso cerramos la carretera”.

Julia Carabias señala el mapa. La ex secretaria de la Semarnat y directiva de Natura Mexicana recorre el espacio que de la Selva Lacandona trepa hacia los potreros de Tabasco, Veracruz y el sur de Tamaulipas: 12 millones de hectáreas. Luego apunta a lo que queda: un pedacito en el noreste de Oaxaca: el manchón en la Selva Lacandona no llega ni al 10% de lo que fue. 419 mil hectáreas están en áreas naturales protegidas, y gracias a eso es que no se ha destruido.

Dice Julia: “El único sitio donde la gente piensa que tiene oportunidades de producir bien está en la selva, lo cual ocurre por no más de cinco a 10 años, hasta que se convierte en lo otro: un desastre. Ahí está la falacia. La salida no es irse sobre el territorio de Montes Azules, lo único que nos queda de selva conservada en el país, sino en hacer una reconversión productiva en el millón 200 mil hectáreas deterioradas para que la gente viva bien. Natura y Ecosistemas Mexicanos, con otras instituciones como el Corredor Biológico Mesoamericano-México, ha probado con éxito este modelo en Marqués de Comillas”.

Esto es lo que han hecho Natura y Ecosistemas Mexicanos: ordenamientos ecológicos, programas de servicios ambientales, programas ecoturísticos, proyectos de restauración y manejo de fauna. El proyecto se desarrolla desde 2007. Sigue Julia: “Gracias a la asesoría y acompañamiento a los ejidos para que reciban el apoyo del programa de Pago por Servicios Ambientales de la Conafor, se benefician 652 familias y se conservan más de 14 mil hectáreas de selva. Con los proyectos ecoturísticos se beneficia a 106 familias y se protegen alrededor de cinco mil hectáreas en el Centro Ecoturístico de Galacia, en el Campamento Flor de Marqués, en el proyecto de El Pirú”.

Es la selva posible, la que se puede llegar desde una relación distinta de los campesinos con el territorio que desmontaron a lo largo de 30 años.

“Nuestro equipo de trabajo ha logrado proyectos ordenados —dice Julia—, y en el contexto del Estado de derecho, que defienden la selva que tiene dueño, que evitan que los ilícitos de cacería y tala sean los que dominen. Y han dominado, porque a la mayoría de la gente no le interesaba su selva, dejaban que ajenos entraran a sus predios a llevarse su fauna, no le concedían ningún valor. Ahora, en cambio, son celosísimos de su flora y de su fauna, porque por eso están recibiendo el grueso de sus ingresos. Tú no irías al ejido de Flor de Marqués o al de Galacia si todo estuviera depredado. No te vas a un potrero de vacaciones. Eso es ahora un valor para la gente: al que está cazando no se lo permiten y al que tala lo denuncian. Esto genera reacciones y confrontaciones. Y más el conflicto de tierras, las invasiones; todo esto es lo que ahora estamos viviendo”.

Natura ha probado que es posible un modelo de desarrollo en el que los dueños pueden vivir de su selva y vivir mejor. Pero Marqués de Comillas es una isla, no han podido penetrar más allá: “Nos enfrentamos a enormes intereses”, remata Julia.

Mira el mapa y habla de los millonarios negocios a los que se enfrentan. Como el reciente saqueo de madera llamada corazón azul, ocurrida en muchos de los ejidos donde su equipo asesora el programa de Pago por Servicios Ambientales, o el problema del tráfico de especies, en particular el de la guacamaya roja, al que se han opuesto con una intensa campaña de conservación. Y recuerda las mafias que trafican ganado y utilizan los potreros campesinos. Y la complicación última: las decenas de miles personas, la mayoría jóvenes, que no tienen tierra y no se benefician, por tanto, con los programas de fomento, y a los que los nuevos reglamentos adoptados por los ejidos les complican la pesca, la caza y la tala ilegal. Estas personas sin tierra reaccionan en contra de estos trabajos.

“No existen por parte del gobierno programas que atiendan las condiciones de miseria de estas personas desprotegidas. Muchas de ellas se organizan en acciones ilícitas como fue mi secuestro y son carne de cañón de quienes ven amenazados sus intereses ilegales, económicos o políticos. Lo que sigue es que el gobierno atienda a las comunidades con programas integrales y sustentables que les permita vivir mejor a partir del uso de su selva y de la reconversión de sus tierras improductivas, y que se construya un pacto de respeto a las áreas naturales protegidas”.

Es decir, reflexiono, que el gobierno mexicano cumpla con su obligación de resguardar la selva e impulse masivamente proyectos como los que realiza Natura.

Ejido La Galacia, a orillas del río Lacantún. El viernes 13 de junio de 2014, el mismo día en que varias ONG firman un desplegado en el que, sin aportar pruebas, acusan a Natura Mexicana de operar como hoteles ecoturísticos las estaciones de Chajul y Tzendales, encuentro a Obed a la entrada de Canto de la Selva, uno de los dos únicos hoteles en la región de Marqués de Comillas —el otro es el Centro Ecoturístico Guacamayas—. Obed dejó todo por este proyecto ecoturístico que el ejido de La Galacia desarrolla en uno de los meandros del Lacantún.

Obed ha apostado todo por el ecoturismo. No siembra, no tiene ganado. Y se le ve feliz. Hace poco pasaron unos turistas gringos que dejaron mil 500 pesos diarios cada uno. Luego vinieron las tormentas que golpearon Chiapas y el río dejó su marca en la vega. Esta tarde hay asueto. El calor es terrible y los moscos atenazan.

En la foto satelital el meandro que guarda 155 hectáreas de selva en el que se esconde el hotel es una pera invertida con su base de 2.5 kilómetros metida de lleno por casi tres en la reserva de Montes Azules. Los ejidatarios tumbaron en un primer arranque la mitad del arbolado en el meandro, hasta que hace un par de años metieron lo que quedaba en el programa de Pago por Servicios Ambientales y desarrollaron con ayuda de Natura Mexicana el proyecto hotelero.

Son 14 búngalos ocultos en el follaje. Estás en uno y no ves los otros. Buena madera y excelente gusto arquitectónico. Las habitaciones dejan libre la vista de la selva que queda a tres metros, con estructura de mosquitero y terraza de por medio. Arriba, el dosel no deja ver el cielo; al frente el follaje oculta lo que pase más allá de 20 metros. Imagino la noche y el canto de la selva.

Obed nos lleva al río, por un sendero abierto que termina en la palapa colgada en la ribera, que en esta orilla ve pasar el agua seis metros abajo. Una inundación reciente cubrió el sendero y pasó bajo los búngalos. La palapa montada en concreto resistió sin problemas.

Le preguntó cómo fue que talaron la mitad de esta isla.

“Por la decisión fatal del gobierno de permitir en los noventa el aprovechamiento forestal. Eso provocó la tala que casi arrasó Galacia. La confrontación ha sido fuerte entre los ejidatarios, unos por talar, otros por conservar. Al final dijimos, cada quien su parte, cada quien decide. Nosotros salvamos esto para el Canto de la Selva”.

Esta noche la oiré cantar. Al cerrar los ojos, oiré cantar a la selva.

Recuadro

La propuesta de Natura y Ecosistemas Mexicanos en Montes Azules

En la Selva Lacandona se combina la existencia de un patrimonio natural inigualable, cuyo valor es universal, con comunidades en alto nivel de marginación, que sufren desigualdades sociales lacerantes. Esto la convierte en una región de alta complejidad y riesgo. En lugar de conservar este patrimonio y sacar de la miseria a su población, el gobierno ha derramado, históricamente, sin estrategia, miles de millones de pesos. Sólo se favoreció la descomposición social local que está llevando a situaciones peligrosas.

Es necesaria una estrategia que destense la región con una acción coordinada entre el gobierno federal, el estatal y los actores locales para establecer un acuerdo con los siguientes componentes:

1. Diseñar, consensuar e implementar un programa integral de conservación y desarrollo sustentable en la región. Dicho programa debe estar focalizado a las condiciones sociales y ambientales de cada comunidad; la inversión productiva debe garantizar la generación de empleos y el incremento de los ingresos familiares mediante la diversificación y reconversión productiva a partir de los recursos naturales locales y de los que allí se producen.

2. El compromiso de todas las partes de respetar la reserva. Ello implicará revisar los acuerdos establecidos entre las autoridades de Bienes Comunales anteriores y la Asociación de Interés Rural Colectivo (ARIC), e involucrar en los nuevos acuerdos al sector ambiental y al agrario.

3. Respetar y fortalecer la legalidad de la etnia lacandona que reivindica sus tradiciones y la conservación de la selva.

4. Fortalecer las instituciones ambientales que operan en la región (Conanp, Profepa, Conafor, Corredor Biológico Mesoamericano-México, y las que correspondan al gobierno estatal) con nuevas formas de actuación y estructuras que faciliten el diálogo entre los actores locales, así como más recursos económicos para invertir de manera muy dirigida a destensar los problemas. Las instituciones de gobierno tienen que sumar sinergias con la Conanp para atender el ámbito de su competencia en lo productivo y lo social.